La corrida Guadalupana
Tengo la impresión de que este festejo conmemorativo surge como reacción nacionalista al tradicional de Covadonga, que se celebraba para conmemorar la Romería anual que organizaba el Centro Asturiano de la capital mexicana y en el que tomaba participación toda la colonia española allí residente. En el Toreo de la Condesa, se registra por primera vez un festejo en honor de la Patrona de México, el 14 de febrero de 1946, cuando el órgano de prensa de la Basílica de Guadalupe aporta el trofeo anunciado como La Rosa de Guadalupe disputado en esa corrida a beneficio del Sanatorio de Toreros y que fue ganado por Fermín Espinosa Armillita en fuerte competencia con Pepín Martín Vázquez.
Ya en la Plaza México y en la década de los cincuenta, cobra cierta carta de naturalidad este festejo, que tendría en la mayor parte de sus ediciones, el generar recursos para las obras de restauración de la Basílica de Guadalupe. Las versiones de 1953 en la que se despidieron Carlos Arruza y Manolo dos Santos y la de 1954, señalan expresamente que las organizó la revista Mañana, dirigida por José Pagés Llergo. Cabe señalar que en ninguna de esas dos corridas se disputó trofeo alguno.
En 1956 la corrida se transformó en una feria de seis festejos, en la que la corrida alusiva se dio el 12 de diciembre y en la que, el trofeo llamado ya Rosa Guadalupana, puesto en concurso fue declarada desierto, por el mal juego de la corrida de Las Huertas y después de concluido el serial, se decidió entregarlo a Antonio Ordóñez por las redondas actuaciones que tuvo en el mismo.
El festejo retornó hasta 1959 cuando Fernando de los Reyes El Callao se lleva a casa el trofeo y se hará otro hiato de un lustro para llegar al festejo que hoy me ocupa. Posteriormente la corrida se recuperó, celebrándola el día 12 de diciembre, sin trofeo de por medio y resaltan de estas últimas, desde mi particular punto de vista, la celebrada el año 2017, a beneficio de los damnificados por el sismo de septiembre de ese mismo año y la verificada el año 2021, que implicó el retorno de la fiesta de los toros a la Plaza México, después del cierre forzado de la misma por la pandemia de COVID – 19.
Una temporada a plaza partida
Los toros en la Ciudad de México en el ciclo 1963 – 64 se celebraron a plaza partida. Entre el 1o de diciembre de 1963 y el 29 de marzo de 1964, se ofrecieron a la afición la friolera de 32 corridas de toros. 18 en la Plaza México y 14 en el Toreo de Cuatro Caminos y los días 8, 15, 22 y 29 de diciembre de 1963 y 5 y 12 de enero de 1964, se dieron toros en las dos plazas, y las entradas en ambas eran satisfactorias. El eje de la temporada de la México era Paco Camino y el de El Toreo era El Cordobés. Por eso era atractivo ir a cualquiera de los dos cosos, en los que se escribieron tardes dignas de guardarse en los anales de la historia.
La corrida Guadalupana de 1964
La 18ª corrida y final de la temporada de la Plaza México se celebraría el 29 de marzo de ese calendario. Era Domingo de Ramos y existía cierta preocupación acerca de que la entrada fuera a ser floja, porque el periodo vacacional de la Semana Santa ya había arrancado desde la tarde del viernes anterior. De acuerdo con el anuncio de la corrida, los beneficios que produjera serían destinados a las obras del Seminario Menor de Acoxpa, en Tlalpan, que sería puesto en funcionamiento alrededor de un mes después del festejo. El anuncio se hizo sin cartel, el domingo anterior, pero al mediar la semana se dio a conocer que lo integrarían Alfonso Ramírez Calesero, Joselito Huerta, Joaquín Bernadó, Emilio Rodríguez y Jaime Rangel, quienes enfrentarían un encierro de Tequisquiapan, de don Fernando de la Mora Madaleno, quien traía su tercer encierro a la gran plaza (1ª y 11ª) y cuarto a la capital, porque también había enviado otro a El Toreo el 21 de diciembre anterior.
La crónica de don Alfonso de Icaza Ojo en El Redondel de la misma fecha de la corrida, acerca de los toros, señala lo siguiente:
De los toros de esta ganadería, de poco respeto en general, fue bueno el primero, mejor aún el segundo, mansurrón el tercero, aceptable el cuarto, muy bravo el quinto y cegatón el sexto...
Y es que, creo complicado tener cuatro corridas puestas para la capital en una misma temporada, así que, en algún momento, se tendrá que venir así, bajando el listón.
Acerca de la entrada, el mismo Ojo, reflexiona:
A pesar de la mucha gente que ha salido de la metrópoli, a disfrutar de las vacaciones de Semana Santa, hay quórum en la Plaza México, donde con una entrada aceptable en ambos tendidos se celebra la corrida de la Rosa Guadalupana, que habrán de disputarse los seis espadas anunciados, para despachar otros tantos toros de Tequisquiapan...
La faena del triunfo de Joselito Huerta
Joselito Huerta salió con la Rosa Guadalupana en sus manos. La realizó al segundo toro de la tarde, nombrado Rosalito, y al que se le anunciaron 448 kilos de peso. Relata don Alfonso de Icaza:
Brinda su muerte a todo el público y da comienzo a su trasteo sentado en el estribo, en cuya postura da tres pases muy valientes. Toreando bien se lleva a su adversario hasta el tercio, en medio de ruidosos aplausos que crecen de punto cuando después de que no aguantó en un pase citando de largo, liga varios derechazos de buena ejecución. Sin embargo, no está haciendo la faena que esperábamos; ya veremos si después da la nota aguda... Para ello se interpone el aire que determina que el muletazo no sea del todo limpio, pues en ocasiones el diestro queda al descubierto y tiene forzosamente que mejorar su terreno. Cambia de mano y da algunos naturales excelentes, tras de los cuales se queda la res. Más pases izquierdistas, corriendo la mano estupendamente y rematados con un gran pase de pecho... Por fin estamos viendo al Joselito de la temporada anterior... Más naturales tirando del toro magistralmente; nueva interrupción, a nuestro entender, innecesaria, y después de un pase de trinchera instrumenta nuevos derechazos lentos como ellos solos. Entra a matar con fe, y pincha, en parte por quedarse el burel. Nueva ración de tela sobresaliendo un natural estupendo, y una estocada casi hasta el puño, en lo más alto del morrillo, que con la ayuda de los capotes hace doblar, pero sólo momentáneamente, para entregarse definitivamente, para entregarse definitivamente después de largo rato. Ovación, petición de oreja bastante nutrida, concesión de un apéndice auricular y arrastre lento al bravo y noble toro de don Fernando de la Mora. Joselito, a su vez, recorre el anillo, oreja en mano, con aprobación de las mayorías y protestas de la parte más exigente del público... Ya tenemos candidato para el trofeo en disputa...
Fue la única oreja que Joselito Huerta cortó en esa temporada, pero le valió al final para obtener el trofeo en disputa.
Joaquín Bernadó el más cercano competidor
Joaquín Bernadó cerraba su segunda actuación en la temporada de la Plaza México, donde reaparecía después de haberse presentado el 12 de enero anterior, como testigo de la confirmación de Fernando de la Peña. Fue la suya, al decir de Ojo, una faena de altibajos, por el viento que sopló esa tarde, pero siempre dejando la firma de su toreo clásico y puro, que le permitió ser, por muchos años, el diestro español que más corridas de toros había toreado en nuestras plazas:
Ya tenemos s Bernadó brindando a la plaza entera la muerte de “Milagroso”, toro que acude a donde le llaman y con el que puede el espada catalán torear a gusto. Comienza su faena con pases por abajo y se sale luego al tercio pasándose la muleta por la espalda... Cita de largo, ya acortando los terrenos y vuelve al toreo por delante para llevarse a otro sitio a su adversario. Cita para el natural y sus pases resultan desiguales, ya que en unos para y corre la mano y en otros no hace ni una ni otra cosa. Cambia su muleta por otra más pesada para aminorar los efectos del aire, e instrumenta derechazos mucho mejor rematados, ya que el último tiempo de ellos resulta apuradillo... Vuelve a torear con la zurda sin lograr llegarle a la gente, por más que algunos de sus muletazos lleven auténtico mérito. Un pase cambiado, con iniciación por la espalda y remate de frente; otros varios adornos y un buen pase de pecho... El público se distrae en otras cosas, mientras que el torero sigue muleteando cada vez mejor. Mediante un molinete en la propia cara, logra Joaquín que el público reaccione en su favor y como sigue toreando bien y valerosamente, los aplausos se tornan más ruidosos... Manoletinas citando de frente; muleteo por delante, y más de media estocada, ligeramente tendenciosa que requiere el refrendo de certero descabello. Ovación y vuelta al ruedo...
Fue precisamente ese ir y venir de la intensidad de su hacer ante el toro, lo que le impidió cortar apéndices, pero el reconocimiento de la afición se lo llevó en la vuelta al ruedo que pudo dar.
El resto de la corrida
Calesero lució como siempre su toreo de capa y empezó a hilvanar una faena de muleta que prometía ser interesante, hasta que el viento lo descubrió, el toro lo prendió y enseguida las cosas se torcieron para él, terminando su labor entre música de viento. Antonio del Olivar terminó su labor saludando en el tercio, después de que empezara con un brillante toreo de capa, pero con la muleta, su actuación fue a menos. Emilio Rodríguez tuvo momentos brillantes ante el quinto de la corrida, pero no terminó de descifrar lo que había de hacer para cuajar la gran faena, siendo silenciada su labor. Y Jaime Rangel, ante el que cerró el festejo, reparado de la vista, se mostró tesonero, retirándose entre el silencio de la concurrencia.
Al concluir la lidia, se hizo entrega del trofeo en disputa a Joselito Huerta, y refiere el citado Ojo:
El trofeo en disputa, la "Rosa Guadalupana", es otorgado, con justicia, a Joselito Huerta, que es levantado en hombros por medio centenar de capitalistas y aplaudido por el público en general...
Así es como concluyó esta corrida de concurso, en la que el León de Tetela se afianzó como uno de las figuras consentidas de la afición de la capital mexicana.
