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domingo, 24 de mayo de 2015

En el centenario de Silverio Pérez (V)

1º de mayo de 1935: Presentación de Silverio en cosos hispanos


La historia del toreo parece reflejar únicamente la última etapa del paso de Silverio Pérez por los ruedos de España y poco repara en los primeros años de su camino por ellos, cuando novillero, intentó abrirse camino en aquellas tierras y hacerse de un sitio y de un nombre en la cuna del toreo, cuestión que a la postre lograría, caso extraño, con el bagaje de un puñado de novilladas y de corridas de toros toreadas y sin la necesidad de comparecer en las plazas de toros más importantes de aquellos lares.

Para el Día del Trabajo de 1935, Domingo Dominguín anunció en la plaza de Tetuán la lidia de ocho novillos de don Esteban Hernández para los mexicanos Liborio Ruiz – quien después sería un magnífico subalterno – y Silverio Pérez y los hispanos Bonifacio Fresnillo Varelito Chico y a quien se anunció como Ángel Rodríguez Manolete, siendo debutantes en esa ocasión de hace ochenta años tanto Silverio Pérez como Manolete.

La novillada ocupó importantes espacios en la prensa del día siguiente del festejo, pues resultó, al decir de los cronistas de la época, de mayor contenido que la que se ofreció en la plaza de Madrid. También, al paso de los años, se tornó en un importante acontecimiento histórico, pues representó el debut de dos toreros que resultaron ser dos figuras de época y de leyenda, como lo fueron y lo son Silverio Pérez y Manuel Rodríguez Manolete.

La crónica del festejo a la que aludiré en esta oportunidad, apareció al día siguiente de la novillada en el diario madrileño La Voz y fue firmada por B y la transcribo en su integridad dado el gran valor histórico que representa:
La novillada de ayer en Tetuán 
Ocho novillos de don Esteban Hernández para Liborio Ruiz, Silverio Pérez, Manuel Rodríguez (Manolete) y Bonifacio Fresnillo (Varelito Chico) 
"B", en La Voz, Madrid, 2 de mayo de 1935 
Corrida de competencia hispanomejicana, con elementos totalmente nuevos y con ganado de lo mejorcito, ofrecía alicientes estimables. Y que la confección del cartel fue un acierto lo demostró el lleno casi absoluto que se registró en el coso tetuaní. 
Don Esteban Hernández envió una novillada magnífica; algo desigual de presentación, pero en general brava y con no mal estilo, sobresaliendo los bichos lidiados en tercero y quinto lugar, a los que se ovacionó en el arrastre. Hubo, sin embargo, momento en el que culminó la nota de apasionamineto, regateándose a los toreros el aplauso que se prodigó a algunos de los novillos, con menos merecimientos que el que a aquellos se debiera. 
De los debutantes mejicanos, Liborio Ruiz y Silverio Pérez, fue éste el que dejó más grata impresión. 
El primero se reveló como banderillero fácil y seguro. Tres pares colocó al novillo que abrió plaza, ganándole la cara, que se premiaron con palmas nutridas y con un revolcón sin consecuencias, por fortuna. Con el capote y la muleta no hizo cosas extraordinarias. En cambio, con el estoque estuvo breve y esto hubo que agradecerle. 
En Silverio Pérez se aprecian condiciones de torero enterado y valeroso, que hicieron recordar en diversos momentos de la lidia a su malogrado hermano Carmelo. Valor frío y sereno con el capotillo y con el trapo rojo; seguridad y dominio en la ejecución de las diversas suertes del toreo, con sus características. En las dos faenas que ejecutó se arrimó enormemente, dando pases de todas marcas, alguno tan apretado, que lo puso a centímetros del hule. Matando empleó una estocada para cada novillo, entrando siempre con coraje. Fue ovacionado repetidamente, y hasta hubo petición de oreja en su segundo novillo, cuya muerte había brindado a Armillita Chico, ocupante de una barrera del 1. 
La simpática figurilla de Manolete, jovenzuelo espigado, hijo de aquél matador cordobés de igual apodo, apuntó la presencia de un futuro y formidable estoqueador de toros. Aunque algo verde con el capote, se apreciaron en él atisbos de buen muletero, soltura, tranquilidad y valentía, y sobre todo, condiciones de excelentísimo matador. Sus dos novillos rodaron de sendos volapiés, suerte que ejecutó muy limpiamente, con gallardía y precisión. ¡De casta le viene al galgo! Fue ovacionado largamente. 
También Varelito Chico dio la nota de torero valiente y enterado. Las verónicas que administró a sus dos novillos, así como en diversos quites, fueron algo emocionante y serio, que el público premió con ovaciones prolongadas. También puso valore en la labor muleteril, temple, quietud y dominio, toreando siempre metido entre los pitones, y a la hora de la verdad se echó para adelante sin arredrarle los serios achuchones que sufrió, ni siquiera el aparatoso volteo con que le obsequió el que cerró plaza. Las ovaciones para el valiente muchacho se repitieron con fuerza al final de la corrida, y Varelito Chico salió de la plaza en volandas. 
Se picó muy bien, singularmente por parte de Pontonero, Calero, los Avia, Poli, Barana de Méjico y el sobrino de Barajas, que oyeron abundantes palmas y bregaron y banderillearon con acierto, Mella, Maera de Méjico y Guerrilla. 
Durante la lidia del cuarto toro ingresó en la enfermería el picador Atanasio García Bernabé, que fue curado de una herida contusa en el dorso del pie derecho, que interesa la piel, tejido celular y músculo perix. Pronóstico reservado.
Como podemos ver, el texto de la crónica corrige el error de los programas anunciadores del festejo y ya se refiere a Manolete por su nombre correcto de Manuel, y aunque refleja que quien salió en volandas fue Varelito Chico, deja claro que el interés real de la afición se concentró en quienes terminarían escribiendo páginas importantes de la historia universal del toreo.

Al final ese interés se reflejó en el hecho de que Manolete y Silverio repitieron en Tetuán el domingo siguiente, alternando con Julio Chico, en la lidia de novillos de Parladé, pero eso puede ser objeto de otra presentación en esta misma Aldea.

domingo, 19 de enero de 2014

19 de enero de 1947: Manolete y Boticario. Garza en la cárcel Del Carmen

El cartel anunciador del festejo
La 12ª corrida de toros de la temporada 1946 – 47, celebrada en la Plaza México – ese serial fue el primero y único que se verificó conjuntamente con viejo Toreo de la Condesa – tendría a su término varias razones para ser uno que ocupara un lugar importante en la reciente Historia Universal del Toreo. 

En primer lugar, resultaría ser la última tarde en la que Manuel Laureano Rodríguez Sánchez – en los carteles Manolete – actuara en la capital mexicana, una actuación final no decidida o meditada, sino consecuencia de los sucesos de Linares en agosto de ese mismo año. Después, resultaría también una un legítimo triunfo del torero de Córdoba sería opacado por una de las tempestades que Lorenzo Garza sabía generar en el ruedo y transmitir a los tendidos para encenderlos a su favor y en su contra. Bien decía El Ave de las Tempestades que un requisito indispensable para ser figura era el saber dividir

Todavía el martes 14 de enero de 1947 se ignoraba quien cerraría la combinación con los toros de San Mateo, Lorenzo Garza y Manolete. La impresión de la prensa de la época era que se buscaría un torero que no apretara a las dos figuras de modo tal que se les pudiera facilitar en lo posible el triunfo. Al final el tercer hombre fue Arturo Álvarez Vizcaíno y así la corrida fue una de esas de gran expectación.

Paquiro en el número 216 del semanario La Lidia de la Ciudad de México, aparecido el 21 de enero siguiente al festejo, cuenta lo siguiente:
La corrida anunciada para el domingo pasado despertó en la afición un auténtico alboroto. La colas y los tumultos que se formaron para conseguir boletos, fueron increíbles; desde el jueves hasta el domingo la afición batalló y desesperó, con afán y pasión dignos de auténticas revoluciones. Todo aficionado tenía un solo objetivo: conseguir boletos…
La visión de Antonio Ximénez de algunos
sucesos de ese festejo
Un festejo que produce una espera en esas condiciones por lo general se realiza en un ambiente de tensa espera – lo que hoy se dice cargado de energía – y es que poco más de un mes antes – 11 de diciembre de 1946 –, Lorenzo Garza y Manolete habían realizado grandes hazañas en el mismo ruedo ante una magnífica corrida de Pastejé, cortando dos rabos el de Monterrey y uno el Monstruo – Amapolo, Buen Mozo y Manzanito –, cincelando ambos diestros obras que aún hoy, a casi siete décadas de distancia, se tienen por paradigmáticas del éxito en ese escenario.

El encierro de San Mateo prometía en una importante medida la celebración de otro fasto en la gran plaza. Lorenzo Garza era el torero de la casa de don Antonio Llaguno y al propio ganadero le resultaría ampliamente redituable que el principal torero de España cerrara su campaña en la Ciudad de México con un triunfo ante sus toros antes de emprender el viaje de regreso para iniciar su campaña europea.

De la relación de Paquiro, se expresa lo siguiente acerca del encierro a lidiarse:
Toros de San Mateo; esos bureles que han consagrado a tantos y tantos lidiadores, por su bravura y nobleza extraordinarias. Esos toros siempre constituyen garantía de triunfo, ya que se prestan al lucimiento de los toreros porque por su sangre corre la herencia de castas de prestigio indudable. Toros de San Mateo; los toros de don Antonio Llaguno – creador y criador – que no le ha importado su malestar físico causado por larga y penosa enfermedad, con tal de dar una vez más gusto al público que clama por sus ejemplares. Toros de San Mateo, en fin, los que siempre han lucido – arrogantes y orgullosos – los colores de su divisa que es blanca como la nobleza y rosa como lo imperial…
El resultado final de la corrida

Como lo expreso en el encabezado, Manolete le cortó el rabo al quinto toro de la tarde, llamado Boticario y Lorenzo Garza terminó la tarde en la cárcel Del Carmen de la capital de México. La plaza se llenó hasta el reloj – aquí en México las plazas no tienen bandera – y tras de que la corrida y la bronca concluyeron, la nueva plaza requería de muchas y muy serias reparaciones. Sigo citando a Paquiro con lo que sigue:
…la afición se volcó en los tendidos y dejó muchos miles de pesos en las taquillas. Pero – ya hay que decirlo – solo desde el aspecto económico hubo triunfo. Porque lo que se vio en la arena fue un verdadero y despreciable desastre. Al final de la corrida la bronca era endemoniada; fogatas en todos los graderíos, una auténtica lluvia – tempestad – de cojines, insultos por doquier, la policía en acción y muchas cuadrillas de corajudos y enloquecidos espectadores que, transformados en insaciables condenados, se dieron a destruir todo lo destruible en la Monumental Plaza. Aquello era un motín borrascoso imposible de describir…
Manolete y Boticario

El rabo número seis que se otorgaba en la plaza y segundo y último de su cuenta personal, fue el que Manolete le cortó al quinto San Mateo de la tarde, Boticario. Al final, el torero de Córdoba es quien rescató los valores de la Fiesta en esa tarde. La relación ya citada de Paquiro refiere su actuación triunfal de la siguiente manera:
Salió el quinto y “Manolete” lo saludó con una tanda de verónicas tremendas, de las que sobresalieron las del lado izquierdo. Ellas fueron coplas y poemas de sacra liturgia, que quedaron firmadas con una media de abolengo único… Tomó la muleta y se inició el drama. Sin mayores requisitos se echó el engaño a la mano izquierda y buriló dos series de naturales extraordinarios. En cada lance había confusión de los vuelos del engaño escarlata y de los vaivenes macabros de los pitones del toro tempestuoso. Éste hacía un círculo en torno a la cintura del torero que, más que nunca, lució orgullosamente sus sedas y sus oros. “Manolete” semejaba extraño oficiante de sangriento rito de muerte… Todavía insistió para más naturales, pero el burel se le coló, y lo derribó en la arena. Caído, “Manolete” sufrió otras peligrosas tarascadas. Se quedó inmóvil y pálido. Los gritos de angustia se reprodujeron en ecos de imploración… Las asistencias lo cargaron en brazos y se lo llevaron a la enfermería – la cornada se daba por segura – cuando el cordobés sintió el fuego de su afición y se deshizo, corajudo y temerario, de toda ayuda… Despeinado, lleno de arena y con la taleguilla completamente desgarrada se fue al toro. En medio de la admiración general, logró más derechazos y naturales extraordinarios. El público rugía. Y el torero, que se nos antojó un regio monarca que ha sufrido atroz herida pero conserva el palpitar de su corazón indomable y vencedor, se extasiaba en aquellos pases prodigiosos… Terminó con media en buen sitio y el burel se rindió vencido y admirado por tanto valor. Se concedieron a “Manolete” las orejas y el rabo y se abstuvo de recorrer el redondel en innúmeras ocasiones, porque las fuerzas lo abandonaron y, ahora sí, fue llevado a las manos de los médicos…
Al final de cuentas, Manolete resultó solamente con un palotazo en el muslo izquierdo y una conmoción cerebral leve, que fue la que le impidió continuar en la lidia.

La descoumunal bronca

Rodolfo F. Guzmán, en el diario El Siglo de Torreón del día siguiente del festejo refiere que el festejo fue accidentado. Que independientemente de la importante actuación de Manolete ante el quinto del festejo, la gente se metió con él por considerar que no estuvo a la altura del primero de su lote, que además al saltar al callejón había herido de gravedad a un empleado del servicio de plaza. Tan complicadas estuvieron las cosas, que sin esperar el resultado del segundo de su lote, Manuel Rodríguez ofreció regalar el sobrero para intentar apaciguar los ánimos.

Si a eso se suma la desgana con la que actuó Lorenzo Garza toda la tarde, la situación se acomodaba para que se produjera un cataclismo de considerables dimensiones. Dice la crónica de Guzmán:
En el tercero, que correspondió a “El Vizcaíno”, Lorenzo se limitó a bailar en los quites y volvió la gente a picarse y a insultarlo; del tendido de sombra, de la primera fila, donde se sientan los hombres de dinero y llamados cultos, surgió el grito recordándole al de Monterrey a su señora madre desaparecida; el cuello del señor de Monterrey se estiró como el de una jirafa y se enfrentó al tendido, pero no pudo precisar al anónimo grosero. Hubo una llamada de atención y Lorenzo aguantaría todas las críticas del público pero no toleraría más que se acordaran de su madre de tan fea manera... Y salió “Tapatío”, un negro zaino ancho de cuna, cabezón y feo. Lorenzo le bailó peteneras en el primer tercio y los 55,000 espectadores se dieron a silbarle y a gritarle y de nuevo surgió aquél grito destemplado, de borrachín, grito tabernario que aún los mismos ebrios se guardan de lanzar. No pudo Lorenzo localizar al que lo profirió, pero sí perdió los estribos y acabó con el burel entre una lluvia de cojines y de otros proyectiles, de una media con derrame...
Pero faltaba el episodio final. Un hecho que en la historia de la Plaza México no se ha vuelto a repetir y que hasta donde mi entender alcanza rara vez sido visto en alguna otra plaza de toros. De la narración del invocado Rodolfo F. Guzmán extraigo lo que sigue:
El acto final. – Nacho Carmona pica mal a “Monterillo” el toro que cerró plaza y de nuevo vuelan los cojines sobre el varilarguero. Lorenzo fue al quite, sin ganas, sin entusiasmo, sin nada y el público lo abuchea de lo lindo. Se encrespa el de Monterrey y éste localiza al que ha insultado a su señora madre y brinca al callejón, saca violento y exaltado el estoque de la funda que estaba ya en vías de ser acomodado en la maleta de los trastos de torear y brinca al tendido dando mandobles a diestro y siniestro; siguiéndolo van sus banderilleros Emilio Méndez y Valencia y surge la más espantosa de las broncas entre un público llamado civilizado... Cargan los granaderos y empiezan a llover en los tendidos las bombas lacrimógenas, cortan cartucho los gendarmes y las calibre 45 empiezan a relucir... La policía encontró al que había insultado a Lorenzo y lo sacó a culatazos y a golpes. Mientras tanto se pudo sujetar a Lorenzo y junto con su cuadrilla salieron de la plaza, escoltados por policías, granaderos y empleados del servicio secreto... Todavía vestido de torero, Lorenzo Garza fue conducido a la cárcel de la Delegación del Carmen, donde quedó internado en espera del castigo que le espera por su “hazaña”...
Las sanciones aplicadas

Algunas gráficas de la bronca y de
Garza en la cárcel
Al final de cuentas un evento de esta naturaleza resulta en una serie de sanciones para quienes participan en él. Inicialmente se informaba que a Lorenzo Garza se le había aplicado un arresto inconmutable de 15 días. La realidad de los hechos es que para el viernes siguiente al festejo se anunciaba públicamente que había sido multado con diez mil pesos (unos 1,200 dólares al tipo de cambio de la época), misma suma con la que se sancionó a la empresa de la Plaza México, por el sobrecupo (se hablaba de 10,000 espectadores de más esa tarde). Al ganadero Antonio Llaguno se le sancionó con cinco mil pesos – no me explico el motivo – y a los banderilleros de Garza con quinientos pesos a cada uno. Y en la comunicación de las sanciones se supo que el nombre del que insultaba a Garza era Emilio Mauren, a quien se sancionó también con quinientos pesos – unos 60 dólares – y además se anunció el cese del Juez de Plaza y del delegado de la autoridad en el callejón. (NOTA ACLARATORIA: El buen amigo Gastón Ramírez Cuevas me señala que el nombre correcto del personaje que insultaba a Lorenzo Garza era EMILIO MAURER, persona a la que conoció. El dato lo obtuve yo del semanario La Lidia, que lo publicó tal como quedó transcrito inicialmente, ahora, aclarado y corregido queda).

Una reflexión posterior

Don Luis de la Torre El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, reflexiona lo que sigue acerca de los sucesos en un artículo titulado Tenía que suceder, aparecido en el número 217 del semanario La Lidia del 30 de enero de 1947:
El alto costo de los derechos de apartado, más tarde la decepción sufrida al conocer que el descenso esperado en el valor de los billetes de entrada al pasarse la fiesta al monumental coso “México”, se convirtió en abusivo aumento, así como el falso anuncio de diestros que nunca llegaron a contratarse, amén de las múltiples incomodidades para trasladarse a la Ciudad de los Deportes, fueron apenas el principio del disgusto del público... Vino el anuncio de la duodécima corrida. A bombo y platillo se propagó la novedad de que serían lidiadas reses zacatecanas por el torero en ellas especializado, reforzándose el cartel con la supuesta competencia entablada con la cuña de nuestros toreros. Se tragó el anzuelo, se hizo el taquillazo; pero nadie fue capaz de percatarse de la justificada indignación del público por todos los antecedentes mencionados, ni se pensó tampoco en su cansancio al soportar por varios años la mofa y el insulto del torero más desaprensivo con que cuenta la historia, cuando habían pasado apenas quince días de un hecho bochornoso, culminación de toda su insolencia... El público, abarrotando el graderío de la anchurosa plaza de Insurgentes, no pudo soportar ya una nueva burla en la que tomaron participación todos los elementos constitutivos de la fiesta, y estalló el cohete ante tanta ignominia, desatándose la bronca más furiosa que pueda recordarse, acallada solamente por breves instantes ante la reflexión momentánea y honrada del torero cordobés, único que, si en un principio contribuyó también a la tormenta, supo cumplir con su deber como artista con el público soberano. A fuerza de valor y pundonor supo acreditarse una vez más como torero de vergüenza, ganándose por ello la voluntad de los espectadores, otorgándosele los máximos galardones...
Garza salió de la cárcel a hombros de sus incondicionales. Así critica ese hecho don Luis de la Torre:
Ahí tenemos al HÉROE sacado en hombros de donde no debió haber salido en mucho tiempo, limpio de toda culpa (según él mismo); libre para seguir actuando ante la ingenuidad de los públicos y el aplauso de sus incondicionales, haciéndose gratuita propaganda para llenar más y más sus escarcelas; no mermadas en nada ni con la multa impuesta, pues según cláusula de contrato, ésta deberá ser pagada por la empresa. Más sí eso no fuere, en justicia, ¿qué significa el monto de la multa para el fabuloso sueldo percibido, a decir, por matar toros y nunca hacerles filigranas? No es de dudarse que con gusto vuelva a pagarla, dándose con ello la satisfacción de burlarse nuevamente del público y autoridades, sí, como lo merece, no se le retira definitivamente de los ruedos ya que su ambición no le ha permitido cumplir con su palabra cuando dijo hacerlo voluntariamente. ¡Oh personalidad, divino tesoro!, que dijera cierto cronista de prensa y de radio…
En fin, que este es uno de los interesantes capítulos de la Historia – escrita aplicando la gramática parda – Universal de la Fiesta.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Barcelona: La tarde redonda de Manolete y Arruza en la Feria de la Merced de 1945

Manolete y Carlos Arruza (Cª 1946) 
La Feria de la Merced de 1945 constó de cuatro festejos. En todos ellos Manolete y Carlos Arruza, emparejados, eran el eje de las combinaciones. No creo que haya sido falta de imaginación de Pedro Balañá el anunciarlos juntos la totalidad de esa feria, sino que más bien se trataba de reiterar la primacía de una plaza que durante el siglo XX, fue la que más festejos ofreció en toda la geografía española y también, de ratificar la taurinidad de una ciudad – por más que una panda de obcecados hoy se desgañiten proclamando lo contrario – que en esos días tenía dos plazas de toros de primera categoría en plena operación.

Más la Merced del 45 no descansaba solamente en los nombres de Manuel Rodríguez y Carlos Arruza. También eran parte de su elenco Domingo Ortega, Jaime Marco El Choni, Agustín Parra Parrita y los caballeros Simao da Veiga y Álvaro Domecq. Eso sí, como era tradicional por esos tiempos en la ciudad condal, los festejos fueron de muchos toros, porque en el que menos se corrieron fueron siete y hubo un par en el que salieron al ruedo nueve, pero así eran Balañá y Barcelona, cuando había, había a manos llenas.

La cuarta corrida de esa tradicional fiesta se celebró el 26 de septiembre de 1945. Actuaron los rejoneadores Simao da Veiga y Álvaro Domecq y mano a mano Manolete y Carlos Arruza. Los toros fueron uno de Bernardino Jiménez y uno de Villamarta para rejones y seis de doña Carmen de Federico para los toreros de a pie. Da Veiga abrió plaza y Domecq actuó entre los toros tercero y cuarto de la llamada lidia ordinaria. Ambos caballistas fueron muy ovacionados.

Los males que hoy impiden el desarrollo de la Fiesta en Barcelona – y en Cataluña toda – no eran novedad por esos días. Deduzco esto de la crónica aparecida en el diario La Vanguardia de la capital catalana al día siguiente del festejo y firmada por Eduardo Palacio, en el fragmento que sigue:
La «afición» de Barcelona, una de las más antiguas de España, cosa que estoy pronto a demostrar con textos de la época romana, sufría un letargo del que ha ido despertando poco a poco a lo largo de seis años para encontrarse, a la sazón, convertida en el inapelable juez de la «fiesta». Y el artista que ella consagra, consagrada queda en todo el territorio nacional. Pues bien, como entiende, siempre entendió de toros…
El anuncio de la corrida
Me da la impresión que de manera soterrada, se cuestionaba la existencia de una verdadera afición autóctona a los toros en Barcelona, atribuyendo su vigencia a quienes despectivamente se llama allí los charnegos.

Pero vamos al grano. Los toros de Carmen de Federico, dirían las crónicas de hoy, se dejaron hacer, aunque el recuento de su comportamiento en el primer tercio refleja que también tuvieron su dosis de bravura. El primero tomó tres varas; el segundo, dos; el tercero, dos muy fuertes de Parrita; el cuarto, también dos; el quinto, cuatro, una del reserva y tres de Barajas y el sexto, tres, señalándose que en la segunda, intervino en quites el sobresaliente Tarré. Diecisiete varas en total. El juicio del cronista acerca del encierro es así:
Los seis ejemplares que envió desde Sevilla la ilustre ganadera eran preciosos, finos, grandes, bravos, con poder, recogidos de cuerna, y ésta muy brillante; nobles, dóciles y alegres. Fueron una preciosidad. Varios de ellos aplaudiéronse en el arrastre, y uno, el lidiado en el penúltimo lugar, saludado al pisar la arena con una ovación unánimemente cerrada… las ovaciones que ayer se prodigaron a los colores negro y encarnado de la divisa propiedad de la aristocrática dama doña Carmen de Federico, constituyeron un legítimo galardón, no por merecido, menos de estimar, pera la renombrada vacada andaluza.  
Manolete salió de la plaza con dos orejas en el esportón en lo que era su actuación número cincuenta y siete de la temporada. El 29 de junio anterior, en Alicante, había sufrido una fractura de clavícula que le tuvo parado dos meses, pues aunque reapareció el 6 de agosto en Vitoria, tuvo que parar de nuevo tras esa tarde y volver a la actividad hasta el 28 de agosto en Linares. Dice Francisco Narbona que perdió treinta y tres fechas. Si se suma a las 71 que sumó en plazas europeas ese calendario, seguramente hubiera rebasado el centenar ese año.

Su faena al segundo de su lote fue la cima de su actuación de esa tarde. Dice la crónica de Eduardo Palacio:
«MANOLETE». Este diestro, soberano en su arte, del que cada tarde exhibe una nueva y singular faceta, aprovechó la corrida, según mi leal saber y entender, para demostrar que así como no tiene rival con el capote y la muleta, tampoco lo encuentra manejando la espada. En su primero había escuchado la música a lo largo de su esplendente faena, concluida entre entusiásticas ovaciones. Pero lo grande, lo que para encontrarle igual es preciso acudir a la memoria, y recordar la forma en que «Fortuna» mató en Madrid, alternando con Belmonte el grande, un Albaserrada; o a «Varelito» a un Parladé, en la misma plaza; o a Martín Agüero, con un Esteban Hernández; o a Luis Freg, con un Urcola, la tarde en que resultó después gravísimamente herido; hay que recordar esas excepciones, repito, para ponderar la forma maravillosa en la que «arrancó» a herir, «llegó» y «salió» en su segundo, al consumar un volapié metiendo el estoque centímetro a centímetro por el propio hoyo de las agujas. Es decir, que el cordobés, que de novillero destacaba con el acero más que con nada, al encontrarse en la cima como capeador y muletero, tornó a reencontrar sus primitivas disposiciones. Antes había señalado un gran pinchazo. Se le otorgaron las orejas, y también escuchó la música. En el último quedó, asimismo, muy bien, pero... aquel volapié fue, sin disputa, una cosa grande.
La campaña de Carlos Arruza es un hito de la historia del toreo. Es la única ocasión en la que un torero mexicano ha rebasado el centenar de corridas toreadas en ruedos europeos y es una marca que, conforme van avanzando los tiempos, se vuelve cada día más inalcanzable. Resulta impresionante el ver cómo un torero que un par de años antes fue incluido en una corrida de la concordia en Madrid – 18 de julio de 1944 – por ser el que estaba a mano, toreando en Portugal para evitar el paro al que casi estaba sometido en México, en ese breve lapso de tiempo se encaramó, por mérito propio, a la cabeza del escalafón español y mundial, porque a esos festejos habría que sumar los toreados en cualquier otra parte del mundo.

Sobre la corrida número 101 de Carlos Arruza – en la que cortó seis orejas y un rabo –, el citado Eduardo Palacio escribió:
ARRUZA. El número que hacía su corrida de ayer era un capicúa: 101. Esas son las que lleva toreadas el mejicano esta temporada, a pesar de haber sufrido, a lo largo de ella, tres percances. No es mala cifra, ya que si no se tiene ningún contratiempo, sobrepasará el número de las que, en temporadas excepcionales, alcanzaron José y Belmonte. El mejicano se propuso, sin duda, en la fiesta a la que me refiero, solemnizar el haber rebasado el centenar de las que lleva toreadas, y ¡voto al chápiro!, que logró ampliamente su propósito. Porque lo hizo todo en los tres toros que le correspondieron, y lo hizo con inusitada brillantez. Toreando de capa, banderilleando sus tres enemigos, menos el último par en el bicho que cerró plaza, por haber recibido un palotazo en el brazo derecho, confió el menester a un peón; toreó de muleta exhibiendo la gama de su extenso, alegre y variado repertorio, y mató con la majeza que le es habitual. Su legión de partidarios no cabían en sí de gozo. Arruza escuchó la música en sus tres faenas, cortó todas las orejas de las reses e incluso también el rabo de la última – esto a exigencia fervorosa de la multitud –, y paseó el ruedo triunfalmente en los tres toros, no ahorrándosele ello ni en el que sirvió para concluir la gran corrida. Y como si quisiérase que el público admirase bien al diestro, se encendió la luz artificial cuando ya la última y brava res de doña Carmen de Federico, yacía sin vida a los pies del espada. ¡Bien solemnizó Arruza su corrida 101 de la temporada! Mientras tanto, el señor Balañá mordisqueaba un puro, pensando sin duda, en el negocio que sería otro mano a mano «Manolete» – Arruza. Porque lector, el atestón de la Monumental daba verdaderamente miedo.
Así que ya lo vemos, el cuarto lleno de no hay localidades en cuatro días seguidos de toros. De esa manera eran las cosas de los toros en Barcelona cuando existía la voluntad de ofrecerlos y la idea de que eran parte de una identidad nacional. Es por eso que hoy recuerdo esta Feria y este suceso puntual de ella, que nos deja muy en claro que lo que hoy sucede no es más que el capricho de unos cuantos.
La Merced de 1945
Nota marginal. En La Vanguardia del día del festejo que da motivo a esta entrada, aparece una nota de la agencia EFE, en la que se da cuenta del fallecimiento en Nueva York, en la víspera, de Encarnación López La Argentinita. No voy a citar el contenido de la nota en sí, pero no quiero dejar de poner aquí una nota de la redacción que se escribió a continuación:
N. de la R. – Con el fallecimiento de Encarnación López pierde el arte de la danza española una de las más destacadas figuras de todos los tiempos. La gracia el ritmo y la expresión prestaban a las interpretaciones de «La Argentinita» un sabor y un carácter pocas veces igualados… El arte de «La Argentinita» era algo realmente excepcional, y por ello la genial bailarina triunfó plena y rotundamente no sólo en España, sino también en el mundo entero. París, Londres y otras grandes capitales de Europa y América rindieron a Encarnación López los más encendidos homenajes de admiración… Aunque alejada hacía bastante tiempo de los escenarios barceloneses, aquí no se había olvidado a «La Argentinita»… Barcelona la aclamó repetidas veces, y ha recibido con sincero y hondo dolor la noticia de la muerte de la sin par artista.
Creo que esas afirmaciones, junto con los resultados de la Feria Taurina que es objeto del comentario principal, dejan bien clara la hispanidad y la taurinidad de Barcelona y de Cataluña entera.

domingo, 19 de febrero de 2012

17 de febrero de 1946: Manolete, Pepe Luis y Procuna. Platino, Cazador y Cilindrero


A la memoria de don Isidoro Cárdenas Carranza, gran amigo y aficionado a esta fiesta, en su día corresponsal de los semanarios Dígame y El Mundo de los Toros, quien falleciera hace unos minutos.

Las tormentosas vísperas

El Toreo de la Condesa
La 19ª corrida de la temporada 1945 – 46 en El Toreo de la Condesa estuvo a punto de no celebrarse. Tres días antes se había efectuado allí mismo la corrida a beneficio del Sanatorio de Toreros – fue la corrida en que Armillita ganó la Rosa Guadalupana y de la gran faena de Pepín Martín Vázquez con Caribeño de Xajay – y el Monstruo de Córdoba se cayó del cartel alegando el agravamiento de una lesión muscular que venía padeciendo desde el mes de enero anterior – no obstante el 5 de febrero actuó en la inauguración de la Plaza México – y le sustituyó en la ocasión Gitanillo de Triana. La Unión de Matadores que lideraba Luciano Contreras no se quedó conforme con el parte facultativo presentado por Manolete y decidió suspenderle en sus derechos sindicales por dos años, quedando el torero impedido en consecuencia, para actuar en todas las plazas mexicanas por ese lapso de tiempo. Una información aparecida al respecto en el diario El Informador de Guadalajara, el 15 de febrero de ese año, dice lo que sigue:

La Unión de Matadores de Toros, del cual es Secretario Luciano Contreras, anunció un veto a Manolete, por dos años para no torear en plazas mexicanas. La determinación de la Unión, obedece por no haber toreado hoy el diestro cordobés estando anunciado, pretextando estar enfermo, pero los médicos que lo reconocieron dictaminaron que estaba bien. Esto viene a suspender la corrida “mano a mano” que estaba anunciada para el sábado próximo en la Plaza México con Silverio Pérez. Se dice también que el cordobés está siendo atacado por un diestro mexicano, que hace labor subterránea en contra de él.

Manolete triunfante el El Toreo
El resultado del veto que Luciano Contreras y sus huestes intentaron imponer, resultó en la fundación de una nueva Unión Mexicana de Matadores de Toros, presidida por Armillita y a la que se afiliaron también David Liceaga, Jesús Solórzano, Silverio Pérez, Calesero, Juan Silveti, Heriberto García, Luis Procuna, Antonio Velázquez, Fermín Rivera, El Soldado, Cañitas, Carlos Arruza y Gregorio García entre los mexicanos más notables y por los hispanos el propio Manolete, Pepe Luis Vázquez, Manolo Escudero, Gitanillo de Triana, Pepín Martín Vázquez y Angelete, quedándose en la anterior solamente Cagancho y éste, por breve tiempo.

Creo que no es necesario decir, que ni el mano a mano del sábado 16 de febrero entre Manolete y Silverio Pérez en la Plaza México – fue la tarde del Faraón con Barba Azul de Torrecilla – ni la corrida del día siguiente en El Toreo, sufrieron contratiempo alguno.

La apoteosis en El Toreo

La empresa dirigida por Tono Algara anunció un encierro de Coaxamalucan, ganadería tlaxcalteca dirigida por los hermanos Felipe y Darío González. Eran seis toros que por su orden se llamaron Tilapo, Cazador, Cilindrero, Platino, Troyano y Abanico. Seis toros que, de acuerdo con la crónica de Francisco Montes en el número 168 de La Lidia, aparecido el 22 de febrero de ese año:

…Así es como se demuestra la categoría de ganadero de reses bravas, enviando astados que lo sean de verdad y es como se gana la predilección de la afición. Fueron sencillamente magníficos cinco de los bureles de Coaxamalucan habiendo llegado tres de ellos al destazadero sin apéndices, además de que uno de ellos fue paseado en torno del redondel como premio a su bravura, compartiendo el premio el ganadero, que en medio de los tres espadas dio la vuelta al anillo…

Manolete salió con la parroquia en su contra. Algún efecto surtió la campaña que en los días previos iniciara Luciano Contreras, más con su actuación esta tarde pudo resarcir las pérdidas que ello le pudo causar. La gran faena vino con el cuarto de la corrida, Platino, número 264, de pelaje sardo, entresacando de la crónica antes referida lo siguiente:

…inició su portentosa faena con tres pases ayudados por alto, estatuarios, en los que se pasó entero al burel y después del tercero, recibió un fuerte palotazo… pero imponiéndose a éste… se irguió como un genio que es del toreo y ligó seis derechazos de portento, de prodigioso temple y mando… ligándolos en redondo… derechazos que fueron la mecha que prendió la locura en los tendidos… siguió con tres manoletinas… y para poner fin a su portentosa faena ligó tres naturales  que ahí quedan en el ruedo de El Toreo de México como modelo de bien torear… entró a matar muy derecho y ejecutando la suerte a la perfección, dejó una estocada en buen sitio, se precipitó porque el toro no doblaba con rapidez y descabelló al segundo empujón… La plaza era un manicomio, veintidós mil pañuelos pedían también la pata…

Pepe Luis Vázquez
Pepe Luis Vázquez tuvo esta tarde lo que a mi juicio resulta ser quizás la tarde más redonda en su paso por los ruedos mexicanos. Fue ante Cazador, segundo de la tarde, número 275 y El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada escribió en el número 169 de La Lidia, del 1 de marzo siguiente, lo que sigue:

…Hagamos caso omiso de las excelencias de su toreo de capa, cada vez creciendo en ligazón, en gracia, en sabor, para seguir batiendo palmas de entusiasmo a la esencia pura, al clasicismo sin par de su primer faena, preciosa, valiente, segura, sin un solo lunar, en la que lo mismo lucieron los pases naturales armoniosos, ligados con los incomparables de pecho, perfectos, largos, impecables, que todos los de otra índole como complemento de belleza a lo ya por sí mismo intensamente bello…

Luis Procuna a su vez tuvo su gran momento de la tarde con el tercero, Cilindrero, número 278, toro que le dio la ocasión de mostrar su especial tauromaquia y de ejecutar el toreo por alto que tanto le distinguiera. De la ya citada crónica de Francisco Montes, extraigo lo que sigue:

…el torero de San Juan ligó tres faroles de magnífica ejecución y artística rebolera… tomó los palos y después de un vistoso galleo, dejó un palo… cerró el tercio uno de sus peones… Brindó a David Liceaga y principió con pases de tanteo para luego estirarse con tres de costado… luego ligó tres derechazos extraordinarios, dos afarolados artísticos y plenos de gracia, dos derechazos en que aguantó enormidades… luego con el toro en los medios ligó naturales magníficos… y entró a matar dejando media en todo lo alto para tumbar patas arriba al bravo ‘Cilindrero’…
Luis Procuna
El Toreo de la Condesa vivía su última temporada. Durante cuatro décadas fue la principal plaza de toros de la capital mexicana y ante la puesta en funcionamiento de la Plaza México, que le duplicaba en capacidad, sus días estaban contados. Durante el último año de funcionamiento de El Toreo y primero de La México, no se puede hablar de una real competencia entre ambos escenarios, básicamente por el número de festejos que en una y otra plaza se dieron y en menor medida, porque en el nuevo coso, aún se trabajaba para terminar detalles que lo dejarían en condiciones óptimas de funcionamiento, no obstante esto, la tarde que hoy les recuerdo, debió ser una de las más grandes en la historia de la plaza que se despedía, más que nada, por lo redonda que resultó, pues todo salió bien. Se hizo presente el seguro azar del toreo, que diría José Alameda.

El festejo al final, admite, a 66 años vista, el certero y breve resumen de El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada:

Toros y toreros, conjuntamente, nos proporcionaron el placer incomparable de presenciar una verdadera corrida de toros…

Placer incomparable sin duda y en estos tiempos que corren, cada día más escaso…

domingo, 30 de enero de 2011

En el centenario de Armillita I

30 de enero de 1946: Armillita, Manolete y Silverio lidian en El Toreo, el último encierro español que se ha corrido en la capital mexicana

Necesaria aclaración

El día 3 de mayo de este año se cumple el primer centenario del natalicio de don Fermín Espinosa Saucedo Armillita, quien resulta ser, a la luz de los hechos, una de las más altas cumbres de la Historia Universal del Toreo. A partir de este día y cuando menos una vez al mes, procuraré ocuparme de alguno de los hechos notables de su paso por los ruedos del mundo, distintos a los que ya he dejado constancia en las virtuales páginas de esta bitácora. Espero que los encuentren de interés y que sirvan para dejar claro que independientemente de que haya un océano entre América y Europa, la Fiesta es una y así debe seguir siendo.

La temporada 45 – 46 en El Toreo

A la reparación de la ruptura de las relaciones taurinas entre España y México, producida en 1936 y la forma en la que se gestó la temporada en la que se dio la corrida que aquí me ocupa, dediqué otro espacio de esta misma Aldea y a él les reenvío. También escribí ya a propósito del impedimento oficial al ingreso de ganado español a nuestro territorio, a causa de una epizootia de fiebre aftosa, así que para aligerar, les pido también, si es el caso, dirijan sus pasos al espacio relativo.

Solamente añadiré que esa temporada 45 - 46 encontraba en puerta, aparte del serial de El Toreo, la inauguración de una nueva plaza de toros en la capital mexicana. La ya bautizada como Plaza de Toros México, con capacidad inicial de 50,000 espectadores – después reducida en un 10% por disposición gubernativa –, manejada por una empresa distinta a la de La Condesa y con la que se iniciaría una competencia en materia de asuntos taurinos en la Ciudad de México, con el Monstruo de Córdoba como eje de ella, tanto así, que el día 22 de abril de 1946, se publicó en el Diario Oficial de la Federación un decreto del Jefe del Departamento del Distrito Federal, Javier Rojo Gómez, limitando la celebración de festejos taurinos a 2 por semana, pues se aducía entre otras cosas, que con más, se afectaba seriamente la actividad productiva y la economía de las familias.

En ese entorno se anuncia en El Toreo un festejo con un cartel encabezado por Armillita, Manolete y Silverio Pérez, para enfrentar un encierro español de origen Murube. Aludo a su origen, dado que en las distintas informaciones que he podido recabar, me encuentro con autores como Guillermo Ernesto Padilla, que aseguran que la corrida era de doña Carmen de Federico, en tanto que Filiberto Mira y Francisco Narbona señalan que los toros fueron de don Luis Vallejo Alba y  por su parte El Tío Carlos simplemente dice que fueron de Murube. Cualquiera que sea el caso, lo único seguro es el origen de los toros, puesto que la familia Urquijo de Federico compró a la familia Murube la ganadería que formaron a partir de ganados de Vistahermosa, vía Arias de Saavedra y en su caso, don Luis Vallejo Alba o compró a doña Carmen de Federico el pie de simiente para formar la suya o como afirma el veterinario Juan José Zaldívar, adquirió directamente de Tomás Murube una fracción de la ganadería de su familia.

Un festejo accidentado

La corrida estuvo envuelta en varios accidentes previos. La presencia de Manolete en las plazas mexicanas representó un revulsivo para las cosas de los toros de este lado del mar. Las entradas para ir a verle se cotizaban a altos precios y las instalaciones para ir a adquirirlas resultaban insuficientes. Me encuentro en el diario El Informador de Guadalajara, la víspera de la corrida, con la siguiente información:

Multa por falta de taquillas. – México D.F., enero 28. – Mil pesos de multa fueron impuestos a la empresa de “El Toreo” por no haber colocado las taquillas que dispuso el Gobierno del Distrito Federal en los terrenos de la plaza, para facilitar la venta de los boletos. Cada semana que pase sin cumplirse, aumentará la multa.

El equivalente en dólares de esa época eran 125 aproximadamente. Y es que las colas que se formaban alrededor del coso hacían imposible la adquisición de las ansiadas localidades. Pero no solo se tomaban medidas gubernativas, el asunto tomó también tintes políticos. Un senador, Vidal Díaz Muñoz, arremetió en contra de las empresas, tanto de El Toreo como de la Plaza México en los siguientes términos:


Continúa la reventa en la Capital. Todas las medidas que se han adoptado, parece que resultan inútiles. – México D.F., enero 29. – El señor senador Vidal Díaz Muñoz, expresó que no se había acabado con la reventa de boletos para los toros, por más medidas que se habían adoptado. Que es vergonzoso que antes de expenderse los boletos en las taquillas oficialmente, la víspera o el mismo día de la corrida, desde varios días anteriores se ven a los revendedores con blocks de boletos en los cafés, peluquerías, clubs y demás sitios de reunión, a donde se trasladó la perseguida reventa de las calles. El senador Díaz Muñoz hace responsable de esta reventa al gerente de El Toreo, Antonio Algara, de quien dijo que era un personajillo que al parecer goza de grandes favores oficiales. También dijo el mismo senador que los precios en la nueva plaza México eran excesivos, lo que demuestra que su dueño, el licenciado Neguib Simón va igualmente por el camino de la especulación y la explotación.
Ese era el ambiente en el que se iba a desarrollar la corrida a la que me referiré enseguida.

Armillita sin los toros de Murube

Al final de cuentas Fermín El Sabio no lidió ninguno de los toros españoles que le hubieran correspondido, sino dos de Zacatepec, de la misma procedencia, pero de origen nacional. En el sorteo se desechó uno de los de Urquijo o Vallejo – según la versión que se acepte – por chico y el cuarto de la tarde fue devuelto por manso, así que acabó enfrentando dos pupilos criados en Tlaxcala por don Daniel Muñoz, quien después de haber intentado fusionar los ganados familiares de origen Piedras Negras con simiente zacatecana de San Mateo que le facilitara su amigo don Antonio Llaguno, se decantó por lo saavedreño, vía Murube, siendo una de las contadas ganaderías mexicanas que se mantuvieron fieles a esa línea de sangre.

¿Cómo fue la actuación de Armillita en esta señalada tarde? Voy a recurrir a la relación de don Carlos Septién García El Tío Carlos, que en el diario El Universal publicó la crónica de la corrida bajo el título Manuel Rodríguez Manolete o la pureza del arte y que de la actuación del Maestro Armillit, destaca lo siguiente:

FERMÍN: El de Saltillo – vestido de paja y oro, como trigo maduro – salió por la victoria. Pase a pase, lance a lance, fue elaborando un triunfo sólido, consciente, sereno; dijérase que Fermín estaba cuidando su tarde con el mismo esmero cariñoso con que se cuida un toro suave y dócil. Fermín quería cortarle las orejas a la tarde... Era ese Fermín distinto que hemos visto desde que llegara “Manolete”: el Fermín que despojado de su profesoral indiferencia ante los retozos más o menos brillantes de sus discípulos, ha encontrado en la solemne presencia del cordobés un estímulo digno para hacer esplender toda la vasta dimensión de su ciencia... Así, el toreo de Armillita ha dejado de ser el monólogo entristecido o la algarabía sofística que solía ser antes, cuando no había quien lo entendiera o cuando, aburrido, apelaba al engaño para recibir algún calor de palmas. Hoy es un diálogo levantado, profundo: diálogo que, en mutua fecundación, se ha entablado entre la plenitud de Fermín y la liturgia de Manuel Rodríguez. Diálogo cuyas frases de clásica prosa imperial están siendo nuestro regalo y nuestro afán... “Número 28”, de Murube, fue el cuarto. Negro, apretado de encornaduras y bizco, astillado del derecho. Chico también, como todos los de esta tarde. Salió trotón; luego se puso abanto; después se dio a revolver al revés. Por fin, se mantuvo con la cabezota alta... En un derroche de maestría, Fermín lo recogió, lo hizo humillar y luego se lo pasó en varios lances seguidos. Lo que se llama corregir los defectos y luego torear con lucimiento... Vinieron las varas y el toro salió suelto... Luego, el toro hizo asco y por evidente mansedumbre, fue devuelto... En sustitución apareció un toro de Zacatepec, negro bragado, chico y sacudido... Tres varas y el toro salió suelto... Como preludio, un pase de costado; un pase alto y un natural y otro pase por abajo... Luego se lo llevó a los medios. Y allí trazó cinco pases naturales, dos de ellos muy buenos, los otros con ligero enmiendo... Un pase alto; otro de pecho, y de nuevo por abajo. El animal huía por momentos. Además, había necesidad de acosarlo para que embistiera. Fermín lo probó así, cuando en un descanso le metió la muleta hasta los propios hocicos y se la agitó varias veces. Como si se lo hiciera al “Caballito”... A fuerza de aguante, Fermín logró tres derechazos muy ceñidos, toreando con el brazo, y un derechazo con remate alto en el que sintió el calor del toro, y en el que aguantó un gañafón... Se marchó el toro a su querencia de toriles. Y allí lo siguió toreando por alto y por abajo. Luego, con pases de tirón, lo sacó de la querencia para volverlo a citar al pase natural; sólo que el toro rehusó la pelea y, huyendo, volvió a las tablas... Allá fue entonces Fermín. Se dobló con él varias veces. Lo volvió a sacar, y el toro se volvió a marchar. Una lucha con el bueyote... Al fin, en la propia querencia de tablas, Fermín toreó en cuatro derechazos magníficos. Al final de ellos pescó por el rabo al manso para hacerlo regresar. Lo dobló varias ocasiones más para igualarlo, y entrando con habilidad, dejó una estocada caída que hizo doblar. Se levantó el toro y al fin cayó definitivamente... La mayoría pidió la oreja. La minoría la rechazó. Fermín, entonces, al igual que Manolete en el toro anterior, hizo un signo diciendo que para él estaba bien ganada. Y se la guardó tranquilamente en la bolsa de la chaquetilla... Y les peló los dientes a los que le chillaban… Vueltas al ruedo, salida a los medios, música maestro... Fermín había cuidado su triunfo con cariño”.

Manolete cortó un rabo esa tarde y Silverio Pérez estuvo discreto. De allí el título de la crónica de El Tío Carlos. No obstante, la actuación de Fermín Espinosa, según se retiene de la relación transcrita, deja en claro que todos los toros tienen faena posible – sobre todo cuando se tiene que defender el sitio que de figura se tiene – nada más es cuestión de sabérselas hacer y de encontrar el terreno en que la misma sea posible, lo que para Armillita era el eje de su tauromaquia, escribiendo con ello una de las páginas importantes de su historia.


Espero que disfruten esto, como yo lo he hecho al prepararlo.

domingo, 12 de septiembre de 2010

México 1942: Toros y Sociedad


El próximo jueves se cumple el segundo centenario del inicio de las acciones bélicas que culminaron, once años después, con el reconocimiento de la Independencia de México.

Me pareció interesante incluir en esta oportunidad este documental videograbado, que reproduce un noticiero cinematografico producido y narrado por James A. FitzpatrickThe Voice of the Globe (La Voz del Globo), dentro de la serie Traveltalks (Charlas de Viaje), para la Metro Goldwyn Mayer en 1942.

El corto se titula Modern Mexico City (La Moderna Ciudad de México), está en glorioso Technicolor y nos presenta a una capital mexicana en los inicios de la administración del General Manuel Ávila Camacho, el último militar que ocupó la Presidencia de México y que en su ejercicio presidencial, no utilizó el uniforme verde olivo, como signo de la transición hacia los gobiernos civiles que representó el llamado Presidente Caballero.

Se preguntarán que hace en este blog de toros este corto, pues bien, hay dos asuntos que conciernen al tema de la bitácora, el primero, un minuto más o menos dedicado al Hotel Reforma y su lujoso roof garden que tres años después sería el cuartel general de Manolete en México y más adelante un par de minutos dedicados a un festejo en el Toreo de la Condesa en el que podemos ver algunas cosas interesantes, como el entradón que motivó que hubiera gente hasta en la azotea y recordar como se corren los toros a una mano, porque sí algo se ha de reprochar, es que el camarográfo no tuvo sentido taurino para filmar y solo captó imágenes de esos instantes de la lidia.

A falta de información deducible del audio de la cinta, la biblioteca sugiere que el festejo que se captado en la cinta, puede corresponder o al del 15 de febrero de 1942, la Corrida de Covadonga, en la que para dar cuenta de un encierro de San Mateo alternaron Armillita y El Soldado mano a mano y en este festejo, Luis Castro le cortó el rabo a Veracruzano, el cuarto de la tarde; o al del 15 de marzo de ese mismo año, la Corrida de la Cruz Roja, en la que formaron cartel el mismo Fermín Espinosa, Lorenzo Garza y Calesero. Aquí los toros fueron de Carlos Cuevas y la nota destacada de la tarde fue que ante el sexto, Soberano, Alfonso, el de Triana, estrenó su inmortal quite por Caleserinas. Lo anterior lo deduzco del boato previo al paseíllo que revelan las imágenes.

La pena es que el audio está en la lengua de Shakespeare y contra eso, nada pude hacer, así que espero que cuando menos, disfruten con la vista de lo filmado.

domingo, 29 de agosto de 2010

Manolete, 63 años después

Pedro Garfias con Manolete, Antonio Jaén Morente
Juan Rejano y Francisco Azorín, en México, 1945
Hoy hace 63 años que Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, Manolete en los carteles, dejara este mundo. Quiero recordarle con algo que escribiera un poeta al que, Ramón Leal Aragoncillo calificara como el olvidado de la Generación del 27. Me refiero al salmantino Pedro Garfias, quien, a pesar de haber ganado en 1938 el Premio Nacional de Poesía, tras de la Guerra Civil Española, a causa de sus ideas se vio precisado a dejar su patria y a residir en México desde 1940, hasta su muerte.

Es una expresión diferente a lo que comúnmente se alude para recordar al torero y fue dedicado en su día al economista Óscar Realme, padre del torero mexicano del mismo nombre, de quien me he ocupado aquí mismo.

Manolete*

Al Lic. Óscar Realme

Andar es muy fácil
Lo difícil es andar sin premura
Pasear por el miedo del ruedo
grave y con figura.

Cuando un cordobés es torero
su capa es la túnica.

Esencia y decencia
las dos cosas juntas.

¿Quién ha visto, si no es entre sueños,
la estatua segura,
arriscada de gracia, de arte y de celo,
crispada de angustia,
caminar paso a paso, despacio,
buscándole sitio a su tumba?

La imagen que ilustra esta entrada apareció en el Diario Córdoba el 20 de abril de 1989 y fue tomada en México en 1945, cuando El Monstruo, como español, se reunió con sus paisanos de la diáspora republicana, despojándose de cualquier credo o prejuicio político que pudiera acompañarle y la obtuve en Cordobapedia.

*En Pedro Garfias, un recuerdo ardiente. Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 1992.

sábado, 29 de agosto de 2009

Manolete en México, a 64 años vista (y II)

El Monstruo llega a México

Manolete era ya un personaje legendario desde antes de venir a México. En el año de 1941, apenas dos años después de la alternativa del Monstruo, con un guión de Alfredo B. Crevenna y Alejandro Galindo, así como con la dirección de éste último, se filmó la película Ni Sangre, Ni Arena, en la que Mario Moreno Cantinflas, importante cómico mexicano y un extraordinario torero bufo, amén de haber sido años después ganadero de reses de lidia, interpreta un doble papel, el de Cantinflas, que es un vendedor de golosinas en la plaza de toros y el de Manolete, el principal torero de ese momento. Es decir, Manuel Rodríguez, aún antes de pisar un ruedo mexicano ya daba lugar a la invocación de su nombre como atractivo e inspiración de cintas con motivo taurino.

Juan Soto Viñolo, crítico taurino catalán le califica como el torero para olvidar una guerra. Y a fe mía que logró cautivar la atención de un pueblo desgarrado por las heridas que dejan los fusiles y la discrepancia en los pensamientos, además de la diáspora que provoca la intolerancia hacia las ideas divergentes. Para nadie es un secreto que en la América Hispana, Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, a riesgo de su vigencia en el mundo taurino español, se reunió, como español, con diversos personajes republicanos – como Indalecio Prieto y Antonio Jaén – mismos que estaban proscritos en su patria y que fuera de cualquier filiación política, reconocían en el Monstruo, al más grande torero de su tiempo. Así pues, Manolete fue capaz, aunque fuera por los fugaces momentos en los cuales ejecutaba su arte, de unir a quienes en otras aristas de la existencia, tenían diferencias irreconciliables.

Son legendarias las entrevistas que para la prensa escrita le hicieron José Octavio Cano y para la radio y los noticieros cinematográficos Paco Malgesto, quienes se desplazaron a La Habana a capturar las primeras impresiones de quien en ese momento era la principal figura mundial del toreo. Son entrevistas realizadas en tres tiempos, pues se distribuyen en la etapa habanera al descender del barco y abordar el avión, después una segunda al llegar a Mérida y la tercera, con la llegada a la Ciudad de México, dónde ya el comité de recepción comprendía a casi la totalidad de los medios y a una notable cantidad de aficionados y curiosos que pretendían conocer de cerca al mítico Monstruo de Córdoba.

Uno de los detalles que llamaron la atención de quienes se acercaron a esos eventos, fue que Manuel venía con compañía femenina. Una bella mujer, de tez morena y ojos verdes no se separaba de su lado. Los primeros rumores que corrieron fueron en el sentido de que había contraído matrimonio y que era su esposa, pero después se supo que solamente era su novia, una actriz manchega llamada Lupe SinoAntonia Bronchalo Lopesino, que de su apellido materno toma su alias cinematográfico – con quien en América tendría mayor libertad de convivencia que en España.

No obstante, Manolete no hablaba abiertamente de su relación con Lupe Sino, según nos lo advierte Antonio de la Villa, quien refiere un encuentro que sostuvo el torero con una cronista de sociedad en San José Purúa, a quien únicamente identifica como R.H., y que entre otras cosas, le interrogó sobre lo siguiente:

...Alguien me ha dicho que Ud. trae loco todos los días a su ayudante, el Chimo, preguntándole como primer saludo cada mañana: - “¿Ha habido cable de Madrid?”

- Si señorita. Todos los días espero cable de Madrid. Pero no tiene relación con ninguna aventura de tipo amoroso.

- Sin embargo. Yo se que allá por un rinconcito del Paseo de Rosales, y en una casa con jardín, hay unos ojos de mujer que esperan con zozobra la vuelta del torero…

- ¿Tiene Ud. muchas aventuras que contar?

- Las hondas, no las cuenta uno nunca. Hay algunas frívolas en mi repertorio taurino, que precisamente por ser tan superficiales, no merecen ni siquiera ser mencionadas.

- ¿Es cierto que le siguen a Ud. muchas mujeres a través de sus viajes y de sus fiestas?

- ¿Muchas? Pues si son muchas yo no las veo. Esos son los cuentos de la popularidad.

- Se habla de una millonaria, morena ardiente, que ha venido a México – yo no sé de dónde – y que ocupa actualmente tres habitaciones en el mismo hotel donde Ud. vive.

Esta señorita que siempre está en acecho para abordarle.

- Pues trabajo le doy. ¡No señorita, no! Esos son cuentos, repito, que siempre acompañan al artista que goza de un poco de nombre.
(Antonio de la Villa, Manolete. Otra época del toreo. México, 1946, Pág. 213)


Como se puede ver de las esquivas respuestas del Monstruo, en el principio, la presencia de su amada y su relación con ella debía pasar desapercibida, hasta en tanto se pudiera percatar de la manera en la que sería aceptada por la sociedad de este lado del Atlántico.

Es la suite número 224 del Hotel Reforma la que se convertiría en el cuartel general del torero cordobés. Pero esos primeros días los pasará propiamente en la hacienda de don Julián Llaguno, El Sauz, donde pastan los toros de Torrecilla, que serán los elegidos por Camará para la corrida de la confirmación. Así pues, la estancia en tierra zacatecana servirá para que el Monstruo se acople a la embestida del toro mexicano y de igual manera conozca de primera mano la gran calidad de los productos del encaste Llaguno, que con el paso de los años, dominarían la cabaña brava mexicana.

No hay plazo que no se cumpla, ni fecha que no se llegue y así, una miajita más de un año después de aquella Corrida de la Concordia celebrada en el coso de la colonia Condesa, el 9 de diciembre de 1945, Silverio Pérez cedía la muerte del toro Gitano, número 3, de Torrecilla, a Manuel Rodríguez Sánchez, que de esa forma convalidaba la alternativa que Chicuelo le otorgara en Sevilla el 2 de julio de 1939. Las películas nos muestran que desde que se abrió de capa realizó una obra de gran intensidad, dejando a la afición reunida en El Toreo el convencimiento de que todo lo que se había escrito sobre su figura no rebasaba los límites de la realidad. El segundo toro de su lote, Cachorro, le infirió una cornada cuando toreaba de capa, retirándose a la enfermería entre el reconocimiento y la admiración de la afición allí reunida.

El despliegue mediático y la confirmación de la sustancia de éste generó una euforia manoletista que motivó el reclamo del torero en todas partes. Es célebre un cartón de Rafael Freyre en el cual una persona lleva en la cinta del sombrero una tarjeta con una leyenda que dice No me hable usted de Manolete, porque la figura del Monstruo parecía ser el único tema de conversación que había en México, acentuando el importante carácter que adquirió en ese tiempo la presencia del diestro que acaparaba la mayor atención de aficionados y catecúmenos.

Recuperado de la herida, reaparece en Irapuato el 12 de enero de 1946 con Gitanillo, Silverio y Guerrita, para enfrentar por primera vez toros de La Punta y vuelve a cortar oreja y rabo entre el delirio de la concurrencia, quedando para la posteridad una placa que aún se puede observar en los muros de la Plaza Revolución de la ciudad fresera. Cuatro días después reaparece en El Toreo alternando con Armillita y Solórzano y el día 19 de enero en Orizaba vive uno de los momentos de mayor intensidad en su paso por las plazas de México.

Se le contrató para alternar con Fermín Rivera y Calesero en la lidia de toros de don Francisco y don José C. Madrazo. Ya se percibía que uno de los efectos de la presencia de Manolete en México era el de sacar de su marasmo a la torería nacional, que de aquella sensación de comodidad que percibiera Tono Algara en 1944, de pronto se vio dispuesta a dar la pelea al cordobés y a reivindicar el sitio y la clase que de siempre le había correspondido. Pero además de eso, transmitieron al tendido y al resto de la afición su deseo de competir y de superarlo en el ruedo. Tanto así, que habiendo realizado El Monstruo una de sus acostumbradas faenas plagadas de quietud, recibió la réplica del Poeta del Toreo que al oír sonar la música en su honor, fue con las notas del Himno Nacional, hecho que acabó con el director de la banda en la cárcel. Esa fue la clase de revulsivo que representó la presencia de Manolete en México, dio un nuevo impulso a la fiesta y de alguna manera ayudó a hacer viable un proyecto monumental que estaba a punto de ser echado a andar.

El penúltimo día de enero de ese 1946, se lidió en El Toreo la última corrida española completa que se ha jugado en la Capital de la República. Como el de la reaparición de Cagancho, la procedencia de este encierro es también motivo de contradicciones. Francisco Narbona y Filiberto Mira lo señalan como procedente de las dehesas de don Luis Vallejo Alba y por su parte, Guillermo Ernesto Padilla le fija su origen como de doña Carmen de Federico, en cualquier caso, su origen es puro Murube. Los alternantes son Armillita y Silverio Pérez. El Monstruo de nueva cuenta salió con un rabo en las manos, convenciendo a tirios y troyanos de la grandeza de la que venía precedido.

La Plaza México

Refiere Aurelio Pérez Villamelón, que desde el inicio de la cuarta década del pasado siglo se hicieron estudios tendientes a determinar el mejor lugar para construir una nueva plaza de toros para la Capital de la República. El sitio que en un inicio se determinó como ideal, era un paraje conocido como Cuatro Caminos, en el término municipal de San Bartolo Naucálpan, hoy Naucálpan de Juárez, limítrofe con la Ciudad de los Palacios.

Para Cuatro Caminos la suerte estaba echada, pues sería el asiento de una plaza de toros, pero no de la principal de la ciudad de México, sino del reconstruido Toreo, que después de pasar cuarenta años en la Colonia Condesa, tendría una nueva ubicación.

Neguib Simón Jalife era un político yucateco, de origen libanés y alguna vez líder de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión y adquirió unos terrenos ubicados en la confluencia de las actuales colonias Nápoles, Del Valle y Roma, a escasa distancia del trazo de la Avenida de los Insurgentes, diseñada en ese tiempo para fungir como la principal arteria vial del Distrito Federal. Esos terrenos, hoy sitos en la colonia Nochebuena, tenían como particularidad la presencia de unos enormes socavones, producto de las excavaciones hechas allí, para extraer el material necesario para la fabricación de ladrillos.



Neguib Simón fue sin duda un visionario. Ante la imposibilidad de rellenar los auténticos cráteres que dejaron las ladrilleras en esos terrenos, ideó la posibilidad de aprovechar los restos de las excavaciones, encargando el diseño de una Ciudad de los Deportes, que contaría con un centro comercial, un frontón, un estadio olímpico, una pista de patinaje y una monumental plaza de toros. Tras de muchas vicisitudes – que terminaron con la ruina de don Neguib – se concluyeron las obras del estadio y las de la plaza de toros, finalmente llamada México, planeada para contener en sus tendidos a cincuenta mil espectadores. El proyecto y la dirección de la obra se encomendaron al Ingeniero Modesto C. Rolland.

El 5 de febrero de 1946 se inauguró la plaza de toros con una corrida en la que para lidiar seis toros de San Mateo se acartelaron Luis Castro El Soldado, de Mixcoac, con Manuel Rodríguez Manolete, de Córdoba, España y Luis Procuna, también capitalino, pero de San Juan de Letrán, siendo estos dos últimos quienes a la postre, resultarían los triunfadores de la efeméride, cortando una oreja cada uno.

Hace algún tiempo leí una versión en el sentido de que la Plaza México fue construida al influjo de la aparición del Monstruo de Córdoba en el planeta de los toros. Durante mucho tiempo traté de recordar de quien era la afirmación, pero la memoria se ponía esquiva. Al releer algunos textos con la finalidad de preparar este trabajo, me encontré de nuevo con la cita, que es de don Filiberto Mira, quien al realizar un libro biográfico del hijo de doña Angustias, afirma lo siguiente:

...La afición española saboreó poco a poco la transfiguración que al arte de torear le imprimió el carácter propio de Manolete. La mexicana se lo encontró de pronto, y tal fue la colosalidad del impacto, que habiéndolo visto – y solo en un toro, pues su segundo lo hirió al abrirse de capa – por primera vez el 9 de diciembre de 1945, la conmoción hizo que se hiciera – para él, con él y por él – la mayor plaza de toros que en el mundo existe. Esta se inauguró el 5 de febrero de 1946. Es la de México, Monumental con monumento a Manolete. ¿Qué otro torero ha provocado que en tan corto tiempo – menos de dos meses – se haya construido un coso tan descomunal como el de Insurgentes, con cabida para 50.000 espectadores? (Filiberto Mira. Manolete. Vida y Tragedia. Valencia, 1984, Págs. 204 y 206).


Aunque en la actualidad a veces no lo parezca, la Plaza México no es una plaza de talanqueras que pueda levantarse en dos meses. Por los antecedentes apuntados arriba, fue meramente circunstancial el hecho de que estuviera lista para ser inaugurada a los pocos días de la llegada de Manuel Rodríguez Sánchez a suelo patrio. Las obras de construcción de la plaza se iniciaron en 1944 y duraron dieciséis meses más de los referidos por don Filiberto, quien seguramente al socaire de su veneración por Manolete, incurrió en ese gazapo histórico.

El Monstruo tuvo el honor y el lugar histórico de haber cortado la primera oreja que se otorgó en ese monumental recinto, al toro Fresnillo, procedente de las zacatecanas dehesas de don Antonio Llaguno González, genio ganadero que creó un encaste propiamente mexicano que dignamente puede competir con cualquiera de los demás del mundo y dio junto con la terna de toreros el primer paso de una historia que aún se sigue escribiendo el día de hoy, pues es el máximo escenario taurino de nuestro país y quizás el de América.

El hecho de que la Plaza México emergiera al que Díaz Cañabate llamara el planeta de los toros, generó una competencia entre ésta y El Toreo, por lo que se empezaron a programar corridas a media semana y en domingo. Un genial poeta gitano, Agustín Rivero, dice en uno de sus versos, que en estas cosas -las de los toros-, a la política no hay que mencionarla siquiera, pero dado que el ansia de ver a Manolete generaba ya situaciones de dispendio en un país que apenas se recuperaba de una situación de guerra mundial, Javier Rojo Gómez, entonces Regente de la Ciudad de México, emitió una disposición en el que se establecía que solo se podían dar corridas los domingos y las de entre semana solamente en fiestas de guardar.

Así por ejemplo, el 16 de febrero de 1946, Silverio Pérez realiza, mano a mano con Manolete, lo que quizás represente su obra más acabada en el ruedo de la plaza más grande del mundo. Le tocó en suerte el toro Barba Azul de Torrecilla, con el que el Faraón pudo desplegar toda la gama de su tauromaquia inigualada y dígase lo que se quiera, sin continuadores. Quizás le han salido imitadores, pero éstos al final de cuentas, acabarán por resultar exhibidos como quienes pretenden hacer lo mismo que el imitado, no por llevarlo a un punto de evolución y de perfección. Así pues, Silverio Pérez cortó a ese Barba Azul el único rabo que obtuvo en el Coso de Insurgentes y demostró el por qué era taurina y sentimentalmente el amado Compadre de todos los mexicanos.

El regreso a España

Al día siguiente del mano a mano con Silverio en la México, Manolete vuelve a El Toreo, para actuar junto con Pepe Luis Vázquez y Luis Procuna en la lidia de toros tlaxcaltecas de Coaxamalucan. Es quizás la tarde más redonda de la presencia manoletista en la plaza de la colonia Condesa, pues Pepe Luis cortó el rabo a Cazador, segundo de la tarde, Procuna igual apéndice a Cilindrero, salido en tercer sitio y El Monstruo hizo lo propio con Platino, corrido en cuarto sitio. Resultaron tan redondas las faenas y tan bravos los toros, que tras la lidia de Platino, los tres diestros y el ganadero don Felipe González fueron llamados a recorrer el anillo en son de triunfo.

Manolete concluyó su primera campaña mexicana en El Toreo el 3 de marzo de 1946 y retornó a España, en dónde solamente actuó una tarde. Fue en Madrid, el 19 de septiembre de ese mismo año, en la famosa Corrida de la Beneficencia, cuando se enfrentaron a nueve toros de don Carlos Núñez, el rejoneador Álvaro Domecq y Díez y los espadas Gitanillo de Triana, Antonio Mejías Bienvenida, Manolete y Luis Miguel Dominguín. Es la legendaria corrida de la Beneficencia en la que Luis Miguel se cuela a un cartel ya hecho, pagando sus toros y donando cien mil pesetas a la fundación presidida por el Marqués de la Valdavia y de la que la crónica de K – Hito sentenció: Esta tarde, El Monstruo ha sido Luis Miguel.

Ese año de 1946, Manuel Laureano Rodríguez Sánchez dedicó su tiempo y su vida a cultivar la relación humana y sentimental que tenía con Lupe Sino. Sabidas son las etiquetas que se han puesto a la actriz manchega por la forma y el lugar en la que Gitanillo – y se dice que Pastora Imperio – la presentaron al torero. Quizás una sociedad pacata como la de entonces, veía con un importante aire de intolerancia, que uno de los baluartes de la reconstrucción de su pueblo se viera con una mujer que estaba marcada por pertenecer al mundo del espectáculo y por ello tener su integridad bajo sospecha.

No escapaba en ese aspecto, ni al escrutinio de su propia familia, que hasta donde se sabe, por todos los medios censuró y trató de obstaculizar esa relación. Sin embargo, el torero encontraba en ella el remanso de tranquilidad que requería para poder hacer planes hacia el futuro. Se habló incluso de un matrimonio morganático, pero la historia se ha encargado de desmentir esa versión, como en su momento lo hizo el propio Manolete, que tras de cumplir con la Corrida de la Beneficencia, obligado por circunstancias políticas y según el dicho del banderillero de esta tierra, La Chicha, como condición para obtener el pasaporte para poder salir de nuevo hacia América, regresaría a México al final de ese mismo 1946.

Tardes cumbres de la historia

El miércoles 11 de diciembre de 1946 se escribió una de las tardes más grandes de la historia de la plaza México. El Ave de las Tempestades, con el testimonio de Manolete confirmaría la alternativa de Leopoldo Ramos El Ahijado del Matadero, con toros de Pastejé, ganadería que se presentaba en el monumental escenario y que unos años antes había dado la materia prima para que Armillita y Silverio escribieran dos de las páginas más brillantes de esa Edad de Oro del toreo en México. Esas páginas tienen nombre propio y se llaman Clarinero y Tanguito. Creo que mayor explicación no se requiere.

Pues bien, los toros de Pastejé darían a Lorenzo Garza y a Manolete la oportunidad de replicar lo realizado por los maestros en El Toreo, cuando el regiomontano obtuvo los rabos de Amapolo y Buen Mozo y por su parte, el cordobés, el de Manzanito, amén de perder el de Murciano, por un deficiente manejo de los aceros. Refiere Pepe Alameda que tuvo la ocasión de charlar con El Monstruo acerca de esta tarde y que le hizo saber que solamente un error había cometido. Al preguntar el torero cuál había sido éste, le replicó el escritor: No haber mandado al taxidermista la cabeza de Manzanito, que es el toro con el que mejor has estado con los que te vi en México.

Cuatro días después de lo de Manzanito, en el mismo escenario, alternaría con Armillita y Calesero para lidiar toros tlaxcaltecas de Piedras Negras. Me contaba el citado don Arturo Muñoz, que esa tarde salió en la cuadrilla de Calesero, que la gente que llenaba la plaza apoyaba fuertemente a los toreros mexicanos, sin dejar de reconocer el buen hacer del diestro de Córdoba. Cuando salió el cuarto de la tarde, Nacarillo para más señas y cuando vieron a Fermín ponerse la muleta en la izquierda, la gente comenzó a pedirle ¡cómo Manolete!, ¡cómo Manolete! y el Maestro se los concedió, ligándole en el centro del anillo, según la versión de Carlos León, veintisiete naturales que calificó de impecables y según La Chicha, que sostenía haberlo visto evidentemente de más cerca, veintidós. Creo que la cantidad sale sobrando, lo que importa es la calidad y el hecho de que seguía la intención de dar la pelea hasta el final por los diestros mexicanos.

El 19 de enero de 1947, Manolete se lleva el último rabo de su trayectoria en la Plaza México, del toro Boticario de San Mateo, en tarde que alterna con Lorenzo Garza y Arturo Álvarez Vizcaíno y pasa a la enfermería con una fuerte contusión tras de ser prendido por este mismo toro. El día 5 de febrero actúa aquí en Aguascalientes, con Luis Procuna y Manuel Jiménez Chicuelín, en la lidia de toros de Peñuelas, pues la corrida anunciada de Pastejé no pudo ser trasladada debido a una veda de movimiento y transporte de ganado por una epizootia de fiebre aftosa y concluye su campaña mexicana en la Mérida yucateca, que fue el primer sitio en el que tocara suelo nacional, alternando con Fermín Rivera y Gregorio García en la lidia de toros de Palomeque, festejo en el que, corta de igual manera, la última oreja que se le otorgara en nuestro país.

Apostilla final

Manolete regresó a España a cumplir con lo que se dijo era la campaña final de su carrera, pues terminada esa temporada de 1947, dejaría los toros para contraer nupcias y dedicarse a vivir como un ciudadano más. Empezó a torear hasta el mes de junio y al 28 de agosto había sumado veintiún festejos, llevándose en las carnes un par de cornadas y la hostilidad de la afición que veía ya, como sucediera casi 30 años antes con Joselito, como fácil de hacer, todo lo que realizaba en los ruedos.

El 28 de agosto estaba anunciado para la feria de San Agustín en Linares, con Gitanillo de Triana y Luis Miguel Dominguín, con un encierro de Miura.El desenlace es conocido por todos y hoy se cumplen sesenta y dos años de que la muerte rompiera las ilusiones y los proyectos de vida que El Monstruo de Córdoba tenía por delante.

Manuel Laureano Rodríguez Sánchez seguirá siendo tema para discutir, investigar y proponer como personaje de diversas expresiones comunicativas. Su vida y su obra tienen ese germen cautivador y la suficiente cantidad de aristas, que a la vuelta de otras muchas décadas, cada 29 de agosto, tendremos temas para comentar en torno suyo.

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