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domingo, 27 de diciembre de 2020

25 de diciembre de 1950: Calesero y Trianero de Mimiahuápam

Calesero según Pancho Flores
La tradición verbal del toreo nos hace llegar la versión de que Alfonso Ramírez Calesero fue un torero de un arte quintaesenciado y de valor medido, sambenito colgado a todos los diestros de su cuerda. Esas dos cuestiones nadie se atreve a ponerlas en duda, simplemente se toman como artículos de fe respecto de la vida torera del diestro de la Triana de Aguascalientes y a partir de allí se generan los análisis de su historia y se hace el recuento de su memoria.

Sin embargo, a veces en ese examen que se hace del paso de un diestro por los redondeles, sin malicia, se pasan por alto hechos o sucesos que tienen que ver con la definición del carácter y de la verdadera naturaleza de la esencia del torero de que se trate. En el caso de Calesero o se omite o se deja como algo meramente anecdótico lo que me ocupa este día.

Los días de Navidad y Año Nuevo fueron durante muchas décadas fechas muy señaladas para dar festejos postineros en las principales plazas del país. El caso de Guadalajara no era la excepción y para el 25 de diciembre de 1950, don Ignacio García Aceves anunció un cartel encabezado por Calesero, quien alternaría con Luis Briones y Gregorio García en la lidia de un encierro de la debutante ganadería de Mimiahuápam, propiedad de don Luis Barroso Barona en aquellas calendas.

Por confesión propia, la plaza de El Progreso era una en las que Calesero se sentía más cómodo y en la que, a la vuelta de los años, confesaría a Paco Coello, realizó la mejor faena de su vida a un toro de Tequisquiapan, llamado Hortelano. En esas condiciones y vista la inteligencia con la que don Nacho armó el cartel, pues Alfonso el Trianero podría alternar en quites con otro artista del percal como lo era Luis Briones y en el segundo tercio con un gran banderillero como en su día lo era el potosino Gregorio García.

La corrida de don Luis Barroso, bien presentada, salió con complicaciones. Ante los tres primeros de la tarde, los diestros solamente pudieron limitarse a cumplir, con el consiguiente desencanto de la concurrencia que llenaba el coso de la calle del Hospicio. En esas condiciones es a los toreros a quienes queda el tratar de componer el rumbo de la tarde. 

El cuarto toro se llamó, según la fuente que se consulte, Platanero o Trianero, era negro y estaba marcado con el número 34. Tras de los primeros compases de la lidia, Calesero entendió que no tenía otra opción que pegarse el arrimón, que su tauromaquia de arte quedaría para una mejor ocasión porque el adversario no estaba para florituras. La crónica sin firma aparecida en el diario El Informador de Guadalajara al día siguiente del festejo, entre otras cuestiones dice:

…en su primer toro “Calesero” había estado desconfiado con el capote y con la muleta, Ramírez se concretó a torear de lejos, con la punta de la muleta y cobrarle asco a un toro que merecía algo más.

Tal vez esto en mucho contribuyó a la entrega de “Calesero” en su segundo, un toro rápido, que huía de los capotes y que se defendía y que fue mal castigado. Sin embargo, Alfonso quiso triunfar, quizá arrepentido de lo hecho en el primero. Inició la faena hincado y hasta en seis ocasiones se pasó al toro en esa forma y buscándolo en todos los terrenos.

De pie siguió adornándose con un vasto repertorio de suertes, aguantando porque el toro empujaba más de la cuenta. Y cuando sacó a relucir ese pase cambiado, que es de lo mejor que puede hacer con la muleta, que no es el exactamente llamado de la “vitamina”, sino algo muy personal de “Calesero”, las dos veces que lo ejecutó le salió perfecto, solo que en el segundo quedó entablerado para sufrir el grave percance que hemos relatado.

La conmoción entre el público y los alternantes fue de esas que echan abajo una corrida. Y “Calesero” en lugar del triunfo por su emotiva y adornada faena que venía haciendo, aunque un tanto atropellada, se llevó seis cornadas en vez de las orejas y el rabo de su enemigo, que hubiera merecido de haber seguido en ese plan…

El percance fue de esos que capturan la atención de los tendidos desde que ocurre y no sale de ella en el resto de la tarde, sigue narrando el ignoto cronista del El Informador:

…La cogida fue tan fuerte como aparatosa. en una faena en la que Alfonso Ramírez estaba poniendo de su parte todo entusiasmo por triunfar y lo iba consiguiendo hasta poner de pie a los espectadores, después de prodigar un segundo pase cambiado muy personal de él, con que había obtenido estruendosas ovaciones, se echó el toro encima y estando entablerado, fue trompicado y enseguida levantado en vilo, arrojado contra las tablas y vuelto a recibir por los pitones hasta que el toro se le vino en gana…

… El diestro fue conducido al producirse la cogida al sanatorio de la calle Garibaldi donde estuvo en manos de los doctores Mota Velasco y Pérez Lete hasta después de las nueve de la noche en que terminaron de operarle. La cogida es muy seria por el número de heridas, la natural extenuación del herido, el choque traumático y lo intenso de la intervención quirúrgica. Pero también se dijo anoche que afortunadamente los cuernos del toro, que ambos había empleado para herir a “Calesero”, no habían interesado vasos importantes en las piernas, que fueran un peligro inminente para su vida…

Dentro de los límites de la desgracia, se adelantaba que las cornadas eran extensas, pero de las que la jerigonza médica de estos tiempos llama limpias, es decir, que no afectaron estructuras vasculares de importancia y por ende, salvo la naturaleza misma de las heridas, no comprometieron la vida del torero.

En el número de La Lidia de México aparecido el 5 de enero siguiente, quien firma como Antoñico A.D., hace también una serie de reflexiones acerca de este percance, señala como nombre del toro heridor el de Trianero – el de Platanero aparece en la crónica de El Informador – y lo más relevante, transcribe el parte médico completo que rindieron los doctores Ramírez Mota Velasco y González Pérez Lete y que es de la siguiente guisa:

Durante el último tercio de la lidia del cuarto toro de la tarde ingresó a esta enfermería el diestro Alfonso Ramírez, quien presenta las siguientes heridas por cuerno de toro: la primera cornada está situada en la cara interna del muslo derecho, al nivel del tercio inferior y con una extensión de catorce centímetros. Interesó piel, tejido celular, aponeurosis y músculos de la región. Las otras dos cornadas que tiene en el muslo derecho están situadas entre sí a una distancia de seis centímetros. Las dos comunican en la misma trayectoria y se dirigen hacia arriba y hacia adentro, interesando piel, tejido celular, aponeurosis y músculos de la región, que es el tercio medio, caras anterior e interna del citado muslo. con una extensión de quince centímetros, de abajo hacia arriba, siguiendo todo el pliegue inguinal. Las cornadas quinta y sexta se encuentran también en el muslo izquierdo y también en el tercio inferior. Ambas tienen un trayecto común hacia arriba y hacia adentro, en una extensión de treinta y cinco centímetros, desgarrando piel, tejido celular, aponeurosis y músculos de la región, teniendo ocho centímetros de profundidad, dejando al descubierto muchos vasos que sangraron en intensidad mediana. La séptima y última cornada está situada en el hipocondrio derecho con una extensión de tres centímetros que interesó piel y tejido celular. Se operó bajo anestesia de pentotal ciclo; se hizo la debridación correspondiente de las heridas, lavándolas con suero fisiológico. Se le aplicó sulfatiazol, afrontándole las heridas, músculos, aponeurosis y piel, dejándole siete tubos de canalización. Transfusión sanguínea. Aplicación de sueros antigangrenoso y antitetánico. De no presentarse ninguna complicación tardará en sanar unos veinte días.

Un parte muy extenso en el que se describen de manera prolija cada una de las siete heridas que sufrió Calesero, en el que llama la atención el hecho de que se haya aplicado sulfatiazol para prevenir la infección de las heridas reparadas, no obstante que ya había penicilina disponible en esa época y la necesidad de transfundirle sangre sin precisar el volumen aplicado.

Años después, en entrevista ex – profeso para el libro Las Cornadas, Calesero contó a Ignacio Solares y Jaime Rojas Palacios lo siguiente acerca de este pasaje de su vida en los ruedos:

Me trajo tanto tiempo entre los pitones, que me dio oportunidad a pensar ¿a quién le habré hecho tanto mal para que este toro me haga tanto daño? Cuando al fin me soltó, me paré y vi que entre las dos vías me salía un río de sangre. Creí que me había roto la femoral. Me quiso dar un shock, pero vino la reacción del hombre; si mi mal tiene remedio, ¿para qué me apuro?, y si no lo tiene… Entré tranquilo a la enfermería. Yo mismo me desamarré los machos, me puse en manos de Dios y me dispuse a que los médicos me “echaran mano”. Pasé las famosas 72 horas entre la vida y la muerte. Tenía mucha fiebre. Los médicos estaban temerosos de que se les hubiera quedado sin explorar alguna trayectoria de tantas heridas. Siempre he sido muy sano y metódico, entregado por completo a mi profesión. Lleno de sol y aire puro, estaba y estoy muy fuerte. Por eso, sané muy aprisa. Reaparecí el 14 de enero siguiente, a las tres semanas de lo de “Trianero” …

Efectivamente, la reaparición fue en la fecha indicada por el torero, en la feria de El Grullo, aún con los puntos en las heridas, toreando mano a mano con Manuel Capetillo y le cortó el rabo a uno de los toros de Lucas González Rubio que sacó en el sorteo y enseguida volvería a la Plaza México el 18 de febrero de 1951, alternando con Fermín Rivera y Carlos Arruza, para lidiar toros de La Laguna.

Iniciaba esta remembranza partiendo de la noción de que a Calesero generalmente se le concibe como un torero de valor medido. Creo que el hecho de haberse levantado de esta serie de cornadas, recibidas en un solo envite y haberse mantenido en un sitio de privilegio en el escalafón mexicano – lo llegó a encabezar los años de 1958, 59 y 60 – desmienten la forma y el fondo de esa concepción.

Alfonso Ramírez Alonso todavía recorrió los ruedos de México y de América del Sur durante casi dos décadas más, escribió en esos tiempos algunas de las páginas más grandes de su historia, como la de la tarde del 10 de enero de 1954, cuando el atildado y puntilloso Carlos León lo postuló para un hipotético Premio Nóbel del Toreo; o la del 18 de enero de 1959, allí mismo en Guadalajara, con el toro Yuca de Tequisquiapan, esa tarde en la que don Nacho García Aceves dijera que si Calesero” toreara así todos los domingos, sería dueño del Banco de México, o la del 25 de abril de ese mismo año, aquí en su tierra y otras muchas que ahora se me escurren de la memoria.

Un torero de valor medido no se habría quedado en los ruedos tanto tiempo, y sin embargo Calesero permaneció y permanece todavía entre nosotros, siempre habrá, cuando se necesite un referente del torero artista, que recurrir al justamente llamado Poeta del Toreo.

jueves, 26 de mayo de 2011

Mexicanos en San Isidro (II/III)

San Isidro 1970, el anuncio hecho en
El Ruedo de Madrid (Cortesía del blog
Aula Taurina de Granada)
Para el inicio de la década de los 70, la fiesta en España había experimentado ya algunos cambios y estaba por enfrentar otros que indudablemente trascenderían a lo que la Feria de San Isidro era y representaba en ese momento determinado. Más o menos a la mitad del periodo objeto del artículo anterior de esta serie (1959), se implanta el segundo círculo concéntrico que delimita el terreno en el cual se ha de poner el toro para la suerte de varas; en 1962, se implanta como reglamentaria la puya de cruceta, sustituyendo a la antigua de arandela, que en teoría, limitaría el castigo abusivo a los toros en el primer tercio y en 1969, se implanta el Libro de Registro para los toros de lidia. Es decir, surge la obligación de los criadores de inscribir las nacencias y de herrar el último dígito del año del nacimiento. Eso implicaba que a partir de 1973, los toros cuatreños que salieran a las plazas en corridas de toros llevarían el guarismo “9” en el brazuelo y a partir de ese año, se podría conocer, por ese simple hecho, la presunta edad de la res que se lidiaba.

El Cordobés y Palomo Linares volvían en 1970 a las plazas de primera después de un año sabático en la guerrilla – donde ni por equivocación vieron un toro, según comenta Paco Abad – y entre ellas estaba Las Ventas, donde el segundo de los nombrados confirmaría su alternativa. Con esa misma referencia temporal comienzo el recuento de esta etapa de la presencia de los toreros mexicanos en la Feria de San Isidro, misma que se verá influida por estos acontecimientos como lo veremos adelante. Reitero que aquí solamente consideraré hechos ocurridos en lo que es propiamente San Isidro, quedando fuera cualquier situación sucedida en otro festejo serial como el de la Comunidad, el Aniversario, la Beneficencia o cualquiera que sea su denominación.

Los años 70 y 80. Los toreros de la Edad Moderna Mexicana

Lo que creo que válidamente puede llamarse La Edad Moderna del Toreo en México se caracteriza por el férreo mando que ejerció aquí sobre la fiesta Manolo Martínez durante alrededor de un cuarto de siglo. Le acompañaron en ese tránsito en una primera época Eloy Cavazos, Curro Rivera, Antonio Lomelín y Mariano Ramos y en su última etapa se adhirieron Miguel Espinosa Armillita y Jorge Gutiérrez. Ya con referencia a la feria madrileña, en la etapa a la que se refiere esta aportación, por su orden, los diestros que tuvieron mayor presencia e impacto con sus actuaciones en ella, fueron Curro Rivera, Eloy Cavazos y Antonio Lomelín, siendo paradójicamente, el que menos huella e impacto tuvo, precisamente el mandón.

Manolo Martínez Ca. 1970
Comparecieron además en el tiempo que pretendo cubrir, otros toreros que sin alcanzar las cotas de los antenombrados, dejaron en buen sitio su nombre y el pabellón mexicano, incluso pensando la crítica de su tiempo que harían largas campañas en los ruedos peninsulares y así toreros como Manolo Arruza, Rafael Gil Rafaelillo, César Pastor o David Silveti tuvieron buenos momentos en la feria taurina más importante del mundo, que permitieron que se les augurara un porvenir distinto al que finalmente tuvieron en plazas hispanas.

No debo dejar de lado que es también en estas décadas cuando se lidian por primera vez toros mexicanos en la Plaza de Las Ventas y en la Feria de San Isidro. En 1971 son los ya míticos Mimiahuápam de don Luis Barroso Barona y en 1987 serán 2 de San Mateo y 2 de San Marcos para la confirmación de David Silveti.

Apuntado lo anterior, pasemos a ver lo que pudiera considerarse como algunos de los hechos más destacados de aquellos años.

1970: El 22 de mayo confirma su alternativa Manolo Martínez. Santiago Martín El Viti le cede los trastos para matar al toro Santanero, de Baltasar Ibán en presencia de Sebastián Palomo LinaresDon Antonio, cronista de la revista madrileña El Ruedo, refiere de esa tarde lo siguiente: La faena fue torera y muy adornada, con destellos originales. Muy buenos los pases para doblar y quebrantar al toro y los tres naturales primeros ligados al de pecho... Redondos con un original giro a la inversa – no conozco el nombre del adorno en la lexicografía azteca –, pase alto, con cambio, para uno garboso de pecho y refrendo final de media estocada de buena calidad... Manolo corta la oreja del toro de su alternativa. Hay para él una gran ovación cuando, con elegante parsimonia, la exhibe en la vuelta al ruedo.

El 28 de mayo confirma su alternativa el acapulqueño Antonio Lomelín. Sin ir precedido del aparato publicitario que preparó Manolo Martínez, la suya fue la confirmación más exitosa de ese periodo de tiempo. El padrino de la ceremonia fue el zamorano Andrés Vázquez y el testigo José Manuel Inchausti Tinín y Antonio le cortó la oreja a Montillano de Alonso Moreno de la Cova, que fue el toro de la ceremonia y las dos a Napolitano que fue el que cerró plaza. Sorprendió con las banderillas y por lo cerca que se pasaba a los toros con la muleta. Cuentan quienes lo vieron, que después de muchos años, se oyó en Las Ventas el grito de ¡torero, torero!, como en México. Don Antonio, en El Ruedo, escribió esto acerca de esa tarde: Me acordé del día de la presentación de Carlos Arruza en Madrid, el 18 de julio de 1944. Todos entraron en la plaza preguntando quien era y salieron proclamando la llegada de un torero

1971: Curro Rivera confirma su alternativa el día 18 de mayo. Lo apadrina Antonio Bienvenida, que le cede al toro Beluco de Samuel Flores, en presencia de Andrés Vázquez y el toricantano se lleva la oreja.

Dos días después el confirmante es Eloy Cavazos, que recibe los trastos de manos de Miguelín en presencia de Gabriel de la Casa. El toro de la ceremonia se llamó Retoñito y fue de José Luis Osborne. También actuó el caballista Curro Bedoya, ante un toro de José María Moreno Yagüe. Eloy Cavazos cortó dos orejas esa tarde.

Cartel del 22 de abril de 1971
El 22 de mayo tiene efecto uno de los grandes hitos de la Historia del Toreo en México, pues se lidia en la Feria de San Isidro el encierro de Mimiahuápam que estaba programado inicialmente para el 29 de mayo del año anterior. El cartel de toreros que lo enfrentaría estaba integrado por Victoriano Valencia, Antonio Lomelín y José Luis Parada. Los toros que salieron al ruedo venteño fueron por su orden 21, Hermano; 22, Cariñoso; 14, Manito; 33, Amistoso; 58, Cuate y 39, Amigo. Antonio Lomelín le cortó la oreja al segundo de la tarde, Cariñoso y el cuarto, Amistoso, recibió el homenaje de la vuelta al ruedo de sus despojos. En esa forma, la de Mimiahuápam, dirigida en esos días todavía por don Luis Barroso Barona, sin duda el ganadero mexicano más importante de la segunda mitad del Siglo XX, era la primera ganadería de México que adquiría antigüedad en España y lo hizo de manera triunfal.

Tres días después Curro Rivera corta una oreja de peso al primero de su lote en un cartel que compartió con Antonio Ordóñez y Paco Camino en la lidia de 5 toros del Duque de Pinohermoso y uno de Atanasio Fernández. Ese trofeo le valió ser invitado a participar en la Corrida de la Beneficencia del año de 1971.

1972: Curro Rivera es el único torero mexicano que firma tres fechas para la Feria de este año, en tanto que Eloy Cavazos signa dos contratos.

El 22 de mayo se produce un hecho que en estos días, casi cuatro décadas después, es todavía motivo de discusión. Palomo Linares corta el rabo del toro Cigarrón de Atanasio Fernández en corrida en la que alternaba con Andrés Vázquez, que cortó una oreja y Curro Rivera, que se llevó cuatro orejas. No se cortaba un rabo en Madrid desde 1935 y las opiniones en las crónicas están divididas. Emilio Romero – bajo su firma – en el vespertino Pueblo y la redacción de El Ruedo – curiosamente esa crónica no está firmada – justifican plenamente la concesión de los apéndices y consideran la faena una de las grandes obras de la tauromaquia moderna; por su parte Díaz – Cañabate y Vicente Zabala Portolés hablan de una actuación verbenera del Presidente, el comisario Antonio Pangua (que acabó siendo despedido días después), aunque ambos coinciden en que los toreros estuvieron bien esa tarde. Un apunte pertinente. Para quienes consideran que el rabo de Palomo Linares se concedió para aguar el gran triunfo de Curro Rivera, conviene señalar que éste se otorgó en el quinto de la tarde y que Curro, tercer espada, todavía tenía por lidiar al sexto, del que obtuvo dos orejas, así que en principio, no parece haber habido tomate en la concesión de ese rabo.

Curro Rivera, Madrid, Ca. 1972
1973: El 29 de mayo se anunció la confirmación del tijuanense Adrián Romero, llevando de padrino a Gabriel de la Casa y como testigo a Francisco Ruiz Miguel. El primero de la tarde, Farolero, de Alonso Moreno de la Cova, le dio una cornada de 25 centímetros que el doctor calificada de grave por el doctor Máximo García de la Torre, motivo por el cual la ceremonia de confirmación no se llevó a cabo. Adrián Romero no volvió a la plaza madrileña.

1974: Mariano Ramos se presenta en Las Ventas y confirma su alternativa de manos de Curro Romero y con el testimonio de Paquirri el día 18 de mayo. El toro de la cesión fue Fusilillo de Baltasar Ibán y de esa tarde Vicente Zabala Portolés escribió: Confirmaba la alternativa el mejicano Ramos. Peleó con corazón en sus dos toros... Lo mejor de la valiente labor del azteca fue el aguante a la cortísima embestida del sexto y el soberbio volapié que refrendó su entusiasta quehacer. Así se matan los toros. El animal no hizo nada por él. Mariano cruzó limpiamente, atacando con rectitud. Me pareció tacaña la ovación del ya aburrido y desfilante público, que casi abarrotó la plaza.

1975: Rafael Gil Rafaelillo, otro diestro nativo de la fronteriza Tijuana hacía su presentación en San Isidro, pues había confirmado en Madrid el verano anterior. El 12 de mayo actuó como testigo de la confirmación de alternativa de Juan Martínez, concedida por Julián García, lidiándose 4 toros de Sánchez Fabrés, 1 de Francisco Campos Peña (4º) y 1 de Miguel Zaballos Casado (5º).  Su actuación sorprendió gratamente a la crítica madrileña, Vicente Zabala Portolés hace el siguiente recuento: Valiente en verdad encontré al mejicano “Rafaelillo”, que atesora las virtudes características y también muchos de los defectos de los toreros aztecas; es variado en quites, se arrima como un león, lleva consigo el temple... Tuvo un lote pésimo y se la jugó sin cuento... Descuida la estética, pero debe dársele la oportunidad de una sustitución en la feria. Llega con facilidad a las masas, y si no le coge un toro puede dar una vuelta a España con mucha más fuerza que los Manolo Martínez, Curro Rivera y Eloy Cavazos. Fue muy ovacionado en los dos.

Rafaelillo (imagen cortesía del blog
Toreros Mexicanos)
Al día siguiente estaba anunciado Eloy Cavazos para actuar junto a Miguel Márquez y José Luis Galloso, pero en la víspera, por los veterinarios de Las Ventas se anunció que el encierro de Amelia Pérez Tabernero no reunía las condiciones para ser lidiado en Madrid, por lo que fue sustituido por uno de Clemente Tassara – al final se lidiaron 5 de estos y uno de Luciano Cobaleda –, Cavazos se cayó del cartel y le sustituyó Rafaelillo, quien tuvo otra notable actuación, descrita así por Vicente Zabala Portolés: ...mató con entrega, pero sin vaciar, saliendo con la pechera rota, como cuentan las viejas crónicas que terminaba Machaquito tras los volapiés de atragantón. Le ovacionaron muy fuerte y dio la vuelta al ruedo, recogiendo sombreros de los charros de su país que han venido al homenaje a Agustín Lara. Al sexto lo toreó muy bien con el capote... Faena garbosa y aseadita que le valió una ovación de despedida.

El 20 de mayo, al cumplirse 9 años de la muerte de su padre, Manolo Arruza confirmó su alternativa de manos de Palomo Linares y llevando de testigo a Paquirri, con el toro Loco, de Benítez Cubero. El resumen de la crónica de la corrida dice: Confirmaba la alternativa el hijo de Carlos Arruza. Y para su alternativa le tocó un hermoso ejemplar, el más serio de toda la corrida... se empleó en un trasteo aseadito... sacó los muletazos limpios y ajustados entre el beneplácito general. Manolo Arruza, pese a su apellido, no venía con vitola de figura. El hombre no se permite improcedentes exigencias, Mató de una estocada baja y se le concedió una oreja... Por la voluntad del muchacho y por las añoranzas de tiempos que, históricamente, no fueron mejores en ningún sentido, se le otorgó el trofeo.

1982: El día 15 de mayo fue la fecha en la que César Pastor confirmó su alternativa. Le apadrinó el linarense José Fuentes y atestiguó la cesión del toro Pelele de Martínez Benavides, Francisco Ruiz Miguel. Discreta fue la actuación del diestro capitalino radicado en Aguascalientes.

El 23 de ese mismo mayo, Jorge Gutiérrez, alternando con Miguel Márquez y con Ruiz Miguel en la lidia de 3 toros de José Joaquín Moreno de Silva (1º, 2º y 3º), 2 de Alonso Moreno de la Cova (4º y 5º) y 1 de Núñez Hermanos (6º), cortó la oreja al tercero de la tarde. Había confirmado el día anterior de manos de Manolo Vázquez y llevando de testigo a Antoñete, con el toro Berlinés de Celestino Cuadri. Esta es la impresión que causó a don Joaquín Vidal en El País: Jorge Gutiérrez... a su Saltillo le hizo una faena en la que no hubo ni un pase de más. Toreó al natural y en redondo cargando la suerte, se echó todo el toro por delante en los de pecho, que marcaba al hombro contrario, y cuando le pidió la muerte, entró a volapié neto y dejó una estocada en lo alto que por sí sola valía la oreja. Al mexicano se le saltaban las lágrimas durante la vuelta al ruedo y besó un puñado de albero, en gesto de agradecimiento al premio que le concedía la capitalidad del mundo taurino. En efecto, tiene un gran valor pues sale de Las Ventas con su cartel en alza, y sin duda lo merece...

Manolo Arruza
1983: Miguel Espinosa Armillita confirmó el 25 de mayo, vestido de nazareno y oro, de manos de Manolo Vázquez y llevando de testigo a José María Manzanares. El toro de la cesión se llamó Piconero y fue de Gabriel Rojas. En el diario El País, de Madrid, don Joaquín Vidal reflexiona lo siguiente: El sexto, también de Ordóñez, manseó, flojeó, y reculaba cuando Armillita pretendía iniciar la faena de muleta. Al responder a un pase de tirón, cayó desvanecido. Doctos espectadores sentenciaron que había sido un infarto de miocardio, y no les íbamos a discutir. Fuera de combate el toro, no pudimos ver a Armillita, que en el borrego de su alternativa y en diversos pasajes del festejo había exhibido detalles de torero bueno. Manejó el capote con finura e instrumentó con naturalidad y estilo las suertes de muleta. Su repetición tiene interés…

1987: Dos sucesos se reunieron el 24 de mayo. Se presentaron en Las Ventas los toros mexicanos de San Mateo (1º y 2º) y San Marcos (3º y 4º) y confirmó su alternativa David Silveti de manos de Tomás Campuzano, llevando como testigo a Nimeño II. La actuación de El Rey David con Huidizo, el toro de la ceremonia fue la siguiente: Silveti le bajó la mano, toreó cadencioso, con gusto, en dos series impecables de redondos. Quizá le faltara dejar la muleta en la cara del animal al rematar los pases. Por eso se enfriaba en público entre muletazo y muletazo. Una verdadera pena, porque tiene buen corte de torero... Debió cortarle la oreja, porque el cornúpeta tenía clase y bondad... escuchó muchas palmas desde el tercio. Acerca de los toros, David declaró a Joaquín Vidal: Estaban demasiado gordos y tenían casi cinco años, ambas condiciones no se dan en México, donde es la ganadería de mayor prestigio. Ha sido una pena que el público no haya podido divertirse.

Resumen del periodo

Años de ausencia: 1976, 1978, 1979, 1980, 1981, 1985, 1986, 1988, 1989.

Festejos toreados:

Curro Rivera, 9: [1971 (2); 1972 (3); 1973 (2); 1977 (2)]; Eloy Cavazos, 4: [1971 (2); 1972 (1); 1975 (1)]; Jorge Gutiérrez, 4: [1982 (2); 1983 (2)]; Antonio Lomelín, 3: [1970 (1); 1971 (2)];  Manolo Arruza, 3: [1975 (2); 1984 (1)]; Manolo Martínez, 2: [1970 (2)]; Mariano Ramos, 2: [1974 (2)]; Rafaelillo, 2: [1975 (2)]; Miguel Espinosa Armillita, 2: [1983 (2)]; Adrián Romero, 1: [1973 (1)] César Pastor, 1: [1982 (1)]; David Silveti, 1: [1987 (1)].

Vuelvo a insistir en que cada uno puede tener, aparte de las fechas aquí recordadas, alguna más que le represente especial significación. El caso aquí no es hacer un recuento exhaustivo de todos los sucesos – pese a lo kilométrico del artículo presente – de este periodo de tiempo, sino rescatar la memoria de algunos de los más señalados. Esta aportación, sumada al recuerdo individual de cada quien, reitero, es una de las cuestiones que hace rica a esta fiesta, que le da memoria y que por ello, también contribuye a su gloria.

Continuará…

viernes, 22 de mayo de 2009

A propósito de San Isidro. Hoy hace 38 años de la presentación y triunfo de San Miguel de Mimiahuápam en Las Ventas


No me queda duda alguna de que don Luis Barroso Barona es el ganadero mexicano más importante de la segunda mitad del Siglo XX, segunda mitad que cubre completa con sus éxitos, pues es en el año de 1948, que asume la responsabilidad de ser criador de toros de lidia junto con su primo, Luis Javier Barroso Chávez, al adquirir el hierro y la divisa de lo que fuera la vacada de Torreón de Cañas, fundada por don Rafael Gurza, con simiente de San Mateo y Torrecilla.

A los ganados adquiridos a Rafael Gurza, se agregan los de Pastejé en el año de 1949 y aunque las ganaderías se llevan por separado, en la actualidad, al revisar la genealogía de diversos toros padres de San Miguel de Mimiahuápam en la actualidad, se reflejan en sus antecedentes la presencia de un toro del Conde de la Corte que padreó en Pastejé en la década de los cuarenta, lo que deja en claro que los primos Barroso Barona – Barroso Chávez hicieron cruzas entre los ganados de ambas vacadas con la finalidad de mejorar los hatos de ambas.

En 1953 se deshizo la sociedad y Luis Barroso Barona conservó el hierro coloquialmente conocido como Mimiahuápam, en tanto que Luis Javier Chacho Barroso formó el nuevo de Las Huertas, cediendo al torero mexicano Carlos Arruza el de Pastejé, de base primordialmente murubeña y del cual se había desprendido unos años antes el de El Rocío, formado por don Manuel Buch y Escandón, hoy en el centro de la controversia con su nuevo propietario, don Manuel Fernández Castañeda, promotor de la clonación del toro Zalamero, criado en su día por Manolo Martínez Ancira.

Al iniciar su andadura al frente de Mimiahuápam en solitario, don Luis Barroso Barona agregó vacas y sementales de la rama saltilla pura de San Mateo, que una vez fallecido don Antonio Llaguno se volvieron accesibles, dado que en vida del fundador de la ganadería, eso no era posible y de esa manera obtuvo dos toros el 44 de nombre Pardito y el 56 de nombre Cominito, que junto con las vacas y su rastra, dieron un giro radical a la historia ganadera de México.

A partir de ese momento comenzó a construir una historia de triunfos con doble apelativo y así la historia recuerda a Jorge El Ranchero Aguilar y Joronguito; a Manuel Capetillo y Arizeño; a Joselito Huerta y Romancero; a El Cordobés y Diamante y Rubí; a Manolo Martínez y Traficante, El Cid o Presidente; a Eloy Cavazos y Coquetón – este toro fue criado por don Luis, pero lidiado después de que enajenó la ganadería – y otros muchos que construyen la leyenda de una de los hierros más importantes de la historia ganadera de México.

Con la ayuda de sus amigos Álvaro Domecq y Díez y Antonio Ariza Cañadillas, don Luis logra contratar la lidia de uno de sus encierros para la Feria de San Isidro de 1970. Se dice que originalmente serviría para la confirmación de la alternativa de Manolo Martínez, pero las vicisitudes del viaje por barco hicieron que los toros llegaran tarde y en un estado desastroso. Así pues, descansaron un año en Los Alburejos y se pusieron para el siguiente calendario.

El cartel del 22 de mayo de 1971 se anunció con Victoriano Valencia, Antonio Lomelín y José Luis Parada, quienes por su orden enfrentaron al número 21, Hermano; 22, Cariñoso; 14, Manito; 33, Amistoso; 58, Cuate y al 39, Amigo. Los nombres de los toros fueron alegóricos, apropiados para la ocasión, como generalmente se hace en México y nada nos dicen respecto de su genealogía. El cuarto de la tarde, Amistoso, fue premiado con la vuelta al ruedo y el acapulqueño Antonio Lomelín, un valiente como pocos, cortó la oreja de Cariñoso, corrido en segundo lugar.

Se dice que un séptimo toro, el número 45, se quedó en Los Alburejos y que don Álvaro Domecq lo usó como reproductor. De ser así, es un caso único en la historia del toro de lidia en el mundo, pues la práctica usual es que la simiente venga de España a América y no a la inversa, pero esa es una historia que solo los involucrados nos podrían contar.

Así pues, este es uno de los buenos recuerdos de Madrid y su Feria de San Isidro, que no se ve completa sin la presencia de México en el amplio ruedo de la Plaza Monumental de Las Ventas.









miércoles, 3 de diciembre de 2008

Alfa y Omega

En México es aún 3 de diciembre y en este año se cumple el 41º aniversario del épico encuentro entre Manuel Capetillo y Manolo Martínez ante toros de San Miguel de Mimiahuápam en El Toreo de Cuatro Caminos, encuentro que vino a señalar el devenir de la fiesta mexicana por las dos décadas siguientes y a marcar el final de una era iniciada precisamente dos décadas antes.

Al vestirse para esa tarde, Manuel Capetillo ignoraba que en ella se definiría su futuro en los ruedos. Ese año había actuado en la Capital de la República dos tardes en julio, otra en noviembre y una más en diciembre. Sus alternantes en esas cuatro tardes fueron Alfredo Leal, Joselito Huerta, Raúl Contreras Finito, Caleserito y el jovencito de Monterrey con el que alternaría en la fecha.

Dos de esas corridas fueron en mano a mano con el regiomontano, la primera el 29 de julio, con toros de don Jesús Cabrera y su defecto común, la espada, les privó a ambos de obtener apéndices. Ese 3 de diciembre se repetía el mano a mano. En los corrales de la plaza estaban listos los seis toros de San Miguel de Mimiahuápam que don Luis Barroso Barona había escogido para la ocasión.

Ya en el ruedo, Manolo Martínez había cortado ya la oreja del segundo, Presidente y Manuel había dejado ir al que abrió plaza, Laíno y al tercero Don Pedro, pero en los corrales se encontraban Toñuco y Arizeño a los que los Manolo y Capeto respectivamente les cortaron el rabo.

El juicio histórico de esa tarde nos lo proporciona Manolo Martínez por la voz de su biógrafo, Guillermo H. Cantú:

...¿Cuándo empezaste a mandar?
A Manolo no le queda más remedio que responder, así que arremangando la frente y subiendo los ojos a la memoria me dice directo:
Como al año y medio de tomar la alternativa.
¿Fue a mediados de 1967, cuando vinieron todos aquellos mano a mano con Joselito Huerta, Manuel Capetillo y Jaime Rangel, o fue el 3 de diciembre del mismo año, en El Toreo, con Capeto y los Mimiahuapam?
Un poco antes. Tal vez esta última fecha se dio cuenta más gente, pero sucedió unos meses antes.
¿Los mano a mano fueron para convencer a los incrédulos?
No, era parte de la organización que se traía; pero quiero decirte que no fueron corridas fáciles. Hablamos de toreros poderosos con mucha clase, con experiencia y valor…
(Guillermo H. Cantú. Manolo Martínez, un demonio de pasión. Ed. Diana, 1ª edición, México, 1990, Pág. 122).


Como se puede ver, el juicio es duro, pero a la vez, implica el reconocimiento de uno de sus pares, de la gran calidad que atesoraba y prodigaba en los ruedos Manuel Capetillo y el conocimiento que tuvo el propio Manolo Martínez del inicio de una era en la que el mando absoluto de la fiesta mexicana quedó en sus manos, para bien... y para mal.

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