Mostrando entradas con la etiqueta Calesero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Calesero. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de enero de 2021

El Premio Nobel del Toreo

10 de enero de 1954. Calesero realiza la mejor tarde de su carrera en la Plaza México

El Premio Nobel se instauró a finales del siglo XIX para galardonar e incentivar las investigaciones y avances en la ciencia. También se incluyó una vertiente artística en el mismo al establecerse uno para la literatura, entendiéndose que todos esos avances y obras literarias tendrían que haber aportado algo a la humanidad. 

Es curioso que esos premios se concentren en disciplinas científicas y solamente uno de los seis que se entregan – en 1968 se creó uno para las ciencias económicas – se destine a las artes, siendo quizás que, en la evolución de la humanidad, las artes expresan mejor el ser y el sentir de lo que somos y se alejan de las implicaciones políticas que la mayoría de los que se otorgan tienen.

No voy a defender el otorgamiento de un Premio Nobel para el toreo. Entiendo y acepto que su propuesta fue un ditirambo de Carlos León, cronista en su día del diario Novedades de la Ciudad de México, pero ese aparente desatino ilustra la necesidad de que quienes otorgan ese tipo de galardones volteen sus ojos a la fiesta, y se enteren de que allí hay una manifestación artística que merece ser valorada y por qué no, recompensada.

La enorme hazaña de Calesero

Alfonso Ramírez Alonso, natural de la Triana de Aguascalientes, era uno de los toreros que hicieron la transición de El Toreo de la Condesa a la Plaza México, pues recibió en el antiguo coso la alternativa el 24 de diciembre de 1939. Era conocido por su extraordinaria clase y por su creatividad con el capote, pero en las plazas de la capital no había redondeado una tarde. Podría afirmarse, sin afán peyorativo, que apuntaba, pero no disparaba, aunque en plazas como Guadalajara o Aguascalientes tuviera tardes redondas que le mantuvieran en el ánimo de la afición e hicieran que se le esperara una temporada y la otra también.

Ese domingo 10 de enero de 1954 le correspondieron dos toros de Jesús Cabrera que por su orden de salida se llamaron Campanillero y Jerezano y con ellos Calesero se encontró con su toreo y se encontró con la afición de la capital mexicana. Solamente les cortó una oreja por un mal manejo de la espada, pero lo que les hizo con la capa, las banderillas y la muleta sigue allí y si algún día se hiciera un recuento de las grandes faenas hechas en el ruedo de la Plaza México, al menos una de ellas sería tomada para esa relación.

Decía al principio que Carlos León, del extinto diario Novedades, propuso un Premio Nobel del Toreo. Pues para recibirlo designó a Calesero precisamente en esta tarde. Lo hizo en sus Cartas Boca Arriba, dirigida en esta ocasión a don Rodolfo Gaona, y entre otras cosas, le refiere lo siguiente:

El Calesero saturó de arte a la Plaza México; cortó una oreja, pero merecía el Premio Nobel de la torería

…Maestro, es necesario que usted vea torear a Alfonso Ramírez, ese extraordinario artista, que al fin, ha redondeado en la capital, una actuación inolvidable…

… ¡Qué alegría siente el aficionado cuando triunfan los auténticos artistas del toreo! Estoy seguro de que usted, si hubiera contemplado lo que en los tres tercios de la lidia realizó el diestro hidrocálido, habría sentido una gran emoción estética y, muy en lo íntimo, la satisfacción de ver el resurgir a quien es capaz de seguir su escuela y continuar el dogma artístico que usted dejó como ejemplo de lo que debe ser el arte del toreo…

A partir de los lances sedeños con que saludó a ‘Campanillero’, lances de una suavidad y de un temple exquisitos, empezamos a saborear el resurgimiento de este gran torero que sublimó en esta fecha memorable la limpia ejecución de las suertes. Ese quite con dos faroles invertidos, una chicuelina y el clásico remate de la larga cordobesa, llenaron la plaza de sabor a torero. Y por ahí siguió, alegre y variado, finísimo en todo instante, como en la gallardía con que citó para un par al quiebro, marcando la salida y saliendo deliberadamente en falso, para inmediatamente volver a citar y dejar al cuarteo un par perfecto que aún ligó con un rítmico galleo…

…Y hoy, ¡con qué alborozo me he unido al clamor popular, celebrando el renacimiento de un auténtico torero!…

Pues así ha ocurrido maestro, en esta inolvidable tarde. Cuando salió ‘Jerezano’, el quinto del encierro, todavía Alfonso Ramírez iba a superarse. La suavidad de aquellos lances a pies juntos y la lentitud que puso en las chicuelinas para rematarlas con un recorte teniendo ambas rodillas en la arena, volvieron a poner de relieve que nos hallábamos ante un artista de los que se ven pocas veces. Descubierto y en los medios, Alfonso tuvo que agradecer la ovacionaza que premiaba su excelsitud con el capote.

Clavó un solo par, al cuarteo, y no es exagerar si decimos que usted mismo lo hubiera rubricado como propio, por la majestad y la exposición con que el hidrocálido cuadró en la cara y alzó los brazos. Luego brindó al doctor Gaona; al empresario que tendrá que poner al Calesero todos los domingos de lo que resta de la temporada. Y salió de hinojos, para iniciar su trasteo con tres muletazos dramáticos. Pero en seguida, ya de pie, volvió a bordar el toreo. Sobre todo, allí quedaron dos series de naturales que nadie – así: ¡nadie! – ha trazado con más naturalidad y mayor lentitud desde los buenos tiempos de Lorenzo Garza en 1935.

Sin suerte con la espada, se le fueron las orejas de ‘Jerezano’. Pero otra vez ha dado dos vueltas al ruedo y ha saludado desde los medios, en una apoteosis inacabable.

…Y luego ha salido en hombros, consagrándose de la noche a la mañana como el artista de más clase de cuantos hoy por hoy visten el traje de torero...

Si solamente tuviéramos a la vista esta crónica, pudiéramos pensar que Carlos León vio algo parecido a un espejismo. Pero afortunadamente el maestro Julio Téllez, en la obra que el Gobierno de Aguascalientes dedicó al Poeta del Toreo, cita otra crónica, aparecida ésta en el diario El Universal, sin firma, en la que se manifiesta entre otras cuestiones esto:

Alfonso Ramírez lo hizo todo, y todo con una inspiración y una belleza insuperables; cortó una oreja y fue paseado en hombros por las calles de la capital.

Alfonso Ramírez, Poeta del Toreo; porque eso ere tú Alfonso – nada más, en toda su sencilla inmensidad – ¡El Poeta del Toreo!

Teníamos empañada la visión de las cosas, como la tenemos siempre, porque las miramos con tristes ojos de adulto, que presumen de ya saber, de ya conocerlo todo. Y lo que pasa es que hemos olvidado al niño que en nosotros quedó atrás, y que fue asomándose al mundo con ojos nuevos, sorprendidos, jubilosos de cada encuentro y de cada hallazgo.

Hemos olvidado, olvidamos casi siempre al poeta que quedó atrás, allá en la infancia lejana. Porque dicen – y tú debes saberlo bien Calesero – que ser poeta es volver a ser niño. Que es crear, volver a crear en nosotros aquella mirada de sorpresas y de júbilo fresco ante el mundo, ante todas las cosas: el sol y las aves, la rosa y el agua.

Las vemos todos los días, y porque creemos presuntuosamente conocerlas, se nos quedan sólo en la mirada, y no nos penetran hasta la raíz del alma, ahí donde se halla el verdadero conocimiento, la comprensión auténtica, emocionada e íntima. Ahí donde sabe llegar el poeta, para comprender, para sentir la música oculta y ofrecérnoslas luego, y hacernos el regalo de su propia emoción, de su comprensión, de su inspiración, en suma.

Ahí donde llegaste tú ayer, Calesero poeta.

¿A que seguir? ¡Todo el toreo, de rodillas y de pie, por verónicas y chicuelinas, en las largas cordobesas y en las vitaminas, en los derechazos y en los naturales, en los remates y en los desplantes, nos los diste como poeta: como cosas nuevas, frescas, estrenadas ahí mismo, descubiertas en ese momento, desconocidas -o mejor, reconocidas en su perfil primero, en su sabor inicial, ¡en su autenticidad más honda…!

Así pues, podemos advertir que esa tarde del 10 de enero de 1954, Calesero conmovió las estructuras del toreo hasta sus cimientos. 

Cuenta don Julio Téllez, testigo también de esa tarde:

¿Por qué esa gran emoción? ¿Por qué esa locura colectiva? Todo era como un gran juego de niños; remataba de rodillas, y la gente se paraba gritando. Pegaba una seria de naturales y la gente de pie enloquecida se miraba entre sí diciendo: “Esto no puede ser”. Y la locura final, con aquella cadenciosa larga cordobesa. ¿Cuántos años hace que no ven algo parecido?, nos preguntaban los compañeros de tendido.

Salimos de la plaza exhaustos, felices, por primera vez vi a mi padre con una alegría que no le conocía, y a boca de jarro le pregunté: ¿El Calesero es el mejor torero del mundo? ¡Hoy lo fue!, y cada vez que toreé en esta forma, lo será, me contestó…

Creo que está claro por qué Carlos León propuso un Premio Nobel para el toreo y a Alfonso Ramírez Calesero para recibirlo.

El predicamento inicial de la corrida

Inicialmente, el interés del festejo se depositó en la reaparición de Fermín Espinosa Armillita, que volvía a la gran plaza después de haber toreado allí su despedida el 3 de abril de 1949. El Maestro había iniciado lo que resultaría ser una breve campaña de retorno el 20 de diciembre anterior en Aguascalientes alternando con el propio Calesero y Antoñete.

Esa temporada del regreso de Armillita constaría de quince festejos y concluiría el 5 de septiembre en Nogales. Dos de esas corridas se verificaron en el extranjero, una en Bogotá y otra en Arles.

El tercer espada del cartel fue Jesús Córdoba, quien fue herido por Gordito, el primero de su lote durante la faena de muleta y pasó inédito esa tarde. Fue la tercera de una racha de cuatro cornadas consecutivas que el llamado Joven Maestro sufrió en la Plaza México.

Para terminar

Dijo don Francisco Madrazo Solórzano acerca del propio torero: Cuando los artistas se enfadan y les sale un toro a su modo, cuidado con ellos, porque no perdonan… 

Probablemente Calesero sorteó el mejor lote esa tarde, pero indudablemente que no se trata únicamente de llevarse los mejores toros, sino de saber que hacer ante ellos. Y Calesero lo hizo, por eso hoy, sesenta y siete años después, se le sigue recordando, entre otras cosas, por esa señalada tarde. 

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Hasta pronto don Gus

Don Gus de Alba
Hoy por la mañana se nos ha ido por delante el inefable don Gustavo Arturo de Alba Mora, conocido universalmente como don Gus. Tras de un paso interesante por las veredas de la producción cinematográfica, regresó a su tierra natal y se dedicó al periodismo, arrancando al inicio de la década de los 90 una revista que inicialmente se llamó Crisol y posteriormente por alguna cuestión legal se transformó en Crisol Plural. Fue una publicación que intentó fundir el análisis político de calidad, con otros contenidos de tipo académico y tendré que decirlo, lúdico, porque siempre en las páginas de Crisol hubo un espacio para la tauromaquia.

Andados unos cinco años de la publicación, don Gus me invitó a publicar mis pareceres con relación a la fiesta en las páginas de su revista. Me aceptaba artículos y después me pidió que le hiciera la crónica de los festejos novilleriles que se daban en la Plaza de Toros San Marcos. Este último aspecto me era bastante cómodo, porque como no había que salir al día siguiente del festejo, daba tiempo para meditar y componer adecuadamente la relación de lo sucedido en él.

Crisol apareció en papel hasta el año de 2004. Después se mudó al formato digital permaneciendo así hasta el año 2016, cuando por problemas de salud de don Gus, el sitio de Crisol Plural, como el dedicado exclusivamente a temas de cine, tuvieron que cerrar, aunque ambos reabrieron un año después y se mantienen en Crisol Hoy y Cineforever.

En el año 2004, tuve la oportunidad de compartir con don Gus, el maestro Julio Téllez y el licenciado Alejandro Bernal Rubalcava la recopilación y organización de textos para el libro que el Gobierno del Estado de Aguascalientes editó en honor de Alfonso Ramírez Calesero. En esas maratonianas jornadas don Gus ponía el ingrediente del conocimiento local de la época dorada del Poeta del Toreo y he de ser honesto, fue corrector de estilo de muchos de los textos que al final se presentaron, pues tenía una innata habilidad para ello.

El capítulo que se echó a cuestas para esa obra se titula Con estos ojos…, haciendo alusión a una expresión que con frecuencia externaba don Arturo Muñoz La Chicha. En él hace un repaso a la rivalidad que en los tendidos y en la sociedad generaron Calesero y Rafael Rodríguez. Era un tiempo en el que en Aguascalientes todo el mundo se conocía. Allí nos cuenta:

Mi padre era aficionado de sombra. Lo fue, en los años cincuenta, cuando me empezó a llevar a los cuatro o cinco años, por lo menos a una corrida de feria cada abril. Años en que la pasión hervía en los tendidos y había una especie de lucha de clases en la plaza, resuelta de forma sumaria y enfática, con un maniqueísmo determinante: los de sombra o sea los curros, los apretados eran del partido caleserista, mientras del otro lado, los del tendido cálido respondían al embrujo del atropellamiento valiente y eruptivo de Rafaelillo

Hoy cuando han pasado más de cuarenta y tantos años y me apresto a presentar un trabajo en la Peña, que desde hace más de un año venía posponiendo aunque no por ello dejaba de articularlo, tratando de encontrar un acercamiento a lo que pretendí llamar desde un primer momento: Con estos ojos que se han de comer los gusanos…, en referencia al siempre recordado e inolvidable compañero de tertulias taurinas don Arturo Muñoz La Chicha y con el cual intentaba explicar mi tránsito por los tendidos o como quizás Gustavo Flaubert lo hubiera dicho: La educación sentimental de un aficionado, se agolpan en mi cerebro las reminiscencias de mis primeros pasos en la afición taurómaca, los cuales seguramente no fueron muy dispares, a los de otros niños de cinco años, a los que en una primera reacción, quizás inducida por la propia madre, se horrorizan al contemplar los borbotones de sangre que emergen del lomo del toro después de ser picado, y para apaciguar su llanto o por lo menos el susto, los sollozos buscan ser disipados ofreciéndole al escuincle un vaso de refresco o un dulce como tranquilizante.

Una tortura efectivamente, de la cual muchos logramos sobrevivir, en virtud de que una razón u otra regresamos a la plaza, quizás primero porque resultaba muy divertido corretear por el graderío, antes de que iniciara la corrida o se llenara el tendido de la San Marcos, o simplemente porque era un día de fiesta, en el cual nuestros padres nos sacaban de nuestra rutina diaria, ya rota con la compra de unos zapatos nuevos o alguna prenda de vestir, como era menester hacerlo al llegar el 25 de abril, durante la feria en Aguascalientes.  

Después venía el paseíllo y la cosa se animaba con el público, sobre todo con el de los pelafustanes de sol, quienes tímidamente daban sus primeros lances de tanteo, con gritos cordiales que buscaban incitar a los alternantes a dar la tarde de su vida o si estaba Calesero no faltaba el famoso grito del popular aficionado La Ampolla: A ver si ahora sí, mi Calesa. Y entonces el paladín de los curros esbozaba una ligera sonrisa, como para darle esperanzas al respetable, la cual solía irse desdibujando con la muerte del primero de sus enemigos, en que el matador al dirigirse al callejón, voltear al tendido y replicar a la silbatina con su característico gesto de la mano derecha en que, en forma de rehilete, trataba de decirnos que lo esperáramos para el siguiente. Y entonces desaparecía de plano la sonrisa al doblar el segundo de su lote. Y vuelta a resonar el grito de La Ampolla: ¿Y ahora cuándo? Para que el torero volviera a responder: A la próxima, lo cual significaba el siguiente año. . .   Anécdota que quizás todos los aficionados a los toros en Aguascalientes hemos escuchado alguna vez y que tiene algo de verdad, pero también mucho de mítica, si no como explicarnos entonces que por más de 18 años en que coincidieron en los ruedos Calesero y Rafael, el mundo de los toreros, en la tierra de la gente buena, girara en torno de estos dioses del Olimpo taurino, mientras el de los toros era dominado por La Punta.

Pueblo chico. . .

Ser aficionado en Aguascalientes, en esos años significaba ser Caleserita o Rafaelista, y cuidado con que alguien quisiera salirse por la tangente manifestando una improbable neutralidad, o algo peor, que buscara quedar bien con Dios y el Diablo. Era un mundo de etiquetas: si uno iba a sombra asumía un aire de suficiencia y arrogancia elitista, para sobrellevar las rechiflas y los lanzamientos de anilina y de agua de riñón de los desarrapados de sol, orgullosos trabajadores del riel, en su mayoría y cuyo campeón no era otro que El Volcán, orgullosamente salido de un hogar humilde, con una infancia colmada de estrechez económica, pero que al arriesgar la vida, como muy pocos lo han hecho enfrente de los pitones de un toro, pudo llenarse las bolsas de dinero. (Algo que resulta inalcanzable para la mayoría de los toreros de ahora, en que la tacañería y ceguera de los empresarios los lleva a regatearles los duros a los toreros, aunque estos estuvieran dispuestos a partirse el alma, como lo hacía en sus tardes de gloria Rafaelillo).

Por su parte, Calesero se comportaba con donaire y altivez, haciendo sentir a su paso que era un torero de los pies a la cabeza, tanto en el ruedo como fuera de la plaza, pues si bien su padre don Justo Ramírez Sánchez, aficionado de prosapia, no era el hombre más rico del pueblo, si tuvo la suficiente holgura económica, como para en alguna ocasión ser empresa para que su chaval pudiera torear en un festival o algunas novilladas, antes de dar el estirón definitivo que lo llevaría a encumbrarse, merced a su genial destreza con el capote, en El Poeta del Toreo. Amén que algo le ha de haber servido, el hecho de que su hermano Jesús fuera el empresario de la San Marcos, durante muchas temporadas, para que toreara por lo menos una de las corridas de Feria, cada año.

Claro que la altanería, o por lo menos los aires de prosapia de que hacía gala Calesero, tenían su complemento con quienes formaban la parte más visible de sus correligionarios, principalmente en las barreras de sombra, en que en esos años era fácil identificar a los reconocibles: don Enrique Castaingts, con su característico puro, teniendo, regularmente de compañeros a don Julio y don Benito Díaz Torre, don Anselmo López, don Manuel Ávila, don Emilio Berlie, claro está que todos con sus respectivas esposas, a las cuales pido disculpas de no mencionarlas por su nombre, para no caer en la descortesía de olvidarme de alguna de ellas. También batían palmas por las gestas de Calesero don Antonio Garza Elizondo; Rodolfo El Ronco González, a quién recuerdo invitándonos, la noche del 13 de febrero de 1966,  a seguir la sobremesa de la fiesta de homenaje al Poeta en su aristocrática casa que tenía por los rumbos del Jardín de San Marcos, una vez que don Juan Andrea (otro Caleserista) cerró las puertas del local de los Rotarios, en Jardines de la Asunción, donde se había servido una suculenta cena, para más de 150 comensales, después de la apoteósica despedida en la San Marcos del torero del Barrio de Triana. En este recuento no podía faltar en las filas del arte el siempre célebre Abogao Jesús Ramírez Gámez, Carmelita Madrazo, don Humberto Elizondo Garza, el Dr. Alfonso Pérez Romo, el Lic. Alejandro Mora Barba, el Dr. David Reynoso Jiménez, Jorge Durán Valadez, Leopoldo y Rubén Ramírez Cervantes, el Lic. Jesús Antonio de la Torre García, don Salvador Hernández Duque, Humberto Morales El Catrín, Carlos Macías Peña, Alberto El Negro Santacruz, Humberto Martínez de León y del gremio de los ganaderos, tengo la impresión que eran del bando de los curros don Lucas González Rubio, don Miguel Dosamantes Rul, don Celestino Rangel Aguilar, mejor conocido por El Tato al cual me lo llegó a presentar mi padre en los corrales de la plaza en donde estaba una corrida de Garabato y, como siempre que había festejo, solía ir a ver los toros antes del sorteo. Tendría entonces yo unos cinco o seis años y siempre me quedó la sensación de que era un gigantón, con un timbre de voz algo fuerte, cuyo tono, sin llegar necesariamente a provocar temor, obligaba a prestarle atención, aunado a que siempre traía fajada al cinto a Doña Genoveva, como denominaba al enorme pistolón que siempre lo acompañaba, al igual que su enorme e infaltable puro. Otro ganadero que expresaba su simpatía por El Calesa era don José C. Lomelí, de Corlomé

Podría tratar de seguir enumerando a otras distinguidas personalidades, pero temo que podría llegar a convertirse en un catálogo de quién era quién en Aguascalientes en esos años y a lo mejor corro el riesgo de etiquetar como caleserista a personas que militaban dignamente en el bando de los rafaelistas como fue el caso de Jorge López Yáñez, Ramón Morales, los hermanos Jaime y Juan José Macías, el Dr. Antonio Ramírez, Bernardo Herrera, Chito Ponce, el Dr. Oscar Hernández Duque y su sobrina Martha, los cuales aunque asiduos asistentes de sombra, nos demuestran que esa partición caprichosa de los dos bandos divididos por la localidad, es antes que nada una simplificación de una pasión que desbordaba los límites arbitrarios de clase social. Aunque para terminar con este apartado quiero dejar apuntado que mientras se vio natural que Calesero se casara con doña Alicia Ibarra Mora, miembro prominente de una familia reconocida en la localidad, en tanto la unión de Rafael con doña María Teresa Arellano Madrazo, recibió algunas críticas de esa sociedad, que sin tener vela o justificación para opinar fruncieron el ceño y cuestionaran dicha unión, que en rigor era un asunto de dos; pero ya sabemos que pueblo chico, infierno grande...

¿Lucha de clases?

No había que ir muy lejos para encontrar de manera inmediata, con esos antecedentes y sin necesidad de tener brochazos de marxológo, la comparación fácil de una lucha de clases que se dirimía, año tras año, durante la Feria de San Marcos, en el ruedo del centenario coso de la calle de Democracia: ricos versus pobres, curros versus descamisados, los de sombra frente a los de sol.  

Sin embargo, creo que esa rivalidad va más allá de la lucha de clases o quizás mejor dicho la trasciende, con algo más importante y que con el paso de los años se ha perdido en la afición aguascalentense: la emoción, el interés profundo por la fiesta y que esta fuera cosa atractiva, aun para los no aficionados. Aquellos que no iban a la plaza solían acercarse, con genuina atención, a los conciliábulos de taurinos, que se formaban, ya fuera en la legendaria Bolería Calesero, en el Parián, o los cafés de la época, para preguntar como habían estado el Calesa y el Volcán, aun cuando no fuera tiempo de feria. Los toros eran tema de cuidado general y vital para los aguascalentenses. 

En la década de los ochenta pudo haberse dado una rivalidad semejante, pero ya sea por miopía de los empresarios o porque eran ya otros tiempos, simple y llanamente, los Armillita y los Sánchez, nunca pudieron llegar a la cima de ser símbolos o paladines de un enfrentamiento épico, cuyas hazañas en el ruedo, repercutieran más allá de las puertas de la Monumental o el ceñido mundo de los toros, para volverse personajes emblemáticos que representaran a sectores amplios de la población.  

No puedo asegurar que Calesero y Rafaelillo dividieran, hasta el encono, a las familias, pero si me consta que en mi casa mi padre defendía a capa y espada su predilección por la exquisitez taurina del oriundo del Barrio de Triana, frente a la forma atrabancada de encimarse en los toros de Rafael, al tiempo que mi hermano mayor, Manuel, intentaba convencerlo de la profundidad y valía del Volcán, sobre todo después de que su franela se viera influida por don Fermín Espinosa Armillita, al grado de que algunos aficionados de aquellos años están dispuestos a sostener que hubo dos Rafaeles, uno de los primeros años en que era todo ímpetu, enjundia y valentía, mientras que a partir de 1954 o 55, había emergido otro, el cual hacía el toreo más reposado y con mayor sentido de las formas clásicas. Discusión que en el momento era bizantina, tanto en mi hogar, como en las tertulias de la ciudad, porque como ya lo he señalado antes, ambos toreros se tornaron para aquí arquetipos, modelos y como tales había que aceptarlos o desecharlos. Se era y quizás aún hoy día en Aguascalientes se es Caleserista o Rafaelista, antes que otra cosa, como aficionado a los toros.    

Posdata o Toro de Regalo

Tenía yo doce años cuando un 24 de abril, debido a un compromiso de última hora que le salió a mi padre, cuando estábamos al filo del mediodía, en las instalaciones de la Exposición Ganadera, durante la Feria, me dice que no va a poder ir a la corrida de ese día, pero que consideraba que ya estaba lo suficientemente grande para ir yo solo a los toros. Me entregó tres boletos de sombra, para que regresara dos en las taquillas y el otro lo usará para entrar, procurando sentarme, más o menos en los lugares de costumbre, a la mitad del tendido de sombra, cerca de donde se pone el Juez de Plaza en la San Marcos, porque allí habría gente conocida por si algo se me ofrecía y lejos de los malditillos de sol. Sin embargo uno era joven y hete aquí que me entra la ambición y por lo pronto en lugar de ir a buscar a don Julián Rodríguez para devolverle los boletos, me arriesgué a venderlos en la reventa. Resulta que me encuentro a unas personas que necesitaban tres y que traían un boleto de sol, por lo que me ofrecen el trueque, dándome a ganar lo de uno de sombra, que en aquellos años valían $40.00 pesos y los de sol $20.00 o sea que me dieron $120.00 y la entrada de sol. Feliz estuve en la corrida disfrutando de las habilidades de Carlos Arruza El Ciclón con su toreo a caballo, a Luis Procuna en una de sus tardes desafortunadas, mientras que Calesero cortaba la oreja de su primero y Gabriel España cumplía con el compromiso de salirle a un bravo encierro de La Punta. Claro que durante el festejo tuve buen cuidado de esquivar las bombas, o mejor dicho los calcetinazos de anilina, al igual que los baños de cerveza de segunda, para que no me fuera a descubrir mi papá al llegar a la casa; pero en cuanto abrí la puerta del hogar, ya estaba mi progenitor con una cara de pocos amigos, solicitándome explicaciones, porque nuestro vecino Pancho Muñoz, le había ya dado la reseña de la corrida, agregando el comentario de que me había visto en el tendido de sol. Así fue que descubrí que había un pueblo que nos vigilaba.  

No tiene caso detallar el regaño de santo y señor mío que se me echó, por cometer el desacato de arriesgarme a ir a sol, donde se corrían enormes peligros con los pelafustanes que allí asistían. De nada me valió que regresara con la ropa impecable de limpia, no había excusa y por lo tanto el día siguiente se me castigaba negándoseme la ida a la corrida. Y claro que mi osadía tuvo un enorme peso histórico, porque resulta que ese 25 de abril toreaban mis favoritos Calesero y Luis Procuna, junto con Rafael Rodríguez

Creo que a estas alturas del relato ustedes ya adivinaron que fue la tarde de la apoteósica faena a Poeta de San Mateo y así me convertí en uno de los pocos aficionados que se perdieron de contemplar dicha hazaña, entre más de doce mil aficionados que sí pudieron hacerlo. Sí, ya sé que el aforo de la San Marcos, es sólo de cuatro mil espectadores, pero con el paso del tiempo han sido tantos los que me han contado que estuvieron esa tarde en la plaza que entonces ese día, en lugar de milagros de panes, hubo multiplicación de asientos.

Siete años después, a la cita que no falte fue a la de estar la tarde del 13 de febrero de 1966 en la antigua Plaza San Marcos, para ser testigo de la despedida en Aguascalientes de Calesero encerrándose con seis toros de diferentes ganaderías.

La apoteosis en esa legendaria corrida vino en el quinto de la tarde, un toro de Reyes Huerta al cual indultó, y le colocó el único par de banderillas que ejecutó: un enorme par al quiebro al filo de las tablas, cuya visión me ha perseguido siempre, pues aunque si hago un esfuerzo, por recordar algunos otros detalles, como una serie de verónicas en que fue sacando al toro a los medios, siempre, pero lo que es siempre, si alguien me pregunta cuáles son las imágenes de ese arte efímero que es el toreo se me han quedado más grabadas, indudablemente que la número uno es ese inmortal momento en que Calesa clavó ese portento de suerte, en el segundo tercio, y dado que el tiempo siempre hace grande al pasado, no creo que otro detalle llegue a quedárseme impreso en el fondo de mi corazón taurino, como ha quedado clavado ese par al quiebro.

Esa es la impresión que recuperó don Gus de una época que en Aguascalientes fue dorada. Lo fue para la vida en sociedad y para la fiesta de los toros. La partida de don Gus nos deja sin un relator de su categoría para continuar recuperando la memoria de tiempos que, pareciendo idos, nos resultan necesarios para entender lo que actualmente somos y a mí me deja con un amigo menos, con lo escasa que está la amistad verdadera en estos tiempos que corren.

Mi solidaridad para Carmen Luz, su esposa y para Diego, Alejandra y Hernán, sus hijos. Una pérdida así es irremplazable, pero como me vi en la necesidad de expresarlo hace unos días, se tiene que aprender a vivir con ella.

¡Hasta pronto don Gus!

domingo, 27 de diciembre de 2020

25 de diciembre de 1950: Calesero y Trianero de Mimiahuápam

Calesero según Pancho Flores
La tradición verbal del toreo nos hace llegar la versión de que Alfonso Ramírez Calesero fue un torero de un arte quintaesenciado y de valor medido, sambenito colgado a todos los diestros de su cuerda. Esas dos cuestiones nadie se atreve a ponerlas en duda, simplemente se toman como artículos de fe respecto de la vida torera del diestro de la Triana de Aguascalientes y a partir de allí se generan los análisis de su historia y se hace el recuento de su memoria.

Sin embargo, a veces en ese examen que se hace del paso de un diestro por los redondeles, sin malicia, se pasan por alto hechos o sucesos que tienen que ver con la definición del carácter y de la verdadera naturaleza de la esencia del torero de que se trate. En el caso de Calesero o se omite o se deja como algo meramente anecdótico lo que me ocupa este día.

Los días de Navidad y Año Nuevo fueron durante muchas décadas fechas muy señaladas para dar festejos postineros en las principales plazas del país. El caso de Guadalajara no era la excepción y para el 25 de diciembre de 1950, don Ignacio García Aceves anunció un cartel encabezado por Calesero, quien alternaría con Luis Briones y Gregorio García en la lidia de un encierro de la debutante ganadería de Mimiahuápam, propiedad de don Luis Barroso Barona en aquellas calendas.

Por confesión propia, la plaza de El Progreso era una en las que Calesero se sentía más cómodo y en la que, a la vuelta de los años, confesaría a Paco Coello, realizó la mejor faena de su vida a un toro de Tequisquiapan, llamado Hortelano. En esas condiciones y vista la inteligencia con la que don Nacho armó el cartel, pues Alfonso el Trianero podría alternar en quites con otro artista del percal como lo era Luis Briones y en el segundo tercio con un gran banderillero como en su día lo era el potosino Gregorio García.

La corrida de don Luis Barroso, bien presentada, salió con complicaciones. Ante los tres primeros de la tarde, los diestros solamente pudieron limitarse a cumplir, con el consiguiente desencanto de la concurrencia que llenaba el coso de la calle del Hospicio. En esas condiciones es a los toreros a quienes queda el tratar de componer el rumbo de la tarde. 

El cuarto toro se llamó, según la fuente que se consulte, Platanero o Trianero, era negro y estaba marcado con el número 34. Tras de los primeros compases de la lidia, Calesero entendió que no tenía otra opción que pegarse el arrimón, que su tauromaquia de arte quedaría para una mejor ocasión porque el adversario no estaba para florituras. La crónica sin firma aparecida en el diario El Informador de Guadalajara al día siguiente del festejo, entre otras cuestiones dice:

…en su primer toro “Calesero” había estado desconfiado con el capote y con la muleta, Ramírez se concretó a torear de lejos, con la punta de la muleta y cobrarle asco a un toro que merecía algo más.

Tal vez esto en mucho contribuyó a la entrega de “Calesero” en su segundo, un toro rápido, que huía de los capotes y que se defendía y que fue mal castigado. Sin embargo, Alfonso quiso triunfar, quizá arrepentido de lo hecho en el primero. Inició la faena hincado y hasta en seis ocasiones se pasó al toro en esa forma y buscándolo en todos los terrenos.

De pie siguió adornándose con un vasto repertorio de suertes, aguantando porque el toro empujaba más de la cuenta. Y cuando sacó a relucir ese pase cambiado, que es de lo mejor que puede hacer con la muleta, que no es el exactamente llamado de la “vitamina”, sino algo muy personal de “Calesero”, las dos veces que lo ejecutó le salió perfecto, solo que en el segundo quedó entablerado para sufrir el grave percance que hemos relatado.

La conmoción entre el público y los alternantes fue de esas que echan abajo una corrida. Y “Calesero” en lugar del triunfo por su emotiva y adornada faena que venía haciendo, aunque un tanto atropellada, se llevó seis cornadas en vez de las orejas y el rabo de su enemigo, que hubiera merecido de haber seguido en ese plan…

El percance fue de esos que capturan la atención de los tendidos desde que ocurre y no sale de ella en el resto de la tarde, sigue narrando el ignoto cronista del El Informador:

…La cogida fue tan fuerte como aparatosa. en una faena en la que Alfonso Ramírez estaba poniendo de su parte todo entusiasmo por triunfar y lo iba consiguiendo hasta poner de pie a los espectadores, después de prodigar un segundo pase cambiado muy personal de él, con que había obtenido estruendosas ovaciones, se echó el toro encima y estando entablerado, fue trompicado y enseguida levantado en vilo, arrojado contra las tablas y vuelto a recibir por los pitones hasta que el toro se le vino en gana…

… El diestro fue conducido al producirse la cogida al sanatorio de la calle Garibaldi donde estuvo en manos de los doctores Mota Velasco y Pérez Lete hasta después de las nueve de la noche en que terminaron de operarle. La cogida es muy seria por el número de heridas, la natural extenuación del herido, el choque traumático y lo intenso de la intervención quirúrgica. Pero también se dijo anoche que afortunadamente los cuernos del toro, que ambos había empleado para herir a “Calesero”, no habían interesado vasos importantes en las piernas, que fueran un peligro inminente para su vida…

Dentro de los límites de la desgracia, se adelantaba que las cornadas eran extensas, pero de las que la jerigonza médica de estos tiempos llama limpias, es decir, que no afectaron estructuras vasculares de importancia y por ende, salvo la naturaleza misma de las heridas, no comprometieron la vida del torero.

En el número de La Lidia de México aparecido el 5 de enero siguiente, quien firma como Antoñico A.D., hace también una serie de reflexiones acerca de este percance, señala como nombre del toro heridor el de Trianero – el de Platanero aparece en la crónica de El Informador – y lo más relevante, transcribe el parte médico completo que rindieron los doctores Ramírez Mota Velasco y González Pérez Lete y que es de la siguiente guisa:

Durante el último tercio de la lidia del cuarto toro de la tarde ingresó a esta enfermería el diestro Alfonso Ramírez, quien presenta las siguientes heridas por cuerno de toro: la primera cornada está situada en la cara interna del muslo derecho, al nivel del tercio inferior y con una extensión de catorce centímetros. Interesó piel, tejido celular, aponeurosis y músculos de la región. Las otras dos cornadas que tiene en el muslo derecho están situadas entre sí a una distancia de seis centímetros. Las dos comunican en la misma trayectoria y se dirigen hacia arriba y hacia adentro, interesando piel, tejido celular, aponeurosis y músculos de la región, que es el tercio medio, caras anterior e interna del citado muslo. con una extensión de quince centímetros, de abajo hacia arriba, siguiendo todo el pliegue inguinal. Las cornadas quinta y sexta se encuentran también en el muslo izquierdo y también en el tercio inferior. Ambas tienen un trayecto común hacia arriba y hacia adentro, en una extensión de treinta y cinco centímetros, desgarrando piel, tejido celular, aponeurosis y músculos de la región, teniendo ocho centímetros de profundidad, dejando al descubierto muchos vasos que sangraron en intensidad mediana. La séptima y última cornada está situada en el hipocondrio derecho con una extensión de tres centímetros que interesó piel y tejido celular. Se operó bajo anestesia de pentotal ciclo; se hizo la debridación correspondiente de las heridas, lavándolas con suero fisiológico. Se le aplicó sulfatiazol, afrontándole las heridas, músculos, aponeurosis y piel, dejándole siete tubos de canalización. Transfusión sanguínea. Aplicación de sueros antigangrenoso y antitetánico. De no presentarse ninguna complicación tardará en sanar unos veinte días.

Un parte muy extenso en el que se describen de manera prolija cada una de las siete heridas que sufrió Calesero, en el que llama la atención el hecho de que se haya aplicado sulfatiazol para prevenir la infección de las heridas reparadas, no obstante que ya había penicilina disponible en esa época y la necesidad de transfundirle sangre sin precisar el volumen aplicado.

Años después, en entrevista ex – profeso para el libro Las Cornadas, Calesero contó a Ignacio Solares y Jaime Rojas Palacios lo siguiente acerca de este pasaje de su vida en los ruedos:

Me trajo tanto tiempo entre los pitones, que me dio oportunidad a pensar ¿a quién le habré hecho tanto mal para que este toro me haga tanto daño? Cuando al fin me soltó, me paré y vi que entre las dos vías me salía un río de sangre. Creí que me había roto la femoral. Me quiso dar un shock, pero vino la reacción del hombre; si mi mal tiene remedio, ¿para qué me apuro?, y si no lo tiene… Entré tranquilo a la enfermería. Yo mismo me desamarré los machos, me puse en manos de Dios y me dispuse a que los médicos me “echaran mano”. Pasé las famosas 72 horas entre la vida y la muerte. Tenía mucha fiebre. Los médicos estaban temerosos de que se les hubiera quedado sin explorar alguna trayectoria de tantas heridas. Siempre he sido muy sano y metódico, entregado por completo a mi profesión. Lleno de sol y aire puro, estaba y estoy muy fuerte. Por eso, sané muy aprisa. Reaparecí el 14 de enero siguiente, a las tres semanas de lo de “Trianero” …

Efectivamente, la reaparición fue en la fecha indicada por el torero, en la feria de El Grullo, aún con los puntos en las heridas, toreando mano a mano con Manuel Capetillo y le cortó el rabo a uno de los toros de Lucas González Rubio que sacó en el sorteo y enseguida volvería a la Plaza México el 18 de febrero de 1951, alternando con Fermín Rivera y Carlos Arruza, para lidiar toros de La Laguna.

Iniciaba esta remembranza partiendo de la noción de que a Calesero generalmente se le concibe como un torero de valor medido. Creo que el hecho de haberse levantado de esta serie de cornadas, recibidas en un solo envite y haberse mantenido en un sitio de privilegio en el escalafón mexicano – lo llegó a encabezar los años de 1958, 59 y 60 – desmienten la forma y el fondo de esa concepción.

Alfonso Ramírez Alonso todavía recorrió los ruedos de México y de América del Sur durante casi dos décadas más, escribió en esos tiempos algunas de las páginas más grandes de su historia, como la de la tarde del 10 de enero de 1954, cuando el atildado y puntilloso Carlos León lo postuló para un hipotético Premio Nóbel del Toreo; o la del 18 de enero de 1959, allí mismo en Guadalajara, con el toro Yuca de Tequisquiapan, esa tarde en la que don Nacho García Aceves dijera que si Calesero” toreara así todos los domingos, sería dueño del Banco de México, o la del 25 de abril de ese mismo año, aquí en su tierra y otras muchas que ahora se me escurren de la memoria.

Un torero de valor medido no se habría quedado en los ruedos tanto tiempo, y sin embargo Calesero permaneció y permanece todavía entre nosotros, siempre habrá, cuando se necesite un referente del torero artista, que recurrir al justamente llamado Poeta del Toreo.

domingo, 19 de abril de 2020

12 de abril de 1966: Calesero Chico se presenta en plazas de España

Calesero Chico (Cª 1966)
Le guarda la vuelta Arturo Muñoz La Chicha
Foto: Carlos Meza Gómez
Alfonso Ramírez Ibarra es el hijo mayor de Calesero. Y llegado el momento decidió intentar ser torero. Se presentó como novillero en la Plaza de Toros San Marcos, aquí en Aguascalientes el 19 de abril de 1964, para lidiar novillos de Peñuelas, alternando con Ramiro Cuevas y según don Luis Ruiz Quiroz, con Manolo Rangel, porque don Jesús Gómez Medina afirma que el que cerró la terna fue el hidrocálido Armando Mora. Independientemente de esta cuestión, quien sería conocido en los carteles como Calesero Chico, terminó la tarde dando dos aclamadas vueltas al ruedo, pues por fallas con la espada, no pudo culminar dos buenos trasteos.

Dos grandes faenas

Calesero Chico se presentó en la Plaza México el domingo 14 de junio de 1964, alternando con Sergio Zermeño y Jorge Carrasco para lidiar novillos de San Antonio de Triana, de don Manuel Ibargüengoitia Llaguno y en esa séptima novillada de la temporada sorprendió a la afición. Cortó una oreja al primero de su lote, Monarca y a pesar de haber escuchado dos avisos en el sexto, Chaparrito, dio dos vueltas al ruedo.

Lo anterior le valió para volver a la gran plaza dos domingos después, para enfrentar novillos de Javier Garfias acartelado con Mario de la Borbolla y Rodolfo Acacio. En esta oportunidad volvió a mostrarse a la afición de la capital con el sexto, Orientador, al que también cortó la oreja. La impresión del psiquiatra Enrique Guarner acerca de esas dos tardes es la siguiente:
México ha carecido de toreros importantes desde hace más de doce años, en que se retiró Carlos Arruza, pero a partir de 1964 la situación comienza a cambiar y una nueva generación va a desarrollarse paulatinamente. 
El 14 de junio se presenta en la Plaza México el hijo de Alfonso Ramírez «Calesero», que lleva el mismo nombre y apellido. La faena que realiza ese domingo ante «Monarca», novillo que pertenecía a la ganadería de San Antonio de Triana, produce una conmoción tremenda entre los asistentes, que la presencian de pie. 
Quince días después, «Calesero Chico» vuelve a ejecutar un trasteo inenarrable frente a un encastado burel de Javier Garfias. Para aquellos que contemplamos esta faena el momento resulta inolvidable. El diestro torea vertical, llevando limpiamente al astado y templándolo como lo hacen muy pocos. Todos pensamos que por fin había llegado un torero de época, pues se trataba de un muletero de una enorme pureza...”
El 16 de agosto de ese 1964, tendría otra gran tarde en Aguascalientes, alternando con Manolo Espinosa Armillita y Jesús Solórzano, en un festejo que don Jesús Gómez Medina llamo como el de los tres cachorros y del que ya me he ocupado por aquí. Otra vez la espada le traicionó, pero recorrió triunfalmente el anillo.

En esa temporada de 1964 toreó en la capital seis de las treinta novilladas que se dieron y al año siguiente regresaría a torear otras cinco de las treinta y una ofrecidas. Con ese bagaje, decide cruzar el charco para adquirir experiencia en campo y ruedos hispanos.

En España

La primera huella de su presencia en tierras hispanas la encontré en una entrevista que le realizó Carlos M. Tosantos y que se publicó en el semanario madrileño El Ruedo, en su número aparecido el 22 de marzo de 1966, misma en la que entre otras cuestiones, Calesero Chico menciona lo siguiente:
Alfonso Ramírez «El Calesero», hijo, ha venido de Méjico en compañía de Antonio Ordóñez, del que el muchacho habla con admiración y le llama «maestro» siempre que se refiere a él. Antonio Ordóñez, que era amigo de su padre, se ha ofrecido para ayudarle, e incluso le ha buscado apoderado: su hermano Pepe. 
«VENGO A ESPAÑA PARA FORJARME» 
—Yo vengo dispuesto a todo, con la mejor voluntad del mundo, y esperando ponerme con el toro lo más pronto posible. 
— ¿Ese ha sido el motivo de tu viaje a España? 
— Sí. He venido a España para forjarme y darme a conocer. A todos los toreros mejicanos les ha venido muy bien la estancia en España. Ordóñez me ha dicho que si quería ser torero y tenía ilusión que viniese y él me ayudaría. 
— ¿Tus toreros predilectos? 
— Ante todo, mi padre, prescindiendo del hecho de que sea mi padre, y juzgándole como simple aficionado. Luego, «el maestro». Su toreo es de una clase tan extraordinaria y de un estilo tan depurado que es para envidiar. Mi padre, al que más admiraba era a Pepe Luis Vázquez. A mí, personalmente, y según lo que me han «platicado» hacia él toreo que a mi me gustaba... 
— ¿Cuánto tiempo estarás en España? 
No tengo idea. De momento, quiero estar la temporada entera, pues Livinio Stuyck y el «maestro» me han arreglado el contrato para venir aquí. Quisiera tomar la alternativa en España, de ser posible, de mi padre, y si no, del «maestro», y volver a Méjico con ella. El recibir la alternativa de mi padre seria una cosa emocionante y curiosa. Que yo sepa, hay pocos antecedentes de esto...
Se observa de la entrevista que iba bien apadrinado. Le introdujo en el medio español Antonio Ordóñez y le apoderaba su hermano Pepe. Esa circunstancia le podía abrir la puerta de plazas importantes allá.

La presentación se arregló para el Domingo de Resurrección – 12 de abril – de ese año en Jerez de la Frontera, alternaría con otro debutante en esa plaza, José Rivera Riverita y Ventura Núñez Venturita en la lidia de novillos de los Herederos de don Salvador Guardiola. La crónica aparecida en el diario ABC de Sevilla y firmada por Rodrigo de Molina, refiere entre otras cosas lo que sigue:
Jerez. Lo desapacible de la tarde, restó público a la novillada de Resurrección, en la que hacía su presentación en esta plaza José Rivera «Riverita» y Alfonso Ramírez «Calesero», mejicano, precedido de gran fama en su aparición en España, con los que completaba la terna el novillero jerezano Ventura Núñez «Venturita», triunfador en el festejo de San José, por lo que se hizo merecedor al capote de paseo, que al comienzo del espectáculo le fuera entregado por las peñas taurinas, en nombre de la empresa Belmonte. 
Los novillos pertenecían a la ganadería de los Herederos de don Salvador Guardiola, de Sevilla, de mucho nervio, bonita estampa y codiciosos con los caballos, siendo aplaudidos en el arrastre los lidiados en segundo y tercer lugar. El sexto, protestado por un sector del público – aún desconocemos por qué –, fue devuelto a los corrales, o mejor dicho, se hicieron intentos de que siguiera a los cabestros, y ante la imposibilidad de lograrlo, el de turno «Calesero», lo finiquitó de dos medias estocadas, solicitando con anterioridad de ese sector descontento con las dificultades del astado, lidiarlo en forma y a continuación el sobrero. Pero no fue así, y el desánimo total cerró plaza… 
El diestro mejicano Alfonso Ramírez «Calesero» arrancó los primeros aplausos con la capa. Buen estilo. Con la muleta desarrolló una faena muy bonita y ligada, rematándola con una casi entera. (Una oreja y vuelta al ruedo.) Al sexto, ya dijimos como lo despachó, y al sobrero, contrariado ya por lo anterior, y por ser inferior a sus hermanos de camada, «Calesero» lo aliñó y mató de media y unos pinchazo…”
Un buen debut. Su padre se había presentado casi veinte años antes – 21 de abril de 1946 – también un Domingo de Resurrección en Sevilla. Calesero Chico permaneció en España solamente hasta el mes de junio. En ese lapso de tiempo toreó cuatro novilladas y cortó tres orejas, de acuerdo al escalafón del semanario El Ruedo

Pude localizar dos de esas fechas, que fueron el 1º de mayo en Vista Alegre, Carabanchel, donde alternó con Simón Mijares El Duende y Alfonso Núñez en la lidia de novillos de Carmen González de Ordóñez y cortó allí una oreja al sexto y dio la vuelta con el mayoral y la del 30 de mayo en Valencia, donde formó cartel con Héctor Álvarez, Fernando Tortosa y Antonio Millán Carnicerito de Úbeda en la lidia de novillos de Francisca de Mora Figueroa, El Pizarral de Casatejada (2º) y Conde de la Maza (3º). En esta última tarde fue ovacionado en su lote.

La alternativa

Al final de cuentas, Calesero Chico regresó a México a recibir la alternativa en ese mismo 1966. La ceremonia se verificó en Ciudad Juárez el 24 de julio, apadrinándole su padre en corrida mano a mano con toros de Carranco. El toro de la ceremonia se llamó Noche Buena. El doctorado lo confirmó en la Plaza México el domingo 15 de enero de 1967, le apadrinó Manuel Capetillo y fungió como testigo Andrés Hernando – también confirmante – con la cesión del toro Trovador de Reyes Huerta, tercero de esa tarde.

Hasta aquí este recuerdo de uno de los toreros que en el escalafón de novilleros ha realizado una de las faenas más importantes de la historia de la Plaza México, y que por eso, tiene reservado un sitio propio en la historia de ese recinto y de la del toreo en nuestro país.

domingo, 5 de enero de 2020

En el centenario de Carlos Arruza (I)

1º de enero de 1939. Carlos Arruza corta un rabo en Guadalajara

Necesaria aclaración

El próximo 17 de febrero se cumple el primer centenario del natalicio del Ciclón Mexicano Carlos Arruza, quien resulta ser, a la luz de los hechos, una de las cumbres altas de la Historia Universal del Toreo. A partir de este día y cuando menos una vez al mes, procuraré ocuparme de alguno de los hechos notables de su paso por los ruedos del mundo, distintos a los que ya he dejado constancia en las páginas virtuales de esta bitácora. Espero que los encuentren de interés y que sirvan para dejar claro que independientemente de que haya un océano entre Europa y América, la Fiesta es una y así debe seguir siendo.

Carlos Arruza novillero

Carlos Arruza y su hermano mayor Manolo obtuvieron sus conocimientos iniciales del toreo con José Romero Frascuelillo primero y después con Samuel Solís. Se iniciaron emparejados como becerristas en 1934 y debutaron como novilleros en El Toreo de la Condesa el 5 de abril de 1936, alternando con Andrés Blando en la lidia de novillos de Peñuelas. Esa tarde el triunfador fue Carlos, que cortó una oreja al segundo de la tarde.

El hecho de que Manolo Arruza hubiera nacido en España, le impidió seguir actuando en México después de la ruptura con la torería española a partir de mayo de ese mismo 1936, por lo que Carlos su hermano tuvo que seguir su andadura por separado. Una de las plazas en las que tuvo gran predicamento fue la de El Progreso de Guadalajara, donde se presentó el 10 de octubre de 1937 y entre esa fecha y el 10 de noviembre de 1940, toreó 10 tardes, número no superado por ninguno de los novilleros de su generación.

La novillada del año nuevo de 1939

Para recibir el penúltimo año de la década de los treinta, don Ignacio García Aceves confeccionó un cartel asaz interesante. Anunció como atractivo central del mismo a la torera madrileña Juanita Cruz, que actuaba en nuestro país desde el año anterior para actuar junto a Alfonso Ramírez Calesero y Carlos Arruza. Los novillos a lidiarse serían de la ganadería mexiquense de San Diego de los Padres.

Hago el señalamiento de que Juanita Cruz actuaría junto a Calesero y Carlos Arruza, porque no alternaría con ellos en la lidia de sus novillos, sino que como se señala en la crónica del festejo aparecida en el diario El Informador de Guadalajara, en su número del día siguiente al del festejo, la torera de Madrid lidió y mató a los dos primeros de la tarde y posteriormente quienes después serían conocidos como El Poeta del Toreo y El Ciclón Mexicano alternaron con los cuatro restantes.

El festejo dejó contentos a quienes asistieron a él. Juanita Cruz demostró valor y maneras. Calesero justificó su vitola de artista y Arruza se llevó el gato al agua al final de cuentas. La crónica ya aludida, firmada por El Tío Castuera, en lo medular, relata lo siguiente:
... ¡qué valiente se muestra ante los astados Juanita Cruz y con cuantos riñones ejecuta las suertes del toreo que muchos diestros del sexo feo envidiarían! No cabe duda que la chica, que ayer fue admirada no solamente por los de casa, sino por los contingentes de varios cientos de chiquillos españoles de los que el Gobierno magnánimo hizo traer de la tierra Ibera para librarlos de los sufrimientos inherentes a la guerra y quienes asistieron con el fervor y entusiasmo de buenos españoles, se impuso y triunfó en toda la línea... 
Carlos Arruza y Calesero, también contribuyeron a dar el buen colorido a la fiesta brava de que nos ocupamos; el primero haciendo gala de su valor temerario y el segundo, cuando las circunstancias lo permitieron, arrancando palmas como fue al banderillear; y sobre todo, cuando ejecutaba alguna suerte con el estilo que tiene de un torero de clase.  
Arruza tuvo, sin dudarlo, su mejor tarde, porque estuvo afortunado en su primer toro, que por concepto de sus valientes pares de banderillas fue aplaudido y con la muleta hizo una gran faena, con pases de gran riesgo y con el estoque estuvo también muy certero, obteniendo al fin la oreja y el rabo del toro, que también recibió el homenaje póstumo de los buenos bichos, como es la vuelta al ruedo. San Diego de los Padres se sacó la espina y levantó el ánimo de los aficionados...
El triunfo de Arruza resultó ser inobjetable al final del festejo, independientemente del resultado de la actuación de sus compañeros de cartel. Aparte de los trofeos obtenidos, se observó que el proceso de maduración del torero en ciernes seguía su cauce de manera favorable, pues fue capaz de aprovechar en su correcta medida a un toro de bandera, que al final de la lidia fue premiado con la vuelta al ruedo, para orgullo y satisfacción de los señores Barbabosa, titulares del hierro sandieguino.

Carlos Arruza estaba a poco más de un año de recibir la alternativa. Sin embargo mostraba ya la raza que acabó por llevarle a la cumbre, apuntándose un triunfo en una plaza de importancia que le permitiría seguir andando el camino que le llevaría a ser una las grandes figuras de la historia del toreo.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Armillita y Nacarillo de Piedras Negras

Fermín Espinosa Armillita
La temporada 1946 – 47 en la Plaza México iba a ser la última en algún tiempo que vería el concurso de diestros hispanos y por razones de sobra conocidas, la final en la que actuaría Manolete en la capital mexicana. La tarde que me ocupa en este momento era la sexta que cumplía en el gran coso y le quedaban ya nada más en su historia las del 12 y 19 de enero de 1947 y la del 2 de febrero de ese mismo año, completando así las nueve tardes que en las que en su historia llenó ese escenario.

Ya estaba en vigencia el decreto que, publicado en el Diario Oficial de la Federación del jueves 18 de abril de ese 1946, limitaba por decisión del Presidente Manuel Ávila Camacho, la celebración de festejos taurinos en la Ciudad de México a dos por semana, por, dice la disposición: ...la frecuencia con que se han venido celebrando corridas de toros ha causado perjuicio en la economía de numerosas familias... debe considerarse cualquier contingencia futura, procurando moderación en los gastos, tanto colectivos como en los individuales... procurando que no se agrave la situación actual con gastos excesivos...

Así pues, apenas el miércoles anterior se había celebrado una corrida en la que alternaron el mismo Manolete, Lorenzo Garza y Leopoldo Ramos Ahijado del Matadero, quienes enfrentaron una corrida de Pastejé. Una corrida que pasó a la historia por las faenas de Garza a Amapolo y Buen Mozo y la de Manolete a Manzanito y el gran juego que dieron los toros de don Eduardo N. Iturbide.

La tarde del 15 de diciembre

Para el domingo siguiente se anunció un encierro de Piedras Negras, para Fermín Espinosa Armillita, Manolete y Alfonso Ramírez Calesero. El encierro de Tlaxcala sería el único de ese hierro que el Monstruo lidiaría entre los 38 festejos en los que actuó entre nosotros y al decir de las crónicas que tuve a la vista, esos toros lo trajeron aperreado, tanto, que el primero de su lote Tilichis, le echó mano y se pensó que había sufrido un serio percance, pero no pasó del susto. Las mismas crónicas resaltan el contraste de su actuar este día con el del anterior miércoles.

Calesero lució en sus toros con el capote y en los quites en los que tuvo oportunidad de intervenir, pero no tuvo mayor trascendencia el conjunto de su labor esa tarde.

Armillita y Nacarillo

La cima de la tarde se produjo en el cuarto toro de la tarde. Nombrado Nacarillo por su criador, desde la salida se mostró como un toro propio para la tauromaquia que siempre desplegó Fermín Espinosa. Contaba don Arturo Muñoz La Chicha, quien esa tarde salió en la cuadrilla de Calesero, que al iniciar Armillita la faena con la diestra, desde los tendidos la concurrencia le pedía que toreara como Manolete. Seguía contando don Arturo que en un momento determinado el Maestro se echó la muleta a la zurda y acabó con el cuadro.

Pero antes de la faena había otros intríngulis que desahogar. Don Luis de la Torre El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, armillista de pro, encuentra algún sentido doble al brindis que de Nacarillo hizo Armillita a don Eduardo N. Iturbide y lo detalla así en la reflexión que hace en el número de La Lidia de México publicado el 27 de diciembre de 1946:
Sin intención premeditada, seguramente, el brindis fue dedicado a don Eduardo Iturbide, quien acababa de mandar a nuestro coso máximo una bravísima corrida, factor importantísimo en el triunfo alcanzado por dos colosos de la mano izquierda, pero tal parece que la proeza dedicada a tan escrupuloso ganadero vino a decirle: “Mire, don Eduardo, toros como los de usted son envidiados para la realización de estas hazañas, pero existe un torero que si bien los quisiera para sus triunfos, no le son indispensables, también de los mansos sabe sacar partido insospechado, y aquí estoy yo para probarlo ante miles de espectadores en cuyas retinas quedará grabada de manera imperecedera…”
Ya respecto de la faena, escribió en su día, en las páginas de El Universal del día siguiente del festejo, don Carlos Septién García El Tío Carlos, lo que sigue:
Estamos ante la faena perfecta. 
Y no nos atrevemos a tocarla. Sería un desacato rozar siquiera el contorno venerable de sus mármoles. Sería una mancha el querer reducir a yerta medida la armonía de su arquitectura serena y triunfal. Y sería un atentado el querer desmontar el ensamble prodigioso de sus partes para someterlas a un estudio prosaico y vulgar… 
Y mirémosla en toda la fuerza de su genuino valer. Veámosla hecha de los más puros y firmes elementos que la tauromaquia ha creado en siglos de lucha, de dolor y de triunfo con los toros bravos; admirémosla como expresión sólida, cabal, perfecta, de la más rancia y limpia doctrina torera: esa que formaran y probaran en mil tardes de sol y de hachazos los Paquiros y los Guerras; esa que sellaran con su sangre los Tatos y los Esparteros; esa que mantuvo en lucha de decenios a los Frascuelos y los Lagartijos. Esa que – en fin – hace hoy Fermín Espinosa, como entonces de aquellos definidores de la tauromaquia, el torero en que se depositan la mayor ciencia y la más ilustre escuela. 
Y gustémosla también en su profunda y exquisita suavidad. Saboreémosla en esa delicadeza, en ese tacto, en esa gentileza con que arropó al endeble torillo de Piedras Negras que – nacido para seis naturales y una estocada –, tomó dócilmente, transformado como una obra de cera calentada a fuego, el milagro eslabonado de esos veintiún naturales inmortales. Gocemos de ese temple cuidadoso y magistral, exigente y esmerado, con que el torero fue educando al toro, mostrándole el camino del pase natural, enseñándolo a embestir y a tomar con afán encendido la roja muleta, a repetir sobre ella el empuje, a graduar su marcha y su arrojo… 
¡Torero, Torero, Torero!... 
Torero, sí. Torero inmortal este Fermín de Saltillo con el que México se incrusta triunfalmente en la historia del toreo universal…
El Tío Carlos hace un análisis en el que, deja claro que el torero se impuso a lo que él consideró que eran unas malas condiciones del toro y como se expone en las relaciones taurinas de hogaño se inventó una faena donde no la había.

Por su parte, Carlos León, en el Novedades, también del 16 de diciembre de 1946, todavía no dado a las estridencias que le dieron fama, en lo medular, razona así:
…Citando desde lejos, con la muleta pendiente de la zurda, el maestro provocó la embestida para el primer natural. Arrancó la res sobre el trapo y Fermín dejó que los pitones se estrellaran contra ella, para ahí prender las astas y conducirlas atadas a su franela en una tanda prodigiosa de naturales, sin permitir que el toro, ya domesticado por el poderío de Fermín, se huyera de la muleta. 
Y la misma milagrosa escena se repitió varias veces. El torero se recreaba en la ejecución del muletazo más bello de la lidia, toreando cada vez más lento, más auténtico. La arena se convirtió en bazar de toda clase de prendas de vestir, mientras de arriba bajaba un torrente de aplausos, formando una de las ovaciones más merecidas que se hayan dado en la plaza de la Ciudad de los Deportes. Después de aquella inacabable teoría de naturales, salpicados aquí y allá por la pinturería del afarolado o el derechazo de respiro, Fermín logró una estocada desprendida, que bastó para que “Nacarillo” rodara a los pies del extraordinario lidiador. 
Veintisiete naturales en varias series habían compuesto la parte básica e inolvidable de la maravillosa faena. Y para ellos fueron la oreja y el rabo, tres vueltas al ruedo, salida a los medios y la admiración incondicional para este legítimo “Monstruo” nuestro, que cada vez que se lo propone viene a borrar fábulas y leyendas cordobesas…
Una tercera apreciación, algo más lejana en el tiempo es la de El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, aparecida en el ejemplar de La Lidia de México ya mencionado y que es del siguiente tenor:
...Grandes faenas se recuerdan realizadas por el torero de Saltillo, suficientes para criarle el título de “maestro de maestros”. De entre todas ellas, podemos destacar algunas cuyo asiento estuvo en plazas españolas, y para nosotros son inolvidables la de “Tapabocas” de Coquilla, “Hurón” de Pérez Tabernero, “Pichirrichi” de Coaxamalucan, “Chocolate” de Torrecillas, “Clarinero” de Pastejé, “Pituso” de La Punta y otros más que harían interminable la lista, pero para todas ellas contó con el elemento toro, de más o menos bravura, poderío y buenas cualidades, no así en el caso presente en que solo la ciencia, el poder y la maestría lograron hacer de “Nacarillo” de Piedras Negras, corrido en cuarto lugar, la memorable tarde del 15 de diciembre de 1946, en la monumental plaza “México”, un toro para escribir con él la página más saliente, no del historial de un torero, sino de toda una historia taurina. ¿A qué decir más? Muy cerca de cincuenta mil espectadores fueron testigos presenciales del maravilloso hecho, y puede asegurarse que no habrá uno capaz de desmentir la maravilla de tan milagrosa hazaña... 
Decir veintisiete naturales a un toro bravo, es muy sencillo, se dice muy pronto, más tiene sus bemoles. Sacar de un manso semejante proeza, parece impracticable. Pues sin embargo, ha habido un “Armillita”, que haciendo alarde de la más amplia sabiduría, ha realizado el milagro empleando procedimientos considerados como de ínfima especulación, creyéndose que el cite desde lejos no admite ajustamiento. ¡Qué disparate! Así es precisamente como se expone de verdad puesto que el toro empuja fuerte y llega a la reunión precisa para que el lidiador le marque la salida con el simple movimiento de la muñeca, salvando el derrote en el momento de mayor peligro. Pero si esto no bastara, vimos al coloso de Saltillo citar en varias formas ahora muy estimadas, no con el afán de imitación, sino con el propósito de demostrar su capacidad dentro de todos los estilos. Y hay algo más: el citar de largo demostró a los más ciegos suponer para hacer embestir, a esa distancia, a un toro soso y aplomado en demasía, con la magia de su saber, haciéndolo todo, sacando bravura de donde no la había...
Aquí se abre el espacio para una discusión numérica y por ende, bizantina. Carlos León y don Luis de la Torre cifran el número de naturales de Armillita a Nacarillo en veintisiete. Carlos Septién habla solamente de veintiuno. Don Arturo Muñoz, que afirmaba haber visto más cerca que ninguno de esos escribidores la faena – y decía verdad, pues ocupaba su puesto en el callejón con la cuadrilla de Calesero – siempre sostuvo que eran también veintiuno.

Al final de cuentas la cantidad no importa. Lo que ha trascendido es la calidad de esos naturales y el hecho de que se le ligaron a un toro que en principio no parecía apto para ello.

Cierro esto con una reflexión que hace un cronista anónimo en el diario El Siglo de Torreón el 16 de diciembre de 1946, donde establece, creo, la justa medida de lo que hoy intento recordar:
Maravilloso tiene que ser un torero como ‘Armillita’ al borde de la despedida, con el nombre hecho y hondo surco en la historia de la fiesta brava; todavía pelea y se la juega para dar una exhibición de poderío y arte... México hablará muchos años de esa faena izquierdista de ‘Armillita’, porque fue una faena de escándalo...
Y efectivamente, a más de siete décadas de distancia, seguimos hablando de Armillita y Nacarillo

Edito (16/XII/2019): El amigo Octavio Lara Chávez me hace llegar la versión de don Alfonso de Icaza Ojo, aparecida en el semanario El Redondel del día de la corrida. Ojo transmitía por teléfono a su redacción, toro a toro su crónica, para que el periódico estuviera listo al final de la corrida. De allí que tuviera algunos dislates como en el caso que nos ocupa, se tuviera como nombre del toro el de Mascarillo. La relación de mérito es esta:
Cuarto toro. - "Mascarillo", cárdeno también, pequeñito, pero bien armado. 
Armillita lancea sin estrecharse, ante la indiferencia completa del concurso. 
Una buena vara de Carmona y paren ustedes de contar, ni el otro piquero hizo cosa de provecho, ni los matadores trataron siquiera, de sacarnos del terrible aburrimiento que nos invade. 
El bichejo, después de la última vara doble, quedó hecho una piltrafa. 
Zenaido Espinosa clava un par en la arena. 
Fermín Espinosa brinda a don Eduardo Iturbide, que es ovacionado, y dase a muletear a "Mascarillo", mucho mejor de lo que éste merecía. La faena va en crescendo poco a poco, y Fermín Espinosa agigantándose hasta tocar las nubes. 
¡Qué manera de torear, señores! 
Con la derecha corre la mano primorosamente y aguanta con auténtica hombría, con la izquierda... ¡Dos docenas de pases naturales! 
¡Y qué pases! Ni Armillita, ni nadie, había toreado así a un toro que no podía preverse que pudiese torearse así. 
¡Como que Armillita lo hizo! 
Estamos viendo la mejor faena de la temporada. Vuando el maestro de Saltillo, ahora sí maestro, torero grande, atiza una estocada casi entera, algo desprendida, cuarenta mil pañuelos piden para el maestro de maestros, la oreja, el rabo, el toro entero. 
Se conceden los máximos galardones y Armillita da incontables vueltas al ruedo, devolviendo sombreros y prendas de vestir. 
Insistimos lo que Armillita hizo hoy no lo había hecho antes ni él ni nadie. ¡Torerazo!...
Aviso parroquial: Los resaltados en los textos transcritos son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Una fotografía con historia (VI)

18 de agosto de 1946. Calesero en Burgos

Calesero, Albaicín, Luis Mata, Ángel Luis Bienvenida y Cagancho
Burgos, 18 de agosto de 1946
Fotografía: Fede / Diario de Burgos
La campaña de 1946 fue la primera en la que los toreros mexicanos se presentaban en plazas españolas después de la ruptura de 1936 y de la Guerra Civil Española. Ya he contado en esta misma bitácora los esfuerzos de Antonio Algara para reparar los desacuerdos generados en aquel entonces primero y reafirmados a partir de 1939 después, para poder primero, traer a México a Manolete y después, conseguir que nuestros toreros pudieran ir a actuar a España.

Uno de los toreros que se beneficiaron con esa reanudación de relaciones taurinas fue Alfonso Ramírez Calesero, quien había recibido la alternativa al final de 1939 y gozaba en México de fama de artista. Partió a España al inicio de la campaña de 1946.

El balance numérico al final de la campaña puede parecer pobre, pues el escalafón definitivo de la campaña dice que Calesero toreó solamente 9 corridas de toros, pero si revisamos las plazas en las que lo hizo, fueron Barcelona, Sevilla, Madrid, Zaragoza y Granada en España; Bayona y Burdeos en Francia y Santarem en Portugal. Es decir, únicamente plazas de primera categoría. Además, como en el caso que me ocupa en este momento, toreó varios festivales y entre otros, ubiqué en la prensa de la época, uno en Logroño.

Y es que a veces, la calidad debe primar sobre la cantidad. Y Calesero era un torero de esos, de los que de poco en poco fueron construyendo su leyenda.

El festival de Burgos de 1946

En estos tiempos que corren, en los que la fiesta de los toros es denostada y considerada políticamente incorrecta, vale la pena a veces voltear atrás para ver que desde siempre quienes participan activamente en ella y quienes tenemos afición por ella, nos preocupamos y hacemos obra por causas nobles poniendo los medios de la propia fiesta al servicio de esas causas.

Así, en agosto de 1946, el Monte de Piedad, la Caja de Ahorros y el Círculo Católico de Obreros de Burgos organizaron un festival taurino a beneficio del Asilo de Ancianos de las Hermanitas de los Pobres de esa capital. El festejo se celebraría el día 18 de agosto y en él actuarían inicialmente Joaquín Rodríguez Cagancho, Alfonso Ramírez Calesero, Rafael Albaicín, Ángel Luis Bienvenida y Manolo Escudero en la lidia de novillos de Ignacio Encinas, vecino de Palencia.

El Diario de Burgos fue el encargado de dar difusión a la organización del festival y de invitar a la afición y al público en general a asistir al mismo, dada la obra benéfica que se perseguía con el mismo:
Ya ha sido fijada la fecha definitiva en que ha celebrarse el grandioso festival taurino organizado por los periodistas a beneficio del Asilo de Hermanitas de los Pobres. 
Tendrá lugar el domingo día 18 del actual, lidiándose reses del prestigiosísimo y escrupuloso ganadero palentino, D. Ignacio Encinas, tan acreditado en Burgos en cuyo coso con tanto éxito han desfilado corridas suyas. 
Ayer, lunes, se desplazó a la propia finca del señor Encinas una representación de los organizadores a fin de elegir en el propio campo, los bichos que han de lidiarse y conseguir, de este modo, la máxima garantía de presentación del ganado como base esencial para el rotundo éxito del festejo... (6 de agosto)
Los novillos a lidiarse llegaron a la plaza el día 14 de agosto al atardecer, el propio Diario de Burgos relató las características de los mismos:
Ya han llegado los bichos. Ayer, a última hora de la tarde, llegaron a los corrales de la plaza, los cinco hermosos erales de la ganadería de Encinas, que se lidiarán en nuestro festival. 
Sus pelos y señales son los siguientes: Número 37, negro zaino, “Garrochero”. Número 18, negro meano, “Cucaracho”. Número 4, negro zaino, “Manito”. Número 14, negro zaino, “Veletero”. Número 35, negro zaino, “Civilillo”. 
Por la hora en la que hicieron su entrada en la plaza fueron contadas las personas que presenciaron el desencajonamiento, pero a todos gustaron mucho, por su finura y excelente lámina... (15 de agosto)
El día del festejo se anunció, sin expresión de causa, la sustitución de Manolo Escudero por el diestro aragonés Luis Mata, torero que entre nosotros cobró notoriedad por haber sido el que alternó con Fermín Espinosa Armillita en la última corrida que éste toreó en su vida y quien además se quedó con nosotros para siempre. Fue presentado a la afición de esta manera:
...nunca nos resignamos a desaprovechar la posibilidad de mejorar el cartel. 
Y, a fe, que, a última hora, hemos conseguido incorporar a éste una muy grata novedad, que los aficionados acogerán con viva satisfacción. 
Nada menos que Luis Mata, que alcanzó éxitos de apoteosis en ruedos mejicanos, vino a principios de año a España y en Madrid confirmó la alternativa y desde entonces acá todas sus actuaciones se cuentan por triunfos, tan señalados como los recientes y reiterados en Madrid, Barcelona y Zaragoza, cuyas calles ha paseado en triunfo en hombros de los aficionados. 
He aquí la ejecutoria con que hoy se presenta el gran lidiador aragonés ante nosotros; brillantísimos triunfos en todas las plazas y un corazón entregado al servicio de los pobres. 
Digno compañero de esos admirables diestros que son Cagancho y Albaicín, Ángel Luis Bienvenida y “El Calesero”, desde el primer momento junto a nosotros...
La celebración del festejo tuvo tintes triunfales. Cagancho, Albaicín y Ángel Luis cortaron oreja, dieron la vuelta al ruedo y recibieron, como se acostumbra en esos casos, un obsequio de la presidencia de honor. La actuación de mi paisano Calesero, fue de la siguiente guisa:
SEGUNDO. – Calesero y Bienvenida torean a la verónica oyendo palmas. 
El mejicano ofrece los palos a Ángel Luis y a Mata y los tres diestros entreteniendo al público jugueteando con el bicho entre constantes aplausos. 
Clavan los rehiletes admirablemente y las ovaciones se suceden. 
El Calesero comienza la faena de muleta con pases por alto, erguida la figura, siguieron otros de diferentes marcas para buscar la igualada, ya que el bichejo no se presta a adornos y termina con una estocada y descabello. (Ovación, oreja, vuelta al anillo y regalo)…
Pero ocurrieron cosas interesantes en el festejo. Por ejemplo, Cagancho cogió los palos en el que cerró plaza y en el que Luis Mata se alzó como el gran triunfador del festejo:
QUINTO. – Mata le saluda con unos capotazos superiores, valientes y llenos de arte. 
Albaicín y Calesero son ovacionados, como Mata, en sus intervenciones con la capichuela. 
Cagancho coge los palos y cambia un gran par; Calesero clava un palo; el aragonés un par y cierra el mejicano con otro levantando los brazos y llegando a la cara como los mejores (Grandes ovaciones). 
Mata, de rodillas, sale en busca de su enemigo y después de pasarle por alto da varios molinetes en la misma posición, metido entre los cuernos y entre abundantes palmas. Sigue en pie con manoletinas, pases afarolados, molinetes y derechazos. Un pinchazo hondo en lo alto y descabello. (Ovación, dos orejas, rabo, regalo de la presidenta, vuelta al ruedo y además es despedido con palmas que no cesan hasta que abandona la plaza)...
Independientemente de lo anterior, para dar variedad al festival, todos los diestros alternaron en quites, los que lo acostumbraban también lo hicieron en banderillas y fuera del reparto de apéndices – retazos de toro Manolo Martínez dixit – tuvieron una jornada triunfal en la que hicieron las delicias del público que llenó la antigua plaza de toros de Burgos.

Así pues, esa es la historia de una fotografía que por sí sola encierra mucho arte.

Agradezco a Joaquín Albaicín haberme puesto tras la pista de este interesante asunto.

domingo, 11 de agosto de 2019

En el 105 aniversario del natalicio de Calesero

Calesero y Danzante de Rancho Seco en El Progreso de Guadalajara

José Alfonso Ramírez Alonzo – así con z está en su partida de nacimiento – nació el 11 de agosto de 1914 en la entonces llamada calle de la Cárcel, hoy número 506 de la calle Cristóbal Colón del Barrio de Triana o del Señor del Encino en la ciudad de Aguascalientes. Ya me ocupé hace un lustro de hacer algunos apuntes biográficos aquí y aquí en esta misma bitácora y hoy quiero recordar al Poeta del Toreo en una tarde que fue una de las grandes de su paso por los ruedos, la del 15 de febrero de 1942, verificada en una de sus plazas talismán, la de El Progreso en Guadalajara, misma en la que alternó con Fermín Rivera y Paco Gorráez en la lidia de toros de Rancho Seco, en lo que fue la segunda corrida de una feria celebrada con motivo de las celebraciones por el cuarto centenario de la fundación de la Perla de Occidente.

La tarde de ese domingo resultó ser una triunfal, primero por el gran juego que dieron los toros de don Carlos Hernández Amozurrutia y después, por el extraordinario partido que les sacaron los toreros que los enfrentaron. La faena de la tarde fue realizada por Calesero al tercero de la corrida, nombrado Danzante por su criador y la crónica aparecida al día siguiente del festejo en el diario tapatío El Informador, firmada por El Tío Castuera, relata lo siguiente:
Los aficionados ocasionales a los toros tendrán que lamentarse de no haber asistido a la corrida de ayer, que en conjunto ha sido la mejor de la temporada. ¡Cuánta bizarría, cuánto arte y cuánta voluntad del triunviro de gladiadores que campearon en la segunda corrida de feria! No es difícil adivinar el por qué de que mucho público se haya ausentado, privándose de concurrir a este festival bravo, que de seguro será el que nos deje más gratos recuerdos. Hacía ya muchas temporadas que no veíamos pasear en son de triunfo por las arenas del coso, ni a los ganaderos ni a los empresarios, y ayer, después de los triunfos que alcanzaron tanto Fermín Rivera como Calesero y Paco Gorráez, el público pedía a grito en cuello la presencia del dueño de los toros, que había hecho el envío de una corrida tan pareja en bravura que hizo poner muy en alto la divisa de Rancho Seco, y que precisamente por los propios toros, que no eran catedrales ni llevaban mucha leña, habían sido el principal factor de no haber simpatizado muchos con la fiesta, y aún dudaron que alcanzara las proporciones halagadoras que tuvo, y se quedaron en casa... 
Tercero. – Danzante, negro meleno. Calesero, desde el primer momento en el que va frente al toro clava en la arena los pies y nos obsequia con dos lances de esos que le han dado personalidad, y en seguida cuatro más muy artísticos, y suena la ovación. Amezola pone una vara de exposición y Calesero con chicuelinas hace el quite y oye palmas. Hay otra vara y Fermín, puesto de hinojos, ejecuta dos faroles que son de luz intensa. Palmas y dianas. 
Cuando el bicho ha sido mal adornado por los del coso, Calesero se pone de rodillas y ejecuta el primer pase por alto, luego de pie estirándose y con arte muy peculiar, le anotamos uno por lo alto. Se pone la flámula en la siniestra y suelta un natural, pero el toro se le queda en la suerte y luego lo alegra para seguir con un pase de costado, tres derechazos, ayudados por bajo y uno cambiando de mano por detrás. 
Cambia de mano la flámula y con la zurda hay dos naturales, dos afarolados y suenan las palmas, y la música toca en su honor. Hay varios pases de los de Fermín Rivera, luego un molinete y otro mucho mejor, y se repiten las palmas. El toro cuadra y luego cobra una estocada que hace rodar a su enemigo sin puntilla. Palmas, música y se pide la oreja para el matador. El Juez concede y se le da también el rabo del bravo toro, que por un descuido no se le dio la vuelta al ruedo que bien que la mereció. En medio del jolgorio, cuando todo le mundo de pie aplaudía a Calesero, es sacado el ganadero don Carlos Hernández, y juntamente con el torero dan la vuelta al ruedo...
También ante el sexto tuvo Calesero una actuación destacada, pero emborronó lo realizado al fallar con el acero. La crónica citada nos recuerda:
…ÚLTIMO. – Cárdeno listón. Alfonso Ramírez lo torea con cuatro verónicas con los pinreles fijos en la arena. Palmas, y luego termina con lances de aliño. Amezola coloca un puyazo, y Calesero quita con faroles invertidos que son de su propia invención, siendo muy aplaudido. Otra vara y Fermín quita por cortinas, también de gran sabor. Paco se adorna con el percal, liándose con el burel y ganando nueva ovación y oyendo música. 
Alfonso ejecuta una faena pinturera muy emotiva y luego, después de un pinchazo tira a su enemigo patas arriba de una media estocada. Las palmas suenan y la música vuelve a sonar en su honor. 
Tanto Calesero como Fermín Rivera y Gorráez fueron sacados en hombros, al igual que el ganadero, siendo paseados los cuatro por las calles de la ciudad. Están Ustedes servidos.
Del resto del festejo se refiere lo siguiente: Fermín Rivera dio la vuelta al ruedo tras pinchar al primero Patito número 26 y cortó la oreja al cuarto, número 25 sin que en la relación del festejo se precise su nombre, acompañado al torero de San Luis Potosí el empresario Ignacio García Aceves; por su parte Paco Gorráez dio la vuelta al ruedo en sus dos toros, Pirinolo número 34 y Escorpión número 33.

A las figuras del toreo se les reconoce por sus realizaciones. Aquí tienen Ustedes la historia de una de las de Calesero, la que traigo a recuerdo en el aniversario de su nacimiento.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Aldeanos