Mostrando entradas con la etiqueta Manuel García Santos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manuel García Santos. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de junio de 2019

Rodolfo Gaona y Barrenero de Albaserrada

A un siglo de la presentación de los grises en Madrid

Rodolfo Gaona y Barrenero de Albaserrada
Foto: Aurelio Rodero Reca. La Lidia, 4 de agosto de 1919
En el año de 1912 don Hipólito Queralt y Fernández Maqueira, Marqués de Albaserrada, adquirió de su hermano Enrique, Conde de Santa Coloma, ganados encastados en Saltillo y Santa Coloma – estos a su vez origen Saltillo – Ybarra – para formar su propia ganadería de lidia. Presentó su primera corrida de toros en Sevilla el día 23 de abril de 1916, misma que lidiaron mano a mano Gallito y Juan Belmonte y algo más de tres años más tarde, haría su presentación en Madrid, con una corrida que lidiarían Cástor Jaureguibeitia Cocherito de Bilbao, Rodolfo Gaona y Julián Sáiz Saleri, misma que es la que me ocupará en esta oportunidad.

Algunos antecedentes

A riesgo de incurrir en territorios de lo que es materia de la prensa rosa, he de señalar que Rodolfo Gaona y Jiménez, natural de León de los Aldamas, Guanajuato, México, había contraído matrimonio eclesiástico con Carmen Ruiz Moragas en la parroquia de la Señora de las Angustias de Granada en noviembre de 1917. Una boda que tuvo rumbo y significación dentro del ambiente social y taurino de la época.

El matrimonio tuvo una breve duración, pues era casi de dominio público que la señora Ruiz Moragas era amante del rey Alfonso XIII, con quien procreó dos hijos, aunque en la época, se acusó por activa y por pasiva al carácter brusco, duro, insensible, juerguista, incapaz de comprender el tesoro de ternura que guardaba el corazón de aquellas muchachita de dieciocho años la ruptura matrimonial. El paso del tiempo develaría las verdaderas razones, pero eso se decía en aquellos tiempos y eso se usó como arma arrojadiza en contra del torero.

En ese entorno y en ese estado de ánimo llegó a la corrida del 29 de mayo de 1919 el Indio Grande. Atacado por la sociedad española, especialmente por la madrileña. Hecho trizas moralmente. Pero dispuesto a enfrentar a una ganadería de nuevo cuño integrando un cartel en el que él representaba seguramente el máximo atractivo. Supongo que todo se le presentaba cuesta arriba.

La corrida

Cocherito de Bilbao fue cogido por el primero de la tarde antes de la estocada, así que en términos de la reglamentación aplicable de la época, Rodolfo Gaona mató esa tarde los dos toros que le tocaron en suerte, más los dos de su alternante herido. De la actuación de Saleri solamente se ocupan las crónicas de la época de su primer toro, del tercero, señalando que fue una actuación aseada. Fue tal la escandalera que se armó en la lidia del quinto, que allí terminan las relaciones que encontré.

El encierro

El ganadero debutante debió salir satisfecho con lo que la prensa madrileña expresó respecto de sus toros. Para muestra lo que Alejandro Pérez Lugín Don Pío, escribió en El Liberal de Madrid del día siguiente del festejo:
La nota interesante de la corrida fue el ganado. Enorgullecedor «debut». Toros bien presentados, que recordaban por su tipo y hechuras el origen, y por sus hechos hicieron honor a su sangre brava entre las bravas, aún cuando los hubo mejores y menos buenos, tuvieron todos bravura y poder, de cabeza y de patas, que es el que disgusta a los toreros y dejaron satisfecha a la afición y al marqués de Albaserrada, colocado en la plaza de Madrid entre los ganaderos de primerísima fila, como dice el académico Retana.
Ahora marqués, no olvide usted el momento tan agradable, su mejor rato de ganadero, que ayer gozó largamente en esta plaza y cuando llegue la hora de hacer todos los años la elección de toros, recuerde a la primera plaza de España, que le dio ayer la mayor satisfacción que como ganadero podía esperar... y apártele lo mejor. Siquiera porque aquí hay paladar para saborear las cosas buenas.
Nunca olvidaremos los aficionados aquél quinto toro «Barrenero» de nombre, número 11 en el padrón municipal, negro de pelo y con tipo de Saltillo.
En cuanto «Barrenero» vio delante de sí el primer caballo arrancó a él impetuoso, lo alzó como una pluma y lo metió dentro del callejón por encima de la barrera, haciendo saltar a continuación el tablero que arrancó de un golpe para ver la cara de su víctima. Luego, cada vez que le citaban y le citaron siete, se arrancaba pronto y breve y codicioso y dejaba caer con tremendos tumbos caballo y caballero hechos tal lío que los «monos» se veían y deseaban para deshacerlo y separar al de arriba del de abajo. En la arena reinaba un pánico tremendo. ¡Quites! La providencia los haga. ¡Quién osaba ponerse en el camino de aquella mole, de aquella impetuosa catapulta que lo arrollaba todo! Seis fueron los tumbos. En seis años no vuelven a sonreír los picadores que llevaron esta suerte de varas.
 - ¡A cualquier cosa llaman suerte! - dirán los aludidos.
Fue una pelea de toro bravo, seco, duro y poderoso, que el público, que el público siguió enardecido y entusiasmado, aplaudiendo repetidas veces las bravas arrancadas del bravo «Barrenero» y haciendo una ovación grandísima al ganadero, que estaba en su barrera del 10, junto a su hermano el conde de Santa Coloma...
Gaona y Barrenero

Vista la crítica que hace el gallista Don Pío a las condiciones del toro, ¿qué fue lo que sucedió a Rodolfo Gaona delante de él? 

Primero la versión de Ángel Caamaño El Barquero, en el Heraldo de Madrid:
Formidable escándalo. A Gaona le echan un toro al corral... Gaona empieza su faena sin ganas más que de meter mano pronto y sin preparación entra a herir descompuesta y arteramente, desatándose el público en una de las protestas más serias y más indignadas que hemos presenciado.
El ruedo se cubre totalmente de almohadillas dando una en la cara del torero que ya agotadas sus menguadas energías no hace por acercarse a las tablas, donde los proyectiles caen en verdadera nube.
A todo esto el cornúpeto no se muere ni a tres tirones, y el escándalo no cesa, y salen almohadillas no sabemos de dónde, pues parece que en cada tendido hay una fábrica de esos chismes. Uno de ellos arranca la muleta de manos de Gaona y otra queda clavada en en pitón derecho de la res.
Uno tras otro suenan los avisos, y al recibir el tercero Gaona abandona su enemigo, que ni a tres tirones quiere seguir a los mansos.
En el tendido 1 vienen a las manos algunos espectadores y la benemérita se lleva a uno de ellos...
Más desarrollada es la versión de Joaquín López Barbadillo Barbadillo, en El Imparcial, de la que extraigo lo siguiente:
Un excelentísimo toro criado por un Excelentísimo Señor... Cuando Gaona, para quien la tarde venía ya siendo aciaga y contra quien el público venía mostrando un encono hasta entonces excesivo quizás, cogió los trastos, hubo un momento de revuelo, de voces, de manifestaciones encontradas y, en el fondo, de gran expectación «aguardaban» allí, en la brega con la fiera; en la reserva o en el arrojo al muletearla; en la decisión o la cobardía al herir. Llegó el espada al bruto y lo empezó a trastear. Hubo dos o tres pases por la cara, que el matador daba con precaución. Surgió la grita. Hubo otros pases más, en igual forma. Entonces el escándalo se hizo de pronto, repentinamente, loco, descomunal. Para que el torero no entrase a herir al toro, comenzaron a caer montones de almohadillas al redondel... Gaona entró cuarteando y la protesta imponente arreció... Era la pasión que estallaba desmedida, furiosa, ciega, atroz contra él y contra todos, contra lo de ayer y anteayer, y todo el año y siempre, y contra el asco al TORO DE VERDAD. Y el toro de verdad, como temiendo a algún almohadillazo traicionero más que a los hombres que estaba visto que no podían con él, fue a plantarse en el centro de la plaza y allí le entró de nuevo malamente el ya aturdido y ciego matador, y le dio un metisaca, que a simple vista pareció que debiera haber concluido con la vida del duro y pujante animal.
Pero aconteció lo contrario; desde entonces, fue como si la res, teniendo dentro un misterioso brío que la hiciera invulnerable, hubiera decidido no morir, si no se moría a ley, y frente a frente, como en la dehesa alguna vez soñó. Se fue hacia los tableros; de todas partes proseguía la lluvia implacable y furiosa de almohadillas; no era ya posible torear; triunfaba el público; Gaona se resignó. Humilló la frente; la suya y la de toda o casi toda la torería actual. A partir de aquel momento no intentó siquiera el muleteo. Sonó el primer aviso, y el segundo y salieron los mansos al redondel.
El toro inmóvil, impasible, soberbio, herido de muerte, pero sin morir, los contemplaba inmóvil. Y es que pensaba el toro:
- Yo no me voy de aquí; yo muero aquí. No voy con mansos a ninguna parte. Al corral van los bueyes, los marrajos, los que no saben concluir como yo.
Y al cabo de un gran rato le abrieron la puerta del callejón por si tal vez el bruto quisiera irse por él. Pero él corneó la puerta, se resistió, volvió a andar por el ruedo con su doliente y bestial majestad. Miraba a los tendidos; parecía buscar a alguien, querer poner en práctica una firme y postrera voluntad... Le abrieron otra puerta. Era la Puerta de Madrid. Por ella entró, Avanzó lentamente rascando con el flanco la barrera del 10.
Y alzó los ojos y se detuvo allí, bajo su amo. No se volvió a mover. Allí fueron por él un par de bueyes y no lo pudieron sacar. Allí por fin, a petición del público, dispuso el presidente que el puntillero acabase con él.
Y cayó «Barrenero» patas arriba, mirando a lo alto, como preguntando:
- ¿He muerto dignamente Excelentísimo Señor?
Y las mulillas dieron lentamente dos vueltas a la plaza con él, y en cada una de ellas, cuando el toro pasaba por el 10, sus ojos negros, sus ojos grandísimos, todavía llenos de nobleza y de ferocidad, miraban a lo alto diciendo:
- ¿Cómo he muerto, Excelentísimo Señor?...
La versión de Rodolfo Gaona

En Mis Veinte Años de Torero, Rodolfo Gaona reflexiona lo siguiente sobre esta séptima tarde del abono madrileño de 1919:
No voy a tratar de justificarme. Hice mal. Es un borrón que tengo en mi carrera. Relato cómo fue y porqué lo hice. Claro que mi deber me obligaba a matar a ese toro. No lo niego. Pero nadie podrá negarme que no estaba obligado a desafiar un peligro mayor, como era que me derribaran de un cojinazo delante de un bicho de tanto peligro como aquel.
Fui criticado rudamente. Mis enemigos se dieron vuelo. Nadie tomó en consideración la actitud del público para conmigo. Y no se dijo que Barrenero había distado mucho de ser un toro de bandera y no que lo comenzaba yo a torear como se torea a esos toros broncos que conservan poder: quitándoselos a fuerza de doblarlos con la muleta, con mucho castigo...
Corolario

Todo apunta a que la tarde aciaga de Rodolfo Gaona ante Barrenero fue la explosión de un hombre roto por las circunstancias que le afectaban fuera del ruedo. El torero no dijo más que lo expresado a Monosabio en su libro biográfico. La prensa y la sociedad hispana se cebaron con él en la fecha de los hechos y años después con motivo de la muerte de Carmen Ruiz Moragas. Tal parece que nunca le perdonaron que fuera a pelear de tú a tu con los principales de allá.

Muchos afirman que esta fue la última tarde de Rodolfo Gaona en España. Nada más falso. El Califa de León todavía terminó esa temporada y toreó la siguiente (1920), con la que terminaría su andar por los ruedos hispanos. Sin embargo, en 1923 intentó volver a torear por aquellos pagos pero se encontró con que ya las cosas estaban organizadas de una manera distinta a como él las dejara tres años antes. No obstante, pudo torear una corrida de toros el 1º de julio en Barcelona, alternando con Diego Mazquiarán Fortuna y Francisco Vila Rubio de Valencia, en la lidia de toros de Andrés Sánchez.

Así pues, se dieron las cosas en la tarde en la que debutaron en Madrid hace un siglo los toros que hoy en día se lidian a nombre de Victorino Martín.

Edito: A unas horas de haber puesto esto en circulación, Octavio Lara Chávez, amigo de Querétaro, me hace llegar una información que tenía a la mano pero que no tuve la precaución de consultar. Es lo que escribe Guillermo Ernesto Padilla en su libro El Maestro de Gaona acerca de este asunto. Transcribe, sin citar la fuente, una entrevista que hace Manuel García Santos a Julián Sáiz Saleri en el año de 1943, en el que entre otras cosas revela lo siguiente:
Años después de aquél sonado suceso, Julián Sáiz "Saleri", uno de los protagonistas de tan infausta tarde, hacía las siguientes confesiones al periodista español don Manuel García Santos:
"Le hacía yo una entrevista para las páginas de "El Ruedo" al que fue buen torero, Saleri II, en la ya desaparecida "Granja del Henar". Estábamos sentados Julián y yo en los divanes debajo del reloj, y terminada mi misión llegó esa hora de las confidencias en las que se habla íntimamente sin recato ni escrúpulos. Y fue entonces cuando me dijo Saleri II al hablar de la grandeza de Joselito:
- Joselito es el torero que yo he admirado más. Era asombroso en su dominio, y no se le veía el fin. Nadie ha tenido ni más poder, ni mayor afición, ni más inteligencia... Pero tiene un lunar José en su historia, y yo he sido testigo de ese acto.
- ¿A qué se refiere Usted?
- A lo que hizo con Gaona.
- ¿Con Gaona?... ¿Cuándo?
- El día de la corrida de Albaserrada.
Y me contó con detalle esta anécdota íntima de la vida de Joselito que, ciertamente fue un borrón en su historia de torero y que fuera de Saleri II, no se la oí contar a nadie:
Había exigido Joselito a la empresa de Madrid que anunciara una corrida gorda, dura y con años que tenía Albaserrada. El empresario Retana, acostumbrado a los rasgos de Joselito, no discutió, pero asombrado por aquello que no estaba justificado por ningún suceso taurino, le preguntó a José:
- ¿Quién va a torearla?
- La voy a torear yo. Y me pone Usted en el cartel con Gaona y... con otro.
Saleri al llegar a este punto me contaba:
Yo llegué a Madrid, de torear en el Norte y me extrañó que me avisaban que toreaba. Iba a negarme, pero me dijo Retana que era cosa de José y acepté. Gaona se negó de plano, pero al saber que toreaba Joselito, accedió también. Pero la sorpresa fue mayor en la víspera de la corrida, cuando vemos anunciado con nosotros a Cocherito de Bilbao en lugar de José. Yo como nada tenía que perder, y a mí me han dado siempre igual unos toros que otros, no me gustó la cosa, pero... pasé por ella. Rodolfo creo que protestó. Se le dieron razones, se le habló y terminó accediendo. Y... ¡no le digo a Usted nada!... No había salido el primer toro y ya estaba Cocherito de Bilbao en la enfermería... Luego salió "Barrenero" y acabó con Gaona. Acabó con él porque se dejó vencer sin luchar.
- Sin luchar, ¿contra quién?
- Sin luchar contra el toro y sin luchar contra José, que aquella tarde debía estar con nosotros frente a los albaserradas, que para eso los había exigido a la empresa...
Eso ha sido el lunar en la historia de un torero tan grande como fue Joselito...
Esto lo supe yo, porque Saleri II me lo dijo en el mes de agosto de 1943, en los divanes de la antigua "Granja del Henar" con el pelo ya blanco Julián Sáiz. En esa edad las cosas se dicen ya sin acritud, porque se está tan lejos del bien, como del mal..."
Reitero, Padilla no cita la fuente de la que obtiene la entrevista que transcribe. Pero por otro lado, volviendo a la prensa que revisé inicialmente, me encontré con el parte médico de la herida de Cocherito de Bilbao, publicado en el Heraldo de Madrid y es el siguiente:
Parte facultativo: Durante la lidia del primer toro ha ingresado en la enfermería el diestro Cástor Ibarra «Cocherito», con una herida en la región perónea izquierda, de forma triangular, de diez centímetros de extensión, que interesa masas musculares; lesión que le impide continuar. - Dr. Taboada.
En términos médicos, la herida de Cocherito no aparenta revestir gravedad y sí, a la luz del tiempo, aparenta ser solamente una coartada para dejarle a Gaona lo que tenía encerrado en toriles. Así pues, la hipótesis de la encerrona no se puede descartar por completo. 

Hay cosas que por el tiempo que ha transcurrido ya no se puede averiguar, pero evidencias quedan siempre que nos dejan material para pensar y para discutir.

domingo, 1 de marzo de 2015

En el centenario de Silverio Pérez (III)

1º de marzo de 1953: Despedida de los ruedos de Silverio

Un mero hasta luego

Armillita desprendiéndole el añadido a Silverio Pérez
El 16 de marzo de 1947 se produjo un inesperado prolegómeno, cuando al final de la corrida en la que, alternando con Lorenzo Garza, diera cuenta de un encierro de Zotoluca, sin aviso previo, anunciara el Faraón de Texcoco que se iba de los ruedos. No medió explicación alguna, aunque más o menos un mes después, en el número 227 del semanario La Lidia de México, fechado el 11 de abril de ese año, apareció publicada una entrevista concedida a don Carlos Septién García El Tío Carlos, en la que acerca del hecho manifestó el torero lo que sigue:
Yo dije: ¿Para qué seguir si en ello se me va a acabar la vida? Porque esto del toreo es cosa muy dura, usted no se imagina, yo había pasado muchas preocupaciones desde que me anunciaron, no dormía, no estaba a gusto, no estaba tranquilo, ¿para qué seguir así?... Y aquí me tiene cumpliendo lo que dije, con los puercos y desentendiéndome de la aftosa que anda como a cien metros de la granja…
Los argumentos del torero no parecen tener la rotundidad para un adiós definitivo y la historia nos enseña que así fue. En poco más de nueve meses volvía a los ruedos, pues el 21 de diciembre de ese mismo año reaparecía en el recién inaugurado Toreo de Cuatro Caminos, alternando con Lorenzo Garza y el lusitano Diamantino Vizeu para dar cuenta de un encierro de Matancillas, festejo que pasó a la historia únicamente por el hecho de la reaparición de Silverio Pérez, quien todavía pasearía durante otro lustro la magia y la majestad de su toreo.

La despedida definitiva

El adiós de Silverio Pérez tendría lugar en la Plaza México el día 1º de marzo de 1953. Sería en la 18ª y última corrida de la temporada 1952 – 53 y se anunció un encierro tlaxcalteca de La Laguna para el Faraón, Antonio Velázquez y Jorge El Ranchero Aguilar. Al final de cuentas solamente se lidiaron cinco de los toros del encierro originalmente anunciado, porque uno de ellos fue rechazado en el reconocimiento y en quinto sitio se lidió uno de Torrecilla. El lleno estaba asegurado, pues Silverio Pérez era, es y será uno de los toreros más queridos y respetados por la afición mexicana. Sobre su actuación en esta tarde, en crónica de agencia, se escribió lo siguiente:
Con llenazo imponente, se celebró en la Plaza México la corrida de despedida de Silverio, que alternó con Antonio Velázquez y el “Ranchero” Aguilar, con ganado de La Laguna. Deslució la corrida por el intenso viento que estuvo soplando. Silverio en su primero no hizo nada de particular, matando de dos pinchazos y una estocada. Su segundo, fue poco propicio al lucimiento y Silverio nada logró, terminando tras breve faena de aliño con una buena estocada y varios intentos de descabello. En el tercero, el de Texcoco se enfrentó a un toro de Torrecilla que embistió muy bien, cuajando varias verónicas templadas a pies juntos que armaron alboroto, como los picadores le cargaron mucho la mano haciéndole caer por la arena, se provocó la bronca que aumentó cuando Silverio empezó a pasar de muleta, acallando “Las Golondrinas” el ensordecedor griterío. A los pocos minutos cayó otra vez el toro y aumentó la gresca, cayendo cojines al ruedo en medio de cuya lluvia acabó Silverio cuando los subalternos lograron hacer parar al toro. En vista de esos fracasos, Silverio aceptó regalar un toro para que su despedida no fuese tan gris y con éste se decidió a jugarse el pellejo. Dibujó verónicas rematando con una media y al quitar se apretó también con lances naturales. Con la muleta se creció, apuntando trincherazos de su factura, de la firma, derechazos enmedio de aplausos y después logró media estocada, acabando con descabello al primer intento. Se le concedió la oreja y entre el delirio, Armillita le cortó la coleta...
Como se puede extraer de la lectura, Silverio Pérez mató cuatro toros la tarde de su adiós. Cartonero y Bananero fueron los que le correspondieron en el sorteo. Luego, tuvo que pasaportar al quinto, porque Antonio Velázquez fue herido de gravedad en el vientre por el segundo de la tarde, así que enfrentó también a Texcocano de Torrecilla y al írsele torciendo la tarde, regaló para lidiar en séptimo sitio a Malagueño, de San Diego de los Padres, toro que fue a la postre, el último que mató vestido de luces en su carrera.

La reflexión del torero sobre esta última tarde, contada a José Pagés Rebollar y publicada en el libro Los Machos de los Toreros (1978), es la siguiente:
Del toro que más me acuerdo es de “Malagueño”, el que lidié la tarde de mi retirada el 1º de marzo de 1953 y si mal no recuerdo aquella fue una de las tardes más hermosas de mi vida porque pude sentir en carne propia el cariño de la afición y la belleza de la fiesta. “Malagueño” era un hermoso zaino de la ganadería de San Diego de los Padres y la oreja que le corté (por simpatía del público) figura entre mis trofeos más estimados. 
Aquello, compadre, jamás podrá repetirse, porque hace 25 años me retiré de los ruedos, aunque la Fiesta es mi vida y la llevo en la sangre… (Pág. 48)
El propio Pagés Rebollar recopila en su obra un anecdotario de Silverio Pérez y sobre esta misma tarde de su despedida, escribe lo siguiente:
En su corrida de despedida, Silverio no estaba quedando muy bien que digamos. Sus dos toros habían sido difíciles, la suerte no había estado de su parte y los nervios hacían crisis a esa hora tan emotiva e histórica. Allá en el tendido un hombre sufría no solo porque Silverio no se retiraba de los toros con el triunfo que merecía, sino porque sus amigos, sabiéndolo compadre del Faraón, se aprovechaban para molestarlo: 
- “¡Qué bueno que te vas, quijadas!” 
- “¡A ver si tienes más éxito vendiendo barbacoa!” 
Todo eso le decía los amigos de mi padre, más para molestarlo a él que a Silverio, quien fue, seguramente, el torero más querido de México. 
Mi padre ya no pudo soportar más. Llamó al doctor Gaona que era el empresario y andaba por el callejón para decirle: 
- “¡Oye Alfonso: échale a mi compadre otro toro, por mi cuenta!” 
- “Tu compadre te regala un toro” 
Y Silverio que parecía andar en una de esas tardes de mal fario le repuso: 
- “Bueno, mi compadre lo regala, pero: ¿quién lo va a torear?”…
Concluyo esta remembranza citando lo que don Manuel García Santos publicara en El Ruedo de México respecto de esta memorable tarde:
Y como vivió se fue. Con una pita enorme, ensordecedora, justificada, entreverada de insultos… Y con ovaciones de apoteosis, con alaridos de entusiasmo, con aclamaciones de cariño, y una orgía de flores, de bandadas de palomas, de cintas multicolores que se enredaban en los alamares de oro torero y lo hacían aparecer como lo que era. Como lo que había sido. Como un ídolo y un símbolo de la manera mexicana de sentir y de hacer…

domingo, 8 de abril de 2012

8 de abril de 1962. Muere Juan Belmonte


Manuel García Santos, periodista jerezano que llegó a México al término de la Guerra Civil Española y que se quedó entre nosotros pa’ los restos, fue cronista titular del diario El Sol de México de la capital mexicana y fundó y dirigió varias publicaciones semanarias. La más destacada fue El Ruedo de México, que pretendía en una gran medida, ser una especie de espejo del que se editaba en Madrid por las mismas calendas y aunque su vida fue más corta, su aprecio por la afición mexicana fue muy grande, dada la calidad de la información que contenía.

García Santos publicó en 1962 un libro sobre la vida de Juan Belmonte, titulado Juan Belmonte. Una vida dramática, en el que recoge en alguna medida el testigo de lo que dejara escrito Manuel Chaves Nogales en Juan Belmonte. Matador de Toros, porque cubre, aunque sea de manera apretada, la vida del Pasmo de Triana a partir del momento en el que se cierra la extraordinaria biografía de Chaves Nogales, hasta el momento de la muerte del revolucionario del toreo.

Hoy se cumple medio siglo de la desaparición física del torero de la Calle Ancha de la Feria, considerado trianero porque allí se crió y porque de allí salió a los ruedos. Del libro de García Santos, extraigo algunas partes del último capítulo, relativo al último tramo de la vida de Juan Belmonte, que espero encuentren de interés y que sirva para recordar a este inmortal de la fiesta:

Yo tengo una gran amistad con Andrés Martínez de León. Andrés es, sin género de dudas, el mejor pintor de asuntos de toros que tiene España. Sevillano, lleno de gracia y de una inteligencia privilegiada, Andrés, que conoce a la fiesta por dentro como nadie y tiene ojos de lince en la plaza, ha captado con el embrujo torero de su lápiz los mejores momentos de Joselito, de Rafael “El Gallo”, de Gaona, de Juan Belmonte..., ¡de todas las figuras del toreo!  
Visitábamos en Sevilla, Belmonte y yo, una exposición de cuadros de Andrés, y llegamos a uno en el que, bajo un cielo anubarrado y lleno de presagios, en pleno campo andaluz, con luces precursoras de tormenta, aparece un caballista muerto, con la mirada vuelta hacia aquel cielo de plomo. Está el caballista entre el caballo que montaba y un toro que aparece en primer término a la izquierda.  
El significado era claro. Un toro había acometido al jinete en pleno campo y el jinete, al no poder dominar al caballo, cayó desmontado y sin conocimiento – muerto quizá – mientras el toro autor de la tragedia permanece quieto, pronto a arrancarse sobre el caído si hace algún movimiento, que es la actitud que toman los toros en el campo.  
Belmonte miró durante mucho tiempo el cuadro – se sentía fascinado por aquella magistral interpretación de Andrés, de las faenas camperas –, y comentó conmigo:  
- Esa es una muerte bonita para un torero que no haya muerto en la plaza... 
- ¿Lo cree usted así?... 
- ¡No voy a creerlo! ... Están en este cuadro los tres elementos que llenan y colman la afición de un torero: el campo, el caballo y el toro. Y esa muerte, a juzgar por cómo la ha pintado Andrés, ha sido una muerte sin agonías lentas, sin juntas de médicos a la cabecera, y familiares que se deshacen en llanto; sin inyecciones que no dan ya resultado; sin nada de eso que hace del instante de morir una cosa trágica, cuando la muerte debe ser, y lo es, un accidente natural...
- Entonces, Juan, ¿usted no admite que el torero muera en su cama?... 
- El torero debe morir sobre la arena de una plaza.  
Pero si lo respetan los toros y llega a la edad sosegada y pacífica del retiro – como se le supone que su afición no se ha borrado –, su muerte natural es a caballo, con las espuelas puestas y en un instante en que sus apetencias y sus glorias se hayan cubierto... 
Recientemente, en uno de los viajes que Belmonte hacía a Madrid para que lo viera Jiménez Díaz, éste le dijo:  
- El que está muy grave, yo creo que se va a morir, es Julio Camba.  
Julio Camba, el famosísimo escritor humorista, era uno de los entrañables amigos de Belmonte desde su primera época de novillero, cuando Juan ingresó en la peña de aquellos intelectuales de Madrid. Y la noticia sobrecogió a Belmonte, a pesar de que Belmonte tenía un corazón que resistía los mayores embates:  
- ¿Y de qué se muere Julio, doctor?...
- Como usted es un hombre excepcional y tiene más que probada su entereza, se lo voy a decir: Julio Camba se muere de la misma enfermedad que tiene usted. 
Belmonte fue a ver a Camba a su lecho de enfermo.  
Camba no era ya Camba. ¡Era una piltrafa humana que aguardaba, semiinconsciente o resignado, el momento ya próximo de entregarle su alma a Dios.  
Todos los amigos de Madrid me cuentan que la muerte de Julio Camba impresionó profundamente a Belmonte. Por lo mucho que quería a Julio y porque en esa muerte veía retratada la suya, no muy lejana ya... 
Se quedó en Madrid Belmonte y allí estuvo hasta el entierro del amigo dilecto. Después de cumplida esa misión, Belmonte se volvió a Sevilla, no sin que antes le dijera Jiménez Díaz:  
- Usted puede durar unos años todavía. Unos años si... vive con método y si abandona esa afición absurda, por lo peligrosa, de montar a caballo…  
Regresó Belmonte a Sevilla y regresó solo, como solo vivía desde hace mucho tiempo. Su esposa quedó en Madrid, y sus hijas, casadas ya, permanecieron en sus hogares.  
De todo esto me tenían al corriente amigos íntimos de Belmonte y míos, y ya he dicho que su sobrino, Alberto Blanco Belmonte, me había dicho en Guadalajara que si quería ver a Belmonte que no dejara de acudir a esta Feria por si para la próxima... 
Y el domingo, día 8, cuando yo activaba los preparativos para mi viaje a España, los semanarios mexicanos daban la noticia terrible: “¡Murió Juan Belmonte!...”  
Primero no intenté siquiera pensar en la noticia. Me bastaba – ¡y me sobraba! – con el hecho de sentirla. Suspendí mi viaje y quedé anonadado. Al día siguiente comencé a hacer conjeturas. Y a devorar las informaciones de prensa y a escribir a mis amigos de Sevilla en demanda de detalles. Se decía en principio que había muerto repentinamente, en el escritorio de su finca de Gómez Cardeña, al regreso de una dura tarea a caballo en la que, no sólo había derribado varias vacas sino que – esto se susurraba en los corrillos – había toreado a un semental de su ganadería.  
Luego se habló de suicidio. La noticia se puso en cuarentena, por discreción natural y por respeto a Juan. Pero cada vez adquiría el rumor mayores caracteres de cosa cierta. ¡Sí!... ¡Se suicidó de un tiro en la sien derecha!... ¡Había estado muchas horas a caballo galopando sin tregua y, como al llegar a Gómez Cardeña – al caserío – tuvo una hemorragia terrible, sacó del cajón de su escritorio una pistola y se mató!...  
Yo repasaba mis recuerdos. Volvía a vivir aquellas horas de angustia que padeció Belmonte en su primera época de matador de toros, cuando su afición desmedida por las lecturas le trastornó un poco el juicio e intentó varias veces suicidarse... Recordé sus tristezas de niño; aquellos paseos vespertinos con su padre hasta los billares de la calle de La Sierpe, donde el niño Belmonte se aburría muchas horas viendo a su padre carambolear, y oyendo conversaciones de hombres maduros, que decían cosas que él no entendía, pero que le iban abriendo los ojos hacia una vida llena de materialismos y de concupiscencias... Belmonte había roto con aquello para algo peor; para ir a caer en las pandillas de golfos – toreros de San Jacinto, donde ya la vida se le fue perfilando a Juan como algo muy duro, como algo lleno de crueldad, contra lo que había que enfrentarse para no ser vencido... Luego, los fracasos en las plazas de toros, el trabajo duro en Tablada – trabajo que no alcanzaba la remuneración proporcionada al esfuerzo –, y la vuelta a los toros, y aquel jugarse a diario la vida para llegar a ser lo que fue y verse acariciado por la fama, el dinero y la adulación de las gentes... 
Recordé el cuadro de Andrés Martínez de León, del hombre muerto cara al cielo, con las espuelas puestas, con el caballo y el toro enmarcando sus últimos instantes... ¡Recordé tantas cosas!... Y no dejaba de machacarme en el cerebro la idea del espectáculo que Belmonte había visto en su última visita a Madrid, cuando su amigo Julio Camba se debatía extenuado, flaco y hecho un pingajo, con la muerte por arterioesclerosis.  
Quise reconstruir – sin calar muy hondo en detalles y en circunstancias Íntimas por el cariño que le tuve y por respeto a su memoria – los instantes que precedieron a la muerte de Juan. Mis familiares y mis amigos de Sevilla coinciden todos:  
- Mira: lo que se dice, pero sin estar comprobado, es que Juan toreó un semental – acaso quería que lo matara un toro, ya que sus piernas estaban demasiado torpes – y que además de torear al semental estuvo derribando vacas hasta el cansancio. Llegó a la finca, desmontó y subió torpemente la escalera. Al ama de llaves, que acudió a preguntarle si deseaba algo, le pidió una copa y recado de escribir. Tomó la copa – antes había tenido en el cuarto de baño una hemorragia terrible –, escribió unas líneas cortas para explicar que se mataba, y se pegó un tiro en la sien derecha. En esa sien en la que tenía, como señal indeleble, la cicatriz de la cornada en el Arahal. Acaso se pegó el tiro sobre la cicatriz de su triunfo y de su primer drama...  
Cuando descubrieron lo sucedido, acaso por el ruido del disparo, se llamó a un sacerdote, se reclamaron los auxilios de un médico. El sacerdote actuó con arreglo a su sagrado ministerio y el médico, cuando llegó, sólo pudo certificar la muerte de Belmonte. 
Se le amortajó con el hábito del Cristo de la Expiración – el capuchón del hábito encubre piadosamente el boquete terrible del balazo – y se cursaron telegramas a los familiares, a los amigos, a todos aquellos a quienes pudiera afectar directamente la pérdida del gran torero y el hombre genial que acababa de fallecer... Y eso es todo.  
No. Eso no es todo. Hay mucho más. El féretro que contenía el cuerpo de Belmonte fue llevado a la Catedral Metropolitana de Sevilla, donde se celebraron solemnes funerales por el descanso de un alma que no había descansado nunca. Los cantos litúrgicos imploraron para Belmonte una paz que jamás conociera el hombre cuyo vivir fue una guerra continua. Luego el féretro salió en hombros por la Puerta del Perdón – ¡qué bello el símbolo! ... – que comunica al Patio de los Naranjos con la calle. Y organizada ya la comitiva, el luto de Sevilla seguía al cadáver del torero en un acto de dolor intenso, profundo, sin llantos histéricos ni alardes de una pena que, por ser muy honda, aparecía serena en la superficie. Se enlutaron los balcones del trayecto. Se asomaban las mujeres sevillanas que se habían asomado cuarenta años antes para ver pasar al ídolo... Y en un instante el pueblo sevillano reaccionó. Se apoderó de los restos gloriosos y se encaminó con ellos hacia la Plaza de la Maestranza, hacia el lugar donde tuvieron lugar las hazañas homéricas de aquel hombre que ahora iba en su féretro, rígido, y con una indiferencia hacia todo, que culminaba la indiferencia que tuvo siempre frente a la vida. 
No se abrió la plaza. Se detuvo el cortejo frente al arco de forja bajo el que tantas veces Belmonte salió en hombros y aclamado con vítores, y el cortejo siguió a la calle Castilla, esa calle tan ligada a los episodios de su vida heroica. Y de allí al cementerio florido de San Fernando, donde está el “Espartero”, donde yacen Antonio Montes y “Gitanillo de Triana” y Rafael “El Gallo” y todos los que fueron glorias del toreo en Sevilla. A la entrada del cementerio, a la izquierda, Joselito “El Gallo”, con el rostro de cera y envuelto en un capote, va conducido en olor de multitudes – gitanos, señoritos, bailaoras, cantaores de flamenco, toreros, ¡el pueblo entero! –, todo eso hecho piedra por el cincel maravilloso de Benlliure.  
Allí paró el cortejo. José, en piedra y llevado por persona j es de piedra y bronce, vio llegar a su compañero que venía en carne, y conducido por muchedumbres de carne, y llegaba después de cuarenta y dos años de espera. ¡Ya estaban juntos otra vez los dos colosos!... ¡Ya podía reanudarse en las noches de luna de Sevilla la competencia aquella que exaltaba a los públicos hasta el paroxismo!... Fernando Villalón, el ganadero – poeta que cinceló los “Romances del 800” podía repetir su elegía corta – cortada como un cante por solea –, que ahora repetirán los gitanillos del Altozano y canturrearán en las carreteras llenas de sol los torerillos que van a las capeas llenos de fe en su destino y de admiración por Juan Belmonte:  
“¡Puente de Triana!... 
Yo he visto un lucero muerto que 
se lo llevaba el agua!...”  
Si don Juan Fermín de Plateros viviera todavía, iría en los atardeceres a rezar a la tumba del torero glorioso que “se murió con las espuelas puestas y vestido de campo”.  
Yo sé de una mujer – antes bellísima y ahora, si todavía vive será una anciana respetable –, cuyo padre criaba los toros más bravos y de mejor trapío que salían a las plazas. Esa mujer, que fue el amor frustrado, ¡el gran amor de Joselito!, ha estado yendo a dialogar íntimamente con él durante muchos años al Cementerio de San Fernando. Si vive todavía y continúa con su costumbre de visitar al novio espiritual que tuvo, acaso con esa intuición y esa sensibilidad tan fina que tienen las mujeres, oiga diálogos entre Juan y José, y acaso Joselito le repetirá a Juan las palabras que le decía Sánchez Mejías cuando lo incitaba para que volviera a los toros:  
- “Llevo esperándote aquí muchos años... Los dos éramos el toreo y uno solo era incompleto..., le faltaba el otro. ¡Pero ya nos hemos reunido!... ¡Bienvenido seas, Juan!... 
Así es como narró Manuel García Santos, en su día y a la distancia, los últimos tiempos de Juan Belmonte. Espero que hayan encontrado interesante esta narración y los recuerdos que contiene.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Aldeanos