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domingo, 4 de octubre de 2026

4 de octubre de 1908: Rodolfo Gaona se presenta en México como matador de toros


La campaña española de Rodolfo Gaona en 1908 fue brevísima, apenas de seis festejos, entre la corrida de su alternativa, celebrada el 31 de mayo y el festejo final de ese ciclo, en la Chata de Carabanchel el 19 de julio siguiente, corrida tras de la cual, pese a su apoderado y mentor Ojitos recibía ofertas para que se presentara en diversas plazas durante las ferias del verano, éste decidió que ya era hora de volver a México. Tras de la vuelta, habría que presentarse en las plazas nacionales. El Califa de León le contó lo siguiente a Monosabio en Mis Veinte años de Torero:

Vine contratado por Ramón López a la brevísima temporada que hizo en la plaza “México”. Esa temporada, en que pudo ganarse buen dinero, fracasó por falta de toros bravos. Todavía me acuerdo de los bueyes de Parangueo, del Cazadero, del Venadero, de Guanamé, ¡qué sé yo de dónde! Los toros de cartel estaban comprados para “El Toreo”. Nosotros sólo tuvimos bravos los toros de Concha y Sierra y de Carreros... Concluida la breve temporada de la plaza “México”, me fui a “El Toreo” con “Gallito” y “Bienvenida”. Allí se estuvieron lidiando, con plaza hasta los topes, torillos bravos y sin respeto...

Ramón López había anunciado que se retiraba del negocio de los toros cuando se inauguró el Toreo de la Condesa, pero el hecho de que su amigo, paisano y otrora colega Ojitos apoderara a Gaona, fue lo que quizás le animó a dar una temporada más, pero en condiciones de amplia desventaja, porque fuera de los encierros hispanos mencionados por el torero, las corridas nacionales de garantía estaban totalmente cooptadas por la empresa de José del Rivero, que llevaba los asuntos del coso de la colonia Condesa.

Por otra parte, el elenco que ofreció Ramón López era exiguo, apenas tres toreros: el ya nombrado Gaona, Manuel Lara Jerezano y Rufino San Vicente Chiquito de Begoña y ganado de Carreros, Concha y Sierra, Venadero, Cieneguilla, y Parangueo. Con esos mimbres era complicado dar más allá de la media docena de corridas que al final terminó ofreciendo a la afición.   

La primera corrida del año en la Plaza México

Pese a que también se abría la temporada en El Toreo ese domingo 4 de octubre, había interés por ver la presentación de Gaona en el coso de la Calzada de la Piedad. Leemos en el diario capitalino El Correo Español la víspera de la corrida:

Es extraordinaria la demanda de localidades para la corrida de mañana en la plaza "Méjico". Ya hemos dicho otras veces que el entusiasmo despertado por Rodolfo Gaona, el notable torero mejicano, no tiene límites, y que los aficionados se prometen verdaderas proezas del muchacho… Esto ha dado por resultado que el despacho de billetes que la empresa tiene establecido en la calle de la Independencia se viera concurridísimo por los entusiastas del diestro leonés, temerosos de quedarse sin entrada... El lleno de mañana se da como cosa segura, en vista del creciente entusiasmo de la afición... Debemos advertir que Gaona se ha pasado toda la semana toreando en una hacienda próxima a la capital y se propone justificar mañana la gran fama que hubo de conquistarse en Madrid... También “Jerezano” que alternará con Gaona, viene deseoso de “hacerse cartel”, y como es un torero serio y un matador seguro, mucho confiamos en su victoria...

El periódico que tenía por mercado la colonia española de la Ciudad de México exponía una animada actitud de la afición hacia la apuesta de Ramón López por construir una temporada en torno a la figura del joven torero mexicano.

Por su parte, el día de la corrida, otro periódico de la capital, El Diario, presenta una breve reseña de los toros de Carreros que se lidiarían esa tarde:

La empresa Ramón López y Compañía, que explota el coso taurino ubicado en la Calzada de la Piedad, puso ayer a la vista del público los toros españoles de Juanito Carreros, que deberán ser lidiados con divisa negra y blanca por las cuadrillas de los matadores Manuel Lara, "Jerezano" y Rodolfo Gaona... En uno de los corrales de la plaza se encuentran 10 cabestros, todos con sus gargantones y cencerros, y en el otro están nueve toros de la ganadería del señor don Juan Manuel Sánchez, vecino de Salamanca y de donde proceden los toros de Carreros... Hay seis toros negros, un berrendo en castaño, calcetero, un negro bragao, y un castaño, estando todos bien armados y de los que infunden respeto...

Todo hacía parecer que Ramón López no había escatimado recursos para arrancar lo que podría haber sido una temporada histórica y triunfal.

La corrida inaugural

En una tarde de buen clima, llegaron a la plaza Jerezano y Gaona, encontrándose con que el reclamo de la presentación del joven matador de toros mexicano fue suficiente para colmar las doce mil localidades del coso. La actuación de Gaona esa tarde, la resume Omega para el diario El País de la capital de la República, de la siguiente forma:

Principiaré por decir que este diestro a pesar de su meritísima labor no escuchó todas las ovaciones a las que se hizo acreedor. El público se mostró parco en el aplauso, no explicándome el porqué de esa frialdad del “respetable” para con el modesto y pundonoroso Gaona... Éste toreó magistralmente de capa al segundo de los de Carreros, dando seis magníficas verónicas, dos recortes y una larga de las que el niño de León tiene la exclusiva, siendo premiado con la única ovación delirante de la tarde... Al cuarto toro lo cambió de rodillas aguantando y cargando la suerte a la perfección; cambio digno de el gran jefe de la dinastía de los “Gallos”... A los quites acudió con gran oportunidad, haciéndolos siempre distintos y rematándolos con suma elegancia y gallardía... En su primer adversario, cuya muerte brindó al acaudalado ganadero Sr. D. Ignacio de la Torre y Mier, se lució toreando con la muleta por lo elegante, tranquilo y ceñido que estuvo; como la res humillaba Gaona se vio precisado a pinchar en tres ocasiones, entrando siempre sobre corto y jugando la mano izquierda a la perfección... En el cuarto llevó a cabo Rodolfo una faena de verdadero maestro, dadas las condiciones en que lo encontró, demostrando que es un gran torero no sólo con los toros boyantes, sino aun en los que llegan con dificultades y vendiendo caro el pellejo en el tranco final… Varias veces entró a matar, haciéndolo siempre con la intención de meter toda la espada, cosa que no pudo ejecutar debido a lo quedado del toro hispano... Es indudable que, si Gaona ejecuta esta faena ante un público verdaderamente inteligente, con seguridad que la ovación hubiera sido de aquellas que hacen época. ¡Bravo Gaona, así siempre! … Al buey causante de la cogida de “Jerezano” lo despachó Gaona de una estocada contraria, pinchando antes tres veces, sacando un fuerte varetazo en el brazo derecho por desarmar… Cerró plaza un toro manejable al que toreó Rodolfo con lucimiento, dando una serie de pases perfectamente acabados, coronando su labor con magnífica estocada a volapié en todo lo alto que fue la de la tarde...

Dice el cronista que Gaona brindó el primero de su lote a Ignacio de la Torre y Mier, yerno del presidente Díaz y ganadero de San Nicolás Peralta, ubicada en las cercanías de la Ciudad de México, lugar en el que probablemente, conforme a la nota previa aparecida en El Correo Español, estuvo preparándose en la semana previa a la corrida. La misma crónica omite señalar que el cuarto de la tarde lo brindó a don Luis Reyes Spíndola, director propietario del diario El Imparcial, el de mayor circulación en la capital.

Como podemos ver, no fue una tarde de triunfos redondos, sino de demostración de suficiencia y de poderío ante los toros. Gaona terminó estoqueando cuatro toros, porque Jerezano acabó en la enfermería durante la lidia del quinto, con las siguientes lesiones, según parte rendido por el doctor Silverio Gómez:

Manuel Lara “Jerezano” tiene una contusión profunda en el tercio medio y cara anterior del muslo derecho, con ruptura de aponeurosis. Sanará después de 15 días.

En lenguaje de estos días, se llevó una cornada cerrada.

Terminando

Así fue la presentación de Rodolfo Gaona en la capital mexicana. Al final, como lo refiere en sus memorias, el Califa de León, se pasó al elenco de El Toreo, donde cerró su  primera temporada mexicana y el inicio de su ascenso a la cumbre del toreo.

domingo, 27 de septiembre de 2026

A las cosas, por su nombre...

La Tapatía de Pepe Ortiz

Un breve apunte sobre la Escuela Mexicana del Toreo

Samuel Solís se quitó el añadido en un festejo mixto celebrado el 27 de marzo de 1927, mismo en el que presentó a dos tres discípulos suyos, porque ya estaba afincado en la vieja plaza de toros de Tacuba y allí comenzaba a enseñar el toreo. Tenía el toreo en la cabeza, tenía bien aprendidos los conceptos que le transmitió Saturnino Frutos y en el andar por los ruedos, tuvo la ocasión de formarse también los propios. Así que decidió seguir el camino de su primer mentor y como Ojitos, aunque quizás de una manera más callada, se dedicó a formar toreros y a buscar uno que pusiera esto de cabeza.

No tardó mucho en encontrar el primer par de prospectos. Uno, llegaría a ser llamado El Torero de México y sería así considerado hasta que las astas de Cobijero terminaran con sus días; el otro, encaminaría sus afanes por las veredas de la literatura y la gastronomía. Pero esa pareja de Alberto Balderas y El Negro Muñoz pronto dio bastante de que hablar de ambos lados del Atlántico. Después de ellos vendrían David Liceaga y Ricardo Torres, alcanzando su cota más alta con Carlos Arruza, una de las figuras más destacadas de la historia universal del toreo.

También por su parte, Alberto Cosío Patatero formó a Heriberto García, a Fermín Rivera y a Amado Ramírez entre otros y posteriormente estos alumnos suyos, a su vez también se dedicaron a enseñar toreros y así, por ejemplo, Joselito Huerta se hizo torero con Heriberto García. Por su parte, otro discípulo de Ojitos, Luis Güemes, formó a Pepe Ortiz, quien a su vez ayudó en sus inicios a Jesús Córdoba y a Rafael Larrea y éstos después siguieron también formando toreros.

Esa es la verdadera Escuela Mexicana del Toreo, la que continuó las enseñanzas de Ojitos, adaptándolas a nuestra particular manera de ser.

El Orfebre Tapatío

Hace unas líneas mencionaba que Pepe Ortiz aprendió el toreo con Luis Güemes, quien iba de banderillero en la cuadrilla juvenil de Ojitos. Güemes era originario de San Pablo Apetatitlán, Tlaxcala y tras la disolución de la cuadrilla, se coloca con distintos toreros, hasta quedar colocado con Juan Silveti, con el que viaja a España en 1916. Fue muy castigado por los toros y quizás por eso disminuyó su actividad en los ruedos, combinándola con la enseñanza del toreo. En entrevista con la escritora Elena Poniatowska, el cantante Pedro Vargas, comentó lo siguiente:

…durante un tiempo el maestro Pierson me invitó a vivir en su casa; allí vivía Jesús Mercado, barítono; Pepita Alonso, contralto, y José Arce, tenor, y a los cuatro nos dio habitación, comida y clases de canto a cambio de que le ayudáramos a hacer la limpieza de la casa. Yo era muy bueno para hacer las camas. Un día sentí que mi voz no era la misma y Mario Talavera, mi segundo padre, me consiguió entonces un empleo de profesor de coros en las escuelas secundarias. El era un hombre muy querido y me introdujo en todos los círculos artísticos, sociales, políticos, todos; él es autor de Gracia plena y con él conocí a Pepe Ortiz, quien andaba ya de torero y le gustaba cantar; entonces yo quise ser torero también, y a las seis de la mañana me levantaba, iba por él a Tacuba y luego a ejercitar el toreo, en casa de un banderillero, Luis Güemes…

El llamado Tenor Continental revela que él también intentó ser torero, pero deja claro que el mentor original de Pepe Ortiz, quien después sería conocido como El Orfebre Tapatío, fue precisamente el discípulo de Ojitos, que fue quien le enseñó el oficio y tuvo la inteligencia natural para transmitirle, además de la teoría del toreo escrita en las tauromaquias, la manera de llevar al movimiento delante de los toros, las imágenes que ilustraban esas descripciones. Y así surgieron suertes como la orticina, la tapatía, el quite por las afueras, el quite de oro, o el quite de La Guadalupana, suertes todas que tienen nombre e historia propias. Y su creatividad no se limitó a las suertes de capa. Declaró lo siguiente a Rafael Morales Clarinero en entrevista publicada el 21 de julio de 1955:

¿Muletazos no inventó ninguno? – Hay muchos muletazos que he creado; los hacen todos los toreros, y, sin embargo, nadie sabe que son míos. - ¿Usted por qué no lo ha dicho? – No tiene caso. Para mí es igual la satisfacción y me evito muchas molestias. Alguna vez yo leía: “un novedoso muletazo que no habíamos visto antes” … y me daban ganas de hacer declaraciones, pero nunca pasaron de eso: de ganas. – ¿Nos quiere citar alguno? – Pues mire (se pone de pie y lo hace); este cambio de muleta por la espalda es una derivación de la orticina, o mejor dicho la orticina con la muleta... Se me ocurrió una tarde en que todo me salía bien. En la actualidad lo hacen todos los toreros...

La inteligencia inventiva de Pepe Ortiz estaba siempre presente y cuando las circunstancias eran las adecuadas, la ponía a su servicio, y al servicio de la fiesta.

La Tapatía

Aunque hay alguna discusión acerca de la fecha de presentación en sociedad de la suerte de La Tapatía, casi todas las opiniones coinciden en que fue el miércoles 2 de noviembre de 1927, día de Fieles Difuntos, en una corrida en la que Ortiz alternaría por primera vez con el maestro Fermín Espinosa Armillita, quien, a su vez, reaparecía en el Toreo de la Condesa, después de la tarde de su alternativa. Los toros a lidiarse serían de la ganadería mexiquense de Atenco.

La corrida en su conjunto no representó un acontecimiento digno de ser recordado. Así, con brevedad, resume Rafael Solana Verduguillo, en su tribuna de Toros y Deportes, lo acontecido en esa corrida:

Fue muy mala la corrida de Difuntos, y eso que los muchachos hicieron cuanto estuvo de su parte para dejarnos complacidos. La culpa del descalabro la tiene casi exclusivamente el señor ganadero de Atenco; también le correspondió alguna parte a Eolo. En otros términos: se lidiaron toros mansos de Atenco, y sopló durante la corrida un viento molesto que descubría a cada momento a los lidiadores...

El cuarto de la tarde se llamó Catalán, le correspondía a Armillita y en su turno al quite, Pepe Ortiz deslumbró a la clientela con una suerte que no tenía antecedentes en su memoria. Escribió en su tribuna de El Redondel, don Alfonso de Icaza Ojo:

Y ahora hablemos de la nota más brillante del festejo. Fue indudablemente el maravilloso quite que instrumentó Pepe al cuarto toro que correspondió a “Armillita”. Ortiz toma al toro y se lo lleva toreado en los pliegues del percal, echa este para atrás con una gracia imponderable y nos obsequia con una gaonera máxima, tras de la cual gira el diestro suavemente, como en el lance de Chicuelo, y eso por tres veces, con una tranquilidad pasmosa, pasándose al toro tan cerca y derrochando tal cantidad de sabor torero, que la plaza entera se levantó para ovacionar al gran artista del capote...

Por su parte, el ya citado Verduguillo, a propósito de esa parte de la actuación de Pepe Ortiz, refiere:

En los quites mucha gracia. Hizo uno con el capote a la espalda, combinando la media gaonera con la media navarra, con arte extraordinario, con tranquilidad y dominio, con elegancia inenarrable. No sé si me equivoque; pero un quite parecido al de Pepe, lo hizo ya Heriberto García en una novillada. Se le aplaudió mucho a Heri, pero más se le aplaudió a Ortiz, porque el tapatío tiene el secreto de la belleza, de la majestad...

Creo que es importante el apuntamiento que hace Rafael Solana, en el sentido de que en la temporada de novilladas de ese 1927, había visto a Heriberto García realizar una suerte parecida. Y es que las enseñanzas de los discípulos de Ojitos seguramente transcurrían por una especie de vasos comunicantes, dado el común origen de sus conocimientos.

Por otra parte, la novedad de la suerte es evidente, Ojo habla de una gaonera en la que se gira como en la chicuelina, en tanto que Verduguillo refiere un lance que combina una media gaonera con una media navarra, descripción esta última que me parece poco afortunada, porque no entiendo la manera de partir, a medias, un lance de tal naturaleza, aunque sea para remendarlo con la mitad del otro.

Ya se encargarían los teóricos de esto, tiempo después, de hacer una descripción legible y entendible de lo que los ojos del aficionado entienden como La Tapatía.

El día de autos

El pasado viernes 25 de septiembre del presente año de gracia, durante el primer tercio de la lidia del tercer toro de la primera corrida de la Feria de San Miguel de Sevilla, correspondiente al trianero Juan Ortega, pudimos ver, unos por la televisión y otros dentro de la plaza, que el diestro llevó a ese toro, llamado Cuba, de El Puerto de San Lorenzo, lo llevó al caballo con una suerte de capa poco vista, pero que a todas luces era La Tapatía de Pepe Ortiz.

Los que vimos la corrida por televisión, escuchamos el comentario de que se trataba de un galleo… así, lisa y llanamente. Y posteriormente, en las redes sociales y más tarde en las crónicas del festejo, se insistió en esa simplona versión, llegando a llamarlo galleo del bú. Varios aficionados, sobre todo de esta orilla del Atlántico, tratamos de hacer notar que la suerte que realizó Juan Ortega tiene paternidad y nombre propios, con poco eco.

El nacimiento de La Tapatía ya ha quedado claro. La cuestión es ahora, ¿se trata de un galleo?, o esa versión es solamente una muletilla para definir verbalmente y sobre la marcha a cualquier suerte que se realiza al paso.

Define al galleo el Diccionario Ilustrado de Términos Taurinos de Luis Nieto Manjón:

galleo. Quiebro que, ayudado con la capa, hace el torero ante el toro.

«Pepe – Hillo» lo considera dentro de la suerte de recorte que se ejecuta con la capa; y será Paquiro quien determinará que esta definición debe designarse con el nombre de galleo: «El galleo se diferencia del recorte en que se hace a favor del capote o algún otro engaño, mientras que el recorte se ejecuta con sólo el cuerpo». Sin embargo, es muy frecuente llamarlos genéricamente recortes.

De acuerdo con esa definición, el galleo es una especie del género quiebro, que a su vez, de acuerdo con el Diccionario del Arte de los Toros de José Carlos de Torres, es:

quiebro. «Es lo que se hace al toro con la capa, ladeando el cuerpo de perfil, o con las banderillas y recortes cuando llegan a juntarse el diestro y el toro en el centro de los quiebros» (T. de Hillo). - «Todo movimiento de cintura con el que se evita el hachazo» (T. de Montes)…

Vuelvo a la doctrina, para aclarar lo que hoy se entiende lo que es La Tapatía, dado que las apreciaciones primarias no reflejan más que el asombro que produjo el día de su presentación en sociedad. Recurro de nuevo a la obra de Luis Nieto Manjón:

tapatías. Lance que se compone de dos fases consecutivas: al costado por detrás y de frente por detrás, a la que sigue un giro del torero sobre sí mismo, inverso a la embestida del toro. Después de la primera queda el diestro en posición de hacer la segunda, la que una vez ejecutada gira como en el molinete, quedando de nuevo en suerte. Se atribuye su invención al diestro mexicano José Ortiz Puga.

El concepto habla de movimientos y de giros, pero en ningún momento refleja o considera quiebros o recortes, entonces, me es dable concluir, que en la ejecución de La Tapatía no se involucra o media galleo alguno, salvo que, en mi desconocimiento, torear al paso, implique gallear, pero cierto estoy, que esto no es así. 

Las diversas versiones

Luego, a propósito de la misma suerte, se afirmó que, si era la Rogerina, atribuida a Victoriano Roger Valencia II o la Cacerina, cuya paternidad se imputa a Pepe Cáceres. La cuestión es sencilla. Ambos toreros vinieron a México en su día y después de hacerlo, regresaron a su tierra y fueron a presentar allá la creación de Pepe Ortiz, desconocida para sus paisanos, misma que seguramente, fue señalada por la taurinidad de sus días, como creación de ellos. En sus distintas épocas, la información viajaba de maneras muy diferentes a las actuales y lo que sucedía en un lugar lejano, podría llegar a ser conocido o no.

El hecho es claro, el primero en ejecutar la suerte en el tiempo y en darle sello propio, fue indudablemente Pepe Ortiz, así que, sin darle tantas vueltas, es él quien tiene la paternidad de la criatura y no algún otro, por importante que pueda ser.

Coda

Creo que he podido aclarar, en la medida de mi entender, que La Tapatía no es un galleo, porque no implica ni quiebro ni recorte y las circunstancias en las que la ejecutó el pasado viernes Juan Ortega, tampoco le dan la calidad de quite, porque nada quitaba, sino que exactamente a la inversa, pretendía llevar al toro al caballo. Así creo que fueron las cosas.

Aviso parroquial: Agradezco a los amigos Octavio Lara y Sergio Peraza el haberme acercado un par de interesantes documentos para orientar mis pasos en la elaboración de estos pergeños. Y a quienes tengan la paciencia de llegar hasta este punto, les ofrezco una disculpa por la extensión, pero mucho más se podría argumentar a este propósito.

domingo, 22 de marzo de 2026

22 de marzo de 1942: Silverio Pérez y Peluquero de Carlos Cuevas; Carlos Arruza y Mordelón de La Laguna

Silverio Pérez - Lasernista
Carlos Ruano Llopis
La temporada 1941 – 42 en el Toreo de la Condesa resultó ser triunfal para una serie de toreros que hoy calificaríamos como emergentes, por lo reciente de sus alternativas. Silverio Pérez (06/Nov./38), Calesero (24/Dic./39), y Carlos Arruza (01/Dic./40) fueron quienes más animaron el ciclo en su parte medular, porque quienes fueron anunciados como el eje de la temporada – Armillita, Solórzano, Garza y El Soldado – no fueron muy regulares en sus actuaciones. Por otra parte, toreros que tenían la onza y la manera de cambiarla, fueron relegados a las corridas del cierre del calendario – David Liceaga, Ricardo Torres, Paco Gorráez – y condenados a enfrentar corridas que pudiéramos considerar como duras. En ese estado de cosas, todo se alineó para que El Faraón de Texcoco tuviera lo que quizás fue una de las campañas más regulares de su andar por los ruedos y así, cuajó sin resquicio de duda a Zapotero de Torrecilla (11ª), a Pescador y Mandarín de Piedras Negras (16ª) y al toro que hoy me ocupa.

La 20ª corrida de la temporada 41 – 42

Para la vigésima corrida de la temporada se anunció un encierro de Piedras Negras para que lo despacharan mano a mano Silverio Pérez y Carlos Arruza, quien también llevaba una temporada bastante exitosa en la capital mexicana. En esas condiciones, el festejo anunciado era atractivo y podría permitir a la empresa resarcirse de las malas entradas tenidas en tardes anteriores.

Al final de cuentas, el encierro de Piedras Negras no se lidió completo. Refiere quien firmó como José Cierto en el semanario Arena, fechado el 24 de marzo de 1942:

Los toros de Piedras Negras, terciados casi todos, no fueron sino cuatro, debido a que de los seis del encierro, dos no dieron el peso reglamentario, de ahí que fueran sustituidos por uno de La Laguna, al que Arruza toreó magistralmente, y otro de don Carlos Cuevas, con el que Silverio cuajó su faenón inolvidable. Pero, de cualquier modo, los cuatro bichos de Piedras Negras fueron todos bravos, aunque disparejos de estilo...

Así pues, solamente se corrieron cuatro toros del hierro anunciado, en defensa de los intereses de la afición, sustituyéndose con uno de la misma casa, pero con el hierro de La Laguna y con otro de don Carlos Cuevas, que resultará ser el eje de esto que trato de contarles.

Silverio y Peluquero de Carlos Cuevas

El toro tercero de la tarde fue el sustituto de don Carlos Cuevas. Se le anunció con el nombre de Peluquero. Así lo describe el Dr. Alfonso Gaona, en su comentario a la corrida publicado en el número del semanario Arena, que él dirigía, aparecido el 31 de marzo de ese 1942:

El toro de don Carlos Cuevas, corrido en tercer lugar de la tarde, en sustitución de uno de Piedras Negras, era bravísimo, muy codicioso, fuerte, aunque no muy grande. De ninguna manera debe pensarse que fue un toro “ideal”, de los llamados de carretilla...

Por su parte, el ya citado José Cierto, en la crónica de la corrida aparecida en el mismo semanario, reflexiona lo siguiente acerca del mismo toro:

El toro de Carlos Cuevas corrido en tercer lugar, en sustitución de uno de Piedras Negras que no dio el peso, fue muy inferior al primero de Silverio. Pero este torero, cuando quiere, no se fija en modos de embestir...

Este comentario viene a cuento de que, el primero de la tarde, Brincón de Piedras Negras, materialmente se le fue al Faraón y la gente terminó abroncándolo.

El inicio del actuar de Silverio Pérez estuvo marcado por la intolerancia en los tendidos. No se le perdonaba haber dejado ir al primero de su lote y poco margen se le concedía para tratar de recuperar el terreno perdido con esa actuación, pero el diestro texcocano seguramente había advertido alguna virtud en “Peluquero” y reservó sus energías y habilidades para el tercio final de la lidia. El tercio en el que la muleta es el avío con el que se realizan las faenas.

La crónica, la gran crónica con la que se recuerda esta faena inmortal, es la que escribió para el semanario La Nación, don Carlos Septién García, firmando como El Quinto. Al socaire del estreno de la película Fantasía de Walt Disney, en la que los instrumentos musicales cobran vida y se convierten en los actores de la cinta, quien pasaría a la historia de las letras taurinas como El Tío Carlos, le da vida a la muleta de Silverio y es ella la que cuenta lo que el Faraón de Texcoco realizó ante Peluquero:

En manos de Silverio y Arruza mis pliegues cobraron vida y ánimo, plasticidad y drama. La faena de Silverio me hizo sentirme parte integrante de la persona del torero. Juro que sentí correr por mi cuerpo la sangre mestiza y torera de los Pérez de Texcoco, y que me moví en momentos imborrables al impulso del drama añorante de Carmelo. Hubo instantes en que me supe incapaz de expresar toda la emoción taurina y estética que Silverio estaba derramando en la plaza, junto al toro. Tan incapaz, como debe haberse sentido el pincel del Greco cuando recorriera en afanes la tela al impulso de una inspiración desbordada, incontenible, profunda. Por momentos temí que Silverio me arrojara a un lado y se pusiera a torear con los brazos. Girones de mi tela quedaron en los cuernos tal y como en esos arrebatos de óleo que testimonian la energía creadora de Doménico más allá de la línea y la figura, más allá también de la forma, torturada por el genio... Aquellos pases altos... En mis vuelos, el toro iba prendido desde el sitio a donde el brazo alanzaba. Sobre el testuz y sobre los lomos llameaba yo entonces, como larga lengua de fuego manso. Y al calor que el torero me transmitía a mí por venas y arterias y nervios que se habían prolongado hasta cubrirme toda, el animal volvía una y otra vez, no por hipnosis ni por hechizo, sino sencillamente porque iba toreado, conforme debe torearse por alto... En los pases en redondo y en los naturales; en el forzado de pecho y en los lasernistas; en los doblones y en los de la firma, me sentí impregnada de aquella sensibilidad mestiza, - lucha y arte, drama y belleza -, que me manejaba. Aquello no era alegre, ni variado, ni gracioso, ni perfecto; era profundo, hondo, entrañable, como profundas son también las mezclas misteriosas de la raza. Era una sensibilidad preñada de oscuros atavismos mágicos que se volcaba tumultuosa en las formas del toreo hispánico. Como ocurre en la arquitectura, en la música, en el amor de estas tierras... Faena de la raza era esta de Silverio. Recuerdo bien como terminó: demudado, deprimido, olvidado de todo. Así acaba el mestizo cuando ha dejado volcar en arte la complejidad que lo ahoga...

Faena de la raza... Después quizás, Agustín Lara tomaría este razonamiento de Septién para cantar, en la letra de su pasodoble, que Silverio era azteca y español... El fondo era, ese toreo hondo, sentido, que viene, como escribió un día Lorca, desde las habitaciones más profundas de la sangre, que no se puede aprender y que no se puede preconcebir, que solamente se puede hacer... y sentir.

La crónica de José Cierto es más al uso, pero sin dejar de ser emotiva también. Y es que, por lo que he podido leer sobre el particular, la emoción que produjo el hacer de Silverio Pérez con Peluquero, desbordó cualquier expectativa:

Silverio seguía trayendo al toro hacia la muñeca derecha para plasmar instantes de una emotividad escalofriante, y en las tribunas, la gente enloquecía. Cuando, por fin, se acabó esa continua reunión de toro y torero, vimos al hombre de Texcoco bañado en sangre del animal de tanto pegársele. ¡Qué bárbaro! Y después, con las piernas un poco abiertas, con ese personalísimo estilo que sólo él tiene, con la mano izquierda en la cintura y el cuerpo ligeramente inclinado, Silverio volvió a citar, de cerca, para realizar cuatro milagros, cuatro derechazos que ahí quedan, inmortales, rematados con un cambio de muleta lento y mandón, eterno, sublime. Ya para entonces la gente aullaba y agitaba los pañuelos, pidiendo la oreja del toro que seguía entrando y saliendo de la muleta mágica, extraordinaria, de Silverio. Y ahora, a los medios, a seguir toreando en forma fantástica, con cuatro lasernistas de tal manera ceñidos, tan brutalmente valientes, que tuvo muchas veces que arquear el cuerpo para evitar la cornada. Como una demostración de su entusiasmo, rayano en locura, y a pesar de que el torero estaba actuando en los medios, el público arrojó sombreros, sacos, abrigos, bolsos de mano, puros, bastones y aún zapatos al ruedo, cerca de la zona de tablas... Cuando Silverio salió de esa serie de lasernistas, la plaza era, esta vez sin exageración, un manicomio, se venía abajo con el trepidar de las ovaciones. Pero no había terminado el milagro: Silverio se pasó a la mano izquierda la muleta, esa muleta bruja, y toreó al natural en forma magistral por tres ocasiones, cruzándose con el toro, echando la muleta atrás para citar con la pierna contraria, llevando al toro prisionero de su maravilloso juego de muñeca; tres naturales clásicos, estupendos, que remató, después de una insistencia suicida, con un brutal forzado de pecho. Y sin esperar mucho, se perfila de cerca para entrar por derecho a enterrar todo el estoque un tanto delantero. El toro tarda unos segundos en caer patas arriba, y se inicia entonces la ovación más estruendosa, más larga (16 minutos exactamente) y más merecida de la temporada. Cuando Silverio ha dado tres vueltas al ruedo, se abraza con Carlos Arruza y juntos dan una vuelta más. Ya la autoridad ha concedido la oreja y el rabo, y la gente no se cansa de aplaudir, de gritar. ¡Una verdadera locura! … Y esto ha hecho Silverio no con un toro de carretilla, de esos que parecen amaestrados, sino con un toro que sabía tirar cornadas, que en ocasiones se colaba de fea manera. Se ha consagrado definitivamente el torero de Texcoco, ha tenido su apoteosis. Tiene la afición un nuevo ídolo, auténtico, con todos los merecimientos de un gran señor de los ruedos...

La capacidad de cambiar las lanzas en cañas y de hacer a los presentes perder la razón en unos cuantos minutos es patrimonio de unos cuantos privilegiados. Silverio Pérez fue uno de ellos. Aquí está la prueba escrita.

Carlos Arruza y Mordelón de La Laguna

Aunque Silverio Pérez terminó dominando la escena con su faena al tercero de la corrida, el tono de la tarde se definió cuando Carlos Arruza se enfrentó al primer toro de su lote, otro de los que sustituyeron a los que no fueron aprobados del encierro originalmente anunciado. Escribió José Cierto:

Con la muleta en la zurda, la mano de los toreros según los clásicos, aguantó al toro, para instrumentar tres naturales muy buenos, siendo el segundo el mejor, rematados con un forzado de pecho superior. Y empiezan esos pases en que Carlos dobla al toro tan suavemente, con una rodilla en tierra, dejando que los cuernos le acaricien el muslo, y que la gente le ovaciona cálidamente. Ya erguido, tres buenos derechazos en redondo, finos, mandones, toreros, y un molinete de rodillas con tanta verdad, hecho precisamente entre los cuernos, que por poco es trincado, pero se quita el peligro con dos doblones rodilla en tierra de seda, verdaderamente dibujados, majestuosos. Y cuando la gente estaba loca de entusiasmo, Carlos se perfila para entrar tan derecho, con tanta verdad en la suerte suprema, que es enganchado, no dejando sino media estocada perfectamente colocada, que tarda un poco en surtir efectos. De todos modos, la gente le hace dar cuatro vueltas al ruedo con la oreja y el rabo de su enemigo. ¡Se lo merece este muchacho, verdadero torero, todo pundonor! …

Valor, poderío, suavidad cuando era menester y un extraordinario dominio de la colocación para realizar las suertes fue lo que demostró Arruza. Por su parte, El Quinto refiere:

En manos de Carlos Arruza fui gozo y poder, juventud y frescura. Me moví suave, lentamente, en los inolvidables pases por abajo, para que quince mil gentes aprendieran o repasaran la difícil lección de cómo se hace el toreo. Para que grabaran bien en sus mentes que existen tres tiempos fundamentales en la ejecución de las suertes de este noble arte: parar, templar y mandar, y para que se fijaran en cuales son los terrenos del animal y los del lidiador y en qué situación ha de quedar el toro para que el diestro pueda repetir la suerte... Ni un solo instante me enrollé por causa de precipitaciones, ni me descompuse en mi original arreglo. Y se realizó entonces el milagro de una muleta poderosa, digna, perfecta y alegre, en manos de un chaval de veintiún años... Arruza no me utiliza para sinfonías inconclusas o para acordes aislados, sino para obras cíclicas, completas que quedan allí escritas como esa rítmica serie de naturales naturalísimos; como el engrane dichoso de nueve tapatías que realizara con mi hermano el capote, o como aquella mariposa en que los pitones tuvieron que sujetarse dócilmente al capricho juguetón del muchachuelo...

El toreo dominador de Arruza, se deduce de lo escrito por Carlos Septién, iba revestido de temple y de ritmo, algo que solamente logran conjuntar aquellos llamados a ser figuras del toreo.

En resumen

Ese primer día de la primavera del 42, dos jóvenes toreros que estaban llamados a ser figuras históricas, se abrían paso delante de quienes eran ya figuras consolidadas. Me resulta curioso que Silverio Pérez confesara precisamente a El Tío Carlos, varios años después, que su faena preferida fue la que realizó al toro Cirilo de Matancillas y que otras, fueron las que le dieron el sitio de figura. Cualquiera pensaría que esta de Peluquero la tendría en algún sitio destacado.

Carlos Arruza por su parte, escribiría muchas faenas con nombre propio en las plazas de México y de España, pero esta de Mordelón es quizás la primera en la que cautivó a la afición y consiguió su total entrega.

domingo, 15 de febrero de 2026

16 de febrero de 1911: Una singular corrida benéfica en El Toreo de la Condesa

Después de que el 20 de noviembre de 1910 hiciera público don Francisco I. Madero el Plan de San Luis, se desataron en diversos puntos de la República conflictos armados entre las fuerzas armadas del Estado y grupos que apoyaban la salida del general Porfirio Díaz del gobierno. Una de las zonas donde se localizaron los encuentros más cruentos fueron en el Estado de Chihuahua, en la zona fronteriza con los Estados Unidos, produciendo numerosas bajas en las fuerzas del Ejército Mexicano. Ante esa situación, el diario El Heraldo Mexicano, cuya línea editorial evidentemente estaba alineada con los intereses gubernamentales, se propuso organizar una corrida de toros a beneficio de los deudos de los militares caídos en esas acciones. El 6 de enero de 1911, se publicó en la primera plana del citado periódico:

Esta corrida tendrá un carácter netamente nacional, porque tomarán en ella elementos puramente mexicanos. Será un gran atractivo para el público aficionado ver reunidos en el coso a sus diestros más aplaudidos u notables, a la mayor parte de sus más aplaudidos y valientes matadores con los que cuenta México... Los matadores cuyo concurso y aceptación damos por otorgados, pues bien reconocidos son su patriotismo y sentimiento de innegable altruismo, que siempre los ha distinguido como buenos mexicanos son: Vicente Segura, Rodolfo Gaona, Carlos Lombardini, Pedro López, Eligio Hernández “El Serio”, Rodolfo Rodarte, Luis Freg y Arcadio Ramírez “Reverte Mexicano”... Don José del Rivero, el inteligente y popular empresario de la plaza de “El Toreo” que siempre ha dado innegables muestras de filantropía y desprendimiento, no dudamos que cederá la plaza para que el jueves 9 de febrero, se celebre la corrida de beneficencia que proyectamos... Como otro atractivo del festival, hemos hecho formal invitación a los inteligentes revisteros que hoy se hallan retirados de la brega, pero que en no remotas épocas deleitaron a sus lectores con sus galanas crónicas, para que, en colaboración con los más conocidos de hoy, regresen en una edición especial, que El Heraldo Mexicano lanzará ese día, contando las peripecias y detalles de la corrida... Mucho atractivo tendría que cada uno de los revisteros siguientes: Eduardo Noriega “Tres Picos”; doctor Pablo Rangel “P. Drin”; A. Morales Puente “Jindama”; Jacobo Prantl “Pata Larga” de El Diario; Miguel Necoechea “Latiguillo”, de El Imparcial; Antonio Rivera de la Torre “Antolín” de El País; y Alfredo Ayala Mendoza “Caramelo” y Enrique A. de Llano “Rascarrabias” de El Heraldo Mexicano, reseñarán un toro de los de esta corrida... Respecto a las autoridades, aguardamos desde luego que presten toda clase de facilidades para el buen logro de nuestra idea...

Sin duda que el festejo era atractivo por la presencia en el cartel de Vicente Segura y Rodolfo Gaona, las principales figuras del toreo mexicano en ese momento y el planteamiento del tratamiento periodístico que se pretendía dar al resultado de la misma, era también de gran rumbo, porque los principales cronistas de ese tiempo cederían sus plumas a perpetuar tal acontecimiento. Por otra parte, en los días siguientes, el propio diario comenzó a publicar distintas adhesiones al proyecto y así, la cartelería con la que se anunciaría la corrida sería donada por Cigarros El Buen Tono, La Samaritana y Casa Tardán, el zarzo de banderillas por la Tampico News Company, y las moñas para las divisas comenzaron a ser ofrecidas por la Droguería de La Profesa, don Julio Bloch, La Nueva Industria, y todo se pondría en exhibición en los aparadores tanto de la Droguería de La Profesa como de la Casa Tardán.

Las vicisitudes para completar un cartel

Para el final del mes de enero se anunciaba que todos los diestros del cartel habían aceptado participar en la corrida, salvo Arcado Ramírez Reverte Mexicano o Jesús Tenes, de quienes esperaban respuesta a su invitación y en la edición del día 24 de enero, se anunció que el torero norteamericano Harper B. Lee entraría a la corrida, para ocupar el puesto final en la misma por no haberse recibido confirmación de ninguno de los dos diestros anteriores:

El cartel que se ha formado a beneficio de las familias de los soldados muertos en la frontera, ha quedado definitivamente cerrado, en vista de contar con los ocho matadores mexicanos, que serán los encargados de matar las reses que se lidien la tarde del día nueve del entrante mes de febrero... Y decimos que ha quedado completo, por haber aceptado el bondadoso ofrecimiento del valiente diestro Harper B. Lee, mexicano de origen puesto que nació en Guadalajara, quien desde hacía días nos ofreció desinteresadamente su cooperación... Por consiguiente, la combinación de matadores ha quedado definitivamente arreglada en esta forma: Vicente Segura, Rodolfo Gaona, Carlos Lombardini, Pedro López, Eligio Hernández (“El Serio”), Rodolfo Rodarte, Luis Freg y Harper B. Lee...

La improbable asistencia de don Porfirio

Quedaba pendiente la designación del ganado que se lidiaría, y el diario daba cuenta de correspondencia con la petición de diversos grupos de aficionados, empleados del ferrocarril, de establecimientos comerciales y de la banca que pedían que la corrida se trasladara al sábado 18 siguiente, para estar en aptitud de asistir al festejo, comprometiéndose los redactores a interceder por esas peticiones. Posteriormente, el día 28 de enero se anunció que el presidente Porfirio Díaz asistiría con su esposa y su gabinete al festejo:

El señor Presidente de la República, general don Porfirio Díaz, y su muy distinguida señora esposa doña Carmen Romero Rubio de Díaz han ofrecido asistir a la gran corrida de beneficencia organizada por EL HERALDO MEXICANO... Los miembros del gabinete, los del honorable cuerpo diplomático y las familias principales de nuestra sociedad, serán invitadas por una comisión integrada por los señores arquitecto Enrique Fernández Castelló, Arturo Braniff, Mario M. Bulnes y Rogerio Meraz Rivera, quienes, además, enviarán las localidades con sus respectivas invitaciones a las personas más conspicuas de la capital... Los señores antes citados, en representación de EL HERALDO MEXICANO, han invitado a veinticinco hermosas señoritas de la sociedad metropolitana, para que se sirvan presidir la fiesta brava en calidad de reinas, y casi la mayor parte de ellas, han aceptado...

En retrospectiva, considero que dada la inestabilidad política que se vivía en el país, el Presidente de la República podría pensar en asistir a los toros, aplicando la misma regla para los integrantes de su gabinete. Los principales de la sociedad, seguramente tampoco estarían por la labor, aunque por la forma en la que se les cursaron las invitaciones – con las entradas incluidas –, seguramente hicieron su aportación para contribuir al menos en lo económico, al éxito del proyecto.

Por fin se designa el encierro a lidiar

El 30 de enero se anunció que el encierro a lidiarse sería uno de la ganadería yucateca de Sinkeuel, formada, de acuerdo con Agustín Linares, en el año de 1891, con toros y vacas de Murube. Al día siguiente se informaba también, que para pasar la prueba necesaria para poder lidiar una corrida de toros en busca de cartel, el domingo 12 de febrero se lidiarían como fin de fiesta dos novillos de la misma ganadería, después de la corrida de toros en la que actuarían Cocherito de Bilbao, Vicente Segura y Rodolfo Gaona, ante toros de don Felipe de Pablo Romero. La lidia y muerte de esos novillos estaría a cargo del novillero de Mixcoac Merced Gómez.

Así, el cartel anunciado en la prensa, fue el siguiente: Vicente Segura, Rodolfo Gaona, Eligio Hernández El Serio, Carlos Lombardini, Pedro López, Rodolfo Rodarte, Jesús Tenes y Harper B. Lee, con los toros de Sinkeuel.

Los imponderables de último minuto

En la edición de El Heraldo Mexicano de la víspera del festejo – 15 de febrero –, se anunció que Carlos Lombardini no actuaría en la corrida, por haber sufrido una luxación en el brazo izquierdo y una contusión en la mano del mismo lado al entrar a matar uno de sus toros en Tampico el domingo anterior y en la portada del diario del día de la corrida aparecía el facsímil de un telegrama de la siguiente guisa:

TELEGRAMA DE RODOLFO GAONA. – El siguiente telegrama de Rodolfo Gaona se recibió ayer tarde, a hora avanzada, en “El Heraldo Mexicano”: León, febrero 15, 1911. – El Heraldo Mexicano. – San Diego 9. – México, D.F. – Imposible torear mañana. – Fuerte luxación muñeca izquierda, toreando becerro. – Mando certificado médico. – GAONA.

Así pues, antes de abrirse la puerta de cuadrillas, quedaban dos puestos libres en el cartel anunciado a la afición por medio de la prensa, pero en realidad serían tres los cambios presentados, porque Luis Freg salió de la combinación sin que se diera explicación alguna, siendo sustituido por Jesús Tenes, y por medio de la crónica del festejo, nos enteramos que Samuel Solís sustituyó a Rodolfo Gaona y Pascual Bueno a Carlos Lombardini, así que de lo que originalmente se anunció, prácticamente la mitad del cartel de toreros terminó siendo sustituido.

El resultado de la corrida

La entrada no llegó al lleno y la tarde fue ventosa y fría y las crónicas refieren que los toros yucatecos fueron complicados por presentar diversos matices de mansedumbre que complicaron su lidia. Quien escribió la crónica que sin firma, apareció en el diario El Imparcial fechado el 17 de febrero de 1911 en la Ciudad de México, relata lo siguiente:

En primer lugar, digamos que la vacada de Sinkehuel dejó mucho que desear, tanto, que con excepción del sexto y séptimo toros, los demás dejaron a desear todo. Las reses corridas ayer adolecían de un grave defecto: la mansedumbre, y ni por asomo, fuera de los animales arriba exceptuados, tuvieron un solo rasgo de nobleza y de bravura, de manera que el fastidio se apoderó del público; desde que medió la lidia del segundo de los de Sinkehuel, la gente empezó a dar visibles muestras de cansancio... Vicente Segura fue el héroe de la tarde. El pachuqueño, que se sabe arrimar a los toros, fue quien mayores palmas cosechó. El toro que le tocó lidiar llegó a la muerte buscando, pues, buscando la querencia de todas partes, pero especialmente el refugio y defensa de las tablas. Allí, Segura, con los terrenos cambiados, entrando muy en corto, propinó a su enemigo una estocada monumental, hasta mojarse los dedos y que fue subrayado con una ovación delirante... Antes había hecho una faena de muleta todo lo buena que permitían las condiciones del toro y había arrancado a herir por dos veces de una manera espléndida...

En cuanto al resto de la corrida, quien firmó como El Primer Reserva para el diario El Correo Español, lo resume de la manera siguiente:

EL SERIO: Torea movido y sin conciencia. Pincha una vez y coge luego una estocada tendenciosa. Un intento de descabello y el toro dobla... PEDRO LÓPEZ: Faena incolora con la percalina. El aire hace flamear el trapo lamentablemente. Un pinchazo hondo, una estocada contraria a un tiempo, otro pinchazo sin soltar y un descabello a pulso. Palmas... RODARTE: Hace unas cosas muy raras con la muleta y se descompone. Entrando siempre mal receta, primero  un pinchazo, y luego otro y otro y así hasta siete. Al fin consigue coger media estocada tendida y descabella por último, a la primera. Total, veinte minutos más de aburrimiento... JESÚS TENES: Comienza a torear con terror pánico. El toro huye, como los anteriores. Un pinchazo sin meterse, otro en el chaleco, otro a paso de banderillas; otro en la oreja, y una gran estocada saliendo el diestro revolcado. Ovación y dianas. El toro arrancó cuando el matador se perfilaba, clavándose el estoque el mismo bruto, si bien dejó al torero sin salida. Milagrosamente pudo éste librarse de una cornada... HARPER B. LEE: Con menos riñones que otras veces, pasó de muleta el torero americano a su enemigo. El público se ríe porque Harper da unos pases muy graciosos, todos ellos de su invención, es decir de patente yankee. Media estocada corta, un pinchazo en lo alto, otro y ocho intentos de descabello. Al fin acierta Harper y hay quien aplaude. No se hable más de antiamericanismo... PASCUAL BUENO: Torea reposado, excesivamente reposado. Entre pase y pase pasa media hora. La noche se echa encima y el público protesta. Pincha cinco veces con admirable calma y al fin, cuando el público se lo pidió por el amor de Dios, cogió una estocada buena que fue bastante... SAMUEL SOLÍS: Lo que hizo este torero no lo sé porque reinaba en la plaza una oscuridad absoluta. Alguien me dijo que entró a matar varias veces y que demostró tenerle más amor al pellejo que a la gloria, lo cual es muy razonable...

Como se puede ver, el resultado artístico no es algo que haya pasado a la historia, salvo por el hecho de que se trató de un ejemplo claro de que la fiesta de los toros es sensible a las necesidades de los demás y de que su solidaridad está siempre presente. En lo que a la historia se refiere, tan no pasó, que en la exhaustiva obra de don Heriberto Lanfranchi, ni siquiera está reseñado.

El fin de fiesta

El cierre de la crónica de El Imparcial, refiere el desencajonamiento en el ruedo del encierro de Miura que se lidiaría el siguiente domingo:

Después de la corrida se desencajonaron los toros de Miura que habrán de lidiarse el domingo... La reputación de la ganadería de don Eduardo Miura, conquistada en los terrenos de la lidia por la bravura de los bureles, su poder y su nobleza, es legendaria... La lámina de los bichos es imponente, y la empresa, teniendo en cuenta que las corridas de miuras son muy duras y dan bastante quehacer a los lidiadores, decidió que el cartel se compusiera de tres matadores, escogiendo para ello a los de más tronío de los que actualmente están en México: “Cocherito”, Segura y Gaona... Como se ve, la corrida promete. Primero por los hermosos miuras, y después por el trío de matadores que se las entenderán con ellos...

Terminada la corrida, El Heraldo Mexicano ofreció un banquete a quienes participaron en la organización y desarrollo del festejo, mismo que fue presidido por Jesús Villalpando, en nombre de la empresa editora del diario y al que asistieron toreros, cronistas y aficionados.

domingo, 8 de febrero de 2026

6 de febrero de 1927: Pepe Ortiz realiza la orticina por primera vez en El Toreo de la Condesa

La temporada 1926 – 27 en El Toreo no resultó ser todo lo satisfactoria que la afición esperaba. Después de los grandiosos sucesos ocurridos en la anterior y con las ausencias de Rodolfo Gaona y la de Ignacio Sánchez Mejías, uno, retirado definitivamente de los ruedos y el otro, temporalmente fuera de ellos y dedicado a otros menesteres, se encontraron con un elenco que no llevaba nombres rutilantes en su composición, ni figuras que, en ese momento, se distinguieran por su consistencia. Escribió en su día Verduguillo:

No había en España, ni tampoco en México, toreros de quienes echar mano, diestros que con el anuncio de su nombre pudieran llamar a los aficionados a las taquillas a adquirir su derecho de apartado, y asistir a las corridas en que tomaran parte... Don Antonio Galván Duque tuvo la gentileza de atender a mi recomendación, y el primer espada que contrató en Madrid fue Nicanor Villalta, un muchacho aragonés, “gigante y cabezudo”, y que tenía el pescuezo más largo que un toro de Miura. Fue quien despertó mayor entusiasmo en aquella temporada en que ni “Chicuelo” ni Marcial Lalanda lograron hacer cosas mayores...

La parte nacional de los matadores de toros fueron únicamente Pepe Ortiz y Juan Espinosa Armillita, quienes junto con otros diestros como Valencia II, Fausto Barajas o Manuel del Pozo Rayito se encargaron de completar los 22 festejos de los que constó el serial que se dio entre el 10 de octubre de 1926 y el 20 de febrero de 1927.

Ka penúltima corrida de la temporada era parte de una serie de tres festejos ofrecidos de manera continua por la Asociación de Prensa, los días 5, 6 y 7 de febrero de ese 1927, los dos primeros, corridas de toros y el tercero, una actuación de los hermanos Manolo y Pepe Bienvenida ante erales de Zotoluca.

Una corrida pasada por agua

La corrida del 6 de febrero de 1927 se anunció con un encierro de San Diego de los Padres, para Manuel Jiménez Chicuelo y Pepe Ortiz, mano a mano. Una corrida que a punto estuvo de ser suspendida, después de arrastrado el segundo de la tarde, pero Chicuelo en su calidad de primer espada y director de lidia, consideró que la corrida podía continuar y se llevó una de las más fuertes ovaciones de la tarde.

Aparte de las vicisitudes climáticas, los toros no dieron el juego que de ellos se esperaba. Relata en su crónica aparecida en el semanario Toros y Deportes, aparecido al día siguiente de la corrida:

Poco tengo que decir de los toros que para la segunda corrida de la prensa enviaron los señores Barbabosa propietarios de la ganadería de San Diego de los Padres. Los pupilos de don Antonio mansurronearon de lo lindo; casi todos ellos volvieron la cara ante los pencos, no se dejaron castigar, salieron rebrincando cuando los hulanos les hurgaban la piel y saltaron al callejón una barbaridad de veces... Tres de los sandieguinos no debieron pasar, y si se escaparon de volver a los corrales, ello se debió a que el cambiador de suertes se empeñó en hacernos tragar el camelo, y en complicidad con los pincharratas, puso cuanto estuvo de su parte porque la divisa barbabosina – permítaseme el término –, saliera lo mejor librada posible... Pero justo es asentar que entre tanto buey de carreta como hoy soltaron los señores Barbabosa, hubo un toro que mereció los honores de ser paseado por el redondel... Mi felicitación calurosa a los señores propietarios de San Diego, por la brillante pelea que dio este animal; pero siento no poder decir lo mismo de los demás, porque francamente hablando, hubo algunos de ellos indignos de ser lidiados en la plaza más importante de la República, que es la de “El Toreo”...

Como vemos, un ejemplar salvó in – extremis el honor de la divisa, porque la corrida en su conjunto no correspondió con su juego al prestigio de la ganadería de su procedencia. Y, sin embargo, los toreros pudieron triunfar ante ella.

El genio creador de Pepe Ortiz

La crónica refiere que quien después sería llamado El Orfebre Tapatío sorteó el lote más malo de la corrida y que los toros corridos en segundo y cuarto lugar no tenían dentro faena alguna. Es más, el primero de su lote, saltó repetidas veces al callejón, en todos los tercios de la lidia y para poder matarlo, Pepe Ortiz tuvo que ir a sacarlo de allí. 

Lo interesante llegó con el sexto de la corrida, llamado Aretillo, un toro negro, ante el que, realizó una obra que ha pasado a la historia y que es, al final, la que da notabilidad a esta fecha de la historia. Relata Verduguillo:

José Ortiz torea con el capote con una exquisitez, con una suavidad, con una finura inigualables. Ahí han quedado esos cuatro lances para que venga cualquiera de aquí o de allá a mejorarlos. Cuatro monumentos. Si los ve Benlliure de seguro que los adopta por modelo, porque de esos entran muy pocos en libra… ¿Y en los quites? Ortiz se reveló en los dos que hizo, como un maestro. En el primero ejecutó otras dos verónicas de las que llevan su sello, y luego, con majestuosidad, con garbo indescriptible, se echó el capotillo a la espalda, dibujó una gaonera y recortó muy torero. En el otro, ejecutó tres lances de difícil clasificación: fueron una especie de tijerillas combinadas con navarras, vamos, algo maravilloso, estupendo, grandioso. “Chicuelo” no se dejó ganar la pelea, y también hizo de las suyas. La ovación para ambos fue delirante... Inició el trasteo con un pase cambiado por alto; luego dio uno de pecho, ceñidísimo, siguió con un natural con la diestra, y después otro de pecho hincando la rodilla derecha. Dejó que el toro se repusiera para después continuar la faena... La segunda parte se compuso de un pase de la firma que ni dibujado resulta más bonito, al que siguió uno de pecho muy apretado. Luego toreó José por delante, con elegancia, con dominio, con gallardía. Y al correr la mano en un natural con la diestra, el diestro resbala y cae en la cara. Momento emocionante: el toro hace por el diestro, le mete la cabeza, lo tiene entre las patas, largo rato y le pisa la cabeza. Pepe se levanta encorajinado, recoge espada y muleta, y sin verse la ropa va en busca de su enemigo... Pero a partir de eso, la faena se torna vulgar. Pepe torea por la cara, de pitón a pitón y en cuanto logra la cuadratura entra derecho y pincha en las alturas. La escena se repite hasta cuatro veces más, porque el toro se pone por delante y no ayuda nada al matador. Al fin logra Pepe media estocada en las agujas, que basta. Ovación grande...

La pérdida del equilibrio por un resbalón, quedando a merced del toro, da la impresión de haber arruinado una obra que apuntaba a ser redonda. Pero la impresión causada en la concurrencia fue contundente.

Chicuelo se mantiene en el ánimo de la capital

Manuel Jiménez Chicuelo terminó de entrar en el ánimo de la afición de la Ciudad de México un par de años antes, cuando materialmente bordó el toreo ante Lapicero de San Mateo allí mismo en El Toreo. En esta oportunidad, ya como cabeza del elenco de la temporada, se veía en la situación de tener que refrendar su calidad de figura ante la afición capitalina.

La ocasión se le presentó ante el tercero de la corrida Pergamino, que fue el toro de la corrida que salvó el honor de su divisa, lo aprovechó cumplidamente y le cortó las orejas y el rabo. Refiere Rafael Solana en su relación:

Seis lances dio Manolo a “Pergamino”, y en todos ellos el artista hizo alarde de bravura, de elegancia y dominio; remató enredándose el toro a la cintura. En los quites, el de la Alameda, lo mismo que su compañero el tapatío, se hicieron aplaudir fuerte… La faena de “Chicuelo” con “Pergamino” fue artística, pinturera, valiente: el toro no pasaba y Manolito toreó con la derecha, por bajo y por alto, siempre cerca, metido constantemente entre los pitones, en el terreno enemigo. Hubo una serie de medios pases graciosísimos que levantaron una oleada de aplausos y un afarolado que puso a la concurrencia de pie. Entró derecho el maestro y sepultó la mitad del acero en el mismo hoyo de las agujas, y como el toro tardara en doblar, “Chicuelo” descabelló al primer sopapo. La ovación fue enorme y se le concedieron al artista las dos orejas y el rabo de su noble enemigo. A petición del público, el toro fue paseado por el redondel, previa la aquiescencia del C. Regidor que presidía la corrida...

La descripción de la faena nos revela una arista distinta del toreo de Chicuelo, pues hace referencia a un torero que se mete en los terrenos del toro, más que hacer el toreo artístico con la muleta, todo con el afán de salir triunfante de esta corrida.

Reflexiones sobre Pepe Ortiz

El sesgo histórico de esta tarde deriva de que Pepe Ortiz realizó en ella por vez primera en un quite la orticina, reflejando con ella la profundidad de su creatividad con el capote en las manos. Escribe Robert Ryan:

La tauromaquia de Pepe Ortiz tiene extraordinaria vigencia porque restaura al moderno toreo de capa la olvidada riqueza del repertorio antiguo. En un momento histórico en que el arte de torear tomaba nuevos cauces de temple, estética y despaciosidad, Ortiz tomó en sus manos la capa de torear y, acorde con la nueva disciplina, se forjó una maestría de la tauromaquia de los siglos. Siendo un artista creativo, su hondo concepto de torería le impulsó a reencontrar, a redescubrir, las perdidas huellas del galleo, a explorar y revelar los pliegues más sutiles de la navarra, la tijerilla, la suerte de “Illo”, los recortes y las largas. Su arte recoge los matices de un espíritu sensible inmerso en la cultura de la capa, partiendo sus innovaciones de las aportaciones y el ejemplo de los clásicos…

A partir de esas bases es que creó distintas suertes con el capote, que le permitieron perpetuar su nombre y su obra en la historia del toreo. A propósito de la orticina, el propio torero refirió al licenciado Alberto Guzmán, quien firmando como Alberto Lázaro, dejó escrito en el semanario La Lidia:

La orticina está inspirada en “Chicuelo”, por su chicuelina – pero la chicuelina antigua, que es girando con el toro al compás de una verónica en redondo –. Se me hizo fácil hacer exactamente la suerte al revés, o sea haciendo una tijerilla redonda, girando con el toro en una vuelta completa… Esta suerte la intenté en mis horas de práctica, cuando hacía el toreo de salón. Cuando creí que era realizable, la hice con una vaca en la hacienda de Xajay y viendo que resultaba, y con la aprobación de don Eduardo Margeli (que Dios guarde), la hice en El Toreo durante la corrida que ya mencioné.

Toreros graves y toreros leves

Decía al principio que Verduguillo criticaba la temporada 1926 – 27 por no tener figuras de peso en su elenco y en sus reflexiones escritas y publicadas años después, sostenía sus argumentos señalando que el triunfador de la temporada había sido nada menos que Nicanor Villalta, quien a la vez ganó la Oreja de Oro. Esa reflexión me llevó a recordar un capítulo del libro La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo, de José Alameda, mismo que lleva por encabezado el que utilizo para esta sección. Entre otras cosas, Alameda expresa:

La literatura taurina, complacida en realzar a los toreros llamados "hondos", ha olvidado con frecuencia otra condición en cierto sentido más pura, la de los toreros que se elevan y pierden peso al torear… Entre los diversos matices del toreo de nuestro tiempo, puede distinguirse y establecerse un orden de niveles en que se sitúan los toreros, por su expresión y proyección. Unos, al ras; otros, ahondando, gravitando. Otros, hacia arriba, levitando. (La palabra “levitación”, no registrada por la Academia, lo está por otros diccionarios más abiertos, de más pronto eco, como procedente de un cierto uso real, del que puede derivarse el verbo levitar, parónimo de leve, y de levantarse.) … Toreros de gravitación y toreros de levitación. Toreros graves y toreros leves… De los primeros, está llena la literatura taurina, pragmática. De los segundos, ¿cuáles?, ¿quiénes? … Pongo tres ejemplos: un sevillano, Manuel Jiménez “Chicuelo”; un mexicano, Pepe Ortiz; otro sevillano, Pepe Luis Vázquez… Frente a la expresión ahondada del trianero Juan Belmonte, por ejemplo, del toledano Domingo Ortega (el de su primera época) o del mexicano Silverio Pérez, epígono de Ortega con personalidad propia, está el de Pepe Luis Vázquez, torero sin peso; está el de José Ortiz, que, al caminar con el toro, parecía despegarse del suelo, liberado de la arena… Pepe Ortiz fue un caso notabilísimo. Entre los toreros que han sabido andarle al toro, sólo él tuvo un acento distinto. Se le anda al toro, por lo común, para “poderle”: Ortiz lo hacía para “florearlo”. En México, “florear con la reata”, con la cuerda, es el juego que hace el jinete charro, convirtiendo la utilidad – lazo, aprehensión, caza – en adorno, ya sin causa. Era lo que Ortiz hacía en los quites, yendo y viniendo con el toro, en un juego de ala, complicado y fino a la vez, un barroco impalpable. De la “chicuelina” hizo un desliz. Inventó la "chicuelina andante". Tal como él la hacía era un paseo que se convertía en vuelo… Calificar a eso, simple y poco despectivamente, de “gracia torera” y pasarse de largo, como algunos quieren hacer… pone en entredicho a sus críticos superficiales…

Alameda nos deja claro aquí, que el poder con los toros no es ya solamente cuestión de profundidad o de hondura, que también se puede conseguir a través de la belleza e incluso, con la apariencia de lo que, algunos pretenden demeritar reduciéndolo a la mera expresión de un gracejo taurino. 

Esas son las reflexiones que nos deja, a la vuelta de casi un siglo, la creación de una suerte de capa que, la escuchamos en las reflexiones sobre el arte que se crea delante de los toros, pero la vemos muy de cuando en cuando delante de ellos. Quizás sea tiempo ya, de ir desempolvando ese amplio catálogo de suertes, para darle variedad y vistosidad a lo que sucede en el ruedo.

Hasta dentro de una semana.

Aviso parroquial: los resaltados en los textos de Verduguillo y José Alameda son obra imputable exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales.

lunes, 19 de enero de 2026

La redondez de una tarde de toros (III/y II)

Armillita y Pituso; Solórzano y Batanero; Manolete y Molinero. Toros de La Punta

El toreo de capa de Jesús Solórzano

Decía líneas arriba que al Rey del Temple la afición ya lo daba por liquidado y que poca o ninguna esperanza tenía en él al verlo anunciado en un cartel en la principal plaza del país. En el transcurso de su crónica, El Tío Carlos agradecía a Manolete por venir a despertar o sacudir la modorra de nuestros toreros, que estaban, amodorrados por no tener quien les disputara el sitio que ocupaban. Pues esta tarde Jesús Solórzano también salió a demostrar que no estaba en liquidación y que tenía los medios y las armas para hacer frente a cualquier torero con el que se le pusiera a alternar.

Declaró sus intenciones desde que se abrió de capa con Peregrino, el primero de su lote, con el que reiteró que era uno de los intérpretes más puros del toreo a la verónica en México; después, en su turno al quite en el primero de Manolete, volvió a manifestarse así. Pero su actuación brillante vino con el quinto del encierro, faena de cuyo inicio relata don Carlos Septién García:

Cuando Jesús Solórzano se irguió en el tercio y recibió a “Batanero”, quinto de la tarde; número 62, negro, con un lance lleno de pereza, la gente gritó de gusto. Pero cuando Jesús tendió los brazos nuevamente y sin mover un centímetro los pies, recibió nuevamente al toro y así dejó caer hasta 7 verónicas impregnadas de la heráldica belleza del Virrey de Mendoza, la gente saltaba, se abrazaba y un grito unánime salía de todas las bocas: ¡Viva Morelia! … Sí. Porque el capote de Jesús parecía una roja capa cardenalicia puesta a ondear al aire de la tierra, suspendida indolentemente de “los brazos de piedra” de aquella catedral moreliana... Ovacionaza. Ovación que no paró hasta que había terminado el primer tercio. Entonces Jesús fue obligado a salir y saludar a la enardecida multitud...

De gran magnitud debió ser ese inicio de la obra de El Rey del Temple, para que se le llamara a saludar desde el tercio en lo que se preparaban los banderilleros. La motivación para lucir con la muleta estaba puesta sobre la mesa. El conjunto de su actuación, lo resume en esta forma El-hombre-que-no-cree-en-nada:

Chucho Solórzano, el estupendo torero moreliano que entró a acompañar a los dos colosos de la torería contemporánea, no se dejó opacar por ninguno de sus alternantes. Próximo a retirarse, quiso, en medio de los genios que formaban la atracción del cartel, demostrar una vez más su potencialidad de torero grande, y queriendo que el público no olvidara la justificación del mote de “Rey del Temple” con el que se le ha conocido, toreó a su segundo enemigo en forma verdaderamente maravillosa. Ocho lances naturales sin moverse un milímetro del lugar donde colocó las plantas de los pies fue el prólogo al toreo de capa más brillantes que se haya visto en el transcurso de muchos años. Pero no se detuvo allí, y al tomar la muleta, decidido a superarse, también plasmó una faena de las grandes, de las que bastan por sí solas para demostrar que se es torero. Y como sus compañeros, se llevó a casa la oreja de su bravísimo enemigo…

El gran torero de Morelia demostró que tenía los arrestos para salir adelante en cualquier situación y que, a pesar de que pocas oportunidades se le ofrecían en los escenarios principales, seguía siendo una figura del toreo.

Manolete y Molinero

La reaparición de Manuel Rodríguez Sánchez en El Toreo era quizás uno de los eventos más esperados en esa temporada 1945 – 46, después de que su presentación se viera abruptamente concluida y de que la continuidad de sus actuaciones allí se suspendiera por el tiempo de su recuperación tras la cornada que recibió la tarde de su confirmación de alternativa.

La ilusión de la afición por verlo era tal, que la afición de la capital lo sacó al tercio a saludar, apenas terminado el paseíllo. Escribe Francisco Montes:

El entusiasmo desbordante tomó caracteres de apoteosis cuando aparecieron al frente de las cuadrillas Fermín Espinosa “Armillita”, de precioso terno azul celeste y oro; Jesús Solórzano, de marfil y bordados de metal preciado, y Manuel Rodríguez “Manolete”, de pizarra y el mismo metal. La ovación que principió con el paseo de cuadrillas no terminó sino hasta que las mulillas arrastraron al sexto de la tarde… Terminado el paseíllo, la multitud aclamó al diestro cordobés que reaparecía después de su grave cornada la tarde de su presentación en nuestro coso máximo, y también sus alternantes compartieron el mismo honor...

El primer toro de su lote fue Molinero, ante el cual el Monstruo de Córdoba salió a poner al corriente a la afición capitalina. Cuenta El Tío Carlos:

Manuel Rodríguez se armó de toda arma, irguió su personalísima figura, citó como se cita en los libros de estampas. El toro, cerrado en el tercio. El torero, imperioso e inmóvil. La muleta ondeando levemente en las duras manos... Dos muletazos altos, afinados y rectos como una aguja de catedral medieval. Un derechazo. Y luego, el portento: cuatro naturales jalando al toro, metiéndolo en la muleta, obligándolo a trazar el arco rotundo de los naturales, dejándoselo a la espalda en un alarde de imperio... Allí, con el toro ya agotado, vino lo más grandioso: tres pases naturales, obligando materialmente al aplomado a tomar la muleta, tirando de él firme y suavemente. Y cuando en el centro de las tres suertes el bicho casi se quedó de plano, Manuel Rodríguez no enmendó un ápice, ni huyó. Simplemente acentuó el trazo de la muleta, corrió el brazo con un mando enérgico e hizo girar al toro hechizado una y otra vez. Era aquello como dos naturales en uno... ¡Ah toreros!: cómo nos han robado durante años el último tiempo del pase natural; cómo ahora, después de Manuel Rodríguez, no será posible dar naturales a medias, inacabados; cómo se tendrá que torear en los tres tiempos del pase, y cómo nos fijaremos cada vez más en ese último tiempo que hoy se nos aparece como una revolución porque ustedes lo habían cercenado de la más bella de las suertes... Y con el toro desigualado, dejó una estocada casi entera, ligeramente delantera, a la que entró con verdadero ímpetu... La oreja, el rabo, la vuelta al ruedo, la salida a los medios...

Tras de la lidia de este tercero de la tarde, Manolete invitó a don Francisco Madrazo y a sus alternantes a dar una vuelta al ruedo acompañándolo. Alguna crónica refiere al respecto: En la arena había zapatillas de encopetadas damas, pieles, bastones y la sonrisa franca y ancha del ganadero...

La dimensión de los naturales de Armillita

En diversos pasajes de su crónica, El Tío Carlos se empeña en señalar que Armillita toreó por naturales cortos, trayendo yo al punto de la discusión una cuestión que casi tres lustros antes surgió cuando el Maestro realizó en Madrid su histórica faena al toro Centello de la Viuda de Aleas.

En aquella ocasión, los naturales que fueron el eje de su tarde tuvieron una característica: el torero echaba adelante la muleta, para enganchar al toro y trayéndolo toreado, realizar la suerte.

Relató Federico Morena, cronista del diario Heraldo de Madrid:

«Centello» tomó el engaño rectamente. Y la muleta pasó airosamente a la mano zurda. No era el noble bruto pronto a la arrancada. Y el torero supo aprovechar esta circunstancia para imprimir a la faena más relieve, mayor brillantez. Echó el artista la muleta atrás y adelantó el cuerpo arrogantemente. Pisaba el terreno de los valientes. Entonces la muleta avanzó despaciosa, sin dudas ni vacilaciones, hasta dar suavemente con los vuelillos en el hocico de la res. Y vino la arrancada: una arrancada templadísima. El espada tiró del toro, y se lo llevó al costado, y dobló la cintura sobre el pitón, y obligóle a trazar con el espinazo una curva considerable… ¿Es así como se torea al natural? La plaza crujió en un alarido de asombro. Y otra vez la muleta avanzaba, y prendía al bicho, y tiraba de él, dominadora, triunfante. ¡Y así hasta cinco veces! Cinco naturales perfectos…

Por su parte, Rafael Hernández y Ramírez de Alda firmando como Rafael, para el diario La Libertad, escribió:

Fueron primero cuatro pases naturales, adelantando la muleta hasta provocar la embestida del toro y llevándole toreado con un temple, un arte y una elegancia exquisitos, hacerle girar en torno de la figura, sin mover los pies, mandando con la muleta y ejecutando, en suma, el pase natural de manera tal que no se concibe nada más perfecto. Y después de esos cuatro naturales, aun lo repitió en dos pases más de la misma inimitable factura... Ante aquello, ¿qué importancia tenía lo demás? El público pidió la oreja estando todavía el toro vivo…

Y es que, en esos días, el toreo de muleta, sobre todo el natural, se hacía poniéndose a la distancia, citando al toro con un toque o con la voz y si era pronto, éste se arrancaba y así se hacía la suerte. Pero la forma que describen los cronistas que aplicó Armillita con Centello, al parecer se utilizaba con toros quedados, desde los días de Antonio Fuentes y que en esos días puso de moda Domingo Ortega, según narra Federico M. Alcázar en su crítica de la actuación del Maestro Fermín esa tarde, de la que extraigo:

Pero lo más interesante y ruidoso por los comentarios apasionados que está suscitando, es un recurso que está empleando Ortega con los toros quedados y que, a juzgar por los síntomas, van a seguirlo los demás toreros con todos los toros… El recurso a que me refiero es éste: cuando un toro está muy quedado y no embiste al cite natural se le sesga al pitón contrario, adelantándole las «bambas» de la muleta al hocico y enganchándolo… Este recurso, empleado con los toros prontos, a los que basta pisarles el terreno para que se arranquen, es una pamplina innecesaria y hasta una ventaja porque al toro bravo hay que dejarlo llegar, parar y aguantarle, que este es el valor supremo. Todo el mérito que tiene en los toros quedados de corta arrancada lo pierde con los bravos de arrancada larga y franca… El domingo empleó este recurso Armillita innecesariamente, pues era un toro bravísimo de los llamados de bandera para los toreros, que cuando le pisaban un poco el terreno se arrancaba veloz… La gente no reparó que el toro no necesitaba de este recurso para torearle reposadamente al natural. Y esto no es por restarle mérito a los cuatro pases naturales, que fueron colosales…

Esas y otras cosas, se las cuenta Alcázar en una carta abierta a Carlos Quirós Monosabio, quien aquí en México no se distinguió por reconocer los méritos de Armillita. Después de ser el pontifex maximus del gaonismo, no toleró que llegara un torero a ocupar el trono que el Califa de León dejó vacante con su retirada, y de esa manera, los amigos más o menos concuerdan en sus apreciaciones.

Y en esa línea de pensamiento me da la impresión de que así como con clarividencia unos años antes de ese 5 de junio de 1932, vio el toreo que estaba por venir, cuando describió la faena de Chicuelo a Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero en ese mismo ruedo y lo describió en su misma tribuna de El Imparcial, en esta oportunidad no supo percibir el golpe de timón que un torero mexicano daba a la forma de hacer el toreo y que implicaba ya no el esperar la arrancada del toro, sino provocarla y obligarla a ir en una determinada dirección. Es decir, era la pieza del rompecabezas que faltaba, para completar lo que el torero nacido en Triana en la calle Betis, pero criado en Sevilla en la Alameda de Hércules había iniciado más o menos un lustro antes.

El círculo se iba cerrando, lo que inició Gallito con el toro de Martínez aquél de la encerrona madrileña, lo prosiguió Chicuelo con Lapicero y Dentista aquí en México y después con Corchaíto en Madrid y lo remató debidamente Fermín el Sabio con Centello. Allí nacía el natural largo al que alude El Tío Carlos en su crónica y que representó en su día el fondo de una obra histórica y la continuidad de lo que Alameda ha llamado el hilo del toreo.

Por eso, cuando Armillita dio los naturales cortos, y toreó como Manolete, no estaba haciendo nada nuevo, sino que retornaba a unas formas que le eran ya conocidas y que, en alguna forma, habían dejado de ser comúnmente aceptadas, hasta esos tiempos otra vez. Por eso afirmaba al inicio, Fermín Espinosa era un torero capaz de cantar todos los palos. Y recurría al adecuado cuando era conveniente o necesario. Como en esta triunfal tarde de hace 80 años.

Aviso parroquial: los resaltados en los textos transcritos son imputables exclusivamente a este amanuense, por no obrar así en sus respectivos originales.

domingo, 18 de enero de 2026

La redondez de una tarde de toros (III/I)

Armillita y Pituso; Solórzano y Batanero; Manolete y Molinero. Toros de La Punta

La temporada 1945 – 46 en el Toreo de la Condesa giró en torno a la figura de Manolete, a quien se intentó traer a México desde el ciclo anterior, pero por el tiempo en el que se trató de negociar la reanudación de las relaciones taurinas hispano – mexicanas, eso ya no fue posible. Su presentación en nuestras plazas se arregló para el 9 de diciembre de 1945, fecha en la que confirmaría su alternativa, aunque ya el 25 de noviembre anterior, presenció la corrida en El Toreo desde un palco de contrabarrera, con la finalidad de conocer la plaza y de calibrar a la afición ante la cual se presentaría en un par de domingos más.

La tarde de esa confirmación de alternativa, el segundo toro de su lote, Cachorro, le infirió una cornada que le impidió terminar su actuación esa tarde, permitiéndole reaparecer hasta el 12 de enero siguiente en Irapuato, para actuar el día 16 en Monterrey y quedar listo para volver a la plaza de la colonia Condesa el miércoles 16 de enero siguiente, para alternar con Fermín Espinosa Armillita y Jesús Solórzano en la lidia de un encierro de La Punta. Era la 12ª corrida de esa temporada y primera del ciclo que se ofrecía a mitad de semana.

El contexto una tarde histórica

Esa tarde se presentaba cuesta arriba para el Maestro de Saltillo, quien a pesar de haber cortado una oreja el domingo anterior, salió junto con sus alternantes, entre el desagrado de la concurrencia, debido a que se acusaba a Tono Algara, el gerente de la empresa capitalina, de controlar el negocio de la reventa. En ese sentido, se pasó la factura a los diestros actuantes, por considerar que estaban en complicidad con la empresa. Además, la crónica especializada ya advertía que la torería nacional requería de un revulsivo que le hiciera salir de una zona de confort que le había creado la ausencia de competencia del otro lado del Atlántico por ya una década larga.

Por otra parte, la presencia de Jesús Solórzano en el cartel se advertía como una concesión amistosa de la empresa hacia sus parientes los ganaderos, porque desde hace tiempo ya la afición le consideraba liquidado y sin atractivo para engalanar carteles de fuste en temporadas de lustre, no obstante que El Rey del Temple tenía la onza y la capacidad para cambiarla en cualquier momento.

A quien la afición de la capital esperaba, quien quiera que fueran sus alternantes, era al Monstruo de Córdoba. Después de que poco más de un mes atrás apenas pudieran verle un toro y algunos lances más, esperaban verle ahora sí en plenitud. 

El encierro de La Punta

Creo que no es ocioso repetir aquí que los toros de La Punta eran de origen Parladé en pureza. Por esa razón fue que Manolete los prefirió en las corridas que toreó en México. Me llama la atención la diferencia con la que los cronistas de la época describen la catadura de la corrida que don Francisco y don José C. Madrazo enviaron a El Toreo, porque hay profundas divergencias en sus apreciaciones. Escribe en su columna de La Lidia, El-hombre-que-no-cree-en-nada:

Seis ejemplares de magnífica presentación, bravos, encastados, alegres, finísimos. Todo un señor encierro para tres toreros de verdad, quienes supieron sacar partido en todos los momentos, produciendo en el público esa impresión inolvidable que dejan quienes pueden hacerlo con la mayor amplitud, absoluto desahogo y el máximo de lucimiento...

Por su parte, el cronista de ese mismo semanario, firmando como Francisco Montes, refiere:

Brava corrida de La Punta. Los señores Madrazo enviaron para este magno acontecimiento una corrida bien presentada, de fina estampa y de bravura ejemplar salieron algunos de sus bureles...

Por su parte, don Carlos Septién García, firmando como El Tío Carlos en su crónica para el diario El Universal, califica al primero de joven, dice que el segundo estaba astillado, que el tercero era chico, y el cuarto brocho. En tanto que Heriberto Lanfranchi afirma que los toros fueron terciados, pero finos y bien armados. 

Así pues, hay pareceres en todos los sentidos. Lo que sí es trascendente es que cualquiera que haya sido su presencia, el juego que dieron en el ruedo tuvo transmisión hacia los tendidos y eso fue fundamental para el resultado del festejo.

La tarde triunfal de Armillita

El primero de la tarde fue nombrado Consentido, número 146 y con él, Armillita se mostraría como el torero poderoso y conocedor de la lidia que se había labrado un sitio como figura del toreo prácticamente desde su adolescencia. Relata Francisco Montes para La Lidia:

Dio principio a su faena con tres estatuarios pases ayudados por alto, llevó a “Consentido” a los medios y le ligó seis naturales plenos de maestría que hicieron trepidar la plaza desde sus cimientos, siguió con un pase de costado, tres derechazos imponentes, un molinete y un artístico cambio de muleta por la cara, volvió a torear con la izquierda y ligó dos naturales maravillosos que remató con artístico adorno por la cara; luego vinieron tres doblones con una rodilla en tierra, toreros y mandones; adornos por la cara para conseguir la igualada y dejar el acero en todo lo alto, rodando el burel sin puntilla. La ovación creció de tono y los gritos de ¡TORERO!, ¡TORERO!, ¡TORERO!, atronaron el espacio. Las orejas, el rabo y vueltas al anillo fueron el premio a la primera gran faena del Coloso del Norte en esta tarde...

En cuanto al uso del acero, hay también discrepancias en las narraciones, porque Rodolfo Guzmán, enviado del diario El Siglo de Torreón y El Tío Carlos, refieren que antes de la estocada, Armillita pinchó en lo alto. No obstante ello, la magnitud de la faena no fue emborronada por tal fallo con el acero. 

Este toro lo había brindado al licenciado Javier Rojo Gómez, Gobernador del Distrito Federal, quien el siguiente 16 de abril, pondria en vigencia un decreto que impedía la celebración de más de dos festejos taurinos a la semana en la Ciudad de México.

Pero aún faltaba el triunfo grande, la demostración de Fermín El Sabio, de que él podía cantar todos los palos. Y aunque luego nos queda la idea de que esa demostración la presentó el 15 de diciembre del año siguiente, la realidad es que fue este miércoles de hace 80 años cuando dejó establecido que no había forma de torear que él no pudiera dominar.

La manía de contar los naturales a Armillita

El cuarto de la corrida fue anunciado como Pituso y llevaba herrado el número 139. Este sería el toro con el cual Armillita dejaría en claro a propios y a extraños que el toreo no tenía secretos para él. 

Pituso no se prestó para muchas florituras en los dos primeros tercios de la lidia, pero con la muleta, Armillita daría una de sus lecciones magistrales. Así la describe El Tío Carlos:

Brindó “Armillita” al ganadero y marchó hacia el toro. Había expectación en el ámbito. Todavía estaban allí, firmes y palpitantes los naturales increíbles de Manuel Rodríguez al tercer toro. La multitud oscilaba entre el deseo y la duda. Pero algo se presentía... Fermín se situó en su tercio preferido, el de sombra y porra. Allí ejecutó dos pases altos. Y se echó la muleta a la izquierda para comenzar a escribir uno de los más clásicos, profundos y firmes párrafos de su nobilísima historia torera, si no es el que más... Fueron seis naturales portentosos y su remate también con la izquierda, recogiendo la muleta en forma de abanico; es decir, siete naturales. Dos de aquellos pases serán inolvidables por la inminencia del cite, la hondura del temple, la longitud del mando: dos pases modelo de naturales en corto... Vino un pase por alto, para reponer a “Pituso”... Y en seguida, exactamente en el mismo sitio donde negreaban las pisadas de toro y torero durante los primeros naturales, Fermín volvió a citar con la mano izquierda... Ahora fueron cuatro naturales prodigiosos por la precisión, el poderío y el terreno. Fueron rematados en la misma torerísima forma que los otros: con un pase natural recogiendo la muleta. Total, cinco... Y en el mismo sitio, confirmó el empeño. Fueron en esta última serie magnífica, tres naturales más – el tercero enormísimo –, con su remate. Es decir, cuatro... En total, Fermín había trazado 17 naturales. Y sobre la arena quedaba un círculo de escaso diámetro, dentro del cual las huellas atestiguaban el dominio y el engranaje, la ligazón, de aquel trasteo portentoso... Luego vinieron dos derechazos y uno de la firma ceñidísimo. Pero para esto, debemos advertir que el lado derecho del toro era difícil; y que sólo un torero como Fermín Espinosa pudo hacer a ese animal tan grandiosa faena basada en el único lado propicio: el izquierdo... Abaniqueó Fermín al toro para llevárselo hasta los medios. Entre paréntesis: este abaniqueo en el medio o al final de una faena, que ha sido censurado por algunos críticos, sirve precisamente para impedir que los peones entren a capotear sin ton ni son para mover al toro – como ocurre a los matadores adocenados –. El abaniqueo de Fermín, de Manolete, de Arruza, de Martín Vázquez, es un alarde de dominio de los toreros que no necesitan cirineos. Claro que hay casos en que se utiliza como modo de eludir una faena; y entonces debe ser censurado... En los medios Fermín se adornó en dos molinetes - el uno por delante y el otro por detrás -. Dobló para igualar y se tiró a matar recto, señalando un pinchazo. Volvió a citar al natural con insistencia sin obtener arrancada alguna más, y se tiró entonces al volapié enterrando el estoque hasta el puño y calando al animal...

En esta oportunidad no hubo conflictos de cuentas, como la tarde aquella de Nacarillo. Pero por lo visto, les gustaba hacerle números al Maestro.

Por su parte en su crónica aparecida en el semanario La Fiesta, Roque Armando Sosa Ferreyro, firmando como Don Tancredo, refiere:

Como primer espada y máximo triunfador, Armillita merece la atención de las primeras referencias y los más cumplidos elogios, pues ésta ha sido una de sus más grandes tardes, quizá la de mayor relieve en México por cuanto hizo gala de toda su maestría, de un valor sereno y positivo, de facultades portentosas, y además –y ojalá así sea siempre– de celo con el toro y con la gloria, dando a su toreo una emoción, una gallardía, una finura y elegancia que don Fermín Espinosa no acostumbra prodigar… A “Pituso” le hizo un trasteo inolvidable. El animal se ceñía por el lado derecho y Armillita lo lanceó muy bien por el izquierdo… De nuevo pidió los garapullos y encendió el entusiasmo, la emoción y la alegría con tres soberbios pares de banderillas… Y vino lo sensacional, lo extraordinario, la enorme, histórica faena: tras dos muletazos de tanteo, quince pases naturales en tres tandas… al estilo de Manolete, de perfil, acortando la distancia que lo separaba del toro con pasos menudos y flameando suavemente el engaño, que llevaron al frenesí a los aficionados, mientras se extendía por el ruedo una alfombra de sombreros y la ovación se hacía interminable. Y como remate, muletazos de adorno, medios pases por la cara, molinetes y cambios de muleta por la espalda. Echándose fuera atizó media estocada, y después una honda en todo lo alto. Ovación, oreja y rabo, música, el delirio. Tres vueltas al ruedo y dos salidas a los medios… ¿No decían que Armillita era un torero caduco, en plena decadencia? …

Concluyo esta primera parte, con lo que a propósito de la actuación de Armillita escribiera El-hombre-que-no-cree-en-nada, resumiendo el hacer del Maestro esa tarde:

“Armillita”, para con quien el público se encontraba de uñas por su apatía en muchas de sus últimas actuaciones, dio el desquite completo, cuajando dos faenones imborrables, plenos de torerismo, de sabiduría, de arte sin igual. Esos dos trasteos, compuestos de todos los pases imaginables, desde el verdadero natural que prodigó hasta el cansancio, enloqueciendo a la multitud, hasta el adorno pinturero y gallardo que vino a ser la pimienta de aquellos manjares maestramente confeccionados. ¿Cuántos pases naturales desgranó el maestrazo de Saltillo? Difícil es decirlo, pues la embriaguez en que se encontraba todo el público estoy seguro impidió poder contarlos, ¡BASTE DECIR QUE VIMOS FUE SENCILLAMENTE PRODIGIOSO! …

Y dada la extensión que van tomando estos apuntes, los concluiré el día de mañana.

Aviso parroquial: los resaltados en la transcripción de la crónica de El Tío Carlos son obra imputable exclusivamente a este amanuense, por no obrar así en su respectivo original.

Aldeanos