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domingo, 7 de diciembre de 2014

¿Unidad en la pluralidad diversa?

La pasada semana no pude pasar por esta Aldea debido a una cuestión familiar que me tuvo fuera de Aguascalientes y lejos del ordenador. Ahora pensaba escribir acerca de algún tema de lo que algunos llaman tiempos idos de esta fiesta, pero los sucesos ocurridos en la Facultad de Derecho de la Universidad San Pablo CEU de Madrid el pasado jueves 4 de diciembre, requieren que reflexione en unas líneas acerca de ellos.

Desde sus tiempos más remotos la Universidad representa un lugar en el que se reúne el conocimiento, la discusión y la transmisión de las ideas de una manera digamos, democrática. Todo ello implica necesariamente que en la Universidad todas las expresiones de la vida y del saber humano tienen cabida y todas las formas de pensar acerca de ellas también tienen lugar, siempre que se produzcan dentro de un ambiente de respeto. En otras palabras, en la Universidad se puede – y agregaría yo, se debe – disentir, pero respetando siempre a la persona y a la opinión de nuestro interlocutor.

En los algo más de seis años en los que he venido produciendo esta bitácora, he expresado aquí que en estos tiempos que corren, la fiesta de los toros es considerada por muchos como “políticamente incorrecta” y por otros es abiertamente aborrecida. Los primeros simplemente se saltan a la torera el tratamiento del subtema – Leonardo Páez dixit – y los segundos, por lo general, expresan su aborrecimiento de las maneras más ruidosas y agresivas que la mente humana puede concebir, se llaman a sí mismos antitaurinos o animalistas e intentan imponer por la fuerza su manera de pensar a todos los que no defienden sus mismas ideas.

Pues bien, un grupúsculo de esos antitaurinos o animalistas irrumpieron ese jueves 4 de diciembre en una de las aulas de la Facultad de Derecho de la Universidad San Pablo CEU de Madrid, con la finalidad de reventar una conferencia que la profesora Yolanda Fernández Cuesta impartiría acerca de la Simbología taurina hasta los albores del mundo antiguo. No contentos con intentar impedir a la profesora Fernández Cuesta el expresar sus ideas sobre el tema que había preparado, al exigírseles por los demás asistentes que abandonaran el aula, los antitaurinos o animalistas – escojan Ustedes cómo llamarles – agredieron físicamente cuando menos a dos personas, al médico Rafael Cabrera Bonet, quien intentó impedir el acceso de más de esos reventadores al aula y al aficionado Andrés de Miguel, a quien le provocaron una fractura en el húmero del brazo derecho.

La violencia física ejercida por esos animalistas resalta la gravedad de los hechos, pero a mi juicio no permite ver el fondo de la verdadera agresión que implica el conjunto de la actitud de ese grupo de individuos que atentaron también contra la Universidad como institución y contra su esencia, pues siendo esta el lugar en el que se debe producir un debate sustentado exclusivamente en las ideas, a falta de ellas, en ausencia de argumentos, los antitaurinos no tuvieron más recurso que el de apelar a la violencia física, lo que revela la verdadera estatura moral e intelectual del movimiento que dicen representar.


No voy a extenderme más en esta reflexión, solamente quiero expresar mi solidaridad a la Universidad San Pablo CEU de Madrid, a la profesora Yolanda Fernández Cuesta, al médico Rafael Cabrera Bonet y a Andrés de Miguel en este momento tan crítico y reiterarles que a pesar de lo sucedido, como académico y como universitario que soy, sigo convencido que la Universidad sigue implicando aquella vieja idea de la unidad en la pluralidad diversa, aunque hechos como los del pasado jueves, luego quieran hacernos pensar otra cosa.

domingo, 15 de junio de 2014

El traje nuevo del emperador

La pasada semana escribía aquí acerca de la aparente bipolaridad del público de Las Ventas. Después de haber dejado aquí las líneas que anteceden a éstas, tuve un feliz encuentro con un amigo con el que compartí lides peñistas y recordamos aconteceres de aquellos días. Entre lo que sacamos del cajón del olvido fue un tema que presentó titulado Los toreros elegantes y que despertó entre los reunidos en aquellos años – hará unos 15, quizás – una interesante discusión porque la elegancia en el toreo es una variable que se comenta poco y cuando se valora, tiene un sentido secundario y hasta peyorativo. 

Dice Alameda a propósito de Rodolfo Gaona y su traída y llevada elegancia:
Le llamaron en México “El Petronio del toreo” y con ello no le hicieron favor alguno, pues con ello se recalca lo más externo de su arte, la ya dicha y redicha elegancia… Algunos, por ensalzar a un torero, lo rebajan. Llamarle a Gaona “Petronio del toreo”, no es lo más, es lo menos que puede decirse de él… (El Hilo del Toreo, Págs. 151 – 152)
Alfonso Langle – es el nombre de mi amigo – me facilitó una copia del texto que leyó aquella noche de jueves y tras de leerla de nuevo, me encontré con la remembranza que hace Bebe Chico en sus Festivales de España acerca de la épica vivida por César Rincón con Bastonito de Baltasar Ibán hace veinte años, me pareció que ambos temas están vinculados de alguna manera con lo que hoy ocurre en lo que se da en considerar como la plaza de toros más importante del mundo.

Bebe Chico cita entre otras, la glosa que en su día hizo Andrés de Miguel para el desaparecido Diario 16 de Madrid y se lee lo que sigue:
«No hay más toreo que el toreo… el que se hace exponiendo generosamente la vida a cambio de ganar la vida del toro, después de someterlo a la voluntad dominadora del hombre… Alucinados, asistíamos a la ofrenda generosa de la vida del profeta que entregaba su vida al toro bravo arquetípico en los primeros derechazos de cada tanda, cargando la suerte y desviando el viaje del toro. El toro, bravísimo, no cesaba de pedir más, y puesto que más pedía, Rincón lo dominó en el toreo al natural… El rito pide la sangre del toro, pero éste sólo estaba dispuesto a entregarla a cambio de la del torero, y Rincón, generoso, le cambió la vida por la suya, que entregó al ara de los cuernos del toro bravo. Nunca había asistido a un momento tan fuerte, donde un torero de verdad estaba representando el rito del toreo con un toro mítico. Lo representó como debió ser el encuentro primero, a sangre y fuego…»
Ergo, lo que se hace con los engaños delante de un toro que no quepa dentro de los calificativos tan claramente descritos por Andrés de Miguel será cualquier cosa, menos toreo. En beneficio de la duda, lo calificaré como pegar pases o dar pases para no abandonar los terrenos de la tauromaquia y recurrir a la expresión textual de don Domingo Ortega, quien con acierto define así a la simulación del toreo.

Pero, ¿qué sucede cuando el dar pases se envuelve en un ropaje de elegancia? Pues que la belleza más o menos extravagante – elegante – del pegapasismo es capaz de deslumbrar y de engañar al espectador, haciendo posible que se le considere toreo y por añadidura, artístico.

Esa situación me recordó un cuento de Andersen, que me sirvió para titular esta entrada, en el que entre otras cosas, se narra lo que sigue:
«...montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche... Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados...»
Así sucede hoy en Madrid – desde mi particular perspectiva –, se hila en el vacío. Se aclama el pegado de pases envuelto en la vacía elegancia a la que en su día señaló José Alameda como un mero accidente y se ignora o se deja de reconocer el toreo que es llamado eterno y que ni siquiera requiere calificativos, como afortunadamente lo expresó hace dos décadas Andrés de Miguel. El traje nuevo del emperador es pues, ese pegapasismo envuelto en elegancia al que todo mundo aclama y en el que cree ver el toreo.

¿Será que la cátedra se ha vuelto cateta? ¿Será que en la Feria, el clavel es ahora el distintivo de los isidros? Pareciera ser así, porque la falta de respeto con la que se ha tratado a quienes han hecho el toreo y con la que se ha aclamado a toros que – voy a repetir – ocultaron su mansedumbre tras un velo de genio, no es propio de una afición que reclama para sí el estandarte de la primera del mundo.

Retomo el cuento de Andersen:
«Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél... ¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño... ¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño... ¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!... ¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero... Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: “Hay que aguantar hasta el fin”. Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola».
La comunicación de la fiesta, al igual que en la historia que cito pretende soslayar la oquedad de lo que hoy por hoy pasa en casi todos los ruedos y de acallar las voces que señalan esa ausencia del toreo en los festejos que se dan. Pero no hay mal que dure cien años y como en el cuento, seguramente irá creciendo el número de voces que se enteren de que eso que se quiere hacer pasar por toreo – con su envoltura de elegancia – es otra cosa bien distinta, que produce emociones auténticas.

Aclaración necesaria: Al tener casi concluido este mamotreto, me crucé en el éter con mi amigo Enrique Martín y al comentarle el título pensado me comentó que él ya lo había utilizado. Encontré la entrada que él publicó el viernes 2 de abril del año 2010 – y que pueden leer aquí –. Ya decidirán Ustedes si Enrique y servidor nos referimos a la misma ropita o si el emperador anda de estreno.
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