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domingo, 23 de septiembre de 2012

En el Centenario de José Alameda (IX)


Alameda antes de Alameda (VIII)

José Alameda y Luis Procuna
(Cª 1955)
En esta oportunidad daré un salto atrás en la línea de tiempo que llevaba y les presento la crónica que Carlos Fernández – Valdemoro publicó en el ejemplar número 89 de La Lidia, fechado el 4 de agosto de 1944 y relativo al festejo celebrado en El Toreo de la Condesa el domingo 30 de julio de 1944 en la que alternaron Ángel Isunza, Tacho Campos y Ricardo Balderas para lidiar novillos de Piedras Negras

En esa relación, el joven Alameda va a sostener su gusto por el hacer en el ruedo de Tacho Campos, llegando a defender incluso algunas cuestiones de ese hacer que quizás – y este es un parecer personal – él mismo censuraría en otro.

La crónica de la novillada a la que hago referencia, es la siguiente:

Tacho Campos, el torero del sí y el no 

Si apuramos mucho las cosas y las reducimos al extremo, quedan solo dos clases de toreros; lo que tiene recursos para dominar a los toros difíciles, pero a costa de no mostrar gran calidad frente a los fáciles; y los que llevan el arte a su máxima depuración cuando los toros embisten por derecho, a cambio de no saber cubrirse cuando ofrecen problemas. De estos últimos es Tacho Campos. Y se le advierte tan convencido de ello, que, cuando el toro no es franco, no intenta disimular su falta de recursos, confiando, sin duda, en que ha de bastarle con mostrar su arte extraordinario ante los toros nobles. Y por las trazas, no está equivocado.
El domingo anterior no quiso ver a su primer novillo, al que mató de una estocada contraria, tendida y atravesada, entrando con todas las agravantes.
Pero en quinto lugar salió un astado noble, que embestía por derecho y se dejaba torear. Y, con él, Tacho mostró su arte esplendoroso, hondo, firme, de altísima calidad. Este muchacho representa, como pocos, lo que podríamos llamar el torero del “SÍ” y el “NO”, el tipo de lidiador en el que no caben los términos medios. Tacho no sabe torear mal. Y eso le priva de paliar sus fracasos, pero, en cambio, le proporciona triunfos definitivos.
A ese quinto novillo lo lanceó a la verónica con un arte asombroso, echando la pierna adelante y el capote abajo, pero llevando la mano de afuera un poco más alta que la de adentro, para que así se desplegara y abriese suavemente el capote. Prendió al novillo en sus vuelos, y lo fue templando a la perfección. Es decir, fue graduando el mando, que en eso, y no simplemente en torear despacio, consiste el temple. Además, al llegar al último tiempo de cada lance, Tacho estiraba los brazos, para despegarse al enemigo y poder, así, atraérselo desahogadamente en el lance que seguía. En consecuencia, cada verónica era rica de desarrollo, y se advertían los tres tiempos, que el torero marcó ampliamente, toreando a la distancia justa, que – hay que repetir – no es la mínima. Porque cuando se torea a la mínima distancia, “embarrándose”, el toreo se alicorta, resulta lo que se llama torear “amarrado”, es decir, algo poco airoso, sin soltura, sin el ritmo que crea la verdadera belleza. 
Con la muleta, estuvo también extraordinario Tacho Campos. Citó al novillo de largo y en el tercio. Se arrancó dócil el astado, en recto viaje, y Tacho, con un levísimo, casi imperceptible movimiento de brazos, dibujó un fantástico pase ayudado por alto. Mantuvo la figura estatuaria, majestuosa y, cuando hubo consumado la suerte, ganó un paso hacia adelante y, en esa forma, unas veces quedándose quieto sin abrir los pies – que no es lo mismo que juntarlos en el viaje – y otras echando la pierna contraria hacia adelante, dio cuatro pases de la misma clase, con una serenidad, un aplomo y una reciedumbre que solo tienen los artistas como él, agraciados con el don divino del arte de torear, que, según reza un proverbio español, vino del cielo.
Tras del cuarto pase, tuvo Tacho un rasgo de torero inspirado. Cuando todos esperábamos un quinto pase por alto, Tacho dejó caer los brazos e hizo el remate por abajo, cambiando enteramente el ritmo, en sorprendente y airoso final.
Después, se puso la muleta en la zurda y citó para torear al natural. Pero no se acomodó. Ya le había sucedido eso en la tarde de su presentación, en la que hizo una gran faena, pero sin que apareciesen en ella sus pases naturales de otros años, en que el diestro estaba menos cuajado, pero dominaba esa suerte. Cuando Tacho vio que no se acomodaba de pie, echó mano de un hábil recurso: torear arrodillado. Con esto demostró que tiene picardía, porque el natural con una rodilla en tierra es más fácil. En realidad, equivale a torear con el compás completamente abierto, lo cual supone una ventaja, ya que el toro no pasa íntegramente por delante del diestro y, casi siempre, la suerte es por la cara. Pero, eso sí, Tacho lo hizo muy bien y ligó varios muletazos magníficos, sobre todo uno, que le resultó largo, templado, completo.
También toreó con la derecha, de pie y de rodillas. Y, al hacerlo de hinojos, le vimos algo extraordinario. Porque el último derechazo lo ligó a la perfección con uno de pecho, vaciando al toro con tanto arte como si estuviera toreando de pie. Es de lo mejor que hemos visto hacer a un torero rodilla en tierra. El arte tiene eso: que dignifica y da calidad inclusive a aquello que, en condiciones normales, no suele tenerla.
Para final, Tacho nos ofreció sus bellísimos medios pases, girando a favor del viaje del toro. Los hizo con la izquierda y con pausado ritmo, cuyo raro secreto monopoliza. Pero se confía tanto, que se deja prender con facilidad. Felizmente, no resultó herido.
Mató al noble astado de una estocada caída, sería más exacto decir una estocada baja, sin atenuantes. Verdaderamente, lo bueno que hace Tacho es de tal calidad, que no hay que buscar eufemismos caritativos para designar lo malo. Aquello basta, y, a veces, incluso sobra para neutralizarlo.
Tacho cortó la oreja. Pero – me parece conveniente insistir en esto – lo de menos fue el éxito. Lo decisivo fue la calidad del toreo de Tacho. Cortar una oreja la corta cualquiera y, muchas veces, se ha concedido este galardón a toreros sin arte. Lo que importa, pues, señalar es que Tacho torea con temple, con garbo, con aplomo, con señorío. Y, como el toreo es un arte – o debe serlo –, Tacho merece que se le cuide y aún que se le dispensen sus malas actuaciones, que mientras no madure serán muchas. Porque cuando llega la buena, nos compensa. Y toreros así, hacen falta siempre, para que la fiesta no se burocratice, no se quede simplemente en oficio, que equivaldría a quedarse en nada.
La vuelta al ruedo que dio el ganadero, debióse más que a ese novillo, al cuarto, que embistió desde largo y con mucha alegría. Le correspondió a Ángel Isunza, que venía de triunfar por América del Sur y que fue saludado por el público con una gran ovación. Isunza lo lanceó a la verónica, con los pies juntos y casi en los medios, terreno difícil de pisar y más de mantener cuando los toros no han sido aún castigados y tienen toda su fuerza. Aguantó muy bien Ángel las embestidas y toreó con los brazos, ceñido y alegre, entusiasmando al público. Animado por su éxito, lanceó después por chicuelinas y gaoneras, muy cerca del toro, con lucimiento indudable.
En el primer quite, toreó por chicuelinas antiguas y remató con espectacular larga afarolada. Estaba aprovechando las condiciones del novillo para lograr un éxito, y el tercio iba por el mejor camino. Pero después de la segunda vara, se armó lo que se llama un “herradero”. Y a partir de ahí, la lidia fue confusa, hasta que tocaron a banderillas.
Tomó Isunza los palos y, midiendo muy bien el terreno y aguantando las fuertes arrancadas del novillo, clavó tres pares al cuarteo, con mucha facilidad, con mucho dominio. Fueron tres pares muy lucidos, que valieron a Isunza una gran ovación, e hicieron caer sombreros a la arena.
Zenaido Espinosa había bregado muy bien durante todo el tercio. Pero el público, con notoria injusticia, le silbó, olvidando que para que el banderillero se luzca tiene el toro que estar en suerte y que esto no se logra más que con la intervención de un peón, necesaria en todo caso y plausible si es acertada, como la de Zenaido lo fue.
Con la muleta, Isunza, bravo y animoso, se pasó todo el toro por delante, en varios pases por alto y al natural. Pero el gentío, impresionado por la alegría del toro, empezó a encariñarse con él y a pedir que lo indultaran. Isunza, deseando complacer al público, se puso a preguntar a los tendidos si entraba o no a matar. Era obvio que no podía hacer más que entrar a matar, porque el público puede pedir el indulto de un astado, pero sólo la autoridad puede concederlo. En tales trámites, dejó pasar Isunza el momento oportuno de estoquear y, después, no lo encontró tan fácil como hubiera resultado a su debido tiempo. De un pinchazo, media delantera y un descabello, murió el astado, que recibió los honores de la vuelta al ruedo.
Con el primero, mucho menos cómodo, había estado Isunza muy valiente, haciendo una faena en la que hubo pases de indudable emoción, por los cuales fue ovacionado.
A Ricardo Balderas, que tan torero se había mostrado el domingo anterior contendiendo con dos novillos difíciles, volvió a tocarle el peor lote. Además, Ricardo parecía impresionado por algo extraño a la lidia misma. Acaso fuera el recuerdo de su tío Alberto, víctima precisamente de un toro de Piedras Negras, ganadería a la que pertenecieron los que se lidiaban el domingo. Así se le vio dudar en el sexto, que tenía muchas menos dificultades que aquél segundo novillo que tan magistralmente lidió en la corrida anterior.
Con el tercero, estuvo más sereno, más asentado. El toro comenzó embistiendo muy bien y Ricardo le dio tres verónicas superiores, una de ellas larga, torerísima, en la que el diestro, bien firme sobre la arena, echó los brazos abajo y templó muy bien la embestida. Fue su momento más brillante. Porque, después, el novillo perdió fuerza y alegría y, aunque Balderas lo toreó bien y tiró de él en varios pases naturales, la sosería del astado restaba emoción a la faena, para poner fin a la cual hubo Balderas de pinchar varias veces.
Como fin de fiesta, el doctor Roberto Urbiola regaló un novillo, al que dio varios pases naturales y de costadillo que le fueron cariñosamente aplaudidos. Demostró el señor Urbiola que es el médico que mejor torea y nos hizo suponer que será el torero que mejor cure. Pero, la verdad, hay que decidirse: o al vado o a la puente. Y, desde luego, nos permitimos aconsejarle que opte por la medicina.
En el segundo novillo, tras de haber marrado, agarró los altos Abraham Juárez “Limber” y picó a la perfección, sin taparle la salida al toro. Como yo le he reprochado muchas veces ese defecto, no quiero dejar de felicitarlo, ahora que no empañó con él sus excelentes dotes de buen picador de toros.

¿Incógnita despejada?

Tacho Campos
(Cortesía burladerodos.com)
Al presentar a Ustedes hace unos domingos la relación que el mismo José Alameda hacía de la novillada del 9 de julio anterior, planteaba que hacía referencia a la noción de la toreabilidad para justificar la mala actuación de Tacho Campos esa tarde. En esta crónica creo que sin formar un concepto concreto, presenta algunos elementos que permiten descubrir lo que para él representaba esa idea.

Del texto de lo transcrito entresaco las siguientes expresiones: ...cuando el toro no es franco, no intenta disimular su falta de recursos, confiando, sin duda, en que ha de bastarle con mostrar su arte extraordinario ante los toros nobles... De aquí deduzco que el toro toreable para el joven Alameda debería ser en primer término, franco y noble en su embestida; luego, agrega: ...en quinto lugar salió un astado noble, que embestía por derecho y se dejaba torear..., es decir, a la nobleza se debe sumar la rectitud en la embestida y que ésta no sea molesta, es decir, que el toro se deje torear. Una condicionante más sería la que se desprende de esta expresión: Se arrancó dócil el astado, en recto viaje..., la docilidad, a la que se habrá de sumar una cualidad más: ...al cuarto, que embistió desde largo y con mucha alegría..., la longitud en la arrancada y la alegría en ésta, cuestión que reitera al discutir la procedencia o no del indulto que se pedía para el cuarto del festejo: ...el gentío, impresionado por la alegría del toro... En suma: nobleza, franqueza, alegría, rectitud, claridad y comodidad en la embestida del toro es lo que deduzco de esos comentarios que podría tenerse como la idea de toreabilidad para Carlos Fernández – Valdemoro, el joven Alameda, según los conceptos expresados en esta relación de hechos.

Lo que me deja con algún grado de perplejidad, es el hecho de que la idea de toreabilidad expresada, tiende a presentarnos un toro ideal que exclusivamente facilite el lucimiento del torero. Y la verdad, es que creo que en esencia, esto no es así, puesto que el toro tiene un lugar fundamental en el desarrollo del rito de la lidia, no es solamente un instrumento para que el torero pueda consumar su triunfo.

A Tacho Campos y Ricardo Balderas ya los había presentado por aquí. Ángel Isunza resulta ser el nuevo en esta plaza y de él puedo decir que su trascendencia se produjo como empresario de festejos menores en una  plaza de su propiedad (El Cortijo de Ángel Isunza) y como integrador de un interesante museo taurino, que hoy, casi en su integridad, integra el acervo del Museo Taurino de la Ciudad de México. Nunca llegó a tomar la alternativa y de acuerdo con la información que he podido recabar, se retiró de la torería activa en 1946, tras de sufrir una fractura en la Plaza de Acho, de Lima saliendo de sobresaliente en una corrida en la que actuaron Luis Gómez Estudiante y Juan Belmonte Campoy.

Espero que esta exposición les haya resultado interesante.

Aclaración pertinente: Los resaltados en el texto de la crónica transcrita, son imputables únicamente a este amanuense.

domingo, 26 de agosto de 2012

En el Centenario de José Alameda (VIII)

Alameda antes de Alameda (VII)

Eduardo Liceaga, 1944
Foto: Luis Reynoso
La crónica que he seleccionado para esta ocasión tiene a mi juicio doble interés. Primero, porque procede de aquella primera etapa en la que el que pasaría a la posteridad como José Alameda, suscribía sus escritos como Carlos Fernández Valdemoro y en segundo término, porque relata la presentación ante la afición de la capital mexicana de un torero que hizo concebir grandes esperanzas a la afición de ambos lados del Atlántico y que perdiendo la vida en el ruedo, dejara truncadas las esperanzas propias y las de aquellos que vieron en él a un grande de los ruedos.

Me refiero a Eduardo Liceaga Maciel, hermano menor de David y de Mauro, ambos matadores de toros, aunque el último destacara más como hombre de plata. Eduardo Liceaga fue torero por una real vocación, porque en su familia, se esperaba y se deseaba que estudiara y siguiera los pasos de un distinguido familiar suyo, fundador del Hospital General de México, el doctor Eduardo Liceaga. Sin embargo, a este Eduardo le atrajo más la carrera de sus hermanos mayores y se decantó por ser torero y así, para el domingo 6 de agosto de 1944 fue acartelado con Nacho Pérez y Tacho Campos para lidiar un encierro tlaxcalteca de Rancho Seco.

La versión de esos hechos publicada por el joven Alameda en el número 90 del semanario La Lidia, que salió a la venta en la Ciudad de México el 11 de agosto de 1944 es la siguiente:

Presentación y triunfo de Eduardo Liceaga 
El aficionado que tiene cierta experiencia no lleva nunca demasiadas esperanzas en su camino hacia la plaza, cuando el cartel le ha advertido que serán de la vacada de Rancho Seco las reses destinadas a la lidia. Sin duda por eso, el domingo pasado nadie se llamó a engaño. Y, si bien es verdad que la insignificancia física y temperamental de algunos de los astados – de casi todos ellos, para ser más veraz – excedía los límites de cualquier resignación previa por parte del aficionado, no fueron objeto los torillos de Rancho Seco de la repulsa que ciertamente merecían. Acaso porque la lluvia, torrencial en ocasiones, contribuyó a disimular la escasez de fuerzas de los becerros de don Carlos Hernández. Más bien que de Rancho Seco parecían de rancho mojado y aún de rancho encogido por la mojadura. Pero, cuando sus manos se doblaban y daban con el belfo en la arena, el público creía que aquello era un accidente natural, producido por la humedad del ruedo, que se había convertido en resbaladizo limo. Y así fue como la lluvia, que perjudicó a los toreros, contribuyó en parte a ocultar y disimular la insuficiencia de los toros, que en otra tarde menos inclemente hubiera acarreado justas protestas, pues entonces nadie hubiera podido suponer que resbalaban en un rayo de sol. Sin embargo, cuando el sexto novillito se entregó al descanso, con descaro absoluto y olvido manifiesto de sus más elementales deberes de toro de lidia, el público cayó en la cuenta de que no había sido el exceso de humedad, sino el defecto de energías de toda índole lo que había motivado en los anteriores aquella propensión a hermanarse humildemente con la tierra. Destruida por tal evidencia la anterior suposición benévola, fue el crédito de la vacada el que sufrió el gran tumbo y el público salió de la plaza sin ganas de ver más novillos de Rancho Mojado, ni aún en día seco. 
Para dejar peor a aquellos becerros – que tan baldíamente intentó el ganadero que pasasen por novillos – se corrió en séptimo lugar un toro de San Diego de los Padres, fino, bien criado, bravo y noble, al que le pegaron implacablemente, en lo alto y en lo bajo ambos “Barana”, padre e hijo. Fue la presencia de este toro en el ruedo la peor humillación que pudo inferirse a aquellos becerros. 
Solo al esfuerzo de los toreros se debió lo que en la corrida hubo de lucido, de interesante para el aficionado. El valor y la decisión de Nacho Pérez – malherido por el cuarto –; la picardía, mezclada de buen arte, de Tacho Campos; y el valor, la habilidad y la comprensión del toreo de Eduardo Liceaga evitaron que la novillada se redujese en nuestra memoria a un largo bostezo bajo la lluvia. 
Emerge en el recuerdo – de entre las aguas grises y el gris desaliento – la figura adolescente de Eduardo Liceaga, un chiquillo moreno, mimbreño, que parece andaluz y que anda por el ruedo con una sencillez y una tranquilidad muy pocas veces vista en un principiante. Ane la habilidad con la que ejerce su profesión de torero, no pude por menos acordarme de aquél Fermín Espinosa, que hace quince años maravillaba, haciéndonos creer que le costaba menos trabajo andar por la plaza que por la calle.  
Creo innecesario advertir que en este recuerdo no va implícita ninguna profecía para Liceaga, pues la misión del cronista consiste en hablar de lo ya sucedido y no en adivinar lo que ha de suceder como algunos genios creen. Lo que yo quiero señalar es que la característica fundamental de Eduardo Liceaga es la facilidad. Se trata de un muchacho que entiende el toreo, que encuentra en todo momento el recurso que le permite salir airoso de un trance que apuraría a otros. Recordando mi crónica de hace ocho días, en la que definí a Tacho Campos como el “Torero del Sí y el No”, diré que Eduardo Liceaga es todo lo contrario. Es el torero que sabe que el “sí” y el “no” están implícitos en todas las cosas de la vida taurina y que esta es muy relativa. Plenamente convencido de que el toro, el público y el arte mismo tienen sus más y sus menos, Liceaga procura no perder nunca de vista el sube y baja de la marea de la lidia y no hay ola que lo agarre desprevenido. 
El público quedó sorprendido por la facilidad, el valor y el dominio de Eduardo y se le entregó desde el primer instante. Toreó el debutante muy bien con el capote a su primero, tanto por verónicas como por chicuelinas y escuchó una ovación clamorosa. Sin embargo, lo mejor que hizo en el primer tercio fue una verónica que dio al sexto y en la que, firme e inmóvil sobre sus plantas ligeramente abiertas, se pasó todo el novillo por delante, con temple y sabor, demostrando así que de su precocidad técnica no está excluida sistemáticamente la inspiración. 
Sus dos faenas de muleta fueron absolutamente adecuadas a las condiciones de los novillos. Y Eduardo se fue adaptando además, con intuición sorprendente a los cambios que sufrían durante ellas. Así lo vimos en el momento en que el tercero de la tarde, tras de varios muletazos de pecho, de la firma y de trinchera, se le quedó de pronto en el centro de la suerte. Eduardo no se desconcertó, sino que le dio un medio pase que se convirtió en molinete, dejando la cara del toro en el momento preciso, para salir en airoso paseo y regresar frente al enemigo sabiendo ya que había que contar con una embestida más corta. Lo mató además con mucha habilidad, porque también es fácil y seguro con la espada. Y dio dos vueltas al ruedo, en premio a su valor y a su maestría. 
Con el sexto estuvo aún mejor. Porque el toro tenía muy poca fuerza y había que tirar de él, había que consentirlo más que al otro: Eduardo se enteró muy bien de eso, porque – ya lo he dicho –, tiene una inteligencia torera muy despierta. Y como además cuenta con recursos técnicos para servirla, la breve faena que hizo fue absolutamente propia del caso. Como en su primero, le bastó con media estocada. Y el público volvió a mostrarle su complacencia obligándole de nuevo a dar la vuelta al ruedo.
El éxito de Liceaga no fue algo circunstancial, sino el resultado de una evidente capacidad para el ejercicio de su profesión. No es aventurado, por consiguiente, augurarle una rápida carrera. 
A Nacho Pérez, que tiene un corazón bien templado, lo persiguió la suerte, que le resultó adversa en todo. Pero él no se dejó vencer y se fue herido, pero no fracasado.
Le correspondió el mejor novillo de la tarde, el primero y Nacho lo toreó muy ceñido por verónicas y se adornó después, en el primer quite, con chicuelinas antiguas, airosas y reposadas. Ocioso es decir que se le ovacionó con entusiasmo.  
Pero, al mismo tiempo que la primera ovación, se desencadenó el aguacero. Fue tan violento que el ruedo quedó hecho un barrizal en pocos instantes. Nacho pudo decir, parodiando la frase histórica, que él no había venido a luchar contra los elementos; no lo hizo, sino que, por lo contrario, se puso a luchar, y entre el aguacero y sobre el barro muleteó al de Rancho Seco, dándole superiores pases por alto y en redondo. Lo mató de una estocada un poco trasera y otra en todo lo alto, entrando las dos veces por derecho. Y en esa forma venció a los elementos y al toro, y convenció al público que le tributó una ovación y le hizo saludar desde los medios. 
Con el cuarto se ciñó tanto al torearlo por verónicas a pies juntos, que en el tercer lance quedó prendido del pitón izquierdo. No se sabe si, en realidad, lo cogió el toro, o si se cogió él solo. ¡Tan cerca toreó! Se lo llevaron a la enfermería con una cornada en el muslo izquierdo. Triunfador contra la adversidad, Nacho cuenta con la simpatía de todo el público. Y la merece sobradamente por su animoso esfuerzo de pundonoroso. 
En cambio, Tacho Campos no ha oído hablar del pundonor. Y lo desconoce en absoluto. Él confía en su arte y nada más. Por eso, se limitó a quitarse de delante al segundo novillo, que le correspondía normalmente, y al cuarto, que mató en sustitución de Nacho Pérez. Y fue el quinto el elegido por Tacho para reivindicarse. Acaso lo hiciera por aquello de “que no hay quinto malo”. Pero como esa frase ya no tiene razón de ser desde que se instauró el sorteo y el ganadero dejó de enviar en quinto lugar el toro de mejor nota, resultó que ese novillo solo fue bueno a medias. Exactamente a medias, porque embestía bien por el lado izquierdo, y en cambio achuchaba en forma pavorosa por el derecho. 
Tacho Campos, que se entera muy bien de las cosas, le paró por el lado bueno y se defendió por el otro. Le anotamos en el primer tercio dos verónicas lentas y templadas, una de ellas con el raro señorío que Tacho imprime a su toreo en cuanto se confía. Pero ahí terminó la cosa. Con la muleta, logró magníficos pases de costado y por alto, manteniéndose siempre gallardo y reposado, como cumple a quien no hace concesiones al efectismo y torea bien o prefiere no torear de ninguna manera. Corrió varias veces la mano en pases naturales, pero el novillo que, aún embistiendo derecho por ese lado, lo hacía “reunido”, no le ayudó a lograr el ritmo impecable que caracteriza el arte de Tacho. Volvió éste a los pases por alto y logró algunos extraordinarios, seguidos de otros en los que giró en el mismo sentido del viaje del toro, con gracia y suavidad. El público le ovacionó durante la faena, pero los entusiasmos se enfriaron cuando Tacho, continuamente amenazado por el pitón derecho del novillo, que achuchaba cada vez más peligrosamente, se vio obligado a pinchar sin lucimiento.
En séptimo lugar se presentó José Ortega, a quien le echaron un toro fino, bravo y noble de San Diego de los Padres. El combate fue desigual, porque aquello era mucho toro para tan poco torero. Sin embargo, Ortega no perdió la serenidad y, como el astado embestía dócilmente, salió incólume del encuentro. Es un joven de prolongada figura, andares extravagantes y tranquilidad indiscutible. Acaso cuando practique pueda ser torero. Pero su presentación en la primera plaza de América nos pareció a todos un poco prematura. Por lo menos le faltan tres años de aprendizaje. 
¿Por qué insistirá Joaquín Guerra – que, por otra parte, lo está haciendo tan bien como empresario – en permitir estos apéndices a las novilladas? Realmente, no agregan a ellas ningún aliciente y, en cambio, les quitan seriedad.  

Eduardo Liceaga visto por Antonio Ximénez
La ilusión provocada en la afición y en la crónica por Eduardo Liceaga duraría dos años y unos días más. El torero murió en el Hospital Militar de Algeciras el 18 de agosto de 1946 tras de haber sido herido ese mismo día en la plaza gaditana de San Roque donde toreaba novillos de doña Concepción de la Concha y Sierra alternando con Julio Pérez Vito y Antonio Chaves Flores. El primero de la tarde, llamado Jaranero, número 93, de pelo cárdeno le hirió durante la faena de muleta, al intentar un pase de costadillo. El parte facultativo es el siguiente:

A las 21 horas de ayer ingresó en este Hospital el diestro Eduardo Liceaga, el que, según manifestaciones del mismo y de sus acompañantes, fue herido por un toro en la plaza de San Roque, donde fue curado de primera intención. El diestro sufre una herida de asta de toro en la región perineal, penetrante en pelvis que produce grandes destrozos, rotura de plexon, gran hemorragia y shock traumático de carácter gravísimo, falleciendo en el Hospital una hora después, sin salir de dicho shock, a consecuencia de las heridas sufridas.

Otra apreciación de Eduardo Liceaga por
Antonio Ximénez
Un reportaje sobre la herida y muerte de Eduardo Liceaga, lo pueden encontrar en el ABC de Sevilla del 20 de agosto de 1946, en esta ubicación.

Como pueden ver, el valor de la crónica es singular y vale la pena recordarla, sobre todo si consideramos que hace unos días se cumplió el sexagésimo sexto aniversario del óbito del torero mexicano.

Espero la encuentren de interés.

domingo, 29 de julio de 2012

En el Centenario de José Alameda (VII)

Alameda antes de Alameda (VI)

El Toreo de la Condesa, fotografía obra de
Margaret Bourke - White y archivada en LIFE - Google

La crónica firmada por Carlos Fernández Valdemoro respecto de los sucesos ocurridos en la novillada del domingo 9 de julio de 1944 en El Toreo de la Condesa exalta los valores de la tarde sobre lo valioso de lo sucedido en el ruedo. No obstante, aunque para quien años después y para la posteridad sería José Alameda, varios de los novillos de Santín que lidiaron en el turno ordinario Mario Sevilla, Nacho Pérez y Tacho Campos y el séptimo que a modo de fin de fiesta enfrentó el hidrocálido Roberto Gómez merecieron ser mejor aprovechados por sus matadores, también se preocupa por destacar los momentos importantes que cada uno de ellos tuvieron en su actuación de ese festejo, el que, de cualquier forma lamenta, se vio iluminado por el sol que faltó en alguno de los anteriores en los que a su juicio, hubo mayores hazañas que narrar.

La crónica en cuestión, aparecida en el en número 86 del semanario La Lidia, que salió a la circulación el viernes 14 de julio de 1944, es la siguiente:

El héroe fue el sol

Muchas veces hemos asistido en tardes grises a corridas luminosas y bajo cielos entoldados hemos tenido la suerte de contemplar faenas memorables. Pero el domingo pasado nos sucedió lo contrario. Había una luz sesgada, de iniciación de poniente, una luz de oro sutil, ligeramente rebajado, en la que las siluetas de los toreros parecían más airosas y más rico el bordado de sus trajes. Era como para iluminar lances definitivos, creaciones singulares. Y, sin embargo, no vimos nada de eso. En balde el oro fino del sol mexicano buscó por el ruedo como según cuenta la leyenda, buscaba Diógenes por el mundo. Este no encontró un hombre y aquél tuvo que ocultarse tras las montañas que rodean nuestro valle, sin haber conseguido alumbrar tampoco un momento de grandeza. No quiere decir esto que no hubiera en la corrida manifestaciones de arte y de valor. Pero indudablemente el conjunto hubiese estado más a tono con el gris de otras tardes que también por su parte hubieran merecido, mejor que la del domingo, aquella luz privilegiada que fue lo único en verdad bello que disfrutamos. 
Se lidiaron toros de Santín, la antigua y brava ganadería de la Casa Barbabosa, que tan nobles y encastados ejemplares ha enviado a “El Toreo” últimamente. El encierro del domingo fue desigual, y en él descollaron dos toros, primero y quinto, que embistieron por derecho y facilitaron el lucimiento de los diestros. Pero no fueron los más bravos, porque segundo, tercero y séptimo los superaron en su pelea con los caballos, recargando en todos los encuentros.  
Tanto al primero como al quinto se les aplaudió en el arrastre y también de salida, pues además de ser nobles, estuvieron muy bien presentados. En resumen, la vacada de Santín mantuvo, con la novillada del domingo, su alto y viejo prestigio. 
Actuó como primer espada Mario Sevilla, un torero que se presentó hace varios años en una novillada – concurso y que, habiendo resultado triunfador, merecía el premio de su inclusión en un cartel de categoría. La plaza de “El Toreo” es, en orden de importancia, el primer edificio de la tauromaquia americana, casi el palacio de la Monarquía de Tauro en este Continente, y, ya es sabido, las cosas de palacio van despacio. Consiguientemente, Mario Sevilla tuvo que armarse de paciencia e irse a torear a los Estados, hasta que, al cabo del tiempo, se han cumplido sus deseos. 
Comenzó muy bien Mario Sevilla, aguantando al primero de la tarde en verónicas a pies juntos, cerca de tablas y, luego, ganándole terreno al lancear con el compás abierto. Cuando remató con una rebolera escuchó la primera ovación. La segunda vino en el primer quite, que Mario hizo con tres verónicas de muy buena clase. 
La faena que realizó con ese novillo fue muy lucida. La comenzó cerca de tablas, con serenidad, y la continuó en el tercio, con lucimiento. El momento más feliz del trasteo fue en un pase de trinchera muy templado, en el que el artista llevó toreado a su enemigo, marcándole – a la vez suave e imperiosamente – un itinerario que dejó huellas en la arena y también en el público, al que indudablemente conmovió. 
Tras de aquél toreo sereno, vino el toreo espectacular cuando Mario, de hinojos, muleteó muy ceñido y acabó con un desplante. Tenía el éxito bien amarrado en los vuelos de su muleta, pero con la espada lo dejó escapar y en entusiasmo del público decayó. 
Al cuarto también comenzó a muletearlo muy bien. Le dio pases por bajo de gran eficacia, demostrando que conoce muy bien el toreo y sabe que los muletazos se dan para algo, que la lidia tiene un fin, un desemboque y que todo lo demás es camino hacia esa meta. Mario logró que el toro – antes un tanto incierto – se fijara en la muleta y comenzara a seguirla con nobleza. Una vez que hubo hecho esto, se puso a torear con la izquierda y con la derecha, logrando buenos pases a la manera de La Serna y sobre todo, uno de pecho con la zurda que fue lo mejor de la faena. El trasteo no resultó, sin embargo, totalmente ligado y parte del público comenzó a encariñarse con el toro, olvidando que el torero, al aguantarlo y castigarlo eficazmente en la primera parte de la faena, había contribuido no poco al mejoramiento de la res. 
Necesita Mario Sevilla una mayor familiaridad con este público del que indebidamente estuvo alejado. Merced a ella lograría dar cumplimiento a muchas cosas que ahora vislumbra y cuyo secreto no consigue atrapar definitivamente. Pero su propósito es noble, su estilo bien orientado. Y siempre son preferibles los que luchan en el camino hacia buenas metas, que los que alcanzan realizaciones plenas por rutas indebidas. 
Con Mario Sevilla alternaron Nacho Pérez y Tacho Campos, dos toreros de corte muy distinto, y a quienes la suerte trató también de manera muy diferente, porque a Nacho le correspondió el mejor toro y a Tacho los dos peores. 
Con el toro bueno, el quinto, Nacho alcanzó un triunfo en el primer tercio. Lo lanceó a la verónica con el más definido estilo silverista, parándole mucho y tomándolo al hilo y en el viaje, para ceñírselo bárbaramente y provocar el entusiasmo del público, que le ovacionó con delirio. 
En el primer quite ejecutó un lance parecido a la chicuelina, en el que giró en contra del viaje del toro, al mismo tiempo que pasaba el capote por sobre él. Realizó la suerte de tal manera cerca, apurando tanto los terrenos que al intentar repetirla, el astado lo prendió y lo lanzó a lo alto, dejándolo maltratado, aunque felizmente, no herido. Tuvo Nacho que retirarse entre barreras para reponerse de aquél vapuleo. 
Volvió para muletear al bravísimo novillo y lo hizo con brillantez, aunque no consiguió ligar su faena, sin duda por las condiciones de inferioridad en que había quedado después del percance sufrido en el primer tercio. Sin embargo, logró derechazos ceñidísimos, pases por alto estatuarios, algunos muletazos con la izquierda que el público celebró mucho y adornos tales como lasernistas, ayudados y un molinete ajustadísimo. Mató de una estocada contraria, que provocó derrame, y fue ovacionado al mismo tiempo que lo era el toro. 
Con su segundo, que tenía mal estilo, se limitó a un trasteo muy breve, que remató con un pinchazo y media desprendida. Antes, le había toreado de capa con éxito, particularmente en varias chicuelinas increíblemente ajustadas. 
Tacho Campos, el torero de excepcional calidad que en la corrida anterior nos maravilló con su gran arte, tuvo que contender con el peor lote. Ninguno de sus dos novillos se prestó al lucimiento del espada. Para haberlo logrado, hubiera tenido Tacho que hacer esfuerzos que no son propios de su temperamento, pues acostumbra tomar las cosas con calma. 
Con calma, con reposo de gran artista torea cuando se acomoda, y con calma y reposo espera también a que pasen las malas circunstancias. No fueron buenas las del domingo. Y a quienes admiramos el arte del joven lidiador, no nos queda más que aguardar su próxima actuación y pedirle al dios Tauro que a Tacho le toquen novillos toreables. 
Como fin de fiesta, el joven Roberto Gómez lidió un novillo bravo y noble, con el que demostró su inexperiencia y sangre fría. Es decir, demostró que puede ser torero, aunque para ello tenga todavía que ejercitarse largamente en el llamado arte de Cúchares, si bien lo que tiende a hacer Roberto Gómez es muy diferente a lo que, según la historia y la leyenda, hacía el señor Francisco Arjona – que así se llamaba Cúchares –. Era éste un lidiador muy avisado, que conocía todas las triquiñuelas del oficio y que, merced a ellas, esquivaba todos sus riesgos. En cambio, el incipiente Roberto Gómez se limita a quedarse quieto, con valor estoico, pero no sabe defenderse de su enemigo. Gracias a que el séptimo de los lidiados el domingo fue de una nobleza ejemplar, salió el torero incólume de su aventura. Pero como es valiente y mató con fortuna, se lo llevaron en hombros. 
La ovación de la tarde fue para Pancho Lora “Pericás”, que clavó al cuarto novillo dos superiores pares de banderillas.
Una incógnita sin despejar

José Alameda, Cª 1940
Me llama la atención un concepto que expresa el joven Alameda al referirse a la actuación de Tacho Campos, cuando pide que le toquen novillos toreables. Hoy en día vuelve a estar en boga esa noción de la toreabilidad. Es una pena que del conjunto de las ideas expresadas por el escritor no se pueda deducir lo que él entiende por esa idea, hogaño tan interesadamente manoseada, así que solamente dejo aquí el apunte y espero que en algún texto futuro, sea el propio Alameda quien despeje la incógnita que nos plantea.

Dramatis personae

De Tacho Campos y de Nacho Pérez ya les había hecho relación en otro apartado de esta serie de remembranzas. Mario Sevilla por su parte, recibió la alternativa en Arles, el 21 de septiembre de 1947, de manos de Antonio Velázquez y llevando como testigo a Antonio Toscano, el toro de la ceremonia fue Lagartero de Yonnet; la confirmó en la Plaza México el 27 de abril de 1952, de manos de Paco Ortiz, con el toro Cubanito de Piedras Negras. El testigo fue Morenito de Talavera Chico, aunque pretendió que su actuación del 21 de marzo de 1950 en el mismo ruedo, para la película The Brave Bulls (Robert Rossen, 1950), se considerara como tal, pues actuó con El Soldado y Paco Rodríguez en la lidia de ganado de Santa Marta. Destacó en el mundo del cine, donde participó en alrededor de 85 películas como actor y fue autor de varios guiones y obras de teatro. Roberto Gómez por su parte, tuvo una breve y fulgurante carrera novilleril, más nunca llegó a tomar la alternativa.

Aclaración necesaria: El subrayado en la crónica de Alameda, es obra imputable solamente a este amanuense.

domingo, 20 de mayo de 2012

En el Centenario de José Alameda (IV)

Alameda antes de Alameda (III) 

José Alameda (Cª 1970)
La novillada celebrada en El Toreo de la Condesa el domingo 2 de julio de 1944 reunió a un encierro de Zotoluca y a los novilleros Pepe Luis Vázquez, Gonzalo Castro Soldado II y Tacho Campos. La relación que hace del festejo José Alameda, en el número 85 del semanario La Lidia, del 7 de julio de ese mismo año, firmando aún como Carlos Fernández Valdemoro, se centra en el análisis de la posibilidad o imposibilidad y en la efectividad o inefectividad de la imitación del estilo de un torero por otro. 

Hace una inteligente defensa de la tauromaquia esgrimida por Tacho Campos en ese festejo, la que al final, resulta ser lo que conocemos como toreo puro y duro… el toreo de siempre, el que hoy se afirma que es una especie de alucinación de un grupo de inadaptados que pide entre otras cosas, que se cite con la pierna de salida adelante. Pero allí lo describe el Alameda joven, y de paso, aprovecha su tribuna para poner en su sitio a aquellos que hablan y escriben de oídas, sin entrar al análisis de la esencia de lo que hacen los que actúan en el ruedo. 

Aquí la crónica en cuestión:  
Un torero: Tacho Campos
Este Tacho Campos, que el domingo pasado triunfó en “El Toreo”, es un lidiador corto, de esos que cuando pierden en extensión lo ganan en profundidad. A mí me satisfizo mucho su éxito, porque me parece un buen síntoma. Tantas veces hemos visto aplaudir y celebrar con entusiasmo el toreo mixtificado, que al ver emocionarse al público ante algo de indudable calidad, nos sentimos reconfortados. A algunos, a quienes dicen lo que oyen – y a quienes lo escriben, que es peor – les ha dado por afirmar que Tacho Campos imita a Garza. Para decir eso se necesita saber una palabra de la cuestión. Porque un torero puede imitar a otro en los andares, en las sonrisas, en los gestos y hasta en la preferencia por determinadas suertes. Inclusive, apurando mucho las cosas, en la manera de colocarse para ejecutarlas. Pero en la ejecución misma no es posible. Porque cuando el toro se arranca, se hace lo que se puede y basta. Y hay quienes no pueden. Entonces, de nada valen los propósitos deliberados y de muy poco lo aprendido en sesiones de entrenamiento. Cuando el toro se le viene a uno encima, es imposible encontrar componenda con un estilo deseado, ya sea positivo o imaginario. Entonces, le sale a uno el estilo propio, si lo tiene; y si no, la falta de estilo. Y quien piense otra cosa es que no ha toreado nunca.
Tacho Campos toreó el domingo, parando, templando y mandando. Y en eso coincidió con Garza, como Garza coincidió con Belmonte. Dicen que imita a Lorenzo. Pues si así es, ojalá vengan muchos a imitarle, en lugar de entregarse al toreo de chicuelinas, tijerillas, riverinas, orticinas, lasernistas, molinetes y demás manifestaciones patológicas del contorsionismo imperante.
Ojalá todos imiten a Garza toreando con sobriedad, con las plantas firmes sobre la arena y el cuerpo derecho, sin la joroba que se les antoja imprescindible a quienes para obligar al toro a que derrote bajo empiezan por agacharse ellos. Y, sobre todo, vengan muchos imitadores de Garza como Tacho Campos, capaces de ese prodigioso aguante. ¡Qué vengan muchos a imitarle y ya verán ustedes cuántos quedan! Los mismos que quedaron cuando se desencadenó la racha de imitadores de Belmonte: ni uno. No. Es muy fácil decir lo primero que se le viene a uno a la cabeza. Pero las cosas deben pensarse. Y hay que tener mucho cuidado de no perjudicar a un torero bueno con una apreciación ligera, cuando, en cambio, se conceden, marchamos entusiastas a la primera medianía a quien le pita la flauta por casualidad. Porque, en años anteriores, nos inventaron dos o tres fenómenos que ahora andan por ahí viviendo tristemente de las esperanzas engañosas que les hicieron concebir. Pero llega Tacho, que torea con un arte de los que nos se comunican, ni se reciben, porque esas cosas no se le hacen a un toro más que por inspiración propia, y resulta que ¡se parece a Garza! Señores míos: también “Gitanillo de Triana” se parecía a Belmonte. Lo que pasa es que no es lo mismo coincidir con Belmonte – como le pasaba a “Gitanillo” – que imitarle – como hacía Carpio –. Puestos a aceptar el parangón con Garza, yo me atrevo a decir que Tacho no es su Carpio, y que, en cambio, si repite lo hecho el domingo, podrá ser su “Gitanillo”. Una coincidencia al sentir el arte no es imitación, porque el sentimiento no se imita. Y Tacho, como Garza, como Belmonte, como cuantos han sabido del secreto del temple, torea con sentimiento.
Una falta tiene Tacho Campos: su poca fibra. No es un torero que pelea, que se crece ante la adversidad, ni que siente la noble apetencia de redondear un éxito. Y sería lástima que por eso no llegara tan alto como debe. Me hace abrigar esos temores, la frialdad con que Tacho Campos se desentendió de todo el sexto toro, limitándose a quitárselo de delante.
Sería lástima, porque torea con una pureza extraordinaria y con un sello propio que estriba en el fino acento que sabe dar a sus muletazos, un matiz que no han sorprendido quienes lo tachan de imitador de Garza, porque Lorenzo fue toda reciedumbre y en Tacho Campos priva la finura. Esa cualidad suya culminó en los tres medios pases que dio a favor del viaje del toro, en la última parte de su faena. Giró en ellos con gran suavidad y los ligó de modo que, más que tres lances, fueron uno solo. Yo me pregunto: ¿A quién imitó entonces? ¡Cómo no fuese a Tacho Campos!
Antes había muleteado muy bien, en derechazos que conmovieron hasta lo más hondo al público; en pases de costado ceñidísimos, al intentar uno de los cuales, fue cogido sin consecuencias, y en muletazos de pecho echando la pierna contraria adelante y sacando la muleta por la cola, en los que como no imitase a Belmonte, no acierto yo a penetrar a quien imitara.
Le dieron la oreja. Muy merecida. Yo me temo que no vaya a cortar muchas, porque no me parece valiente, Pero la que corte, la merecerá; porque tiene un arte puro. Y sólo quienes lo poseen cuentan en el corazón de los que aman la fiesta no como un ejercicio burocrático, sino como un sacrificio lleno de hondas emociones.
Pepe Luis Vázquez, sin mantenerse a la altura que en tardes anteriores, pues le tocó el peor lote, tuvo, no obstante, una lucida actuación y confirmó que es un torero muy enterado, muy hecho, que tiene recursos para superar las dificultades que presentan los toros. Y los que tuvo que lidiar el domingo las presentaban.
El primero se quedaba en el centro de la suerte por el lado izquierdo, y Pepe Luis lo muleteó cerca de tablas, recogiéndolo por bajo, para llevárselo después a los medios. Allí le sacó muletazos por alto y derechazos que entusiasmaron. Había sembrado y recogió. Es decir, había metido al toro en el engaño durante la primera parte de la faena y por eso pudo lucirse en la última. Con el cuarto no pudo hacer más que desesperarse, porque el novillo no tenía fuerza alguna y se caía en cuanto Pepe Luis trataba de pasárselo por delante.
A los dos los mató muy bien, porque además de valor tiene facilidad y buen estilo con la espada. El público, que le ha celebrado tanto con su toreo, parece no haber parado mientes en sus condiciones de estoqueador, que, a mi juicio, son las más relevantes que posee. Los buenos estoqueadores son ahora tan escasos, que bien merece la pena animar a quien, como Pepe Luis, se da tan buena maña en ese trance supremo de la lidia.
Pepe Luis fue justamente ovacionado después de matar a sus dos novillos, lo mismo que en varios magníficos pares de banderillas y en un quite por gaoneras, y, frente a enemigos poco cómodos, supo mantener en alto su ya envidiable cartel.
“El Soldado II” comenzó medianamente y acabó bien. A su primero le dudó al torearlo y lo mató de media contraria. Pero, en cambio, en el quinto de la tarde hizo cosas de mucho sabor. Porque Gonzalo Castro es un torero raro, que junto a la huida sin consideración, pone el muletazo cumplido y hondo, el adorno gallardo y feliz.
A ese quinto novillo le hizo un trasteo desligado, pero lleno de momentos interesantes. Le dio varios pases por alto, de costado y de pecho, con una pureza de línea, con una quietud y una fuerza expresiva poco comunes. La faena culminó cuando, tras de pasarse la muleta de una mano a la otra, en limpio giro ante la cara del toro, enlazó el adorno con un largo muletazo de pecho, dado con la mano zurda. Hizo después otro limpio cambio y sumó a él dos molinetes seguidos, en los que desplegó vistosamente la muleta para que girase en torno a su cintura. Estas cosas gustan mucho al público y cuando de una contraria, tiró Gonzalo al de Zotoluca, escuchó una ovación cerrada, dio la vuelta al ruedo y salió a los medios a saludar.
Necesita Gonzalo Castro una cura de confianza, es decir, necesita que lo cuiden, para que recobre la fe en él mismo, que perdió en el grave percance sufrido el año anterior. Porque en cuanto a estilo, el que apunta es muy digno de tenerse en cuenta.
A uno de los toros de Zotoluca – el tercero – se le dio la vuelta al ruedo, aunque fue un toro que hizo una lidia rara, pues comenzó achuchando por el pitón derecho y acabó haciéndolo por el izquierdo. Había peleado muy bien con los caballos, como pelearon los que tuvieron fuerzas para ello, porque, en cuanto a presentación, el encierro fue desigual, ya que hubo toros de muy buen trapío y otros flacos y sin energías.
El público aplaudió con justificado entusiasmo al gran peón Manuel Gómez Blanco “Yucateco”, quien se lució con el capote y con las banderillas. En cambio, pretendió chillarle a Juan Aguirre “Conejo Chico”, cuando picaba al toro tercero en todo lo alto. Menos mal que vino la sana reacción y acabó en ovación lo que había comenzado en rechifla inoportuna. Digo que menos mal, porque si se continúa protestando a los buenos picadores, terminará por desaparecer la suerte de varas, sin la cual las corridas de toros no son posibles, aunque no se les haya ocurrido pensarlo a los partidarios del toreo de “vueltecitas”. También agarró los altos en una ocasión, con su gran estilo de varilarguero, Guadalupe Rodríguez “El Güero Guadalupe”, cuyo éxito sería más frecuente si su voluntad estuviera a la altura de su arte.

Tacho Campos (Foto cortesía
Burladerodos)
Tacho Campos se presentó en Las Ventas en Madrid el 26 de junio de 1945, alternando con Machaquito, Manolo Navarro y Manuel Jiménez Chicuelín en la lidia de novillos de Claudio Moura. Recibió la alternativa en Aguascalientes, en la Plaza de Toros San Marcos el 17 de abril de 1949, de manos de Andrés Blando y llevando como testigo al nombrado Chicuelín, con toros de Hermanos Ramírez.

Renunciaría a esa alternativa, pues el 10 de diciembre de 1950 volvió a actuar como novillero en la Plaza México. Falleció el 10 de julio de 2008 en la Ciudad de México.

Gonzalo Castro Soldado II, hermano de Luis no llegó a recibir la alternativa.

domingo, 26 de febrero de 2012

En el centenario de José Alameda (II)


Alameda antes de Alameda (I)

José Alameda (Cª 1980)
José Alameda cubrió la temporada de novilladas de 1944 para el semanario mexicano La Lidia y en el mismo, fueron las únicas colaboraciones periódicas suyas que he podido localizar. Las firmó utilizando su nombre civil, abreviado, es decir, como Carlos Fernández – Valdemoro, al igual que ese ensayo titulado Disposición a la Muerte, que al final del mismo calendario vería la luz en la revista literaria El Hijo Pródigo, dirigida por Xavier Villaurrutia.

La que hoy les presento, es la del festejo que inauguró la temporada en El Toreo el domingo 11 de junio de 1944. Novillos de La Laguna para un ya veterano Julián Pastor, Nacho Pérez y Arturo Fregoso. Salió publicada en el número 82 de La Lidia, el viernes 16 de junio de 1944 y se tituló La primera novillada, haciendo alusión a que se trataba del festejo inaugural de la serie y en ella, Alameda exhibe ya un estilo didáctico y por lo mismo diáfano, que permite aún a casi siete décadas de distancia, percibir la realidad de lo sucedido en la tarde que nos relata. Aquí el cuerpo de la narración:

Un nuevo piloto. El viaje a España de Tono Algara dejó al frente de la empresa “Espectáculos El Toreo” S.A. a don Joaquín Guerra. Y las circunstancias le obligaron a entrar en funciones antes de lo que él esperaba. Este hombre, a despecho de su apellido, tan actual por cierto, es fundamentalmente pacífico. Yo siempre lo he visto con la sonrisa en los labios. Pero no hay que fiarse de las circunstancias. Porque no es Joaquín Guerra de los que retroceden ante los problemas. Muy por lo contrario, los ataca siempre de frente y logra mancornarlos, reducirlos y vencerlos. Lo que pasa es que lo hace sin violencia, como esos lidiadores finos que para poder con el toro no necesitan descomponerse. Ahí está la prueba. No hubo obras en la plaza de “El Toreo” y urgía pues, reanudar en ella las actividades. El tiempo se venía encima. Pero Joaquín Guerra no lo dejó pasar, sino que le salió al encuentro y estampó en los muros de la Capital su primer cartel. Lo hizo más pronto de lo que muchos esperaban. Y, aunque para ello hubo de afrontar dificultades, no perdió su eterna sonrisa de hombre simpático, de hombre que para vencer empieza por convencer. Vaya desde aquí nuestra sincera felicitación al amigo en quien tanto valen el gesto cordial como las decisiones prontas.
El animoso Julián Pastor. A la cabeza de ese primer cartel organizado por el gerente accidental, figuraba Julián Pastor, un torero cuya experiencia profesional le permite encontrar siempre recursos para resolver, por uno u otro procedimiento, las dificultades que en la lidia surgen.
Lances a la verónica de gran valentía y chicuelinas ceñidísimas con las que se lució en el primer tercio del toro que abrió plaza, lo hicieron desde luego entrar por el camino del éxito. Y en él supo mantenerse por el transcurso de la corrida.
Diligente y sin titubeos, como corresponde a su experiencia, muleteó a ese primer novillo, que achuchaba por el lado derecho. Y aunque, a causa de ello, estuvo dos veces en peligro, no se descompuso. E inclusive logró pases lucidos, entre los cuales destacaron algunos derechazos y un lasernista sobremanera ceñido.
Cuando terminó con el astado de una contraria ligeramente trasera y media tendida, se le tributó una calurosa ovación, cuyo tono rebajó él mismo al aventurarse a dar una vuelta al ruedo.
Comportándose siempre como lidiador avisado, se apresuró a lancear al cuarto, antes de que éste pudiera desarrollar las tendencias poco tranquilizadoras que no tardó en descubrir. Lo hizo con verónicas a pies juntos, pegándose hábilmente a los costillares. Y así logró esquivar las dificultades que el toro presentaba. “Avería” se llamaba el novillo y a punto estuvo de causarle una “ídem” a Julián Pastor durante la faena de muleta, pues se quedaba en el centro de la suerte, bajo el engaño. Y además, ya avanzada la faena, comenzó a gazapear, sin que por ello se privase de algunas arrancadas imprevistas, en una de las cuales estuvo a punto de llevarse por delante al diestro. Fue el novillo más difícil del encierro. Pero Julián no perdió la serenidad y tras de doblarlo por bajo, con valentía y conocimiento de causa, lo mató de una estocada desprendida. Y tornó a ser ovacionado.
Al margen de las depuraciones de estilo, que no van con su temperamento, es Julián Pastor un torero consciente, seguro y valeroso, cualidades que justifican la simpatía que despierta en el público.
El afortunado Nacho Pérez. En Nacho Pérez creímos advertir notables progresos. Así lo estimó también el público, que siguió con interés toda su actuación. Cierto es que le cupo en suerte el mejor lote. Pero también es verdad que supo sacarle partido.
Con el segundo de la tarde ejecutó algunos magníficos pases de costado, que dieron emoción a la faena ya desde su fase inicial. Además se enteró muy bien de lo que era el toro. Y, advirtiendo su franca embestida por el lado izquierdo, pasóse la muleta a la zurda y así ligó varios pases que se le jalearon. Los hizo con limpieza y seguridad. Pero yo me atrevería a aconsejarle que no echase la espada por delante para ayudarse con ella y que se cruzase más con el toro, para no hacer la suerte lo que se llama “al hilo”, sino más enfrentado con su enemigo. Esto, desde luego, entraña mayores dificultades, pero también dota a las suertes de más emoción y autenticidad. Los que sí ejecutó muy bien fueron los ayudados por alto, algunos de ellos magníficos de aguante, temple y valor, a los que agregó otros de costadillo igualmente meritorios. Todo lo cual compuso una faena variada, interesante y emotiva, que entusiasmó al gentío. Y cuando Nacho le dio fin con un pinchazo hondo, media un tanto contraria y un descabello a la primera, fue obligado a dar la vuelta al ruedo.
Con el quinto estuvo igualmente bien. Hubo en su faena algunos derechazos que provocaron entusiasmo y pases por alto de tan buena calidad como los que ejecutó en el toro anterior. Algunos muletazos giratorios – de especie fronteriza, entre lasernistas y molinetes – le resultaron magníficos por lo precisos y ceñidos. Entre los aplausos con que se premiaba su faena, surgió una voz que, refiriéndose al terno de Nacho, un vestido verde y oro, propiedad de Silverio, gritó: “¡Ese traje me lo pongo yo!” Aquella voz aludía a la influencia de Silverio, atribuida al traje, pero que a Nacho le llega por más profundos caminos, pues la lleva en la sangre. Es una influencia muy ostensible, y donde más se notó fue en un quite por chicuelinas a su primer toro. Un quite “silverista” puro. Y como tal, ovacionado.
El impasible Fregoso. Arturo Fregoso es un torero muy sereno. Acaso demasiado. Porque la tranquilidad en un lidiador vale mucho, pero cuando se extrema, se convierte fácilmente en frialdad.
Sólo en una ocasión se le encendió la sangre. Fue cuando su primer toro, al que había dado tres apretadísimas chicuelinas, lo prendió por una pierna y lo hizo salir por la cola, en limpia voltereta. Se levantó entonces y fuése al toro a cuerpo limpio para desafiarlo, pegándole con la mano en el testuz. Tras de lo cual volvió a ejecutar chicuelinas como las anteriores.
Pero luego volvió a enfriarse. Y muleteó sin inquietud, pero sin brío al novillo, que tenía una tendencia poco grata a derrotar alto. Y la verdad es que Fregoso no se asustaba de los derrotes, pero tampoco se encorajinaba como hubiera sido necesario para buscarle al toro una pelea eficaz.
En el sexto, apunto algún buen lance a la verónica e hizo un quite por faroles verdaderamente magnífico. Fueron faroles como aquellos con los que sorprendió y entusiasmó el año pasado. Tan templados y rítmicos, que logró transformar esa suerte de mero adorno en algo positivamente emocionante.
Esperábamos que siguiese igual de torero con la muleta. Pero cuando iba a iniciar su faena, saltó al ruedo un espontáneo que entre carrera y carrera, logró un buen pase de rodillas y otro de pecho. Cuando se retiró y mientras el público estaba distraído pidiendo que no lo encarcelasen, comenzó a muletear Fregoso, que naturalmente encontró al toro en el estado de incertidumbre a que da siempre lugar el barullo ocasionado por los espontáneos. Sin embargo, poco a poco Arturo se fue acomodando con el novillo y aunque hizo un trasteo desligado, logró pases de muy buena calidad, especialmente los que ejecutó por alto en la parte final del trasteo. Pero estuvo muy desafortunado con la espada, como lo había estado en el toro anterior. Y el público comenzó a invadir el ruedo. Esto dificultó enormemente la labor del diestro, al que la autoridad tocó los dos avisos, sin tener en cuenta que el tiempo no puede computarse lo mismo cuando un torero lidia en condiciones normales que cuando lo hace impedido por una verdadera invasión popular de la arena.
De los toros y de la manera de castigarlos. De La Laguna vino un encierro parejo y terciado. Flojos en su pele con los caballos, los novillos fueron, sin embargo, dóciles para los toreros, si se exceptúan el tercero y el cuarto, cuyos defectos puntualicé más arriba. El que reveló más casta y empuje fue el sexto, que se creció al pegarle muy fuerte “Limber”, ese eficaz varilarguero que suele picar contra todas las reglas del arte, tapándole la salida al toro al irse con el caballo hacia las afueras. ¿Sería inoportuno señalarle que la salida que debe tomarse es precisamente la contraria? Porque no basta con pegarle al toro. Hay que pegarle como es debido.

Julián Pastor había debutado en El Toreo el 6 de junio de 1927, fue compañero de quinta de Fermín Espinosa Armillita, Alberto Balderas, Heriberto García, José González Carnicerito, Esteban García y José El Negro Muñoz entre otros; Nacho Pérez - hermano del Faraón Silverio - hizo lo propio el 31 de agosto de 1941 y algunos de sus compañeros de generación fueron Luis Procuna, Félix Guzmán, Pepe Luis Vázquez - mexicano -, Carlos Vera Cañitas y Manuel Gutiérrez Espartero, en tanto que Arturo Fregoso lo había hecho el 30 de mayo del año anterior, siendo parte de un grupo integrado entre otros por Antonio Toscano, Paco Rodríguez, Félix Briones y Tacho Campos. De la terna, solamente regresaría a El Toreo en esta temporada Nacho Pérez y al final de sus carreras, ninguno de los tres recibiría la alternativa.
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