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miércoles, 30 de diciembre de 2020

Hasta pronto don Gus

Don Gus de Alba
Hoy por la mañana se nos ha ido por delante el inefable don Gustavo Arturo de Alba Mora, conocido universalmente como don Gus. Tras de un paso interesante por las veredas de la producción cinematográfica, regresó a su tierra natal y se dedicó al periodismo, arrancando al inicio de la década de los 90 una revista que inicialmente se llamó Crisol y posteriormente por alguna cuestión legal se transformó en Crisol Plural. Fue una publicación que intentó fundir el análisis político de calidad, con otros contenidos de tipo académico y tendré que decirlo, lúdico, porque siempre en las páginas de Crisol hubo un espacio para la tauromaquia.

Andados unos cinco años de la publicación, don Gus me invitó a publicar mis pareceres con relación a la fiesta en las páginas de su revista. Me aceptaba artículos y después me pidió que le hiciera la crónica de los festejos novilleriles que se daban en la Plaza de Toros San Marcos. Este último aspecto me era bastante cómodo, porque como no había que salir al día siguiente del festejo, daba tiempo para meditar y componer adecuadamente la relación de lo sucedido en él.

Crisol apareció en papel hasta el año de 2004. Después se mudó al formato digital permaneciendo así hasta el año 2016, cuando por problemas de salud de don Gus, el sitio de Crisol Plural, como el dedicado exclusivamente a temas de cine, tuvieron que cerrar, aunque ambos reabrieron un año después y se mantienen en Crisol Hoy y Cineforever.

En el año 2004, tuve la oportunidad de compartir con don Gus, el maestro Julio Téllez y el licenciado Alejandro Bernal Rubalcava la recopilación y organización de textos para el libro que el Gobierno del Estado de Aguascalientes editó en honor de Alfonso Ramírez Calesero. En esas maratonianas jornadas don Gus ponía el ingrediente del conocimiento local de la época dorada del Poeta del Toreo y he de ser honesto, fue corrector de estilo de muchos de los textos que al final se presentaron, pues tenía una innata habilidad para ello.

El capítulo que se echó a cuestas para esa obra se titula Con estos ojos…, haciendo alusión a una expresión que con frecuencia externaba don Arturo Muñoz La Chicha. En él hace un repaso a la rivalidad que en los tendidos y en la sociedad generaron Calesero y Rafael Rodríguez. Era un tiempo en el que en Aguascalientes todo el mundo se conocía. Allí nos cuenta:

Mi padre era aficionado de sombra. Lo fue, en los años cincuenta, cuando me empezó a llevar a los cuatro o cinco años, por lo menos a una corrida de feria cada abril. Años en que la pasión hervía en los tendidos y había una especie de lucha de clases en la plaza, resuelta de forma sumaria y enfática, con un maniqueísmo determinante: los de sombra o sea los curros, los apretados eran del partido caleserista, mientras del otro lado, los del tendido cálido respondían al embrujo del atropellamiento valiente y eruptivo de Rafaelillo

Hoy cuando han pasado más de cuarenta y tantos años y me apresto a presentar un trabajo en la Peña, que desde hace más de un año venía posponiendo aunque no por ello dejaba de articularlo, tratando de encontrar un acercamiento a lo que pretendí llamar desde un primer momento: Con estos ojos que se han de comer los gusanos…, en referencia al siempre recordado e inolvidable compañero de tertulias taurinas don Arturo Muñoz La Chicha y con el cual intentaba explicar mi tránsito por los tendidos o como quizás Gustavo Flaubert lo hubiera dicho: La educación sentimental de un aficionado, se agolpan en mi cerebro las reminiscencias de mis primeros pasos en la afición taurómaca, los cuales seguramente no fueron muy dispares, a los de otros niños de cinco años, a los que en una primera reacción, quizás inducida por la propia madre, se horrorizan al contemplar los borbotones de sangre que emergen del lomo del toro después de ser picado, y para apaciguar su llanto o por lo menos el susto, los sollozos buscan ser disipados ofreciéndole al escuincle un vaso de refresco o un dulce como tranquilizante.

Una tortura efectivamente, de la cual muchos logramos sobrevivir, en virtud de que una razón u otra regresamos a la plaza, quizás primero porque resultaba muy divertido corretear por el graderío, antes de que iniciara la corrida o se llenara el tendido de la San Marcos, o simplemente porque era un día de fiesta, en el cual nuestros padres nos sacaban de nuestra rutina diaria, ya rota con la compra de unos zapatos nuevos o alguna prenda de vestir, como era menester hacerlo al llegar el 25 de abril, durante la feria en Aguascalientes.  

Después venía el paseíllo y la cosa se animaba con el público, sobre todo con el de los pelafustanes de sol, quienes tímidamente daban sus primeros lances de tanteo, con gritos cordiales que buscaban incitar a los alternantes a dar la tarde de su vida o si estaba Calesero no faltaba el famoso grito del popular aficionado La Ampolla: A ver si ahora sí, mi Calesa. Y entonces el paladín de los curros esbozaba una ligera sonrisa, como para darle esperanzas al respetable, la cual solía irse desdibujando con la muerte del primero de sus enemigos, en que el matador al dirigirse al callejón, voltear al tendido y replicar a la silbatina con su característico gesto de la mano derecha en que, en forma de rehilete, trataba de decirnos que lo esperáramos para el siguiente. Y entonces desaparecía de plano la sonrisa al doblar el segundo de su lote. Y vuelta a resonar el grito de La Ampolla: ¿Y ahora cuándo? Para que el torero volviera a responder: A la próxima, lo cual significaba el siguiente año. . .   Anécdota que quizás todos los aficionados a los toros en Aguascalientes hemos escuchado alguna vez y que tiene algo de verdad, pero también mucho de mítica, si no como explicarnos entonces que por más de 18 años en que coincidieron en los ruedos Calesero y Rafael, el mundo de los toreros, en la tierra de la gente buena, girara en torno de estos dioses del Olimpo taurino, mientras el de los toros era dominado por La Punta.

Pueblo chico. . .

Ser aficionado en Aguascalientes, en esos años significaba ser Caleserita o Rafaelista, y cuidado con que alguien quisiera salirse por la tangente manifestando una improbable neutralidad, o algo peor, que buscara quedar bien con Dios y el Diablo. Era un mundo de etiquetas: si uno iba a sombra asumía un aire de suficiencia y arrogancia elitista, para sobrellevar las rechiflas y los lanzamientos de anilina y de agua de riñón de los desarrapados de sol, orgullosos trabajadores del riel, en su mayoría y cuyo campeón no era otro que El Volcán, orgullosamente salido de un hogar humilde, con una infancia colmada de estrechez económica, pero que al arriesgar la vida, como muy pocos lo han hecho enfrente de los pitones de un toro, pudo llenarse las bolsas de dinero. (Algo que resulta inalcanzable para la mayoría de los toreros de ahora, en que la tacañería y ceguera de los empresarios los lleva a regatearles los duros a los toreros, aunque estos estuvieran dispuestos a partirse el alma, como lo hacía en sus tardes de gloria Rafaelillo).

Por su parte, Calesero se comportaba con donaire y altivez, haciendo sentir a su paso que era un torero de los pies a la cabeza, tanto en el ruedo como fuera de la plaza, pues si bien su padre don Justo Ramírez Sánchez, aficionado de prosapia, no era el hombre más rico del pueblo, si tuvo la suficiente holgura económica, como para en alguna ocasión ser empresa para que su chaval pudiera torear en un festival o algunas novilladas, antes de dar el estirón definitivo que lo llevaría a encumbrarse, merced a su genial destreza con el capote, en El Poeta del Toreo. Amén que algo le ha de haber servido, el hecho de que su hermano Jesús fuera el empresario de la San Marcos, durante muchas temporadas, para que toreara por lo menos una de las corridas de Feria, cada año.

Claro que la altanería, o por lo menos los aires de prosapia de que hacía gala Calesero, tenían su complemento con quienes formaban la parte más visible de sus correligionarios, principalmente en las barreras de sombra, en que en esos años era fácil identificar a los reconocibles: don Enrique Castaingts, con su característico puro, teniendo, regularmente de compañeros a don Julio y don Benito Díaz Torre, don Anselmo López, don Manuel Ávila, don Emilio Berlie, claro está que todos con sus respectivas esposas, a las cuales pido disculpas de no mencionarlas por su nombre, para no caer en la descortesía de olvidarme de alguna de ellas. También batían palmas por las gestas de Calesero don Antonio Garza Elizondo; Rodolfo El Ronco González, a quién recuerdo invitándonos, la noche del 13 de febrero de 1966,  a seguir la sobremesa de la fiesta de homenaje al Poeta en su aristocrática casa que tenía por los rumbos del Jardín de San Marcos, una vez que don Juan Andrea (otro Caleserista) cerró las puertas del local de los Rotarios, en Jardines de la Asunción, donde se había servido una suculenta cena, para más de 150 comensales, después de la apoteósica despedida en la San Marcos del torero del Barrio de Triana. En este recuento no podía faltar en las filas del arte el siempre célebre Abogao Jesús Ramírez Gámez, Carmelita Madrazo, don Humberto Elizondo Garza, el Dr. Alfonso Pérez Romo, el Lic. Alejandro Mora Barba, el Dr. David Reynoso Jiménez, Jorge Durán Valadez, Leopoldo y Rubén Ramírez Cervantes, el Lic. Jesús Antonio de la Torre García, don Salvador Hernández Duque, Humberto Morales El Catrín, Carlos Macías Peña, Alberto El Negro Santacruz, Humberto Martínez de León y del gremio de los ganaderos, tengo la impresión que eran del bando de los curros don Lucas González Rubio, don Miguel Dosamantes Rul, don Celestino Rangel Aguilar, mejor conocido por El Tato al cual me lo llegó a presentar mi padre en los corrales de la plaza en donde estaba una corrida de Garabato y, como siempre que había festejo, solía ir a ver los toros antes del sorteo. Tendría entonces yo unos cinco o seis años y siempre me quedó la sensación de que era un gigantón, con un timbre de voz algo fuerte, cuyo tono, sin llegar necesariamente a provocar temor, obligaba a prestarle atención, aunado a que siempre traía fajada al cinto a Doña Genoveva, como denominaba al enorme pistolón que siempre lo acompañaba, al igual que su enorme e infaltable puro. Otro ganadero que expresaba su simpatía por El Calesa era don José C. Lomelí, de Corlomé

Podría tratar de seguir enumerando a otras distinguidas personalidades, pero temo que podría llegar a convertirse en un catálogo de quién era quién en Aguascalientes en esos años y a lo mejor corro el riesgo de etiquetar como caleserista a personas que militaban dignamente en el bando de los rafaelistas como fue el caso de Jorge López Yáñez, Ramón Morales, los hermanos Jaime y Juan José Macías, el Dr. Antonio Ramírez, Bernardo Herrera, Chito Ponce, el Dr. Oscar Hernández Duque y su sobrina Martha, los cuales aunque asiduos asistentes de sombra, nos demuestran que esa partición caprichosa de los dos bandos divididos por la localidad, es antes que nada una simplificación de una pasión que desbordaba los límites arbitrarios de clase social. Aunque para terminar con este apartado quiero dejar apuntado que mientras se vio natural que Calesero se casara con doña Alicia Ibarra Mora, miembro prominente de una familia reconocida en la localidad, en tanto la unión de Rafael con doña María Teresa Arellano Madrazo, recibió algunas críticas de esa sociedad, que sin tener vela o justificación para opinar fruncieron el ceño y cuestionaran dicha unión, que en rigor era un asunto de dos; pero ya sabemos que pueblo chico, infierno grande...

¿Lucha de clases?

No había que ir muy lejos para encontrar de manera inmediata, con esos antecedentes y sin necesidad de tener brochazos de marxológo, la comparación fácil de una lucha de clases que se dirimía, año tras año, durante la Feria de San Marcos, en el ruedo del centenario coso de la calle de Democracia: ricos versus pobres, curros versus descamisados, los de sombra frente a los de sol.  

Sin embargo, creo que esa rivalidad va más allá de la lucha de clases o quizás mejor dicho la trasciende, con algo más importante y que con el paso de los años se ha perdido en la afición aguascalentense: la emoción, el interés profundo por la fiesta y que esta fuera cosa atractiva, aun para los no aficionados. Aquellos que no iban a la plaza solían acercarse, con genuina atención, a los conciliábulos de taurinos, que se formaban, ya fuera en la legendaria Bolería Calesero, en el Parián, o los cafés de la época, para preguntar como habían estado el Calesa y el Volcán, aun cuando no fuera tiempo de feria. Los toros eran tema de cuidado general y vital para los aguascalentenses. 

En la década de los ochenta pudo haberse dado una rivalidad semejante, pero ya sea por miopía de los empresarios o porque eran ya otros tiempos, simple y llanamente, los Armillita y los Sánchez, nunca pudieron llegar a la cima de ser símbolos o paladines de un enfrentamiento épico, cuyas hazañas en el ruedo, repercutieran más allá de las puertas de la Monumental o el ceñido mundo de los toros, para volverse personajes emblemáticos que representaran a sectores amplios de la población.  

No puedo asegurar que Calesero y Rafaelillo dividieran, hasta el encono, a las familias, pero si me consta que en mi casa mi padre defendía a capa y espada su predilección por la exquisitez taurina del oriundo del Barrio de Triana, frente a la forma atrabancada de encimarse en los toros de Rafael, al tiempo que mi hermano mayor, Manuel, intentaba convencerlo de la profundidad y valía del Volcán, sobre todo después de que su franela se viera influida por don Fermín Espinosa Armillita, al grado de que algunos aficionados de aquellos años están dispuestos a sostener que hubo dos Rafaeles, uno de los primeros años en que era todo ímpetu, enjundia y valentía, mientras que a partir de 1954 o 55, había emergido otro, el cual hacía el toreo más reposado y con mayor sentido de las formas clásicas. Discusión que en el momento era bizantina, tanto en mi hogar, como en las tertulias de la ciudad, porque como ya lo he señalado antes, ambos toreros se tornaron para aquí arquetipos, modelos y como tales había que aceptarlos o desecharlos. Se era y quizás aún hoy día en Aguascalientes se es Caleserista o Rafaelista, antes que otra cosa, como aficionado a los toros.    

Posdata o Toro de Regalo

Tenía yo doce años cuando un 24 de abril, debido a un compromiso de última hora que le salió a mi padre, cuando estábamos al filo del mediodía, en las instalaciones de la Exposición Ganadera, durante la Feria, me dice que no va a poder ir a la corrida de ese día, pero que consideraba que ya estaba lo suficientemente grande para ir yo solo a los toros. Me entregó tres boletos de sombra, para que regresara dos en las taquillas y el otro lo usará para entrar, procurando sentarme, más o menos en los lugares de costumbre, a la mitad del tendido de sombra, cerca de donde se pone el Juez de Plaza en la San Marcos, porque allí habría gente conocida por si algo se me ofrecía y lejos de los malditillos de sol. Sin embargo uno era joven y hete aquí que me entra la ambición y por lo pronto en lugar de ir a buscar a don Julián Rodríguez para devolverle los boletos, me arriesgué a venderlos en la reventa. Resulta que me encuentro a unas personas que necesitaban tres y que traían un boleto de sol, por lo que me ofrecen el trueque, dándome a ganar lo de uno de sombra, que en aquellos años valían $40.00 pesos y los de sol $20.00 o sea que me dieron $120.00 y la entrada de sol. Feliz estuve en la corrida disfrutando de las habilidades de Carlos Arruza El Ciclón con su toreo a caballo, a Luis Procuna en una de sus tardes desafortunadas, mientras que Calesero cortaba la oreja de su primero y Gabriel España cumplía con el compromiso de salirle a un bravo encierro de La Punta. Claro que durante el festejo tuve buen cuidado de esquivar las bombas, o mejor dicho los calcetinazos de anilina, al igual que los baños de cerveza de segunda, para que no me fuera a descubrir mi papá al llegar a la casa; pero en cuanto abrí la puerta del hogar, ya estaba mi progenitor con una cara de pocos amigos, solicitándome explicaciones, porque nuestro vecino Pancho Muñoz, le había ya dado la reseña de la corrida, agregando el comentario de que me había visto en el tendido de sol. Así fue que descubrí que había un pueblo que nos vigilaba.  

No tiene caso detallar el regaño de santo y señor mío que se me echó, por cometer el desacato de arriesgarme a ir a sol, donde se corrían enormes peligros con los pelafustanes que allí asistían. De nada me valió que regresara con la ropa impecable de limpia, no había excusa y por lo tanto el día siguiente se me castigaba negándoseme la ida a la corrida. Y claro que mi osadía tuvo un enorme peso histórico, porque resulta que ese 25 de abril toreaban mis favoritos Calesero y Luis Procuna, junto con Rafael Rodríguez

Creo que a estas alturas del relato ustedes ya adivinaron que fue la tarde de la apoteósica faena a Poeta de San Mateo y así me convertí en uno de los pocos aficionados que se perdieron de contemplar dicha hazaña, entre más de doce mil aficionados que sí pudieron hacerlo. Sí, ya sé que el aforo de la San Marcos, es sólo de cuatro mil espectadores, pero con el paso del tiempo han sido tantos los que me han contado que estuvieron esa tarde en la plaza que entonces ese día, en lugar de milagros de panes, hubo multiplicación de asientos.

Siete años después, a la cita que no falte fue a la de estar la tarde del 13 de febrero de 1966 en la antigua Plaza San Marcos, para ser testigo de la despedida en Aguascalientes de Calesero encerrándose con seis toros de diferentes ganaderías.

La apoteosis en esa legendaria corrida vino en el quinto de la tarde, un toro de Reyes Huerta al cual indultó, y le colocó el único par de banderillas que ejecutó: un enorme par al quiebro al filo de las tablas, cuya visión me ha perseguido siempre, pues aunque si hago un esfuerzo, por recordar algunos otros detalles, como una serie de verónicas en que fue sacando al toro a los medios, siempre, pero lo que es siempre, si alguien me pregunta cuáles son las imágenes de ese arte efímero que es el toreo se me han quedado más grabadas, indudablemente que la número uno es ese inmortal momento en que Calesa clavó ese portento de suerte, en el segundo tercio, y dado que el tiempo siempre hace grande al pasado, no creo que otro detalle llegue a quedárseme impreso en el fondo de mi corazón taurino, como ha quedado clavado ese par al quiebro.

Esa es la impresión que recuperó don Gus de una época que en Aguascalientes fue dorada. Lo fue para la vida en sociedad y para la fiesta de los toros. La partida de don Gus nos deja sin un relator de su categoría para continuar recuperando la memoria de tiempos que, pareciendo idos, nos resultan necesarios para entender lo que actualmente somos y a mí me deja con un amigo menos, con lo escasa que está la amistad verdadera en estos tiempos que corren.

Mi solidaridad para Carmen Luz, su esposa y para Diego, Alejandra y Hernán, sus hijos. Una pérdida así es irremplazable, pero como me vi en la necesidad de expresarlo hace unos días, se tiene que aprender a vivir con ella.

¡Hasta pronto don Gus!

domingo, 18 de octubre de 2020

México 1919. Toros en la prohibición (I/II)


El amigo Doblón (@toritosyburros) me ha hecho llegar la reproducción de una fotografía que fuera de la colección particular del doctor Jesús Sánchez Pérez, publicada en el número correspondiente al mes de septiembre de 1962 de la revista Toros de Jim Fergus. El doctor Sánchez Pérez en esos días era ganadero de Valcerrajas. La imagen muestra a Juan Silveti y a don Antonio Llaguno dando la vuelta al ruedo en una plaza de toros, según el pie de foto, instalada en el barrio de Tepito en la capital mexicana, el 12 de octubre de 1919. Me sorprendió tanto la ubicación de la plaza como la fecha de la celebración del festejo, pues al menos en la Ciudad de México, las corridas de toros estaban absolutamente prohibidas desde el 10 de octubre de 1916.

Fui a los textos de referencia, es decir, la Historia de Lanfranchi y el libro de Verduguillo sobre esa época del toreo y ninguna mención hacen a ese festejo, así que fui a los diarios de la época que están disponibles en las hemerotecas digitales y allí encontré información de su celebración. Sin embargo, creo importante establecer el contexto en el que se dio, aún a riesgo de que otro amigo, don Gustavo Arturo de Alba, me reproche el exceso de contexto, y paso a ello.

El decreto de Carranza de 1916

En el Diario Oficial del Gobierno Provisional de la República del 10 de octubre de 1916 apareció un decreto firmado por el Primer Jefe del Gobierno Constitucionalista estableciendo dos prohibiciones a los festejos taurinos. Rafael Solana Verduguillo, en su libro Tres Décadas de Toreo en México, cuenta lo siguiente acerca de ese instrumento legal:

Entre las diversas campañas que emprendió “El Universal”, habría de figurar bien pronto una que nos causó mala impresión: la enderezada contra las corridas de toros. Una mañana nos llamó el ingeniero a Edmundo Fernández Mendoza, a Enrique de Llano y a mí. “Sé que ustedes son cronistas taurinos, nos dijo, y les va a sentar mal que dentro de pocos días empecemos a pegarle a lo que ustedes llaman la fiesta brava”.

Es un espectáculo muy popular, dijimos al ingeniero y quizá eso reste simpatías al periódico. Además, ya “El Demócrata” – periódico germanófilo – está haciendo esa campaña, que no encuentra eco alguno en el espíritu del pueblo...

Dos artículos solamente publicó “El Universal” contra las corridas de toros y apareció el decreto firmado por don Venustiano prohibiéndolas. Andando el tiempo me enteré de cómo había estado todo.

Conversando el ingeniero Palavicini con el secretario particular de don Venustiano, el señor Gerzayn Ugarte, éste le dijo que ya el Jefe tenía sobre su mesa el decreto de prohibición. El ingeniero, periodista de muy rápida concepción, dijo a don Gerzayn: “Haga usted lo posible porque ese decreto no salga hasta dentro de unos cuantos días”.

¿Para qué?, preguntó el señor Ugarte.

“Yo sé mi cuento”.

Don Gerzayn retrasó la firma del decreto y mientras “El Universal” hizo la breve campaña de que he dado cuenta. Y así, al aparecer la ley prohibitiva, todo el mundo creyó que se trataba de un nuevo triunfo del diario de la avenida Madero...

Omite Solana que otro diario capitalino, La Defensa, también se había sumado a esa campaña contra la fiesta y que las prohibiciones eran realmente dos, según veremos enseguida.

El decreto de Venustiano Carranza contiene en su exposición de motivos una serie de argumentos que seguimos escuchando de quienes demandan la supresión de la fiesta más de un siglo después. Es decir, no han renovado su línea de pensamiento porque en el fondo no tienen razones de peso para demandar que se prohíba una actividad lícita y moral, entre otras cuestiones dice:

…el Estado [tiene] el deber de procurar la civilización de las masas populares despertando sentimientos altruistas y elevando por lo tanto su nivel moral, se está procurando cumplir en México con especial empeño por medio de los establecimientos educativos... también [con] educación física, moral y estética que prepare suficientemente al individuo para todas las funciones sociales...  [lo que] no produciría su efecto si a la vez se dejasen subsistir hábitos inveterados, que son una de las causas principales para producir el estancamiento en los países en que han arraigado profundamente... Que entre esos hábitos figura en primer término la diversión de los toros en la que a la vez se pone en gravísimo peligro sin la menor necesidad la vida de un hombre, se causan torturas igualmente a seres vivientes que la moral incluye dentro de su esfera y a los que hay que extender la protección de la Ley, que además de esto, la diversión de los toros provoca sentimientos sanguinarios que por desgracia han sido el baldón de nuestra raza a través de nuestra Historia...

La parte dispositiva del decreto establece lo siguiente:

Artículo 1o. – Se prohíben absolutamente en el Distrito y Territorios Federales las corridas de toros. Artículo 2o. – Se prohíben igualmente en toda la República las corridas de toros hasta que se restablezca el orden constitucional en los diversos estados que la conforman. Artículo 3o. – Las Autoridades y particulares que contravinieren lo dispuesto en esta Ley serán castigados con una multa de mil a cinco mil pesos o arresto de dos a seis meses o con ambas penas según la gravedad de su infracción. Transitorio. – Este decreto comenzará a estar en vigor desde la fecha de su publicación. – Constitución y reformas. – Dado en la Ciudad de México a los siete días del mes de octubre de mil novecientos diez y seis. – V. Carranza.

Como se puede apreciar de su lectura, hay dos prohibiciones contenidas en él, la del artículo primero, absoluta, para la Ciudad de México y los entonces Territorios Federales existentes (Baja California, Tepic y Quintana Roo) y la del artículo segundo, relativa, para las demás entidades federativas, sujeta al restablecimiento del orden constitucional.

Es preciso mencionar aquí que en esa misma edición del Diario Oficial, el Primer Jefe también decretó una suspensión general de garantías individuales, estableciendo juicio sumarísimo y pena de muerte para quienes atenten contra la vida, la propiedad o contra la tranquilidad pública.

Las reacciones de la prensa que impulsaba la prohibición no se hicieron esperar. El diario El Demócrata publicó entre otras cosas lo siguiente en su primera plana:

Quedan prohibidas en toda la República, las corridas de toros

El Gobierno tiene el deber de contrariar y extirpar los hábitos y tendencias que son un obstáculo para la cultura”

“El Demócrata” obtiene un señalado triunfo

Pocas notas nos causarán tanta satisfacción al publicarlas como la presente, que se refiere a la supresión del salvaje espectáculo llamado "corridas de toros". EL DEMÓCRATA siempre ha sido enemigo de tal diversión, y en diferentes formas y por cuantos medios ha tenido a su alcance, la ha combatido, procurando llevar a las inteligencias el convencimiento de cuan pernicioso es dicho espectáculo para el pueblo.

En nuestras críticas domingueras censuramos duramente el brutal espectáculo, negándole todo arte y concediéndole que albergaba las más bajas pasiones, y relajaba el gusto de los aficionados a la fiesta a la crueldad...

Las corridas de toros están llamadas a desaparecer muy pronto al influjo de la civilización contemporánea...

Omite hacer referencia alguna en toda su edición al decreto de suspensión de garantías y en cambio, transcribe a la letra el relativo a las corridas de toros.

Por su parte, La Defensa, también en la primera plana, éste sí, dejando allí mismo espacio a la suspensión de garantías, refleja lo que sigue:

Supresión de la fiesta brava

No volverá a haber en México corridas de toros, rigiendo desde hoy el decreto que aplaudirá frenéticamente la gente culta y sensata

La abolición del salvaje espectáculo abarca toda la República

Para honor de México; para honor de la raza y en reivindicación de los fueros de la humanidad ultrajados, el C. Primer Jefe del Ejército, señor Venustiano Carranza, acaba de firmar un decreto que será imperecedero, que prohíbe en lo absoluto, en todo el territorio nacional, las corridas de toros.

Nosotros felicitamos efusiva y calurosamente a la Primera Jefatura, por ese decreto poderosamente reformador, que reivindica la cultura, la humanidad y el altruismo proverbial del heroico pueblo mexicano...

Los que impulsaban la prohibición cantaban lo que resultó ser una victoria pírrica. El restablecimiento de la fiesta en el resto de la República se daría unos meses después con la entrada en vigor de la Constitución de 1917 (restablecimiento del orden constitucional), en ese mismo 1919 Patatero construiría su placita en Tlalnepantla y los habitantes de la capital no se quedarían sin toros, así que de poco o nada sirvió el decreto de marras.

Como escribió Verduguillo:

…La prohibición abarcaba exclusivamente al Distrito Federal. En el año de 1919, el “Patatero” construyó una placita de madera en Tlalnepantla y allí se desarrolló una temporada en toda forma de la que he hecho mención en capítulos anteriores. Muerto el señor Carranza, en mayo de 1920, se reanudaron las corridas en esta capital.

Poco taurino ha resultado el presente capítulo, pero había que colocar al lector en el ambiente de suspensión decretado por don Venustiano, quien, por ser gran admirador de Juárez, no vacilaba en imitarlo hasta en gestos tan intrascendentes como es la prohibición de una fiesta...

El intento de Silveti de 1918

Juan Silveti intentó obtener un permiso especial de la Cámara de Diputados al final de octubre de 1918, durante la etapa más grave de la epidemia de la mal llamada influenza española, para dar dos corridas de toros en El Toreo de la Condesa. Eso se refleja en una nota del diario nocturno El Nacional del 1º de noviembre de ese 1918, que entre otras cosas señala:

Juan Silveti, el valiente matador de toros mexicano, ha enviado a la Cámara de Diputados un memorial que en síntesis encierra la petición de que se le otorgue el permiso necesario para celebrar en la plaza de "El Toreo", dos corridas de toros... Los productos íntegros de estas dos fiestas, se destinarán a la campaña emprendida en contra de la terrible epidemia que asuela a nuestra Patria con todo su furor... Aproximadamente esos productos ascenderán a la respetable suma de $50,000.00, más o menos los gastos que se originen que serán insignificantes. Juan Silveti y su cuadrilla no cobrarán un solo centavo; los demás lidiadores tampoco. Los ganaderos fácilmente prestarán su contingente, renta de plaza no habrá y entendemos que el H, Ayuntamiento de la capital eximirá de toda contribución al espectáculo...

La especie ya no recibió seguimiento por la prensa capitalina. Seguramente la Cámara simplemente lo ignoró, pues tenía cuestiones más importantes que tratar. Pero la celebración de festejos en la Ciudad de México estaba ya próxima, con el decreto aún vigente, como lo veremos el día de mañana...

sábado, 28 de abril de 2012

Tal día como hoy. 1963: Manolo dos Santos y Enrique Vera resultan los mejor librados en el cierre del serial


Manolo dos Santos
Hay toreros que ingresan a los carteles de las ferias por una mera cuestión coyuntural. Creo que ese fue el caso de Enrique Vera, que formó terna con Manolo dos Santos y Jorge El Ranchero Aguilar en la cuarta y última corrida de la Feria de San Marcos del año de 1963, al socaire del éxito que habían tenido sus incursiones en el cine, particularmente en dos películas; El Niño de las Monjas y El Último Cuplé, ambas éxito de taquilla aquí en Aguascalientes. No omito considerar que también Vera participó en Tarde de Toros, dirigida por Ladzlo Vadja, pero por su focalización a los entretelones de la fiesta, quizás su impacto fue menor que las dos primeras.

Un testigo que considero de excepción de esta tarde, mi amigo Gustavo Arturo de Alba, explica en su portal Cineforever la composición mayoritaria del público de esa tarde y las razones de su asistencia:

...Enrique Vera vino a México en 1962 y 1963, sin que llegará a actuar en la Plaza México, pero si lo vimos en Aguascalientes, durante la Feria de San Marcos de 1963, en que mi padre me mandó de “chaperón” de una de mis hermanas solteras, en ese tiempo, la cual quería ir a ver, en vivo y en directo, al guapo torero que había enloquecido de amor por la cupletista Sara Montiel. La corrida de marras se celebró el 28 de abril, alternando Enrique Vera con Manolo Dos Santos y Jorge “El Ranchero” Aguilar, en la lidia de un encierro de “El Rocío”, en donde el único animal que se prestó para el lucimiento de los toreros, fue precisamente el que le tocó a Vera, quién consiguió dar una vuelta al ruedo, en una faena de aliño, dada la áspera embestida del burel, en que se lució, como en la película, con sus manoletinas y muletazos por alto, aparte de ligar una serie afortunada de derechazos, pero lo cierto es que Enrique Vera no era un torero profundo, que llevaba gente a la plaza, más bien se iba por complacer o, la obligación de acompañar a hermanas o novias, según fuera el caso, a los tendidos para que admiraran la galanura de ese lidiador, el cual también combinaba la actuación en teatro, con las de cine, bailarín y cantante de andaluz… ah y también cuando tenía tiempo era torero...

La otra visión del festejo

La crónica publicada en el diario El Sol del Centro y suscrita por don Jesús Gómez Medina, refleja un festejo tedioso, principalmente a causa de la sosería de los toros murubeños de la ganadería de El Rocío, en esas fechas propiedad todavía de don Manuel Buch y Escandón, los que, si bien fueron bravos para los caballos, pronto se aplomaron. Del relato que hace don Jesús puedo rescatar lo siguiente:

Su majestad el tedio imperó ayer en el Coso San Marcos... Un solo puyazo, pero de efectos, pues el toro recargó y el varilarguero apretó el palo de firme y, tras un connato de toreo por las afueras a cargo del espada en turno, ya tenemos a éste con los garapullos en la mano... Por cierto, éste del segundo tercio uno de los episodios más destacados en la actuación de Dos Santos, pues éste con facilidad y oportunidad, colgó cuatro pares en el sitio adecuado, sobresaliendo por su emotividad y buena ejecución el sesgo por las afueras que colocó en cuarto término... Se adornó más tarde realizando el lasernista, siempre en pugna con un burel cuya sosería se acentuaba a cada momento. Y, para concluir, dejó una estocada contraria y delantera que hizo doblar. Ovación y vuelta al ruedo... Enrique Vera. Este joven torero hispano también cuajó los instantes más aplaudidos de su labor, mientras lidiaba al primero de sus antagonistas... Pese a la sosería del bicho, Vera echó tipo en dos parones por el lado derecho, que se quedaron sin rematar cuando el del Rocío tomó las de Villadiego... El trasteo, brindado a toda la concurrencia, incluyó tres series de derechazos cuya brillantez fue en aumento, rematadas con otros tantos pases de pecho. Se aploma el socio; Vera se adornó con tres manoletinas muy quietas y ceñidas, tras las cuales sufre un trompicón... Hace una rabieta el hispano, que no ha podido olvidar que alguna vez trabajó ante las cámaras cinematográficas. Y a toro parado, clava el acero hondo y con tendencias, y remata con descabello al primer golpe. Vuelta al ruedo, entre aplausos cerrados... Dejábamos de consignar cómo fue la entrada: regular en el tendido sombreado y muy floja en sol. Y es que los aficionados tienen un olfato...

Esos son los episodios más rescatables de un festejo que pasará a la historia también por ser la última vez que pisó vestido de luces el ruedo de la Plaza de Toros San Marcos el Lobo Portugués Manolo dos Santos. El cartelillo anunciador del festejo señalaba que en esa corrida se despedía del público de Aguascalientes, como de hecho, sus números parecen delatar que ya lo había hecho de los públicos europeos, pues si bien el año anterior había actuado en 25 festejos, en éste de 1963, ya no se presentó en plazas de allende el Atlántico y en México particularmente, solamente se vistió de luces en cuatro oportunidades. En cuanto a esta anunciada despedida, la crónica del festejo no hace mención ningún acto puntual destinado a señalar ese hecho dentro del mismo, pero el hecho del adiós de nuestras plazas sí resultó definitivo.

El festejo de hoy. 3ª corrida de feria: 7 toros de Begoña para el rejoneador Jorge Hernández Gárate, Julián López El Juli, Juan Pablo Sánchez y Arturo Saldívar.

viernes, 21 de mayo de 2010

¿Cuándo vuelvo a torear?

La corrida de hoy en la Plaza de Las Ventas nos presentó uno de los hechos dramáticos de la fiesta. Julio Aparicio hijo se llevó una gravísima cornada en la cara, que por su localización, de inmediato me trajo a la memoria otra, ocurrida de este lado del mar, hace algo más de medio siglo. Aquí la sufrió un torero de corte totalmente distinto al de la víctima del percance de hoy, Antonio Velázquez Corazón de León, quien a partir de un valor indómito y muchos, muchos redaños, dejó las filas de los de plata y se volvió, por derecho propio, una refulgente figura de los de oro. A riesgo de que el amigo Gustavo de Alba me acuse de memorioso, les presento lo que a Velázquez le sucedió y el paralelismo con los sucesos madrileños de este día.

La tarde del 30 de marzo de 1958, en el hoy difunto Toreo de Cuatro Caminos, se anunció una corrida de toros de Zacatepec para Antonio Velázquez, Humberto Moro y José Ramón Tirado. El toro escogido para salir al ruedo en cuarto lugar fue bautizado por don Daniel Muñoz como Escultor. Pepe Alameda recuerda de la faena a ese toro, un quite por fregolinas, al que calificó de espeluznante, porque el toro quedó crudo después de su encuentro con los montados. Yo recuerdo una escena de ese quite, reproducida en un cuadro de Pancho Flores que perpetúa el momento del cite y nos muestra a Velázquez citando con el capote plegado a la espalda y el toro arrancado hacia él, en una composición que refleja en mucho el drama de ese momento y que puede darnos una muy cercana idea de lo que sucedía en Cuatro Caminos ese Domingo de Ramos de 1958.

La necesidad del triunfo era evidente y para obtenerlo, Antonio ya conocía el medio: Había que salir a morirse, como en la corrida de la Oreja de Oro de trece años atrás, pues la historia al parecer se estaba repitiendo para él y sabedor el torero de lo que causa el estar sin torear, no quería volver a vivir las consecuencias de esa inactividad. Así pues, intenta la faena por naturales, pero al tratar de rematar uno de ellos, Escultor se le cuela y le tira un derrote seco, homicida y el pitón le penetra por el lado derecho del cuello, produciéndole a Antonio una de las cornadas más impactantes que se recuerdan. Este es el parte facultativo expedido por los Médicos de Plaza y que nos dan a conocer Ignacio Solares y Jaime Rojas Palacios:


Herida por cuerno de toro, de dos centímetros de extensión, por dieciocho de profundidad, con trayectoria ascendente en la región submaxilar derecha, que interesó planos blandos, rompiéndolos; fracturó la masa horizontal derecha del maxilar inferior derecho; perforó el piso de la boca; desgarró totalmente la lengua en tres porciones de cinco, cuatro y tres centímetros; fracturó el paladar óseo, el maxilar superior sobre la línea media del hueso etmoides, llegando al piso anterior del cráneo en su base. Esta herida es de las que ponen en peligro la vida.


Pero Antonio Velázquez no se arredró nunca ante las adversidades y cuentan sus familiares que en cuanto recuperó la conciencia tras la cirugía que le fue practicada para arrancarlo de las garras de la muerte, lo primero que preguntó por escrito fue: ¿Cuándo vuelvo a torear?

A un bravo de los ruedos, que el 22 de mayo de 1952, cautivó con sus maneras y con su valor al público de la Maestranza sevillana, cortándole las orejas a un toro de Curro Chica, en tarde que alternó con Manuel Álvarez, Andaluz y Chaves Flores; o que el 22 de junio de ese mismo año, en Las Ventas, alternando con Rafael Llorente y Juan Silveti, le cortara la oreja a uno de los toros de Juan Pedro Domecq que le tocaron en suerte, no es de los que se les sale el valor por los agujeros de las cornadas, más bien hacen el efecto del mazo sobre el hierro candente, a cada golpe se va templando… templando… templando…

Casi seis meses después volvería Velázquez a los ruedos. Reaparece en Ciudad Juárez, el 17 de agosto de 1958, alternando con quien fuera su matador en los tiempos de plata, El Soldado y El Ranchero Aguilar, para lidiar la terna toros de La Punta y en prueba del temple adquirido, les corta las orejas y el rabo a los dos toros que mató esa tarde.

Después de lo de Escultor dejará de presentarse un tiempo en la Capital mexicana, reapareciendo hasta el 10 de abril de 1960 – también Domingo de Ramos – en Cuatro Caminos, cortando una oreja en cartel que compartió con Carlos Arruza a caballo y Alfredo Leal para lidiar toros de Tequisquiapan y Santacilia, demostrando que los fantasmas de la herida estaban superados.

Antonio Velázquez, el torero que recibió la alternativa la tarde en la que Armillita escribió la obra de Clarinero y Silverio la de Tanguito, duraría en activo nueve años más. Su última presentación en la Plaza México sería para confirmarle a El Cordobés su alternativa y el 1º de mayo de 1969, en la Plaza Fermín Rivera de San Luis Potosí sería la última vez que matara un toro vestido de luces.

El 15 de octubre de ese 1969, mostraba a sus amistades la casa que logró arrancar de los morrillos de los toros – como los brillantes de El Tato – y como la obra estaba en proceso, tropezó con una varilla y cayó al vacío, logrando el piso de la calle lo que los toros no pudieron: Terminar con su vida.

Ya lo decía antes, las cornadas no se curan solas. Los Médicos y su ciencia son fundamentales en el proceso de recuperación, pero también lo es la decisión del torero. Que se recupere primero Julio Aparicio el hombre, que logrado eso, el torero volverá, seguramente.

domingo, 14 de marzo de 2010

Una fotografía con historia (I)


El médico Antonio Ramírez González fue condiscípulo de mi padre desde los tiempos del bachillerato, es más la abuela de don Antonio era del mismo pueblo que mi padre. Fueron juntos a la Facultad de Medicina y compartieron durante muchos años el ejercicio de la cirugía y la afición a los toros. De cuando en cuando don Toño me permite escudriñar en su extensa y bien cuidada biblioteca y es allí donde me encontré esta fotografía de Sosa que les presento en esta ocasión.

En el año de 1945 se dio lo que resultaría ser la última temporada de novilladas en el viejo Toreo de la Colonia Condesa de la Ciudad de México. El jueves 28 de junio se anunciaron seis ejemplares de La Laguna de Guadalupe, en un festejo de concurso para Alfonso Reyes Lira, Ignacio Cruz Ortega, Aurelio García, Alejandro Cázares, Guillermo Carvajal, Eduardo Solís y Juan de la Cruz, quienes se disputarían, además de la oportunidad de seguir actuando en las tercias subsecuentes, el vestido de luces verde y plata que el actor Ricardo Montalbán había utilizado en la película La Hora de la Verdad, próxima a estrenarse en las salas de cine de México.

La reseña que Guillermo Ernesto Padilla hace del festejo en el segundo tomo su obra Historia de la Plaza de Toros El Toreo 1907 – 1946, refiere lo siguiente:


Alfonso Reyes Lira vio regresar vivo a un astado infumable. Ignacio Cruz Ortega  toreó muy valiente y mató con gran verdad. Aurelio García sacó insospechado partido de un buey. Alejandro Cázares consumó un faenón con un astado de carreta. Guillermo Carvajal emocionó con su enorme valor. Eduardo Solís llevó a cabo torera faena y Juan de la Cruz se esforzó lo indecible.


La actuación de Cázares le señaló pues como triunfador de la noche y como acreedor del terno de luces que el actor mexicano, nacido en la Ciudad de México, pero radicado desde su infancia en Torreón, Coahuila y por tanto, considerado como nativo de allí, vistiera en la cinta que dirigiera Norman Foster y sobre la que Tomás Pérez Turrent, destacado crítico de cine y en su día, también novillero (llegó a presentarse en la Plaza México), escribiera lo siguiente:


…Es un cineasta norteamericano, Norman Foster, quien va a realizar el mejor melodrama taurino que haya hecho el cine mexicano: La hora de la verdad (1944). El argumento (de Janet Alcoriza) recoge todas las convenciones y los prototipos del melodrama taurino: el joven torerillo (Ricardo Montalbán) que es ayudado por un viejo picador, el triunfo después de muchas penurias, la alternativa, el matrimonio con la hermosa joven, a quien la preocupación por la profesión del marido hace perder la razón, hasta que tiene que ser internada en un manicomio; el héroe que se refugia en el amor de otra mujer, con la que tiene un hijo que no conocerá porque ella decide sacrificarse y abandonarlo; la etapa de los fracasos, la soledad, la bebida, las parrandas, la muerte providencial de la loca y el reencuentro de la mujer amada que lo hace conocer a su hijo; la nueva oportunidad, el triunfo y la muerte.

Foster, ayudado por su buen oficio de cineasta, logra profundizar en ciertas verdades del mundo taurino a partir de sus propias convenciones y sin romper las reglas del juego melodramático o pretender trascender el melodrama. Su sentido del ritmo da fluidez al relato y hace verosímiles aun las peores convenciones. Evita constantemente la redundancia (tan común en el melodrama mexicano) gracias a la atinada utilización de la elipsis (buen ejemplo es la escena final, el torero agonizando en la enfermería, la mujer deambulando en la plaza vacía, resuelta con convicción y rigor sin por ello perder su intensidad melodramática). El realizador consigue además una serie de apuntes muy permanentes sobre el torero y el mundo que lo rodea, su especificidad; sabe analizar sus sentimientos contradictorios, la relatividad del miedo y/o el valor. Por último, a través de la locura de la esposa del torero, esboza un tema inédito que afortunadamente no se ha vuelto a tratar: el toreo como privilegiado momento erótico. La locura es un producto de los celos, los celos tienen un motivo concreto: la fusión entre toro y torero, la comunicación que se establece entre ellos, la entrega de uno a otro representa el acto amoroso…
Los estelares del reparto en la cinta fueron el citado Montalbán, Lilia Michel y la veracruzana Virginia Serret, continuando con  un estereotipo que había iniciado con la segunda versión de Santa (1943), dirigida por el mismo Foster, en el que interpreta al torero Jarameño al lado de Esther Fernández. Señalo que el papel del torero es un estereotipo para Montalbán, porque en 1947 vuelve a personificar al diestro Mario Morales en Fiesta, un musical dirigido por Richard Thorpe, compartiendo papeles con Esther Williams, Cyd Charisse y Mary Astor. Espero que el amigo Gustavo de Alba sepa disculpar el que invada sus terrenos.

La tarde del 23 de septiembre de 1945 se anunció la reaparición de Alejandro Cázares, quien para lidiar novillos de Torreón de Cañas de alternaría con el hispano Gabriel Alonso y Ramón López y tras de concluir el paseíllo, bajó al ruedo la guapa Virginia Serret, a cumplir con el segundo de los trofeos ofrecidos al triunfador de la novillada del 28 de junio, la entrega del vestido de luces que utilizó Ricardo Montalbán en el rodaje de La Hora de la Verdad. Ese es el momento en el que el fotógrafo Sosa captó la imagen que encabeza esta entrada.

Guillermo Ernesto Padilla relata como resultado del festejo el siguiente:


El domingo 23 de septiembre se presentó el novillero español Gabriel Alonso, con quien alternaron Alejandro Cázares y Ramón López lidiando astados de Torreón de Cañas. Alonso dejó apreciar estilo y buenos procedimientos. Cázares mostró afición y valor. Ramón López realizó una faena extraordinaria con el sexto burel.

La Hora de la Verdad se estrenó en la Ciudad de México el día 15 de noviembre de 1945 y en el Cine Alameda de Guadalajara al día siguiente. Alejandro Cázares todavía prolongó su carrera novilleril algunos años más, pero fue duramente castigado por los toros. Fue de los novilleros que iniciaron sus pasos en la arena de la Colonia Condesa y que lograron hacer la transición a la Plaza México, donde actuó un par de tardes y en las dos resultó herido de gravedad, terminando por dejar la profesión de torero.

Uno de los hechos más trascendentes del paso por los ruedos de Alejandro Cázares es el ser uno de los primeros en haber presentado a las empresas y haber llevado con él a sus primeras andanzas taurinas a un jovencito que en unos cuantos meses irrumpió para convertirse en una gran figura del toreo, me refiero a Rafael Rodríguez, con quien convivió y a quien auxilió en sus primeros pasos en los ruedos y que en un brevísimo tiempo se convirtió en El Volcán de Aguascalientes.

La fotografía de Ricardo Montalbán es obra de Peter Stackpole, tomada en la plaza de toros El Toreo, de la Ciudad de México, en el año de 1945 y pertenece al archivo de la Revista Life, recopilado en Google y probablemente corresponde a un reportaje realizado a propósito de la filmación de La Hora de la Verdad, por la fecha de su realización.

domingo, 4 de octubre de 2009

Como ante el toro, se vale rectificar...

Don Ignacio Ruiz Quintano mantiene una bitácora titulada Salmonetes Ya No Nos Quedan, en la que trata, según su subtítulo, temas de la vida privada y como ocasionalmente entre estos se cuentan los de esta fiesta, con esa frecuencia lo visito. En la entrada fechada el día de hoy me he encontrado allí con una cita que me obliga, casi, como dijera el inmortal López Velarde, a alzar la voz a la mitad del foro y a señalar una necesaria precisión -lo hago aquí pues en la bitácora no veo la posibilidad de hacer comentarios a las entradas allí puestas- y una anécdota concomitante.

La cita en cuestión es la primera cuarteta del soneto Tiempo, obra de don Renato Leduc y no como erróneamente lo señala el señor Ruiz Quintano, de Rubén Fuentes Leduc. Ese soneto, cuenta la leyenda, se escribió aquí en Aguascalientes, en lo que en su día fue el Hotel Francia y que hoy es una tienda de departamentos.

Allí, en el bar, durante la Feria de San Marcos se reunían personajes como José F. Elizondo alias Pepe Nava, Antonio El Brigadier Arias Bernal, Miguel Álvarez Acosta y otros conspicuos miembros del ámbito cultural de este país y entre los que escribían, se daban pies para después versificar en torno a ellos, en un grupo conocido como La Cofradía del Petate según me ilustra el buen amigo don Gustavo de Alba y que patrocinaba el entonces Gobernador del Estado Edmundo Gámez Orozco desde sus tiempos de Senador.

Afírmase que la palabra tiempo es complicada para ello -algunos dicen que es de rima imposible- y se la lanzaron a Leduc -tío por cierto del matador de toros Rogelio Leduc, ya fallecido- durante esa especie de certámen paralelo a los Juegos Florales correspondientes al mes de abril de 1950 0 51 y en un rato don Renato armó el siguiente soneto:

Sabia virtud de conocer el tiempo;
a tiempo amar y desatarse a tiempo;
como dice el refrán; dar tiempo al tiempo…
que de amor y dolor alivia el tiempo.

Aquel amor a quien amé a destiempo
martirizóme tanto y tanto tiempo
que no sentí jamás correr el tiempo
tan acremente como en ese tiempo.

Amar queriendo como en otro tiempo
—ignoraba yo aún que el tiempo es oro—
cuánto tiempo perdí —¡ay!— cuánto tiempo.

Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
amor de aquellos tiempos, cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo…

Años después, un gran músico mexicano, Rubén Fuentes, hizo la parte musical de la obra para que voces como las de Pedro Vargas, Marco Antonio Muñiz -que hizo una real creación de ella- y muchos otros, cantaran la obra de don Renato, que es el único autor de la parte literaria de Tiempo.

Como ante el toro señor Ruiz Quintano, se vale y a veces es necesario rectificar...


Edito esta entrada al día suguiente de su publicación, con la docta ilustración del buen amigo don Gustavo de Alba y agrego además, que en los muros del Bar del Hotel Francia, durante muchos años estuvo un bronce que perpetuó la creación de esa obra de Renato Leduc.

viernes, 1 de mayo de 2009

Un buen amigo y un buen libro…


Ayer por la mañana recibí una llamada telefónica del buen amigo don Gustavo de Alba, que me notificaba que en una librería del centro de Aguascalientes estaba en oferta un libro sobre la obra del pintor valenciano Roberto Domingo.

Ante el encierro casi forzado al que nos vemos compelidos por estos días, hay que encontrar algo que hacer y en estos casos, la lectura es un buen paliativo para evitar los efectos nocivos de la falta de actividad.

Quizás a muchos no les represente novedad, pero la obra en cuestión se titula Roberto Domingo. Arte y Trapío y es de la autoría de María Dolores Agustí Guerrero, madrileña de origen valenciano, quien de acuerdo con la solapa del libro, cuenta con carnet de Investigadora del Ministerio de Cultura Español y es además filósofa, gemóloga y perito judicial en materia de Bellas Artes.

El prólogo de Ángel Luis Bienvenida nos refiere una visita que en el otoño de 1944 realizaron él y el Papa Negro al estudio del artista, para pedirle que le pintara un óleo en el que aparecieran sus hijos Pepe, Antonio y el propio Ángel Luis jugando con banderillas en la Real Maestranza de Sevilla. El objeto del cuadro era corresponder a Antonio un brindis hecho a Ángel Luis en una corrida que habían toreado juntos ese año.

El lienzo que llevaba don Manuel Mejías era descomunal y eso disgustó a Roberto Domingo, que pidió uno más pequeño. Refiere el torero que se fueron a Sevilla y a la semana siguiente volvieron al estudio del pintor con dos sacos de albero, los que esparció en el piso de madera del lugar diciendo: ¡Aquí lo tiene para que lo pueda hacer más exactamente!.

Al año siguiente el cuadro estaba listo, Antonio, de grana y oro, iba en la cara del toro; Pepe de azul y oro estaba en un segundo plano y Ángel Luis, de verde y oro quedó al fondo. Antonio no aceptó el cuadro, argumentando que tenía muchos de don Roberto, por ello, Ángel Luis remata su prólogo agradeciéndose la oportunidad de poder admirar todos los días por haberlo conservado, tan grande obra, de tan grande y olvidado pintor taurino.

El libro contiene una prolija biografía de quién, de acuerdo con la declaración de intenciones de su autora, refleja luminosa y sincera, la vida misma con todo su aroma y todo su dramatismo, reconociendo que en alguna medida su trabajo no hubiera sido posible sin una obra de 1957, publicada por Valeriano Salas y escrita por J. Peñasco.

La obra contiene, como dice su contraportada, extensa documentación gráfica, cerca de ochocientas fotografías y documentos que dan una idea completa de tan insigne pintor, devolviéndole la actualidad y el lugar preeminente que le corresponde en el mundo del arte, con especial referencia a su genial interpretación de la fiesta taurina.

Pero lo que más me llamó la atención, es este pequeño epílogo, que tiene mucho de verdad y que creo que explica, en unas cuantas palabras, el verdadero sentido de la obra:

He aquí una modesta aproximación a la vida y obra del insigne pintor Roberto Domingo. Sirva como llamada de atención sobre su injusto olvido y llegue algún momento, que deseamos esté próximo, a ocupar el lugar destacado que por derecho le corresponde en la historia de la pintura contemporánea.

Ya les contaré el resultado de la lectura completa.

Referencia bibliográfica: Agustí Guerrero, María Dolores. – Roberto Domingo. Arte y Trapío. – Editorial Limusa S.A. de C.V. – Grupo Noriega Editores, 1ª edición, México, 1998. La edición española es de Agualarga Editores S.L.

domingo, 22 de febrero de 2009

Jesús Gómez Medina (1918 – 2009)

El pasado martes, el decano de los escritores de toros en México entró en la inmortalidad. Su desaparición física deja un lugar que difícilmente será ocupado en los menesteres de la crónica y la crítica de estos temas y deja tras de sí una rica herencia de cultura que queda plasmada en sus escritos, los que se distinguieron siempre por la ecuanimidad, el correcto uso del idioma y como escribía hace unos días el amigo Gustavo de Alba una prosa casi poética, en la que se puede resumir la historia taurina de Aguascalientes de la última mitad del Siglo XX.

Don Jesús relataba que sus primeros festejos los presenció en su niñez, acompañando a su padre o a alguno de sus hermanos mayores y recordaba también que su primer contacto con el periodismo taurino lo encontró con la lectura de las crónicas de Carlos Quirós Monosabio, publicadas en el diario El Universal de la Ciudad de México, en la parte final de la década de los veinte y principios de los años treinta del pasado siglo, volviéndose asiduo de las plazas locales a partir del año de 1936, cuando decía, acudió a presenciar un mano a mano entre Calesero y Juan Estrada con novillos de Matancillas, siendo que a partir de ese día presenció casi todos los festejos que se dieron en nuestros ruedos, de manera ininterrumpida hasta el año de 1995.

A instancias del médico de los toreros, Óscar Hernández Duque, se inicia como escritor de toros en 1944, haciendo las reseñas de los festejos para las revistas La Lidia y La Fiesta, fundadas por Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo, con quién le unió una sólida amistad y en 1948, el licenciado Ignacio Lomelí Jáuregui, director a la sazón de El Sol del Centro, le invita a encargarse de la sección taurina de ese diario, la que como decía, ocuparía durante alrededor de cincuenta y un años, junto con la corresponsalía de los diarios de la Cadena García Valseca, hoy Organización Editorial Mexicana.

Tuvo un breve tránsito como Juez de Plaza – Presidente – durante la Feria de San Marcos de 1974, serial en el que se pudo observar el contraste de su verticalidad de aficionado con los criterios de los taurinos. La del 74 fue una feria accidentada, en la que por pretender hacer valer la autoridad que su cargo en la plaza le otorgaba y con ella imponer el criterio del que paga su entrada por ver un espectáculo íntegro, tuvo frecuentes roces con los profesionales. Llevó a buen puerto la nave, pero no volvió a ocupar el palco de la autoridad.

En 1992 publicó el libro La Ciudad, La Fiesta y Sus Plazas, una edición de Gobierno del Estado de Aguascalientes, que hace un recorrido por la historia de la fiesta en Aguascalientes y resalta algunos de los hechos más importantes ocurridos allende sus linderos. La obra tuvo como propósito el difundir la remodelación y ampliación de la Plaza Monumental Aguascalientes que le dio la fisonomía y la capacidad que actualmente tiene.

Don Jesús Gómez Medina fue un hombre respetado en su ejercicio como escritor e informador taurino. Su verticalidad dejaba fuera de duda la información que transmitía y su estilo fluido y de buena construcción lingüística hacía placentera la lectura de sus colaboraciones, que con mucho, sirvieron para formar a más de una generación de aficionados en esta su tierra.

Concluyo con una reflexión de don Jesús contenida en su libro citado arriba, que bien ilustra su manera de ser y de ver la vida y la fiesta:

…a través de los muchos años de espectador asiduo de la fiesta, he sido testigo de los cambios que se han operado en ella. Tan solo quiero mencionar dos, ambos muy significativos y de suma trascendencia: el primero, en el ganado, en el toro de lidia. A fuerza de insistir en la búsqueda de un astado ideal para el toreo artístico, de calidad o estilizado, al toro se le ha disminuido al máximo su condición esencial: la bravura.

Y si a esto se añade la viciosa práctica de lidiarlo prematuramente, cuando ni por su edad, trapío y peso, a despecho de lo que el mentiroso cartel proclama, es en realidad un toro como se entiende que debe ser destinado a la lidia, tenemos como resultado necesario el espectáculo despojado de emoción y de calor en que se convierten muchas veces los festejos taurinos.

Añádase a lo anterior la monotonía, la ausencia de variedad y las faenas a golpe cantado que suelen ser las que nos ofrecen los astros mayores y menores de la época, y habremos identificado otro de los aspectos del toreo actual. Que, por lo demás, posee una plasticidad y una belleza formal indiscutible, pero al que no le sobraría una inyección de emoción para que fuera mejor. Y no olvidemos que la emoción está en el toro…

Por mi parte debo admitir que estoy en deuda con el espectáculo taurino. Le debo muchos, incontables momentos en los que disfruté a plenitud de la emotividad y de la gallardía y de la belleza del arte del toreo. Conocí y gocé del toreo de los ases de la edad de oro – Fermín, Lorenzo, “El Soldado”, etc. – y actualmente disfruto y gozo por igual con las actuaciones de Miguel de Gutiérrez, del Niño de la Capea, de Ortega Cano…

Además, por los toros o a través de los toros he conocido a muchos de los que han sido o son mis mejores amigos.

Algo más le debo al toreo: el haber disfrutado mucho de lo que de calidad y del valía existe en la literatura y en las bellas artes, en relación con el espectáculo taurino…


(Jesús Gómez Medina, La Ciudad, La Fiesta y Sus Plazas, Gobierno del Estado de Aguascalientes, 1ª edición, 1992, Págs. 211 – 212)


Así pensaba un hombre íntegro, un gran aficionado que nos hará mucha falta en el tendido de nuestras plazas y al que solamente le quedó una asignatura pendiente desde mi punto de vista, que bien puede ser una deuda que la fiesta tiene con él y es la publicación de un libro con una selección de sus crónicas más señaladas. Espero que pronto se le reconozca su trayectoria de esa manera.
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