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domingo, 17 de enero de 2021

Relecturas de invierno (XI)

Gente del toro

Los géneros literarios y la fiesta

No recuerdo con claridad si es la profesora María Celia Forneas o don Javier Villán quien señala que el género literario de la fiesta por excelencia es el de la crónica, porque es la que recoge la esencia, los sucesos y el análisis de los festejos taurinos y además nos presenta el criterio u opinión del espectador que la escribe. Sin embargo, nos aclara, la literatura de la fiesta no está circunscrita exclusivamente a esa forma de expresión, pues la novela, el ensayo y hasta el teatro se han ocupado de ella con más o menos éxito.

Decía que quienes escriben acerca de la fiesta también se han acercado a otros géneros literarios, y el que me ocupará enseguida, el ensayo, es definido como una obra literaria, escrita en prosa, que trata de un tema que no agota exhaustivamente y cuyo interés es la presentación de nuevas perspectivas para su examen, sea a partir de reflexiones originales o a partir de nuevos datos derivados de una investigación realizada. Es una reflexión desde la perspectiva personal de un autor en el que el fin estético se entrelaza con el proceso reflexivo, pero sin sacrificar el uno al otro.

La obra de José María Requena que quiero poner a su consideración el día de hoy, Gente del Toro, está dedicado precisamente a este último género, y en él, su autor realiza un recorrido por precisamente la gente, los lugares y los diversos utensilios – trebejos los llama mi amigo Pedro Martínez Arteaga – que son necesarios para la lidia de toros bravos.

En Gente del Toro, José María Requena nos va a dar un recorrido en textos, desde el patio de cuadrillas hasta el desolladero y en ese tránsito, pasará por múltiples estaciones, personales y de infraestructura para presentar un panóptico de la fiesta de los toros que vivió al inicio de la década de los setenta del pasado siglo.

Y lo hace de una forma en la que una vez que se comienza a leer, no se puede uno separar de las páginas del libro. Engancha, porque tiene esa facilidad de ponerlo a uno en el sitio o frente a la persona a la que nos está ilustrando y en esa forma, la lectura se torna fluida y hasta rápida, tanto, que cuando concluye, quiere uno más, porque, como escribe Alex Grijelmo:

Las palabras tienen un poder de persuasión y un poder de disuasión. Y tanto la capacidad de persuadir como la de disuadir por medio de las palabras nacen de un argumento inteligente que se dirige a otra inteligencia… La persuasión y la disuasión se basan en frases y en razonamientos, apelan al intelecto y a la deducción personal… la seducción de las palabras… sigue otro camino. La seducción parte de un intelecto, sí, pero no se dirige a la zona racional de quien recibe el enunciado, sino a sus emociones…

Así, al ir avanzando en la lectura de Gente del Toro, al finalizar el cuerpo de uno de los ensayos, ya desea uno penetrar al siguiente.

Acerca del autor

He de confesar – con vergüenza – que hasta hace unas cuantas semanas José María Requena era para mí un total desconocido. Me encontré con él buscando alguna apreciación literaria sobre los espontáneos para otra entrada de estas páginas virtuales y fue como me enteré de su existencia, su obra y de este libro que me atrevo a comentar. 

José María Requena nació en Carmona, Sevilla, el 18 de abril de 1925. Obtuvo el grado de Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y posteriormente el de Periodismo por la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid. Fue Director del diario sevillano El Correo de Andalucía de 1975 a 1978. Ganador de diversos premios literarios por su obra. Falleció en Sevilla el 13 de Julio de 1998 a los 73 de edad. Cultivó los géneros literarios de la poesía, ensayo, novela, teatro y narrativa breve.

A la fiesta en específico dedicó cuando menos tres obras: las colecciones de ensayos Gente del Toro (1969) y Toro mundo (1990) y la novela El Cuajarón (1972), ganadora del Premio Nadal de Novela de 1971.

Gente del Toro está dividido en siete apartados: 

El PRIMERO, como introito, relacionando el patio de cuadrillas, la capilla, el torero y la cultura, el reloj de la plaza, el sol y el pasodoble y el miedo; 

El SEGUNDO dedicado a las telas taurinas; 

El TERCERO a la liturgia del toreo; 

El CUARTO a la gente de oro y seda, analizando las personalidades de: Antonio Bienvenida; Luis Miguel Dominguín; Antonio Ordóñez; Julio Aparicio y Miguel Báez “Litri”; Antonio Borrero “Chamaco”; Jaime Ostos; Diego Puerta y Paco Camino; Curro Romero; Santiago Martín “El Viti” y Manuel Benítez “El Cordobés”; 

El QUINTO, dedicado a lo que llama la corte de plata y seda; 

El SEXTO, destinado al análisis de la bravura; y, 

El SÉPTIMO cierra con temáticas dedicadas al rejoneo, la capea, el festival, los miuras, el espontáneo y la cornada.

Del texto, extraigo algunas citas que pueden ilustrar el contenido y el por qué me resultó interesante esta obra, misma que recomiendo ampliamente para su lectura:

Patio de cuadrillas

Es un patio de humildad a la tremenda, premeditadamente pobre, desmantelado y frío… Aquí en el patio de cuadrillas, se pone el corazón del torero a compás del susto, tensa y rechinante la cuerda del vivir bajo el oro y la seda… Llegan ellos, los toreros grandes, los millonarios veloces y sufren los escalofríos de este patio, desapacible y serio, pariente no muy lejano del calabozo cuartelero… No importa que sonrían o que levanten las barbillas de la soberbia o entretejan saludos y chirigotas. Son modos de evitar cierta clase de compasión por ellos mismos. No por el miedo a morir, ni tampoco a cuenta del posible fracaso. Hay más, mucho más, en ese amargo juego de saberse parte en una historia que parece increíble. Los vestidos de luces marcan la frontera entre la vida de verdad y esa otra vida de leyenda y mito, donde se respira como en las pesadillas…

Los toreros y la cultura

…suelen tener libros cerca, al alcance de un interés casi filosófico por el humanismo… Inician la lectura de muchas obras, pero casi siempre surgen circunstancias de preocupación o de todo lo contrario, y todo queda en un aplazamiento indefinido. Los acarician con respeto, tomándoles el peso de una importancia que ellos quisieron hacer suya con la misma rapidez que lograron los aplausos y los caudales…

El reloj de la plaza

Para la corrida, un reloj implacable, bien a la visa y bien frío. Para el cante y el baile, relojes que andan con cuerdas de avenate y fiebre… Otra cosa muy distinta es el ritmo de la faena, tan emparentado con la danza por la sangre común de sus compases. También este tiempo de la inspiración taurina se ordena en corazonadas exclusivas de cada intérprete…

El sol y el pasodoble

La música y el sol ofrecen a la faena sus moldes caldeados en ritmos del cantar del pueblo. Movimientos y gritos, colores y desplantes, vida y muerte… Todo se derrite y se funde en la dinámica y cicatera geometría de la faena…

El miedo

Los mejores matadores viven las más temibles angustias al final de su carrera… Porque hasta en el momento final de su gloriosa trayectoria, aguarda al torero un último miedo: el de tener que ir al silencio sin sal de la retirada, que es una forma de medio morir para quien está acostumbrado al saboreo de su vida con el sensible paladar de que la está librando continuamente de la muerte…

Capote y muleta

El torero toma el capote con el entusiasmo que el muchacho derrocha la primavera inicial de su hombría… Cuando toma la muleta ha evolucionado el panorama hacia los perfiles más serenos de lo que se medita…

La montera

…cuando es una mujer quien recibe el brindis, fijaos como las manos de la intuición femenina acarician la montera como si fuere el presentimiento de un luto memorable. Tal y como si el matador la hubiese dejado en buenas manos por si la fatalidad la convierte en imponente reliquia del penúltimo miedo…

La liturgia del toreo

Nunca podrán razonarse del todo las causas ni los objetos de esta fantasiosa tendencia a injertar solemnidad de templo en el escenario redondo de la corrida, y modales de sacerdote pagano a la figura medio ungida, medio embrujada, del matador de toros…

Gente de oro y seda

Doce toreros de los últimos años. Doce estilos de valor. Una galería de retratos sicológicos para conocer y entender mejor a esa humanidad que se afana entre las emociones subidas de la fiesta. Los doce cumplieron la ambición de renombre y ganancias. De especificar la calidad que le sobra o le falta a cada uno de ellos, que se encargue la historia con su infalible crítica. Lo que en esta ocasión nos importa es la variedad que ofrecen estas doce formas de ser y de sentir en la tremenda circunstancia de jugarse la vida bajo el sol.

Antonio Bienvenida

…ha sido una especie de diplomático que se empeñara en mantener las mejores relaciones entre dos épocas sucesivas del toreo… las tardes triunfales de Antonio Bienvenida eran completas en contenido y forma…

Luis Miguel y sus desplantes

A veces he pensado que Luis Miguel quiso ser para el público exclusivamente torero. Un torero químicamente puro, sin mezcla de amabilidad alguna. Toda su categoría despectiva parece responder a un intento de hacerse admirar por el gentío sin que medie la simpatía personal…

Antonio Ordóñez, seriedad de serranía

En Ordóñez se muestra más que en ningún otro esa sicología de altura, de aparente altivez que, sin embargo, consiste en silencio de hombre poco aventajado por los desengaños aleccionadores que le tocaron en herencia, y así despliega su carácter en la ruleta mágica y algo loca de la fiesta brava…

Aparicio y Litri dos estilos de melancolía

Aparicio y Litri no sonríen. Ni con el rostro, ni con sus lances, ni con sus pases de muleta. Cualquiera diría que perfeccionan al máximo sus estilos por ver su algún día llega la apoteosis que les salve de la pena indefinida… Los dos hacen un toreo sosegado como atardecer en el silencio del campo. Hay grandeza de soledades en las fórmulas serenas de sus valentías. Dan la sensación de que torean con la suavidad de quienes, por pasarse de existencia recordando cosas perdidas, ponen en sus quehaceres del presente un desganado mimo de caricia…

Chamaco y el misterio

Eso era el Chamaco novillero: una tragedia meditada, una tremenda intensidad al hacerse cargo de los espantos de la fiesta, el altísimo voltaje de un hombre que acude a una cita de muerte, y con sensaciones de muerte se rellena para conocerla de antemano, para hacerse a ella, para que la muerte no le sorprenda demasiado con su llegada, si es que llega…

Jaime Ostos el clasicismo del arrojo

…nunca ha merecido el calificativo de ‘tremendista’, porque lo suyo no significa una rebelión contra los clásicos decretos de la tauromaquia, sino la exaltación del arrojo cuando a la faena se le pone la cara tontilinda de la monotonía…

Diego y Paco, los perpetuos niños del toreo

Diego Puerta y Paco Camino son aniñados de tamaño estilo. Poseen la gracia que brota porque sí, porque el toreo es un juego que les entusiasma, porque hace la mar de bonito eso de pasarse al toro mientras uno se pone gloriosamente presumido… Diego, el niño que se encorajina y se atreve contra la escuela entera; Paco, el niño que se las sabe todas y se hace el amo de los recreos sin jugarse la integridad de sus narices en reyertas de predominio…

Curro Romero y la inspiración

Curro es uno de los toreros que más nos hacen esperar, de los que provocan hoy la repulsa del ‘yo no veo más a ese tío’ y a la vuelta de una semana motivan un ‘vamos a verlo por si acaso’… No es exacto decir que viva de las rentas del pasado, sino más bien, del futuro en una especie de amenaza artística: ‘Cuidad, porque a lo mejor os perdéis mañana la mejor de mis faenas’…

El Viti, refrán del ruedo

Para El Viti nada sería más contrario a sus principios que eso de prefabricar mentalmente sus facturas esenciales de la lidia… Precisamente porque no es temperamento desordenado y súbito, sino claro predominio de la meditación sobre el arrebato, cuida mucho de que el corazón no le quede a un lado por culpa de premeditaciones exageradas…

El Cordobés, torero silvestre

Llegó a la fama taurina con sello de urgencia y matasellos de penuria. Esta es la genealogía más cierta de su éxito, un oriundo del hambre a quien le comen las prisas… El Cordobés se presentó en los ruedos como un enloquecido… La muerte no era una desconocida para el novillero Manuel Benítez. No necesitaba morirse para sabérsela… A partir de la alternativa fueron sustos más ordenados… El toro dejó de ser escalón de paso hacia arriba para convertirse en amenaza concreta sobre la plataforma dorada de la cima…

La corte de plata y seda

No es la cuadrilla una comparsa. No es adorno, ni coro pasivo en la intensidad dramática del ruedo, sino más bien, como un destello múltiple que brota en torno del matador. Y también corte para su realeza y escolta personal, que tanto se afana en defender al maestro en los atentados del toro a la hora de ahuyentarle la tristeza…

Los miuras

Forman la ganadería del maleficio, la torada mitológica que parece alimentarse con sangre idealizada en cornadas mortales. Cuando un torero dice ‘miura’ se le oscurece la voz. Es la palabra que suena a paletada de entierro, y a grito que se queda ronco en la garganta cuando es demasiado fuerte el susto…

El espontáneo

Es el espontáneo, el anarquista de la fiesta, el que clava la vista en las parejas de los guardias, el de la vida a punto de aliviarse una manía de gloria en ese medio suicidio de echarse al ruedo contra lo ordenado y consabido… Casi huele a pólvora cuando despliega su franela como una llamarada. Hay silencio de terrorismo en el hecho del alocamiento que consuma. Hay también desbarajuste de todos los esquemas decretados para la fiesta. Brota el muchacho con la ropilla triste de los que piensan que si pierden la vida no pierden una gran cosa. Tiene la extraña fuerza de los desesperados, y por eso se escapa de todos. Menos del toro, claro está, porque el toro es también desesperación y torrente que sueña con romper todas las reglas y composturas…

La cornada

La furia del toro acierta en la carne con bastante frecuencia. Es la dura ley del heroísmo: la muerte ha de certificar su cercanía con rúbricas de sangre, la tensión dramática del toreo requiere algo más que la amenaza. Es necesario que se rompan venas para que a la fiesta brava no le falten vibraciones esporádicas de corazón encogido…

Para obtener información sobre el autor y su obra, recomiendo visitar el sitio dedicado a su persona y obra en esta ubicación.

Ficha Bibliográfica

Gente del Toro. – José María Requena. – Editorial PPC, colección Vida Nueva, número 3. – 1ª edición. – 178 páginas y 16 con fotografías en blanco y negro. – Sin ISBN.

domingo, 15 de marzo de 2020

3 de marzo de 1974: El encuentro de Borrachón de San Mateo y Manolo Martínez

Manolo Martínez al natural
Las cornadas de los toreros

Ya en algunas entradas anteriores había comentado lo que es conocido como la sentencia de Frascuelo, la expresión aquella que indica que los toros dan cornadas porque no pueden dar otra cosa. ¿Pero es esto nada más así? ¿Son las cornadas meramente azar?

Para conformar esta participación busqué corroboración de la idea que se propaga en el sentido de que las cornadas son resultado de errores de los toreros. Resulta complicado encontrar en blanco y negro el reconocimiento de tal afirmación. Sin embargo, esta se hace y por allí algo queda. Hace unos once años, el 26 de julio de 2009, con motivo de haber cumplido setenta años, se publicó en el Diario Vasco una entrevista a Santiago Martín El Viti y a este propósito dijo lo siguiente:
...todas las cornadas o las cogidas son por un error del torero. Es cierto que el toro avisa casi siempre pero incluso cuando no lo hace te coge por algo que tú no has hecho bien. Y de los errores se aprende. Como en todos los aspectos de la vida...
Por otro lado, don Javier Villán, en su obra Tauromaquias. Lenguaje, liturgias y toreros, bajo la voz Error, define entre otras cuestiones, lo siguiente:
Error. Las cornadas acaecen casi siempre por un error de los toreros. Es dogma universalmente aceptado que el toro avisa pero nunca se equivoca...
Seguramente habrá más opiniones y comentarios al respecto, pero los que cito creo que ilustran suficientemente la situación. Entonces, aunque queda un breve espacio para el azar o para la influencia de los elementos, sin duda las cornadas pueden atribuirse en gran medida debidas a errores de los toreros.

Plaza México, temporada 1973 – 74 

Este ciclo, organizado por DEMSA y segundo que encabezaba como gerente el ganadero Javier Garfias, constó de 16 corridas y una extraordinaria. El elenco de toreros lo conformaron, por orden de aparición Alfredo Leal, Eloy Cavazos, Antonio Lomelín, Curro Rivera, Mariano Ramos, Francisco Ruiz Miguel, Raúl Contreras Finito, Adrián Romero, Raúl Ponce de León, José Mari Manzanares, Jesús Solórzano, Pepe Cáceres, Manolo Espinosa Armillita, Mario Sevilla y Jaime Rangel. Actuaron también los rejoneadores Pedro Louceiro y Gastón Santos. Confirmaron su alternativa El Niño de la Capea y Curro Leal (1ª) y Jorge Blando (12ª) y se despidió de la profesión Luis Procuna (14ª).

Los grandes hechos de esa temporada fueron sin duda la faena de Mariano Ramos a Abarrotero de José Julián Llaguno que fue indultado en la 5ª del serial; la de Jesús Solórzano a Fedayín de Torrecilla en la 6ª; la del Niño de la Capea a Alegrías de Reyes Huerta en la 7ª, malograda con la espada; la de Luis Procuna, a Caporal con la que cortó el último rabo de su carrera y la de Jesús Solórzano a Billetero, ambos toros del Ing. Mariano Ramírez, estas dos en la 14ª.

Los efectos del número 13

El domingo 3 de marzo de 1974 se celebraba la 13ª corrida de la temporada. Alternaban Manolo Martínez, José Mari Manzanares y Mariano Ramos. El encierro anunciado era de San Mateo. La tarde y la temporada se presentaban cuesta arriba para el torero de Monterrey. Era su sexta presentación del ciclo y hasta el momento no había tenido una tarde en la que se pudiera decir que había justificado su posición de eje del mismo.

En el renglón de resultados, no había cortado un solo apéndice y sí al contrario, llevaba dos toros devueltos al corral, Campanero de Mimiahuápam en la segunda – esta tarde también el Niño de la Capea se dejó uno vivo – y Huapanguero de Reyes Huerta en la séptima. 

En esta última tarde ocurrió un hecho que vale para la anécdota, pues el juez de plaza, mi paisano don Jesús Dávila, le sonó a Manolo el primer aviso cuando intentaba meter al toro en la muleta. El torero, furioso, arrojó los trastos a la arena y se metió al burladero de matadores a esperar que le sonaran los otros dos avisos. Cuando sonó el tercero, salió, tomó su muleta y comenzó a torear por naturales, salieron los cabestros, uno de ellos arrolló al subalterno Chucho Morales, mientras, Manolo Martínez le metió la espada a Huapanguero que cayó muerto y después los cabestros también arrollaron al diestro. La gente pedía los trofeos para el torero. Gran bronca al juez, vueltas al ruedo al torero. Al final, multa al torero y hecho inusitado para la historia de la plaza.

Pero volviendo al tema, la decimotercera corrida de la temporada 73 – 74 era de fuerte compromiso para Manolo Martínez. Los toros de San Mateo, con edad, resultaron complicados. El cuarto de la tarde, llamado Borrachón, número 13, era el segundo del lote del llamado Milagro de Monterrey. Y era un toro con cierta historia. Gustavo Castro Santanero, caporal – mayoral – entonces de la ganadería relata lo siguiente:
Manolo Martínez, de novillero, le cortó el rabo a un novillo de nombre “Toledano”, número 50, al que me había dicho don Javier Garfias que le pusiera nombre. Cuando me preguntó por qué lo había bautizado así, le dije: “porque va a salir con mucho temple, igualito que las espadas de Toledo”. No recuerdo si era la segunda o la primera novillada que Manolo toreaba en Guadalajara. Estuvo sensacional; desde entonces apuntaba el cante. 
Ya de matador, a Manolo le salió el toro número 13 en la Plaza México, aquél famoso “Borrachón” que puso en peligro su vida por la cornada tan grave que le pegó en la corrida del 3 de marzo de 1974. A este toro, en el embarque, me le escapé gracias a que andaba muy bien “montao” en mi caballo “El Charrasqueao”; me hizo dos veces el viaje en un terreno muy corto, y en una corraleta me le salí. Eso fue nomás gracias a que andaba bien montado... (Gustavo Castro Cuna “El Santanero” Capítulo 7, Págs. 77 – 78)
El peso de la responsabilidad hizo a Manolo Martínez intentar hacerle fiestas al toro número 13. De las relaciones que pude leer, quizás pensó que podría someterlo como a Jarocho, de la misma ganadería, un par de años antes. Esto escribió Daniel Medina de la Serna sobre lo sucedido esa tarde:
Sin mencionar en ningún momento que se trataba de una corrida vieja, pasada de edad; lo que también puede corroborarse con las fotografías que publicaron los diarios, porque se ha venido creando la leyenda de que algunos de esos toros, especialmente el primero y “Borrachón”, tenían nueve años de edad y que hasta habían estado padreando en la ganadería. El causante del desaguisado era un toro resabiado, sí, de indudable peligro, al que Manolo Martínez, a pesar de haber sido avisado antes, trató de pasárselo por la faja hasta que sobrevino el percance; y es que las figuras, si lo son, tienen que pisar esos terrenos comprometidos cuando su jerarquía puede estar en entredicho, y la temporada, para el de la Sultana del Norte, se había venido dando en forma bastante adversa y necesitaba el triunfo… o la cornada…
La crónica de la agencia Excélsior, aparecida en el diario El Informador de Guadalajara al día siguiente del festejo, señala como mecánica del percance la siguiente:
El percance se registró en el tercio, cerca del burladero de matadores, cuando Manolo intentaba dar un pase natural a “Borrachón”, toro negro astifino, marcado con el número 13 y con 444 kilos. 
El burel, que había manifestado casta, se quedó y se venció; prendió a Manolo con el pitón izquierdo y derrotó. Todavía en el suelo el torero, el burel hizo por él y lo levantó impresionantemente por la casaquilla…
El parte facultativo presentado por el doctor Javier Campos Licastro, en esa fecha Jefe de los Servicios Médicos de la Plaza México fue del siguiente tenor:
Estado de shock traumático intenso. Herida de cuerno de toro como de 8 centímetros de extensión situada el tercio medio de la cara interna del muslo izquierdo. Hemorragia profusa. Se apreciaron dos trayectorias, la primera hacia arriba y afuera casi hacia el trocánter mayor, como de 36 centímetros de longitud. La segunda hacia fuera y abajo como de 24 centímetros de longitud. Están lesionados ampliamente los músculos vasto interno, vasto externo y recto anterior, con sección de la arteria y la vena femoral profunda. Pronóstico grave. Tardará en sanar más de quince días.
Sección de la arteria y la vena femoral profunda... En otros tiempos esa leyenda era una sentencia de muerte para un torero. El avance de la cirugía y quizás también, el destino, permitieron que Manolo Martínez superara esa gravísima lesión – aunque el parte facultativo use solamente el término grave – y continuara su carrera en los ruedos.

El día después

Entrevistado por periodistas de la agencia Excélsior en su habitación de hospital, el torero de Monterrey expresó lo siguiente al día siguiente del percance:
La temporada presente ha estado llena de percances para Manolo, 2 toros que oficialmente se fueron vivos al coral, aunque uno murió en el ruedo por su espada. La competencia de nuevas figuras, las broncas, los pleitos y en veces el arte de una capa que silenciosa recorre el espacio entre él y la res que bufa y estalla de nervios...
- “¿Contribuyó esto a la cornada?”
- “No creo. Lo que pasa es que el público cada vez me exige más. Competencia no creo, yo no tengo competencia, nadie...”
- “¿Pérdidas económicas?”
- “Pues en las plazas pequeñas – dice José Chafic – un promedio de 60,000 pesos por corrida. Lo que no toree en la México equivale a 250,000 por cada domingo”.
Pero lo que me duele es no poder torear las corridas que ya tenía firmadas...
Y ya tiempo después, con espacio para la reflexión, Manolo Martínez le contó esto a Ignacio Solares y Jaime Rojas Palacios:
¿Puede ser el mismo un hombre después de una experiencia así?
- Dicen que influyó determinantemente la impresión nerviosa que tuve al saberme herido de tanta gravedad… La verdad es que desde el principio, desde que entró el cuerno de Borrachón en mi carne, yo sentí que me moría, que la vida se me iba por la herida. Nunca me había sucedido, pero también es cierto que nunca había sufrido una cornada tan grave.
- ¿Te hizo más temeroso la cornada de Borrachón?
- Al contrario. Después de haberme salvado de esa cornada todo lo que viniera era ganancia. Nunca aprecia uno tanto la vida como cuando acaba de ver el rostro de la muerte. (Las Cornadas, Pág. 251)
La realidad es que en el imaginario colectivo, la cornada de Borrachón se percibe como un parteaguas en la historia taurina de Manolo Martínez. Recurro nuevamente a la apreciación de mi amigo Gastón Ramírez Cuevas, quien señala que el Manolo Martínez anterior al percance era el de blanco y negro y el posterior era en technicolor. El eterno contraste del antes y el después.

Sea como fuere, errores de los toreros, mero azar o simplemente, como decía El Negro, retribución de los toros porque no pueden hacerlo de otro modo, la historia de los toreros también se puede escribir a partir de las cornadas que reciben.

Manolo Martínez reapareció en Morelia el 31 de marzo de ese 1974. Alternó con Eloy Cavazos y Curro Rivera en la lidia de toros de Javier Garfias. Cortó tres orejas y un rabo. Yo le vi reaparecer aquí la noche del 23 de abril de ese año, flanqueado por mi padre y don Toño Ramírez González. Para lidiar toros de Gustavo Álvarez se acarteló con Eloy Cavazos y Mariano Ramos. Vestía un terno negro y oro y en el tendido corría la especie de que era el mismo que vestía la tarde del 3 de marzo anterior...

Y fuera de tema. En estos tiempos difíciles, cuiden su salud y la de quienes los rodean.

domingo, 26 de mayo de 2013

Una interesantísima pieza (II/II)


Aquí concluye lo que dejé pendiente la pasada semana…
…En lo referente al comportamiento de los toros, queda por dilucidar si obedece exclusivamente a una degradación de la especie, a un lamentable estado de la cabaña brava o a causas más inmediatas. Aunque no debe confundirse falta de casta con manipulación dolosa, la verdad es que, para los fines de los teóricos de la Fiesta, ambas se complementan. Al toro que no sale descastado de la ingeniería genética que practican muchos ganaderos se le «descasta» en los corrales. Ambas circunstancias conducen a lo mismo: a la docilidad del animal, a la generalización de un toro con las fuerzas precisas para mantenerse en pie embistiendo sin atosigar al matador. Lo que ocurre es que, a veces, a criadores y a manipuladores se les va la mano. Y, aprendices de brujo, son incapaces de controlar las fuerzas que han desatado. Por atemperar temperamento y fuerzas, les salen toros con sangre de horchata y toros verdaderamente inválidos. 
¿Cómo explicar los radicales cambios que experimenta el toro en las primeras carreras que da por el ruedo? Sale galopando con una pujanza y fiereza impresionantes, corre de acá para allá, obedece a los cites, acomete violento. Y, de repente, desfallece, claudica y rueda por la arena. En ese súbito cambio de personalidad algo ha pasado, independientemente de que el toro tenga más o menos casta. Alguna sustancia está obrando sobre su organismo y produciendo estas incomprensibles mutaciones. El pobre animal pasa dando tumbos el primer tercio, el tercio de banderillas, y luego acaba recuperándose, parcialmente, para llegar en circunstancias medianamente presentables a la muleta. En estas circunstancias debiera ser preceptivo el análisis de las vísceras para determinar por qué los toros se desploman. 
Pero no desesperemos. Si se minimiza, con tendencia a su supresión, la suerte de varas. Si, a sabiendas y groseramente, se manipula la fortaleza del toro, será por algo. Quizá porque el verdadero test, la suprema importancia, los taurinos la depositan en la muleta. Preparémonos, pues, a ver un toreo de arte sin mácula. Un toreo de arte, de plástica y de armonía requiere, dicen, un toro suave, noblote, justo de fuerzas; un toro que salga ya picado de chiqueros y, si es posible, de la dehesa o desde el vientre de la madre que lo parió. La tauromaquia así concebida convierte la pasión de lidiar en una composición de formas vacuas y sin emoción; se eliminan, por innecesarios, los recursos técnicos, la ciencia lidiadora y el arrojo y el valor. Al uniformarse las características de los toros, se uniforman también las reglas de la lidia. Con lo cual, las posibilidades de algunos toreros que sienten y practican el toreo con autenticidad quedan notoriamente disminuidas. Las sepulta la mediocridad general. Por contra, todos los toreros, artistas o no, empiezan a reclamar el toro «colaborador», su toro, ese enigmático cornúpeta de cuatro patas dotado de milagrosas condiciones que les permita hacer «su toreo». Otro engaño manifiesto. ¿Quién dice que hay más arte y más armonía cuando se torea despacio a un toro que embiste despacio? Eso se llama temple. Y si a un toro que embiste vivaz se le templa, también se está haciendo un toreo rítmico y armónico. Otra cosa es el arte, el sentimiento espiritual que provoca una determinada interpretación de las reglas taurómacas. El toreo se rige por unas normas, unos cánones que pueden ser cabalmente realizados por un diestro sin especial relieve artístico, sin una singularidad precisa. En principio, eso es lo esencial. Luego puede haber un valor añadido, una emoción de orden superior, por la que el ánimo y la voluntad del espectador son cautivados de una manera especial. Es el fulgor imborrable de una estética que no se puede explicar. Pero mientras esos milagros suceden, lo fundamental, lo básico, es la santísima trinidad, aún no desmentida, de parar, templar y mandar, y el estrambote, igualmente esencial, de cargar la suerte. Es más, estas premisas, siendo la base de toda tauromaquia, pueden llevarse a cabo sin exquisiteces. Pero no hay arte verdadero sin su cumplimiento. 
Vicios convertidos en virtudes 
En la Fiesta siempre hubo deformaciones, vicios, suertes mal ejecutadas y toreros que practicaron el arte de torear de manera deficiente y tosca. Siempre hubo también toros mansos, toros blandos, toros difíciles sin un pase. Pero los toreros sabían el oficio y lo ponían en práctica, y de una manera u otra resolvían la papeleta. O no la resolvían. Pero nunca las insuficiencias eran alabadas como virtudes ni lo accesorio elevado a rango de fundamento. Lo malo empieza cuando esas deficiencias se convierten en costumbres, son aceptadas por el público con toda normalidad y la crítica las silencia, les quita importancia o las jalea. Y los toreros cimentan en ellas sus triunfos y su fama. Olvido o trivialización del toreo al natural, citar con el pico de la muleta y con él conducir, lejanamente y hacia afuera, la embestida, y matar de horrendos y criminales bajonazos son algunos de los vicios que la costumbre está santificando. 
Resulta evidente que no todos los toros permiten lo que habitualmente conocemos por una faena más o menos perfecta. Y que los vicios enunciados, y otros que se dirán, pueden ser, en ocasiones, recursos técnicos de un toreo a la defensiva necesario e inevitable con ciertas reses. Nada hay que decir en contra de esto. La lidia entendida como lucha y sometimiento es no sólo una grandeza de la Fiesta, sino su fundamento y su origen. 
Lo malo surge cuando esos recursos técnicos y lidiadores se convierten en descaradas ventajas contra todo tipo de toros: con los broncos y con los pastueños, con los nobles y con los inciertos, con los mansos y con los bravos. En este sentido, citar al toro con el pico de la muleta, soslayando en consecuencia la rectitud del cite, es la base del toreo moderno. Y no es una cuestión únicamente de ortodoxia o de fidelidad a la letra de las viejas normas. Es que, provocando ese viaje del toro concéntrico al eje del torero, se eliminan todos los tiempos de la tauromaquia clásica: parar, templar y mandar y cargar la suerte. Únicamente se templa, y no siempre. Además, hay que reconocer que, en las condiciones en que se produce el cite y se desplaza la res, el temple es un acompañamiento habilidoso y no una técnica. 
Terrenos y distancias 
Según un extendido axioma taurino, treinta centímetros son los que separan la riqueza de la pobreza, el fracaso de la gloria. Esto no parece válido para hoy. Hoy, los límites se han ampliado notablemente, y sin franquearlos ni de lejos, muchos toreros se hacen millonarios. Es curioso que quienes defienden el toro objeto como condición necesaria para la manifestación gloriosa del arte, defiendan también, y sin asomo de contradicción, el muletazo fuera de cacho, distanciado, sin obligar al toro en los remates, basado todo en un temple ficticio y en una técnica que es únicamente habilidad y truco. Malos tiempos para la autenticidad, malos tiempos también para el arte. Y, sin embargo, pocas veces se han llenado las plazas como se llenan ahora. ¿Cuánto durará? El tiempo que la gente tarde en descubrir el fraude colectivo y multitudinario. Cuando eso ocurra, pasará lo de siempre: que los espectadores seguirán las hazañas de lo auténtico y desdeñarán los simulacros y los sucedáneos. Y las plazas dejarán de llenarse. Mediten los comerciantes en esa amarga posibilidad. Porque la verdad, es decir, el toro íntegro, acabará resplandeciendo. Y si no, nadie evitará el fin, la desaparición de esta fiesta noble, bárbara y hermosa. 
La gente del medievo soñaba el paisaje futuro como una sucesión de castillos feudales. Y, sin embargo, llegó el Renacimiento. Hoy se sueñan muletazos prescindiendo del toro, muletazos a toros disminuidos. Pero el toro llegará. Y, como siempre, pondrá todo del revés. O sea del derecho. Ya cada uno en su sitio.
Creo que cualquier comentario sobra…

En: Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Coordinación: Javier Villán. Ediciones Akal, Colección La Tronera, Vol. 3, Madrid, 1993, Págs. 7 – 14. 

domingo, 19 de mayo de 2013

Una interesantísima pieza (I/II)


En 1993 Javier Villán, crítico de toros del diario madrileño El Mundo, coordinó la publicación de un libro titulado Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Creo que no está de más recordar que es en 1992 cuando entra el Reglamento de la Ley 10/1991, publicada en el Boletín Oficial del Estado del 5 de abril de 1991, sobre potestades administrativas en los espectáculos taurinos (llamada La Ley Corcuera), publicado por Real Decreto 176/1992 del 5 de marzo de ese año.

Es también la temporada en la que Manolo Montoliú y Ramón Soto Vargas mueren a consecuencia de cornadas en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, misma que fue escenario de un gran fiasco al suspenderse una corrida anunciada para celebrar la realización de la Expo 92, por no aceptar los diestros anunciados los toros propuestos por la empresa.

Las firmas que integran la obra son entre otras, las del propio Javier Villán, Joaquín Vidal, Fernando Fernández Román, Juan Manuel Albendea, Fernando Bermejo, José Luis Suárez - Guanes, Javier Hurtado, Paco Apaolaza, Rubén Amón, Andrés Amorós, Clara Custodio, Carlos Ilián, Fernando Bergamín Arniches, William Lyon, Luis Nieto y Carlos Gil Laurelito Txiqui.

Del libro, tomo el primero de los artículos, que por su estructura y su contenido, me parece casi profético. Lo firma Francisco Vallida y Gil, un profundo conocedor de esto y un extraordinario escritor. No pude encontrar referencias acerca de su persona, pero su conocimiento del tema se desprende en automático del tratamiento del tema que enseguida y por su extensión, en dos partes, dejo a su consideración:

Una tauromaquia en defensa del toro bravo 
Francisco Vallida y Gil 
Una tauromaquia es una serie de normas encaminadas a un objetivo concreto: la lidia y muerte de un toro. Los ejes en torno a los que se mueve son dos: el toro y el torero. Y aún podría añadirse un tercer elemento, menos fundamental que los citados, pero también decisivo: el público aficionado. Los espectadores sancionan el toreo, y este se produce según los conocimientos y las exigencias que aquellos manifiestan. No es casual que los toreros se «alivien» sin ningún rubor en plazas en las que suponen un público menos entendido. Lo hacen también en plazas consideradas cátedras históricas, cuanto más en humildes ruedos de pueblo. 
Fijar las características de una tauromaquia pasa, necesariamente y en primer lugar, por un análisis del toro que sale a la arena. Obligado es establecer las adecuadas relaciones entre la forma de torear y las condiciones de las reses de lidia. Y en este aspecto conviene dejar claro qué clase de toro defendernos y exigimos, el toro objeto o el toro protagonista de la Fiesta. Decididamente estamos a favor del segundo. Mientras desde instancias oficiales, como el Ministerio del Interior, se consagra un modelo consumista y vacuo de la Fiesta y se entierra definitivamente el concepto de bravura, hay que insistir, una y otra vez, en el protagonismo sin merma del toro. Y en la subordinación de todo el espectáculo a esta rara especie, un fenómeno de la naturaleza, relegado con frecuencia al papel de comparsa.  
Un toro, para que pueda ser definido como toro de lidia, precisa de unas características morfológicas y temperamentales muy concretas: animal poderoso, íntegro, dotado de una capacidad ofensiva que, ante determinados estímulos, reacciona agresivamente. 
La integridad se refiere también, inevitablemente, a su aspecto genético que, al fin y al cabo, condiciona su comportamiento durante los veinte minutos que va a durar su lidia. Si genéticamente el toro está ya tarado, si se han seleccionado y buscado conceptos como docilidad, dulzura, ductilidad, casta baja, etc., de nada valen todas las normas con las que se quiera defender la intangibilidad del toro. Este estará ya «afeitado» desde el momento mismo de la concepción.  
La fiesta de los toros es, todavía, una fiesta rural y ese rescoldo de naturaleza es el que la está salvando de una configuración meramente industrial a pesar de los intentos de muchos por alterar la idea tradicional del toro de lidia. Cada encaste tiene su propia personalidad. Y esa forma de comportarse, junto con su tipo físico, son valores intrínsecos trascendentales que los ganaderos deben de guardar como lo que son: verdaderos tesoros patrimoniales y colectivos. Sin embargo, no podemos detenernos sólo en este aspecto, por grave que sea. 
No parece infundada la sospecha de que el comportamiento del toro en los ruedos obedezca, en ocasiones, más que a una degeneración de la especie, a manipulaciones dolosas e inmediatas al inicio de la corrida, que modifican su comportamiento. Hay que ser tajantes en este aspecto. Con el toro íntegro, manso o bravo, bronco o pastueño, hay tauromaquia. Con el toro manipulado, debilitado y disminuido, hay un sucedáneo del arte de torear.  
Establecido como punto de partida, inexcusable, de cualquier tauromaquia la integridad del toro, hagamos un poco de historia. Tratemos de determinar si una forma de torear ha impuesto un tipo de toro, o la evolución del toro, sus condiciones físicas y anímicas, ha obligado a torear de una forma determinada.  
Desde Juan Belmonte, los ganaderos han ido modificando el toro para adecuarlo a las nuevas formas de torear. Con el toro de principio de siglo podía Joselito, en el ejercicio de una tauromaquia concebida para esos toros; Belmonte, no. Con el toro que caracterizó los años veinte, más aún los treinta, Belmonte ya podía hacer su toreo innovador. Y quienes heredaron su escuela, lo perfeccionaron con el toro de los años treinta, que era un toro de mayor calidad, seleccionado en pureza, con sus características esenciales – trapío, casta y bravura – perfectamente equilibradas. Puede que la Edad de Oro del toreo sea, según está comúnmente aceptado, la de José y Juan. Mas la quintaesencia del toreo en todos los órdenes se produjo en los años treinta. Luego vino la gran fractura de los años cuarenta, y empezó la decadencia. Con la excusa de la Guerra Civil se lidiaba un toro anovillado (o el novillo, sin ningún rubor), con el que Manolete pudo hacer manoletadas; Arruza, arruzadas, y todo lo demás. Estos fueron los precedentes de la cadena de despropósitos que han llegado hasta hoy, siempre en función del toro, que iba perdiendo en cada etapa buenas porciones de agresividad y fortaleza: Litri con el litrazo, Chamaco con las chamacadas, El Cordobés y su salto de la rana. Y después aún peor, porque los públicos rechazaron el tremendismo con sus brotes de toreo bufo, y se pasó a la ficción de toreo serio, hasta llegar a la insoportable mascarada de nuestros días. Es cierto que Belmonte inició lo que hoy llamamos decadencia del toro de lidia fiero e indomable, pero no puede responsabilizársele de los desatinos actuales. «Sus» toros aún eran toros.  
Las condiciones de las reses afectan a todos los tercios de la lidia. Veamos, por ejemplo, el tercio de varas. Todo lo que en él ocurra tiene una importancia decisiva. Y no es accidental que nos fijemos especialmente en él si, como pretendemos, se trata de establecer una tauromaquia basada en la integridad. Es decir, una tauromaquia en la que el toro, como decíamos al principio, sea protagonista y no objeto; elemento activo y determinante de la Fiesta y no sujeto pasivo.  
La suerte de varas es tercio fundamental y afirmamos que sin ella cualquier cosa que ocurra en el ruedo caree e de importancia. La suerte de varas ser justifica por ser el único procedimiento conocido para ahormar al toro y, a la vez, probar su bravura. Si no se cumplen estas dos funciones – no una, las dos –, la suerte de varas no tiene sentido. Es más, supone una sangrienta ejecución, una carnicería cuyo deprimente espectáculo bastaría para dar la razón a quienes acusan a la Fiesta de los toros de bárbara e inútil crueldad. La suerte de varas ha ido modificándose y está en trance de desaparecer. Toreo a caballo pudo llamarse en tiempos la suerte de picar y vara de detener la puya. Y para cumplir el doble requisito de ahormar al toro y medir su bravura eran preceptivos al menos tres puyazos. No es capricho. Un toro puede parecer bravo en el primer encuentro y rajarse luego, huir en los siguientes. Por eso, todas las reglamentaciones, excepto la nefasta de Corcuera, ha regulado las tres varas. Argumentando en base a la debilidad de los toros, la costumbre ha ido rebajando el número de entradas al caballo, pero no sus mortales efectos. Efectivamente, en un puyazo pueden causarse más destrozos que en tres. Ha cambiado el sentido y concepción de la suerte. Y de suerte torera, bella y necesaria ha pasado a ser una suerte matarife, en la que el toro, sin ninguna ventaja por su parte, es destrozado por el picador. Esta concepción es lo que trata de justificar la reducción a uno o dos los puyazos reglamentarios. Se protege así, dicen, al toro y se le conserva más entero para la muleta. La argumentación contiene tres falsedades: la primera, aceptar como inevitable y deseable un toro genéticamente disminuido: segunda, creer que al toro se le castiga menos, y tercera, pretender que con ello se reduce el aspecto cruento de las corridas de toros. Por el contrario, lo que se pone de relieve es la indefensión del toro, la mutilación de una parte esencial de la corrida y la impunidad de los picadores, que, subidos a su fortaleza, machacan sin piedad al animal. Para este viaje no se necesitan alforjas. Y si de lo que se trata es únicamente de castigar y reducir la res, esta podría ya salir disminuida de chiqueros y nos ahorrábamos trámites. En definitiva, todo es coherente. Llegado ese momento de la desaparición de la suerte de varas, y no sería demasiado extraño que llegase, se habrá conseguido lo que muchos vienen persiguiendo hace tiempo: convertir al toro bravo en un dócil animal doméstico. Eso sería el principio del fin. No estaríamos lejos, salvando todas las distancias, de aquella exageración de Hemingway, quien profetizó el principio del fin con la aparición del peto. No se trata de volver a la prehistoria, sino de darle al toro, íntegro y en posesión de todos sus recursos de defensa y ataque, alguna oportunidad. En estos derechos debieran insistir las asociaciones protectoras de animales. En esto debiera insistir el Ministerio del Interior que, so capa de adaptar el castigo a las fuerzas del toro, precarias, ha enterrado el concepto de bravura y de fuerza. Hay un dicho popular que es necesario repetir aquí: un puyazo lo toma hasta un buey. Por otra parte, al aceptar el nuevo reglamento que se lidien toros con las astas arregladas bajo la responsabilidad del ganadero o para corregir los desperfectos de un supuesto accidente, se abre un peligroso portillo para que se cuele el afeitado descarado y llano. Es el ejemplo más cínico del mercantilismo que rige las corridas de toros. No nos oponernos a las legítimas ganancias de todos los sectores del mundo taurino. Nos oponernos al fraude, a la estafa y a las prácticas tendentes a mutilar al toro. Es decir, defendemos al toro en clara sintonía con las sociedades protectoras de animales. El argumento de Corcuera para aceptar toros con astas accidentadas es que un toro vale mucho dinero que un ganadero no puede perder. ¿Por qué no hacerlo extensivo al toro cojo, al reparado de la vista, al anovillado, etc.?...
En: Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Coordinación: Javier Villán. Ediciones Akal, Colección La Tronera, Vol. 3, Madrid, 1993, Págs. 7 – 14. 

Concluye la próxima semana…
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