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domingo, 1 de diciembre de 2013

Cagancho. A 85 años de su confirmación de alternativa en El Toreo de la Condesa

Cagancho

Cagancho en México, Cª 1928
Foto:Sosa 
En 1923 Domingo González Dominguín dejó de vestirse de luces para dedicarse a la organización de festejos y al apoderamiento de toreros. Uno de los primeros que llamaron su atención fue un gitano de Triana al que muchos toros se le iban vivos, pero que se veía más atropellado que temeroso y en el que el de Quismondo advirtió tres activos que podrían llevarle a caminar lejos en las veredas del arte de torear: una excelente figura para ser torero, una gran personalidad y una especie de bula que los públicos parecían haberle concedido contra sus frecuentes fracasos. Esas cuestiones, sumadas a la personalísima calidad del toreo que ejecutaba consiguieron que uno de los primeros toreros que apoderara Dominguín fuera precisamente ese gitano que llevaba por nombre Joaquín Rodríguez Cagancho.

Cagancho recibió la alternativa en Murcia el 17 de abril de 1927 de manos de Rafael El Gallo y la confirmó en Madrid el 22 de junio siguiente apadrinándole Valencia II. Entre esas dos efemérides ya Joaquín Rodríguez Ortega había construido uno de los grandes hitos de su historia, en Toledo – plaza que gestionaba su apoderado Dominguín – cuando Gregorio Corrochano escribió aquella famosa crónica titulada: El torero Cagancho es una talla de Montañés – la pueden leer aquí – y algo más de un mes después de su confirmación madrileña, marcó otro de esos hitos en la plaza de Almagro – pueden leer una crónica de esos hechos aquí –, creando una expresión del habla popular para designar un comportamiento desafortunado – quedar como Cagancho en Almagro – lo que en ese breve espacio de tiempo, hacía al torero de la calle del Evangelista uno al que todos querían ver.

La temporada 1928 – 1929 en El Toreo

La temporada 1928 – 1929 de El Toreo de la Condesa se le comenzó a complicar a Eduardo Margeli. Eduardo Pagés, exclusivista de Juan Belmonte, pedía para su torero algo así como la mitad de la entrada bruta del coso y tras de él, los demás que encabezaban el escalafón hispano también hicieron peticiones de sumas importantes. Margeli sopesó la posibilidad de dar la temporada con toreros mexicanos solamente y aprovechando esa situación, Dominguín le ofreció a tres toreros nuevos, alternativados apenas el año anterior y que en su conocimiento del ambiente mexicano, podrían interesar a nuestra afición: el valenciano Vicente Barrera y los trianeros Francisco Vega de los Reyes Gitanillo de Triana y Joaquín Rodríguez Cagancho.

El elenco de la temporada se completaría con los toreros mexicanos Luis Freg, Pepe Ortiz, Juan Espinosa Armillita, Fermín Espinosa Armillita Chico, Heriberto García y Paco Gorráez. Los toros provendrían de La Laguna, Piedras Negras, Zotoluca, San Diego de los Padres, Atenco, San Mateo, Carmen de Federico y La Punta.

Entre las 20 corridas de toros de las que constó el serial, se intercalaron dos festejos en los que actuaron el rejoneador Miguel Cuchet – quien mató dos novillos de San Nicolás Peralta – y los todavía becerristas Manolo, Pepe y Rafael Bienvenida quienes enfrentaron erales de Atenco y San Diego de los Padres.

La corrida del 2 de diciembre de 1928

La séptima corrida de la temporada fue la de la presentación y confirmación de alternativa de Cagancho. Se anunció un encierro de La Laguna para Fermín Espinosa Armillita Chico, Heriberto García y el confirmante. La impresión que produjo Joaquín Rodríguez con su toreo en la afición de la capital mexicana fue muy grande. La parte medular de la crónica que escribió don Alfonso de Icaza Ojo para el semanario Eco Taurino relata lo que sigue:
Junto a “Cagancho” toros y toreros se ven pequeños. ¡Gitano genial! Amalgama de tal modo su personalidad, que todos los lances que ejecuta ante el toro son suyos. Suyas, de “Cagancho”, las verónicas legendarias. Suyas también, las “chicuelinas”. Suyas, y muy suyas, las medias verónicas. Y sus pases de muleta, sus lances para colocar al toro en suerte, sus reboleras, su seriedad y su energía en la plaza. Este sí es un torero macho. Macho, a lo humano, con toda la virilidad, la supremacía, el dominio que Dios concedió al hombre en la creación. Los que se comen a los toros podrán ser machos, pero machos de bestias, no machos humanos. Ninguno entre los toreros tiene tipo tan varonil como “Cagancho”. Nada de rebuscamientos, ni de finura exagerada, ni de exquisiteces con vistas al preciosismo. En “Cagancho” todo es hombruno. Todo es propio del hombre. Cuanto ejecuta en la plaza sabe a hombría. “Cagancho” torero es un hombre. No; diremos la verdad: “CAGANCHO” en la plaza es un SUPERHOMBRE. Y claro; a los superhombres no se les discute. Por eso en la plaza no hubo ayer ni porras ni contra porras. Hubo sólo aficionados perplejos ante el arte único del Gitano Genial. Después de la faena cumbre al cuarto toro, nadie aplaudía. Eran momentos demasiado solemnes para ser turbados por el ruido de las palmadas. La blancura de los pañuelos que demandaban la oreja para “Cagancho” simbolizaba en aquellos momentos la unión de todos los aficionados para proclamar que ¡al fin! Habían encontrado a su torero…
Un Faraón y una Diosa
Foto: Enrique Bordes Mangel
Hurtada del blog Luciérnagas y Coyotes
Armillita le cedió a Joaquín Rodríguez al primero de la tarde al toro Polvorín y el gitano culminaría su tarde de asombro cortando el rabo de Merenguillo, cuarto de los laguneros corridos esa tarde.

Cagancho terminaría toreando nueve corridas esa temporada de su presentación, en la 1929 – 1930 actuó once tardes; en la 1931 – 1932 participó en doce festejos; en la 1932 – 1933 toreó diez corridas y once más en la 1935 – 1936 para sumar cincuenta y tres festejos en El Toreo de la Condesa en esas cinco temporadas. Tras la reanudación de las relaciones taurinas entre españoles y mexicanos en 1944, todavía sumaría algunos festejos más.

Esa fue la profundidad con la que impactó a la afición la torería de Cagancho y marcó el inicio de una relación del torero gitano con México y con su gente que duró para siempre y que le convirtió en un personaje que llevó su aura y su leyenda más allá de los ruedos.

Apéndice: Cagancho, consejero presidencial

La compenetración de Cagancho con México y con su gente fue total. Tanto que se quedó a vivir entre nosotros y cuando dejó los ruedos a veces tuvo que buscarse ocupaciones que poco o nada tenían que ver con la fiesta. Lo que enseguida les cuento quizás no tiene que ver con la efeméride, pero sí con el impacto del torero y del hombre entre nosotros.

Ya había mencionado esto en otro sitio de esta Aldea, pero tengo ya la relación exacta de los hechos que hace el Embajador don Justo Sierra Casasús, en su día, Secretario Particular del Presidente Adolfo López Mateos, misma que es la siguiente:
- [López Mateos]... sentía una profunda admiración por otro diestro, ya retirado, que vino a morir en México, Joaquín Rodríguez, “Cagancho”... 
- ¿Amigo...?
- Mucho. Le quería en verdad e incluso hay una anécdota digna de contarse que revela el carácter bondadoso de Adolfo... 
- ¿Con quién...? 
- Con sus amigos, sobre todo... 
- Pues venga...
- “Cagancho” estaba mal económicamente cuando regresó a México. No guardó una peseta y andaba a la deriva. Todavía no se hacía cargo de la finca de los Trouyet y se las veía negras para irla pasando. Incluso, ya de viejo, salió a torear por la provincia para hacerse de unos cuantos pesos, aun cuando él mismo sabía que ya no estaba para esas danzas...
- Siendo ya Presidente Adolfo López Mateos un día se me presentó Joaquín. Quería ver si se podía hablar con su amigo “unos segundos”...
- Le recibió casi de inmediato...
- Bajé con el diestro sevillano y le dije: “El señor Presidente te recibe en unos minutos...”
- Pero – preguntó “Cagancho” – a ¿A mí solo?...
- Sí, a ti solo. La entrevista es contigo, no conmigo. Así que entrarás sólito... “Mare” de mi vida –dijo Joaquín – pero si está más difícil que encerrarse con seis toros de Miura. Ni modo. 
- Y entró. La entrevista duró pocos minutos, pero, al salir, “Cagancho” traía una sonrisa de oreja a oreja. Salió como castañuela y me dijo: Que dice “er – señó”, que vayas… 
- Y fui – agrega Justo Sierra –. Allí recibí instrucciones presidenciales que de inmediato tramité: Fui con Donato Miranda Fonseca, secretario de la Presidencia y le dije: “dice el señor Presidente que agregues como Consejero de aquí, en lo personal, al señor Joaquín Rodríguez Ortega…”.
- ¿Y qué pasó...?
- Pues me preguntó sus generales y cuando me preguntó cuál era su profesión y yo le dije: “torero”, por poco y se cae del sillón. ¡Hubieran visto su cara! ¡Un torero de consejero del Jefe de la Nación...!
- ¿Qué pasó entonces...?
- Lo que tenía que pasar: se le nombró Consejero con el sueldo correspondiente a ese cargo, mismo que le era entregado en su casa al gitano de Sevilla. Así se hizo hasta que terminó el gobierno...
- ¿Y Miranda Fonseca...?
- Tuvo que apechugar. Ni modo de decirle al Presidente de la República que aquello era indebido e inusitado. Nada de eso... Entonces la amistad era profunda...
- Desde luego, y sobre todo, con el historial de “Cagancho”, con su gran categoría y la simpatía que la brotaba a raudales...
Así se quiso y se respetó a Cagancho en México.

Joaquín Rodríguez Cagancho se quedó entre nosotros para siempre. Falleció en la Ciudad de México el día 1º de enero de 1984. 

domingo, 13 de octubre de 2013

Los giros de la fortuna (II)

La cornada de Margeli vista por el ilustrador de
El Imparcial (México D.F., 16/10/1900)
Eduardo Margeli Furcó tenía 20 años cuando llegó a México en 1895. Venía acompañando a sus primos Juan José Durán Pipa, matador de toros también natural de Cádiz y Antonio, hermano de éste. Algunos afirman que venía enrolado en la cuadrilla del primero como banderillero y otros, como Verduguillo, señalan que Margeli venía a México a ejercer su oficio de carpintero. Sea cual fuere la verdad de su ocupación al llegar a nuestro país, terminaría dedicándose a cuestiones relacionadas con la fiesta de los toros, primero vistiendo el terno de seda y alamares y después, siendo empresario, ganadero y como dice Cossío en su obra monumental, siendo el árbitro de las cosas de los toros aquí.

Una de las primeras noticias ciertas que se tienen de Margeli como banderillero es en la cuadrilla de Juan Jiménez Ecijano, aunque de nuevo es Rafael Solana Verduguillo quien controvierte esa información y señala que es más bien en una corrida celebrada en Durango el 26 de marzo de 1899 – cuatro años después de su llegada a México – a beneficio de los deudos del torero de Écija, cuando debuta como subalterno. De ser cierta esta última versión, la carrera de quien vestido de luces era apodado El Gaditano, fue brevísima según veremos enseguida.

La temporada que enlazaría a los siglos XIX y XX en la vieja Plaza México de la Calzada de la Piedad comenzó de una manera accidentada. En la corrida que abrió el ciclo, el domingo 7 de noviembre de 1900, Diego Prieto Cuatrodedos, quien alternó con Antonio Arana Jarana ese día en la lidia de toros de Piedras Negras, se llevó una paliza de consideración y siete días después, sería Eduardo Margeli la víctima del infortunio.

La segunda corrida de la temporada se daba el 14 de octubre de 1900, con toros de Santín, propiedad de don José Julio Barbabosa, para José Machío Trigo y Antonio Arana Jarana. El festejo resultó ser uno de esos que desde antes de su inicio comienzan a torcerse y terminan en auténticos desaguisados. Así lo refleja la siguiente relación de sucesos aparecida en el diario El Universal de la Ciudad de México del 16 de octubre de 1900:
Infracciones al reglamento de corridas de toros… La corrida de toros que antier se efectuó en la plaza «México» de esta capital dejó al descubierto y en actitud de punible abandono que provoca a ira, la energía de nuestras autoridades para hacer cumplir las disposiciones de ellas emanadas… El artículo 62 del Reglamento de corridas de toros, del 16 de febrero de 98, previene que no podrán venderse billetes más que en los expendios previamente anunciados por la empresa y por los vendedores ambulantes que autorice bajo su responsabilidad, debiendo tener dichos vendedores sus distintivos y no pudiendo alterar los precios fijados en los programas… Sin embargo, momentos después de haber sido abiertos los expendios en la plaza, se agotaron en ellos los boletos de entrada, pero multitud de vendedores ambulantes merodeaban por allí exigiendo precios casi dobles por los billetes: los de sol que valían cincuenta centavos eran vendidos a setenta y cinco y los de sombra que valían a dos pesos, eran vendidos a tres… Muchos suponen, no sabemos que en esto haya tomado la empresa alguna parte, pues sin su concurso los vendedores ambulantes no hubieran podido acaparar todos los billetes; pero la mayor responsabilidad por la infracción cometida, cae fatalmente sobre la autoridad en primer término, por no haber previsto el abuso de la empresa y enseguida, por no haber retirado de las cercanías de la plaza, como medida de policía a los que abusaban de tamaña debilidad, defraudando los intereses del público… Ante esas infracciones, se pregunta uno ¿para qué sirven el Regidor de diversiones, el Inspector del Ramo y la policía misma?... Otra de las infracciones cometidas fue la de la fracción III del artículo 48; ella establece que las empresas están obligadas a tener en las cuadres desde la antevíspera de la corrida, los caballos necesarios, a RAZÓN de cinco por cada toro que haya de lidiarse, y en la corrida del domingo no existían en la cuadra los 30 caballos correspondientes… Esto demuestra que hay que retomar la fracción IX del artículo 48 en el sentido de que el Director de lidia sea nombrado por el Ayuntamiento y expensado por él. Todas estas infracciones, todos estos abusos cometidos a la sombra de la autoridad y de la debilidad, deben corregirse en lo sucesivo, pero de una manera enérgica y decisiva…
Eduardo Margeli fue herido por el sexto toro de la tarde. Recibió una cornada penetrante de vientre que por la época en la que sucedió y por la extensión de la misma, debió ser mortal y sin embargo, sobrevivió a ella. Encontré varias versiones acerca de la manera en la que el percance se produjo. Voy a reproducir algunas a continuación:

Así lo contó El Primer Reserva en El Imparcial del día siguiente del festejo:
Sexto. – Aldinegro, bien puesto, de romana, hermosa lámina y marcado con el número 147. A su salida, encuentra a «Brazo de Hierro» suelto, por lo que le hace perder el caballo y le mete de cabeza en el callejón... Juan Pérez le pone una vara con caída y pérdida de cabalgadura. «Brazo de Hierro», sin mojar, cae al descubierto, perdiendo la mariposa. La plaza se queda sin picadores y el público empieza a gritar... Martínez sale de los corrales para mojar una vez. El toro salta al callejón y despeja a éste de tanto estorbo que había... «Minuto», en medio de la gritería ensordecedora del público, dedicada al biombo taurino, deja un mal par a cabeza pasada, después de cual, entra «Gaditano» y coloca medio de sobaquillo, siendo silbado ruidosamente... La cogida. – Como banderillero de vergüenza, vuelve de nuevo con los palos, entra por el lado izquierdo, que era por el que había entrado antes su compañero «Minuto» y él, sin prever que el toro se «acostaba» de ese lado, y dejó al cuarteo un par, del que sale cogido y volteado... Al principio se creyó que la cornada no había sido grave pues el diestro se levantó con entereza y por su pie se dirigió a la barrera, pero no pudo saltar ya y fue ayudado y conducido a la enfermería...
J. de C. en El Correo Español del 16 de octubre de 1900, escribió lo que sigue:
Sexto. – Colorao, de gran presencia y mucho poder, un verdadero toro... Arremetió con bravura a los piqueros, dándoles varios tumbos... Al cambiar de suerte, el público protestó, armando un gran escándalo... El «Gaditano», entre aquella gritería, entró al cuarteo, cortándole el toro el viaje y enganchándole por el vientre, levantándole y arrojándole a gran distancia. Acudieron todos sus compañeros al quite, llevándose al toro. El pobre muchacho se levantó y fue por su pie a la barrera, saltándola. Una vez ahí cayó en brazos de los monosabios, que le llevaron a la enfermería. El desgraciado banderillero sufrió una horrorosa cornada de 18 centímetros de profundidad, que entrando por el hipocondrio derecho le atravesó los intestinos. La herida ha sido considerada por los médicos de mortal de necesidad, y probablemente el valiente muchacho habrá dejado de existir a estas horas...
Y como es costumbre en estos casos trágicos, no faltan los agoreros del desastre que solamente encuentran interés en la fiesta para denostarla, como lo refleja esta nota aparecida en el diario El País, del 16 de octubre de 1900:
Siempre ha censurado EL PAÍS el salvaje espectáculo de las corridas de toros, dando para ello poderosas razones... Hoy nuevamente, con motivo de la desgracia ocurrida en la corrida del domingo y que en nuestro deber de informar nos vemos en el caos de consignar, volvemos a repetir que a espectáculo tan salvaje como el de las corridas de toros, no debe concurrir ninguna persona que profese la Santa Religión Católica para no fomentar esa nefanda fiesta... Como decíamos, en la corrida celebrada el domingo en la plaza «Méjico», después de un herradero continuo durante los primeros cinco toros, al salir el sexto, que fue el más valiente de la tarde, arremetió con tal furia en contra de los picadores, que en un momento mató cinco caballos, recibiendo en cambio, nueve lanzazos... El director del cambio de suertes, que lo era Honorio Romero «El Artillero», torero retirar y que siempre fue una nulidad en las plazas, ordenó el cambio de tercio no debiendo hacerlo, por no estar el toro bastante castigado y conservar la cabeza en alto y demostrar gran bravura... Un banderillero, «El Gaditano», cumpliendo con su obligación, quiso colocar un par de banderillas, y al verificarlo, el toro lo enganchó en el hipocondrio izquierdo, infiriéndole una profunda lesión de diez centímetros de extensión por cinco de ancho, haciéndole pedazos el epiplón... El herido fue trasladado a la enfermería, donde se le hizo la primera curación, siendo después trasladado a su casa en estado de suma gravedad... El público que asistió a la plaza se oponía a que el toro fuera banderilleado en tales condiciones, pero el Regidor Pérez Gálvez, que presidía la corrida, indicó que la orden estaba dada, así que si el infeliz torero muere, tanta culpa tiene Pérez como «El Artillero»... La corrida en general fue un fracaso, y así prometen serlo las demás…
Eduardo Margeli fue atendido en primera instancia por los encargados del servicio médico de plaza, doctores Carlos Cuesta Baquero y Silverio Gómez. A poco de iniciar la auscultación del herido se les agregó el doctor Ricardo Suárez Gamboa, Médico Militar y que era profesor de cirugía en la entonces Escuela Nacional de Medicina, además de ser autor de una serie de monografías de clínica quirúrgica. La primera versión de la extensión de la herida y de la técnica quirúrgica aplicada para atenderla se publicó al día siguiente del festejo en El Imparcial y es de la siguiente guisa:
La herida. – Está situada en el hipocondrio izquierdo, como a cinco centímetros abajo del borde de las costillas y sobre el borde izquierdo del músculo recto anterior. Perforó las paredes del vientre, penetrando el cuerno hasta el colon descendente, causando hernia voluminosa, sin que al parecer haya herida del intestino. El cuerno, que estaba astillado, penetró poco arriba de la región inguinal, levantando la piel en todo el trayecto, hasta el nivel antes dicho, que fue donde perforó el vientre. Eduardo Margeli, «Gaditano», presenta además una escoriación de grandes dimensiones en el frontal y algunas contusiones en el costado derecho. El pronóstico es mortal. Creen los médicos que es casi segura la aparición de la peritonitis, de la cual difícilmente se salvaría el herido. La operación. – Se procedió a cloroformar al herido, encargándose de aplicar el anestésico el señor Benjamín Calderón. Conseguida la insensibilidad del paciente, se desbridó ampliamente la herida, haciéndose la asepsia de las asas herniadas, resecando los fragmentos de epiplón, haciéndose un cuidadoso aseo de toda la cavidad del vientre; se hizo la canalización del vientre, con tan buen resultado, que antes de terminar la curación se comenzaron a producir líquidos por la canal. Se procedió enseguida a hacer las suturas y ligamentos necesarios, colocándose un apósito de gasa esterilizada, para impedir la infección…
Días después – 17 de octubre –, en el diario capitalino El Popular, se da cuenta de los avances en el estado de salud de El Gaditano:
El «Gaditano» fue trasladado a su casa, callejón de la Teja número 9 y allí es asistido por los doctores Gómez y Cuesta... Pasó la noche del domingo relativamente tranquilo y sin elevación de temperatura, pero desde el amanecer del lunes se inició la fiebre que a las 5 de la tarde de ese día, era, según indicación termométrica, de 39° y cinco décimos... Hoy, martes, a las 10 de la mañana, se hará al herido la segunda cura... Su estado es grave, pero los médicos no se desmoralizan y tienen esperanzas de salvarle... La herida que recibió el banderillero Eduardo Margeli (a) el «Gaditano» y que es gravísima, de las que ponen en peligro la vida, está situada en el lado izquierdo y en la parte inferior del tórax. Penetro el asta del toro al nivel de la fosa iliaca izquierda, inmediatamente arriba del pliegue inguinal, haciendo una herida de 7 u 8 centímetros de longitud, y rompiendo la piel y el tejido celular fue a penetrar la cavidad del vientre al nivel del hipocondrio. Por este orificio hicieron hernia el epiplón y el colon descendente, pero afortunadamente para el herido, no hubo herida intestinal... Los doctores Gómez y Cuesta, ayudados inteligentemente por el doctor Ricardo Suárez Gamboa, operaron al herido desbridando la herida, redujeron las vísceras herniadas, canalizando después con gasa antiséptica y un tubo la cavidad peritoneal, e hicieron las correspondientes suturas en la pared ventral…
Con sus altas y sus bajas, Eduardo Margeli logró superar la infección – no había antibióticos en esos días – y evitar el tétanos. No obstante, ya no pudo volver a torear. El día 24 de marzo de 1901 se le ofreció por el empresario Ramón López un festejo a su beneficio. Se lidiaron toros de Cazadero (1º y 7º), Parangueo (2º, 3º y 6º), Miura (4º) y Guanamé (5º) por los diestros Eduardo Leal Llaverito, Francisco Soriano Maera, Juan José Durán Pipa, Manuel Lavín Esparterito, Juan Vara Varita y Sebastián Chávez Chano. El cuarto, de Miura, que era semental de Cazadero, solamente se picó y banderilleó, volviendo vivo a los corrales. Ricardo Leal hizo el Tancredo y todos los diestros actuantes hicieron quites, pusieron banderillas y pasaron de muleta.

La cornada vista por el ilustrador del diario
"El Popular" (México D.F., 20/10/1900)
Tras la lidia del segundo, el empresario Ramón López entregó a Margeli un obsequio y entre el cuarto y quinto toros Pipa y Llaverito sacaron al ruedo a Margeli para cortarle el añadido. Hecho esto, la concurrencia le pidió diera la vuelta al ruedo y al hacerlo, comenzó a arrojarle dinero, de las lumbreras de la plaza, el Ministro de Hacienda José Yves Limantour, envió un billete de banco y lo mismo hicieron otras personalidades de esas localidades. Al final, los diarios que relatan el festejo y el mismo Verduguillo señalan que en esa pasada de capote recibió doscientos sesenta y un pesos, que se sumaron a los dos mil quinientos que fue el beneficio líquido del festejo, dinero con el que pudo volver a andar el camino.

Poco tiempo después volvería Eduardo Margeli a aparecer en el ambiente taurino. Entre 1908 y 1909, cuando Saturnino Frutos Ojitos se dedicó al completo a la atención de la carrera de Rodolfo Gaona, junto con Manuel Martínez Feria y Enrique Merino El Sordo reunieron una nueva Cuadrilla Juvenil Mexicana, asunto del que ya me he ocupado por aquí y algunos años después comenzaría, al decir de Cossío, una actividad de guía y apoderamiento de los toreros españoles que llegaban a México por aquellas fechas.

Terminaría sus días siendo empresario de El Toreo de la Condesa y parte de muchas y muy grandes controversias, aunque para él, el giro de la fortuna fue positivo, porque de haber recibido una cornada que en su tiempo era mortal de necesidad, escaló las posiciones necesarias para llegar a ser, como decía al principio, citando a Cossío, el árbitro de las cosas de los toros en nuestro país.

domingo, 1 de agosto de 2010

5 toros de Coquilla... y 2 sueños (I/II)

En el año de 1936 España iniciaba una Guerra Civil, que como todas las de su género, me parece que tuvo un absurdo substrato. En ese mismo calendario se rompieron las relaciones entre las torerías de México y de la Península, por causas de origen más político que taurino. En ese entorno se encontraba Domingo González Mateos Dominguín, empresario, apoderado y padre de toreros en agraz. Siendo junto con Eduardo Margeli accionista de la empresa que tenía a su cargo los asuntos de la Plaza de el Toreo de la CondesaEl Toreo de México S.A. –, su permanencia en el coso más grande de México se veía comprometida, pero también en su tierra estaba en aprietos, pues por causa de la Guerra la actividad taurina se paralizaría prácticamente y en esas condiciones, había que buscar en dónde sacar adelante el quehacer familiar.

Pepe Dominguín, en Mi Gente, lo cuenta de la siguiente manera:


Desembarcamos en Veracruz. Allí, un propio del coronel Escalante nos esperaba para hacer el viaje a México D.F., en tren… El panorama era malo. La propiedad de la plaza había sido nacionalizada, y mi padre tuvo que malvender sus acciones por lo que le quisieron dar, y gracias. De todas formas, con el dinero conseguido, parte del cual nos dieron en joyas, tendríamos para vivir unos meses…
Creo que el punto de vista de Pepe Dominguín tiene que ser aclarado. La propiedad de El Toreo no fue nacionalizada – eso sucedería años después, a la muerte de Maximino Ávila Camacho –. Su socio Eduardo Margeli había sido asesinado unos meses antes y en esas condiciones, los sucesores de éste enajenaron sus derechos sobre el coso a una nueva sociedad. La ruptura de los estamentos taurinos de ambos países hacía insostenible, por ese momento, la presencia de cualquier español en la empresa de la principal plaza de México, motivo por el que, lo más razonable resultaba, en ese espacio de tiempo, liquidar sus negocios en ella y dedicar el producto a otra cosa. También hay que aclarar que el pago que Dominguín recibió no fue el total, porque los hechos que dan pábulo a esto que les cuento, vendrían al final a cerrar la cuenta del asunto.

El primer sueño

En esos meses de 1936 en que los Dominguín vivieron en la calle Tuxpan de la capital mexicana, Domingo González comenzó a fraguar el futuro de su familia. Los toros en España estaban fuera de toda cuestión, así que de ver a sus chicos torear en los tentaderos a los que acudía con los toreros que apoderaba o en festivales privados, le surge la idea de que podrían hacerlo profesionalmente. Es aquí en México, en las ganaderías de Piedras Negras y La Laguna donde parece definirse su destino. Vuelvo al testimonio de Pepe Dominguín que es en el siguiente sentido:

En la hacienda de don Wiliulfo González, dueño de las ganaderías de Piedras Negras y La Laguna, toreamos unas vacas en un tentadero. Los resultados fueron buenos y mi padre pensó en lanzarnos a torear en público, pero otra vez el odioso pleito entre toreros españoles y mexicanos lo hizo imposible, por más gestiones que a altos niveles se hicieron, viendo así desparecer otra posibilidad de ganar algún dinero para casa… Imposibilitados para nuestro quehacer, pensó mi padre en el regreso a España. Habían transcurrido nueve meses desde nuestra llegada y el panorama no estaba ni medianamente claro…Después de unos meses de permanencia en una casa situada a un lado de la playa de San Pedro en Estoril… nos mudamos a la capital, a Lisboa… Un día, terminadas las clases, nos reunió a Domingo (dieciséis años), Luis Miguel (diez años) y a mí (catorce años) en su despacho y seriamente nos trasladó la proposición que le habían hecho. Él sabía que aquel primer paso de torear en público, podía significar el comienzo de una vida profesional que hasta entonces en nosotros no había pasado de ser un diversión sin más trascendencia… Casi al unísono, juntándose sus últimas palabras con las primeras nuestras, dijimos: ‘¡Adelante! ¡Queremos torear! ¡Yo sí! ¡Yo también! ¡Y yo!...

El sueño de Dominguín de verse perpetuado en los ruedos y de tener en sus manos el futuro de una dinastía de toreros estaba a punto de iniciar su vuelta a la realidad. En México se decide el destino y en Portugal y América del Sur se dan los escenarios en los que se inicia el camino de una de las sagas toreras más importantes de la historia.

5 toros de Coquilla

Decía al inicio de todo esto, que pese a las licencias literarias de Pepe Dominguín, el trato que se le dio a su padre aquí en 1936 no fue tan malo. Tanto así, que al año siguiente vuelve con toda su familia y al menos 5 encierros españoles con la finalidad de lidiarlos en México. Su amistad con Armillita – torero al que apoderó en España y de quien fue entrañable amigo – y el afecto y sociedad de negocios que tenía en esta última etapa con el coronel Manuel Escalante – su compadre – le permitieron organizar en El Toreo algunos festejos que le facilitaron el cerrar sus cuentas en lo referente a ese escenario y a sus negocios taurinos en México, al menos por esos tiempos.

Esta es la versión de Pepe Dominguín:

Mi padre, inquieto, aventurero nato, lleva a cabo, en aquellas fechas, algo casi irrealizable. Logra sacar de España toros sementales bravos para México y entre ellos alguna vaca de vientre… La mercancía que lleva es muy codiciada. Escasea la sangre brava nueva que de vigor y raza a la que allí existe, venida a menos porque los climas y el hábitat merman al cabo del tiempo esa fiereza del toro ibérico, único, bello y rebelde… A mi padre no le perdonan su afán de lucha, de gladiador de la vida, que, continuamente, le lleva a estar en la brecha con un nuevo y original negocio… Y llegan sus envidiosos enemigos a conseguir que se le aplique un famoso artículo, llamado el 33, que viene a ser algo así como la expulsión de los extranjeros no gratos. Y se lo aplican. Pero antes de que lo detengan y se den el gustazo de vejarle, él se embarca en Veracruz, vestido de vieja turista ‘gorda, rubicunda y miope’. Así sale y deja en México montones de amigos y a unos cuantos que en la orilla ven cómo Dominguín les despide detrás de las gafas y de la peluca rubia ‘sonriente y bobalicona’, mientras abraza con gran firmeza un gran bolso donde van los dólares…
Refuto de nueva cuenta al autor de Mi Gente. La sangre de Saltillo importada por las familias González y Llaguno y la de ParladéCampos Varela que trajo la familia Madrazo en ninguna forma estaba mermada. El manejo en las casas matrices de Piedras Negras y San Mateo tendían a crear un toro que, si bien era predominantemente de origen Saltillo, tendía ya a ser de un encaste propio creado por esos ganaderos mexicanos – sin dejar de mantener, hasta hoy una base saltilla pura – y en lo que refiere a lo de los señores Madrazo en La Punta, mantuvieron en pureza esa sangre – en la dehesa y en las plazas – hasta que por los avatares de lo que resultó ser una desastrosa reforma agraria, su ganadería se extinguió prácticamente a mediados de los años setenta.

La realidad es que Dominguín traía de España cinco encierros; de Antonio Pérez de San Fernando, Graciliano Pérez Tabernero, María Montalvo, Rafael Lamamié de Clairac y Sánchez Fabrés hermanos antes Coquilla y entre esos encierros venían una decena de vacas de esta última ganadería, según resulta de la historia de un par de vacadas mexicanas, que ligada con lo que Pepe Dominguín nos narra, adquiere consistencia al menos en ese aspecto y como veremos, esos toros no estaban destinados, en principio, a servir de simiente a ganaderías mexicanas, sino a morir en la plaza.

La corrida de Coquilla no llegó a la plaza completa. Para el domingo 20 de marzo de 1938, haciendo empresa Dominguín y Escalante – así lo reza el programa que anuncia el festejo –, en el viejo Toreo de la Condesa se anunciaron 2 toros de San Diego de los Padres para el caballero portugués Simao da Veiga y para la terna formada por Armillita, Alberto Balderas y Lorenzo Garza, 5 de Coquilla, con divisa amarillo y verde y uno de Graciliano Pérez Tabernero, con divisa celeste, rosa y caña.

Los toros de Coquilla fueron quizás los más atractivos de los encierros españoles lidiados en esas calendas, pues en la prensa se les publicitaba como los sanmateos españoles y también en algún medio de difusión se hizo la precisión que los toros eran de los señores Sánchez Fabrés hermanos, antes Coquilla. Este encierro, como todos los demás ganados importados en esa ocasión por Dominguín se repusieron del viaje en la Hacienda de los Morales, propiedad entonces de don Carlos Cuevas Lascuráin, él mismo, ganadero de reses de lidia. Hasta los potreros de Los Morales acudió, el maestro Carlos Ruano Llopis a pintar el encierro en el campo, utilizándose en las entradas a la plaza como alegoría, la fotografía del pintor en plena faena artística, tras del cercado. Luego, captó la atención el toro Lobito, que pronto hizo buenas migas con Enrique Cosío Charifas, el encargado de acercarles el pienso y el agua en los corrales de la plaza y se publicaron fotografías de ambos en franca convivencia amistosa.

Aunque el aspecto más interesante de todo el cartel era el hecho de que Alberto Balderas toreara para la empresa de Dominguín. En 1934 El Torero de México entró en una guerra mediática con Domingo Ortega y con Dominguín a causa de lo que se dice fue un boicot, de estos dos últimos, hacia Balderas, que públicamente retó a Ortega a torear mano a mano con él y cuando el de Bórox recogió el guante, Alberto siguió aumentando condiciones a su reto inicial, lo que al final dejó a la afición sin la posibilidad de verles en el ruedo. Precisamente una de las condiciones extraordinaria era que la empresa que diera la corrida en El Toreo, no fuera la allí constituida, es decir la de Margeli y DominguínEl Toreo de México S.A. – sino otra de capital enteramente mexicano, de allí que llamara la atención que Alberto Balderas estuviera anunciado en este singular festejo.

El día de mañana concluiré con estos apuntes.
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