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domingo, 17 de enero de 2010

Antonio Montes, a 103 años de su muerte (IV/IV)



El testamento y la fortuna de Montes

Aproximadamente a las seis de la tarde del 17 de enero de 1907, unas horas antes de morir, Antonio Montes pidió la presencia de un escribano. Ante su gravedad y el temor de que no llegara a tiempo de Notario, se levantó un testamento privado, del cual se dio cuenta a la prensa en dos versiones.

La publicada por el diario El Imparcial de Madrid en su ejemplar del 19 de enero de 1907 dice lo siguiente:

En la ciudad de México, á diecisiete de enero de mil novecientos siete, en presencia de los doctores que asisten á Antonio Montes y los testigos que al final se expresan, declara Montes su última voluntad, y es la siguiente:

Su única y exclusiva heredera ha de ser su señora madre doña Emilia Vico; todos sus bienes muebles é inmuebles serán de su absoluta propiedad.

Ordena que se le paguen al picador Salzoso las corridas que le adeuda, á razón de noventa pesos mexicanos por corridas toreadas en la capital, y á razón de ochenta pesos mexicanos las de los Estados.

Al banderillero José María Calderón sesenta pesos mexicanos por cada corrida toreada en la capital, y á razón de cincuenta pesos mexicanos cada una de las toreadas en los Estados.

A la señora Grace, que en la actualidad sostiene relaciones amorosas con ella, le sean entregados tres mil pesos mexicanos; también ordena que á dicha señora le sean entregados el alfiler de corbata y la sortija que tiene para su uso.

Ignora, á causa de haber girado á España; el dinero que tendrá, y manda que se recojan mil quinientos pesos que tiene en la casa de Feliciano Rodríguez.

Nombra de su espontánea voluntad, como persona de su confianza y encargado de dicha distribución, á su banderillero Manuel Blanco (Blanquito), recomendándole como último recuerdo para su madre un cariñoso abrazo y un beso.

Ricardo Torres. – Antonio Fuentes. – Manuel Blanco. – Felipe Salzoso. – José María Calderón y Antonio Fernández. – Doctor Carlos Cuesta. – Doctor Villafuerte. - Doctor Castillo.

La otra versión, aparecida en el semanario La Fiesta Nacional, de Barcelona, del 20 de febrero de 1907 reza así:

En la ciudad de México á 17 de enero de 1907, en presencia de los doctores que asisten á Antonio Montes y los testigos que al final se expresan, declara Montes su última voluntad, y es la siguiente:

Su única y exclusiva heredera ha de ser su señora madre Da. Emilia Vico; todos sus bienes, muebles é inmuebles, serán de su absoluta propiedad.

A su cuadrilla se le pagará lo que se le está adeudando.

A la Sra. Grace le serán entregados tres mil pesos, el alfiler de corbata y la sortija que tiene para su uso.

Ignora, á causa de haber girado á España, el dinero que tendrá, pero insiste en que una vez liquidadas sus deudas, el sobrante sea puesto en el Credit Lyonnais á nombre de su señora madre y entregado el resguardo en propias manos de Da. Emilia Vico.

Nombra de su espontánea voluntad, como persona de su confianza y encargado de dicha distribución á su banderillero Manuel Blanco Blanquito, recomendándole como último recuerdo para su madre, un cariñoso abrazo y un beso.

Siguen las firmas de Montes, Ricardo Torres, Antonio Fuentes, Manuel Blanco, Felipe Salzoso, José Ma. Calderón, Antonio Fernández, doctor Carlos Cuesta, doctor Villafuerte, doctor Enrique Castillo.

Las dos versiones tienen solamente diferencias de grado, consistentes éstas, en la ubicación de los recursos obtenidos por sus actuaciones en la temporada mexicanas 1906 – 1907.

Antonio Montes falleció a las nueve de la noche con cinco minutos de ese jueves 17 de enero de 1907.

Posada y Vanegas difundieron la tragedia

En cuanto a su fortuna personal, su apoderado Juan Manuel Rodríguez, declaró a El Imparcial de Madrid lo siguiente:

Es una tremenda desgracia la ocurrida – nos decía el Sr. Rodríguez – Antonio realizaba su último viaje á América. Montes pensaba retirarse de su arriesgada profesión para consagrarse á su madre y á sus hermanos, á quienes quería entrañablemente. Hace poco tiempo adquirió una importante fábrica de aceite de orujo en Villafranca de los Barros, valuada en 30.000 duros. El verano último compró una finca de campo llamada "El Palomar" entre Utrera y Dos Hermanas, que vale más de 20.000 duros. Además deja en metálico de 25 á 30.000 duros. También era poseedor de riquísimas alhajas, entre ellas algunas de mucho mérito, regalo del infante D. Antonio, uno de los más constantes admiradores del diestro.

Quizás Montes no había logrado un cortijo en los toros, pero sí se había provisto de una industria para los días en los que debiera dejar de jugarse la vida delante de ellos. También llama la atención el hecho de que había anunciado a su familia que ya no viajaría a México donde tan buen cartel tenía – quizás mejor que en España – ¿sería que conocía ya de alguna afección a su salud?

Los funerales de Antonio Montes

El cadáver de Antonio Montes pasó por vicisitudes antes de llegar al sitio de su reposo final. Una vez que fue dispuesto para su traslado a Sevilla, se ingresó al depósito del Panteón Español de la Ciudad de México. Allí, una falta de cuidado grave motivó que el ataúd que lo contenía se incendiara y que el cuerpo también sufriera quemaduras, unas versiones señalan que en su totalidad, otras que solo de manera parcial.

Otra hoja volandera con grabado de Posada

Después, al llegar al Puerto de Veracruz para ser embarcado en el vapor Manuel Calvo, el féretro cayó. De nuevo hay versiones encontradas. Unas señalan que fue al mar y que de allí fue rescatado y otras, que solamente fue sobre los muelles y que allí se abrió, provocando un espectáculo molesto, que motivó que varios viajantes pospusieran su travesía trasatlántica, por temor a un desaguisado por ir en compañía del cadáver del torero.

Una vez llegado a Cádiz, el 18 de febrero de 1907, se trasladó el ataúd al vapor Cristina, que haría el tránsito por el Río Guadalquivir entre Sanlúcar de Barrameda y Sevilla y allí también hubo algún incidente, pues primero la niebla retrasó su salida; después, a su paso por Gelves, en el sitio conocido por Caño del Guadaira, venía en sentido contrario el vapor José María y al desviarse el Cristina para darle paso, quedó varado en el lecho del río, permaneciendo así cuarenta y cinco minutos, en tanto pudo tomar más agua y aumentar la presión para poder forzar la marcha.

Luego, una vez llegado a Sevilla, atracó en la escalinata de San Telmo, pero como lo hizo a las 8 de la noche, las autoridades no permitieron el desembarco del cadáver, por lo que pernoctó allí hasta que al día siguiente las Autoridades Civiles permitieron su desembarco para la celebración de las honras fúnebres y su posterior inhumación en el Panteón de San Fernando.

Presidieron el funeral entre otros los presbíteros Manuel Álvarez Franco, Federico Roldán y el cura regente de la Parroquia de Santa Ana, Guerra Calzadilla; el hermano del torero, Francisco Montes; sus apoderados en Madrid y México, Juan Manuel Rodríguez y Joaquín García Elorz; Emilio Torres Bombita, en representación de la empresa de la plaza de toros, el señor Díaz Martínez, en representación de la empresa de Bilbao, y los señores Soto, Moreno Santamaría y José Anastasio Martín.
Calle Pureza 63. Triana, Sevilla

La misa de córpore insepulto la ofició el presbítero Diego Algorta Lago, ministrado de diácono y subdiácono por dos sacerdotes pertenecientes á la parroquia del Sagrario.

Hoy, el recuerdo de Antonio Montes queda en un azulejo que está colocado en el número 63 de la Calle Pureza, sitio donde estuvo su casa – no creo que la finca actual se la misma que en su día habitó el diestro – y que reza lo siguiente:

En memoria del matador de toros Antonio Montes nacido en esta Calle de Pureza el 20-XII-1876 y muerto por un toro en Méjico a los 30 años de edad, inspirador de romances e inmortal como El Espartero, Joselito o Gitanillo, fue el ídolo de Juan Belmonte y uno de los grandes diestros de su época.

Azulejo en memoria de Antonio Montes
Dejo aquí esta historia, que desde hace muchos años me tiene cautivado. Recuerdo que cuando era un niño, Anita, la madrina de mi hermano Jesús, me hablaba con reiteración y a su modo de su admiración por Carlos Arruza y de la tragedia de Antonio Montes, la que solo conocía en sus versiones oficiales. Hoy, el acceso a muchas y variadas fuentes de información de un lado y otro del Atlántico, me permiten entender la magnitud y un trozo de la realidad de lo que representó la pérdida de este torero – que grande debió ser – y que es considerado nada menos que el precursor de Juan Belmonte, el autor de la última revolución trascendente en el toreo.

Por último, agradezco al gran aficionado y mejor amigo, Armando Moncada el haberme facilitado varias de las imágenes que ilustran esta serie, tomadas seguramente del retablo mayor de su renombrado establecimiento Pulques Finos la Virtud.

sábado, 16 de enero de 2010

Antonio Montes, a 103 años de su muerte (III/IV)

Antonio Montes
La campaña negra de Monosabio

Una vez que Matajaca soltó a Antonio Montes, fue levantado y llevado a la enfermería. La versión de Verduguillo es que lo trasladó para allá Ponciano, un monosabio que lo idolatraba y la de N.N. es que sus banderilleros Blanquito y Enrique Merino El Sordo fueron los que lo llevaron allí. Lo más seguro es que hayan participado los tres en la maniobra, pues Antonio quería regresar al ruedo a ver doblar a Matajaca a pesar de la fuerte hemorragia que presentaba.

Ya en el remedo de enfermería el Dr. Carlos Cuesta Baquero, asistido por otros dos médicos y dos pasantes de quinto año, exploró la herida y procedió a ligar dos vasos grandes y posteriormente, como se acostumbraba en la época, a taponar la misma con gasa yodoformada. Hecho esto, alrededor de las 6 de la tarde, considerando al torero herido estable, se le trasladó a su habitación del Hotel Edison. El parte facultativo rendido fue el siguiente:


El matador de toros Antonio Montes sufrió una grave lesión en la región glútea izquierda que interesó todo el plano muscular y penetró en la cavidad del vientre por la parte superior de la escotadura ciática, causando abundante hemorragia por la ruptura de un grueso vaso venoso. Dicha herida es de las que ponen en peligro la vida por sí y por las complicaciones á que puede dar lugar, tardándose en sanar más de treinta días.

A partir de este momento, Carlos Quirós Monosabio, en esas fechas director y propietario de un semanario llamado Ratas y Mamarrachos que se publicaba en la Ciudad de México, corresponsal del semanario madrileño Sol y Sombra y con amplias relaciones en otros medios periodísticos hispanos y de quien he contado sus andanzas en otro apartado de esta Aldea, inició una feroz campaña en contra del Dr. Cuesta Baquero, principalmente por sus diferendos en la manera de ver y entender la fiesta. Recurro al testimonio de Verduguillo, quien lo cuenta de esta manera:

A las nueve llegó el doctor Cuesta y encontró al herido tranquilo. A poco llegó Fuentes, acompañado del doctor Silverio Gómez, y minutos después llegó también Bombita quien llevaba al Dr. Gama.

Reunidos los tres facultativos, celebraron una consulta en la habitación contigua. Nunca se llegó a saber – con precisión – cuales fueron los puntos de vista de cada uno de los cirujanos. La voz de la calle dijo que tanto el Dr. Gómez como el Dr. Gama de lo que trataban era de relevar al Dr. Cuesta de la responsabilidad tan grande que tenía enfrente, en otros términos, de hacerse cargo del herido y seguía diciendo esa misma voz, pero muy especialmente los enemigos del Dr. Cuesta que éste se opuso terminantemente a abandonar aquel caso clínico, sabedor de que salvar a Montes le daría un gran prestigio. Esto es falso. El Dr. Cuesta SABÍA que Montes iba a morir, y con un gran valor y con una gran honradez profesional, se responsabilizó de aquel caso fatal de necesidad…

El más enconado enemigo que tuvo siempre el doctor Cuesta era don Carlos Quirós. Fue el origen de esta enemistad un artículo de Roque Solares Tacubac en el que al juzgar la labor de Gaona, tuvo apreciaciones que no estaban de acuerdo con el sentir del señor Quirós, portaestandarte del gaonismo. Surgió la polémica, que de meramente taurina, bien pronto paso a lo personal, pues parecía que al señor Quirós le interesaba más que probar que Gaona era un gran torero, demostrar que el doctor Cuesta había MATADO a Montes.

Esta enemistad entre los dos Carlos – Cuesta y Quirós – duró por toda la vida. Alguna vez yo quise intervenir para que los dos grandes escritores taurinos hicieran las paces y no pude lograrlo. Esto fue cuando ya Gaona se había retirado, por lo que consideré que había desaparecido la causa del enojo...


Cabeza de Ratas y Mamarrachos

La pregunta aquí es: ¿por qué no se practicó una laparotomía (cirugía exploratoria de vientre) a Antonio Montes para tratar de remediar su situación a sabiendas de que el pitón de Matajaca había penetrado la cavidad?

Verduguillo ofrece la siguiente respuesta:

Porque dada la poca resistencia física del herido -tuberculoso avanzado y padeciendo frecuentes ataques disentéricos- no aguantaba la operación que era preciso hacerle, que consistía en una laparotomía, sacarle los intestinos y resecar todas las partes contundidas por el cuerno. ¡Se habría quedado en la operación!

Preciso es aclarar que en la enfermería los médicos no se dieron cuenta exacta de los daños causados por el cuerno; sí se constató que había penetrado a la cavidad, pues ahí se perdía la exploración. Fue al hacerse el embalsamiento cuando todo se vio con claridad.


Esa versión de Rafael Solana sobre el estado general de Montes no la he podido confirmar a plenitud. El Dr. Cuesta, en un artículo publicado 38 años después – en el número del semanario La Fiesta de la Ciudad de México, correspondiente al 17 de enero de 1945 –, confirma la enfermedad intestinal previa y en una entrevista concedida al diario ABC de Madrid y aparecida en su edición del 19 de enero de 1907, el Dr. Sánchez Lozano, médico personal de Antonio Montes deja entrever que el diestro, tras un percance en la Feria de Abril del año anterior, tuvo alguna complicación respiratoria, pero sin confirmar que padecía tuberculosis.

La evolución del diestro no fue satisfactoria y pronto evidenció que la herida fue penetrante de vientre, pese a lo que se haya escrito de cualquier lado del Atlántico. Algunas versiones, encontradas por supuestos, son estas:

La de Julio Bonilla Recortes, para el semanario El Toreo de Madrid:

…El cuerno, una vez que penetró á la cavidad de la pelvis, rompió los músculos psoas é ilíaco y siguió hacia arriba y hacia la derecha, deteniéndose del lado derecho, detrás del intestino, en la fosa ilíaca. Llama muchísimo la atención que el cuerno, al seguir todo ese trayecto, haciendo tamaños destrozos, haya podido deslizarse entre el intestino recto y el hueso sacro, sin llegar á romper el peritoneo, de manera que, propiamente, aunque penetró á la pelvis, no produjo lo que en cirugía se llama una herida penetrante de vientre.

En la autopsia se encontró que la herida, anfractuosa, llena de recodos, con fractura de los huesos, estaba infectada. Se encontró, además, que el peritoneo, no obstante que no había sido desgarrado, ofrecía los signos de una peritonitis séptica en sus principios, pero ya claramente desarrollada. Esto se explica por la contusión sufrida por el peritoneo y el intestino; y explica, á su vez, la circunstancia de que desde los primeros momentos so hayan paralizado la vejiga y el intestino.

En la cavidad pelviana había derrame e infiltraciones de sangre. 

La causa de la muerte.

De lo que encontraron en la autopsia y de los síntomas observados durante la vida, los médicos, según pudimos informarnos ayer, deducen que la herida era mortal, y que la muerte tuvo por causa inmediata la septicemia y la peritonitis séptica, consecuencias de la herida.

La del anónimo informante de Eduardo Muñoz N.N. para El Imparcial de Madrid es así:

Se ha visto que el cuerno del toro, después de haber atravesado las masas musculares, no se había dirigido hacia adelante y hacia arriba, pasando por la escotadura ciática y penetrando así al canal de la pelvis, sino que se había dirigido más hacia adelante y había roto el hueso, perforándolo. El hueso lesionado fue el sacro. Allí se podía percibir la abertura hecha por el cuerno, que había después atravesado casi hasta salir por la parte anterior, cerca de la espina iliaca. En esta última parte se descubrió que había astillas de hueso que habían ido á desgarrar y contundir profundamente los tejidos.

Un punto á discusión era el de averiguar si se había presentado ó no una peritonitis. El doctor Cuesta y sus ayudantes opinaban que la alta temperatura, que el estado de postración y todo el cuadro alarmante que tenían á la vista, eran debidos á una infección peritoneal que se presentaba de una manera fulminante. Por su parte, el doctor Macías opinaba que no había signos claros de peritonitis, y que todo el cortejo de síntomas que se habían presentado en las últimas veinticuatro horas obedecían á una infección séptica general, causada, á su vez, por la herida anfractuosa irregular, llena de esquirlas, y que no había sido desinfectada debidamente por su situación misma y por su naturaleza. Parece que esta última opinión prevaleció; pero mientras tanto, personas que estuvieron cerca del enfermo en esos momentos hablan de discusiones que llegaron hasta la acritud entre los facultativos que intervinieron en la exploración efectuada al herido.


Antonio Montes

La que se contiene en el tomo III del Cossío es de este tenor:

…el suceso dio lugar a varios comentarios de la prensa y hubo quien culpó de ello a los médicos que atendieron al herido. El doctor Alejandro San Martín, al hablar de las heridas por ‘punción’ dijo: ‘Tal vez a una herida por punción se deba la muerte de Montes en Méjico, suceso que ha tenido tanta resonancia y ha dado lugar a tantas críticas de la conducta de los médicos que figuran en él…

Treinta y ocho años después, el Dr. Carlos Cuesta Baquero, responsable del tratamiento de Antonio Montes, escribió los hallazgos de la autopsia practicada al cadáver del torero:

La herida que recibió Antonio Montes estaba localizada en la asentadera izquierda (a corta distancia de la saliente huesosa que anatómicamente nombran gran trocánter). El cuerno hizo contusiones en un tejido que hay dentro (tejido retro-peritoneal), en el redaño (peritoneo), en los pliegues de ese redaño que sujetan el intestino (inserción fija posterior del mesenterio y del mesocólon de la iliaca) y en los mismos intestinos. El trayecto que recorrió el cuerno haciendo esos destrozos fue mayor de treinta centímetros.

Lo anterior refleja que, la opinión del Dr. San Martín, citada por Cossío en el sentido de que se trataba de una herida por punción no era desacertada y sí prudente a la distancia y que las versiones tanto de Julio Bonilla, como la difundida por N.N. fueron construidas seguramente por influencia de Monosabio que pretendía saldar sus diferencias con Roque Solares Tacubac y sin considerar el parte facultativo rendido inicialmente por el propio Dr. Cuesta, sino combinando este con el reporte de la autopsia y señalando la presencia de un Dr. Macías que no es todo clara en este asunto, pues no todas las informaciones lo mencionan. Al final de cuentas, los informadores adictos a Carlos Quirós consiguen filtrar la duda acerca de sí Antonio Montes murió a causa de la atención deficiente que le prestó un equipo médico inepto.

Creo que en 1945, como hoy, vale esta reflexión que hacía por esos días el Dr. Cuesta Baquero sobre este asunto:

Al embalsamarle, se vio que la cornada era profunda, en mayor extensión, originando contusiones en el peritoneo y derrame sanguíneo en la cavidad. De allí provino la peritonitis séptica. Si hubiera estado la ciencia quirúrgica con el progreso actual, se hubiera practicado una laparotomía – abertura de la cavidad ventral – desinfectado directamente el sitio donde estuvo la sangre derramada. Además, ¡si hubieran existido ya el licor de Dakin – Carrel, las sulfamidas y la penicilina!...


Descripción gráfica de la cornada de Antonio Montes
En suma y visto a más de un siglo de distancia, las lesiones sufridas por Antonio Montes eran mortales de necesidad por la simple razón de que no había medios para combatir la infección que con seguridad se presentaría, laparotomía o no. Independientemente de lo anterior, la técnica quirúrgica para tratar las heridas por asta de toro dejaba mucho al azar, pues en esos días, en lugar de transformar una herida traumática en una herida quirúrgica, controlada, lo único que se hacía era explorarla, limpiarla lo mejor posible y taparla, dejando a madre natura el trabajo de sanarla… sí es que eso era posible.



Total, que como lo afirma Rafael Solana, el prestigio profesional del Dr. Cuesta Baquero sufrió una importante abolladura con la muerte de Antonio Montes y la posterior persecución de Monosabio, pero a la larga, creo que la historia se ha encargado de poner a cada uno en su sitio y cuando se requiere – al menos en lo que a la historia del toreo se refiere – una perspectiva objetiva del tiempo que ambos vivieron, generalmente se procura la opinión de Roque Solares Tacubac, porque se tiene la certeza de que va desprendida de partidarismos y de otro tipo de intereses, de esos que no siempre se pueden confesar.

miércoles, 13 de enero de 2010

Antonio Montes, a 103 años de su muerte (I/IV)

Algunos lugares comunes

Antonio Montes
Antonio Montes Vico nació en la Triana de Sevilla el 20 de diciembre de 1876. Afectado por una deficiencia auditiva, se volvió desde una edad temprana en una persona taciturna, ensimismada y, en algún sitio leí, que al contrario de muchos que padecen ese tipo de impedimento físico, hablaba muy quedo, casi musitando, quizás tratando de evitar el denunciar su condición hablando a gritos.

Antonio Montes fue vecino del número 63 de la Calle Pureza y al paso de los años se volvería uno de sus habitantes ilustres como la actriz Antoñita Colomé, como el cantaor Armando Gutiérrez, Juan de Triana, como esa cumbre de la cultura que ha sido Antonio Machado Álvarez Demófilo o más recientemente el diestro Emilio Muñoz y por la cercanía de su domicilio con el Templo Parroquial de Santa Ana, llamada con justeza La Catedral de Triana, fue acólito allí y después, se dice, pasó a ser sacristán de ella, tomando de allí el primer apodo que su grupo de amigos le puso: El Sacristán.



Quizás en esos días pasó por su mente consagrarse al estado eclesiástico, sin embargo, su juventud y la cercanía de la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla le mostraron que podría encaminar su existencia por otros derroteros, así que pronto dejó la guarda de los ornamentos y los rudimentos de los latines y la teología para encaminar sus pasos a visitar por las noches la Dehesa de Tablada.

El Templo Parroquial de Santa Ana. Triana, Sevilla
Será en esa dehesa en donde Antonio Montes desarrollaría una particular manera de hacer el toreo, desconocida hasta entonces, pues la forma de lidiar, estaba determinada en mucho por las condiciones de los toros (Alameda dixit). La lidia común en esos días se realizaba a partir de muchas facultades físicas, un amplio juego de brazos y una inteligente reposición de terreno.

En Tablada pastaba lo mismo ganado de casta que morucho, predominando éste. Era el campo abierto donde las querencias de los toros están más marcadas y sin barreras artificiales que los contengan. Al sentir el acoso del torero, el toro tiene más fácil la posibilidad de huir y escabullirse de la molestia que le implica el hostigamiento del torero. Cuando la res es de media casta (morucha), esa condición tiende a ser más acentuada.

La lidia decimonónica hacía fácil la huida del toro en esas condiciones. Entonces, el que pretendía torear las noches de luna en Tablada, tenía que sujetar muy bien al toro o vaca cortado de su piara y obligarle a repetir en un breve espacio de terreno. Montes desarrolló así una manera de hacer el toreo en la que reponía poco terreno, pero con un eficaz juego de brazos y de cintura, llevando, diríamos hoy muy tapadas a las reses con los engaños utilizados. Es decir, se quedaba muy quieto. La mayor crítica que se le hacía es que era codillero, sin reparar que ese codilleo era el recurso técnico para sujetar al toro huidizo y obligarle a repetir en ese corto espacio de terreno, recurso que Belmonte perfeccionaría años después y volvería canon de la moderna tauromaquia.

El aprendizaje en Tablada y el andar por las capeas de los pueblos le permiten, de manera desusada en sus tiempos, presentarse como novillero (sin haber pasado como banderillero en alguna cuadrilla antes) en la Plaza de Sevilla el 3 de mayo de 1896, para lidiar novillos de José Torres Díez de la Cortina, alternando con Costillares y Guerrerito. El corresponsal del semanario madrileño El Toreo, en su edición del día 11 siguiente, refiere de esta actuación:

Montes, que desconoce el manejo de la muleta, pasó de cerca y con arrojo y estuvo afortunado, al salir ileso de tres o cuatro cogidas que sufrió al estoquear el tercer novillo. A este lo despachó de dos pinchazos y una estocada baja, sin conseguir descabellar en dos veces que lo intentó. Al último consiguió darle muerte de otros dos pinchazos y una estocada, que resultó al lado contrario.

Los tres espadas trabajaron con buenos deseos, estuvieron activos en los quites y capearon a sus respectivos bichos con más o menos lucimiento…


No obstante esa actuación, que se puede calificar de desafortunada, se presenta en Madrid el 13 de noviembre de 1898. Recibe la alternativa el Sevilla el 2 de abril de 1899, de manos de Antonio Fuentes y llevando de testigo a Ricardo Torres Bombita y la confirmó en Madrid el 11 de mayo de ese mismo año, llevando de padrino a Antonio Moreno Lagartijillo y de testigo a Emilio Torres Bombita. En esta ocasión los toros fueron, uno del Duque de Veragua, llamado Tesorero (el de la ceremonia) y 5 de Pablo y Diego Benjumea. Mariano del Todo y Herrero, en el número de La Lidia correspondiente al lunes 15 de mayo de ese año refiere lo siguiente:


Le damos la preferencia, ya que las reglas de la cortesía taurina se la dieron también en el circo. El nuevo matador de alternativa, hizo su debut como tal en Madrid, con una faena de muleta breve, en la que sobresalieron los pases naturales, en los que paró bien, rematándolos con elegancia, si bien en los de otro sistema se embarulló algún tanto, dejando que el toro le adelantase en el terreno. Estuvo confiado, sin embargo, y entró á matar con mucha voluntad, dejando una estocada caída y con tendencias, á volapié. La brega del último tuvo dos partes: en la primera, el diestro estuvo algo desconfiado en los pases; en la segunda, los naturales fueron de la buena escuela de antes, y entró bien á matar, señalando en lo alto un pinchazo en hueso, y colocando luego una buena estocada hasta el puño, todo á volapié. Lanceó de capa al primero, con salida larga, pero parando y estirando bien los brazos, y cumplió en lo poco que de sí ofreció el resto de la cosa.


Antonio Fuentes
Antonio Montes, a partir de su alternativa tuvo que competir con Fuentes, Machaquito, y Bombita quienes en esos días formaban la primera fila de la torería de ese tiempo. Los cartabones del toreo de esos días aún no estaban preparados para admitir una revolución en las maneras de ser y de hacer el toreo. De allí que en España, Antonio Montes quedara en las más de las ocasiones relegado a ser un digno y batallador complemento de carteles de tronío, lo que le comenzó a formar una seria idea de que los nombrados Fuentes, Machaquito y Bombita, las cabezas del interregno producido entre los tiempos de Lagartijo y Frascuelo y de Joselito y Belmonte (otra vez Alameda dixit), le cerraban el paso de manera intencionada, entonces, comenzó a buscar otros horizontes en los cuales pudiera exponer y explayar su particular tauromaquia.



Y así, a partir de 1903, Antonio Montes pasa los inviernos en México y es aquí donde pronto se convierte en un torero respetado por su valor y sus maneras en el ruedo, aunque sin dejar atrás sus rivalidades y desavenencias con Fuentes y Bombita sobre todo. Un periodista de aquellos días, Rafael Solana Verduguillo, lo relata así:

…Desde su presentación en la plaza de la calzada de La Piedad conquistó a la afición capitalina, especialmente a la de sol. Los aristócratas ricachos que iban a sombra le regatearon siempre su aplauso; a ellos les llenaba más Fuentes, con su majestuosidad, su gallardía. su señorío en el ruedo y su simpatía como particular. Jugaba con ellos al póker en el Jockey Club y asistía a las reuniones, impecablemente vestido y derrochando gracia en la conversación.

En cambio Montes; luchando siempre con los toros, expuesto a percances y antipático en la calle, no podía despertar grandes simpatías. Su sordera por una parte y su educación casi monacal que había recibido en su pueblo le hacían silencioso, retraído, poco comunicativo. Donde estaba El Sacristán no se podía hablar de nada; él no despegaba los labios y cuando lo hacía, era para decir una especie de sermón, con San Agustín por delante. En cierta ocasión le instaron mucho para que contara algo y se le ocurrió referir que había matado quién sabe dónde cuatro Miuras así de grandes…


Así pues, sus problemas de personalidad, seguramente derivados de su deficiencia auditiva y los naturales que derivan de la rivalidad en los ruedos, fueron creciendo en el ánimo de que en su día fuera Sacristán de Santa Ana, preparando las situaciones para el desenlace de su historia en la temporada de 1907, objeto de esta participación.



1907

Cuenta el Dr. Carlos Cuesta Baquero, que firmaba sus escritos periodísticos como Roque Solares Tacubac lo siguiente acerca del desarrollo de la temporada 1906 – 1907 de la capital mexicana:

El arribo de Antonio Fuentes, y pocos días después el de Bombita, originó que la Empresa dejara sin lugar en las corridas al diestro trianero. Esa maniobra no encerraba malevolencia ni menosprecio. Era únicamente de conveniencia mercantil, pues no era razonable apagar inmediatamente la efervescencia que reinaba entre los aficionados, expectantes de las corridas en las que estuvieran reunidos los tres espadas, distanciados por sus rencillas, las que deberían influenciar en el esforzamiento de los artistas.

Montes, Que era suspicaz – a veces sin causa para ello – atribuyó a intrigas de Pepe del Rivero el que no torease. Creyó que éste se hallaba de acuerdo con Fuentes y Bombita a fin de boicotearlo, igual que en España.

Ricardo Torres Bombita

Por esa razón, se marcha Montes a Puebla y amenaza con no cumplir con las tres fechas que le restaban por cumplir en su contrato, si no es emparejado con Fuentes y Bombita, de manera tal que se pudiera dilucidar de una vez el lugar de cada uno de ellos y pensaba Antonio, que a partir de un triunfo resonante ante quienes eran los principales toreros en España, poder armar allá una campaña importante ya en plan de figura.

Pero Pepe del Rivero, el empresario de la Plaza México de aquellos días (ubicada en la Calzada de la Piedad), para mantener el ritmo y la atención en la temporada, jugaba sus cartas y al decir de Verduguillo, los enfrentaba pared de por medio, en carteles separados, dejando la confrontación para el cierre del serial. La presión de Montes con su amenaza de dar por terminado el contrato, fue lo que vino a precipitar los acontecimientos.

Así, Del Rivero anunció para el domingo 13 de enero de 1907 la corrida de toros esperada por todos. 3 toros españoles del Marqués del Saltillo y tres nacionales de Tepeyahualco para los diestros Antonio Fuentes, Antonio Montes y Ricardo Torres Bombita. El festejo iniciaría a las tres y media de la tarde, para evitar que por ser temporada invernal, se tuviera que suspender el festejo por falta de luz, ya que la plaza carecía de iluminación artificial.
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