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domingo, 15 de febrero de 2015

15 de febrero de 1953: Luis Procuna y Polvorito de Zacatepec

Luis Procuna en la Plaza de Acho
Luis Procuna sin duda fue un torero marcado por los contrastes. En una andadura por los ruedos que se prolongó durante más de tres décadas, su juego de luces y sombras fue uno de los distintivos que siempre le acompañó. En la Plaza México tuvo tardes de triunfo, pero las dos más grandes, sin duda, sucedieron con veinte años de diferencia, la primera, a la que me refiero el día de hoy y la de su despedida de los ruedos, ocurrida el 10 de marzo de 1974, cuando en olor de esa atracción que sobre las grandes masas ejercen solamente los genios de acusada personalidad, dijo adiós a una profesión que le permitió conocer las grandes alturas, pero también las más profundas simas.

La tarde de Polvorito

Esta faena es quizás una de las más vistas en el cine dentro de la historia del toreo. Es la que da pábulo a la construcción de la historia de la película ¡Torero!, dirigida por Carlos Velo y producida por Manuel Barbachano Ponce, en la que, a partir de las meditaciones del torero antes de la corrida, se reconstruye su vida y se nos presenta la catarsis del fracaso, trocada en el gran triunfo.

Recurro en primer término a la versión del periodista mexicano Javier Santos Llorente, un periodista que no lo es de toros y que en la proximidad del cincuentenario de la Plaza México, se propuso presentar un retrato de quien era el único sobreviviente – en ese momento – de los tres espadas del cartel inaugural del gran coso. El libro se titula Procuna. Retrato surrealista de un torero y allí se cuenta este episodio de la vida del Berrendito de San Juan de la siguiente forma:
Aquella tarde del 15 de febrero de 1953 destacó como nunca la personalidad desigual y desconcertante de Luis Procuna. Atravesaba por una etapa de depresión que había hecho bajar demasiado sus bonos taurinos. Estaba fuera de control nervioso y se encontraba en esa situación en que la mente no se centra, no responde, sino que conduce a actos involuntarios… En el cartel figuraban Carlos Arruza y Manolo Dos Santos, quienes ya venían toreando en pareja con bastante éxito. Procuna iba de relleno y ni así querían dejarlo torear al lado de aquellas figuras, pero Arruza lo impuso… Aparte de otras preocupaciones, Procuna tenía la de querer manifestar su agradecimiento a Arruza, quien era un gran torero, gran compañero y un gran señor, pues habiendo notado la perturbación de Luis se convirtió prácticamente en su subalterno para ayudarle a que su toro doblara, así, en la plaza, públicamente, Procuna se lo agradeció… Pero las cosas no quedaron en eso; empeoraron. Procuna estaba en plan de desastre. Con sus dos toros había estado fatal. Quién sabe qué se había apoderado de él, pero el caso era que se mostraba aterrorizado, presa de pánico, y huía del toro como de un fantasma demoníaco para ir a echarse de cabeza al callejón. Esto sucedió tres o cuatro veces por lo que el público se encrespó primero, luego se enfureció, y empezaron los insultos desde los tendidos. Bronca completa, hasta el reloj… Un griterío, una escandalera en grande que amainó cuando por el sonido de la plaza se escuchó: “Atención respetable público, en vista de su conducta, la autoridad ha impuesto una multa de cien pesos al diestro Luis Procuna”. Regocijo por parte de la gente y vivas al juez Lázaro Martínez porque la había vengado… La corrida estaba terminada, pero no… aún no. De pronto apareció Procuna plantado frente al palco de la autoridad solicitando permiso para regalar un toro. No podía hacer otra cosa que jugársela… La tarde había sido terrible, mortal para él; no enmendar representaba la ruina como torero. Ángel su hermano, que actuaba como su apoderado, le había autorizado el toro de regalo. El juez multador se levantó el sombrero y concedió el permiso… Mucha gente empezaba a abandonar los tendidos y desfilaba hacia los túneles de salida, pero volvía los ojos hacia el ruedo y vio con escepticismo que Procuna iba a regalar un toro. ¿Para qué?, se preguntaban. Casi todos los espectadores estaban levantados de sus asientos cuando se abrió la puerta de toriles y salió en estampida un toro, ¡pero un toro!, bufando y embistiendo con tal bravura que hundía los cuartos traseros en la arena arremetiendo contra el burladero como si quisiera levantar la plaza… El recibimiento que hizo Procuna a aquella fiera con el capote fue una llamarada que encendió la tarde que empezaba a extinguirse. Y retumbó el primer ¡olé!, profundo, estentóreo. A partir de ahí ya no dejó de torear en plan de genio. El público se había vuelto a sentar para ver aquél capote brillando con las chicuelinas y las gaoneras, y el tercio de banderillas que realizaba con vistoso estilo y alegría. ¡El toro era todo suyo!... Y después, el último tercio, con la plaza hirviendo. Procuna tuvo una idea que desbordó la grandiosidad del momento. Tomó los trastos y muy majo, encastado, montera en mano, se plantó respetuoso ante el placo de la autoridad y brindó la muerte de “Polvorito” a don Lázaro Martínez, con lo que lo hizo pasar a la historia como el único juez que ha recibido el brindis de un torero en la Plaza México… Luego empezó la faena. No es posible volver a narrar algo que tenía a todos al borde de la locura, con el frenesí sacudiendo la plaza hasta sus cimientos. Procuna se embriagaba del placer de torear, por alto, por abajo, en todas formas, como él quería, y emborrachaba a la gente con aquél derroche de inspiración, valor y arte. Toro y torero eran la fusión perfecta que hay en la fiesta brava… Envuelto en el triunfo y por el coro electrizante de la México… ¡TORERO!... ¡TORERO!, con el ruedo alfombrado con prendas y sombreros, se perfilo para matar, se tiró y hundió el estoque en todo lo alto para hacer caer a “Polvorito” con una sola estocada… Siendo un pésimo matador, eso fue como un milagro venido de lo alto. Las orejas, el rabo y locura en los tendidos. Todo lo sucedido en el redondel, desde los clavados al callejón, la multa, el brindis, todo se había conjuntado para que se realizara aquella maravillosa tarde… Inenarrable lo que luego sucedió. La gente, enardecida, sacó a hombros a Procuna y lo llevó triunfalmente por toda la avenida de los Insurgentes hasta el centro de la ciudad de México, y a las nueve de la noche aún lo paseaban en hombros por la avenida Juárez. El público que se disponía a entrar a esa hora al cine “Regis” lo vio… En solo una tarde se había mostrado tal cual es el sol y la sombra de la personalidad de Procuna, quien no sólo era el torero desigual sino un hombre desigual. Su humildad a veces y su arrogancia otras, sobre todo cuando estaba en el ruedo posesionado de su ego taurino, lo presentaban como un personaje de película que se materializó en el proyecto cinematográfico que concibió el productor Manuel Barbachano Ponce tan pronto como presenció la faene de “Polvorito”…
En la emoción de su relato, Santos Llorente omite señalar que Procuna pinchó al menos un par de ocasiones a Polvorito antes de dejar la estocada definitiva y que la gente, poseída por la emoción, se tiró al ruedo para cargar a hombros al torero antes de que el toro doblara, sin importarle su integridad física. Pero esas son minucias, quizás datos para la estadística o para la mera anécdota, pues la esencia del momento vivido está, creo, debidamente capturado por lo que nos cuenta en su obra.

Encontré una croniquilla de agencia de la época. En esos días era mera información y no se tenía quizás la dimensión de la trascendencia que tendría al paso de los años. La suscribe Tomás Avendaño, corresponsal de la Associated Press y dice lo que sigue:
Muy buena resultó la corrida de hoy en la Plaza México, en la cual alternaron los diestros mexicanos Carlos Arruza y Luis Procuna y el portugués Manolo dos Santos, pues los tres triunfaron, cada cual en un toro… El mayor triunfo correspondió a Procuna, quien tras de una labor deslucida en sus dos toros ordinarios, regaló otro a petición del público, porque el segundo de los suyos dobló sin que pudiera hacerle faena, y en el obsequio realizó estupenda faena, variadísima, brillante, con arte magnífico, que le valió estruendosas aclamaciones; ligó pases altos, estatuarios, naturales, de pecho, manoletinas, afarolados y muchos más, con gran sello original; a pesar de que estuvo desacertado con el estoque, cuando al fin logró tras dos pinchazos, cuajar buena estocada, el entusiasmo del público fue indescriptible y le concedió las dos orejas y el rabo y lo sacó en hombros...
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¡Torero!
Esta crónica suaviza definitivamente el fracaso de Procuna ante los dos toros del lote que sacó en el sorteo, omite el hecho de que fue sancionado económicamente por el Juez de Plaza y señala con claridad que antes de la estocada definitiva, pinchó al menos dos veces – hay quien afirma que los pinchazos fueron tres – a Polvorito y aún así le cortó el rabo.

En cuanto al resto del resultado del festejo, Carlos Arruza cortó una oreja a Temblador de Pastejé, sustituto del cuarto, devuelto por inválido y Manolo Dos Santos se llevó las dos orejas de Lusitano del encierro titular de Zacatepec.

La película ¡Torero!

Decía al principio que la faena de Polvorito dio espacio para la elaboración de la película ¡Torero!, la misma está disponible en línea, con una muy aceptable calidad de imagen, misma que pueden ver en ESTA UBICACIÓN. Los últimos 16 o 17 minutos son el sumario del festejo que recuerdo en esta fecha.

Nota necesaria: Los resaltados en los textos de Javier Santos Llorente y de Tomás Avendaño son obra imputable exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en los respectivos originales.
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