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domingo, 27 de mayo de 2012

En el Centenario de José Alameda (V)


Alameda antes de Alameda (IV)

El Güero Guadalupe (1964)
En la novillada celebrada en El Toreo de la Condesa el domingo 23 de julio de 1944, se lidió un encierro de Matancillas, ganadería entonces propiedad de don Francisco y don José C. Madrazo y alternaron en su lidia Pepe Luis Vázquez, Ricardo Balderas y el hidrocálido Valdemaro Ávila, aunque en esta oportunidad y sin dejar de destacar las actuaciones de los capitanes de cuadrilla, José Alameda – firmando como Carlos Fernández Valdemoro – hace el eje de su narración la importancia de la suerte de varas y la destacada actuación de un histórico y mítico varilarguero mexicano: Guadalupe Rodríguez El Güero, quien prácticamente cubrió con su arte tres cuartas partes del Siglo XX, es decir, medido en toreros, desde Rodolfo Gaona, hasta Manolo Martínez.

La crónica de ese festejo, publicada en el número 88 del semanario mexicano La Lidia, aparecido el 28 de julio de 1944, es la siguiente: 

Corrida accidentada y aleccionadora
¡Salud Guadalupe Rodríguez, buen picador de toros! Los aficionados a la ecuestre y viril y taurina alegría de la suerte de varas te debemos unos instantes de inmensa emoción, emoción que se hizo más intensa, porque nos la diste precisamente a los ocho días de aquél momento lamentable en que un novillo pasó al segundo tercio sin haber sido picado, para sonrojo de la fiesta. Tu bello gesto fue como una réplica, no a quienes lamentamos aquello, sino al propio y malhadado suceso. Saliste por los fueros del primer tercio y por los tuyos propios, demostrando que la tradición aún no está perdida y que mientras haya picadores como tú, habrá suerte de varas y – lo que parecía increíble – el público podrá entusiasmarse cuando se la practique con pureza y con energía, tal como tú la practicaste. ¡Qué bien reunido ibas con tu cabalgadura y qué bien avanzaste, paso a paso, hasta la raya del tercio, pero sin traspasarla cuando el manso cuarto novillo rehuía aceptar tus animosas instancias para que se arrancase! Esa raya del tercio, que en las plazas españolas aparece pintada de rojo sobre la arena, formando bella circunferencia concéntrica con la barrera, es aquí una raya ideal, que no está materialmente precisada y sin duda por eso, algunos piqueros la olvidan con facilidad y la traspasan para obligar a los toros a tomar las varas. Pero tú no la olvidaste y diste una lección a muchos aficionados y a muchos compañeros tuyos, recordándoles que no es menester quebrantar las reglas de la lidia en busca de la eficacia, porque esta se logra precisamente apegándose a las reglas, como hiciste tú – es decir, retrocediendo hacia las tablas y adentrándote por los terrenos de la derecha, para, de allí, regresar cruzado hacia la cara del toro, ofreciéndole como incentivo tu cabalgadura. Y así una y otra vez, sin perder la serenidad, como quien está bien seguro de lo que hace y de los resultados que ha de obtener. Y cuando el toro, por fin, se arrancó, te reuniste con él, como los cánones mandan, sin taparle la salida con el caballo, ni echárselo encima para salvarte tú, contradiciendo de esa manera el mal hábito de los mixtificadores de la suerte de varas, de los que no pueden hacerle daño al toro sin causárselo al arte.
¡Así se lidia a caballo y así se afirma y se salva una tradición torera, haciéndola revivir cuando acabada parecía!
¡Salud y gracias, Guadalupe Rodríguez, buen picador de toros!
A la buena lección del Güero Guadalupe, se sumó otra, la que explicó Ricardo Balderas. Yo he protestado últimamente con frecuencia del olvido en que iba quedando la finalidad natural de la lidia y del desorden con que suele ahora torearse, dando pases sin ton ni son y tratando de comenzar por los adornos que lógicamente pueden ser remate, añadido y culminación, pero nunca principio, fundamento y esencia del toreo. Por eso me gustó mucho la faena que Ricardo Balderas hizo con el segundo novillo, un astado que se defendía, que achuchaba por el pitón derecho y que quería coger. Ricardo lo toreó por bajo, haciéndolo doblar sobre su pierna contraria, que avanzaba a fondo en el terreno del enemigo, como en esgrima dominadora. Lo llevó muy bien toread, embebiéndolo en el engaño de manera que los muletazos fueran lentos y, sobre todo, lo aguantó con extraordinario valor cuando se revolvía, haciéndolo destroncarse, al obligarlo a que se moviera en reducido espacio. Así, al dictado de aquella impecable y trágica geometría que la muleta de Balderas iba creando, quedó sometido el novillo. Entonces, se lo pasó Ricardo en varios pases de pecho y de trinchera, con mucho aplomo, con recia expresión. Fueron pases de muy buena escuela, pero lo mejor fue que Balderas se los dio a un novillo poco propicio a admitirlos y que, como condición previa e ineludible, tuvo que ser dominado. Eso es lo difícil en el toreo: dominar al enemigo. Después de eso, cualquier adorno ya tiene mérito y, si en vez de adornos, se dan pases sobrios, enteros, fundamentales, como Balderas hizo, el elogio hay que tributarlo sin reservas. Así lo entendió el público, que obligó a Ricardo a dar la vuelta al ruedo y a salir a los medios a saludar, una vez que el toro fue muerto de una corta pasada y media en todo lo alto. 
Esa fue la mejor faena de la tarde y también la mejor que Ricardo Balderas ha hecho en “El Toreo”.
Con el quinto también tuvo éxito, aunque hizo ya más concesiones al efectismo imperante. Ligó varias series derechazos toreando a pies juntos y al hilo, sin enfrentarse con el toro. Pero como eso gusta mucho y además Balderas lo hizo con seguridad y ajuste, poniéndole como remate un pinchazo y una buena estocada, tornó a ser ovacionado y recorrió de nuevo el anillo, saliendo también, posteriormente, a saludar desde los medios. Volveremos a verle pronto.
Abrió plaza un novillo difícil, que llegó a la muerte defendiéndose. Se afirmaba sobre los cuartos traseros y achuchaba de manera alarmante por el pitón derecho. Pepe Luis Vázquez lo muleteó por bajo y por delante, haciendo frente, con su natural facilidad, a los peligros que el toro presentaba y de los cuales se advirtió al diestro perfectamente convencido. Se lo quitó de en medio de un pinchazo y media desprendida y tendenciosa. El público, que está habituado a ver a Pepe Luis Vázquez en plan de triunfo, se disgustó un tanto por este paréntesis que las dificultades del novillo introdujeron en la carrera de éxitos del joven torero y cometió la injusticia de aplaudir al astado en el arrastre. Bien comprendo que el público es libre de expresar como guste sus opiniones, pero no me parece recomendable el procedimiento de aplaudir a toros de mal estilo, sólo para molestar a los espadas.
Las buenas relaciones entre Pepe Luis Vázquez y el público se reanudaron en forma por demás cordial y entusiasta. Fue en el tercio de quites del tercer novillo, al que Pepe Luis toreó por gaoneras, dos de las cuales fueron de una quietud, un temple y una emoción definitivas. Se le premiaron con una ovación cerrada, que se reiteró una vez terminado el tercio, por el cual hubo el diestro de saludar montera en mano.
Con el toro siguiente – el manso y dócil al que tan superiormente picó el Güero Guadalupe – hizo Pepe Luis Vázquez una buena faena de muleta, que le valió una vuelta al ruedo. Inició el trasteo en el tercio, con varios pases por alto y de pecho y, después, sacó al novillo a los medios, con muletazos – que no pases – de tirón. Allí se dio varias series de derechazos despatarrándose mucho, ya desde el cite, y pasándose al enemigo muy cerca. Se adornó más tarde con varios lasernistas y, tras de cambiarse la muleta por la espalda, dio un buen pase de pecho con la zurda y un natural. Lo mató de una estocada contraria, entrando con mucha fe, y un descabello a la primera. Y, de esa manera, hizo honor al sólido cartel que ya tiene conquistado. 
A sus dos novillos los banderilleó muy lucidamente, al primero, en cuyo morrillo dejó enhiesto un par de banderillas que clavó al sesgo por fuera, saliendo desde el estribo, par que confirmó sus dotes de rehiletero seguro y fácil.
A Valdemaro Ávila le debemos otro de los momentos emotivos y aleccionadores que tuvo la novillada del domingo. Porque Valdemaro ejecuta en forma personalísima y muy bella la suerte suprema, precisamente la más olvidada y desconocida de todas, que de elemento capital de la lidia ha sido rebajada, por la evolución del toreo, a la categoría de “cenicienta de la fiesta”. Pero gracias a Valdemaro Ávila, la cenicienta recobró el domingo su zapato de princesa y la suerte del volapié su rango primero.
Ya en la temporada anterior mostró Valdemaro sus notables cualidades de estoqueador. Pero, ahora, parece ser más dueño de ellas y la facilidad con que las muestra, es prenda de un dominio técnico que promete a Valdemaro – y nos promete a los aficionados a la estocada – muy buenos momentos. El éxito de Valdemaro Ávila como estoqueador fue más notable porque alternaba con dos toreros que matan por derecho y con honradez. Pero precisamente eso sirvió para que se viese mejor la diferencia de calidad. Valdemaro nos hizo ver muy a las claras que no es lo mismo matar con voluntad y con valor, que matar con arte, con facilidad nativa, con estilo propio. A mí me parece Valdemaro uno de los matadores más interesantes de México. En él creo ver al futuro gran estoqueador de la torería azteca. Ese es lo que de él interesa, a mi juicio, y no el valor, a veces poco meditado, de que hace gala al torear. Sin embargo, como se arrima mucho y no pierde la serenidad en ningún momento, logró entusiasmar al público en los quites, sobre todo en uno por gaoneras, angustioso. También gustaron grandemente algunos de sus ceñidísimos pases de muleta, que contribuyeron en mucho a que diese la vuelta al ruedo en el tercero. Realmente, eso y más merecía, pues su personalidad de estoqueador es verdaderamente notable y digna de aplauso y estímulo en estos tiempos en que escasean los matadores y llegan, inclusive, a sobrar toreros.
“Tabaquito” hizo un quite valerosísimo a Valdemaro Ávila, cuando éste fue prendido por el sexto novillo, Y es que “Tabaquito” tiene mucho valor. Siempre que torea lo demuestra al salirse a los medios para correr a los astados, estableciendo un contraste también aleccionador con la mayoría de sus compañeros, que hacen a los toros avisados e inciertos, a fuerza de “tocarles” desde los burladeros, sin decidirse a salir para enfrentarse a ellos.
Los novillos lidiados fueron de Matancillas, que viene a ser lo mismo que La Punta y fue, en realidad, lo mismo hasta hace unos años, cuando a los señores Madrazo se les ocurrió imitar a los hermanos Llaguno, que ya habían bifurcado la ganadería de San Mateo, fraccionándola para sacar de ella lo que ahora se lidia bajo el nombre de Torrecilla.
De Matancillas vino un encierro desigual, tanto en presentación como en bravura. Los mejores para el torero fueron el sexto y el reserva que substituyó al tercero. Éste, que era el más grande y gordo de la desigual corrida, hubo de ser retirado, porque parecía reparado de la vista y, desde luego, era rematadamente manso. Aunque todos los novillos tuvieron temperamento, el encierro distó mucho de ser bueno, pues el temperamento, cuando los toros no sacan buen estilo, acentúa las dificultades.

José Alameda (Cª 1980)
Suerte de varas, toreo fundamental, estocada al volapié. De nuevo, el joven Alameda nos presenta el inmenso valor del toreo básico, elemental y su esencial valor ajeno a modas y al paso del tiempo.

Ricardo Balderas recibió la alternativa en Bayona, el 8 de septiembre de 1946, siendo su padrino Fermín Rivera y el testigo, Alfonso Ramírez Calesero. De Valdemaro Ávila, se afirma que la recibió en Lima, de manos de Domingo Ortega, aunque no se precisa la fecha. En lo que sí coinciden los tres alternantes de este festejo, es en que dedicaron una importante parte de sus vidas a presidir festejos taurinos. Pepe Luis Vázquez y Ricardo Balderas lo hicieron en la Plaza México y Valdemaro Ávila, en las plazas de toros San Marcos y Monumental de su Aguascalientes natal.

Con mi recuerdo para Rubén Negrete Perales, periodista, con quien tuve poco trato personal, pero en quién siempre percibí un animoso interés por tratar de conocer y de comprender esta Fiesta, en la que encontraba aparte del colorido y la emoción, un enorme fondo de tradiciones. ¡Descanse en paz!

domingo, 20 de mayo de 2012

En el Centenario de José Alameda (IV)

Alameda antes de Alameda (III) 

José Alameda (Cª 1970)
La novillada celebrada en El Toreo de la Condesa el domingo 2 de julio de 1944 reunió a un encierro de Zotoluca y a los novilleros Pepe Luis Vázquez, Gonzalo Castro Soldado II y Tacho Campos. La relación que hace del festejo José Alameda, en el número 85 del semanario La Lidia, del 7 de julio de ese mismo año, firmando aún como Carlos Fernández Valdemoro, se centra en el análisis de la posibilidad o imposibilidad y en la efectividad o inefectividad de la imitación del estilo de un torero por otro. 

Hace una inteligente defensa de la tauromaquia esgrimida por Tacho Campos en ese festejo, la que al final, resulta ser lo que conocemos como toreo puro y duro… el toreo de siempre, el que hoy se afirma que es una especie de alucinación de un grupo de inadaptados que pide entre otras cosas, que se cite con la pierna de salida adelante. Pero allí lo describe el Alameda joven, y de paso, aprovecha su tribuna para poner en su sitio a aquellos que hablan y escriben de oídas, sin entrar al análisis de la esencia de lo que hacen los que actúan en el ruedo. 

Aquí la crónica en cuestión:  
Un torero: Tacho Campos
Este Tacho Campos, que el domingo pasado triunfó en “El Toreo”, es un lidiador corto, de esos que cuando pierden en extensión lo ganan en profundidad. A mí me satisfizo mucho su éxito, porque me parece un buen síntoma. Tantas veces hemos visto aplaudir y celebrar con entusiasmo el toreo mixtificado, que al ver emocionarse al público ante algo de indudable calidad, nos sentimos reconfortados. A algunos, a quienes dicen lo que oyen – y a quienes lo escriben, que es peor – les ha dado por afirmar que Tacho Campos imita a Garza. Para decir eso se necesita saber una palabra de la cuestión. Porque un torero puede imitar a otro en los andares, en las sonrisas, en los gestos y hasta en la preferencia por determinadas suertes. Inclusive, apurando mucho las cosas, en la manera de colocarse para ejecutarlas. Pero en la ejecución misma no es posible. Porque cuando el toro se arranca, se hace lo que se puede y basta. Y hay quienes no pueden. Entonces, de nada valen los propósitos deliberados y de muy poco lo aprendido en sesiones de entrenamiento. Cuando el toro se le viene a uno encima, es imposible encontrar componenda con un estilo deseado, ya sea positivo o imaginario. Entonces, le sale a uno el estilo propio, si lo tiene; y si no, la falta de estilo. Y quien piense otra cosa es que no ha toreado nunca.
Tacho Campos toreó el domingo, parando, templando y mandando. Y en eso coincidió con Garza, como Garza coincidió con Belmonte. Dicen que imita a Lorenzo. Pues si así es, ojalá vengan muchos a imitarle, en lugar de entregarse al toreo de chicuelinas, tijerillas, riverinas, orticinas, lasernistas, molinetes y demás manifestaciones patológicas del contorsionismo imperante.
Ojalá todos imiten a Garza toreando con sobriedad, con las plantas firmes sobre la arena y el cuerpo derecho, sin la joroba que se les antoja imprescindible a quienes para obligar al toro a que derrote bajo empiezan por agacharse ellos. Y, sobre todo, vengan muchos imitadores de Garza como Tacho Campos, capaces de ese prodigioso aguante. ¡Qué vengan muchos a imitarle y ya verán ustedes cuántos quedan! Los mismos que quedaron cuando se desencadenó la racha de imitadores de Belmonte: ni uno. No. Es muy fácil decir lo primero que se le viene a uno a la cabeza. Pero las cosas deben pensarse. Y hay que tener mucho cuidado de no perjudicar a un torero bueno con una apreciación ligera, cuando, en cambio, se conceden, marchamos entusiastas a la primera medianía a quien le pita la flauta por casualidad. Porque, en años anteriores, nos inventaron dos o tres fenómenos que ahora andan por ahí viviendo tristemente de las esperanzas engañosas que les hicieron concebir. Pero llega Tacho, que torea con un arte de los que nos se comunican, ni se reciben, porque esas cosas no se le hacen a un toro más que por inspiración propia, y resulta que ¡se parece a Garza! Señores míos: también “Gitanillo de Triana” se parecía a Belmonte. Lo que pasa es que no es lo mismo coincidir con Belmonte – como le pasaba a “Gitanillo” – que imitarle – como hacía Carpio –. Puestos a aceptar el parangón con Garza, yo me atrevo a decir que Tacho no es su Carpio, y que, en cambio, si repite lo hecho el domingo, podrá ser su “Gitanillo”. Una coincidencia al sentir el arte no es imitación, porque el sentimiento no se imita. Y Tacho, como Garza, como Belmonte, como cuantos han sabido del secreto del temple, torea con sentimiento.
Una falta tiene Tacho Campos: su poca fibra. No es un torero que pelea, que se crece ante la adversidad, ni que siente la noble apetencia de redondear un éxito. Y sería lástima que por eso no llegara tan alto como debe. Me hace abrigar esos temores, la frialdad con que Tacho Campos se desentendió de todo el sexto toro, limitándose a quitárselo de delante.
Sería lástima, porque torea con una pureza extraordinaria y con un sello propio que estriba en el fino acento que sabe dar a sus muletazos, un matiz que no han sorprendido quienes lo tachan de imitador de Garza, porque Lorenzo fue toda reciedumbre y en Tacho Campos priva la finura. Esa cualidad suya culminó en los tres medios pases que dio a favor del viaje del toro, en la última parte de su faena. Giró en ellos con gran suavidad y los ligó de modo que, más que tres lances, fueron uno solo. Yo me pregunto: ¿A quién imitó entonces? ¡Cómo no fuese a Tacho Campos!
Antes había muleteado muy bien, en derechazos que conmovieron hasta lo más hondo al público; en pases de costado ceñidísimos, al intentar uno de los cuales, fue cogido sin consecuencias, y en muletazos de pecho echando la pierna contraria adelante y sacando la muleta por la cola, en los que como no imitase a Belmonte, no acierto yo a penetrar a quien imitara.
Le dieron la oreja. Muy merecida. Yo me temo que no vaya a cortar muchas, porque no me parece valiente, Pero la que corte, la merecerá; porque tiene un arte puro. Y sólo quienes lo poseen cuentan en el corazón de los que aman la fiesta no como un ejercicio burocrático, sino como un sacrificio lleno de hondas emociones.
Pepe Luis Vázquez, sin mantenerse a la altura que en tardes anteriores, pues le tocó el peor lote, tuvo, no obstante, una lucida actuación y confirmó que es un torero muy enterado, muy hecho, que tiene recursos para superar las dificultades que presentan los toros. Y los que tuvo que lidiar el domingo las presentaban.
El primero se quedaba en el centro de la suerte por el lado izquierdo, y Pepe Luis lo muleteó cerca de tablas, recogiéndolo por bajo, para llevárselo después a los medios. Allí le sacó muletazos por alto y derechazos que entusiasmaron. Había sembrado y recogió. Es decir, había metido al toro en el engaño durante la primera parte de la faena y por eso pudo lucirse en la última. Con el cuarto no pudo hacer más que desesperarse, porque el novillo no tenía fuerza alguna y se caía en cuanto Pepe Luis trataba de pasárselo por delante.
A los dos los mató muy bien, porque además de valor tiene facilidad y buen estilo con la espada. El público, que le ha celebrado tanto con su toreo, parece no haber parado mientes en sus condiciones de estoqueador, que, a mi juicio, son las más relevantes que posee. Los buenos estoqueadores son ahora tan escasos, que bien merece la pena animar a quien, como Pepe Luis, se da tan buena maña en ese trance supremo de la lidia.
Pepe Luis fue justamente ovacionado después de matar a sus dos novillos, lo mismo que en varios magníficos pares de banderillas y en un quite por gaoneras, y, frente a enemigos poco cómodos, supo mantener en alto su ya envidiable cartel.
“El Soldado II” comenzó medianamente y acabó bien. A su primero le dudó al torearlo y lo mató de media contraria. Pero, en cambio, en el quinto de la tarde hizo cosas de mucho sabor. Porque Gonzalo Castro es un torero raro, que junto a la huida sin consideración, pone el muletazo cumplido y hondo, el adorno gallardo y feliz.
A ese quinto novillo le hizo un trasteo desligado, pero lleno de momentos interesantes. Le dio varios pases por alto, de costado y de pecho, con una pureza de línea, con una quietud y una fuerza expresiva poco comunes. La faena culminó cuando, tras de pasarse la muleta de una mano a la otra, en limpio giro ante la cara del toro, enlazó el adorno con un largo muletazo de pecho, dado con la mano zurda. Hizo después otro limpio cambio y sumó a él dos molinetes seguidos, en los que desplegó vistosamente la muleta para que girase en torno a su cintura. Estas cosas gustan mucho al público y cuando de una contraria, tiró Gonzalo al de Zotoluca, escuchó una ovación cerrada, dio la vuelta al ruedo y salió a los medios a saludar.
Necesita Gonzalo Castro una cura de confianza, es decir, necesita que lo cuiden, para que recobre la fe en él mismo, que perdió en el grave percance sufrido el año anterior. Porque en cuanto a estilo, el que apunta es muy digno de tenerse en cuenta.
A uno de los toros de Zotoluca – el tercero – se le dio la vuelta al ruedo, aunque fue un toro que hizo una lidia rara, pues comenzó achuchando por el pitón derecho y acabó haciéndolo por el izquierdo. Había peleado muy bien con los caballos, como pelearon los que tuvieron fuerzas para ello, porque, en cuanto a presentación, el encierro fue desigual, ya que hubo toros de muy buen trapío y otros flacos y sin energías.
El público aplaudió con justificado entusiasmo al gran peón Manuel Gómez Blanco “Yucateco”, quien se lució con el capote y con las banderillas. En cambio, pretendió chillarle a Juan Aguirre “Conejo Chico”, cuando picaba al toro tercero en todo lo alto. Menos mal que vino la sana reacción y acabó en ovación lo que había comenzado en rechifla inoportuna. Digo que menos mal, porque si se continúa protestando a los buenos picadores, terminará por desaparecer la suerte de varas, sin la cual las corridas de toros no son posibles, aunque no se les haya ocurrido pensarlo a los partidarios del toreo de “vueltecitas”. También agarró los altos en una ocasión, con su gran estilo de varilarguero, Guadalupe Rodríguez “El Güero Guadalupe”, cuyo éxito sería más frecuente si su voluntad estuviera a la altura de su arte.

Tacho Campos (Foto cortesía
Burladerodos)
Tacho Campos se presentó en Las Ventas en Madrid el 26 de junio de 1945, alternando con Machaquito, Manolo Navarro y Manuel Jiménez Chicuelín en la lidia de novillos de Claudio Moura. Recibió la alternativa en Aguascalientes, en la Plaza de Toros San Marcos el 17 de abril de 1949, de manos de Andrés Blando y llevando como testigo al nombrado Chicuelín, con toros de Hermanos Ramírez.

Renunciaría a esa alternativa, pues el 10 de diciembre de 1950 volvió a actuar como novillero en la Plaza México. Falleció el 10 de julio de 2008 en la Ciudad de México.

Gonzalo Castro Soldado II, hermano de Luis no llegó a recibir la alternativa.

domingo, 25 de marzo de 2012

En el Centenario de José Alameda (III)

Alameda antes de Alameda (II)

José Alameda (1947)
En el número 84 de La Lidia, aparecido el viernes 30 de junio de 1944, José Alameda, firmando todavía como Carlos Fernández Valdemoro, relató para los aficionados lectores de esa publicación, lo sucedido en la tercera novillada de esa temporada menor – la penúltima de la historia del coso – celebrada en El Toreo de la Condesa, en la que para lidiar novillos de la ganadería debutante de Santo Domingo, propiedad en ese entonces de don Manuel Labastida y Peña, alternaron Paco Rodríguez, Gabriel Soto y nuestro Pepe Luis Vázquez, que repetía tras de su triunfo el domingo anterior

Escojo esta crónica, dado que uno de sus personajes, el matador de toros Pepe Luis Vázquez (mexicano), cumplió 92 años el pasado lunes 19, día de San José. A Pepe Luis Vázquez le recuerdo como un puro ejecutante de la suerte de recibir y un torero de un gran pundonor. En una segunda etapa de su vida taurina, se dedicó a presidir los festejos celebrados en la Plaza México, lugar en el que, fue el primer torero en recibir la alternativa, el año de 1947.

En cuanto a la crónica de Alameda, podemos ver que es extensa, que mezcla la prosa con el verso y que en el engarce de los conceptos, sin perder la compostura, deja perfectamente claro lo que le gustó y lo que no en el festejo que está narrando. Espero que la encuentren de interés.

Cogida de Paco Rodríguez y triunfo de Pepe Luis Vázquez 

“Una nota de clarín
desgarrada
penetrante,
rompe el aire con vibrante
puñalada” 

Y, al toque ritual, comienza la fiesta. En los tendidos, se aprieta la multitud compacta, que se ha incorporado de nuevo a su espectáculo preferido, tras de los dos primeros festejos, que fueron como los lances de tanteo antes de meterse en faena. 

Por la arena avanza el escuadrón taurino, el único capaz de marchar a la guerra y a la muerte con ropaje de seda. Van a torear Pepe Luis Vázquez, cuyo primer naipe, lanzado sobre el tapete ocho días antes, fue un triunfo; Gabriel Soto, que llega de la plaza chica de “La Morena” impulsado por el éxito; y con ellos, y a la cabeza, Paco Rodríguez, como capitán de la lidia. 


Paco Rodríguez parece haber traído consigo al sol, que por primera vez preside la fiesta, como si quisiera señalar con su presencia el verdadero comienzo de la temporada. También traía la sangre torera dispuesta a derramarse y a dejar cumplido el verso:

“Oro, seda, sangre y sol” 

Han llegado los lidiadores bajo el palco de la autoridad. Y se inclinan reverentes. “Ave César, morituri te salutam”. 

Y, puesto que ya está el cuadro completo, puede comenzar el sacrificio. 

Ronco toque de timbal,
salta el toro a la arena.
Bufa, ruge… Roto cruje
un capote de percal”

Es el capote del primer espada, que ha quedado prendido en las astas del novillo con que hace su presentación en “El Toreo” la ganadería de Santo Domingo, que viene precedida de prestigio por su casta y a la que se le atribuye un abolengo miureño. 

Pronto el capote desprendido volvió a las manos toreras, que tiraron del toro para pasárselo, confiadas, de derecha a izquierda y, hábiles, de izquierda a derecha. Paco Rodríguez había comprendido que el primer toro del señor Labastida amenazaba con su pitón derecho y que había que recurrir al toreo zurdo. 

Quieto, erguido, comenzó la faena. El toro pasaba bajo el engaño, que se movía con rítmica precisión. Y el gentío acompañaba el ir y venir de la fiera y la serena gracia del burlador con gritos jubilosos, cumpliendo así su ministerio de coro de la tragedia. Hasta que Paco Rodríguez se pasa la muleta a la mano torera. Cita desde muy cerca y consuma el más bello de los lances. 

“…en los tres tiempos
del pase natural tendiendo el brazo
guarnecido de oro
la clásica elegancia
con serenidad ejerce y arrogancia” 

Mas el empuje del toro mengua. Y, a partir del segundo natural, se queda en el centro de la suerte. Paco Rodríguez lo invita reiteradamente a pasar. Pero el astado solo atiende la invitación a medias. Entonces, el acero brilla un momento desnudo en el aire y luego se clava tendido en la obscuridad del toro. 

Ha terminado el primer acto. 


Al comenzar el acto cuarto, la tragedia se consumó. Paco Rodríguez había recibido al toro con lances a la verónica, todos ceñidos y garbosos, impecable uno de ellos. Era la plaza un clamor cuando Paco, tras de la primera vara, se echó el capote a la espalda y comenzó el juego ceñido y peligroso de la gaonera. Tan cerca estaba, que al iniciar el cuarto lance, no tuvo el toro más que alargar el cuello u prendió al torero, tirándolo a la arena mal herido.

“La inesperada acometida ha hecho
de elegante paso
un revuelo confuso…” 

Cuando ese revuelo cesa, Paco Rodríguez está ya en la enfermería y frente al toro se encuentra Gabriel Soto. Se revuelve el astado, se defiende. Y Soto, a la defensiva también, hace una faena breve con la muleta y laboriosa con el acero. Hasta que el toro se rinde y hay en la plaza un suspiro de alivio. 

Gabriel Soto había comenzado su actuación haciendo en el primero de la tarde un quite por faroles de rodillas, que deslumbró al gentío. Repitió la suerte, al torear de salida al quinto. Y demostró que tiene una propensión cardinal al toreo de rodillas, cuando inició la faena de muleta al segundo con cuatro pases también de hinojos. Los momentos citados fueron los más emotivos de su actuación. Los más lucidos los logró también en la faena a ese segundo toro, que tenía pocas energías pero mucha nobleza, Solo le dio pases excelentes, por alto, de trinchera, de molinete, afarolados. Un trasteo decididamente barroco, que gustó mucho al público. Le puso remate con dos pinchazos sin soltar y media contraria, todos “a toro parado”. Y mientras el concurso le ovacionaba, dio la vuelta al ruedo. 

El quinto toro, duro, encastado, que pegaba fuerte y con la cara arriba, cogió a Soto en el primer pase, lanzándole contra las tablas con la taleguilla destrozada. Para poder continuar la lidia tuvo el diestro que cubrirse con el blanco pantalón de un monosabio. Pero el toro, que parecía mover sus cuernos con intención más irónica que trágica, se lo arrancó en un derrote de cómicas consecuencias. Y tuvo que recurrir el torero a otro pantalón. Puso de su parte cuanto pudo para que el toro no se lo arrebatase también y logró salir airoso del empeño, aunque a costa de algún esfuerzo a la hora de matar. 

A Pepe Luis Vázquez le tocaron en suerte dos toros dóciles. Ya he señalado que otro – el segundo – también lo fue. Y agregaré que, salvo el primero, todos pelearon bravamente con los caballos, confirmando la fama de bien encastada con que llegó al ruedo principal la ganadería de Santo Domingo. 

Al tercer novillo, un negro lombardo, que sustituía a otro de sus hermanos retirados por rotura de una pata, le dio Pepe Luis dos excelentes verónicas, tras de las cuales fue cogido sin consecuencias. Clavóle tres pares al cuarteo, dos muy buenos y uno desigual y le hizo una magnífica faena de muleta. La inició con pases por alto, de entre los cuales descollaron dos de pecho magníficos, en los que hizo describir al toro largo viaje, llevándolo perfectamente toreado. De pase a pase, iba el torero ganando terreno, de modo que al terminar la serie estaba en los medios, muestra bien clara de que era dueño de la situación. Pasóse después al toro en derechazos muy ceñidos y surgió, cálida, la ovación. 

La última parte de la faena fue por la cara y cuando cuadró el novillo, entró Pepe Luis muy derecho a matar, pero se le fue la mano y la espada cayó baja. Sin embargo, en premio a las calidades de su faena, fue obligado a dar la vuelta al ruedo. 

En el quinto, invitado por Gabriel Soto para que simulara un quite, dio dos verónicas que fueron lo mejor, lo más serio que se hizo con el capote en toda la tarde. 

También los lances con que recibió al sexto fueron de buena calidad. No así los que ejecutó en los quites. Pero con las banderillas volvió a entusiasmar. Cita al toro desde cerca de tablas y cuando el toro se arranca, compite con él en el viaje, saliéndose hacia las afueras, “de poder a poder”. Y, así,  

“…en un viaje especial de esbeltez y osadía,
– los brazos alzando – 
y, allá por encima
de las astas, que buscan el pecho,
las dos banderillas
milagrosamente clavando… se esquiva
Ágil, solo, alegre,
¡sin perder la línea!

Hay dos pares más, uno muy bueno por el lado izquierdo, para que se vea que no es banderillero a medias, y otro desigual. 

Y, en cuanto suenan los clarines para el cambio de tercio, toma Pepe Luis la muleta, echa las dos rodillas a la arena y se va acercando a su enemigo, poco a poco, con decisión firme. Súbitamente sale del tendido un grito unánime de júbilo, el “olé” tradicional de los grandes momentos: 

“De un lado, por debajo
del rojo trapo que en su furia engríe,
el toro muge alzando
remolinos de arena…”

Del otro lado, Pepe Luis Vázquez continúa de hinojos, en espera de la nueva acometida, que esquiva con la misma serenidad que otra más que viene a continuación. Han sido tres pases de rodillas, Pero no tres pases de los que se da el toro solo, viajando inocente bajo el engaño, sin tres pases dados por el torero, con temple, con mando y con una gran emoción. Después, impulsado por el entusiasmo del público y por el entusiasmo propio, torea de pie, con la derecha y con la izquierda, muy cerca, muy valiente, muy seguro de sí mismo. Y cuando mata de una corta tendida, se va en hombros de la multitud, llevándose otra oreja y otro triunfo. 

“El gran suspiro que es la tarde crece
como de un pecho inmenso
Palidece el sol.
y terminada la fiesta de oro
a la mirada que solo un eco
de amarillo seco
y sangre cuajada”
Dramatis personae

La ganadería de Santo Domingo fue fundada en San Luis Potosí por don Manuel Labastida y Peña en 1926, con los restos de lo que la Revolución dejó en su casa y en la ganadería de Espíritu Santo, que tuvo un semental de Miura llamado Chicorro, berrendo en colorado. Posteriormente añade ganados de Cruces, empadrados con un toro de Otaolaurruchi y después agrega sementales de San Mateo en los años 1928, 1930, 1932, 1934 y 1943, así como uno de Carlos Cuevas en 1942.

Paco Rodríguez fue investido matador de toros por Lorenzo Garza, en presencia del lusitano Diamantino Vizeu, el 18 de enero de 1948 en El Toreo de Cuatro Caminos. El toro de la alternativa se llamó Sevillano y procedió de Pastejé, como todos los lidiados esa tarde.

Gabriel Soto recibió la alternativa el 8 de diciembre de 1954 en Tenancingo, Hidalgo. Su padrino fue Guillermo Carvajal y los toros de Tequisquiapan en un festejo mano a mano. Su hijo Gabriel Soto El Momo, también es matador de toros. 

Pepe Luis Vázquez (José F. Vargas Castillo), como decía arriba, fue el primer torero en recibir la alternativa en la Plaza México. Le apadrinó Manuel Gutiérrez Espartero y atestiguó la ceremonia Ricardo Balderas. Los toros fueron de la ganadería de Lorenzo Garza y el de la ceremonia fue nombrado Piel Roja. Su hijo Pepe Luis Vázquez, es matador de toros.

Espero que hayan disfrutado esta que a mi parecer, es una extraordinaria pieza.


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