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domingo, 6 de diciembre de 2020

En el centenario de Carlos Arruza (XVI)

1º de diciembre de 1940: Carlos Arruza recibe la alternativa

La temporada 1939 – 1940 había terminado con los estamentos de la fiesta en México divididos. Fue la del Pacto de San Martín Texmelucan y se dio en dos partes. Eso motivó al General Maximino Ávila Camacho, titular de la mayoría accionaria de la sociedad propietaria de la plaza El Toreo a designar como nuevo gestor del coso a Anacarsis Carcho Peralta, quien a su vez nombró como Gerente al doctor Alfonso Gaona, cuya aptitud para la actividad se vio pronto, pues le fue posible conciliar los intereses encontrados de los dos bandos enfrentados por los hechos de Texmelucan y para demostrarlo, confeccionó para su primera tarde, la del 1º de diciembre de ese año, la alternativa de Carlos Arruza, otorgada por Armillita y con el testimonio del queretano Paco Gorráez, enfrentando la terna toros de Piedras Negras. El cartel tenía su simbolismo, pues combinaba elementos de los dos grupos en pugna apenas una temporada antes.

La reflexión de Arruza sobre el momento de la alternativa

Carlos Arruza contó a Barnaby Conrad, en su libro autobiográfico My Life as a Matador lo que pensó cuando le fue ofrecida la alternativa después de terminada la temporada de novilladas de 1940, misma en la que, junto con Andrés Blando, se alzó como triunfador y conforme a la costumbre de la época, ganador del derecho a ser doctorado en la temporada de corridas siguiente:

Durante casi siete años soñé con la alternativa, después de haber pasado con un largo aprendizaje como novillero para ganar el derecho de usar el título de “Matador de Toros” e ingresar al grupo de aquellos más o menos cuarenta toreros del mundo que toreaban en las principales plazas del mundo con los mejores toros. Pero por alguna razón había sido desdeñado por las empresas durante los dos años anteriores y de repente recibí una llamada del doctor Gaona, el nuevo empresario de la plaza de la Ciudad de México, preguntando si estaría dispuesto a recibir la alternativa la semana siguiente. Enmudecí…

La oferta del doctor Gaona era, como indiqué antes, lidiar una corrida de Piedras Negras y ser apadrinado por Fermín Espinosa Armillita y con el testimonio de Paco Gorráez. Cuenta Arruza a Conrad que tanto él, como su entonces apoderado Benjamín Villanueva aceptaron de buen grado la oferta y se pusieron a prepararse para la gran ocasión.

El día de la alternativa de Arruza

En México, el 1º de diciembre de cada seis años es la fecha en la que se hace el cambio del Presidente de la República. Muchas actividades se suspenden y en la Ciudad de México, hasta hace no muchos años, era realmente un día de fiesta, con cierre de calles, desviación de tráfico y problemas para lo que hoy se llama movilidad de las personas. Arruza así contó a Alberto A. Bitar los problemas que tuvo para llegar a la plaza ese día:

Carlos, para calmar los nervios de recibirse como matador de toros, se fue a Cuernavaca en compañía de su hermano Manolo, los cuales no lo abandonaron durante toda la semana, así que el domingo, se levantó con el alba y a las 9 de la mañana salieron rumbo a la capital, pero sucedió que en esa misma fecha tomaba la alternativa como Presidente de la República el general Manuel Ávila Camacho y todos los accesos a la capital estaban cerrados y si los dejaron pasar fue gracias a súplicas, ruegos y un titipuchal de explicaciones, que si no…

Sus sentimientos ya en la plaza, se los contó así a Barnaby Conrad:

El gran Paco Gorráez, quien atestiguaría la ceremonia, llegó a la plaza y después Armillita y todo parecía increíble. Ya estaba totalmente nervioso. ¿Qué era yo, el hermano pequeño de Manolo Ruiz Camino al lado de esos inmortales de los ruedos? Debería estar al lado de mi madre atendiendo en su negocio. Cuando sonó el clarín pensé: “Dios mío, no estoy listo para esto, dame un año más… Pero me dije, ¿tanto luchar para llegar hasta aquí y lo vas a tirar por un ataque de nervios?

La alternativa

El primer toro de la corrida se llamó Oncito, número once, Arruza lo describe como negro, largo y bien armado. El propio torero describe su actuación ante el toro de la siguiente manera:

…Al inicio de la lidia, estuve afectado por el nerviosismo de la ocasión y no pude ponerme quieto. Ya en quites pude obtener algunos aplausos y decidí no poner banderillas. Vino la ceremonia, el momento solemne en el cual Armillita vino hacia mí y me entregó la muleta y la espada. Ya estaba tranquilo y dispuesto a hacer una gran faena con la muleta.

Armillita me dijo: “Buena suerte muchacho. Ya eres matador de toros, con el talento que tienes, el cielo es tu límite”. Después me hizo una advertencia que me puso los pies en el suelo. Volteó a ver al toro que estaba al otro lado del ruedo y me dijo: “Ten cuidado con el pitón derecho, puede causarte muchos problemas…

Esas últimas palabras, dichas con honestidad y con la finalidad de evitarme un percance, fueron para mí como un balde de agua fría. Viniendo del Maestro de Maestros hacia el neófito que ni siquiera se había percatado de ello, me descompuso totalmente. Así que, en lugar de salir alegremente a jugarme la vida, salí a defenderme del toro, de ese pitón derecho que Armillita me advirtió que era peligroso. Y en los hechos resultó que el Maestro tenía razón. Y a la hora de matar, ese pitón derecho se hundió en mi cuerpo, pensaría yo, casi a propósito, para no dejar como un mentiroso a Armillita… Así arruinó ese toro la tarde de mi alternativa…

La cornada de Oncito fue el bautizo de sangre de Carlos Arruza, pues salvo un puntazo sufrido en Lisboa y algunas volteretas sin consecuencias graves, nunca había sido cornado por un toro. Sin embargo, así herido, dio la vuelta al ruedo tras su labor recogiendo grandes ovaciones.

La reaparición

Volvería a El Toreo el domingo 5 de enero de 1941, a la corrida extraordinaria en Homenaje y Beneficio de los deudos de Alberto Balderas, en la que se lidiaron seis toros de La Laguna y uno de San Diego de los Padres para rejones y que lidiaron Fermín Espinosa Armillita, Jesús Solórzano, José González Carnicerito, Silverio Pérez, Carlos Arruza y Andrés Blando a pie, y a caballo, Conchita Cintrón. Esa tarde Armillita cortó el rabo a Ceniciento de La Laguna.

Tras de ese festejo benéfico, el doctor Gaona no volvió a poner a Arruza en esa temporada y tampoco le consideró en el inicio de la siguiente, pero no faltaba mucho tiempo para que el torero se convirtiera en un ingrediente indispensable e indiscutible en la confección de las temporadas de toros en ambos lados del Atlántico. 

Sin embargo, ese domingo de hace 80 años, era apenas el primer paso de una carrera histórica.

domingo, 2 de agosto de 2020

Toros en la frontera. Un patrimonio perdido

Plaza de Toros El Toreo de Tijuana
Aunque el toreo se arraigó en la frontera entre México y Estados Unidos en el último tercio del siglo XIX como consecuencia de la herencia cultural compartida de quienes hacían la vida a uno y otro lado de la línea divisoria y secundariamente, al tráfico de bienes y de personas generado por el tendido de vías férreas que comunicarían a ambos países, es en la segunda mitad del siglo XX cuando la zona se convierte en un importante bastión para la fiesta de los toros en México. 

En el caso particular de Tijuana, durante la época de la prohibición, el hotel y casino de Aguacaliente y la cercanía de esta ciudad con la llamada Meca del Cine, fueron un atractivo para personajes importantes de la farándula, lo que motivó que al atractivo del juego, de la posibilidad de consumir bebidas alcohólicas sin disimulo y sin tener que guardar fingidos recatos que a veces imponía la extrañamente pacata sociedad norteamericana, se adicionara la fiesta de los toros, que en esos días y en muchos por venir, no era considerada políticamente incorrecta de ninguno de los lados de la línea fronteriza. También habrá que tener en cuenta que la base naval de San Diego fue un asiento de muchos nuevos aficionados, que al terminar su servicio allí, la diseminaron por el resto del territorio estadounidense.

Con menos atractivos lúdicos quizás, pero con un mercado potencial del lado estadounidense, estaban Ciudad Juárez, que tenía una fortificación del ejército del país vecino cerca de El Paso y tuvo un efecto y vocación similar al de la base de San Diego; pero además estaban en esa línea divisoria Nogales, San Luis Río Colorado, Ciudad Acuña, Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros y en todas esas localidades que veían transcurrir la existencia entre dos naciones y en ellas la tauromaquia tuvo un lugar destacado entre las diversiones públicas y fue la fuente de una afición seria, informada y conocedora. No era un remedo de fiesta o un mero mexican curios. La fiesta de la frontera Norte era la verdadera fiesta de los toros.

Por razones de tiempo y espacio tomaré como ejemplo la temporada de 1963, misma en la que se dieron en esa franja la friolera de 63 festejos entre mayo y septiembre – con algunos festejos residuales hasta noviembre – y que representan la cuarta parte de todos los que se dieron en la República ese año. A esos festejos acudieron las principales figuras de la época y presentaron sus encierros las mejores ganaderías del momento y por supuesto, las empresas dieron oportunidades a toreros emergentes para que pudieran demostrar que estaban listos para mejores empresas.

La temporada del 63

La parte mayor de ese calendario gravitó en las plazas de Tijuana (26) y Ciudad Juárez (22), que fueron las dos que más festejos dieron en México ese año. Superaron en número a la Plaza México (15), aunque habrá que señalar que ese año la temporada capitalina se repartió con El Toreo de Cuatro Caminos (12) – aunque administrativa y políticamente no sea parte de la capital mexicana –, por lo que sumando los festejos de los dos cosos, se supera en uno la cantidad ofrecida por las dos plazas de Tijuana. También esas dos ciudades de frontera dieron más corridas que Guadalajara (10) y Monterrey (12) y plazas como Nogales (8) o Nuevo Laredo (7) dieron más festejos que Aguascalientes (6), e incluso Acapulco, hoy irremisiblemente perdida para los toros, dio casi un número igual de festejos que la capital del país (14).

La competencia entre dos empresas, la que dirigía el doctor Alfonso Gaona y la que encabezaba el Mayor Salvador López Hurtado hizo posible esa circunstancia. Este último había edificado dos plazas monumentales en Ciudad Juárez (1957 – 2005) y otra en Tijuana (1960) para competir respectivamente con la Alberto Balderas y El Toreo. En la revista Toros de Jim Fergus, publicada del lado americano, ambas empresas hicieron el anuncio de sus elencos para la temporada de esa ciudad bajacaliforniana. El Mayor López Hurtado ofrecía presentar a los mexicanos Alfonso Ramírez Calesero, Andrés Blando, Pepe Luis Vázquez, Jesús Córdoba, Manuel Capetillo, Joselito Huerta, Jorge El Ranchero Aguilar, Humberto Moro, Antonio del Olivar, Eduardo Moreno Morenito y Felipe Rosas; a los españoles Pepe Osuna, Juan Jiménez El Trianero, Victoriano La Serna, Juan Bienvenida, Antonio Ortega Orteguita, Paco Corpas y Curro Montes; a los venezolanos César Girón y Curro Girón. También anunció a Jaime Bolaños, aunque no actuó y como pendientes de contrato a Diego Puerta y Antonio Campos El Imposible.

Por su parte, el doctor Gaona ofreció como bases de su temporada a Luis Procuna, Juan Silveti, Alfredo Leal, Jaime Bravo y José Ramón Tirado; a los españoles Joaquín Bernadó, Juan García Mondeño, Diego Puerta y Paco Camino y al portugués José Julio.

El contingente de diestros que actuaron en alguna de las plazas de la frontera y que no fueron anunciados en elenco alguno fue encabezado por Fermín Rivera, Luis Briones, Antonio Velázquez, Rafael Rodríguez, Félix Briones, Raúl Acha Rovira, Fernando de los Reyes El Callao, Raúl García, Víctor Huerta, Jaime Rangel, Emilio Rodríguez, Jesús Peralta, José Luis Ramírez, Tomás Abaroa, Rodolfo Palafox, Benjamín López Esqueda, José Gómez, Joselito Méndez y Rubén Salazar; el venezolano Rafael Báez; el colombiano Pepe Cáceres; los españoles Enrique Vera, Martín Sánchez Pinto y Juan Gálvez y el portugués Manolo dos Santos

También actuaron los rejoneadores Juan Cañedo, Gastón Santos y Mauricio Locken. Así pues, en las 63 corridas que se celebraron en la frontera de México con los Estados Unidos, estuvo presente casi todo el mundo taurino.

Las ganaderías que lidiaron sus toros en la frontera fueron entre otras Torrecilla, Jesús Cabrera, Santo Domingo, Tequisquiapan, Mimiahuápam, José Julián Llaguno, Valparaíso, Corlomé, Golondrinas, Ernesto Cuevas, Javier Garfias, La Laguna, Las Huertas, Ramiro González, Reyes Huerta, Boquilla del Carmen, La Punta, Matancillas, Santa María, Peñuelas, Viuda de Franco, El Romeral, Santoyo, Juan Aguirre, Hermanos Trouyet, Mariano Ramírez, Atlanga, Rancho Seco y Coaxamalucan

He de hacer notar que de acuerdo a la información recopilada por don Luis Ruiz Quiroz en su Resumen Estadístico 1958 – 1963, resulta complicado precisar, en el caso de de Tijuana y Ciudad Juárez, avanzada ya la temporada, en qué plaza se celebraron los festejos, porque de la composición de los carteles se advierte la presencia de toreros del elenco de una y otra empresa entreverados en los mismos carteles, lo que me deja suponer que no tenían pacto de exclusiva con la empresa que los anunció inicialmente.

La afición del lado americano

Peñas y clubes taurinos existen en los Estados Unidos desde hace más de 70 años, siendo de los vigentes el más antiguo Los Aficionados de Los Ángeles, en El Paso hay una agrupación cercana también a esa antigüedad y desperdigadas por toda la Unión Americana hay agrupaciones de aficionados anglosajones que entienden y sienten lo que es esta fiesta. Desde 1964 además, hay una Unión de Bibliófilos Taurinos (TBA) que a diferencia de las de nuestras tierras, funciona a distancia, por correspondencia diríamos, dada la distancia a la que se encuentran ubicados sus integrantes. 

El caso de los Bibliófilos americanos es curioso en muchos aspectos más. Contaba Bob Archibald – aficionado alumni de la base naval de San Diego – que cuando concibió a los TBA, en 1964 publicó una especie de anuncio clasificado en la revista de Jim Fergus convocando a los interesados en el tema y que el primero que acudió al llamado, fue precisamente Fergus. A la fecha TBA cumple 56 años de fructífera existencia.

Esos aficionados procuran asistir a festejos y ferias no solamente en la frontera, sino que viajan de manera individual u organizada a México, Sudamérica o Europa y disfrutan de festejos, del ambiente y de la cultura de los países que visitan y además se preocupan por difundir y comunicar sus impresiones a la demás afición. De esos grupos de aficionados surgieron fotógrafos como Lyn Sherwood o Don Mengason o escritores como el propio SherwoodTony Brand, Sarita Rosenfield o Luis M. Stumer.

También las estrellas de Hollywood se prodigaban en su asistencia a esos festejos y no era raro ver ocupando barreras a actores de la talla de Gilbert Roland, Rita Hayworth, Marilyn Monroe quien incluso llegó a acudir acompañada por su entonces esposo, el Yankee Clipper Joe Di’Maggio e incluso Walt Disney frecuentaba los tendidos de las plazas de Tijuana, para decepción de aquellos que lo plantean hoy como un tótem del animalismo rampante.

Publicaciones en inglés, otro de los efectos

Hacer una relación de todas las publicaciones que se generaron en la franja fronteriza con motivo de la fiesta debe ser complicado, sin embargo, la afición traída del norte de la línea divisoria pronto encontró la manera de difundir y comunicar lo que sucedía en ese tramo territorial y lo que se producía en otros lugares del llamado planeta de los toros, así, podemos recordar entre otras algunas publicaciones como las siguientes:

Corrida. The American Review of Bullfighting (1956), publicada en mimeógrafo por J.R. Ramadier y Tony Brand; le sigue Toros, nacida inicialmente como Toros y Tauromaquia (1957 – 1966), su editor era Jim Fergus, surge como un boletín mimeografiado y concluye su andadura como una revista de una gran calidad; después está Matador – Life and Culture of the Spanish World, editada por Jim Matthews, de corta vida, fue una revista de gran calidad que solamente publicó dos números en 1964 y un especial sobre El Cordobés en 1968; Clarín, Bullfight Review in English (1965 – 1990), editada por Lyn Sherwood, que comienza con una frecuencia semanal y posteriormente se vuelve mensual, sus últimos años fue de aparición irregular; Bullfight World (1984 – 1990), otra empresa editorial de Lyn Sherwood y last but not least, Cartel: Newsletter of Mexican Toreo (1986 – 1990), editada por David Tuggle.

Como decía antes, estas publicaciones no se restringían a los sucesos de la fiesta en la frontera, sino que cubrían los acontecimientos en otras latitudes y en el caso de Luis M. Stumer, uno de los corresponsales de la revista de Jim Fergus, durante 1968, publicaba en Madrid una reseña en inglés de lo que pasaba en la fiesta de este lado del mar, bajo el título de Bulls.

Aparte de todo ello, estaban los programas de los festejos impresos en la lengua de Shakespeare, algunos en formato de revista, como los titulados Tijuana: Program y Programs: International Bullfight. También es de tenerse en cuenta que el semanario El Redondel llevó durante muchos años una columna en esa lengua, escrita y firmada por la doctora Lee Burnett incansable bibliófila taurina.

Un territorio perdido

Hoy en día la frontera norte de México es una tierra perdida para los toros. En el centro de la República y especialmente en el altiplano, los festejos son escasos durante el verano y durante esa estación del año, durante mucho tiempo ese límite territorial fue el lugar donde tenía lugar la cita de vida y muerte de toros y toreros. Es interesante ver que al menos en Tijuana y Ciudad Juárez, en ese año del 63, había días en los que se daban toros en las dos plazas en una misma fecha, por ejemplo, el 26 de mayo de ese año, entre esas dos ciudades se dieron cuatro corridas de toros y el primero de septiembre, que era la víspera del labor day de los americanos hubo toros en Ensenada, Tijuana, Ciudad Juárez, Nogales, Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros y como un dato adicional, ese día la ganadería de don Javier Garfias lidió dieciséis toros; seis en Tijuana, seis en Juárez y cuatro en Ensenada.

También representó para algunos toreros de nuestra Edad de Oro la oportunidad de seguir en activo, pues ya vimos que Fermín Rivera, Luis Procuna y Luis Briones actuaron en esas plazas fronterizas y fue para otros, quizás la única vez que actuaron en territorio mexicano como el caso de Juan Bienvenida o Victoriano La Serna hijo. 

Por otra parte, en 1963, quizás se inició el camino a la pérdida del territorio fronterizo para la fiesta, pues cuenta Dick Frontain que en ese año, don Pedro González empresario y propietario de la plaza de Nogales, como resultado de una serie de negocios fallidos, tuvo que dar en pago muchos de sus bienes a instituciones de crédito, el coso taurino entre ellos y aunque los toreros y ganaderos se empeñaron en ayudarle a salir del bache, la temporada excepcionalmente larga que se dio en esa ciudad no fue suficiente para rescatar ese reducto taurino.

Hoy los tiempos son otros. La recuperación del espacio de la frontera para la fiesta está en la franja de lo muy difícil a lo imposible, pero nunca hay que olvidar que alguna vez esas tierras, también lo fueron de toros. 

Agradezco a mis amigos Doblón y David Tuggle, editor responsable de La Busca, órgano de difusión de los TBA, la ayuda que me proporcionaron para armar estos pergeños y expreso mi recuerdo a Arturo Díaz, quien dedicó algunos de los últimos años de su vida a investigar sobre este tema, pero el tiempo se le acabó.

domingo, 24 de mayo de 2020

Historias negras de la Plaza México (I)

28 y 29 de abril de 1990. Dos corridas ignominiosas

Interior de la Plaza Mëxico
El martes 26 de abril de 1988 se anunció por la propiedad de la Plaza México que el contrato que tenía celebrado con la empresa Sol y Sombra, dirigida por el doctor Alfonso Gaona, había concluido y que éste no sería renovado. Por su parte, el empresario aseguraba que todavía quedaba un año de vigencia del arrendamiento celebrado. El resultado fue que el gran coso quedó cerrado prácticamente un año, entre litigios, rumores de que sería demolido para construir allí un centro comercial y propuestas de algunos de que se expropiara por ser ya patrimonio cultural de la Ciudad de México.

Discretamente – por no decir en la sombra – un grupo de políticos, aficionados y taurinos, operaron para lograr que la plaza se reabriera. El Jefe del Departamento del Distrito Federal, Manuel Camacho Solís, alentado por él ex – gobernador de Tlaxcala, Tulio Hernández Gómez, ideó la integración de un Patronato que se hiciera cargo de las cosas de la plaza, mismo que fue presidido por Salvador Trueba Rodríguez y en el que participaron personalidades como Javier Jiménez Espriú – sí, es el que Ustedes están imaginando – y en la parte operativa, Eduardo Azcué, Jesús Arroyo y el torero retirado Joselito Huerta.

La primera actividad del Patronato, en unión del Gobierno de la Ciudad de México fue la de tomar posesión de la plaza, juntamente con la afición, lo que se hizo de manera simbólica el 5 de febrero de 1989 y se dio una corrida de toros el 28 de mayo de ese año. Posteriormente se organizó una temporada de novilladas, para enseguida dar la temporada de corridas de toros que da pie a que yo meta los míos.

La temporada 1989 – 1990

Fue la única que organizó el Patronato, constó de veintiuna corridas; en ese ciclo se confirmaron catorce alternativas, once a toreros mexicanos y tres a diestros españoles y se concedieron dos alternativas, la de Enrique Garza y la del rejoneador Rodrigo Santos.

Pero el Patronato en alguna forma pagó el noviciado en materia de organización de festejos. Daniel Medina de la Serna, en el tercer volumen de Plaza México. Historia de una Cincuentona Monumental, refiere lo siguiente:
…el Patronato se había puesto a firmar, a tontas y a locas, contratos con todo matador, de la categoría que fuera, que llegara a solicitárselo, así que tenía un montón de diestros que le exigían el cumplimiento de dichos compromisos por lo que se ideó dar dos corridas, con siete alternantes cada una, ofreciéndoles que el que quisiera podía intervenir en ellas con la condición de no confirmar la alternativa para que fueran menos los candidatos a vestirse de toreros…
Al final de cuentas, diez toreros, Javier Tapia El Cala, Alfredo Gómez El Brillante, Jorge Carreño, Manuel Lima, Roberto Ramírez El Oriental, Mele Barbosa, Jesús Salazar, Gerardo Vela, Ángel Meraz Angelillo y Jorge Carmona, aceptaron la inusitada oferta y decidieron salir a torear sin refrendar la dignidad de su doctorado.

El reglamento vigente en esas fechas en el entonces Distrito Federal establecía:
ARTICULO 86. – Se respetará estrictamente el orden de alternativa y ésta debe ser confirmada en las plazas de primera categoría…
ARTICULO 112. – Las estipulaciones contenidas en los contratos que se celebren con motivo de festejos taurinos o en los acuerdos o convenios que se relacionen con los mismos, no impedirán el cumplimiento de las disposiciones del Reglamento. (DOF 11/septiembre/1987)
Entonces, tanto el Patronato, como las autoridades delegacionales y la Comisión Taurina, presidida esos días por Luis Niño de Rivera, perpetraron una flagrante violación al Reglamento Taurino vigente y definitivamente, ofendieron la dignidad de los toreros a los que negaron el derecho que les asistía, para confirmar sus alternativas, pues se dijo en los medios que tantas ceremonias en un mismo festejo, iban en contra de la categoría de la plaza. Como incentivo a los actuantes, se estableció que el octavo toro del festejo lo mataría el más destacado de los siete alternantes.

El festejo del 28 de abril

Se anunció una corrida de San Mateo para Javier Tapia El Cala, con alternativa del 9 de mayo de 1976 en Durango, Alfredo Gómez El Brillante, alternativado el 3 de marzo de 1979 en Pachuca, Jorge Carreño, doctorado el 16 de marzo de 1980 en Tapachula, José Lorenzo Garza, que recibió los trastos en León el 17 de enero de 1982, Manuel Lima, quien recibió la alternativa en San Luis Potosí el 22 de septiembre de 1984, Roberto Ramírez El Oriental, con alternativa en Torreón el 23 de marzo de 1987 y Mele Barbosa que se doctoró el 09 de febrero de 1988 en Villa de Álvarez.

Al final se lidiaron solamente dos toros de San Mateo (1º y 2º) y seis de San Marcos. De los diestros actuantes, solamente José Lorenzo Garza había confirmado su alternativa. Lo hizo el 11 de septiembre de 1983, entonces, en una mecánica lógica del festejo, debió confirmar a El Cala en el primero de la tarde y a partir de allí, Javier Tapia debió retomar su antigüedad y confirmar a los demás, pero como El Cala fue herido por el toro que mató ingresando a la enfermería, Garza tendría que haber confirmado también a El Brillante, que nuevamente, por antigüedad, sería el encargado de confirmar a los demás, pero eso no ocurrió así. Mele Barbosa mató al octavo de la tarde, no obstante haber sido herido por el que le tocó en el sorteo.

La corrida del 29 de abril

El encierro anunciado para este día fue de don Manuel de Haro y los siete actuantes serían Cruz Flores, doctorado en San Juan del Río el 13 de junio de 1976, Jesús Salazar, con alternativa en Aguascalientes el 29 de abril de 1978, Gerardo Vela, alternativado en Durango el 26 de septiembre de 1978, Gerardo Montejano, con alternativa en León el 12 de diciembre de 1980, Ángel Meraz Angelillo, con cesión de trastos en Motul el 05 de julio de 1981, Jorge Carmona, alternativado en Zacatecas el 16 de septiembre de 1986 y Pablo Curro Cruz, con alternativa en la Plaza México el 26 de abril de 1987.

Los toreros de esta corrida que estaban en la situación de confirmar eran Jesús Salazar, Gerardo Vela, Angelillo y Jorge Carmona y la cuestión del apadrinamiento estaba menos confusa, porque el más antiguo del cartel era Cruz Flores, que tenía su alternativa confirmada desde el 5 de marzo de 1978. Al final se lidiaron 7 toros de don Manuel de Haro y uno de su hijo Jorge (5º), sustituto del titular, devuelto por manso, mismo que se le fue vivo a Angelillo. Jorge Carmona mató el octavo toro en premio a su actuación en el que sacó en el sorteo.

El día después

Javier Tapia El Cala, Jesús Salazar, Gerardo Vela, Alfredo Gómez El Brillante, Jorge Carreño, Ángel Meraz Angelillo y Mele Barbosa no volvieron a pisar el ruedo de la Plaza México vestidos de luces. Jorge Carreño es rejoneador en la actualidad.

Manuel Lima nada más regresó a confirmar su alternativa el 29 de octubre de 1995; Jorge Carmona confirmó el 7 de junio de 1992 y volvió por última vez el 14 de octubre de 1993, para llevarse una grave cornada de Aguamiel de Espíritu Santo, actualmente enseña el toreo en su natal Zacatecas; por su parte, Roberto Ramírez El Oriental volvió para confirmar el 28 de septiembre de 1995, cambió el oro por la plata y actualmente está retirado de los ruedos.

Cruz Flores había toreado diez corridas en la gran plaza antes de la que hoy me ocupa y varias en carteles de gran fuste. Incluso, el 5 de febrero de 1979, indultó al toro Simpatías de Reyes Huerta, pero no sostuvo el paso, todavía volvería una tarde más. Falleció el 9 de diciembre de 2004. Gerardo Montejano ese día tuvo la segunda de sus tres tardes en la México. Para José Lorenzo Garza fue la última de las tres corridas en las que actuó en la gran plaza y Pablo Curro Cruz también terminó ese día su historia en el coso de la colonia Nochebuena.

Finalizando

Hay oportunidades que no lo son. Los dos festejos que aquí intento reseñar le sirvieron al Patronato que hacía empresa únicamente para librarse de una serie de contratos celebrados de manera irresponsable, pero al mismo tiempo le causaron daño a la dignidad de los toreros y a la integridad de la fiesta.

También representaron una flagrante violación a la normatividad que regulaba los festejos taurinos en la fecha en que los hechos se produjeron, con la complicidad de las autoridades y las asociaciones que se suponen que defienden los intereses profesionales de los diestros, que a ciencia y paciencia permitieron que se perpetrara ese atentado contra la entidad de sus agremiados.

Esto que hoy les cuento ya es una triste historia. Espero que se haya aprendido de lo sucedido y que en el futuro, no se vuelva a repetir.

domingo, 19 de enero de 2020

13 de enero de 1952: José María Martorell y Andrajoso de Rancho Seco

José María Martorell
De rupturas y reconciliaciones

Las relaciones de las torerías de España y México, restablecidas a finales de 1944, se rompieron de nueva cuenta en 1947. En una extensa entrevista que le hiciera en ese entonces El Tío Carlos, Armillita declaraba que sería una cuestión de poco tiempo. Sin embargo, la historia ha dejado patente que ese poco tiempo al final resultó ser casi un lustro.

Pero como no hay mal que dure cien años y en el caso, ni afición que lo aguante, las empresas y toreros de ambos lados del mar se pusieron a negociar las condiciones en las que los diestros de uno y otro costado del Atlántico podrían actuar en sus respectivas plazas. Así, casi iniciado el año de 1951, se alcanzó el acuerdo y se programó la Corrida de la Concordia en la Plaza México, en la que actuaron ante toros de Pastejé, Antonio Velázquez, Carlos Arruza y Curro Caro y esa tarde Arruza cortó el rabo al quinto de la tarde, Holgazán

En España se realizaron dos festejos de esa naturaleza, uno en Madrid en el que actuaron Rafael Ortega, Antonio Toscano y Manolo Escudero ante toros de Moreno Yagüe y otro en Barcelona en el que alternaron Juan Silveti, Rafael Llorente y Antonio Caro ante toros de Marceliano Rodríguez.

Esa reanudación de relaciones permitió que nuestros toreros de la Edad de Plata pudieran mostrarse ante la afición hispana y a su vez, que la generación que sucedió a la de Manolete, se presentara ante la nuestra.

La temporada 1951 – 52 

Fue una temporada larga, pues constó de 24 corridas de toros y en ella confirmaron sus alternativas Manolo González, Alfredo Jiménez, Miguel Báez Litri, Julio Aparicio, Antonio Caro y Morenito de Talavera II entre los españoles y los nacionales Anselmo Liceaga, Lalo Vargas, Paco Ortiz y Mario Sevilla.

También fue confirmante el personaje de estas líneas, torero cordobés que había recibido la alternativa en Córdoba el 16 de mayo de 1949, de manos de Parrita y llevando de testigo a Antonio Caro. La había confirmado en Madrid el 16 de abril de 1950, apadrinándole Gitanillo de Triana y atestiguando Rafael Ortega con el toro Tontero de Ignacio Sánchez. Hace lo propio en la Plaza México el 11 de noviembre de 1951 – inauguración de la temporada – cuando Fermín Rivera, en presencia de Anselmo Liceaga – también confirmante – le cede a Dulcero de Torrecilla.

La tarde de Andrajoso

Para la 10ª corrida de la temporada, el doctor Gaona anunció a Antonio Velázquez, Manolo González y José María Martorell con un encierro de Rancho Seco, propiedad de don Carlos Hernández Amozurrutia.

Me aparto un poco de la esencia de esta participación para hacer un señalamiento. Hay quienes hoy en día alzan su voz cuando se anuncia un cartel con dos toreros extranjeros y un torero mexicano. Esa no es una práctica inusual, ni reciente. Es una de las armas que tiene el empresario para llevar afición y público a las plazas y que es válida, sobre todo en estos tiempos que corren en los que todo está globalizado. En esta ubicación pueden ver algunos ejemplos de que en esa materia no hay nada nuevo bajo el sol, ni de éste, ni de aquél lado del Atlántico.

Retornando a nuestra materia, esa 10ª corrida tenía su miga, Antonio Velázquez es una de las grandes figuras de nuestra Edad de Plata, Manolo González había confirmado el 25 de noviembre anterior y en la época que nos ocupa, los toros de Tlaxcala aún competían en plano de igualdad con los de Zacatecas. En suma, la combinación anunciada por el doctor Gaona podía considerarse redonda.

La corrida al final quedó en un forzado mano a mano, pues el segundo de la tarde volteó aparatosamente a Manolo González enviándolo a la enfermería y no pudo matarlo, por lo que Antonio Velázquez mató primero, segundo y cuarto y Martorell se enfrentó al tercero, quinto y sexto. Corazón de León cortó la oreja al primero de la tarde y dio la vuelta en el cuarto.

Martorell y Andrajoso

El quinto toro de la tarde se llamó Andrajoso. Era según el sorteo el segundo del lote de Manolo González. Dice el dicho aquél: unos las firman y otros las torean… La crónica firmada por Don José – presumiblemente José Octavio Cano – publicada en vía de reminiscencia en la Revista Taurina número 20, publicada el 12 de diciembre de 1965, en lo que interesa, dice:
Toreó formidablemente con el capote, ejecutando varios lances estatuarios, aguantando horrores y dejando caer los brazos con ritmo. A sus faenas de muleta les imprimió armonía, desenvoltura y un acento rotundo, con ejecución académica de los pases, sobre todo a la que realizó ante el quinto toro, llamado “Andrajoso”, haciéndolo todo con sosiego, con equilibrado valor y extraordinaria serenidad. 
Entre clamores, locura y un entusiasmo creciente, desarrolló un faenón sin mistificaciones ni efectismos, con muletazos depurados, con adornos y desplantes oportunos y discretos. 
Así fue como trazó los pases altos, los de pecho, los derechazos corriendo la mano, aguantando firmemente, ligando el toreo con tersura y transparencia, con verdad, siempre claro, rotundo y limpio, poniendo auténtica cátedra de bien torear. 
Por eso, un pinchazo en lo duro no pudo mermar un ápice a esa faena excepcional. Y cuando metió un estoconazo hasta el puño, entrando a ley, ejecutando la suerte de matar con ejemplar gallardía, la obra magnífica quedó sellada dignamente. 
Entonces la plaza entera se cubrió de pañuelos, para que fueran entregadas las dos orejas al gran torero cordobés, quien tuvo luego que dar una, otra, hasta tres vueltas al ruedo, aclamado apoteósicamente…
¡Dos orejas después de un pinchazo! Grande debe haber sido la faena de José María Martorell para que aún tras del fallo a espadas la concurrencia haya aceptado la concesión de las dos orejas y se haya entregado al torero de Córdoba en la manera en la que la relación de la corrida narra que lo hizo.

Mas no sería el único éxito de Martorell en la temporada, al domingo siguiente, en la 11ª corrida de la temporada, cortó el rabo al toro Velero de Torrecilla, en tarde que alternó con Fermín Rivera y Manolo González y el 9 de marzo ganó la Oreja de Oro por su faena al toro Gatuzo de Xajay, alzándose en definitiva como uno de los triunfadores de esa temporada.

Su participación en la temporada 1951 – 52 será uno de los ejes de la misma, pues actuará en 9 de las corridas de las que constó (1ª, 2ª, 9ª, 10ª, 11ª, 14ª, 15ª, 18ª y 19ª), lo que nos deja claro, creo yo, que en su día fue un diestro importante dentro de la historia taurina mexicana y por eso merece ser recordado.

domingo, 29 de diciembre de 2019

29 de diciembre de 1940: Alberto Balderas y Cobijero de Piedras Negras

Alberto Balderas con la oreja de Rayao
29 de diciembre de 1940
Alberto Balderas nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1910. Se presentó como novillero en El Toreo de la Condesa el 27 de marzo de 1927, actuando allí en el escalafón menor también en las temporadas de 1928 y el inicio de la de 1929, calendario en el que marcha a España a hacer campaña. Se presenta en la plaza de toros de Madrid el 15 de agosto de ese 1929, alternando con Joselito Romero y el norteamericano Sidney Franklin, también debutante, en la lidia de novillos de don Andrés Sánchez de Coquilla, asunto del que ya me he ocupado por estas páginas.

Recibe la alternativa el 19 de septiembre de 1930, cuando Manolo Bienvenida, en presencia de Andrés Mérida, le cede al toro Hocicudo del Marqués de Guadalest y la confirma en la capital española el 3 de mayo de 1931, apadrinándole Cayetano Ordóñez Niño de la Palma y con el testimonio de Vicente Barrera. El toro de la ceremonia se llamó Giraldillo y fue de Villamarta.

En México, se presentó como matador de toros en El Toreo de la Condesa el 2 de noviembre de 1930 para lidiar toros de San Diego de los Padres, alternando con Manuel Jiménez Chicuelo y Heriberto García. En esos tiempos no se confirmaban en México las alternativas españolas. La faena de Balderas al toro Provinciano, al que cortó las orejas y el rabo, le va a permitir actuar otras cinco tardes en ese escenario, consolidándole como una de las promesas de la tauromaquia mexicana de esos días.

El 12 de febrero de 1933 gana la Oreja de Oro que disputó con Pepe Ortiz, Cagancho, Armillita, Jesús Solórzano, David Liceaga, Luis Gómez Estudiante y Luciano Contreras, al cortar el rabo al toro de La Laguna que le tocó en suerte.

El 22 de enero de 1939 en El Toreo de la Condesa, obtiene un singular triunfo al cortar seis orejas y tres rabos a los toros Gallareto, Lucerito y Marinero de Piedras Negras. Su alternante fue Fermín Espinosa Armillita y el 26 de marzo de ese mismo realiza su última gran faena en El Toreo de la Condesa al toro Navarro, de La Laguna, al que corta el rabo.

La última tarde

Para el quinto festejo de la temporada 1940 – 41, el doctor Alfonso Gaona anunció un encierro de Piedras Negras para la alternativa de Andrés Blando, que sería concedida por Alberto Balderas ante el testimonio de José González Carnicerito.

Muchas leyendas se han tejido en torno al estado de ánimo de Alberto Balderas esa tarde. En el libro biográfico del torero escrito por don Armando de María y Campos, se relata lo siguiente, narrado por Francisco Balderas, hermano, apoderado y banderillero del diestro:
Nada extraordinario hubo en la vida de Alberto la tarde del 29 de diciembre de 1940 – relató después su hermano, apoderado y banderillero de su cuadrilla, Pancho – que pueda interpretarse como un presentimiento de la tragedia. Mi hermano jamás creyó que podría matarlo un toro. Sabía que arrimándose como se arrimaba, tendría que sufrir cornadas; pero jamás tuvo el pensamiento de que moriría toreando. 
Estaba mi hermano de buen humor – continúa – como de costumbre. Ni mis hermanas ni yo notamos en él nada raro, nada que pudiera decirse fuera una corazonada de que iba a morir ese mismo día. 
Tenía Alberto la costumbre de ir todos los domingos, en las mañanas, a la Villa de Guadalupe, y a rezar a los pies de la Virgen Morena. Así lo hacía siempre, menos el día de su muerte, pues su amigo íntimo, Esteban Erchuk, insistió en llevarlo a visitar a la Virgen del Carmen, y ya no tuvo tiempo de ir a la Villa. Al regresar a la casa, se dedicó a torear de salón, esperando que fuera la hora de vestirse. 
Llegó la hora de la corrida y cuando me presenté a buscarlo en su casa de Copenhague, estaba ya vestido, estrenando un traje canario y plata por el cual tenía una ilusión muy grande. Yo estaba en el coche, tuvo un disgusto que lo contrarió mucho, al informarle yo que no había sido posible conseguir barreras de primera fila para dos amigos que él quería mucho y que se las habían pedido, y quienes se sintieron al recibir barreras de segunda fila. Esa fue la única nota desagradable… Mi hermano estaba, como siempre, animoso, con gran entusiasmo de torear, pues tenía el propósito de triunfar en todas las corridas de la temporada…
Como se puede leer, la serie de noticias que hablaban de premoniciones que tuvo Alberto Balderas en las horas previas a la corrida no son fiables, pues salvo el disgusto de que no se hayan conseguido las barreras de primera fila para sus amigos, nada más afectó su estado de ánimo.

El primero de la tarde se llamó Lucerito y fue el toro con el que Andrés Blando se convirtió en matador de toros. Su actuación no pasó de discreta.

El segundo de la tarde fue para Balderas. La mejor versión de su actuación ante ese, que resultó ser el último toro de su vida la encontré en Vida y Muerte de Alberto Balderas de Armando de María y Campos y es del tenor siguiente:
En su primer toro, en el único que toreó y mató esa tarde, Balderas estuvo muy bien… El cronista español Mayral describe con una espontaneidad que no he encontrado en otros escritores cómo toreó Balderas a su último toro, de Piedras Negras, que se corrió en 2º lugar: “cargando la suerte, mandando en él. Las ovaciones en su honor estallaban impresionantes en los sentidos y las dianas subrayaban agudamente su éxito. Hubo unas gaoneras del más puro estilo, dejándose rozar los alamares en cada lance. Hubo un quite de la mariposa sencillamente magistral. Luego, a petición insistente del público, Alberto tomó los palos para cambiar en terreno dificilísimo, dos pares soberbios y cerró el tercio después de un soberbio “galleo” con un par cuarteando, tan bueno como los anteriores. El triunfo, en oleadas crecientes, nimbaba la figura de Balderas. Tomó los trastos de matar, y aprovechando que el toro estaba boyante, propicio al lucimiento, realizó toda una faena preciosa y clásica. La muerte, que lo acechaba, hizo que el de Piedras Negras lo enganchase por la región epigástrica, y lo voltease de un modo trágico. Pero ¡aún no era llegado el momento fatal…! Y Balderas, indemne, levantose con más coraje que nunca, y volvió a la faena. Más muletazos buenos, y luego un estoconazo, seco, vibrante, que le valió una ovación estruendosa, vueltas al ruedo, la oreja…”. “Rayao” se llamó este toro…
El tercero de la tarde fue Cobijero, era el primero del lote de Carnicerito. Durante los dos primeros tercios de la lidia de ese toro, se hicieron reparaciones al vestido que estrenaba Alberto Balderas. Por esa razón estuvo distraído de lo que ocurría en el ruedo y no se percató de las condiciones del toro. Al dirigirse José González a solicitar permiso a la autoridad para el tercio final de la lidia, Balderas ocupó el sitio que le correspondía en el ruedo y así fue como sobrevino el desenlace fatal. Francisco Balderas refiere lo siguiente:
El toro causante de la tragedia, “aparentemente no tenía nada de peligroso”, continúa relatando el percance un testigo de la calidad de Pancho Balderas. Y agrega: “Alberto no pudo hacer el quite, porque le estaban componiendo la taleguilla, pero cuando “Carnicerito” fue a brindar a la Presidencia, Alberto cogió el capote para ponerle el toro en suerte… Cuando me di cuenta, Alberto ya estaba en los cuernos de “Cobijero”, que no obedeció el engaño, lo atropelló y le dio varias cornadas… Tambaleándose inmensamente pálido, mi hermano se dirigió a las tablas. Los monosabios no sabían que hacer… Entonces yo lo tomé en mis brazos, ayudado por uno de los espectadores, y lo llevé a la enfermería, donde ya lo esperaban los doctores. Con una navaja le rompí el vestido y los doctores Ibarra y Rojo de la Vega le ponían rápidamente una inyección… Cuando me acerqué a Alberto para ver cómo se sentía, me dijo que se le estaban durmiendo las piernas… Se le hizo una transfusión de sangre y Alberto quiso moverse, pero los médicos le indicaron que no lo hiciera. Entonces mi hermano volvió a decirme: Pancho, me siento muy mal, se me están durmiendo las piernas… Fueron sus últimas palabras…
El parte facultativo rendido después del hecho es el siguiente:
Herida de cinco centímetros de extensión en el noveno espacio intercostal del hemitórax derecho, en la intersección con la línea axilar anterior, fracturando octavo, noveno y décimo cartílagos costales, penetrante en la cavidad abdominal, desgarrando el hígado. Intensa hemorragia con cuadro de muerte aparente. Otra cornada situada en el hueco axilar derecho, de tres centímetros de extensión por cuatro de profundidad…
El cadáver del torero fue trasladado a su domicilio de Copenhague 23, donde se instaló la capilla mortuoria y al día siguiente por la tarde el cortejo fúnebre se trasladó al Panteón Moderno de Tacuba para el sepelio de los restos del diestro. La prensa aseguró en su día que los restos de Alberto Balderas fueron acompañados por cuarenta mil personas hasta su última morada:
Se calcula que no menos de cuarenta mil personas estaban en el panteón en el momento de bajar a la tumba el cadáver del infortunado diestro Balderas. 
La presidencia del duelo la componían los familiares de Balderas, entre los cuales estaba su hermano Francisco, miembro de su cuadrilla. También figuraba su compañero e íntimo amigo Chucho Solórzano y el licenciado Retana. 
Antes de bajar el cadáver a la tumba, Chucho Solórzano leyó unas cuartillas como última despedida, haciendo resaltar lo que en vida fue el finado, en los términos siguientes: “Balderas fue un gran amigo de todos. Cuántos compartimos momentos de alegrías y penas con él, no podremos olvidarle nunca. Así lo sabe y ha reconocido el pueblo de México que en el último camino hacia la eternidad le acompañó”. 
También el licenciado Retana leyó unas cuartillas en el mismo sentido. 
Por la enorme aglomeración de público y los carros que acompañaban el entierro, éste duró en su trayecto tres horas, considerándose que ha sido uno de los más impresionantes habido en México…
Alberto Balderas fue el primer torero en morir en las instalaciones de El Toreo de la Condesa.

En esta ubicación pueden apreciar una galería de imágenes de la cornada fatal de Alberto Balderas.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Manolo Martínez y Amoroso de Mimiahuápam a 40 años vista

Manolo Martínez
La temporada 1979 – 80 en la Plaza México la vi casi completa. Constó de 17 corridas y Manolo Martínez fue cabeza de cartel en ocho de ellas. Así, a simple vista, queda claro que todo el peso del ciclo recayó sobre sus espaldas. Pero independientemente de que en la sexta de la temporada hubiera cortado dos orejas a Mira cómo voy de San Martín; en la octava, el rabo a Tejoncito de don Mariano Ramírez; o en la decimosexta otras dos orejas a Siempre sí de Los Martínez, en esa temporada se produjeron otros hechos que la hicieron trascender en su devenir histórico.

Uno fue la resurgencia de Antonio Lomelín, que en la decimocuarta corrida realizó una importante faena a Bien Nacido de Reyes Huerta, para el que se pidió el indulto. Ante la negativa del palco a concederlo, Antonio se metió al burladero de matadores a esperar los tres avisos para que el toro volviera vivo a los corrales y después fue aclamado como si en verdad se hubiera indultado al toro. Eso fue el preludio de lo que vendría dos domingos después con Luna Roja de Xajay y que lo pondría en figura del toreo.

También fue la temporada de la confirmación de Rafael de Paula, a quien casi nada pudimos ver en las corridas séptima y novena del serial y la de la emergencia de Marcos Ortega, quien se encontró con Boca Seca un gran toro de don Javier Garfias y supo aprovecharlo, dando al doctor Gaona otro elemento para dar variedad y revitalizar los carteles.

La segunda corrida de la temporada

Para el arranque de esa temporada, por alguna razón el nombrado doctor Gaona armó una especie de mini feria navideña, pues ofreció corridas el sábado 22 de diciembre de 1979 con la confirmación de César Pastor apadrinada por Curro Rivera, con el testimonio de Manolo Arruza y toros de Campo Alegre y el domingo 23, el segundo de esos festejos, que tenía por atractivo las presentaciones de Manolo Martínez, Miguel Espinosa Armillita y del hispano Lázaro Carmona, quien también confirmaría su alternativa. El encierro a lidiarse sería de San Miguel de Mimiahuápam.

Lázaro Carmona confirmó con Mensajero y realizó un gran quite por verónicas que le valió el trofeo al final de la temporada. Y el segundo de la tarde, Villancico se le fue vivo a Manolo Martínez entre la bronca correspondiente y Miguel Armillita le cortó la oreja a Peregrino, el quinto. Pero la gran obra se realizó en el cuarto, segundo del lote de Manolo Martínez.

Incluso Carlos León, cronista del extinto diario Novedades de la Ciudad de México, modificó sus criterios y modos de expresarse respecto del torero de Monterrey. En lo que interesa, en crónica epistolar dirigida al restaurantero Pedro Yllana, escribió lo que sigue:
Con el soberbio ‘Amoroso’, Manolo estuvo en coloso… Apoteosis de Manolo y Bailleres… ‘Amoroso’, el cuarto de la tarde, fue el ejemplar soñado. Y aunque el de las patillas, siendo de Monterrey, no es propenso al desperdicio de echar toda la carne en el asador cuando las chuletas están tan caras, se decidió y ha de haber dicho como reza el refrán ranchero: ‘¡Ora es cuándo yerbabuena, le has de dar sabor al caldo!’ Y vino el faenón sabroso, porque como usted sabe, hay que distinguir entre el apetito y el hambre, pues no es lo mismo hartarse que saborear. Y Manolo Martínez saboreó el yantar, contagiando al público con su apetito, que por igual se deleitaba con la sabrosura de las embestidas del mimiahuápeño que con la pasmosa facilidad con que el reinero consumía la apetitosa vianda. Ahora bien, como no hay loco que coma lumbre, él mismo propició el indulto antes que exponerse a fallar con el cuchillo. Y aquello fue el acabose, para el ganadero Don Alberto Bailleres y el artista, en una locura colectiva que parecía no terminar nunca, mientras se concedían, simbólicamente, los máximos apéndices…
Como lo señala el cronista al final de su relación, efectivamente la locura se apoderó de los tendidos. Me tocó vivirlo. Quizás Manolo Martínez realizó faenas mejores en esa plaza, pero esa tarde de hace cuarenta años embrujó a la afición que llenó la Plaza México y la rindió a sus pies. Hoy nos toca recordarlo y pensar que aunque no todo tiempo pretérito fue mejor, algunas de sus fechas merecen ser recordadas.

domingo, 8 de diciembre de 2019

8 de diciembre de 1956: La alternativa de El Callao en El Toreo de Cuatro Caminos

Alternativa de El Callao
Foto cortesía del blog Toreros Mexicanos
Fernando de los Reyes es un torero que cautivó a la afición mexicana. Tuvo una extensa carrera novilleril, toreó 37 novilladas en la Plaza México y como era casi preceptivo en su tiempo, cruzó el Atlántico y dejó buena impresión en sus actuaciones en el escalafón menor, tan buena, que en el tramo final de la temporada española de 1953, se le otorgó una alternativa en Segovia, donde lo apadrinó Manolo Vázquez, con el testimonio de César Girón, cediéndole el toro Cortadillo de don Felipe Bartolomé.

No ejercería como matador de toros con ese doctorado, pues regresaría a México y nada más iniciar la temporada de novilladas de 1954, se estaría presentando en la plaza más grande del mundo para, en la categoría de los festejos llamados menores, actuar ese ciclo y los de 1955 y 1956, sumando en ellos 16 festejos y firmando una de sus grandes tardes ante el novillo Tonino de Soltepec, al que le cortó el rabo, dejando en claro y de una vez por todas que estaba listo para mayores empresas.

La Feria Guadalupana de 1956

Por aquellas calendas se afirmó que la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe necesitaba importantes obras de reconstrucción. Para allegar los recursos necesarios, un grupo de personas allegadas a la fiesta de los toros, encabezados por don Guillermo Barroso Corici, su hijo Luis Javier Barroso Chávez – en ese entonces ya ganadero de Las Huertas –, el licenciado Lázaro Martínez – en su día juez de plaza – y don Antonio Algara entre los más destacados, formaron un patronato para dar una feria taurina que recaudara fondos para la restauración del llamado centro espiritual de México.

Fermín Rivera, Rafael Rodríguez, Antonio Ordóñez, Miguel Báez Litri, Joselito Huerta, José Ramón Tirado, Antonio Borrero Chamaco y Fernando de los Reyes El Callao con toros de San Mateo, La Punta, Jesús Cabrera, Rancho Seco, Matancillas y Las Huertas serían las bases sobre las cuales gravitaría esa feria, el primer intento serio de ofrecer a la afición de la capital mexicana una serie ininterrumpida de festejos intercalada en una temporada que de ordinario se desarrolla de domingo a domingo. 

Dada la buena causa a la que se dedicaba, el doctor Alfonso Gaona pospuso una semana la continuación de la temporada 56 – 57 de la Plaza México, a efecto de que la Feria Guadalupana se diera sin contratiempos.

A este propósito escribe Horacio Reiba:
La tramó en 1956 aquel taurino singularmente astuto y marrullero que fue Antonio “Tono” Algara. Para el efecto, arrendó el Toreo de Cuatro Caminos – no la México, en manos de su adversario Alfonso Gaona –, encampanó al arzobispo primado Miguel Darío Miranda y Gómez y proclamó a los cuatro vientos que las utilidades que esperaba obtener serían destinadas a obras de la basílica de Guadalupe. Y armó seis carteles con el concurso de dos primeras figuras hispanas – Miguel Báez “Litri” y Antonio Ordóñez –, una autóctona – el maestro potosino Fermín Rivera, recién recuperado del infarto que finalmente lo retiraría de los ruedos –, tres jóvenes en plan de irrupción triunfal a partir de sus recientes doctorados – los mexicanos Joselito Huerta y José Ramón Tirado, y el onubense Antonio Borrero “Chamaco”, flamante producto del tremendismo entonces en boga –, y la segunda alternativa de Fernando de los Reyes “El Callao”, triunfador de la última temporada chica con ese arte tan suyo, endeble siempre y por momentos genial. 
De enviar el material bovino se encargarían los señores Madrazo –de La Punta y Matancillas–, Jesús Cabrera y San Mateo, ambas del campo bravo zacatecano, y del de Tlaxcala Rancho Seco y Mimiahuápam, la divisa debutante de Luis Javier Barroso…
Era esta feria un primer experimento en ese sentido en la capital mexicana, replicado un par de ocasiones más en el mismo coso de Cuatro Caminos e intentado en alguna ocasión y de manera tibia en la Plaza México.

La alternativa de El Callao

La segunda corrida de esa Feria Guadalupana se programó para el sábado 8 de diciembre de 1956.  Encabezaba el cartel Fermín Rivera que reaparecía después de haber sufrido un infarto de miocardio toreando en Monterrey seis meses antes e iba de segundo espada Antonio Borrero Chamaco. Los toros anunciados originalmente eran de Jesús Cabrera, pero como uno de los signos del serial, hubo baile de corrales y al final se lidiaron solamente tres de los originalmente anunciados y se remendó el encierro con otros tres de San Mateo. Carlos León, con su cáustico estilo refiere lo siguiente:
…de Saín el Alto habían traído unos moruchos que con mucho optimismo se suponía que iban a componer el encierro de esta tarde. Pero a mis gestiones personales, para librar a la fiesta del cucarachismo, se desinfectaron los corrales y desaparecieron así tres de los insectos colmenareños, que ahora estarán clavados con alfileres en la colección de cualquier naturalista, el cual desde luego será un entomólogo y no un señor que se dedique a darles pases naturales. Pero fue peor el remedio que la enfermedad, pues las tres sabandijas desechadas se sustituyeron por otras tres cucarachas sanmateínas, las cuales contagiadas del virus de mansedumbre que ya había en los corrales, resultaron una verdadera calamidad para la lidia…
El primero de la tarde fue Clavelito, de San Mateo y las crónicas relatan que únicamente quedó para la conmemoración de la efeméride. Lo importante llegó con el que cerró plaza, llamado Gordito y del hierro de don Jesús Cabrera Llamas. En la ya citada crónica de Carlos León, de tono epistolar y dirigida a don Eduardo Miura, se expresa lo siguiente:
…al sexto de hizo maravillas con la franela. Era otro torillo en miniatura, sarcásticamente llamado “Gordito”, siendo que más parecía procedente de la vacada del “Flaco” Valencia. Por si eso fuera poco, daba la impresión de que era un búfalo con cruza de bisonte o un cebú cruzado con vaca Holstein. Una ridiculez de ejemplarillo, como todo lo que sale de la vacada chuchesca. Pero “El Callao” está tan torero, tan en su punto de madurez y asentamiento, que logró meterlo en su muleta y torearlo asombrosamente, dando unos derechazos superiores, lentos, largos, majestuosos. Lo mejor, sin duda, de cuanto se vio en esta tarde. A patadas obligó a embestir al descastado morucho, para luego poner tal señorío en sus muletazos, que la gente se olvidó de la insignificancia del bicho y se asombró de la inmensa calidad que Fernando pudo poner en sus muletazos. Por desgracia volvió a estar inseguro con el acero y se le fueron las orejas, Pero, con lo que apuntó de buen toreo, basta para predecir que “El Callao” puede ser el mejor de la feria…
Esa alternativa la confirmaría Fernando de los Reyes al siguiente domingo en la Plaza México. Le apadrinaría Humberto Moro y sería testigo el toledano de Santa Olalla Gregorio Sánchez. El toro de la ceremonia se llamó Fígaro y fue de La Laguna. Ese día y ante ese primer toro de la tarde, volvió El Callao a ser el que realizara lo más torero de la tarde, aunque sin cortar orejas.

Ya de matador de toros El Callao tendría una actividad intermitente. Los criterios para medir el éxito en la fiesta se regían por los baremos sembrados por el tremendismo y se volvía necesario cortar las orejas a como diera lugar para seguir en el candelero, el ser y mostrarse torero ya no era suficiente y así, la luz que emitía Fernando de los Reyes en los ruedos se fue apagando poco a poco y fue creciendo su leyenda, que llega hasta nuestros días.

Concluyo con esta apreciación del ganadero Carlos Castañeda, que nos describe con precisión al torero:
En la literatura taurina se habla de escuelas del toreo para hacer referencia a formas comunes de torear de ciertos toreros, normalmente agrupados por zonas geográficas. Es para mí que esto funciona para aquellos que no resaltan y cuyo toreo en sus tardes de éxito o en su mejor expresión, se relaciona o se parece al de otros toreros de su misma calidad expresiva o técnica que coinciden territorialmente con determinadas partes del planeta de los toros. Los heterodoxos y las figuras no caben en estos cajones, porque imprimen sellos muy propios a “su” tauromaquia o desarrollan, aportan y establecen nuevas formas a “la” tauromaquia universal. La personalidad y el contacto con el público, condición de estos, los convierte en privilegiados y parece ser, que nuestro sujeto de plática fue uno de estos. “El Callao” fue un torero inclasificable. No pertenece a ninguna vertiente del toreo nacional. Esto fue para mí lo que lo mantuvo dentro de la aceptación del público capitalino tantos años y dio origen y vida a su trascendencia en el toreo mexicano…

domingo, 21 de julio de 2019

22 de julio de 1951: El Callao y Cuadrillero de San Mateo

Fernando de los Reyes El Callao
Foto: Fred Hochberg ©
Colección: El Mundo
La memoria del aficionado tiene espacio para recordar muchas grandes faenas, pero la sección dedicada a las hazañas de los novilleros es generalmente reducida y es que los noveles – al menos en otros tiempos – transitan en gran número por los ruedos y son pocos aquellos que permanecen en el recuerdo colectivo. En las plazas de la capital mexicana, son tres o quizás cuatro las faenas realizadas por novilleros que han trascendido el tiempo y permanecen en la memoria, como la de Rafael Osorno a Mañico de Matancillas en el Toreo de la Condesa o la de José Antonio Ramírez El Capitán a Pelotero de San Martín en la Plaza México. De la que hoy me ocuparé, creo que puede ocupar un lugar en la historia de la fiesta junto con las dos que mencioné arriba. Me refiero a la que Fernando de los Reyes El Callao realizó al novillo Cuadrillero de San Mateo en el ruedo de la Plaza México.

Fernando de los Reyes tuvo un largo paso por la arena del Coso de Insurgentes. Desde que se presentó allí el 12 de junio de 1949, hasta el 28 de enero de 1968 que pisó su arena por última vez vestido de luces, actuó allí 50 tardes, de las cuales 36 fueron novilladas, prueba de la inquebrantable fe que tuvo en él el doctor Alfonso Gaona y del respeto y el cariño que por el sintió la afición de la ciudad de México que supo esperarle hasta el momento en el que estuvo listo para dar lo mejor de sí delante de los toros y decir el misterio que llevaba dentro. Algo más de su paso por los ruedos lo pueden consultar en esta ubicación.

La temporada de novilladas de 1951, la sexta de la historia de la Plaza México se inició el 20 de mayo de ese año y terminó el 28 de octubre con un balance de 23 festejos celebrados. El Callao toreó ocho de ellos, cortando un total de cuatro orejas.

El Callao y Cuadrillero

La décima novillada del serial se anunció con novillos de San Mateo para el debutante sevillano Julio Pérez Vito, Fernando de los Reyes El Callao y Miguel Ángel García, quienes actuaron ante una respetable entrada, como las que generaban los festejos menores en aquellos ayeres.

Las crónicas de agencia son breves. Como decía la semana anterior, casi de stock, pero nos permiten conocer, aparte del triunfo de El Callao, qué fue de la actuación de sus alternantes. En primer término recurro a la aparecida en el diario El Informador de Guadalajara del día siguiente del festejo, que relata lo siguiente:
El Callao logró ligar magnífica faena ayer a un toro de San Mateo
El Vito no tuvo mucha fortuna, aún cuando se le vio “algo”
Miguel Ángel derrochó voluntad
(Por hilo directo) 
México D.F., julio 22. – Magnífico ganado de San Mateo se lidió hoy por la tarde en la plaza México, sobresaliendo el primero y el segundo y siendo de bandera el quinto que mereció los honores de la vuelta al ruedo. 
En cuanto a los novilleros Fernando de los Reyes “El Callao” y el español Julio Pérez “Vito” que debutaba en medio de la expectación y Miguel Ángel, el triunfador fue "El Callao". 
“El Callao” supo aprovechar a su primero, lo toreó con aliño pero sin parar, en cambio a su segundo, el magnífico ejemplar corrido en el lugar de honor le cuajó una lidia completa que le valiera las dos orejas y una ovación de las grandes. 
Al “Vito” se le vio nervioso en su primero, falto de quietud y mando. En su segundo mejoró en la faena, pero deslució con el estoque. Dio vuelta al ruedo entre palmas y pitos. 
Miguel Ángel derrochó voluntad pero se le vio atropellado y consiguió algunos trompicones por falta de mando. Se le aplaudió en sus faenas pero su mejor nota fue un quite por gaoneras extraordinario al segundo toro de “El Callao” que mereció para Miguel Ángel el dar una vuelta al ruedo en medio de la lidia.
La aparecida en El Siglo de Torreón es algo más prolija, pero peca de lo mismo que la anterior. Prácticamente se limita a consignar el resultado del festejo y a dar un catálogo de suertes de la tauromaquia:
Brillante triunfo del novillero mexicano “El Callao” en la México
Debutó el español Julio Pérez “Vito” 
México, 22 de julio (AEE). – Brillante triunfo tuvo el novillero mexicano Fernando de los Reyes, “El Callao” en la Plaza México, alternando con el español Julio Pérez “Vito”, quien se presentó y Miguel Ángel, con toros de San Mateo, que resultaron muy buenos sobresaliendo el primero y el segundo, pero especialmente el quinto que dio la vuelta al ruedo en medio de grandes aplausos tras el triunfo de “El Callao” que lo lidió. 
“El Callao” tras de realizar una buena faena con la capa y hacer quites a su primer enemigo, a su segundo le realizó artística faena de muletazos por alto, naturales, de pecho, manoletinas, derechazos con gran suavidad y temple y varias series muy bien ligadas coronando su labor con un pinchazo y una estocada. Dos orejas, dos vueltas al ruedo y salida a los medios. 
“Vito” estuvo deslucido en su primero por la falta de quietud y mando. Mejoró en su segundo, especialmente con la muleta ya que cuajó muy buenos naturales, pero se mostró deficiente con el estoque. Dio vuelta al ruedo entre palmas y pitos. 
Miguel Ángel derrochó valor y voluntad, pero frecuentemente resultó atropellado y zarandeado por su falta de mando. Solo fue aplaudido. En el toro de “El Callao” hizo un extraordinario quite por gaoneras que le valió enorme ovación y vuelta al ruedo.
Es en el primer volumen de la obra de Daniel Medina de la Serna y Luis Ruiz Quiroz Plaza México. Historia de una Cincuentona Monumental, publicado por los Bibliófilos Taurinos de México, en donde hay una relación también breve, pero más sustanciosa de los hechos de esa tarde:

El Güero Miguel Ángel con sus gaoneras y El Callao con Cuadrillero de San Mateo 
El 22 de julio, la temporada tuvo su momento cumbre. Era la décima novillada y el cartel estaba integrado por Julio Pérez Vito, Fernando de los Reyes El Callao y El Güero Miguel Ángel García, reses de San Mateo. En quinto lugar salió Cuadrillero, un bravo y noble ejemplar, que una vez muerto mereció para sus restos la vuelta al ruedo. Correspondió al Callao, pero en el primer tercio Miguel Ángel García le hizo un quite por gaoneras de escándalo, estrujante, por el que le hicieron dar la vuelta al anillo, la plaza era en ese momento lo más parecido a un manicomio. Después vendría el faenón que consagró al tlaxcalteca Fernando de los Reyes. Enrique Bohórquez y Bohórquez escribió en su crónica: 
Centró muy bien en los muletazos por el lado derecho, toreó maravillosamente al natural por el izquierdo y largó un pase de pecho - el segundo dentro del muleteo - tan gallardo que fue el remate más bello y brillante que se podía poner a los muletazos que le precedieron.
Y Manuel García Santos, en El Ruedo de México, fue más allá, en una época en que el indulto de un toro tenía otra significación de la que tiene hoy día: 
El domingo el público entendió tan a la perfección el toreo hondo, serio, lleno de calidad y de sabor de Fernando de los Reyes que a pesar de haber pinchado al toro, le concedió las orejas de él: ¡De un toro que, si cae en otras manos, a estas horas estaría indultado y pastando en la vacada de San Mateo...! Pero cayó en las de Fernando, y el toro lució todo lo que era, y el público lo vio y lo paladeó, porque Fernando no le dejó inédita al toro ninguna embestida y además de torearlo por los dos lados le hizo toda la gama del toreo y le dio todos los muletazos que el toro tenía, y todos con estilo grande y con sabor exquisito.
Tomando de aquí y de allá, creo que podemos imaginarnos la magnitud de la obra de Fernando de los Reyes. Una gran faena que a pesar de ser emborronada con un pinchazo fue premiada con las dos orejas, lo que me induce a pensar que si lo mata a la primera, le dan el rabo del toro. Rafael Osorno no le cortó las orejas a Mañico por manejar mal la espada y José Antonio Ramírez no mató a Pelotero porque fue indultado.

Poco hay escrito sobre El Callao y pocas imágenes sobre su toreo. Con estas líneas que hoy les presento contribuyo a que se conozca a este torero mexicano del que tiene mucho por saberse.

domingo, 22 de diciembre de 2013

21 de diciembre de 1952: El Ranchero Aguilar y Náufrago de Rancho Seco

Jorge El Ranchero Aguilar
(Foto cortesía altoromexico.com)
En el transcurso de la semana me preguntaba qué tema abordar para estos días en los que la atención de muchos está en otros temas. Al revisar las efemérides me encontré con que hace algo más de seis décadas al igual que éste día se lidió en la Plaza México una corrida de Rancho Seco a la que enfrentaron Andrés Blando, Luis Miguel Dominguín y Jorge El Ranchero Aguilar. Vistas las crónicas escritas acerca del mismo, me decidí a presentárselos como el tema por este par de días.

La temporada 52 – 53

En el ciclo de corridas que ofreció el doctor Alfonso Gaona entre el 2 de noviembre de 1952 y el 1º de marzo de 1953 – en número de 18 – destacaron las confirmaciones de alternativa de Luis Miguel Dominguín y de Rafael Ortega – éste, en su única actuación en La México –; las despedidas de Carlos Arruza y Silverio Pérez; las grandes faenas de Manuel Capetillo a Fistol de Zotoluca, del Ranchero Aguilar a Montero de San Mateo, de Carlos Arruza a Bardobián de Zacatepec, de Luis Miguel a Pajarito de San Mateo, de Luis Procuna a Polvorito y de Manolo dos Santos a Lusitano, ambos de Zacatepec. Es también la temporada de las grandes broncas de Luis Procuna, que tienen su clímax la tarde del 15 de febrero de 1953, cuando el Berrendito regala al citado toro Polvorito y revierte una tarde en la que exhibió la summa de sus fracasos y tuvo su renacimiento como torero.

La 10ª de la 52 – 53

Luis Miguel Dominguín
(Foto: James Burke - Life, 1959)
Para la décima corrida de la temporada, decía que se anunció a Andrés Blando, Luis Miguel Dominguín y Jorge El Ranchero Aguilar con toros de Rancho Seco. El primer espada se presentaba en la temporada y en cierta manera era retribuido por un triunfo que había logrado al final de la temporada anterior, en tanto que los otros dos alternantes eran de los triunfadores de la temporada.

Luis Miguel Dominguín, en su tercera aparición consecutiva del ciclo, había logrado ya revertir la hostilidad que inicialmente tuvo la afición mexicana en su contra, que llevada por las versiones que culpaban al madrileño de la muerte de Manolete, le recibió de mala manera y estaba dispuesta a abroncarle por cualquier causa. Delante del toro fue como demostró su real valía y el hecho de que todo lo demás eran solamente infundios.

La crónica escrita por Carlos León para el ya extinto diario Novedades de la Ciudad de México, relata en lo que interesa, lo que sigue:
Otro gran triunfo del “Ranchero”: Corta dos orejas. – Luis Miguel lidió bien al quinto y lo mató de volapié concediéndosele un apéndice. – Aguilar, en el que cerró plaza, un mozo de 548 kilos, armó el alboroto y salió en hombros. – Andrés Blando, incoloro. – ¡Qué buen torero es Luis Miguel!. – Tan bueno, que como no pueden acabarlo en franca lid sobre los ruedos, han tenido que servirse de medios innobles. Primeramente, la necia campaña de desprestigio, que se derrumbó en pocos segundos cuando Luis Miguel conquistó al público el día de su debut. Después, la sucia calumnia de que había triunfado con toros “afeitados”, infundio que las autoridades deshicieron, poniendo en ridículo al vil calumniador. Y por último, ayer, los “reventadores” a sueldo que buscaron sacar de quicio a “Dominguín”, mientras éste, flemático y torero, sin perder la calma en ningún instante, fue callando poco a poco los gritos, hasta cuajar un triunfo y cortar una oreja… No fue un triunfo fácil y por ello tuvo mayor mérito. Teniendo que vencer un ambiente molesto, luchando a la vez con los toros y con los enemigos emboscados. Luis Miguel hizo gala de una gran serenidad y fue labrando el triunfo paso a paso, conquistando el terreno palmo a palmo, hasta imponerse triunfador sobre las circunstancias difíciles y las opiniones adversas, sosteniéndose, a la postre, en el sitio señero de mandón de la fiesta… En cambio para Jorge Aguilar todo era propicio. Sus éxitos recientes le habían ganado el favor popular, muy justificado por cierto. Pero, sobre todo, su gesto hombruno de darle la pelea en el ruedo a Luis Miguel, en vez de rehuir la batalla y darla solamente a través de sus publicistas, lo traía de antemano aureolado de un prestigio varonil que además justificó bravíamente con el sexto de la tarde. Así, el “Ranchero” no tuvo que agazaparse tras las turbias calumnias de “Don Primicio”; ni menos necesitó pagar gritones que fueran a zaherir a un compañero. Le bastó con dar la pelea franca y abierta, con auténtica nobleza, para unir su triunfo al de “Dominguín”, cortar orejas y salir en hombros de los aficionados… Dos orejas para Aguilar. No nos gustó Jorge con su primero. Se atrabancó, se atropelló, anduvo sin plan por toda la plaza, derrochando agallas, pero sin acoplarse con “Bandolero”, viéndose en apuros hasta para pasaportarlo con la tizona… Pero a “Náufrago”, el sexto, le cuajó una faena pletórica de emotividad, de las que llegan hondo a las masas, tanto por el valor que derrochó como por las excelsitudes que alcanzó en instantes de buen toreo… “Náufrago”, que fue el único toro bravo del encierro y que pesaba además quinientos cuarenta y ocho kilogramos y traía pujanza y fiereza, ayudó a hacer más impresionante la labor de Aguilar. Desde los muletazos iniciales, por alto, en que la fiera embestía arrolladora y el “Ranchero” se paraba inmóvil, la nota dramática se posesionó de los espectadores. Poco después de aquél preámbulo estoico, Aguilar encendió más aún los entusiasmos al correr la mano en los derechazos de angustioso corte, pero mandando sobre la fiera. Igualmente en sus naturales, el moreno se recreó, saboreó lo que hacía, logrando que en ningún momento se perdiera el ángulo dramático y emotivo que culminaría cuando se echaba al toro por delante en el garbo de los forzados de pecho. Con el ruedo lleno de sombreros y con la muchedumbre enloquecida, desorbitada por el angustioso toreo del mexicano, ya lo de menos fue que Jorge pinchara y que enseguida rematara su labor con un espadazo caído. El tan solo quería que se muriera el toro, para izar en hombros al ídolo popular de la presente temporada. Y tras de concederle las orejas, en volandas se lo llevaron, triunfador, culminando así otra actuación relevante de este muchacho que está en su momento y está sabiendo aprovecharlo…
La última tarde de Juan Espinosa Armillita

Juan Espinosa Armillita
(Foto: Luis Reynoso)
La fiesta es de triunfo y tragedia y en esta tarde no pudo apartarse de los triunfos relatados antes, la tragedia de uno de los más grandes toreros de plata que hayan pisado un ruedo en lo que un día fuera el planeta de los toros. Me refiero a Juan Espinosa Armillita, personaje del que ya me he ocupado en otro espacio de esta misma Aldea, quien esa tarde salía en la cuadrilla de Luis Miguel Dominguín.

Juan Espinosa Saucedo se había retirado de los ruedos el 3 de abril de 1949 junto con su hermano Fermín y volvió a los ruedos esa temporada para auxiliar a los hermanos Pepe y Luis Miguel Dominguín en su primera campaña americana, en reconocimiento a la amistad que unía a las familias de ambos toreros. 

El segundo toro de la tarde, llamado Cañí, le prendió al colocar el primer par de banderillas, al parecer sin consecuencias, pero el torero se dolió del golpe y pasó a la enfermería en donde se le encontró una cornada de grandes proporciones. El parte médico rendido fue el siguiente:
Herida con orificio de entrada de cuatro centímetros, penetrante de vientre y tórax por donde hace hernia el epiplón mayor en la base del hemitórax izquierdo, cara lateral a la altura del décimo espacio intercostal. Interesó partes blandas, fondo del saco pleural, peritoneo y fosa renal izquierda, dejando al descubierto el riñón. El diestro sufre fuerte estado de shock y la herida es de las que ponen en peligro la vida.
Juan Espinosa Armillita se recuperó del percance y vivió varios años más, pero esa fue la última tarde que salió a un ruedo vestido de luces.
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