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domingo, 19 de enero de 2020

13 de enero de 1952: José María Martorell y Andrajoso de Rancho Seco

José María Martorell
De rupturas y reconciliaciones

Las relaciones de las torerías de España y México, restablecidas a finales de 1944, se rompieron de nueva cuenta en 1947. En una extensa entrevista que le hiciera en ese entonces El Tío Carlos, Armillita declaraba que sería una cuestión de poco tiempo. Sin embargo, la historia ha dejado patente que ese poco tiempo al final resultó ser casi un lustro.

Pero como no hay mal que dure cien años y en el caso, ni afición que lo aguante, las empresas y toreros de ambos lados del mar se pusieron a negociar las condiciones en las que los diestros de uno y otro costado del Atlántico podrían actuar en sus respectivas plazas. Así, casi iniciado el año de 1951, se alcanzó el acuerdo y se programó la Corrida de la Concordia en la Plaza México, en la que actuaron ante toros de Pastejé, Antonio Velázquez, Carlos Arruza y Curro Caro y esa tarde Arruza cortó el rabo al quinto de la tarde, Holgazán

En España se realizaron dos festejos de esa naturaleza, uno en Madrid en el que actuaron Rafael Ortega, Antonio Toscano y Manolo Escudero ante toros de Moreno Yagüe y otro en Barcelona en el que alternaron Juan Silveti, Rafael Llorente y Antonio Caro ante toros de Marceliano Rodríguez.

Esa reanudación de relaciones permitió que nuestros toreros de la Edad de Plata pudieran mostrarse ante la afición hispana y a su vez, que la generación que sucedió a la de Manolete, se presentara ante la nuestra.

La temporada 1951 – 52 

Fue una temporada larga, pues constó de 24 corridas de toros y en ella confirmaron sus alternativas Manolo González, Alfredo Jiménez, Miguel Báez Litri, Julio Aparicio, Antonio Caro y Morenito de Talavera II entre los españoles y los nacionales Anselmo Liceaga, Lalo Vargas, Paco Ortiz y Mario Sevilla.

También fue confirmante el personaje de estas líneas, torero cordobés que había recibido la alternativa en Córdoba el 16 de mayo de 1949, de manos de Parrita y llevando de testigo a Antonio Caro. La había confirmado en Madrid el 16 de abril de 1950, apadrinándole Gitanillo de Triana y atestiguando Rafael Ortega con el toro Tontero de Ignacio Sánchez. Hace lo propio en la Plaza México el 11 de noviembre de 1951 – inauguración de la temporada – cuando Fermín Rivera, en presencia de Anselmo Liceaga – también confirmante – le cede a Dulcero de Torrecilla.

La tarde de Andrajoso

Para la 10ª corrida de la temporada, el doctor Gaona anunció a Antonio Velázquez, Manolo González y José María Martorell con un encierro de Rancho Seco, propiedad de don Carlos Hernández Amozurrutia.

Me aparto un poco de la esencia de esta participación para hacer un señalamiento. Hay quienes hoy en día alzan su voz cuando se anuncia un cartel con dos toreros extranjeros y un torero mexicano. Esa no es una práctica inusual, ni reciente. Es una de las armas que tiene el empresario para llevar afición y público a las plazas y que es válida, sobre todo en estos tiempos que corren en los que todo está globalizado. En esta ubicación pueden ver algunos ejemplos de que en esa materia no hay nada nuevo bajo el sol, ni de éste, ni de aquél lado del Atlántico.

Retornando a nuestra materia, esa 10ª corrida tenía su miga, Antonio Velázquez es una de las grandes figuras de nuestra Edad de Plata, Manolo González había confirmado el 25 de noviembre anterior y en la época que nos ocupa, los toros de Tlaxcala aún competían en plano de igualdad con los de Zacatecas. En suma, la combinación anunciada por el doctor Gaona podía considerarse redonda.

La corrida al final quedó en un forzado mano a mano, pues el segundo de la tarde volteó aparatosamente a Manolo González enviándolo a la enfermería y no pudo matarlo, por lo que Antonio Velázquez mató primero, segundo y cuarto y Martorell se enfrentó al tercero, quinto y sexto. Corazón de León cortó la oreja al primero de la tarde y dio la vuelta en el cuarto.

Martorell y Andrajoso

El quinto toro de la tarde se llamó Andrajoso. Era según el sorteo el segundo del lote de Manolo González. Dice el dicho aquél: unos las firman y otros las torean… La crónica firmada por Don José – presumiblemente José Octavio Cano – publicada en vía de reminiscencia en la Revista Taurina número 20, publicada el 12 de diciembre de 1965, en lo que interesa, dice:
Toreó formidablemente con el capote, ejecutando varios lances estatuarios, aguantando horrores y dejando caer los brazos con ritmo. A sus faenas de muleta les imprimió armonía, desenvoltura y un acento rotundo, con ejecución académica de los pases, sobre todo a la que realizó ante el quinto toro, llamado “Andrajoso”, haciéndolo todo con sosiego, con equilibrado valor y extraordinaria serenidad. 
Entre clamores, locura y un entusiasmo creciente, desarrolló un faenón sin mistificaciones ni efectismos, con muletazos depurados, con adornos y desplantes oportunos y discretos. 
Así fue como trazó los pases altos, los de pecho, los derechazos corriendo la mano, aguantando firmemente, ligando el toreo con tersura y transparencia, con verdad, siempre claro, rotundo y limpio, poniendo auténtica cátedra de bien torear. 
Por eso, un pinchazo en lo duro no pudo mermar un ápice a esa faena excepcional. Y cuando metió un estoconazo hasta el puño, entrando a ley, ejecutando la suerte de matar con ejemplar gallardía, la obra magnífica quedó sellada dignamente. 
Entonces la plaza entera se cubrió de pañuelos, para que fueran entregadas las dos orejas al gran torero cordobés, quien tuvo luego que dar una, otra, hasta tres vueltas al ruedo, aclamado apoteósicamente…
¡Dos orejas después de un pinchazo! Grande debe haber sido la faena de José María Martorell para que aún tras del fallo a espadas la concurrencia haya aceptado la concesión de las dos orejas y se haya entregado al torero de Córdoba en la manera en la que la relación de la corrida narra que lo hizo.

Mas no sería el único éxito de Martorell en la temporada, al domingo siguiente, en la 11ª corrida de la temporada, cortó el rabo al toro Velero de Torrecilla, en tarde que alternó con Fermín Rivera y Manolo González y el 9 de marzo ganó la Oreja de Oro por su faena al toro Gatuzo de Xajay, alzándose en definitiva como uno de los triunfadores de esa temporada.

Su participación en la temporada 1951 – 52 será uno de los ejes de la misma, pues actuará en 9 de las corridas de las que constó (1ª, 2ª, 9ª, 10ª, 11ª, 14ª, 15ª, 18ª y 19ª), lo que nos deja claro, creo yo, que en su día fue un diestro importante dentro de la historia taurina mexicana y por eso merece ser recordado.

domingo, 29 de diciembre de 2019

29 de diciembre de 1940: Alberto Balderas y Cobijero de Piedras Negras

Alberto Balderas con la oreja de Rayao
29 de diciembre de 1940
Alberto Balderas nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1910. Se presentó como novillero en El Toreo de la Condesa el 27 de marzo de 1927, actuando allí en el escalafón menor también en las temporadas de 1928 y el inicio de la de 1929, calendario en el que marcha a España a hacer campaña. Se presenta en la plaza de toros de Madrid el 15 de agosto de ese 1929, alternando con Joselito Romero y el norteamericano Sidney Franklin, también debutante, en la lidia de novillos de don Andrés Sánchez de Coquilla, asunto del que ya me he ocupado por estas páginas.

Recibe la alternativa el 19 de septiembre de 1930, cuando Manolo Bienvenida, en presencia de Andrés Mérida, le cede al toro Hocicudo del Marqués de Guadalest y la confirma en la capital española el 3 de mayo de 1931, apadrinándole Cayetano Ordóñez Niño de la Palma y con el testimonio de Vicente Barrera. El toro de la ceremonia se llamó Giraldillo y fue de Villamarta.

En México, se presentó como matador de toros en El Toreo de la Condesa el 2 de noviembre de 1930 para lidiar toros de San Diego de los Padres, alternando con Manuel Jiménez Chicuelo y Heriberto García. En esos tiempos no se confirmaban en México las alternativas españolas. La faena de Balderas al toro Provinciano, al que cortó las orejas y el rabo, le va a permitir actuar otras cinco tardes en ese escenario, consolidándole como una de las promesas de la tauromaquia mexicana de esos días.

El 12 de febrero de 1933 gana la Oreja de Oro que disputó con Pepe Ortiz, Cagancho, Armillita, Jesús Solórzano, David Liceaga, Luis Gómez Estudiante y Luciano Contreras, al cortar el rabo al toro de La Laguna que le tocó en suerte.

El 22 de enero de 1939 en El Toreo de la Condesa, obtiene un singular triunfo al cortar seis orejas y tres rabos a los toros Gallareto, Lucerito y Marinero de Piedras Negras. Su alternante fue Fermín Espinosa Armillita y el 26 de marzo de ese mismo realiza su última gran faena en El Toreo de la Condesa al toro Navarro, de La Laguna, al que corta el rabo.

La última tarde

Para el quinto festejo de la temporada 1940 – 41, el doctor Alfonso Gaona anunció un encierro de Piedras Negras para la alternativa de Andrés Blando, que sería concedida por Alberto Balderas ante el testimonio de José González Carnicerito.

Muchas leyendas se han tejido en torno al estado de ánimo de Alberto Balderas esa tarde. En el libro biográfico del torero escrito por don Armando de María y Campos, se relata lo siguiente, narrado por Francisco Balderas, hermano, apoderado y banderillero del diestro:
Nada extraordinario hubo en la vida de Alberto la tarde del 29 de diciembre de 1940 – relató después su hermano, apoderado y banderillero de su cuadrilla, Pancho – que pueda interpretarse como un presentimiento de la tragedia. Mi hermano jamás creyó que podría matarlo un toro. Sabía que arrimándose como se arrimaba, tendría que sufrir cornadas; pero jamás tuvo el pensamiento de que moriría toreando. 
Estaba mi hermano de buen humor – continúa – como de costumbre. Ni mis hermanas ni yo notamos en él nada raro, nada que pudiera decirse fuera una corazonada de que iba a morir ese mismo día. 
Tenía Alberto la costumbre de ir todos los domingos, en las mañanas, a la Villa de Guadalupe, y a rezar a los pies de la Virgen Morena. Así lo hacía siempre, menos el día de su muerte, pues su amigo íntimo, Esteban Erchuk, insistió en llevarlo a visitar a la Virgen del Carmen, y ya no tuvo tiempo de ir a la Villa. Al regresar a la casa, se dedicó a torear de salón, esperando que fuera la hora de vestirse. 
Llegó la hora de la corrida y cuando me presenté a buscarlo en su casa de Copenhague, estaba ya vestido, estrenando un traje canario y plata por el cual tenía una ilusión muy grande. Yo estaba en el coche, tuvo un disgusto que lo contrarió mucho, al informarle yo que no había sido posible conseguir barreras de primera fila para dos amigos que él quería mucho y que se las habían pedido, y quienes se sintieron al recibir barreras de segunda fila. Esa fue la única nota desagradable… Mi hermano estaba, como siempre, animoso, con gran entusiasmo de torear, pues tenía el propósito de triunfar en todas las corridas de la temporada…
Como se puede leer, la serie de noticias que hablaban de premoniciones que tuvo Alberto Balderas en las horas previas a la corrida no son fiables, pues salvo el disgusto de que no se hayan conseguido las barreras de primera fila para sus amigos, nada más afectó su estado de ánimo.

El primero de la tarde se llamó Lucerito y fue el toro con el que Andrés Blando se convirtió en matador de toros. Su actuación no pasó de discreta.

El segundo de la tarde fue para Balderas. La mejor versión de su actuación ante ese, que resultó ser el último toro de su vida la encontré en Vida y Muerte de Alberto Balderas de Armando de María y Campos y es del tenor siguiente:
En su primer toro, en el único que toreó y mató esa tarde, Balderas estuvo muy bien… El cronista español Mayral describe con una espontaneidad que no he encontrado en otros escritores cómo toreó Balderas a su último toro, de Piedras Negras, que se corrió en 2º lugar: “cargando la suerte, mandando en él. Las ovaciones en su honor estallaban impresionantes en los sentidos y las dianas subrayaban agudamente su éxito. Hubo unas gaoneras del más puro estilo, dejándose rozar los alamares en cada lance. Hubo un quite de la mariposa sencillamente magistral. Luego, a petición insistente del público, Alberto tomó los palos para cambiar en terreno dificilísimo, dos pares soberbios y cerró el tercio después de un soberbio “galleo” con un par cuarteando, tan bueno como los anteriores. El triunfo, en oleadas crecientes, nimbaba la figura de Balderas. Tomó los trastos de matar, y aprovechando que el toro estaba boyante, propicio al lucimiento, realizó toda una faena preciosa y clásica. La muerte, que lo acechaba, hizo que el de Piedras Negras lo enganchase por la región epigástrica, y lo voltease de un modo trágico. Pero ¡aún no era llegado el momento fatal…! Y Balderas, indemne, levantose con más coraje que nunca, y volvió a la faena. Más muletazos buenos, y luego un estoconazo, seco, vibrante, que le valió una ovación estruendosa, vueltas al ruedo, la oreja…”. “Rayao” se llamó este toro…
El tercero de la tarde fue Cobijero, era el primero del lote de Carnicerito. Durante los dos primeros tercios de la lidia de ese toro, se hicieron reparaciones al vestido que estrenaba Alberto Balderas. Por esa razón estuvo distraído de lo que ocurría en el ruedo y no se percató de las condiciones del toro. Al dirigirse José González a solicitar permiso a la autoridad para el tercio final de la lidia, Balderas ocupó el sitio que le correspondía en el ruedo y así fue como sobrevino el desenlace fatal. Francisco Balderas refiere lo siguiente:
El toro causante de la tragedia, “aparentemente no tenía nada de peligroso”, continúa relatando el percance un testigo de la calidad de Pancho Balderas. Y agrega: “Alberto no pudo hacer el quite, porque le estaban componiendo la taleguilla, pero cuando “Carnicerito” fue a brindar a la Presidencia, Alberto cogió el capote para ponerle el toro en suerte… Cuando me di cuenta, Alberto ya estaba en los cuernos de “Cobijero”, que no obedeció el engaño, lo atropelló y le dio varias cornadas… Tambaleándose inmensamente pálido, mi hermano se dirigió a las tablas. Los monosabios no sabían que hacer… Entonces yo lo tomé en mis brazos, ayudado por uno de los espectadores, y lo llevé a la enfermería, donde ya lo esperaban los doctores. Con una navaja le rompí el vestido y los doctores Ibarra y Rojo de la Vega le ponían rápidamente una inyección… Cuando me acerqué a Alberto para ver cómo se sentía, me dijo que se le estaban durmiendo las piernas… Se le hizo una transfusión de sangre y Alberto quiso moverse, pero los médicos le indicaron que no lo hiciera. Entonces mi hermano volvió a decirme: Pancho, me siento muy mal, se me están durmiendo las piernas… Fueron sus últimas palabras…
El parte facultativo rendido después del hecho es el siguiente:
Herida de cinco centímetros de extensión en el noveno espacio intercostal del hemitórax derecho, en la intersección con la línea axilar anterior, fracturando octavo, noveno y décimo cartílagos costales, penetrante en la cavidad abdominal, desgarrando el hígado. Intensa hemorragia con cuadro de muerte aparente. Otra cornada situada en el hueco axilar derecho, de tres centímetros de extensión por cuatro de profundidad…
El cadáver del torero fue trasladado a su domicilio de Copenhague 23, donde se instaló la capilla mortuoria y al día siguiente por la tarde el cortejo fúnebre se trasladó al Panteón Moderno de Tacuba para el sepelio de los restos del diestro. La prensa aseguró en su día que los restos de Alberto Balderas fueron acompañados por cuarenta mil personas hasta su última morada:
Se calcula que no menos de cuarenta mil personas estaban en el panteón en el momento de bajar a la tumba el cadáver del infortunado diestro Balderas. 
La presidencia del duelo la componían los familiares de Balderas, entre los cuales estaba su hermano Francisco, miembro de su cuadrilla. También figuraba su compañero e íntimo amigo Chucho Solórzano y el licenciado Retana. 
Antes de bajar el cadáver a la tumba, Chucho Solórzano leyó unas cuartillas como última despedida, haciendo resaltar lo que en vida fue el finado, en los términos siguientes: “Balderas fue un gran amigo de todos. Cuántos compartimos momentos de alegrías y penas con él, no podremos olvidarle nunca. Así lo sabe y ha reconocido el pueblo de México que en el último camino hacia la eternidad le acompañó”. 
También el licenciado Retana leyó unas cuartillas en el mismo sentido. 
Por la enorme aglomeración de público y los carros que acompañaban el entierro, éste duró en su trayecto tres horas, considerándose que ha sido uno de los más impresionantes habido en México…
Alberto Balderas fue el primer torero en morir en las instalaciones de El Toreo de la Condesa.

En esta ubicación pueden apreciar una galería de imágenes de la cornada fatal de Alberto Balderas.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Manolo Martínez y Amoroso de Mimiahuápam a 40 años vista

Manolo Martínez
La temporada 1979 – 80 en la Plaza México la vi casi completa. Constó de 17 corridas y Manolo Martínez fue cabeza de cartel en ocho de ellas. Así, a simple vista, queda claro que todo el peso del ciclo recayó sobre sus espaldas. Pero independientemente de que en la sexta de la temporada hubiera cortado dos orejas a Mira cómo voy de San Martín; en la octava, el rabo a Tejoncito de don Mariano Ramírez; o en la decimosexta otras dos orejas a Siempre sí de Los Martínez, en esa temporada se produjeron otros hechos que la hicieron trascender en su devenir histórico.

Uno fue la resurgencia de Antonio Lomelín, que en la decimocuarta corrida realizó una importante faena a Bien Nacido de Reyes Huerta, para el que se pidió el indulto. Ante la negativa del palco a concederlo, Antonio se metió al burladero de matadores a esperar los tres avisos para que el toro volviera vivo a los corrales y después fue aclamado como si en verdad se hubiera indultado al toro. Eso fue el preludio de lo que vendría dos domingos después con Luna Roja de Xajay y que lo pondría en figura del toreo.

También fue la temporada de la confirmación de Rafael de Paula, a quien casi nada pudimos ver en las corridas séptima y novena del serial y la de la emergencia de Marcos Ortega, quien se encontró con Boca Seca un gran toro de don Javier Garfias y supo aprovecharlo, dando al doctor Gaona otro elemento para dar variedad y revitalizar los carteles.

La segunda corrida de la temporada

Para el arranque de esa temporada, por alguna razón el nombrado doctor Gaona armó una especie de mini feria navideña, pues ofreció corridas el sábado 22 de diciembre de 1979 con la confirmación de César Pastor apadrinada por Curro Rivera, con el testimonio de Manolo Arruza y toros de Campo Alegre y el domingo 23, el segundo de esos festejos, que tenía por atractivo las presentaciones de Manolo Martínez, Miguel Espinosa Armillita y del hispano Lázaro Carmona, quien también confirmaría su alternativa. El encierro a lidiarse sería de San Miguel de Mimiahuápam.

Lázaro Carmona confirmó con Mensajero y realizó un gran quite por verónicas que le valió el trofeo al final de la temporada. Y el segundo de la tarde, Villancico se le fue vivo a Manolo Martínez entre la bronca correspondiente y Miguel Armillita le cortó la oreja a Peregrino, el quinto. Pero la gran obra se realizó en el cuarto, segundo del lote de Manolo Martínez.

Incluso Carlos León, cronista del extinto diario Novedades de la Ciudad de México, modificó sus criterios y modos de expresarse respecto del torero de Monterrey. En lo que interesa, en crónica epistolar dirigida al restaurantero Pedro Yllana, escribió lo que sigue:
Con el soberbio ‘Amoroso’, Manolo estuvo en coloso… Apoteosis de Manolo y Bailleres… ‘Amoroso’, el cuarto de la tarde, fue el ejemplar soñado. Y aunque el de las patillas, siendo de Monterrey, no es propenso al desperdicio de echar toda la carne en el asador cuando las chuletas están tan caras, se decidió y ha de haber dicho como reza el refrán ranchero: ‘¡Ora es cuándo yerbabuena, le has de dar sabor al caldo!’ Y vino el faenón sabroso, porque como usted sabe, hay que distinguir entre el apetito y el hambre, pues no es lo mismo hartarse que saborear. Y Manolo Martínez saboreó el yantar, contagiando al público con su apetito, que por igual se deleitaba con la sabrosura de las embestidas del mimiahuápeño que con la pasmosa facilidad con que el reinero consumía la apetitosa vianda. Ahora bien, como no hay loco que coma lumbre, él mismo propició el indulto antes que exponerse a fallar con el cuchillo. Y aquello fue el acabose, para el ganadero Don Alberto Bailleres y el artista, en una locura colectiva que parecía no terminar nunca, mientras se concedían, simbólicamente, los máximos apéndices…
Como lo señala el cronista al final de su relación, efectivamente la locura se apoderó de los tendidos. Me tocó vivirlo. Quizás Manolo Martínez realizó faenas mejores en esa plaza, pero esa tarde de hace cuarenta años embrujó a la afición que llenó la Plaza México y la rindió a sus pies. Hoy nos toca recordarlo y pensar que aunque no todo tiempo pretérito fue mejor, algunas de sus fechas merecen ser recordadas.

domingo, 8 de diciembre de 2019

8 de diciembre de 1956: La alternativa de El Callao en El Toreo de Cuatro Caminos

Alternativa de El Callao
Foto cortesía del blog Toreros Mexicanos
Fernando de los Reyes es un torero que cautivó a la afición mexicana. Tuvo una extensa carrera novilleril, toreó 37 novilladas en la Plaza México y como era casi preceptivo en su tiempo, cruzó el Atlántico y dejó buena impresión en sus actuaciones en el escalafón menor, tan buena, que en el tramo final de la temporada española de 1953, se le otorgó una alternativa en Segovia, donde lo apadrinó Manolo Vázquez, con el testimonio de César Girón, cediéndole el toro Cortadillo de don Felipe Bartolomé.

No ejercería como matador de toros con ese doctorado, pues regresaría a México y nada más iniciar la temporada de novilladas de 1954, se estaría presentando en la plaza más grande del mundo para, en la categoría de los festejos llamados menores, actuar ese ciclo y los de 1955 y 1956, sumando en ellos 16 festejos y firmando una de sus grandes tardes ante el novillo Tonino de Soltepec, al que le cortó el rabo, dejando en claro y de una vez por todas que estaba listo para mayores empresas.

La Feria Guadalupana de 1956

Por aquellas calendas se afirmó que la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe necesitaba importantes obras de reconstrucción. Para allegar los recursos necesarios, un grupo de personas allegadas a la fiesta de los toros, encabezados por don Guillermo Barroso Corici, su hijo Luis Javier Barroso Chávez – en ese entonces ya ganadero de Las Huertas –, el licenciado Lázaro Martínez – en su día juez de plaza – y don Antonio Algara entre los más destacados, formaron un patronato para dar una feria taurina que recaudara fondos para la restauración del llamado centro espiritual de México.

Fermín Rivera, Rafael Rodríguez, Antonio Ordóñez, Miguel Báez Litri, Joselito Huerta, José Ramón Tirado, Antonio Borrero Chamaco y Fernando de los Reyes El Callao con toros de San Mateo, La Punta, Jesús Cabrera, Rancho Seco, Matancillas y Las Huertas serían las bases sobre las cuales gravitaría esa feria, el primer intento serio de ofrecer a la afición de la capital mexicana una serie ininterrumpida de festejos intercalada en una temporada que de ordinario se desarrolla de domingo a domingo. 

Dada la buena causa a la que se dedicaba, el doctor Alfonso Gaona pospuso una semana la continuación de la temporada 56 – 57 de la Plaza México, a efecto de que la Feria Guadalupana se diera sin contratiempos.

A este propósito escribe Horacio Reiba:
La tramó en 1956 aquel taurino singularmente astuto y marrullero que fue Antonio “Tono” Algara. Para el efecto, arrendó el Toreo de Cuatro Caminos – no la México, en manos de su adversario Alfonso Gaona –, encampanó al arzobispo primado Miguel Darío Miranda y Gómez y proclamó a los cuatro vientos que las utilidades que esperaba obtener serían destinadas a obras de la basílica de Guadalupe. Y armó seis carteles con el concurso de dos primeras figuras hispanas – Miguel Báez “Litri” y Antonio Ordóñez –, una autóctona – el maestro potosino Fermín Rivera, recién recuperado del infarto que finalmente lo retiraría de los ruedos –, tres jóvenes en plan de irrupción triunfal a partir de sus recientes doctorados – los mexicanos Joselito Huerta y José Ramón Tirado, y el onubense Antonio Borrero “Chamaco”, flamante producto del tremendismo entonces en boga –, y la segunda alternativa de Fernando de los Reyes “El Callao”, triunfador de la última temporada chica con ese arte tan suyo, endeble siempre y por momentos genial. 
De enviar el material bovino se encargarían los señores Madrazo –de La Punta y Matancillas–, Jesús Cabrera y San Mateo, ambas del campo bravo zacatecano, y del de Tlaxcala Rancho Seco y Mimiahuápam, la divisa debutante de Luis Javier Barroso…
Era esta feria un primer experimento en ese sentido en la capital mexicana, replicado un par de ocasiones más en el mismo coso de Cuatro Caminos e intentado en alguna ocasión y de manera tibia en la Plaza México.

La alternativa de El Callao

La segunda corrida de esa Feria Guadalupana se programó para el sábado 8 de diciembre de 1956.  Encabezaba el cartel Fermín Rivera que reaparecía después de haber sufrido un infarto de miocardio toreando en Monterrey seis meses antes e iba de segundo espada Antonio Borrero Chamaco. Los toros anunciados originalmente eran de Jesús Cabrera, pero como uno de los signos del serial, hubo baile de corrales y al final se lidiaron solamente tres de los originalmente anunciados y se remendó el encierro con otros tres de San Mateo. Carlos León, con su cáustico estilo refiere lo siguiente:
…de Saín el Alto habían traído unos moruchos que con mucho optimismo se suponía que iban a componer el encierro de esta tarde. Pero a mis gestiones personales, para librar a la fiesta del cucarachismo, se desinfectaron los corrales y desaparecieron así tres de los insectos colmenareños, que ahora estarán clavados con alfileres en la colección de cualquier naturalista, el cual desde luego será un entomólogo y no un señor que se dedique a darles pases naturales. Pero fue peor el remedio que la enfermedad, pues las tres sabandijas desechadas se sustituyeron por otras tres cucarachas sanmateínas, las cuales contagiadas del virus de mansedumbre que ya había en los corrales, resultaron una verdadera calamidad para la lidia…
El primero de la tarde fue Clavelito, de San Mateo y las crónicas relatan que únicamente quedó para la conmemoración de la efeméride. Lo importante llegó con el que cerró plaza, llamado Gordito y del hierro de don Jesús Cabrera Llamas. En la ya citada crónica de Carlos León, de tono epistolar y dirigida a don Eduardo Miura, se expresa lo siguiente:
…al sexto de hizo maravillas con la franela. Era otro torillo en miniatura, sarcásticamente llamado “Gordito”, siendo que más parecía procedente de la vacada del “Flaco” Valencia. Por si eso fuera poco, daba la impresión de que era un búfalo con cruza de bisonte o un cebú cruzado con vaca Holstein. Una ridiculez de ejemplarillo, como todo lo que sale de la vacada chuchesca. Pero “El Callao” está tan torero, tan en su punto de madurez y asentamiento, que logró meterlo en su muleta y torearlo asombrosamente, dando unos derechazos superiores, lentos, largos, majestuosos. Lo mejor, sin duda, de cuanto se vio en esta tarde. A patadas obligó a embestir al descastado morucho, para luego poner tal señorío en sus muletazos, que la gente se olvidó de la insignificancia del bicho y se asombró de la inmensa calidad que Fernando pudo poner en sus muletazos. Por desgracia volvió a estar inseguro con el acero y se le fueron las orejas, Pero, con lo que apuntó de buen toreo, basta para predecir que “El Callao” puede ser el mejor de la feria…
Esa alternativa la confirmaría Fernando de los Reyes al siguiente domingo en la Plaza México. Le apadrinaría Humberto Moro y sería testigo el toledano de Santa Olalla Gregorio Sánchez. El toro de la ceremonia se llamó Fígaro y fue de La Laguna. Ese día y ante ese primer toro de la tarde, volvió El Callao a ser el que realizara lo más torero de la tarde, aunque sin cortar orejas.

Ya de matador de toros El Callao tendría una actividad intermitente. Los criterios para medir el éxito en la fiesta se regían por los baremos sembrados por el tremendismo y se volvía necesario cortar las orejas a como diera lugar para seguir en el candelero, el ser y mostrarse torero ya no era suficiente y así, la luz que emitía Fernando de los Reyes en los ruedos se fue apagando poco a poco y fue creciendo su leyenda, que llega hasta nuestros días.

Concluyo con esta apreciación del ganadero Carlos Castañeda, que nos describe con precisión al torero:
En la literatura taurina se habla de escuelas del toreo para hacer referencia a formas comunes de torear de ciertos toreros, normalmente agrupados por zonas geográficas. Es para mí que esto funciona para aquellos que no resaltan y cuyo toreo en sus tardes de éxito o en su mejor expresión, se relaciona o se parece al de otros toreros de su misma calidad expresiva o técnica que coinciden territorialmente con determinadas partes del planeta de los toros. Los heterodoxos y las figuras no caben en estos cajones, porque imprimen sellos muy propios a “su” tauromaquia o desarrollan, aportan y establecen nuevas formas a “la” tauromaquia universal. La personalidad y el contacto con el público, condición de estos, los convierte en privilegiados y parece ser, que nuestro sujeto de plática fue uno de estos. “El Callao” fue un torero inclasificable. No pertenece a ninguna vertiente del toreo nacional. Esto fue para mí lo que lo mantuvo dentro de la aceptación del público capitalino tantos años y dio origen y vida a su trascendencia en el toreo mexicano…

domingo, 21 de julio de 2019

22 de julio de 1951: El Callao y Cuadrillero de San Mateo

Fernando de los Reyes El Callao
Foto: Fred Hochberg ©
Colección: El Mundo
La memoria del aficionado tiene espacio para recordar muchas grandes faenas, pero la sección dedicada a las hazañas de los novilleros es generalmente reducida y es que los noveles – al menos en otros tiempos – transitan en gran número por los ruedos y son pocos aquellos que permanecen en el recuerdo colectivo. En las plazas de la capital mexicana, son tres o quizás cuatro las faenas realizadas por novilleros que han trascendido el tiempo y permanecen en la memoria, como la de Rafael Osorno a Mañico de Matancillas en el Toreo de la Condesa o la de José Antonio Ramírez El Capitán a Pelotero de San Martín en la Plaza México. De la que hoy me ocuparé, creo que puede ocupar un lugar en la historia de la fiesta junto con las dos que mencioné arriba. Me refiero a la que Fernando de los Reyes El Callao realizó al novillo Cuadrillero de San Mateo en el ruedo de la Plaza México.

Fernando de los Reyes tuvo un largo paso por la arena del Coso de Insurgentes. Desde que se presentó allí el 12 de junio de 1949, hasta el 28 de enero de 1968 que pisó su arena por última vez vestido de luces, actuó allí 50 tardes, de las cuales 36 fueron novilladas, prueba de la inquebrantable fe que tuvo en él el doctor Alfonso Gaona y del respeto y el cariño que por el sintió la afición de la ciudad de México que supo esperarle hasta el momento en el que estuvo listo para dar lo mejor de sí delante de los toros y decir el misterio que llevaba dentro. Algo más de su paso por los ruedos lo pueden consultar en esta ubicación.

La temporada de novilladas de 1951, la sexta de la historia de la Plaza México se inició el 20 de mayo de ese año y terminó el 28 de octubre con un balance de 23 festejos celebrados. El Callao toreó ocho de ellos, cortando un total de cuatro orejas.

El Callao y Cuadrillero

La décima novillada del serial se anunció con novillos de San Mateo para el debutante sevillano Julio Pérez Vito, Fernando de los Reyes El Callao y Miguel Ángel García, quienes actuaron ante una respetable entrada, como las que generaban los festejos menores en aquellos ayeres.

Las crónicas de agencia son breves. Como decía la semana anterior, casi de stock, pero nos permiten conocer, aparte del triunfo de El Callao, qué fue de la actuación de sus alternantes. En primer término recurro a la aparecida en el diario El Informador de Guadalajara del día siguiente del festejo, que relata lo siguiente:
El Callao logró ligar magnífica faena ayer a un toro de San Mateo
El Vito no tuvo mucha fortuna, aún cuando se le vio “algo”
Miguel Ángel derrochó voluntad
(Por hilo directo) 
México D.F., julio 22. – Magnífico ganado de San Mateo se lidió hoy por la tarde en la plaza México, sobresaliendo el primero y el segundo y siendo de bandera el quinto que mereció los honores de la vuelta al ruedo. 
En cuanto a los novilleros Fernando de los Reyes “El Callao” y el español Julio Pérez “Vito” que debutaba en medio de la expectación y Miguel Ángel, el triunfador fue "El Callao". 
“El Callao” supo aprovechar a su primero, lo toreó con aliño pero sin parar, en cambio a su segundo, el magnífico ejemplar corrido en el lugar de honor le cuajó una lidia completa que le valiera las dos orejas y una ovación de las grandes. 
Al “Vito” se le vio nervioso en su primero, falto de quietud y mando. En su segundo mejoró en la faena, pero deslució con el estoque. Dio vuelta al ruedo entre palmas y pitos. 
Miguel Ángel derrochó voluntad pero se le vio atropellado y consiguió algunos trompicones por falta de mando. Se le aplaudió en sus faenas pero su mejor nota fue un quite por gaoneras extraordinario al segundo toro de “El Callao” que mereció para Miguel Ángel el dar una vuelta al ruedo en medio de la lidia.
La aparecida en El Siglo de Torreón es algo más prolija, pero peca de lo mismo que la anterior. Prácticamente se limita a consignar el resultado del festejo y a dar un catálogo de suertes de la tauromaquia:
Brillante triunfo del novillero mexicano “El Callao” en la México
Debutó el español Julio Pérez “Vito” 
México, 22 de julio (AEE). – Brillante triunfo tuvo el novillero mexicano Fernando de los Reyes, “El Callao” en la Plaza México, alternando con el español Julio Pérez “Vito”, quien se presentó y Miguel Ángel, con toros de San Mateo, que resultaron muy buenos sobresaliendo el primero y el segundo, pero especialmente el quinto que dio la vuelta al ruedo en medio de grandes aplausos tras el triunfo de “El Callao” que lo lidió. 
“El Callao” tras de realizar una buena faena con la capa y hacer quites a su primer enemigo, a su segundo le realizó artística faena de muletazos por alto, naturales, de pecho, manoletinas, derechazos con gran suavidad y temple y varias series muy bien ligadas coronando su labor con un pinchazo y una estocada. Dos orejas, dos vueltas al ruedo y salida a los medios. 
“Vito” estuvo deslucido en su primero por la falta de quietud y mando. Mejoró en su segundo, especialmente con la muleta ya que cuajó muy buenos naturales, pero se mostró deficiente con el estoque. Dio vuelta al ruedo entre palmas y pitos. 
Miguel Ángel derrochó valor y voluntad, pero frecuentemente resultó atropellado y zarandeado por su falta de mando. Solo fue aplaudido. En el toro de “El Callao” hizo un extraordinario quite por gaoneras que le valió enorme ovación y vuelta al ruedo.
Es en el primer volumen de la obra de Daniel Medina de la Serna y Luis Ruiz Quiroz Plaza México. Historia de una Cincuentona Monumental, publicado por los Bibliófilos Taurinos de México, en donde hay una relación también breve, pero más sustanciosa de los hechos de esa tarde:

El Güero Miguel Ángel con sus gaoneras y El Callao con Cuadrillero de San Mateo 
El 22 de julio, la temporada tuvo su momento cumbre. Era la décima novillada y el cartel estaba integrado por Julio Pérez Vito, Fernando de los Reyes El Callao y El Güero Miguel Ángel García, reses de San Mateo. En quinto lugar salió Cuadrillero, un bravo y noble ejemplar, que una vez muerto mereció para sus restos la vuelta al ruedo. Correspondió al Callao, pero en el primer tercio Miguel Ángel García le hizo un quite por gaoneras de escándalo, estrujante, por el que le hicieron dar la vuelta al anillo, la plaza era en ese momento lo más parecido a un manicomio. Después vendría el faenón que consagró al tlaxcalteca Fernando de los Reyes. Enrique Bohórquez y Bohórquez escribió en su crónica: 
Centró muy bien en los muletazos por el lado derecho, toreó maravillosamente al natural por el izquierdo y largó un pase de pecho - el segundo dentro del muleteo - tan gallardo que fue el remate más bello y brillante que se podía poner a los muletazos que le precedieron.
Y Manuel García Santos, en El Ruedo de México, fue más allá, en una época en que el indulto de un toro tenía otra significación de la que tiene hoy día: 
El domingo el público entendió tan a la perfección el toreo hondo, serio, lleno de calidad y de sabor de Fernando de los Reyes que a pesar de haber pinchado al toro, le concedió las orejas de él: ¡De un toro que, si cae en otras manos, a estas horas estaría indultado y pastando en la vacada de San Mateo...! Pero cayó en las de Fernando, y el toro lució todo lo que era, y el público lo vio y lo paladeó, porque Fernando no le dejó inédita al toro ninguna embestida y además de torearlo por los dos lados le hizo toda la gama del toreo y le dio todos los muletazos que el toro tenía, y todos con estilo grande y con sabor exquisito.
Tomando de aquí y de allá, creo que podemos imaginarnos la magnitud de la obra de Fernando de los Reyes. Una gran faena que a pesar de ser emborronada con un pinchazo fue premiada con las dos orejas, lo que me induce a pensar que si lo mata a la primera, le dan el rabo del toro. Rafael Osorno no le cortó las orejas a Mañico por manejar mal la espada y José Antonio Ramírez no mató a Pelotero porque fue indultado.

Poco hay escrito sobre El Callao y pocas imágenes sobre su toreo. Con estas líneas que hoy les presento contribuyo a que se conozca a este torero mexicano del que tiene mucho por saberse.

domingo, 22 de diciembre de 2013

21 de diciembre de 1952: El Ranchero Aguilar y Náufrago de Rancho Seco

Jorge El Ranchero Aguilar
(Foto cortesía altoromexico.com)
En el transcurso de la semana me preguntaba qué tema abordar para estos días en los que la atención de muchos está en otros temas. Al revisar las efemérides me encontré con que hace algo más de seis décadas al igual que éste día se lidió en la Plaza México una corrida de Rancho Seco a la que enfrentaron Andrés Blando, Luis Miguel Dominguín y Jorge El Ranchero Aguilar. Vistas las crónicas escritas acerca del mismo, me decidí a presentárselos como el tema por este par de días.

La temporada 52 – 53

En el ciclo de corridas que ofreció el doctor Alfonso Gaona entre el 2 de noviembre de 1952 y el 1º de marzo de 1953 – en número de 18 – destacaron las confirmaciones de alternativa de Luis Miguel Dominguín y de Rafael Ortega – éste, en su única actuación en La México –; las despedidas de Carlos Arruza y Silverio Pérez; las grandes faenas de Manuel Capetillo a Fistol de Zotoluca, del Ranchero Aguilar a Montero de San Mateo, de Carlos Arruza a Bardobián de Zacatepec, de Luis Miguel a Pajarito de San Mateo, de Luis Procuna a Polvorito y de Manolo dos Santos a Lusitano, ambos de Zacatepec. Es también la temporada de las grandes broncas de Luis Procuna, que tienen su clímax la tarde del 15 de febrero de 1953, cuando el Berrendito regala al citado toro Polvorito y revierte una tarde en la que exhibió la summa de sus fracasos y tuvo su renacimiento como torero.

La 10ª de la 52 – 53

Luis Miguel Dominguín
(Foto: James Burke - Life, 1959)
Para la décima corrida de la temporada, decía que se anunció a Andrés Blando, Luis Miguel Dominguín y Jorge El Ranchero Aguilar con toros de Rancho Seco. El primer espada se presentaba en la temporada y en cierta manera era retribuido por un triunfo que había logrado al final de la temporada anterior, en tanto que los otros dos alternantes eran de los triunfadores de la temporada.

Luis Miguel Dominguín, en su tercera aparición consecutiva del ciclo, había logrado ya revertir la hostilidad que inicialmente tuvo la afición mexicana en su contra, que llevada por las versiones que culpaban al madrileño de la muerte de Manolete, le recibió de mala manera y estaba dispuesta a abroncarle por cualquier causa. Delante del toro fue como demostró su real valía y el hecho de que todo lo demás eran solamente infundios.

La crónica escrita por Carlos León para el ya extinto diario Novedades de la Ciudad de México, relata en lo que interesa, lo que sigue:
Otro gran triunfo del “Ranchero”: Corta dos orejas. – Luis Miguel lidió bien al quinto y lo mató de volapié concediéndosele un apéndice. – Aguilar, en el que cerró plaza, un mozo de 548 kilos, armó el alboroto y salió en hombros. – Andrés Blando, incoloro. – ¡Qué buen torero es Luis Miguel!. – Tan bueno, que como no pueden acabarlo en franca lid sobre los ruedos, han tenido que servirse de medios innobles. Primeramente, la necia campaña de desprestigio, que se derrumbó en pocos segundos cuando Luis Miguel conquistó al público el día de su debut. Después, la sucia calumnia de que había triunfado con toros “afeitados”, infundio que las autoridades deshicieron, poniendo en ridículo al vil calumniador. Y por último, ayer, los “reventadores” a sueldo que buscaron sacar de quicio a “Dominguín”, mientras éste, flemático y torero, sin perder la calma en ningún instante, fue callando poco a poco los gritos, hasta cuajar un triunfo y cortar una oreja… No fue un triunfo fácil y por ello tuvo mayor mérito. Teniendo que vencer un ambiente molesto, luchando a la vez con los toros y con los enemigos emboscados. Luis Miguel hizo gala de una gran serenidad y fue labrando el triunfo paso a paso, conquistando el terreno palmo a palmo, hasta imponerse triunfador sobre las circunstancias difíciles y las opiniones adversas, sosteniéndose, a la postre, en el sitio señero de mandón de la fiesta… En cambio para Jorge Aguilar todo era propicio. Sus éxitos recientes le habían ganado el favor popular, muy justificado por cierto. Pero, sobre todo, su gesto hombruno de darle la pelea en el ruedo a Luis Miguel, en vez de rehuir la batalla y darla solamente a través de sus publicistas, lo traía de antemano aureolado de un prestigio varonil que además justificó bravíamente con el sexto de la tarde. Así, el “Ranchero” no tuvo que agazaparse tras las turbias calumnias de “Don Primicio”; ni menos necesitó pagar gritones que fueran a zaherir a un compañero. Le bastó con dar la pelea franca y abierta, con auténtica nobleza, para unir su triunfo al de “Dominguín”, cortar orejas y salir en hombros de los aficionados… Dos orejas para Aguilar. No nos gustó Jorge con su primero. Se atrabancó, se atropelló, anduvo sin plan por toda la plaza, derrochando agallas, pero sin acoplarse con “Bandolero”, viéndose en apuros hasta para pasaportarlo con la tizona… Pero a “Náufrago”, el sexto, le cuajó una faena pletórica de emotividad, de las que llegan hondo a las masas, tanto por el valor que derrochó como por las excelsitudes que alcanzó en instantes de buen toreo… “Náufrago”, que fue el único toro bravo del encierro y que pesaba además quinientos cuarenta y ocho kilogramos y traía pujanza y fiereza, ayudó a hacer más impresionante la labor de Aguilar. Desde los muletazos iniciales, por alto, en que la fiera embestía arrolladora y el “Ranchero” se paraba inmóvil, la nota dramática se posesionó de los espectadores. Poco después de aquél preámbulo estoico, Aguilar encendió más aún los entusiasmos al correr la mano en los derechazos de angustioso corte, pero mandando sobre la fiera. Igualmente en sus naturales, el moreno se recreó, saboreó lo que hacía, logrando que en ningún momento se perdiera el ángulo dramático y emotivo que culminaría cuando se echaba al toro por delante en el garbo de los forzados de pecho. Con el ruedo lleno de sombreros y con la muchedumbre enloquecida, desorbitada por el angustioso toreo del mexicano, ya lo de menos fue que Jorge pinchara y que enseguida rematara su labor con un espadazo caído. El tan solo quería que se muriera el toro, para izar en hombros al ídolo popular de la presente temporada. Y tras de concederle las orejas, en volandas se lo llevaron, triunfador, culminando así otra actuación relevante de este muchacho que está en su momento y está sabiendo aprovecharlo…
La última tarde de Juan Espinosa Armillita

Juan Espinosa Armillita
(Foto: Luis Reynoso)
La fiesta es de triunfo y tragedia y en esta tarde no pudo apartarse de los triunfos relatados antes, la tragedia de uno de los más grandes toreros de plata que hayan pisado un ruedo en lo que un día fuera el planeta de los toros. Me refiero a Juan Espinosa Armillita, personaje del que ya me he ocupado en otro espacio de esta misma Aldea, quien esa tarde salía en la cuadrilla de Luis Miguel Dominguín.

Juan Espinosa Saucedo se había retirado de los ruedos el 3 de abril de 1949 junto con su hermano Fermín y volvió a los ruedos esa temporada para auxiliar a los hermanos Pepe y Luis Miguel Dominguín en su primera campaña americana, en reconocimiento a la amistad que unía a las familias de ambos toreros. 

El segundo toro de la tarde, llamado Cañí, le prendió al colocar el primer par de banderillas, al parecer sin consecuencias, pero el torero se dolió del golpe y pasó a la enfermería en donde se le encontró una cornada de grandes proporciones. El parte médico rendido fue el siguiente:
Herida con orificio de entrada de cuatro centímetros, penetrante de vientre y tórax por donde hace hernia el epiplón mayor en la base del hemitórax izquierdo, cara lateral a la altura del décimo espacio intercostal. Interesó partes blandas, fondo del saco pleural, peritoneo y fosa renal izquierda, dejando al descubierto el riñón. El diestro sufre fuerte estado de shock y la herida es de las que ponen en peligro la vida.
Juan Espinosa Armillita se recuperó del percance y vivió varios años más, pero esa fue la última tarde que salió a un ruedo vestido de luces.

domingo, 2 de septiembre de 2012

5 de septiembre de 1948: Rafael Rodríguez se presenta en la Plaza México


Rafael Rodríguez y Dr. Alfonso Gaona
Plaza México, 1948 (Foto: Carlos González)
La decimotercera novillada de la temporada del 48 llevaba como ingredientes de interés la repetición del torero de Guadalajara, Manuel Capetillo, quien había impactado con su toreo de capa en su actuación anterior; la presentación en la temporada de un novillero de Aguascalientes que había hecho la transición del viejo Toreo de la Condesa hacia la plaza nueva y que se distinguió siempre por sus buenas maneras ante los toros: Valdemaro Ávila y el tercer elemento atractivo lo constituía el encierro de Pastejé que se lidiaría, que tenía seriedad y que se afirmaba, era una corrida de toros que no se había podido lidiar en la temporada grande anterior.

Completaba el cartel un joven, también de Aguascalientes que con brevedad había obtenido los méritos suficientes para debutar en la plaza de toros más grande del mundo, pues tras de recorrer la legua, el 18 de julio anterior, en la Plaza de San Marcos tiene un gran triunfo alternando con Tacho Campos y Juventino Mora y el 1º de agosto siguiente tendría otro notable éxito en San Luis Potosí alternando con el mismo Manuel Capetillo y Curro Ortega, para así llegar a lo que representaría la cita más importante de su vida. 

El doctor Alfonso Gaona, en ese tiempo empresario de la Plaza México, contó así a Carmelita Madrazo, para su obra Rafael Rodríguez ‘El Volcán de Aguascalientes’. Libro Testimonial,  la manera en la que llevó a su plaza a quien después sería universalmente conocido como El Volcán de Aguascalientes:

...Tengo un amigo desde la infancia a quien quiero mucho – el general Manuel de la Torre – y que hizo una carrera brillantísima dentro del Ejército estando en el Estado Mayor Presidencial... En uno de tantos viajes que Manuel hacía por los estados, le tocó ir a Aguascalientes y me dijo: Alfonsito, fíjate que durante mi ida a Aguascalientes se me acercó un chamaco, delgado, desarrapado, dado a la desgracia, que me pidió te hablara de él. Le pregunté si ya había toreado, y el chamaco me dio estas fotos borrosas y chiquititas   para que te las enseñara. Mira Alfonsito, me impactó su gran deseo de  ser torero. Y le veo ganas de querer ser figura. Es más, me dijo que lo van a poner en San Luis Potosí, así es que pienso ir a verlo... Como yo tenía plena confianza en lo que Manuel me decía, le dije que se lo trajera a México después de verlo en San Luis. Y así lo hizo... Todo mundo sabe lo que sucedió esa tarde de su presentación. Fue una temporada muy bonita porque primero presenté a Paco Ortiz, luego a Manuel Capetillo, luego Jesús Córdoba y  por último a Rafael... En un santiamén se hizo el ídolo de la afición... El muchachito, desde su primera novillada, demostró que estaba para la alternativa...

Por su parte, la manera en la que se dieron los hechos en San Luis Potosí, don Arturo Muñoz La Chicha, banderillero, que fue en la cuadrilla de Rafael Rodríguez esa tarde previa a su presentación en la Plaza México, los contó a la misma autora de esta guisa:

...Al llegar al sorteo, me encontré con Enrique Borja, papá del que luego fue famoso futbolista del mismo nombre y a don Manuel de la Torre, gran amigo del doctor Alfonso Gaona, el empresario de la Plaza México. Al verme Enrique, me dijo con su vocecita ladina: - ¡Quihubo Chicha! ¿Cómo te va? - Bien, y tú, ¿qué andas  haciendo por acá? - Me mandó el doctor para que vea al tal Rafaelillo. ¿Que se arrima mucho y es muy bueno? - Mira, si te digo que es bueno y no te gusta, vas a decir que no sé de toros. Así es que mejor hablamos después de la corrida.... Esa tarde ni Capetillo, ni Curro Ortega se vieron. Solamente Rafaelillo, que se convirtió en el señor Rafael... Estando en el vestíbulo del hotel Plaza, escuché cuando Enrique Borja le hablaba al doctor Gaona: - ¡Hombre, doctor! Rafaelillo está para que lo ponga mañana, no dentro de un mes... Al domingo siguiente, 5 de septiembre, Valdemaro Ávila, Manuel Capetillo y Rafael Rodríguez harían el paseíllo en la Plaza México, con toros de Pastejé...

La tarde del 5 de septiembre de 1948 fue entoldada, lluviosa y el festejo estuvo a punto de suspenderse. Refería Rafael Rodríguez que el ruedo estaba enfangado, por lo que se roció diesel sobre la arena y se le prendió fuego para intentar secar en algo el piso. Decía el torero que la llamarada fue fantasmagórica y una vez disipada la nube de humo y vapor, pudieron salir al ruedo. En una conferencia pronunciada el 28 de abril de 1991, el propio torero lo explicaba así:

Esa tarde parecía que todo se perdía. Densos nubarrones invadieron el cielo de la plaza más grande del mundo, el agua corría por el túnel. Hora y media después los monosabios pusieron el ruedo como ascua de oro. Surgió algo inusitado, que jamás había visto, ni he vuelto a ver. La plaza y el ruedo ardían. Llamas gigantescas en tonos multicolores en azul, verde y amarillo se elevaban y descendían. Apareció una enorme nube de humo que se disipó tan rápido como llegó y al fin pudimos torear…

Por su parte, Valdemaro Ávila, el primer espada del festejo contó a Carmelita Madrazo esto:

...Ese 5 de septiembre de 1948, llovió a cántaros. A la hora en que debíamos hacer el paseíllo, el agua no paraba. El ruedo estaba imposible para torear. Por más aserrín que le ponían, corría junto con el agua. Estuvimos esperando hasta las 5.30 para ver si cedía la tormenta, o de plano se suspendía... Como yo era el primer espada, en mí recaía la responsabilidad. Don Difi me ordenaba que suspendiera la corrida, pero el empresario Alfonso Gaona me insistía que saliéramos porque la empresa perdía dinero. Me sentí sumamente presionado... Bien sabía que las condiciones del ruedo eran pésimas, pero en esos momentos recordé lo que me había pasado en la temporada en que Tono Algara me vetó por no torear, y sinceramente pensé que Gaona iba a hacer lo mismo. Así es que accedí contra la voluntad de Don Difi…

Por su parte, Guillermo Salas Alonso, periodista del diario El Universal de la Ciudad de México recuerda los hechos de esta manera:

…5 de septiembre de 1948. A “Rafaelillo”, a quien también se le conocía como “El Canteado”, no le parecía normal el retraso. Su reloj indicaba que el festejo, su presentación como novillero, debió haber iniciado hace ya varios minutos... Cierto. El inicio de la sesión ha sido demorado... Quisquilloso, el juez de plaza en turno, Lázaro Martínez Gómez del Campo, baja al redondel para verificar las condiciones, pues una lluvia, ligera pero pertinaz, ha caído en horas previas. Y el paseíllo no empieza. El retraso suma ya casi una hora. Entonces, al verlo de cerca y suponer que el ruedo no funcionaría, el chaval de Aguascalientes se suelta a llorar e implora al juez dé luz verde al festejo... Mira fijamente a Lázaro Martínez. Suplica: “No vaya a suspenderla, por favor. No haga eso; es mi oportunidad, no la haga añicos...”. El juez dio su aprobación y se realizó la presentación triunfal, inolvidable...

Rafael RodríguezDr. Alfonso GaonaJuan Espinosa
Armillita. Plaza México 5/09/1948 (Foto: Carlos González)

Al final de la tarde, Rafael Rodríguez salió en hombros de los entusiasmados aficionados, con las orejas y el rabo de Panadero y la oreja de Gitano, como resultado de la más espectacular presentación de un novillero en esa plaza. La crónica de agencia publicada en el diario El Siglo de Torreón es la siguiente:

El debutante Rafael Rodríguez fue el triunfador de la corrida de ayer
Valdemaro Ávila y Manuel Capetillo voluntariosos.
Capetillo logró palmas en el quinto.
Fue una corrida casi nocturna.
México D.F., septiembre 5. – Por hilo directo. – Terminando en las sombras de la noche la novillada de hoy, que por la intensa lluvia que estuvo cayendo se inició después de las 17:30 horas, fue un triunfo para el debutante Rafael Rodríguez, que cortó dos orejas y un rabo, saliendo en hombros... Sobresalió su labor en el tercero en el cual largó en quites cinco fregolinas de clase, rematando con media rebolera que se aplaudió estruendosamente. Con la muleta, varios derechazos y el de la firma, algunos por alto, uno de pecho. Más derechazos, por alto increíbles cayendo sombreros al ruedo, siguiendo con manoletinas ajustadísimas, rematando de una sola estocada hasta la bola. Cortó oreja y rabo y dio la vuelta al ruedo... En el sexto, ya de noche, Rafael hizo quites por chicuelinas. Al banderillear fue zarandeado aparatosamente, sin consecuencias, clavando un par superior. En los medios da varios pases por alto de pitón a pitón, adornándose agarrando un cuerno y dominando completamente al toro, matando de una entera sin puntilla. Cortó otra oreja y salió en hombros… Valdemaro Ávila y Manuel Capetillo resultaron opacados por las faenas de Rodríguez, pero estuvieron voluntariosos, aunque poco afortunados debido a que no se pudieron acomodar con el ganado. Capetillo logró algunas palmas en el quinto a la hora de matar por la forma de hacerlo, pero sin nada notable en el trasteo.

Rafael Rodríguez terminaría su paso por esa temporada novilleril cortando cinco rabos e integrando, junto con Jesús Córdoba y Manuel Capetillo aquella terna que pasó a la historia con el sobrenombre de Los Tres Mosqueteros y al final del tiempo, sería el torero que más rabos ha cortado en la Plaza México, pues ya en su etapa de matador de toros, cortó otros seis, para sumar once, cifra que a la fecha no ha sido alcanzada por diestro alguno.

domingo, 5 de agosto de 2012

1979: Manolo Martínez torea su corrida mil en la Plaza México

Algunos prolegómenos

Programa de mano de la corrida 1000
Hoy se cumplen treinta y tres años de que Manolo Martínez lidiara en solitario seis toros de distintas ganaderías y de esa manera celebrar su llegada a las mil corridas toreadas. Hace unos días conversaba con el amigo y abogado Jesús Zavala Pérez – Moreno, quien por razones familiares tenía cercanía tanto con el torero como con el abogado Luis Ruiz Quiroz, quien durante muchos años llevó un recuento estadístico de lo que sucedía en las plazas de México y en particular, de las actuaciones de los principales diestros mexicanos en todas las plazas en las que actuaban y me contaba que cuando se acercaba el torero de Monterrey a la meta que es objeto de este comentario, en alguna reunión el nombrado don Luis Ruiz Quiroz se lo señaló a don Pepe Chafik, a la sazón apoderado del torero, quien no tenía noción de la marca que Martínez estaba por alcanzar y de que, cuando menos en materia de datos fiables, era el primer torero mexicano en alcanzar esa cifra de corridas toreadas.

Conforme fue avanzando la temporada de ese año 1979 y advertida la administración del torero de la realización por alcanzar, su administración preparó las cosas de tal manera que la fecha del milenario llegara el día 5 de agosto. La víspera, Manolo Martínez mató seis toros – Jesús Cabrera, Tresguerras, Xajay, Begoña, Torrecilla y San Antonio de Triana – en la Plaza Monumental Monterrey y les cortó 5 orejas y dio una vuelta al ruedo y para el día de la gran cita se prepararon en los corrales de la Plaza México toros de San Mateo; Tequisquiapan; San Martín; San Miguel de Mimiahuápam; Reyes Huerta y Los Martínez, vacada que se presentaba en la plaza de toros más grande del mundo.

El festejo y su ambiente

La corrida se dio en un lapso que medió en una temporada de novilladas que había sido interrumpida a causa de una disputa entre la empresa de la Plaza México – dirigida por el Dr. Alfonso Gaona – y la Unión Mexicana de Picadores y Banderilleros, que solicitaban un incremento a sus emolumentos en los festejos novilleriles, pero por otra parte, los novilleros y su Asociación sindical, se oponían a éste. Al final de cuentas, por allá por septiembre, los festejos menores se reanudarían con un arreglo satisfactorio para todos, en apariencia.

La recopilación de Alfonso López
Pude asistir a ese festejo, que fuera de la época climática ordinaria para las corridas de toros, se desarrolló entre lluvia y paraguas. No obstante, la Plaza México se llenó hasta el reloj y el ambiente en la plaza fue magnífico, aunque al final del festejo se agriara, dado que no se produjo el gran triunfo que se espera de una corrida como esa, porque si bien en ella no faltaron los detalles de buen toreo, la única faena que se puede considerar redonda se produjo en el tercero de la tarde y en el resto, los reiterados fallos a espadas emborronaron cualquier lucimiento anterior.

El tercer toro de la tarde se llamó Juan Polainas y la manera en la que Luis Soleares – pseudónimo utilizado inicialmente por Carlos Loret de Mola Mediz y posteriormente su hijo Rafael – vio la faena de Manolo Martínez a ese toro berrendo de San Martín, en crónica de agencia publicada por el diario El Informador de Guadalajara, fue la siguiente:

SAN MARTÍN: Era de esperarse que José Chafik, el apoderado del matador y dueño de San Martín, le mandase lo mejor que tenía. Un bicho con historia genética para semental y precioso: berrendo en negro, botinero, calcetero y bien armado, con cuatrocientos noventa y cuatro kilos de peso, llamado “Juan Polainas”. 
Dos espontáneos, mandados por enemigos de Martínez, son detenidos a tiempo y todavía intenta lanzarse, sin lograrlo, uno más. ¡Qué feo es esto! 
El berrendo embiste más alegre que ninguno otro, y claro y fácil. Martínez le instrumenta unas verónicas muy lentas y bajas, exquisitas, y además cuidando del burel. La media es excelsa y el quite por chicuelinas exquisito, con remate que detiene el reloj. 
Juan Carlos Contreras lo prende en la vara de la tarde – quizá del año – y escucha una ovación que le acompaña cuando sale al ruedo. Una de esas puyas de otra época, echando el caballo hacia adelante y clavando desde lejos en el hoyo de las agujas, para resistir la embestida con la fuerza del brazo, y castigar con rudeza pero donde se debe. Queda el toro, con este único pero suficiente castigo, como seda. Cumple en banderillas. 
Tres ayudados por alto abren la faena. Estatuarios. Inmediatamente liga seis derechazos de primor y martinete en un palmo. Cinco naturales impecables y pase de pecho. Otros tantos derechazos y desdén. Y un pase de pecho. Cada vez con más belleza, trincherazo y serie de derechazos y pase de pecho. Naturales exquisitos y pase de pecho. Naturales exquisitos y desdén. La plaza se viene abajo. Se perfila y coloca su mejor estocada de la tarde, completa, bien ejecutada y en el hoyo de las agujas. En el momento en que el berrendo se desploma espectacularmente en los medios, el aguacero tapa con sombrillas los pañuelos y no estalla el escándalo del triunfo. Hay una oreja. Merecía dos. Vuelta al ruedo y salida a los medios con interminable ovación. El aguacero, respetuoso, se retira…
Manolo Martínez cortaría también la oreja a Milenario, cuarto de la tarde, de San Miguel de Mimiahuápam y la tarde parecía remontar, pero los toros quinto y sexto no le dieron mucho margen para lucirse y para mayor complicación, se eternizó con la espada con el último de la tarde, lo que motivó que ésta terminara casi barruntando una bronca.

Una semana después del festejo, Alfonso López, cronista titular del diario Excélsior de la Ciudad de México, en un suplemento gráfico de ese diario, hacía la siguiente recapitulación de lo sucedido en la corrida:

Todo el arte de Manolo se desdibujó con el estoque; lluvia de cojines 
Para celebrar su corrida número 1,000, Manuel Martínez Ancira, oriundo de Monterrey, Nuevo León, se encerró el domingo 5 de agosto en la Plaza México, con: Pajarito, de San Mateo; Juan y Medio, criado en Tequisquiapan; Juan Polainas, precioso berrendo en negro que llevara la divisa de San Martín; Milenario, de San Miguel de Mimiahuápam; Milagro, herrado por Reyes Huerta y Canta Claro de la ganadería de Los Martínez, todos ellos, toros, toros. 
El regiomontano, recibido con un entradón y obligado a ir hasta los medios para agradecer los aplausos, salió al tercio en su primero, al igual que en el segundo; cortó sendas orejas a tercero y cuarto; tuvo silencio después del quinto, y luego soportó gran cojiniza iniciada antes de doblar el sexto, del cual el juez Pérez y Fuentes le perdonó un aviso y quizás dos. 
Los trofeos no fueron más en los cuatro toros iniciales porque en todos pinchó a la primera vez, pero el recital que diera con capote y muleta, sin olvidar la extraordinaria estocada a Juan Polainas, ahí quedó para la antología de lo verdaderamente artístico en la más bella de las fiestas bellas. 
Desgraciadamente, con quinto y sexto toros, las notas del concierto dejaron de ser tan brillantes como al principio y, por lo fatal que estuvo con la espada en el último, la celebración no terminó como él y sus admiradores hubieran querido. 
De todas maneras, Manolo es el primer torero mexicanos que (según las estadísticas de Luis Ruiz Quiroz) llega a 1,000 “corridas, sí” (como el propio espada lo dijo en el patio de cuadrillas) “porque no todas pueden ser en la Plaza México”. 
Además, como hasta sus enemigos debieron notarlo el domingo pasado, Manolo llegó a esta etapa de su vida torera destilando arte, y del bueno...
El mismo Luis Soleares advierte sus fallos con el acero e intenta explicarlos y justificarlos de la siguiente manera:

…Falló, salvo en dos toros, a la hora de consumar la suerte suprema, sobre la cual ha adquirido un gran dominio en los últimos tiempos, Una peligrosa inhibición le saltó anoche en Monterrey – corrida número novecientos noventa y nueve –, y esta tarde en la milésima, y se tradujo en los indecisos pinchazos que le afearon la brillantez de su triunfo. ¿Mala suerte?, permítaseme no creer en ella. Manolo ha estado mal en su última suerte porque le ha faltado ese instante de decisión plena, ese arrogante encuentro final cuando se ponen a disposición de los cuernos – sin verlos –, los vasos más importantes que corren en la cara externa del muslo izquierdo, tercio superior, y el segundo, bravo, seco y peligrosísimo burel – al que había trazado una lidia imperial, de gran mérito –, le arrojó en el momento de la estocada y estuvo a punto de matarlo. Le pescó en el viaje y le hizo alejarse más de la seguridad precisa a la hora de la verdad. Recuperará Martínez, con su profesionalismo y su carácter el tranquillo seguro a la hora de la verdad. Tal vez gracias a esta frustración dentro del cuadro de su carrera triunfal, se haya quedado en los ruedos. De haber redondeado una tarde de gloria plena hoy, se habría cortado súbitamente la coleta. Algo de esto se temía. Sí, se temía, pues el regiomontano tiene que triunfar en España, plena y largamente, un año tan solo por lo menos, antes de hablar de Las Golondrinas. Está en plenitud…

Mi entrada
La historia nos revela que las cosas no fueron como lo planteara en su día Loret de Mola, sino de un modo bien distinto. Manolo Martínez mantendría hasta el final de su carrera su característica de estoqueador irregular; ya no volvería a España a torear y después de esa corrida, todavía le quedarían otras 344 en el cuerpo.

Esas 344 corridas se dividirían en dos etapas, una primera, que llegaría hasta el día 30 de mayo de 1982 – fecha de su anunciada despedida en la Plaza México – y que constaría de 233 festejos y la última que iría del 28 de marzo de 1987 al 9 de marzo de 1990 – fecha de su última actuación vestido de luces, también en la Plaza México – y que completaría los 111 restantes, pero eso sí, con el mando de la fiesta en México, hasta el último día.

Espero que esta remembranza, no obstante su extensión, haya resultado de su interés.

domingo, 10 de julio de 2011

Torería (I)

11 de enero de 1981, Plaza México, tarde de la confirmación de alternativa de Pepe Luis Vargas

Esta es una de las corridas de las que tengo recuerdos muy claros. Fue la inauguración de la temporada 1981, en la que el Dr. Alfonso Gaona celebraba sus 40 años como empresario, la ganadería de Piedras Negras reaparecía en la gran plaza después de 11 años justos de ausencia, tras de resolver en alguna medida los problemas derivados de una reforma agraria mal encauzada y de la falta de fuerza que mostraron sus toros en las últimas tardes que fueron a ese ruedo y Curro Rivera realizaba lo que se dio en llamar por esos días una gesta, intentando remontar un bache que su trayectoria guardaba ante la afición de la capital mexicana desde la temporada anterior.

La última corrida que Piedras Negras había lidiado en la Plaza México antes de la que ahora les comento, fue la del 11 de enero de 1970, para Ángel Teruel y Curro Rivera, mano a mano. Esa tarde solamente Curro Rivera le cortó una oreja a Zalamero, segundo de la tarde y después de ello los toros de don Raúl González y González no volvieron a la llamada primera plaza de América, sino hasta el día que es motivo de este comentario.

El cartel de toreros era completado por el que es quizás el torero mexicano más poderoso de la segunda mitad del Siglo XX, Mariano Ramos, que cerca de cumplir una década como matador de toros, estaba a punto de llegar a la cúspide de su andar por los ruedos y un joven torero de Écija, que venía precedido de los mejores augurios y que con el andar del tiempo, terminaría ignorado por las empresas y además, como remate la fatalidad se cruzaría en su camino: Pepe Luis Vargas.

El encierro de Piedras Negras fue justo en su presencia, pero ajustado al tipo de la ganadería. Algunos de los toros acusaron todavía cierta propensión a perder las manos, pero en el conjunto, la corrida mostró el comportamiento del toro bravo, del que tiene mucho para toreársele y que cuando el torero se pone en el terreno y la distancia adecuados, puede hacerle cosas, puede torearle, no solamente dejarle pasar, citándole con la muleta retrasada y esperando que el bobalicón prácticamente siga una trayectoria preconcebida.

Pepe Luis Vargas confirmó con el toro Estanciero, del que aún recuerdo el quite por las afueras que le realizó en el primer tercio, su limpísimo toreo al natural y la manera tan pura y efectiva con la que ejecutó la suerte de matar, en la que el toro vendió cara su muerte. Voy a recurrir a la crónica aparecida en el diario El Informador de Guadalajara, pues no conservo notas propias de la corrida y la memoria elude el detalle. La relación invocada, refiere así su actuación con ese toro, del que obtuvo la oreja, la primera de la temporada:

Curro cede la muerte del primero al sevillano José Luis Vargas, un jovencillo con hechuras que se granjea simpatías con el capotillo al recibir a “Estanciero”. Tiene ideas el chaval, pisa bien en el ruedo y no le faltan cadencia ni valor. Entre sus muletazos al primero, sobresalen cuatro naturales sabrosos. No hay mucho paño de donde cortar, y el burel mete peligrosamente el pitón derecho. Se perfila clásicamente José Luis y mete el estoque en el hoyo de las agujas. Una gran estocada, de efectos escenográficos bien aprovechados por el joven misacantano. La borla es para un auténtico matador de toros; un señor de la suerte suprema. Merecida oreja, vuelta al ruedo.

Sobre el quite por las afueras, Nelson Arreaza escribe lo siguiente:

“El Quite por las Afueras” fue el tercer quite creado por el maestro tapatío Pepe Ortiz. Fue ejecutado por primera vez el 27 de enero de 1929 al toro “Duquesito”, de “La Laguna” en la plaza “El Toreo”, de La Condesa de la capital mexicana. Se ejecuta caminando, dándole el perfil al toro y pasándoselo por la espalda. Antiguamente, como su nombre lo indica, se daba al “quitar” al toro del caballo, y se realizaba de los tercios a los medios, es decir, “de dentro hacia fuera”, pero ahora es más común verlo realizar de los medios hacia los tercios para “poner” en suerte al toro. Algo muy importante: en esta suerte no se gira, sino siempre el torero camina hacia delante, alternando la salida del toro por la espalda. Algunos cronistas llaman a este lance “chicuelinas andantes” o chicuelinas al paso”, expresiones no acertadas, pero que resulta lo bastante gráfica para entender esta suerte, pues se le asemeja mucho.

Mariano Ramos por su parte, cortó la oreja de Don Fulano, tercero de la tarde, tras una faena en la que se tuvo que imponer al toro, primero dominándolo y después procurando el lucimiento. El relato del cronista anónimo de la agencia AEE es de la siguiente guisa:

Parece faltarle una vara a "Don Fulano". La muleta marianesca la sustituiría con el aliño de una lidia caminándole hacia los medios, imperativo y seco. Luego alterna las series de derechazos mandones, enérgicos, fuertes y lentos, con algunos naturales de corte clásico. La faena tiene cohesión y liga, arquitectura; y dos ayudados por abajo, tres pases de pitón a pitón, abaniqueo y el desplante severo y audaz del teléfono. Buena serie sin interrupción ni enmienda. Pincha levemente y clava el estoque fulminando. Ovación y oreja, con vuelta.

Y Curro Rivera. El hijo de Fermín el de San Luis había salido con malas cuentas con la afición de la Ciudad de México la temporada anterior, así que volvía a tratar de recuperar el sitio que le correspondía, imprimiendo un aire distinto a su toreo, dejando atrás ese aire que en sus inicios supuso una renovación a algunas formas, para presentar una imagen más propia del asentamiento que genera la madurez en los toreros. 

Él mismo, obtuvo uno de sus más grandes triunfos en la Plaza México con un piedrenegrino, fue el 20 de abril de 1969, en la corrida del Estoque de Oro, cuando le cortó el rabo a Soy de Seda de la emblemática divisa roja y negra y en esta oportunidad intentaba rehacerse ante toros de la misma ganadería.

El primero de su lote fue nombrado por don Raúl González precisamente Soy de Seda, pero en esta ocasión le sucedió lo que a todas las segundas partes y el torero nunca se confió, por lo que fue abroncado. El resarcimiento vino con Rondinero, segundo de su lote, refiriendo el cronista lo siguiente:

Con el cuarto, “Rondinero”, se saca la espina. No obstante las frecuentes caídas, el burel tiene embestida suave, y Curro logra, en terreno de toriles, varias series de derechazos sedeños, interminables y majestuosos. La faena de Rivera, hoy, apunta al inicio de un nuevo período en su carrera. Ha cambiado el chaval de ayer. Está maduro, con calidad nueva, y da a sus pases en redondo una suavidad silveriana, con un corte recogido y recoleto. Más cerca, más puro, más entregado con el capote y con la muleta, Curro es otro. Mata con certera estocada de efectos inmediatos, y con la oreja en la mano diestra recorre el anillo...

La Plaza México se llenó para ver a los toros de Piedras Negras y los toreros ante ellos exhibieron un valor que hoy en día es bien escaso en los ruedos: la torería. No se concretaron a esperar al toro de entra y sal, sino que adaptándose a sus condiciones y aprovechando sus particulares circunstancias, les realizaron las faenas que cada uno pedía y sin aspavientos o gesticulaciones inútiles, los toreros en lo suyo. Por ello los que llenamos la plaza salimos satisfechos y convencidos de que Curro Rivera, Mariano Ramos y Pepe Luis Vargas se comportaron en el ruedo con una especial torería, lo que hizo que esa tarde, la del 11 de enero de 1981, fuera diferente y digna de ser recordada por mucho tiempo.

Por eso es que, sin ser la efeméride del día, traigo al recuerdo esta corrida, porque puede ser que haya visto tardes en las que se hayan cortado más apéndices o en las que hayan sucedido hechos que destaquen más en los libros de historia por alguna razón, pero en mi opinión, la torería desplegada ese día, en el ejercicio de tres tauromaquias distintas le concede a mi parecer, un lugar distinto a esta y por eso tengo el gusto de recordárselas.
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