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domingo, 7 de julio de 2013

Relecturas de Verano IV: Ignacio Sánchez Mejías. Sobre Tauromaquia

Uno de los argumentos más manidos de los que se oponen a la Fiesta de los Toros consiste en intentar negar el valor cultural que tiene. No hay espacio para la duda en cuanto al hecho de que en torno a las cosas de los toros, muchas y muy variadas expresiones culturales se han tejido. Pero aún crece esa vertiente cultural cuando los propios actores de la Fiesta son quienes aportan a esas manifestaciones su visión desde dentro.

Las expresiones literarias de Ignacio Sánchez Mejías parecen hacerse públicas poco tiempo después de su primera retirada de los ruedos en 1922. Aunque solo un año dejará los redondeles, para actuar sin interrupciones hasta 1927, año en el que se mete de lleno, ahora sí, a las cuestiones literarias. Paco Aguado  refiere así esta dedicación a la literatura y la conjunción de Ignacio con la Generación del 27:

Sánchez Mejías fue un humanista, un hombre que mezcló en una sola persona acción y pensamiento y al que la gran Literatura le debe la iniciativa de convocar, congregar y aglutinar a los entonces incomprendidos e inadaptados poetas de la que llamarían Generación del 27. Si Belmonte se puso a la sombra de los consagrados, Ignacio apostó por los malditos en aquella reunión en el Ateneo de Sevilla y la posterior fiesta en su finca de Pino Montano. Su amigo Federico, a quien salvó de la depresión de poeta en Nueva York, se lo pagó con creces escribiendo el epitafio más hermoso que nunca pudo tener un torero. Fue aquel llanto por una muerte que le tenía obsesionado desde la tragedia de Talavera y que los gitanos, como la de Joselito o la de Granero, hacía tiempo que venían oliendo. Porque, volviendo de nuevo a Luján, durante veinte años, se salvó de ella emborrachándola con su propia sangre a cada cornada feroz que recibía, y siempre se libró por milagro...

Entre los incomprendidos a los que se refiere Paco Aguado, se encontraban Rafael Alberti, José Bergamín, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda y Federico García Lorca y a partir de ellos, organiza en Sevilla las conmemoraciones del tercer centenario de la muerte de Góngora, las que tienen lugar el 11 de diciembre de 1927. Después, preparará Las Calles de Cádiz, para reivindicar la pureza y la autenticidad del flamenco y del cante jondo. Las Calles de Cádiz se presentó en el Teatro Español de Madrid el 14 de octubre de 1933 y en él participarán Encarnación López La Argentinita y los bailaores gaditanos Rafael Ortega, La Macarrona, La Malena y La Fernanda, ésta última compañera de cartel de La Gabriela y de La Mejorana en el café sevillano del Burrero.

Es también en 1929 cuando pronuncia su célebre conferencia en la Universidad de Columbia en Nueva York y cuando comienza a publicar artículos de opinión en El Heraldo de Madrid, sobre cosas de toros, pero también, abordando temas complicados como los relativos a la censura a la que oficialmente estaba sujeta la prensa de su época.

Posteriormente abordará también la crítica y la crónica taurinas en el diario sevillano La Unión, en el que contaba a la afición su punto de vista sobre las corridas que toreaba en esos días, llegando incluso a cuestionar con profundidad y calidad de argumentos, la actuación de quienes presidían las corridas en las que él actuaba, mismas que por lo regular eran el objeto de sus narraciones.

Sánchez Mejías, el escritor

El profesor de la Universidad de Sevilla, Juan Carlos Gil González, novillero en su día – Carlos de la Serena fue su alias artístico – es quien estudia a detalle los escritos periodísticos de Sánchez Mejías y hace una interesantísima selección de ellos, de manera tal que pueden cubrir las distintas temáticas que el torero abordaba en esas comunicaciones. Sobre ellas señala el profesor Gil:

…se observa con meridiana claridad su tozuda defensa de la libertad y la fecundidad aplastante de sus reflexiones sociopolíticas. Y algo más, suficientemente inusual como para ser recordado tras el paso de su historia: la decencia de su postura inalterable ante las dictaduras de la pluma periodística al servicio de intereses espurios era una actitud vital. Que se sepa, Ignacio Sánchez Mejías jamás coqueteó con los filibusteros del periodismo para ganarse su favor con fraude de ley. Al contrario, pudo exhibir sin complejos una decencia poco usual en su gremio, muy dado a dejar en manos de terceros sin escrúpulos la fontanería de los bajos fondos. Su aventura de intentar combatir de frente los hechos injustos no mordió su prestigió taurino aunque sí le generó un sinfín de enemistades…

La recta personalidad de Ignacio Sánchez Mejías se mantuvo inalterada aún en los medios literario y periodístico. Igual se condujo delante de los toros, que en los despachos de los empresarios – recuérdese el veto al que fue sometido en 1925 –, como ante los círculos gobernantes del llamado cuarto poder y quizás fuera por ello, que luchara contra esa censura existente de manera oficial en los días en los que publicaba sus pensamientos en los diarios españoles.

El libro

Juan Carlos Gil González reúne en la obra una interesante variedad de textos y prepara el terreno al lector con un minucioso estudio previo. Se incluyen en él dos conferencias. La primera seguramente es – por su temática – la que pronunció en la Universidad de Columbia y hay una segunda dedicada al análisis de los encastes del toro de lidia. Particularmente destacaré un tríptico dedicado a lo que hoy llamamos la defensa de la fiesta, en el que de manera inteligente y por demás amena, aborda el caso de las llamadas sociedades protectoras de animales, mismas que he transcrito en esta misma bitácora y que pueden consultar en estas tres ubicaciones: 1, 2 3.

La publicación de Sobre Tauromaquia, es una especie de continuación del rescate de la obra del torero – literato, dado que unos meses antes, la propia Editorial Berenice sacó a la luz una novela inédita de Sánchez Mejías titulada La Amargura del Triunfo, obra acerca de la que Andrés Amorós considera lo siguiente:

…un retrato prototípico del ascenso y desengaño de un torero, con claves y un trasfondo muy originales debido a las manos, de sobra autorizadas, de las que procede… un verdadero hallazgo literario, por tratarse de un personaje tan importante en la literatura y la cultura española…

La colección recopilada y analizada por el profesor Juan Carlos Gil se formó con materiales procedentes del archivo de la familia del torero y con una concienzuda revisión hemerotecas y se centra principalmente en el ambiente de la fiesta, el campo y – como lo señalaba antes – en la defensa de la Fiesta de los toros. Algunos de los textos seleccionados por el profesor Gil eran inéditos y otros muchos resultaban desconocidos, por estar en las profundidades de las hemerotecas.

Más como en relecturas anteriores, detengo aquí la explicación sobre el contenido de la obra, con la idea de invitarles a su lectura, a descubrir en sus páginas el rigor y la inteligencia con la que Ignacio Sánchez Mejías trataba – sobre todo – los temas de esta Fiesta. Agrego mi acostumbrada coletilla, en el sentido de que no me parece justo el descubrir el total de la obra, pues eso creo que va en detrimento de la posibilidad de que sea leída, lo que contraría la intención de todo autor. 

Sobre Tauromaquia se presentó en Sevilla el 15 de diciembre de 2010 y fue comentado por Antonio García Barbeito, Juan Carlos Gil González y David González Romero.

Referencia Bibliográfica: Sobre Tauromaquia. Obra periodística, conferencias y entrevistas. – Ignacio Sánchez MejíasJuan Carlos Gil González (selección de textos, edición y estudio previo). – Editorial Berenice. – 1ª edición, Sevilla, 2010, 232 páginas, con ilustraciones en blanco y negro. – ISBN 978 – 84 – 92417 – 48 – 3. 

Nota aclaratoria: Esta imagen, que sirve para ilustrar la portada del libro fue tomada en México. Precisamente en la ganadería de La Punta, en donde los hermanos Francisco y José C. Madrazo y García Granados implantaron la moda de practicar el acoso y derribo con un automóvil. La escena resulta interesante, porque todo el atavío andaluz quedó desechado para su práctica en esa forma y si no, obsérvese el sarakoff que adorna la cabeza de Ignacio Sánchez Mejías en la escena campera.

domingo, 18 de septiembre de 2011

10 de agosto de 1924: Se presenta la ganadería de La Punta en El Toreo de La Condesa

Cartel anunciador aparecido en
El Universal Taurino

Aunque la Hacienda de La Punta ya había visto su nombre anunciado en carteles taurinos desde el año de 1902, según el decir de don Francisco Madrazo Solórzano, es propiamente hasta el año de 1918 cuando toma forma su andadura en la crianza del ganado de lidia, al adquirir los hermanos Francisco y José C. Madrazo y García Granados una punta de vacas y su rastra, marcadas con el hierro de San Nicolás Peralta – descendientes mayoritariamente de toros del Duque de Veragua importados por don Ignacio de la Torre y Mier

Las vacas nicolaítas fueron cruzadas en la primavera siguiente con dos toros españoles procedentes de Parladé y Saltillo Pinchasapos, número 23, negro y Finezas, número 18, entrepelado, respectivamente – ambos cedidos por el torero sevillano Ignacio Sánchez Mejías a los señores de La Punta. La cruza no dio los resultados esperados, por lo que en ese mismo 1919 los hermanos Madrazo adquirieron de don Antonio y don Julián Llaguno 50 vacas y los toros números 3 y 6 de San Mateo para reiniciar su andadura ganadera con esa simiente zacatecana.

Para su presentación en la principal plaza de la Capital de la República, se señaló el día 10 de agosto de 1924, en un festejo mixto a beneficio de la candidatura de la señorita Eva Platt, candidata de los trabajadores ferrocarrileros para ser Embajadora de la Simpatía. Los diestros actuantes serían el matador de toros Manuel Navarro y los novilleros Porfirio Magaña y Juan Espinosa Armillita. Los ganados a lidiarse serían de los primeros productos de la simiente de San Mateo.

La crónica del festejo

La crónica de Rafael Solana, Verduguillo, aparecida en el número 146 de El Universal Taurino, correspondiente al 12 de agosto de 1924, en el análisis correspondiente al encierro lidiado, refiere lo siguiente:


Los toros de “La Punta”

Los señores Madrazo enviaron para esta, su primera corrida, seis toros de corta edad (ninguno de ellos pasaba de los tres años y medio), de magnífica presentación. Hubo dos, algo defectuosos de los pitacos, pero los otros cuatro, ni pintados habrían sido más bonitos.
Hubo también entre la corrida punteña sus diferencias en lo que respecta a pelos: dos fueron negros mulatos, uno fue castaño claro y los otros tres, cárdenos claros, la pinta clásica del toro bravo.
En general los toros punteños fueron bravos y codiciosos. Hubo alguno que saliera abanto y otro, el tercero, que se llegó a asustar de los primeros capotazos. Pero éstos, poco a poco fueron creciéndose, y cuando sintieron el castigo, empujaron fuerte y derribaron a los picadores con estrépito.
De todos los corridos hoy fueron los más bravos el primero, el tercero y el sexto. El cuarto tuvo mucho de lo que hoy se llama temperamento, pero, de no haberle dado la lidia infernal que le dieron, habría lucido muchísimo más y se habría prestado para que Magaña (en sustitución de Armillita) hiciera una artística faena,
El triunfo ha sido completo para los señores Madrazo, que deben estar orgullosos de que, de los seis ejemplares enviados a la plaza, cuatro hayan sido calurosamente ovacionados, y uno, el sexto, de nombre “Campanero”, cárdeno claro, bien puesto, marcado con el número 2, haya sido indultado.
Triunfo más rotundo que el de esta tarde hace tiempo que no lo obtiene ningún ganadero mexicano. Mi enhorabuena, señor Madrazo, y que siga la cosa por ese camino…

La afición congregada en El Toreo, que hizo una extraordinaria entrada, pidió la presencia de los ganaderos en el redondel, más éstos no salieron. Algunos lo consideraron una descortesía, otros, extrema modestia. Por ello, el propio Verduguillo se dio a la tarea de buscar la información pertinente y publicó, en el mismo número de El Universal Taurino la siguiente nota aclaratoria:


Por qué no salieron los señores Madrazo cuando el público los llamaba

Anoche estuvo en nuestra redacción el señor don Miguel Illanes Blanco, inteligente aficionado y representante de los señores Madrazo, propietarios de la ganadería de “La Punta”.
En medio de la charla sobre el resultado de la corrida, y los comentarios acerca del buen juego que dieron los punteños, preguntamos al señor Illanes por qué los señores Madrazo no habían salido al ruedo a recoger las calurosas ovaciones que se tributaron a sus cornúpetos.
El señor Illanes Blanco nos manifestó que los señores Madrazo no habían ocupado durante la corrida el palco que usualmente ocupan los ganaderos, sino que se fueron al tendido, donde se confundieron con los demás aficionados, para presenciar el juego que dieron sus toros. Es más, los señores Madrazo habían anunciado que no asistirían a la fiesta, y a última hora se resolvieron a asistir casi de incógnito.
Es este un rasgo de modestia de los escrupulosos ganaderos, que de ninguna manera deben considerar los aficionados como falta de atención, ya que los tantas veces citados señores Madrazo están agradecidísimos por la benevolencia con que el público los ha tratado.

El final de Campanero y el destino de La Punta

Reportaje gráfico aparecido en El Universal Taurino
Campanero al centro
Al poco tiempo del indulto de Campanero, se produjo un encontronazo – que resultaría ser definitivo – entre las fuertes personalidades de don Francisco Madrazo y don Antonio Llaguno. En ese momento, el señor de La Punta decidió deshacerse de todo el ganado de origen San Mateo que tenía en sus potreros y aconsejado por Juan Belmonte, se adquirieron 2 erales, 2 utreros y 12 vacas marcadas con el hierro de Gamero Cívico, de puro origen MurubeYbarraParladé para dar a la ganadería jalisciense la personalidad que terminó por convertirla en una de las casas fundacionales de la cabaña brava mexicana.

Sobre el final del Campanero, don Francisco Madrazo Solórzano escribió lo siguiente:

Al poco tiempo hubo un enorme distanciamiento entre don Antonio Llaguno y mi padre, por entonces grandes amigos. Cuestiones de ganadería brava que tiene tantas pasiones y que enciende pronto el carácter de los hombres metidos en este medio; al indultado lo mandó castrar mi padre, para dárselo al mediero Luis Pérez, quien lo amansó y unció a su yunta por unos años, ya que, en 1927 llegaron los cristeros y nos quemaron la casa y de paso, mataron al Campanero. Jamás hubo una reconciliación con don Antonio.

Hierro y divisa de La Punta
Muchos años después, Francisco Madrazo y Antonio Llaguno, los hijos de los fundadores de las casas de La Punta y San Mateo, superarían los obstáculos que no pudieron sortear los que les antecedieron, pero con un inconveniente, una reforma agraria mal encauzada y un cambio radical en la manera de llevar la fiesta, les había privado del señorío de ser ganaderos de bravo.

Esto lo debí haber publicado hace más de un mes, pero, aprovecho que estoy fuera de mi base por unos días, para no dejar desatendido esto y por eso diferí este recuerdo.

martes, 26 de abril de 2011

La Feria de San Marcos y su actual estructura a 40 años vista, X

26 de abril de 1971: Ante seis de La Punta en solitario, se despide El Volcán de Aguascalientes

Cuando en el mes de febrero de hace 40 años se anunció la celebración de la vertiente taurina de la Feria de San Marcos en la forma que ha sido objeto de los últimos comentarios en esta Aldea, la única festividad segura en ese momento, era la encerrona de Rafael Rodríguez, dentro de las proyectadas seis corridas de toros y dos novilladas que Guillermo González Muñoz ofrecería a la afición de Aguascalientes en un ciclo continuado.

En aquella oportunidad, se señalaba que la fecha de la celebración del festejo, sería el sábado 10 de mayo y ya se precisaba que el encierro sería de La Punta, de gran catadura. Días después, el torero declaraba a Everardo Brand Partida, de El Sol del Centro, lo siguiente:



Dos toros se matan cada ocho días... posiblemente diario, cuando el torero se encuentra en plenitud de facultades, en la cumbre de su carrera; pero matar seis toros, eso encierra ya una grave responsabilidad, puesto que ese diestro está obligado a salir airoso, con las orejas de sus enemigos, respaldando con ello la confianza del público que fue a verlo, exclusivamente a él, a la plaza”, nos decía con esa sencillez que le caracteriza, “El Volcán Hidrocálido”, Rafael Rodríguez. 

Sí, la responsabilidad de una “encerrona” es muy grande. Es precisamente cuando el torero comprueba el cartel que tiene ante tal o cual público, la entrada en la plaza lo reflejará, y se palpa el interés que la gente tiene por verlo, y eso aumenta considerablemente la tensión nerviosa del que se encuentra en el ruedo, vestido de luces y ante el toro, de ahí que el que se somete a esta prueba, debe hacerlo precisamente cuando tiene muchas facultades... o está debidamente preparado para hacerlo. 

Con lo anterior, Rafael Rodríguez hacía un preámbulo de la información que luego brotaría de sus labios, en torno a los planes que tiene ante la proximidad de la Feria Nacional de San Marcos, del 25 de abril, cuando se encerrará en el Coso San Marcos, con seis torazos de la ganadería de La Punta…

Hasta ese momento no se revelaba que en esa corrida se produciría la despedida de los ruedos de El Volcán de Aguascalientes, aunque era vox populi que en ese 1971 se daría ese hecho, pero sería Conchita Cintrón, unas semanas después, en su colaboración al diario El Informador de Guadalajara, donde las cosas quedaran en claro – la aportación fue recopilada posteriormente en su libro ¿Por qué vuelven los toreros? – y en lo que interesa dice:

...no tardaron en llegar Carlos Sánchez Llaguno, Manuel Vega, Fernando Topete, Víctor Rodríguez y Leoncio Jiménez. Entre ellos – todos vestidos de rigor – había representantes de cuatro asociaciones. Faltaba uno de los invitados: Rafael Rodríguez, matador de toros, que al rato dio la entrada en la sala repleta de trofeos y cuadros de Icaza. Llegó con María Teresa, su mujer. Fue recibido con demostraciones de afecto y consternación. ¿Cómo era posible que volviera a los toros? ¡Y para colmo, matando seis punteños! ¡Con toda la barba! El torero explicó tratarse apenas de “una despedida”... Vuelven por los aplausos – comentó Leoncio Jiménez –... Nada menos cierto – interpuse –... Rafael Rodríguez jaló una silla y se colocó a nuestro lado. Entonces – insistió Leoncio – ¿por qué vuelven? Miré al torero. Tienen hambre – dije – y tienen sed y no saben de qué. El torero me miró. Yo sí sé – dijo por fin. Tenía la soledad escrita en la mirada –. Tengo sed de toros negros... y tengo hambre de miedo...

Allí quedó revelado que la corrida del 26 de abril de 1971, con los seis toros de La Punta, sería en efecto la última que mataría Rafael Rodríguez vestido de luces – y efectivamente lo fue – a unos meses de cumplir 23 años de alternativa.

La corrida

Rafael Rodríguez brindando a los matarifes la tarde de su
despedida (Foto: Archivo Carlos Meza Gómez)
Rodolfo Gaona, Conchita Cintrón, Juan Silveti, Eduardo Solórzano, Pepe Alameda y otros muchos comparecieron a los tendidos de la Plaza de Toros San Marcos a atestiguar la despedida de El Volcán de Aguascalientes y a fe mía que lo vieron hacerlo con una gran dignidad, porque cuando se cae el toro, se derrumba la fiesta. Y eso fue lo que sucedió esa tarde. No obstante la impecable catadura de los seis punteños, les costó mantenerse en pie y contra eso… contra eso… simplemente no se puede. De la relación publicada en El Sol del Centro, que aparece sin firma, copio lo que sigue:

Las manecillas del reloj, en su continuo girar, señalaban las 19:12 minutos, cuando todo había concluido. Dos pares de manecitas ávidas de rescatar íntegramente para sí a su padre; unas tijeras que se cierran; una mano que se eleva mostrando un mechón de pelos; quizás un nudo apretando la garganta del que se iba, y todo, repetimos, había concluido (…) Los subalternos, a su vez, cargaron sobre sus hombros a quien tantas veces fuera su capitán y cuyos triunfos, reveses y angustias habían compartido, en multitud de ocasiones (…) Y de esta manera, a hombros de sus viejos camaradas y entre el estruendo de un aplauso que opacaba las notas siempre melancólicas, siempre cargadas de emoción de “Las Golondrinas” y portando en sus manos los apéndices de “Trianero” el último toro que estoqueó en su vida, abandonó Rafael Rodríguez el escenario de tantos de sus mejores éxitos (…)

A mi juicio reviste mayor interés un artículo de don Mario Mora Barba, trianero, titulado La última corrida, publicado el 27 de abril en el mismo diario, donde relata los momentos previos al festejo, en la intimidad de la habitación donde se viste el diestro y que transcribo en su integridad:

En el cuarto 107 del Hotel Francia las manecillas del reloj caminaban para marcar la última media hora de un rito: el instante en el que un hombre se viste de torero. 

Poco a poco el atuendo iba completándose sobre la carne del torero. 

Las manos de Rafael no temblaron cuando se “apretó los machos” y cada proceso de la ceremonia era observada por los escasos presentes en pleno silencio, pero era algo que no se volvería a repetir en la vida de Rafael Rodríguez. 

Fermín Espinosa, su hijo Manolo, los novilleros José Luis Velázquez y Eduardo Rivas “El Pato”, observaban como poco a poco el oro y la seda iban cubriendo el cuerpo del torero.  

Rafael sacaba un terno oro y azul para su última corrida y nadie osaba hablar ante el ciclo vital de la vida de un torero que se estaba cumpliendo ante nuestros ojos. 

México y España hermanados 

Rafael y Nicolás, los hijos mayores de Rafael, iban vestidos de traje campero andaluz y de charro respectivamente, simbolizando el enlace en la fiesta de España y México. La corrida iba a empezar a las 5 de la tarde, precisamente como en los cosos españoles. 

El vestuario del torero tiene sus incongruencias: medias en una profesión tan viril, pero también Pedro Antonio de Alarcón, en “El Niño de la Bola”, pone en labios de un sacerdote vigoroso, humano y viril esta frase: “Yo que nací para mandar guerreros tuve que sacrificarme y he tenido que pasar años vistiéndome por la cabeza, como las mujeres”. 

Las zapatillas, con igual suavidad femenina, pero son para pisar fuerte. 

Cuando Rafael Rodríguez se anuda el corbatín, reflexionamos sobre la diferencia entre anudarse una corbata para la conquista femenina y el compromiso de anudársela para la conquista de la fama. 

Felipillo y Alejandro los mozos de espadas, están por última vez con su matador. Y Rafael, de vez en cuando, con la voz firme de una persona que siempre sabe lo que pisa, daba una orden para no olvidar nada que después sería vital en la Plaza. 

Cuando la ceremonia de vestirse como un sacerdote, como un Rey, como un hombre, estaba por concluir, uno a uno fueron saliendo los amigos. 


La bondad de Rafael nos permitió acompañarlo hasta las puertas mismas del Coso. De allí, del patio de cuadrillas a la cara del toro, sólo Dios lo acompañaba.

En realidad, la despedida de hoy la narramos hace muchos años, en la época en la que Rafael Rodríguez ascendía como meteoro, hasta alcanzar el sitio que su valor y su inteligencia le tenían reservado.

Como pueden ver, la despedida de Rafael Rodríguez no dejó de tener ese sabor agridulce que tienen esa clase de festejos. Cumplió cabalmente con su cometido, imponiéndose a las condiciones adversas que los toros le generaron con su falta de condiciones para la lidia. No obstante, la afición congregada en la Plaza San Marcos le trató con el respeto que se ganó con la honradez y con la entrega que siempre desplegó en los ruedos. Por algo ha sido el último gran ídolo de la afición de Aguascalientes.

domingo, 3 de abril de 2011

En el centenario de Armillita IV

3 de abril de 1949: El Maestro de Maestros se despide de los ruedos en la Plaza México, matando él solo seis toros de La Punta


Ya al final de la temporada 1947 – 48 Armillita había comentado en entrevista a El Tío Carlos, que la siguiente campaña sería la última suya en los ruedos. La fecha que eligió para ello fue el domingo 3 de abril de 1949, un mes antes de cumplir 38 años de edad, pero llevando ya a cuestas un cuarto de siglo en los ruedos. Para demostrar que se iba en plenitud, Fermín Espinosa Saucedo escogió una bien hecha corrida de La Punta – puro Parladé, vía Campos Varela y Gamero Cívico – y la despacharía él solo.

La relación del festejo que he escogido es la del propio Carlos Septién García, El Tío Carlos, la que apareció en el diario El Universal, de la Ciudad de México, del lunes 4 de abril de ese 1949, misma que transcribo en su integridad:

El maestro Fermín Espinosa dio ayer su última cátedra despidiéndose del toreo en tarde que será inolvidable
Encerrado con seis toros de La Punta que resultaron bravos, “Armillita” cortó cuatro orejas en la corrida de su despedida como matador de toros. Un adiós lleno de profundas emociones para los toreros y para el público: el padre de Fermín hizo el simbólico corte de coleta a su hijo, el más grande lidiador de la historia taurina. El sitio de Fermín queda vacio.

De la más clara estirpe torera proviene este Fermín Espinosa que ayer se nos ha ido del ruedo. Haría falta, para describir en toda su fuerza la limpieza y el valer de su progenie, usar ese lenguaje bíblico en cuya severa concisión va palpitando el poder de la sangre y el espíritu y bajo cuya sencillez de nombres propios corre el profundo caudal de las generaciones escogidas.

Y decir así, sin adjetivos inútiles, sin epítetos que son incapaces de contener la grandeza del mensaje trasmitido y de sus portadores.

“Costillares” engendró a “Lagartijo”; “Lagartijo” engendró al “Guerra”, el “Guerra” engendró a “Bombita”; “Bombita” engendró a Joselito... Y al final de la generación, como un fruto completo de las mejores savias taurómacas que en el mundo han florecido, Fermín Espinosa “Armillita”, brote el más sazonado de la más ilustre genealogía de lidiadores que en el mundo ha habido.

Al final, sí. Porque Fermín Espinosa deja un sitio “sin sucesión” inmediata. Un sitio que tal vez no se llene jamás, sino con el recuerdo del propio torero que lo ha ocupado durante veinticinco años triunfales...

Es la suya la escuela de la tradición. La escuela de la realidad que es el toro y de la ciencia y de la ley elaborada en siglos de experiencia, de esfuerzo, de observación de sangre y de muerte. Es la escuela que salió de las heridas de un “Frascuelo”, de las suavidades de un Rafael Molina, de la seguridad de un Rafael Guerra y de la encastada bizarría de un Ricardo Torres o de un José Gómez. Es la escuela de la exactitud, de la normalidad, del equilibrio; la única escuela que ha podido permitir a los hombres que bajan a los ruedos, hacer del arte de torear una profesión en la cual se pueda pasar una vida de un cuarto de siglo sonriendo siempre ante la amenaza y en la que se puede hacer del riesgo un elemento de juego y un constante estímulo de supervivencia. Es, en fin, la escuela que ha hecho de la muerte fuente de vida y faena de inmortalidad.

Y de esa escuela, el último mensajero ha sido Fermín Espinosa. El último por muchos años. Y ello es así, porque “Armillita” probó su innata ciencia con el agua fuerte del toro de cinco años y con la casta del burel español entero y cabal como el de aquellas corridas bilbaínas ante cuyo sentido y cuya catadura Fermín gustaba de mostrar el oro puro de su verdad taurina. Allí, frente a la realidad de los pitones bastos y de la malicia añeja del animal viejo, “Armillita” maduró la riqueza de su capote único y la sapiencia de su pequeña muleta magistral; allí, en la inminencia de las arrancadas de original fiereza fue donde compuso la desparpajada alegría de sus banderillas y donde probó la certeza acerada de su estoque infalible. Allí siempre; no frente a la carretilla de un estudio ni frente al dócil muchachuelo que humilla a compás la embestida en las escaletas amistosas. No: frente a la realidad del toro que hiere y que mata. Del toro que sabe y quiere luchar y que sale al ruedo para pelear su vida a cambio de otra.

No creo que “Armillita” haya soñado nunca con el toro ideal para la faena de fantasía. Él no necesitó nunca soñar faenas. Él, simplemente, hizo faenas. De allí que su toreo fuese siempre toral, íntegro, uno. Nunca fue esbozo ni apunte: siempre, en cambió, obra completa, cíclica, cumplida en todas las dimensiones de la tauromaquia. Sin balbuceos, sin claroscuros, sin carencias de desarrollo, el arte de Fermín Espinosa fue en toda ocasión tan pleno, tan cabal, tan completo, como lo es un rayo de sol en cuya verdad y en cuya luz no influyen los objetos sobre los cuales ha de recaer porque su fuerza y su claridad están en su propia esencia.

Luz de sol, verdad y plenitud de mediodía. Tal fue el singular toreo de “Armillita” que no tuvo aurora ni ocaso porque nació, vivió y se ocultó siempre en cenit.

Si “Manolete” fue el Estilo y Arruza fue el Poder, “Armillita” ha sido la Sabiduría. No es esto nuevo, desde luego; pero también es cierto que no se ha valorizado en su significado total esta sustancial calidad de “Armillita”.

Sabiduría es dominio total de la verdad. Y esto, en toros, se llama Fermín Espinosa. Y es preciso decir, para orgullo legítimo de la tauromaquia mexicana, que nunca ha habido en la historia del toreo así, un lidiador de tan completa sabiduría como nuestro “Armillita”. Porque es cierto que Rafael Guerra vivió un cuarto de siglo entre los toros y que Joselito fue el sinónimo del poderío. Pero ni el “Guerra” ni José tuvieron la extensión inmensurable de Fermín que paseó triunfalmente su dominio por todos los tercios de la lidia, por todas las suertes conocidas y por todas las que el arte fue agregando a la tauromaquia a lo largo de los últimos años y, además, ni el “Guerra” ni José se enfrentaran "a todos los toros del mundo" tal y como lo hizo este “Armillita” que llevó su sapiencia por todos los países en los cuales hay un ruedo y un público taurino.

Sabiduría en su capote, capaz de trazar cualquier lance, desde la linajuda serpentina de una larga cordobesa hasta la moderna plasticidad de una chicuelina, pasando por la riqueza bulliciosa de los galleos, como el que hoy resucitó en uno de los quites, por la estoica elegancia de las gaoneras o por el júbilo travieso de sus propias “saltilleras”, tan acompasadas y medidas como las que hoy cuajó. Sabiduría en el segundo tercio, donde su absoluto señorío de amo de las banderillas se impuso siempre, lo mismo en los fáciles que en las precisiones del quiebro o que en las gallardías de todos los adornos imaginables y que tuvo instantes de inigualable grandeza en aquellos pares memorables de poder a poder, con que el pasmo de Saltillo solía llevar el tercio a exaltaciones que sólo con Rodolfo Gaona había llegado a alcanzar.

Y sabiduría, finalmente, con la muleta y con el estoque. En aquélla, haciendo de la breve extensión de su engaño, ya el dúctil instrumento de un poderío implacable o ya – lo que es más grande aún – convirtiéndolo en roja pluma con la que fueron escritas muchas de las más grandes páginas del toreo universal. Cincel de marmóreos clasicismos cuando su amo descubría en el toro materia de Fermín fue, cuando el toro no podía ser cimiento de obra clásica, látigo para castigar mansedumbres, garra para domar fierezas, abanico para alegrar soserías y siempre – siempre – instrumento de mando tras el cual la segura tranquilidad del hombre hacía caer a sus plantas cualquiera acechanza y con el cual la ciencia de su dueño desbarataba fácilmente las oscuridades de cualquier problema.

Y sabiduría en la mano que guiaba su acero por entre los pitones para dejar caer sobre los morrillos y relámpago del cielo. Seis estocadas y cuatro pinchazos le bastaron esta tarde para hacer que seis toros de La Punta, se desplomaran a sus pies como heridos de rayo en tempestad. Y nunca necesitó más. Él era matador de toros y sabía cómo cumplir su básica misión de estoqueador. Tal vez haya en esto un error; pero Fermín Espinosa nunca vio volver un toro suyo al corral. Y si lo hubo, habría que buscar las circunstancias que se hubiesen conjurado para ello.

Porque lo cierto es que Fermín Espinosa se retira de los ruedos sin que haya topado nunca en su vida entera con el toro que pudiese sobre él.

Y por eso Fermín no deja – para desgracia de la tauromaquia – una sucesión inmediata. Porque aparte su intuición asombrosa que no puede trasmitirse, Fermín se hizo con toros. Y para dejar en alguien más los secretos, y las normas de su ilustre escuela, Fermín hubiese necesitado dar su cátedra con animales como los que a él le sirvieron de inconmovible pedestal. Y es caso seguro que frente a toros así “Armillita” no habría encontrado ni alternante ni discípulo. Su cátedra habría sido un soliloquio...

Y digo que para desgracia de la tauromaquia, porque sin esa formación fundamental – escolástica taurina – que Fermín ha profesado y vivido como nadie, es muy difícil que pueda levantarse nada genuino ni duradero. Un torero de sólidos principios tauromáquicos puede enfrentarse a cualquier situación y asimilar con provecho y éxito cualquier variante o creación posteriores. Un torero sin doctrina básica es como un hombre sin formación suficiente; las circunstancias lo pueden vencer fácilmente y la improvisación – casi siempre defectuosa – es su única defensa. Las creaciones posteriores no sólo no fortalecen su personalidad, sino que la deforman y la desdibujan.

Los principios dan una aptitud de asimilación que redondea en unidad el meollo artístico del toreo. Gaona, por maduro y por bien preparado, pudo resistir la revolución belmontista y jerarquizar los nuevos hallazgos del toreo para riqueza de su propia personalidad. “Armillita”, con la soberana capacidad de su intuición y de su escuela, pudo tomar de cada una de las épocas artísticas que le tocó vivir, lo mejor de las esencias y, al encarnar las nuevas creaciones y las modalidades de la evolución taurina, fue un torero de arte tan permanente como el de su ascendencia lidiadora y tan al día como el más reciente de los toreros nuevos. Y esta aptitud y esta potencia que tantas veces le fueron criticadas son, en realidad, la mejor prueba de su grandeza.

De modo que con Fermín se va no sólo su propio valer, sino también la última unidad que restaba de los mejores hallazgos que el arte de torear había logrado en un cuarto de siglo.
Y esto conduce de la mano a desentrañar el sentido de la postrera cátedra de Fermín Espinosa. Esa que dictó ayer en la Plaza México a lo largo de su corrida final.

Lo que ayer demostró Fermín es algo de positiva trascendencia para el desarrollo posterior de la tauromaquia. He aquí los dos puntos de su lección:

1. – Entre el toreo tradicional y el toreo moderno no hay oposición alguna. Hay, por el contrario, una evolución armoniosa en la cual lo moderno significa un perfeccionamiento de lo tradicional.

2. – Para hacer el buen toreo moderno es indispensable una formación sólida dentro de los principios de la lidia tradicional.

En otras palabras: al toro que embiste de largo, de largo hay que torearlo con la perfección linajuda de los tres tiempos de las suertes, con el aguante y el mando de los viejos maestros tal y como lo hizo Fermín en la gran faena del quinto toro, modelo de lo que puede una muleta escolástica frente al toro que se viene de lejos y aun contra el viento que descubre al torero. Y al toro que acaba aplomado, al animal que termina defendiéndose en el tercio, o en las tablas con su media arrancada, se le puede y se le debe pasar, mediante el procedimiento de llegar le cerca y de cortar un tanto la longitud del muletazo original. Así lo hizo ayer Fermín en sus dos primeros toros y también en el cuarto, cuando las reses se quedaron al final de la lidia y cuando buscaron el abrigo de tablas para su defensa.
De modo que en una sola tarde – y precisamente en su tarde final – Fermín Espinosa “Armillita” mostró la clara unidad de evolución que hay entre su escuela y la moderna y la validez de los principios de aquélla junto con la verdad de lo actual. Pasarse a todos los toros en largo y en corto, según sus condiciones, es una legítima ambición que Fermín Espinosa selló ayer con su aprobación doctrinal y con la práctica realización del gran ideal taurino.

Y fue así, en la unidad de su personalidad superior, el “Guerra”, Belmonte y Rafael Rodríguez en una sola tarde que fue la de su despedida.

¡Gracias, Fermín por tu postrera lección!

Ésta de “Armillita” ha sido una de las más emotivas despedidas de torero alguno. El público voleó su cariño por el torero que ha sido sillar de la fiesta en 25 años y que ha dado a México prestigio y gloria en los ruedos del mundo. Pero también, voleó su admiración hacia el torero en plenitud, hacia la realidad desbordante de una potencia taurina capaz de lidiar seis toros en una lidia completa y capaz de conservar su señorío y su integridad aun en medio de los vaivenes de la emoción que sacudía a espectadores y a los toreros que eran, además, sus hermanos.

La mejor estampa de gloria armillista será, para quienes la observaron, aquel momento en el cual Juan y Zenaido Espinosa, víctimas del sentimiento, estuvieron a punto de ser víctimas del toro. Entre ellos Fermín – especie de José taurino – se irguió en el tercio para quedarse con el toro y levantando en alto la mano diestra impuso con gesto sereno el orden en el ruedo. Un instante después, el toro que había lanzado a sus hermanos por el callejón y los burladeros, se volvía dócil faldero entre los pliegues imperiosos del capote de “Armillita”.

Así, mandando hasta el último momento en el toro y en la arena y en las cuadrillas, fue como Fermín Espinosa salió para siempre de una plaza de toros...

A modo de envío:

Contigo, Fermín Espinosa, se ha ido la Sabiduría. Contigo termina por ahora la ilustre dinastía de los más grandes lidiadores. Quisiéramos creer que tu lugar habrá de encontrar sucesores dignos de ti. Pero tú te has llevado tu intuición milagrosa, tu sapiencia total. Y los tiempos se han llevado al toro con que tú te formaste...

Tu sitio queda vacío y sólo tu recuerdo podrá llenarlo. Tu obra queda allí, en la mejor hazaña del toreo universal. Y tú pasas a la gloria permanente de la tauromaquia con un solo título, el más difícil de llevar, el más difícil de cumplir en toda su esencia y en todo su significado de valor, de saber, de gallardía y de caballerosidad.
¡Torero!

Para la estadística

Armillita brinda a su padre y a sus hermanos, el sexto
de la corrida de su despedida
Como picadores en su cuadrilla llevó al Güero Guadalupe Rodríguez, a Gonzalo González, a Juan Aguirre Conejo Chico, a Nacho Carmona, a Jorge Contreras Zacatecas II, a Antonio Silis Cerrajero y a Francisco Ramírez El Corto.

Los banderilleros fueron sus hermanos Juan y Zenaido, Pascual Navarro Pascualet, Vicente Cárdenas Maera, Román El Chato Guzmán, Rafael Osorno, Juan Ruiz, Liborio Ruiz y José Ramírez Gaonita. De ellos, toda la brega de los 6 toros la llevaron Juan, Zenaido y Pascualet y solamente Maera puso el tercer par del sexto toro, pues Fermín pareó a todos los demás.

Los toros de La Punta fueron por su orden, Cosquilloso, Corralero, Rosalejo, Catarino, Salmantino y el que cerró esta página de la historia de Armillita se llamó Urraco, número 30 y pesó 428 kilos.

Los sobresalientes fueron el matador de toros Andrés Blando y los entonces novilleros Héctor Saucedo y Ángel Isunza y ellos sí, solamente hicieron el paseo.

Creo que por el fasto que se recuerda, podrán disculpar la inusitada extensión de esta entrada.

domingo, 14 de febrero de 2010

Relecturas de invierno II: Cornadas al viento

En Cornadas al viento nos vamos a encontrar con una parte sustancial de la historia de la ganadería de La Punta. Pero no anticipemos vísperas. No es esa historia manida que nos habla de los toros y las vacas que El Pasmo de Triana le consiguió a don Francisco y a don José C. Madrazo y García Granados en las ganaderías españolas de Campos Varela y Gamero Cívico y que según su propia confesión, en tanto las embarcaba a tierras mexicanas, el cuidado de esos ganados le fascinó tanto, que acabó por hacerse ganadero él mismo.

La historia que recogió mi amiga Carmelita Madrazo (Aguascalientes 1940 – Guadalajara 2007), es la narración de su madre, doña María Luisa Solórzano Dávalos, esposa del ganadero don Francisco Madrazo y hermana de los toreros Jesús y Eduardo Solórzano, es la que se cuenta en el libro y es más bien la relación de los hechos que son concomitantes a la crianza de los toros y a la forma de vivir la vida en una ganadería mexicana de toros de lidia.

La narración de Cornadas al viento transcurre entre 1932 y 1959 y recoge una buena cantidad de las incidencias del diario vivir en una unidad de producción agropecuaria en la que, si bien la parte pública de su ser era la crianza de toros de lidia, su viabilidad económica se sustentaba en otro tipo de actividades como la crianza de ganado lanar y la siembra de distintos granos, porque a diferencia de otros lugares, en un clima semidesértico como el de la zona en la que La Punta se ubica, requiere diversificar las actividades para hacer viable las explotaciones.

Las vivencias contadas por doña María Luisa Solórzano a su hija y recogidas en  el libro, cubren las relaciones interpersonales y familiares de los ganaderos de La Punta con los habitantes de la Hacienda y contiene una interesante descripción de cómo era la vida en Aguascalientes y su región circundante en una época en la que a diferencia de la actual, toda la actividad económica descansaba en los talleres de los Ferrocarriles Nacionales (hoy extintos) y en la agricultura.

También presenta la visión desde dentro del hogar de la asimilación del éxito. Sobre todo cuando en ese tiempo se tuvo la única ganadería que lidiaba en su totalidad ganado de sangre española pura, mismo que era reclamado por los principales toreros y empresas de ese tiempo y que al paso de los años, sería considerada con una de las casas fundacionales de la ganadería de lidia en México.

Es este uno de los pocos libros, si no es que el único, en el que abandonándose algún criterio de corrección política, se aborda el tema de la influencia de la Reforma Agraria en la crianza del toro de lidia en México y en muchos otros textos se omite simplemente el asunto, ella toma el toro por los cuernos y relata el daño que desde su punto de vista, cree que hizo a La Punta y a la ganadería mexicana en general, dejando un principio de análisis que está aún por hacerse a profundidad y que puede arrojar interesantes respuestas a interrogantes que se plantean desde hace décadas.

Los toreros que pasaron por la casa de La Punta, los visitantes ordinarios, las fiestas, como se vivía la Semana Santa, quienes eran los dueños de las fincas vecinas y a que tipo de labores se dedicaban, recordando siempre que fueron parte del Mayorazgo Rincón Gallardo, que tuvo su sede en la Hacienda de Ciénega de Mata, ubicada a corta distancia de allí.

En el epílogo de la obra doña María Luisa Solórzano Dávalos refiere lo siguiente:

…Paco falleció a la edad de 73 años. Había nacido el 11 de septiembre de 1886, y a las pocas horas del dia 12, cuatro años después, nacía su hermano Pepe. El sepelio de Paco fue el 11 de febrero de 1960, y al comenzar el día 12, nueve años después, moría Pepe.

Mis 30 años de vivir a su lado y en La Punta, van unidos y arrullados con el bramar de los toros, el relincho del caballo, el balar de los borregos y sobre todo, con las lágrimas de mis recuerdos.

Siendo ya viuda, fuimos invitadas a un día de campo en La Punta, las madres Teresianas Petra Ayerra y Aurelia de Moratín, dos españolas simpáticas y sumamente inteligentes que gustaban de los toros. Había tienta, y ellas felices con el terceto de guapos que eran mi sobrino Chucho, Currito Rivera y Paquirri. En esa ocasión yo fui como invitada a la que había sido mi casa.

Estando en la placita de toros, mi hija comentó:

Al estar en la placita de toros, vi los hermosos árboles que daban una sombra refrescante y acogedora. Sus enormes ramas cubrían el callejón y un tercio del redondel.

Ahora también dan sombra esos mismos árboles, pero la sombra que antes se veía esplendorosa, ahora se ve sombría. Antes, en La Punta había señorío. Ahora solo hay soledad.

La historia concluye allí y es una de esas que merecen ser leídas y contadas. Hoy La Punta pertenece a otras personas y las historias que allí se formaron siguen siendo parte de la memoria colectiva. Aquellos toros punteños serán siempre el paradigma del toro bravo y bien presentado, en suma el toro adulto, no adulterado.

Cornadas al viento
C. Madrazo
Editorial Emprendedores Universitarios – Secretaría de Cultura
Gobierno del Estado de Jalisco
Guadalajara, 2005
ISBN 970 – 624 – 405 – 0

domingo, 16 de agosto de 2009

16 de agosto de 1996: Réquiem por dos figuras

Recapitulación

El obituario taurino de 1996 llevó muchos nombres, algunos linajudos, ilustres y otros no tanto, pero al fin y al cabo, conspicuos habitantes de la Aldea de Tauro. Unos habían obtenido tiempo atrás su nicho en el recinto de los inmortales, accediendo a él por la puerta grande, en hombros del recuerdo de los aficionados y otros lo hicieron por la angosta puerta del sepulcro, pero como gente en esto del toro, tendrán siempre su sitio en nuestra memoria de aficionados y nos harán falta, como todos los que se van. Ese obituario nos recordará lo que el Padre Ramón Cué ha dicho con relación a la presencia de la muerte en los ruedos, indicando que es parte de un juego de tres y que pisa el terreno del toro y el del torero también.

Manuel Martínez Ancira

Soy y seré siempre martinista. Lo he sido desde hace casi cuatro décadas. Desde aquél 5 de febrero de 1973, cuando en un mano a mano con Palomo Linares, en la centenaria Plaza de Toros San Marcos, el torero nacido en Monterrey – también tierra de califas –, demostró a propios y extraños, a istas y antis, que era él quien mandaba en el ruedo y frente al toro y que para ganarle las palmas, se necesitaba mucho, mucho mas de lo que los demás toreros del momento podían ofrecer.

A partir de esa tarde, se sucedieron para mí las experiencias de ver a un Manolo Martínez pletórico de facultades, salvando cuanto obstáculo se ponía en su camino y así se sucedieron las tardes como las de Teniente, Tejoncito, Carranqueño, Gotita de Miel, Voy Contigo, Amoroso y Toda una Época, toro con el que concluyó la primera etapa en los ruedos de la última gran figura del toreo que ha surgido en México.

Después del paréntesis de poco más de cuatro años que hizo en su carrera, le vimos regresar disminuido físicamente, pero mas asolerado en su toreo y quedaron dos faenas para la memoria colectiva; la de El Tigre de Los Martínez, con la que obtendría el centésimo rabo otorgado en la Plaza México y aquí en la Monumental Aguascalientes la realizada a Lebrijano, de José Garfias, calificada en su oportunidad por don Jesús Gómez Medina como la faena de muchas, pero muchas ferias. Esta fue su última gran obra en nuestra tierra y era recordada con emoción por el torero por considerarla como el compendio total de su tauromaquia.

Dejó de actuar en los ruedos, pero no se retiró de los toros, pues se dedicó a criar toros bravos y a promover jóvenes aspirantes a toreros, dejando encaminados a varios de ellos, con la posibilidad de ser alguien en los ruedos, llegando en su día hasta la alternativa alguno de ellos.

El 16 de agosto de 1996, Manolo Martínez dejó este mundo, legando a la fiesta una historia de realizaciones, en las que su carácter y poderío, siempre dejaron constancia de que se trataba de un grande, de un inolvidable de los ruedos.

Francisco Madrazo Solórzano

Él es otro que ingresó a la inmortalidad mucho antes de rendir tributo a la madre tierra. Ganadero por convicción y por linaje, don Paco Madrazo continuó hasta donde los imponderables se lo permitieron, con una tradición iniciada por sus mayores en los albores de la pasada centuria.

La Punta es un nombre que mientras haya fiesta de toros, estará indisolublemente unido a la grandeza de esa fiesta. El hablar de la familia Madrazo, siempre llevará a recordar al toro, al animal de hermosa estampa, con sus cuatro años largos, sus astas íntegras, arrogante, poderoso, en suma; el paradigma del toro de lidia.

Don Paco Madrazo fue el último responsable de dirigir los destinos de la que fuera en su día la ganadería de toros de lidia más larga del mundo, tanto en extensión territorial como en número de reses. Tuvo en su haber la crianza y preparación de la corrida más grande en peso que se haya lidiado en plaza alguna de la República y el haber mantenido en México en pureza, un encaste (ParladéCampos Varela), diferente al que la mayoría de las ganaderías mexicanas se han acogido.

Una mal entendida Reforma Agraria primero y la preferencia de los mandones por otro tipo de toros después, fueron haciendo a La Punta a un lado de los carteles, pero todavía al conjuro de su nombre, las plazas se seguían llenando, como aquél 2 de mayo de 1991 – última vez que don Paco lidió en Aguascalientes –, fecha en la que el Coso de la Calle de la Democracia, al solo anuncio de los punteños, se llenó hasta la bandera, recordando hazañas realizadas a la par de nombres de toros como Judío, Peinero, Candilejo, Pizpireto, Africano, Pituso, Nicanor, Urraco o Faraón que son varios de los que edificaron la historia y la leyenda de esta importante casa ganadera. (Hoy se lidian toros con la misma denominación, hierro y divisa, pero de origen genético y titular diferente)

También el 16 de agosto de 1996 dejó de existir este hombre que dedicó su vida a la fiesta de los toros, a la más bella y grande de las fiestas, que en esa fecha, ha perdido a dos grandes, que jamás serán sustituidos.

martes, 5 de mayo de 2009

Tal día como hoy: 5 de mayo de 1972. Se lidia la corrida más grande de la Historia del Toreo en México.


NECESARIA ACLARACIÓN: Hoy debiera celebrarse la novena corrida de la Feria de San Marcos. Por las razones que han sido profusamente difundidas, esta corrida y las que siguen, no se llevarán a cabo. La razón de seguir publicando estos recuerdos, es que el trabajo ya lo tengo hecho y me parece algo ocioso dejarlo “añejar” un calendario completo, así que seguiré las fechas del cartel original de los festejos y por ello, publicando estas ideas, ya que Ustedes hasta ahora, no han expresado objeción.

La corrida con la que se cerró la feria del año de 1972 pasaría al capitulado de los grandes acontecimientos de la historia de la Plaza de Toros San Marcos y de nuestra feria abrileña, por haberse lidiado en ella lo que en presencia, tipo y en el ineludible baremo de la báscula, resulta ser la corrida de toros más grande que se haya jugado en la Historia del Toreo en México.

Para la fecha se anunció la presencia del torero de Santa Coloma de Gramanet, Joaquín Bernadó que durante varios años de la década anterior había tenido triunfos significados en el serial sanmarqueño, como en el de 1964, en la que se alzó como triunfador máximo. Jesús Solórzano hijo, quien en estricto sentido realizaría una gesta al enfrentar este encierro, pues su cuerda como torero era la del arte y no precisamente la del poderío, aunque conociera a profundidad la técnica del toreo y tuviera los argumentos para resolver solventemente una contrata como esta y la reaparición de un torero de la tierra que tenía por divisa el valor a toda prueba, Fabián Ruiz, quien después de una gravísima cornada penetrante de tórax sufrida en Tijuana, luchaba por retomar el paso y ser una figura de los redondeles.

El encierro provenía de La Punta y era producto del reordenamiento que don Francisco Madrazo Solórzano daba a su ganadería, diezmada por la persistente sequía y por las mermas que le causó la Reforma Agraria, por lo que los toros a lidiarse venían del cruce de sus vacas de origen Parladé – Campos Varela, con toros provenientes de San Miguel de Mimiahuápam, los números 80, el 110 de nombre Vencido y 193 de nombre Ventanito, de origen Llaguno con goterones de sangre del Conde de la Corte, según lo explicaba en la remembranza del pasado 26 de abril.

Los punteños lidiados esta histórica tarde fueron: Sombrerero, número 61 con 580 kilos; Lagrimoso, número 40, con 635 kilos; Recobito, número 75, con 630 kilos; Carretero, número 20, con 640 kilos; Enanito, número 25, con 672 kilos y Candilejo, número 49, con 730 kilos. El promedio de peso del encierro fue de 647.833 kilogramos exactos. Los nombres de los toros corresponden a los de las familias que se formaron con los toros y vacas que en 1925 llegaron de España para la formación definitiva de la vacada de los señores Madrazo.

La crónica del festejo realizada por Everardo Brand Partida para El Sol del Centro del 6 de mayo de 1972 nos presenta el siguiente juicio:

‘La Corrida del Toro’, esa fue innegablemente, la que ayer se dio en el Coso San Marcos, porque en el ruedo estuvieron, - únicamente ellos – los seis cromos seleccionados especialmente por don Francisco Madrazo, para el colofón de la Feria Taurina de 1972. Seis torazos con edad y presencia, que promediaron en la romana 650 kilogramos y que derrocharon bravura y nobleza al transcurso de la lidia de cada uno de ellos, en forma especial los corridos en primero y quinto lugares, ya que este último ‘Enanito’, marcado con el número 325, mereció los honores del arrastre lento.

Es precisamente ellos, de los toros, de quien debe hablarse, porque el encierro de ayer, lidiado en el Coso de la calle Democracia es, hasta la fecha, es hasta la fecha, el más grande y parejo de los que se han lidiado en plazas mexicanas, porque dieron un juego extraordinario para la lidia tras de pelear bravamente con las cabalgaduras y haciendo honor a su divisa, evidenciaron un magnífico estilo de bravura y poder, que no fue descifrado por los espadas actuantes, que se conformaron – cabe así asentarlo – con pararse enfrente de los punteños.

Contrariamente a lo que suponía el grueso de los aficionados tomando en consideración el peso de los astados, éstos no salieron parándose ni a la defensiva. Llegaron al tercio mortal plenos de facultades, esto es, con poder, embistiendo ‘de aquí hasta allá’, francamente, con estilo definido, con son y solo necesitaban que un torero se les parara, los templara y los mandara para que hubieran pasado a formar parte de un capítulo memorable de la historia taurina mexicana y hubieran cubierto de gloria a su divisa y a su criador, el pundonoroso ganadero don Francisco Madrazo.

El encierro de ‘La Punta’, bonito en verdad, demostró que los toros no llegan al último tercio con media embestida, semi – parados o completamente a la defensiva exclusivamente por su peso. No, los punteños fueron graneados – no cebados o engordados prematuramente para cumplir con el requisito del peso –, se les apreció fibra y poder y su sangre brava les hizo embestir en todo momento. Si acaso solo un detalle fue apreciado con desagrado por los aficionados, que hicieron un entradón en la Plaza, y es que los seis toros estaban astillados de los pitones. Que uno o dos lo estén, tiene una explicación lógica, pero que los seis torazos lidiados en el ruedo del Coso San Marcos salgan astillados de los pitones, eso es ya otra cosa…

A Joaquín Bernadó le tocaron en suerte Carretero y Lagrimoso; a Jesús Solórzano Recobito y Enanito, el que fue premiado con el arrastre lento y a Fabián Ruiz le correspondieron Candilejo y Sombrerero. La única oreja del festejo la cortó Fabián precisamente a Candilejo, al que liquidó de una estocada y cuatro golpes de descabello.

Asistí a ese festejo y realmente recuerdo solamente el entradón, la expectación que causó cada uno de los toros en el ruedo y el hecho de que al final de la tarde, el único que haya cortado una oreja haya sido Fabián Ruiz, precisamente a Candilejo, el toro más grande y pesado de la corrida, aunque la realidad es que ese encierro y ese festejo es uno de los grandes hitos de los ya ciento trece años de historia de la Plaza de Toros San Marcos, tanto que hoy hay en sus muros tres placas que recuerdan o refieren el evento, una dedicada al Encierro, otra a Fabián Ruiz y una tercera al paso de Jesús Solórzano por ese ruedo, en la que se incluye su actuación en esta memorable tarde.

El cartel que estaba anunciado para hoy: Corrida de la Oreja de Oro. Toros de Corlomé para Óscar Sanromán, Israel Téllez, Juan Antonio Adame, Guillermo Martínez, Aldo Orozco y Víctor Mora.

domingo, 26 de abril de 2009

Tal día como hoy: 26 de abril de 1981. Se presenta La Punta con corrida de toros en la Plaza Monumental


Para la Fiesta de los Toros, La Punta nace en el año de 1902, ya que en el mes de octubre de ese año, don Ignacio Madrazo y Carral cede un toro para ser lidiado en la Plaza de Toros San Marcos. Nos refiere su nieto, don Francisco Madrazo Solórzano, que el toro escogido por su padre don Francisco y su tío don José – hijos de don Ignacio – era uno de pelo colorado hornero y que provenía de una piara de toros ladinos que ellos poseían.


En el año de 1918 adquieren ganados de San Nicolás Peralta – vacas principalmente – y las empadran con los toros Pinchasapos de Parladé y Finezas del Marqués del Saltillo. Posteriormente adquirirán vacas y sementales a los señores Llaguno de San Mateo, con cuyos productos se presentan en El Toreo de la Ciudad de México y en 1925 dan el giro definitivo, con el consejo y ayuda de Juan Belmonte, adquiriendo simiente de Parladé y de Gamero Cívico, eliminando todo lo anterior y haciendo una nueva agregación de sangre española dos años después, para tener en México una ganadería de sangre española pura, caso único en la historia de la ganadería de lidia mexicana.


Tras de la Revolución de las primeras décadas del siglo XX y del reparto agrario que le fue consecuente, La Punta vio considerablemente mermada su superficie territorial y los medios para mantenerse como la ganadería de primera línea que siempre fue. Así, a partir de los años sesenta de esa centuria comenzó a salir de los carteles y plazas de primera línea y a tener una presencia más esporádica en los grandes acontecimientos.


Igualmente, el cierre de las fronteras a la importación de ganado europeo por el problema que la fiebre aftosa generó entre la mitad de la década de los cuarenta y la mitad de la década de los cincuenta, impedía el adquirir sangre de su mismo encaste para mejorar sus productos o superar los problemas de consanguinidad que se pudieran estar presentando, pues era de una conformación totalmente diferente a la mayoría de las ganaderías mexicanas que partían de la base creada por don Antonio y don Julián Llaguno en San Mateo con reses del Marqués del Saltillo y ganados criollos.


Aún con esas limitaciones, don Francisco Madrazo Solórzano intentó mejorar su pie de cría y agregó tres toros padres de San Miguel de Mimiahuápam que llevaban goterones de sangre del Conde de la Corte, adquiridos vía Pastejé, cuando este hierro fue propiedad de la familia Barroso, y que fueron los números 80, negro, listón bragado; el número 110, Vencido, colorado, bragado y el número 193, Ventanito, negro, entrepelado, bragado, que eran el origen de este nuevo intento de La Punta por volver a los primeros planos.


El cartel de la reaparición lo formaron Eloy Cavazos, Jesús Solórzano y Humberto Moro. La tarde fue de un triunfo rotundo para el regiomontano, que de acuerdo con la crónica de Everardo Brand Partida en El Sol del Centro, se desarrolló así:




Una bella exhibición del toreo sevillano, pinturero y alegre, brindó a la afición de Aguascalientes el diestro regiomontano Eloy Cavazos, quien se consolidó como el máximo triunfador de la 4ª corrida del serial, en la que también saboreó las mieles del triunfo el matador hidrocálido Humberto Moro, a quien vimos en plan grande con el primero de su lote, al que desorejó.


El presentimiento del torero de Monterrey logró hacerse realidad en cuanto se refiere al encierro de ‘La Punta’, ganado que el propio Cavazos pidió para torearlo en su último compromiso del serial del presente año, ya que en términos generales la corrida fue brava, encastada, bien presentada y de respeto, exhibiendo un estilo extraordinario los que se jugaron en primero, tercero y cuarto lugar…


El que abrió plaza fue un toro con toda la barba, cárdeno, marcado con el número 14 y ‘Travieso’ de nombre, al que Eloy toreó superiormente con el capote.


Al filo de las tablas exhibió su toreo de capa al que imprime un sello muy particular, ejecutando la verónica ajustada a pies juntos, con el solo juego de los brazos, rematando la serie de lances con media muy torera que arrancó la primera ovación de la tarde…
…Entre música y gritos de ¡torero!, ¡torero!, Eloy cuajó una faena de mucha calidad. Series de ayudados mandones y templados, bellamente rematados con molinetes o el forzado de pecho, pases estos que tiene bastante hechos el matador.


…Cuando el astado comenzó a mostrar agotamiento, Eloy recurrió a la ejecución de la ‘regiomontana’, pero con verdad, exponiendo mucho y llegando así fuerte a los aficionados, que observaron la forma en la que se fue detrás de la toledana, para cobrar un estoconazo hasta la empuñadura y en todo lo alto, que hizo rodar al primero de la tarde, del que el Juez concedió las dos orejas.
Pero Cavazos buscaba el triunfo grande, inobjetable, alcanzándolo con el que se corrió en cuarto sitio ‘Mayoral’, marcado con el número 9.


Este toro fue un dechado de bravura y con una embestida ‘así de clara’, colaborando con el diestro, que desde el inicio de la lidia, con el capotillo, lo toreó superiormente…
…Para algunos aficionados Eloy aprovechó plenamente las condiciones y bravura del astado, al que ejecutaba series de derechazos, pero limitadas hasta cierto punto, cuando el toro pedía mayor hondura y ligazón en todos y cada uno de los pases que eran fuertemente coreados al diestro, que conquistó, luego de cobrar un estoconazo completo y de efectos inmediatos, el triunfo grande y las orejas y el rabo del punteño fueron concedidas por la Autoridad…


…Fue ‘Señorito’, marcado con el número 11, un astado bravo, no muy fácil con los toreros de a pie, luego de que peleó fuerte con las cabalgaduras…
…Humberto lo había recibido con 5 verónicas dibujadas, preciosas en cuanto a ejecución se refiere, realizando la suerte como lo mandan los cánones, parando, cargando la suerte sobre la pierna contraria, tirando del cornúpeta llevándolo y acompañándolo con el juego de brazos, bien coordinado con el de su cuerpo, quebrando la cintura…


…Muleta en ristre, el hidrocálido se hizo de su enemigo y ante más de 12 mil espectadores bordó un faenón de antología, exhibiendo clase, hondura y sentimiento torero…
…Los millares de aficionados no daban crédito a lo que ocurría en el ruedo, donde surgía un muletero excepcional, de un corte diferente, muy dominador y seguro, ya que ayer Moro se mostró ayer diferente y en ningún momento como antes estuvo a merced de los pitones de su enemigo, al que liquidó de un estoconazo completo y en todo lo alto.


Bien concedida la oreja, que a nuestro juicio y el de muchos otros, debió de acompañarse con otro auricular del Punteño…

La ganadería de La Punta se había presentado en la Monumental Aguascalientes el 8 de mayo de 1977 con una novillada para José Antonio Ramírez El Capitán, Paco Olivera Bombita, Roberto Ramírez El Oriental, Saúl Saleri, Gerardo Navarro y Ricardo Sánchez, pero en este 26 de abril de 1981, lo hacía con una corrida de toros y es a la fecha, la única que ha lidiado este legendario hierro en este escenario.

El cartel del hoy: Un toro para rejones de El Vergel y seis de Carranco de lidia ordinaria, para el caballero en plaza Rodrigo Santos y los matadores de toros Antonio Barrera, Ignacio Garibay y Víctor Mora.

domingo, 25 de enero de 2009

Hoy hace medio siglo (II): Antonio del Olivar confirma en México


La segunda corrida de la temporada 1959 de la Plaza México fue también una confirmación de alternativa. Esa tarde, Manuel Capetillo le cedió a Antonio del Olivar los trastos para dar muerte a Viajero de Pastejé, en la presencia de Curro Ortega. La corrida se saldó con el triunfo del confirmante, que se llevó la oreja de Aragonés, el toro que cerró plaza.

Celayense por adopción, Antonio Oliver López nació en la Mérida mexicana el 20 de octubre de 1935 y se convierte en Antonio del Olivar cuando don Francisco Madrazo y García Granados, el señor de La Punta le nombra así al comenzar a apoyar en su carrera en los ruedos, convencido de que las estéticas maneras del diestro le llevarían a caminar largo en las arenas de los redondeles.


Antonio del Olivar se distinguió por calidad al hacer el toreo y así se recuerdan de él faenas como la de su presentación como novillero en El Progreso de Guadalajara, o como la de su debut en la Plaza México, cuando cortó la oreja de Faisán de Santo Domingo. Este triunfo en particular le valió para torear en 8 de las 30 novilladas de esa temporada, llevándose la Oreja de Plata y en 7 el año siguiente dentro del serial del ruedo capitalino.


Marcha a España y se presenta en Las Ventas el 19 de junio de 1955, tarde en la que da una vuelta al ruedo. Salda la temporada con seis festejos menores (2 en Madrid, 2 en Sevilla y 2 en Barcelona) y la corrida de su alternativa, el 12 de octubre, precisamente en el ruedo venteño, recibiendo los trastos de manos de Luis Parra Parrita para pasaportar a Empalagoso, número 14, de don Tomás Prieto de la Cal. Fungió como testigo de la ceremonia Alfonso Merino y el toricantano se llevó la oreja del sexto de la tarde.


Entre la tarde de su alternativa y el fin de la temporada española de 1957, suma 31 corridas de toros, destacando la del 28 de abril de 1957 en Las Ventas, cuando da la vuelta al ruedo tras la lidia del tercero de la tarde, que pasa a la historia por ser aquella en la que un entonces ignorado Manuel Benítez Pérez, años después célebre como El Cordobés, se tira de espontáneo. Entre el 4 y 18 de agosto de ese año actúa tres tardes seguidas en Barcelona. La primera implicó el estoquear una corrida de Miura que según las crónicas promedió 670 kilos y en la tercera, Antonio corta el rabo de Zurdito de don Felipe Bartolomé.


En México queda memoria de su faena a un toro de La Punta en El Progreso tapatío, malograda con la espada el 19 de enero de 1958; la que realizó a Andaluz de Coaxamaluca el 15 de febrero de 1959 en la Plaza México, la de Barquillero de Pastejé, la tarde de la confirmación de Paco Camino en México, la de Soy de Seda de Piedras Negras, en la que su actuación con el capote fue calificada como una apología de la verónica o la del toro Calé, de Arroyo Hondo, el día de la inauguración de la Monumental de las Playas en Tijuana.

El 4 de marzo de 1962, cuando actuaba en el Toreo de Cuatro Caminos con Juan Silveti y Fermín Murillo, recibe una cornada muy grande en la región perineal del toro Gavilán de El Rocío. La herida tuvo tres trayectorias y una de ellas de 30 centímetros de extensión, recibida al intentar un pase de pecho.


Recuperado de la cornada, Antonio del Olivar no deja de ser parte de carteles importantes, como las confirmaciones de El Viti, Joaquín Bernadó o El Cordobés, aquél que se le tirara de espontáneo algunos años antes y tiene una tarde memorable el 16 de febrero de 1964, cuando actuando con Diego Puerta y Abel Flores El Papelero, corta las dos orejas de Cantaclaro de Santa Marta, toro de regalo.


Antonio del Olivar fue Secretario General de la Asociación Nacional de Matadores de Toros y Novillos en México, de 1969 a 1975, año en el que concluyó su gestión por haberse despedido de los ruedos el 24 de diciembre de 1974, en la plaza Rodolfo Gaona de su tierra adoptiva, en una corrida en la que alternaron con él Manolo Martínez y Curro Leal en la lidia de toros del Doctor Castro.

Este es mi recuerdo de Antonio del Olivar, un fino torero mexicano, en el cincuentenario de su confirmación de alternativa y que es el primer torero de estas tierras que recibiera la alternativa en la madrileña plaza de Las Ventas.

Post - scriptum: Agradezco a Callao la aportación de algunas de las imágenes que ilustran este texto.
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