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domingo, 21 de agosto de 2011

En el centenario de Armillita, VIII

21 de agosto de 1935: Plaza de Vista Alegre, Bilbao. Armillita realiza una de sus más grandes obras en ruedos hispanos

Las Corridas Generales de 1935
(Colección del Club Cocherito de Bilbao)
Tuve la oportunidad de sentarme a la mesa del Maestro Armillita quizás un par de veces en mi vida. En ambas la charla obligada era acerca de la trayectoria en los ruedos del que, insisto, con escaso margen para la discusión, es el torero más grande que ha dado este país – cualquiera que sea el periodo de la historia que se examine – y uno de los más importantes que la Historia de la Fiesta haya reconocido. 

En ese par de ocasiones, en forma directa, escuché al Maestro Fermín hablar con la respetuosa emoción del que evita el elogio en boca propia, de dos tardes de una trayectoria prácticamente inmaculada. Una, la del 5 de junio de 1932 en la Plaza de la Carretera de Aragón, en Madrid, cuando alternando con Fortuna y Luis Fuentes Bejarano, se encontró con Centello de la Viuda de Aleas y la otra, la que será motivo de este espacio, en la que para lidiar toros de Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio – anunciados todavía como antes Veragua – alternaron Vicente Barrera, el propio Fermín y Domingo Ortega. Cuando lo hacía, el torero hablaba con cierta vehemencia de la tarde del toro ensabanado de Bilbao.

A la vuelta de los años resulta sorprendente que tardes más atractivas por el volumen de apéndices obtenidos, como las del 29 de julio de 1934 en Barcelona, en la que cortó todo lo que pudo apetecer según alguna crónica al toro Clavelito de Justo Puente – y en la que la mayoría de los diarios solamente documentan una pata – o la del 24 de septiembre de 1935, en la misma Monumental de Barcelona, en la que obtuvo otra pata de otro Clavelito, éste, de Atanasio Fernández, no ocuparan en la expresión del torero un lugar privilegiado, pese a que en alguna crónica relativa a la corrida de 1934, se dijera algo así como esto: la gente fue a la plaza a ver a Belmonte, y se encontró con Joselito…, en alusión a que en ese festejo el primer espada era nada menos que El Pasmo de Triana.

Armillita siempre fue poderoso con las banderillas
Esta cuarta corrida de la Semana Grande de 1935 representó, además del gran triunfo de Armillita, una especie de epifanía del primer Juan Pedro Domecq ganadero. De acuerdo con la historia oficial de la ganadería, a las vacas de Veragua se les agregaron en 1930, sementales del Conde de la Corte y participó en la selección de esos productos Ramón Mora Figueroa. Pues bien, seguramente en esa feria bilbaína, se lidiaban los primeros productos del cruce entre lo originario del Duque y la nueva sangre de Vistahermosa procedente del tronco Parladé TamarónConde de la Corte, mismo que daría un toro algo diferente a lo conocido hasta ese momento, pero también, bien distinto a lo que se lidia hoy con ese hierro, divisa y denominación (aún no se acuñaba el disparate ese del toro artista por uno de los descendientes del criador al que ahora me refiero).

A Armillita le correspondieron dos toros que han pasado por su nombre a la historia, Arrempuja y Mocito, segundo y quinto del festejo. La versión de Federico Morena, en El Heraldo de Madrid, en su edición de la noche misma del festejo sobre la faena realizada al segundo de la tarde:
Segundo. «Arrampuje». Negro, bragao y largo de cuerna. Armillita es aplaudido en unos lances a la verónica, que remata con media superior. El reserva sufre una caída al descubierto y el toro le tira un derrote tremendo y le arranca la manga, seguida de la casaquilla. El toro se lleva en un pitón del picador. Pasa el piquero a la enfermería, quejándose de dolores en la espalda. Armillita hace un quite precioso por chicuelinas, que le vale una ovación. El toro cumple en varas. Los otros matadores también se hacen aplaudir en quites. Cambiado el tercio coge los palos Fermín y cuartea un buen par. (Muchas palmas.) Otro superiorísimo. Las banderillas quedan tiesas en lo alto del morrillo. (Gran ovación.) Cierra el tercio con otro par enorme. Ahora la ovación es clamorosa. Armillita empieza la faena de muleta con un soberano pase ayudado por alto; echa la muleta a la izquierda y dibuja un magnífico natural, pero el bicho le pisa el trapo rojo y le desarma. Coge otra muleta y mete tres naturales formidables y liga el último con uno de pecho enormísimo. (Ovaciones clamorosas.) Continúa Fermín toreando en redondo de manera sorprendente, quietos los pies, erguida la figura y torerísimo. El público enloquece. Hay pases de todas las marcas y adornos de buena ley. Con el estoque ha estado superior. Un pinchazo magnífico y una estocada atacando muy bien. (Ovación clamorosa con petición casi general de oreja, que el presidente no concede.) El toro es aplaudido en el arrastre y se le da la vuelta al ruedo. Sigue la ovación al espada, que sale varias veces al tercio a saludar. Al salir el tercer toro continúa la ovación a Armillita, que sale de nuevo al tercio. El presidente escucha una bronca por no conceder la oreja.

La faena a Mocito, – Federico Morena, en El Heraldo de Madrid dice que se llamó Bonito – el quinto de la tarde, de pelo ensabanado, fue vista por Gregorio Corrochano del ABC de Madrid de la siguiente manera:
Salió el quinto. En el quinto toro, que era de una bravura más pastueña, más fácil por tanto, menos peligroso, hizo Armillita exactamente lo mismo, y acaso un poco mejorado. No. No me cansaré en detallarlo. Basta con releer. Toreó otra vez con la izquierda. Había banderilleado también, y en los pases con la derecha se separó del toro el grueso de un alamar. Hizo una cosa que a mí no me gusta, porque, o es nada, o es peligrosísimo. Pero hasta en esto se vio perfectamente su calidad de torero, que sabía lo que hacía y lo que iba a hacer el toro. Dio un molinete de rodillas, con las dos rodillas en tierra, y, sabiendo ya que, al terminar, el toro le podía dar un derrote al tiempo de levantarse, echó la muleta por alto, con lo que se quitó el derrote del toro. Son detalles de torero que no pierde la serenidad ni en lo que parecen locuras. Mató de una estocada. Le dieron las dos orejas, la de éste y la que se le debía. Tuvo Armillita el detalle de buen gusto de no dejar que le cortaran al toro la pata. Esta tarde Armillita ha triunfado plenamente en Bilbao.

En cuanto al encierro, recurro también a la versión de Gregorio Corrochano, que es quien hace un análisis más detallado del juego de la corrida:
Domecq ha mandado una gran corrida de toros. La casta de Veragua vuelve con Domecq, adonde estuvo, a la cabeza de la ganadería española. Por esta corrida se le ve buscar lo antiguo. Algunos toros eran por su lámina, de hace cincuenta años. Parecían sacados del conocido cuadro de la Muñoza, en el que un garrochista aparta unos toros. Por primera vez viene a Bilbao. ¡Para años hay toros de Domecq en Bilbao! Los toros segundo y quinto fueron extraoridinarios. Para el ganadero, aún mejor el segundo. Este toro tenía una casta como hace muchos años yo no recuerdo en toros de Veragua. Porque este toro sólo tuvo un momento de flaqueza, en el último puyazo. Pero empezó el toro a crecer, a ir a más, a sacar cada vez más casta, y, si no da con un torero como Armillita, no sé a dónde llega el toro. ¡Hay que seguir esta reata, D. Juan Pedro, que debe ser de lo mejor que hay en Jandilla! Además de esto, la presentación ha sido una preciosidad. ¡Qué lástima de toros! El mayoral de Domecq salió al ruedo a saludar y dio la vuelta con Armillita en el quinto toro.

Por su parte, Recorte, cronista de La Libertad de Madrid, expone en breves líneas el resultado final del festejo:
No quiero incurrir en el defecto de detallar lo que ha hecho Armillita esta tarde con dos buenos toros de Domecq, antes de Veragua. No es necesario cansarles a nuestros lectores ni gastar tinta y tiempo. Además, me sería difícil encontrar adjetivos, a pesar de la cantera que existe en nuestro idioma. Basta con lo dicho. Basta con decir que Armillita ha tenido una tarde perfecta, grandiosa, que todo le ha salido bien, que ha toreado de filigrana con las dos manos, que ha banderilleado y ha matado en este mismo tono y que todo se ha producido con toros de verdad y ante público tan severo como el de Bilbao…

La antigua Plaza de Vista Alegre en Bilbao
escenario de este relato
Después de leer los relatos de lo sucedido esa tarde, saber por qué el Maestro Fermín sentía tan grande satisfacción en recordar esa tarde del 21 de agosto de 1935 como una de las grandes suyas. Y es que esas crónicas de su actuación, firmadas por los periodistas de ese día, que con el paso del tiempo se tornaron en los grandes historiadores del Toreo, aclaran sin lugar a dudas, que en esa corrida  realizó una de las faenas que más hondamente calaron en la afición bilbaína – ante la que Armillita tenía gran predicamento – y por eso dejó una huella imborrable en la Historia de la Fiesta.

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