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lunes, 13 de julio de 2020

En el centenario de Carlos Arruza (VIII/II)

La creatividad de Carlos Arruza

Retomo aquí lo que dejé pendiente el día de ayer y continúo con la relación de las suertes del toreo creadas por Carlos Arruza durante su trayectoria en los ruedos del mundo.

El Pase o Vuelta de Toledo

Carlos Arruza
Respecto de esta suerte Carlos Arruza no hace mención en sus recuerdos, cuando habla de la temporada de 1945, no hace especial recuerdo de su paso por Toledo y al rememorar su temporada del 51, curiosamente hace remembranza de días antes y del día después de su actuación allí, pero no de esa tarde ni de la creación de la suerte como en el caso de las anteriores. 

Pude localizar tres tardes suyas en esa ciudad. En 1945 fueron dos, la del 31 de mayo cuando con toros de Rogelio Miguel del Corral, alternó con Manolete y Parrita y la del 7 de septiembre, cuando con los mismos alternantes, lidió toros de Galache. La siguiente que encontré es la del 15 de septiembre de 1951 en la que sus alternantes fueron Manolo González y Julio Aparicio y los toros de Arturo Sánchez Cobaleda.

Es en esta última tarde en la que una crónica, la de Benjamín Bentura Barico, aparecida en El Ruedo del 20 de septiembre de ese año, parece describir lo que después se conoció como El Pase o Vuelta de Toledo y lo hace de la siguiente manera:
...Y así vimos a éste Carlos Arruza – ¡qué lejos de aquel Arruza cuya presentación fue sensacional! – supervalorado. Y vimos aquél “péndulo” de la muleta tras el cuerpo del torero, como para hacer ver a la res que la pelea continuaba, y aquel doble muletazo que empezaba por un lado de la res, continuaba por alto para dejar muerta la muleta en el lado contrario y proseguir luego el pase. Arruza iba creando a medida que el bicho embestía, desacompasadamente de ordinario...
Aquí vamos a encontrar un término – péndulo – que será fundamental para entender la siguiente suerte creada por El Ciclón. Y es que ese movimiento pendular de la muleta por detrás del cuerpo del diestro, que sirve para fijar la atención del toro, daría como resultado otra suerte distinta unos meses después.

José Luis Ramón, en su Diccionario Ilustrado de las Suertes del Toreo, citando a Fernando Vinyes, define así esta suerte:
Fue un muletazo de recurso que Arruza improvisó, precisamente en la imperial Toledo, mientras toreaba sobre la mano derecha para salvar una colada del toro, al sacárselo hacia afuera con la panza de la muleta y haciéndole dar un giro en sentido contrario al natural. Una vez perfeccionado lo repitió – ya preparado –, incorporándolo a su repertorio.
El Pase o Vuelta de Toledo cayó en desuso. Manolo Arruza, hijo del creador de la suerte, lo practicaba cuando las circunstancias lo permitían, pero en España, el que revitalizó la suerte fue Jesulín de Ubrique y la rebautizó, le llamó El Pase de la Tortilla, del que el citado José Luis Ramón dice:
…consiste en ligar, con idéntico movimiento de abrir la mano y dar salida al toro, dos muletazos, uno en cada dirección, manteniendo siempre una absoluta quietud: uno dando salida al toro por el pecho del matador y otro dándosela por la espalda. Para rematar el feo nombre y su mala fama, al torero de Ubrique le gustaba explicar que había dado este nombre a la suerte no por el movimiento envolvente de la muleta, sino porque hacen falta un par de huevos para darla sin moverse. Carlos Arruza hizo este mismo muletazo y en aquella época se llamó la Vuelta de Toledo.
Nihil novum sub sole, nada nuevo hay bajo el sol, simplemente algunas décadas y unos públicos que desconocían el bagaje y el genio creador de Carlos Arruza que fue quien como recurso primero y como medio de captar la emoción de los tendidos después, lo hizo parte de su repertorio delante de los toros.

El Péndulo

Contó Arruza a Conrad:
Unos días después me fui a torear a Perú. Mari y la niña se quedaron en España y me encontrarían en México cuando terminara esa breve campaña sudamericana. No estuve bien en Lima. Empecé mal y aunque lo intenté, no pude hacer nada para corregirlo... Después de mi actuación en Lima volé a Tijuana y tuve una tarde como la que hubiera querido dar a los peruanos. Pero así es la fiesta. 
Fue en esta corrida que hice El Péndulo por primera vez. Intencionadamente esto es. Algunos meses antes, lidiando un toro complicado, citándolo para dar un derechazo, se arrancó de repente, sorprendido, vi que en lugar de pasar por enfrente de mis piernas donde sostenía la muleta, se colaba por detrás, probablemente por algún defecto en la vista, no tuve forma de salir del aprieto así que solamente hice un arco con el cuerpo y saqué la muleta por detrás, el toro pasó rozándome, pero sin causarme daño. Lo despaché pronto... Eso me dejó pensando las siguientes semanas acerca de sí fuera posible hacer eso deliberadamente... Entendí que no había manera de saberlo más que intentándolo frente al toro, así que cuando saque en el sorteo uno bueno en Tijuana, balanceé la muleta como un péndulo detrás de mí cuando estaba a cierta distancia del toro para probar su visión y me fui a los medios para llamarlo... el toro se arrancó, siguió el movimiento de la tela y me pasó por detrás... Ese día tuve uno de mis más grandes triunfos en México...
Estamos hablando del final de la temporada española de 1951. La feria de Lima se dio entre los días 1º de noviembre y 6 de diciembre de ese año. Arruza toreó el 4 de noviembre con Manolo González y José María Martorell toros de Yencalá y como refiere en sus recuerdos, el resultado que se le apunta en el semanario El Ruedo es que su actuación fue discreta

Su reaparición en ruedos mexicanos fue en Tijuana, el 2 de diciembre de 1951, alternando con Miguel Báez Litri y Jorge El Ranchero Aguilar. Los toros fueron de La Punta. Allí le cortó el rabo al segundo toro de su lote y si hemos de hacer caso a su dicho, en esa faena fue donde estrenó el muletazo de El Péndulo como una suerte ya preparada.

No obstante, la conseja popular tiene una versión distinta del estreno de esa suerte, pues se atribuye que fue un par de años después y en la Plaza México durante un festival benéfico. Daniel Medina de la Serna, en el primer volumen de la obra Plaza México. Historia de una Cincuentona Monumental, escribe lo siguiente:
…El 20 de septiembre la Sra. María Izaguirre de Ruiz Cortines, esposa del mandamás, organizó el “Festival del Recuerdo” a beneficio de algún hospicio. Hicieron el paseíllo Pepe Ortiz, Heriberto García, Jesús Solórzano, Paco Gorráez, Silverio Pérez y Carlos Arruza, esa tarde “El Ciclón” dio a conocer, que casi fue poner de moda, el péndulo…
Es decir, conforme a esa versión, Carlos Arruza pondría a disposición del público capitalino, ya retirado, la suerte de El Péndulo, habida cuenta de que toreó su última corrida vestido de luces del 22 de febrero de 1953 en la gran plaza y lo hizo de manera final y definitiva en Ciudad Juárez el 1º de marzo de ese mismo año, toreando a beneficio de su cuadrilla.

Alejandro Silveti, uno de los toreros que después ejecutaron con frecuencia esta suerte, la explica de esta manera a José Luis Ramón:
La primera vez que lo vi hacer, siendo yo un niño, fue al maestro Carlos Arruza, cuando ya estaba en su etapa de rejoneador. Se bajó del caballo en la plaza México y le dio el péndulo a un toro de Pastejé, su propia ganadería, al que le cortó el rabo... Antes de ejecutar el péndulo, yo tengo en cuenta varios aspectos fundamentales: el primero; la espalda del torero (hacia dónde va a sacar su muleta) siempre debe estar hacia la puerta de toriles. Es más fácil que a un toro se le pueda cambiar su viaje si éste va hacia su querencia natural... En Madrid, por ejemplo, yo siempre pongo el toro entre los tendidos 6 y 7, quedando los toriles a mi espalda...
En conclusión

Escribía Díaz – Cañabate en la efervescencia del año 45 que Carlos Arruza daba un sentido deportivo al toreo. Bien sabido es que don Antonio, El Cañas para sus allegados, poco o ningún aprecio tuvo para lo que llegaba a España de este lado del Atlántico. Cierto es que Carlos Arruza desplegó siempre una tauromaquia que se apoyaba en una envidiable condición física, pero en ello demostró que era un adelantado a su tiempo, pues hoy en día los toreros cuidan casi como atletas de alto rendimiento esa arista de su preparación.

Con toda la admiración y el respeto que me merece la obra de don Antonio, creo que en el caso de Arruza no supo separar la paja del grano y la prueba está en estas líneas. Carlos Arruza dejó para la posteridad suertes del toreo que se siguen ejecutando y que, además, quienes las integran a sus faenas, procuran imponerles un sello personal, es decir, no son objeto de mera imitación, sino que sus autores tienden a encontrar en ellas un motivo de expresión personal.

Todo esto demuestra que la tauromaquia de Carlos Arruza era mucho más que una mera exhibición de poderío físico y tan es así, que a un siglo de su natalicio, nos sigue dando tema de conversación.

domingo, 31 de mayo de 2020

28 de mayo de 1970. Confirma su alternativa en Madrid Antonio Lomelín

La temporada madrileña del 52

Infografía tomada de la cuenta de Twitter
del matador Antonio Lomelín hijo
@antoniolomelinn
Ese año del 52 estaban recién reanudadas las relaciones taurinas entre España y México y los toreros mexicanos eran novedad en los carteles de la Villa y Corte. El 25 de mayo, Juan Silveti le cortó las orejas al toro Campero de Pablo Romero y se convirtió en el primer torero mexicano en abrir la puerta grande de Las Ventas en una Feria de San Isidro – que para los nuestros era accesible apenas desde el año anterior – y el 12 de octubre, en la Corrida del Montepío de Toreros, le volvió a cortar una oreja a cada uno de los toros Granillero y Grillito del Conde de la Corte, para abrir de nuevo la llamada Puerta de Madrid. Desde esa fecha, y hasta lo que pretendo narrarles, el cerrojo de ella para los nuestros, parecía firmemente echado.

La corrida del Corpus en Madrid

El Jueves de Corpus es una festividad religiosa que en España tiene una gran nota de taurinidad. Son los de Sevilla, Toledo y Granada, festejos de gran tradición en el calendario taurino hispano y en el año de 1970, coincidió que la decimoquinta corrida de la Feria de San Isidro se diera en ese señalado día. El cartel lo conformaron toros de don Alonso Moreno de la Cova para Andrés Vázquez, José Manuel Inchausti Tinín y Antonio Lomelín, que confirmaría su alternativa.

El confirmante representaba una verdadera incógnita para la afición madrileña. Llegó a España sin un gran aparato publicitario, aunque con un excelente apoderamiento, por esas calendas lo llevaba Manuel del Pozo Rayito, quien conocía al dedillo los entramados de la fiesta del otro lado del mar y supo acomodarlo en plazas y ferias de importancia, sin importar que previamente no se haya anunciado su presencia por aquellos lares, y la astucia de Rayito dejó réditos, porque al final de ese Jueves de Corpus, Antonio Lomelín quedaba lanzado como una nueva figura del toreo.

El triunfo de Antonio

Barruntaba yo que Antonio Lomelín representó una sorpresa para la afición de Madrid. Y es que era verdaderamente nuevo en esa plaza, no solamente por no haber toreado allí, sino porque eran pocas las noticias suyas que los asistentes frecuentes a Las Ventas tenían de su actividad en México. Don Antonio (presumiblemente Antonio Abad Ojuel), cronista del semanario madrileño El Ruedo, en el número aparecido el 2 de junio de ese año, entre otras cuestiones reflexiona lo siguiente:
Si me preguntan qué es lo que más ha resonado de la corrida del Corpus en Madrid, diré sin titubeos: el mejicano.
— ¿También es de oro? — oigo que me preguntan.
—No sé de qué metal está fundido Antonio Lomelín; pero su vivaz y deportivo sentido del toreo tuvo un tintineo alegre.
— ¿Tan bueno es? — siguen las interrogaciones.
—Digamos que es dinámico, sorpresivo, rápido. Antes de comenzar la corrida todo el mundo preguntaba quién era. Al terminarla, seguro que le habían surgido centenares de amigos íntimos «de toda la vida» y miles de admiradores de «ya lo decía yo».
— ¿Y como torero? – apuran los técnicos.
— Tiene buena planta, juventud y ganas de triunfo. No maneja los engaños con temple — al menos el día de su presentación — y torea a trallazos y a velocidad de vértigo. Sabe hacer el toreo a cuerpo limpio, correr un toro, cambiarle, quebrarlo, con lo cual tiene una facilidad extraordinaria para las banderillas. Y se tira a matar como los nativos de Acapulco se tiran de las altísimas rocas al mar para asombro de turistas: de cabeza. Tiene mente despejada, serenidad y sentido de las relaciones públicas — bastó verle cómo saludaba a nuestra bandera — para caminar adelante con soltura.
— ¿Y su triunfo?
— Sonoro, ayudado un poco por la sorpresa. Como, en general, se esperaba un torero modesto, tal vez se sobreestimó su labor. Pero quien se asusta tan poco delante de un toro como «Napolitano» — enmorrillado, hondo, bien puesto y con cara de sabio del Pentágono — es digno de ser tenido en cuenta. Me acordé del día de la presentación de Carlos Arruza en Madrid, el 18 de julio de 1944, Todos entraron en la plaza preguntando quién era y salieron proclamando la llegada de un torero...
Don Antonio guarda un poco para sí el beneficio de la duda, pero hace un parangón al final de la cita que nos deja clara la gran impresión que causó Antonio Lomelín, compara su triunfo con el que tuvo Carlos Arruza el día de su confirmación. Así de grande fue la tarde que dio ese 28 de mayo de hace 50 años. Afirmaban quienes lo vieron, que se escuchó en Las Ventas, como en México, el grito de ¡torero!... ¡torero!, algo inusitado allá.

Otra relación del festejo es la de Antonio Díaz – Cañabate, en el ABC de Madrid. Conocido es el poco gusto de Díaz – Cañabate por los toreros no españoles, a quienes trató siempre con una dureza inusitada y a veces injustificada. En esta oportunidad, de manera sorpresiva, sin perder su línea de juzgar con rectitud lo visto en el ruedo, trata adecuadamente, creo, a Antonio Lomelín, según vemos en lo que sigue:
Antonio Lomelín, torero mejicano, nos sorprendió al banderillear sus dos toros. Siete pares colocó. El mejor, uno al verdadero quiebro, no a topa carnero, al primero. Nos sorprendió porque produjo la sensación de banderillero fácil, pero dentro de esa facilidad, cierto estilo airoso y sobre todo, alejado de la vulgaridad. Entra, se centra, clava y sale con donaire. Algo que no estamos acostumbrados en esta época de penuria banderillera. Su faena de muleta al toro de la confirmación de su alternativa fue desigual. A momento, lucida. A otros, excelente. En otros, corriente. En conjunto, muy aceptable. Creo que lo más sobresaliente estuvo en la estocada. Soberbia estocada, de perfecta ejecución. Una oreja. En el sexto se mantuvo por debajo de las posibilidades que le ofreció el buen toro. Comenzó con un pase muy espectacular, de frente, al toro, pero despidiéndolo con la muleta a la espalda, que intentó en el primero y que después repitió en éste. La gente, tan ansiosa, aunque no lo parezca, de salirse de lo trillado, se embaló. Volvió Lomelín a matar muy bien, de una estocada no tan perfecta como la primera, pero volcándose en el toro, y la embalada gente orejófila le concedió las dos orejas…
Así, con tres orejas en las manos, la de Montillano toro de su confirmación y las dos de Napolitano, toro que cerró el festejo, Antonio Lomelín abría la Puerta Grande después de casi 18 años de estar cerrada para un matador de toros mexicano, pues como decía al inicio de estas líneas, el candado lo tenía puesto para nuestros toreros desde el 12 de octubre de 1952.

El encierro de don Alonso Moreno

Los urcolas de don Alonso Moreno de la Cova cautivaron a la afición esa tarde. Era todavía el toro de antes del guarismo y reflexiona mi amigo Pedro del Cerroa quien pueden leer aquí – que muchos encastes fueron afectados por esa medida – quizás necesaria, diría yo –, por su orden se nombraron Montillano, Pensamiento, Pistolero, Cocinito, Caperuzo y Napolitano. Se condenó a banderillas negras a Cocinito, pero a Napolitano se le dio la vuelta al ruedo. Creo que el balance no puede considerarse negativo. Aplica aquí la socorrida frase atribuida a don Antonio Llaguno: los toros no tienen palabra de honor…

Díaz – Cañabate, en su crónica, dedica un buen espacio al análisis del encierro y es interesante lo que dice, de lo que entresaco lo siguiente:
...Don Alfonso (sic) Moreno de la Cova es un sevillano jaranero, en el buen sentido de la palabra, no juerguista, sino optimista y parlanchín, y fantasioso, pero hombre serio que ha heredado su afición al toro y, por consecuencia de ella, es ganadero que lucha en las tientas y estudia los sementales en busca del renombre y el prestigio para su hierro. Mas para obtenerlo no lo persigue para lo que se ha dado en llamar el toro comercial. Lo rastrea con el fin de alcanzarlo simplemente con el toro con hechuras de tal y, a ser posible, con hechos de bravura. Ejemplo de esto ha sido la corrida de hoy. 
Por el chiquero han salido seis estampas de toro. Regordíos, pero finos de línea. Regordíos, pero no cebados. A la finura de su línea se unía la arrogancia de sus cabezas, la hermosura de sus corpachones. Casi todos fueron ovacionados de salida. En la boca de los espectadores se agolpaban los piropos. Pocos animales existen que provoquen el requiebro encendido, ardoroso, rendido, como el que se dirige a una estupenda mujer... 
De las seis estampas hubo una mansa: la cuarta. De siempre he sentido predilección por los toros mansos. Cómo nunca me sometí a un psicoanálisis, ignoro el fundamento de esta simpatía... por desgracia, Andrés Vázquez no entendió a la magnífica y mansa estampa y fue condenada a banderillas negras... Las otras cinco estampas no defraudaron su imponente trapío. En el primer tercio sobresalieron la segunda y la sexta, sobre todo ésta, que se arrancaron de largo, aunque luego no recargaron. Suaves, nobles y facilones para los toreros... La corrida la llenaron las seis estampas de toro. Seis estampas que ojalá sirvan de modelo para toda clase de ganaderos y para que el público vaya dándose cuenta de que habiendo toros en el ruedo la fiesta adquiere lo que el torito no puede proporcionarla. Hermosura...
Al final

El triunfo de Madrid terminó por abrir las plazas españolas a Antonio Lomelín. Cerró la campaña con 22 corridas, cortando en ellas 41 orejas, según el escalafón publicado en el semanario El Ruedo y quedó encaminado para andar un sendero que lo llevaría en algo menos de una década a lo más alto de la torería en México, en una trayectoria marcada con muchos triunfos y muchos percances, pero hoy recuerdo aquí el gran y significativo triunfo que tuvo en su presentación en la plaza de toros más importante del mundo.

domingo, 11 de agosto de 2013

14 de agosto de 1969: Manolo Martínez triunfa en San Sebastián

El cartel de la Semana Grandede 1969
Las dos campañas que hizo Manolo Martínez en España tienen, en la memoria colectiva, el signo de que no se distinguieron por los triunfos obtenidos. La causa de ese recuerdo es que no tuvo rotundidad en Madrid – a pesar de cortar una oreja el día de su confirmación de alternativa – y en Sevilla no se presentó sino hasta muchos años después. Pero una revisión exhaustiva de su paso por las plazas españolas y francesas, nos reflejan que triunfó en plazas de importancia, como Málaga, Toledo, Valencia, Bilbao o Mont de Marsan alternando con los principales toreros de allá de esos días.

La Semana Grande de San Sebastián de 1969 fue una feria en la que se lidiaron encierros ganaderías como Moreno Silva, Núñez Hermanos, Baltasar Ibán, Atanasio Fernández, Clemente Tassara, Salustiano Galache, o Fermín Bohórquez y en el aspecto de los toreros actuaron Paquirri, Manolo Cortés, Paco Camino, Antonio Ordóñez, Ángel Teruel, Jaime Ostos o Serranito. En ese entorno, la corrida a celebrarse en El Chofre el día 14 de agosto, tenía como ingredientes a los toros de don Antonio Pérez, de San Fernando, Salamanca y a los toreros Diego Puerta, Paco Camino y Manolo Martínez.

Manolo Martínez llegaba a Donostia con la aureola de haber cortado cuatro orejas y dos rabos en su anterior actuación – Málaga, 5 de agosto – en la que alternó con Antonio Ordóñez y Santiago Martín El Viti en la lidia de toros de doña María Pallarés. Entonces, para la tarde que me tiene aquí con Ustedes hoy, se tenía anunciado un cartel que puede considerarse bien rematado.

Así se anunció en España
Manolo Martínez
Me llama la atención el hecho de que en aquellos días los diarios de la capital española enviaban a sus cronistas titulares como enviados especiales a cubrir distintas ferias, sobre todo aquellas que por su tradición y calidad podían considerarse como verdaderos acontecimientos. Hoy ya son pocos los diarios madrileños que cubren así las grandes ferias y en el caso de San Sebastián y además, resulta triste que hoy, por la cerrazón de unos cuantos políticos, ni siquiera haya feria. Sobre la tarde que me ocupa, encontré dos relaciones en los diarios de Madrid. La primera, en el ABC, escrita por Antonio Díaz – Cañabate y una segunda en el diario Madrid, firmada por Julio de Urrutia.

Cito en primer lugar la crónica de Díaz – Cañabate, en la que, dejando de lado lo que me parece es su poco gusto por nuestros toreros, se expresa en forma laudatoria de la actuación de Manolo Martínez. De su crónica extraigo lo que sigue:
El tercero fue el clásico toro que ha hecho famosa y perdurable la ganadería de Antonio Pérez. La bondad hecha toro. La arrancada alegre y reposada, la cabeza humillada, fija, sin el menor cabeceo en la muleta, dócil al mando del torero y suave su trote o su galope. El mejicano Manuel Martínez tenía que estar ciego para no ver todo esto. Lo vio enseguida y se puso a tono con el toro. Lo más sobresaliente de su buena faena fue que se apartó de lo mecánico, hoy tan prodigado. Había calor, regusto en sus pases, temple en la mano, largura en el brazo, finura y armonía en sus movimientos y también variedad. Se percibía que el toro y el torero estaban contentos de haberse encontrado. Se compenetraron y esto es esencial en el toreo. Tan esencial como que después de una buena faena muera el toro tan dignamente como ha sido toreado y en esto falló lamentablemente Manuel Martínez. Entra mal y señala un pinchazo. Vuelve a entrar mucho peor y la espada cae en los bajos y rueda el toro sin puntilla. Aun los más ignorantes de los espectadores tuvieron que percatarse de la muy fea manera con la que entró a matar, y a pesar de esta evidencia se enfadaron mucho con el presidente, que cumpliendo con su deber solo concedió una oreja. ¡Qué ceguera la del público!...
Otro pasaje interesante de su crónica se refiere al cambio de calidad entre los asistentes a los festejos taurinos, dejando cada vez mayor espacio al público feriante. La reflexión es la siguiente:
Hoy he observado a un matrimonio de esos que está uno seguro de que se llevan muy bien porque los dos son gordos. Confundían a Diego Puerta con Paco Camino. “¡Muy bien Paco!”, decía el marido; y la mujer le corregía: “No es Paco, es Diego”. Discutían un rato amigablemente. Y cuando Paco o Diego estaban toreando, el matrimonio se dedicaba a buscar entre la multitud a una prima de ella llamada Eusebia. Naturalmente, no la encontraban… ¿A qué no saben ustedes lo que más le gustó al matrimonio que se pasó la corrida buscando a su prima Eusebia? ¿La faena de Martínez? ¡Qué va! Los berridos que pegaron el quinto y el sexto, broncos los del quinto, aflautados los del sexto. “Ves tú – le decía el marido a la mujer –, por oír estos berridos merece la pena venir a los toros…
Por su parte, Julio de Urrutia destaca lo siguiente:

Una faena de Manolo Martínez y un toro de A.P., verdaderamente extraordinarios… El tedio abrumador de la tarde quebró durante diez minutos al salir el tercero de don Antonio, que, según dijimos al principio, resultó un toro extraordinario, el mejor de toda la feria hasta ayer y uno de los más pastueños de cuantos se llevan corridos por esas plazas en la presente temporada. Es muy difícil que a Manolo Martínez le vuelva a caer un animal semejante en los lotes que le quedan de su campaña actual. Porque meter la cabeza en el engaño como la metía el “apé”, humillar como humillaba en el centro de las suertes y quedar preparado como quedaba, cual si fuera un “robot” para el lance o pase siguiente, eso es muy difícil que vuelva a repetir un toro en el transcurso de los meses. El mexicano lanceó al toro en el primer tercio con una elegancia fuera también de serie, hizo un quite por navarras que puso a la gente en pie y cuando llegó la hora de la muleta instrumentó una faena a la altura de la bondad del bicho. Anotamos en ella tres naturales Inmensos con su correspondiente de pecho, un molinete, cuatro pases en redondo, varias tandas más de toreo al natural y dos circulares completos, rematados ahora con el pectoral con la derecha. El toro pasaba que era una bendición, pero el diestro no desmerecía en nada al acoplarse con él y obtener de la faena el máximo resultado artístico. Uno hubiera estado así cinco minutos más, contemplando la bella estampa formada en la arena entre los dos antagonistas. Pero lo que sucedía es que todos temíamos el instante preciso del diestro al entrar a matar por el resultado incierto de la espada. En efecto, la estocada – hasta las cintas – fue caída, pero hizo rodar fulminantemente al bicho patas arriba. El presidente tan sólo concedió una oreja a Manolo, porque el defecto del acero era visible a todas luces. Más... el público, que había seguido con singular admiración la perfecta armonía existente durante la lidia entre el toro salmantino y el torero azteca, hizo dar a éste dos vueltas al ruedo entre aclamaciones delirantes y saludar desde el tercio…
Otro apuntamiento de Urrutia va dirigido a la poca  o justa presencia de los toros que se lidiaron:
Al revés de los “apés” de hace veinte años, que cinco salían óptimos para el torero y uno barrabás, los corridos ayer en la plaza del Chofre tuvieron un balance exactamente a la inversa. Todos, por lo demás, estuvieron aceptablemente presentados y acusaron de primero a último la siguiente romana: 534, 501, 493, 500, 531 y 545 kilos. De edad no parecían estar muy sobrados. Esperemos, pues, con paciencia benedictina al año 1973, en que el ganadero venda cada toro con su respectiva partida de nacimiento. Entonces sabremos exactamente la edad natural y no la aparente, y habrá llegado el momento de desechar de toriles esos cartelitos con el pesaje de los cornúpetas, que a veces no hacen sino desorientar a la afición...
Manolo Martínez, en volandas
Los tiempos no parecen haber cambiado, puesto que todavía hoy se insiste mucho en el peso de los toros y se soslaya la edad cronológica que les corresponde, que es la que influye sobre su comportamiento. Y agrego, aunque en su momento el guarismo fue una solución a una problemática que se arrastraba de décadas antes, hoy se tiene que buscar otra alternativa que unida a esa cuestión deje en claro la edad de los toros que se lidian.

Más les distraigo de lo que me trae por aquí ahora. Como podemos ver, Manolo Martínez tuvo muy buenas tardes en los ruedos hispanos, aunque insistiré en que la rotundidad con la que actuaron sus contemporáneos en plazas como Madrid o Sevilla oscurecen su paso por esas plazas, pero la historia y la estadística nos dejan claro que el problema real es más de apreciación que de fondo.
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