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domingo, 31 de mayo de 2020

28 de mayo de 1970. Confirma su alternativa en Madrid Antonio Lomelín

La temporada madrileña del 52

Infografía tomada de la cuenta de Twitter
del matador Antonio Lomelín hijo
@antoniolomelinn
Ese año del 52 estaban recién reanudadas las relaciones taurinas entre España y México y los toreros mexicanos eran novedad en los carteles de la Villa y Corte. El 25 de mayo, Juan Silveti le cortó las orejas al toro Campero de Pablo Romero y se convirtió en el primer torero mexicano en abrir la puerta grande de Las Ventas en una Feria de San Isidro – que para los nuestros era accesible apenas desde el año anterior – y el 12 de octubre, en la Corrida del Montepío de Toreros, le volvió a cortar una oreja a cada uno de los toros Granillero y Grillito del Conde de la Corte, para abrir de nuevo la llamada Puerta de Madrid. Desde esa fecha, y hasta lo que pretendo narrarles, el cerrojo de ella para los nuestros, parecía firmemente echado.

La corrida del Corpus en Madrid

El Jueves de Corpus es una festividad religiosa que en España tiene una gran nota de taurinidad. Son los de Sevilla, Toledo y Granada, festejos de gran tradición en el calendario taurino hispano y en el año de 1970, coincidió que la decimoquinta corrida de la Feria de San Isidro se diera en ese señalado día. El cartel lo conformaron toros de don Alonso Moreno de la Cova para Andrés Vázquez, José Manuel Inchausti Tinín y Antonio Lomelín, que confirmaría su alternativa.

El confirmante representaba una verdadera incógnita para la afición madrileña. Llegó a España sin un gran aparato publicitario, aunque con un excelente apoderamiento, por esas calendas lo llevaba Manuel del Pozo Rayito, quien conocía al dedillo los entramados de la fiesta del otro lado del mar y supo acomodarlo en plazas y ferias de importancia, sin importar que previamente no se haya anunciado su presencia por aquellos lares, y la astucia de Rayito dejó réditos, porque al final de ese Jueves de Corpus, Antonio Lomelín quedaba lanzado como una nueva figura del toreo.

El triunfo de Antonio

Barruntaba yo que Antonio Lomelín representó una sorpresa para la afición de Madrid. Y es que era verdaderamente nuevo en esa plaza, no solamente por no haber toreado allí, sino porque eran pocas las noticias suyas que los asistentes frecuentes a Las Ventas tenían de su actividad en México. Don Antonio (presumiblemente Antonio Abad Ojuel), cronista del semanario madrileño El Ruedo, en el número aparecido el 2 de junio de ese año, entre otras cuestiones reflexiona lo siguiente:
Si me preguntan qué es lo que más ha resonado de la corrida del Corpus en Madrid, diré sin titubeos: el mejicano.
— ¿También es de oro? — oigo que me preguntan.
—No sé de qué metal está fundido Antonio Lomelín; pero su vivaz y deportivo sentido del toreo tuvo un tintineo alegre.
— ¿Tan bueno es? — siguen las interrogaciones.
—Digamos que es dinámico, sorpresivo, rápido. Antes de comenzar la corrida todo el mundo preguntaba quién era. Al terminarla, seguro que le habían surgido centenares de amigos íntimos «de toda la vida» y miles de admiradores de «ya lo decía yo».
— ¿Y como torero? – apuran los técnicos.
— Tiene buena planta, juventud y ganas de triunfo. No maneja los engaños con temple — al menos el día de su presentación — y torea a trallazos y a velocidad de vértigo. Sabe hacer el toreo a cuerpo limpio, correr un toro, cambiarle, quebrarlo, con lo cual tiene una facilidad extraordinaria para las banderillas. Y se tira a matar como los nativos de Acapulco se tiran de las altísimas rocas al mar para asombro de turistas: de cabeza. Tiene mente despejada, serenidad y sentido de las relaciones públicas — bastó verle cómo saludaba a nuestra bandera — para caminar adelante con soltura.
— ¿Y su triunfo?
— Sonoro, ayudado un poco por la sorpresa. Como, en general, se esperaba un torero modesto, tal vez se sobreestimó su labor. Pero quien se asusta tan poco delante de un toro como «Napolitano» — enmorrillado, hondo, bien puesto y con cara de sabio del Pentágono — es digno de ser tenido en cuenta. Me acordé del día de la presentación de Carlos Arruza en Madrid, el 18 de julio de 1944, Todos entraron en la plaza preguntando quién era y salieron proclamando la llegada de un torero...
Don Antonio guarda un poco para sí el beneficio de la duda, pero hace un parangón al final de la cita que nos deja clara la gran impresión que causó Antonio Lomelín, compara su triunfo con el que tuvo Carlos Arruza el día de su confirmación. Así de grande fue la tarde que dio ese 28 de mayo de hace 50 años. Afirmaban quienes lo vieron, que se escuchó en Las Ventas, como en México, el grito de ¡torero!... ¡torero!, algo inusitado allá.

Otra relación del festejo es la de Antonio Díaz – Cañabate, en el ABC de Madrid. Conocido es el poco gusto de Díaz – Cañabate por los toreros no españoles, a quienes trató siempre con una dureza inusitada y a veces injustificada. En esta oportunidad, de manera sorpresiva, sin perder su línea de juzgar con rectitud lo visto en el ruedo, trata adecuadamente, creo, a Antonio Lomelín, según vemos en lo que sigue:
Antonio Lomelín, torero mejicano, nos sorprendió al banderillear sus dos toros. Siete pares colocó. El mejor, uno al verdadero quiebro, no a topa carnero, al primero. Nos sorprendió porque produjo la sensación de banderillero fácil, pero dentro de esa facilidad, cierto estilo airoso y sobre todo, alejado de la vulgaridad. Entra, se centra, clava y sale con donaire. Algo que no estamos acostumbrados en esta época de penuria banderillera. Su faena de muleta al toro de la confirmación de su alternativa fue desigual. A momento, lucida. A otros, excelente. En otros, corriente. En conjunto, muy aceptable. Creo que lo más sobresaliente estuvo en la estocada. Soberbia estocada, de perfecta ejecución. Una oreja. En el sexto se mantuvo por debajo de las posibilidades que le ofreció el buen toro. Comenzó con un pase muy espectacular, de frente, al toro, pero despidiéndolo con la muleta a la espalda, que intentó en el primero y que después repitió en éste. La gente, tan ansiosa, aunque no lo parezca, de salirse de lo trillado, se embaló. Volvió Lomelín a matar muy bien, de una estocada no tan perfecta como la primera, pero volcándose en el toro, y la embalada gente orejófila le concedió las dos orejas…
Así, con tres orejas en las manos, la de Montillano toro de su confirmación y las dos de Napolitano, toro que cerró el festejo, Antonio Lomelín abría la Puerta Grande después de casi 18 años de estar cerrada para un matador de toros mexicano, pues como decía al inicio de estas líneas, el candado lo tenía puesto para nuestros toreros desde el 12 de octubre de 1952.

El encierro de don Alonso Moreno

Los urcolas de don Alonso Moreno de la Cova cautivaron a la afición esa tarde. Era todavía el toro de antes del guarismo y reflexiona mi amigo Pedro del Cerroa quien pueden leer aquí – que muchos encastes fueron afectados por esa medida – quizás necesaria, diría yo –, por su orden se nombraron Montillano, Pensamiento, Pistolero, Cocinito, Caperuzo y Napolitano. Se condenó a banderillas negras a Cocinito, pero a Napolitano se le dio la vuelta al ruedo. Creo que el balance no puede considerarse negativo. Aplica aquí la socorrida frase atribuida a don Antonio Llaguno: los toros no tienen palabra de honor…

Díaz – Cañabate, en su crónica, dedica un buen espacio al análisis del encierro y es interesante lo que dice, de lo que entresaco lo siguiente:
...Don Alfonso (sic) Moreno de la Cova es un sevillano jaranero, en el buen sentido de la palabra, no juerguista, sino optimista y parlanchín, y fantasioso, pero hombre serio que ha heredado su afición al toro y, por consecuencia de ella, es ganadero que lucha en las tientas y estudia los sementales en busca del renombre y el prestigio para su hierro. Mas para obtenerlo no lo persigue para lo que se ha dado en llamar el toro comercial. Lo rastrea con el fin de alcanzarlo simplemente con el toro con hechuras de tal y, a ser posible, con hechos de bravura. Ejemplo de esto ha sido la corrida de hoy. 
Por el chiquero han salido seis estampas de toro. Regordíos, pero finos de línea. Regordíos, pero no cebados. A la finura de su línea se unía la arrogancia de sus cabezas, la hermosura de sus corpachones. Casi todos fueron ovacionados de salida. En la boca de los espectadores se agolpaban los piropos. Pocos animales existen que provoquen el requiebro encendido, ardoroso, rendido, como el que se dirige a una estupenda mujer... 
De las seis estampas hubo una mansa: la cuarta. De siempre he sentido predilección por los toros mansos. Cómo nunca me sometí a un psicoanálisis, ignoro el fundamento de esta simpatía... por desgracia, Andrés Vázquez no entendió a la magnífica y mansa estampa y fue condenada a banderillas negras... Las otras cinco estampas no defraudaron su imponente trapío. En el primer tercio sobresalieron la segunda y la sexta, sobre todo ésta, que se arrancaron de largo, aunque luego no recargaron. Suaves, nobles y facilones para los toreros... La corrida la llenaron las seis estampas de toro. Seis estampas que ojalá sirvan de modelo para toda clase de ganaderos y para que el público vaya dándose cuenta de que habiendo toros en el ruedo la fiesta adquiere lo que el torito no puede proporcionarla. Hermosura...
Al final

El triunfo de Madrid terminó por abrir las plazas españolas a Antonio Lomelín. Cerró la campaña con 22 corridas, cortando en ellas 41 orejas, según el escalafón publicado en el semanario El Ruedo y quedó encaminado para andar un sendero que lo llevaría en algo menos de una década a lo más alto de la torería en México, en una trayectoria marcada con muchos triunfos y muchos percances, pero hoy recuerdo aquí el gran y significativo triunfo que tuvo en su presentación en la plaza de toros más importante del mundo.

domingo, 11 de agosto de 2013

14 de agosto de 1969: Manolo Martínez triunfa en San Sebastián

El cartel de la Semana Grandede 1969
Las dos campañas que hizo Manolo Martínez en España tienen, en la memoria colectiva, el signo de que no se distinguieron por los triunfos obtenidos. La causa de ese recuerdo es que no tuvo rotundidad en Madrid – a pesar de cortar una oreja el día de su confirmación de alternativa – y en Sevilla no se presentó sino hasta muchos años después. Pero una revisión exhaustiva de su paso por las plazas españolas y francesas, nos reflejan que triunfó en plazas de importancia, como Málaga, Toledo, Valencia, Bilbao o Mont de Marsan alternando con los principales toreros de allá de esos días.

La Semana Grande de San Sebastián de 1969 fue una feria en la que se lidiaron encierros ganaderías como Moreno Silva, Núñez Hermanos, Baltasar Ibán, Atanasio Fernández, Clemente Tassara, Salustiano Galache, o Fermín Bohórquez y en el aspecto de los toreros actuaron Paquirri, Manolo Cortés, Paco Camino, Antonio Ordóñez, Ángel Teruel, Jaime Ostos o Serranito. En ese entorno, la corrida a celebrarse en El Chofre el día 14 de agosto, tenía como ingredientes a los toros de don Antonio Pérez, de San Fernando, Salamanca y a los toreros Diego Puerta, Paco Camino y Manolo Martínez.

Manolo Martínez llegaba a Donostia con la aureola de haber cortado cuatro orejas y dos rabos en su anterior actuación – Málaga, 5 de agosto – en la que alternó con Antonio Ordóñez y Santiago Martín El Viti en la lidia de toros de doña María Pallarés. Entonces, para la tarde que me tiene aquí con Ustedes hoy, se tenía anunciado un cartel que puede considerarse bien rematado.

Así se anunció en España
Manolo Martínez
Me llama la atención el hecho de que en aquellos días los diarios de la capital española enviaban a sus cronistas titulares como enviados especiales a cubrir distintas ferias, sobre todo aquellas que por su tradición y calidad podían considerarse como verdaderos acontecimientos. Hoy ya son pocos los diarios madrileños que cubren así las grandes ferias y en el caso de San Sebastián y además, resulta triste que hoy, por la cerrazón de unos cuantos políticos, ni siquiera haya feria. Sobre la tarde que me ocupa, encontré dos relaciones en los diarios de Madrid. La primera, en el ABC, escrita por Antonio Díaz – Cañabate y una segunda en el diario Madrid, firmada por Julio de Urrutia.

Cito en primer lugar la crónica de Díaz – Cañabate, en la que, dejando de lado lo que me parece es su poco gusto por nuestros toreros, se expresa en forma laudatoria de la actuación de Manolo Martínez. De su crónica extraigo lo que sigue:
El tercero fue el clásico toro que ha hecho famosa y perdurable la ganadería de Antonio Pérez. La bondad hecha toro. La arrancada alegre y reposada, la cabeza humillada, fija, sin el menor cabeceo en la muleta, dócil al mando del torero y suave su trote o su galope. El mejicano Manuel Martínez tenía que estar ciego para no ver todo esto. Lo vio enseguida y se puso a tono con el toro. Lo más sobresaliente de su buena faena fue que se apartó de lo mecánico, hoy tan prodigado. Había calor, regusto en sus pases, temple en la mano, largura en el brazo, finura y armonía en sus movimientos y también variedad. Se percibía que el toro y el torero estaban contentos de haberse encontrado. Se compenetraron y esto es esencial en el toreo. Tan esencial como que después de una buena faena muera el toro tan dignamente como ha sido toreado y en esto falló lamentablemente Manuel Martínez. Entra mal y señala un pinchazo. Vuelve a entrar mucho peor y la espada cae en los bajos y rueda el toro sin puntilla. Aun los más ignorantes de los espectadores tuvieron que percatarse de la muy fea manera con la que entró a matar, y a pesar de esta evidencia se enfadaron mucho con el presidente, que cumpliendo con su deber solo concedió una oreja. ¡Qué ceguera la del público!...
Otro pasaje interesante de su crónica se refiere al cambio de calidad entre los asistentes a los festejos taurinos, dejando cada vez mayor espacio al público feriante. La reflexión es la siguiente:
Hoy he observado a un matrimonio de esos que está uno seguro de que se llevan muy bien porque los dos son gordos. Confundían a Diego Puerta con Paco Camino. “¡Muy bien Paco!”, decía el marido; y la mujer le corregía: “No es Paco, es Diego”. Discutían un rato amigablemente. Y cuando Paco o Diego estaban toreando, el matrimonio se dedicaba a buscar entre la multitud a una prima de ella llamada Eusebia. Naturalmente, no la encontraban… ¿A qué no saben ustedes lo que más le gustó al matrimonio que se pasó la corrida buscando a su prima Eusebia? ¿La faena de Martínez? ¡Qué va! Los berridos que pegaron el quinto y el sexto, broncos los del quinto, aflautados los del sexto. “Ves tú – le decía el marido a la mujer –, por oír estos berridos merece la pena venir a los toros…
Por su parte, Julio de Urrutia destaca lo siguiente:

Una faena de Manolo Martínez y un toro de A.P., verdaderamente extraordinarios… El tedio abrumador de la tarde quebró durante diez minutos al salir el tercero de don Antonio, que, según dijimos al principio, resultó un toro extraordinario, el mejor de toda la feria hasta ayer y uno de los más pastueños de cuantos se llevan corridos por esas plazas en la presente temporada. Es muy difícil que a Manolo Martínez le vuelva a caer un animal semejante en los lotes que le quedan de su campaña actual. Porque meter la cabeza en el engaño como la metía el “apé”, humillar como humillaba en el centro de las suertes y quedar preparado como quedaba, cual si fuera un “robot” para el lance o pase siguiente, eso es muy difícil que vuelva a repetir un toro en el transcurso de los meses. El mexicano lanceó al toro en el primer tercio con una elegancia fuera también de serie, hizo un quite por navarras que puso a la gente en pie y cuando llegó la hora de la muleta instrumentó una faena a la altura de la bondad del bicho. Anotamos en ella tres naturales Inmensos con su correspondiente de pecho, un molinete, cuatro pases en redondo, varias tandas más de toreo al natural y dos circulares completos, rematados ahora con el pectoral con la derecha. El toro pasaba que era una bendición, pero el diestro no desmerecía en nada al acoplarse con él y obtener de la faena el máximo resultado artístico. Uno hubiera estado así cinco minutos más, contemplando la bella estampa formada en la arena entre los dos antagonistas. Pero lo que sucedía es que todos temíamos el instante preciso del diestro al entrar a matar por el resultado incierto de la espada. En efecto, la estocada – hasta las cintas – fue caída, pero hizo rodar fulminantemente al bicho patas arriba. El presidente tan sólo concedió una oreja a Manolo, porque el defecto del acero era visible a todas luces. Más... el público, que había seguido con singular admiración la perfecta armonía existente durante la lidia entre el toro salmantino y el torero azteca, hizo dar a éste dos vueltas al ruedo entre aclamaciones delirantes y saludar desde el tercio…
Otro apuntamiento de Urrutia va dirigido a la poca  o justa presencia de los toros que se lidiaron:
Al revés de los “apés” de hace veinte años, que cinco salían óptimos para el torero y uno barrabás, los corridos ayer en la plaza del Chofre tuvieron un balance exactamente a la inversa. Todos, por lo demás, estuvieron aceptablemente presentados y acusaron de primero a último la siguiente romana: 534, 501, 493, 500, 531 y 545 kilos. De edad no parecían estar muy sobrados. Esperemos, pues, con paciencia benedictina al año 1973, en que el ganadero venda cada toro con su respectiva partida de nacimiento. Entonces sabremos exactamente la edad natural y no la aparente, y habrá llegado el momento de desechar de toriles esos cartelitos con el pesaje de los cornúpetas, que a veces no hacen sino desorientar a la afición...
Manolo Martínez, en volandas
Los tiempos no parecen haber cambiado, puesto que todavía hoy se insiste mucho en el peso de los toros y se soslaya la edad cronológica que les corresponde, que es la que influye sobre su comportamiento. Y agrego, aunque en su momento el guarismo fue una solución a una problemática que se arrastraba de décadas antes, hoy se tiene que buscar otra alternativa que unida a esa cuestión deje en claro la edad de los toros que se lidian.

Más les distraigo de lo que me trae por aquí ahora. Como podemos ver, Manolo Martínez tuvo muy buenas tardes en los ruedos hispanos, aunque insistiré en que la rotundidad con la que actuaron sus contemporáneos en plazas como Madrid o Sevilla oscurecen su paso por esas plazas, pero la historia y la estadística nos dejan claro que el problema real es más de apreciación que de fondo.
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