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domingo, 8 de diciembre de 2013

Un festín de truhanes

Juan Pellicer Cámara
Ya en una oportunidad anterior había presentado a Ustedes a Juan Pellicer Cámara. Quizás me quedé corto al omitir algunos detalles sobre la revista Tiempo. Semanario de la vida y la verdad, fundada en la Ciudad de México por Martín Luis Guzmán en el año de 1942 y que todos los martes del año daba espacio a una pluralidad de pareceres sobre casi todos los temas que eran del interés nacional.

Entre los temas a los cuales daba espacio Tiempo, se encontraba la fiesta de los toros, a la que se consideró en esas páginas parte de nuestra vida y de nuestra cultura. Así, primero colaboró con sus Cartas Taurinas dirigidas al fundador y director del semanario el nombrado Juan Pellicer, que fuera durante una época también Juez de Plaza – Presidente – de la Plaza México y tras de su fallecimiento, asumiría la labor otro destacado periodista, Rafael Morales Clarinero.

Una interesante selección de las Cartas Taurinas de Juan Pellicer Cámara fueron recopiladas en el año de 1973 en un volumen que lleva precisamente ese título y a partir de que el escritor y académico de la Puebla mexicana Horacio Reiba Alcalino recordara en una de sus columnas semanales la expresión que sirve de título a esta entrada, me di a la tarea de releerla y al observar que su contenido tiene hoy en día un alto grado de vigencia – se publicó originalmente el 27 de enero de 1969 – considero que vale la pena reproducirla:

Un festín de truhanes 
Señor Director: 
En una carta anterior, no recuerdo cuál, le escribí algo sobre la frase, tan usual cuando se habla de toros, “El arte de Cúchares”. Ahora quisiera decirle algo alrededor de otra frase, también de uso común y corriente, cuando se escribe, cuando se habla del tema taurino: “La fiesta de toros”. Desde hace siglos, en los romances moriscos, recuerda usted, querido don Martín, aquellos en que se relataban hazañas de toreros moros, Gazul entre otros, que lidiaban a caballo y que, en ocasiones, competían con jinetes cristianos, se decía “La fiesta de toros”. Moratín, don Leandro Fernández de Moratín, escribió famosos versos, relativos a “Una fiesta de toros en Madrid”. Y así, a través del lenguaje, escrito o hablado, hasta nuestros días, seguimos refiriéndonos a "La fiesta de toros". A veces, en España, la han denominado, con un sentido más local y muy merecido, porque fue en España donde nació el toreo, tal como lo conocemos ahora, la han denominado, digo, “La Fiesta Nacional”. 
Un poema, maravillosamente descriptivo, de Manuel Machado, se titula con esa frase. También se ha designado a las corridas, atendiendo a la fiereza, a la bravura de los toros, casi desaparecida en la actualidad, como “La Fiesta Brava”. Usted notará, que hay una palabra, siempre invariable en estas denominaciones y es la palabra fiesta. Fiesta de toros, fiesta nacional o fiesta brava. Fiesta única, en verdad. Fiesta extraña, en la que se mezclan, en la que se entrelazan, de manera deslumbrante, desde por el sol que la preside, hasta por el brillo de la ropa en que se enfundan los actores, la vida y la muerte.  
Fiesta de terror y de alegría, como dijo Manuel Machado en su poema. Fiesta soberbia, de valor, de gallardía, de belleza plástica incomparable. La fiesta por excelencia del pueblo español, la fiesta por excelencia, arraigadísima ya como ninguna otra, del pueblo mexicano. Fiesta varonil, de arrojo, de destreza, de arte. El ambiente de la plaza de toros es de fiesta, como no lo es ningún otro ambiente y cuanto lo rodea, la casa del torero, la taberna, el café, el tablado flamenco, la feria, todo es fiesta. Es la fiesta de toros, la fiesta nacional, la fiesta brava. 
Pero, ahora los mercaderes han invadido la fiesta. Los mercaderes están detrás de los escritorios en las empresas de toros; están los mercaderes, también detrás de otros escritorios, como apoderados de los toreros y también están los mercaderes en las ganaderías, convertidos en simples tratantes de ganado. Es el apogeo del comercio taurino. La fiesta se ha ido apagando.  
El pueblo sigue acudiendo a las plazas, pero algo enturbia la alegría de la fiesta. Se presiente la estafa. Solamente y de manera brutal y torpe, impera un exclusivo afán de comerciantes. La fiesta aún no ha muerto. Todavía no la han matado. Pero, ya no es la fiesta. Es un espectáculo manejado, exclusivamente, para obtener dinero. Es un festín de truhanes. ¿Ha visto usted, don Martín, a los zopilotes, revolando sobre el cadáver de una inminente presa? Es el festín que agrupa a los que están acabando con lo que fue la fiesta por excelencia. Hasta la próxima. (Cartas Taurinas, Págs. 209 - 211)
Creo que podrán coincidir conmigo en que lo que escribió Juan Pellicer Cámara hace casi 45 años con algunos matices únicamente de grado, es perfectamente aplicable a lo que hoy sucede en esta fiesta.

Espero que les haya resultado de interés.

Aclaración necesaria: Los resaltados en el texto citado son obra imputable exclusivamente a este amanuense.

Referencia bibliográfica: Cartas Taurinas. – Juan Pellicer Cámara, con prólogo de Carlos Pellicer. – Editorial Joaquín Mortiz, colección Contrapuntos. Primera edición, México, 1973, 211 páginas, con ilustraciones en blanco y negro. – Sin ISBN.  

domingo, 26 de diciembre de 2010

Tauromaquia mexicana

Par a dos manos, a caballo.
José Guadalupe Posada (1852 - 1913)
Juan Pellicer Cámara (1910 - 1970), abogado, funcionario y escritor taurino. Juez de Plaza (Presidente) en la Plaza México. En el año de 1973 se recopiló una selección de sus colaboraciones epistolares a la revista mexicana Tiempo, que dirigía el novelista Martín Luis Guzmán, bajo el epígrafe de Cartas Taurinas (Joaquín Mortiz, colección Contrapuntos).

De las cartas que el editor de la obra seleccionó, me parece interesante la que está fechada el día 15 de septiembre de 1969, pues habla de expresiones muy mexicanas de la tauromaquia, pero también de otras cuestiones que creo que a Ustedes les podrá llamar la atención:

El estilo y el hombre

Querido don Martín:

El toreo mexicano tiene un acento propio y un sentimiento distinto, como ya en otra ocasión o en otras, he comentado. El ideal estético de nuestros toreros, originado por su raíz indígena, se realizó de un modo evidente y de él nació un estilo de torear. Fue Buffon el que dijo que el estilo es el hombre, y ser mexicano implica un estilo en el toreo. Pero aparte de esto, hubo en nuestra tauromaquia otras manifestaciones peculiares, de arrojo, de simple destreza, de habilidad, de suertes que han caído en el desuso, lo mismo sucedió en España con otras, propias de acróbatas valerosos.

Ha sido el salto sobre el toro, si no el primero, sí uno de los primeros lances del toreo. Miles de años antes de Cristo, se saltaba sobre los toros en Creta. Después el salto se hizo con la ayuda de una garrocha, Si los vasos cretenses están adornados con pinturas que representan aquellos brincos primitivos, las aguafuertes de Goya dan testimonio del salto con la garrocha, practicado por Juanito Apiñani, Y exclusivamente propia de toreo mexicano es la suerte de saltar con dos garrochas. Aquí en México la practicó, en la plaza de toros de Bucareli – año de 1888 –, un banderillero de Ponciano Díaz, que se llamó Atenógenes de la Torre. Era un atleta de grandes bigotes. Unas veces hacía de picador, otras de banderillero, y de espada muchas veces también. La suerte de saltar con dos garrochas la inventó para rivalizar con un torero español, que se llamó Juan Romero ‘Saleri’, que era todo un maestro en brincar con una y que, sin embargo, fue herido mortalmente al ejecutar esta suerte, en la plaza de Puebla. Atenógenes de la Torre, cuando el toro llegaba a la misma jurisdicción, se elevaba apoyándose sobre las dos garrochas, mientras el astado pasaba entre ellas. Otra suerte mexicana fue la de ‘La Mamola’, muy en boga en el pasado siglo. Era así: antes de abrirse el toril, el diestro se acostaba de espaldas en el suelo, frente a la puerta y a la distancia adecuada para que el toro le viera en el momento de salir al ruedo. Con las piernas levantadas verticalmente, sostenía con los pies una olla – una piñata – llena de ceniza o de yeso, y en aquella postura, esperaba la embestida. El toro rompía la piñata y su contenido le bañaba la cabeza para quedar como si lo hubieran enmascarado. Al asestar el topetazo, hacía que el toro diera una ‘machincuepa’.

Otras suertes fueron también creadas por la inventiva y el arrojo de nuestros toreros, como la llamada ‘de la Rosa’, que consistía en realizar un recorte a cuerpo limpio, burlando la embestida con un quiebro. En el momento del embroque, clavaba en el testuz una rosa, sujeta a un palillo de varios centímetros de longitud, en uno de cuyos extremos, había un rejón.

Si su tocayo Martín Barcáiztegui hacía alardes de irracional temeridad; si Juanito Apiñani realizaba locuras, como llamaba Goya a sus saltos, y si ‘El indio’ Mariano Ceballos no se quedaba atrás en tales arrebatos, como el de montarse en un toro y clavarle rejones a otro, Ildefonso García, aquí en México – año de 1839 –, no se quedaba atrás con el ‘Paso de la Muerte’, que era cosa muy diferente a la suerte charra que conocemos, pues Ildefonso se montaba sobre el astado y de espaldas a los pitones, iba recorriendo el lomo, hasta colocarse cerca del testuz, para cruzar los pies debajo del pescuezo de la res, resistiendo así los derrotes hasta cansar al astado y poderse desmontar. Pero, don Martín, esto que le voy a contar en seguida, tiene excepcional importancia, pues aclara que no fue don Tancredo López, en España, el que creó la suerte de esperar a pie firme e inmóvil a un toro, sino que el tabasqueño José Vázquez – al que con cordialidad costeña llamaban ‘Don Pepe’ – inventó realmente la suerte. Fue en Orizaba donde la practicó por primera vez, disfrazado de esqueleto, con una ropa blanca pintada de rayas negras para simular los costillares y otros huesos. Esto sucedía por allá por el año de 1881, cuando ‘Don Pepe’ tenía 55 años de edad y muchos riñones aún. Tuvo un imitador notable, que fue un banderillero llamado Antonio González ‘El orizabeño’, quien dio a conocer la suerte citada aquí en México, cuando corría el año de 1887. Don Tancredo López apareció en los redondeles españoles a principios de siglo unos quince o veinte años después de ‘Don Pepe’. Don Tancredo, además, hizo su número con variantes ventajosas, pues no se paraba en la arena, sino sobre un pedestal como de metro y medio de altura, para que, en caso de que el bicho embistiera, la cornada fuera al pedestal y no al hombre. Don José María Vázquez, además de que realizaba su suerte a ras del suelo, no esperaba que el toro saliera al ruedo, sino que lo citaba ya durante la lidia, cuando el astado era ya más peligroso.

Puedo citarle, don Martín, otras suertes típicamente mexicanas, entre ellas, la de banderillear con palitos de tres pulgadas, que realizaba el legendario Lino Zamora. Banderillear con la boca fue creación estrafalaria de Felicitos Mejía ‘El veracruzano’, que en esa suerte sufrió tremenda cornada, aquí en México, en la plaza de El Huizachal. Por último, quiero relatarle algo al parecer increíble, como es la suerte de estoquear arrodillado. Ponciano Díaz lo hizo en varias ocasiones, una de ellas, en la plaza de San Luis Potosí, en el año de 1882. Valor y una coordinación perfecta son indispensables para estoquear de tal manera. Matar recibiendo es una hazaña, pero recibir, y de rodillas, es algo que solo se realiza con la imaginación.

En cuanto al toreo a caballo, es muy importante saber que la suerte de banderillear a dos manos es netamente mexicana, y que fue el gran caballista Ignacio Gadea, nacido en Guadalajara, quien la ejecutó, por vez primera, en el año de 1853, en la plaza del Paseo Nuevo de Bucareli, y por cierto, en una fiesta dedicada al célebre truhán que se llamó Antonio López de Santa Anna. Después de Ignacio Gadea, fue Ponciano Díaz el mejor realizador de esta suerte, que dio a conocer en la Península Ibérica en 1889, practicándola en Madrid, Sevilla y Lisboa, sobre magníficos caballos mexicanos que se llamaban ‘El general’ y ‘El avión’.

Arcadio Reyes, famosísimo picador nuestro, fue también un gran banderillero a dos manos, y en Lima, en la plaza de Acho, dio a conocer esta suerte del toreo mexicano a la jineta.

Nuestra torería, por lo que he relatado, no se quedó atrás en cuanto a demostraciones de habilidad y de valor, sino al contrario, en muchos casos ha echado pie adelante a la española, según acabo de relatarle. Y como se dice al terminar las cartas, sin más de momento a qué referirme – pues la novillada del domingo pasado apenas tendrá importancia para la estadística – le envío mi cordial saludo semanal”.

Espero que efectivamente, como en mi caso personal, encuentren de interés el contenido de este texto, que revela la manera en la que una manifestación cultural profundamente española, puede adaptarse y adquirir matices culturales de otros lugares, donde ha sido adoptada.
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