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martes, 13 de octubre de 2009

Joselillo (III/III)

La tarde final

Ya en la plaza, la novillada de Santín salió bronca, con pocas opciones para los toreros, por lo que, quienes colmaban los tendidos pronto estallaron en ira. Pepe Luis Vázquez sufrió para despenar al que abrió la tarde; Joselillo fue abroncado nada más abrirse de capa ante el segundo y aunque con la muleta tuvo momentos que encendieron a las masas, falló con la espada y escuchó un aviso. Llamado al tercio, se volvieron a hacer presentes las protestas y los denuestos en su contra.

Los toros siguientes (tercero y cuarto) repitieron el juego de los anteriores, poniendo la tarde en el tobogán, pero en los chiqueros esperaba el toro negro, bragado y cornicorto que sustituyó al que Pepe Luis y Fernando López rechazaron en la ganadería. Se le anunciaba un peso de cuatrocientos cincuenta kilos y se le nombró Ovaciones, como se llama uno de los periódicos representados en ese festejo sindical.



Joselillo estaba decidido a terminar pronto, pues al pasaportar a Ovaciones sería su salida por un tiempo de la Plaza México, la que lo llevó a la cumbre en un par de festejos y que ahora parecía determinada a acabar con él.

No logra acomodarse con la capa, debido a que el toro era reservón. Al enmendar el terreno en un quite por gaoneras, los insultos cobraron un inaudito volumen. Con las banderillas, el experimentado Vicente Cárdenas, Maera sufrió para cumplir su cometido, pues el toro apretaba para los adentros. Joselillo recibía de Escutia los trastos de matar y su apoderado le indicó: Dóblate con él y mátalo.

Tras de brindar a Eduardo Solórzano, Joselillo intentó pasar al toro por alto, viéndose en la necesidad de enmendar el terreno, pues Ovaciones se acostaba. Opta por seguir la recomendación de Fernando López y comienza a doblarse, exhibiendo su intención de terminar pronto. Los insultos vuelven a aparecer. Acicateado por los gritos de los reventadores, Joselillo trata de sacar al toro de tablas, para torear con la derecha en los medios. Solo dos derechazos liga y el toro se escupe de nuevo a su querencia. Allí va a buscarle el torero, sacando una impresionante voltereta a cambio. Allí decide cortar por lo sano. Va a las tablas a cambiar espadas y a beber un sorbo de agua. En eso estaba Joselillo, cuando desde el tendido de sol alguien gritó: ¡Ya arrímate… payaso!

Herido en lo más profundo, Joselillo se dirige al toro. En el terreno contrario, frente al burladero de matadores, citó para dar manoletinas. La primera fue espeluznante y la segunda sería la última de su vida, porque a la mitad de la suerte, Ovaciones alargó el cuello y le hundió el pitón derecho en la ingle, zarandeándolo como si fuera de trapo.

La gravedad de la cornada que llevaba Joselillo se manifestó desde el primer momento. La sangre manaba a borbotones de su entrepierna. El torero forcejeaba con quienes le querían llevar a la enfermería, pues pretendía volver a la cara del toro. Javier Cerrillo, subalterno que actuaba esa tarde, tuvo que golpearlo en la mandíbula para ponerlo fuera de combate y permitir su traslado a la enfermería. Es hasta entonces que José Escutia le pudo taponar la herida con la mano, para evitar una mayor pérdida sanguínea.

Pepe Luis Vázquez terminó con Ovaciones de dos pinchazos y media estocada. Una vez arrastrado el toro, varios aficionados brincaron del tendido de sombra al de sol y a golpes sacaron de la plaza al irresponsable autor del grito que tenía a Joselillo entre la vida y la muerte.

Se cuenta que fuera de la enfermería, Tomás Valles decía a quien quisiera escucharlo que el arrimón que se pegó Joselillo esa tarde era innecesario. Por su parte, Antonio Algara hacía notar que era una exageración el que los novilleros torearan encierros tan cuajados. Seguramente ambos, uno empresario de la Plaza México y el otro, del recién inaugurado Toreo de Cuatro Caminos, en su fuero interno, veían esfumarse un negocio que les parecía inminente y redondo.



Adentro, los doctores Ibarra padre e hijo, Rojo de la Vega, Huerta de la Sota y Herrera Garduño iniciaban una lucha que tendría un triste final. El parte médico que emitieron después de casi tres horas de cirugía, fue el siguiente:

Durante la lidia del quinto novillo ingresó a la enfermería de la plaza el diestro José Rodríguez (Joselillo) quien presentaba herida por cuerno de toro con orificio de entrada de seis centímetros en el triángulo de Scarpa, del muslo derecho, que presenta dos trayectorias: Una hacia arriba, que interesa piel, tejido celular, aponeurosis y músculos, llegando hasta la fosa iliaca con una extensión como de quince centímetros, y otra hacia atrás, de diez centímetros, que interesa los mismos planos, seccionando completamente la arteria femoral y desgarra varios vasos arteriales y venosos y fibras del nervio crural. Hay gran hematoma que infiltra todas las regiones señaladas. Estado de anemia agudo. Shock traumático por hemorragia externa. Anestesia con balsoformo, desbridación, ligadura de los dos cabos de la arteria femoral y vasos señalados. Contrabertura de la fosa iliaca derecha. Desinfección y canalización con tres tubos. Transfusión de sangre de 300 centímetros cúbicos. Cardiotónicos. Sueros fisiológico, antitetánico y antigangrenoso. En la arteria media del pie correspondiente no existen pulsaciones. ESTA LESIÓN PONE EN PELIGRO LA VIDA y la mutilación del pie derecho. En caso de sanar, tardará treinta días. Presenta además contusiones de primer grado y escoriaciones dermoepidérmicas en la pierna derecha. (Garmabella, Op. Cit., 144 y 145)

Joselillo fue trasladado al sanatorio Santa María de Guadalupe, en la creencia de que la cornada era de menor gravedad, pensando en su inminente viaje a Lima y con la felicidad de hacer ganado la Medalla de la Prensa que se disputaba esa tarde.

Ya interno en la habitación número seis, volvió a recaer. Fue necesario aplicarle suero intravenoso y oxígeno con mascarilla. Dada a extensión de la herida, se temía que ésta se gangrenara, por lo que se le aplicaron fuertes dosis de un nuevo medicamento que parecía ser milagroso: Penicilina.

Conocida la magnitud de la cornada, de todo el mundo taurino se pedían informes sobre su estado y estos no eran halagüeños. Dado el procedimiento quirúrgico seguido – ligadura de los cabos de la femoral seccionada – la circulación de su pierna derecha estaba muy comprometida, no obstante en lo demás, el estado general de Joselillo parecía mejorar. El miércoles se hizo público un nuevo parte médico en el que se advierte que hay una incipiente circulación colateral en la pierna derecha del torero, que todavía ignoraba la gravedad por la que pasaba.

El domingo 5 de octubre parecía que la cuadrilla de Ibarra y Rojo de la Vega había triunfado una vez más. Tanto así, que tras del paseíllo de la novillada celebrada ese día, el público les obligó a dar una triunfal vuelta al ruedo, aunque en el ambiente flotaban los signos de una dolorosa preocupación.



Laurentino siguió mejorando, tanto, que se le permitía salir en silla de ruedas a tomar el sol en el jardín interior del sanatorio. En ese tenor pasaron los días, hasta que llegó el martes 14 de octubre.

Ese día, Joselillo sería dado de alta y se le trataría con fisioterapia y diatermia como paciente externo. El torero aprovecharía la salida del hospital, para asistir a una comida que se ofrecía a los médicos de plaza por lo que se consideraba su hazaña. Sería a las dos de la tarde en El Taquito, feudo de don Rafael Guillén. Antes de firmar el alta, el doctor Rojo de la Vega le instruyó para que se abstuviera de caminar y para que no dejara de asistir a sus sesiones de tratamiento, hasta que la pierna derecha se recuperara.

A las once de la mañana Joselillo fue trasladado a la sala de fisioterapia. Allí tuvo que esperar turno, pues Ángel Procuna era atendido. En la espera, Ángel y Joselillo comenzaron a jugar lanzándose una pelota de esponja, riendo ambos a carcajadas, motivo por el cual, el fisioterapeuta les llamó la atención y les pidió seriedad, dado el sitio en el que se encontraban.

Repentinamente Joselillo palideció y perdió el sentido. El fisioterapeuta y Ángel Procuna lo subieron a una camilla y se llamó al doctor Ibarra, que estaba en el segundo piso del sanatorio. Advertido del cuadro que presentaba el torero, ordenó llamar a un cardiólogo y el traslado de Laurentino a su habitación.

Una vez que recuperó el sentido, Joselillo se quejaba de un dolor que le iniciaba en el abdomen y le llegaba hasta la espalda. Se le colocó una mascarilla de oxígeno, mientras el cardiólogo le inyectaba aceite alcanforado, cardiazol y coramina. Laurentino por su parte, pedía que se le durmiera, pues sentía mucho dolor y tenía sensación de asfixia.

Ante su repentina gravedad, se pidió al capellán del sanatorio que le administrara los últimos sacramentos y tras de recibirlos, Joselillo dijo: Ya no puedo más… y dejó de respirar. Era la una de la tarde con cinco minutos.

Al día siguiente, se celebró su misa de córpore insepulto en la Basílica de Guadalupe y a las cuatro de la tarde, fue inhumado en el Panteón Español, acompañado por una gran multitud.

En conclusión

Desde mi punto de vista resulta evidente que en el caso de Joselillo prevaleció la cerrazón de un apoderado – Don Dificultades – que pretendía saberlo todo y que pensó que con oírle pontificar, el torero tendría el tiempo necesario para adquirir el conocimiento de la técnica del toreo delante de los toros, superando así la proclividad a las cornadas que su escaso rodaje y su intuitiva manera de hacer el toreo le producían. No olvidemos que Joselillo sería el primer caso notorio de un torero apoderado por José Jiménez Latapí, que dejaría de serlo, gracias a las cornadas de los toros. Recuérdese a El Torero de Canela, que en Guadalajara estuvo al borde de la muerte y el de Lalo Cuevas, que perdió una pierna a causa de una cornada.

Otra circunstancia que jugó un papel importante en el desenlace de esta historia es el hecho de que Joselillo comenzara a torear en México cuando las heridas causadas por el llamado boicot del miedo y por la Guerra Civil Española estaban frescas todavía. Sobre todo esta última, que trajo a nuestro país una nueva inmigración que produjo enconados enfrentamientos entre los que ya estaban aquí y los que llegaron por el azar de la guerra. A Laurentino se le consideró como uno de esos a los que despectivamente se llamaba rojos advenedizos y ni sus propios paisanos lo aceptaron con facilidad.

Aparte y por encima de todo, está la miopía cortoplacista de los empresarios, principalmente de Tomás Valles y Antonio Algara, que convirtieron la carrera de Joselillo en su particular campo de batalla disputándose la posibilidad de empujarlo a la alternativa y de obtener pingües ganancias con su presencia en las temporadas de corridas que planeaban para el final de 1947, uno en la Plaza México y el otro en el recién abierto Toreo de Cuatro Caminos. En el estado de cosas que en ese momento se vivía, Joselillo era el único torero capaz de llenarles sus plazas y con su incapacidad de ver más allá del siguiente domingo, principalmente Valles, que era quien tenía prácticamente la exclusiva sobre el torero, evitaron que el plan de Fernando López se llevara a cabo y que Joselillo afinara en el campo los conocimientos técnicos que hicieran posible su arribo a la categoría de figura del toreo.

Pero como lo decía al principio, los encargados de organizar festejos taurinos prefirieron vivir el hoy a construir para el futuro y así, lo único que lograron fue poner una baldosa más para pavimentar el Boulevard de los Sueños Rotos, tan magistralmente descrito por Joaquín Sabina.



Se asegura que Joselillo recibiría la alternativa a finales de 1947 en Lima, de manos de Carlos Arruza y con el testimonio de Luis Procuna, pues el plan de que fuera Manolete quien se la otorgara, se frustró en Linares un mes antes de la cornada de Ovaciones. Laurentino llegaría a la alternativa más que por su madurez como torero, utilizándola como una puerta de escape a su insostenible situación en el escalafón novilleril.

En esas circunstancias, Fernando López podría sacar de México a su torero, foguearlo en la temporada invernal sudamericana y después placearlo en el interior de la República, para que al llegar la temporada 1948 – 1949, tuviera las condiciones necesarias para alternar con los diestros de la Edad de Oro que seguían a la cabeza del escalafón: Armillita, Silverio, Garza y El Soldado entre los principales.

Además de su trágica leyenda, Joselillo junto con el Torero de Canela, trascienden porque representan los albores de una nueva era. No cuajaron en las figuras que prometían ser, pero demostraron en primer término, que aún sin Manolete, la Plaza México podía ser llenada y en segundo lugar, que habrían de llegar los toreros que ocuparan el sitio que ocupaban desde hacía algunas décadas, los toreros de nuestra Edad de Oro.
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