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domingo, 28 de octubre de 2012

En el centenario de José Alameda (X)


Alameda antes de Alameda (IX)

José Alameda con el Arq. Juan Sordo Madaleno
ganadero de Xajay
En esta oportunidad seleccioné la crónica de la novillada celebrada en El Toreo el domingo 20 de agosto de 1944 en la que para lidiar novillos de Ajuluapan (5) y Sayavedra (6º), alternaron Félix Briones, Leopoldo Gamboa y el debutante Raúl Iglesias, porque veo que en ella el joven Alameda destaca los valores del conocimiento y dominio del oficio en el torero, sobre el hecho de hilvanar una faena a partir de una sucesión de lances o de pases más o menos ligados. Bajo el título de Buen debut de Raúl Iglesias, y todavía firmando como Carlos Fernández – Valdemoro, podremos encontrar en esta remembranza, una buena loa al toreo que se hace a partir de conocer las condiciones de los toros y los terrenos que los toreros deben ocupar. La crónica apareció publicada en el número 92 de La Lidia, el viernes 25 de agosto de 1944:
El domingo pasado, hizo su presentación en “El Toreo” un novillero al que yo quisiera ver torear de nuevo. Es Raúl Iglesias, muchacho que tuvo un debut afortunado y desafortunado a la vez. Afortunado, porque alcanzó un buen éxito. Desafortunado, porque ese éxito no es nada para el que hubiera podido alcanzar, de haber lidiado novillos propios para el triunfo… Cuando se dio suelta al tercero, Raúl Iglesias fue a buscarlo a terreno comprometido, cerca de tablas y delante de los chiqueros, donde los toros “pesan” siempre mucho. Al verlo, pensé que acaso el muchacho – principiante, al fin y al cabo – desconocía la importancia de lo que estaba haciendo. Pero pronto me convencí de lo contrario. Raúl sabía muy bien el terreno que pisaba, sólo qué, confiando en su arte, contaba con salir airoso. Y así fue. Dio varias verónicas con un arte, una soltura y una serenidad verdaderamente poco comunes. Pero hizo muy mal en darlas allí, porque hay que rehuir las dificultades innecesarias. Los buenos lances de Raúl hubieran resultado mejores en cualquier terreno donde el enemigo no lo asediase como en tal sitio lo asedió. Cuando el diestro – que realmente lo es – se disponía a rematar al novillo, de un derrote le arrebató el engaño. Pero Raúl no se descompuso y salió sin apuros del trance, mientras el público le ovacionaba… Muleteó extraordinariamente bien a ese novillo, dándole primero una serie de ayudados por bajo, templadísimos. Comenzó en el tercio y fue ganando terreno hacia los medios, siempre animado por los aplausos. Irguióse luego para dar cuatro muletazos, altos y de pecho, los que ejecutó manteniendo las piernas firmes, ligeramente abiertas para encontrar buen sustento en la arena, y llevando al novillo toreado con naturalidad, sin efectismos, en forma clásica y seria. Luego, viendo ya más agotado al novillo, lo toreó por delante, cerca de tablas, muy seguro, muy sereno y muy hábil, sin que al aludir a su habilidad quiera yo insinuar que usase de ilícitos recursos. Muy por lo contrario, demostró que pueden conocerse los secretos del toreo, sin que ello traiga como consecuencias la adquisición de viciosas mañas, pues también el toreo eficaz tiene reglas de buen arte, que los toreros con “escuela” como Raúl Iglesias, conocen y aplican. Hubiera sido bueno que lo viesen los principiantes envejecidos, que antes de conocer la ley, conocen ya la trampa… Entró Raúl a matar estando el toro con la penca del rabo en las tablas y formando con ellas un ángulo agudo, es decir con la posición requerida para lo que “Paquiro” llamaba el “volapié mejor”, distinguido del que se practica en otros terrenos, por sus mayores dificultades. Y aunque Raúl no se reuniera a la perfección, ni diese a la muerte cualidades notables, me interesa señalar la forma y el lugar en que la hizo, porque eso contribuye a acentuar su carácter de torero propenso a lo clásico y notoriamente difícil. Dejó en esa forma, media estocada que, por resultar algo contraria, no dio fin al novillo. Y esto produjo la mala consecuencia de que el astado, dolido al acero, empezaba a encogerse. Lo hizo visiblemente cuando Iglesias entró por segunda vez. Pero el espada se dio cuenta enseguida, no obstante lo cual, le costó trabajo matarlo, porque el novillo casi retrocedió al sentirse herido. Raúl lo toreó entonces de nuevo, por bajo y por delante, con severa maestría, nada aparatosa, ni efectista, pero rara y, por ello, muy estimable en un principiante. Después, le metió el brazo con gran habilidad, haciéndolo todo él, y dejó una corta desprendida, que refrendó un descabello a la primera… Se le ovacionó con fuerza y él se “recetó” la vuelta al ruedo. Pero el público no se lo tomó a mal. Al contrario, redobló la ovación… En sexto lugar salió un novillo castaño bragado, de Ajuluapan, que parecía embestir con cierta alegría, pero que era terciado en exceso. Y como, a causa de ello fuera protestado por el público, le sustituyó un manso de Sayavedra, que se quedaba en el centro de la suerte y tiraba peligrosos derrotes altos. Fue un novillo dificilísimo, que hubiese puesto en amargos trances más de un matador de toros. Raúl lo toreó sin perder la serenidad y lo mató con decoro, comportándose en todo momento como un torero auténtico… Sería muy interesante verlo ante novillos de buenas condiciones, para saber lo que da de sí y hasta donde llegan las cualidades de lidiador enterado y con buen estilo que demostró poseer sin duda de ningún género… El primer espada, Félix Briones, recibió al novillo que abrió plaza con un lance a pies juntos, suave y ceñido. El público acompasó el movimiento del torero con un “olé” estentóreo. Pero, enseguida, el astado se quedó. Y aunque Briones, muy valiente, lo obligó a pasar y le dio otra buena verónica y un ceñido recorte, no alcanzó la cosa el elevado tono que hacía presumir el primer lance. Tomó el novillo la primera vara y Félix, aún más valiente que en la ocasión anterior, hizo un quite por chicuelinas apretadísimas, que le valió una ovación. Y como el astado rehusase después la pelea con los montados, la autoridad dio orden de que se le retirase al corral. Al sustituto le veroniqueó Briones también con mucho valor y, luego, al hacer el primer quite por orticinas, – que han vuelto a estar en boga desde que Luis Procuna las resucitó en la corrida de la Oreja de Oro – resultó cogido y aparatosamente volteado. Se levantó y quiso repetir los lances, demostrando con ello más carácter que malicia, pues el novillo no era ciertamente propio para tales adornos… En la segunda vara, derribó el de Ajuluapan, y como el picador cayese al descubierto, Manuel Gómez Blanco “Yucateco” metió el capote y se llevó al toro. Y aunque parezca mentira, cierta parte del público se lo premió con una rechifla. El “Yucateco”, sorprendido y disgustado – no era para menos – explicó por señas que no podía dejarse al picador a merced del toro. Y es que no cabe ni en cabeza de baturro que se abronque a un torero por hacerle un quite oportuno a un compañero en peligro. Sin embargo, hay gentes que creen que el quite no consiste en librar a caballo y caballero del riesgo inminente, sin en dar lances de adorno, vengan o no al caso. Que el dios Tauro los perdone… A la muerte llegó el novillo con acusada querencia hacia las tablas, y aún más allá de ellas. Y saltó al callejón, cuando Félix brindaba ya su muerte. Estaba el novillo decidido a evitarla y apenas lo sacaban de entre barreras, volvía a internarse. Abrieron por fin los monosabios la puerta del callejón que está ante la puerta de cuadrillas y allí se quedó aquerenciado el toro. Félix Briones hizo cuanto pudo para sacarlo, y aprovechó una arrancada para sacarlo hacia las afueras, logrando dejar una estocada un tanto pasada. Saltó el novillo, ya herido, al callejón y allí murió, mientras el público premiaba la voluntad y la decisión de Félix con nutridos aplausos… Al cuarto lo veroniqueó también Briones con sobra de valor, aguantando con singular entereza de ánimo sus violentas arrancadas y toreó después, en el primer quite, por gaoneras, con ajuste y temple, siendo ovacionado en las dos ocasiones… Con la muleta dio algunos pases de costado y por alto, y otros al natural, siempre cerca y empeñoso, aunque sin que hubiera ligazón en la faena por el agotamiento del enemigo. Cuando trasteaba por bajo, muy cerca de las astas, fue prendido y aparatosamente volteado. Pero se levantó indemne y acabó con el novillo de un pinchazo en hueso y una entera perpendicular… A Leopoldo Gamboa le correspondió en primer lugar un novillo berrendo en cárdeno, que estaba ligeramente resentido de la pata derecha. Gamboa, que no se acomodó al veroniquear, logró en el primer quite dos gaoneras muy ceñidas, que tuvieron como continuación unos lances por la cara, destinados a poner al toro en suerte… También este novillo manifestó acusada querencia hacia las tablas, por lo cual resultó sorprendente la decisión del “Chato” Guzmán de banderillearlo al sesgo por dentro, en forma que hacía inevitable que el novillo lo achuchara al seguir su querencia. El “Güero” Merino, a continuación, le enseñó la forma justa de banderillear a ese toro, que era exactamente la contraria, es decir, al sesgo por fuera. Y si el novillo achuchó también al “Güero”, al perseguirlo, fue porque el banderillero le llegó mucho, comprometiéndose con ello, pero no por haber cometido un error… Gamboa, acertadamente, dio tablas al enemigo y lo muleteó por bajo. Es decir, le hizo la faena adecuada, en la que, de haber puesto un poco más de decisión, hubiese alcanzado el éxito que su buena orientación merecía. Entró a matar al hilo de las tablas, dejando una estocada trasera, y, cuando intentaba el descabello, el toro se echó… El quinto que tenía sentido, le dio a Gamboa un achuchón verdaderamente asustante cuando el muchacho intentaba el primer pase. Esto desconcertó al torero que, al volver a citar, vio venir al novillo sobre sí y le soltó la muleta en la cara. En vista de lo cual, decidió entrar a matar inmediatamente, cosa que desagradó al público, aunque Gamboa no pudo estar más afortunado en su empeño, pues agarró una corta en todo lo alto, que terminó con sus tribulaciones… No hubo “séptimo toro”. Gracias Joaquín Guerra.     
Los espadas del cartel

Félix Briones (Foto: Manolo Saucedo
cortesía burladerodos.com)
Félix Briones, nativo de Monterrey tomó la alternativa en la plaza Coliseo de su ciudad natal el 24 de noviembre de 1946, siendo su padrino Lorenzo Garza, en corrida de mano a mano con el toro Reinero de la ganadería del propio Lorenzo Garza. Confirmó en la Plaza México el 29 de diciembre de 1946, llevando como padrino de nuevo a Lorenzo Garza y de testigo a Jaime Marco El Choni, siéndole cedido el toro Huerfanito de Zotoluca. Falleció el 11 de julio de 2011.

Raúl Iglesias, de San Luis Potosí, es el único torero mexicano que ha recibido la alternativa en la plaza de toros de Vista Alegre, la Chata de Carabanchel, Madrid, el 11 de julio de 1954. Le apadrinó Jaime Malaver, y fungió como testigo Enrique Vera, en la cesión del toro Ruiseñor de José Carvajal González. Falleció el 6 de abril de 2011.

A Leopoldo Gamboa ya se los había presentado en algún capítulo anterior de esta serie.

Necesaria Aclaracion: Los resaltados en el texto de la crónica transcrita, son imputables exclusivamente a este amanuense.

domingo, 24 de junio de 2012

En el Centenario de José Alameda (VI)


Alameda antes de Alameda (V)

José Alameda, Cª 1950 
En esta ocasión la crónica escrita por José Alameda de los sucesos ocurridos en la novillada del domingo 16 de julio de 1944 en El Toreo de la Condesa, en la que se lidiaron seis novillos de Atlanga por Rutilo Morales, Leopoldo Gamboa y Ezequiel Fuentes y un séptimo, anunciado de Zacapexco, por Joaquín Peláez, contiene un relato que, sustituyendo nombres, lugares y algunas circunstancias que yo calificaría de menores, cabe perfectamente en la presentación de los sucesos de un festejo de nuestros días.

Y así leemos en la crónica acerca de la ausencia del toro; de la ausencia o simulación de la suerte de varas; del toreo de adorno que se convierte en el eje de las faenas, o de la ausencia de toreo sustituida por un conjunto de formas vacías sin el toro y de la pasividad de un público complaciente que ante el desconocimiento de los planteamientos que se le hacen en la arena, se abstiene de exigir a las fuerzas vivas de la fiesta que cumplan con lo que ofrecen.

Pareciera que esos reclamos que se hacen hoy, aludiendo al pasado y que luego sirven para que se tilde a quienes lo hacemos – aludir al pasado – de ningunear el presente sin fundamento. Por eso, sin más, dejo paso a la crónica publicada en el número 87 semanario La Lidia – firmada por Carlos Fernández Valdemoro , fechado el 21 de julio de 1944: 

Sólo Rutilo Morales se salvó del naufragio 
El domingo se celebró en la plaza de “El Toreo” una becerrada. Y el proceso de reducción, de contracción de la fiesta que claramente se advierte desde hace algunos años, culminó durante la lidia del sexto astado de Atlanga. Una sola vez se arrancó hacia los caballos y el varilarguero “Chito”, que era el encargado de picarlo, marró. Entonces, sonaron los clarines para el cambio de tercio y quedó, de hecho, suprimida la suerte de varas. Era una tarde gris, fría y húmeda. En los tendidos se iban quedando ateridos los espectadores. Y, abajo, se atería la lidia. Fue un espectáculo triste, muy triste para quienes sentimos entusiasmo por la fiesta de los toros. Porque allí, sobre la arena mojada de “El Toreo”, estábamos viendo uno de los síntomas que denuncian el acabamiento de la fiesta. Cierto es que fue un caso extremo. Pero la verdad es que no hubiera podido producirse si en el ánimo de los espectadores, de los toreros y de los ganaderos – y también de la autoridad –, estuvieran presentes ciertos principios ineludibles de la lidia, que hace tiempo se han olvidado. La prueba de ese olvido lamentable fue que el público permaneció indiferente cuando aquellos clarines – a la vez prestidigitadores y puntilleros de la fiesta  escamoteaban la suerte de varas y daban muerte a una tradición fundamental. 
Que el toreo degenera es evidente, por más que se empeñen los optimistas en sostener lo contrario. Yo lo he comparado, en otra ocasión, con una corriente que fuera deslizándose hacia el mar, cuando ya se hubiese agotado la fuente originaria. El domingo no solo hubo el síntoma mortal de la supresión de la suerte de varas, sino otros síntomas concurrentes de la descomposición de la fiesta, de su falta de vida auténtica. El toreo vive ahora de suplantaciones. Y los toreros que empiezan, al no encontrar una tradición viva en que nutrirse, se entregan a un extraño remedo de la lidia, a ciertos movimientos sin finalidad ni significación que, a causa de un error general, ellos reputan toreo. ¿Qué sentido pueden tener, por ejemplo, desde el punto de vista taurino, las afanosas carreras, la incontinencia giratoria y los parones caprichosos de Ezequiel Fuentes? ¿Es que el toreo puede quedar reducido a menos de lo que lo reduce Leopoldo Gamboa, cuya única – y por lo visto, definitiva – aspiración consiste en hacer la rígida estatua ante el becerro? 
Triste, muy triste fue el espectáculo del domingo. 
El único de los tres espadas anunciados que demostró conocer su oficio fue Rutilo Morales. Gracias a él, tuvimos a ratos la sensación de que nos encontrábamos en una corrida seria. 
El momento culminante de la actuación de Rutilo fue el segundo tercio de la lidia del cuarto novillo, al que le clavó cuatro pares de banderillas al cuarteo. El enemigo se le arrancó en los cuatro viajes con mucha fuerza y Rutilo midió perfectamente los terrenos, le ganó la cara con gran habilidad y cuadró a la perfección, levantando los brazos con arte, para dejar los rehiletes en todo lo alto. Fueron cuatro pares muy espectaculares que promovieron la más sonora ovación de la tarde. 
A ese novillo lo muleteó Rutilo muy bien, dándole algunos pases de costado ceñidísimos, otros ayudados por alto muy sereno y varios muletazos con la izquierda de positivo mérito, dos de ellos al natural y uno de pecho que fueron los de la más fina calidad, los de más clásico acento de toda la faena. Después, recurrió al adorno de los afarolados y molinetes, y, enseguida, entró a matar, dejando una estocada desprendida. Se le ovacionó calurosamente y salió a los medios a saluda, renunciando a una vuelta al ruedo que el público autorizaba sobradamente con sus aplausos; lo cual es una prueba de seriedad de Rutilo, que acentuó aún más el contraste con sus jóvenes y desenvueltos compañeros, en particular con Ezequiel Fuentes, cuyo desenfado para responder a las protestas es verdaderamente notable. 
Con el primero de la tarde, al que banderilleó también con soltura, hizo Rutilo un trasteo que resultó desligado a causa de las molestias del viento y del agua y de la condición huidiza del astado. Pero, a la mitad de la faena, logró ajustarse en varios pases por alto, haciéndolo de manera emocionante en dos de pecho, uno con la derecha y otro con la izquierda, que emocionaron al público. Cuando mató de media contraria, un tanto pasada, escuchó una ovación grande, a la que correspondió dando la vuelta al ruedo. 
Leopoldo Gamboa tiene buena figura y una gran inexperiencia. Desconoce por completo los terrenos que pisa y carece de recursos para resolver los problemas de la lidia. Con su primer novillo se limitó a codillear y a huir por la cara, hasta que pudo cazarle de una estocada caída. Y con el quinto, descubrió una propensión desmedida a hacer la estatua. 
Lo consiguió en muchas ocasiones, porque el astado era noble. Pero hay que insistir en que eso no es el toreo. Está bien quedarse quieto, pero no como fin, sino como principio. No se sale a la plaza para aprovechar las ocasiones de erguirse con hieratismo, sino que se queda uno quieto ante el toro para poder empaparlo en el engaño, templarlo y mandarlo. 
Entre los muchos parones que Leopoldo Gamboa dio a ese novillo, creímos entrever dos pases de pecho en los que echó la pierna hacia adelante e hizo algo que tiene cierto parecido con el toreo. Fueron los dos únicos pases que dio en toda la corrida. Pero como a la hora de matar mostró valor, a falta de conocimiento, el público lo trató bien. Realmente, el muchacho entró derecho como una vela, aunque por no saber vaciar ni cruzar, resultó encunado y golpeado aparatosamente. Y entre aplausos mezclados con algunas protestas, dio la vuelta al ruedo. 
¿Qué decir de Ezequiel Fuentes? Yo, la verdad, no recuerdo sino muy vagamente su actuación, aunque estoy seguro de que hizo muchas cosas. Quizás no las recuerde precisamente porque fueron demasiadas. Tiene una movilidad de ardilla y un concepto caótico de la lidia que lleva a intentar toda clase de lances giratorios de suertes extravagantes, con tal presteza que marea. Su especialidad consiste en meterse en los costillares, haciéndose rueda con el toro. También conoce a la perfección los “parones a viaje hecho”. Es decir, en cuestiones de experiencia, es todo lo contrario a Gamboa, porque aquél desconoce todo y en cambio, Ezequiel Fuentes sabe mucho, demasiado inclusive. Y, a veces, se pasa de listo, que es lo que suele sucederle a los que están demasiado poseídos de su saber. Y Fuentes se pasó de listo al creer que el público de la Capital tomaría en serio sus artimañas de torero ducho en deslumbrar públicos provincianos. 
Sería injusto negar a Ezequiel Fuentes valor y serenidad, pero esas cualidades de nada valen cuando se sale a la plaza dispuesto a utilizar en la lidia toda clase de trucos engañosos y de trampas de mala ley. 
En ciertos momentos en que el muchacho se arrimó, fue ovacionado, pero el público concluía siempre por recusar los procedimientos ventajistas en que se funda su toreo. En el momento en que jugó más limpio, fue al torear por verónicas a su primer novillo. Y su peor ventaja fue la que pretendió tirarle al público cuando, después de muerto el astado, se obstinó el diestro en dar la vuelta al ruedo contra la voluntad general. 
En séptimo lugar se corrió un toro de Zacapexco que, según rezaban los carteles, debía ser lidiado por Joaquín Peláez. El toro, que salió con arrobas y pitones, se puso a la defensiva y tras de hacer pasar malos ratos a todos los lidiadores, inclusive a Zenaido Espinosa, fue devuelto a los corrales, en vista de que Peláez no consiguió matarlo. Apéndice con el cual, la corrida resultó definitivamente lamentable.
Yo solo agregaría, a muchos años de distancia: Nihil novum sub sole…

Dramatis personae

Rutilo Morales
Ninguno de los tres alternantes llegó a la alternativa. Rutilo Morales siguió adelante algún tiempo en sus afanes de convertirse en matador de toros y todavía entre los matadores hasta participó en 1951 en el grupo de toreros que arreglaron la ruptura de relaciones taurinas que permanecía desde 1947. Yo le vi torear como hombre de plata y es uno de los mejores que he visto en mi vida, tanto con la capa como con las banderillas. Actualmente reside en Morelia y durante muchos años presidió los festejos que se celebraron en El Palacio del Arte de aquella Capital y en ese ruedo se dedicó a formar toreros, entre los que destacan los matadores de toros Teodoro Gómez e Hilda Tenorio.

Ezequiel Fuentes fue un torero que tuvo algún predicamento en su estado natal, Jalisco y era un fijo en los festejos de Carnaval en La Petatera de Villa de Álvarez, Colima y Leopoldo Gamboa por su parte, hasta en Madrid llegó a presentarse, lo hizo el 5 de agosto de 1951, alternando con Joselete de Córdoba y Blanquito de Zaragoza, para lidiar novillos de María del Amparo González (4) y Juan Sánchez de Valverde (2). La crónica de Giraldillo en el ABC madrileño acerca de lo sucedido esa tarde, le presenta, a diferencia de lo que hoy les traigo aquí, como un artista valeroso, muy lucido con la capa y con repertorio alegre con la muleta... Dio la vuelta al ruedo tras la lidia del tercero.

Sobre la trayectoria de Joaquín Peláez, no encontré información.

Aclaración necesaria: Los subrayados en el texto son obra y responsabilidad de este amanuense.
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