No había en España, ni tampoco en México, toreros de quienes echar mano, diestros que con el anuncio de su nombre pudieran llamar a los aficionados a las taquillas a adquirir su derecho de apartado, y asistir a las corridas en que tomaran parte... Don Antonio Galván Duque tuvo la gentileza de atender a mi recomendación, y el primer espada que contrató en Madrid fue Nicanor Villalta, un muchacho aragonés, “gigante y cabezudo”, y que tenía el pescuezo más largo que un toro de Miura. Fue quien despertó mayor entusiasmo en aquella temporada en que ni “Chicuelo” ni Marcial Lalanda lograron hacer cosas mayores...
La parte nacional de los matadores de toros fueron únicamente Pepe Ortiz y Juan Espinosa Armillita, quienes junto con otros diestros como Valencia II, Fausto Barajas o Manuel del Pozo Rayito se encargaron de completar los 22 festejos de los que constó el serial que se dio entre el 10 de octubre de 1926 y el 20 de febrero de 1927.
Ka penúltima corrida de la temporada era parte de una serie de tres festejos ofrecidos de manera continua por la Asociación de Prensa, los días 5, 6 y 7 de febrero de ese 1927, los dos primeros, corridas de toros y el tercero, una actuación de los hermanos Manolo y Pepe Bienvenida ante erales de Zotoluca.
Una corrida pasada por agua
La corrida del 6 de febrero de 1927 se anunció con un encierro de San Diego de los Padres, para Manuel Jiménez Chicuelo y Pepe Ortiz, mano a mano. Una corrida que a punto estuvo de ser suspendida, después de arrastrado el segundo de la tarde, pero Chicuelo en su calidad de primer espada y director de lidia, consideró que la corrida podía continuar y se llevó una de las más fuertes ovaciones de la tarde.
Aparte de las vicisitudes climáticas, los toros no dieron el juego que de ellos se esperaba. Relata en su crónica aparecida en el semanario Toros y Deportes, aparecido al día siguiente de la corrida:
Poco tengo que decir de los toros que para la segunda corrida de la prensa enviaron los señores Barbabosa propietarios de la ganadería de San Diego de los Padres. Los pupilos de don Antonio mansurronearon de lo lindo; casi todos ellos volvieron la cara ante los pencos, no se dejaron castigar, salieron rebrincando cuando los hulanos les hurgaban la piel y saltaron al callejón una barbaridad de veces... Tres de los sandieguinos no debieron pasar, y si se escaparon de volver a los corrales, ello se debió a que el cambiador de suertes se empeñó en hacernos tragar el camelo, y en complicidad con los pincharratas, puso cuanto estuvo de su parte porque la divisa barbabosina – permítaseme el término –, saliera lo mejor librada posible... Pero justo es asentar que entre tanto buey de carreta como hoy soltaron los señores Barbabosa, hubo un toro que mereció los honores de ser paseado por el redondel... Mi felicitación calurosa a los señores propietarios de San Diego, por la brillante pelea que dio este animal; pero siento no poder decir lo mismo de los demás, porque francamente hablando, hubo algunos de ellos indignos de ser lidiados en la plaza más importante de la República, que es la de “El Toreo”...
Como vemos, un ejemplar salvó in – extremis el honor de la divisa, porque la corrida en su conjunto no correspondió con su juego al prestigio de la ganadería de su procedencia. Y, sin embargo, los toreros pudieron triunfar ante ella.
El genio creador de Pepe Ortiz
La crónica refiere que quien después sería llamado El Orfebre Tapatío sorteó el lote más malo de la corrida y que los toros corridos en segundo y cuarto lugar no tenían dentro faena alguna. Es más, el primero de su lote, saltó repetidas veces al callejón, en todos los tercios de la lidia y para poder matarlo, Pepe Ortiz tuvo que ir a sacarlo de allí.
Lo interesante llegó con el sexto de la corrida, llamado Aretillo, un toro negro, ante el que, realizó una obra que ha pasado a la historia y que es, al final, la que da notabilidad a esta fecha de la historia. Relata Verduguillo:
José Ortiz torea con el capote con una exquisitez, con una suavidad, con una finura inigualables. Ahí han quedado esos cuatro lances para que venga cualquiera de aquí o de allá a mejorarlos. Cuatro monumentos. Si los ve Benlliure de seguro que los adopta por modelo, porque de esos entran muy pocos en libra… ¿Y en los quites? Ortiz se reveló en los dos que hizo, como un maestro. En el primero ejecutó otras dos verónicas de las que llevan su sello, y luego, con majestuosidad, con garbo indescriptible, se echó el capotillo a la espalda, dibujó una gaonera y recortó muy torero. En el otro, ejecutó tres lances de difícil clasificación: fueron una especie de tijerillas combinadas con navarras, vamos, algo maravilloso, estupendo, grandioso. “Chicuelo” no se dejó ganar la pelea, y también hizo de las suyas. La ovación para ambos fue delirante... Inició el trasteo con un pase cambiado por alto; luego dio uno de pecho, ceñidísimo, siguió con un natural con la diestra, y después otro de pecho hincando la rodilla derecha. Dejó que el toro se repusiera para después continuar la faena... La segunda parte se compuso de un pase de la firma que ni dibujado resulta más bonito, al que siguió uno de pecho muy apretado. Luego toreó José por delante, con elegancia, con dominio, con gallardía. Y al correr la mano en un natural con la diestra, el diestro resbala y cae en la cara. Momento emocionante: el toro hace por el diestro, le mete la cabeza, lo tiene entre las patas, largo rato y le pisa la cabeza. Pepe se levanta encorajinado, recoge espada y muleta, y sin verse la ropa va en busca de su enemigo... Pero a partir de eso, la faena se torna vulgar. Pepe torea por la cara, de pitón a pitón y en cuanto logra la cuadratura entra derecho y pincha en las alturas. La escena se repite hasta cuatro veces más, porque el toro se pone por delante y no ayuda nada al matador. Al fin logra Pepe media estocada en las agujas, que basta. Ovación grande...
La pérdida del equilibrio por un resbalón, quedando a merced del toro, da la impresión de haber arruinado una obra que apuntaba a ser redonda. Pero la impresión causada en la concurrencia fue contundente.
Chicuelo se mantiene en el ánimo de la capital
Manuel Jiménez Chicuelo terminó de entrar en el ánimo de la afición de la Ciudad de México un par de años antes, cuando materialmente bordó el toreo ante Lapicero de San Mateo allí mismo en El Toreo. En esta oportunidad, ya como cabeza del elenco de la temporada, se veía en la situación de tener que refrendar su calidad de figura ante la afición capitalina.
La ocasión se le presentó ante el tercero de la corrida Pergamino, que fue el toro de la corrida que salvó el honor de su divisa, lo aprovechó cumplidamente y le cortó las orejas y el rabo. Refiere Rafael Solana en su relación:
Seis lances dio Manolo a “Pergamino”, y en todos ellos el artista hizo alarde de bravura, de elegancia y dominio; remató enredándose el toro a la cintura. En los quites, el de la Alameda, lo mismo que su compañero el tapatío, se hicieron aplaudir fuerte… La faena de “Chicuelo” con “Pergamino” fue artística, pinturera, valiente: el toro no pasaba y Manolito toreó con la derecha, por bajo y por alto, siempre cerca, metido constantemente entre los pitones, en el terreno enemigo. Hubo una serie de medios pases graciosísimos que levantaron una oleada de aplausos y un afarolado que puso a la concurrencia de pie. Entró derecho el maestro y sepultó la mitad del acero en el mismo hoyo de las agujas, y como el toro tardara en doblar, “Chicuelo” descabelló al primer sopapo. La ovación fue enorme y se le concedieron al artista las dos orejas y el rabo de su noble enemigo. A petición del público, el toro fue paseado por el redondel, previa la aquiescencia del C. Regidor que presidía la corrida...
La descripción de la faena nos revela una arista distinta del toreo de Chicuelo, pues hace referencia a un torero que se mete en los terrenos del toro, más que hacer el toreo artístico con la muleta, todo con el afán de salir triunfante de esta corrida.
Reflexiones sobre Pepe Ortiz
El sesgo histórico de esta tarde deriva de que Pepe Ortiz realizó en ella por vez primera en un quite la orticina, reflejando con ella la profundidad de su creatividad con el capote en las manos. Escribe Robert Ryan:
La tauromaquia de Pepe Ortiz tiene extraordinaria vigencia porque restaura al moderno toreo de capa la olvidada riqueza del repertorio antiguo. En un momento histórico en que el arte de torear tomaba nuevos cauces de temple, estética y despaciosidad, Ortiz tomó en sus manos la capa de torear y, acorde con la nueva disciplina, se forjó una maestría de la tauromaquia de los siglos. Siendo un artista creativo, su hondo concepto de torería le impulsó a reencontrar, a redescubrir, las perdidas huellas del galleo, a explorar y revelar los pliegues más sutiles de la navarra, la tijerilla, la suerte de “Illo”, los recortes y las largas. Su arte recoge los matices de un espíritu sensible inmerso en la cultura de la capa, partiendo sus innovaciones de las aportaciones y el ejemplo de los clásicos…
A partir de esas bases es que creó distintas suertes con el capote, que le permitieron perpetuar su nombre y su obra en la historia del toreo. A propósito de la orticina, el propio torero refirió al licenciado Alberto Guzmán, quien firmando como Alberto Lázaro, dejó escrito en el semanario La Lidia:
La orticina está inspirada en “Chicuelo”, por su chicuelina – pero la chicuelina antigua, que es girando con el toro al compás de una verónica en redondo –. Se me hizo fácil hacer exactamente la suerte al revés, o sea haciendo una tijerilla redonda, girando con el toro en una vuelta completa… Esta suerte la intenté en mis horas de práctica, cuando hacía el toreo de salón. Cuando creí que era realizable, la hice con una vaca en la hacienda de Xajay y viendo que resultaba, y con la aprobación de don Eduardo Margeli (que Dios guarde), la hice en El Toreo durante la corrida que ya mencioné.
Toreros graves y toreros leves
Decía al principio que Verduguillo criticaba la temporada 1926 – 27 por no tener figuras de peso en su elenco y en sus reflexiones escritas y publicadas años después, sostenía sus argumentos señalando que el triunfador de la temporada había sido nada menos que Nicanor Villalta, quien a la vez ganó la Oreja de Oro. Esa reflexión me llevó a recordar un capítulo del libro La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo, de José Alameda, mismo que lleva por encabezado el que utilizo para esta sección. Entre otras cosas, Alameda expresa:
La literatura taurina, complacida en realzar a los toreros llamados "hondos", ha olvidado con frecuencia otra condición en cierto sentido más pura, la de los toreros que se elevan y pierden peso al torear… Entre los diversos matices del toreo de nuestro tiempo, puede distinguirse y establecerse un orden de niveles en que se sitúan los toreros, por su expresión y proyección. Unos, al ras; otros, ahondando, gravitando. Otros, hacia arriba, levitando. (La palabra “levitación”, no registrada por la Academia, lo está por otros diccionarios más abiertos, de más pronto eco, como procedente de un cierto uso real, del que puede derivarse el verbo levitar, parónimo de leve, y de levantarse.) … Toreros de gravitación y toreros de levitación. Toreros graves y toreros leves… De los primeros, está llena la literatura taurina, pragmática. De los segundos, ¿cuáles?, ¿quiénes? … Pongo tres ejemplos: un sevillano, Manuel Jiménez “Chicuelo”; un mexicano, Pepe Ortiz; otro sevillano, Pepe Luis Vázquez… Frente a la expresión ahondada del trianero Juan Belmonte, por ejemplo, del toledano Domingo Ortega (el de su primera época) o del mexicano Silverio Pérez, epígono de Ortega con personalidad propia, está el de Pepe Luis Vázquez, torero sin peso; está el de José Ortiz, que, al caminar con el toro, parecía despegarse del suelo, liberado de la arena… Pepe Ortiz fue un caso notabilísimo. Entre los toreros que han sabido andarle al toro, sólo él tuvo un acento distinto. Se le anda al toro, por lo común, para “poderle”: Ortiz lo hacía para “florearlo”. En México, “florear con la reata”, con la cuerda, es el juego que hace el jinete charro, convirtiendo la utilidad – lazo, aprehensión, caza – en adorno, ya sin causa. Era lo que Ortiz hacía en los quites, yendo y viniendo con el toro, en un juego de ala, complicado y fino a la vez, un barroco impalpable. De la “chicuelina” hizo un desliz. Inventó la "chicuelina andante". Tal como él la hacía era un paseo que se convertía en vuelo… Calificar a eso, simple y poco despectivamente, de “gracia torera” y pasarse de largo, como algunos quieren hacer… pone en entredicho a sus críticos superficiales…
Alameda nos deja claro aquí, que el poder con los toros no es ya solamente cuestión de profundidad o de hondura, que también se puede conseguir a través de la belleza e incluso, con la apariencia de lo que, algunos pretenden demeritar reduciéndolo a la mera expresión de un gracejo taurino.
Esas son las reflexiones que nos deja, a la vuelta de casi un siglo, la creación de una suerte de capa que, la escuchamos en las reflexiones sobre el arte que se crea delante de los toros, pero la vemos muy de cuando en cuando delante de ellos. Quizás sea tiempo ya, de ir desempolvando ese amplio catálogo de suertes, para darle variedad y vistosidad a lo que sucede en el ruedo.
Hasta dentro de una semana.
Aviso parroquial: los resaltados en los textos de Verduguillo y José Alameda son obra imputable exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales.

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