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domingo, 13 de septiembre de 2020

En el centenario de Carlos Arruza (XII)

Carlos Arruza, el solidario. México (I)

Carlos Arruza

La mitad del siglo XX representó un tiempo de profundo cambio para la fiesta en México. Personalmente considero que fue el momento del tránsito de una Edad de Oro brillante en lo histórico y en lo taurino, hacia una Edad de Plata que representó también una etapa de gran lucimiento para nuestra tauromaquia, ya cimentada en nuevos valores y sobre todo en la transformación del toro mexicano, que a partir de esas calendas sería ya el único en lidiarse en nuestras plazas.

Una década después, los toreros que tomaron la estafeta de manos de los maestros de la etapa dorada eran ya quienes tenían en sus manos el devenir del toreo en nuestra patria, aunque todavía por esas fechas, algunas de las figuras de la etapa anterior tuvieran actuaciones esporádicas como en los casos de Lorenzo Garza, Luis Castro El Soldado o Fermín Rivera

Cañitas

Entre esos toreros de la Edad de Oro que seguían activos se encontraba Carlos Vera Cañitas, quien recibió la alternativa en 1941 y que fuera parte importante de la etapa final en la historia del Toreo de la Condesa. También Cañitas gozó de popularidad en ruedos españoles y en esos momentos, quizás la estadística de la fiesta no tenía la importancia que hoy se le adjudica, pero ya era el diestro nacional que más tardes había actuado en la plaza de Las Ventas en Madrid con catorce, sitio que conservó desde junio de 1951 y hasta mayo de 2018, cuando Joselito Adame alcanzó primero y superó después esa marca.

En 1960, Cañitas trataba de relanzar su carrera en los ruedos y llegar a actuar formalmente en la Plaza México, pues su única actuación allí tuvo lugar el mediodía del 10 de abril de 1955, alternando con Fermín Rivera y Nacho Treviño en la lidia de toros de Santa Martha. Ese festejo con entrada gratuita, fue organizado para la filmación de la película El Niño y El Toro – en inglés The Brave One –, de Irving Rapper. Ni antes, ni después había pisado ese ruedo vestido de luces y, los hados apuntaban a que ya no lo haría.

En ese plan de relanzamiento, Carlos Vera se contrató para actuar en el Toreo de Cuatro Caminos el 21 de agosto de 1960 para alternar con Luis Briones y Juan Estrada – otros dos sobrevivientes de la etapa dorada – en la lidia de toros de Ayala. El cuarto de la tarde se llamó Buen Mozo y a juzgar por las fotografías de la época, lo era. En la parte final de la faena, que tuvo sus momentos de brillantez, el toro de Ayala prendió a Cañitas en la entrepierna derecha. La gravedad del percance se percibió de inmediato, pues el terno blanco con pasamanería negra que vestía el torero se tiñó de sangre.

El parte médico rendido por los doctores Javier Ibarra hijo y Manuel Castañeda Uribe fue devastador:

Sufre una herida por cuerno de toro situada en el Triángulo de Scarpa derecho, de cuatro centímetros de orificio de entrada, que interesa piel, tejido graso, aponeurosis, desgarrando los músculos de la región, contundiendo la arteria femoral común y seccionando la arteria femoral profunda, además de la vena femoral. Gran hemorragia arteriovenosa, por lo que hubo de practicársele una transfusión sanguínea de 1,200 centímetros cúbicos. Pronóstico reservado.

La reserva del pronóstico derivaba de la situación que tenía la circulación sanguínea del torero herido en el miembro afectado. No era la primera cornada que recibía en la región y con los procedimientos médicos comúnmente aceptados en la época, los vasos afectados eran ligados en los cabos afectados y la continuidad circulatoria se dejaba a lo que los médicos llaman circulación colateral. Así pues, admitiendo que se usara el mismo procedimiento en esta herida de Cañitas, esa reserva derivaba de la necesidad de esperar que tras la ligadura de las femorales – arteria y vena – afectadas por el cuerno de Buen Mozo, la circulación se restableciera en la extremidad afectada.

Pero la suerte y el destino de Cañitas ya estaban echados. Cinco días después de la cornada, la prensa nacional daba a conocer lo siguiente:

Hubo necesidad de amputarle la pierna herida a Cañitas. – México, D.F., agosto 25. – Al mediodía de hoy fue amputada la pierna derecha, hasta arriba de la rodilla, al torero Carlos Vera “Cañitas”, cornado el pasado domingo… Los médicos tomaron esta medida extrema ante el peligro de que se presentara una septicemia gaseosa, al no haberse restablecido la circulación sanguínea en el miembro herido… Todavía cuando era llevado a la sala de operaciones, “Cañitas” confiaba en que se le practicase una operación más para restablecer la circulación, pero el intenso color amoratado, en algunas partes negruzco de la pierna derecha, indicaba que la amputación debería hacerse desde luego… El doctor Javier Ibarra afirmó: “si existiera una brizna de esperanza, no amputaríamos el miembro”… Dijo inicialmente que se había temido que la amputación se haría casi desde la cadera. El tipo de corte que le fue hecho permite la rehabilitación por miembros artificiales… (El Informador, Guadalajara, 26 de agosto de 1960)

Así pues, el valentísimo Carlos Vera Cañitas había terminado su carrera en los ruedos, como El Tato, como más recientemente Rocky Moody. Quedaba entonces, condenado a seguir sus labores en la Procuraduría de Justicia de la capital mexicana, donde obtuvo un empleo cuando las oportunidades de vestirse de torero comenzaron a escasear.

Cañitas falleció en la Ciudad de México el 19 de febrero de 1985. 

Curro Ortega

El surgimiento del precoz Curro Ortega – curiosamente también “Cañitas” fue un torero que se inició casi desde niño – transcurre ya en la Edad de Plata del toreo mexicano. La alternativa la recibió en Acapulco en 1950 y tuvo actuaciones en ruedos hispanos, aunque no confirmara su alternativa en Madrid. 

Curro Ortega es de la generación de toreros que surgieron en la primera temporada novilleril de la Plaza México con Joselillo y Fernando López y paradójicamente es uno de los que a despecho de no haber encabezado el llamado escalafón menor en esos días, realizó una carrera más o menos larga en los ruedos del mundo.

En la frontera norte era un fijo en las temporadas veraniegas que por esos rumbos se daban y en esa frontera se encontraría con el final de su paso por los ruedos, pues en el mismo 1960, el 25 de septiembre, paradójicamente un mes exacto después de la retirada forzada de Cañitas, se anunció para lidiar toros de Pozo Hondo con Antonio Velázquez y Jaime Bravo en El Toreo de Tijuana.

Esa corrida pareció torcérsele a Curro Ortega desde el inicio. Aunque las notas de prensa publicadas en la época señalan que fue herido por el segundo de la tarde, en realidad la grave cornada que recibió fue al abrirse el festejo, pues Jim Fergus, testigo presencial, en su revista Toros correspondiente al mes de octubre de ese 1960, refleja que por un error de los torileros, el primero del lote de Curro – teóricamente el segundo de la tarde – salió al ruedo para iniciar el festejo:

25 de septiembre (Tijuana – Centro) Curro Ortega fue gravemente herido por el primer toro de la corrida. Curro era el segundo espada del cartel, pero por un error en los chiqueros, se abrió el festejo con el primero de su lote. Un incierto toro de Pozo Hondo de aproximadamente 400 kilos de peso prendió a Curro durante la faena de muleta. El torero, que acababa de completar una primera tanda de naturales, iniciaba la segunda al momento del percance. Al caer al suelo, se hizo evidente que la herida era de varias trayectorias, pues el cuerno le penetró el muslo izquierdo, arrancando tanto la vena como la arteria femoral…

Fue atendido en la enfermería por el equipo comandado por los doctores José Rodríguez Olivas y Gustavo Arévalo, quienes inhibieron inicialmente la hemorragia y posteriormente lo trasladaron al hospital del Dr. Rodríguez Olivas para continuar el tratamiento de la herida. El pronóstico se reservó, pero la visión general era más o menos optimista, pues los facultativos declararon al citado Fergus, que quizás el sábado siguiente el diestro estaría en condiciones de volver a la Ciudad de México y continuar su tratamiento allá y descartaron definitivamente un desenlace como el de Cañitas:

Curro fue trasladado a la enfermería de inmediato y en unos 12 minutos, un equipo de cinco cirujanos, encabezados por el Dr. Gustavo Arévalo hicieron una cura de urgencia, procedimiento que duró más de dos horas. Después fue trasladado al hospital del Dr. José Rodríguez Olivas, jefe de los servicios médicos de la plaza… El lunes fue un día crítico para Curro y para el martes comenzó a dar muestras de mejoría, pudiéndose anticipar que sería trasladado a la Ciudad de México el siguiente sábado. El Dr. Rodríguez descartó la posibilidad de que el diestro herido perdiera la extremidad lesionada, como en el caso de “Cañitas”...

Sin embargo, en el número siguiente de Toros se desplegaba esta información:

Una mala circulación consecuencia de percances anteriores, derivaron en la amputación de la pierna derecha de “Cañitas”. Por ese mismo motivo Curro Ortega ha quedado impedido de continuar toreando. Después de la cornada de hace unos días en Tijuana, los médicos le han advertido que otra herida podría causarle daños irreparables...

Como datos curiosos, el día que Curro Ortega fue herido, Carlos Arruza también toreaba en Tijuana, en la Monumental, formando cartel con Calesero y Manolo dos Santos para lidiar toros de la Viuda de don Miguel Franco y ganadería de Pozo Hondo que lidió ese 25 de septiembre del 60 en Tijuana, es la que hoy se anuncia como San Lucas y fue formada por José Antonio Llaguno García en 1955, con vacas y sementales de San Mateo. Lidió su primera novillada en 1958 en Acapulco y su primera corrida ese mismo año en Nogales.

Así pues, también la suerte de Curro Ortega quedó echada en un ruedo mexicano. Tendría que dedicarse a otra cosa, pues ya la vuelta a las plazas no quedaba en su futuro.

Curro Ortega falleció en la Ciudad de México el 30 de septiembre de 2012.

Carlos Arruza y sus gestos solidarios

En el caso de Cañitas, en cuanto se supo el final triste que tuvo su carrera en los ruedos, tanto el doctor Alfonso Gaona, como quienes hacían empresa en el Toreo de Cuatro Caminos pusieron a la disposición del diestro esos escenarios para que se organizara un festejo benéfico. En el caso de Curro Ortega no tengo información publicada de que así haya sido. De cualquier forma, faltaba que alguien pusiera manos a la obra para lograr la celebración de esas fechas para auxiliar y honrar a los toreros caídos en el ejercicio de su ministerio.

Carlos Arruza surge como el que tomaría el bastón de mando para lograr aliviar, cuando menos en lo económico, las penas de sus iguales. Daniel Medina de la Serna, para el caso de Cañitas, afirma que también se unieron al proyecto don José Murillo Alvírez, Manuel González Pinocho y José Juárez Gitanillo de México. Consiguieron una corrida de don Jesús Cabrera y para el 16 de septiembre de 1960, en la Plaza México, se anunció al propio Carlos Arruza, quien se presentaría como rejoneador en ese escenario, Alfonso Ramírez Calesero, Luis Procuna, Rafael Rodríguez, Jorge El Ranchero Aguilar y José Zúñiga Joselillo de Colombia.

La gran plaza se llenó y aunque el clima y los toros no colaboraron, pues se devolvió al quinto por manso y fue sustituido por uno de Santín y el sexto se inutilizó y fue reemplazado por otro de Ajuluapan, in extremis, Joselillo de Colombia realizó una faena vibrante al sexto, anunciado como Sombrerero y le cortó las dos orejas. Se afirma, sin desglosar cifras, que Carlos Vera Cañitas recibió de sus iguales y de la afición una suma cercana al medio millón de pesos, cantidad que le permitiría reencaminar sus pasos por la vida ya fuera de los ruedos.

Escribía en alguna parte de esta serie que Carlos Arruza era un hombre inquieto. Y a fe mía que esa inquietud la desplegaba siempre en causas nobles. Anunciado el final del paso por los ruedos de Curro Ortega, aprovechó el impulso adquirido con la organización del festejo pro Cañitas y se avocó a actuar en igual forma a favor de Ortega. Tomó la palabra de los empresarios del Toreo de Cuatro Caminos, dada en principio para auxiliar a Cañitas y para el 30 de octubre de ese mismo año, consiguió una corrida de Valparaíso para volver a actuar como rejoneador y anunciar su despedida de la afición de la capital mexicana en esa faceta de su paso por los ruedos y completar el cartel con Manolo dos Santos, Manuel Capetillo, Juan Silveti, Alfredo Leal, Joselito Huerta y Antonio del Olivar. Es de señalarse que el toro que enfrentó Arruza fue uno de San Mateo, lo que le agrió un poco la amistad con don Valentín Rivero, quien esperaba que el Ciclón se enfrentara a uno de sus toros en esa tarde. Arruza cumpliría varios compromisos más y torearía su última corrida en este ciclo el 6 de noviembre siguiente en Tijuana, plaza en la que retornaría a los ruedos el 20 de junio de 1965.

A diferencia de la corrida a favor de Cañitas, la de Curro Ortega fue un éxito redondo. Arruza le cortó las dos orejas a Azteca; Manuel Capetillo una a El Diablito; Juan Silveti, el rabo a Farolero – toro de arrastre lento – y Joselito Huerta también obtuvo el rabo de Soldado, que recibió el homenaje de la vuelta al ruedo a sus despojos. Manolo dos Santos, Alfredo Leal y Antonio del Olivar estuvieron empeñosos y tuvieron momentos de lucimiento. Como afirma Horacio Reiba, todos estuvieron a la altura en este festejo que resultaría histórico.

Curro Ortega también recibió una suma importante para reencaminar sus pasos por la vida. Jim Fergus, en el número correspondiente al mes de noviembre de su citada publicación, refleja algunas cifras de la siguiente manera:

Curro Ortega recibirá $252,877.70 pesos ($20,230.00 dólares) como producto de la corrida celebrada en su beneficio el pasado 30 de octubre en El Toreo. Dicha suma incluye además diversos donativos por $19,753.00 dólares y $12,000.00 dólares por concepto de la venta de la carne de los toros lidiados ese día, sumando en total lo que se entregará al torero la cantidad de $455,175.00...

En ambas situaciones – la de Cañitas y la de Curro Ortega – la inquietud y el sentido de solidaridad de Carlos Arruza para con sus iguales, lograron algún alivio para sus aflicciones y demostraron que los toreros se pueden ayudar entre sí en momentos de tribulación.

El próximo 16 de septiembre se cumplen 60 años del primer festejo al que he hecho referencia y el segundo, al decir del nombrado Horacio Reiba, resultó un punto de inflexión en nuestra historia patria taurina:

Esta corrida memorable – siete orejas y dos rabos de los de antes – marcó la frontera entre la década de transición que clausuraba y la de realizaciones plenas que estaba a punto de comenzar. Porque los años sesenta serían muy diferentes: las figuras de esa tarde histórica afianzaron su soberanía; la reanudación del convenio trajo la gran generación de los Camino, Puerta, Viti y El Cordobés; Arruza volvió a montar para maravillarnos fugazmente hasta su muerte. Y mediado el decenio, Manolo Martínez lanzaría el guante que iban a recoger los Cavazos, Rivera y Ramos, para adentrar nuestra Fiesta en una época bajo cuyos aparentes esplendores iba a germinar, por desgracia, la semilla de su posterior degradación…

Así pues, es como Carlos Arruza mostró que no solamente en los ruedos es donde los toreros deben responder a los estados de necesidad de sus iguales. Y en este caso con un valor añadido, se hizo historia y se encaminó la del porvenir. Más no serían estos los únicos hechos notables del Arruza solidario como veremos en la siguiente entrega de estos pergeños…

Aviso parroquial: Agradezco al amigo Doblón (@toritosyburros), el haberme facilitado la información aparecida en la revista Toros de Jim Fergus.

domingo, 6 de septiembre de 2020

Tacho Campos. Una alternativa efímera

La Feria de San Marcos 1949
El Sol del Centro 17/04/1949
Nacido en 1922, Anastacio Campos Gallego se presentó como novillero en El Toreo de la Condesa el 2 de agosto de 1942, alternando con Rutilo Morales y Manuel Jiménez Chicuelín en la lidia de novillos de La Laguna. Causó buena impresión y toreó seis tardes esa temporada, quizás las mejores fueron las del 13 de ese agosto y 11 de octubre, cuando corta la oreja respectivamente a Meloso y Onza de Oro, ambos de Coaxamalucan, lo que le vale participar en el festejo de la Oreja de Plata que fue ganada por Antonio Velázquez, que junto con Luis Briones, Luis Procuna, Juan Estrada o Rafael Osorno, fueron algunos de los nombres destacados de ese serial novilleril.

En 1943 actúa 3 tardes en La Condesa y en 1944 tiene la que quizás fue su mejor temporada novilleril, pues actúa en ocho tardes junto a Pepe Luis Vázquez (mexicano), Ricardo Balderas, Jesús Guerra Guerrita, Rutilo Morales, Félix Briones y Eduardo Liceaga entre los más destacados, para partir a España al año siguiente y presentarse en Las Ventas de Madrid el 24 de junio de para lidiar novillos de Claudio Moura en unión de Manuel González Machaquito de MadridManolo Navarro y Manuel Jiménez Chicuelín, en una tarde en la que tuvo poca fortuna.

Se presentaría después en Sevilla el 1º de julio de 1945 para alternar con Lorenzo Pascual Belmonteño, Francisco Astasio Quinito y Manuel González Machaquito de Madrid en la lidia de novillos de Esteban González y en Barcelona el 26 de agosto, alternando con Armando Martín Armillita, Pepe Hillo y Gabriel Pericás en la lidia de novillos de José Escobar (6) y Francisca Marcos (5º y 8º). Volvería a Madrid el primero de octubre, para alternar con Antonio Toscano, Manolo Navarro y Francisco Rodríguez en la lidia de novillos de Hoyo de la Gitana. De acuerdo con los escalafones publicados en la época, sumó un par de festejos más en tierras hispanas. Es curioso observar que estos festejos en las plazas principales en los que actuó Tacho Campos, fueron todos de ocho toros.

Hace la transición a la Plaza México y actúa tres tardes en la temporada de 1946, misma que encabezaron Joselillo y Fernando López; cuatro en la del año siguiente, en la que de nueva cuenta fueron esos dos fenómenos los titulares del escalafón novilleril, con la aparición de un precoz Curro Ortega y la vuelta a las novilladas de Juan Estrada, que renunció a su alternativa. El 18 de julio de 1948, será testigo, junto con Juventino Mora en la Plaza San Marcos de la eclosión del Volcán de Aguascalientes,  y en la plaza mayor de México, de la aparición de los Tres Mosqueteros, toreando entre ellos tres novilladas ese calendario.

La alternativa

Para 1949, Tacho Campos y quienes llevaban su carrera, estimaron seguramente que era el momento de dar el siguiente paso y para ello consiguieron un escenario que les pareció adecuado: la Feria de San Marcos en Aguascalientes, en la que se darían tres corridas de toros que se anunciaron de la siguiente manera: para el domingo 17 de abril Ricardo Torres, Manuel Jiménez Chicuelín y la alternativa de Tacho Campos, con toros de los Hermanos Ramírez; el domingo 24 de abril, Luis Briones, Luis Procuna y Rafael Rodríguez, que se presentaba como matador de toros en Aguascalientes, con toros de Torrecilla y el lunes 25 de abril, Calesero y Rafael Rodríguez mano a mano, con toros de Armillita Hermanos

Al final, sin que mediara explicación alguna, en la corrida del 17 de abril no actuó el hidalguense Ricardo Torres. Lo sustituyó Andrés Blando, que fue el encargado de doctorar a Tacho Campos en una tarde desapacible y ventosa. La crónica de don Jesús Gómez Medina, en El Sol del Centro del día siguiente del festejo, entre otras cosas, dice lo siguiente:

…Negro entrepelado, apretado y vuelto de pitones, fuerte y hondo, y llevando en las ancas el número 55, tales fueron las características del primero de la tarde, con el que Tacho Campos recibió la alternativa. Dignamente lo saludó el reinero, toreándolo superiormente a la verónica entre olés entusiastas, para más tarde, después de que el “Güero Mochilón” se lució con la de detener, forjar un quite por gaoneras, escultóricas y ceñidas, entre las que hubo una extraordinaria. Luego de que Andrés Blando le cedió los trastos, brindó Tacho la muerte de éste su primer astado como matador de toros a su hermano y mozo de estoques. Quieto y erguido, prologó su faena con dos ayudados por alto; intentó luego correr la mano en los derechazos, pero el bicho, insuficientemente castigado se revolvió presto sobre el engaño, llevado de su auténtica bravura y, en tales condiciones, la faena careció del aplomo y del desahogo necesario. Hubo, sí, magníficos muletazos; derechazos y de la firma; trincherazos con el debido remate, pero la faena, el conjunto, careció de la necesaria trabazón, por la causa apuntada.

Tras de sufrir un achuchón de pronóstico, Campos atizó media estocada perpendicular, pero en buen sitio, que bastó. En premio a su voluntad, el nuevo doctor hubo de dar la vuelta al ruedo…

Eso fue lo destacado en la tarde de quien se esperaba, fuera un nuevo matador de toros mexicano.

Paréntesis ganadero

El encierro lidiado en la tarde de la alternativa de Tacho Campos fue de Hermanos Ramírez. Voy a aventurarme a afirmar, que esta pudo ser la presentación no oficial de la ganadería que después se anunciaría como San Antonio, propiedad de los hermanos Enrique, Víctor Manuel y Mariano Ramírez Miguel, formada con ganados originarios de Pastejé y que el encierro se formó con la rastra de algunas de las vacas que se adquirieron en 1947 como pie de simiente. Esta base ganadera fue enajenada en 1958 por los ganaderos a su paisano don Gustavo Álvarez y a partir de entonces don Mariano Ramírez se decantó por la base de Piedras NegrasLa Laguna, al adquirir una importante alícuota de la ganadería de Zotoluca.

La prensa de la época no refleja ningún dato acerca del origen o propiedad de la corrida lidiada ese 17 de abril de 1949, así que esta apreciación es una mera conjetura personal, pero conociendo la voluntad que tenía don Jesús Ramírez Alonso, empresario de la Plaza San Marcos en aquellas calendas por traer toros de ganaderías cercanas, no me extrañaría que así fuera, pues los potreros de los hermanos Ramírez Miguel se ubicaban en la cercana Encarnación de Díaz, Jalisco.

Catorce días después

En la búsqueda de otras informaciones en la hemeroteca, me encuentro con una nota fechada en la Ciudad de México el primero de mayo de ese 1949, titulada como sigue: Fernando de los Reyes cortó oreja en El Toreo. Tacho dio vuelta y Rojas desperdició un gran toro. Al entrar al cuerpo de la nota, me entero que ese primero de mayo del 49, se daban novilladas en El Toreo de Cuatro Caminos y que Tacho Campos había actuado en ese festejo, segundo de la temporada novilleril allí ofrecida, como novillero. Así pues, la dignidad de matador de toros le duró exactamente trece días.

Y siguió actuando como novillero, en Cuatro Caminos toreó todavía otras dos tardes, una, el 22 de mayo de 1949 con Guillermo Carvajal y Pepe Luis Méndez y novillos de Torreón de Cañas y otra en el año de 1950. Volvería a la Plaza México el 11 diciembre de 1949 junto con Anselmo Liceaga, Luis Solano, el ecuatoriano Edgar Puente, Jaime Bolaños y Joaquín Díaz Paquiro para lidiar novillos de Mimiahuápam, ganadería que se presentaba y destacaron en ese calendario los novilleros Juan Silveti, Héctor Saucedo y Curro Ortega.

Su tarde final en la capital fue el 10 de diciembre de 1950, cuando alternó con Fernando de los Reyes El Callao y el cubano José Sánchez Pepillo en la lidia de novillos de Atlanga. Esta fue una tarde aciaga para Tacho, pues fue avisado una vez en su primero, dos en su segundo y en el sexto, que tuvo que matar por Pepillo, que se fue herido a la enfermería, le fue vivo a los corrales. A partir de aquí, el nombre y la presencia de Tacho Campos se diluyen y desaparecen de los principales escenarios taurinos.

Algunos juicios sobre su toreo

Daniel Medina de la Serna señala que Tacho Campos ha sido un torero de intensos detalles. Ya en sus inicios se reveló como un torero que ejecutaba la verónica con profundidad y sabor y al ir avanzando en su carrera taurina, se le reconocía como un importante muletero, un representante se decía en su día, de la “escuela garcista”, por el sello que imprimía a la ejecución del pase natural.

Decir que fue un torero preferido por José Alameda es un gran timbre de honor. En las crónicas que escribió para La Lidia durante la temporada novilleril de 1944, entre otras cosas señala lo que sigue acerca de Tacho Campos:

...Este Tacho Campos, que el domingo pasado triunfó en “El Toreo”, es un lidiador corto, de esos que cuando pierden en extensión lo ganan en profundidad...Tacho Campos toreó el domingo, parando, templando y mandando. Y en eso coincidió con Garza, como Garza coincidió con Belmonte. Dicen que imita a Lorenzo. Pues si así es, ojalá vengan muchos a imitarle, en lugar de entregarse al toreo de chicuelinas, tijerillas, riverinas, orticinas, lasernistas, molinetes y demás manifestaciones patológicas del contorsionismo imperante... Una falta tiene Tacho Campos: su poca fibra. No es un torero que pelea, que se crece ante la adversidad, ni que siente la noble apetencia de redondear un éxito. Y sería lástima que por eso no llegara tan alto como debe. Me hace abrigar esos temores, la frialdad con que Tacho Campos se desentendió de todo el sexto toro, limitándose a quitárselo de delante.

Sería lástima, porque torea con una pureza extraordinaria y con un sello propio que estriba en el fino acento que sabe dar a sus muletazos, un matiz que no han sorprendido quienes lo tachan de imitador de Garza, porque Lorenzo fue toda reciedumbre y en Tacho Campos priva la finura. Esa cualidad suya culminó en los tres medios pases que dio a favor del viaje del toro, en la última parte de su faena. Giró en ellos con gran suavidad y los ligó de modo que, más que tres lances, fueron uno solo. Yo me pregunto: ¿A quién imitó entonces? ¡Cómo no fuese a Tacho Campos!...

Este muchacho representa, como pocos, lo que podríamos llamar el torero del “SÍ” y el “NO”, el tipo de lidiador en el que no caben los términos medios. Tacho no sabe torear mal. Y eso le priva de paliar sus fracasos, pero, en cambio, le proporciona triunfos definitivos...

Como se puede ver, muchas fueron las esperanzas que despertó, pero como pontificó algún día Enrique Martín Arranz, llegar a ser figura del toreo, es casi un milagro, el andar de Tacho Campos, un torero que atestiguó y vivió momentos importantes de la historia reciente del toreo mexicano, así lo demuestra.

domingo, 3 de mayo de 2020

Jaime Rangel. A 35 años de su despedida de los ruedos

Jaime Rangel
Foto: Cortesía altoromexico.com
Al final de la temporada 1956 – 57, las cosas de los toros en la capital de México quedaron revueltas. Tanto así que la gran plaza permaneció cerrada hasta junio de 1958 y aún con esa apertura, hasta el año de 1960 su funcionamiento no fue regular. Por eso no se dieron en ella novilladas durante el verano de 1959, pero eso no significó que la Ciudad de México se quedara sin temporada chica, pues ésta se verificó en el hoy difunto Toreo de Cuatro Caminos, donde el ingeniero Armando Bernal ofreció a la afición un ciclo de 31 festejos, en los que destacaron entre otros, toreros como Héctor Obregón, Antonio Sánchez Porteño, Rubén Bandín y quien me ocupa en estas líneas, el hidalguense Jaime Rangel.

Sobrino de uno de los toreros más incomprendidos de la historia patria del toreo, me refiero a Ricardo Torres, nativo de San Miguel Vindhó, Jaime Rangel toreó en ese ciclo cuatrocaminero siete de los festejos ofrecidos en el serial y fue, al final el que mano a mano con Porteño, cerró esa temporada en una singular novillada de concurso de ganaderías organizada por la Asociación de Criadores, que ofrecía un premio de quince mil pesos al novillo triunfador a determinar entre Tejedor de Zotoluca, Bien Hecho de San Mateo, Marinero de Rancho Seco, Zacatecano de Jesús Cabrera, Aceitero de Pastejé y Anda Solo de Santo Domingo

Jaime Rangel fue uno de los novilleros que hicieron la transición a la temporada novilleril de la Plaza México para el año de 1960, ya normalizada su operación. Y lo hizo de manera triunfal. Esa temporada constó de 27 festejos de los cuales toreó 11, entre los cuales cuatro fueron de mano a mano y fue el primer novillero en la historia del coso en matar una novillada en solitario, el domingo 20 de noviembre con novillos de Pastejé. En ese calendario novilleril compitió con toreros como Víctor Huerta, Fernando de la Peña, Óscar Realme, Antonio Campos El Imposible, Felipe Rosas o Jorge Rosas El Tacuba.

Esa hoja de resultados le valió tomar la alternativa allí mismo el primer día de 1961 en un cartel redondo. Le apadrinó el Lobo Portugués Manolo dos Santos y atestiguó la ceremonia El Volcán de Aguascalientes Rafael Rodríguez. El toro de la ceremonia se llamó Relicario y fue de don Jesús Cabrera, como todos los de la corrida. Un dato estadístico interesante es que Jaime Rangel, al recibir la alternativa, se convirtió en el matador de toros número cien en presentarse en el ruedo de la plaza más grande del mundo.

Confirmó en Las Ventas de Madrid el 1º de junio de 1962, el encierro fue de Alipio Pérez Tabernero y le cedió los trastos el catalán Joaquín Bernadó en presencia del madrileño Luis Segura. El toro de la ceremonia se llamó Menudito y actuó en el festejo también el rejoneador Clemente Espadanhal. Una corrida complicada de juego, en la que el toricantano solamente pudo lucir su toreo de capa. Concluyó esa campaña española con 11 festejos, según el escalafón publicado por el semanario madrileño El Ruedo.

Con esa preparación acometió la temporada 1962 – 63 en la Plaza México. Vendría a competir con los toreros que venían del otro lado del mar: El Viti, Paco Camino, Diego Puerta, Pedrés, Mondeño y con los de aquí; Calesero, Velázquez, Rodríguez, Córdoba, Capetillo, Silveti, Huerta... Y dio el tono. La temporada se dividía en las dos plazas de toros de la capital en ese entonces. Así en Cuatro Caminos deja una gran faena al toro Amapolo de Jesús Cabrera el 11 de febrero, cuando alternaba con el Poeta del Toreo y Luis Segura, sin trofeos por sus fallas con la espada y el 22 de diciembre del 63, en la Plaza México, corta una sólida oreja a Turronero, también de don Jesús, preparando el terreno para lo que vendría el año siguiente.

Para el ciclo 63 – 64 en la Plaza México ya el nombre de Jaime Rangel era uno de los que adornaban la parte principal del derecho de apartado. Las hazañas rubricadas la temporada anterior en las dos plazas de la capital le habían otorgado ese derecho y la atención de la afición estaba en lo que podría lograr ante la ola de toreros que vendrían de ultramar para aderezar una temporada que atrajo, como en pocas ocasiones en la historia, la atención de quienes tienen gusto por estas cosas y también de quienes las aprecian solo ocasionalmente.

Así, el primer golpe en la mesa lo dio Jaime Rangel el 5 de enero de 1964. Encerrada estaba una seria corrida de La Punta para que Óscar Realme confirmara su alternativa de manos de Jaime y con el testimonio de Manuel García Palmeño. El primero de la tarde mandó al confirmante a la enfermería, y padrino y testigo se quedaron con la corrida. Jaime Rangel se entretuvo en cortarle las orejas a Malicioso, un toro bravo, al que le pudo y con el que demostró que estaba listo para mayores empresas.

Esa empresa mayor llegaría dos semanas después. La empresa anunció a Joselito Huerta, Paco Camino y Jaime Rangel para enfrentar un encierro de don Reyes Huerta. Camino estaba en el ánimo de la afición y Joselito Huerta era, sin duda uno de nuestros ases. Quien tenía que demostrar que su sitio en ese cartel, redondo en el papel, era válido allí, era Jaime Rangel. ¡Y vaya que lo hizo! El tercer toro de la tarde se llamó Moctezuma. La crónica de agencia publicada en el diario El Informador de Guadalajara refiere lo siguiente:
...Nuevamente Jaime Rangel triunfó en la Plaza México al realizar dos grandes faenas a sus enemigos, pese a ser poco propicios, los mató superiormente cortándole a su primero las orejas y el rabo y a su segundo le quitó un apéndice... Fue en el tercero de la tarde con el que Rangel hizo a los aficionados saborear su toreo estupendo. El de Reyes Huerta no se dejó torear con el capote... Con la muleta Rangel buscó sujetar a su enemigo a base de doblones y lo metió para instrumentar varios naturales y armar la escandalera... se perfiló a matar dejando un estoconazo hasta el puño, suficiente para que doblara el astado. Cortó las dos orejas y el rabo... Al sexto de la tarde, Rangel le hizo fiestas con el capote... Tras de brindar a la plaza entera, Jaime inició otra gran faena; toreó aguantando horrores, cada vez a menor distancia, ligando pases y obligando al toro a embestir. Terminó con media estocada en todo lo alto. Pidió el público la oreja y se le concedió, para refrendar su brillante actuación en esta tarde...
Paco Camino, ese día tuvo un diferendo con la afición y terminó abroncado en su primero, aunque después cortara la oreja del cuarto. y Joselito Huerta tuvo que recurrir incluso al toro de regalo, pero sin resultados plausibles.

Este fue quizás el momento cumbre de la carrera de Jaime Rangel en la gran plaza. Pero no dejó de ser un torero que fuera indispensable en las principales ferias y temporadas de las plazas de nuestro país. Así llevó su dignidad de matador de toros durante casi un cuarto de siglo, pues se anunció su despedida de los ruedos en la Plaza México para el domingo 5 de mayo de 1985, en un cartel que formaría junto al alicantino José Mari Manzanares y el hidrocálido Ricardo Sánchez, para lidiar toros de la ganadería debutante de La Soledad.

Para la ocasión eligió un terno azul marino y oro y de su actuación en esa tarde Luis Soleares en crónica de agencia publicada en el diario El Siglo de Torreón escribe lo siguiente:
...Jaime Rangel se fue de los toros ayer con el cariño de los aficionados. Cuando mató a su segundo, cuarto de la tarde, de una estocada fulminante, el público le permitió dar dos vueltas al ruedo y cortar merecida oreja, no de simple cortesía. Voluntarioso y aseado con la muleta, todavía logra sacar algunos derechazos con temple. El Gobernador de Tlaxcala, Tulio Hernández, le cortó la coleta en los medios... La actuación de Jaime Rangel, diestro pundonoroso a quien este cronista vio llegar a la fiesta como novillero y ahora lo ha visto irse de los ruedos para siempre... el hidalguense actuó con conocimientos, valor, entrega y voluntad... el de su despedida «Emir», con 492 kilos, da ocasión a Jaime, mientras le tocan «Las Golondrinas», de recordar que le conquistaron, hace dos décadas, la admiración de la gente. La sencillez y modestia de Jaime son bien recompensadas por el multicéfalo. Un estoconazo con el corazón del torero, y de resultados fulminantes, eleva la emoción del momento y da oportunidad a una oreja merecida y a dos largas vueltas al ruedo...
Después de esta tarde, Jaime Rangel no volvió a vestir el terno de luces. Era su corrida número 31 en la Plaza México, en la que siempre fue parte de carteles de polendas. Pero el dejar la vida activa en los ruedos no significó que se apartara de la fiesta. Se dedicó a enseñar los secretos del toreo a jóvenes que pretendían hacer armas dentro de la fiesta y a apoderar toreros. En esta vertiente, quizás Jorge Gutiérrez es su discípulo más notable.

Así pues, al cumplirse 35 años de su despedida de los ruedos, este día recuerdo a un torero mexicano que con dignidad llevó el nombre de nuestro país por las plazas del mundo.

domingo, 1 de marzo de 2020

En el centenario de Carlos Arruza (III)

1º de marzo de 1953. Carlos Arruza se viste de luces por última vez

¿Por qué vuelven los toreros?

Carlos Arruza, 22/02/1953
Foto: El Ruedo
Las despedidas definitivas de los toreros son infrecuentes. Tanto así que el tema de su vuelta a los ruedos inspiró a Conchita Cintrón a escribir un libro sobre las motivaciones que los hacen volver a los ruedos. Curioso es que de todos aquellos con los que conversó sobre el tema, ninguno dio a la Diosa Rubia una razón igual a la de otro. Cada uno tenía un por qué distinto para volver después de haber dicho que se iba.

Carlos Arruza no sería la excepción. En 1948 anunció que se iba de los ruedos. Tenía apenas ocho años de haber recibido la alternativa y unos cuatro de haberse encaramado a la cumbre. Fueron unos años muy intensos. El torero lo contó así a su biógrafo Barnaby Conrad
Comencé a pensar en retirarme, pues creí que ya no tenía metas por alcanzar en mi vida profesional. Todo lo que había soñado ya lo había conseguido. Con el dinero ganado en México, adquirí un edificio en la calle de Balderas, cerca del lugar en el que nací; después otro en Juan de la Barrera, eso junto con la ganadería en España, me aseguraba el futuro, así que un día apenas iniciado 1948, decidí que me iba a retirar de los toros… Iba a disfrutar de lo que había conseguido…
En esa creencia, la corrida de la despedida se programó para el 22 de febrero de ese 1948. Se celebraría en el casi nuevo Toreo de Cuatro Caminos y alternarían con él Calesero y Antonio Velázquez en la lidia de un encierro de La Punta. Fue una tarde en la que el viento intentó oponerse a los esfuerzos de los toreros. El primero de la tarde, Carabuco, hirió a Calesero en banderillas, y por eso no mató ninguno. En forzado mano a mano, Arruza cortó la oreja al segundo, Portuguero y al quinto, Puntillero. Por su parte, Velázquez mató tercero, cuarto y sexto. Al cuarto, Recóndito, le hizo una gran faena, pero lo pinchó. Sobre ese adiós de Arruza, El Tío Carlos, en su tribuna de El Universal, escribió:
…Hace seis meses apenas – ¡y ya parece tanto tiempo! – despedíamos a uno de los dos cuando lo llevaban en hombros por el camino de Linares a Córdoba. Hoy hemos despedido al otro, en el centro de un ruedo aún estremecido de triunfos… Pero bien ha hecho Carlos Arruza en marcharse. Ha hecho bien porque ya el arte moderno del toreo no necesita más sangre; la de su primer fundador es dolorosamente suficiente para probar la autenticidad y la verdad de este modo que ellos implantaron. Ahora él, Arruza, será – y volvemos al principio de estas líneas – el vivo testimonio de que si en esa escuela se puede morir heroicamente, también es posible vivir íntegramente. Que junto a la gloria ultraterrenal del mártir, pueden subsistir la gloria y el poder actuales y presentes del pontífice. ¡Adiós, Arruza!...
Tras incontables vueltas al ruedo, su mentor, Samuel Solís, le desprendió el añadido.

Comenzaba una nueva vida para Carlos Arruza, era ganadero en España y tenía inversiones inmobiliarias en la Ciudad de México, es decir, tenía asuntos a qué dedicarse. Sin embargo al paso de un par de años, esa actividad no le era suficiente. Cuenta Ignacio Solares:
Me contaba Jacobo Zabludovsky que a los dos años de despedirse Carlos Arruza por primera vez de los toros, en 1950, este lo invitó a comer por la necesidad imperiosa que tenía de un trabajo, no tanto por lo económico – Carlos tenía varios edificios en la ciudad, inversiones en dólares, una ganadería –, sino por tener algo que hacer. 
—Llevo las cuentas de mis negocios, leo mucho, estoy con la familia, veo amigos, pero si no tengo una verdadera responsabilidad voy a volver a torear. Me conozco. 
Jacobo habló con el presidente Miguel Alemán para contarle el caso y este lo remitió enseguida al secretario de Relaciones Exteriores, Manuel Tello. Arruza podía ser representante del país en un buen número de eventos de la Secretaría en el extranjero. 
Así sucedió. Tello le contó a Jacobo, a los pocos meses, que Carlos era un modelo de empleado, pocas veces visto por él. 
—Llega todos los días a las nueve de la mañana a su oficina, atiende enseguida todos los asuntos que se le encomiendan. Habla y lee perfectamente en inglés, que aprendió, dice, por su cuenta en la adolescencia. Su cultura es admirable. Su puro nombre abre puertas insospechadas en todo el mundo. Las cartas que manda reciben respuesta enseguida. Lo conocen hasta en China. “Oh, el torero más famoso del mundo junto con Manolete”, dicen…
De lo que escribe Ignacio Solares se advierte que para 1950 ya le afectaba a Arruza el hambre de miedo y la sed de toros negros a la que se refería Rafael Rodríguez cuando Conchita Cintrón le preguntaba por la súbita vuelta que hacía a los ruedos a torear una corrida de despedida en 1971.

Y así, poco duró Arruza como funcionario de la Secretaría de Relaciones, pues en ese 1950 regresó a los ruedos. Lo hizo en Europa y aunque las relaciones taurinas con España estaban rotas, toreó entre Portugal y Francia 24 corridas ese año. Reaparecería en la Plaza México el 18 de febrero de 1951, para lidiar toros de La Laguna en unión de Fermín Rivera y Calesero.

El adiós de la Plaza México

Llegado el año de 1953, Carlos Arruza decidió nuevamente irse de los ruedos. En esta oportunidad lo hizo con menos aparato que un lustro antes. Para hacerlo escogió una corrida benéfica, la Corrida Guadalupana. Esto es lo que contó a Barnaby Conrad:
Arreglé las cosas para una última corrida en la Ciudad de México. Para el 22 de febrero de 1953. La Corrida Guadalupana, la fecha más importante de la temporada. A diferencia de la mayoría de las corridas, esta sería de seis toros para seis matadores, así que solamente tendría una oportunidad de triunfar. Recé porque el toro que me tocara fuera bravo. 
Antes de cerrar la fecha, llamé a mi madre y a mi esposa y les pedí que prepararan las tijeras, porque cuando cayera ese toro, el número 1260 de mi vida, podrían cortarme la coleta… Ellas me verían torear por primera vez, pero por la televisión… 
Nadie sabía que me iba, sino hasta el momento del brindis, me dirigí al tendido y localicé la cabeza calva de mi amigo y gran aficionado Rico Pani. Había dicho en una ocasión que el día que le brindara un toro, ese día me iría de los ruedos y ese sería mi último toro. Cuando terminé el brindis me dijo: “Esto me causa tristeza, pero te felicito. Tristeza como aficionado, felicidad como amigo”. Esas palabras me llenaron mucho…
Puede causar extrañeza la celebración de una Corrida Guadalupana en febrero. La realidad es que era Guadalupana por el destino de los beneficios que producía, que eran en su día, las obras de preservación y consolidación de la Basílica de Guadalupe. El cartel lo formaron el rejoneador Juan Cañedo, Carlos Arruza, Manolo González, Manolo dos Santos, Jesús Córdoba, Manuel Capetillo, José María Martorell y Juan Silveti. Los toros, por su orden fueron de: Xajay (para rejones), Torrecilla, San Mateo, Heriberto Rodríguez, Tequisquiapan, Zotoluca, Zacatepec y Rancho Seco.

La versión de Daniel Medina de la Serna, en el primer tomo de la Historia de una Cincuentona Monumental sobre lo sucedido esa tarde, es la siguiente:
Carlos Arruza, que unos tres años antes se había “despedido” llenando los periódicos, antes y después de la corrida, con artículos alusivos, panegíricos, entrevistas con él y con sus familiares… Pero esta vez se despidió callada, secretamente. La fecha escogida fue el 22 de febrero (17ª), corrida Guadalupana. Con la emoción íntima de que era su penúltima tarde, pues al siguiente domingo sería la última en Ciudad Juárez y a beneficio de su cuadrilla, Carlos Arruza hizo, quizá, su mejor faena en la que se olvidó de ser “el atleta perfecto”, para realizar su más armoniosa obra; el toro se llamó “Peregrino” y fue de Torrecilla. De lila y oro dijo adiós… (143 – 144)
Por su parte, el semanario madrileño El Ruedo, en el ejemplar aparecido el 26 de febrero de 1953, refiere lo siguiente:
En la Corrida Guadalupana la nota más destacada ha sido la retirada del toreo de Carlos Arruza. Se lidiaban ocho toros de distintas procedencias para el rejoneador mejicano Cañedo y los espadas Arruza, Dos Santos, Manolo González, Jesús Córdoba, José María Martorell, Capetillo y Juan Silveti. La tarde era magnífica; el lleno, rebosante, y se inició la corrida con un desfile de charros realmente pintoresco e impresionante... Carlos Arruza se despidió de la afición de la Monumental toreando al toro «Peregrino» de Torrecilla, que resultó muy bravo. Estuvo admirable con el capote; puso pares de banderillas después de preparar al toro a cuerpo limpio, clavando en todo lo alto e hizo una faena de muleta admirable, con series de naturales y de pecho, pases con la derecha y adornos; pese a que entró a herir tres veces, le concedieron las dos orejas del toro y dio varias vueltas al ruedo entre la emoción del público, que le pedía que no se fuese, mientras éste se quitaba la coleta añadida en el centro del ruedo. Esperemos por bien de la fiesta, que esta retirada, como la primera del mismo Arruza, sea momentánea... La última corrida de la vida torera de Arruza se celebrará el día 1, en Ciudad Juárez, y el diestro la torea a beneficio de su cuadrilla.
La tarde de Ciudad Juárez

Hoy en día sorprenderá a más de uno que un torero que se despidió triunfalmente en olor de multitudes en la Plaza México vaya después a una plaza de provincia a torear una corrida a beneficio de su cuadrilla. Eso hacían los toreros de antaño y no solo cuando dejaban los ruedos, sino en ocasiones al final de cada temporada.

Hemos de tener en cuenta también, que cuando menos dos de los que formaban filas con Carlos Arruza, Alfonso Tarzán Alvírez y Javier Cerrillo estaban junto a él casi desde los días en que iba a aprender el toreo en Tacuba con Samuel Solís, entonces, más que su cuadrilla, eran su familia. Por eso, al menos a mí, me resulta más que comprensible el que les toreara una última corrida a su beneficio.

El cartel de ese 1º de marzo de 1953 lo formaron cuatro toros de La Punta para Arruza y Juan Silveti. Fue el último triunfo de Carlos vistiendo de seda y alamares. La relación del festejo aparecida en el semanario El Ruedo del 5 de marzo de 1953, es de la siguiente guisa:
En Ciudad Juárez y a plaza atestada, se celebró la corrida de toros con la que se despidió de la afición el diestro Carlos Arruza, quien, como ya decíamos, cedió sus honorarios a sus banderilleros y picadores. Arruza estuvo muy bien en todos los tercios, pero en el toro que abrió plaza la faena tuvo mayor relieve, pues todos los pases fueron perfectos. Al matar pinchó varias veces, por lo que perdió la oreja de su enemigo. Sin embargo, dio dos vueltas entre aclamaciones. En su segundo toro Arruza fue ovacionado durante la faena, a la que puso final con una gran estocada. Cortó las dos orejas y el rabo y dio varias vueltas al ruedo. Fue galardonado por la afición con el trofeo de Ciudad Juárez. Juan Silveti, tan torero como artista, cortó una oreja a su primero y las dos del segundo, siendo aclamado repetidamente. Ambos espadas salieron de la plaza a hombros de los entusiastas.
¿El final del camino?

Parecería que Carlos Arruza ya se había ido definitivamente de los ruedos. Era en ese momento ganadero en México y en España. Seguía manteniendo importantes negocios inmobiliarios. El gusanillo por torear lo podía matar en el campo. Sin embargo, los giros de la existencia son difíciles de predecir. En el biopic Arruza, el narrador (minuto 5:00 aproximadamente), siguiendo el guión de Budd Boetticher, el narrador expresa:
“La tranquilidad de la vida en el campo era una bendición, pero la rutina diaria de Pastejé se volvió aburrida y el fastidio era una nueva y misteriosa experiencia para Carlos Arruza… Entonces, una tarde, sucedió… hay un caballo suelto, un vaquero se descuidó al atarlo… una vaca que va a reunirse con la manada… una vaca embravecida embiste a cualquier cosa en movimiento… el plan de Arruza es muy simple, atraer a la vaca hacia él y llevarla hacia la manada… ahora, con el sombrero, está atrayendo a la vaca… Mari Arruza reconoce ese juego por su niñez vivida en Sevilla… se llama rejoneo…”
Carlos Arruza simplemente no podía quedarse quieto...

domingo, 9 de febrero de 2020

De Orejas y Estoques de Oro y otros trofeos disputados

Cupón y resultado de cómputo
Oreja de Oro 1922 -23
El Universal Taurino
Este día se disputa el Estoque de Oro en la Plaza México después de casi 44 años de que no se verifique en ese escenario una corrida de esa naturaleza. Muchas versiones han circulado en los distintos medios acerca de este trofeo y su antecedente inmediato, la Oreja de Oro, mismos que en su día sirvieron originalmente para premiar al triunfador de una corrida en la que actuaban los triunfadores de una temporada de corridas de toros.

La primera Oreja de Oro

La realidad de los hechos es que la primera Oreja de Oro se entregó al final de la temporada 1922 – 23, celebrada en El Toreo de la Condesa. También es prudente resaltar que ese trofeo no se disputó en una corrida de toros, sino que su otorgamiento se decidió mediante una suscripción pública que difundió El Universal Taurino, a iniciativa del poeta queretano Samuel Ruiz Cabañas El Vate y Rafael Solana Verduguillo, quien a propósito, cuenta lo siguiente:

De pronto, Ruiz Cabañas, dirigiéndose a mí – entonces era jefe de redacción de El Universal Taurino – me dijo: 
- Tengo una idea que te va a gustar. 
- ¿De qué se trata?, pregunté al Vate
- De un concurso que hará que aumente la circulación de El Universal Taurino
- Entonces habla con Regino Hernández Llergo, que es el propietario y director del periódico. 
Con cualquier pretexto dimos por terminada la reunión, y El Vate y yo salimos en busca de Llergo. Lo encontramos en la redacción de El Taurino y desde luego Ruiz Cabañas le expuso el plan.  
El Universal Taurino crearía el galardón La Oreja de Oro, que se concedería al matador que tuviera mayor número de votos. La votación se haría por medio del cupón que semanariamente publicaría el periódico; en ese cupón se asentaría el nombre del matador y la faena ejecutada por él, que ameritaba el voto…
El primer ganador de la Oreja de Oro bajo ese sistema fue Rodolfo Gaona, quien la recibió en el teatro Esperanza Iris la noche del 11 de abril de 1923, de manos del empresario Pepe del Rivero.

Las corridas de la Oreja de Oro

La disputa del trofeo en una corrida de toros se da por primera ocasión el 20 de febrero de 1927. Ante un encierro de Piedras Negras, alternan Manuel Jiménez Chicuelo, Marcial Lalanda, Pepe Ortiz y Nicanor Villalta. El triunfador del festejo resulta ser Villalta, que corta el rabo a Fogonero y es designado como ganador del trofeo por el jurado instaurado para el caso.

En el coso de La Condesa se celebran 20 corridas de la Oreja de Oro y los máximos triunfadores en esos festejos son Fermín Espinosa Armillita, quien la obtuvo en tres ocasiones (1928, 1932 y 1937) y Lorenzo Garza en tres oportunidades también (1935, 1936 y 1938).

En la Plaza México, la Oreja de Oro se disputó siete veces entre 1949 y 1965. Hechos anecdóticos a recordar hay varios, como aquél ocurrido en la de 1950, cuando la cámara de Jenaro Olivares captó a un carterista en plena labor, birlándole la billetera al abuelo de Juan Pablo Sánchez, quien cargaba en hombros al Volcán de Aguascalientes, la gran estocada recibiendo de Jorge El Ranchero Aguilar al berrendo Sol de Santo Domingo, que le valió el trofeo en disputa o la entrega de la afición hacia Paco Camino en marzo de 1964, que le valió obtener el áureo trofeo.

Pero también el desaparecido Toreo de Cuatro Caminos albergó dos corridas de la Oreja de Oro, la primera fue la que correspondió al año de 1954, se celebró el 14 de febrero y ante toros de Coaxamaluca se las vieron Fermín Rivera, Jorge Medina, Julio Aparicio, Manolo Vázquez, Guillermo Carvajal y Chicuelo II. Julio Aparicio cortó la oreja de Azucarero, el toro que el sorteo le deparó y se llevó también la metálica en la espuerta y la segunda fue la del 15 de abril de 1962, que fue cuando Joselito Huerta cortó el rabo a Superior de Mimiahuápam y ganó el trofeo en disputa.

El Estoque de Oro

El año de 1966 prácticamente se inició con una nueva asociación sindical de los toreros mexicanos. El año anterior hubo una especie de cisma en la Unión Mexicana de Matadores de Toros y Novillos y nació lo que hoy es la Asociación Nacional de Matadores de Toros, Novillos, Rejoneadores y Similares, quedando la primera como una asociación sindical con jurisdicción únicamente en el entonces Distrito Federal y la segunda en toda la República Mexicana.

El derecho a usar la denominación y el trofeo Oreja de Oro, por alguna cuestión legal correspondía a la Unión, así pues, la naciente Asociación, para seguir dando la corrida de triunfadores, que tenía un fin benéfico, pues sus utilidades engrosaban sus cuentas, principalmente para satisfacer los gastos médicos de sus agremiados, recurrieron a establecer como trofeo a disputar en el festejo el del Estoque de Oro.

Pero el de 1966 no era el primer Estoque de Oro que se disputaba, pues ya en el año de 1948, en El Toreo de Cuatro Caminos se había puesto uno en juego. Los toreros de la corrida fueron Armillita, El Soldado, Fermín Rivera, Silverio Pérez, Antonio Velázquez y Luis Procuna, quienes lidiaron un encierro de Zotoluca. Sin cortar orejas, la faena de Antonio Velázquez al quinto, Periodista, fue considerada la más completa y merecedora del premio.

Pero aquello ha sido solamente un antecedente. La Plaza México albergó entre los años de 1967 y 1978 nueve veces la corrida del Estoque de Oro, mismo que fue obtenido por Manolo Martínez tres veces (1967, 1970 y 1973), Curro Rivera otras tres (1969, 1972 y 1978), una Joselito Huerta (1971), una también Mariano Ramos (1975) y Manolo Arruza también una sola vez (1976). Cabe hacer notar aquí que en todas las corridas en las que se disputaron trofeos por los toreros, en la única en la que se ha indultado un toro, es precisamente en la del Estoque de Oro de 1978, cuando Saltillero de Campo Alegre, lidiado por Curro Rivera, recibió esa gracia.

El retorno de la Oreja de Oro

Habiendo recuperado la Asociación de Matadores el derecho a usar el trofeo y denominación de Oreja de Oro, el 28 de febrero de 1993 se volvió a disputar en la Plaza México. El cartel lo integraron la rejoneadora Karla Sánchez (fuera de concurso, al igual que su toro), Mariano Ramos, Miguel Espinosa Armillita, Jorge Gutiérrez, Eulalio López Zotoluco, Alejandro del Olivar y Teodoro Gómez ante toros de seis distintas ganaderías que estaban en concurso, disputándose también el Toro de Oro. El trofeo de los toreros fue declarado desierto y el de los ganaderos se lo llevó el toro Madroño de Tequisquiapan.

Al año siguiente – 27 de marzo – se repitió la fórmula del concurso de toreros con Mariano Ramos, El Niño de la Capea, Guillermo Capetillo, David Silveti, Jorge Gutiérrez, Manolo Mejía, Zotoluco y Arturo Manzur, con toros por su orden de Celia Barbabosa, Fernando de la Mora, De Santiago, José Julián Llaguno, La Gloria, Huichapan, Xajay y La Paz. La Oreja de Oro se la llevó Guillermo Capetillo y el Toro de Oro fue para Siempre Fiel de De Santiago.

Con posterioridad el concepto de la corrida de la Oreja de Oro fue cambiando. De ser una corrida de triunfadores, se fue transformando en una corrida de oportunidad. Salió de la Plaza México y fue llevándose a otras plazas del país, con mayor o menor fortuna, pero siempre con el interés de allegar a la organización sindical de los toreros recursos para sus agremiados.

Otros trofeos que se han disputado

En El Toreo de la Condesa en 1938 se disputó un Trofeo Presidencial que ganó Lorenzo Garza y en 1946 se disputó la Rosa Guadalupana que ganó Armillita en cerrada disputa con Pepín Martín Vázquez; en la Plaza México se disputó un Trofeo Presidencial Cigarrera de Oro que ganó Félix Briones en 1947; la Rosa Guadalupana que ganó Manolo dos Santos en 1950; Fermín Rivera en 1955, Fernando de los Reyes El Callao en 1959 y Manuel Capetillo en 1966. Y para finalizar, el 12 de diciembre de 1956, en El Toreo de Cuatro Caminos se disputó también una Rosa Guadalupana, misma que fue declarada desierta y en mayo de 1958, se disputó un Trofeo de la Cruz Roja, que ganó Juan Silveti por su faena al toro Rielero de Torrecilla.

Este es pues, un breve repaso por las corridas en las que se han disputado trofeos en las plazas de la capital mexicana.

domingo, 8 de diciembre de 2019

8 de diciembre de 1956: La alternativa de El Callao en El Toreo de Cuatro Caminos

Alternativa de El Callao
Foto cortesía del blog Toreros Mexicanos
Fernando de los Reyes es un torero que cautivó a la afición mexicana. Tuvo una extensa carrera novilleril, toreó 37 novilladas en la Plaza México y como era casi preceptivo en su tiempo, cruzó el Atlántico y dejó buena impresión en sus actuaciones en el escalafón menor, tan buena, que en el tramo final de la temporada española de 1953, se le otorgó una alternativa en Segovia, donde lo apadrinó Manolo Vázquez, con el testimonio de César Girón, cediéndole el toro Cortadillo de don Felipe Bartolomé.

No ejercería como matador de toros con ese doctorado, pues regresaría a México y nada más iniciar la temporada de novilladas de 1954, se estaría presentando en la plaza más grande del mundo para, en la categoría de los festejos llamados menores, actuar ese ciclo y los de 1955 y 1956, sumando en ellos 16 festejos y firmando una de sus grandes tardes ante el novillo Tonino de Soltepec, al que le cortó el rabo, dejando en claro y de una vez por todas que estaba listo para mayores empresas.

La Feria Guadalupana de 1956

Por aquellas calendas se afirmó que la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe necesitaba importantes obras de reconstrucción. Para allegar los recursos necesarios, un grupo de personas allegadas a la fiesta de los toros, encabezados por don Guillermo Barroso Corici, su hijo Luis Javier Barroso Chávez – en ese entonces ya ganadero de Las Huertas –, el licenciado Lázaro Martínez – en su día juez de plaza – y don Antonio Algara entre los más destacados, formaron un patronato para dar una feria taurina que recaudara fondos para la restauración del llamado centro espiritual de México.

Fermín Rivera, Rafael Rodríguez, Antonio Ordóñez, Miguel Báez Litri, Joselito Huerta, José Ramón Tirado, Antonio Borrero Chamaco y Fernando de los Reyes El Callao con toros de San Mateo, La Punta, Jesús Cabrera, Rancho Seco, Matancillas y Las Huertas serían las bases sobre las cuales gravitaría esa feria, el primer intento serio de ofrecer a la afición de la capital mexicana una serie ininterrumpida de festejos intercalada en una temporada que de ordinario se desarrolla de domingo a domingo. 

Dada la buena causa a la que se dedicaba, el doctor Alfonso Gaona pospuso una semana la continuación de la temporada 56 – 57 de la Plaza México, a efecto de que la Feria Guadalupana se diera sin contratiempos.

A este propósito escribe Horacio Reiba:
La tramó en 1956 aquel taurino singularmente astuto y marrullero que fue Antonio “Tono” Algara. Para el efecto, arrendó el Toreo de Cuatro Caminos – no la México, en manos de su adversario Alfonso Gaona –, encampanó al arzobispo primado Miguel Darío Miranda y Gómez y proclamó a los cuatro vientos que las utilidades que esperaba obtener serían destinadas a obras de la basílica de Guadalupe. Y armó seis carteles con el concurso de dos primeras figuras hispanas – Miguel Báez “Litri” y Antonio Ordóñez –, una autóctona – el maestro potosino Fermín Rivera, recién recuperado del infarto que finalmente lo retiraría de los ruedos –, tres jóvenes en plan de irrupción triunfal a partir de sus recientes doctorados – los mexicanos Joselito Huerta y José Ramón Tirado, y el onubense Antonio Borrero “Chamaco”, flamante producto del tremendismo entonces en boga –, y la segunda alternativa de Fernando de los Reyes “El Callao”, triunfador de la última temporada chica con ese arte tan suyo, endeble siempre y por momentos genial. 
De enviar el material bovino se encargarían los señores Madrazo –de La Punta y Matancillas–, Jesús Cabrera y San Mateo, ambas del campo bravo zacatecano, y del de Tlaxcala Rancho Seco y Mimiahuápam, la divisa debutante de Luis Javier Barroso…
Era esta feria un primer experimento en ese sentido en la capital mexicana, replicado un par de ocasiones más en el mismo coso de Cuatro Caminos e intentado en alguna ocasión y de manera tibia en la Plaza México.

La alternativa de El Callao

La segunda corrida de esa Feria Guadalupana se programó para el sábado 8 de diciembre de 1956.  Encabezaba el cartel Fermín Rivera que reaparecía después de haber sufrido un infarto de miocardio toreando en Monterrey seis meses antes e iba de segundo espada Antonio Borrero Chamaco. Los toros anunciados originalmente eran de Jesús Cabrera, pero como uno de los signos del serial, hubo baile de corrales y al final se lidiaron solamente tres de los originalmente anunciados y se remendó el encierro con otros tres de San Mateo. Carlos León, con su cáustico estilo refiere lo siguiente:
…de Saín el Alto habían traído unos moruchos que con mucho optimismo se suponía que iban a componer el encierro de esta tarde. Pero a mis gestiones personales, para librar a la fiesta del cucarachismo, se desinfectaron los corrales y desaparecieron así tres de los insectos colmenareños, que ahora estarán clavados con alfileres en la colección de cualquier naturalista, el cual desde luego será un entomólogo y no un señor que se dedique a darles pases naturales. Pero fue peor el remedio que la enfermedad, pues las tres sabandijas desechadas se sustituyeron por otras tres cucarachas sanmateínas, las cuales contagiadas del virus de mansedumbre que ya había en los corrales, resultaron una verdadera calamidad para la lidia…
El primero de la tarde fue Clavelito, de San Mateo y las crónicas relatan que únicamente quedó para la conmemoración de la efeméride. Lo importante llegó con el que cerró plaza, llamado Gordito y del hierro de don Jesús Cabrera Llamas. En la ya citada crónica de Carlos León, de tono epistolar y dirigida a don Eduardo Miura, se expresa lo siguiente:
…al sexto de hizo maravillas con la franela. Era otro torillo en miniatura, sarcásticamente llamado “Gordito”, siendo que más parecía procedente de la vacada del “Flaco” Valencia. Por si eso fuera poco, daba la impresión de que era un búfalo con cruza de bisonte o un cebú cruzado con vaca Holstein. Una ridiculez de ejemplarillo, como todo lo que sale de la vacada chuchesca. Pero “El Callao” está tan torero, tan en su punto de madurez y asentamiento, que logró meterlo en su muleta y torearlo asombrosamente, dando unos derechazos superiores, lentos, largos, majestuosos. Lo mejor, sin duda, de cuanto se vio en esta tarde. A patadas obligó a embestir al descastado morucho, para luego poner tal señorío en sus muletazos, que la gente se olvidó de la insignificancia del bicho y se asombró de la inmensa calidad que Fernando pudo poner en sus muletazos. Por desgracia volvió a estar inseguro con el acero y se le fueron las orejas, Pero, con lo que apuntó de buen toreo, basta para predecir que “El Callao” puede ser el mejor de la feria…
Esa alternativa la confirmaría Fernando de los Reyes al siguiente domingo en la Plaza México. Le apadrinaría Humberto Moro y sería testigo el toledano de Santa Olalla Gregorio Sánchez. El toro de la ceremonia se llamó Fígaro y fue de La Laguna. Ese día y ante ese primer toro de la tarde, volvió El Callao a ser el que realizara lo más torero de la tarde, aunque sin cortar orejas.

Ya de matador de toros El Callao tendría una actividad intermitente. Los criterios para medir el éxito en la fiesta se regían por los baremos sembrados por el tremendismo y se volvía necesario cortar las orejas a como diera lugar para seguir en el candelero, el ser y mostrarse torero ya no era suficiente y así, la luz que emitía Fernando de los Reyes en los ruedos se fue apagando poco a poco y fue creciendo su leyenda, que llega hasta nuestros días.

Concluyo con esta apreciación del ganadero Carlos Castañeda, que nos describe con precisión al torero:
En la literatura taurina se habla de escuelas del toreo para hacer referencia a formas comunes de torear de ciertos toreros, normalmente agrupados por zonas geográficas. Es para mí que esto funciona para aquellos que no resaltan y cuyo toreo en sus tardes de éxito o en su mejor expresión, se relaciona o se parece al de otros toreros de su misma calidad expresiva o técnica que coinciden territorialmente con determinadas partes del planeta de los toros. Los heterodoxos y las figuras no caben en estos cajones, porque imprimen sellos muy propios a “su” tauromaquia o desarrollan, aportan y establecen nuevas formas a “la” tauromaquia universal. La personalidad y el contacto con el público, condición de estos, los convierte en privilegiados y parece ser, que nuestro sujeto de plática fue uno de estos. “El Callao” fue un torero inclasificable. No pertenece a ninguna vertiente del toreo nacional. Esto fue para mí lo que lo mantuvo dentro de la aceptación del público capitalino tantos años y dio origen y vida a su trascendencia en el toreo mexicano…

domingo, 24 de noviembre de 2019

1964: El maratón mexicano de El Cordobés

El Cordobés
Aguascalientes 21/01/1964
Colección Dr. Antonio Ramírez González
Cuando a finales de 1963 Dolores Olmedo, el rejoneador Juan Cañedo y Manolo Prieto Crespo se fueron a Sudamérica a tratar de traer a El Cordobés para actuar en las plazas de México, quizás nunca se imaginaron que en esa aventura empresarial escribirían uno de los grandes hitos estadísticos de la historia taurina mexicana. Se plantearon sí, que el de Palma del Río toreara un importante número de festejos en la República, pero no creo que hayan dimensionado el efecto del resultado final de eso que hoy podemos considerar, valga la expresión, un verdadero maratón taurino.

Y es que Manuel Benítez toreó 32 corridas de toros en 39 días entre el 18 de enero y el 25 de febrero de 1964. Una hazaña numérica y hasta cierto punto artística de esa envergadura nunca se había realizado en México y a la fecha, no se ha vuelto a dar por un matador de toros. Cierto es que en aquellos días fueron puestos a la disposición del Mechudo algunos avances de la tecnología que le permitieron desplazarse con rapidez y cierta comodidad entre las distintas ciudades en las que actuó – el avión de Cantinflas – y que en muchas de las ocasiones, las actuaciones se programaron en plazas más o menos contiguas para amortiguar los efectos del transporte por carretera – las que teníamos en los 60 –, sin embargo, dada la época, el resultado es, diría don Aquiles Elorduy, una verdadera tarea de romanos.

El maratón se produjo en dos partes bien diferenciadas. Inició el sábado 18 de enero en el Toreo de Cuatro Caminos, donde el de Córdoba alternó con Rafael Rodríguez y Juan Silveti en la lidia de toros de Reyes Huerta. Allí las cosas no se le dieron bien y hasta tuvo que regalar un séptimo. El final de esta etapa se produjo el 28 del mismo mes, en Torreón, en corrida en la que completaron el cartel Manuel Capetillo y Jaime Rangel con toros de Valparaíso. Allí El Cordobés sufrió un corte profundo en el dorso de la mano derecha al matar a su primer toro y ya no salió de la enfermería. Esa herida le hizo perder las tres actuaciones que tenía pactadas en la feria de Manizales, Colombia, los días 30 y 31 de enero y 1 de febrero. Así fue como completó los primeros once festejos del ciclo.

La segunda y más intensa etapa dio inicio el 6 de febrero en Nuevo Laredo y concluyó el 25 del mismo mes en Uruapan. La revisión de las fechas nos deja ver que Benítez toreaba a plaza llena todos los días de la semana y que por ejemplo, el 14 de febrero, lo hizo dos veces, por la tarde, en Reynosa, alternando con Luis Procuna y Gabriel España en la lidia de toros de Santoyo y por la noche en Monterrey, compartiendo cartel con Raúl García y Jaime Rangel en la lidia de toros de Piedras Negras y Santacilia. Es en este lapso de tiempo es cuando se producen sus grandes faenas a Conejo de Soltepec en el Toreo de Cuatro Caminos, al que le corta el rabo – 22 de febrero – y a Cuadrillero de San Mateo en El Progreso de Guadalajara, del que obtiene el rabo simbólico, pues el toro fue indultado – 24 de febrero – y completa en Uruapan al día siguiente el ciclo de los 32 festejos toreados.

No obstante el éxito alcanzado, el camino al mismo estuvo lleno de obstáculos. El doctor Alfonso Gaona era en esas calendas el Gerente de Diversiones y Espectáculos de México (DEMSA), la empresa que tenía a su mando los destinos de la Plaza México y que resentía directamente los efectos de la competencia del coso de Cuatro Caminos. Así, se dedicó a poner piedras en el camino de la empresa formada por la señora Olmedo, según lo contó el empresario Alejo Peralta al periodista Luis Suárez:
La empresa de la México, regenteada aún por Gaona, paró mientes en el asunto, pues si bien El Cordobés no era conocido en México, aquí ya retumbaba la fama que su figura y valor levantaban en otras arenas. Lo primero que hizo la más experta competencia fue controlar las ganaderías, de modo que los ganaderos no vendían toros a la señora Olmedo…
Y en consecuencia de la revisión de la estadística vemos que Manuel Benítez lidió toros de ganaderías emergentes o de otras cuyos mejores días ya habían pasado, incluso alguna de ellas, en el balance final de la temporada – Ernesto Cuevas – lidió únicamente el encierro que El Cordobés mató y sería hasta el final del maratón cuando los encierros de los considerados de garantía empezaran a estar disponibles para el entonces pupilo de Chopera.

En cuanto a las plazas, repitió actuaciones en Cuatro Caminos, Mérida, Aguascalientes, Querétaro, Monterrey y Guadalajara siendo la primera de ellas en la que más actuó. De los diestros con los que más alternó se encuentran Jaime Rangel, Rafael Rodríguez, Alfredo Leal, Manuel Capetillo, Paco Camino, Raúl García, Antonio Velázquez y Joselito Huerta.

Decía que en Aguascalientes repitió actuaciones. La primera fue el 21 de enero alternando con Calesero y Jaime Rangel, con toros de La Punta y la segunda, el 19 de febrero, completando el cartel Raúl García y El Imposible con toros de Santacilia. Ninguna de las dos corridas le representó un triunfo a El Cordobés. La primera, por la debilidad manifiesta de los toros de La Punta y en la segunda, los mejores lotes los sortearon Raúl García – que a la postre solamente mató a su primero por haber sido herido en una axila – y El Imposible que fue el gran triunfador al final de la tarde.

Esas dos tardes representaron la obligada cita de Aguascalientes con la historia. Así como en los albores del siglo XX estuvieron en el ruedo de la San Marcos Luis Mazzantini, Bombita y El Gallo, en la década de los 20, Ignacio Sánchez Mejías; en la de los 30, Marcial Lalanda y Chicuelo; en la de los 40, Manolete; en la de los 50, Antoñete y Luis Miguel Dominguín, en la de los 60, una de las principales figuras del toreo, El Cordobés, acudía a reiterar la taurinidad de nuestra ciudad.

Cuando en 1919 Juan Belmonte toreó todos los días del mes de septiembre, nadie reparó en el extenuante ejercicio que eso representó y en el número importante de festejos seguidos que quizás por primera vez un diestro ligaba. Eso fue hace un siglo. Hoy, hace 55 años, traigo al recuerdo otro hecho similar que sucedió por estas tierras y que como decía al inicio, por un matador de toros, no se ha vuelto a repetir.

domingo, 29 de marzo de 2015

30 de marzo de 1958: Escultor de Zacatepec hiere gravemente a Antonio Velázquez

Antonio Velázquez tras la cornada de Escultor
El 30 de marzo de 1958 era Domingo de Ramos. Había toros en El Toreo de Cuatro Caminos, para lo que se anunció una corrida de toros de Zacatepec, misma que sería lidiada y muerta a estoque por Antonio Velázquez, Humberto Moro y José Ramón Tirado. Velázquez vivía un bache en su brillante carrera y necesitaba triunfar esa tarde para remontarlo, porque él ya sabía lo que era salir de una racha de triunfos y quedarse parado de repente. Tenía que salir a morirse, como lo hacía tarde a tarde para sostener el sitio de figura del toreo que tanto le costó conquistar.

El toro escogido para salir al ruedo en cuarto lugar fue llamado por don Daniel Muñoz Escultor. José Alameda recuerda de la faena a ese toro, un quite por saltilleras, al que calificó de espeluznante, porque el toro quedó crudo después de su encuentro con los montados. La escena es perpetuada por un cuadro de Pancho Flores que reproduce el momento del cite, que nos muestra a Velázquez citando con el capote plegado a la espalda y el toro arrancado hacia él, en una composición que refleja en mucho el drama de ese momento y que puede darnos una cercana idea de lo que sucedía en Cuatro Caminos ese Domingo de Ramos de 1958.

La necesidad del triunfo era evidente y para obtenerlo, Antonio ya conocía el medio: Había que reescribir la historia de la Oreja de Oro de trece años atrás, pues los sucesos parecían estarse repitiendo y sabedor el torero de lo que causa el estar sin torear, no quería volver a vivir las consecuencias de esa inactividad. Así pues, intenta la faena por naturales, pero al tratar de rematar uno de ellos, Escultor se le cuela y le tira un derrote seco,  homicida y el pitón le penetra por el lado derecho del cuello, produciéndole a Velázquez una de las cornadas más impactantes que se recuerdan. 

La crónica de la agencia United Press, publicada en el diario El Informador de Guadalajara al día siguiente del festejo, señala con brevedad lo siguiente:
Velázquez fue cogido ayer en El Toreo. – México D.F., marzo 30. (U.P.). – Antonio Velázquez fue cogido aparatosamente en la corrida de esta tarde en la Plaza del Toreo y sufrió dos cornadas, una en el cuello y otra en el muslo… Se torearon reses de Zacatepec. Tres toros fueron protestados por su pequeñez… Velázquez veroniqueó regularmente en el primero y dejó pinchazo y estocada entera en buen sitio. (Silencio). En el cuarto, el del percance, Velázquez ejecutó buenas verónicas y saltilleras. Fue cogido aparatosamente y vuelto a recoger en la arena, en medio de gran impresión del público. Terminó con el causante de la cogida con una estocada caída, refrendada con certero descabello… Moro tuvo actuación medrosa e incolora en sus dos enemigos… Ramón Tirado lidió valientemente pero estuvo sin suerte al matar. En el último, Tirado veroniqueó regularmente y fue aplaudido… Durante la corrida el público insultó a la empresa por la pequeñez del ganado.
Me llama sobremanera la atención el desplante de valor y de torería de Antonio Velázquez, quien no obstante estar gravemente herido – con dos cornadas –, tuvo los arrestos para ir a estoquear a Escultor y después pasar a la enfermería a ser atendido.

Al día siguiente del percance se dio cuenta de la gravedad de la herida que Antonio llevaba en el cuello. En nota aparecida de nueva cuenta en el diario El Informador de Guadalajara, se daba cuenta de lo siguiente:
Ligera mejoría de Antonio Velázquez. – México D.F., marzo 31. – Una ligera mejoría dentro de la gravedad, fue anotada ayer por los médicos que atienden al matador Antonio Velázquez, gravísimamente herido por el toro “Escultor” de Zacatepec… Dijeron los doctores Rojo de la Vega e Ibarra que hasta pasadas setenta y dos horas no se podrá emitir el parte facultativo… Tres complicaciones podrían presentarse hasta entonces: flemón en el cuello, encefalitis y meningitis… Velázquez no ha perdido un solo momento la lucidez y esta madrugada pidió un recado de escribir para preguntar: “¿podré volver a hablar?”, cuando se le contestó que sí, guiñó un ojo y tuvo un destello de alegría… También por escrito preguntó sobre el matador que le sustituirá en la corrida inaugural de la temporada el domingo próximo de la plaza monumental de Ciudad Juárez… Esta mañana los médicos le hicieron una larga curación y más tarde fue llevado al radiólogo a bordo de una ambulancia, para sacarle varias radiografías a fin de orientar mejor a los cirujanos… La cornada que sufrió el diestro leonés es de las más impresionantes que recuerdan los aficionados, y solo comparable a la que sufrió Carmelo Pérez en 1929 por el toro “Michín” de San Diego de los Padres.
La nota habla por sí sola, el temor de los médicos ante el peligro de la infección en el tejido del cuello o en la cavidad craneal dejaba en espera la comunicación de la extensión de las lesiones sufridas por el diestro, mismas que serían atendidas, creo, una vez que esa amenaza estuviera superada. La realización del estudio radiográfico “para orientar mejor a los cirujanos” así me lo sugiere.

Transcurridas las setenta y dos horas señaladas por los médicos Rojo de la Vega e Ibarra, se hizo el siguiente anuncio, también por medio de la prensa:
Ha salvado la vida Antonio Velázquez. – México, D.F., abril 2. – Se cumplieron setenta y dos horas del accidente de Antonio Velázquez, durante los cuales los médicos temieron que empeorara la gravedad del diestro, herido el domingo en la plaza El Toreo, por el toro “Escultor” de Zacatepec… Los médicos consideraron que si en el plazo señalado no se presentaban complicaciones, ahora sería remoto el peligro de las mismas, y de hecho firmaron que el bravo torero leonés ha salvado la vida… Sin embargo, el tratamiento requerirá un plazo no menor de cuarenta y cinco días… La temperatura fue normal en el curso de todo el día, no pasando de treinta y siete grados y un décimo. Asimismo, el pulso y la presión arterial son los de una persona que dista mucho de inspirar temores a los médicos… Velázquez en varias ocasiones dio pequeños pasos dentro de su cuarto de enfermo y ha recibido amigos, compañeros y admiradores que fueron a visitarlo… Todo hace pensar que el valiente torero ha ganado la partida contra la muerte, en su lucha que empezó el domingo a las cinco y media de la tarde hasta la misma hora del miércoles dos de abril.
En consecuencia de esa declaración, se emitió el siguiente parte facultativo:
Herida por cuerno de toro, de dos centímetros de extensión, por dieciocho de profundidad, con trayectoria ascendente en la región submaxilar derecha, que interesó planos blandos, rompiéndolos; fracturó la masa horizontal derecha del maxilar inferior derecho; perforó el piso de la boca; desgarró totalmente la lengua en tres porciones de cinco, cuatro y tres centímetros; fracturó el paladar óseo, el maxilar superior sobre la línea media del hueso etmoides, llegando al piso anterior del cráneo en su base. Esta herida es de las que ponen en peligro la vida. (Ignacio Solares y Jaime Rojas Palacios, Las Cornadas, Cía. General de Ediciones, 1ª edición, México 1981, Pág. 199.).
Cuentan los familiares del torero que en cuanto recuperó la conciencia tras la cirugía que le fue practicada para reparar los destrozos de la cornada, lo primero que preguntó fue: ¿Cuándo vuelvo a torear?

Casi seis meses después volvería Velázquez a los ruedos. Reapareció en Ciudad Juárez, el 17 de agosto de 1958, alternando con quien fuera su matador en sus días de torero de plata, Luis Castro El Soldado y Jorge El Ranchero Aguilar, para lidiar la terna toros de La Punta y en prueba del temple adquirido con el percance, le cortó las orejas y el rabo a los dos toros que mató esa tarde.

Edito: Don José Ramírez me escribe por vía distinta a esta y me manifiesta lo siguiente: "Yo presencié esta corrida y esta tragedia. Antonio Corazón de León no regresó a la arena a matar a Escultor de Zacatepec. No estaba en condiciones físicas de hacerlo, ni nadie se lo hubiera permitido, desde los monosabios, a los médicos de plaza".

Queda aclarado pues, el desliz del cronista de la agencia United Press, que así lo consignó en su día y entonces fue Humberto Moro quien terminó con los días del causante del grave desaguisado.

Aclaración pertinente: Los resaltados en los textos transcritos son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales.
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