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miércoles, 12 de agosto de 2009

11 de agosto de 1934: A las cinco de la tarde…


Todavía hoy, tres cuartos de siglo después, se cuestiona la importancia de Ignacio Sánchez Mejías en la fiesta de los toros. Hay más de alguno, que a todo lujo, pretende convencer a quien invierta su tiempo en leerle, que el trascender del torero sevillano se debe solamente a su cercanía con sus amigos literatos de la Generación del 27. Más no perdamos de vista una cuestión, que a mi juicio es crucial en todo este asunto y que es la que hace diferente la situación de Ignacio en el ambiente tauromáquico: la diferencia cultural con sus pares.

Ignacio Sánchez Mejías estuvo a punto de ingresar a la Facultad de Medicina para seguir la profesión de su padre y por eso, en ese aspecto, era mucho más ilustrado que el común de la torería. Eso lo hacía distinto y eso le propició afinidades diversas a las comunes del ambiente en el que se realizaba profesionalmente. Por eso es que hoy, a 75 años de su desaparición física, en lugar de abordar los sucesos de Manzanares, creo que vale mejor repasar su arista como hombre de cultura, como defensor de la hispanidad en la vertiente de sus letras y a través de una generación que desgraciadamente tuvo que florecer exiliada, por la absurda intolerancia que las guerras fratricidas generan.

Al final de la temporada de 1922, Ignacio anunció una retirada de los ruedos y se dedicará a las letras y en ese tiempo, escribirá su primera novela. Pero seguirá siendo torero, por los siglos de los siglos, torero. Por ello, solo un año podrá estar lejos de los redondeles, y actuará en ellos sin interrupciones hasta 1927, año en el que se dedica por completo, ahora sí, a las cuestiones literarias. Paco Aguado refiere así esta dedicación a la literatura y el encuentro de Ignacio con el grupo que después sería conocido como la Generación del 27:

Sánchez Mejías fue un humanista, un hombre que mezcló en una sola persona acción y pensamiento y al que la gran Literatura le debe la iniciativa de convocar, congregar y aglutinar a los entonces incomprendidos e inadaptados poetas de la que llamarían Generación del 27. Si Belmonte se puso a la sombra de los consagrados, Ignacio apostó por los malditos en aquella reunión en el Ateneo de Sevilla y la posterior fiesta en su finca de Pino Montano. Su amigo Federico, a quien salvó de la depresión de poeta en Nueva York, se lo pagó con creces escribiendo el epitafio más hermoso que nunca pudo tener un torero. Fue aquel llanto por una muerte que le tenía obsesionado desde la tragedia de Talavera y que los gitanos, como la de Joselito o la de Granero, hacía tiempo que venían oliendo. Porque, volviendo de nuevo a Luján, durante veinte años, se salvó de ella emborrachándola con su propia sangre a cada cornada feroz que recibía, y siempre se libró por milagro. (Paco Aguado, Sánchez Mejías, 6 Toros 6, Núm. 205, Madrid, 2 de junio de 1998.)


Pero dentro de él estaba el torero que despachó a Bailaor el día aquél de Talavera; el que bajando del tendido, le demostró a Salgueiro que toreaba en abril en Sevilla cuando él quisiera, el que sacó a Rafael Alberti de banderillero en su cuadrilla en Pontevedra y el que como lo predijera un día entre líneas Corrochano, estaba predestinado a volver a los ruedos a terminar la obra que había dejado inconclusa.

Así lo cuenta Manuel García Santos:

(Belmonte)…estuvo ausente de las plazas los años de 1922, 23 y 24 y en el invierno su enorme afición lo lleva a tomar parte en muchos festivales benéficos…

Ignacio Sánchez Mejías, retirado también de los toros no cesaba de acuciar a Belmonte:

- Juan: Tú y yo vivos, estamos más muertos en el recuerdo de la afición, que Joselito muerto… ¿Por qué no volvemos?
- Belmonte le daba largas al asunto. El no hizo nunca nada – azuzado por nadie – que no fuera su propia voluntad. Y Sánchez Mejías insistía una vez y otra:
- Juan: Llevo un año esperándote. Si no vas a volver dímelo para volver yo solo…

Sánchez Mejías escuchaba sin saberlo, la voz de su destino que lo llamaba a morir en una plaza de toros. Fue en la de Manzanares…
(Juan Belmonte. Una Vida Dramática, México 1962.- Págs. 207 - 209)




Y sucedió lo de Manzanares. Y se produjo en la obra de Lorca una de las manifestaciones poéticas más grandes que ha conocido la literatura hispana. Pero… pero no se hizo allí la figura de Ignacio Sánchez Mejías, como más de alguno pretende hacer creer. Sánchez Mejías tenía y tiene su valor intrínseco propio, como hombre, como torero y como literato. La Generación del 27 es tal, en buena medida, gracias a Ignacio y lo dice uno que fue en cierta medida fue parte de ellos mismos, nada menos que Pepe Alameda, en los términos siguientes:

…a Federico García Lorca, al comenzar los años veinte no lo conocía nadie, salvo sus compañeros de aventura: ni a Rafael Alberti, ni a Villalón, ni a Vicente Aleixandre, ni a Luis Cernuda… Sánchez Mejías, sí. Los conocía y los admiraba. No necesitaba un manual de literatura, ni una guía de los perplejos para saber dónde estaba la verdadera poesía, más verdadera mientras más oculta o más despreciada… Con ese talento que le doraba la cabeza, Ignacio, que además era un hombre de acción (no había más que verlo en la plaza) echó a andar con ellos por las arenas de España, como quien lleva su cuadrilla. Y con ellos se presentó en el Ateneo de Valladolid y en el de Sevilla. Y armó la tremolina. Sí, con aquellos nada consagrados poetas. Al contrario, poco conocidos y que daban cierta apariencia antisocial, inconveniente, de inadaptados, nunca sujetos a la tabla de convencionalismos del momento. En el Liceum Club de Madrid, cuando escucharon las cosas que pensaba Alberti, estuvieron a punto de sacarlo por la ventana… Eran poco recomendables, al decir de la gente de buenos modales… (José Alameda, Crónica de Sangre, Pág. 172)

Como se ve, resulta al final que el prestigio lo pone Ignacio al servicio de los del 27 y no al contrario, será por eso que hasta hoy no he escuchado a nadie el afirmar que Belmonte, Joselito, Ordóñez o Dominguín sean producto de la literatura. No obstante, los toreros mencionados llevan o llevaron en sus cuerpos las cicatrices que dejan las cornadas, recordándonos que como Ignacio, es ante los toros donde la feliz sentencia de don Joaquín Vidal, El Toreo es Grandeza, cobra vida propia.

Concluyo esta reflexión, con la publicada el 15 de agosto de 1934 en el diario El Defensor de Granada, bajo el título Sánchez Mejías o la paradoja de un hombre, donde en la cercanía de los hechos, se percibe con claridad que uno de los logros de Ignacio, quizás el más grande, fue el separar a la fiesta de los toros, de ese ambiente de charanga y pandereta, devoto de Frascuelo y de María descrito por Machado y enseñar que tenía dignidad para ser vista desde la perspectiva de otras artes y ciencias, de las llamadas grandes:

La muerte del torero pone en pie la vida paradójica del hombre que se llamó Sánchez Mejías. Del hombre que no quiso naufragar en el ambiente tentador de la torería. Que recabó para él un espíritu liberal, entusiasta de la inteligencia y de los cultivadores de las letras. Su niñez, su adolescencia, su vida de estudiante están esmaltadas de relevantes gestos de rebeldía, a los que guardaría fidelidad más adelante. Acariciado por el triunfo clamoroso de los ruedos, Sánchez Mejías - mimado también por esa aristocracia típica que se ufanó en alternar con los "mataores" de tronío -, pudo haberse perdido para siempre, vencido por el aplauso fácil y la jarana andaluza.

No fue así. Sánchez Mejías hizo cenáculo de sus mejores devociones tal o cual tertulia literaria, en la que brillaban poetas como Alberti, García Lorca, Gerardo Diego, Villalón. Unas veces quiso ser mecenas. Otras, acuciado por los amigos, intentó escribir. "Sin razón", la obra que estrenara la Guerrero en el Calderón, surgió tímidamente de sus manos, fueron sus contertulios quienes le animaron a pasar del coso taurino a un escenario. Con igual audacia entró por primera vez en una plaza de toros a la vera de Joselito.

"Sin razón" produjo su efecto en el público español. La obra no era genial; pero estaba escrita limpiamente, decorosamente. La mano que enarboló la muleta tantas veces, sabía mover la pluma con parecido pundonor que el estoque.

Sin proponérselo quizá, Sánchez Mejías redimió un poco al toreo de esa leyenda clásica de analfabetismo e inhumanidad que rodeó -y sigue rodeando más allá de nuestras fronteras- al matador de reses bracas. En este sentido, tanto él como Belmonte, que no es ajeno tampoco a las preocupaciones de la cultura, diseñaron otra conducta. Otro estilo moral en medio de ese ambiente abigarrado y espeso a que la caduca e ignorante aristocracia española imprimió su alegría estúpida y sus clandestinas pasiones.

El haber podido liberarse de estas influencias para poner a salvo su espíritu democrático y liberal constituye lo que podríamos llamar la honrosa paradoja de la vida de Sánchez Mejías.


Así es como creo que debemos recordar hoy, a 75 años de su muerte, a Ignacio Sánchez Mejías, una de las piedras angulares de la gran edificación que es la historia de la tauromaquia.
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