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domingo, 10 de enero de 2021

El Premio Nobel del Toreo

10 de enero de 1954. Calesero realiza la mejor tarde de su carrera en la Plaza México

El Premio Nobel se instauró a finales del siglo XIX para galardonar e incentivar las investigaciones y avances en la ciencia. También se incluyó una vertiente artística en el mismo al establecerse uno para la literatura, entendiéndose que todos esos avances y obras literarias tendrían que haber aportado algo a la humanidad. 

Es curioso que esos premios se concentren en disciplinas científicas y solamente uno de los seis que se entregan – en 1968 se creó uno para las ciencias económicas – se destine a las artes, siendo quizás que, en la evolución de la humanidad, las artes expresan mejor el ser y el sentir de lo que somos y se alejan de las implicaciones políticas que la mayoría de los que se otorgan tienen.

No voy a defender el otorgamiento de un Premio Nobel para el toreo. Entiendo y acepto que su propuesta fue un ditirambo de Carlos León, cronista en su día del diario Novedades de la Ciudad de México, pero ese aparente desatino ilustra la necesidad de que quienes otorgan ese tipo de galardones volteen sus ojos a la fiesta, y se enteren de que allí hay una manifestación artística que merece ser valorada y por qué no, recompensada.

La enorme hazaña de Calesero

Alfonso Ramírez Alonso, natural de la Triana de Aguascalientes, era uno de los toreros que hicieron la transición de El Toreo de la Condesa a la Plaza México, pues recibió en el antiguo coso la alternativa el 24 de diciembre de 1939. Era conocido por su extraordinaria clase y por su creatividad con el capote, pero en las plazas de la capital no había redondeado una tarde. Podría afirmarse, sin afán peyorativo, que apuntaba, pero no disparaba, aunque en plazas como Guadalajara o Aguascalientes tuviera tardes redondas que le mantuvieran en el ánimo de la afición e hicieran que se le esperara una temporada y la otra también.

Ese domingo 10 de enero de 1954 le correspondieron dos toros de Jesús Cabrera que por su orden de salida se llamaron Campanillero y Jerezano y con ellos Calesero se encontró con su toreo y se encontró con la afición de la capital mexicana. Solamente les cortó una oreja por un mal manejo de la espada, pero lo que les hizo con la capa, las banderillas y la muleta sigue allí y si algún día se hiciera un recuento de las grandes faenas hechas en el ruedo de la Plaza México, al menos una de ellas sería tomada para esa relación.

Decía al principio que Carlos León, del extinto diario Novedades, propuso un Premio Nobel del Toreo. Pues para recibirlo designó a Calesero precisamente en esta tarde. Lo hizo en sus Cartas Boca Arriba, dirigida en esta ocasión a don Rodolfo Gaona, y entre otras cosas, le refiere lo siguiente:

El Calesero saturó de arte a la Plaza México; cortó una oreja, pero merecía el Premio Nobel de la torería

…Maestro, es necesario que usted vea torear a Alfonso Ramírez, ese extraordinario artista, que al fin, ha redondeado en la capital, una actuación inolvidable…

… ¡Qué alegría siente el aficionado cuando triunfan los auténticos artistas del toreo! Estoy seguro de que usted, si hubiera contemplado lo que en los tres tercios de la lidia realizó el diestro hidrocálido, habría sentido una gran emoción estética y, muy en lo íntimo, la satisfacción de ver el resurgir a quien es capaz de seguir su escuela y continuar el dogma artístico que usted dejó como ejemplo de lo que debe ser el arte del toreo…

A partir de los lances sedeños con que saludó a ‘Campanillero’, lances de una suavidad y de un temple exquisitos, empezamos a saborear el resurgimiento de este gran torero que sublimó en esta fecha memorable la limpia ejecución de las suertes. Ese quite con dos faroles invertidos, una chicuelina y el clásico remate de la larga cordobesa, llenaron la plaza de sabor a torero. Y por ahí siguió, alegre y variado, finísimo en todo instante, como en la gallardía con que citó para un par al quiebro, marcando la salida y saliendo deliberadamente en falso, para inmediatamente volver a citar y dejar al cuarteo un par perfecto que aún ligó con un rítmico galleo…

…Y hoy, ¡con qué alborozo me he unido al clamor popular, celebrando el renacimiento de un auténtico torero!…

Pues así ha ocurrido maestro, en esta inolvidable tarde. Cuando salió ‘Jerezano’, el quinto del encierro, todavía Alfonso Ramírez iba a superarse. La suavidad de aquellos lances a pies juntos y la lentitud que puso en las chicuelinas para rematarlas con un recorte teniendo ambas rodillas en la arena, volvieron a poner de relieve que nos hallábamos ante un artista de los que se ven pocas veces. Descubierto y en los medios, Alfonso tuvo que agradecer la ovacionaza que premiaba su excelsitud con el capote.

Clavó un solo par, al cuarteo, y no es exagerar si decimos que usted mismo lo hubiera rubricado como propio, por la majestad y la exposición con que el hidrocálido cuadró en la cara y alzó los brazos. Luego brindó al doctor Gaona; al empresario que tendrá que poner al Calesero todos los domingos de lo que resta de la temporada. Y salió de hinojos, para iniciar su trasteo con tres muletazos dramáticos. Pero en seguida, ya de pie, volvió a bordar el toreo. Sobre todo, allí quedaron dos series de naturales que nadie – así: ¡nadie! – ha trazado con más naturalidad y mayor lentitud desde los buenos tiempos de Lorenzo Garza en 1935.

Sin suerte con la espada, se le fueron las orejas de ‘Jerezano’. Pero otra vez ha dado dos vueltas al ruedo y ha saludado desde los medios, en una apoteosis inacabable.

…Y luego ha salido en hombros, consagrándose de la noche a la mañana como el artista de más clase de cuantos hoy por hoy visten el traje de torero...

Si solamente tuviéramos a la vista esta crónica, pudiéramos pensar que Carlos León vio algo parecido a un espejismo. Pero afortunadamente el maestro Julio Téllez, en la obra que el Gobierno de Aguascalientes dedicó al Poeta del Toreo, cita otra crónica, aparecida ésta en el diario El Universal, sin firma, en la que se manifiesta entre otras cuestiones esto:

Alfonso Ramírez lo hizo todo, y todo con una inspiración y una belleza insuperables; cortó una oreja y fue paseado en hombros por las calles de la capital.

Alfonso Ramírez, Poeta del Toreo; porque eso ere tú Alfonso – nada más, en toda su sencilla inmensidad – ¡El Poeta del Toreo!

Teníamos empañada la visión de las cosas, como la tenemos siempre, porque las miramos con tristes ojos de adulto, que presumen de ya saber, de ya conocerlo todo. Y lo que pasa es que hemos olvidado al niño que en nosotros quedó atrás, y que fue asomándose al mundo con ojos nuevos, sorprendidos, jubilosos de cada encuentro y de cada hallazgo.

Hemos olvidado, olvidamos casi siempre al poeta que quedó atrás, allá en la infancia lejana. Porque dicen – y tú debes saberlo bien Calesero – que ser poeta es volver a ser niño. Que es crear, volver a crear en nosotros aquella mirada de sorpresas y de júbilo fresco ante el mundo, ante todas las cosas: el sol y las aves, la rosa y el agua.

Las vemos todos los días, y porque creemos presuntuosamente conocerlas, se nos quedan sólo en la mirada, y no nos penetran hasta la raíz del alma, ahí donde se halla el verdadero conocimiento, la comprensión auténtica, emocionada e íntima. Ahí donde sabe llegar el poeta, para comprender, para sentir la música oculta y ofrecérnoslas luego, y hacernos el regalo de su propia emoción, de su comprensión, de su inspiración, en suma.

Ahí donde llegaste tú ayer, Calesero poeta.

¿A que seguir? ¡Todo el toreo, de rodillas y de pie, por verónicas y chicuelinas, en las largas cordobesas y en las vitaminas, en los derechazos y en los naturales, en los remates y en los desplantes, nos los diste como poeta: como cosas nuevas, frescas, estrenadas ahí mismo, descubiertas en ese momento, desconocidas -o mejor, reconocidas en su perfil primero, en su sabor inicial, ¡en su autenticidad más honda…!

Así pues, podemos advertir que esa tarde del 10 de enero de 1954, Calesero conmovió las estructuras del toreo hasta sus cimientos. 

Cuenta don Julio Téllez, testigo también de esa tarde:

¿Por qué esa gran emoción? ¿Por qué esa locura colectiva? Todo era como un gran juego de niños; remataba de rodillas, y la gente se paraba gritando. Pegaba una seria de naturales y la gente de pie enloquecida se miraba entre sí diciendo: “Esto no puede ser”. Y la locura final, con aquella cadenciosa larga cordobesa. ¿Cuántos años hace que no ven algo parecido?, nos preguntaban los compañeros de tendido.

Salimos de la plaza exhaustos, felices, por primera vez vi a mi padre con una alegría que no le conocía, y a boca de jarro le pregunté: ¿El Calesero es el mejor torero del mundo? ¡Hoy lo fue!, y cada vez que toreé en esta forma, lo será, me contestó…

Creo que está claro por qué Carlos León propuso un Premio Nobel para el toreo y a Alfonso Ramírez Calesero para recibirlo.

El predicamento inicial de la corrida

Inicialmente, el interés del festejo se depositó en la reaparición de Fermín Espinosa Armillita, que volvía a la gran plaza después de haber toreado allí su despedida el 3 de abril de 1949. El Maestro había iniciado lo que resultaría ser una breve campaña de retorno el 20 de diciembre anterior en Aguascalientes alternando con el propio Calesero y Antoñete.

Esa temporada del regreso de Armillita constaría de quince festejos y concluiría el 5 de septiembre en Nogales. Dos de esas corridas se verificaron en el extranjero, una en Bogotá y otra en Arles.

El tercer espada del cartel fue Jesús Córdoba, quien fue herido por Gordito, el primero de su lote durante la faena de muleta y pasó inédito esa tarde. Fue la tercera de una racha de cuatro cornadas consecutivas que el llamado Joven Maestro sufrió en la Plaza México.

Para terminar

Dijo don Francisco Madrazo Solórzano acerca del propio torero: Cuando los artistas se enfadan y les sale un toro a su modo, cuidado con ellos, porque no perdonan… 

Probablemente Calesero sorteó el mejor lote esa tarde, pero indudablemente que no se trata únicamente de llevarse los mejores toros, sino de saber que hacer ante ellos. Y Calesero lo hizo, por eso hoy, sesenta y siete años después, se le sigue recordando, entre otras cosas, por esa señalada tarde. 

domingo, 29 de noviembre de 2020

Hoy hace medio siglo: La confirmación de Paquirri en la Plaza México

Confirmación de Paquirri en México
Cortesía: altoromexico.com

El contexto de esa temporada

La temporada 1970 – 71 en la Plaza México fue organizada ya por el ganadero Javier Garfias, pues desde agosto del año del Mundial de Futbol el cubano Ángel Vázquez había dejado de estar a la cabeza de los asuntos de DEMSA, la arrendataria y organizadora de los eventos taurinos en el coso más grande del mundo. 

Daniel Medina de la Serna cuenta que ese ciclo se celebró con una escasez de ganado en el campo bravo mexicano, pues a partir de que la Unión de Criadores de Toros de Lidia en España restringió la exportación de sus toros a Sudamérica, ese mercado quedó abierto a los ganaderos mexicanos, quienes atraídos por los dólares en juego, lo aprovecharon en detrimento del mercado nacional y aún ante esos hechos, la empresa de la Plaza México, no tomó las previsiones debidas y eso se notó en el ciclo.

Las ganaderías mexicanas que enviaron toros a las ferias de Caracas, Maracaibo y Valencia en Venezuela, Quito en Ecuador y Cali en Colombia fueron Javier Garfias, Reyes Huerta, Zotoluca, Santacilia, La Laguna, Mimiahuápam, Santa Martha, El Rocío, Santín, Peñuelas, Campo Alegre, San Diego de los Padres y José Julián Llaguno. Incluso, en el semanario El Ruedo de Madrid del 10 de noviembre de 1970, se relata que se tentó uno de los toros de Garfias en la plaza Nuevo Circo de Caracas para semental por Antonio Ordóñez, Dámaso González y el portugués José Falcón para la ganadería que Manuel Martínez Chopera y Sebastián González tenían en el Estado de Aragua con vacas de Santa Coloma.

Entonces, las ganaderías que enviaron sus toros a las 15 corridas de las que constó el ciclo fueron las siguientes: José Julián Llaguno (3 corridas); Tequisquiapan; Zacatepec; Javier Garfias (4 toros); Santacilia; Soltepec; Mariano Ramírez; Jesús Cabrera (5 toros); Manuel de Haro; Cerro Viejo; Gustavo Álvarez; Mimiahuápam; La Punta y toros sueltos, Pastejé, uno de regalo en la tercera; Valparaíso, el primero de la tarde que completó la corrida de Garfias y José Julián Llaguno otro que cerró esa misma tarde; Rancho Seco, uno que completó la corrida de Jesús Cabrera, más otro de Tequisquiapan de regalo; uno de Atenco de regalo en la de Gustavo Álvarez; y otro de éste último hierro para rejones, que al decir del mismo Medina de la Serna, resultaba ser el último toro de esa legendaria ganadería lidiado en la Plaza México hasta el año de 1996, cuando menos.

El elenco de toreros se conformó por los diestros mexicanos Pepe Luis Vázquez; Alfredo Leal; Joselito Huerta; Humberto Moro, que toreó su despedida de los ruedos; Raúl García; Raúl Contreras Finito; Manolo Martínez; Alfonso Ramírez Calesero Chico, que actuó por última vez en la México; Eloy Cavazos; Curro RiveraManolo Espinosa Armillita; Antonio Lomelín; Leonardo Manzano y Ricardo Castro. Confirmaron su alternativa Mario Sevilla; Raúl Ponce de León; Arturo Ruiz Loredo; Adrián Romero; Ernesto Sanromán El Queretano, quien nunca volvió a torear en la México y Miguel Villanueva. También se presentó una tarde el Centauro Potosino Gastón Santos.

Por los extranjeros actuaron Joaquín Bernadó, Santiago Martín El Viti y César Girón, en lo que resultó ser su última presentación en el ruedo de Insurgentes y confirmaron sus alternativas Francisco Rivera Paquirri, Dámaso González y el portugués José Falcón. Se quedaron anunciados José Luis Parada, quien fue herido en Acapulco una semana antes de su anunciada confirmación y por ello la pospuso para la temporada siguiente y Jesús Solórzano, que, propuesto originalmente para actuar con Paquirri en la corrida del 10 de enero del 71, no fue aceptado por este último, pues de ser así, el gaditano tendría que ir de primer espada y su contrato requería que alguien fuera por delante de él, así que Chucho fue sustituido por Manolo Espinosa Armillita.

La tarde de la confirmación de Paquirri

En ese estado de cosas se anunció la inauguración de la temporada para el domingo 29 de noviembre de 1970, con toros de José Julián Llaguno para Raúl Contreras Finito, Manolo Martínez y el gaditano Francisco Rivera Paquirri quien confirmaría su alternativa. El cartel era redondo, con dos de las figuras emergentes de México y uno de los toreros jóvenes de España que venía precedido de interesantes referencias y que post facto, sería uno al que la afición mexicana hubiera querido ver más.

La relación de los hechos de esa tarde que encontré es del puntilloso Carlos León, quien en su tribuna del desaparecido diario capitalino Novedades, titulada Cartas Boca Arriba, dirigida en esta oportunidad al gastroenterólogo José María de la Vega, encargado de la salud en esos días, del Presidente de la República, a partir de una entrevista televisiva realizada a éste último, próximo a entregar el poder, en la que comenta su gusto por la paella valenciana, construye una crónica de las suyas:

PAQUIRRI ARMÓ EL GRAN TACO: DOS OREJAS Y VUELTAS. Manolo llevó el telón del Arbeu para muletear, “Finito” ante bureles sin sal…

Francisco Rivera, con la mesa puesta

Usted, como refinado gastrónomo y excelente taurino, bien sabe que la sal es importantísima. Como afirmación contundente yo diría que, sin tener salero, no se puede ser cocinero ni torero. Pero en Andalucía la Baja y sobre todo cerca de las marismas, lo saleroso, lo resalao, rezuma por los poros de las personas. Y los diestros que nacen en la provincia de Cádiz, parece que bordan sus ternos con las brillantes escamas de las merluzas.

Para nuestro personal paladar, a ratos notamos en “Paquirri” cierta frialdad. Pero también el gazpacho cortijero o el aliño gitano se sirven bien fríos, como aquellos que nos hacía en casa de “Cagancho” Gabriela Ortega, descendiente de la Alboronía de los moros andaluces – y no por ello son menos agradables, pues no siempre está la sartén para frituras. Aun así el andaluz gazpacho frío lleva sal y pimienta, dos condimentos indispensables para que los guisos – y los toreros – tengan sabor.

Mas ya ve usted, doctor: aunque aquí suele decirse que no se puede sopear con la gorda ni hacer taco con tostada, vaya taco el que armó “Paquirri” en esta tarde de su presentación, a pesar de la escasa colaboración del ganado de Don José Julián Llaguno. Hasta la saciedad se ha repetido la trillada frase de que para que haya guisado de liebre, lo primero que se necesita es la liebre. Nada más falso, pues no hubo tales liebres, y sin embargo, Francisco el de Cádiz se despachó con la cuchara grande.

Pues allí tiene usted a “Caporal”, que desde que sale se emplaza y se resiste a ir a los capotes. Al fin el gaditano lo embarca en el suyo y le hace tragar varias verónicas excelentes. El bicho huye y muestra su mansedumbre en su querencia a barbear y saltar las tablas. Cuando el debutante se empeña en banderillear a ese poste, probón y sin codicia, confirmamos que no se puede soplar y comer pinole, pues “Paquirri” ha pasado fatigas sin cuento para lograr la mas o menos arrancada de un toro convertido en estatua de plomo. No obstante, ambientado de inmediato al quehacer mexicano, el pundonoroso andaluz se hace al dicho xochimilca de que “no hay que ser como los frijoles, que al primer hervor se arrugan”. Sin tener un toro “a modo”, ha cuajado, bordado, una faena cumbre, predominantemente izquierdista, que de inmediato le gana el favor popular. Ahora bien, del mismo modo que una paella queda incompleta si no se le acompaña con manzanilla sanluqueña o un vino seco de Utiel o de Requena, también un trasteo queda inconcluso si le falta el remate de la estocada. Claro que no es lo mismo saborear un “chato” que pasar por el trago amargo de la suerte suprema. Pero allí es donde se demuestra si un torero puede, merece llamarse matador de toros. Después del faenón, el espadazo caído le hizo perder los apéndices. Pero hubo dos vueltas a la redonda en franca apoteosis.

Nada de atole con el dedo

Aunque “Paquirri” ya tenía al público en la bolsa, no fue de los que dicen: ese arroz ya se coció, sino que vamos a cocer el otro. Como usted sabe, el principal secreto de una buena paella es hacerla a fuego de leña. Sin leña, no sabe lo mismo. Por ello, si el toro no trae bastante leña en la cabeza, la faena nos sabe diferente, como dulzona, cual si fueran inocentes alfajores de las Comendadoras de Santiago o candorosas y monjiles yemas de San Leandro. Y el sexto sí era un toro bien dotado de defensas, con cara seria, con cuajo. Por eso, todo lo que le hizo Francisco Rivera fue meritorio. Lucido con el capote, espectacular con las banderillas y superior en la faena que ha brindado a Joaquín Rodríguez Ortega. Faena torerísima, desde lo fundamental hasta lo pinturero. Y ahora sí media estocada fulminante, por lo cual le conceden un par de orejas, mientras tratan de sacarlo a hombros; pero lesionado en una pantorrilla, ha de pasar a la enfermería. Pero allí quedó su garbosa estampa de lidiador, más que de torero, capaz de dominar todos los tercios…

Parte médico de Paquirri

Herida por asta de toro en el tercio medio de la pierna derecha, de seis centímetros de extensión por cuatro de profundidad. Interesa piel, tejido celular subcutáneo y músculos de la región. Intervinieron los doctores Xavier Campos Licastro y Tirso Cascajares. El diestro fue operado con anestesia general en la enfermería de la plaza y se le trasladó a la Central Quirúrgica, donde quedó internado. 

Paquirri reaparecería el 10 de enero siguiente en la Plaza México con un gran triunfo ante el toro Caporal de Mariano Ramírez con el que ejecutó impecablemente la suerte de matar recibiendo y el 17 de febrero de 1971, cortaría otra oreja a Guadalupano de Cerro Viejo. Pero su gran tarde en esa plaza, quizás la mejor en nuestros ruedos, tendría lugar la siguiente temporada, el 19 de diciembre de 1971 ante el toro Girasol de Jesús Cabrera, de la que habrá tiempo para ocuparnos de ella.

Retales de la prensa de la época

En el semanario El Ruedo de Madrid del 6 de octubre de 1970, se anunciaba que la corrida de Mimiahuápam que se envió para lidiarse en el San Isidro de ese año y que al final no se envió a Madrid, sería lidiada en Sevilla el 12 de octubre en la conmemoración del tricentenario de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla y que el torero mexicano que iría en el cartel sería Jorge Blando.

domingo, 29 de marzo de 2020

En el centenario de Carlos Arruza (IV)

1º de abril de 1951. Carlos Arruza torea tres corridas en un día

Que un torero logre torear tres corridas en un día es un hito importante. Aparte del azar que conlleva el mantener la integridad corporal para completar los compromisos pactados, se debe sumar la dificultad de trasladarse de un sitio a otro y todo lo que implica lo que hoy se llama la logística que conlleva la organización de los festejos.

La Historia del Toreo registra como el primer caso de esta naturaleza, quizás, el que llevó a cabo Guerrita el 19 de mayo de 1895. Ese día comenzó su periplo a las 7 de la mañana en la Isla de San Fernando, para lidiar 6 toros de la Marquesa Viuda del Saltillo mano a mano con Pepete. La segunda corrida se verificó a las 11:30 horas del día, en Jerez de la Frontera, alternando con el valenciano Fabrilo, en la lidia de 6 toros de José Ma. de la Cámara y terminó a las 17:30 horas en Sevilla, donde su alternante fue Antonio Fuentes, y los toros fueron de Joaquín Murube.

A propósito de la última corrida, Carlos Valverde Castilla, en la revista Arte Fotográfico, relata lo siguiente:
No es de extrañar que el Guerra realizara por entonces una hazaña que ni tenía precedente ni ha vuelto a repetirse: torear tres corridas mano a mano el mismo día y en distintos puntos. Por la mañana, en San Fernando; a mediodía, en Jerez, y por la tarde, en Sevilla. Era el 19 de mayo de 1895. (...). Para su hazaña contó, naturalmente, con un tren especial y con tres cuadrillas distintas; los compañeros fueron también distintos. Sólo él fue el mismo, y ni siquiera se cambió de “vestío”. Por cierto, que cuando asomó al portón de cuadrillas de la Maestranza, levantado desde el amanecer, con dos corridas despachadas y tras varias horas de tren, le preguntó Antonio Fuentes,  que  compartía el cartel:
— Rafael,  ¿vendrá  osté  cansao?
— Cansaíllo vengo...
—Pues hoy, que le  cojo cansando,  le voy a dar p’al pelo.
Saltó Guerrita:
— ¡Hoy me vas a...!
Y como si empezara entonces, banderilleó a sus tres toros y los mató superiormente.
Guerrita mató ese día nueve toros y realizó sus traslados en un tren especial destinado al efecto.

La réplica de Arruza

Carlos Arruza y Manolo Dos Santos, ambos apoderados por don Andrés Gago, anunciaron que intentarían replicar la hazaña de Guerrita a poco de cumplirse 56 años de la hazaña de éste último. Para el efecto manifestaron que las corridas se realizarían en las ciudades de Morelia, México y Acapulco y que en los tres carteles actuarían mano a mano y que en principio cada uno de ellos mataría nueve toros en la jornada.

Conforme fueron avanzando las fechas, se anunció que la corrida de Morelia sería matinal, a las once de la mañana, lidiándose toros de la ganadería debutante de El Olivar, sangre pura de Zacatepec; que la de la Plaza México se daría a las cuatro de la tarde y los toros serían de la ganadería de Armillita Hermanos, también debutante y la de Acapulco a las nueve y media de la noche, con toros de Zacatepec.

En Morelia

La corrida en Morelia tuvo el siguiente desarrollo, según el corresponsal de La Lidia de México:
Con toros de Zacatepec se verificó el primer mano a mano del día, de los diestros Carlos Arruza y Manolo dos Santos. La entrada no fue la que se esperaba. El primer toro, muy bravo, se rompió una pata quedando inutilizado para la lidia. Los demás, cumplieron en términos generales.
Arruza fue de menos a más. Con su primero cumplió, con su segundo estuvo bien y con su tercero, extraordinario, toreándolo maravillosamente en los tres tercios. Al matar de certera estocada se le dieron las dos orejas y el rabo y dio vueltas al ruedo entre ovaciones y música.
Manolo dos Santos instrumentó naturales muy templados a su primero, lo pasaportó de una honda y se ganó una oreja, en su segundo se limitó a cumplir, pues no se acomodó con el estilo del cornúpeta. Con el que cerró plaza estuvo muy artista, habiendo petición de oreja. La autoridad no le entregó el galardón porque pinchó.
Al final Carlos Arruza salvó in – extremis el festejo, que, quizás por la hora en la que se celebró, no tuvo la entrada esperada.

En la Plaza México

La corrida llamémosle estelar de la terna, fue accidentada casi desde abrirse la puerta de cuadrillas. Paquiro, redactor de la crónica aparecida en el ejemplar de La Lidia de México aparecido el 6 de abril de 1951, relata lo siguiente:
…no vaya a creerse que la totalidad de la afición aspiraba a que sobre el ruedo no se viese nada que valiera la pena; no, particularmente un grupo escondido en los tendidos de sol se preocupó por hacer fracasar a los diestros alternantes, y los gritos y denuestos que emanaron de tales tipejos cumplieron con su cometido pues crearon una “psicosis” entre las mayorías y consiguieron que los alternantes, a ratos, desesperaran… No puede pasarse por alto la actuación de la porra de marras. Indudablemente que esos criminales con toda anticipación percibieron un sueldo por sus gritos, y al exclamarlos en la plaza, a la hora de la corrida, no hicieron sino cumplir con una obligación contraída con anterioridad. Quiere decir que hubo premeditación… Esta es la verdad: se pagó por ir a pitar, salieran las cosas bien o mal. Y mucho hicieron los diestros con que no estallara la bronca premeditada…
Sugiere el cronista de La Lidia de México que hubo la decisión de reventar el acontecimiento. Por su parte Carlos León, cronista del desaparecido diario Novedades, con su estilo mordaz, refiere lo siguiente:
Por otra parte, despacharse tres encierros en el curso de un día, le daba a la profesión taurina un sentido de oficio desempeñado a destajo, en vez de ser una actividad artística, cuyo único móvil debe ser el sentimiento y cuya única fuerza motriz ha de ser la inspiración. Lo de ayer, en cambio, no parecía ser movido por lo imprevisto. En todo se adivinaba el cálculo, la precisión de un horario sabiamente concebido de antemano, pues la exactitud de los aviones tenía tanta importancia para el desarrollo de la gira, donde aquella tribu de lidiadores y testigos trashumantes parecían ser una de esas excursiones de “todo pagado” de la Wagon Lits Cook, donde el viajero debe supeditarse al plan trazado, sin dejársele nada para su propia iniciativa. Y así salió la cosa: con prisas, con desgano, frente a un lote nada fácil de la ganadería de Chichimeco…
Ve el puntilloso y atildado don Carlos en la efeméride, mucha planeación y poca entrega, pero apunta una cuestión que es de capital importancia, el juego de los toros. Y dice de la corrida:
Un encierro duro, sin duda, pero con el cual se evidencia que hasta los mandones de la fiesta necesitan del toro de carretilla para realizar los trasteos memorables, aunque esto sea decepcionante reconocerlo… Tampoco como ganadero triunfaría “Armillita”, pero de todas maneras la tarde fue suya, pues los broncos pupilos pudieron más que los encargados de pasaportarlos. Y tal vez se acordaría de las veces en que él, lidiador todopoderoso, cuajó trasteos memorables a bueyes de carreta…
Por su parte Paquiro, en La Lidia de México afirmaría:
La ganadería Armilla Hermanos – ya queda dicho – debutó con un encierro encastado, con mucho poder, bravura y fuerza. Espectaculares para los montados y difíciles para los de a pie. Todos los toros tuvieron hermosa lámina – ¡seis cromos! – y fueron cómodos de defensas. La escrupulosidad de los ganaderos estaba demostrada… Ahora que nadie, ni los criadores, podía prever que los morlacos iban a resultar de “prueba”, ¡Pruebas para toreros buenos...!
En fin, que una corrida de lidia difícil, se uniría a la animadversión del público en la plaza.

En Acapulco

De nuevo recurro al corresponsal de La Lidia de México, quien manifestó lo siguiente:
A las nueve y cuarto de la noche se inició ayer el tercer mano a mano que sostuvieron los colosos Arruza y dos Santos. Se lidiaron toros del Olivar, en total ocho, cuatro para cada matador, que dieron un juego incierto.
Arruza se limitó a cumplir con el primero, el tercero y el quinto. Pero con el séptimo se soltó el pelo veroniqueándolo muy bien y ejecutándole una gran faena de muleta. Se le ovacionaron sus derechazos, naturales, lasernistas, arrucinas y demás desplantes de dominio. Metió el estoque hasta la empuñadura y se le entregaron las dos orejas y el rabo de su astado rival.
Manolo dos Santos empezó a tambor batiente desorejando a su primero, al que toreó de muleta con una claridad exquisita. Sus naturales ahí quedaron. Mató pronto y cortó una oreja. Al cuarto lo lidió con voluntad, pero con el sexto volvió a surgir la calidad del lusitano y los pases naturales enloquecieron al público. Cobra buena estocada y cortó otra oreja. Y al octavo le hubiese cortado el apéndice auricular si es que no hubiera pinchado. Volvió a torear estupendamente.
Y así fue como estos dos diestros superaron lo hecho por el legendario Rafael Guerra. ¡Cada uno lidió y pasaportó a diez toros en un solo día…! Para la historia.
Así culminaron su hazaña Carlos Arruza y Manolo Dos Santos. Con los toros regalados en Acapulco, terminaron mataron diez toros cada uno esa fecha. El encierro anunciado para Morelia terminó lidiándose en Acapulco y el de Zacatepec se lidió en Morelia. Sus desplazamientos los hicieron por vía aérea y no tengo constancia de que hayan usado el mismo vestido en los tres festejos, pero seguramente cambiaron de ropa de torear en cada uno.

En números, Carlos Arruza cerró la jornada con cuatro orejas y dos rabos y Manolo Dos Santos con tres orejas.

Un dato curioso es que el programa oficial de la Plaza México señalaba que el acontecimiento conmemoraba los 25 años de la hazaña de Guerrita… Seguramente al publicista del doctor Gaona le fallaron las cuentas.

A posteriori

Después de esas tres corridas, en México se verificaron algunos otros acontecimientos de esa especie, entre los que se recuerdan estos:

De matadores de toros: 1º de enero de 1972: Francisco Rivera Paquirri toreó 3 corridas de toros en Querétaro, Guadalajara y San Luis Potosí; 2 de octubre de 1977: Eloy Cavazos toreó 4 corridas de toros en San Luis de la Paz, Dolores Hidalgo, San Miguel de Allende y Celaya; 21 de abril de 1984: Miguel Espinosa Armillita toreó 3 corridas de toros en San Juan del Río, San Luis Potosí y Zacatecas.

De novilleros: 31 de octubre de 1965: Efrén Adame, Antonio Canales y Felipe Zambrano (Rej.) torearon 3 novilladas en Nuevo Laredo, Reynosa y Saltillo; 21 de julio de 1974: Curro Plaza toreó 3 novilladas en Jesús María, Silao y León; 11 de diciembre de 1982: Valente Arellano toreó 3 novilladas en Apan, Pachuca y Tulpetlac; 20 de noviembre de 1997: Julián López El Juli toreó 3 novilladas en Toluca, Texcoco y Cuautla.

Queriendo concluir

Esta es algo de la historia de una fecha que por sí sola pasa a la Historia del Toreo. Como vemos, su resultado artístico no es uno de esos que llamen mucho la atención, pero el mero hecho de lograr torear tres corridas de toros en un día en plazas que en su momento eran todas de primera categoría, tiene un mérito que no admite discusión.

domingo, 12 de enero de 2020

10 de enero de 1971: Paquirri y Caporal de Mariano Ramírez

Francisco Rivera Paquirri
Imagen: cortesía ABC
Paquirri había confirmado su alternativa en la Plaza México el 29 de noviembre del año anterior con el toro Caporal de José Julián Llaguno, siendo apadrinado por Raúl Contreras Finito y llevando como testigo a Manolo Martínez. Por fallos con la espada, dio tres vueltas al ruedo en el toro de la confirmación que brindó a Cagancho y el sexto, Alfarero, segundo de su lote le hirió de consideración.

La temporada 1970 – 71 trajo de España a toreros como El Viti, Curro Vázquez, Joaquín Bernadó, Miguel Mateo Miguelín, Paco Pallarés y constituyó para Luis Miguel Dominguín la última vez que vendría a torear a México, si bien no en la capital de la República, si se presentó en las plazas de Monterrey y Guadalajara, impidiéndole actuar en la Plaza México, una fractura de escafoides sufrida en una incursión en plazas sudamericanas durante ese periplo.

La reaparición de Paquirri en la plaza más grande del mundo se anunció para el 10 de enero de 1971. El cartel se confeccionó con Manolo Espinosa Armillita como cabeza de cartel y Curro Rivera con toros del ingeniero Mariano Ramírez para ese festejo. La reaparición del torero de Zahara de los Atúnes era esperada por la afición de la capital mexicana después de la destacada actuación que tuvo en su presentación.

La tarde fue lluviosa, lo que afectó la actuación de los diestros en lo general. No obstante, Curro Rivera se sobrepuso a las condiciones adversas y cortó a Cielito Lindo, tercero de la tarde, una oreja, pese a haberlo pinchado en el primer intento. 

Pero el triunfador de la tarde fue Paquirri, con el quinto del festejo, Caporal – curiosamente llamado igual que el toro de su confirmación – al que cortó las dos orejas. La crónica epistolar de Carlos León, dirigida al señor Miguel Blázquez y publicada en el desaparecido diario capitalino Novedades, en su parte medular y de manera algo prolija, dice lo que sigue:
En esta tarde, cuando estábamos calados hasta los huesos, cuando la lluvia había encogido a los dóciles toros del ingeniero Mariano Ramírez, pues todavía no se descubre la manera de sanforizarlos, el retumbar del cielo ponía un clima tormentoso, presagio de que allí iba a ocurrir algo que convirtiera los tendidos en cumbres borrascosas. Y así fue en esa estocada de “Paquirri” al quinto toro, en ese rayo que fulminó a “Caporal” en la más limpia y clásica suerte de matar recibiendo. 
Porque hoy, como caso singular, había en el cartel de toreros, de igual nombre, dos homónimos llamados Francisco Rivera. Uno es “Paquirri” y otro es “Curro”. Aquél es de Cádiz... y todo lo de Cádiz tiene solera. En torno a la Tacita de Plata se han multiplicado tanto los buenos toreros como los excelentes cantaores de flamenco. Y “Paquirri”, toreando, apunta como grande. 
¿Ha oído hablar de Juanito Mojama? Jerezano que apuntaba como pocos los tanguillos gaditanos. Y “Julepe”, del Puerto de Santa María, famosísimo solearero. Y la divina Rocío Juradom gaditana de Chipiona, que se arranca por fandanguillos de Huelva y se acaba el mundo. ¿Y el “Loco” Mateo, que lloraba ejecutando polos gitanos? ¿Y el “Loli”, que resucitó las seguiriyas de Paco de la Luz? Era jerezano, sobrino de la “Lobata” y creó un estilo de malagueñas caracterizadas por su lentitud - que también es lo bueno en el toreo -, al grado de que en Jerez de la Frontera corre un dicho popular, en tascas y bodegas: “Anda hijo, que eres más lento que las malagueñas de Loli”. 
Todo eso lo venimos evocando, bajo la tormenta marinera que cayó sobre la México y mientras nos sacábamos percebes y langostinos de los bolsillos. Si le digo a usted que en la cartera traía billetes de cien pesos y se encogieron tanto que se me volvieron de a cinco... 
Bueno, pues “Paquirri” ha estado toda la tarde en torero. Con gracia, con prestancia, con solera, apuntando el toreo como se apunta el cante. ¿Sabe usted que Manolo Caracol es hijo de Manuel Ortega? ¡De Cádiz, claro! Pues Manuel Ortega, que cantaba como nadie por soleares, fue el mozo de espadas de “Gallito”, hasta que por vez última le entregó los avíos en la trágica tarde de Talavera. ¿Y dónde me deja usted a Paco Botas, que aquí vino sirviendo los estoques a “Cagancho”, cuando por vez primera vino el gitano, y que cantaba el mirabrás y la caña como sólo se han cantado en Cantillana? ¡Nada! El cante jondo y los andaluces son una misma cosa. 
Aún parece que estoy escuchando a Pastora Pavón, que pasó a la historia como “La Niña de los Peines”, por aquél tango al que debió su sobrenombre y que ahora viene muy bien al pelo: 
Péinate tú con mis peines
que mis peines son de azúcar;
quien con mis peines se peina
hasta los dedos se chupa 
¡Imagínese usted! ¡Peines de azúcar! Si ahora se usaran aquí, hasta Carlos Trouyet iba a andar más despeinado que “El Cordobés”. 
Y usted perdone toda esa euforia, pero es que en esta tarde, a más de haber toreado bien a la verónica, a más de haber lucido con las banderillas, “Paquirri” ha resucitado la suerte de recibir, consumándola a la perfección. Le han dado dos orejas, que suenan a poco para la magnitud de la hazaña. Dos orejas, en cualquier tarde de suerte, las corta cualquiera. Pero lo que no cualquier consigue, es esa estampa de sabor añejo que allí quedó para ver quién es el guapo que la supera...
Prolijo y divagante el texto de Carlos León, pero refleja, creo, el impacto que causó, dentro del diluvio, la actuación de Paquirri, una actuación triunfal que le metió de lleno dentro del ánimo de la afición de la capital mexicana.

Paquirri actuaría entre 1970 y 1971 la cantidad de 18 tardes en México. 6 en la Plaza México, 3 en San Luis Potosí, 2 en Guadalajara, y una en las plazas de Acapulco, Morelia, Orizaba, Irapuato, Torreón, Querétaro y Mérida. La faena más grande que realizó sería quizás la que hizo al toro Girasol de Jesús Cabrera en la Plaza México el 19 de diciembre de 1971, al que a pesar de pinchar tres veces en la suerte de recibir, le cortó una oreja y quizás la tarde más redonda que tuvo fue la del domingo 30 de abril de 1971 en Guadalajara, cuando cortó cuatro orejas y dos rabos a toros de San Mateo, actuando mano a mano con Manolo Martínez.

Paquirri volvería a México hasta la temporada invernal 1974 – 75, torearía seis corridas, pero no pisaría ya la Plaza México. En estas líneas recuerdo una de sus grandes tardes allí.

Aviso parroquial: Los resaltados en el extracto de la crónica de Carlos León son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no aparecen así en su versión original.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Manolo Martínez y Amoroso de Mimiahuápam a 40 años vista

Manolo Martínez
La temporada 1979 – 80 en la Plaza México la vi casi completa. Constó de 17 corridas y Manolo Martínez fue cabeza de cartel en ocho de ellas. Así, a simple vista, queda claro que todo el peso del ciclo recayó sobre sus espaldas. Pero independientemente de que en la sexta de la temporada hubiera cortado dos orejas a Mira cómo voy de San Martín; en la octava, el rabo a Tejoncito de don Mariano Ramírez; o en la decimosexta otras dos orejas a Siempre sí de Los Martínez, en esa temporada se produjeron otros hechos que la hicieron trascender en su devenir histórico.

Uno fue la resurgencia de Antonio Lomelín, que en la decimocuarta corrida realizó una importante faena a Bien Nacido de Reyes Huerta, para el que se pidió el indulto. Ante la negativa del palco a concederlo, Antonio se metió al burladero de matadores a esperar los tres avisos para que el toro volviera vivo a los corrales y después fue aclamado como si en verdad se hubiera indultado al toro. Eso fue el preludio de lo que vendría dos domingos después con Luna Roja de Xajay y que lo pondría en figura del toreo.

También fue la temporada de la confirmación de Rafael de Paula, a quien casi nada pudimos ver en las corridas séptima y novena del serial y la de la emergencia de Marcos Ortega, quien se encontró con Boca Seca un gran toro de don Javier Garfias y supo aprovecharlo, dando al doctor Gaona otro elemento para dar variedad y revitalizar los carteles.

La segunda corrida de la temporada

Para el arranque de esa temporada, por alguna razón el nombrado doctor Gaona armó una especie de mini feria navideña, pues ofreció corridas el sábado 22 de diciembre de 1979 con la confirmación de César Pastor apadrinada por Curro Rivera, con el testimonio de Manolo Arruza y toros de Campo Alegre y el domingo 23, el segundo de esos festejos, que tenía por atractivo las presentaciones de Manolo Martínez, Miguel Espinosa Armillita y del hispano Lázaro Carmona, quien también confirmaría su alternativa. El encierro a lidiarse sería de San Miguel de Mimiahuápam.

Lázaro Carmona confirmó con Mensajero y realizó un gran quite por verónicas que le valió el trofeo al final de la temporada. Y el segundo de la tarde, Villancico se le fue vivo a Manolo Martínez entre la bronca correspondiente y Miguel Armillita le cortó la oreja a Peregrino, el quinto. Pero la gran obra se realizó en el cuarto, segundo del lote de Manolo Martínez.

Incluso Carlos León, cronista del extinto diario Novedades de la Ciudad de México, modificó sus criterios y modos de expresarse respecto del torero de Monterrey. En lo que interesa, en crónica epistolar dirigida al restaurantero Pedro Yllana, escribió lo que sigue:
Con el soberbio ‘Amoroso’, Manolo estuvo en coloso… Apoteosis de Manolo y Bailleres… ‘Amoroso’, el cuarto de la tarde, fue el ejemplar soñado. Y aunque el de las patillas, siendo de Monterrey, no es propenso al desperdicio de echar toda la carne en el asador cuando las chuletas están tan caras, se decidió y ha de haber dicho como reza el refrán ranchero: ‘¡Ora es cuándo yerbabuena, le has de dar sabor al caldo!’ Y vino el faenón sabroso, porque como usted sabe, hay que distinguir entre el apetito y el hambre, pues no es lo mismo hartarse que saborear. Y Manolo Martínez saboreó el yantar, contagiando al público con su apetito, que por igual se deleitaba con la sabrosura de las embestidas del mimiahuápeño que con la pasmosa facilidad con que el reinero consumía la apetitosa vianda. Ahora bien, como no hay loco que coma lumbre, él mismo propició el indulto antes que exponerse a fallar con el cuchillo. Y aquello fue el acabose, para el ganadero Don Alberto Bailleres y el artista, en una locura colectiva que parecía no terminar nunca, mientras se concedían, simbólicamente, los máximos apéndices…
Como lo señala el cronista al final de su relación, efectivamente la locura se apoderó de los tendidos. Me tocó vivirlo. Quizás Manolo Martínez realizó faenas mejores en esa plaza, pero esa tarde de hace cuarenta años embrujó a la afición que llenó la Plaza México y la rindió a sus pies. Hoy nos toca recordarlo y pensar que aunque no todo tiempo pretérito fue mejor, algunas de sus fechas merecen ser recordadas.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Armillita y Nacarillo de Piedras Negras

Fermín Espinosa Armillita
La temporada 1946 – 47 en la Plaza México iba a ser la última en algún tiempo que vería el concurso de diestros hispanos y por razones de sobra conocidas, la final en la que actuaría Manolete en la capital mexicana. La tarde que me ocupa en este momento era la sexta que cumplía en el gran coso y le quedaban ya nada más en su historia las del 12 y 19 de enero de 1947 y la del 2 de febrero de ese mismo año, completando así las nueve tardes que en las que en su historia llenó ese escenario.

Ya estaba en vigencia el decreto que, publicado en el Diario Oficial de la Federación del jueves 18 de abril de ese 1946, limitaba por decisión del Presidente Manuel Ávila Camacho, la celebración de festejos taurinos en la Ciudad de México a dos por semana, por, dice la disposición: ...la frecuencia con que se han venido celebrando corridas de toros ha causado perjuicio en la economía de numerosas familias... debe considerarse cualquier contingencia futura, procurando moderación en los gastos, tanto colectivos como en los individuales... procurando que no se agrave la situación actual con gastos excesivos...

Así pues, apenas el miércoles anterior se había celebrado una corrida en la que alternaron el mismo Manolete, Lorenzo Garza y Leopoldo Ramos Ahijado del Matadero, quienes enfrentaron una corrida de Pastejé. Una corrida que pasó a la historia por las faenas de Garza a Amapolo y Buen Mozo y la de Manolete a Manzanito y el gran juego que dieron los toros de don Eduardo N. Iturbide.

La tarde del 15 de diciembre

Para el domingo siguiente se anunció un encierro de Piedras Negras, para Fermín Espinosa Armillita, Manolete y Alfonso Ramírez Calesero. El encierro de Tlaxcala sería el único de ese hierro que el Monstruo lidiaría entre los 38 festejos en los que actuó entre nosotros y al decir de las crónicas que tuve a la vista, esos toros lo trajeron aperreado, tanto, que el primero de su lote Tilichis, le echó mano y se pensó que había sufrido un serio percance, pero no pasó del susto. Las mismas crónicas resaltan el contraste de su actuar este día con el del anterior miércoles.

Calesero lució en sus toros con el capote y en los quites en los que tuvo oportunidad de intervenir, pero no tuvo mayor trascendencia el conjunto de su labor esa tarde.

Armillita y Nacarillo

La cima de la tarde se produjo en el cuarto toro de la tarde. Nombrado Nacarillo por su criador, desde la salida se mostró como un toro propio para la tauromaquia que siempre desplegó Fermín Espinosa. Contaba don Arturo Muñoz La Chicha, quien esa tarde salió en la cuadrilla de Calesero, que al iniciar Armillita la faena con la diestra, desde los tendidos la concurrencia le pedía que toreara como Manolete. Seguía contando don Arturo que en un momento determinado el Maestro se echó la muleta a la zurda y acabó con el cuadro.

Pero antes de la faena había otros intríngulis que desahogar. Don Luis de la Torre El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, armillista de pro, encuentra algún sentido doble al brindis que de Nacarillo hizo Armillita a don Eduardo N. Iturbide y lo detalla así en la reflexión que hace en el número de La Lidia de México publicado el 27 de diciembre de 1946:
Sin intención premeditada, seguramente, el brindis fue dedicado a don Eduardo Iturbide, quien acababa de mandar a nuestro coso máximo una bravísima corrida, factor importantísimo en el triunfo alcanzado por dos colosos de la mano izquierda, pero tal parece que la proeza dedicada a tan escrupuloso ganadero vino a decirle: “Mire, don Eduardo, toros como los de usted son envidiados para la realización de estas hazañas, pero existe un torero que si bien los quisiera para sus triunfos, no le son indispensables, también de los mansos sabe sacar partido insospechado, y aquí estoy yo para probarlo ante miles de espectadores en cuyas retinas quedará grabada de manera imperecedera…”
Ya respecto de la faena, escribió en su día, en las páginas de El Universal del día siguiente del festejo, don Carlos Septién García El Tío Carlos, lo que sigue:
Estamos ante la faena perfecta. 
Y no nos atrevemos a tocarla. Sería un desacato rozar siquiera el contorno venerable de sus mármoles. Sería una mancha el querer reducir a yerta medida la armonía de su arquitectura serena y triunfal. Y sería un atentado el querer desmontar el ensamble prodigioso de sus partes para someterlas a un estudio prosaico y vulgar… 
Y mirémosla en toda la fuerza de su genuino valer. Veámosla hecha de los más puros y firmes elementos que la tauromaquia ha creado en siglos de lucha, de dolor y de triunfo con los toros bravos; admirémosla como expresión sólida, cabal, perfecta, de la más rancia y limpia doctrina torera: esa que formaran y probaran en mil tardes de sol y de hachazos los Paquiros y los Guerras; esa que sellaran con su sangre los Tatos y los Esparteros; esa que mantuvo en lucha de decenios a los Frascuelos y los Lagartijos. Esa que – en fin – hace hoy Fermín Espinosa, como entonces de aquellos definidores de la tauromaquia, el torero en que se depositan la mayor ciencia y la más ilustre escuela. 
Y gustémosla también en su profunda y exquisita suavidad. Saboreémosla en esa delicadeza, en ese tacto, en esa gentileza con que arropó al endeble torillo de Piedras Negras que – nacido para seis naturales y una estocada –, tomó dócilmente, transformado como una obra de cera calentada a fuego, el milagro eslabonado de esos veintiún naturales inmortales. Gocemos de ese temple cuidadoso y magistral, exigente y esmerado, con que el torero fue educando al toro, mostrándole el camino del pase natural, enseñándolo a embestir y a tomar con afán encendido la roja muleta, a repetir sobre ella el empuje, a graduar su marcha y su arrojo… 
¡Torero, Torero, Torero!... 
Torero, sí. Torero inmortal este Fermín de Saltillo con el que México se incrusta triunfalmente en la historia del toreo universal…
El Tío Carlos hace un análisis en el que, deja claro que el torero se impuso a lo que él consideró que eran unas malas condiciones del toro y como se expone en las relaciones taurinas de hogaño se inventó una faena donde no la había.

Por su parte, Carlos León, en el Novedades, también del 16 de diciembre de 1946, todavía no dado a las estridencias que le dieron fama, en lo medular, razona así:
…Citando desde lejos, con la muleta pendiente de la zurda, el maestro provocó la embestida para el primer natural. Arrancó la res sobre el trapo y Fermín dejó que los pitones se estrellaran contra ella, para ahí prender las astas y conducirlas atadas a su franela en una tanda prodigiosa de naturales, sin permitir que el toro, ya domesticado por el poderío de Fermín, se huyera de la muleta. 
Y la misma milagrosa escena se repitió varias veces. El torero se recreaba en la ejecución del muletazo más bello de la lidia, toreando cada vez más lento, más auténtico. La arena se convirtió en bazar de toda clase de prendas de vestir, mientras de arriba bajaba un torrente de aplausos, formando una de las ovaciones más merecidas que se hayan dado en la plaza de la Ciudad de los Deportes. Después de aquella inacabable teoría de naturales, salpicados aquí y allá por la pinturería del afarolado o el derechazo de respiro, Fermín logró una estocada desprendida, que bastó para que “Nacarillo” rodara a los pies del extraordinario lidiador. 
Veintisiete naturales en varias series habían compuesto la parte básica e inolvidable de la maravillosa faena. Y para ellos fueron la oreja y el rabo, tres vueltas al ruedo, salida a los medios y la admiración incondicional para este legítimo “Monstruo” nuestro, que cada vez que se lo propone viene a borrar fábulas y leyendas cordobesas…
Una tercera apreciación, algo más lejana en el tiempo es la de El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada, aparecida en el ejemplar de La Lidia de México ya mencionado y que es del siguiente tenor:
...Grandes faenas se recuerdan realizadas por el torero de Saltillo, suficientes para criarle el título de “maestro de maestros”. De entre todas ellas, podemos destacar algunas cuyo asiento estuvo en plazas españolas, y para nosotros son inolvidables la de “Tapabocas” de Coquilla, “Hurón” de Pérez Tabernero, “Pichirrichi” de Coaxamalucan, “Chocolate” de Torrecillas, “Clarinero” de Pastejé, “Pituso” de La Punta y otros más que harían interminable la lista, pero para todas ellas contó con el elemento toro, de más o menos bravura, poderío y buenas cualidades, no así en el caso presente en que solo la ciencia, el poder y la maestría lograron hacer de “Nacarillo” de Piedras Negras, corrido en cuarto lugar, la memorable tarde del 15 de diciembre de 1946, en la monumental plaza “México”, un toro para escribir con él la página más saliente, no del historial de un torero, sino de toda una historia taurina. ¿A qué decir más? Muy cerca de cincuenta mil espectadores fueron testigos presenciales del maravilloso hecho, y puede asegurarse que no habrá uno capaz de desmentir la maravilla de tan milagrosa hazaña... 
Decir veintisiete naturales a un toro bravo, es muy sencillo, se dice muy pronto, más tiene sus bemoles. Sacar de un manso semejante proeza, parece impracticable. Pues sin embargo, ha habido un “Armillita”, que haciendo alarde de la más amplia sabiduría, ha realizado el milagro empleando procedimientos considerados como de ínfima especulación, creyéndose que el cite desde lejos no admite ajustamiento. ¡Qué disparate! Así es precisamente como se expone de verdad puesto que el toro empuja fuerte y llega a la reunión precisa para que el lidiador le marque la salida con el simple movimiento de la muñeca, salvando el derrote en el momento de mayor peligro. Pero si esto no bastara, vimos al coloso de Saltillo citar en varias formas ahora muy estimadas, no con el afán de imitación, sino con el propósito de demostrar su capacidad dentro de todos los estilos. Y hay algo más: el citar de largo demostró a los más ciegos suponer para hacer embestir, a esa distancia, a un toro soso y aplomado en demasía, con la magia de su saber, haciéndolo todo, sacando bravura de donde no la había...
Aquí se abre el espacio para una discusión numérica y por ende, bizantina. Carlos León y don Luis de la Torre cifran el número de naturales de Armillita a Nacarillo en veintisiete. Carlos Septién habla solamente de veintiuno. Don Arturo Muñoz, que afirmaba haber visto más cerca que ninguno de esos escribidores la faena – y decía verdad, pues ocupaba su puesto en el callejón con la cuadrilla de Calesero – siempre sostuvo que eran también veintiuno.

Al final de cuentas la cantidad no importa. Lo que ha trascendido es la calidad de esos naturales y el hecho de que se le ligaron a un toro que en principio no parecía apto para ello.

Cierro esto con una reflexión que hace un cronista anónimo en el diario El Siglo de Torreón el 16 de diciembre de 1946, donde establece, creo, la justa medida de lo que hoy intento recordar:
Maravilloso tiene que ser un torero como ‘Armillita’ al borde de la despedida, con el nombre hecho y hondo surco en la historia de la fiesta brava; todavía pelea y se la juega para dar una exhibición de poderío y arte... México hablará muchos años de esa faena izquierdista de ‘Armillita’, porque fue una faena de escándalo...
Y efectivamente, a más de siete décadas de distancia, seguimos hablando de Armillita y Nacarillo

Edito (16/XII/2019): El amigo Octavio Lara Chávez me hace llegar la versión de don Alfonso de Icaza Ojo, aparecida en el semanario El Redondel del día de la corrida. Ojo transmitía por teléfono a su redacción, toro a toro su crónica, para que el periódico estuviera listo al final de la corrida. De allí que tuviera algunos dislates como en el caso que nos ocupa, se tuviera como nombre del toro el de Mascarillo. La relación de mérito es esta:
Cuarto toro. - "Mascarillo", cárdeno también, pequeñito, pero bien armado. 
Armillita lancea sin estrecharse, ante la indiferencia completa del concurso. 
Una buena vara de Carmona y paren ustedes de contar, ni el otro piquero hizo cosa de provecho, ni los matadores trataron siquiera, de sacarnos del terrible aburrimiento que nos invade. 
El bichejo, después de la última vara doble, quedó hecho una piltrafa. 
Zenaido Espinosa clava un par en la arena. 
Fermín Espinosa brinda a don Eduardo Iturbide, que es ovacionado, y dase a muletear a "Mascarillo", mucho mejor de lo que éste merecía. La faena va en crescendo poco a poco, y Fermín Espinosa agigantándose hasta tocar las nubes. 
¡Qué manera de torear, señores! 
Con la derecha corre la mano primorosamente y aguanta con auténtica hombría, con la izquierda... ¡Dos docenas de pases naturales! 
¡Y qué pases! Ni Armillita, ni nadie, había toreado así a un toro que no podía preverse que pudiese torearse así. 
¡Como que Armillita lo hizo! 
Estamos viendo la mejor faena de la temporada. Vuando el maestro de Saltillo, ahora sí maestro, torero grande, atiza una estocada casi entera, algo desprendida, cuarenta mil pañuelos piden para el maestro de maestros, la oreja, el rabo, el toro entero. 
Se conceden los máximos galardones y Armillita da incontables vueltas al ruedo, devolviendo sombreros y prendas de vestir. 
Insistimos lo que Armillita hizo hoy no lo había hecho antes ni él ni nadie. ¡Torerazo!...
Aviso parroquial: Los resaltados en los textos transcritos son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales.

domingo, 8 de diciembre de 2019

8 de diciembre de 1956: La alternativa de El Callao en El Toreo de Cuatro Caminos

Alternativa de El Callao
Foto cortesía del blog Toreros Mexicanos
Fernando de los Reyes es un torero que cautivó a la afición mexicana. Tuvo una extensa carrera novilleril, toreó 37 novilladas en la Plaza México y como era casi preceptivo en su tiempo, cruzó el Atlántico y dejó buena impresión en sus actuaciones en el escalafón menor, tan buena, que en el tramo final de la temporada española de 1953, se le otorgó una alternativa en Segovia, donde lo apadrinó Manolo Vázquez, con el testimonio de César Girón, cediéndole el toro Cortadillo de don Felipe Bartolomé.

No ejercería como matador de toros con ese doctorado, pues regresaría a México y nada más iniciar la temporada de novilladas de 1954, se estaría presentando en la plaza más grande del mundo para, en la categoría de los festejos llamados menores, actuar ese ciclo y los de 1955 y 1956, sumando en ellos 16 festejos y firmando una de sus grandes tardes ante el novillo Tonino de Soltepec, al que le cortó el rabo, dejando en claro y de una vez por todas que estaba listo para mayores empresas.

La Feria Guadalupana de 1956

Por aquellas calendas se afirmó que la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe necesitaba importantes obras de reconstrucción. Para allegar los recursos necesarios, un grupo de personas allegadas a la fiesta de los toros, encabezados por don Guillermo Barroso Corici, su hijo Luis Javier Barroso Chávez – en ese entonces ya ganadero de Las Huertas –, el licenciado Lázaro Martínez – en su día juez de plaza – y don Antonio Algara entre los más destacados, formaron un patronato para dar una feria taurina que recaudara fondos para la restauración del llamado centro espiritual de México.

Fermín Rivera, Rafael Rodríguez, Antonio Ordóñez, Miguel Báez Litri, Joselito Huerta, José Ramón Tirado, Antonio Borrero Chamaco y Fernando de los Reyes El Callao con toros de San Mateo, La Punta, Jesús Cabrera, Rancho Seco, Matancillas y Las Huertas serían las bases sobre las cuales gravitaría esa feria, el primer intento serio de ofrecer a la afición de la capital mexicana una serie ininterrumpida de festejos intercalada en una temporada que de ordinario se desarrolla de domingo a domingo. 

Dada la buena causa a la que se dedicaba, el doctor Alfonso Gaona pospuso una semana la continuación de la temporada 56 – 57 de la Plaza México, a efecto de que la Feria Guadalupana se diera sin contratiempos.

A este propósito escribe Horacio Reiba:
La tramó en 1956 aquel taurino singularmente astuto y marrullero que fue Antonio “Tono” Algara. Para el efecto, arrendó el Toreo de Cuatro Caminos – no la México, en manos de su adversario Alfonso Gaona –, encampanó al arzobispo primado Miguel Darío Miranda y Gómez y proclamó a los cuatro vientos que las utilidades que esperaba obtener serían destinadas a obras de la basílica de Guadalupe. Y armó seis carteles con el concurso de dos primeras figuras hispanas – Miguel Báez “Litri” y Antonio Ordóñez –, una autóctona – el maestro potosino Fermín Rivera, recién recuperado del infarto que finalmente lo retiraría de los ruedos –, tres jóvenes en plan de irrupción triunfal a partir de sus recientes doctorados – los mexicanos Joselito Huerta y José Ramón Tirado, y el onubense Antonio Borrero “Chamaco”, flamante producto del tremendismo entonces en boga –, y la segunda alternativa de Fernando de los Reyes “El Callao”, triunfador de la última temporada chica con ese arte tan suyo, endeble siempre y por momentos genial. 
De enviar el material bovino se encargarían los señores Madrazo –de La Punta y Matancillas–, Jesús Cabrera y San Mateo, ambas del campo bravo zacatecano, y del de Tlaxcala Rancho Seco y Mimiahuápam, la divisa debutante de Luis Javier Barroso…
Era esta feria un primer experimento en ese sentido en la capital mexicana, replicado un par de ocasiones más en el mismo coso de Cuatro Caminos e intentado en alguna ocasión y de manera tibia en la Plaza México.

La alternativa de El Callao

La segunda corrida de esa Feria Guadalupana se programó para el sábado 8 de diciembre de 1956.  Encabezaba el cartel Fermín Rivera que reaparecía después de haber sufrido un infarto de miocardio toreando en Monterrey seis meses antes e iba de segundo espada Antonio Borrero Chamaco. Los toros anunciados originalmente eran de Jesús Cabrera, pero como uno de los signos del serial, hubo baile de corrales y al final se lidiaron solamente tres de los originalmente anunciados y se remendó el encierro con otros tres de San Mateo. Carlos León, con su cáustico estilo refiere lo siguiente:
…de Saín el Alto habían traído unos moruchos que con mucho optimismo se suponía que iban a componer el encierro de esta tarde. Pero a mis gestiones personales, para librar a la fiesta del cucarachismo, se desinfectaron los corrales y desaparecieron así tres de los insectos colmenareños, que ahora estarán clavados con alfileres en la colección de cualquier naturalista, el cual desde luego será un entomólogo y no un señor que se dedique a darles pases naturales. Pero fue peor el remedio que la enfermedad, pues las tres sabandijas desechadas se sustituyeron por otras tres cucarachas sanmateínas, las cuales contagiadas del virus de mansedumbre que ya había en los corrales, resultaron una verdadera calamidad para la lidia…
El primero de la tarde fue Clavelito, de San Mateo y las crónicas relatan que únicamente quedó para la conmemoración de la efeméride. Lo importante llegó con el que cerró plaza, llamado Gordito y del hierro de don Jesús Cabrera Llamas. En la ya citada crónica de Carlos León, de tono epistolar y dirigida a don Eduardo Miura, se expresa lo siguiente:
…al sexto de hizo maravillas con la franela. Era otro torillo en miniatura, sarcásticamente llamado “Gordito”, siendo que más parecía procedente de la vacada del “Flaco” Valencia. Por si eso fuera poco, daba la impresión de que era un búfalo con cruza de bisonte o un cebú cruzado con vaca Holstein. Una ridiculez de ejemplarillo, como todo lo que sale de la vacada chuchesca. Pero “El Callao” está tan torero, tan en su punto de madurez y asentamiento, que logró meterlo en su muleta y torearlo asombrosamente, dando unos derechazos superiores, lentos, largos, majestuosos. Lo mejor, sin duda, de cuanto se vio en esta tarde. A patadas obligó a embestir al descastado morucho, para luego poner tal señorío en sus muletazos, que la gente se olvidó de la insignificancia del bicho y se asombró de la inmensa calidad que Fernando pudo poner en sus muletazos. Por desgracia volvió a estar inseguro con el acero y se le fueron las orejas, Pero, con lo que apuntó de buen toreo, basta para predecir que “El Callao” puede ser el mejor de la feria…
Esa alternativa la confirmaría Fernando de los Reyes al siguiente domingo en la Plaza México. Le apadrinaría Humberto Moro y sería testigo el toledano de Santa Olalla Gregorio Sánchez. El toro de la ceremonia se llamó Fígaro y fue de La Laguna. Ese día y ante ese primer toro de la tarde, volvió El Callao a ser el que realizara lo más torero de la tarde, aunque sin cortar orejas.

Ya de matador de toros El Callao tendría una actividad intermitente. Los criterios para medir el éxito en la fiesta se regían por los baremos sembrados por el tremendismo y se volvía necesario cortar las orejas a como diera lugar para seguir en el candelero, el ser y mostrarse torero ya no era suficiente y así, la luz que emitía Fernando de los Reyes en los ruedos se fue apagando poco a poco y fue creciendo su leyenda, que llega hasta nuestros días.

Concluyo con esta apreciación del ganadero Carlos Castañeda, que nos describe con precisión al torero:
En la literatura taurina se habla de escuelas del toreo para hacer referencia a formas comunes de torear de ciertos toreros, normalmente agrupados por zonas geográficas. Es para mí que esto funciona para aquellos que no resaltan y cuyo toreo en sus tardes de éxito o en su mejor expresión, se relaciona o se parece al de otros toreros de su misma calidad expresiva o técnica que coinciden territorialmente con determinadas partes del planeta de los toros. Los heterodoxos y las figuras no caben en estos cajones, porque imprimen sellos muy propios a “su” tauromaquia o desarrollan, aportan y establecen nuevas formas a “la” tauromaquia universal. La personalidad y el contacto con el público, condición de estos, los convierte en privilegiados y parece ser, que nuestro sujeto de plática fue uno de estos. “El Callao” fue un torero inclasificable. No pertenece a ninguna vertiente del toreo nacional. Esto fue para mí lo que lo mantuvo dentro de la aceptación del público capitalino tantos años y dio origen y vida a su trascendencia en el toreo mexicano…

domingo, 21 de diciembre de 2014

21 de diciembre de 1969: Ante Cagancho, triunfos de Alfredo Leal y Ángel Teruel

Alfredo Leal
(Imagen cortesia del blog Toreros Mexicanos)
Voy a hablar de nuevo acerca de Alfredo Leal. Y es que es uno de los toreros que en los principios de mi afición cautivaron mi gusto por la manera tan pura en la que hacía el toreo, pero sobre todo, porque en el ruedo, parecía torero. Quizás se me pueda responder que no rayó a las alturas que sus aptitudes parecían prometer, pero tampoco se me podrá negar que cuando se quiere traer al recuerdo a un diestro mexicano de clase y gallardía, uno de los primeros que salen a la discusión es precisamente el llamado El Príncipe del Toreo.

La efeméride

La tercera corrida de la temporada 1969 – 70 en la Plaza México fue anunciada con toros zacatecanos de José Julián Llaguno para Alfredo Leal, Eloy Cavazos y el madrileño Ángel Teruel. Los tiempos eran otros y la empresa que regentaba los destinos de la plaza de toros con más capacidad en el mundo no se preocupaba por cumplir con el derecho de apartado en busca de ofrecer después de satisfecho éste, carteles de mayor fuste. Es más, la celebración del 5 de febrero ni siquiera cobraba carta de naturalidad – eso llegaría hasta un cuarto de siglo después según lo contaba en este sitio de esta misma Aldea –, así que para dar lustre a la temporada, domingo a domingo se tenían que ofrecer carteles que llevaran a la gente al coso y no esperar conmemoraciones que más que taurinas, resultan ser meros happenings sociales.

Tengo la impresión de que esa tarde Alfredo Leal iba de telonero de Cavazos y de Teruel esa tarde. Para esas calendas, el que después sería llamado El Pequeño Gigante de Monterrey se encaramaba en la cabeza del escalafón nacional y Ángel Teruel había terminado su campaña española con la friolera de 77 festejos toreados, incluyendo una salida en hombros de la madrileña plaza de Las Ventas el 12 de mayo, día de su confirmación de alternativa – con corte de 3 orejas – así que Alfredo Leal, en principio, estaría llamado a ser un convidado de piedra en un festejo de esos a los que a veces se da en llamar de triunfadores.

Más la suerte a veces tiene caminos por los cuales, lo que se pretende que resulte no sale tal cual y así fue esa tarde de domingo de hace 45 años y fue precisamente Alfredo Leal quien refrendó su calidad de gran torero con una faena que queda para el recuerdo en la historia de la gran plaza.

La relación más prolija del festejo la hace Carlos León, el cáustico cronista del extinto diario Novedades de la Ciudad de México en la sección a su cargo titulada Cartas Boca Arriba, en forma epistolar, dirigida en esta oportunidad al general Ignacio M. Beteta y antes de entrar en materia, recojo este párrafo de ella, misma que creo que viene como anillo al dedo respecto de lo que en estos tiempos ocurre:
En el toreo, aunque es un arte donde también se dibujan momentos estéticos, no cabe lo apacible ni la belicosidad termina jamás. Es lucha permanente entre la fiera y el hombre, aunque aquélla ya no sea tan feroz, ni éste, por lo mismo, pueda enfatizar su hombría. Más no en balde, como en la oficialidad de la milicia, la espada es lo importante, lo que da rango, lo que hace que al propio lidiador se le llame el espada; porque el título de matador de toros se otorga, precisamente, al que sabe matarlos. Y al que no es capaz ni de matar el tiempo, transcurren los minutos y se le va vivo el enemigo. Y entonces, aunque uno esté en favor del desarme, tiene que armarse, al menos de paciencia…
Alfredo Leal y Cuate de Reyes Huerta

Respecto de la actuación del Príncipe del Toreo, Carlos León reflexionó lo siguiente:
Regalo principesco de Leal. – Alfredo, héroe ya de mil batallas, es un estratega de los ruedos. No tiene necesidad de ir a la línea de fuego, cuando, capitán general, puede ganar una batalla – como la que hoy ganó – sin por ello tener que oler a pólvora. Allá en la vanguardia que se rajen la cara con cualquiera de los “juanes” y los reclutas de la fiesta, que cuando se ha llegado a “Príncipe del Toreo” es muy difícil meterse en la refriega de ser carne de cañón… Por eso, a veces, como los mariscales de campo, ve las batallas a distancia con los prismáticos de su prudencia. Ya es raro que se meta en las trincheras como cualquier soldado desconocido y anónimo, pues, como usted bien lo sabe, en las grandes batallas pasa a la posteridad y a la historia el nombre de quien las dirigió, sin que nadie se acuerde de los que propiciaron la victoria con su sangre y con su vida… Hoy, en esta tarde pajarera, en que los seis toros de Don José Julián Llaguno vinieron bautizados con nombres de aves, Alfredo vio salir de la jaula de los sustos a “Gorrión” y le dio su alpiste de excelentes verónicas, lo mismo al saludarlo que en un quite. Y en la faena – que brindó a Mario Ramón, hijo de usted y cuñado de él – ha estado sobrio y elegante ante un enemigo sosillo, evidenciando los bien ganados entorchados de su mariscalato. Mató de certera estocada y ha salido al tercio a recoger la ovación… Más tarde con “Cuervo”, un pajarraco que se caía y de pocos vuelos para la embestida, Alfredo se concretó a sacudirle las plumas. Pero después, a petición del pueblo que exigía su aguinaldo, regaló un séptimo toro. Era de las dehesas de Don Reyes Huerta y resultó ser un dechado de docilidad, uno de esos regalitos que el Niño Dios destina a los que se han portado bien durante el año, el bicho de entra y sal, de carretilla, de arrancadas borregunas, pero que estaban pidiendo a gritos un torero… Y el torero allí estaba, para cuajar una de las mejores faenas de su carrera, sin entrega alocada ni desmedido arrojo, sin apearse de su trono principesco, pero trazando sobre el fabriano de la arena las pinceladas magistrales de sus muletazos. Nada de brocha gorda, sino con la transparencia de las acuarelas. Todo pausado y medido, hasta que el bello trasteo adquirió proporciones de faenón. Breve con la tizona, Alfredo el Grande ha cortado las dos orejas, para epilogar la tarde con las aclamaciones delirantes en la salida triunfal. Mejor regalo de Navidad no lo hubieran esperado los aficionados…
Ángel Teruel. Un brindis a Cagancho

El madrileño se fue sin apéndices en las manos, pero también hizo toreo del bueno. Brindó el segundo de su lote a Cagancho, que ocupaba una barrera de sombra. Vuelvo a la crónica de Carlos León, que dijo en su día esto:
Faenón también de Teruel. – Vea usted, mi general. Ese chavalillo vestido de corinto y plata es Ángel Teruel. Tan madrileño que nació en el número 11 de la madrileñísima calle de Embajadores, el 20 de febrero de 1950. Y la juventud será divino tesoro, pero esos mismos 19 años lo obligan a regresar de inmediato a España, para prestar su servicio militar como soldado del reino. Y lo que yo le decía a usted: él es un artista, pero tiene que vestir el uniforme, porque la guerra es la guerra y todavía no acabamos de civilizarnos… Bien había estado con “Colibrí”, aunque se apagó apenas salido del nido. Pero Angel se le arrimó, sobre todo en la emotiva primera parte del trasteo, rabioso en cuatro muletazos sentado en el estribo, y luego muy y muy artista, siempre cerca de los pitones y sacando muletazos excepcionales. Lo que se dice una faena pulcra, pero sin alturas de epopeya, aunque le han ovacionado fuerte… Lo grande – y sobre todo lo meritorio – fue lo que Teruel le hizo a “Canario”, un toro manso que saltaba al callejón y rehuía la pelea. Tras brindarlo al gitano “Cagancho”, a quien el público aplaudió con cariño, el madrileño sacó al toro de la querencia de los tableros y lo llevó a los medios. ¡Y cómo lo ha toreado! ¡Con qué garbo, con qué majeza, con qué gracia! Haciendo honor a la que tuvo a raudales el torero calé, le ha bordado un faenón impecable. Por desgracia, y tal vez porque ha subido el precio del acero, Teruel no consiguió que el suyo tuviera el temple necesario. Y se le fueron los apéndices cuando de sobra los tenía conquistados, perdiendo la batalla en el instante supremo. No obstante, el faenón de consagración ante el público metropolitano allí quedó como un limpio ejemplo de lo que es el bien torear. Dos vueltas al ruedo premiaron su cátedra de artista y, en cuanto vuelva de reconquistar el Peñón de Gibraltar de manos de los “Beatles”, aquí será esperado como uno de los elegidos...
Ángel Teruel
(Imagen cortesía de pcctoros)
Eloy Cavazos enfrentó a Jilguero y a Halcón en segundo y quinto lugar y solamente pudo ofrecer a la concurrencia sus habilidades de estoqueador, pues como se desprende de la narración transcrita, los toros de don José Julián Llaguno – cinqueños por cierto – no permitieron mayores florituras.

El 21 de diciembre de 1969

Es una fecha que representa un interés especial para mí. Hoy hace 45 años que mi padre, el cirujano Jesús González Olivares ejerció por vez primera como Jefe de los Servicios Médicos de la Plaza de Toros San Marcos en Aguascalientes. Don Guillermo González Muñoz también daba su primera corrida de toros como empresario – ya había ofrecido novilladas antes – con Rafael Rodríguez, Joselito Huerta y Raúl García, quienes lidiaron una corrida del ingeniero Mariano Ramírez. Hubiera querido escribir sobre ese festejo, pero la hemeroteca está en reparaciones y no tuve acceso al material necesario. Sirva esto para recordarlo.

domingo, 12 de enero de 2014

Jesús Solórzano y Fedayín de Torrecilla, a 40 años vista

Jesús Solórzano
(Aguascalientes, 1970)
Hace un año – días más, días menos – había publicado una primera versión relacionada con estos mismos hechos. Hoy retomo la remembranza, porque mañana lunes se cumplen cuarenta años de la realización de esta obra imperecedera y que a mi juicio, debe tenerse en cuenta en cualquier relación que se haga de los principales fastos de la historia de la Plaza México. Aprovecho la ocasión también para insertar una nueva relación de la faena que encontré y un par de nuevas imágenes del torero, que creo que revitalizan el recuerdo de este importante momento de la historia reciente de la fiesta en México.

En otro sitio de esta Aldea había señalado que Jesús Solórzano Pesado pertenece a una generación de toreros que bien pueden ser considerados los hidalgos – hijos de algo – de la torería mexicana. Su padre, lo decía la pasada semana, es una de las columnas fundamentales de nuestra Edad de Oro y él sin duda es uno de los fundamentales en lo que, con todo el compromiso que implica – Benjamín Flores Hernández dixit – me atrevo a calificar como nuestra Edad Moderna. Su decisión de hacerse torero, se la contó así a Carmelita Madrazo:

Me hice torero porque comprendí que lo más bello de la vida era torear un toro como mi padre lo había hecho. Desde niño supe ponerme un traje de luces y jugaba a los toros con José Escutia, quien entonces era el chofer de mi abuela. Mi padre jamás me obligó o entusiasmó a que yo fuera torero. Más bien, todo lo contrario. Recuerdo que el día que le dije que quería ser torero, puso el grito en el cielo, diciéndome que estaba totalmente loco. Se lo dije enfrente de Arruza, y los dos me dijeron horrores. Pero yo estoy completamente convencido, que en el fondo de sus corazones a los dos les fascinó la idea…

Las plazas y su historia

Creo que no incurro en ninguna exageración si afirmo que la temporada 1973 – 74 marcó la historia de la Plaza México con tres grandes hitos: La gravísima cornada que Borrachón de San Mateo infirió a Manolo Martínez y que le hizo ingresar clínicamente muerto a la enfermería; la triunfal despedida de los ruedos de Luis Procuna y la gran faena que el 13 de enero de 1974 realizara Jesús Solórzano al toro Fedayín de Torrecilla, en tarde en la que alternaba con Eloy Cavazos y Mariano Ramos y que es la que da la ocasión para que yo esté aquí por ahora.

La historia de las plazas de toros se escribe a partir de los hechos que los toreros escriben frente a los toros sobre su arena. Algunos serán gloriosos, otros estarán firmados con sangre, muchos más tendrán tintes épicos, pero todos ellos construirán la trama de una relación viva que a través del tiempo dejará constancia de que son escenarios vivos, órganos de la comunidad en la que están enclavados y para la que en una armonía bien entendida, son puntos necesarios de confluencia y de convivencia.

Jesús Solórzano y Fedayín

Algunas informaciones de prensa de la época, sugieren que se tenían dificultades para cerrar el cartel del 13 de enero de 1974, sexta corrida de la temporada. Creo importante señalar que en esos días la ganadería de Torrecilla era una de las que los diestros más importantes se disputaban para lidiar sus toros y en consecuencia, sus encierros, en la Plaza México, eran los que las figuras mataban. Al parecer iban fijos Eloy Cavazos y Mariano Ramos, pero el tercero en discordia era la complicación. Al final, la empresa (DEMSA), se decidió por llevar a Jesús Solórzano, que iría como segundo espada.

Jesús Solórzano
Ya arrancado el festejo, la corrida no dejó mal la fama de su divisa, aunque la falta de fuerza de los toros no permitió el lucimiento de los toreros ante la mayoría de ella. Y es que en ese año de 1974 el campo mexicano estaba convulso, agitado por una nueva implementación de la legislación agraria que regía en esos años, que afectó grandemente a la crianza del toro de lidia, lo que en ese tiempo y en el venidero, tendría consecuencias que aún no han sido debidamente justipreciadas.

El quinto toro de esa tarde fue llamado Fedayín – al socaire de las circunstancias políticas internacionales del momento – y le tocó en suerte a Jesús Solórzano hijo. Ante ese toro, Jesús Solórzano Pesado escribiría uno de los capítulos más trascendentes de la historia de la Plaza México.

Recurro al testimonio de Carlos León, quien en su sección titulada Cartas Boca Arriba, publicada en el desaparecido diario Novedades de la Ciudad de México – 14 de enero de 1974 –, dirigía en forma epistolar, a algún destacado personaje de la vida nacional o internacional, la crónica de la corrida en un tono a veces jocundo y casi siempre mordaz:

Con Chucho “Superstar” renació el toreo estelar: Dos orejas 
Sr. Don Lucas Lizaur
El Borceguí
Bolívar 27
México 1, D.F. 
En la Plaza México, el domingo 13 de enero de 1974 
Jesús Solórzano II, que inesperadamente entró al cartel como con calzador, parecía que iba a ser El Ceniciento de la tarde; un simple “arrimado”, marginado en un rincón de la cocina mondando patatas, mientras otros se despachaban el caldo gordo con la cuchara grande. Pero resultó que el “arrimado” salió a arrimarse, que es, si no lo primordial, sí indispensable para pisar fuerte. Pues, como tu bien sabes, esto del oficio del toreo es como un remendón poniendo medias suelas: Unos le dan al clavo y otros se destrozan los dedos… ¿Qué fue lo que hizo Chucho para armar la que armó y colocarse, de golpe y porrazo, en un sitial que nunca había tenido? Pues muy sencillo: Volver los ojos hacia el toreo de antaño, al toreo clásico, al torear rondeño. En vez de dejarse llevar por el camino herético de la supuesta e iconoclasta “Escuela Mexicana del Toreo”, retornó a la verdad y a la naturalidad, a la pureza de procedimientos, a la estética desahogada. Y con eso tuvo para abrirle los ojos al público, que en una revelación volvía a ver los viejos moldes que creían haber roto los falsos profetas… Por supuesto que, en esto del toreo, como en el bien calzar, cada quien necesita un ejemplar “a su medida”. Ni chicos que le aprieten, ni otros que le vengan grandes, para que el asunto camine. Ni duros, como los de anca de potro, a los que hay que amansar, pues normalmente, entre la torería moderna, se sienten más a gusto con los que ya vienen amansados… Pero Chucho, a la inversa del popular slogan, es un joven con ideas antiguas, con la añeja solera de su padre, el “Rey del Temple”. Si bien con el capote anduvo desdibujado – lo estuvieron todos –, en lo demás, hasta en adornarse en banderillas que ya casi nadie las clava, hizo una faena de “las de ayer”, un trasteo de los que quitan años de encima, con muletazos y buenas maneras de otras épocas. Todo lo gris que había estado en su primero, fue luminosidad con este quinto toro, que en mala hora bautizaron “Fedayín”, nombre aborrecible para personas civilizadas. Para tan bella faena, pocas nos parecieron dos orejas y dos vueltas al ruedo. Pero eso era lo de menos, había resucitado el bien torear y eso nos llenaba de regocijo…

La crónica de Carlos León resalta el valor intrínseco y esencial de la faena de Jesús Solórzano a Fedayín, la pureza en su trazo y en los procedimientos que utilizó y que no resultan ser más que el reflejo de una tauromaquia concebida a partir de la naturalidad en su ejecución y en una técnica muy depurada en su concepción. Es por eso que el cronista, al describirla, la señala como una faena de las de ayer.

La unanimidad de los cronistas fue notable. Don Antonio García Castillo Jarameño, titular de la sección taurina del diario deportivo Ovaciones de la capital mexicana se pronunció en el sentido siguiente:

Con la franela, la obra cumplida; la faena en que estuvo impreso un estilo personalísimo, tanto en las formas como en la construcción, muletazos acendrados, con el ritmo preciso, a la distancia justa, a la altura necesaria, engolosinando al noble y bravo burel de Torrecilla, haciendo que el enorme coso fuera un solo olé, y que la gente sintiera que admiraba algo distinto, nuevo, que no era más que eso: el personal sentir de un hombre frente a un toro... ¡nada más! Ahí trenzados en magníficas formas derechazos y naturales; ahí la culminación con el muletazo de pecho cumplido en su cabal dimensión; ahí la arrucina, pero la arrucina sin aprovechar el viaje, sino citando, embarcando, es decir, toreando y el remate justo con uno de pecho de cabo a rabo. Y los adornos – suficiencia y torerismo – en esos derechazos en redondo citando casi de espaldas, los medios pases ligados con otros por bajo sobre la diestra. Pero sobre todo y además de todo, todo ejecutado con un aliento de personal calidad... sí, “El estilo del hombre”. Dos orejas, tras un pinchazo y una más de media. Ovación inacabable y dos vueltas al anillo con salida a los medios...
Menos ditirámbica que la de Carlos León, la relación de Jarameño deja en claro que la obra realizada por Jesús Solórzano ante Fedayín no era cosa de cualquier domingo, sino una faena de esas que se recordarían por siempre.

Cinco años después del hito, en el programa de televisión Toros y Toreros del Canal 11 de la capital mexicana, que en ese entonces (1979) conducían Julio Téllez, Luis Carbajo y José Luis Carazo Arenero, se proyectó el vídeo de la faena y lo comentó el propio Jesús Solórzano, quien entre otras cuestiones dijo sobre ella lo siguiente: 

Esa tarde era de mucho compromiso, el único vestido que tenía para estrenar era ese y yo me dije: “o me retiro de los toros, o me compro más vestidos…”, me la estaba jugando al todo por el todo… son faenas que te ponen en tu sitio y que te dan aire para caminar… no podía yo fallar con el toro, todo lo que tenía que hacer era muy pensado, ya después te vas gustando, te olvidas de todo y te entregas al placer de torear… había que darle la pausa al toro, dejarle respirar… mi toreo tiene la influencia de la buena tauromaquia… hoy me doy cuenta de lo grande que puede ser la amalgama de las suertes que tiene el toreo… los toreros hemos perdido mucho porque estamos haciendo un toreo estándar, un toreo igual… esta faena recurre al toreo clásico, se inspira por ejemplo en Pepe Luis Vázquez, Manolo Vázquez, Paco Muñoz… lo de ahora es muy bueno, pero con lo de ahora y lo de antes, hay que hacer algo mejor…

Jesús Solórzano (hijo)
Apunte de Pancho Flores
Como se aprecia, a un lustro de distancia, Jesús Solórzano distinguía, creo que sin petulancia, el valor de su obra ante Fedayín, y establecía las líneas divisorias entre el toreo puro y lo que se pudiera considerar el toreo moderno. No se mostraba refractario a lo que algunos han dado en llamar la evolución del toreo, pero sí dejaba bien claro que las bases fundamentales de la tauromaquia son inamovibles, que son esenciales y cualquier modificación que se plantee, ha de ser a partir de ellas.

La leyenda de Jesús Solórzano Pesado no se constriñe solamente a Fedayín. Los capítulos de su historia en la Plaza México llevan también nombres como Bellotero, Pirulí, Sardinero o Billetero y aunque el epílogo pareció escribirse en ese ruedo el 8 de marzo de 1992 con un toro de nombre Joronguito, de vez en cuando se calza la guayabera y la calzona y se amarra los zahones para dejar en los ruedos lecciones de una torería que no se debe perder.

Concluyo con esta reflexión que sobre el torero hace Leonardo Páez:

Estilista, entendido no sólo como el torero de refinado estilo sino, más ampliamente, como el diestro poseedor de un estilo acentuado, interesante, distinto, capaz de provocar en las masas la necesidad de acudir a verlo cada vez que es anunciado…
Decía al inicio que en este día se cumplen cuarenta años de esta gran obra de Jesús Solórzano, misma que resulta ser una de las faenas que son consideradas de culto por la afición y verdaderamente trascendentes en las ya casi siete décadas de existencia de la plaza de toros más grande del mundo.

Pertinente aclaración: Los resaltados en las crónicas de Carlos León y de Jarameño son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en el original.

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