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domingo, 28 de febrero de 2010

Una estampa del pasado (IV)

El ganadero y los toros de lidia

Ha corrido por toda España la noticia inverosímil de que el acaudalado D. Faustino Udaeta, ha resuelto deshacer su acreditada ganadería y convenirla en vacada de reses mansas con destino al matadero público, en vista del mal juego que dieron sus toros en la Plaza de Madrid el día 13 de mayo; y, francamente, como aficionado admirador de la brillante historia de los toros de Freire, Torre y Rauri y Miura, no puedo menos de considerar aquella resolución, si es cierta, como impremeditada y de escaso fundamento; porque si todos los dueños de ganado bravo que saliese manso un día o dos al año, tomasen tal determinación, ¡adiós corridas de toros! Por fortuna, paréceme que no hay que abrigar semejante temor, si entra la reflexión en el asunto; que ahora, como antes y como siempre, no se compran las ganaderías sólo por hacer alarde de riqueza, sino también por afición, por el placer que a los dueños proporcionan las faenas de campo; los mil accidentes de la crianza de los becerros, y cuidado que en todas épocas hay que emplear hasta verlos en completo desarrollo y aptitud para la lidia, y por la satisfacción que justamente ha de causarles ver en los Circos sobresalir sus reses entre otras, dándoles honra y provecho.

Una ganadería que tiene el origen que antes he dicho; una divisa de ochenta años de antigüedad, y unos recuerdos se han lidiado, no puede, no debe desaparecer. Si tal hace el Sr. Udaeta, mostrara más afición a otro género de utilidades, que a las lidias de toros bravos; acreditará que compró la vacada como negocio mercantil, y no como aficionado; y que al menor revés que experimenta, cambia de rumbo, importándole tanto el titulo de ganadero de reses bravas, como el de tratante en bueyes. Si tal determinación fuese cierta, irrevocable, no habría palabras para calificar al Sr. Udaeta, a quien he creído hasta ahora un buen aficionado y un entendido criador de toros de lidia; y desde luego haría dudar “de su afición y de su inteligencia”, si la realizase sin reflexionar maduramente.

No demuestra una ni otra quien, rompiendo un pasado de mucha nombradía, lanza al ruedo los toros que presentó en la corrida del 13 de Mayo, que no eran, a los ojos de un conocedor práctico, ni de buen trapío, ni de esas condiciones exteriores que a primera vista hacen concebir esperanzas de bravura. Que eran grandes y estaban gordos y bien criados: ¿y qué? gordos, y grandes, y limpios, y lustrosos, llevan carretas algunos bueyes murcianos, que da gozo ver por las calles de Madrid, haciendo comprender que a unos y a otros se les alimenta bien, hay esmero en atenderlos, y no se escatiman gastos; pero no es eso únicamente lo que exige el toro de lidia, cuya bondad se aprecie por su forma estética.

Aparte de la sangre de casta, que en su mayoría es indispensable para que dé buen resultado al lidiarle, y esa la tiene su ganadería; además de la mayor bravura que en las tientas acredite, si se hacen escrupulosamente, lo cual dudo, bueno es atender a otras particularidades que distinguen al toro fino del basto; de esta clase fueron la mayor parte de los lidiados el día 13, puesto que tenían patas gruesas, vientre abultado y cuerna blanca, señales todas de haber embastecido una casta que fue tan fina, y prueba evidente de que para ser ganadero de toros se necesita algo más que dinero. De cien reses que se aparten con esas señales, noventa resultan en la lidia bueyes mansurrones; y precisamente acontece lo contrario cuando se presentan finos de estampa o lámina.

¿Sabe el Sr. Udaeta cuáles son los signos distintivos de un buen toro fino y de lidia? Pues voy a decírselos para que si no destruye, como no debe destruir, su ganadería, los tenga presentes; y si los supo y los olvidó después, los aprenda nuevamente, así como algunos aficionados que llamaron de buen trapío á los bichos del día 13, sin saber lo que decían.

El toro de lidia ha de tener cabeza medianamente voluminosa, algo acarnerada, pero no estrecha; antes al contrario, debe ser ancho el testuz, en proporción a la misma; hocico pequeño; ojo saliente, vivo y brillante; cuernos bien colocados: ni muy altos ni muy bajos, ni estrechos ni anchos en demasía, verdinegros y no blancos; oreja pequeña y muy movible; cuello flexible, corto y redondo; pecho no muy ancho y profundo; vientre recogido; ancas ligeramente elevadas; dorso marcado, pero lleno; lomos rectos, cola alta, fina y prolongada, hasta pasar los corvejones; extremidades anteriores, o sean los brazos rectos y delgados; las posteriores casi rectas; los corvejones bien pronunciados; las cuartillas de los cuatro remos, más bien largas que cortas; pezuñas casi redondas, recogidas, bien hendidas, elásticas y del color de los cuernos, muy obscuras o negras; buenos aplomos, y los órganos de la generación normalmente constituidos y bien desarrollados; y en cuanto al color de la piel o capa, siempre aparecerá más agradable a la vista el obscuro que el claro, y el berrendo que el sardo, salinero, etc.

Un toro de esas condiciones, en completa libertad dentro del Circo, donde los rayos del sol sobre su piel la hagan aparecer fina y brillante, como la de un buen caballo limpio con braza y cepillo, rara vez es manso; un toro así, de movimientos rápidos, enérgicos y muy desenvueltos, con los órganos de sus sentidos muy desarrollados, especialmente los de la vista y el oído, es un ejemplar magnífico, cuya presencia en el redondel excita la admiración de los espectadores, haciéndoles concebir desde el primer momento esperanzas de su bravura. Hasta los más refractarios a nuestra incomparable fiesta, no pueden ocultar su asombro al contemplarle, al observar su gallardía y arrogancia, y al considerar que sólo en España, y nada más que en nuestro privilegiado suelo, se crían al aire libre esos ejemplares tan hermosos, tan fieros y tan valientes como nobles.

J. Sánchez de Neira

Pregunto:

¿Habrá quien a un siglo y tres lustros vista, de cualquier lado del Atlántico, tenga la dignidad de hacer lo mismo que el señor Udaeta ante un desastre cómo los por él sufridos?
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