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miércoles, 26 de octubre de 2011

Recuerdos de un torero...


Antoñete en Caracas, con un toro mexicano de
Manuel de Haro

El pasado mes de mayo vio la luz Recuerdos de un torero, libro que recoge remembranzas y memorias de ese gran torero de plata que ha sido don Andrés Luque Gago. En ellas recoge sus recuerdos de escuchar hablar de toros a Rafael El Gallo y a Juan Belmonte; su visión de lo que fue la torería de Manolete; su paso por los ruedos como novillero amparado por uno de los grandes apoderados que la historia de eso ha conocido, su tío Andrés Gago y por supuesto, una extensa trayectoria como primero en las cuadrillas de figuras del toreo como Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordoñez, Antonio Bienvenida, Rafael de Paula - con él le ví en México - o Paquirri.

También fue con Antoñete. En los años sesenta, cuando se decía que Antonio Chenel había resucitado. De esa época, en el capítulo 12 del libro, publicado por la editorial Isla de Siltolá, en su colección Levante, dice lo siguiente acerca del torero de Madrid:

Grandes expectativas con Antonio Chenel, Antoñete
Antes de acabar la temporada del año 1966, José Ignacio Sánchez Mejías me ofreció continuar a las órdenes de otro de los toreros que apoderaba, esta vez, Antonio Chenel, Antoñete. Ese año había hecho la famosa faena al toro blanco de José Luis Osborne en Madrid.  
Estuve con él las temporadas de 1967 y 1968. Las dos tuvieron altibajos debidos a las inoportunas lesiones; también triunfos excepcionales, como la tarde de los toros de Urquijo, en Madrid, alternando con Antonio Ordóñez y Manolo Cortés. No toreamos muchas corridas, pues cada vez que triunfaba volvía a lesionarse y tenía que parar.  
Una lástima, ya que estaba dotado con unas cualidades excepcionales y, en esa época de apogeo de El Cordobés y la heterodoxia, muchos aficionados empezaban a reclamar los cánones puristas, sobre todo en Madrid. Fue una época apasionante, había muy buenos toreros y mucha variedad. A las figuras se había unido una nueva generación con toreros como Diego Puerta, Paco Camino y Santiago Martín El Viti.  
Todos toreaban más por ese motivo, Antoñete no podía rentabilizar los éxitos por culpa de las lesiones, casi siempre roturas, que tardan en curarse mucho más tiempo que las heridas. Las expectativas siempre eran máximas, había motivos para ello.  
Tenía un concepto puro, muy lúcido en la elección de los terrenos y las distancias, excepcional en las largas. El sentido estético y la hondura recordaban detalles que había visto a Juan Belmonte en los festivales; y su capacidad para colocarse a la de Manolete; sin embargo, era un torero muy distinto a ambos, respecto del primero por su toreo fundamentado en la relación de suertes fundamentales ligadas; del segundo por la relación completa de esos muletazos iniciados por delante, mucho más largos.  
Siempre fue una referencia del toreo puro, de la clarividencia para la elección de los terrenos y las distancias en función de las cualidades de cada toro. Tenía un valor frío y sereno, casi siempre oculto por la pasión de su temple y la estética consecuente. La limitación del número de corridas no disminuyó su vitola de torero importante. Tenía grandes cualidades y mucha clase.  
Pronto se convirtió en un torero de toreros y eso le dio un prestigio que lo avaló siempre. En cierto modo, en la década de los sesenta también anticipó, como Manolo Vázquez antes, la que sería la magistral etapa de principios de los ochenta, en la que, respetado por las lesiones, mantuvo la máxima categoría como figura del toreo.  
En sus cuadrillas seguí llevando el peso de la lidia. Paraba los toros y se los enseñaba por ambos pitones. Una vez fijados y mostrados intentaba molestarlos lo menos posible. Antoñete les sacaba cuanto tenían dentro. Con capote y muleta se empleaba, sobre todo, en las suertes fundamentales. Desplazaba y les podía tanto que éstos quedaban sometidos con autoridad. Aparentaba una facilidad inusual en los toreros con tanta profundidad. Su sentido del temple hacía el milagro.  
De nuevo, fueron dos años magníficos en lo profesional y lo personal. Siempre fue persona de pocas palabras, de trato muy agradable y especial. Daba gusto viajar con él y salir a la plaza a sus órdenes. La convivencia era muy grata, todos estábamos a gusto y nos sentíamos realizados a su lado. Nos daba sitio como toreros y nos apreciaba como personas.  
Cuidaba mucho a las cuadrillas, tanto en la elección de los miembros, que consideraba imprescindibles para el resultado artístico y, por encima de ello, para su integridad; como en el trato que les dispensaba. Eso aumentaba su cartel entre los taurinos y los toreros.  
Su planta de matador de toros, joven, seguro de sí mismo, le proporcionaba un atractivo que sabía gestionar delante de los toros y, fuera de las plazas, le aseguraba el éxito entre los taurinos.  
No paraba de fumar, incluso en la plaza lo hada entre toro y toro. Su imagen con el cigarrillo, habitual en algunos toreros desde tiempos de Manolete, le daba un aire actual, que lo caracterizaba. El mechón blanco en la parte delantera del pelo completaba una imagen personal, la imagen de un gran torero...

Este es el recuerdo que un torero hace de otro torero, y la historia nos demuestra que ambos supieron equilibrar, cada uno a su aire, la miseria de ser hombres con el prodigio de serlo, y provocar en quienes los aclamaron y en quienes los seguimos admirando, un orgullo profundo como aficionados pensantes a la misma Fiesta que ellos tanto amaron y a la que tanta grandeza dieron.
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