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domingo, 8 de junio de 2014

Ética, estética, patética… ¿y la épica?

En el primer tercio del año 2003 David Silveti concedió a Francisco Prieto y a Eduardo Garza una extensa entrevista a propósito del anuncio que hizo de que debido a una lesión neurológica causada por un percance sufrido en San Miguel de Allende al final del año anterior, se veía precisado a dejar los ruedos en definitiva. En esa charla con los entrevistadores, El Rey David habla de lo que fue su vida en los ruedos, de lo que esperaba para el porvenir – que él mismo se encargaría de truncar meses después – y de lo que representaba para él la fiesta de los toros.

En uno de los diálogos iniciales, David Silveti expresó lo siguiente:
Haces cosas técnicamente aberrantes y, sin embargo, las haces porque ves que las puedes hacer y porque estás muy entregado y muy lanzado… En el toreo paralelo yo ya no me cruzaba sino que, a diferencia de Manolete, que dejaba la muleta atrasada, yo la echaba para adelante y únicamente corría la mano. Gané mucho en verticalidad, que es parte de la estética. Gané mucho en patética, porque los toros me pasaban cerquita – a diferencia de los toreros que se cruzan –. Siempre fui muy respetuoso de la parte ética, del ser coherente dentro y fuera del ruedo, de una serie de cosas por respeto a mis antepasados, a todos los que han regado sangre en la arena por defender una posición. Entonces me tomé como norma estos tres pilares: la ética, la estética y la patética… (Ética, estética y patética: tres ejes del arte taurino. – Ixtus, número 43, año XI, Homenaje a David Silveti, México, 2003, Págs. 91 – 92)
La ética

La declaración de principios – en retrospectiva – que hace David Silveti implica que el ejercicio del toreo lleva implícita una moralidad, un conjunto de virtudes que, desde un enfoque aristotélico, deben desarrollarse como hábitos – la valentía o la templanza – pues como afirmaba el estagirita, para ser valeroso, hay que actuar valerosamente. Cuando esas virtudes son llevadas a un ejercicio, toman la forma de saber práctico, de excelencia en la deliberación. Las virtudes se desarrollan con el aprendizaje y maduran con la experiencia.  De aquí podemos derivar que el toreo, como la vida es más compleja que un simple juego de teorías y de reglas, pero esas reglas y teorías son el cimiento de un ser y un estar, en este caso, en el ruedo, que hace diferente al torero que se sujeta a ellas, de todos los demás.

La estética

Luego, hace referencia a la estética. Samuel Ramos, filósofo mexicano, afirma lo siguiente:
Puesto que la estética tiene que definir el concepto del arte, su gran problema radica en la multitud de formas históricas que apenas parecen tener algo de común entre sí. Las formas del arte varían con los pueblos, las épocas, las culturas, los lugares; en un mismo lugar y en el mismo tiempo, el arte varía de individuo a individuo. Los valores artísticos tienen altas y bajas, a veces en cortos intervalos y parecen estar sujetos al capricho de la moda… Una vez acabada la obra de arte y salida de las manos de su autor, empieza a vivir una vida propia… La obra de arte una vez creada ejerce por contragolpe una sugestión en el espíritu de su propio autor y, con frecuencia, traza el cauce de sus creaciones posteriores. En un cierto momento, por debilitamiento del poder creativo, puede darse el caso del artista preso en su propia obra y condenado a repetirse a sí mismo…
La obra de arte vive por sí sola y ostenta cualidades objetivas, pero no necesariamente existe como cosa en sí. Efectivamente tiene un sustrato material, aunque lo artístico de la obra no radique en esa materialidad. La obra de arte se presenta como tal, solo cuando es apreciada por un espectador. Es allí cuando la obra de arte se convierte en objeto estético o como algunos lo señalan, un objeto de apreciación estética.

La materialidad de la obra de arte en la tauromaquia se circunscribe a la conjunción del toro y del torero en el redondel. Es una materialidad efímera, puesto que cada lance de la lidia es irrepetible. También, esa materialidad es fugaz, porque una vez llevada a cabo una faena, no queda más que en la mente del espectador y en la reproducción, más o menos fiel que de algunos instantes de ella se realizan. Al final, lo que queda para trascender, es el conjunto de sensaciones que toro y torero produjeron en quien los presenció, sensaciones que ningún medio puede reproducir.

La patética

Y lo que el hijo y nieto de los Juanes llama la patética. Según el diccionario de la lengua, patético es aquello que es capaz de mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes, y con particularidad dolor, tristeza o melancolía.

Entonces, esa patética se traduciría, creo, en la capacidad del artista de transmitir a sus observadores los sentimientos que pretende transmitir con la obra realizada o en el caso de la tauromaquia, con la faena que se realiza, pues dadas las características del arte del toreo – fugaz, efímero, pero trascendente – la comunicación con el espectador tiene que producirse en el instante mismo de la creación, no puede dejarse para después, porque entonces, ya no habrá obra, habrá concluido, fenecido.

La épica

La épica es la narración o el canto de lo heroico. Lato sensu, podrá afirmarse que el toreo lleva implícita su propia épica porque quien se viste de luces y enfrenta un astado tiene un cierto dejo de heroísmo. En otros tiempos quizás fuera así. Hoy con el toro determinado – Alameda dixit – el valor estética es el que parece primar sobre todos los demás y el de la ética parece ser el que se ha quedado al final de la escala de valores.

Pero hay oportunidades en las que tenemos la ocasión de recordar que el torero es mucho más que un héroe literario. Lo pudimos apreciar el pasado jueves 5 de junio en la plaza de Las Ventas, cuando una seria corrida de Victorino Martín exhibió por una parte, que el arte del toreo no es solo aquello de pegar pases – dar pases no es lo mismo que torear dijo textualmente Ortega – sino que implica el saber lidiar y el poder a los toros que no son adecuados al toreo que hoy gusta.

En casos como éste los toreros no pudieron expresar lo que la mayoría entiende como arte. La opción que les quedó a los torero fue la de – materialmente – jugarse la vida y lidiar y matar lo que le salió de los toriles de la plaza, es decir, luchar con el toro incitándolo y esquivando sus acometidas hasta darle muerte

Los toreros salieron entre almohadillas y pitos de la plaza. Manolo Rubio, tercero de la cuadrilla de Antonio Ferrera, con una cornada y una lesión de ligamentos en una rodilla que quizás le quite de torero. Y los toros de Victorino Martín se fueron al desolladero entre inmerecidas ovaciones, cuando en realidad ocultaron su mansedumbre con genio. 

Peligrosa bipolaridad de un público – excluyo al aficionado cabal – que dos días antes daba síntomas de su padecer al dividirle la opinión a Diego Urdiales tras de hacer el toreo y un par de toros después, pedir dos generosísimas orejas para Miguel Ángel Perera y al día siguiente volver a abrir la puerta grande a Daniel Luque en lo que pareció una barata de liquidación de premios por final de feria.

Rematando

David Silveti no enunció a la épica como valor en su declaración de principios y sin embargo está bien presente. Los toreros son héroes más allá de la literatura – de color o no – y han escrito brillantes páginas a partir de esa arista del hacer en los ruedos. No nos olvidemos de ella y no dejemos también de respetarla.
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