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domingo, 27 de septiembre de 2020

A 90 años de la alternativa sevillana de El Rey del Temple

Anuncio de la feria
de San Miguel de 1930
El final de la temporada de novilladas de 1929 en El Toreo se centró en cuatro nombres: Carmelo Pérez, Esteban García, José González Carnicerito y Jesús Solórzano. Ellos disputaron la Oreja de Plata en una novillada extraordinaria celebrada el domingo 8 de septiembre de ese año y el que se la llevó fue quien después sería conocido como El Rey del Temple. Es también de hacer notar que los otros tres alternantes morirían al paso del tiempo a consecuencia de las cornadas que dan los toros y que solamente uno de ellos, Esteban García, no recibiría la alternativa antes de su mortal percance en Morelia apenas dos meses después de esa novillada de triunfadores.

El haber obtenido el argentino trofeo le aseguró a Solórzano la alternativa en la temporada de corridas siguiente y así, el domingo 15 de diciembre siguiente, en la novena corrida de la temporada 1929 – 1930, el santanderino Félix Rodríguez, con el testimonio de Heriberto García, le cedió los trastos para matar al toro Cubano de La Laguna. Esa tarde Rodríguez realizó su más grande obra en nuestros ruedos al cuajar al toro Cafetero de Piedras Negras en el máximo escenario taurino de nuestro país.

Alboreando 1930 Jesús Solórzano marcha a España y como en aquellos años las alternativas americanas no eran consideradas válidas allá – eso se vino a resolver hasta el año de 1944 – debió torear por aquellas tierras como novillero, tratando de obtener una alternativa española que le permitiera ingresar con fuerza en las filas de los matadores de toros allá. Se presenta en la Maestranza de Sevilla el 11 de mayo, alternando con Alberto Balderas – debutante también – y Diego Gómez Laine y pierde apéndices por el mal manejo de la espada, regresando a ese escenario los días 18 y 29, alternando de nueva cuenta con Balderas en ambos festejos, el último, mano a mano.

Debuta en Madrid el 21 de julio de ese año, alternando con Rafael Saco Cantimplas y Manuel Zarzo Perete en la lidia de novillos de Juliana Calvo Viuda de Bueno, Duque de Tovar y Galache (se puede ver aquí) y esa tarde tiene un triunfo resonante, pues con el segundo de su lote armó una gran escandalera, cortando, según a quien se lea, un rabo o dando nada más una vuelta al ruedo… El hecho incontrastable y en eso coinciden los seis cronistas que pude consultar sobre el particular, es que la multitud se lo llevó en hombros de la plaza.

La alternativa

En esa línea triunfal llevó su decurso novilleril Jesús Solórzano durante el año de 1930 en España. Tanto así que se le ofreció la alternativa para la Feria de San Miguel de Sevilla de ese mismo año y en un cartel inmejorable. Le apadrinaría Antonio Márquez – quien además llevó siempre una estrecha amistad con Jesús – y sería testigo Marcial Lalanda. Se apartó para la ocasión un encierro de los hermanos Luis y José Pallarés (antes Peñalver).

Antonio Márquez fue herido el jueves 25 en Barcelona y estando anunciado como cabeza de cartel para las dos corridas de feria, la edición de El Correo de Andalucía del sábado 27 anunciaba que sería sustituido el domingo 28 por Cayetano Ordóñez Niño de la Palma y el lunes 29, día de San Miguel, por Joaquín Rodríguez Cagancho, así pues el padrino de la alternativa de Jesús Solórzano sería Marcial Lalanda, diestro de mayor antigüedad.

El toro de la ceremonia se llamó Niquelado y no fue precisamente uno que permitiera el lucimiento, sin embargo el toricantano estuvo esforzado y digno. La crónica de Juan Mª Vázquez, en el ABC de Sevilla, entre otras cosas, cuenta lo siguiente de esta trascendente tarde:

De la campaña que el novillero Solórzano desarrolló entre nosotros – olvidando descensos inevitables –, quedaban, para hacerle merecedor de la categoría máxima, los buenos recuerdos de sus lances de capa, ceñidos, templados y elegantes, y, sobre ello, la emoción de la soberbia faena de muleta con que enardeció a los sevillanos, en la tarde en que se les dio a conocer. Las crónicas y comentarios que inspiró su labor afortunada constituía – aún sin el aditamento de su triunfo en Madrid – documentación suficiente para unir a la solicitud de alternativa, escalada hoy por cualquier audaz exento de valor personal y de méritos artísticos. Ya la tiene Solórzano, y alcanzada en la cuna y la sede de su arte. Que siempre use de ella con pundonor y decoro, mirando a completar su personalidad en el oficio – que es ya distinguida – y evitando a quienes fueron los primeros en aplaudirle por estas tierras el mal sabor de las retractaciones.

En su día solemne, el notable lidiador se produjo con ese pundonor que para lo futuro le pedimos; animoso, lleno de los mejores deseos se esforzó en agradar al concurso, y si no siempre el éxito correspondió al designio, por lo general su labor fue buena y dejó grato sabor. 

Capeó al natural al que abrió plaza de salida y en los quites – adornándose aquí con una vistosa serpentina – estirado, quieto y apretándose. Aunque el toro no tenía buen estilo – la corrida de los Sres. Pallarés en ese respecto, dejó bastante que desear –, quiso sumar al esfuerzo de su arte banderillero, y reuniéndose muy bien puso con gran facilidad dos pares y medio – derrotando el bicho las dos últimas veces – que le fueron – como los lances consignados – aplaudidísimos. En fin: investido por Marcial, libró con un buen ayudado una acometida imprevista y, seguidamente, entre dos naturales aceptables, consumó, sereno y valiente, un gran pase de pecho. Con la derecha, cerquísima de las astas, aunque sufriera más de un derrote, siguió con adornos el estimable trasteo, hasta que, igualada la res, entrando muy ligero, dejó una estocada atravesada. Un descabello a la segunda tumbó al enemigo, y Solórzano, afectuosamente ovacionado, dio la vuelta al dorado círculo…

Por su parte, Enrique Feria Triquitraque, en El Correo de Andalucía, reflexiona lo siguiente:

Marcial Lalanda le entregó los trastos al mejicano, que por cierto y como dato que estimarán los historiadores, vestía flamante traje de seda blanca con adornos de oro. ¡De «durce»! Se abrazaron, etc., etc., y el público, tan propenso a contagiarse de estas escenas, aplaudió a Solórzano con cariño.

Jesús brindó al presidente (don Jesús Mensaque, el simpático edil trianero), y luego a gran aficionado don Agustín García Mier. El muchacho se encaró con el bicho todavía no hemos dicho que el ganado lidiado en esta corrida era de los señores Pallarés, sucesores de Peñalver. El toro, manso, cabeceaba mucho.

Jesús, molesto por el viento, inició su faena con un pase ayudado por alto bueno, a los que siguieron dos naturales, el segundo muy apretado, y uno de pecho muy forzado. El toro no era el toro ideal... Jesús, desde cerca, muy voluntarioso, siguió toreando con la muleta, dando varios pases de tirón y otros ayudados por bajo.

La tranquilidad del espada, su buena voluntad, hizo que esta faena fuera subrayada con la intervención de la banda de música. Siguieron otros pases lucidos, entre ellos uno de la firma bueno, y perfilándose desde cerca y entrando a matar con ganas, dejó una estocada corta y caída, y puso fin a la vida del adversario con un descabello a pulso al segundo intento.

El público ovacionó entusiásticamente al nuevo doctor, al que obligó a dar la vuelta al ruedo.

En el resto de la corrida, Solórzano estuvo decidido y dispuesto e hizo varios quites buenos y principalmente uno EXTRAORDINARIO en el tercero. Había entrado en quites Marcial derrochando alegrías. Siguió el Niño de la Palma en su quite entusiasmando al público con unos lances por gaoneras y media verónica estupenda... y Solórzano se creció e hizo el quite de la corrida ¡el mejor!... Fueron dos lances soberbios, insuperables, y media verónica aún mejor que los lances ¡imposible de mejorar!...

Tercia en estas apreciaciones José María del Rey Caballero Selipe, quien en su tribuna de El Noticiero Sevillano escribió:

...Jesús Solórzano ha llegado a la alternativa con dotes que han de facilitarle el triunfo en su carrera; tiene entusiasmos, valentía, dominio y buenos deseos. Da el paso de novillero a matador conscientemente; cuando ha alcanzado la alternativa y la ha merecido, la toma y de este modo podrá encumbrarse, ascendiendo serenamente por sus únicos méritos.

Solórzano toreó muy bien de capa; en varias ocasiones se apretó de veras con el toro, y siempre por su animado estilo y la mucha emoción que imprimía a la suerte, levantó aplausos nutridísimos. Sobre todo en el repetido primer tercio del tercero, en el que Solórzano intervino modelando unos lances ceñidísimos de irreprochable finura.

Banderilleó a sus dos toros con suma facilidad y gran soltura. La faena del toro de la alternativa fue hecha en terreno del enemigo, aguantando el espada el cabeceo de la res, de la que estuvo siempre bien cerca. Entró ligerito a herir y dejó el estoque atravesado; descabelló al segundo intento.

El público, que apreció la buena voluntad del torero, lo ovacionó y obligó a dar la vuelta al ruedo. 

En el sexto, después de un trasteo discreto y voluntarioso, dejó, entrando con rectitud, una estocada delantera y baja.

El viento que sopló con violencia fue atenuante de la labor de los toreros. La brisa de Eolo molestó con más obstinación a Jesús Solórzano en la faena del primero...

Ese sería el primer paso de una historia que se escribiría con nombres como los de Revistero, de Aleasal que cortó las dos orejas en la plaza vieja de MadridGranatillo, Redactor, Cuatro Letras, Batanero, Brillante, Príncipe Azul, Pies de Plata, Tortolito, Picoso o Pimiento y que lograron construir la historia y la leyenda de El Rey del Temple.

Jesús Solórzano se despidió de los ruedos el 10 de abril de 1949 en la Plaza México, en una corrida de toros en la que alternó con Luis Procuna y Rafael Rodríguez en la lidia de un encierro de Matancillas. El último toro que mató vestido de luces se llamó Campasolo y llevaba en el anca el hierro de La Punta – ganadería hermana de la anunciada – también propiedad de sus cuñados Francisco y José C. Madrazo, al que le cortó una oreja. 

Jesús Solórzano Dávalos falleció en la Ciudad de México el 24 de septiembre de 1983.

Avisos parroquiales: 1. - Los resaltados en los textos transcritos son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales. 

2. - Y por otra parte, una versión anterior de estas líneas la publiqué en esta misma bitácora hace seis años, la pueden contrastar en esta ubicación.


domingo, 26 de julio de 2020

21 de julio de 1930: Se presenta Jesús Solórzano en la plaza de Madrid

Jesús Solórzano
Roberto Domingo en La Libertad
23 de julio de 1930
Jesús Solórzano fue el triunfador de la temporada de novilladas de 1929 en El Toreo de la Condesa. Ganó la Oreja de Plata la tarde del 15 de septiembre de ese año disputándola con Esteban García, José González Carnicerito y Carmelo Pérez ante novillos de Santín. Eso le redituó el derecho de obtener la alternativa de matador de toros en la siguiente temporada de corridas de toros en esa misma plaza, lo que se materializó en la novena corrida del ciclo 1929 – 1930, cuando el diestro de Santander, Félix Rodríguez, le cedió al toro Cubano de La Laguna, en presencia de Heriberto García. Esa tarde el toricantano tuvo una actuación aclamada por la concurrencia y Félix Rodríguez tuvo su mejor actuación en nuestras plazas, cortando el rabo de Cafetero de Piedras Negras, después de una serie de tardes aciagas en lo que era la gran plaza de la capital mexicana.

Tras de la alternativa, decide dar el salto al otro lado del Atlántico, aunque por alguna cuestión administrativa que aún no alcanzo a entender, pero que apenas se vino a resolver hasta el año de 1944, las alternativas no concedidas en ruedos españoles no eran consideradas válidas allá, así que el diestro de Morelia tuvo que retomar el camino toreando novilladas para obtener el grado nuevamente y poder torear allá corridas de toros.

Así, se presenta el domingo 11 de mayo de ese 1930 en la Maestranza de Sevilla, alternando con Alberto Balderas – también debutante – y Diego Gómez Laine en la lidia de novillos del Conde de Santa Coloma. El defectuoso manejo de la espada le impidió cortar apéndices, pero le permitió convencer a Salguero de que había en él un torero, por lo que actuó allí tres tardes consecutivas más, los días 18 y 29 – jueves de Ascensión – de mayo y 8 de junio. En todas ellas le acompañó Balderas en el cartel y la del 29 de mayo, fue mano a mano.

Esas sólidas actuaciones le pusieron en la mira de las empresas y así, Carlos Gómez de Velasco, gerente de la empresa de Madrid, decide llevarle al coso de la Carretera de Aragón, acartelado con Rafael Saco Cantimplas y Manuel Zarzo Perete. Los novillos a lidiar serían originalmente tres de Juliana Calvo viuda de Bueno y tres del Duque de Tovar, aunque al final uno de estos, que hizo cuarto, fue sustituido con uno de Galache.

La actuación de Jesús Solórzano en Madrid, ese día de su presentación fue rotunda de acuerdo con  el sentido unánime de las crónicas del acontecimiento. Citaré algunas de ellas, que a mi parecer reflejan la magnífica impresión que en ese señalado día causó quien después sería conocido como El Rey del Temple.

En primer lugar está la de Federico Morena en el Heraldo de Madrid, aparecido la noche misma del festejo. La tituló En Madrid se ha revelado como un gran torero el mejicano Jesús Solórzano y de ella extraigo lo siguiente:
…Y Jesús, luego de brindar la muerte del novillo al Sr. Del Oro, excelentísimo aficionado, que ocupaba una barrera del 2, salió al tercio con la muleta en la zurda. Citó desde lejos, arrancóse el novillo con fuerza y el espada le vio llegar serenamente; le metió la muleta en el hocico y corrió la mano con destreza en un pase natural de mérito imponderable porque el cornúpeto se le fué encima como una exhalación. Giró el torero con pasmosa tranquilidad, se revolvió el novillo impetuoso y hubo otro pase al natural, y un tercero, magníficos por lo valerosos, ya que el exceso de fuerza en la embestida de la res impidió que el artista templara. Ligó este último pase con el de pecho por los terrenos de dentro el novillo, y estalló una frenética salva de aplausos. 
Dio luego el espada unos cuantos excelentes pases con la derecha, muy ajustados con el cornúpeto, y terminó esta segunda parte de la faena con dos molinetes. 
Y, en fin, metió guapamente la espada por el hoyo de las agujas, en un volapié magnífico, y el novillo echó las patas por alto. 
El entusiasmo, mal contenido por el dique de la presidencia, se desbordó entonces, y la presidencia, muy justamente, concedió a Jesús Solórzano las dos orejas del novillo tan excelentemente muerto. 
Jesús Solórzano es torero de los pies a la cabeza, torero por la gracia de Dios...
Por su parte, Corinto y Oro, en La Voz, también de edición nocturna en la fecha del festejo, exaltó las virtudes del diestro de Morelia y tituló su crónica Otra figura. Solórzano, la estatua que torea y en ella dijo:
En la plaza de toros de Madrid se registró ayer un “suceso”. De no tratarse de un “suceso”, yo habría puesto a esta crónica el encabezamiento acostumbrado en las novilladas: “Fulano, Zutano y Mengano. Toros de Tal”. Pero el suceso fue gordo, fue una cosa muy seria, y reclama un alto en la marcha y un punto y aparte. La estridencia – el estridor – es estruendo, es sorpresa, es... “suceso”. 
El protagonista del “suceso” de ayer tarde es un torero mejicano; otro torero mejicano que entusiasmó, que excitó, puso fuera de sí a una multitud por un triunfo extraordinario. De dos temporadas a esta parte, Méjico ha mandado a España una hornada de toreros buenos, de toreros con ruido y con personalidad propia. En Madrid y sus alrededores conocíamos y admirábamos la finura de Armillita, el arte y el valor, en una tarde que se recordará mucho, de Heriberto García; el estilo de Balderas y el genio de Carnicerito y Contreras, alborotadores del cotarro de la plaza de Tetuán... 
Jesús Solórzano debutó ayer en Madrid con un triunfo tan completo, tan resonante y tan definitivo, que ya se le puede echar a reñir con todas las figuras del toreo, y en esta manifestación ni hay hipérbole, ni hay cristales de aumento; el atlético mocetón mejicano, sobre su privilegiada contextura física, se reveló ayer como un señor torero, como un superior banderillero y como un señor matador de toros. ¡Poca cosa! Los aficionados que por su devoción calurosa a la fiesta se toman la molestia de estar al tanto de la temporada, ya llevaban a la plaza el tufillo del alboroto por las referencias que nos habían llegado de Andalucía, y algunos las tenían anteriores aún, las tenían de Méjico... 
Buena, muy buen a esta última hornada de toreros importados de Méjico. Pero lo que en su presentación ante el público madrileño hizo ayer Jesús Solórzano es tan excepcional, que, como lo repitan en seis plazas de toros de importancia, a la vanguardia del toreo irá con una velocidad de avión…
Por su parte Chavito, en La Nación, en crónica titulada ¡Cuidado, coletudos, que tiene nombre de Mesías!..., vio a Jesús Solórzano en los siguientes términos:
La alegría de Margarita Carvajal. 
La escultural “vedette” de la compañía de Eulogio Velasco, a cada lance de Solórzano, a cada ovación que el diestro recibía, saltaba en su localidad loca de contenta, emocionada, Jesús Solórzano, el novillero mejicano que debutaba ayer en Madrid, como si se hubiese dado cuenta de la presencia de su simpática compatriota; se propuso alcanzar un gran triunfo, y como en esta vida todo es proponérselo, salió, al terminar e! festejo, en hombros de los capitalistas, y con una oreja de su segundo enemigo en la mano.  
¿Qué hizo Solórzano? Una cosa bien sencilla: torear bien, torear a conciencia, torear como se debe torear. Eso fué todo… 
En, quites, Solórzano supo siempre colocarse en su sitio y sacar del lugar del peligro a las reses, a las que llevó siempre prendidas en los vuelos de su capotillo… El de Méjico pareó sus dos novillos, y en ambos demostró ser un banderillero fácil y dominador…
Con la muleta supo ajustarse al enemigo. A! tercero de la tarde le dio unos cuantos pases por alto parados, y se lo quitó de delante de una estocada y un descabello, tras un intento. Dio la vuelta al ruedo y saludó desde el tercio… 
Muleteó con la izquierda al principio, dando cuatro naturales, ligados con el de pecho, de los que uno de ellos fué sencillamente magistral. Luego, con la derecha, dio molinetes, pases por alto y de pecho, y mató de una estocada caidilla. Su labor fué premiada con la oreja y la consiguiente apoteosis…
En El Imparcial, quien firma como Quilez, titula su crónica Méjico ha enviado un torero y en ella afirma:
Habría que rebuscar en el Diccionario muchos adjetivos y poseer una retina de maravilla para reflejar toda la magistral labor de Solórzano en «Capotero», un bicho negro, descarado de cabeza, apretado de carnes, bravo y pujante, de la ganadería de Albaserrada. 
Alegre, codicioso y pujante salió el bicho, y en tercios del diez desplegó Solórzano el tesoro de ensueño de su capote, y allí se repitió la hazaña, y allí surgieron hasta cuatro lances interminables, baja la mano, erguida la figura, abierto suavemente el compás, en un movimiento de tristeza de soleá, sin enmendar el viaje, clavadas las plantas como a tornillo, mientras la bestia acariciaba en un ir y volver de pesadilla la mimbreña cintura del lidiador; Volvió a repetirse el cuadro maravilloso, y el público lanzó al ruedo docenas de sombreros para premiar tanto arte... 
¡Y después de lo que se presentía...! 
En los tercios, dando todas las ventajas al bravo bicho, todo temperamento, nerviosidad y codicia, Solórzano, sin acordarse de la mano derecha, dio tres maravillosos pases al natural, llevando el pitón de la bestia sujeta a la cintura, apenas quebrada por una suave ondulación, en que un centímetro de desviación era la cornada... Otro sugestionante banderazo al natural, acabado, perfecto, de una rotunda línea, y el engarce con otro de pecho inenarrable. Por último, cinco altos de ensueño, dos molinetes girando entre los pitones de la fiera y al final, mientras de los tendidos salían lanzados al ruedo sombreros y flores, el Califa de Morelia, jugando a maravilla el engaño y perfilándose con el pitón contrario, cruzaba inimitablemente la zona de peligro para colocar un volapié clásico, mazzantinesco, en que antes de salir la fiera de los vuelos de la muleta había rodado ya con las cuatro pezuñas al aire... 
¡Ni un grito, ni una exclamación! Mudo el público, sugestionado por tanta belleza, no tuvo más que manos para agitar rabiosamente los pañuelos y convertir el circo en un gigantesco nido de palomas. Poco fueron las orejas y el rabo del bicho que el presidente concedió. Los espectadores se lanzaron al ruedo y, paseándolo por él enmedio de las ovaciones del público, quieto en el graderío, lo tuvieron cerca de media hora. 
Así como España conquistó hace cuatro siglos el Imperio de Moctezuma por la fuerza de sus armas y el valor de sus soldados, Méjico quiere conquistar a España por el arte insuperable de sus ídolos populares... 
Como avanzada esplendorosa ha enviado a Jesús Solórzano. Califa del vergel de Morelia…
En el ABC madrileño, tribuna de don Gregorio Corrochano, la crónica se tituló De cómo puede perderse una elección por un torero, aludiendo otras cosas del momento, pero en lo que nos interesa, entre otras cosas dice:
...A Solórzano le vimos tan capacitado que le dimos matrícula de honor. Estuvo muy tranquilo, toreó con buen estilo y mató con decisión. Aunque es matador con alternativa en Méjico, se nos presentó como novillero, y así le juzgamos. Venía toda la tarde dejándose ver, aunque mejor diríamos dejándose adivinar, porque los toros de Bueno y Tovar, con su desigual pelea, no daban ocasión a muchas intervenciones... Y con estos buenos antecedentes llegó el último toro, bravo y noble, para medir a un torero. 
Solórzano le toreó muy bien de capa, destacando en los remates a media verónica, que la da con mucho arte. Cogió las banderillas. Paso a paso, de frente, llegó a la cara del toro, andándole cada vez más. En el tercer par llegó a tres metros del toro muy despacio, y puso un par notable... La ovación fue cerrada... cogió estoque y muleta... toreó con la derecha y con la izquierda, y no se interrumpieron los aplausos hasta que rodó el toro de una estocada desprendida, pero atacando muy bien. Como tan olvidado está por los de alternativa el toreo al natural, cuando veo un novillero con la muleta en la mano izquierda, ya me agrada, aunque no toree con perfección; si además torea con naturalidad, ya me parece excepcional... Le dieron la oreja del último toro y le sacaron en hombros. Dejó una bonísima impresión, que esperamos que consolide, si no sigue la costumbre de otros toreros de escaparse de Madrid al primer éxito...
Y por último, cito algo de lo que Alfonso, en El Liberal reflexionó al respecto, bajo el título de En Madrid el debut de Solórzano constituyó un acontecimiento taurino:
Así como en el mundillo taurino existen primeras figuras, a las que a codazo limpio se aproximó el domingo el nuevo diestro mejicano Jesús Solórzano, entre los aficionados hay también otras primeras figuras. Entre ellas merece destacarse A D. Clemente de Oro, a quien Solórzano brindó la muerte del último toro de la tarde. No es el Sr. Del Oro partidario del toreo del retorcimiento y del relumbrón; por eso cuando en una conversación se alza su voz fuerte y un poco atropellada es para defender el arte sin la más mínima mixtificación. Por ello fue partidario de Juan Belmonte, y lo es en la actualidad de Antonio Márquez y de Gitanillo de Triana. Seguramente desde el domingo tendrá en la lista de su fervor taurino a Jesús Solórzano, diestro que comienza a brillar con ese mismo estilo único e inconfundible de los grandes artistas. Porque él lo asegura, nosotros creemos que haya nacido en Méjico. Pero si en los carteles se hubiera anunciado como de Triana nadie le hubiera podido discutir su nacimiento en la tierra de Juanito Terremoto. Su éxito como torero ha sido uno de los más grandes que se han registrado en el ruedo madrileño. Cierto que le correspondió el mejor lote, pero ciertísimo que supo aprovecharle de una manera insuperable Cuentan que allá en su tierra era ya matador de toros, pero respetuoso con el público de España había renunciado a la alternativa, queriendo obtener el «placet» de éste para figurar como tal matador de toros. Por las actuaciones que lleva y sobre todo después de la del domingo no ha de tardar en ser uno de los favorecidos por los aplausos del público. Su presentación en un quite del segundo toro ya causó excelente impresión. A partir de este momento puede decirse que no cesaron las ovaciones. Al lancear de capa al tercero y después en unos finísimos pares de banderillas. A la hora final faltó enemigo, pero así y todo, en los pocos muletazos que dio se pudo apreciar un anticipo de lo que iba a venir después. Murió el toro de una estocada y un descabello y Solórzano dio la vuelta al ruedo, recogiendo una merecida y justa ovación...
Como se puede ver de las distintas relaciones transcritas, la actuación de Jesús Solórzano resultó redonda. Existe en las crónicas discrepancia en cuanto a los apéndices que le fueron concedidos tras la lidia del sexto, pues Federico Morena habla de dos orejas; Chavito y Corrochano de una nada más; Quilez de orejas y rabo; Corinto y Oro no menciona concesión de apéndices y Alfonso únicamente menciona la vuelta al ruedo, cinco apreciaciones distintas de la premiación de una faena que unánimemente fue considerada grandiosa.

Tras de esa tarde salió lanzado Solórzano para recibir la alternativa, que llegaría el 28 de septiembre de ese 1930 en Sevilla, le apadrinaría Marcial Lalanda y atestiguaría la ceremonia Antonio Márquez con la cesión del toro Niquelado de Pallarés, antes Peñalver. Pero de esto espero poder ocuparme en unas cuantas semanas.

Así fue el debut madrileño de Jesús Solórzano hace 90 años, en una plaza en la que escribiría páginas importantes de su historia torera.

Aviso parroquial: Los resaltados en las transcripciones hechas, son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales.

domingo, 22 de diciembre de 2019

15 de diciembre de 1929: alternativa de Jesús Solórzano en el Toreo de la Condesa

Jesús Solórzano
El Rey del Temple
La temporada de novilladas de 1929 en El Toreo de la Condesa generó una interesante cosecha de toreros. De la promoción de 1926 participó Esteban García; de la de 1928 participaron Alberto Balderas y José El Negro Muñoz. Y ya en el concurso del calendario correspondiente surgieron Carmelo Pérez, José González Carnicerito y Jesús Solórzano.

Es curioso ver que en esa temporada de novilladas, marcada por la acendrada rivalidad que mantuvieron Esteban García y Carmelo Pérez, misma que en alguna manera fue el eje y el sostén de ese ciclo novilleril, cuatro de los participantes en ella, tendrían un final trágico delante de los toros. El propio Esteban ese mismo año de 1929 en Morelia; Carmelo moriría en Madrid en 1931 a consecuencia de la cornada recibida en El Toreo unas semanas después de la que mandó a la tumba a su rival; Alberto Balderas sería el primer torero en morir en esa misma plaza el año de 1940 y Carnicerito terminaría sus días trágicamente en Vila Viçosa en Portugal en 1946. Personalmente, no creo que haya habido una generación de toreros con un final más trágico que esta.

En esta temporada de novilladas se disputaron dos galardones. Primeramente se disputó un anillo de oro con un gran brillante entre Esteban García y Carmelo Pérez, mismo que sería adjudicado al que resultara ser el triunfador en tres novilladas mano a mano que se celebrarían los días 18 y 25 de julio y 2 de agosto de 1929. 

Al final las novilladas terminarían celebrándose los días 18 de julio y Carmelo resultaría herido en un quite al primero de la tarde, quedándose Esteban con toda la corrida. La segunda se verificaría el 18 de agosto y Carmelo triunfaría y la tercera se verificaría hasta el 1º de septiembre y de nuevo Carmelo sería herido por el segundo de la tarde, aunque le sería llevado el rabo de su oponente a la enfermería. 

El 15 de septiembre se disputó la Oreja de Plata y ante novillos de Santín actuaron Esteban García, José González Carnicerito, Jesús Solórzano y Carmelo Pérez. El triunfador de la tarde y ganador del argentino trofeo fue el moreliano Solórzano. El premio llevaba añadido además el aliciente de recibir la alternativa en la temporada de festejos mayores inminente. Además, al final de ese festejo, se anunció al ganador del anillo, con valor de tres mil pesos que se disputaron Esteban García y Carmelo Pérez. El jurado designado al efecto decidió que era para Carmelo Pérez, independientemente de que de nueve toros que debió haber matado, solamente mató a cuatro. Cosas del destino.

La alternativa de Solórzano

La novena corrida de la temporada 1929 – 1930 se anunció con el santanderino Félix Rodríguez, Heriberto García y la alternativa de Jesús Solórzano, que, como había señalado líneas arriba, ganó esa oportunidad al obtener la Oreja de Plata el 15 de septiembre anterior. El encierro que se anunció para la ocasión fue uno de Piedras Negras, pero siempre hay contratiempos en esas cuestiones de los toros que se presentan a la plaza. La crónica del festejo, firmada por Edmundo Fernández Mendoza con su pseudónimo de Martín Galas, aparecida en el ejemplar de El Taurino publicado el 16 de diciembre de 1929, refiere lo siguiente:
La empresa de toros invitó al público a que fuera a admirar la hermosa estampa de los bureles de Piedras Negras que iban a lidiarse ayer. Pero, contra lo que era de esperarse, los aficionados hicieron poco caso del reclamo y se abstuvieron de ir a conocer la magnífica corrida (¿) que había encerrada. 
Y una prueba de lo que dejamos dicho, es que, habiendo anunciado que se correrían seis toros de Piedras Negras, hubo necesidad de sustituir dos de ellos, por otros tantos de La Laguna – ¡al fin de la misma camada! – porque los primeros tenían unas pezuñotas enormes, eran bastos, con exagerados pitones y con todas las hechuras de los bueyes que suelen pastar en las dehesas tlaxcaltecas de las que es propietario el bueno de Viliulfo González. 
Quizás en el cambio hayan salido perdiendo los aficionados, porque los dos bureles de La Laguna que pisaron el ruedo la tarde de ayer, se repararon de la vista a las primeras de cambio y dieron mal juego, sin que esto quiera decir que sus primos de Piedras Negras les fueran a la zaga, porque, en realidad, resultaron menos mansos de lo que se esperaba. Uno de los bichos tuvo que ser devuelto a los corrales porque también se reparó de la vista y… porque era manso. ¡Nada, que las ganaderías tlaxcaltecas no aciertan una ni por casualidad!...
Como vemos, ya de entrada se sustituyeron dos de los toros anunciados por otros de una ganadería distinta – si bien del mismo titular y residente en los mismos potreros – y durante la lidia se tuvo que sustituir a otro por resultar defectuoso de la vista, así pues, la mitad de la corrida que se anunció no se lidió.

Uno de los toros sustituidos fue el de la alternativa de Jesús Solórzano. Todas las relaciones históricas consignan que el toro de su alternativa en El Toreo fue de Piedras Negras, sin embargo, la crónica a la que he venido aludiendo relata lo siguiente:
Al toro que abrió plaza, que se llamó “Cubano” y que era negro zaino, bien puesto de defensas y oriundo de La Laguna, el de Morelia lo toreó por verónicas templando, mandando y recogiendo, hasta engranar cuatro lances que se le premiaron con ovación y música. En quites, el nuevo doctor hizo una chicuelina graciosa y ceñida, una verónica y media para rematar, que también se le aplaudieron con entusiasmo. El bicho se reparó de la vista desde el primer puyazo y los alternantes de Chucho no tuvieron lugar a lucirse en los turnos que les correspondían… 
Eran las cuatro y nueve minutos de la tarde, cuando Félix Rodríguez cedió los trastos a Solórzano, sonando las palmas para el nuevo doctor, que, tras de cumplir con la Presidencia, brindó desde el centro del ruedo a todo el público. Erguido, con calma, sabiendo el terreno que debía pisar, Chucho desplegó la muleta; pero, como el animal no acometiera, insistió repetidas veces, hasta que consiguió la arrancada del burel y entonces se produjo superior pase por alto, al que siguió un natural derechista, uno de pecho, que se le premian con palmas abundantes. Después otro alto y un natural con la izquierda; dos altos más, de muy fina factura y cuidando la línea, uno por abajo y otro de pecho. Sobre corto, atacando con fe y decisión, Solórzano cobró una estocada entera desprendida, que hizo que “Cubano” se entregara a los pocos instantes. Y para el nuevo doctor, que con este toro demostró que puede llegar a ser figura del toreo, hubo ovación y dianas, salida a los medios y vuelta al anillo. 
La alternativa de Chucho, como se ve, quedó sancionada por la opinión unánime del concurso…
Es decir, Cubano, el toro de la alternativa mexicana de Jesús Solórzano, fue de La Laguna. Muchos textos de historia tendrán que ser corregidos. Un testigo de excepción y de primera mano deja clara esa circunstancia.

Félix Rodríguez cortó un rabo a Cafetero, ese sí de Piedras Negras esa tarde. La crónica refiere que fue un torillo de escasa presencia con el que el torero de Santander pudo estar a gusto. Esa fue la gran tarde de Félix Rodríguez en México, que ya exhibía los estragos de la enfermedad que acabaría unos años después con su vida.

Colofón

Jesús Solórzano se vería forzado a renunciar a esa alternativa al año siguiente. Se fue a torear a España y realizó una intensa e interesante campaña novilleril, con triunfos en Barcelona, Sevilla y Madrid, para terminar recibiendo la alternativa el 30 de septiembre de 1930 en la Maestranza de manos de Antonio Márquez, con el testimonio de Marcial Lalanda, siéndole cedido el toro Niquelado de Pallarés Hermanos, antes Peñalver.

La historia de quien sería conocido como El Rey del Temple se llenó con nombres como Granatillo, Cuatro Letras, Leonés, Redactor, Tortolito, Brillante, Picoso y por supuesto, el de Revistero, toro de Aleas con el que realizó una de las faenas que entraron entre las más importantes que se realizaron en la historia de la plaza de toros de la Carretera de Aragón en Madrid.

Jesús Solórzano se despidió de los ruedos el 10 de abril de 1949 en la Plaza México, alternando con Luis Procuna y Rafael Rodríguez y el último toro que estoqueó fue Campasolo, de La Punta, propiedad entonces de sus cuñados Francisco y Jose C. Madrazo.

Jesús Solórzano falleció en la ciudad de México el 21 de septiembre de 1978.

Aviso parroquial: Los resaltados en los textos transcritos son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales.

domingo, 2 de junio de 2019

Tres ternos de seda blanca

Victoriano La Serna
(Archivo El Mundo)
Hace poco menos de tres años en una conversación que sostuve con el Maestro Jesús Solórzano, me trajo a ella el recuerdo de una tarde en la que su padre, El Rey del Temple, alternó con Cagancho y Victoriano de la Serna en la plaza vieja de Madrid y en la que los tres toreros vistieron de blanco. Me comentaba con emoción lo que su padre le refirió de aquella tarde de los ternos blancos y me pidió que le localizara alguna información acerca de lo sucedido en esas calendas.

Me puse manos a la obra y pude encontrar que se trató de la corrida final del abono madrileño de 1932. Se celebró el día 8 de mayo y en los hechos, se lidió un encierro de Villamarta para los toreros ya nombrados. No fue una tarde de esas en las que se cortaran múltiples despojos, pero sí fue, de acuerdo con la hemerografía, un festejo de esos que dejan huella en la memoria de quienes lo presenciaron y en la Historia del Toreo.

Encontré varias crónicas de escritores importantes, con las que trataré de armar algo que pueda resultar de su interés.

Baile de corrales

Hoy en día son frecuentes los bailes de corrales por la imposibilidad de presentar encierros adecuados a la categoría de una plaza determinada. Hace 87 años quizás no era frecuente verlos, pero tampoco imposible. Estaba originalmente anunciada una corrida de don Juan Manuel Puente – antes Vicente Martínez – pero no superó el reconocimiento veterinario. Para sustituirla, se aprobó una de Villamarta, rechazada el 27 de abril anterior y que permanecía, entiendo, en las dependencias de la plaza.

Don Gregorio Corrochano, a propósito del asunto, en su tribuna del ABC madrileño relata lo siguiente:
Hace unos días que vino la corrida de Villamarta. Ignoramos las razones científicas que aconsejaron rechazarla. El domingo se lidió, es decir, a los pocos días, cuando los toros, en vez de ganar, sufrieron los estragos de los primeros días del cambio, y nada tenemos que oponer a la presentación de la corrida. En esta última de abono había de jugarse la de Juan Manuel Puente y fue cambiada por la de Villamarta. No es fácil, por lo visto, venir con una corrida a Madrid…
Y abunda en el tema Federico Morena, del Heraldo de Madrid, que expone con más amplitud lo sucedido y se atreve a vaticinar lo que vendría después:
Hay cosas inexplicables – decía yo –, y una de ellas es cómo la corrida de Villamarta que rechazaron por falta de trapío los profesores veterinarios en el reconocimiento del miércoles 27 de abril pudo ser aceptada como buena diez días después. Tengo fama de hombre imaginativo y, sin embargo, nunca pude pensar que mejorase tan sorprendentemente una corrida de toros en doscientas cuarenta horas. ¿A qué maravilloso tratamiento fue sometida? ¿Qué mago de la veterinaria obró el portento?...
¡Nada de prodigios! – me respondieron –. Los profesores veterinarios tienen para estas ocasiones un procedimiento muy expeditivo: el de la comparación. Los toros de Villamarta no resistían el parangón, en cuanto a presencia, con los lidiados en corridas anteriores, ni aún con los novillos jugados en las primeras funciones de la temporada.
Exacto – asentí –.
Pero a la vista de las «fieras» que envió para la cuarta de abono D. Juan Manuel Puente, el flamante criador colmenareño, los toros del ex marquesado parecieron a los facultativos «catedrales» y aceptaron la sustitución...
¿Luego la corrida de don Juan Manuel...?
Se lidiará en cuanto llegue una más chica. Acaso el jueves próximo.
¡A lo que hemos llegado, señor director general de Seguridad, en la plaza de Madrid!...
Con esos mimbres se celebró una corrida que resultó al final de cuentas memorable, que ha trascendido a la historia como la corrida de los trajes blancos, en la que el toreo se reafirmó como un arte mayor.

Preliminares

La vestimenta uniforme de los toreros solamente fue advertida por Federico Morena, de la siguiente guisa:
Al hacer el despejo las cuadrillas recibimos la impresión de que íbamos a presenciar cosas extraordinarias. Los tres matadores, como si estuviesen de acuerdo, vestían trajes de tono claro con guarnición de plata. Y es éste un vestido que adoptó Antonio Márquez – otro «estilista»  – para los días de gran solemnidad, cuando salía a la plaza dispuesto a «hacer la estatua»...
Cagancho

Joaquín Rodríguez Ortega, natural de la calle del Evangelista en la Triana de Sevilla, las dio de cal y de arena. Sin embargo, tuvo la ocasión de exhibir la pureza de su toreo con la capa y la manera tan limpia en la que manejaba la espada. De manera aislada, sin duda, pero sin menoscabo de su cartel en la plaza mayor. 

Maximiliano Clavo Corinto y Oro, en la edición del diario La Voz del 9 de mayo de 1932, relata lo siguiente acerca de su actuación:
…en  el  cuarto  toro,  el    Calé   fue   el  torero   de   nuestros   ensueños. A   un   lance    magnífico     con   los  pies  juntos   seguía  otro   encorvado, saliendo   despavorido.  El  bicho  comenzó   a  pelear  con  nervio,  y  un   soberbio  puyazo   de   Catalino   lo   dejó   idealmente   ahormado   para   el   estilo   de   Carancho,   que   al   final   recuperó  todas   las   simpatías   y   todo   el   cartel   de   torero   genial   que  tiene  en  Madrid.  Comenzó  con  tres   muletazos   por   alto   con   una   arrogancia  sugestiva.  A  partir   del  último  pase,   el  público   inició   una   reacción   en  favor   del  gitano,   que   al   verse   animado   por   las   masas   se  confió   y  derrochó  salero,  no  ya  para   regar   la   plaza,   sino   todo   el   pavimento   de   la   calle de Alcalá.  Mezclando   lo   serio   con   lo jocoso, dio  una  serie  de  muletazos  por   la  cara,   cada,  vez  más   estirado,   cada  vez  más  cerca   y  cada  vez  más interesante   en   el  procedimiento y  en  el  ademán.  Cada  pase   arrancaba   una   tempestad   de   aplausos y risas. ¿De   qué   clase  fueron    estos   muletazos    de    la    salerosa     faena    del   “cañí”?   No   lo   sé;   no   los   he  visto   descritos    en   las   nomenclaturas    de   los   libros   taurinos.   Pero  tampoco   en   estas   nomenclaturas  está  escrita  la  gracia   con  que Carancho   jugó    con    este     cuarto  toro. Lo   único   que   yo    recuerdo,   como   conclusión,   es   que  las   risas  formaron   estrépito,  y   las  ovaciones  se  sucedieron  unas  a  otras. El éxito   del   gitano   se   coronó    como    estoqueador,   y   en   este   punto,   la   pinturería   y   la   gracia   dieron   paso  a  la  seriedad,  para  que  hubiera de  todo.  El  caso  es  que  en  los  tres viajes   que   Carancho   hizo   con   la  espada     (dos   medias   altas    y    un  pinchazo)   vimos  un  estilo  de   matador   de  toros  limpio,  por  la   rectitud   en   el  arranque,  por   lo  irreprochablemente   que  jugó  la  muleta   en    los   embroques,   por   la    fe  que   puso   en   buscar    siempre     el    morrillo.  Y   el  rato   de   singularísima   gracia   que  nos   dio   en  la   faena     con   los   tres   momentos    completamente   en  serio  que  nos   ofreció   como   estoqueador,   derivó   todo  en  una   ovación    final…
Y en el Heraldo de Madrid, Federico Morena, la misma fecha, agrega:
…Tengo más en el haber de Joaquín. Dos quites – uno en el segundo y otro en el sexto toro – que fueron un verdadero alarde de bien torear. Las medias verónicas finales, realmente prodigiosas.
En suma: el cartel de Joaquín se ha afianzado mucho con el éxito resonante de Barcelona y su actuación de ayer en Madrid. ¡Hay filón a explotar, señores empresarios!...
Jesús Solórzano

El Rey del Temple ya había dejado su tarjeta de presentación el 7 de junio de 1931 cuando realizó al toro Revistero de Aleas una de las faenas importantes de la historia de la plaza de la Carretera de Aragón. En esa fecha impactó a la afición precisamente por la facilidad que mostró para templar a los toros y también por la pureza con la que toreaba con la capa. Al cronista al que mejor impresionó en la tarde que me ocupa en esta ocasión – y que espero que les llegue a ocupar a Ustedes también – fue a Federico M. Alcázar, de El Imparcial, en su crónica titulada Solórzano o el arte de torear de capa, entre otras cosas dijo esto:
Cuando hablamos de Solórzano giramos siempre alrededor del mismo tema: el tema eterno del arte de bien torear. Decir que el capote de Solórzano es el más maravilloso del toreo, es repetir lo que casi todos sabemos. Hay que agregar que es el de corte más clásico, el de temple más puro, el de más refinado y exquisito vuelo. En su seda amarilla y grana, debía ir escrito aquél famoso verso de Rubén:
«Era un aire suave de pausados giros.»
No es el capote de un estilista, en la acepción taurina del vocablo, es decir, el que espera el toro adecuado para sacarle un lance, sino al capote que se prolonga en el curso de la lidia de seis toros, como el domingo, y cada lance o serie va sellada de buen estilo, de acabada técnica, de belleza incomparable. Esa técnica de la mano baja, de la pierna adelante, del mando lento del toro toreado y de la suerte cargada, prolongada, rematada. Escuela que tiene su solera en Ronda, y se derrama en Triana como el licor de una copa. El capote de Solórzano hace el toreo como es, como debe hacerse. Por eso en sus momentos culminantes, puede servir de modelo, de norma, de punto de referencia para torear a la manera clásica. Cuando alguien nos pregunta cómo debe torearse de capa, respondemos sin vacilar: “Como Solórzano”. ¿Para qué adjetivarlo? Donde está su capote está el arte de bien torear. Otros le aventajarán en emoción, en finura. Ninguno le llega hoy en pureza, en clasicismo.
El domingo se remontó a la cumbre del toreo. Y no fue únicamente en el segundo toro, que se superó, sino en los seis. Este es su mayor mérito y lo que da valor excepcional a su toreo de capa. No tuvo un momento deslucido, borroso. Todos sus lances fueron de superior calidad, hasta culminar en las cinco verónicas y los dos quites que hizo en el segundo toro. No se puede torear mejor. No hay quien ejecute el toreo con mayor pureza, con mayor sabor clásico. Esas cinco verónicas y esos dos quites exceden los términos de toda hipérbole. Fueron algo fantástico, ideal. Cada lance iba seguido de un clamor delirante, y cuando remataba con la portentosa media verónica, o arrodillado de espaldas al toro, la plaza se levantaba impulsada por un loco arrebato de entusiasmo. ¿Cuánto tiempo duraron algunos lances? No lo sé; para los que contaron el tiempo mirando el reloj, segundos; para los que teníamos la mano en el pecho y veíamos pasar el toro lentamente, despaciosamente, una eternidad. Ese ha sido, ese es y ese será, el toreo en su última y definitiva expresión artística. Que torear no es, como equivocadamente cree la mayoría de la gente, «dejar pasar» el toro más o menos ceñido y ajustado, sino «pasarlo» tan asombrosamente toreado como el domingo Solórzano. Que un lance dure aquél minuto de silencio que duraba en el capote de Gitanillo y en éste de Solórzano…
También Corinto y Oro tuvo sus elogios para el torero de Morelia. Sobre su toreo de capa escribió:
Jesús Solórzano es otro torero por  el  que  no  puede  perder   interés  el público de la   plaza  “grande”.  Conformes  todos  los  aficionados  en  que  hoy  se  torea  muy  bien,  pese   a   las  obligadas  desigualdades  en  que  en   esta   época   se   desenvuelve   la   lidia de  reses  bravas,  Solórzano  es  uno   de  los   que   acreditan   aquella   aseveración.   ¡Qué  bien  torea   este   mejicano!  Su  sosiego,  su  temple   y   su  característico   modo   de   cargar   la   suerte   nos   lo  mostró   una   vez   más en  aquel  bravo,  toro  bravo  de  verdad,   segundo   toro,   que   es   al   que  en  justicia  pudo  habérsele   dado   la   vuelta   al   ruedo.   Solórzano   armó   una   polvareda   en   las   verónicas  iniciales  y  en  la  superiorísima  media  con  que  las  remató.  En  el  primer   quite   volvió   a   pararse  delante del  bicho  y  le  dio  otra  serie    de    verónicas    irreprochables.   No  hay   que   decir   que   los  oles   y  la   ovación   debieron   de   repercutir,  en  el  mismo  Méjico,  adonde   quizá  llegaron  también  las  que  se  hicieron   a   los  otras   dos  espadas,   porque  esto  tercio   de  quites,  como   el   que  nos  dieron  en  el  sexto  toro,  dejó  en  el   paladar    del    aficionado  un  sabor  que  no  se  va   fácilmente…
Victoriano de la Serna

El torero de Sepúlveda apenas había recibido la alternativa el 29 de octubre de 1931. Era, además de ser el más joven de la terna, uno de los matadores de toros que iban a renovar el escalafón. Ya en su presentación como novillero en Madrid había dejado constancia de que tenía la posibilidad de caminar un trecho largo en la fiesta y en esta tarde lo confirmaría.

Corinto y Oro tituló su crónica La Serna: ha vuelto Usted a envenenar el toreo. Y explica sus motivos de la siguiente manera:
Para   establecer   la   obligada   relación  entro  un  feliz  tiempo   pasado  para  la  tauromaquia   y   el  presente,  el  crítico  rememora  hoy  una  fecha  y  un  nombre.  La  fecha  es  el  año   de   1913,   y   el   hombre,   Juan   Belmonte,   novillero   debutante   en   la  plaza  de  Madrid    en  una   tarde  del  mes   de   marzo.  Aquella   tardo   empezó   a  trazarse  una  línea  divisoria   entre    dos   épocas; aquella tarde   Juan   aguantó a los toros como no se   había   hecho   nunca; aquella   tarde    quedó    envenenado  el  arte   de   torear,   y   con   el   envenenamiento   quedó   consagrado   un  estilo  nuevo,  puro  y  peligroso,  que abrió    manicomios    y    sepulturas,  aunque   el   público   fue   el   primer  envenenado,   porque   se   le   descubrió  un  sabor  y  una  exigencia.   A  partir  del  año  1913,  todo  el  torero  que   como   tal   torero   ha    querido  ser  “algo”  en  su  profesión   no  ha  tenido  más  remedio   que  seguir   la   ruta  trazada  por   “aquél”. 
Otro   hombre   revolucionarlo   ha   vuelto  a  envenenar  la   fiesta   de  toros  en  la  corrida   de  ayer,   y   precisamente  cuando  la  corrida   estaba  para   expirar.   Este   otro   hombre  es  Victoriano  de  la  Sema,   que  no  es  sevillano,  ni  “siquiera”   madrileño,  puesto   que  ha   nacido   en   el  corazón  de  Castilla  la   Vieja…
…Pero  salió  el  sexto  toro,  un  castaño  de   bonita   estampa,   codicioso,   y   pastueño,   y...   el   toreo   volvió    a   envenenarse  otra  vez,  como  se  envenenó   en   el   año   1913.   ¡Qué   no   haría   con   este  toro   el  “loco”   torero   de  Castilla   la  Vieja!...   A   ver   si   lo  recordamos:   En   cuanto   pisó  la  arena   el  noble  bruto,  La   Serna  se  descaró   con   él   precipitadamente   en   el   tercio   del   2,   y   el   caos.   El   caos,    al   ver    a   aquel    hombre substantiva,  gramaticalmente,   clavado   en   el  suelo   con   las   piernas  en  ángulo   y   sin  mover  un   pie   en  las   cuatro   arrancadas   que   le   dio  la  bestia;   el  caos   al  ver  aquel   capote  también   a  ras  del  suelo,  que  se  llevaba  el  toro  de un lado  para  otro   con   una   suavidad,   una    elegancia   y  un   arte  nunca   vistos,   y   aquellos   brazos    movidos    con    la    misma   lentitud   de   derecha   a   izquierda;   el  caos  al  trazar   aquella   maravillosa  media   verónica  en   la   que  el  toro  tomó  la  forma  de   una   pescadilla   (como   a  las   pescadillas estamos   acostumbrados   a   verlas),   rodeando   la  cintura   del  torero;   y   el   caos   al   ver  a   los   catorce   mil   espectadores    que    abarrotaron    la    plaza,    en    pie,    entregados    a    un    verdadero     delirio    que     simbolizó     una   ovación   y  un  olear   de   verdadero   frenesí.   Repitió   su   toreo,   su  excepcional   toreo,   su    personalísimo   toreo,  el  toreo  cuyo  estilo   inverosímil   ha   traído    otra    vez    el     envenenamiento  de  la   fiesta   el  torero   segoviano,   y   las   aclamaciones   volvieron   a   oírse   imponentes  y     arrolladoras.     Carancho    hizo   otro  quite  también   maravilloso,   y  con   otro   por   el   estilo   cerró   Solórzano  el  tercio,  que,  como   el  del  segundo   toro,   nos   puso    a    todos  en  un  transporte   de  emoción  y   de   alegría     difícilmente     descriptible. Las   ovaciones   se   sucedían   impetuosas;    pero   la    de   la   Sema    se   prolongaba    y   se   prolongaba,    sin   cesar   hasta   el   tercio   de   banderillas. ¡Qué  estilo  no  pondría   aquel  hombre  en  aquella  manera  de  lancear   tan   arrolladora,   tan   selecta,  tan   escalofriante!   Una   consideración  de  crítica:   si  como  toreó  ayer de   capa   este   sexto   toro   en   Madrid  torea  quince   o  veinte  en  provincias,   de   respetarle   los   bichos,  su exaltación   definitiva   tendrá   la   velocidad  de  un   tiro. 
La   revolución  ya  estaba   armada;  pero  aun  debíamos  esperar  con  el  natural  interés  la  faena  de  muleta,    que    Victoriano    ofrendó    al   querido  camarada   el  popularísimo  poeta  de  la  democracia   madrileña  Antonio  Casero.  La  revolución  tiene  un  empalme.  El  torero  sale  paso   a  paso,   con  la  muleta   plegada sobre  la  mano   izquierda,   y   llama  la  atención  del  toro,  que  sigue  embistiendo  bien,  aunque  adelanta  un poco  por  el  pitón  izquierdo.  El  bicho   se   arranca,   el  torero   espera,  da  un  quiebro  de  cintura  en  la  reunión   y   comienza   con  un   cambio  emocionante.  Inmediatamente   despliega  la  muleta  y  prepara  el  pase  natural,   que  no  sale  limpio  por   el   defecto  del  toro.  Cambia  de  mano,  y el  caos  otra  vez:  sobre  la  derecha   ejecuta  una  labor   formidable,  que  se  compone  de  cuatro  muletazos   bajos,   llevando   al  cornúpeto con  el hocico matemáticamente  adherido   a  los  vuelos  de  la   franela; de  tres  altos,  dos  de  pecho,  en  los  que  el  toro,  de  pitón   a  rabo,   roza   la  cintura  del  torero,   y  otros   dos  bajos  también,   en  los  que   hombre  y   bestia   forman   un   solo   cuerpo.  Pero  en  estos   dos  pases  no   se  ha  tramitado    el   eterno   muletazo    de    parar   y   cargar   la  suerte,  no;   estos   dos  muletazos  son  tan   excepcionales, tan  desconocidos  en  todas las  épocas  del  toreo,  que  el   lidiador   se   ha   quedado   convertido   en  una   verdadera    estatua,    mientras  el   toro   ha   ido   y  ha   vuelto   en   el  viaje  sin  que  el  torero   descomponga  su  figura  ni  se  tome  un   nuevo  centímetro  de  terreno  para   prepararse  contra  el  ímpetu   y  la   fuerza   del   adversario;   es   decir,   sin   preocuparse   de  una   probable   cogida.  La  multitud,  que  apenas  ha   tenido   tiempo  de  reaccionar  en  pro  de  un sosiego  necesario,  vuelve  a  desbordarse  en  esa  asombrosa  faena   de  muleta,   y   el  entusiasmo   que   produce  este  segundo  acto  del  envenenamiento   del  toreo  es   francamente    indescriptible.    Una     estocada   corta   tiene  por  remate   la  faena   y   la  vida  del  castaño  codicioso  y  pastueño,  y  la   ovación   final   se   hace  imponente,    avasalladora,    Gran   parte   del   gentío   pide   la   oreja,    y  el  presidente,   después   de  un   titubeo   reflexivo,   acuerda   no    concederla.  Bien  hecho.  La  negación  del  premio  es  muy   eficaz,  porque   con   ello   crece   el   clamor   del   público,   cuyo    nervosismo    de    entusiasmo    termina,  por  fin,  en  coger  al  torero  en  hombros,  pasearlo  por  el  redondel  y  depositarlo  en  el  automóvil…
Maximiliano Clavo presiente aquí un nuevo canon para hacer el toreo. Una revolución le llama él.

Una de color

Señalan las crónicas que La Serna brindó la muerte del sexto a Antonio Casero. También revelan que tras la gran faena al sexto, la muchedumbre – no los costaleros a sueldo – se lo llevó en hombros. La rápida sucesión de los hechos impidió al torero o a sus ayudantes recuperar la montera dejada en prenda al pintor y así narra Corrochano lo sucedido con ella:
El interés de la corrida, por unas cosas o por otras, no decayó un momento. Fue una corrida distraída, muy interesante. Cuando salíamos, como La Serna se había marchado, vimos a Antonio Casero sin saber qué hacer con la montera.
- ¿Vamos, Antonio?
- Espera que salga la gente - dijo muy preocupado.
Y cuando creía que nadie le veía, arrojó la montera entre barreras y salió de prisa, muy sonriente, como si no hubiera hecho nada…
Ligas a las crónicas

Las crónicas completas de este festejo las pueden consultar pulsando sobre el nombre del diario en cuestión:





domingo, 28 de septiembre de 2014

28 de septiembre de 1930: El Rey del Temple recibe la alternativa en Sevilla

San Miguel de 1930
Jesús Solórzano Dávalos fue el triunfador de la temporada de novilladas de 1929 en El Toreo de la Condesa, un serial en el que junto con él descollaron Carmelo Pérez, Esteban García y José González Carnicerito, con quienes completó el cartel de la Oreja de Plata formado por suscripción popular a iniciativa de El Universal Taurino, festejo que se celebró el 8 de septiembre de 1929, con un encierro de Santín. El moreliano fue quien se llevó el trofeo en la espuerta y curiosamente, sus tres alternantes morirían posteriormente a consecuencia de heridas por asta de toro.

La obtención de la Oreja de Plata garantizó a Jesús Solórzano la alternativa en la siguiente temporada de corridas de toros y así, el 15 de diciembre de ese mismo año, el santanderino Félix Rodríguez le cedió al toro Cubano de Piedras Negras en presencia de Heriberto García para investirlo como matador de toros en la capital mexicana.

Marcha a España en 1930 e inicia una campaña como novillero que le lleva a actuar en las principales plazas de la península y es en la Feria de San Miguel de ese calendario que se anuncia su alternativa en un cartel formado originalmente con Antonio Márquez como padrino y Marcial Lalanda como testigo, para enfrentar un encierro de los hermanos Luis y José Pallarés (antes Peñalver). Sin mediar explicación, cayó del cartel el llamado Belmonte Rubio y entró en su lugar Cayetano Ordóñez Niño de la Palma, por lo que el padrino del ya llamado aquí en México El Rey del Temple fue Marcial Lalanda.

Juan Mª Vázquez, en el número del ABC de Sevilla aparecido el 30 de septiembre de 1929, refirió lo siguiente acerca de la corrida de la alternativa de Jesús Solórzano:
El nuevo doctor. – Desde el domingo, la comunidad taurina cuenta con un nuevo doctor: es el mejicano Jesús Solórzano, que allá en la primavera, al presentarse en España ante el público de Sevilla, logró interesar a los aficionados más severos con un arte muy moderno y gallardo que era feliz asimilación y trasunto de la manera de Antonio Márquez, con tanta exactitud reflejada que hasta faltaba en la feliz asimilación el granito de sal de que el bien escogido modelo carecía... De la campaña que el novillero Solórzano desarrolló ante nosotros – olvidando descensos inevitables –, quedaban, para hacerle merecedor de la categoría máxima, los buenos recuerdos de sus lances de capa, ceñidos, templados y elegantes, y, sobre ello, la emoción de la soberbia faena de muleta con que enardeció a los sevillanos, en la tarde en que se les dio a conocer. Las crónicas y comentarios que inspiró su labor afortunada constituía – aún sin el aditamento de su triunfo en Madrid – documentación suficiente para unir a la solicitud de alternativa, escalada hoy por cualquier audaz exento de valor personal y de méritos artísticos. Ya la tiene Solórzano, y alcanzada en la cuna y la sede de su arte. Que siempre use de ella con pundonor y decoro, mirando a completar su personalidad en el oficio – que es ya distinguida – y evitando a quienes fueron los primeros en aplaudirle por estas tierras el mal sabor de las retractaciones... En su día solemne, el notable lidiador se produjo con ese pundonor que para lo futuro le pedimos; animoso, lleno de los mejores deseos se esforzó en agradar al concurso, y si no siempre el éxito correspondió al designio, por lo general su labor fue buena y dejó grato sabor... Capeó al natural al que abrió plaza, de salida y en los quites – adornándose aquí con una vistosa serpentina – estirado, quieto y apretándose. Aunque el toro no tenía buen estilo - la corrida de los Sres. Pallarés, en ese respecto, dejó bastante que desear -, quiso sumar al esfuerzo su arte de banderillero, y reuniéndose muy bien puso con gran facilidad dos pares y medio – derrotando el bicho las dos últimas veces – que le fueron – como los lances consignados – aplaudidísimos. En fin: investido por Marcial, libró con un buen ayudado una acometida imprevista y, seguidamente, entre dos naturales aceptables, consumó, sereno y valiente, un gran pase de pecho. Con la derecha, cerquísima de las astas, aunque sufriera más de un derrote, siguió con adornos el estimable trasteo, hasta que, igualada res, entrando muy ligero, dejó una estocada atravesada. Un descabello a la segunda tumbó al enemigo, y Solórzano, afectuosamente, dio la vuelta al dorado círculo... La lidia del sexto estuvo tocada de la sosera de aquél animal, animándola tan solo el arte del banderillero. Al matar entró bien al pinchar y mal al secundar con una estocada fea... En el resto de la lidia, como capeador, Solórzano ostentó repetidas veces la brillantez de su estilo. Fue magnífica su intervención en el lucidísimo tercio de quites del tercer toro, el único verdaderamente bravo de la primera de Feria... Porque Jesús necesita del toro bravo y codicioso; el que amilana a los astros prudentes. Cuando le veamos ante bichos de esa clase, su figura, entonadamente compuesta el domingo, volverá – en armónica pugna el artizado arrojo y la noble fiereza – a nimbrarse de un claro resplandor... 
Jesús Solórzano, visto por Martínez de León
la tarde de su alternativa (ABC de Sevilla 30/09/30)
Ese sería el primer paso de una historia que se escribiría con nombres como los de Revistero, de Aleas – al que cortó las dos orejas en la plaza vieja de Madrid y de lo que me he ocupado ya en esta AldeaGranatillo, Redactor, Cuatro Letras, Batanero, Brillante, Príncipe Azul, Pies de Plata, Tortolito, Picoso o Pimiento y que lograron construir la historia y la leyenda de El Rey del Temple.

Jesús Solórzano se despidió de los ruedos el 10 de abril de 1949 en la Plaza México, en una corrida de toros en la que alternó con Luis Procuna y Rafael Rodríguez en la lidia de un encierro de Matancillas. El último toro que mató vestido de luces fue Campasolo y llevaba en el anca el hierro de La Punta – ganadería hermana de la anunciada – también propiedad de sus cuñados Francisco y José C. Madrazo, al que le cortó una oreja. 

Jesús Solórzano Dávalos falleció en la Ciudad de México el 24 de septiembre de 1983.

Nota: Los resaltados en la crónica de Juan Mª Vázquez, son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en el original.

domingo, 13 de enero de 2013

El Rey del Temple y Revistero de Aleas

Jesús Solórzano
El Rey del Temple

El pasado jueves, 10 de enero, se cumplieron ciento cinco años del natalicio, en Morelia, Michoacán, de Jesús Solórzano Dávalos, uno de los toreros mexicanos que integraron lo que con justeza puede ser considerada la Edad de Oro del Toreo en esta vertiente del Atlántico. Jesús Solórzano recibió la alternativa en El Toreo de la Ciudad de México el 15 de diciembre de 1929, de manos de Félix Rodríguez, que le cedió al toro Cubano, de Piedras Negras, en presencia de Heriberto García. Viaja a España el año siguiente y renuncia a ese doctorado, presentándose en Madrid como novillero el 20 de julio de 1930, dejando una muy buena impresión, lo que le lleva a recibir una segunda y definitiva alternativa en Sevilla, el 28 de septiembre de ese calendario llevando como padrino a Marcial Lalanda y de testigo a Cayetano Ordóñez Niño de la Palma, siendo el toro de la ceremonia Niquelado, de Pallarés Hermanos.

Jesús Solórzano fue un torero que desde sus inicios – su quinta novilleril se integró con toreros como Carmelo Pérez, Esteban García y Carnicerito de México – se distinguió por la naturalidad con la que realizaba el toreo y por la forma en la que templaba a los toros, razón por la cual, pronto fue apodado El Rey del Temple, apelativo que le seguiría durante toda su trayectoria en los ruedos y en la vida.

Confirmó su alternativa sevillana el 6 de abril de 1931, con el toro Espartero de Bernardo Escudero, previa la cesión de trastos que le hiciera Nicanor Villalta ante el testimonio de Joaquín Rodríguez Cagancho y Francisco Vega de los Reyes Gitanillo de Triana y en ese mismo calendario, el domingo 7 de junio, tendría una de las más grandes actuaciones que diestro mexicano alguno haya firmado en Madrid, cuando alternando con Valencia II y José Amorós, enfrentó una corrida de la ganadería colmenareña de don Manuel García, antes Aleas. Es la tarde en la que le corta las dos orejas al toro Revistero, tercero de los corridos ese día.

La versión de Federico M. Alcázar

En el semanario Crónica, Madrid, junio 1931
El primer testimonio al que recurro para recordar el suceso, es el de Federico M. Alcázar, publicado en el diario madrileño El Imparcial, del martes 9 de junio. La crónica de Alcázar es lo que los escritores de hogaño llamarían una crónica de concepto. No abunda en los detalles de la faena del Rey del Temple, sino que, intentando transmitir a sus lectores la sorpresa que le produjo la magnitud de la obra que presenció en el ruedo de la Carretera de Aragón, más bien pretende expresarles la impresión que aún lleva, considerando que por la Ley del Descanso Dominical vigente, tuvo más tiempo para escribir y no lo hizo a matacaballo inmediatamente después de la corrida. Lo más destacado de la crónica de Alcázar es lo siguiente:

Ha terminado la corrida y todavía no hemos salido de nuestra sorpresa, mejor dicho, de nuestro asombro. La faena de Solórzano al tercer toro ha sido un deslumbramiento. Mucho esperábamos del torero mejicano, pero la realidad ha superado nuestras esperanzas. Creíamos en su valentía, en su magnífico estilo de torero, en sus excelentes condiciones de matador y esperábamos el momento, no de la revelación, porque ya se reveló como novillero, sino de la faena de su consagración. Para nosotros era una cosa prevista, prevista y descontada. Era cuestión de fecha. Lo que no creíamos, debemos confesarlo lealmente, lo que no esperábamos, lo que no habían previsto nuestros cálculos, es que una tarde se remontara a las cumbres más altas de la inspiración torera y realizara una de las faenas más acabadas y perfectas de la historia en estos últimos quince años. Dice un poeta que las montañas sólo se unen por la parte más baja; lo más alto se eleva solitario al infinito. Así ocurre con las faenas que marcan una fecha y quedan como punto de referencia... ¿Cómo ha sido?, preguntará el lector impaciente. Ya he dicho en otra ocasión que los momentos de más sublime y gozosa emoción, son por su misma naturaleza inefable, intraducibles en palabras, inexpresables en imágenes. Hasta la hipérbole, tan socorrida otras veces, no nos sirve, porque la grandeza de la faena excede los términos de la ponderación. Ha sido algo tan asombroso, tan definitivo, que su recuerdo parece un sueño más que una realidad. Está tan viciado el toreo, tan mixtificado el estilo, tan corrompido el gusto, tan falseada la fiesta, que cuando nos encontramos con una faena como ésta, sentimos la misma alegría gozosa que el pueblo israelita al pisar la tierra de promisión... Para describirla tenemos que prescindir de toda esa visión amanerada y violenta, ramplona y cursi, del toreo de oralina y encajarla en las definiciones clásicas del arte del toreo. Clásica por su factura, por su porte, por su rumbo, la faena de Solórzano es un modelo de bien torear. Por las circunstancias, por el momento, por la época, es un punto de referencia, una cima ideal de suprema belleza clásica. Eso es el toreo; así se torea, esa es la verdadera escuela del arte. Cuando algún curioso nos pregunte cómo se ha de dar el pase natural, le remitiremos a esta faena memorable de Solórzano en la Plaza de Madrid... Cuando termina la corrida, un significado belmontista comenta la faena diciendo: «Ese toro va a ser el mejor toreado que se arrastre esta temporada»... «¿Esta temporada nada más?», preguntamos... Un gesto de duda, que es más expresivo que las palabras, corta el diálogo...

Como vemos, Alcázar llega incluso al riesgo de calificar la faena de Solórzano a Revistero, como la mejor de la temporada – que apenas mediaba – y quizás la de muchas más.

Cómo fue que vio la corrida Corinto y Oro

Una segunda versión de lo sucedido el 7 de junio de 1931 es la de Maximiliano Clavo Corinto y Oro, publicada en La Voz, menos abundante en impresiones, algo más concentrada en los detalles y que repara – importante detalle – en la presencia y comportamiento del toro y dejando ver además, que conoce en alguna medida la importancia de Solórzano en el medio taurino mexicano. Extraigo de la crónica de Corinto y Oro esto:

La tarde en que el año pasado debutó Jesús Solórzano en la plaza «grande» tuvo una actuación tan brillante, que mereció este título en la crítica del revistero que suscribe: «Solórzano; la estatua que torea». La estatua volvió ayer a manifestársenos en toda su original pureza de arrogancia, quietud, sabor y gesto estético... Los acontecimientos han surgido, traídos de la mano por la lógica. Solórzano arma recientemente un alboroto en Barcelona, repite en Granada, en el Corpus, y ayer, en Madrid, en la renovación del abono, acaba de consagrarse... Entra el tercero en escena. Es un «mozo» y es colorao retinto, más «Colmenar» que el arrastrado. Se acerca el momento cumbre de la corrida. ¡Ya está! Solórzano busca al retinto, le ofrece el capote con firmeza y se le escapa. Otra tentativa, ya sin dejarlo escapar. Tres lances maravillosos y una preciosa serpentina entre los mismos pitones arrancan una ovación e inician el alboroto. Otros tres lances con los pies clavados y juntos y media verónica formidable. ¡Qué bien torea este «Chuchito»! El bicho, voluntario, tardea; pero tiene buen estilo. Ahora viene un tercio de quites que se recordará toda la temporada... El público, frenético de entusiasmo, obliga a los tres matadores a salir a los medios montera en mano. (¡Viva la fiesta española!) Solórzano coge los palos y se banderillea al colmenareño con tres pares por la cara, el segundo, gramaticalmente monumental. El alboroto sigue sin interrupción, para verse inmediatamente coronado por una faena que es un asombro de valor y arte... La ovación y los olés puede que se oyeran hasta Chapultepec. Dos pinchazos superiorísimos, en los que el diestro se va tras la espada; un estoconazo y el toro rueda. Ovación inenarrable, la oreja y vuelta al ruedo entre merecidas aclamaciones. También al colmenareño se le da la vuelta al redondel. Esta decisión – ¿de quién ha sido esta decisión? – es un poco arbitraria, porque el toro, aunque muy dócil, ha embestido realmente obligado por el torero. El toro no ha sido de bandera ni mucho menos; el que ha sido de bandera es el nuevo embajador de la tauromaquia mejicana, al que sin reservas lo ha proclamado el público figura del toreo…

El recuento de Federico Morena

Así lo vio Roberto Domingo
(La Libertad, Madrid, 9/06/1931)
Dejo al final la primera crónica que apareció, la del Heraldo de Madrid, firmada por Federico Morena y salida a los quioscos la noche del 8 de junio. Es esta la que más abunda en detalles – desde proporcionar el nombre del toro – y también en establecer una comparación que los demás no hacen, en el sentido de establecer que la tauromaquia de Jesús Solórzano es similar a la de Antonio Márquez. No obstante, coincide con las dos anteriores, en la grandeza de la obra del moreliano y difiere con la de Corinto y Oro en dos aspectos, primero, en el número de apéndices otorgados y después, en el hecho de la concesión de la vuelta al ruedo al toro, que según Morena no se otorgó y según Maximiliano Clavo sí, pero de manera indebida.


La relación que hace Morena repara además en un hecho que parece que se repite a través de los tiempos. La selección del ganado según la conspicuidad del diestro que enfrentará y por lo visto, en ese verano madrileño Valencia II, José Amorós y Jesús Solórzano tenían que mucho que justificar tanto a la cátedra como al resto de la afición española. De esta última crónica extraigo esto:

En la Academia de Tauromaquia - vulgo Universidad taurina de la carretera de Aragón - hubo ayer, en la tarde, sesión solemne. El ilustre doctor mejicano D. Jesús Solórzano ha ocupado, con el ceremonial de costumbre, el sillón que en la docta casa – casa sin tejado, pero con tejadillo – dejó vacante, por renuncia, el insigne D. Antonio Márquez… El recipiendario explicó prácticamente una magistral conferencia de tema de tanta monta en tauromaquia como «El valor, el temple y la naturalidad». El nuevo académico recibió muchas y muy enardecidas felicitaciones… Quiere decir esto, bien traducido, que Solórzano ha triunfado plenamente en la primera plaza de la República. Y como yo creo que la función del crítico es hacer justicia y dar a cada uno lo que es suyo, sin detenerse a averiguar en qué tierra, próxima o apartada, indígena o exótica, rodó la cuna del torero, digo y proclamo a los cuatro vientos de la celebridad que Jesús Solórzano, el flamantísimo matador de toros mejicano, se colocó ayer en las avanzadas de la torería por méritos indiscutibles y generalmente reconocidos que contrajo en la lidia y muerte del toro «Revistero», colorao, número 96, de la ganadería colmenareña de D. Manuel García, antigua y famosa vacada de D. Manuel Aleas… «Revistero» fue un toro. Un toro con la edad y el peso reglamentarios. No fue uno de esos toretes al uso del campo de Salamanca – y a veces también del campo andaluz –, criados expresa y deliberadamente para que los conspicuos de la tauromaquia se enriquezcan con el menor riesgo posible. ¡Un toro! Siquiera no mereciese los honores de la vuelta al ruedo. Salió con muchos pies, y un peón excelente, conocedor como pocos de su arte, el gran «Rerre», lo prendió en la punta de su capotillo y tiró de él en zig – zag portentoso, matemático, desde los medios hasta el tercio. Y allí pasó «Revistero», sin brusquedades, en una solución de continuidad perfecta, del capote de «Rerre» al capote de Solórzano. Y al grito entusiasta y justiciero que decía «¡Así se torea a punta de capote!», hubo de suceder otra voz fervorosa e igualmente justa: «¡Así se torea a la verónica!»... lances largos, templadísimos; bien cargada la suerte; las manos bajas – que no es vicioso el procedimiento, aunque yo prefiera, en esta como en todas las suertes, la naturalidad –; el pecho fuera, sobre el balconcillo del capote y el mentón clavado en el pecho para ver pasar «todo» el toro... Una media verónica finísima, elegante, majestuosa, de la escuela de Antonio Márquez – llevaba el sello característico, inconfundible –, y al rojo vivo los entusiasmos populares... Solórzano cogió las banderillas. Había que redondear la lidia tan admirable tan admirablemente comenzada... Jesús colocó tres pares al cuarteo citando sobre corto y casi sin salida. Valor y dominio de la suerte... Así llegamos al gran momento. El toro, en el tercio del 2. El espada avanzó despaciosamente a su encuentro, la muleta en la diestra mano. «Revistero» escarba en la arena y retrocede. Inquietud en el público. ¿Tendremos toro? El espada citó de nuevo. Se arrancó el toro suave y la muleta peinó los lomos de la res y salió por la penca del rabo. Se revolvió el toro y Solórzano se lo echó por delante en un gran pase cambiado por arriba que arrancó las primeras exclamaciones de asombro. Otro pase por alto, con colada. Y la muleta a la zurda. El toro tardo en la embestida. El torero adelantó la muleta bravamente para provocar la arrancada. Y se llevó prendido a «Revistero» en un buen pase al natural, que ligó con el de pecho, magnífico. (Ovación)... Una serie de tres naturales... la mano del torero deslizóse suavemente, templadamente y la figura del torero no perdió un solo instante la naturalidad, cosa esencialísima y en la que el público, el gran público, apenas para mientes... la muleta, vencedora, triunfante, volvió a la derecha para dibujar unos pases muy toreros. Y en un instante en que el toro se arrancó brusca e inopinadamente, se libró el espada del embroque jugando con soberana habilidad la mano zurda para ganar la acción a «Revistero» y echárselo otra vez por delante en un pase de pecho que levantó en el graderío murmullos de admiración... Tres veces entró a matar. Las tres sobre corto y sin separarse un milímetro de la línea recta. Dos pinchazos magníficos y una estocada corta superior. Toda la faena fue coreada por el público, y cuando el toro dobló, millares de pañuelos se agitaron en el aire. Y no volvieron a los bolsillos hasta que el espada cortó las dos orejas del noble animal... Entonces estalló una verdadera tempestad de aplausos... ¡Salud, Solórzano ilustre!...

En el semanario Mundo Gráfico, Madrid, junio 1931
(Foto: Alfonso)
Es así como fue contada a la afición de Madrid y de España una de las páginas brillantes de la historia del toreo.

Concluyendo

El paso en los ruedos de Jesús Solórzano no solamente está señalado por la tarde de Revistero. También la gloria le llegó con los nombres de Granatillo, Redactor, Cuatro Letras, Batanero, Brillante, Príncipe Azul, Pies de Plata, Tortolito, Picoso o Pimiento y que lograron construir la historia y la leyenda de El Rey del Temple.

Jesús Solórzano se despidió de los ruedos el 10 de abril de 1949 en la Plaza México, en una corrida de toros en la que alternó con Luis Procuna y Rafael Rodríguez en la lidia de un encierro de Matancillas. El último toro que mató vestido de luces fue Campasolo y llevaba en el anca el hierro de La Punta – ganadería hermana de la anunciada – también propiedad de sus cuñados Francisco y José C. Madrazo, al que le cortó una oreja. Falleció en la Ciudad de México el 21 de septiembre de 1978.

Aclaración necesaria: Los resaltados en los textos de Corinto y Oro y Federico Morena no obran en sus respectivos originales, son imputables exclusivamente a este amanuense.
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