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domingo, 11 de noviembre de 2012

Una fotografía con historia (III)



Fotografía: Manuel Vaquero. © Archivo Ragel.
Cortesía: Carlos González Ximénez
Para su actuación del 22 de septiembre de 1935 en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid, Juan Belmonte hizo saber que esa sería su postrera presentación vestido de luces ante el público de la capital española. Y se fue triunfalmente, cortando el rabo al toro Ocicón de don Francisco Sánchez de Coquilla, corrido en cuarto lugar esa memorable tarde. 

Apenas un año antes, al reaparecer ante la cátedra, había cortado, en la cuarta corrida de toros que se ofrecía en ese nuevo escenario, el primer rabo de su historia, a Desertor de doña Carmen de Federico. Eran los tiempos en los que se podía ser el primero en varias cosas en esa plaza. Así, Fortuna mató el primer toro en ese ruedo, Hortelano, de Juan Pedro Domecq, antes Veragua; Maravilla cortó allí la primera oreja; Armillita y Domingo Ortega dieron la primera gran tarde de toros y podemos seguir en una sucesión de primicias, pero no es aquí el caso.

La reproducción del hecho en La Voz

El día en el que probablemente su amigo Sebastián Miranda le hizo entrega del busto que carga en la imagen que da pie a que meta yo los míos, Juan Belmonte pronunció lo que sería su última lección magistral ante la afición de Madrid. Y lo hizo vestido de plata, así como cuando el día que reapareció, su vestido iba bordado en hilo blanco. Federico M. Alcázar, que por esos días tenía su tribuna en el diario La Voz, expresa estos pareceres acerca de la comparecencia de El Pasmo esa señalada tarde:

...Yo no sé si esta nueva estética llegará a su completa realización o quedará sólo en Belmonte, pues depende de que encuentre otro genio interpretativo – no creador – que lleve la lleve al término de su desarrollo dándole cabal y perfecta expresión... Yo no sé si Belmonte se va o se queda y si la de ayer es la última o penúltima corrida que va a torear. Si no es merece serlo, para que su recuerdo quede en la memoria de la afición... Como amigo, quiero que se marche y no se exponga a los riesgos que tiene la profesión, a pesar de que el riesgo – como ha dicho D'Annunzio y ayer me recordaba Sebastián Miranda –, es el eje de la vida sublime... ¿Qué faena fue la mejor? Las dos: pero de más mérito la del cuarto. Y el mérito de esta faena no radica en el número y calidad de los pases... sino en ver dónde estaba la faena y realizarla precisamente allí. En darle al toro lo que pedía... Y después de torear, matar. Y matar bien, esto es, con estilo de matador. Una tarde de apoteosis, con la oreja del primer toro, las orejas y el rabo del cuarto y un público enardecido que no cesa de aclamarlo delirante, loco de entusiasmo... 

La conclusión generalizada de quienes vieron al torero de Triana irse de los toros por propia decisión, era de cierta extrañeza. Se veía pleno de facultades y anunciando, como lo apunta la crónica de Alcázar, una nueva manera de hacer el toreo. Así también parece advertirlo Federico Morena, de El Heraldo de Madrid, que reflexiona lo siguiente: 

...El traje que lleva puesto – corinto y plata – es un símbolo. La montera también. Son – o lo parecen al menos – de aquella época, de la época de la alternativa. Representan cuanto de viril y grandioso tenía el toreo entonces. Representan también cuanto aportó al toreo Juan Belmonte, el verbo, el generador del nuevo arte... Los discípulos de Juan han aprendido, al cabo del tiempo, a parar y a templar. En esto alcanzan, sin duda, un alto grado de perfección. Pero no han dado con el secreto de ligar, pese a las lecciones que el maestro ha explicado en reiteradas salidas... 

Lo que Morena y Alcázar, ambos en su éxtasis por el triunfal adiós de Belmonte no alcanzan a vincular, es que unos cuantos años antes, otro torero sevillano – y trianero también – Manuel Jiménez Chicuelo, había encontrado la manera de reunir las piezas de ese rompecabezas suelto que implica el parar, templar y ligar al mismo tiempo. Lo había hecho ya en el viejo Toreo de México con los toros Lapicero y Dentista, ambos de San Mateo en 1925 y que en la Plaza de la Carretera de Aragón que estaba a punto de sucumbir a la picota, lo dejó patente con el toro Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero.
La entrega del busto vista por Martínez de León
en el diario madrileño El Sol

Quizás ese 22 de septiembre de 1935, cuando para lidiar esa corrida de Francisco Sánchez de Coquilla se acarteló con Marcial Lalanda y Alfredo Corrochano, Juan Belmonte decidió que era ya la hora del adiós, era porque sabía que el círculo se había cerrado y que, sus continuadores tendrían, a partir de ese momento la responsabilidad y el peso de llevar adelante la evolución del toreo.

Agradecimiento: Se lo expreso a Carlos González Ximénez, custodio y titular del Archivo Ragel, por haberme permitido utilizar la imagen que me permite expresar estas ideas y reciclar este texto publicado originalmente en su Tauropedia en mayo de este año.

Aclaración: Rebuscando sobre el tema, me encuentro en el ejemplar del semanario madrileño Crónica, aparecido el 29 de septiembre de 1935, una reseña firmada por Federico Piñero, en la que asegura haber visto esta corrida acompañado por el escultor Sebastián Miranda y que el que entregó el busto a Belmonte, fue un joven aficionado. La reseña de mérito, la pueden consultar aquí.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Una fotografía con historia (II)


Cuando se anunció la salida del primer toro de regalo en la segunda corrida de la temporada 2011 – 2012 de la Plaza México, la tarde/noche del pasado 13 de noviembre, al conocerse el nombre que el ganadero José Marrón Cajiga había asignado al toro para la ocasión – Carterista –, Heriberto Murrieta, quien comentaba la corrida para la televisión, inmediatamente sacó a recuerdo una fotografía de don Jenaro Olivares que – materialmente – dio la vuelta al mundo. Es esa imagen, obtenida precisamente en la Plaza México, la que da pie para que en esta oportunidad meta yo los míos.

El día 2 de abril de 1950 se celebro la corrida de la Oreja de Oro, a beneficio de la entonces Unión Mexicana de Matadores y Novilleros. El cartel se formó con toros de Zotoluca para Fermín Rivera, Silverio Pérez, Antonio Velázquez, Luis Procuna, Raúl Ochoa Rovira y Rafael Rodríguez. El festejo, de acuerdo con las crónicas, fue uno de esos que resultan torcidos desde su inicio, pues el encierro fue escaso de trapío y su juego dejó bastante que desear.

La relación del festejo que la agencia informativa remitió al diario El Informador de Guadalajara y que apareció publicada al día siguiente al de la corrida, señala que la disputa del trofeo dorado quedó entre Antonio Velázquez y Rafael Rodríguez. De la crónica, extraigo lo siguiente:

Las opiniones se dividieron a la hora de otorgar la oreja de oro entre Antonio Velázquez y Rafael Rodríguez. Ambos hicieron lidia completa a sus respectivos toros, pero con poca suerte con el pincho. Velázquez necesitó dos pinchazos y dos medias desprendidas para terminar con su enemigo y Rodríguez de tres pinchazos, una honda que traspasa y un descabello… Desde el primer tercio ambos matadores se distinguieron en sus quites, tal vez de mayor valor los de Rodríguez, pues tuvo que luchar contra el aire. Las faenas fueron ambas a cual más de valientes y emotivas, Por lo que las opiniones mucho se dividieron al otorgar la oreja al final de la corrida y en vista de que no se hizo una opinión unánime, ni siquiera una franca mayoría a favor de alguno de los dos diestros, los directivos de la Unión, en voto de calidad, dieron la oreja de oro a Antonio Velázquez, lo que disgustó a los partidarios de Rodríguez…

Al final, Corazón de León se llevó el trofeo y los partidarios del Volcán de Aguascalientes se lanzaron al ruedo para llevárselo en volandas. Quien lo cargó sobre sus hombros fue otro hidrocálido, un estudiante de segundo año de Ingeniería Civil, Jorge López Yáñez, que inició la vuelta al ruedo con el torero a cuestas y un buen contingente de aficionados y seguidores detrás de él. En ese trayecto es cuando la lente de la cámara de don Jenaro Olivares captó la escena que dio la vuelta al mundo.

La historia de la imagen

La fotografía de Olivares publicada en
LIFE el  1 de mayo de 1950
Como se puede observar en la imagen que encabeza este texto, Jorge López Yáñez, apodado El Vago, vestido con una camisa a cuadros y un saco o americana, carga al torero y lleva la vista al frente, con una expresión de cierto júbilo o satisfacción, en tanto que a su izquierda un jovencito que lleva un overol y un gorro tejido aclama emocionado al diestro y por la derecha, un chiquillo aprovecha la distracción del costalero para con habilidad, extraer la billetera – cartera le llamamos en México – del que con el paso del tiempo sería el Ingeniero López Yáñez. Un poco más a la derecha, un agente de policía, voltea exactamente hacia el otro lado de donde los hechos suceden, pensando quizás que a él le pagan por cuidar el orden, no el desórden

Esa fotografía, entiendo, se publicó originalmente en una revista de la Ciudad de México, llamada Hoy.

La vuelta al mundo

Una vez aparecida en Hoy, la obra de Jenaro Olivares apareció en la revista LIFE en los Estados Unidos en un par de ocasiones. La primera de ellas fue en la página 31 del número correspondiente al 1º de mayo de 1950 y se le calificó como la fotografía de la semana. El pie de la publicación de la imagen en esa ocasión decía lo siguiente:

Carterista en acción. El público ovacionaba ruidosamente cuando Rafael Rodríguez, con el terno ensangrentado, era sacado en hombros de la plaza de toros México. Pero cuando esta fotografía apareció en la revista “Hoy”, dejó de lado al matador, para comentar al “habilidoso carterista” sustrayendo una billetera, mientras que a su lado, “abstraído totalmente”, se encontraba un policía uniformado, “tal y como sucede todos los días, en todos los rumbos de la ciudad”, proclamaba “Hoy” con tristeza.

La imagen se llevó de nueva cuenta a las páginas del semanario norteamericano. En esta oportunidad al número aparecido el 2 de abril de 1951, cuando en la página 124, se hizo el siguiente análisis de ella:

Qué hay en una fotografía... 
Cuando la mayor parte de las personas vieron esta fotografía, hicieron una doble apreciación. En una primera oportunidad, todo lo que vieron fue al matador herido. Después, desparramaron la vista por el resto de la imagen y sonriendo, gozaron con lo que veían. 
¿Pudo cualquiera, estando parado a la altura del codo del fotógrafo haber visto la rápida y furtiva acción del carterista? Probablemente no. El observador pudo mirar, más no ver el incidente significativo entre los gritos de la multitud. ¿Por qué? Porque en un momento de excitación, no vemos las cosas con claridad. ¿Qué novia ve su propia boda con claridad? ¿Cuántos testigos de un accidente pueden coincidir con sus versiones sobre lo ocurrido? 
Un evento cualquiera se observa mejor en imágenes que cuando ocurre. En una fotografía podemos estudiar todos los hechos y detalles con calma y sin apasionamiento y percibir objetos que hubiéramos pasado por alto sí hubiéramos estado allí.

En LIFE, 2 de abril de 1951
En esta segunda ocasión, más que meramente describir la imagen, se entra a la actividad del fotógrafo, a la manera en la que captura las imágenes y a su posición dentro del momento que imprime – en el caso comentado – en la película, así como el hecho de que a – posteriori, una buena foto nos permite conocer mejor un hecho, aún habiéndolo vivido.

Para terminar presento esta reflexión que hace la maestra Rebeca Monroy Nasr acerca de esta fotografía, de la que aparte de su calidad, resalta su oportunidad, aún demostrando un evidente desconocimiento de lo que es la fiesta y la manera de hacer fotografía en ella, porque conociendo la obra y el profesionalismo de don Jenaro Olivares, me resulta inverosímil que haya perdido la faena, únicamente para realizar la fotografía que ella comenta y que es la que da lugar a esta entrada:


Paradigmática resulta la imagen de Jenaro Olivares cuando capturó con su cámara el momento climático en que un fanático lleva en los hombros al torero Rafael Rodríguez a dar la vuelta al ruedo, sin importarle que hubiese perdido la faena. Olivares sucumbe en entusiasmo mientras un ladronzuelo toma hábilmente su cartera, ahí frente a la nariz de un policía distraído, y otras escenas que se entrecruzan en el momento decisivo de esta fotografía bruegueliana…

domingo, 14 de marzo de 2010

Una fotografía con historia (I)


El médico Antonio Ramírez González fue condiscípulo de mi padre desde los tiempos del bachillerato, es más la abuela de don Antonio era del mismo pueblo que mi padre. Fueron juntos a la Facultad de Medicina y compartieron durante muchos años el ejercicio de la cirugía y la afición a los toros. De cuando en cuando don Toño me permite escudriñar en su extensa y bien cuidada biblioteca y es allí donde me encontré esta fotografía de Sosa que les presento en esta ocasión.

En el año de 1945 se dio lo que resultaría ser la última temporada de novilladas en el viejo Toreo de la Colonia Condesa de la Ciudad de México. El jueves 28 de junio se anunciaron seis ejemplares de La Laguna de Guadalupe, en un festejo de concurso para Alfonso Reyes Lira, Ignacio Cruz Ortega, Aurelio García, Alejandro Cázares, Guillermo Carvajal, Eduardo Solís y Juan de la Cruz, quienes se disputarían, además de la oportunidad de seguir actuando en las tercias subsecuentes, el vestido de luces verde y plata que el actor Ricardo Montalbán había utilizado en la película La Hora de la Verdad, próxima a estrenarse en las salas de cine de México.

La reseña que Guillermo Ernesto Padilla hace del festejo en el segundo tomo su obra Historia de la Plaza de Toros El Toreo 1907 – 1946, refiere lo siguiente:


Alfonso Reyes Lira vio regresar vivo a un astado infumable. Ignacio Cruz Ortega  toreó muy valiente y mató con gran verdad. Aurelio García sacó insospechado partido de un buey. Alejandro Cázares consumó un faenón con un astado de carreta. Guillermo Carvajal emocionó con su enorme valor. Eduardo Solís llevó a cabo torera faena y Juan de la Cruz se esforzó lo indecible.


La actuación de Cázares le señaló pues como triunfador de la noche y como acreedor del terno de luces que el actor mexicano, nacido en la Ciudad de México, pero radicado desde su infancia en Torreón, Coahuila y por tanto, considerado como nativo de allí, vistiera en la cinta que dirigiera Norman Foster y sobre la que Tomás Pérez Turrent, destacado crítico de cine y en su día, también novillero (llegó a presentarse en la Plaza México), escribiera lo siguiente:


…Es un cineasta norteamericano, Norman Foster, quien va a realizar el mejor melodrama taurino que haya hecho el cine mexicano: La hora de la verdad (1944). El argumento (de Janet Alcoriza) recoge todas las convenciones y los prototipos del melodrama taurino: el joven torerillo (Ricardo Montalbán) que es ayudado por un viejo picador, el triunfo después de muchas penurias, la alternativa, el matrimonio con la hermosa joven, a quien la preocupación por la profesión del marido hace perder la razón, hasta que tiene que ser internada en un manicomio; el héroe que se refugia en el amor de otra mujer, con la que tiene un hijo que no conocerá porque ella decide sacrificarse y abandonarlo; la etapa de los fracasos, la soledad, la bebida, las parrandas, la muerte providencial de la loca y el reencuentro de la mujer amada que lo hace conocer a su hijo; la nueva oportunidad, el triunfo y la muerte.

Foster, ayudado por su buen oficio de cineasta, logra profundizar en ciertas verdades del mundo taurino a partir de sus propias convenciones y sin romper las reglas del juego melodramático o pretender trascender el melodrama. Su sentido del ritmo da fluidez al relato y hace verosímiles aun las peores convenciones. Evita constantemente la redundancia (tan común en el melodrama mexicano) gracias a la atinada utilización de la elipsis (buen ejemplo es la escena final, el torero agonizando en la enfermería, la mujer deambulando en la plaza vacía, resuelta con convicción y rigor sin por ello perder su intensidad melodramática). El realizador consigue además una serie de apuntes muy permanentes sobre el torero y el mundo que lo rodea, su especificidad; sabe analizar sus sentimientos contradictorios, la relatividad del miedo y/o el valor. Por último, a través de la locura de la esposa del torero, esboza un tema inédito que afortunadamente no se ha vuelto a tratar: el toreo como privilegiado momento erótico. La locura es un producto de los celos, los celos tienen un motivo concreto: la fusión entre toro y torero, la comunicación que se establece entre ellos, la entrega de uno a otro representa el acto amoroso…
Los estelares del reparto en la cinta fueron el citado Montalbán, Lilia Michel y la veracruzana Virginia Serret, continuando con  un estereotipo que había iniciado con la segunda versión de Santa (1943), dirigida por el mismo Foster, en el que interpreta al torero Jarameño al lado de Esther Fernández. Señalo que el papel del torero es un estereotipo para Montalbán, porque en 1947 vuelve a personificar al diestro Mario Morales en Fiesta, un musical dirigido por Richard Thorpe, compartiendo papeles con Esther Williams, Cyd Charisse y Mary Astor. Espero que el amigo Gustavo de Alba sepa disculpar el que invada sus terrenos.

La tarde del 23 de septiembre de 1945 se anunció la reaparición de Alejandro Cázares, quien para lidiar novillos de Torreón de Cañas de alternaría con el hispano Gabriel Alonso y Ramón López y tras de concluir el paseíllo, bajó al ruedo la guapa Virginia Serret, a cumplir con el segundo de los trofeos ofrecidos al triunfador de la novillada del 28 de junio, la entrega del vestido de luces que utilizó Ricardo Montalbán en el rodaje de La Hora de la Verdad. Ese es el momento en el que el fotógrafo Sosa captó la imagen que encabeza esta entrada.

Guillermo Ernesto Padilla relata como resultado del festejo el siguiente:


El domingo 23 de septiembre se presentó el novillero español Gabriel Alonso, con quien alternaron Alejandro Cázares y Ramón López lidiando astados de Torreón de Cañas. Alonso dejó apreciar estilo y buenos procedimientos. Cázares mostró afición y valor. Ramón López realizó una faena extraordinaria con el sexto burel.

La Hora de la Verdad se estrenó en la Ciudad de México el día 15 de noviembre de 1945 y en el Cine Alameda de Guadalajara al día siguiente. Alejandro Cázares todavía prolongó su carrera novilleril algunos años más, pero fue duramente castigado por los toros. Fue de los novilleros que iniciaron sus pasos en la arena de la Colonia Condesa y que lograron hacer la transición a la Plaza México, donde actuó un par de tardes y en las dos resultó herido de gravedad, terminando por dejar la profesión de torero.

Uno de los hechos más trascendentes del paso por los ruedos de Alejandro Cázares es el ser uno de los primeros en haber presentado a las empresas y haber llevado con él a sus primeras andanzas taurinas a un jovencito que en unos cuantos meses irrumpió para convertirse en una gran figura del toreo, me refiero a Rafael Rodríguez, con quien convivió y a quien auxilió en sus primeros pasos en los ruedos y que en un brevísimo tiempo se convirtió en El Volcán de Aguascalientes.

La fotografía de Ricardo Montalbán es obra de Peter Stackpole, tomada en la plaza de toros El Toreo, de la Ciudad de México, en el año de 1945 y pertenece al archivo de la Revista Life, recopilado en Google y probablemente corresponde a un reportaje realizado a propósito de la filmación de La Hora de la Verdad, por la fecha de su realización.
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