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domingo, 13 de marzo de 2016

Detrás de un cartel (XII)

El festejo que hoy me ocupa – y espero que a Ustedes – tuvo lugar el domingo 18 de agosto de 1946 y actuaron en la plaza de Las Ventas a un torero que ya había pasado por estas revisiones, Ricardo Balderas, el melillense Antonio Corona y se presentaba ante la cátedra el valenciano Francisco Honrubia. Los novillos para la ocasión fueron de Concha y Sierra.

La relación del festejo publicada en el ABC madrileño el martes 20 siguiente, suscrita por Giraldillo tiene miga, por ello no me resisto a transcribirla en su integridad y es de la siguiente guisa:
Novillería...
Se corrieron el domingo seis novillos de Concha y Sierra. Hubo muy buena entrada. La afición, un poco desencantada y aburrida de matadores de toros, que creen tener todo hecho, se ha vuelto hacia los novilleros. Yo no sé si los novilleros habrán entendido el toque de atención, pero ello es que, cuando menos lo piensen, se van a encontrar unos cuantos con el pase a la reserva, desplazados por un plantel de novilleros, que viene, con ganas de pelea, en busca de la alternativa, convencidos de que con el “toro” tendrán que pelear menos que con el novillo, pues el toro de 1946 – y de años atrás – no es otra cosa que un novillito limpio. La afición está por los novilleros. ¡Vamos en busca de valores nuevos, que, unos por muy vistos y otros porque no quieren dejarse ver, cultivando un absurdo “ocultismo”, estamos cansados de matadores de toros! La afición madrileña ha hecho rumbo a la novillería. Ello es muy explicable. Por más que hagan los propios matadores de toros en contra de ella, la fiesta seguirá y tendremos resonantes novilladas extraordinarias y la revelación de nuevos valores. ¡Pues no faltaba más! Por lo que a nosotros toca, pondremos todo nuestro entusiasmo en los que llegan y merezcan el honrado calor de nuestra pluma. Con el calor de la afición, que tan buenas entradas está dando, ya cuentan.
¡Conque, al novillo, muchachos! Al novillo, que aún siendo poquita cosa los de ahora, mucho menos hallareis al llegar a matadores.
Los de Concha y Sierra que se jugaron el domingo fueron buenos. Abantos en la salida, con lidia más adecuada por parte del peonaje, hubieran dado juego mejor a los matadores. Se dio más de una vez el caso entre los novillos dos peones a la vez, y ambos toreándolos a dos manos.
Ricardo Balderas toreó muy bien con la muleta, destacándose en el primero unos derechazos superiores y unas manoletinas de gran efecto. Le aplaudieron mucho y cuando mató, de un estoconazo, le ovacionaron largamente y hubo petición de oreja, vuelta al ruedo y saludos desde el tercio.
Durante la lidia del cuarto, llovió bastante. Se empeñó Ricardo en torear con la izquierda y sufrió unos achuchones por no correr la mano. Mató, empleando una estocada, metisaca, media y un descabello.
El melillense Antonio Corona oyó palmas en la faena que realizó con el segundo, sobresaliendo unos derechazos de buena factura y unos molinetes. Con la izquierda empalmó unos pases. Una estocada corta mató al toro sin puntilla, y hubo muchos aplausos y salida al tercio para saludar. En el quinto, que le tiró un gañafón impresionante, dio unos rodillazos y mató con estocada y descabello. (Palmas). En quites, bien.
Francisco Honrubia, de Valencia, nuevo en Madrid, tuvo en sus dos novillos más voluntad que concierto. Le hallamos poca soltura en el manejo de la muleta. Cumplió en el tercero y en el sexto le pitaron.
Cuide la empresa a los novilleros. Aproveche el camino que le ha marcado la propia afición. Pero prescinda de los que no tienen preparación notoria y vaya en busca de valores nuevos. Si las corridas de toros dejan de celebrarse alguna vez en España, que no sea por la voluntad de media docena de engreídos. Que no toda la culpa sea de “Manolete” y Arruza. Que son muchos los que se creen que Arruza y Manolete en una pieza. Naturalmente, sin serlo, ni en taquilla, ni en el ruedo. Ahora bien, que la empresa sea discreta y tenga tino en la elección de los nombres nuevos, esperados por la afición. El domingo por lo pronto, no estuvo muy atinada.

Como pueden darse cuenta, el descontento con las figuras no era novedad y el pedir que se apoyara a los novilleros tampoco. Por lo visto el hecho de que los encumbrados copen los principales puestos y los que buscan ascender encuentran las vías bloqueadas es cíclico. Escrito está.

Retales de la prensa del día

Eduardo Liceaga moría en el Hospital Militar de Algeciras después de ser herido en San Roque el mismo domingo 18 por Jaranero de Concha y Sierra, primero de la tarde, alternaba con Julio Pérez Vito y Chaves Flores.

Juan Estrada, saldaba su actuación en Barcelona alternando con Manolo Escudero y Julián Marín en la lidia de toros de Domecq dando una vuelta al ruedo.

Carlos Vera Cañitas, corta oreja en Ciudad Real, alternando con Antonio Bienvenida, Rovira y el rejoneador Pepe Anastasio, toros de Víctor y Marín.

Armillita, ovacionado en Gijón, con Pepe Luis Vázquez, Pepín Martín Vázquez y Conchita Cintrón, toros de Antonio Pérez de San Fernando

Fermín Rivera fue ovacionado en San Sebastián, alternando con Domingo Ortega y Juan Belmonte Campoy.

Andaluz corta 2 orejas en Bilbao (1ª de Feria lunes 19) con Pepe Luis Vázquez y Pepín Martín Vázquez, lidiando toros de Carmen de Federico. Los toreros llevaban brazaletes negros por la muerte de Eduardo Liceaga.

domingo, 31 de agosto de 2014

Detrás de un cartel (XI)

El cartel con historia
La historia detrás del cartel que hoy les presento tiene, a más de las propias de las de cada uno de los anuncios de festejos taurinos, una característica especial, pues la tarde del 2 de septiembre de 1945, en la Plaza de Las Ventas se reunieron para actuar dos novilleros mexicanos. No era, ni es frecuente ver en un mismo cartel a dos espadas extranjeros – de la misma nacionalidad – en plazas de España o México y en aquellos días en los que, apenas se reiniciaba el intercambio entre nuestras torerías, quizás era aún más complicado ver un festejo en esas condiciones.

La empresa madrileña anunció para ese domingo a los mexicanos Ricardo Balderas y Eduardo Liceaga, quienes harían cuarteta con Pedro de la Casa Morenito de Talavera y el debutante Manuel Perea Boni. El encierro a lidiar originalmente sería de doña Concepción de la Concha y Sierra, aunque el corrido en séptimo lugar fue devuelto a los corrales por su manifiesta debilidad y sustituido por uno de doña María Sánchez, de Terrones.

Los novillos lidiados

La relación que hace quien firma como El de Tanda, en la Hoja del Lunes del día siguiente al del festejo comienza por señalar con detalle el comportamiento del ganado que se lidió, en el sentido siguiente:
Lo mejor que queda de la ganadería de Concha y Sierra – diríase acaso con más exactitud que lo único – es la sonoridad eufónica del nombre, ¡Concha y Sierra! Pero de la buena casta que labró el prestigio de ese nombre, ¡ay!, queda ya muy poco... Y no es que los novillos de ayer fuesen tan malos como los de otras veces, pero tampoco tuvieron nada de buenos. Pues si bien es verdad que no adolecieron de invencibles dificultades ni de peligrosas condiciones, también lo es que ninguno embistió con franqueza, sino a medias arrancadas; que algunos de ellos gazapeaban por su falta de ganas de embestir, defecto tan molesto para los toreros, y que alguno, como el quinto, a más de mansurronear más de la cuenta, punteaba y achuchaba con ansias de coger. El de María Sánchez, de Terrones, que sustituyó al que salió al de Concha y Sierra que salió en séptimo lugar, fue pequeño, pero bravo y noble, aunque al final también se puso un tanto gazapón...
A partir de esos mimbres tendría que construirse el festejo, que redundó en el corte de una oreja para Eduardo Liceaga y en una aclamada actuación del debutante Boni, pero sin mucho más que contar.

Eduardo Liceaga

La actuación de Liceaga confirmaba lo que se había visto de él el domingo anterior, cuando se mostró como un torero conocedor de su oficio, poseedor de una gran clase y que impactaba a cuanta afición tenía la ocasión de verle en el ruedo. Manuel Sánchez del Arco, Giraldillo, en el ABC madrileño del 4 de septiembre de 1945 cuenta lo siguiente acerca de su actuación:
El que salió en tercer lugar para Eduardo Liceaga fue un toro trotón, que saltó la barrera. Cumplió con los caballos y el mejicano tomó las banderillas para, cuadrando muy bien, meter dos pares y medio a toro parado. Hubo palmas justificadas. Después de sufrir unas coladas y achuchones por el lado derecho, Liceaga, tan inteligente como fino artista, dominó y se situó en buen terreno, ligando unos pases, entre los que sobresalieron unos cambiados por delante, y el público se entusiasmó. Valeroso, con mucho aguante, debiéndose todo al esfuerzo del torero, Liceaga empalmó una gran faena que hizo vibrar al público. Entró con rectitud, uniéndose tanto en el embroque, que sufrió un pitonazo en la ingle derecha, con rotura de la taleguilla. Consiguió una gran estocada que echó a rodar al toro y le dieron la oreja, ovacionándosele con entusiasmo. Fue retirado el toro séptimo y salió un sobrero de Terrones. Liceaga lo toreó de capa, con mucho arte y en quites él y Balderas fueron aplaudidos. Tomó las banderillas Eduardo y cambió un gran par. Cuarteó bien el segundo, y luego, con una guapeza extraordinaria, dejando llegar al toro, que entraba al paso y dudando, y además con la cabeza descompuesta, quebró formidablemente. La gente se puso en pie y ovacionó a Liceaga largamente. En este ambiente favorable, brindó la faena al público y la abrió con tres pases de rodillas aguantando mucho. Fue arrollado al fin y el mejicano supo hacerse el quite con la muleta. Luego realizó una faena en tres partes, muy lucida, entre ovaciones constantes, destacando adornos y toreo al natural. Al encuentro, mató de media estocada perpendicular. Hubo ovación y vuelta al ruedo...
Por su parte, Benjamín Bentura, Barico, en El Ruedo del 6 de septiembre siguiente al festejo, por su parte, reflexiona lo que sigue:
En nuestro comentario de la pasada semana dimos la opinión que merecía el mejicano Eduardo Liceaga. Seguimos creyendo lo mismo. Liceaga es un gran novillero. Nos gustó más en el primer novillo, un bicho de Concha y Sierra al que había que torear muy bien, que en el becerrillo de Terrones que comprometió muchas veces a Liceaga. Este bicho era, si se le hubiera dado la lidia adecuada, para armar un alboroto; pero se le toreó inadecuadamente, y por ello no dio reposo al matador, que anduvo en muchos momentos, aunque en todos valiente. En el tercero, Liceaga convenció al público. Mereció la oreja. Sigue, pues, en alto el pabellón de Eduardo Liceaga...
Ricardo Balderas

Por su parte, Ricardo Balderas sufrió las consecuencias de la mansedumbre del ganado andaluz y solamente pudo dejar constancia de su oficio, según leemos de la opinión de El de Tanda:
Balderas se mostró decidido y enterado, principalmente en su segundo novillo. A este le corrió muy bien la mano en algunos pases en redondo y lo despachó de una estocada contraria, entrando con ganas de matar. Se le aplaudió. También arrancó fuertes aplausos en un quite de frente por detrás al novillo de Terrones…
En su apuntada crónica, Giraldillo le vio así:
Ricardo Balderas halló primeramente un torillo con “leña” en la cabeza, que punteaba. Cuando se apretaba en un precioso quite por chicuelinas, fue enganchado y quedó prendido unos instantes. Cuando el mejicano se zafó, remató con valiente vistosidad y fue aplaudido. El animal que se quedaba y corneaba mucho, no permitió faena. Hubo unos medios pases y Balderas lo despachó de media estocada al encuentro. El segundo suyo, que era un toro, saltó la valla por el tendido 9 y produjo pánico entre los mozos de estoque y toreros que por allí descansan. Pegaron fuerte a este toro en tres puyazos y vino a parar en probón. Balderas toreó, primero por delante y luego se ajustó con el bicho en unos pases superiores, muy de torero, rematados con arte y mató de una estocada buena. Hubo palmas y saludos…
En una versión más colorida y de conjunto, Alfredo Marquerie, en el ejemplar de El Ruedo ya mencionado, menciona lo siguiente en su sección titulada Banderillas de fuego:
Balderas es un torero, grande de tamaño, dominador y seguro. No tuvo suerte con el lote de “lisiados” pero en todo momento pisó fuerte en la plaza, con pisada maciza, de las que conmueven los cimientos... Liceaga, que tiene nombre de médico (fíjense qué bien suena: ¡doctor Liceaga al teléfono!), fue el torero fino y valiente de otras veces y además nos dio un susto tremendo cuando una cornada le rasgó la taleguilla y el pedazo arrancado cayó como un cuajarón...
Detrás del cartel

Detrás del cartel, la nota manuscrita
acerca de las cuadrillas que actuaron
El hecho es que materialmente, el cartel cuya historia hoy les presento, tiene una anotación manuscrita – debo creer que lo hizo su primer poseedor – con relación a las cuadrillas que actuaron esa tarde. 

Los picadores anunciados eran los siguientes: José de la Haba (Zurito) y Antonio Hidalgo (Patricio); Rafael Barrera (Barrerita) y Valentín Alcázar (Moyano); Antonio Marín (Farnesio) y Francisco Caro; Francisco Zaragoza (Trueno) y Luis Gómez (Paje). Picadores de reserva: José Toribio (El Banquero), Gregorio Oter (Goyito) y León Villa (Villita).

Y los banderilleros: Francisco Serrano, Emilio Ortega (Orteguita) y Rafael de la Casa; Agustín Quintana, Vicente Cárdenas (Maera de Méjico) y Agustín Díaz; Manuel Fuentes Bejarano, José Villalón y Antonio González; Faustino Vigiola (Torquito), Isidro Ballesteros y Ángel Iglesias.

Pues bien, la anotación a la que hago referencia tiene que ver con una circunstancia de la que no se ocuparía ni la más minuciosa de las crónicas y es en el sentido siguiente:
En sustitución de los picadores Moyano, Trueno, Paje,  Banquero, Goyito y Villita, actuaron José Atienza, Francisco Vázquez (Payán), Manuel Silvestre (Salitas), Floro Atienza, Antonio Sampedro (Artillero II) y Vicente Llorente. Autorizado José del Campo. En lugar de los banderilleros Serrano, La Casa, González y Ángel Iglesias, actuaron José Paradas, Mariano Moreno (Chavito), Cayetano Leal (Pepe Hillo) y Manuel Iglesias.
Ricardo Balderas recibiría la alternativa el 8 de septiembre de 1946 en Bayona, de manos de Fermín Rivera y actuando como testigo Calesero. Eduardo Liceaga moriría a causa de la cornada que le infiriera el novillo Jaranero de Concha y Sierra en la plaza gaditana de San Roque el 18 de agosto de 1946, unas semanas antes de su proyectada alternativa en la Feria de San Miguel en Sevilla.

Así queda completa la historia – materialmente – detrás de este singular cartel, que representa una de 15 tardes en las que dos toreros mexicanos se vieron anunciados el mismo día en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid, asunto del que ya me he ocupado en esta Aldea en este otro lugar.

domingo, 27 de mayo de 2012

En el Centenario de José Alameda (V)


Alameda antes de Alameda (IV)

El Güero Guadalupe (1964)
En la novillada celebrada en El Toreo de la Condesa el domingo 23 de julio de 1944, se lidió un encierro de Matancillas, ganadería entonces propiedad de don Francisco y don José C. Madrazo y alternaron en su lidia Pepe Luis Vázquez, Ricardo Balderas y el hidrocálido Valdemaro Ávila, aunque en esta oportunidad y sin dejar de destacar las actuaciones de los capitanes de cuadrilla, José Alameda – firmando como Carlos Fernández Valdemoro – hace el eje de su narración la importancia de la suerte de varas y la destacada actuación de un histórico y mítico varilarguero mexicano: Guadalupe Rodríguez El Güero, quien prácticamente cubrió con su arte tres cuartas partes del Siglo XX, es decir, medido en toreros, desde Rodolfo Gaona, hasta Manolo Martínez.

La crónica de ese festejo, publicada en el número 88 del semanario mexicano La Lidia, aparecido el 28 de julio de 1944, es la siguiente: 

Corrida accidentada y aleccionadora
¡Salud Guadalupe Rodríguez, buen picador de toros! Los aficionados a la ecuestre y viril y taurina alegría de la suerte de varas te debemos unos instantes de inmensa emoción, emoción que se hizo más intensa, porque nos la diste precisamente a los ocho días de aquél momento lamentable en que un novillo pasó al segundo tercio sin haber sido picado, para sonrojo de la fiesta. Tu bello gesto fue como una réplica, no a quienes lamentamos aquello, sino al propio y malhadado suceso. Saliste por los fueros del primer tercio y por los tuyos propios, demostrando que la tradición aún no está perdida y que mientras haya picadores como tú, habrá suerte de varas y – lo que parecía increíble – el público podrá entusiasmarse cuando se la practique con pureza y con energía, tal como tú la practicaste. ¡Qué bien reunido ibas con tu cabalgadura y qué bien avanzaste, paso a paso, hasta la raya del tercio, pero sin traspasarla cuando el manso cuarto novillo rehuía aceptar tus animosas instancias para que se arrancase! Esa raya del tercio, que en las plazas españolas aparece pintada de rojo sobre la arena, formando bella circunferencia concéntrica con la barrera, es aquí una raya ideal, que no está materialmente precisada y sin duda por eso, algunos piqueros la olvidan con facilidad y la traspasan para obligar a los toros a tomar las varas. Pero tú no la olvidaste y diste una lección a muchos aficionados y a muchos compañeros tuyos, recordándoles que no es menester quebrantar las reglas de la lidia en busca de la eficacia, porque esta se logra precisamente apegándose a las reglas, como hiciste tú – es decir, retrocediendo hacia las tablas y adentrándote por los terrenos de la derecha, para, de allí, regresar cruzado hacia la cara del toro, ofreciéndole como incentivo tu cabalgadura. Y así una y otra vez, sin perder la serenidad, como quien está bien seguro de lo que hace y de los resultados que ha de obtener. Y cuando el toro, por fin, se arrancó, te reuniste con él, como los cánones mandan, sin taparle la salida con el caballo, ni echárselo encima para salvarte tú, contradiciendo de esa manera el mal hábito de los mixtificadores de la suerte de varas, de los que no pueden hacerle daño al toro sin causárselo al arte.
¡Así se lidia a caballo y así se afirma y se salva una tradición torera, haciéndola revivir cuando acabada parecía!
¡Salud y gracias, Guadalupe Rodríguez, buen picador de toros!
A la buena lección del Güero Guadalupe, se sumó otra, la que explicó Ricardo Balderas. Yo he protestado últimamente con frecuencia del olvido en que iba quedando la finalidad natural de la lidia y del desorden con que suele ahora torearse, dando pases sin ton ni son y tratando de comenzar por los adornos que lógicamente pueden ser remate, añadido y culminación, pero nunca principio, fundamento y esencia del toreo. Por eso me gustó mucho la faena que Ricardo Balderas hizo con el segundo novillo, un astado que se defendía, que achuchaba por el pitón derecho y que quería coger. Ricardo lo toreó por bajo, haciéndolo doblar sobre su pierna contraria, que avanzaba a fondo en el terreno del enemigo, como en esgrima dominadora. Lo llevó muy bien toread, embebiéndolo en el engaño de manera que los muletazos fueran lentos y, sobre todo, lo aguantó con extraordinario valor cuando se revolvía, haciéndolo destroncarse, al obligarlo a que se moviera en reducido espacio. Así, al dictado de aquella impecable y trágica geometría que la muleta de Balderas iba creando, quedó sometido el novillo. Entonces, se lo pasó Ricardo en varios pases de pecho y de trinchera, con mucho aplomo, con recia expresión. Fueron pases de muy buena escuela, pero lo mejor fue que Balderas se los dio a un novillo poco propicio a admitirlos y que, como condición previa e ineludible, tuvo que ser dominado. Eso es lo difícil en el toreo: dominar al enemigo. Después de eso, cualquier adorno ya tiene mérito y, si en vez de adornos, se dan pases sobrios, enteros, fundamentales, como Balderas hizo, el elogio hay que tributarlo sin reservas. Así lo entendió el público, que obligó a Ricardo a dar la vuelta al ruedo y a salir a los medios a saludar, una vez que el toro fue muerto de una corta pasada y media en todo lo alto. 
Esa fue la mejor faena de la tarde y también la mejor que Ricardo Balderas ha hecho en “El Toreo”.
Con el quinto también tuvo éxito, aunque hizo ya más concesiones al efectismo imperante. Ligó varias series derechazos toreando a pies juntos y al hilo, sin enfrentarse con el toro. Pero como eso gusta mucho y además Balderas lo hizo con seguridad y ajuste, poniéndole como remate un pinchazo y una buena estocada, tornó a ser ovacionado y recorrió de nuevo el anillo, saliendo también, posteriormente, a saludar desde los medios. Volveremos a verle pronto.
Abrió plaza un novillo difícil, que llegó a la muerte defendiéndose. Se afirmaba sobre los cuartos traseros y achuchaba de manera alarmante por el pitón derecho. Pepe Luis Vázquez lo muleteó por bajo y por delante, haciendo frente, con su natural facilidad, a los peligros que el toro presentaba y de los cuales se advirtió al diestro perfectamente convencido. Se lo quitó de en medio de un pinchazo y media desprendida y tendenciosa. El público, que está habituado a ver a Pepe Luis Vázquez en plan de triunfo, se disgustó un tanto por este paréntesis que las dificultades del novillo introdujeron en la carrera de éxitos del joven torero y cometió la injusticia de aplaudir al astado en el arrastre. Bien comprendo que el público es libre de expresar como guste sus opiniones, pero no me parece recomendable el procedimiento de aplaudir a toros de mal estilo, sólo para molestar a los espadas.
Las buenas relaciones entre Pepe Luis Vázquez y el público se reanudaron en forma por demás cordial y entusiasta. Fue en el tercio de quites del tercer novillo, al que Pepe Luis toreó por gaoneras, dos de las cuales fueron de una quietud, un temple y una emoción definitivas. Se le premiaron con una ovación cerrada, que se reiteró una vez terminado el tercio, por el cual hubo el diestro de saludar montera en mano.
Con el toro siguiente – el manso y dócil al que tan superiormente picó el Güero Guadalupe – hizo Pepe Luis Vázquez una buena faena de muleta, que le valió una vuelta al ruedo. Inició el trasteo en el tercio, con varios pases por alto y de pecho y, después, sacó al novillo a los medios, con muletazos – que no pases – de tirón. Allí se dio varias series de derechazos despatarrándose mucho, ya desde el cite, y pasándose al enemigo muy cerca. Se adornó más tarde con varios lasernistas y, tras de cambiarse la muleta por la espalda, dio un buen pase de pecho con la zurda y un natural. Lo mató de una estocada contraria, entrando con mucha fe, y un descabello a la primera. Y, de esa manera, hizo honor al sólido cartel que ya tiene conquistado. 
A sus dos novillos los banderilleó muy lucidamente, al primero, en cuyo morrillo dejó enhiesto un par de banderillas que clavó al sesgo por fuera, saliendo desde el estribo, par que confirmó sus dotes de rehiletero seguro y fácil.
A Valdemaro Ávila le debemos otro de los momentos emotivos y aleccionadores que tuvo la novillada del domingo. Porque Valdemaro ejecuta en forma personalísima y muy bella la suerte suprema, precisamente la más olvidada y desconocida de todas, que de elemento capital de la lidia ha sido rebajada, por la evolución del toreo, a la categoría de “cenicienta de la fiesta”. Pero gracias a Valdemaro Ávila, la cenicienta recobró el domingo su zapato de princesa y la suerte del volapié su rango primero.
Ya en la temporada anterior mostró Valdemaro sus notables cualidades de estoqueador. Pero, ahora, parece ser más dueño de ellas y la facilidad con que las muestra, es prenda de un dominio técnico que promete a Valdemaro – y nos promete a los aficionados a la estocada – muy buenos momentos. El éxito de Valdemaro Ávila como estoqueador fue más notable porque alternaba con dos toreros que matan por derecho y con honradez. Pero precisamente eso sirvió para que se viese mejor la diferencia de calidad. Valdemaro nos hizo ver muy a las claras que no es lo mismo matar con voluntad y con valor, que matar con arte, con facilidad nativa, con estilo propio. A mí me parece Valdemaro uno de los matadores más interesantes de México. En él creo ver al futuro gran estoqueador de la torería azteca. Ese es lo que de él interesa, a mi juicio, y no el valor, a veces poco meditado, de que hace gala al torear. Sin embargo, como se arrima mucho y no pierde la serenidad en ningún momento, logró entusiasmar al público en los quites, sobre todo en uno por gaoneras, angustioso. También gustaron grandemente algunos de sus ceñidísimos pases de muleta, que contribuyeron en mucho a que diese la vuelta al ruedo en el tercero. Realmente, eso y más merecía, pues su personalidad de estoqueador es verdaderamente notable y digna de aplauso y estímulo en estos tiempos en que escasean los matadores y llegan, inclusive, a sobrar toreros.
“Tabaquito” hizo un quite valerosísimo a Valdemaro Ávila, cuando éste fue prendido por el sexto novillo, Y es que “Tabaquito” tiene mucho valor. Siempre que torea lo demuestra al salirse a los medios para correr a los astados, estableciendo un contraste también aleccionador con la mayoría de sus compañeros, que hacen a los toros avisados e inciertos, a fuerza de “tocarles” desde los burladeros, sin decidirse a salir para enfrentarse a ellos.
Los novillos lidiados fueron de Matancillas, que viene a ser lo mismo que La Punta y fue, en realidad, lo mismo hasta hace unos años, cuando a los señores Madrazo se les ocurrió imitar a los hermanos Llaguno, que ya habían bifurcado la ganadería de San Mateo, fraccionándola para sacar de ella lo que ahora se lidia bajo el nombre de Torrecilla.
De Matancillas vino un encierro desigual, tanto en presentación como en bravura. Los mejores para el torero fueron el sexto y el reserva que substituyó al tercero. Éste, que era el más grande y gordo de la desigual corrida, hubo de ser retirado, porque parecía reparado de la vista y, desde luego, era rematadamente manso. Aunque todos los novillos tuvieron temperamento, el encierro distó mucho de ser bueno, pues el temperamento, cuando los toros no sacan buen estilo, acentúa las dificultades.

José Alameda (Cª 1980)
Suerte de varas, toreo fundamental, estocada al volapié. De nuevo, el joven Alameda nos presenta el inmenso valor del toreo básico, elemental y su esencial valor ajeno a modas y al paso del tiempo.

Ricardo Balderas recibió la alternativa en Bayona, el 8 de septiembre de 1946, siendo su padrino Fermín Rivera y el testigo, Alfonso Ramírez Calesero. De Valdemaro Ávila, se afirma que la recibió en Lima, de manos de Domingo Ortega, aunque no se precisa la fecha. En lo que sí coinciden los tres alternantes de este festejo, es en que dedicaron una importante parte de sus vidas a presidir festejos taurinos. Pepe Luis Vázquez y Ricardo Balderas lo hicieron en la Plaza México y Valdemaro Ávila, en las plazas de toros San Marcos y Monumental de su Aguascalientes natal.

Con mi recuerdo para Rubén Negrete Perales, periodista, con quien tuve poco trato personal, pero en quién siempre percibí un animoso interés por tratar de conocer y de comprender esta Fiesta, en la que encontraba aparte del colorido y la emoción, un enorme fondo de tradiciones. ¡Descanse en paz!
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