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domingo, 3 de marzo de 2013

Pablo Lozano en Aguascalientes


Castilla en San Marcos

Pablo Lozano
Castilla es una región histórica de España, que desde el siglo VIII es conocida como tal, pues existen documentos árabes del año 759 que lo confirman y señalan que las tierras castellanas abarcaban la superficie comprendida entre el río Duero y la cordillera cantábrica. Tradicionalmente el territorio considerado castellano, al margen de las divisiones que de carácter político se han hecho de la península ibérica, es el que comprende las provincias de Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, Madrid y Toledo.

El paisaje castellano es singular y en mucho marca la manera de ser de los hijos de esa tierra, que proverbialmente son austeros y reservados. La austeridad de esos lugares es indudablemente de gran belleza, misma que Pedro Laín Entralgo define de la siguiente manera: 

Entre la franja humana de Fuencarral y la franja geológica de allende, el Jarama tiéndese entre dos sábanas desiguales que nos dan soporte y cobijo. Por arriba, la del cielo: Azul puro y sencillo sobre la línea de los montes, azul rosado o ígneo sobre la del poblado… La sábana del suelo es ocre, gualda, gris. Trigales humildes ponen sobre ella la parva y dispersa alegría de su color verde, ya amarillecido e trechos. A lo lejos, encinas esparcidas salpican de oscura gravedad el fuego contenido de la tierra… Junto al río, algún sotillo de reposados olmos y una hilera de finos chopos, sonoros cuando los conmueve el viento, conceden cierta tregua de ternura vegetal a la dureza dramática, encendida de la tierra en turno. El rumor de las hojas, el grito de los pájaros y alguna voz humana aislada, extraña, casi misteriosa, dan sonido a la inmensa quietud del paisaje… (La Generación del Noventa y Ocho. – Espasa Calpe, Colección Austral, volumen 784, página 17.)

Así es Castilla, una tierra de recio paisaje, que como decíamos, forja una especial personalidad a los hombres que son hijos de ella. Es una tierra de hombres taciturnos, mesurados, sobrios, que tienen mucho de fondo aunque las formas sean austeras, una tierra en la que dice Corrochano, refleja serenidad con sus llanuras sin fin y sus caminos sin curvas. Una tierra majestuosa y evocadora donde la gente se acuesta temprano.

Como toda la piel de toro, Castilla ha dado a la historia del toreo, nombres y hombres que han honrado en los ruedos la manera de ser y el entorno castellano. Aguascalientes ha sido testigo de esa peculiar manera de ser de los  toreros castellanos, albergando en su plaza de toros San Marcos de notorios aires andaluces, a varios toreros de esas tierras que en su día, cautivaron con su castellanía a los repletos tendidos del coso de la calle de la Democracia.

En esta oportunidad quiero referirme a Pablo Lozano, un torero que en un tiempo de la historia de nuestra muy taurina ciudad, trajo los aires de su Castilla natal al más que centenario redondel sanmarqueño.

Pablo Lozano

Nace en Alameda de la Sagra, provincia de Toledo el 29 de agosto de 1932 en el seno de una familia acomodada, en la que el padre era veterinario. Abandona los estudios de bachillerato y el 26 de agosto de 1949, viste en Orgaz su primer terno de luces. Su presentación en una plaza de primera categoría tiene lugar en Barcelona, el 26 de marzo de 1950. El 21 de abril de ese año, alternando con Calerito y Alfredo Jiménez, corta tres orejas en la plaza de Sevilla, lo que le lleva a presentarse en Madrid el 1º de junio siguiente, llevando como compañeros de cartel a Pablo Lalanda y a Jaime Malaver, en la lidia de novillos de María Matea Montalvo. En ese calendario suma treinta y siete novilladas. Al calendario siguiente, actuará en una veintena de festejos, antes de tomar la alternativa el 25 de septiembre de 1951. 

El cartel de su doctorado lo formaron Luis Miguel Dominguín como padrino y Manolo González y José María Martorell como testigos, lidiándose en la señalada fecha seis toros de Samuel Flores y dos de Atanasio Fernández. En primer lugar Dominguín le cedió los trastos para lidiar a muerte al toro Tirano, número 137, marcado con el hierro de Samuel Flores.

Tras sumar tres festejos el año de su alternativa, Pablo Lozano confirma su alternativa en Las Ventas el 18 de mayo de 1952, cuando Antonio Bienvenida en presencia de Paquito Muñoz le cede al primero de los toros de Ignacio Vázquez de Pablo corridos en ese festejo, en el que actuó con un toro de su ganadería, el rejoneador Duque de Pinohermoso.

Sumará veintidós actuaciones ese año de su confirmación, disminuirá en 1953 apenas a seis y en 1954 se vestirá de torero trece ocasiones. El 17 de abril de 1955 sufre una cornada grave en Madrid, cuando lidiando toros de Molero Hermanos, alternaba con Rayito y Jerónimo Pimentel, hecho que limita su temporada a una docena de contratos. No torea en 1956 y regresa al año siguiente para actuar en veinte ocasiones, teniendo el 14 de julio de ese 1957 lo que podría considerarse como la hora dorada de su carrera en los ruedos, al matar en solitario en Las Ventas, a beneficio del Montepío de Toreros, seis toros salmantinos de Barcial, a los que corta cuatro orejas, saliendo en hombros por la puerta grande.

En 1958 actúa en diecinueve festejos y dejará de torear en 1959 y 1960. En 1961 viene a México y actúa en una tarde el 31 de diciembre en Saltillo. Para el año de 1962 se contrata en dieciocho oportunidades y en 1963 lo hará en cuatro ocasiones en nuestro país y por doce en España, vistiéndose de luces por última vez en Mora de Toledo el 18 de septiembre para en presencia de Efraín Girón, dar la alternativa a José Carbonell.

Nunca confirmó su alternativa en la Plaza México, aunque actuó en El Toreo de Cuatro Caminos el 16 de septiembre de 1962, acartelado con Ricardo Balderas y Raúl Acha Rovira, para despachar un encierro de Peñuelas. En Aguascalientes se presentó en dos ocasiones, el 1º de enero y el 24 de abril de 1963, sobresaliendo su actuación en la primera de las corridas mencionadas.

En Aguascalientes

Decía antes que actuó en el coso sanmarqueño dos ocasiones, siendo más sonada la de su presentación, el primero de enero de 1963. En esa fecha se enfrentaron a seis toros de Peñuelas, Luis Procuna, Jesús Delgadillo El Estudiante y el diestro toledano. La corrida fue exitosa, pues El Berrendito cortó dos orejas, Jesús las dos y el rabo del sexto y Pablo Lozano fue juzgado así por don Jesús Gómez Medina:

EL TORERISMO DE PABLO LOZANO. – El contraste con otros toreros, poseedores de un arte espectacular, fosforescente, que por lo mismo subyuga y ofusca de primera intención a los espectadores, pero cuya superficialidad lo convierte en intrascendente, Pablo Lozano, frío de corte y actitudes, pero dueño de un torerismo integral, acaba convenciendo al aficionado, que le rinde su admiración y su aplauso… Diríase que en su persona y en su arte se reflejan las características de la tierra castellana, de donde es oriundo este diestro. Más fondo que forma. Sobriedad, sí, pero plena de sustancia toreril… Con su primero, al que lanceó con procedimientos muy canónicos, Lozano bregó también en muy buena forma para llevarlo al caballo. Pero con la sarga la escena fue a menos, soso el torillo y su matador no muy sobrado de alegría. Y como tras de pinchar dos veces, falló otras muchas con el estoque de descabellar, sonaron las protestas. Pero con el quinto… Se llamó Flamenco y llevó el número 17. Nada de relieve en el primer tercio. Lozano se concretó a cuidar su lidia, reservándose para el trance final… Brindó al pópulo y, previos tres pases por alto, quietos, mandones, se llevó a Flamenco a los medios donde, con una y otra mano, el de Toledo forjó los muletazos de mayor longitud y limpieza que registra la jornada. Los de mayor ritmo, los de mejor cadencia. Y el público, que se había mostrado hosco durante la faena del segundo, convencido, entusiasmado, acabó por entregársele. ¡Esta conquista fue el mayor mérito del de Toledo!... Un pinchazo en lo duro y luego el espadazo final. Gran ovación y dos vueltas al ruedo, la segunda en compañía de sus alternantes, todo en un clima de desbordada euforia colectiva. ¡Fue éste, repetimos, uno de los pasajes más brillantes de la corrida!”(El Sol del Centro, 2 de enero de 1963)

El 21 de abril de ese mismo año reaparecería el diestro castellano en la plaza de San Marcos, alternando en esa tarde de nuevo con Luis Procuna y con Rafael Rodríguez, que a la postre fue el triunfador, lidiándose toros de Ramiro González. De esta actuación, las crónicas únicamente recuerdan su gran estocada al sexto de la tarde.

Pablo Lozano fue conocido en su tiempo como La Muleta de Castilla y Carlos Abella lo califica como el primero de una serie de toreros toledanos surgidos al influjo de Domingo Ortega. Toreó pocas corridas, pero en plazas de gran fuste y destacó siempre por la sobriedad de su trazo, consonante con su lugar de origen. Un torero con sello, sin duda.

Hoy en día es ganadero de los hierros de Alcurrucén, El Cortijillo y Lozano Hermanos y fue directivo de la empresa que en un tiempo regentó los destinos de la Plaza de Las Ventas de Madrid. Uno de sus hijos, Fernando, nacido en México, llegó a ser matador de toros, aunque su paso por los ruedos fue breve y actualmente se dedica a la formación y apoderamiento de toreros y se mantiene cercano a México atendiendo una escuela taurina aquí en Aguascalientes.

Así ha sido la parte de la historia que este torero castellano ha escrito en Aguascalientes, una historia que creo que vale la pena recordar.
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