Mostrando entradas con la etiqueta Rafael. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rafael. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de septiembre de 2026

18 de septiembre de 1931. Carnicerito de México confirma su alternativa en Madrid

Carnicerito de México se había presentado como novillero en Guadalajara el primero de marzo de 1925, para después hacerlo el 31 de mayo siguiente en el Toreo de la Condesa. Posteriormente recibiría una alternativa en El Progreso de la capital tapatía el 6 de marzo de 1927 de manos de Luis Freg, lidiándose toros de El Carnicero. Renunciaría a ese doctorado, pues volvería a actuar como novillero en El Toreo en 1928 y sería uno de los triunfadores de la temporada en esa plaza el año de 1929, junto con Alberto Balderas, Esteban García, Carmelo Pérez y Jesús Solórzano, alternando con los tres últimos en la disputa de la Oreja de Plata, mismo que se llevó el último de los nombrados.

Marcha a España al año siguiente y se presenta en aquellos ruedos el 4 de mayo en la plaza de Tetuán de las Victorias, alternando con Miguel Morilla Atarfeño y Juan Martín Caro Chiquito de la Audiencia en la lidia de novillos de Antonio Llanos. Actuaría siete tardes consecutivas en esa plaza, para presentarse en Sevilla el 22 de junio siguiente, en Madrid el 3 de agosto, en Zaragoza el 21 de septiembre y en Barcelona el 26 de octubre. Sumó en esa campaña 29 novilladas.

Entre los novilleros mexicanos que hacían campaña española en ese calendario, destacaron además de Carnicerito, Julián Pastor, Jesús Solórzano, Alberto Balderas y Luciano Contreras.

La alternativa definitiva en Murcia

Los triunfos que conquistó en la novillería le consiguieron la alternativa, la que se programó para el domingo 13 de septiembre de 1931 en la plaza de La Condomina de Murcia. El cartel se formó con un encierro andaluz de Miura, el borojeño Domingo Ortega y el bilbaíno Jaime Noaín. Era, en el lenguaje mercadológico de estos tiempos, un cartel juvenil, porque los tres compartieron varios carteles en su etapa de novilleros.

El 28 de octubre del año anterior, Carnicerito y Luciano Contreras habían dado una gran tarde de toros en una novillada que torearon mano a mano en La Condomina, razón por la que el torero de Tepatitlán tenía buen ambiente entre la afición murciana. El primero de la tarde se llamó Cebolleto, un toro quedado ante el cual solamente pudo estar valiente. Refiere la crónica del ABC madrileño que pudo rehacerse ante el que cerró plaza y que de no fallar a espadas pudo cortar alguna oreja. Al final del festejo se llevaron en hombros a los tres diestros, aunque solamente el vizcaíno Noaín había cortado apéndices.

José González no dejó pasar mucho tiempo para confirmar su alternativa en la plaza de la Carretera de Aragón. Apenas cinco días después de doctorarse, en una corrida calificada de extraordinaria, se decidió a la ratificación y así, para el jueves 18 de septiembre de ese 1931, fue anunciado junto con Manolo Bienvenida como padrino, Domingo Ortega como testigo y toros toledanos de Celso Cruz del Castillo, de encaste Saltillo.

Cuando sale el toro y todo lo descompone

La corrida de don Celso Cruz del Castillo no cumplió con las expectativas que en ella se pusieron, de hecho, puso en entredicho el prestigio de su criador. Las crónicas en su conjunto, coinciden en el hecho de su mal comportamiento en el ruedo y de que fue la causante de que un cartel que provocò un lleno en la plaza, terminara siendo un festejo en el que reinó el aburrimiento, a pesar del esfuerzo desplegado por los toreros. Cuenta Cèsar Jalòn Clarito, en su crónica aparecida en el diario El Liberal, la misma noche del festejo: 

Los toros de D. Celso Cruz del Castillo, de Maqueda, según dicen los carteles – sin duda por error o por errata, pues es Malqueda el verdadero nombre de origen que le va al ganado –, hace años que se juegan con tan mal éxito de presentación como de bravura. Lo chico y lo flaco en ellos suele ser tan corriente como lo manso. De algunos de esos males salieron redimidos en la corrida extraordinaria de ayer. No eran chicos – por lo menos cuatro de ellos – ni estaban flacos. Habían crecido y engordado con la ayuda de Dios... y de la Empresa, que les dio de comer unos meses en sus prados. Pero quizá esta misma circunstancia contribuyó a que el capítulo de la mansedumbre rebasase el nivel acostumbrado, a que fuesen los toros todavía más mansos, por más grandes…

Refiere el autor de unas de las más celebres Memorias que conoce la historia del toreo, que la corrida que permitió a Carnicerito de México confirmar su alternativa en Madrid, ya había estado por la Plaza de la Carretera de Aragón, pero que tuvo que ir a los predios de La Muñoza a terminar de ponerse, porque no estaba en condiciones cuando originalmente fue programada.

Por su parte, Rafael Hernàndez y Ramìrez de Alda, firmando como Rafael en el diario madrileño La Libertad, en torno a esta misma circunstancia, reflexiona:

Salieron al ruedo seis toros de D. Celso Cruz del Castillo, uno de los cuales fue retirado por estar cojo, y sustituido por otro de don Luis Bernaldo de Quirós, todos ellos gordos, finos, bien encornados y de bonito tipo; pero todos, ¡ay!, lo mismo los de D. Celso que el de D. Luis, mansurrones, quedadotes, sin genio ni estilo alguno, propios para que en ellos se estrellasen todas las ilusiones y todos los buenos deseos de los lidiadores. Como ocurrió…

Además de lo que apuntó Clarito, el cronista de La Libertad relaciona el hecho de que uno de los toros de Cruz del Castillo - el tercero - fue devuelto a los corrales. La razón legal esgrimida fue una supuesta cojera, pero lo que refieren varias de las crónicas, la razón legítima, es que se exigía su vuelta a los corrales por su manifiesta mansedumbre. A saber.

La realidad es que, siendo el toro el eje de esta fiesta, lo que puedan hacer o dejar de hacer los toreros está sujeto al comportamiento que estos desplieguen en la arena. Entonces, esos fueron los mimbres que tuvo la terna hace 95 años por estas fechas.

La actuación de Carnicerito

Ya apuntaba en líneas anteriores que la tarde fue cuesta arriba. Pero el diestro jalisciense no era de los que se detuvieran ante los obstáculos, por escarpados que parecieran. Ya había dejado por sentada esa arista de su personalidad torera durante su paso por las filas de la novillería, como lo advierte Federico M. Alcázar en su crónica publicada en El Imparcial al día siguiente de la corrida:

Carnicerito de Méjico no es una novedad. Tampoco un improvisado. Ha hecho la carrera paso a paso, derrochando bastante más valor que el que tienen estos fenómenos caniculares. Llega a la alternativa en sazón. Podrá o no tener una tarde brillante, pues eso depende en gran parte del ganado; pero lo que sí podemos afirmar rotundamente es que, con éxito o sin él, no saldrá de la plaza fracasado. Conoce el toreo con buenas maneras y, sobre todo, tiene valor para arrimarse. Esperemos el resultado... No me gusta este primer toro. De salida echa la cara al suelo, escarba y empieza a probar. Mal síntoma. Carnicerito le busca y tantea en varios terrenos, por fin logra dar tres verónicas paradas y ceñidas. Pero el de Cruz del Castillo se va. Sale suelto en el primer puyazo y continúa tardo y reservón... El nuevo matador de toros coge las banderillas por complacer al respetable, pues el toro no está para lucimientos. Cuartea un par bueno y repite con uno en tablas valentísimo. Se aplauden... Carnicerito encuentra al manso como salió del chiquero: con la cara por el suelo y sin embestir. Empieza con cuatro pases por bajo, en los que para, aguanta y se dobla valientemente... Como no es posible el lucimiento se decide a matar y señala un buen pinchazo; repite con otro de idéntica factura y descabella. Palmas y pitos al toro en el arrastre...

Dejó constancia Carnicerito de que, si bien el valor era su divisa, tenía el oficio bien aprendido y podía con los toros que le salieran. La cuestión del lucimiento ya es una externalidad, a veces posible, a veces no.

Por su parte, el ya citado Rafael, resume una tarde que entre líneas, advierte como un error de la administración del torero, según podemos leer:

Carnicerito de Méjico tomó la alternativa en las peores condiciones que pudieron ofrecérsele. En una corrida en que el fracaso era inevitable para cualquiera que no fuera un lidiador muy hábil y un torero muy completo, tuvo el buen gusto de no recurrir a esas temeridades novilleriles que le hubieran llevado a la enfermería sin que por eso se pudiera decir que habla estado bien. Su voluntad la demostró cogiendo las banderillas en el primer toro y jugándose la piel para clavarle dos pares y medio en los terrenos de dentro, donde lo que se contrasta es más el valor que el dominio de la suerte... En sus dos toros estuvo cerca y, en resumen, se puede decir de él que despachó los dos toros sin mengua para su decoro profesional y sin que el público, que se dio cuenta de la clase de enemigos que tenía, subrayara con protestas su labor. Puede decirse que el nuevo doctor quedó pendiente de otro examen para calificarle oportunamente...

Poco se puede agregar al análisis de Hernández y Ramírez de Alda, salvo tener en cuenta la consideración que hace acerca de la incomprensión de la concurrencia al esfuerzo del torero por agradar.

Por su parte, Gregorio Corrochano, en su tribuna del ABC madrileño, resume lo sucedido de la siguiente manera:

Poco tiene que contar la corrida de ayer. Si no se hubiera celebrado hubiera ganado – ganar por no perder – el crédito de una divisa, el de algún torero y el de algún negociador que recurriera al crédito para satisfacer una afición. Porque la corrida fue así... Lidiáronse toros de D. Celso Cruz del Castillo, que no pudieron jugarse en junio por falta de trapío, engordados en los prados de la empresa. Si alguna bravura tenía, el pienso se la quitó... Carnicerito de México eligió mala tarde para refrendar su alternativa. Buscó la emoción en banderillas, y, a decir verdad, la encontró. No banderilleó bien, pero la emoción estaba lograda. Muleteó con muchos toreros alrededor, muchos. Le estorbaron todo lo que pudieron. ¿No se dan cuenta los toreros de lo que estorban en tropel? Se van acercando, acercando, como si no vieran bien desde más atrás y quisieran verlo de cerca. Con esto, el toro se descompone más; el torero no sabe por qué hace aquello el toro y el peligro que se quiere evitar se aumenta, y el deslucimiento es el dueño del ruedo...

Una apreciación adicional la de don Gregorio encontramos aquí, en el sentido de la lidia defectuosa por parte de las cuadrillas. En fin, que las cosas no se dieron, al parecer, en ningún sentido para encaminarse por un sendero de triunfos.

El resto de la corrida

Manolo Bienvenida fue el mejor librado de la terna, cuando le realizó una gran faena al segundo de la tarde Arrojador, tras de la que dio una muy aclamada vuelta al ruedo, después de una insistente petición de oreja que no fue atendida. Por su parte, Domingo Ortega tuvo una tarde para el olvido, le tocó despachar al tercero bis, de Bernaldo de Quirós y al quinto, de la ganadería titular, siendo abroncado en ambos y al retirarse de la plaza, cuenta Corinto y Oro:

El diestro Ortega, al salir de la plaza, fue objeto de ruidosas protestas, y tuvo que protegerlo la autoridad contra las agresiones del público…

El toro de la confirmación de Carnicerito de México se llamó Estudiante, fue negro, bragado y veleto de encornadura.

lunes, 19 de enero de 2026

La redondez de una tarde de toros (III/y II)

Armillita y Pituso; Solórzano y Batanero; Manolete y Molinero. Toros de La Punta

El toreo de capa de Jesús Solórzano

Decía líneas arriba que al Rey del Temple la afición ya lo daba por liquidado y que poca o ninguna esperanza tenía en él al verlo anunciado en un cartel en la principal plaza del país. En el transcurso de su crónica, El Tío Carlos agradecía a Manolete por venir a despertar o sacudir la modorra de nuestros toreros, que estaban, amodorrados por no tener quien les disputara el sitio que ocupaban. Pues esta tarde Jesús Solórzano también salió a demostrar que no estaba en liquidación y que tenía los medios y las armas para hacer frente a cualquier torero con el que se le pusiera a alternar.

Declaró sus intenciones desde que se abrió de capa con Peregrino, el primero de su lote, con el que reiteró que era uno de los intérpretes más puros del toreo a la verónica en México; después, en su turno al quite en el primero de Manolete, volvió a manifestarse así. Pero su actuación brillante vino con el quinto del encierro, faena de cuyo inicio relata don Carlos Septién García:

Cuando Jesús Solórzano se irguió en el tercio y recibió a “Batanero”, quinto de la tarde; número 62, negro, con un lance lleno de pereza, la gente gritó de gusto. Pero cuando Jesús tendió los brazos nuevamente y sin mover un centímetro los pies, recibió nuevamente al toro y así dejó caer hasta 7 verónicas impregnadas de la heráldica belleza del Virrey de Mendoza, la gente saltaba, se abrazaba y un grito unánime salía de todas las bocas: ¡Viva Morelia! … Sí. Porque el capote de Jesús parecía una roja capa cardenalicia puesta a ondear al aire de la tierra, suspendida indolentemente de “los brazos de piedra” de aquella catedral moreliana... Ovacionaza. Ovación que no paró hasta que había terminado el primer tercio. Entonces Jesús fue obligado a salir y saludar a la enardecida multitud...

De gran magnitud debió ser ese inicio de la obra de El Rey del Temple, para que se le llamara a saludar desde el tercio en lo que se preparaban los banderilleros. La motivación para lucir con la muleta estaba puesta sobre la mesa. El conjunto de su actuación, lo resume en esta forma El-hombre-que-no-cree-en-nada:

Chucho Solórzano, el estupendo torero moreliano que entró a acompañar a los dos colosos de la torería contemporánea, no se dejó opacar por ninguno de sus alternantes. Próximo a retirarse, quiso, en medio de los genios que formaban la atracción del cartel, demostrar una vez más su potencialidad de torero grande, y queriendo que el público no olvidara la justificación del mote de “Rey del Temple” con el que se le ha conocido, toreó a su segundo enemigo en forma verdaderamente maravillosa. Ocho lances naturales sin moverse un milímetro del lugar donde colocó las plantas de los pies fue el prólogo al toreo de capa más brillantes que se haya visto en el transcurso de muchos años. Pero no se detuvo allí, y al tomar la muleta, decidido a superarse, también plasmó una faena de las grandes, de las que bastan por sí solas para demostrar que se es torero. Y como sus compañeros, se llevó a casa la oreja de su bravísimo enemigo…

El gran torero de Morelia demostró que tenía los arrestos para salir adelante en cualquier situación y que, a pesar de que pocas oportunidades se le ofrecían en los escenarios principales, seguía siendo una figura del toreo.

Manolete y Molinero

La reaparición de Manuel Rodríguez Sánchez en El Toreo era quizás uno de los eventos más esperados en esa temporada 1945 – 46, después de que su presentación se viera abruptamente concluida y de que la continuidad de sus actuaciones allí se suspendiera por el tiempo de su recuperación tras la cornada que recibió la tarde de su confirmación de alternativa.

La ilusión de la afición por verlo era tal, que la afición de la capital lo sacó al tercio a saludar, apenas terminado el paseíllo. Escribe Francisco Montes:

El entusiasmo desbordante tomó caracteres de apoteosis cuando aparecieron al frente de las cuadrillas Fermín Espinosa “Armillita”, de precioso terno azul celeste y oro; Jesús Solórzano, de marfil y bordados de metal preciado, y Manuel Rodríguez “Manolete”, de pizarra y el mismo metal. La ovación que principió con el paseo de cuadrillas no terminó sino hasta que las mulillas arrastraron al sexto de la tarde… Terminado el paseíllo, la multitud aclamó al diestro cordobés que reaparecía después de su grave cornada la tarde de su presentación en nuestro coso máximo, y también sus alternantes compartieron el mismo honor...

El primer toro de su lote fue Molinero, ante el cual el Monstruo de Córdoba salió a poner al corriente a la afición capitalina. Cuenta El Tío Carlos:

Manuel Rodríguez se armó de toda arma, irguió su personalísima figura, citó como se cita en los libros de estampas. El toro, cerrado en el tercio. El torero, imperioso e inmóvil. La muleta ondeando levemente en las duras manos... Dos muletazos altos, afinados y rectos como una aguja de catedral medieval. Un derechazo. Y luego, el portento: cuatro naturales jalando al toro, metiéndolo en la muleta, obligándolo a trazar el arco rotundo de los naturales, dejándoselo a la espalda en un alarde de imperio... Allí, con el toro ya agotado, vino lo más grandioso: tres pases naturales, obligando materialmente al aplomado a tomar la muleta, tirando de él firme y suavemente. Y cuando en el centro de las tres suertes el bicho casi se quedó de plano, Manuel Rodríguez no enmendó un ápice, ni huyó. Simplemente acentuó el trazo de la muleta, corrió el brazo con un mando enérgico e hizo girar al toro hechizado una y otra vez. Era aquello como dos naturales en uno... ¡Ah toreros!: cómo nos han robado durante años el último tiempo del pase natural; cómo ahora, después de Manuel Rodríguez, no será posible dar naturales a medias, inacabados; cómo se tendrá que torear en los tres tiempos del pase, y cómo nos fijaremos cada vez más en ese último tiempo que hoy se nos aparece como una revolución porque ustedes lo habían cercenado de la más bella de las suertes... Y con el toro desigualado, dejó una estocada casi entera, ligeramente delantera, a la que entró con verdadero ímpetu... La oreja, el rabo, la vuelta al ruedo, la salida a los medios...

Tras de la lidia de este tercero de la tarde, Manolete invitó a don Francisco Madrazo y a sus alternantes a dar una vuelta al ruedo acompañándolo. Alguna crónica refiere al respecto: En la arena había zapatillas de encopetadas damas, pieles, bastones y la sonrisa franca y ancha del ganadero...

La dimensión de los naturales de Armillita

En diversos pasajes de su crónica, El Tío Carlos se empeña en señalar que Armillita toreó por naturales cortos, trayendo yo al punto de la discusión una cuestión que casi tres lustros antes surgió cuando el Maestro realizó en Madrid su histórica faena al toro Centello de la Viuda de Aleas.

En aquella ocasión, los naturales que fueron el eje de su tarde tuvieron una característica: el torero echaba adelante la muleta, para enganchar al toro y trayéndolo toreado, realizar la suerte.

Relató Federico Morena, cronista del diario Heraldo de Madrid:

«Centello» tomó el engaño rectamente. Y la muleta pasó airosamente a la mano zurda. No era el noble bruto pronto a la arrancada. Y el torero supo aprovechar esta circunstancia para imprimir a la faena más relieve, mayor brillantez. Echó el artista la muleta atrás y adelantó el cuerpo arrogantemente. Pisaba el terreno de los valientes. Entonces la muleta avanzó despaciosa, sin dudas ni vacilaciones, hasta dar suavemente con los vuelillos en el hocico de la res. Y vino la arrancada: una arrancada templadísima. El espada tiró del toro, y se lo llevó al costado, y dobló la cintura sobre el pitón, y obligóle a trazar con el espinazo una curva considerable… ¿Es así como se torea al natural? La plaza crujió en un alarido de asombro. Y otra vez la muleta avanzaba, y prendía al bicho, y tiraba de él, dominadora, triunfante. ¡Y así hasta cinco veces! Cinco naturales perfectos…

Por su parte, Rafael Hernández y Ramírez de Alda firmando como Rafael, para el diario La Libertad, escribió:

Fueron primero cuatro pases naturales, adelantando la muleta hasta provocar la embestida del toro y llevándole toreado con un temple, un arte y una elegancia exquisitos, hacerle girar en torno de la figura, sin mover los pies, mandando con la muleta y ejecutando, en suma, el pase natural de manera tal que no se concibe nada más perfecto. Y después de esos cuatro naturales, aun lo repitió en dos pases más de la misma inimitable factura... Ante aquello, ¿qué importancia tenía lo demás? El público pidió la oreja estando todavía el toro vivo…

Y es que, en esos días, el toreo de muleta, sobre todo el natural, se hacía poniéndose a la distancia, citando al toro con un toque o con la voz y si era pronto, éste se arrancaba y así se hacía la suerte. Pero la forma que describen los cronistas que aplicó Armillita con Centello, al parecer se utilizaba con toros quedados, desde los días de Antonio Fuentes y que en esos días puso de moda Domingo Ortega, según narra Federico M. Alcázar en su crítica de la actuación del Maestro Fermín esa tarde, de la que extraigo:

Pero lo más interesante y ruidoso por los comentarios apasionados que está suscitando, es un recurso que está empleando Ortega con los toros quedados y que, a juzgar por los síntomas, van a seguirlo los demás toreros con todos los toros… El recurso a que me refiero es éste: cuando un toro está muy quedado y no embiste al cite natural se le sesga al pitón contrario, adelantándole las «bambas» de la muleta al hocico y enganchándolo… Este recurso, empleado con los toros prontos, a los que basta pisarles el terreno para que se arranquen, es una pamplina innecesaria y hasta una ventaja porque al toro bravo hay que dejarlo llegar, parar y aguantarle, que este es el valor supremo. Todo el mérito que tiene en los toros quedados de corta arrancada lo pierde con los bravos de arrancada larga y franca… El domingo empleó este recurso Armillita innecesariamente, pues era un toro bravísimo de los llamados de bandera para los toreros, que cuando le pisaban un poco el terreno se arrancaba veloz… La gente no reparó que el toro no necesitaba de este recurso para torearle reposadamente al natural. Y esto no es por restarle mérito a los cuatro pases naturales, que fueron colosales…

Esas y otras cosas, se las cuenta Alcázar en una carta abierta a Carlos Quirós Monosabio, quien aquí en México no se distinguió por reconocer los méritos de Armillita. Después de ser el pontifex maximus del gaonismo, no toleró que llegara un torero a ocupar el trono que el Califa de León dejó vacante con su retirada, y de esa manera, los amigos más o menos concuerdan en sus apreciaciones.

Y en esa línea de pensamiento me da la impresión de que así como con clarividencia unos años antes de ese 5 de junio de 1932, vio el toreo que estaba por venir, cuando describió la faena de Chicuelo a Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero en ese mismo ruedo y lo describió en su misma tribuna de El Imparcial, en esta oportunidad no supo percibir el golpe de timón que un torero mexicano daba a la forma de hacer el toreo y que implicaba ya no el esperar la arrancada del toro, sino provocarla y obligarla a ir en una determinada dirección. Es decir, era la pieza del rompecabezas que faltaba, para completar lo que el torero nacido en Triana en la calle Betis, pero criado en Sevilla en la Alameda de Hércules había iniciado más o menos un lustro antes.

El círculo se iba cerrando, lo que inició Gallito con el toro de Martínez aquél de la encerrona madrileña, lo prosiguió Chicuelo con Lapicero y Dentista aquí en México y después con Corchaíto en Madrid y lo remató debidamente Fermín el Sabio con Centello. Allí nacía el natural largo al que alude El Tío Carlos en su crónica y que representó en su día el fondo de una obra histórica y la continuidad de lo que Alameda ha llamado el hilo del toreo.

Por eso, cuando Armillita dio los naturales cortos, y toreó como Manolete, no estaba haciendo nada nuevo, sino que retornaba a unas formas que le eran ya conocidas y que, en alguna forma, habían dejado de ser comúnmente aceptadas, hasta esos tiempos otra vez. Por eso afirmaba al inicio, Fermín Espinosa era un torero capaz de cantar todos los palos. Y recurría al adecuado cuando era conveniente o necesario. Como en esta triunfal tarde de hace 80 años.

Aviso parroquial: los resaltados en los textos transcritos son imputables exclusivamente a este amanuense, por no obrar así en sus respectivos originales.

Aldeanos