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| Desplegado publicitario de El Cordobés El Redondel 7 de marzo de 1965 |
Y, ¡por fin!, pisó el ruedo de la México el fenómeno de la época, Manuel Benítez Pérez llamado “El Cordobés”, para el que quisiera algo de él. Confirmó (9ª) de manos de Antonio Velázquez y aunque tuvo buenos momentos, "inspiradísimos" escribió Alfonso de Icaza, acabó por fracasar dándole gusto a los que fueron a ver eso y que eran legión. Segunda corrida (10ª) y segundo y más ruidoso descalabro...
Era evidente que, en la Plaza México, que tenía un cupo del doble del Toreo de Cuatro Caminos, había lugar para aquellos que, quizás se quedaron fuera de esta última plaza, donde El Cordobés se había presentado en este país y había triunfado en toda línea, quizás pensando que, aquel viejo refrán seguía rigiendo: fuera de México, todo es Cuautitlán...
La 12ª corrida de la temporada 1964 – 65
Manuel Benítez reaparecería en la gran plaza el domingo 28 de febrero de 1965, y ese día el de la duodécima corrida de esa temporada 1964 – 65, dejaría en claro por qué era una figura del toreo. El cartel anunciado para esa tarde se formaba con los acalitanos Alfonso Ramírez Calesero y Rafael Rodríguez, que precederían en el orden de lidia a El Cordobés, para enfrentar a un encierro de Mimiahuápam, ganadería entonces de la titularidad de don Luis Barroso Barona.
Los dos toreros de Aguascalientes estaban ya en el ocaso de sus carreras, sin saberlo y quizás sin preverlo, Rafael Rodríguez toreó ese día su última corrida en la plaza de toros que lo llevó a la cima, y por su parte Calesero estaba a su vez actuando en la penúltima tarde, porque poco menos de un año faltaba para que allí mismo se cortara la coleta en una tarde que, después de todo, resultó ser memorable para él.
También El Cordobés, aunque en circunstancias distintas se presentaría en la Plaza México, dentro de su carrera, ya solamente esta tarde y la noche del siguiente jueves 4 de marzo, en la corrida de la Oreja de Oro. Seguiría viniendo a México en otros calendarios, pero ya no volvería a actuar en la capital mexicana.
Una tarde verdaderamente histórica
El tercer toro de la corrida se llamó Palomo y venciendo la oposición de aquellos que en las dos tardes anteriores lograron poner a la mayoría en su contra, le cortó la primera oreja de la corrida. Escribió Ojo en su crónica para El Redondel:
“El Cordobés” se quita la montera y como viene más mechudo que nunca, causa sensación. Se dobla con su adversario echando la cabeza al suelo e inmediatamente después instrumenta dos derechazos que arrancan olés de los tendidos. Se sigue arrimando, da otros dos pases iguales y luego se cambia y alborota el gallinero con uno de sus característicos muletazos. Toda la faena la realiza “El Cordobés” entre los pitones y para provocar la arrancada del toro le patea en los hocicos. Torea ahora con la izquierda en el mismo palmo de terreno en que ha desarrollado todo su trasteo, y aunque sus pases no le resultan limpios, sí son indiscutiblemente emocionantes... Porfía el diestro; da pases estatuarios a la mínima distancia. Aguanta heroicamente y se hace ovacionar por la plaza entera. El toro se ha ido quedando más y más y Manuel lo hace embestir pegándole con la barriga. Se adorna rasgando el testuz de la res y vuelve a torear con su aguante único a dos dedos de los pitones. Le chillan algunos el que se cambie de lado, pero luego cuando pisa los terrenos inverosímiles, arma la escandalera... Hay otros alardes de parte del diestro de Palma del Río, que a unos gustan y a otros no, y en cuanto “Palomo” junta las manos, entra a herir Manuel en corto y por derecho y deja un estoconazo ligeramente contrario, de tanto atracarse. El toro tarda en doblar y ello induce al “Cordobés” a descabellarlo al primer intento. Ovación, música, millares de pañuelos que piden la oreja, concesión del apéndice por parte de la autoridad y vuelta triunfal al anillo, devolviendo sombreros y prendas de vestir… Este es “El Cordobés”: un torero que torea distinto a los demás y que entusiasma más que ninguno...
Una faena típica de las suyas. Imponiéndose al toro que se quedó parado y metiéndose entre los pitones. No dejó ya resquicio de duda de que los espectadores estaban ante una real y auténtica figura del toreo. Pero todavía tenía el de Palma del Río cosas que expresar. Así, ante el sexto de lidia ordinaria, Mayito, sucedió lo siguiente:
Y ya tenemos al “Cordobés” frente a “Mayito”. Doblones suaves como ellos solos; dos pases por alto, molestado por el aire y derechazos en los que se enrosca al toro a la barriga, armando tremenda escandalera. Anuncia que va a regalar un toro y la ovación crece de punto. Más pases de aguante y mando increíble y ahora con la zurda, naturales sencillamente asombrosos. Los remata con el pase de pecho y la plaza se viene abajo, cayendo al ruedo sombreros en cantidad. Sigue la faena cordobesista pura, impregnada de esa personalidad que hace de Manuel Benítez un torero único, mejor o peor que los demás, pero sin parecerse a nadie. Los naturales de ahora son de asombro y los dos pases de pecho que le siguen, fenomenales... El toro se agota poco a poco, pero “El Cordobés” sigue encima de él, provocando la arrancada, sacándole pases de todas marcas. Lo iguala y atiza media estocada, llevándose el arma. Nuevo viaje, y acostándose en el morrillo, sepulta una estocada hasta el puño. El bravo y noble burel está a punto de entregarse, pero “El Cordobés” se empeña en descabellar innecesariamente, y falla hasta cuatro veces, para acertar al quinto intento. Estalla la ovación, no obstante y no pocos pañuelos flamean en los tendidos cuando el diestro se retira al callejón, obligándolo el público a que saliera para agradecer los aplausos de la mayoría de los espectadores...
A los primeros muletazos anunció el regalo de un toro, seguramente porque calibró que Mayito estaba ya muy mermado de fuerzas, y sin embargo, le realizó una faena de corte muy distinto a la anterior, principalmente sobre la mano izquierda, tan rematada, que aun después de los fallos con la espada, se le pedían las orejas.
El toro de regalo
El séptimo de la corrida se llamó Corsario, y era de Torrecilla. El obsequio no tenía por intención el salvar in – extremis una tarde fallida, era en realidad el intento del torero de complacer a la afición, aún habiendo triunfado con el lote sorteado en su momento. De lo realizado ante ese toro, escribió don Alfonso de Icaza Ojo:
Dos doblones para hacerse del toro y una serie de pases rápidos en los que los cuernos del burel le destrozan la franela. Cambia ésta Manolo e instrumenta varios derechazos, habiendo a poco otro intermedio en el trasteo. Naturales aguantando mucho; derechazos enredándose al toro en la cintura; uno de cuatro vueltas que para a la plaza de cabeza por la manera en la que el diestro corre la mano y mide el arranque de la fiera, y ya, con el ambiente caldeado, naturales; pases cambiados y uno de pecho piramidal. Más derechazos de lentitud increíble; toreo personalísimo de aguante heroico; cite a distancia que va acortando hasta que el toro se le arranca y más muletazos, con una y otra manos, de positivo asombro. Cuando lo remata con el de pecho, la plaza entera es un manicomio… Más naturales, sencillamente maravillosos; el de pecho fenomenal y ya desde ese momento, centenares de pañuelos que piden para este sensacional torero, de este nobilísimo animal, los apéndices. Se perfila a ley Manolo, arranca a matar y deja un estoconazo, también contrario, que hace doblar. Ovación inenarrable, miles de pañuelos que se agitan en los tendidos, concesión de las orejas y el rabo, el público que se echa al ruedo para abrazar al “Cordobés” y pasearlo por el ruedo en hombros, por una multitud enloquecida. Los granaderos dispersan a la multitud, los gritos de torero, torero, se oyen por todo el ruedo; vuelven a cargar al “Cordobés” en hombros, cuyo traje de luces ha sido destrozado, y en hombros se lo llevan por la puerta grande en una auténtica apoteosis…
El Cordobés terminó de establecer en la Plaza México, ante todos los que le demostraban admiración o respeto y también ante aquellos que iban dispuestos a reventarlo, que era una auténtica figura del toreo y no una creación publicitaria o de la literatura. Dejó fuera de cualquier duda su categoría dentro de los redondeles. Escribió quien firmó como Paliacate en el semanario madrileño El Ruedo, salido a los puestos el 9 de marzo siguiente:
Ha ganado El Cordobés una batalla difícil, ciertamente. Y la ha ganado – hasta sus más acérrimos adversarios, los que le silbaron cuando iniciaba el paseíllo – en muy buena lid, limpiamente. Para fortuna de los aficionados mejicanos, que han tenido la oportunidad de contemplar una de las más completas actuaciones que se le recuerdan a Manuel Benítez; en tres toros ha podido dar la imagen precisa y completa de lo que es su toreo…
Creo que la explicación es clara y contundente.
¿El final de una época?
Decía al inicio que Alfonso Ramírez Calesero y Rafael Rodríguez El Volcán de Aguascalientes, en esta señalada tarde prácticamente concluyeron su paso por la Plaza México, representando el cierre de las edades de Oro y de Plata del toreo en México. Nuestra Edad Moderna ya estaba en ciernes, puesto que las figuras que la encabezarían estaban próximas a recibir la alternativa. Sigue escribiendo el invocado Paliacate:
De verdad: se le puede discutir el arte, pero no su fabulosa habilidad para hipnotizar a quien se le ponga por delante, público o toro. Este Cordobés ha escrito una nueva página en la historia del toreo en Méjico y ha confirmado que es, sin discusión, el torero de la época. Porque hoy, ya lo saben, es cordobesista todo Méjico…
Ya advertía el escriba que el estado de cosas en la fiesta mexicana estaba por cambiar. La historia nos demuestra que no le faltaba razón.
El triunfo en la visión del torero
En El Redondel fechado el 7 de marzo de ese 1965, se publicó una entrevista que don Rafael Morales Clarinero hizo a El Cordobés, en la que, a propósito de la corrida de su triunfo, dijo:
Si no hubiera tenido éxito en mi tercera corrida den la Plaza México, quizá me hubiera retirado. Cuando menos así me lo había propuesto. No sé si hubiera podido cumplirlo... Uno de los días más felices de mi vida lo tuve el domingo cuando triunfé en la México. El más malo, se puede escoger entre los dos anteriores en que no pude torear a gusto entre ustedes... Puedo decir que en esta plaza es donde más se nota un triunfo o un fracaso... Pesa mucho la plaza. Siente uno que se sume, que está muy hondo. Que la gente está arriba, muy arriba. Siente uno como que se ahoga... No puedo señalar mi tarde de triunfo en la México como la mejor de mi vida; pero sí en la que más gusto y felicidad sentí. No estaba seguro de triunfar; pero sabía que iba a poner todo lo que pudiera. Estaba dispuesto a todo con tal de lograrlo... Y claro, salí con más miedo y compromiso que otras tardes...
Lo que comentó al entrevistador refleja la responsabilidad que sintió el torero y la sensación de alivio que le produjo el triunfo.
Tres brindis
Esa tarde destacaron tres brindis de los diestros actuantes. Calesero brindó el primero de la tarde a don Manuel Tello Barnaud, Secretario de Relaciones Exteriores, zacatecano y sin complejos derivados de la mal llamada corrección política, fue a los toros y fue brindado. El mismo Poeta del Toreo igualmente brindó su segundo a una asistente habitual a las barreras de la plaza, a la Doña María Félix.
Por su parte, El Cordobés brindó el séptimo a Manolo Prieto Crespo, quien, junto con Juan Cañedo, fue quien lo trajo a México por primera vez para actuar en el Toreo de Cuatro Caminos. Dijo el torero:
Manolo Prieto ha sido aquí, en México, más que un amigo, un hermano, por eso le brindé el toro del desquite...
Así se produjeron los acontecimientos más destacados de una corrida que resulta ser histórica en muchas de sus aristas.
Aviso parroquial: Los resaltados en los textos transcritos son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales.

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