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domingo, 16 de junio de 2019

Chicuelo y Corchaíto. El giro copernicano

Colección Biblioteca Digital de Madrid
El 3 de julio de 1914 Gallito barruntó en la plaza vieja de Madrid el toreo ligado y en redondo. Lo hizo ante alguno o algunos de los toros de don Vicente Martínez que mató en solitario. La ligazón de los muletazos al natural se ha de entender en el debido contexto de las condiciones de los toros que se lidiaban por aquellas calendas, pero contenía, como explica Alameda en su Historia Verdadera de la Evolución del Toreo, el tendido de la suerte, cargando la misma y obligando al toro a ir al terreno que el torero quiere para que se pueda iniciar la siguiente. En ese punto de la historia quedaba pendiente de la evolución del toro que permitiera hacer ese tipo de toreo.

El 21 de junio de 1917, se verificó la corrida del Montepío de Toreros también en la plaza de toros de Madrid. Alternaron Rodolfo Gaona, el ya recordado Gallito y Juan Belmonte, con toros de la Viuda de Concha y Sierra. Es la famosa corrida de los dos solos. En esa tarde El Pasmo de Triana, que iba a la deriva y que con su actuación en quites y ante el primero de su lote motivó a la afición que llenaba el coso de la Carretera de Aragón a pedir que se quedaran solos Gallito y Gaona.

Pero salió el sexto del festejo, Barbero, del que Barbadillo, en su crónica de El Imparcial dijo que era un torillo largo, flaco y feo…, pero que permitió a Juan realizar una faena memorable, que dejó a Gaona y a Gallito solos, a pie, en tanto Belmonte era sacado en volandas de la plaza. Ese toro, escribía Barbadillo, fue capaz de …pelear tan suave y noblemente en la lidia.... Era quizás también la epifanía del toro nuevo, del que se requería para realizar el toreo ligado sin solución de continuidad. Era en suma, como la aportación de Gallito, un tramo más del hilo del toreo.

La corrida extraordinaria del 24 de mayo de 1928

Para la fecha se anunciaron toros salmantinos de Graciliano Pérez Tabernero, que serían lidiados por Manuel Jiménez Chicuelo, Joaquín Rodríguez Cagancho y Vicente Barrera, que recibiría la alternativa de manos del primero de los diestros nombrados. La plaza se llenó hasta los topes no obstante ser jueves y es que el cartel era redondo. 

Barrera recibió la alternativa tras serle cedido el toro Jardinero que abrió plaza y Cagancho dio la vuelta al ruedo tras despenar a Perdigón, el primero de su lote. El tercero de la tarde se llamó Corchaíto y es el que me ocupa aquí y espero que les ocupe también a Ustedes.

El tercero de la tarde

José Alameda establece que la faena a este toro tuvo el don de la oportunidad, puesto que ya Chicuelo había realizado algunas de corte similar en Figueras en 1922, por supuesto rememora las de Lapicero y Dentista de San Mateo en México en 1925 y alguna posterior. Pero recalca que el hecho de que el encuentro de Chicuelo y Corchaíto se haya producido en la plaza de Madrid terminó por cerrar uno de los círculos de la evolución del toreo.

También Alameda deja ver que no todos vieron el alcance y trascendencia de la obra del torero sevillano y toma como ejemplo dos crónicas del suceso, las de Federico M. Alcázar y la de Gregorio Corrochano. Sin embargo, la revisión hemerográfica del suceso revela que fueron más los que lo vieron, aunque quizás no lo entendieron a total cabalidad. 

La versión más difundida es la de Alcázar, que podemos conocer por la transcripción que hizo Alameda de ella, porque he de señalar que el ejemplar de El Imparcial del 25 de mayo de 1928 que está en la Hemeroteca Nacional de Madrid tiene arrancada la página que contiene la crónica del festejo. Omitiendo los ditirambos que en su día publicó don Federico, creo que lo medular de esa relación está aquí:
Comienza con cuatro naturales estupendos, ligados con uno de pecho soberbio. La ovación vuelve a reproducirse y los olés atruenan el espacio. Vuelve a ligar – siempre con la izquierda – otros tres naturales soberanos. La plaza es un clamor y el público, enardecido, loco, jalea la inmensa faena. Pero lo grandioso, lo indescriptible, lo que arrebata al público hasta el delirio, es cuando el torero, ¡el torero!, ejecuta cuatro veces el pase en redondo girando sobre los talones en un palmo de terreno. Es algo portentoso, de maravilla y de sueño. Suave, lento, el toro va embebido, prendido, sugestionado, describiendo dos círculos en torno al artista, que permanece inmóvil en el centro...
Lo que describe Alcázar al hablar de que el toro va prendido, describiendo dos círculos en torno al torero que permanece inmóvil en el centro, es lo que Guillermo H. Cantú describe como la teoría del toreo en ochos, a propósito de la tauromaquia de Manolo Martínez, donde el torero es un eje y a partir de la ligazón, el toro describe dos parábolas en torno al torero. Es el toreo de hoy en día, pero realizado hace noventa y un años.

Una segunda versión es la de César Jalón Clarito, en El Liberal. Quizás Clarito no observó la esencia novedosa que aportaba Chicuelo con su actuación, pero sí se enteró del toreo ligado que se estaba ejecutando y que era distinto a lo que se había visto hasta entonces en la plaza de Madrid:
...La mano izquierda de Chicuelo, puesta en el registro del pase natural, que por tanto tiempo tanteó sin dar hasta esta tarde en el resorte, ha ligado cuatro pases.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Debe ser público de las otras generaciones el que lo cuenta. Espectadores quizá que aprendieron a contarlos en otras jornadas de este mes de mayo taurino.
No viene el pase de pecho. Y lo buscan otros dos naturales. ¡El resorte del pase natural! Como por otro resorte se pone en pie el público y aclama al torero. Sin mano izquierda, ninguna faena es cumbre.
Esta entra en una nueva fase. Alternan las dos manos. Los pases se traban unos con otros, el alto con el bajo, el eficaz que manda al toro con el de adorno, que es en ocasiones el afarolado. Una vez, en el ayudado, se detiene al final la muleta, y gira el cuerpo del torero. Es el recuerdo de la “chicuelina”; lo que la muleta debe reproducir del capote. Y antes que la gigantesca faena se cierre, la mano izquierda la rúbrica con tres pases naturales, los más asombrosos, porque más agotado el toro, el artista ha tenido que apurarle el terreno más y tirar del centro del palo con mayor firmeza...
Decía que Clarito no aborda el tema de los dos círculos, pero repara en algo que no relató Alcázar y es en que, al final de la faena, Chicuelo tuvo que obligar al toro a embestir, a ir a por la muleta ya cuando las fuerzas le comenzaban a abandonar y para ello, el torero le tuvo que pisar el terreno para dar la necesaria dimensión a los muletazos.

Luego está el parecer de Rafael, en La Libertad. Él se decanta más por el argumento manido del girar sobre los talones para explicar la ligazón. La argumentación es entendible, la idea del toreo ligado, hasta ese momento, era nueva, desconocida para el público y desconocida para los cronistas, que para exponer a sus lectores los sucesos de una tarde, tenían que tirar del lenguaje conocido y de esa manera tratar de hacer entender un suceso. Así, Rafael escribió:
…La corrida, que iba en «crescendo», había llegado a su momento culminante. Desde que pisó la arena el primer toro y Barrera le paró los pies con seis verónicas suaves y artísticas y un recorte ceñidísimo, puede decirse que la corrida transcurría entre una constante ovación. En los tercios de quites, las gentes se levantaban en masa para aclamar a los lidiadores. El entusiasmo llegaba a la embriaguez.
Y con este ambiente tocaron a matar, y Chicuelo se fué al toro en los tercios del 2, y con la muleta en la izquierda inició la faena con cuatro naturales superiores, el cuarto, sobre todo, que ligó con uno de pecho, y luego dos naturales más y uno que remató por alto, y después con la derecha y con la izquierda, cerca, valiente, torero y artista, pases de todas clases, de la firma, molinetes, afarolados, otros de pecho, de costado, de espalda, otros con la muleta en la izquierda y girando sobre los talones, sin mover la franela; en fin, toda la gama del toreo estilista.
Cómo sería la faena, que antes de entrar a matar, el público pedía ya la oreja del toro. Dió un pinchazo, entrando recto, y después de tres naturales, que fueron tres monumentos, un pinchazo más y media en todo lo alto, que hizo rodar al toro sin puntilla...
¡La faena de Chicuelo! Esa faena que no había hecho y que hasta parece imposible que pueda volver a hacer, borró cuanto se hizo ayer bueno y malo en la plaza. La faena fué la corrida. Había aficionados, de esos aficionados que han seguido la campaña de Chicuelo durante siete años, que salían de la plaza parodiando una becqueriana:
«Hoy le he visto.
¡Le he visto y ha toreado...!
¡Hoy creo en Dios!»...
Luego hay otra versión casi tan llena de ditirambos como la de Alcázar. Es la de Corinto y Oro. Don Maximiliano Clavo, en su tribuna de La Voz intenta explicar el impacto que tuvo en Madrid la hazaña de Chicuelo. Es una relación extensa, que habla de las emociones de los que lo vieron y de la frustración de aquellos que no estuvieron en la plaza. En lo medular dice:
…lo de ayer fue francamente asombroso. Lo de ayer fue un “caso”.
Chicuelo realizó en la plaza de toros de Madrid la faena cumbre de todas las faenas cumbres que él ha realizado en muchas plazas de España. Todo salió ayer a relucir cuando Chicuelo dio eses treinta y un pases que justifican una época, un estilo y un torero prodigio. Todo salió ayer a relucir. Cuando al toro “Corchaíto” le daba Chicuelo aquella lidia tan precisa, tan segura, tan aplomada, tan técnica y tan magistral, el nombre de Joselito Gómez Ortega salía a flor de los labios de todos los espectadores. Cuando al toro “Corchaíto” lo daba Chicuelo aquellos diez y seis o diez y ocho pases naturales, el maravilloso afarolado, el de pecho, rígido y con incopiable temple, el nombre de Juan Belmonte andaba de tendido en tendido, de grada en grada y de palco en palco. Cuando Chicuelo derrochaba aquella serenidad y aquel valor en el toro, al que obligó a colaborar en la inenarrable faena, se entremezclaban por doquier los nombres del Espartero y Guerrita...
Lo de ayer fue tan extraordinario, que yo creo que a carrera larga será único. Repito que lo de ayer fue un “caso”. Chicuelo “cuidó” y conservó el toro como el que conserva y cuida un primer premio de belleza femenina que se posee después de un concurso mundial. Chicuelo no dio un pase de castigo al toro “Corchaíto” para que no se agotaran sus facultades y estuviera siempre limpio, ligero y brioso para que la inolvidable faena no tuviese un instante de languidez ni la más ligera mancha el perfecto resultado de la preciosa labor. Chicuelo, en fin, agregó a su partido los pocos aficionados que aún dudaban de que el artífice táurico de la Alameda fuese una cosa acabada en materia de torear con refinado perfeccionamiento, con gracia exclusiva, con inspiración de artista genial. Chicuelo... ¿Pero fue Chicuelo o fue D. Diego Velázquez el que abandonó su pedestal, cogió una muleta y un capote a guisa de pinceles y reprodujo en el ruedo madrileño uno de sus mejores cuadros?...
¿Se ha enterado usted de eso de Chicuelo?”
Chicuelo se hace el amo de Madrid y la primera figura del toreo…
José Díaz de Quijano Don Quijote, quien escribía sus crónicas para el semanario La Fiesta Brava de Barcelona, también tiene su versión de lo sucedido esta memorable tarde. Apareció publicada en el número del 8 de junio siguiente al de la corrida y señala lo siguiente:
El tercero, "Corchaíto", núm. 49, negro bragado, calcetero de las patas traseras, coliblanco, recogido de cuerna; muy bonito…
Chicuelo se fue a él con la franela en la zurda para torear al natural. Señor Corrochano: el público cantó a coro: ¡uno! ¡dos! ¡tres! ¡cuatro! ¡cinco! Cinco naturales en redondo, asombro de arte, de mando, de temple y de sabiduría. Tanta, que el quinto, al vencérsele el toro, lo remató por alto, en vez de echarse fuera. Cinco pases en redondo, rematados con el de pecho. ¡Ahí queda eso! Más aún. Sin cambiar de mano la muleta, siguió el toreo en redondo: dos naturales más. El de pecho con la derecha y al natural con esta mano. ¡Y otro natural prodigioso, con la zurda! (¡La epilepsia en el tendido!) Cuatro ayudados por alto a ambos lados, el súmmum del arte; al natural con la derecha, un afarolado indescriptible, y cuatro ayudados por bajo, girando el cuerpo, cuatro ayudados sui géneris, geniales, improvisación de artista cumbre, el último rematado con un molinete entre los pitones. Dos pases con la derecha, estatuarios. (Todo esto, ligado, seguido, solo con el toro.) Un ayudado por alto y ¡tres naturales en redondo, inenarrables! La gente pide la oreja... Un gran pinchazo. Dos naturales, uno con cada mano, el izquierdo estupendísimo. Otro gran pinchazo. ¡Otro natural, magno! Y... una gran estocada. El toro, muerto en pie, abre las manos y se afianza en ellas, en hermosa agonía. Ni un capote. Chicuelo, con la muleta a rastras, gira en torno suyo majestuoso, crecido, torerazo. El toro se desploma, las cuatro patas al aire... ¡Imposible describir lo que pasó! Ni un pañuelo dejó de agitarse. Concedida la oreja, la gente vociferaba pidiendo la otra; concedida la otra, seguía vociferando pidiendo el rabo. Vuelta al ruedo, entre un clamoreo y una sorda tempestad de aplausos...
Y llego a don Gregorio Corrochano, del ABC madrileño, a quien Alameda acusa de crear una conspiración de silencio en torno a Chicuelo, Corchaíto y su leyenda. También hace notar que en la crónica del festejo no vio o no quiso ver la trascendencia de lo sucedido en la tarde del 24 de mayo de 1928. Y así parece a primer golpe de vista:
Chicuelo, en su repertorio y estilo da el mayor rendimiento. Con la izquierda empieza, con la izquierda sigue, con la izquierda termina. Intercala adornos vistosos y toreros porque lo aprovecha todo. Ha hecho dos faenas, tres faenas... ¡ni el toro se agota ni él tampoco! Todos los pases de la nomenclatura taurina aquí están. Hubo series ligadas magníficas. En una faena tan larga, algún bache no importa, porque volvía a ligar. Para todos los gustos. Del mío fueron los últimos naturales, cuando ya había que enganchar al toro en la muleta y tirar de él y hacerle pasar. Tengo esas preferencias. No me importa que el toro pase porque le dé la gana al toro; me interesa mucho más que el toro pase cuando le de la gana al torero, cuando se ve que el toro ya no quiere y el torero tira y obliga y le hace pasar. Por eso la última parte de esta faena preciosista fue más de mi gusto. Dos pinchazos y una estocada corta. Los pañuelos que ya habían asomado a media faena demandaron la oreja, las orejas. Las dos…
Pero una obra de tal magnitud no podía pasarle inadvertida a tal conocedor de la fiesta. Tan así, que en su crónica de la corrida del domingo 27 siguiente, en la que alternaron Juan Espinosa Armillita, Manuel del Pozo Rayito y Vicente Barrera en la lidia de toros de Angoso, escribió lo siguiente:
Todos los días de festejo se ve la plaza de toros cuidadosamente barrida... El domingo, sin embargo, la plaza – el ruedo – no estaba barrida con esa pulcritud. Había tierra removida de los tercios del uno hacia los medios: podríamos decir que había rastro o huella. Los espectadores íbanse acomodando y miraban hacia el lugar indicado. Alguno con aficiones de cicerone preguntaba al de al lado: “¿Usted no vino el jueves?” “No señor” “Allí fue” Y le señalaba la huella.
No sé cuando se acusó más firme la evocación; si cuando Rayito intentaba inútilmente torear con la izquierda o cuando Barrera giró con el capote en ese adorno al que dio Chicuelo tanta personalidad.
Pero el recuerdo de Chicuelo presidió la corrida del domingo. No solo estaba en los espectadores, sino también en la preocupación de los toreros. ¿Por qué? Sin duda porque de todo lo que ha hecho Chicuelo en el toreo fue lo que tuvo más personalidad, y la personalidad en el arte es fundamental. Y porque levantó en medio de la plaza de Madrid un monumento al olvidado pase natural. Y violentando un poco el poder evocador, se podría decir en una hipérbole bastante aceptable que los únicos que torearon el domingo en Madrid, fueron Chicuelo y Barrera...
Barrera tuvo algunos momentos, y el conjunto de su primera faena, que nos hicieron soportar la corrida. Fue el único que dio señales de torero. Los otros dos, borrados. Barrera y Chicuelo, con su recuerdo. Y Rayito, queriendo convencer a los del 8, que quería y no podía torear con la izquierda. Y los del 8, que habían visto a Chicuelo dar 15 o más naturales, enganchando al toro y tirando en la última serie, diciéndole a Rayito lo que tenía que hacer...
La escoba que alisa y arregla la plaza pulcramente, borrando todas las faenas, no ha podido borrar la de Chicuelo. El domingo parecía que seguía toreando Chicuelo. En la arena había huella de pasos de toro en los tercios del 1 hacia los medios y en medio de la tierra removida por las pezuñas, unas ligeras pisadas de zapatillas diminutas, como de chiquillo. Huella de faena que aún no se borró. Y la evocación certera, persistente, del espectador que decía al de al lado “Allí fue”. Y no decía más, ni hacía falta decir más.
No es un mea culpa, pero al final don Gregorio se rinde a la evidencia, algo grande había ocurrido y había que consignarlo. Quizás no quedó convencido de su trascendencia, pero la vida le dio tiempo de comprobar que lo que percibió ese 24 de mayo había llegado para quedarse.

Corchaíto

Pero, ¿qué clase de toro fue Corchaíto?

Solamente Rafael en La Libertad se ocupa de hablar con alguna extensión de las condiciones de Corchaíto. En lo que interesa, dice:
Había hecho Chicuelo una faena inenarrable, y el público pedía que a aquél toro se le diera la vuelta al ruedo, y el presidente accedió a ello. Una parte del público protestó entonces. ¿Por qué?
Pocas veces ha estado más justificado ese homenaje, y aún cuando no fuera más que para premiar a la divisa que lucían los dos bravísimos toros que se habían lidiado ya, a mí me hubiera parecido bien. Pero además, aun habiendo visto que aquél toro volvió la cara varias veces, que se salió suelto en los tres primeros puyazos y que hubo que porfiarle para que tomara el cuarto, me sigue pareciendo bien que se le diera la vuelta al ruedo... un toro que después de veintisiete pases y un pinchazo hondo, todavía toma en el centro del ruedo otros tres pases naturales, embistiendo mejor que cuando salió del chiquero, ese toro es un toro excepcional, un toro del que no se puede decir si ha sido un poco más bravo o un poco más manso, porque su nobleza, su extraordinaria nobleza, lo borra todo...
Por su parte, Corrochano, en la crónica de la corrida del 24 de mayo hace los siguientes apuntamientos:
El toro de Graciliano sale suelto de los caballos, vuelve la cara. Hay momentos que tememos que lleguen a foguearle. Con lo bravos que fueron los anteriores. El toro, malo para el ganadero, es muy bueno para el torero... ¿Qué vieron mis ojos? Se saca al toro, ya dentro de la puerta de arrastre, y le dan la vuelta al ruedo. ¿Es posible? Un toro que tan mala pelea hizo con los caballos, que a punto estuvo de que le foguearan. ¿Es posible? No, no, debo estar confundido. Sin duda el que sacaron fue el primero, verdaderamente bravo y alegre. Hay que tener cuidado con esas confusiones, porque podemos poner en ridículo a la primera plaza de España. Que el toro fuera suave y noble y bueno para el torero, después de la feísima pelea de varas, no quiere decir que fuera de bandera. Que Chicuelo hiciera al toro apurándole y tirando de él al final para prolongarle la codicia, no justifica el homenaje al toro menos bravo de la tarde…
Y también Don Quijote abunda:
El jefe de las mulillas, ya arrastrado el toro, obliga a los mulilleros a sacarle al ruedo y darle la vuelta. (Protestas.) ¡Si hubiera sido al primero!...
Como podemos ver, también esta tarde se nos marcó el advenimiento del toro moderno. Lo que se apuntó en la del Montepío con Barbero, se afianzó con Corchaíto. A partir de este día la noción de la bravura se iría sustituyendo por la de la nobleza, con el resultado que todos conocemos.

Nota Aclaratoria: Los resaltados en los textos transcritos son obra de este amanuense, pues no constan así en sus versiones originales.

domingo, 30 de septiembre de 2012

29/IX/1935: Lorenzo Garza corta el rabo de Guitarrero de Martín Alonso en Las Ventas


Lorenzo Garza visto por Roberto Domingo
La Libertad, Madrid, 1 de octubre de 1935
En la historia de la Plaza de Las Ventas, se han cortado solamente ocho rabos. Y de esos ocho, los siete primeros fueron obtenidos en el periodo que corre entre el 21 de octubre de 1934, fecha que se toma como la de la inauguración oficial del recinto y en el que Juan Belmonte se llevó el de Desertor de doña Carmen de Federico y el 10 de mayo de 1936, unos días antes de que iniciara la Guerra Civil española, cuando Domingo Ortega cortó el último rabo de esa etapa a otro toro de lo que en su día fue la casa de los Murube.

En ese lapso de tiempo se vivió, según se puede deducir de la frecuencia con la que los rabos eran otorgados, un exceso de interés de la afición y de las autoridades de plaza por concederlos, porque los seis iniciales se otorgaron en cuatro corridas. Los dos primeros con una semana de diferencia y los cuatro siguientes en otras dos corridas igualmente separadas con una semana. El rabo que cortó Lorenzo Garza ese 29 de septiembre de 1935, es precisamente el sexto de ese lapso de tiempo y es al que hago referencia en esta entrada.

Decían las crónicas del festejo en cuestión, para el que se anunciaron ocho toros de don Fermín Martín Alonso, antes Sotomayor para Nicanor Villalta, Fernando Domínguez, Curro Caro y Lorenzo Garza, que el mismo se organizaba a beneficio de la afición, aunque no explican en qué consistía ese beneficio, porque aún siendo así, los asistentes tuvieron que pagar su entrada a la plaza. Al final, vale señalar, se lidiaron solo cinco toros de los de Martín Alonso, dos de Albaserrada (1º y 3º) y uno de Salas (6º).

La corrida, coinciden las mismas relaciones que pude consultar, tuvo dos partes bien marcadas. Una primera, en la que salieron los toros mansos y complicados, que no dejaron muchas opciones a los diestros y la brillante segunda que tuvo su culmen con los rabos cortados en el séptimo por Curro Caro y en el octavo por Lorenzo Garza. La crónica de Eduardo Palacio en el ABC madrileño se titula El clásico café madrileño e inicia de esta guisa:

...Me limitaré en la presente a consignar que la corrida que el domingo organizó la Empresa a beneficio del público, según rezaban programas de mano y reclamos de Prensa, resultó exactamente como el clásico café madrileño: mitad y mitad. La primera, ¡vive Dios que fue mala!; la segunda, buena resultó en verdad. Se desecharon en los corrales o se inutilizaron dos de las ocho reses de D. Fermín Martín Alonso, antes Sotomayor, anunciadas y se las substituyó con otras de Albaserrada, jugadas en primero y tercer lugar...” 

Los hechos de la corrida vistos por Antonio
Casero
. ABC, Madrid, 1/X/1935
Igual las crónicas se parten mitad y mitad. Federico M. Alcázar en La Voz y El Tío Caracoles en El Siglo Futuro destacan por sobre cualquier cosa, la actuación de Curro Caro, a quien proclaman como la nueva figura esperada, en tanto que Federico Morena en El Heraldo de Madrid y Recortes en el La Libertad, reparan más en la actuación del artista regiomontano.

Para ilustrar el acontecimiento, escojo en esta oportunidad la versión de Federico Morena, aparecida en El Heraldo de Madrid del 30 de septiembre de 1935, y lo hago porque me parece que ilustra de mejor manera tanto el acontecimiento en sí, como la trascendencia que el mismo tendría para la Historia del Toreo – quizás más de este lado del mar que de aquél – pues percibe la transformación de Lorenzo Garza, a poco más de un año de su alternativa – Aranjuez, 5 de septiembre de 1934 –, de ser un torero de parón, como se le calificó en sus primeros tiempos, al gran artista que recuerda esa misma Historia. La relación de mérito es la siguiente:

Lorenzo Garza se reveló ayer como un torero extraordinario. Yo – lo declaro noblemente – había formado de este torero un juicio erróneo. Valiente hasta la temeridad; eso, sí. Sus parones escalofriantes hacían desbordar, con estruendo de catarata, los entusiasmos populares. Pero no le creía capaz de una faena cumbre, de una de esas faenas que quedan grabadas, con trazo firme, indeleble, en la memoria de los buenos aficionados... Le había visto pocas veces. Es la única razón que puedo alegar en mi defensa... Como yo pensaban de Lorenzo Garza muchos aficionados. Un torero capaz de producir hondísima emoción en un momento dado; nunca un torero de finas calidades... En tono contrito, el «mea culpa». Acompáñenme sin vacilar quienes pensaban como yo. Y proclamemos juntos «urbi et orbi», que Lorenzo Garza es algo excepcional, algo sublime cuando, como ayer, torea... Si, ayer toreó, y toreó prodigiosamente, como se ve torear muy pocas veces, como torean los artistas tocados de la divina gracia... ¡Cómo toreó a la verónica a ese octavo toro, «Guitarrero» de nombre, que pasará a la historia como el toro de la revelación de un gran torero! Un poco despatarrado, los pies hundidos firmemente en la arena, caídos naturalmente los brazos, perfectamente ajustada la velocidad del engaño al temple del toro... Pocas veces se ha producido en  la plaza un entusiasmo semejante. No era, ciertamente, para menos. La verónica, finísima, impecable; la media verónica, cosa de ensueño... Por eso al terminar el tercio de quites el público, en pie, hizo al torero azteca una de las ovaciones más grandes que han sonado en la plaza monumental... ¡Y luego con la muleta!... La iniciación de la faena fue algo maravilloso; tres pases en redondo templadísimos, parsimoniosos, de una duración inconcebible, girando airosamente el torero sobre los talones, como contera, como bellísimo remate, un pase de pecho enorme, imponderable, pasándose todo el toro por la cintura y sacando la muleta limpiamente por la penca del rabo. La plaza crujió en un alarido de asombro. ¿Qué índole de torero había encarnado, por arte de magia, de encantamiento en Lorenzo Garza?... El toro, como asustado, se quedó un momento. Y entonces Garza, adelantó solemnemente la muleta, hasta dar con las bambas en el hocico de la res, y tiró de ella despaciosamente, suavemente, y dobló la cintura gallardamente sobre el pitón... Y a este pase siguió otro tan bello, tan magnífico, y otro a éste, y otro más... La plaza era ya el patio de San Baudilio, en el manicomio de Ciempozuelos... Un pase natural. El toro se llevó la muleta. Y el espada siguió toreando por redondos y de pecho, Y se adornó después... Otra vez la muleta a la zurda. Y en medio del estupor general bordó tres naturales soberbios, en los que corrió la mano como un maestro consumado. El segundo natural fue algo sin precedente. El toro se mostraba reacio en la embestida y el torero adelantó bravamente la muleta, le prendió en el engaño y se lo llevó como quiso, a la velocidad que quiso, y lo dejó donde más pudo convenirle para dar el tercero y ligar éste con el de pecho, maravilloso... Cada pase un clamor. Las ovaciones se engarzaban interminables. Cuadró el toro, se perfiló el espada sobre corto y dejó una estocada corta en todo lo alto... El noble bruto se derrumbó... Había terminado la corrida y nadie abandonaba su localidad. Los blancos pañuelos revoloteaban sobre las cabezas... Y el presidente, ajustándose al ritmo que le señalaba el pueblo soberano, concedió al torero, consagrado figura, una oreja, y la otra oreja, y el rabo... Luego los espectadores más fogosos irrumpieron en la plaza y se llevaron en hombros al TORERO… Así ha triunfado Lorenzo Garza, que ya en la lidia y muerte del su primer toro se hizo aplaudir muy justamente…

Lorenzo Garza
Respecto del encierro originalmente anunciado, de Fermín Martín Alonso antes Sotomayor, puedo comentar con brevedad que esos toros llevaron seguramente el hierro que hoy es de la ganadería de Prieto de la Cal, aunque para un mejor entendimiento de esta situación, les remito al bien documentado artículo del Dr. Rafael Cabrera Bonet, en su bitácora Recortes y Galleos.

Del resto del festejo, agregaré que Nicanor Villalta cortó la oreja del quinto de la tarde y Fernando Domínguez hizo lo propio con el sexto, en tanto que, como ya lo comenté antes, Curro Caro cortó el rabo al séptimo de la corrida, lo que confirma que, efectivamente, el interés del festejo estuvo en su segunda mitad.

Así pues, esta es la historia tras de el único rabo que ha cortado un torero mexicano en la Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid, hace setenta y siete años.

martes, 7 de julio de 2009

5 de junio de 1932, Plaza de Toros de Madrid: Armillita y Centello de Aleas (y II)

Antes de seguir adelante con el tema, considero importante hacer algún apuntamiento acerca de lo que eran algunos de los personajes de la prensa taurina mexicana en aquellos días.

Cuando comencé a recabar los datos necesarios para armar esta entrada, conocía básicamente la de Federico Morena, de El Heraldo de Madrid, que coincidía en lo sustancial con la tradición oral acerca del gran triunfo del Maestro de Saltillo, pero al encontrarme con la de Federico M. Alcázar, en El Imparcial, también diario de la Capital de España, me volví a enfrentar con el hecho de que ayer como hoy, los escritores tienen sus filias y sus fobias y también sus intereses, a veces muy bien definidos en estas cuestiones de los toros.

La crónica de Alcázar está escrita en forma epistolar y va dirigida a Carlos Quirós Monosabio, en esa fecha ya cronista taurino del diario La Afición, mismo que fundara junto con Alejandro Aguilar Fray Nano en el año de 1930, a su salida de Toros y Deportes – sucedáneo de El Universal Taurino –, la que según Enrique Guarner, se debió a una denuncia que hizo Antonio Márquez a Miguel Lanz – Duret, en esos días Director General de El Universal, acerca de las desmedidas pretensiones económicas de Quirós para moderar sus posiciones en las crónicas que escribía. La versión de Guarner sobre este asunto es la siguiente:

“…En 1924 – 1925 el madrileño Antonio Márquez viene a México para torear la última temporada de Rodolfo Gaona y no obstante haber toreado 8 corridas cobrando 8 mil pesos por cada una, tiene que pedir prestado para regresar a España. Vuelve en 1930 y ya no visita a “Monosabio”, por lo que éste emprende una campaña contra él. La rebelión era peligrosísima, porque podía cundir el mal ejemplo. Márquez busca en una cena al director de El Universal, le pone las cartas boca arriba y el cronista es despedido, pero poco tiempo después “Monosabio” encuentra una nueva tribuna en “La Afición”, desde donde continúa con sus sobornos…” (En: Crónicas de Carlos León, Editorial Diana, México, 1987, Pág. 16)



Lo que es evidente, es que Monosabio se movía profesionalmente según sus intereses, que además, era el pontifex maximus del gaonismo en México y era un hecho también, que Rodolfo Gaona no toleraba ni digería los logros en los ruedos de Fermín Espinosa, Armillita. Le veía con gran recelo. Las palabras de Leonardo Páez acerca de la tarde de la alternativa mexicana del Maestro:

…Hace apenas dos años y medio que el maestro leonés se despidió de los ruedos y satisfecho asiste a la corrida, convencido de que nadie puede llenar el hueco taurino y artístico que ha dejado.

Sin embargo, El Indio Grande observa incrédulo cómo aquel chamaco flacucho y espigado da la vuelta al ruedo en el toro de su doctorado, Maromero, y algo de contrariedad experimenta cuando Fermín emocionado le brinda la muerte de su segundo, Coludo. La gran ovación que recibe Gaona pronto se apaga con los fuertes olés que provocan los sensacionales muletazos de aquel niño maestro, quien además de dominar con desahogo al sandieguino le corta las orejas y el rabo y es llevado en hombros hasta El Universal Taurino...

Carlos Quirós había llevado a Federico M. Alcázar a El Universal Taurino como corresponsal en Madrid a la muerte de Ángel Caamaño El Barquero, lo que me sugiere que compartían maneras de ver la fiesta y de lo que he leído de la obra periodística de Alcázar, también compartían entendimiento de la misma. No puedo afirmar, porque carezco absolutamente de medios o versiones para hacerlo, que también participaran de los mismos métodos para someter a los toreros a sus mandatos, como el caso que Guarner narra respecto del Belmonte Rubio, pero sí distingo muchas coincidencias en su proceder.

El padre de Armillita se acogió a los buenos oficios de Rafael Solana Verduguillo - director de El Universal Taurino - para difundir los logros de sus hijos toreros. Por supuesto, eso no le encantó a Monosabio, que por su labor periodística diversa a la taurina, se había constituido en una especie de oráculo táurico en los círculos del poder.

Si sumamos a eso la celosa inquietud que produjo en quien hasta poco tiempo antes era el número uno, es decir Rodolfo Gaona, la resultante será que la opinión de Carlos Quirós será siempre la de buscar el prietito en el arroz, la de resaltar los desaciertos en lugar de proclamar las virtudes y a fe mía, que después de leer la crónica de Alcázar, ese sentimiento es el que le transmitió su amigo.

En esos antecedentes, paso a transcribir íntegra la crónica aparecida en El Imparcial de Madrid, del día 7 de junio de 1932 y como ya lo he señalado firmada por Federico M. Alcázar:

La octava corrida de abono

Historia de un recurso
Una gran faena de Armillita
Reaparición de Fuentes Bejarano

Carta Abierta

Para "Monosabio" crítico taurino de Méjico

Amigo Quirós: Perdone si algún retraso lleva ésta completamente involuntario. Me ha sobrado deseo y gusto, pero me ha faltado tiempo.

Recibí la suya en la que me pedía confidencialmente una impresión de la temporada en España. Hasta hoy no he podido hacerlo. Tampoco encontré oportunidad.

Ahora lo hago aprovechando las últimas corridas, que son las más interesantes. Como lo que voy a decirle me interesa que lo conozca el público, se lo mando por conducto de EL IMPARCIAL, que es el periódico a que está usted suscrito.

La temporada, amigo Quirós, va siendo deficiente, tirando a mala. Como casi todas las temporadas. Por los toros, peor que por los toreros. Han salido media docena de reses notables. Pero el término medio ha sido manso, ese tipo de manso con el que no es posible el lucimiento.

Lo más interesante de la temporada ha sido una corrida celebrada recientemente, en la que Bienvenida y Ortega han dado una gran tarde de toros. Ha sido un clásico y brillante mano a mano, con sabor de época y salsa de competencia. Dos toreros jóvenes de opuestos estilos y escuelas.

Creo que si en la repetición tienen suerte formarán partido. Ambiente ya tienen. También debo hablarle de Barrera, a quien usted conoce sobradamente.


Barrera ha vuelto de Méjico que «jumea», y está saliendo a éxito por corrida. Y como detalles reveladores, no como cosa plena y lograda, debo apuntarle los nombres de La Serna y Solórzano, que nos han servido el mejor toreo de capa de la temporada.

Pero lo más interesante y ruidoso por los comentarios apasionados que está suscitando, es un recurso que está empleando Ortega con los toros quedados y que, a juzgar por los síntomas, van a seguirlo los demás toreros con todos los toros. Pero no es esto lo malo. Lo peor es que el público, a juzgar también por los síntomas, lo va a aplaudir sin reparar si el recurso es adecuado al toro. Esto es lo interesante y lo que da valor al recurso. Pero como hoy la gente ha perdido, no sólo la afición, sino la simple curiosidad y va a los toros como a otro espectáculo cualquiera, cada día sabe menos de estas cosas y juzga las corridas por impresión, aplicando a toros y toreros un criterio simplista. Antes se dejaban orientar por la crítica; pero ahora creen que saben más que críticos y toreros. Y esto es lo grave, porque cada día les sorprende una cosa que ellos creen una novedad y luego resulta que tiene en el toreo un antecedente histórico de treinta años.

El recurso a que me refiero es éste: cuando un toro está muy quedado y no embiste al cite natural se le sesga al pitón contrario, adelantándole las «bambas» de la muleta al hocico y enganchándolo. De esta forma se le hace parar. A esto, como usted sabe, se le llama en términos taurinos «jalar del toro». Recurso para los toros que no vienen, que no se arrancan al cite natural. Este recurso, empleado con los toros prontos, a los que basta pisarles el terreno para que se arranquen, es una pamplina innecesaria y hasta una ventaja porque al toro bravo hay que dejarlo llegar, parar y aguantarle, que este es el valor supremo. Todo el mérito que tiene en los toros quedados de corta arrancada lo pierde con los bravos de arrancada larga y franca.

Pero este recurso tiene una historia que usted seguramente recordará.


Fuentes fue el primero que empleó este recurso con la mano derecha Fuentes, que era la quinta esencia de la elegancia, le llegaba a los toros muy cerca con la muleta en la mano derecha. Hacía el cite natural meciéndola un poco. Si el toro no acudía, la retiraba y entonces su figura adquiría aquélla pose majestuosa y elegante, mezcla de señor y de gitano. Volvía de nuevo a citar: ¡Ja! Y al no acudir por segunda vez adelantaba un paso y le echaba la muleta al hocico, enganchando al toro y haciéndole pasar hasta donde le daba de sí brazo y muleta, mientras la figura permanecía quieta y erguida. Eso lo hacía con los toros quedados. A los que, colocado en su terreno, embestían pronto no había necesidad.

Pasó el tiempo, y un día Gallardo, el apoderado de Vicente Pastor, hablando de Fuentes, le dijo a Vicente:

— «Oiga usted, Vicente, ¿por qué usted, que tiene tanta facilidad para torear con la mano izquierda, no prueba a hacer lo que hace Fuentes a los toros quedados con la derecha?»

— «No sé si resultará —respondió Pastor—, Lo probaré, porque es un recurso lucido y eficaz».

Y lo probó. Ya recordará usted cómo tomaba los toros Pastor. Les salía andando lejos - así decían que lo hacía Frascuelo, que, a pesar de su fama, no creo que aventajara como torero a Vicente — para irlos fijando. Se paraba dos o tres veces y cuando les llegaba desplegaba la muleta. Si el toro acudía al cite natural, consumaba el pase; pero si no embestía, le andaba un paso más y le adelantaba la muleta al hocico, enganchándolo y haciéndolo pasar. El pase lo remataba siempre por alto.

Después, lo hizo Belmonte. Yo recuerdo habérselo visto hacer a varis toros, entre ellos a uno de Albaserrada. Y últimamente el malogrado Gitanillo de Triana se lo hizo con el capote varias veces a un toro de Murube, en Sevilla. Apelo al testimonio de don Clemente de Oro, que lo presenció conmigo. De este recurso, como de otras muchas cosas del toreo, hablamos diariamente una peña de aficionados, Y uno de ellos, que es tocayo mío, estando con Ortega en Salamanca, después de verle torear magistralmente una vaca, cuando el animal había quedado agotado y no podía con el rabo, le dijo: «Déjala que se refresque y échale la muleta al hocico, verás cómo todavía la puedes torear». Y la toreó como Ortega torea. Y a partir de ese momento no tropieza con toro quedado que no le eche las bambas, el enganche y provoque el entusiasmo.

Lo que hace Ortega con los toros quedados, lo que debe hacerse cuando se tiene valor para ello, quieren hacerlo los demás toreros a los toros que no lo necesitan y este es el error. Error que no debe compartir el público. Lo malo de estos recursos es que andando el tiempo la fuerza de la costumbre los convierta en usos, y esto es deplorable, Es deplorable porque del uso al abuso no hay más que un paso, recurso para la suerte de recibir fue el volapié. Luego surgió otro recurso: el paso atrás. Después otro: perfilarse fuera del pitón, que engendró el cuarteo. Y así, de concesión en concesión, hasta el paso de banderillas, Total que la suerte de recibir se perdió y el volapié también, pues ahora es cuando verdaderamente vuelan los pies. Ya veremos si los de ese mozo de Chiclana que se llama Gallardo se están quietos. Hay que tener mucho cuidado no se repita el caso lamentable que acabo de apuntar. Que por abusar de un recurso se pierda una de las tres cosas matrices y puras del toreo: el pase natural. Por eso doy la voz de alarma en América por conducto del crítico más autorizado.

El domingo empleó este recurso Armillita innecesariamente, pues era un toro bravísimo de los llamados de bandera para los toreros, que cuando le pisaban un poco el terreno se arrancaba veloz. Y, naturalmente, el público se entusiasmó más por este detalle que por los pases naturales en sí. La gente no reparó que el toro no necesitaba de este recurso para torearle reposadamente al natural. Y esto no es por restarle mérito a los cuatro pases naturales, que fueron colosales. Los muletazos con la mano derecha me gustaron menos. Pases sueltos, por alto y en redondo de los llamados estatuarios, pero perdiendo la muleta tres veces. Una faena monumental, que desbordó el entusiasmo, pero un poco sosota, desangelá, de ave fría; un guiso suculento, pero sin sal. Ya conoce usted a Armillita. Pinchó cuatro veces y le dieron la oreja. En el sexto, que se lidió bajo un aguacero no hizo nada. Le mató de un sablazo. Banderilleó en toro de la oreja con facilidad y finura.

En esta corrida reapareció Fuentes Bejarano, No había figurado en el primer abono y volvió en el segundo. También conoce usted a Bejarano, Torero valiente y dominador. Pertenece a ese grupo de toreros machos que ostentan una divisa, la divisa que fue siempre la más limpia ejecutoria del toreo: la hombría. Le tocaron dos buenos mozos. El primero se declaró manso. Después de lancearlo por verónicas ceñidísimas que se jalearon, le trasteó cerca y valeroso, para un pinchazo y una soberbia estocada en las tablas, jugándose la cornada. Gesto pundonoroso y bravo, que le valió una ovación con vuelta al ruedo. También se ajustó con el capote en el quinto, que era un hermoso ejemplar con dos pitones que daban miedo. La faena fue breve y emocionante. Seis pases altos y de pecho valerosísimos, seguidos de un macheteo entre los pitones para una estocada desprendida. Otra ovación con vuelta al ruedo v petición de oreja.

Fortuna, borroso y gris toda la tarde. Unos lances al primero, algunos muletazos por bajo y una estocada en el cuarto hábilmente colocada. Poca cosa. Y nada más. Como nota final le diré que los toros fueron de la viuda de Pepe Aleas. Una corrida admirablemente presentada, en la que se lidió un toro bravísimo, ideal para el torero: el de Armillita. Un toro un poco blando para los caballos, pero para el torero excepcional. Los restantes cumplieron, haciendo una pelea desigual.

Un abrazo.

Federico M. Alcázar




Como podrán ver, con una gran soberbia - niega cualquier conocimiento al aficionado - Alcázar se empeña en desacreditar una faena histórica, haciendo un alarde de erudición, tratando de establecer – y creo que muy claro lo deja – que lo que Armillita hizo esa tarde, ninguna novedad era y que de haber dado otra lidia al toro, quizás – olvidando que el hubiera no existe – estaría comentando una obra más grande que la vista. Total, que no quedó contento don Federico ese día.

Sin embargo, me parece que así como con clarividencia unos años antes, vio el toreo que estaba por venir, cuando describió la faena de Chicuelo a Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero en ese mismo ruedo y en las mismas páginas de El Imparcial, ahora, sus ya invocadas filias y fobias no le permitieron ver quizás, un golpe de timón que un torero mexicano daba a la forma de hacer el toreo y que implicaba ya no el esperar la arrancada del toro, sino provocarla y obligarla a ir en una determinada dirección. Es decir, era la pieza del puzzle que faltaba, para completar lo que el torero nacido en Triana en la calle Betis, pero criado en Sevilla en la Alameda de Hércules había iniciado un lustro antes.

Y si no, léase nuevamente la crónica de Federico Morena, en la que describe con claridad la manera en la que hoy se torea de muleta:

…Echó el artista la muleta atrás y adelantó el cuerpo arrogantemente. Pisaba el terreno de los valientes. Entonces la muleta avanzó despaciosa, sin dudas ni vacilaciones, hasta dar suavemente con los vuelillos en el hocico de la res. Y vino la arrancada: una arrancada templadísima. El espada tiró del toro, y se lo llevó al costado, y dobló la cintura sobre el pitón, y obligóle a trazar con el espinazo una curva considerable…


El círculo se había cerrado, lo que inició Joselito con el toro de Martínez aquél de la encerrona madrileña, lo prosiguió Chicuelo con Dentista y Lapicero en México y Corchaíto en Madrid y lo remató debidamente Fermín el Sabio con Centello. Ese es, desde mi punto de vista, el real fondo de la faena y el real fondo de la aparente ceguera de taller de Alcázar, que influido por su amigo Monosabio, no supo, no quiso o no pudo ver lo que ante sus ojos se estaba culminando.

Grandes son los males que las visiones interesadas pueden causar a la memoria histórica de las cosas.

Ojalá que a pesar de su extensión, esta aportación les haya resultado de interés.
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