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domingo, 16 de junio de 2019

Chicuelo y Corchaíto. El giro copernicano

Colección Biblioteca Digital de Madrid
El 3 de julio de 1914 Gallito barruntó en la plaza vieja de Madrid el toreo ligado y en redondo. Lo hizo ante alguno o algunos de los toros de don Vicente Martínez que mató en solitario. La ligazón de los muletazos al natural se ha de entender en el debido contexto de las condiciones de los toros que se lidiaban por aquellas calendas, pero contenía, como explica Alameda en su Historia Verdadera de la Evolución del Toreo, el tendido de la suerte, cargando la misma y obligando al toro a ir al terreno que el torero quiere para que se pueda iniciar la siguiente. En ese punto de la historia quedaba pendiente de la evolución del toro que permitiera hacer ese tipo de toreo.

El 21 de junio de 1917, se verificó la corrida del Montepío de Toreros también en la plaza de toros de Madrid. Alternaron Rodolfo Gaona, el ya recordado Gallito y Juan Belmonte, con toros de la Viuda de Concha y Sierra. Es la famosa corrida de los dos solos. En esa tarde El Pasmo de Triana, que iba a la deriva y que con su actuación en quites y ante el primero de su lote motivó a la afición que llenaba el coso de la Carretera de Aragón a pedir que se quedaran solos Gallito y Gaona.

Pero salió el sexto del festejo, Barbero, del que Barbadillo, en su crónica de El Imparcial dijo que era un torillo largo, flaco y feo…, pero que permitió a Juan realizar una faena memorable, que dejó a Gaona y a Gallito solos, a pie, en tanto Belmonte era sacado en volandas de la plaza. Ese toro, escribía Barbadillo, fue capaz de …pelear tan suave y noblemente en la lidia.... Era quizás también la epifanía del toro nuevo, del que se requería para realizar el toreo ligado sin solución de continuidad. Era en suma, como la aportación de Gallito, un tramo más del hilo del toreo.

La corrida extraordinaria del 24 de mayo de 1928

Para la fecha se anunciaron toros salmantinos de Graciliano Pérez Tabernero, que serían lidiados por Manuel Jiménez Chicuelo, Joaquín Rodríguez Cagancho y Vicente Barrera, que recibiría la alternativa de manos del primero de los diestros nombrados. La plaza se llenó hasta los topes no obstante ser jueves y es que el cartel era redondo. 

Barrera recibió la alternativa tras serle cedido el toro Jardinero que abrió plaza y Cagancho dio la vuelta al ruedo tras despenar a Perdigón, el primero de su lote. El tercero de la tarde se llamó Corchaíto y es el que me ocupa aquí y espero que les ocupe también a Ustedes.

El tercero de la tarde

José Alameda establece que la faena a este toro tuvo el don de la oportunidad, puesto que ya Chicuelo había realizado algunas de corte similar en Figueras en 1922, por supuesto rememora las de Lapicero y Dentista de San Mateo en México en 1925 y alguna posterior. Pero recalca que el hecho de que el encuentro de Chicuelo y Corchaíto se haya producido en la plaza de Madrid terminó por cerrar uno de los círculos de la evolución del toreo.

También Alameda deja ver que no todos vieron el alcance y trascendencia de la obra del torero sevillano y toma como ejemplo dos crónicas del suceso, las de Federico M. Alcázar y la de Gregorio Corrochano. Sin embargo, la revisión hemerográfica del suceso revela que fueron más los que lo vieron, aunque quizás no lo entendieron a total cabalidad. 

La versión más difundida es la de Alcázar, que podemos conocer por la transcripción que hizo Alameda de ella, porque he de señalar que el ejemplar de El Imparcial del 25 de mayo de 1928 que está en la Hemeroteca Nacional de Madrid tiene arrancada la página que contiene la crónica del festejo. Omitiendo los ditirambos que en su día publicó don Federico, creo que lo medular de esa relación está aquí:
Comienza con cuatro naturales estupendos, ligados con uno de pecho soberbio. La ovación vuelve a reproducirse y los olés atruenan el espacio. Vuelve a ligar – siempre con la izquierda – otros tres naturales soberanos. La plaza es un clamor y el público, enardecido, loco, jalea la inmensa faena. Pero lo grandioso, lo indescriptible, lo que arrebata al público hasta el delirio, es cuando el torero, ¡el torero!, ejecuta cuatro veces el pase en redondo girando sobre los talones en un palmo de terreno. Es algo portentoso, de maravilla y de sueño. Suave, lento, el toro va embebido, prendido, sugestionado, describiendo dos círculos en torno al artista, que permanece inmóvil en el centro...
Lo que describe Alcázar al hablar de que el toro va prendido, describiendo dos círculos en torno al torero que permanece inmóvil en el centro, es lo que Guillermo H. Cantú describe como la teoría del toreo en ochos, a propósito de la tauromaquia de Manolo Martínez, donde el torero es un eje y a partir de la ligazón, el toro describe dos parábolas en torno al torero. Es el toreo de hoy en día, pero realizado hace noventa y un años.

Una segunda versión es la de César Jalón Clarito, en El Liberal. Quizás Clarito no observó la esencia novedosa que aportaba Chicuelo con su actuación, pero sí se enteró del toreo ligado que se estaba ejecutando y que era distinto a lo que se había visto hasta entonces en la plaza de Madrid:
...La mano izquierda de Chicuelo, puesta en el registro del pase natural, que por tanto tiempo tanteó sin dar hasta esta tarde en el resorte, ha ligado cuatro pases.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Debe ser público de las otras generaciones el que lo cuenta. Espectadores quizá que aprendieron a contarlos en otras jornadas de este mes de mayo taurino.
No viene el pase de pecho. Y lo buscan otros dos naturales. ¡El resorte del pase natural! Como por otro resorte se pone en pie el público y aclama al torero. Sin mano izquierda, ninguna faena es cumbre.
Esta entra en una nueva fase. Alternan las dos manos. Los pases se traban unos con otros, el alto con el bajo, el eficaz que manda al toro con el de adorno, que es en ocasiones el afarolado. Una vez, en el ayudado, se detiene al final la muleta, y gira el cuerpo del torero. Es el recuerdo de la “chicuelina”; lo que la muleta debe reproducir del capote. Y antes que la gigantesca faena se cierre, la mano izquierda la rúbrica con tres pases naturales, los más asombrosos, porque más agotado el toro, el artista ha tenido que apurarle el terreno más y tirar del centro del palo con mayor firmeza...
Decía que Clarito no aborda el tema de los dos círculos, pero repara en algo que no relató Alcázar y es en que, al final de la faena, Chicuelo tuvo que obligar al toro a embestir, a ir a por la muleta ya cuando las fuerzas le comenzaban a abandonar y para ello, el torero le tuvo que pisar el terreno para dar la necesaria dimensión a los muletazos.

Luego está el parecer de Rafael, en La Libertad. Él se decanta más por el argumento manido del girar sobre los talones para explicar la ligazón. La argumentación es entendible, la idea del toreo ligado, hasta ese momento, era nueva, desconocida para el público y desconocida para los cronistas, que para exponer a sus lectores los sucesos de una tarde, tenían que tirar del lenguaje conocido y de esa manera tratar de hacer entender un suceso. Así, Rafael escribió:
…La corrida, que iba en «crescendo», había llegado a su momento culminante. Desde que pisó la arena el primer toro y Barrera le paró los pies con seis verónicas suaves y artísticas y un recorte ceñidísimo, puede decirse que la corrida transcurría entre una constante ovación. En los tercios de quites, las gentes se levantaban en masa para aclamar a los lidiadores. El entusiasmo llegaba a la embriaguez.
Y con este ambiente tocaron a matar, y Chicuelo se fué al toro en los tercios del 2, y con la muleta en la izquierda inició la faena con cuatro naturales superiores, el cuarto, sobre todo, que ligó con uno de pecho, y luego dos naturales más y uno que remató por alto, y después con la derecha y con la izquierda, cerca, valiente, torero y artista, pases de todas clases, de la firma, molinetes, afarolados, otros de pecho, de costado, de espalda, otros con la muleta en la izquierda y girando sobre los talones, sin mover la franela; en fin, toda la gama del toreo estilista.
Cómo sería la faena, que antes de entrar a matar, el público pedía ya la oreja del toro. Dió un pinchazo, entrando recto, y después de tres naturales, que fueron tres monumentos, un pinchazo más y media en todo lo alto, que hizo rodar al toro sin puntilla...
¡La faena de Chicuelo! Esa faena que no había hecho y que hasta parece imposible que pueda volver a hacer, borró cuanto se hizo ayer bueno y malo en la plaza. La faena fué la corrida. Había aficionados, de esos aficionados que han seguido la campaña de Chicuelo durante siete años, que salían de la plaza parodiando una becqueriana:
«Hoy le he visto.
¡Le he visto y ha toreado...!
¡Hoy creo en Dios!»...
Luego hay otra versión casi tan llena de ditirambos como la de Alcázar. Es la de Corinto y Oro. Don Maximiliano Clavo, en su tribuna de La Voz intenta explicar el impacto que tuvo en Madrid la hazaña de Chicuelo. Es una relación extensa, que habla de las emociones de los que lo vieron y de la frustración de aquellos que no estuvieron en la plaza. En lo medular dice:
…lo de ayer fue francamente asombroso. Lo de ayer fue un “caso”.
Chicuelo realizó en la plaza de toros de Madrid la faena cumbre de todas las faenas cumbres que él ha realizado en muchas plazas de España. Todo salió ayer a relucir cuando Chicuelo dio eses treinta y un pases que justifican una época, un estilo y un torero prodigio. Todo salió ayer a relucir. Cuando al toro “Corchaíto” le daba Chicuelo aquella lidia tan precisa, tan segura, tan aplomada, tan técnica y tan magistral, el nombre de Joselito Gómez Ortega salía a flor de los labios de todos los espectadores. Cuando al toro “Corchaíto” lo daba Chicuelo aquellos diez y seis o diez y ocho pases naturales, el maravilloso afarolado, el de pecho, rígido y con incopiable temple, el nombre de Juan Belmonte andaba de tendido en tendido, de grada en grada y de palco en palco. Cuando Chicuelo derrochaba aquella serenidad y aquel valor en el toro, al que obligó a colaborar en la inenarrable faena, se entremezclaban por doquier los nombres del Espartero y Guerrita...
Lo de ayer fue tan extraordinario, que yo creo que a carrera larga será único. Repito que lo de ayer fue un “caso”. Chicuelo “cuidó” y conservó el toro como el que conserva y cuida un primer premio de belleza femenina que se posee después de un concurso mundial. Chicuelo no dio un pase de castigo al toro “Corchaíto” para que no se agotaran sus facultades y estuviera siempre limpio, ligero y brioso para que la inolvidable faena no tuviese un instante de languidez ni la más ligera mancha el perfecto resultado de la preciosa labor. Chicuelo, en fin, agregó a su partido los pocos aficionados que aún dudaban de que el artífice táurico de la Alameda fuese una cosa acabada en materia de torear con refinado perfeccionamiento, con gracia exclusiva, con inspiración de artista genial. Chicuelo... ¿Pero fue Chicuelo o fue D. Diego Velázquez el que abandonó su pedestal, cogió una muleta y un capote a guisa de pinceles y reprodujo en el ruedo madrileño uno de sus mejores cuadros?...
¿Se ha enterado usted de eso de Chicuelo?”
Chicuelo se hace el amo de Madrid y la primera figura del toreo…
José Díaz de Quijano Don Quijote, quien escribía sus crónicas para el semanario La Fiesta Brava de Barcelona, también tiene su versión de lo sucedido esta memorable tarde. Apareció publicada en el número del 8 de junio siguiente al de la corrida y señala lo siguiente:
El tercero, "Corchaíto", núm. 49, negro bragado, calcetero de las patas traseras, coliblanco, recogido de cuerna; muy bonito…
Chicuelo se fue a él con la franela en la zurda para torear al natural. Señor Corrochano: el público cantó a coro: ¡uno! ¡dos! ¡tres! ¡cuatro! ¡cinco! Cinco naturales en redondo, asombro de arte, de mando, de temple y de sabiduría. Tanta, que el quinto, al vencérsele el toro, lo remató por alto, en vez de echarse fuera. Cinco pases en redondo, rematados con el de pecho. ¡Ahí queda eso! Más aún. Sin cambiar de mano la muleta, siguió el toreo en redondo: dos naturales más. El de pecho con la derecha y al natural con esta mano. ¡Y otro natural prodigioso, con la zurda! (¡La epilepsia en el tendido!) Cuatro ayudados por alto a ambos lados, el súmmum del arte; al natural con la derecha, un afarolado indescriptible, y cuatro ayudados por bajo, girando el cuerpo, cuatro ayudados sui géneris, geniales, improvisación de artista cumbre, el último rematado con un molinete entre los pitones. Dos pases con la derecha, estatuarios. (Todo esto, ligado, seguido, solo con el toro.) Un ayudado por alto y ¡tres naturales en redondo, inenarrables! La gente pide la oreja... Un gran pinchazo. Dos naturales, uno con cada mano, el izquierdo estupendísimo. Otro gran pinchazo. ¡Otro natural, magno! Y... una gran estocada. El toro, muerto en pie, abre las manos y se afianza en ellas, en hermosa agonía. Ni un capote. Chicuelo, con la muleta a rastras, gira en torno suyo majestuoso, crecido, torerazo. El toro se desploma, las cuatro patas al aire... ¡Imposible describir lo que pasó! Ni un pañuelo dejó de agitarse. Concedida la oreja, la gente vociferaba pidiendo la otra; concedida la otra, seguía vociferando pidiendo el rabo. Vuelta al ruedo, entre un clamoreo y una sorda tempestad de aplausos...
Y llego a don Gregorio Corrochano, del ABC madrileño, a quien Alameda acusa de crear una conspiración de silencio en torno a Chicuelo, Corchaíto y su leyenda. También hace notar que en la crónica del festejo no vio o no quiso ver la trascendencia de lo sucedido en la tarde del 24 de mayo de 1928. Y así parece a primer golpe de vista:
Chicuelo, en su repertorio y estilo da el mayor rendimiento. Con la izquierda empieza, con la izquierda sigue, con la izquierda termina. Intercala adornos vistosos y toreros porque lo aprovecha todo. Ha hecho dos faenas, tres faenas... ¡ni el toro se agota ni él tampoco! Todos los pases de la nomenclatura taurina aquí están. Hubo series ligadas magníficas. En una faena tan larga, algún bache no importa, porque volvía a ligar. Para todos los gustos. Del mío fueron los últimos naturales, cuando ya había que enganchar al toro en la muleta y tirar de él y hacerle pasar. Tengo esas preferencias. No me importa que el toro pase porque le dé la gana al toro; me interesa mucho más que el toro pase cuando le de la gana al torero, cuando se ve que el toro ya no quiere y el torero tira y obliga y le hace pasar. Por eso la última parte de esta faena preciosista fue más de mi gusto. Dos pinchazos y una estocada corta. Los pañuelos que ya habían asomado a media faena demandaron la oreja, las orejas. Las dos…
Pero una obra de tal magnitud no podía pasarle inadvertida a tal conocedor de la fiesta. Tan así, que en su crónica de la corrida del domingo 27 siguiente, en la que alternaron Juan Espinosa Armillita, Manuel del Pozo Rayito y Vicente Barrera en la lidia de toros de Angoso, escribió lo siguiente:
Todos los días de festejo se ve la plaza de toros cuidadosamente barrida... El domingo, sin embargo, la plaza – el ruedo – no estaba barrida con esa pulcritud. Había tierra removida de los tercios del uno hacia los medios: podríamos decir que había rastro o huella. Los espectadores íbanse acomodando y miraban hacia el lugar indicado. Alguno con aficiones de cicerone preguntaba al de al lado: “¿Usted no vino el jueves?” “No señor” “Allí fue” Y le señalaba la huella.
No sé cuando se acusó más firme la evocación; si cuando Rayito intentaba inútilmente torear con la izquierda o cuando Barrera giró con el capote en ese adorno al que dio Chicuelo tanta personalidad.
Pero el recuerdo de Chicuelo presidió la corrida del domingo. No solo estaba en los espectadores, sino también en la preocupación de los toreros. ¿Por qué? Sin duda porque de todo lo que ha hecho Chicuelo en el toreo fue lo que tuvo más personalidad, y la personalidad en el arte es fundamental. Y porque levantó en medio de la plaza de Madrid un monumento al olvidado pase natural. Y violentando un poco el poder evocador, se podría decir en una hipérbole bastante aceptable que los únicos que torearon el domingo en Madrid, fueron Chicuelo y Barrera...
Barrera tuvo algunos momentos, y el conjunto de su primera faena, que nos hicieron soportar la corrida. Fue el único que dio señales de torero. Los otros dos, borrados. Barrera y Chicuelo, con su recuerdo. Y Rayito, queriendo convencer a los del 8, que quería y no podía torear con la izquierda. Y los del 8, que habían visto a Chicuelo dar 15 o más naturales, enganchando al toro y tirando en la última serie, diciéndole a Rayito lo que tenía que hacer...
La escoba que alisa y arregla la plaza pulcramente, borrando todas las faenas, no ha podido borrar la de Chicuelo. El domingo parecía que seguía toreando Chicuelo. En la arena había huella de pasos de toro en los tercios del 1 hacia los medios y en medio de la tierra removida por las pezuñas, unas ligeras pisadas de zapatillas diminutas, como de chiquillo. Huella de faena que aún no se borró. Y la evocación certera, persistente, del espectador que decía al de al lado “Allí fue”. Y no decía más, ni hacía falta decir más.
No es un mea culpa, pero al final don Gregorio se rinde a la evidencia, algo grande había ocurrido y había que consignarlo. Quizás no quedó convencido de su trascendencia, pero la vida le dio tiempo de comprobar que lo que percibió ese 24 de mayo había llegado para quedarse.

Corchaíto

Pero, ¿qué clase de toro fue Corchaíto?

Solamente Rafael en La Libertad se ocupa de hablar con alguna extensión de las condiciones de Corchaíto. En lo que interesa, dice:
Había hecho Chicuelo una faena inenarrable, y el público pedía que a aquél toro se le diera la vuelta al ruedo, y el presidente accedió a ello. Una parte del público protestó entonces. ¿Por qué?
Pocas veces ha estado más justificado ese homenaje, y aún cuando no fuera más que para premiar a la divisa que lucían los dos bravísimos toros que se habían lidiado ya, a mí me hubiera parecido bien. Pero además, aun habiendo visto que aquél toro volvió la cara varias veces, que se salió suelto en los tres primeros puyazos y que hubo que porfiarle para que tomara el cuarto, me sigue pareciendo bien que se le diera la vuelta al ruedo... un toro que después de veintisiete pases y un pinchazo hondo, todavía toma en el centro del ruedo otros tres pases naturales, embistiendo mejor que cuando salió del chiquero, ese toro es un toro excepcional, un toro del que no se puede decir si ha sido un poco más bravo o un poco más manso, porque su nobleza, su extraordinaria nobleza, lo borra todo...
Por su parte, Corrochano, en la crónica de la corrida del 24 de mayo hace los siguientes apuntamientos:
El toro de Graciliano sale suelto de los caballos, vuelve la cara. Hay momentos que tememos que lleguen a foguearle. Con lo bravos que fueron los anteriores. El toro, malo para el ganadero, es muy bueno para el torero... ¿Qué vieron mis ojos? Se saca al toro, ya dentro de la puerta de arrastre, y le dan la vuelta al ruedo. ¿Es posible? Un toro que tan mala pelea hizo con los caballos, que a punto estuvo de que le foguearan. ¿Es posible? No, no, debo estar confundido. Sin duda el que sacaron fue el primero, verdaderamente bravo y alegre. Hay que tener cuidado con esas confusiones, porque podemos poner en ridículo a la primera plaza de España. Que el toro fuera suave y noble y bueno para el torero, después de la feísima pelea de varas, no quiere decir que fuera de bandera. Que Chicuelo hiciera al toro apurándole y tirando de él al final para prolongarle la codicia, no justifica el homenaje al toro menos bravo de la tarde…
Y también Don Quijote abunda:
El jefe de las mulillas, ya arrastrado el toro, obliga a los mulilleros a sacarle al ruedo y darle la vuelta. (Protestas.) ¡Si hubiera sido al primero!...
Como podemos ver, también esta tarde se nos marcó el advenimiento del toro moderno. Lo que se apuntó en la del Montepío con Barbero, se afianzó con Corchaíto. A partir de este día la noción de la bravura se iría sustituyendo por la de la nobleza, con el resultado que todos conocemos.

Nota Aclaratoria: Los resaltados en los textos transcritos son obra de este amanuense, pues no constan así en sus versiones originales.

domingo, 1 de febrero de 2015

1º de febrero de 1925: Chicuelo y Lapicero de San Mateo en El Toreo

Chicuelo a hombros febrero 1 de 1925
(Foto: El Universal Taurino)
Uno de los axiomas del toreo moderno es que el toreo ligado se presentó en sociedad el 3 de julio de 1914, cuando Gallito lidió en solitario siete toros de los sucesores de don Vicente Martínez en la plaza de Madrid. No me corresponde entrar aquí a la discusión del toro determinante o el toro determinado que planteara en su día José Alameda para intentar explicar la aparición de esa manera de torear.

Es el mismo Alameda quien afirma que la evolución del toreo ligado alcanza su culmen el 24 de mayo de 1928, cuando Manuel Jiménez Chicuelo se encuentra en la misma plaza de Madrid, con el toro Corchaíto de Graciliano Pérez Tabernero. Una faena que, dice don José, se convertiría en el modelo a seguir a partir de esa fecha y cuya trascendencia fue vista por escritores como Federico M. Alcázar y Manuel Soto Lluch, pero negada prima facie por otros como Gregorio Corrochano.

Es el mismo Alameda el que advierte que antes, en México, el mismo Chicuelo había realizado el toreo como con Corchaíto a dos toros de don Antonio Llaguno. Fue el 1º de febrero de 1925 al toro Lapicero y el 25 de octubre de ese mismo año a Dentista. Solamente quedaba pendiente la aportación de Armillita, materializada el 5 de junio de 1932, en Madrid con el toro Centello de Aleas, consistente en echar la muleta adelante, citar allí al toro y traerlo así toreado – tirando de él – para terminar el giro copernicano que supuso la aparición en los ruedos de Gallito y Belmonte.

Así pues, este día se cumplen noventa años de la triunfal actuación de Chicuelo ante Lapicero de San Mateo, recuerdo esa importante hazaña.

La primera versión en el tiempo es la que Rafael Solana Verduguillo publicó en el semanario El Universal Taurino al día siguiente del festejo y en lo que importa, dice:
En la mano zurda lleva Chicuelo la muleta. Provoca el espada desde buen terreno, la fiera se arranca, y se produce el primer pase natural, estupendo. Y sigue otro, colosalísimo, sin enmendarse, y otro más, y así hasta cinco, girando el toro en derredor del espada, sin despegar el hocico de la mágica franela. Y luego el forzado de pecho, como remata a esta primera parte de la clásica faena… ¿Para qué decir que toda la concurrencia está de pie y aclamando hasta el delirio al matador?... Chicuelo deja que el toro se reponga, y vuelve luego a la carga, e instrumenta tres naturales más y otro de pecho, tranquilo, seriecito, torero. Y así sigue trasteando con la zurda exclusivamente, con la que torean los maestros. Otros tres naturales y otro de pecho. Imponente está el chiquillo… Ahora el sevillano va a torear con la derecha: pasamos de clasicismo a la pinturería. El pase inicial de esta tercera parte del trasteo es un “afarolado”; Manolo se ha pasado la muleta por la cabeza, recordándonos a Gallito; y luego, un ayudado por alto, con los pies clavados en la arena, estatuario. Y uno de pecho y el de la firma, perfectamente rematado… Estamos todos locos. Ya el público no sabe si aplaudir, gritar o qué. Manolo se dispone a poner término a la escena, pero el concurso no le deja. ¡Sigue toreando, por tu madre!, gritan todos. Y el sevillano nos da gusto y vuelve a recrearse empleando ahora los ayudados por bajo, pasándose todo el toro por delante. ¡Cuatro faenas en una!... Ha sido tan largo el muleteo, que el toro ha acabado echando la jeta por el suelo. Manolo se tira la escopeta a la cara, pero el “Lapicero”, humillado, no le deja entrar a herir. Al fin, Manolo se decide a ir por las famosas uvas, estando el toro desigualado y humillado y deja media estocada tendenciosa, descabellando después. ¡Ha sido la mejor faena de la temporada!... Estalla la ovación clamorosa. Aplaudimos al mismo tiempo al artista grandioso y al bravo animal, y mientras Chicuelo da por un lado la vuelta al ruedo, por el otro pasean las mulillas al cadáver del bravísimo “Lapicero” en medio de la ovación que tributamos al ganadero don Antonio Llaguno a quien el público llama insistentemente, sin lograr hacerlo salir… Gran número de pañuelos blancos ondean en las alturas en demanda de la oreja; pero don Isaac Pérez no concede el galardón, quizás por lo defectuoso de la estocada. ¿Pero señor, no ha visto usted en qué forma ha tenido que entrar a matar el sevillano? ¿No vio usted que el toro no se dejaba meter mano, y que si Chicuelo se hubiera propuesto MATAR BIEN, se habría alargado el asunto? Vaya, hombre…
Me llama la atención el hecho de que el torero haya dado la vuelta al ruedo al tiempo en que arrastraban al toro y que no haya esperado a que el arrastre terminara para salir después a agradecer la ovación. Después, me impresiona la entereza de don Antonio Llaguno, que pese a la insistente petición de la concurrencia, se negó a salir a agradecer la ovación que se le tributaba.

Una segunda versión es la de Benjamín Vargas Sánchez Juan Gallardo, corresponsal del semanario madrileño The Times que apareció el 8 de marzo de 1925. De ella, extraigo lo que sigue:
¡Hay que decirlo! Sí, señores; para mí, para mi gusto, para mi criterio, bueno o malo, como se quiera, la faena más grande de la temporada, la más clásica, la más bella, la mejor, ha sido la que anteayer realizó el prodigioso torero sevillano con su primer toro. ¡Eso es canela!... «Lapicero» se llamaba el toro de Chicuelo. Un buen toro; un enemigo a la medida del torero: bravo, con poder en las patas y manejable. ¡Y qué cosas hizo el chaval con este «Lapicero»! Antes que reseñar tan gran faena hay que descubrirse. ¡Abajo los sombreros!... Se inició el chiquillo con cinco estupendos pases naturales. Cinco modelos de izquierdismo clásico; cinco naturales con más naturalidad en la ejecución que quien los inventó. Y con más quietud que si torease de salón. Qué admirable manera de templar, de despedir y recoger, girando sobre los talones y ligando uno tras otro. ¡Modelo regio para un cuadro! Y luego, como si aún no le pareciese suficiente aquella formidable ovación, a ligar dos naturales con otros tantos de pecho. Pero no muletazos secos, no; nada de eso; lances llenos de bríos, de valor, de entusiasmo, de arte, de sabiduría, sacándose al toro de la mismísima faja y barriendo los lomos en los de pecho. Y luego, para variar, un «afarolado», varios de la firma, algunos ayudados y otras mil precocidades definitivas. ¡Qué faenaza! ¡Qué engarce de maravillas!... Años hace que no vemos algo igual. Yo ignoro si Lagartijo e! Grande, Guerrita o Montes y Curro Cúchares harían algo más de lo que yo he visto ayer a Chicuelo con su primer toro; pero aunque lo hubiesen hecho, nunca lo podría creer… ¿Una faena con más conciencia, con más seguridad, con más ante? ¡Imposible! ¡Imposible! ¡Si parecía que el chiquillo toreaba y ejecutaba como si estuviese tocado por la gracia divina!... Y el final también digno. Arrancó a matar con seguridad, con decisión. Y surgió la estocada: hasta la bola y en lo alto. Luego un descabello certerísimo y... ¡el delirio!... No recordamos cuántas vueltas dio triunfalmente a la pista. Ni mucho menos cuántas dianas se tocaron en Su honor. Pero aquello fue apoteósico. Ya la multitud, ebria de arte y de emociones, pidió la oreja para el señor Manuel Jiménez. Pero el regidor – testarudo o villamelón – no accedió. Eso no importa; el público la pidió, y eso equivale a su otorgamiento. Son los públicos quienes dan esos galardones. ¿Entendido?... También «Lapicero» fue despedido con honores cuando las mulillas lo llevaron al destazadero. Y también para don Antonio Llaguno hubo gritos de entusiasmo… Todo muy bien, todo muy justo…
Lapicero de San Mateo
(Foto: The Times)
Ambas versiones coinciden en lo esencial, pero difieren en la manera en la que Chicuelo puso fin a los días de Lapicero, pues mientras Verduguillo dice que lo mató de una estocada defectuosa seguida de descabello, Juan Gallardo habla de una estocada en lo alto, también seguida de descabello. Me llama también la atención el hecho de que el cronista mexicano se refiera al hecho de ligar los naturales usando la frase tópica de girar sobre los talones, y es que entonces, el concepto de ligazón no se entendía a cabalidad. El que no se haya concedido el apéndice pedido – al parecer de manera unánime – a Chicuelo, me hace pensar que la primera versión invocada es más certera.

El festejo era el beneficio de Chicuelo y actuaba mano a mano con Rodolfo Gaona, quien fue herido por el primero de la tarde Vive Lejos, por lo que el torero de La Alameda se quedó prácticamente con toda la corrida. El parte facultativo de la herida del Petronio fue el siguiente:
Los médicos que suscriben certifican que al finalizar la lidia del primer toro ingresó a esta enfermería el diestro Rodolfo Gaona, presentando las lesiones siguientes: Herida por cuerno de toro, ovalar, de diez centímetros de extensión en la cara externa del muslo izquierdo, tercio superior, con despegamiento de piel y tejido celular. Esta lesión le impide continuar la lidia. México, febrero 1º de 1925. Doctores José Rojo de la Vega y Luis Desentís.
Rodolfo Gaona reaparecería el siguiente domingo en la propia plaza de El Toreo.

Aclaración: Los resaltados en las relaciones de Verduguillo y Juan Gallardo son obra exclusiva de este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales.

jueves, 7 de enero de 2010

Una estampa del pasado (II)


TOROS EN MADRID
26 de mayo de 1935
SEIS TOROS DE SALAS
CHICUELO, GARZA y EL SOLDADO
¡Toros, toros!



Tantas vese se ha dicho ar público que er toro que nesesitaa er torero moderno pa divertirno ha de sé chico, gordito, con lo pitone como platanitos, que, hoy sediendo un poco, mañana otro poco y al otro más, se ha llegao a perder por completo la emosíón der toro. Yo creo que er día —por esas cosas rara que pasan en la vida— que aparesiera por las puertas de los chiqueros de Madrí la cara seria der toro auténtico, muchos se desmayarían en los tendió. ¡Seguro! Hoy cree er público de verdá que esto que le sirven como toro lo son, ¿Cómo, si no, dejó pasa ar sesto toro, de Ortega, sustituto der de Sala, que era una verdadera cabrilla? Creo que er que está por fuera der mostradó, er que se retrata en la taquilla, lleva siempre rasón; pero es que si llega a jartarnos der to la emosión der toro, terminaremos por irno ar furbó, que por argo se llama a esto la fiesta de los toro, y no la der torero. Venga er toro de verdá, en presensia y potensia, que es la sustansia de la fiesta: si no, nos vamo a enterá de que han muerto las corría de toroscuando nos dé en la narí el oló de su cadave. Y ya saben ustede que no lo hago por mi. ¡Yo soy partidario der Beti! De los seis toro de Sala se echaron pa tras quinto y sesto, que fueron sustituido por dos de Ortega. Los de plantilla y los sustituto fueron buenos, nobles, tersiaíto y sin fuersas. Una buena corría pa er torero. "Chicuelo" hase tiempo que debía paga pasaje á la plasa. No hay derecho a que este torero vea los toro en er mismo redondé, y en cambio er que vaya a sacá una barrera le cueste un ojo de la cara. ¿Por qué, vamo ave? Toreó y mató a su primero muy mal; toreó y mató ar que le dejó Garsa muy mal, y toreó con la muleta y mató a su segundo muy mal. Hubo un momento, sin embargo, en que me saqué der borsillo do o tre viva a España que tenía preparao por si "Chicuelo" quería estirarse, emparedao como estaba entre do estrangero. No pudo sé. Ar suelo se me cayeron loa viva a España, sin éntusiasmo y marchitos. Fué cuando er mármol de la Alamea se conmovió un poquito y, juntando los pies, saludó ar cuarto torillo con sinco o seis lanses y media verónica llenos de grasia. Siguió un quite por chicuelina, menos bueno; metió ar toro en suerte animao y artístico..., ¡y se acabó! Tó er mundo sabe que Manolo es un buen torero; pero es como er que tenía un tío en Arcaiá, que ni tenía tío ni tenia na. Garsa salió er domingo con er való nesesario pa da lo que sabe, er parón. Su primero, que no tenía, por farta de fuersa, la velosidá nesesaria pa la espesiacidá der mejicano, lo cogió ar que hasia seis o siete atragantone, y lo metió en la enfermería. Su segundo era más suavón, y lo dejó hasé. Er público se vorvio loco, y cuando er torero mató de media, le dio la oreja, la vuerta al ruedo y le tiró sombreros y otras prenda. Ya he dicho que er que paga manda, y cartuchera en er cañón. No toreó Garsa, ¡qué va a sé torea eso! Er toro entró suerto y salió suerto; es desí; nó mandó er torero, y por esto no toreó. Se colocó en la asera, dejándole ar toro er sitio justo pa pasá; pero no dirigió ar toro, que pasó suelto, como quiso. ¿Que esto emosiona hasta ese punto? Bueno. En esto me pasa como con la emosión der toro verdá y der que no lo é. El otro día, cuando dije que "er Sordao" había cumplido y que podía cogé la lisensia cuando quisiera, las gente me querían comé. Hoy, en cambio, me dieron la rasón al despedí ar torero con aquella lluvia de armohadilla. ¡Qué miedo en los dos! ¡Qué mítin! ¡Con desirle a ustede que er público, por asosiasión de idea, se vorteó pa "er Gallo" en plena "faena" der "Sordao" y lo ovasionó, está dicho to!
Muy bien Mende. La plasa, llena.

OSELITO




Ilustración de la crónica por Martínez de León


Nota del amanuense: Cualquier similitud con la realidad actual, ¿es mera coincidencia? Los subrayados son obra mía.
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