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domingo, 2 de febrero de 2020

4 de febrero de 1951: Jesús Córdoba y Luminoso de San Mateo. Alternativa de Humberto Moro

Jesús Córdoba
La temporada grande 1951 en la Plaza México inició con retraso. Comenzó hasta el final de enero porque se negociaba desde los últimos del año anterior la reanudación de las relaciones con la torería hispana, rotas desde 1947. Así, entre el ir y venir de noticias de esa continuación del intercambio, se programó para los dos primeros carteles de esa temporada, la alternativa de los triunfadores de la temporada de novilladas 1950 y en la corrida inaugural se le dio a Jorge El Ranchero Aguilar y en esta que hoy me entretiene aquí, se le daría al linarense Humberto Moro.

Un ejemplo de esas informaciones que cruzaban el Atlántico es la siguiente nota:
Valencia, febrero 4. – Refiriéndose a la inminente solución del pleito taurino hispano – mexicano, lo empresarios de la plaza de Toros de Valencia, que acaban de llegar de Madrid, afirman que si se llega al arreglo apetecido, los carteles de las corridas incluirán además de los toreros españoles, en la Feria de Julio a los mexicanos Antonio Velázquez, Jesús Córdoba, Luis Procuna, Carlos Arruza y Rafael Rodríguez. 
Tratarán de contratar además a los toreros Luis Miguel Dominguín, Aparicio, Litri, Martorell, Calerito y Manolo González, todos ellos españoles. 
La temporada valenciana comenzará con las corridas falleras en marzo. Luis Miguel Dominguín, Litri y Aparicio figuran en la primera el día 18. El 19 se enfrentarán mano a mano Aparicio y Luis Miguel Dominguín…
La segunda corrida de la temporada 1951

La segunda corrida de esa temporada 1951 fue anunciada con Manolo dos Santos, Jesús Córdoba y como ya señalaba arriba, la alternativa del torero de Linares, Nuevo León, Humberto Moro. El encierro seleccionado para la ocasión fue uno muy bien presentado de San Mateo.

El momento culminante de la tarde se dio en el quinto toro, llamado Luminoso por el ganadero y que correspondió en el sorteo al Joven Maestro. Ante este toro haría el primer asalto a la cumbre que ratificaría un mes después ante Cortijero de Zotoluca. La crónica de Paquiro en el ejemplar de La Lidia de México fechado el 9 de febrero de ese año, entre otras cosas, relata lo siguiente acerca de esa faena:
Jesús Córdoba sostuvo su cartel de primera figura de los ruedos y categoría de maestro del arte. Y para lograrlo tuvo que arriesgar la vida, salir con un puntazo en un muslo y con la taleguilla hecha trizas. Pero en las manos, orgullosamente lucía las orejas y el rabo del quinto de la tarde...  
Se portó pues, como un primate heróico... 
No le fue posible esculpir la obra la líneas suaves, serenas, plácidas, románticas. Correspondióle interpretar momentos de arte y de drama; de sol y de sangre, de calma y tempestad, de suspiros y de gritos. Porque la faena de Córdoba al quinto fue vibrante, roja, cálida... ¡de aguafuerte! 
Hubo inspiración y belleza, sí, pero también drama y tragedia. 
Los muletazos fueron surgiendo entre el alarido histérico de la multitud, que se asombraba al ver como el torero desafiaba y burlaba los puñales de su enemigo con una constancia de mártir, y con un temperamento de héroe. La hazaña – para que nada faltara – quedó rubricada con una estocada en la que el corazón fue entregado sin ninguna artimaña. Fue una estocada a lo hombre, a lo torero, llegando la mano hasta los mismos rubios después de haber metido todo el acero. Córdoba olvidóse salir del embroque, ¿para qué? Y el lógico resultado fue que saliera tropezado rodando por tierra. Una vez más había alcanzado las gestas únicas de los toreros y de los héroes. 
Fue aquello, en suma, la muestra más vibrante de lo que una figura de los ruedos debe hacer para sostener el máximo grado. 
Córdoba toreó al 5º con el corazón. Por eso, además de artista, fue un trágico avasallador. 
El ascenso prosigue 
Actuando en plan de testigo de la alternativa del día, se encargó de pasaportar en primer lugar al bicho que ocupó el tercer sitio. Este fue “Novelista”, bien armado y bien cubierto de riñones. Con la capa toreó Córdoba como lo hacen los maestros. Y con la muleta continuó en el mismo plan dándole al morlaco la lidia requerida y siempre manteniéndose limpio, desahogado y poderoso, El bicho acabó sus días un tanto soso, y fue entonces cuando surgieron las delicadezas del toreo por la cara, que Chucho hizo con todo acierto. Un pinchazo. La estocada y la ovación. Aquello había sido el prólogo. 
El quinto, el maravilloso “Luminoso”, fue saludado por Córdoba con verónicas de tres tiempos. El remate fue piramidal. El bicho acudió a los montados y tanto Córdoba como Dos Santos arrancaron ovaciones en sus respectivos quites. Moro, el ridi. 
Banderilleado por la peonería, “Luminoso” quedó a disposición de la muleta del leonés. Pases por alto; naturales citando de largo, templando a ley, estrechándose como los hombres, los remates de príncipe, la “vitamina” estrujante, una cogida quedando destrozada la taleguilla y el muslo con un puntazo. Levantóse Córdoba entre el manicomio que había forjado en los tendidos y siguió toreando ya con la diestra, ya con la zurda, burilando pases de factura indescriptible. ¡El drama y el arte habían tenido realización! 
Y tras de los últimos pases se acostó materialmente sobre el morrillo del bovino, en un volapié clásico y perfecto, saliendo rebotado de la suprema suerte. A los pocos instantes, el bravísimo y nobilísimo “Luminoso” rodó sin vida. 
Para Córdoba fueron las dos orejas y el rabo, además de incontables vueltas al anillo escuchando, una vez más, el himno de los consagrados ¡torero...! ¡torero...! 
Después de la apoteosis internóse en la enfermería...
De acuerdo con la estadística, ese es el único rabo que Jesús Córdoba cortó como matador de toros en la Plaza México, pero la cornada que se llevó, a esas alturas era la ya segunda de las siete que sufriría en el mismo escenario. Sin duda, el llamado Joven Maestro fue un torero duramente castigado por los toros en momentos especialmente inoportunos.

No obstante, esta faena es una de las que, dentro de un recuento que se hiciera de las grandes obras realizadas en el ruedo de la gran plaza, debería estar como una de las importantes.

El parte facultativo

La crónica nos refiere que se llevó un puntazo. La misma publicación a la que me he referido, transcribe el siguiente parte facultativo:
Herida por cuerno de toro en el tercio medio, cara externa del muslo izquierdo, con orificio de entrada de cuatro centímetros y trayectoria hacia adentro de doce centímetros. Interesó piel, tejido celular, aponeurosis y fibras musculares. Tiene también escoriaciones en el cuerpo de diversos grados. Se le aplicó anestesia con pentotal sódico, resección de piel, desbridación, desinfección, canalización con tubo de goma y suero antitetánico. Tardará en sanar quince días. Se traslada al Sanatorio Santa María de Guadalupe.
Como se puede leer, la herida sufrida por Jesús Córdoba fue algo más que un puntazo. Sin embargo no le restó ni afición, ni valor para seguir transitando por los ruedos.

El resto del festejo

Humberto Moro recibió la alternativa de manos de Manolo dos Santos con el toro Muchachito y fue herido por el sexto del festejo. A su vez, el padrino de la ceremonia cortó la oreja al cuarto, Jardinero, entre división de pareceres.

La de la concordia

Dos domingos después, el 25 de febrero se celebró en la quinta corrida de la temporada, la versión mexicana de la Corrida de la Concordia con Curro Caro, Carlos Arruza y Antonio Velázquez, los toros fueron de Pastejé y Arruza cortó el rabo a Holgazán, quinto de la tarde.

domingo, 19 de enero de 2020

13 de enero de 1952: José María Martorell y Andrajoso de Rancho Seco

José María Martorell
De rupturas y reconciliaciones

Las relaciones de las torerías de España y México, restablecidas a finales de 1944, se rompieron de nueva cuenta en 1947. En una extensa entrevista que le hiciera en ese entonces El Tío Carlos, Armillita declaraba que sería una cuestión de poco tiempo. Sin embargo, la historia ha dejado patente que ese poco tiempo al final resultó ser casi un lustro.

Pero como no hay mal que dure cien años y en el caso, ni afición que lo aguante, las empresas y toreros de ambos lados del mar se pusieron a negociar las condiciones en las que los diestros de uno y otro costado del Atlántico podrían actuar en sus respectivas plazas. Así, casi iniciado el año de 1951, se alcanzó el acuerdo y se programó la Corrida de la Concordia en la Plaza México, en la que actuaron ante toros de Pastejé, Antonio Velázquez, Carlos Arruza y Curro Caro y esa tarde Arruza cortó el rabo al quinto de la tarde, Holgazán

En España se realizaron dos festejos de esa naturaleza, uno en Madrid en el que actuaron Rafael Ortega, Antonio Toscano y Manolo Escudero ante toros de Moreno Yagüe y otro en Barcelona en el que alternaron Juan Silveti, Rafael Llorente y Antonio Caro ante toros de Marceliano Rodríguez.

Esa reanudación de relaciones permitió que nuestros toreros de la Edad de Plata pudieran mostrarse ante la afición hispana y a su vez, que la generación que sucedió a la de Manolete, se presentara ante la nuestra.

La temporada 1951 – 52 

Fue una temporada larga, pues constó de 24 corridas de toros y en ella confirmaron sus alternativas Manolo González, Alfredo Jiménez, Miguel Báez Litri, Julio Aparicio, Antonio Caro y Morenito de Talavera II entre los españoles y los nacionales Anselmo Liceaga, Lalo Vargas, Paco Ortiz y Mario Sevilla.

También fue confirmante el personaje de estas líneas, torero cordobés que había recibido la alternativa en Córdoba el 16 de mayo de 1949, de manos de Parrita y llevando de testigo a Antonio Caro. La había confirmado en Madrid el 16 de abril de 1950, apadrinándole Gitanillo de Triana y atestiguando Rafael Ortega con el toro Tontero de Ignacio Sánchez. Hace lo propio en la Plaza México el 11 de noviembre de 1951 – inauguración de la temporada – cuando Fermín Rivera, en presencia de Anselmo Liceaga – también confirmante – le cede a Dulcero de Torrecilla.

La tarde de Andrajoso

Para la 10ª corrida de la temporada, el doctor Gaona anunció a Antonio Velázquez, Manolo González y José María Martorell con un encierro de Rancho Seco, propiedad de don Carlos Hernández Amozurrutia.

Me aparto un poco de la esencia de esta participación para hacer un señalamiento. Hay quienes hoy en día alzan su voz cuando se anuncia un cartel con dos toreros extranjeros y un torero mexicano. Esa no es una práctica inusual, ni reciente. Es una de las armas que tiene el empresario para llevar afición y público a las plazas y que es válida, sobre todo en estos tiempos que corren en los que todo está globalizado. En esta ubicación pueden ver algunos ejemplos de que en esa materia no hay nada nuevo bajo el sol, ni de éste, ni de aquél lado del Atlántico.

Retornando a nuestra materia, esa 10ª corrida tenía su miga, Antonio Velázquez es una de las grandes figuras de nuestra Edad de Plata, Manolo González había confirmado el 25 de noviembre anterior y en la época que nos ocupa, los toros de Tlaxcala aún competían en plano de igualdad con los de Zacatecas. En suma, la combinación anunciada por el doctor Gaona podía considerarse redonda.

La corrida al final quedó en un forzado mano a mano, pues el segundo de la tarde volteó aparatosamente a Manolo González enviándolo a la enfermería y no pudo matarlo, por lo que Antonio Velázquez mató primero, segundo y cuarto y Martorell se enfrentó al tercero, quinto y sexto. Corazón de León cortó la oreja al primero de la tarde y dio la vuelta en el cuarto.

Martorell y Andrajoso

El quinto toro de la tarde se llamó Andrajoso. Era según el sorteo el segundo del lote de Manolo González. Dice el dicho aquél: unos las firman y otros las torean… La crónica firmada por Don José – presumiblemente José Octavio Cano – publicada en vía de reminiscencia en la Revista Taurina número 20, publicada el 12 de diciembre de 1965, en lo que interesa, dice:
Toreó formidablemente con el capote, ejecutando varios lances estatuarios, aguantando horrores y dejando caer los brazos con ritmo. A sus faenas de muleta les imprimió armonía, desenvoltura y un acento rotundo, con ejecución académica de los pases, sobre todo a la que realizó ante el quinto toro, llamado “Andrajoso”, haciéndolo todo con sosiego, con equilibrado valor y extraordinaria serenidad. 
Entre clamores, locura y un entusiasmo creciente, desarrolló un faenón sin mistificaciones ni efectismos, con muletazos depurados, con adornos y desplantes oportunos y discretos. 
Así fue como trazó los pases altos, los de pecho, los derechazos corriendo la mano, aguantando firmemente, ligando el toreo con tersura y transparencia, con verdad, siempre claro, rotundo y limpio, poniendo auténtica cátedra de bien torear. 
Por eso, un pinchazo en lo duro no pudo mermar un ápice a esa faena excepcional. Y cuando metió un estoconazo hasta el puño, entrando a ley, ejecutando la suerte de matar con ejemplar gallardía, la obra magnífica quedó sellada dignamente. 
Entonces la plaza entera se cubrió de pañuelos, para que fueran entregadas las dos orejas al gran torero cordobés, quien tuvo luego que dar una, otra, hasta tres vueltas al ruedo, aclamado apoteósicamente…
¡Dos orejas después de un pinchazo! Grande debe haber sido la faena de José María Martorell para que aún tras del fallo a espadas la concurrencia haya aceptado la concesión de las dos orejas y se haya entregado al torero de Córdoba en la manera en la que la relación de la corrida narra que lo hizo.

Mas no sería el único éxito de Martorell en la temporada, al domingo siguiente, en la 11ª corrida de la temporada, cortó el rabo al toro Velero de Torrecilla, en tarde que alternó con Fermín Rivera y Manolo González y el 9 de marzo ganó la Oreja de Oro por su faena al toro Gatuzo de Xajay, alzándose en definitiva como uno de los triunfadores de esa temporada.

Su participación en la temporada 1951 – 52 será uno de los ejes de la misma, pues actuará en 9 de las corridas de las que constó (1ª, 2ª, 9ª, 10ª, 11ª, 14ª, 15ª, 18ª y 19ª), lo que nos deja claro, creo yo, que en su día fue un diestro importante dentro de la historia taurina mexicana y por eso merece ser recordado.
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