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domingo, 18 de agosto de 2019

18 de agosto de 1946. Muere Eduardo Liceaga por cornada recibida en la plaza de San Roque

Eduardo Liceaga
Foto: El Ruedo
La dinastía Liceaga es una de las más largas que han existido dentro del llamado planeta de los toros. El tronco inicial surge de Mauro, David y el personaje que me ocupa el día de hoy. Después vendrían Anselmo, un segundo Mauro, otro Eduardo, Javier, Carlos y para cerrar temporalmente el círculo, un nuevo David.

Eduardo Liceaga Maciel nació en la Ciudad de México el 20 de noviembre de 1922, estando ya dedicados sus hermanos Mauro y David a las cosas del toreo, su familia procuró que él se dedicara a los estudios y logró avanzar hasta iniciar los de bachillerato. Sin embargo al cumplir ya los 17 años inició su andadura por los ruedos actuando como sobresaliente en algunos festejos en los que actuaba David su hermano, adquiriendo preparación para presentarse como novillero.

Se presenta en El Toreo de la Condesa el 6 de agosto de 1944, para lidiar novillos de Rancho Seco, alternando con Tacho Campos y Nacho Pérez, tarde en la que dio dos vueltas al ruedo y de la que me he ocupado en este lugar en esta misma Aldea. Se presentó en la plaza de Las Ventas el 26 de agosto de 1945, alternando con Rafael Llorente y Luis Álvarez Andaluz Chico, en la lidia de novillos de Garro y Díaz Guerra, cortando una oreja en esa tarde y logrando hacer una interesante campaña en ruedos hispanos que le invitó a permanecer en aquellas tierras el invierno de ese año para preparar la temporada siguiente. De acuerdo con las informaciones de la prensa de la época, la intención de Eduardo era recibir la alternativa al final de la campaña de 1946, para regresar a México como matador de toros. La fecha escogida sería el 6 de octubre en Barcelona, con Carlos Arruza como padrino.

La tragedia de San Roque

Pero para llegar a ese día tendría que cumplir con varios contratos pendientes. Entre ellos se encontraba el pactado para las fiestas de la plaza de San Roque en el Campo de Gibraltar. La fecha se pactó para el domingo 18 de agosto de ese 1946 y para lidiar novillos de Concha y Sierra se le anunció con Julio Pérez Vito y Manuel Chaves Flores.

El primero del festejo se llamó Jaranero, era el número 93 y era de pelo cárdeno. Por antigüedad le correspondía a Eduardo Liceaga. La crónica publicada en el ABC de Sevilla el martes siguiente al festejo, relata lo siguiente:
Liceaga había sido aplaudido al lancear, a pesar de que el novillo embestía de muy mal estilo. Igualmente fue ovacionado al quitar, repitiéndose las ovaciones al colocar tres pares de banderillas, el último, al cambio. Brindó el infortunado diestro al público, empezando con tres estatuarios que causaron emoción, porque el bicho derrotaba. Lo saca a los medios, y al dar un pase de costadillo es cogido, suspendiéndolo el de Concha y Sierra uno segundos, lanzándolo aparatosamente. Acudieron al quite Vito, Chaves Flores y los peones, pasando el diestro a la enfermería en brazos de la asistencia, quedando en la plaza la desagradable impresión de la mortal cogida. Vito remata al novillo…
Por su parte, la Hoja del Lunes de Madrid del día siguiente al festejo cuenta lo siguiente:
El novillero comenzó a torear con la muleta, dando unos pases con la derecha bastante aceptables que el público aplaudió. Algunos espectadores le pidieron que toreara con la izquierda, y el diestro, accediendo a ello, se dispuso a hacerlo. En el instante de cambiarse la muleta de mano fue empitonado por la espalda y arrojado al suelo, de donde el novillo volvió a recogerlo y lo encunó por la entrepierna, teniéndole suspendido cerca de dos minutos y arrojándole nuevamente al suelo de forma violenta, hasta que acudieron al quite algunos de sus compañeros…
El recuento de la manera en la que se produjo el percance es breve, casi telegráfico y sin imágenes que nos puedan ilustrar para darnos una idea de lo que en verdad ocurrió hace setenta y tres años en San Roque.

Trasladado a la enfermería, se inició una lucha que tuvo un final indeseado. La historia que cuenta la prensa sigue estos derroteros de acuerdo con el ABC sevillano:
En la enfermería. El traslado a Algeciras. Fallecimiento del diestro. El parte facultativo. – Algeciras 19. – Una vez el diestro mejicano en la enfermería de la plaza de San Roque, le fue desinfectada y taponada la herida por los doctores Marenco y Luna, apreciándole dichos facultativos una grave cornada en la región glútea, por lo que dispusieron el traslado a Algeciras, lo que se efectuó, acompañándole el empresario de la Plaza de Toros de Algeciras, don José Casero y el médico señor Luna…
La Hoja del Lunes de la capital de España no es más prolija en detalles, según vemos enseguida:
Inmediatamente fue conducido a la enfermería, donde le practicaron la primera cura de urgencia el médico forense don Fernando Marenco Pereztébar y el capitán de Sanidad Militar señor Luna. Una vez curado y en vista de la gravedad de la herida, situada en la región glútea, y de no disponerse de medios suficientes en la localidad, se dispuso el traslado inmediato al Hospital Militar de Algeciras…
En Algeciras

Eduardo Liceaga, de acuerdo con la información periodística, ingresó en el Hospital Militar de Algeciras a las nueve de la noche. Algeciras se encuentra a trece o catorce kilómetros de San Roque, aunque trazar una línea de tiempo es complicado, porque no existe constancia de la hora de inicio del festejo, así como tampoco hay señalamiento de la hora en la cual el torero ingresó en la enfermería. Es de suponer, además, que la magnitud de la cornada, exigió a los médicos que la atendieron en primera oportunidad, invertir tiempo para contener la hemorragia que producía y estabilizar al torero herido para preparar su traslado al hospital en el que pudiera ser intervenido.

Las informaciones de la prensa refieren lo siguiente y continuando con el orden utilizado hasta ahora, recurro a la versión del ABC de Sevilla:
El señor Casero, a la llegada del Hospital Militar y por haber sufrido el diestro “schot” traumático a consecuencia de la hemorragia, se ofreció a dar su sangre para la transfusión no llegando, desgraciadamente a realizarse, porque sobrevino un nuevo “schot”, falleciendo a las veintidós horas. 
Rodeaban al diestro en aquél instante, su mozo de estoques y banderillero facilitando los doctores Martínez Zaldívar y Pérez Espá el siguiente parte facultativo: 
“A las 21 horas de ayer ingresó en este Hospital el diestro Eduardo Liceaga, el que, según manifestaciones del mismo y de sus acompañantes, fue herido por un toro en la plaza de San Roque, donde fue curado de primera intención. El diestro sufre una herida de asta de toro en la región pironeal, penetrante en pelvis que produce grandes destrozos, rotura de plexon, con gran hemorragia y “schot” traumático de carácter gravísimo, falleciendo en este hospital una hora después sin salir de dicho “schot”, a consecuencia de las heridas sufridas”
La Hoja del Lunes de Sevilla refiere esto:
Algeciras 18. – Eduardo Liceaga ha fallecido en el hospital de esta localidad a consecuencia de la cogida sufrida en el primer novillo de la corrida de esta tarde en San Roque. El infortunado diestro fue trasladado a Algeciras después de serle taponada la herida en San Roque. En el hospital, al tratar de intervenirle el doctor Pérez Espá sufrió dos “schots” traumáticos seguidos que no dieron lugar a empezar la operación, falleciendo a los ocho minutos de ingresar en el citado centro benéfico. – CIFRA
La Hoja del Lunes de Madrid refiere una ruta distinta en el traslado de Eduardo Liceaga al Hospital Militar de Algeciras como se ve enseguida:
En la enfermería de la plaza le fue taponada al diestro la herida, ordenando los doctores el traslado inmediato a Algeciras. Seguidamente, y en su coche particular, fue traído a esta localidad el diestro mejicano por el empresario de esta plaza de toros, don José Casero Pesino, que lo llevó primeramente a la clínica del doctor Pérez Espá, quien reconoció al herido y, en vista de la gravedad de la herida, ordenó su traslado al Hospital Militar, donde procedió inmediatamente, en unión del director de dicho centro benéfico, don Tomás Martínez Zaldívar, a operar; pero debido a la pérdida de sangre, sobrevino “shock” traumático por dos veces, falleciendo a las diez y media de la noche, después de recibir los Santos Sacramentos…
Como se advierte de esta última información, que de ser cierta, quizás se perdió un tiempo importante en la atención de Eduardo Liceaga en su traslado a la primera clínica, en lugar de llevarlo directamente al Hospital Militar para ser intervenido, pero al no haber uniformidad en las relaciones sobre ese suceso, es preferible ponerle un signo de interrogación.
Algeciras 19. – Hoy le ha sido practicada la autopsia, facilitando los mismos doctores Martínez Zaldívar y Pérez Espá el siguiente parte facultativo: “El parte de la autopsia ratifica en todo sentido el facilitado esta mañana”.
Es decir, que ratifica el parte médico dado originalmente.

La temporada de Eduardo Liceaga

En la temporada de 1946 toreó 15 novilladas más ésta en la que se encontró con la fatalidad. Actuó en las plazas de Barcelona, Valencia, Sevilla (3), Madrid (2), Badajoz, Granada, Peñarroya, Huelva, La Coruña, Málaga, Cantillana, Cazalla de la Sierra y San Roque y como apuntaba líneas arriba, tenía en apariencia, apalabrada la alternativa para el 6 de octubre en Barcelona, con Carlos Arruza como padrino. Todo eso se quedó como un apunte para la historia.

Algunas reflexiones sobre Eduardo Liceaga

José Carrasco, en la edición del semanario El Ruedo aparecida el 22 de agosto de 1946 escribió lo siguiente:
A Liceaga, el destino le empujó hacia los ruedos. Su envidiable posición le obligaba a arriesgarse en la dura pelea con los astados. Pero los recuerdos de su hermano mayor obraron como vivos estímulos en Eduardo, hasta hacerle abandonar los estudios del Bachillerato, que cursaba en la capital de Méjico. 
A los diecinueve años, edad que contaba el infortunado diestro, era ya una figura de la novillería. Y triunfó en España y en Méjico, y abandonó por completo su preparación académica, para la que reunía magníficas condiciones. 
Inteligente, culto, con facilidad para alcanzar el éxito en otras profesiones, el desgraciado diestro mejicano sentía mas honda la atracción del riesgo que el goce de una vida tranquila. Estaba dotado de gran valor, y su arte hacía suponer que en un futuro próximo alcanzaría las cumbres de la fama. 
Desde que llegó a la capital de España vivía para su profesión. Y la alternativa constituía para él la ilusión más fuerte de su carrera artística. El doctorado de manos de su paisano y maestro, Carlos Arruza le tenía en tensión. Ese 6 de octubre, en que alcanzaría la codiciada borla, con la que tanto había soñado, le preocupaba. 
Vino a España con esa ilusión. Y cifraba toda su gloria con regresar a Méjico de matador de toros. Por este motivo no fue el pasado invierno a Méjico y se quedó en España, para actuar en tentaderos, recobrar fortaleza y entregarse de lleno al entrenamiento con las vaquillas en las ganaderías... Esta obsesión de arrimarse a los toros y de exponer le ha cortado su vida en plena juventud. Por valiente y por pundonoroso, ha caído en la plaza...
Por su parte Roque Armando Sosa Ferreyro Don Tancredo, en su libro La Fiesta que fue de Toros y Toreros. Recopilación histórica hasta 1987, expresa lo siguiente acerca de este torero:
Había en él consistencia, tenía sitio en la arena y frente al toro, estaba en plena madurez. Era valiente, pero sin temeridades, sin locuras, y fundíanse en él – casos raros en el historial de la fiesta – el dominador y el artista. No era sólo una esperanza sino una floreciente realidad, aunque podía haber llegado a un desenvolvimiento de mayores dimensiones hasta culminar en la cima de los elegidos, mandones de su generación y de su época. Torero completo, practicaba todas las suertes del primero y el segundo tercios; con la muleta era poderoso y afiligranado — clásico y rondeño y sevillano — y con la espada sabía coronar sus faenas haciendo gala de la verdad y la maestría de los grandes estoqueadores de antaño...
Así fue como se rompió otra promesa que pudo engrandecer el nombre de México en los ruedos del Mundo.

domingo, 2 de noviembre de 2014

2 de noviembre de 1929: Esteban García es mortalmente herido en Morelia

Esteban García
El tradicional festejo taurino del Día de los Fieles Difuntos para el año de 1929 en la capital michoacana se presentó con una novillada en la que actuarían dos de los triunfadores de la temporada de novilladas en El Toreo en la capital mexicana, Esteban García y David Liceaga. El encierro seleccionado para la ocasión sería de la ganadería de Queréndaro.

En su camino de la capital de la República hacia Morelia, David Liceaga y las cuadrillas que habrían de auxiliar a los diestros actuantes sufrieron un accidente carretero, lo que les impediría estar a tiempo para actuar en el festejo, por lo que se presentó la disyuntiva a la empresa organizadora de suspender la novillada o de celebrarla únicamente con la actuación de Esteban García. Enterado el diestro de Tacuba de la situación, aceptó lidiar el encierro completo él solo y solamente con el auxilio del banderillero retirado Antonio Conde, quien era su mentor y le auxiliaba en los despachos. Dada la edad de Conde, para aliviar en algo la situación, de cualquier forma se improvisó una cuadrilla con aficionados prácticos morelianos.

Esteban García despachó con presteza a los dos primeros novillos de la noche, aunque las relaciones de los hechos sucedidos reflejan que Antonio Conde tuvo que abandonar sus labores en el ruedo a causa de una hemorragia causada por la tuberculosis que padecía y los auxiliadores que quedaron eran meros aficionados con más buenas intenciones que habilidades. 

El tercero, al que la historia reconoce con el nombre de Aleve, prendió a Esteban García casi al abrirse de capa. Le infirió una cornada penetrante de vientre que de inmediato hizo temer por su vida. La primera información que los medios especializados dieron a conocer se publicó en el semanario El Taurino el día 4 de noviembre de 1929 y es de la siguiente guisa:
Grave cogida de Esteban García en Morelia. Morelia, noviembre 2.  Esta tarde se encerró Esteban García con cuatro animales de Querétaro que resultaron bravos. Esteban toreó con lucimiento a sus dos primeros enemigos a los que mató brevemente y se apretó con el tercer bicho, que le echó mano, infiriéndole una cornada en el vientre. El pitón penetró a la cavidad abdominal y rompió el peritoneo. El estado del diestro es muy grave. El Corresponsal.
La primera atención brindada al diestro fue en las dependencias de la plaza. Muchas versiones hablan de la atención en un cuartucho desaseado y maloliente y de la falta de presencia de un adecuado servicio médico. La realidad es que la enfermería era, como hoy, una enfermería preparada para percances menores. Nunca se esperó, ni se preparó una catástrofe de estas dimensiones. Enrique Arzamendi escribió en El Taurino, del 11 de noviembre de 1929 lo siguiente:
¡Ha muerto un torero! La noticia nos sorprendió grandemente. ¿Cómo es posible que Esteban con ese dominio, con ese conocimiento, con esa vista, fuera preso de un pitón asesino que le deshizo el vientre y le perforó el peritoneo y el epiplón? Al principio dudamos. Pero después, no tuvimos más remedio que rendirnos ante la verdad... Y salió el tercer toro, otro buey ilidiable, otro buey propio para tirar de una carreta y no para enfrentarse con un torero de la talla del desaparecido. Vino allí la tragedia: un capotazo, un derrote seco y el pitón penetra el vientre y destroza, implacable y cruel, los intestinos y las principales vísceras… Después la mesa de operaciones en enfermería de pueblo, enfermería, como en todas las que existen en esos poblados, desprovista de material necesario para el caso. Los doctores luchan denodadamente por salvar la vida. Buscan otro local más apropiado para curar y trasladan a Esteban al Hospital, ahí nuevamente se entabla la lucha entre la ciencia y la “pálida” que, sonriente, extiende sus huesosos brazos para llevarse, para siempre, a un muchacho lleno de vida, con esperanzas risueñas para el porvenir...
La explicación de Arzamendi deja claro que a Esteban García se le dio la atención médica que había a la mano. A ese respecto, en la oración fúnebre pronunciada por el doctor Francisco Ortega, en ese entonces Presidente del Montepío de Toreros de México, se expresó lo siguiente:
...Aleve astado de Queréndaro ha tronchado esta existencia de hombre artista, y nosotros debemos ver tan triste suceso como una de las dolorosas fatalidades de la imperfecta organización nuestra, y aprovecharlo cual una lección en el mejoramiento de nuestra clase; lloramos ahora las débiles atenciones que le fueron prodigadas inmediatamente después del accidente, lamentamos no menos la imprevisión de un traslado inadecuado al grave estado en que se encontraba el lesionado, y por último sentimos nuestras almas hondamente desgarradas al ver el terrible y lamentable desenlace ocurrido a un compañero que merecía vivir y triunfar, porque seguramente así hubiera sido, si contando con los valiosísimos elementos de la ciencia Médico – Quirúrgica de la que desgraciadamente muy pocos toreros se preocupan actualmente en México en su ejercicio profesional, se hubiera luchado activamente para debilitar la infección y acabar con ella salvando como era de esperarse, la vida insustituible de Esteban García...
Petición de minuto de silencio para Esteban García
El Toreo, 10 de noviembre de 1929
Creo que hoy en día, cuando ocurre una tragedia de igual o similar magnitud, los reproches mantienen la misma sintonía, aunque la ciencia médica y la forma de manejar las heridas por asta de toro hayan evolucionado grandemente.

La sorpresa que causó la grave cornada a Esteban García era fundada. Desde su presentación en El Toreo en el año de 1926, se reveló como un torero largo, poderoso, dominador, de los que entienden a todos los toros y que encuentran la lidia que requiere cada uno de ellos. Era un torero del que no se podía suponer que moriría a causa de una cornada. Escribía Enrique Arzamendi:
Esteban García no era uno de tantos que hoy dan una tarde regular y mañana una pésima. Era un lidiador largo, entendido, que, como ya lo han dicho plumas más autorizadas y competentes que la mía, triunfó en la última temporada de novilladas. Después de aquellos triunfos, innegables en nuestro coso máximo, continuó cosechando laureles por los Estados donde dejó un cartel grande e imborrable...
Y remataba El – Hombre – Que – No – Cree – En – Nada:
Esteban García fue siempre un enamorado de su arte, un joven cuyo único anhelo consistió en encontrar un toro para poder torearlo... Y fue esto sin duda la causa de su muerte, porque lo hecho la noche del 2 de noviembre de 1929, en la plaza de Morelia, nadie es capaz de hacerlo; indudablemente fue una temeridad, pero esa temeridad, ese arrojo indecible, fue obra del amor a su profesión, fue obra del valor a toda prueba y del respeto que supo guardar siempre a los públicos, a quienes jamás quiso defraudar...
El único enemigo de Esteban García fue él mismo. Decía hace unas líneas que debutó en El Toreo en 1926 y seguía en el escalafón de novilleros en 1929. Fernando Vinyes escribía que lo que le pesó fue ser de la misma cuerda que Armillita, que encabezó su quinta novilleril y eso le desplazó para otras promociones, siendo la de 1929 en la que encontró a su epígono, Carmelo Pérez, quien terminaría igualmente por los senderos de la fatalidad. Escribió Don Zeta en El Taurino del 11 de noviembre de 1929:
Así como en otros órdenes de la vida hay alegrías para unos y sinsabores para otros, Esteban debió haber sufrido muchos de los últimos, pues sabiendo que sus compañeros toreaban en México continuamente, había sido él postergado por la más grande de las injusticias; y mientras que uno y otro de los de su época se hacían matadores de toros (“Armillita”, “El Tato”, Heriberto, Gorráez) él, con tantos o mayores méritos que ellos, roía el hueso de la desilusión rodando de pueblo en pueblo... en 1926 toreó en México dos corridas y una en 1927, el año de 1928 no le vimos para nada... No fue sino hasta este año de 1929 en que los empresarios se acordaron de él, y ya vimos con qué resultados...”
Esteban García falleció en Morelia el 6 de noviembre de 1929, cuatro días después de la cornada recibida en el festejo del Día de los Fieles Difuntos.
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