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domingo, 13 de noviembre de 2011

David Silveti, ocho años de ausencia


Ayer se cumplieron ocho años de la desaparición física de David Silveti. La verdad es que la confirmación de alternativa de su hijo Diego en la Plaza México el pasado domingo me había movido a escribir algo sobre “El Rey” dada la proximidad de esta fecha, evitando caer en algo que llevara un tono fúnebre o encaminado a rememorar exclusivamente la ausencia del torero ido. Fue entonces que revolviendo la hemeroteca me encontré con la crónica de la corrida celebrada en Huelva, el 11 de octubre de 1986. Un festejo que es un hito para la Historia del Toreo por dos razones. Primero, porque en ella se presentó en ruedos españoles la ganadería mexicana de San Mateo y después, porque esa corrida mexicana la lidió y mató David Silveti en unión de José Ortega Cano y Tomás Campuzano.

Previo al festejo

En una entrevista concedida a Rafael Moreno del ABC de Sevilla y publicada el 6 de octubre de ese 1986, David hace un repaso del camino de lesiones que tuvo que padecer para llegar a ese momento, iniciado prácticamente la tarde de su confirmación de alternativa en 1977 en la Plaza México y repetido con inquietante frecuencia en forma de lesiones que, a diferencia de las cornadas, no tardaban en sanar quince días, como acostumbradamente rezan los partes facultativos, sino que llegado un momento, le llevaron a los ruedos bajo su propia responsabilidad y usando un aparato ortopédico. De esa entrevista extraigo lo siguiente:

- ¿Te sientes mermado con el aparato ortopédico delante del toro?
- Me siento con la capacidad suficiente. No sería capaz de hacerlo de otra forma, primero por no engañar al público y segundo, por mí mismo.
- ¿Has tenido que aprender algún tipo de recurso por este motivo?
- Taurino no, físicos sí; tengo que aguantar mi peso de otra forma...
- ¿Se nota el aparato por fuera?
- Si te fijas bien, sí...
- ¿Qué función cumple?
- Evitar que la rodilla se doble en cualquier dirección.
El próximo sábado está anunciado en Huelva. «Mi intención es quedar bien para que me contraten para la próxima temporada. Torear en España es mi gran ilusión. He luchado mucho para lograrlo y sé que lo voy a lograr»”

David Silveti ya planteaba desde ese momento lo que Jesús Solórzano hijo llamaría después la ética, la estética y la patética del toreo, en una serie de revelaciones que hizo a Rafael Ramírez Heredia, de la siguiente guisa:

…Jesús Solórzano, matador de toros como sello en su vida, no en vano es hijo y sangre de toreros, expresó que los diestros se podían dividir en tres clases (claro, cuando son figuras, no antes): Éticos, estéticos y patéticos… Ético, cuando el torero es un dechado de pundonor, el que todas las tardes sale a cumplir consigo mismo y por supuesto con aquellos que pagaron su boleto… Estéticos, aquellos para los cuales el arte va sobre todas las cosas… - y ¿patéticos? – hicimos la pregunta… diestros que olían a drama, a pesadumbre interna…

El David Silveti que volvía a los toros tras de cada nueva lesión salía a cumplir con su deber en el ruedo, ejecutaba las suertes con una gran belleza y además, quizás sobre todo lo anterior, resultaba un verdadero drama el ver a un hombre prácticamente imposibilitado para ello, desviar las embestidas de los toros con solamente el juego de los brazos y las muñecas, devolviendo al toreo la sensación de mortal peligro que le es consustancial. El David Silveti que la afición mexicana vio, sobre todo en sus últimas actuaciones, demostró que ese ingrediente es el verdadero faltante para hacer que los públicos regresen a las plazas.

La Corrida de la Hispanidad de Huelva

De la crónica de Rafael Moreno, aparecida en el ABC de Sevilla del 12 de octubre de 1986 destaca lo siguiente:

Con estos toros, David Silveti anduvo hecho un león. Así de claro. Sin dejarse arrugar, con los dientes apretados y dispuesto a jugarse la vida para triunfar. Nos sorprendió el torero mexicano, aunque bien mirado no tendría por qué haber sido así: un hombre que ha sido capaz de superar todas las adversidades que él ha superado para poder vestirse de torero no podía ahora tirarlo todo por la borda, ahora que por fin se veía en España frente a dos toros de su tierra. Dos toros que no quisieron darle ninguna facilidad.
El primero tuvo genio para dar y regalar. David le pudo porque le llevó siempre la muleta muy baja. El toro de pronto se dio cuenta de que no asustaba al torero y se fue buscando las tablas. Luego, el puntillero lo levantó en varias ocasiones. Botaba el toro buscando al del cachete. Con el segundo, David se jugó la vida. El toro se lo quería comer, pera él fue capaz de ganarle la pelea.
Estuvo hecho un león. Creo que lo de León le viene de familia.

Poco más se puede agregar. Un torero que demostraba que ante todo quería ser torero y ante el toro se preocupó por serlo, honrando su dignidad y sobre todo, a sus antepasados que también lo fueron.

Los toros

La presentación en España de los toros de San Mateo, continentes de una de las vertientes más puras de la sangre del Marqués del Saltillo en el mundo, es otro hito importante que merece ser recordado. La corrida tuvo también lo suyo y aunque solamente cinco de los toros llevaron marcado el hierro de la “S” y de la “E” entrelazadas y uno el de San Marcos, el encierro terminó causando sensación. De la misma crónica recojo los siguientes pasajes:

Cuando el último toro mexicano lidiado ayer en la plaza de Huelva cayó a los pies de su matador Tomás Campuzano todos respiramos tranquilos. De pronto se había acabado la corrida. No nos habíamos dado cuenta. Nadie, absolutamente nadie, se había aburrido en la plaza. No había sido posible: los toros mexicanos nos mantuvieron a todos la tensión constantemente a flor de piel. Ni siquiera era posible hablar con el vecino. Lo que ocurría en el ruedo exigía toda nuestra atención. Aquellos toros, mejor toritos, si los juzgamos por su volumen, habían obrado el milagro de mantenernos con el alma en un vilo durante todo el festejo. La fiesta recuperó de pronto todo su sentido emotivo. El miedo llegaba a los tendidos. El peligro se veía desde lejos y también el mérito de los toreros que fueron capaces de hacerle frente… Con esta clase de toros no hace falta más. Ayer en Huelva vivimos una dimensión de la fiesta casi olvidada. Los saltillos que volvieron a su tierra de origen para morir nos trasladaron a otra época, no sabemos si definitivamente superada, pero desde luego altamente emotiva. Comprendo que en España se ha alcanzado un nivel de selección distinto. Al toro de aquí ese genio se le ha transformado en bondad. Quizá en el punto medio estaría la virtud. Pero eso es difícil. Tras una larga epopeya, estos toros descendientes de aquellas doce vacas y dos sementales que el legendario Antonio Llaguno, en combinación con su amigo Bombita, le compró al marqués de Saltillo, y que en tiempos de la revolución mexicana tuvo que esconder en los sótanos de su casa de la capital cuidándolos él mismo, estos toros, aunque no nos han dado una lección, sí al menos nos han hecho reflexionar sobre la necesidad que tenemos hoy en nuestra tierra no de raza ni de bravura, pero sí de fiereza para que el animal no se caiga y tenga movilidad durante toda la lidia…

En suma, el toro bravo, con movilidad, que requiere de una muleta poderosa que lo someta para que se le pueda torear. Eso fue lo que la corrida mexicana representó en esa Corrida de la Hispanidad de 1986 en Huelva.

¿Cuál fue el resultado? José Ortega Cano, que vistió de rosa y oro, dio la vuelta al ruedo en el que abrió plaza y fue silenciado en el cuarto; Tomás Campuzano, vestido de grana y oro, cortó la oreja al segundo y las dos al quinto, que no fue malo y David Silveti, que vestía de azul y oro, salió al tercio a pesar de ser avisado en el tercero y saludos y cortó una oreja al sexto. Tomás Campuzano salió a hombros por la puerta grande.

Creo que así es como se debe recordar a los toreros, en sus tardes de gloria.

Post - scriptum: Hoy me doy cuenta de que el pasado viernes 11, esta Aldea cumplió 3 años de estar en el éter. Espero que desde entonces, esté aportando algo a esta Fiesta tan propensa al vilipendio. 
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