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domingo, 21 de diciembre de 2014

21 de diciembre de 1969: Ante Cagancho, triunfos de Alfredo Leal y Ángel Teruel

Alfredo Leal
(Imagen cortesia del blog Toreros Mexicanos)
Voy a hablar de nuevo acerca de Alfredo Leal. Y es que es uno de los toreros que en los principios de mi afición cautivaron mi gusto por la manera tan pura en la que hacía el toreo, pero sobre todo, porque en el ruedo, parecía torero. Quizás se me pueda responder que no rayó a las alturas que sus aptitudes parecían prometer, pero tampoco se me podrá negar que cuando se quiere traer al recuerdo a un diestro mexicano de clase y gallardía, uno de los primeros que salen a la discusión es precisamente el llamado El Príncipe del Toreo.

La efeméride

La tercera corrida de la temporada 1969 – 70 en la Plaza México fue anunciada con toros zacatecanos de José Julián Llaguno para Alfredo Leal, Eloy Cavazos y el madrileño Ángel Teruel. Los tiempos eran otros y la empresa que regentaba los destinos de la plaza de toros con más capacidad en el mundo no se preocupaba por cumplir con el derecho de apartado en busca de ofrecer después de satisfecho éste, carteles de mayor fuste. Es más, la celebración del 5 de febrero ni siquiera cobraba carta de naturalidad – eso llegaría hasta un cuarto de siglo después según lo contaba en este sitio de esta misma Aldea –, así que para dar lustre a la temporada, domingo a domingo se tenían que ofrecer carteles que llevaran a la gente al coso y no esperar conmemoraciones que más que taurinas, resultan ser meros happenings sociales.

Tengo la impresión de que esa tarde Alfredo Leal iba de telonero de Cavazos y de Teruel esa tarde. Para esas calendas, el que después sería llamado El Pequeño Gigante de Monterrey se encaramaba en la cabeza del escalafón nacional y Ángel Teruel había terminado su campaña española con la friolera de 77 festejos toreados, incluyendo una salida en hombros de la madrileña plaza de Las Ventas el 12 de mayo, día de su confirmación de alternativa – con corte de 3 orejas – así que Alfredo Leal, en principio, estaría llamado a ser un convidado de piedra en un festejo de esos a los que a veces se da en llamar de triunfadores.

Más la suerte a veces tiene caminos por los cuales, lo que se pretende que resulte no sale tal cual y así fue esa tarde de domingo de hace 45 años y fue precisamente Alfredo Leal quien refrendó su calidad de gran torero con una faena que queda para el recuerdo en la historia de la gran plaza.

La relación más prolija del festejo la hace Carlos León, el cáustico cronista del extinto diario Novedades de la Ciudad de México en la sección a su cargo titulada Cartas Boca Arriba, en forma epistolar, dirigida en esta oportunidad al general Ignacio M. Beteta y antes de entrar en materia, recojo este párrafo de ella, misma que creo que viene como anillo al dedo respecto de lo que en estos tiempos ocurre:
En el toreo, aunque es un arte donde también se dibujan momentos estéticos, no cabe lo apacible ni la belicosidad termina jamás. Es lucha permanente entre la fiera y el hombre, aunque aquélla ya no sea tan feroz, ni éste, por lo mismo, pueda enfatizar su hombría. Más no en balde, como en la oficialidad de la milicia, la espada es lo importante, lo que da rango, lo que hace que al propio lidiador se le llame el espada; porque el título de matador de toros se otorga, precisamente, al que sabe matarlos. Y al que no es capaz ni de matar el tiempo, transcurren los minutos y se le va vivo el enemigo. Y entonces, aunque uno esté en favor del desarme, tiene que armarse, al menos de paciencia…
Alfredo Leal y Cuate de Reyes Huerta

Respecto de la actuación del Príncipe del Toreo, Carlos León reflexionó lo siguiente:
Regalo principesco de Leal. – Alfredo, héroe ya de mil batallas, es un estratega de los ruedos. No tiene necesidad de ir a la línea de fuego, cuando, capitán general, puede ganar una batalla – como la que hoy ganó – sin por ello tener que oler a pólvora. Allá en la vanguardia que se rajen la cara con cualquiera de los “juanes” y los reclutas de la fiesta, que cuando se ha llegado a “Príncipe del Toreo” es muy difícil meterse en la refriega de ser carne de cañón… Por eso, a veces, como los mariscales de campo, ve las batallas a distancia con los prismáticos de su prudencia. Ya es raro que se meta en las trincheras como cualquier soldado desconocido y anónimo, pues, como usted bien lo sabe, en las grandes batallas pasa a la posteridad y a la historia el nombre de quien las dirigió, sin que nadie se acuerde de los que propiciaron la victoria con su sangre y con su vida… Hoy, en esta tarde pajarera, en que los seis toros de Don José Julián Llaguno vinieron bautizados con nombres de aves, Alfredo vio salir de la jaula de los sustos a “Gorrión” y le dio su alpiste de excelentes verónicas, lo mismo al saludarlo que en un quite. Y en la faena – que brindó a Mario Ramón, hijo de usted y cuñado de él – ha estado sobrio y elegante ante un enemigo sosillo, evidenciando los bien ganados entorchados de su mariscalato. Mató de certera estocada y ha salido al tercio a recoger la ovación… Más tarde con “Cuervo”, un pajarraco que se caía y de pocos vuelos para la embestida, Alfredo se concretó a sacudirle las plumas. Pero después, a petición del pueblo que exigía su aguinaldo, regaló un séptimo toro. Era de las dehesas de Don Reyes Huerta y resultó ser un dechado de docilidad, uno de esos regalitos que el Niño Dios destina a los que se han portado bien durante el año, el bicho de entra y sal, de carretilla, de arrancadas borregunas, pero que estaban pidiendo a gritos un torero… Y el torero allí estaba, para cuajar una de las mejores faenas de su carrera, sin entrega alocada ni desmedido arrojo, sin apearse de su trono principesco, pero trazando sobre el fabriano de la arena las pinceladas magistrales de sus muletazos. Nada de brocha gorda, sino con la transparencia de las acuarelas. Todo pausado y medido, hasta que el bello trasteo adquirió proporciones de faenón. Breve con la tizona, Alfredo el Grande ha cortado las dos orejas, para epilogar la tarde con las aclamaciones delirantes en la salida triunfal. Mejor regalo de Navidad no lo hubieran esperado los aficionados…
Ángel Teruel. Un brindis a Cagancho

El madrileño se fue sin apéndices en las manos, pero también hizo toreo del bueno. Brindó el segundo de su lote a Cagancho, que ocupaba una barrera de sombra. Vuelvo a la crónica de Carlos León, que dijo en su día esto:
Faenón también de Teruel. – Vea usted, mi general. Ese chavalillo vestido de corinto y plata es Ángel Teruel. Tan madrileño que nació en el número 11 de la madrileñísima calle de Embajadores, el 20 de febrero de 1950. Y la juventud será divino tesoro, pero esos mismos 19 años lo obligan a regresar de inmediato a España, para prestar su servicio militar como soldado del reino. Y lo que yo le decía a usted: él es un artista, pero tiene que vestir el uniforme, porque la guerra es la guerra y todavía no acabamos de civilizarnos… Bien había estado con “Colibrí”, aunque se apagó apenas salido del nido. Pero Angel se le arrimó, sobre todo en la emotiva primera parte del trasteo, rabioso en cuatro muletazos sentado en el estribo, y luego muy y muy artista, siempre cerca de los pitones y sacando muletazos excepcionales. Lo que se dice una faena pulcra, pero sin alturas de epopeya, aunque le han ovacionado fuerte… Lo grande – y sobre todo lo meritorio – fue lo que Teruel le hizo a “Canario”, un toro manso que saltaba al callejón y rehuía la pelea. Tras brindarlo al gitano “Cagancho”, a quien el público aplaudió con cariño, el madrileño sacó al toro de la querencia de los tableros y lo llevó a los medios. ¡Y cómo lo ha toreado! ¡Con qué garbo, con qué majeza, con qué gracia! Haciendo honor a la que tuvo a raudales el torero calé, le ha bordado un faenón impecable. Por desgracia, y tal vez porque ha subido el precio del acero, Teruel no consiguió que el suyo tuviera el temple necesario. Y se le fueron los apéndices cuando de sobra los tenía conquistados, perdiendo la batalla en el instante supremo. No obstante, el faenón de consagración ante el público metropolitano allí quedó como un limpio ejemplo de lo que es el bien torear. Dos vueltas al ruedo premiaron su cátedra de artista y, en cuanto vuelva de reconquistar el Peñón de Gibraltar de manos de los “Beatles”, aquí será esperado como uno de los elegidos...
Ángel Teruel
(Imagen cortesía de pcctoros)
Eloy Cavazos enfrentó a Jilguero y a Halcón en segundo y quinto lugar y solamente pudo ofrecer a la concurrencia sus habilidades de estoqueador, pues como se desprende de la narración transcrita, los toros de don José Julián Llaguno – cinqueños por cierto – no permitieron mayores florituras.

El 21 de diciembre de 1969

Es una fecha que representa un interés especial para mí. Hoy hace 45 años que mi padre, el cirujano Jesús González Olivares ejerció por vez primera como Jefe de los Servicios Médicos de la Plaza de Toros San Marcos en Aguascalientes. Don Guillermo González Muñoz también daba su primera corrida de toros como empresario – ya había ofrecido novilladas antes – con Rafael Rodríguez, Joselito Huerta y Raúl García, quienes lidiaron una corrida del ingeniero Mariano Ramírez. Hubiera querido escribir sobre ese festejo, pero la hemeroteca está en reparaciones y no tuve acceso al material necesario. Sirva esto para recordarlo.

domingo, 20 de abril de 2014

Abril de 1974: La última Feria en la Plaza San Marcos

Plaza de Toros San Marcos
Desde el 24 de abril de 1896 y con la única salvedad del año de 1947 – asunto del que ya me había ocupado aquí y aquí – la Feria de San Marcos celebraba sus festejos taurinos en la plaza de toros San Marcos, cuando menos el día del santo patrono.

Mañana lunes se cumplen 40 años de que por última ocasión, el coso de la calle de la Democracia fuera el escenario de la vertiente taurómaca de nuestra verbena abrileña. Tres años antes, con la introducción del modelo de feria a la española – otro asunto ya tratado por aquí – por don Guillermo González Muñoz, se aumentó el número de festejos, que originalmente oscilaba entre dos y tres para pasar a cerca de la decena y se comenzó a presentar en los carteles a las ganaderías y toreros más importantes del momento. También se instaló un nuevo y eficiente sistema de alumbrado en la plaza que facilitó el ofrecer corridas nocturnas en los días laborables y así los seriales no se circunscribían a los días inhábiles o de fin de semana, propiciando siempre buenas entradas.

Lo atractivo de los carteles ofrecidos y la facilidad de acudir a la plaza aún entre semana después del trabajo, sumado a un apresurado crecimiento de la ciudad, pronto demostró que las cuatro mil localidades plaza de toros San Marcos eran escasas para albergar una feria taurina de las proporciones de lo que se venía proponiendo desde 1971. Es por ello que el Gobierno del Estado inició la edificación de otro coso que inicialmente tendría el doble de la capacidad de la plaza que 78 años antes inaugurara Juan Jiménez Ecijano. Esa nueva plaza estaría en condiciones de funcionar al final de ese año de 1974 y consecuentemente, de dar cabida a los festejos feriales a partir de abril de 1975.

El serial sanmarqueño de hace 40 años constó de 9 corridas de toros y una novillada, en las que aparte del hito que la feria en sí propiamente representó, ocurrieron algunos otros en particular que forman ya parte de la historia de la ya centenaria plaza y de la del toreo en Aguascalientes.

Los festejos de ese serial fueron como sigue:

El domingo 21 de abril se abrió la feria con un encierro del ingeniero Mariano Ramírez para Eloy Cavazos, Antonio Lomelín y Curro Rivera y la nota aguda la dio el valentísimo diestro de Acapulco, quien cortó el rabo al quinto de la tarde Carcelero.

Al día siguiente, 22 de abril, por la noche, se marcó el primero de los hitos particulares a los que hacía referencia. Por primera vez en nuestra feria se daba una corrida de rejones. Se lidiaron 5 toros de El Rocío y uno de Las Huertas, para los caballeros en plaza Gastón Santos, Pedro Louceiro, Felipe Zambrano y Jorge Hernández Andrés. Todos cortaron orejas y el caballo Triunfador de Gastón Santos, resultó gravemente herido. De este festejo me ocupé en este otro espacio de esta Aldea.

El martes 23 de abril, también por la noche, los toros fueron de Gustavo Álvarez y hermanos para Manolo Martínez, Eloy Cavazos y Mariano Ramos. Un encierro complicado que solamente permitió a Cavazos cortar una oreja al corrido en quinto lugar.

La noche del miércoles 24 de abril ocurrió el señalamiento de otro hito particular. Con toros de Suárez del Real actuaron Manolo Martínez, Mariano Ramos y José Manuel Montes, que recibió la alternativa. La de José Manuel es la última alternativa que se ha concedido en el coso de la calle de la Democracia y fue con el toro Mandarín, primero del encierro corrido esa noche. Al final de su actuación, se pidió la oreja para el toricantano, misma que el Juez de Plaza, don Jesús Gómez Medina se negó a otorgar y ocurrió que, el asesor de él, don Arturo Muñoz Nájera La Chicha, sacó su pañuelo y lo otorgó, por considerar demasiado estricta la actitud de quien presidía el festejo. Por su parte, Mariano Ramos cortó las dos orejas del quinto de la noche.

El 25 de abril, jueves, se celebró con festejo nocturno. El encierro anunciado fue de Piedras Negras para Jesús Delgadillo El Estudiante, Antonio Lomelín y Curro Rivera. La corrida fue muy accidentada. Los toros de Piedras Negras acusaron, nada más salir de los toriles, una debilidad inusual que no les permitía desplazarse por el ruedo y a más de alguno se le tuvo que apuntillar sin ser lidiado porque una vez que rodaba por la arena no había manera de volver a ponerlo en pie. El ganadero Raúl González y González subió al palco de la autoridad y tomó el micrófono del sonido local para denunciar públicamente que sus toros habían sido drogados en los chiqueros de la plaza, pero no pudo evitar ser multado. Al final se lidió uno solo de los toros anunciados originalmente, junto con 4 de Suárez del Real y uno de Gustavo Álvarez y hermanos. Por supuesto ninguno de los alternantes pudo lucir.

El viernes 26 de abril, también por la noche, se lidió un encierro de Las Huertas y para disputarse el Escapulario de Oro de San Marcos, se anunció originalmente a Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Antonio Lomelín, Curro Rivera y Mariano Ramos. El sexto puesto estaba en disputa para un torero de Aguascalientes, es decir que el que triunfara entre Jesús Delgadillo El Estudiante y el recién doctorado José Manuel Montes, ocuparían esa plaza. Pero ni disputa hubo. La noche del 24 de abril, tras de la actuación en la corrida de su alternativa, se anunció que sería José Manuel quién ocuparía ese lugar, aún pendiente la actuación de El Estudiante. Sin cortar orejas por sus fallos a espadas, Mariano Ramos se llevó el trofeo en disputa.

El sábado 27 de abril, ya por la tarde, con toros de Valparaíso, actuaron mano a mano Manolo Martínez y Eloy Cavazos en lo que se consideró el cartel estelar de la feria. Manolo le cortó una oreja al que abrió plaza y las dos y el rabo a Fundador, quinto de la tarde. Eloy Cavazos por su parte, se llevó el rabo del segundo de la jornada en la espuerta.

La tarde del domingo 28 de abril los toros fueron de don Jesús Cabrera y el mano a mano entre Curro Rivera y Mariano Ramos. Curro le cortó el rabo al que abrió plaza y superó lo hecho todavía al cortarle el rabo al tercero Gallardo. Mariano Ramos por su parte, se fue con las dos orejas de Jacalero, segundo de la tarde en la espuerta.

La tarde del miércoles primero de mayo se celebró la última corrida de la feria. Los toros fueron de Guadalupe Medina y se enfrentaron a ellos el rejoneador Felipe Zambrano, Alfonso Ramírez Calesero Chico, Ernesto San Román El Queretano y Rafael Gil Rafaelillo. La corrida fue escasa de fuerza, pero el rejoneador le cortó una oreja al toro que abrió plaza y Rafaelillo tiene el honor de ser el último matador de toros que cortó una oreja en una corrida de feria celebrada en la plaza de toros San Marcos. El Queretano por su parte, resulta ser el último matador de toros herido en una corrida de feria en el mismo ruedo, pues se llevó una cornada en la axila por el segundo de su lote.

La feria concluyó el domingo 5 de mayo con la tradicional novillada de feria en la que se disputaba el trofeo Cristo Negro del Encino. Los novillos fueron de Garabato para José Antonio Picazo El Zotoluco, Alfredo Gómez El Brillante y Rafael Íñiguez El Rivereño. Al final el ganador del trofeo fue José Antonio Picazo.

Ese fue el transcurrir de nuestra feria hace cuatro décadas. En algunos calendarios posteriores la plaza se volvió a abrir para dar alguna novillada en la feria por empresas diversas a las que organizaban las corridas y con resultados poco halagadores en la organización, en lo artístico y en lo económico. 

La última vez que se ofreció en la San Marcos una corrida de feria fue el 24 de abril de 1996 para conmemorar el centenario de la inauguración de la plaza.

domingo, 29 de abril de 2012

Tal día como hoy. 1962: Humberto Moro y Antonio del Olivar triunfan en la quinta y última de Feria


La quinta y última corrida de la feria de 1962 traía de nueva cuenta a Manolo dos Santos – reaparecido el año anterior – junto con el sensacional muletero de Linares, Humberto Moro y el fino torero celayense Antonio del Olivar. Ellos se enfrentarían a un encierro de la ganadería aguascalentense de Peñuelas, que en los calendarios anteriores habían tenido tardes triunfales para su propietario, don Miguel Dosamantes Rul y eran del agrado de los toreros.

Al final del festejo, los toreros mexicanos, Humberto Moro y Antonio del Olivar fueron los que sacaron el mejor resultado de la tarde. Manolo dos Santos pasó de puntillas por nuestra Feria y como lo leímos el día de ayer, en el siguiente serial de San Marcos, anunciaría a nuestra afición su decisión de despedirse de nosotros.

Los momentos destacados

Don Jesús Gómez Medina, cronista titular de El Sol del Centro destaca de esa tarde los siguientes momentos:

...Moro logró un éxito de consideración al pasar de muleta al corrido en el sitio de honor. Un bicho con suavidad y nobleza, con un lado izquierdo magnífico. Además, el más hecho, el de mejor tipo entre los seis... Unos pasecillos para fijar al burel, y el engaño a la siniestra. Y el pase natural, resurgiendo en todo su esplendor. ¡Con ritmo, con cadencia, con quietud y con mando! Las aclamaciones del pópulo corean cada muletazo; pero, inesperadamente el de Peñuelas toma las de Villadiego y la serie queda sin rematar... Pero aquellos naturales fueron de tal calidad y sabor, tuvieron tanta brillantez y señorío – ¡los mejores de la Feria! – que, cuando el linarense, tras un pinchazo, puso al de Peñuelas en manos del aprendiz de jifero mediante una estocada ligeramente desprendida, la ovación se repitió con fuerza y, previo otorgamiento de la oreja, Humberto Moro recorrió el ruedo en triunfo... En conjunto, la actuación de Antonio del Olivar fue la más completa, la más lúcida de la jornada. Con una determinación y un valor realmente singulares; y acusando un sitio y un torerismo también notables, del Olivar llevó a cabo dos faenas igualmente meritorias. Más brillante, más dilatada y emotiva, la del sexto; el bicho tenía bravura y fuerza en sus acometidas, y como del Olivar lo aguantaba a pie firme, y con limpieza y ritmo se lo pasó por la mismísima faja repetidas veces en muletazos en redondo con la derecha, o bien en los de trinchera, en los de pecho de gran plasticidad y dramatismo, y en los firmazos con los que puso fin a las diversas series, la emoción de los espectadores acabó por desbordarse y, pese al pinchazo, cuando coronó su lucido y meritísimo trasteo con una estocada delanterilla, entre grandes aclamaciones, Antonio del Olivar fue izado en hombros y paseado de esta manera por el ruedo, llevando en la diestra la oreja del de Peñuelas... Antes, al concluir la faena del tercero, el poderdante del “Cachorro de Querétaro” había visto premiada su labor con la vuelta a la arena... Rotundamente gris resultó la actuación del artista lusitano. Abrumado por la sosería de sus antagonistas, Manolo a decir verdad, muy poco logró de plausible. Lo mejor, su brevedad para saldar el compromiso...

Así transcurrió este festejo final de Feria, una que resultó ser en su día, junto con la de 1960, la más extensa en cuanto a número de corridas hasta antes de la adopción del modelo actual, implantado en 1971 por don Guillermo González Muñoz.

El festejo de hoy. 4ª corrida de feria: 6 de Teófilo Gómez para Eulalio López Zotoluco, Sebastián Castella y Juan Pablo Sánchez.

domingo, 5 de febrero de 2012

5 de febrero de 1973: Triunfo y escándalo en Aguascalientes. Manolo Martínez y Palomo Linares


Al delinear la personalidad y la actividad de Guillermo González Muñoz como empresario de las plazas de Aguascalientes, señalaba que a pesar de que inició el proceso que terminó por reducir la actividad taurina de nuestra ciudad al lapso temporal de la Feria de San Marcos, tuvo la creatividad para procurar a la afición de su tierra carteles con atractivo, procurando aprovechar los huecos que quedaban en las agendas de las exclusivas de las figuras con empresas que regentaban plazas de mayor capacidad, propiciando verdaderos acontecimientos como el que me motiva a escribir estos recuerdos.

El ambiente previo

El día 5 de febrero, aniversario de la promulgación de la Constitución de 1917 hasta hace pocos años era feriado – hoy el feriado se ha recorrido al lunes siguiente – y por ello, era una fecha en la que se celebraban festejos taurinos a lo largo y ancho del territorio nacional. En 1973 nuestra Plaza de Toros San Marcos fue escenario de un festejo que tras concluir, quedaría en la historia del coso, un mano a mano entre Manolo Martínez y Sebastián Palomo Linares, para lidiar toros de Suárez del Real

Los dos toreros venían precedidos de notables actuaciones. Manolo Martínez era el triunfador de las últimas ediciones de la Feria de San Marcos y el domingo anterior, en la despedida de Joselito Huerta, en la Plaza México, realizó una faena de gran calado a un toro de José Julián Llaguno, en tanto que Palomo Linares todavía venía con el sambenito del rabo cortado en el San Isidro anterior en la Plaza de Las Ventas. La nota previa al festejo, publicada por Everardo Brand Partida en el diario El Sol del Centro del día de la corrida, recoge entre otras cuestiones lo siguiente:

Se ha dicho que un mano a mano debe tener una justificación, y esta es precisamente la que consideró el empresario Guillermo González para montarlo, al reanudar su temporada, confrontar a los dos toreros que más interesan, que más despiertan las pasiones entre el público, y estos son los de México, Manolo Martínez y de España, Sebastián Palomo “Linares”... Este torero, cabe así señalarlo, está en deuda con la afición hidrocálida, le debe una tarde. Aún recordamos aquellas declaraciones vertidas hace un año, en vísperas de su confrontación con Eloy Cavazos, en el mismo ruedo de la San Marcos. Sebastián dijo a EL SOL: “A la Sevilla de México, a Aguascalientes, vengo a dar la tarde, vengo por un triunfo grande”... Si bien Palomo “Linares” estuvo en plan grande aquella tarde, especialmente con su quinto enemigo al que toreó superiormente y mató mucho mejor, entregándose como los buenos, no logró redondear el triunfo que esperaba en la “Sevilla de México”, como es considerada Aguascalientes en la Madre Patria... ¿Será esta la tarde que Sebastián adeuda a la afición hidrocálida? Pues sinceramente así lo esperamos, ya que el público disfrutará en grande viendo torear a los ases de las barajas taurinas de aquí y de allá...

La corrida estaba sujeta a grandes esperanzas de la crítica y de la afición y aunque su desenlace sería agridulce, se puede considerar que terminó por responder al interés que despertó, aunque en los tendidos numerados no se reflejara en su totalidad ese interés, puesto que si bien recuerdo que las localidades generales lucían repletas, las de mayor precio ostentaban evidentes claros.

El triunfo… y el escándalo

Manolo Martínez vistió de negro y oro, en tanto que Palomo Linares lo hizo de negro y plata. No recuerdo quién ofició como sobresaliente, pero casi creo que fue el trianero Armando Mora. La corrida fue presidida por don Jesús Gómez Medina, que por esas calendas se tomaba un tiempo sabático en su tribuna de El Sol del Centro, para dedicarse a intentar conducir los festejos taurinos desde el palco de la autoridad en la Plaza de San Marcos. El encierro de Suárez del Real fue justo de presencia, acusando su procedencia de Jesús Cabrera y en términos generales dirían las crónicas, se dejó hacer, tanto así, que Manolo Martínez le cortó las orejas al primero y al quinto y perdió quizás el rabo del tercero por fallar con la espada y Palomo Linares pudo brillar a altas cotas, de no ser por lo que enseguida veremos.

La crónica de Everardo Brand Partida relata lo siguiente respecto del triunfo de Manolo Martínez:

“Caramelo”, fue el primero de la tarde... y el diestro de Monterrey se enfrenta con su enemigo, que cambia totalmente de lidia, ya que se fue p’arriba, embistiendo suavemente y con nobleza, y estas condiciones son aprovechadas extraordinariamente por el diestro regiomontano, para instrumentar una faena “de las suyas”, toreando con suavidad con una pasmosa lentitud que entusiasmaron a los tendidos. Los pases circulares, con el sello de Martínez, fueron surgiendo uno tras otro, los ayudados, en redondo y por abajo, fueron subiendo de tono, y el público estaba con el torero, que se crecía a cada muletazo… El toreo al natural de Manolo fue paladeado por el cotarro y los pases de extraordinaria magnitud surgían, y las series perfectamente rematadas con los pases del desdén y los forzados de pecho hicieron vibrar a la plaza hasta sus cimientos. Un estoconazo en todo lo alto, coronó esa faena, conquistando el de Monterrey las dos orejas de su enemigo... Tras de la bronca de Palomo Linares con el cuarto de la tarde, Manolo Martínez se enfrentó a “Velador”, un toro al que le sacó gran partido... Afloró el temple y la maestría de Manolo, su clase de excelso muletero y brilló en toda su intensidad el toreo derechista e izquierdista, los pases del desdén, “la regiomontana” y “el martinete”, no a toro parado, sino ante un socio que le embestía y que daba la sensación de peligro, pero éste desaparecía, ya que frente al bicho se encontraba un torero de pies a cabeza, bordando una faena que difícilmente será olvidada por cuantos la presenciamos. Manolo necesitó de un pinchazo y una estocada en bastante buen sitio para dar muerte al quinto de la tarde, del que recibió las dos orejas, con las que recorrió, hasta en otras tantas ocasiones, el anillo del Coso San Marcos… 

Por su parte, su apreciación de lo medular en la actuación de Palomo Linares es como sigue:

Sebastián Palomo fracasó, cabe la apreciación, hasta en su intento de recurrir a ardides pésimamente vistos por nuestro público, al que trató de sorprender pretendiendo que se indultara a un toro, el cuarto de la tarde, con el que armó una bronca, desorientó a los aficionados y puso en evidencia al Juez de Plaza... Señalamos lo anterior, porque el español, quien había estado bien, no a la altura de las condiciones del astado, bueno, con raza, de magnífico estilo, y prestándose extraordinariamente para el toreo, se dejó llevar, inicialmente, por los gritos de un sector, – mínimo éste – del público que, impresionado, consideró que el toro merecía el indulto. El de Linares volteó hacia el palco de la autoridad, y el señor Gómez Medina ordenó que debería matar al de Suárez del Real, y entonces Sebastián acató la orden del juez tirándose, pero pinchando en hueso, y fue ahí que consideró que había perdido las orejas, que el triunfo “que tanto necesitaba”, se le iba de las manos, y tras de torearlo nuevamente por lasernistas, “fabricó” e hizo su teatrito, ya que encarándose entonces a la autoridad, pidió que le tocaran los tres avisos reglamentarios, para que el toro fuera devuelto a los corrales... El público no se tragó la píldora, y abroncó al español, al que llevaron – su peón de confianza – las orejas y el rabo, tratando de hacer ver aquello como el indulto del toro concedido por el juez, pero sólo avivó las protestas y rechiflas en su contra, pues ¿“cómo pretende un torero que se indulte un toro después de haberlo pinchado”? y su actitud, su teatro, no fue enérgicamente sancionado, de ahí que señalamos que puso en evidencia a la autoridad... Tras de ese pinchazo, si bien volvió a torearlo, debería de haber intentado la suerte suprema, “y así debería habérselo exigido el juez”, para que diera muerte al astado en el ruedo, pero lamentablemente, sorprendió y esa es nuestra explicación, a la misma autoridad, ya que aceptando el pedimento del torero, hizo sonar el clarín hasta en tres ocasiones, y el toro volvió a los corrales...

De allí la corrida se fue por el despeñadero para el linarense, que cada vez que salía del burladero de matadores, era objeto de fuertes rechiflas.

Comentarios posteriores

Por esas fechas, el periodista Agustín Morales Padilla era redactor del diario El Sol del Centro. En la misma fecha de la crónica del festejo – 7 de febrero –, publicó un artículo titulado ¡Basta ya!, en el que hace una serie de reflexiones sobre lo sucedido en la corrida del día 5. Del mismo extraigo algunas de ellas:

Porque el desprecio al Reglamento taurino se ha costumbre inveterada. Porque el espectáculo se está manejando soslayando, muchas ocasiones, el interés del aficionado... es que decimos: ¡Basta Ya!... Acontecimientos como el que suscitó la insolente actitud del torero español Sebastián Linares, el último lunes, jamás deben repetirse en una arena donde muchos diestros han escrito las páginas que les han valido su consagración firme y total, y en la que, también, otros muchos han tenido que pagar, por su honesta entrega a una profesión que exige responsabilidad y entrega, un tributo de sangre... Lo de “Palomo” Linares no alcanza, empero, calificativo. Más tampoco habrá que lanzarle toda la culpa, si bien se trata de uno de los muchos extranjeros que todavía nos siguen llegando poseyendo una mentalidad avasalladora. Al hispano lo empujó en primer término, ese su concepto erróneo de que se hallaba en tierra de conquista. Y lo impulsaron, también: su apoderado y cuadrilla; el empresario González, que insultó ostensiblemente al juez; el ganadero Suárez del Real y un pequeñísimo grupo de beodos... Sabían ellos claramente que el indulto del astado era improcedente, porque el bicho, aunque suave y de buen estilo, pasó con un solo puyazo y no humillaba totalmente. A pesar de ello y no obstante la airada protesta del público, Linares fue varias ocasiones al pie del biombo y faltó a la autoridad del juez, al que ordenó, no pidió, el regreso del toro a los corrales, cuando en definitiva se negó a éste la gracia del conservar la vida, por una boyantía suprema que no poseía... La autoridad tuvo también su culpa en que el sainete se prolongara, pues contemporizó con el español, en lugar de aplicarle un severo correctivo económico y, en caso de persistir, ordenar su detención policiaca... Como epílogo de este bochornoso acto, Linares declaró ayer, con inconcebible cinismo, que la de Aguascalientes había sido la faena de su vida y que lamentaba que no la hubieran entendido ni el juez, ni el público que lo abroncó. Menos mal que estas han sido las últimas palabras en la existencia taurina – en México –, de Linares, quien curándose en salud, ha señalado que no volverá a ruedos aztecas... Pero en fin, dejemos aparte a esta pésima caricatura de “El Cordobés” y volvamos a lo que decíamos al principio. El Reglamento no puede continuar siendo letra muerta, porque a la autoridad corresponde velar por el interés del público. No olvidemos que es un espectáculo sumamente caro y eminentemente productivo para la Empresa, lo que otorga un derecho especial al aficionado para exigir más y mejor... Basta ya, repetimos, de deshonestidades para con una afición cuya nobleza conmueve…

Lo que después sería

Palomo Linares se fue de México tras de esa corrida y no volvió a México sino hasta 1993 para torear dos corridas que tuvieron carácter benéfico. Las dos fueron mano a mano con Eloy Cavazos. La primera fue en Querétaro el 25 de septiembre, con toros de Fernando de la Mora y llevando por delante al rejoneador Luis Covalles y la segunda en Aguascalientes, al día siguiente con toros de Arroyo Zarco.  También me tocó presenciar esa corrida. Desde entonces, no ha vuelto a torear en nuestro país.

Por su parte, Manolo Martínez sufriría algo más de un año después - el 3 de marzo de 1974 -, la cornada más grave de su vida – 2 trayectorias, 34 y 24 centímetros, con sección de las arterias femoral y safena –, del toro Borrachón de San Mateo, en la Plaza México, en tarde que alternó con Mariano Ramos y José María Manzanares. Una cornada que muchos afirman que marcó un antes y un después en la carrera del torero de Monterrey, pero que no le impidió escalar la cima de la torería de su tiempo.

Espero que esta larga remembranza les haya parecido interesante.

domingo, 8 de mayo de 2011

La Feria de San Marcos y su actual estructura a 40 años vista, y XII

La proyección hacia el futuro de la apuesta de Guillermo González Muñoz

Guillermo González y José Julián Llaguno en el callejón
de la Plaza San Marcos (Archivo Carlos Meza Gómez)
En otro artículo de esta serie había apuntado que después de la Feria Guadalupana de 1956 en El Toreo de Cuatro Caminos no se había intentado, con visos de permanencia, otro ejercicio de implantar una feria a la española en ninguna otra ciudad mexicana, donde se seguía prefiriendo el concepto de temporada, con festejos semanales en una determinada época del año.

En la Ciudad de México es aún más notorio el rechazo a ese tipo de programación, pues tras de la experiencia de ese 1956, se volvió a intentar en el Palacio de los Deportes en los años 70 y 80 y alguna vez en la Plaza México en un fin de semana largo cercano a un 5 de febrero con escasa respuesta de público y afición e insisto, allí prima la idea de dos temporadas bien diferenciadas, la de otoño – invierno para las corridas de toros y la de primavera – verano para las novilladas y eso es así casi desde los inicios del Siglo XX.

Cuando Guillermo González Muñoz digamos, injerta la idea que don Livinio Stuyck posicionó en Madrid a partir de 1947 – pese a la oposición de personajes como el Marqués de la Valdavia, que no quería que se llamara Feria de San Isidro, sino algo así como Corridas Extraordinarias del Santo Patrono, para no dar un “toque pueblerino” al serial –, era difícil predecir cuál sería el desenvolvimiento en el futuro próximo de una feria así, porque si bien, en ese 1971 cuatro de las seis corridas se saldaron con llenos de acuerdo con las crónicas revisadas, la tónica respecto del ganado lidiado fue su escasa presencia y su desesperante falta de bravura.

Pero aún en esas condiciones, Guillermo González Muñoz repetiría la experiencia al año siguiente, aumentando el número de festejos y logrando llenar la plaza casi en la totalidad de ellos, pese a que para ese calendario no logró la contratación de Manolo Martínez, por lo que la serie de corridas descansó sobre Curro Rivera. Ante tales evidencias, empresarios como Ignacio García Aceves, Joaquín Guerra y varios más, comenzaron a ofrecer propuestas similares en las plazas que regentaban, al ver que el modelo funcionaba.

Entradón en la Plaza San Marcos Ca. 1971
(Archivo Carlos Meza Gómez)
Así pues, este tipo de feria que se dio por primera vez en Aguascalientes en 1971, resulta ser un parteaguas en la historia del empresariado taurino mexicano. A partir de ella las celebraciones cívicas y patronales de las ciudades taurinas de México se disfrutarían con series continuadas de festejos y no con alguno destacado, pero aislado dentro o fuera de una temporada.

Sobre los resultados que se iban produciendo, se fueron haciendo correcciones al esquema original. Por ejemplo, entre nosotros no se utiliza el esquema del abono, que implica que el titular de éste debe retirar la totalidad de las entradas del ciclo que el mismo ampara, generalmente con un descuento sobre el precio suelto de las mismas; aquí se aplica el derecho de apartado, que es un sobre precio que se paga a la empresa por reservar la entrada hasta un cierto plazo antes del festejo – en Aguascalientes son 72 horas – y el titular del apartado puede decidir si lo retira o no. En los festejos de entre semana, aunque fueran nocturnos, se veían entradas magras y además, tienen el sambenito de que la luz artificial afecta el juego de los toros; por esa razón, se procuró agrupar los festejos en la cercanía de los fines de semana, para darlos siempre de día y así se ofrecen en tres o cuatro bloques, para garantizar mejores entradas, eliminando al tiempo los nocturnos, que al inicio del esquema, permitían dar festejos todos los días de la semana.

El éxito así fue rotundo. La Plaza de Toros San Marcos tiene capacidad para cuatro mil espectadores. En 1971 tenía 75 años de ser el centro de la atención taurina de nuestra feria. Para 1973 se había convertido en un escenario insuficiente por su capacidad y en 1974 se dio en ella la última feria completa – el 24 de abril 1996 se ofreció una corrida suelta por el centenario de su inauguración – que albergara, porque para 1975, el serial se mudó a la nueva Plaza Monumental Aguascalientes, que en esos días duplicaba la capacidad de la San Marcos.

La otra cara de la moneda

Vista aérea de la Plaza San Marcos
(Foto: Google Maps)
El otro aspecto de la Feria de San Marcos así concebida, es que poco a poco se fue diluyendo la idea de una temporada de toros fuera del tiempo de feria. Mientras Guillermo González Muñoz tuvo el manejo de las cosas de la fiesta aquí, centró su esfuerzo en esa feria y procuró conservar algunas fechas tradicionales como la Navidad, el Año Nuevo, el 15 de agosto, el 16 de septiembre o el 20 de noviembre, además de tener un sagaz sentido de la oportunidad para aprovechar fechas  sueltas de toreros importantes y ofrecer corridas extraordinarias de gran atractivo.

Pero los tiempos cambiaron y las empresas también. Hoy, esa aportación de Guillermo González Muñoz es el único eje de la Fiesta en Aguascalientes y en la mayoría de las ciudades taurinas de México, que con alguna variación insustancial, consideran así solventado su compromiso con sus respectivas aficiones.

Desde aquí expreso mi reconocimiento a un gran empresario, aficionado y por qué no, revolucionario en estas cosas, don Guillermo González Muñoz, quien hace 40 años le dio a nuestra Feria de San Marcos, la identidad y la estructura que hoy tiene.   

domingo, 1 de mayo de 2011

La Feria de San Marcos y su actual estructura a 40 años vista, XI

1º de mayo de 1971: Cierra la Feria con una novillada y el triunfo de José Manuel Montes

La única novillada de la Feria de San Marcos de hace 40 años se ofreció como el cierre del serial. Cuando se anunció la novedosa manera de darlo, se dijo en inicio que serían dos los festejos menores, pero los hechos concluyeron de manera distinta. Los nombres que se manejaron en un inicio, fueron los del moreliano Miguel Munguía El Inspirado y el local Arturo Magaña, para formar terna con un indiscutible José Manuel Montes, que era el novillero que durante la segunda mitad de 1970 y los primeros meses de 1971, con sus actuaciones, se había asegurado un puesto en los festejos feriales, pero, seguramente no se llegó a un arreglo con la administración del torero michoacano y en el caso de Magaña, la nota previa al festejo, aparecida en El Sol del Centro, el mismo día del festejo, explica el por qué de su ausencia del mismo:


 ...La novillada de hoy, enmarca el último festejo taurino de la feria y en el cartel, figurarán los triunfadores de la temporada, Pepe Luis Sánchez, José Manuel Montes y Luis Procuna Jr., quienes se disputarán el trofeo, El Cristo Negro del Encino, lidiando seis magníficos novillos de la ganadería de Chinampas que imponen respeto por su peso y su estampa.


Se conjugan en sí, tres auténticas figuras que salen al ruedo con el afán de lograr la faena que los coloque como el triunfador absoluto de la novillada porque en ello va aparejado el éxito personal y la obtención del trofeo que marque un recuerdo perdurable de su relevante actuación en el último festejo taurino de la feria en este 1971 que taurinamente fue la más abundante. 

Pepe Luis Sánchez, a quien la suerte le deparó su inclusión en el cartel por el grave percance sufrido por Arturo Magaña, quien por cierto evoluciona satisfactoriamente, tiene enormes deseos de justificar la oportunidad y llega dispuesto a cuajar las mejores faenas durante los dos novillos que le toquen en suerte, de lo que puede hacer de frente a los astados, ya hay clara evidencia cuando toreó al sobrero de Valparaíso en forma extraordinaria…”

En ese orden de ideas, se conformó un cartel con dos novilleros locales que tuvieron actuaciones destacadas en la temporada novilleril previa a la feria y con uno que, a más del atractivo que su nombre implicaba, también se destacó por sus actuaciones en esa serie de festejos llamados menores. La crónica de don Jesús Gómez Medina, como siempre, en El Sol del Centro, resalta la actuación de José Manuel Montes ante el cuarto de la tarde, de nombre Arriero, de Chinampas, al que califica como el mejor toro de toda la feria y de la que extraigo lo siguiente:

…El epílogo al brillante capítulo taurino de la Feria, constituido por la novillada del día primero, tuvo también una página de gran esplendor: la lidia y muerte del cuarto novillo de Chinampas, que mereció a José Manuel Montes obtener las orejas y el rabo del magnífico burel y, posteriormente, el trofeo que estaba en disputa. 

Lucido éxito el de Montes, sin género de duda. Más, ¿cómo olvidar lo que para su obtención representaron la alegría, la nobleza, la acometividad y el claro estilo de “Arriero”? Por esta suma de cualidades, seguramente fue este el mejor burel lidiado en la Feria; un burel cuya bravura pasó con creces la prueba de fuego de los piqueros, frente a los que recargó con auténtica codicia. 

Con mayor razón que ningún otro, “Arriero” era merecedor de los honores que se otorgan a los despojos de los astados de excepción; pero ni la Autoridad – ¡oh, la Autoridad! – acertó a ordenarlos, ella, que hace una semana se exhibió tratando de homenajear los despojos de un manso; ni tampoco José Manuel Montes tuvo el buen juicio de solicitarlos. De esta manera ni el toro ni su criador recibieron el premio necesario, salvo los aplausos de algunos buenos aficionados y el reconocimiento que desde aquí hacemos a lo que fue “Arriero”. 

Frente a tal adversario, José Manuel Montes volvió a ser el novillero emotivo, entusiasta que se estaba perdiendo. Tras un farol de hinojos, en el que aguantó enormidades, lances valerosos, con ajuste y sabor. Y una faena en la que hubo ligazón, continuidad y emoción; un trasteo derechista, que llegó al público por el aguante de que hizo gala el torero, aprovechando la alegría y la nobleza del burel. A toro desigualado, un espadazo fulminante. Las orejas, el rabo y varias vueltas al ruedo, entre ovaciones y música…

De esta forma, José Manuel Montes cerró triunfalmente la feria llevándose el trofeo llamado El Cristo Negro del Encino, que por aquellas calendas se entregaba al triunfador de las novilladas de Feria. Para la estadística, Luis Procuna hijo se vio empeñoso y Pepe Luis Sánchez inexperto, de acuerdo con la relación de don Jesús.

De este recuento del cuadragésimo aniversario de nuestra feria en este modo de darse, solo me queda hacer el balance de lo que significó para el futuro, lo que espero hacer en los próximos días. Hasta entonces.

martes, 26 de abril de 2011

La Feria de San Marcos y su actual estructura a 40 años vista, X

26 de abril de 1971: Ante seis de La Punta en solitario, se despide El Volcán de Aguascalientes

Cuando en el mes de febrero de hace 40 años se anunció la celebración de la vertiente taurina de la Feria de San Marcos en la forma que ha sido objeto de los últimos comentarios en esta Aldea, la única festividad segura en ese momento, era la encerrona de Rafael Rodríguez, dentro de las proyectadas seis corridas de toros y dos novilladas que Guillermo González Muñoz ofrecería a la afición de Aguascalientes en un ciclo continuado.

En aquella oportunidad, se señalaba que la fecha de la celebración del festejo, sería el sábado 10 de mayo y ya se precisaba que el encierro sería de La Punta, de gran catadura. Días después, el torero declaraba a Everardo Brand Partida, de El Sol del Centro, lo siguiente:



Dos toros se matan cada ocho días... posiblemente diario, cuando el torero se encuentra en plenitud de facultades, en la cumbre de su carrera; pero matar seis toros, eso encierra ya una grave responsabilidad, puesto que ese diestro está obligado a salir airoso, con las orejas de sus enemigos, respaldando con ello la confianza del público que fue a verlo, exclusivamente a él, a la plaza”, nos decía con esa sencillez que le caracteriza, “El Volcán Hidrocálido”, Rafael Rodríguez. 

Sí, la responsabilidad de una “encerrona” es muy grande. Es precisamente cuando el torero comprueba el cartel que tiene ante tal o cual público, la entrada en la plaza lo reflejará, y se palpa el interés que la gente tiene por verlo, y eso aumenta considerablemente la tensión nerviosa del que se encuentra en el ruedo, vestido de luces y ante el toro, de ahí que el que se somete a esta prueba, debe hacerlo precisamente cuando tiene muchas facultades... o está debidamente preparado para hacerlo. 

Con lo anterior, Rafael Rodríguez hacía un preámbulo de la información que luego brotaría de sus labios, en torno a los planes que tiene ante la proximidad de la Feria Nacional de San Marcos, del 25 de abril, cuando se encerrará en el Coso San Marcos, con seis torazos de la ganadería de La Punta…

Hasta ese momento no se revelaba que en esa corrida se produciría la despedida de los ruedos de El Volcán de Aguascalientes, aunque era vox populi que en ese 1971 se daría ese hecho, pero sería Conchita Cintrón, unas semanas después, en su colaboración al diario El Informador de Guadalajara, donde las cosas quedaran en claro – la aportación fue recopilada posteriormente en su libro ¿Por qué vuelven los toreros? – y en lo que interesa dice:

...no tardaron en llegar Carlos Sánchez Llaguno, Manuel Vega, Fernando Topete, Víctor Rodríguez y Leoncio Jiménez. Entre ellos – todos vestidos de rigor – había representantes de cuatro asociaciones. Faltaba uno de los invitados: Rafael Rodríguez, matador de toros, que al rato dio la entrada en la sala repleta de trofeos y cuadros de Icaza. Llegó con María Teresa, su mujer. Fue recibido con demostraciones de afecto y consternación. ¿Cómo era posible que volviera a los toros? ¡Y para colmo, matando seis punteños! ¡Con toda la barba! El torero explicó tratarse apenas de “una despedida”... Vuelven por los aplausos – comentó Leoncio Jiménez –... Nada menos cierto – interpuse –... Rafael Rodríguez jaló una silla y se colocó a nuestro lado. Entonces – insistió Leoncio – ¿por qué vuelven? Miré al torero. Tienen hambre – dije – y tienen sed y no saben de qué. El torero me miró. Yo sí sé – dijo por fin. Tenía la soledad escrita en la mirada –. Tengo sed de toros negros... y tengo hambre de miedo...

Allí quedó revelado que la corrida del 26 de abril de 1971, con los seis toros de La Punta, sería en efecto la última que mataría Rafael Rodríguez vestido de luces – y efectivamente lo fue – a unos meses de cumplir 23 años de alternativa.

La corrida

Rafael Rodríguez brindando a los matarifes la tarde de su
despedida (Foto: Archivo Carlos Meza Gómez)
Rodolfo Gaona, Conchita Cintrón, Juan Silveti, Eduardo Solórzano, Pepe Alameda y otros muchos comparecieron a los tendidos de la Plaza de Toros San Marcos a atestiguar la despedida de El Volcán de Aguascalientes y a fe mía que lo vieron hacerlo con una gran dignidad, porque cuando se cae el toro, se derrumba la fiesta. Y eso fue lo que sucedió esa tarde. No obstante la impecable catadura de los seis punteños, les costó mantenerse en pie y contra eso… contra eso… simplemente no se puede. De la relación publicada en El Sol del Centro, que aparece sin firma, copio lo que sigue:

Las manecillas del reloj, en su continuo girar, señalaban las 19:12 minutos, cuando todo había concluido. Dos pares de manecitas ávidas de rescatar íntegramente para sí a su padre; unas tijeras que se cierran; una mano que se eleva mostrando un mechón de pelos; quizás un nudo apretando la garganta del que se iba, y todo, repetimos, había concluido (…) Los subalternos, a su vez, cargaron sobre sus hombros a quien tantas veces fuera su capitán y cuyos triunfos, reveses y angustias habían compartido, en multitud de ocasiones (…) Y de esta manera, a hombros de sus viejos camaradas y entre el estruendo de un aplauso que opacaba las notas siempre melancólicas, siempre cargadas de emoción de “Las Golondrinas” y portando en sus manos los apéndices de “Trianero” el último toro que estoqueó en su vida, abandonó Rafael Rodríguez el escenario de tantos de sus mejores éxitos (…)

A mi juicio reviste mayor interés un artículo de don Mario Mora Barba, trianero, titulado La última corrida, publicado el 27 de abril en el mismo diario, donde relata los momentos previos al festejo, en la intimidad de la habitación donde se viste el diestro y que transcribo en su integridad:

En el cuarto 107 del Hotel Francia las manecillas del reloj caminaban para marcar la última media hora de un rito: el instante en el que un hombre se viste de torero. 

Poco a poco el atuendo iba completándose sobre la carne del torero. 

Las manos de Rafael no temblaron cuando se “apretó los machos” y cada proceso de la ceremonia era observada por los escasos presentes en pleno silencio, pero era algo que no se volvería a repetir en la vida de Rafael Rodríguez. 

Fermín Espinosa, su hijo Manolo, los novilleros José Luis Velázquez y Eduardo Rivas “El Pato”, observaban como poco a poco el oro y la seda iban cubriendo el cuerpo del torero.  

Rafael sacaba un terno oro y azul para su última corrida y nadie osaba hablar ante el ciclo vital de la vida de un torero que se estaba cumpliendo ante nuestros ojos. 

México y España hermanados 

Rafael y Nicolás, los hijos mayores de Rafael, iban vestidos de traje campero andaluz y de charro respectivamente, simbolizando el enlace en la fiesta de España y México. La corrida iba a empezar a las 5 de la tarde, precisamente como en los cosos españoles. 

El vestuario del torero tiene sus incongruencias: medias en una profesión tan viril, pero también Pedro Antonio de Alarcón, en “El Niño de la Bola”, pone en labios de un sacerdote vigoroso, humano y viril esta frase: “Yo que nací para mandar guerreros tuve que sacrificarme y he tenido que pasar años vistiéndome por la cabeza, como las mujeres”. 

Las zapatillas, con igual suavidad femenina, pero son para pisar fuerte. 

Cuando Rafael Rodríguez se anuda el corbatín, reflexionamos sobre la diferencia entre anudarse una corbata para la conquista femenina y el compromiso de anudársela para la conquista de la fama. 

Felipillo y Alejandro los mozos de espadas, están por última vez con su matador. Y Rafael, de vez en cuando, con la voz firme de una persona que siempre sabe lo que pisa, daba una orden para no olvidar nada que después sería vital en la Plaza. 

Cuando la ceremonia de vestirse como un sacerdote, como un Rey, como un hombre, estaba por concluir, uno a uno fueron saliendo los amigos. 


La bondad de Rafael nos permitió acompañarlo hasta las puertas mismas del Coso. De allí, del patio de cuadrillas a la cara del toro, sólo Dios lo acompañaba.

En realidad, la despedida de hoy la narramos hace muchos años, en la época en la que Rafael Rodríguez ascendía como meteoro, hasta alcanzar el sitio que su valor y su inteligencia le tenían reservado.

Como pueden ver, la despedida de Rafael Rodríguez no dejó de tener ese sabor agridulce que tienen esa clase de festejos. Cumplió cabalmente con su cometido, imponiéndose a las condiciones adversas que los toros le generaron con su falta de condiciones para la lidia. No obstante, la afición congregada en la Plaza San Marcos le trató con el respeto que se ganó con la honradez y con la entrega que siempre desplegó en los ruedos. Por algo ha sido el último gran ídolo de la afición de Aguascalientes.

lunes, 25 de abril de 2011

La Feria de San Marcos y su actual estructura a 40 años vista, IX

25 de abril de 1971: Manolo Espinosa se inspira y se lleva el Escapulario de Oro de San Marcos


De izquierda a derecha: El ganadero Suárez del Real, el
empresario Guillermo González, el Maestro Armillita y
Manolo Espinosa (Foto: Archivo Carlos Meza Gómez)



La noche del 8 de abril de 1967, en la Plaza México, Manolo Martínez lidió el último toro de la corrida del Estoque de Oro, trofeo que se consideraba ya en la posesión de Raúl Contreras Finito, por su faena al quinto de ese festejo, Lobito, que como todos los del encierro fue del Ingeniero Mariano Ramírez. Ese sexto toro se llamó Catrín y ante él, Manolo Martínez salió a defender su interés de aspirar a la cabeza de la torería mexicana, realizó una de las grandes faenas que acabaron consagrándolo como un torero de esa plaza y terminó por llevarse el dorado alfanje a despecho del triunfo del malogrado diestro de Chihuahua.

Este 25 de abril de 1971, una historia similar se produciría en Aguascalientes. Para el día del Evangelista se anunció la corrida en la que ante toros de Suárez del Real, Alfredo Leal, Joselito Huerta, Finito, Manolo Martínez, Jesús Solórzano y Manolo Espinosa se disputarían el Escapulario de San Marcos, trofeo que durante el boom de la vitivinicultura en nuestro Estado, una casa de estos géneros, obsequiaba al triunfador de este festejo, que se formaba con las principales figuras anunciadas en el serial.

Lo sucedido en esa corrida se relató por don Jesús Gómez Medina en El Sol del Centro del día siguiente de esta guisa:


A Fermín Espinosa ‘Armillita’ que en el ruedo ennoblecido ayer por el toreo de ambos Manolos, dejó escritas antaño, muchas jornadas de gloria.


Fue a partir del cuarto burel que la tónica del festejo señaló un ‘crescendo’ que más tarde culminaría en el diapasón triunfal que iba a subsistir hasta el final y a Manolo el de Monterrey correspondió iniciar ese ritmo ascensional…

¿Estaría ya el trofeo en poder de Manolo Martínez? ¡Pues no señores, que voy a hacerlo mío; aquí estoy yo!, preció Manolo Espinosa a través de su actuación desde el lance inicial a pies juntos, hasta la estocada mortal con la que fulminó al nobilísimo ‘Abrileño’.

¡Qué bella lección de arte y torerismo de este Manolo! Y, a la vez, ¡cuánta riqueza de matices y qué insospechada cornucopia de remates y adornos, en el curso de una faena en la que el clasicismo más estricto hermanábase con los momentos de la súbita inspiración del orfebre.

Ah, Manolo Espinosa, hijo y nieto de toreros y gran torero también tú. ¿Cómo pudiste privar a la afición, durante tanto tiempo del ingente caudal de arte que llevas contigo? Olvídate en buena hora del restirador y de la regla de cálculo y date a lo que ha sido la vida y honra de los tuyos, porque eres torero y de los buenos, como a voz en cuello lo proclamó la plaza, cuando tras de fulminar a ‘Abrileño’, con las orejas y el rabo de este recorrías una y otra vez el ruedo acompañado en tu apoteosis por tu ilustre padre, por el ganadero y por Guillermo González, afortunado promotor de estos festejos. Y lo proclama también el trofeo que, por aclamación, te fue entregado al final de la corrida…


Manolo Martínez le había cortado el rabo al cuarto de la tarde y se daba por descontado que el Escapulario era suyo, pero como le sucedió a Finito algo más de cuatro años antes en la corrida del Estoque de Oro, ahora sería el de Monterrey el que vería su suerte cambiar de rumbo en el toro que cerró plaza y el trofeo en disputa acabar en las manos de uno de sus alternantes, en una de las tardes más destacadas de la historia reciente de nuestra feria de abril.

Necesaria aclaración: Este mismo texto lo había publicado hace exactamente un año. Como por aquí decimos, se me fueron las cabras al monte y no me di por enterado en ese momento de este aniversario que ahora intento conmemorar. De cualquier forma, para su orientación, la publicación anterior se encuentra aquí.

domingo, 24 de abril de 2011

La Feria de San Marcos y su actual estructura a 40 años vista, VIII

24 de abril de 1971: Corrida de expectación…

La cuarta corrida de la Feria de 1971 era la del cartel más redondo del serial. Comprendía el mano a mano entre las dos principales figuras de nuestra torería y el encierro a lidiarse provenía de una de las ganaderías que en ese momento era la que tenía, junto con su hermana gemela Torrecilla, la cabecera en la preferencia de los más importantes diestros de la baraja taurina nacional.

Habida cuenta de que Antonio Lomelín, Eloy Cavazos y Curro Rivera hacían campaña en ruedos españoles en esos días, no era posible ofrecer aquí en México una confrontación más atractiva que la de ese 24 de abril, en la que por una parte, participaba el torero veterano, deseoso de sostener su categoría y por la otra, el joven que venía empujando con fuerza y con el interés de quedarse en la cima y con el mando de las cosas aquí.

En esa forma lo planteaba la información previa a la corrida, aparecida el mismo día de esta, en El Sol del Centro, que en lo esencial dice:

Es el mano a mano que ha causado una verdadera expectación y una carretada de comentarios respecto a quién pueda resultar el triunfador de la tarde porque, tanto Manolo, como Joselito tienen aptitudes sobradas y, si acaso el éxito le ha sonreído hasta ahora al regiomontano, no es menos cierto que el León de Tetela, llega dispuesto a hacer valer su jerarquía y a evidenciar su experiencia y el por qué de sus crecientes triunfos (...) Finalmente, en la temporada de feria hacen su presentación los bureles de Dn. José Julián Llaguno, de magnífica estampa y con suficientes kilos en los costillares que acusan la bravura que ya son tradicionales en ese hierro y con los cuales, los aficionados pueden vivir la mejor corrida de la Feria Nacional de San Marcos, que está en pleno clímax.

Pero hay una expresión manida que dice que llega el toro y todo lo descompone y todavía otra, que sirve de cabeza a esta entrada, que sentencia que una corrida de expectación, es corrida de decepción. Y eso fue lo que nos quedó al salir de la plaza a los que asistimos a los toros ese 24 de abril de hace 40 años. Por su interés, transcribo íntegra la crónica de don Jesús Gómez Medina, aparecida el 25 de abril de 1971 en El Sol del Centro, que puede dejarles más claro lo sucedido, que cualquier cosa que yo pueda decirles:

La corrida de ayer no justificó el entradón 

Una oreja a Huerta, 2 medias verónicas de Manolo y un encierro chico y débil 

La monotonía es el gran mal del toreo moderno. Una de sus lacras más características. 

Otros podrían serlo – en realidad lo son – el becerrismo, el afeitado... 

Pero, concretamente, hoy en día las faenas pecan de falta de variedad. Suelen reducirse a series alternadas de pases por abajo, con la izquierda, luego con la derecha y de nuevo con la de cobrar. 

Ciertamente el toreo por abajo puede conceptuarse como la más alta expresión del toreo de muleta, una vez que el descastamiento de las ganaderías dejó ya fuera de uso aquellas faenas de dominio, verdaderas luchas de poder a poder entre el poderío del astado y la sapiencia, el valor y la eficacia del torero; faenas en las que la emoción ocupaba el sitio propiedad hoy de un esteticismo decadente. 

Sí; el toreo por abajo con la muleta puede ser, en la actualidad, una bella manifestación plástica, despojada, por otra parte, del condimento de la emoción a la que ahuyentaron de los ruedos la falta de edad y de fuerza de los bureles. Pero intentarlo a todo evento; con todos los toros y en todas las ocasiones puede ser inadecuado. Nos encontramos así ante esas faenas en las que los pases parecen extraídos con sacacorchos; en las que, por consecuencia, no existe la continuidad y el ritmo que avivan y mantienen el entusiasmo colectivo; faenas trazadas a retazos, luego de una porfía que, por machacona, acaba provocando el fastidio. 

Los públicos modernos, mal informados, argumentan: 

- ¡Pero si Manolete les hacía faena a todos los toros y a todos los toreaba por naturales y derechazos!... ¡Mentira!, volvemos a decir. 

Manolete, merced a su genio, acertó a suponer que situándose más cerca, obligaría a pasar a toros que, en otras condiciones, “antes de él”, no pasarían y serían tan solo materia de los trasteos de aliño, de las faenas por la cara. Pero cuando el astado decía francamente que no; cuando no existía el mínimo de posibilidades requerido, Manolete, como cualquier otro torero y más él que lo era en mayor grado que otros, apelaba también al toreo por la cara para cumplir su cometido. 

Ahora bien; al sobrevenir la innovación manoletista existían circunstancias que favorecieron su realización. España había salido apenas de una guerra que produjo una intensa sangría en su población y que originó la extinción de muchas de sus ganaderías bravas. Así, al ansia de diversión de toda etapa postbélica sumábase la carencia de toros con la edad y el peso adecuados. Se transigió, pues, en virtud de las circunstancias, con el novillo adelantado, escaso en años y en kilos. 

Y apareció también el afeitado sistemático. Y comenzó a hablarse del “hombre del saco”. 

Y, finalmente, quedó sembrada la simiente de lo que ahora cosechamos. 

Cinco lustros después... 

Hoy, a la vuelta de casi treinta años, asistimos, quizás, a la etapa preagónica del espectáculo taurino. Los toros son más chicos que nunca y también más faltos de fuerza que nunca lo fueron, en tal grado que la suerte de varas está a punto de desaparecer, por innecesaria. 

El descastamiento de los astados, producto del trasiego de sangres y la multiplicación de las vacadas, nos ofrece actualmente la penosa escena del utrero cebón, que dobla dulcemente los remos ante el primer lanzazo. 

Y esto, ¿cómo remediarlo? Porque también en España afrontaron a la fecha este problema. ¿Cómo, pues, refrescar y avivar la sangre de las ganaderías bravas, que mueren paulatinamente víctimas de un implacable linfatismo? 

¿Y cómo reinfundirle a la fiesta la emoción, piedra básica del espectáculo? 

Nos encontramos, pues, ante el grave riesgo de asistir, incapaces de remediarlo, al lento pero implacable derrumbamiento de la que se llamara la más bella de todas las fiestas; que, quizás, antes de morir, a semejanza del astro rey, nos regala con sus más bellos fulgores, si bien, desprovistos ya del calor que sólo da el mediodía... 

Lo ocurrido ayer 

El mano a mano de Joselito Huerta y Manolo Martínez, que se desarrolló ante un entradón formidable, fue en buena parte una copia de los festejos anteriores; seis bureles escasos en edad y respeto, unos en mayor grado que otros y dos toreros empeñados en eslabonar series de naturales y derechazos a cada uno de sus tres enemigos.”

Después de lo relatado por don Jesús, creo que huelga cualquier comentario. Hasta mañana.

sábado, 23 de abril de 2011

La Feria de San Marcos y su actual estructura a 40 años vista, VII

23 de abril de 1971: Baile de corrales, tedio y una oreja para Alfredo Leal

La tercera corrida de la feria de 1971 fue accidentada. El encierro de Javier Garfias fue rechazado por impresentable y de los toros que trajo para sustituir lo que envió de inicio, solo superaron el reconocimiento tres. Al final, se remendó el encierro con otros tantos de El Junco y si sumamos el de rejones que era de Suárez del Real, en la noche de ese 23 de abril, acabaron lidiándose toros de 3 hierros distintos. El problema fue, que no se le anunció a la poca concurrencia al festejo, ni el cambio en los toros a lidiar, ni la procedencia de lo que iba saliendo de toriles.

Así pues, poco para contar hay de la corrida. La versión de don Jesús Gómez Medina en El Sol del Centro, aparecida al día siguiente del festejo, es del tenor siguiente:

Tediosa y deslucida resultó la 3a de Feria 
Una ensalada de toros sin casta y sin bravura, estropeó el festejo 
Tras la fiesta de toreo grande en que el arte de Manolo Martínez convirtió a la corrida del jueves, la de ayer, en cambio, fue apenas un tibio remedo de la anterior. 
En ocasiones, inclusiva, la parodia degeneró en caricatura grotesca del espectáculo taurino, haciendo más rotundo el contraste con la brillante jornada de la víspera. Así ocurrió al comparecer el sexto, un astado con tipo y hechuras de buey, en el que los espectadores, que no los aficionados, creyeron encontrar un toro bravo. 
Esto nos lleva a considerar la importancia definitiva que tiene las buenas o malas condiciones de los bureles, para la brillantez o fracaso de un festejo. No en balde se llama éste – y se llamará mientras exista – corrida de TOROS; aunque el público actual, tan enemigo de ahondar en los problemas de la fiesta, menosprecia al astado, al que inclusive llega a olvidar, y no tiene ojos y atención, sino para el torero. 
Una desagradable ensalada cornuda 
A última hora, en atención a que la ganadería de Garfias no podía presentar un encierro decoroso, se hizo necesario completarlo con tres toros de El Junco, amén del de rejones, de Suárez del Real. Fue, pues, aquello, una ensalada cornupetil formada con ingredientes de mala calidad. 
Más censurable aún es hecho de que no se haya informado al público sobre la procedencia de cada astado. De esto, la culpa íntegra es de la autoridad; debió ésta exigir que, con el nombre y el número de cada toro, se anotase también el nombre de la vacada de donde procedía; mas está visto que tan respetable señor, a tono con la época de viajes interplanetarios por que atravesamos, continúa viviendo en la luna. 
Pero, en fin, olvidemos este pequeño detalle y concretémonos a considerar que está visto que, en el Coso San Marcos, es de todo punto inútil sugerir modificaciones que contribuyan a dar más brillantez y categoría al espectáculo. Quede todo como está, por los siglos de los siglos... 
Ahora bien, de los siete bureles lidiados, el de rejones fue más o menos manejable; los seis restantes, sosos, tirando a mansurrones. Los mejores, el primero de lidia ordinaria y el quinto; el peor, el último, manso a carta cabal. 
La corrida 
Poco hay que decir de ésta. Gastón Santos, ejecutor brillante del rejoneo a la portuguesa, lució ampliamente su habilidad y gallardía como jinete y clavó varios rejones y pares de banderillas entre ovaciones. Se adornó inclusive con la suerte de la rosa y, luego de un rejón de muerte, en su sitio, echó pie a tierra para terminar con la vida de su enemigo con habilidad y decisión. Palmas estruendosas y vuelta al ruedo. 
Alfredo Leal, con su primero, exhibió su buen estilo, su excelente planta torera. Muleta en mano, tras dos espectaculares pases por la espalda, a pie quieto, eslabonó tandas de templados y quietos derechazos y pases naturales; se adornó en diversas formas, con oportunidad y buen gusto, y concluyó con la vida de su enemigo mediante un pinchazo y la estocada. Ovación, oreja y la vuelta al ruedo de rigor... 
La entrada, la más floja de la Feria. Indudablemente los aficionados “olieron” lo que iba a ser la corrida...

Así pues y con todo en contra, Alfredo Leal, con su clase y su torería salvó del desastre un festejo que iba encaminado a ello, más que nada, por la falta de seriedad del ganadero titular, que no presentó el encierro adecuado a la categoría de la plaza y del festejo para el que había sido contratado y por los despropósitos de la Autoridad, que tampoco cumplió con su cometido, advirtiendo a la afición de los cambios sufridos en el programa inicialmente anunciado, pero eso, seguirá sucediendo per sécula. Hasta mañana en este mismo espacio.
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