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domingo, 31 de agosto de 2014

Detrás de un cartel (XI)

El cartel con historia
La historia detrás del cartel que hoy les presento tiene, a más de las propias de las de cada uno de los anuncios de festejos taurinos, una característica especial, pues la tarde del 2 de septiembre de 1945, en la Plaza de Las Ventas se reunieron para actuar dos novilleros mexicanos. No era, ni es frecuente ver en un mismo cartel a dos espadas extranjeros – de la misma nacionalidad – en plazas de España o México y en aquellos días en los que, apenas se reiniciaba el intercambio entre nuestras torerías, quizás era aún más complicado ver un festejo en esas condiciones.

La empresa madrileña anunció para ese domingo a los mexicanos Ricardo Balderas y Eduardo Liceaga, quienes harían cuarteta con Pedro de la Casa Morenito de Talavera y el debutante Manuel Perea Boni. El encierro a lidiar originalmente sería de doña Concepción de la Concha y Sierra, aunque el corrido en séptimo lugar fue devuelto a los corrales por su manifiesta debilidad y sustituido por uno de doña María Sánchez, de Terrones.

Los novillos lidiados

La relación que hace quien firma como El de Tanda, en la Hoja del Lunes del día siguiente al del festejo comienza por señalar con detalle el comportamiento del ganado que se lidió, en el sentido siguiente:
Lo mejor que queda de la ganadería de Concha y Sierra – diríase acaso con más exactitud que lo único – es la sonoridad eufónica del nombre, ¡Concha y Sierra! Pero de la buena casta que labró el prestigio de ese nombre, ¡ay!, queda ya muy poco... Y no es que los novillos de ayer fuesen tan malos como los de otras veces, pero tampoco tuvieron nada de buenos. Pues si bien es verdad que no adolecieron de invencibles dificultades ni de peligrosas condiciones, también lo es que ninguno embistió con franqueza, sino a medias arrancadas; que algunos de ellos gazapeaban por su falta de ganas de embestir, defecto tan molesto para los toreros, y que alguno, como el quinto, a más de mansurronear más de la cuenta, punteaba y achuchaba con ansias de coger. El de María Sánchez, de Terrones, que sustituyó al que salió al de Concha y Sierra que salió en séptimo lugar, fue pequeño, pero bravo y noble, aunque al final también se puso un tanto gazapón...
A partir de esos mimbres tendría que construirse el festejo, que redundó en el corte de una oreja para Eduardo Liceaga y en una aclamada actuación del debutante Boni, pero sin mucho más que contar.

Eduardo Liceaga

La actuación de Liceaga confirmaba lo que se había visto de él el domingo anterior, cuando se mostró como un torero conocedor de su oficio, poseedor de una gran clase y que impactaba a cuanta afición tenía la ocasión de verle en el ruedo. Manuel Sánchez del Arco, Giraldillo, en el ABC madrileño del 4 de septiembre de 1945 cuenta lo siguiente acerca de su actuación:
El que salió en tercer lugar para Eduardo Liceaga fue un toro trotón, que saltó la barrera. Cumplió con los caballos y el mejicano tomó las banderillas para, cuadrando muy bien, meter dos pares y medio a toro parado. Hubo palmas justificadas. Después de sufrir unas coladas y achuchones por el lado derecho, Liceaga, tan inteligente como fino artista, dominó y se situó en buen terreno, ligando unos pases, entre los que sobresalieron unos cambiados por delante, y el público se entusiasmó. Valeroso, con mucho aguante, debiéndose todo al esfuerzo del torero, Liceaga empalmó una gran faena que hizo vibrar al público. Entró con rectitud, uniéndose tanto en el embroque, que sufrió un pitonazo en la ingle derecha, con rotura de la taleguilla. Consiguió una gran estocada que echó a rodar al toro y le dieron la oreja, ovacionándosele con entusiasmo. Fue retirado el toro séptimo y salió un sobrero de Terrones. Liceaga lo toreó de capa, con mucho arte y en quites él y Balderas fueron aplaudidos. Tomó las banderillas Eduardo y cambió un gran par. Cuarteó bien el segundo, y luego, con una guapeza extraordinaria, dejando llegar al toro, que entraba al paso y dudando, y además con la cabeza descompuesta, quebró formidablemente. La gente se puso en pie y ovacionó a Liceaga largamente. En este ambiente favorable, brindó la faena al público y la abrió con tres pases de rodillas aguantando mucho. Fue arrollado al fin y el mejicano supo hacerse el quite con la muleta. Luego realizó una faena en tres partes, muy lucida, entre ovaciones constantes, destacando adornos y toreo al natural. Al encuentro, mató de media estocada perpendicular. Hubo ovación y vuelta al ruedo...
Por su parte, Benjamín Bentura, Barico, en El Ruedo del 6 de septiembre siguiente al festejo, por su parte, reflexiona lo que sigue:
En nuestro comentario de la pasada semana dimos la opinión que merecía el mejicano Eduardo Liceaga. Seguimos creyendo lo mismo. Liceaga es un gran novillero. Nos gustó más en el primer novillo, un bicho de Concha y Sierra al que había que torear muy bien, que en el becerrillo de Terrones que comprometió muchas veces a Liceaga. Este bicho era, si se le hubiera dado la lidia adecuada, para armar un alboroto; pero se le toreó inadecuadamente, y por ello no dio reposo al matador, que anduvo en muchos momentos, aunque en todos valiente. En el tercero, Liceaga convenció al público. Mereció la oreja. Sigue, pues, en alto el pabellón de Eduardo Liceaga...
Ricardo Balderas

Por su parte, Ricardo Balderas sufrió las consecuencias de la mansedumbre del ganado andaluz y solamente pudo dejar constancia de su oficio, según leemos de la opinión de El de Tanda:
Balderas se mostró decidido y enterado, principalmente en su segundo novillo. A este le corrió muy bien la mano en algunos pases en redondo y lo despachó de una estocada contraria, entrando con ganas de matar. Se le aplaudió. También arrancó fuertes aplausos en un quite de frente por detrás al novillo de Terrones…
En su apuntada crónica, Giraldillo le vio así:
Ricardo Balderas halló primeramente un torillo con “leña” en la cabeza, que punteaba. Cuando se apretaba en un precioso quite por chicuelinas, fue enganchado y quedó prendido unos instantes. Cuando el mejicano se zafó, remató con valiente vistosidad y fue aplaudido. El animal que se quedaba y corneaba mucho, no permitió faena. Hubo unos medios pases y Balderas lo despachó de media estocada al encuentro. El segundo suyo, que era un toro, saltó la valla por el tendido 9 y produjo pánico entre los mozos de estoque y toreros que por allí descansan. Pegaron fuerte a este toro en tres puyazos y vino a parar en probón. Balderas toreó, primero por delante y luego se ajustó con el bicho en unos pases superiores, muy de torero, rematados con arte y mató de una estocada buena. Hubo palmas y saludos…
En una versión más colorida y de conjunto, Alfredo Marquerie, en el ejemplar de El Ruedo ya mencionado, menciona lo siguiente en su sección titulada Banderillas de fuego:
Balderas es un torero, grande de tamaño, dominador y seguro. No tuvo suerte con el lote de “lisiados” pero en todo momento pisó fuerte en la plaza, con pisada maciza, de las que conmueven los cimientos... Liceaga, que tiene nombre de médico (fíjense qué bien suena: ¡doctor Liceaga al teléfono!), fue el torero fino y valiente de otras veces y además nos dio un susto tremendo cuando una cornada le rasgó la taleguilla y el pedazo arrancado cayó como un cuajarón...
Detrás del cartel

Detrás del cartel, la nota manuscrita
acerca de las cuadrillas que actuaron
El hecho es que materialmente, el cartel cuya historia hoy les presento, tiene una anotación manuscrita – debo creer que lo hizo su primer poseedor – con relación a las cuadrillas que actuaron esa tarde. 

Los picadores anunciados eran los siguientes: José de la Haba (Zurito) y Antonio Hidalgo (Patricio); Rafael Barrera (Barrerita) y Valentín Alcázar (Moyano); Antonio Marín (Farnesio) y Francisco Caro; Francisco Zaragoza (Trueno) y Luis Gómez (Paje). Picadores de reserva: José Toribio (El Banquero), Gregorio Oter (Goyito) y León Villa (Villita).

Y los banderilleros: Francisco Serrano, Emilio Ortega (Orteguita) y Rafael de la Casa; Agustín Quintana, Vicente Cárdenas (Maera de Méjico) y Agustín Díaz; Manuel Fuentes Bejarano, José Villalón y Antonio González; Faustino Vigiola (Torquito), Isidro Ballesteros y Ángel Iglesias.

Pues bien, la anotación a la que hago referencia tiene que ver con una circunstancia de la que no se ocuparía ni la más minuciosa de las crónicas y es en el sentido siguiente:
En sustitución de los picadores Moyano, Trueno, Paje,  Banquero, Goyito y Villita, actuaron José Atienza, Francisco Vázquez (Payán), Manuel Silvestre (Salitas), Floro Atienza, Antonio Sampedro (Artillero II) y Vicente Llorente. Autorizado José del Campo. En lugar de los banderilleros Serrano, La Casa, González y Ángel Iglesias, actuaron José Paradas, Mariano Moreno (Chavito), Cayetano Leal (Pepe Hillo) y Manuel Iglesias.
Ricardo Balderas recibiría la alternativa el 8 de septiembre de 1946 en Bayona, de manos de Fermín Rivera y actuando como testigo Calesero. Eduardo Liceaga moriría a causa de la cornada que le infiriera el novillo Jaranero de Concha y Sierra en la plaza gaditana de San Roque el 18 de agosto de 1946, unas semanas antes de su proyectada alternativa en la Feria de San Miguel en Sevilla.

Así queda completa la historia – materialmente – detrás de este singular cartel, que representa una de 15 tardes en las que dos toreros mexicanos se vieron anunciados el mismo día en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid, asunto del que ya me he ocupado en esta Aldea en este otro lugar.

domingo, 26 de agosto de 2012

En el Centenario de José Alameda (VIII)

Alameda antes de Alameda (VII)

Eduardo Liceaga, 1944
Foto: Luis Reynoso
La crónica que he seleccionado para esta ocasión tiene a mi juicio doble interés. Primero, porque procede de aquella primera etapa en la que el que pasaría a la posteridad como José Alameda, suscribía sus escritos como Carlos Fernández Valdemoro y en segundo término, porque relata la presentación ante la afición de la capital mexicana de un torero que hizo concebir grandes esperanzas a la afición de ambos lados del Atlántico y que perdiendo la vida en el ruedo, dejara truncadas las esperanzas propias y las de aquellos que vieron en él a un grande de los ruedos.

Me refiero a Eduardo Liceaga Maciel, hermano menor de David y de Mauro, ambos matadores de toros, aunque el último destacara más como hombre de plata. Eduardo Liceaga fue torero por una real vocación, porque en su familia, se esperaba y se deseaba que estudiara y siguiera los pasos de un distinguido familiar suyo, fundador del Hospital General de México, el doctor Eduardo Liceaga. Sin embargo, a este Eduardo le atrajo más la carrera de sus hermanos mayores y se decantó por ser torero y así, para el domingo 6 de agosto de 1944 fue acartelado con Nacho Pérez y Tacho Campos para lidiar un encierro tlaxcalteca de Rancho Seco.

La versión de esos hechos publicada por el joven Alameda en el número 90 del semanario La Lidia, que salió a la venta en la Ciudad de México el 11 de agosto de 1944 es la siguiente:

Presentación y triunfo de Eduardo Liceaga 
El aficionado que tiene cierta experiencia no lleva nunca demasiadas esperanzas en su camino hacia la plaza, cuando el cartel le ha advertido que serán de la vacada de Rancho Seco las reses destinadas a la lidia. Sin duda por eso, el domingo pasado nadie se llamó a engaño. Y, si bien es verdad que la insignificancia física y temperamental de algunos de los astados – de casi todos ellos, para ser más veraz – excedía los límites de cualquier resignación previa por parte del aficionado, no fueron objeto los torillos de Rancho Seco de la repulsa que ciertamente merecían. Acaso porque la lluvia, torrencial en ocasiones, contribuyó a disimular la escasez de fuerzas de los becerros de don Carlos Hernández. Más bien que de Rancho Seco parecían de rancho mojado y aún de rancho encogido por la mojadura. Pero, cuando sus manos se doblaban y daban con el belfo en la arena, el público creía que aquello era un accidente natural, producido por la humedad del ruedo, que se había convertido en resbaladizo limo. Y así fue como la lluvia, que perjudicó a los toreros, contribuyó en parte a ocultar y disimular la insuficiencia de los toros, que en otra tarde menos inclemente hubiera acarreado justas protestas, pues entonces nadie hubiera podido suponer que resbalaban en un rayo de sol. Sin embargo, cuando el sexto novillito se entregó al descanso, con descaro absoluto y olvido manifiesto de sus más elementales deberes de toro de lidia, el público cayó en la cuenta de que no había sido el exceso de humedad, sino el defecto de energías de toda índole lo que había motivado en los anteriores aquella propensión a hermanarse humildemente con la tierra. Destruida por tal evidencia la anterior suposición benévola, fue el crédito de la vacada el que sufrió el gran tumbo y el público salió de la plaza sin ganas de ver más novillos de Rancho Mojado, ni aún en día seco. 
Para dejar peor a aquellos becerros – que tan baldíamente intentó el ganadero que pasasen por novillos – se corrió en séptimo lugar un toro de San Diego de los Padres, fino, bien criado, bravo y noble, al que le pegaron implacablemente, en lo alto y en lo bajo ambos “Barana”, padre e hijo. Fue la presencia de este toro en el ruedo la peor humillación que pudo inferirse a aquellos becerros. 
Solo al esfuerzo de los toreros se debió lo que en la corrida hubo de lucido, de interesante para el aficionado. El valor y la decisión de Nacho Pérez – malherido por el cuarto –; la picardía, mezclada de buen arte, de Tacho Campos; y el valor, la habilidad y la comprensión del toreo de Eduardo Liceaga evitaron que la novillada se redujese en nuestra memoria a un largo bostezo bajo la lluvia. 
Emerge en el recuerdo – de entre las aguas grises y el gris desaliento – la figura adolescente de Eduardo Liceaga, un chiquillo moreno, mimbreño, que parece andaluz y que anda por el ruedo con una sencillez y una tranquilidad muy pocas veces vista en un principiante. Ane la habilidad con la que ejerce su profesión de torero, no pude por menos acordarme de aquél Fermín Espinosa, que hace quince años maravillaba, haciéndonos creer que le costaba menos trabajo andar por la plaza que por la calle.  
Creo innecesario advertir que en este recuerdo no va implícita ninguna profecía para Liceaga, pues la misión del cronista consiste en hablar de lo ya sucedido y no en adivinar lo que ha de suceder como algunos genios creen. Lo que yo quiero señalar es que la característica fundamental de Eduardo Liceaga es la facilidad. Se trata de un muchacho que entiende el toreo, que encuentra en todo momento el recurso que le permite salir airoso de un trance que apuraría a otros. Recordando mi crónica de hace ocho días, en la que definí a Tacho Campos como el “Torero del Sí y el No”, diré que Eduardo Liceaga es todo lo contrario. Es el torero que sabe que el “sí” y el “no” están implícitos en todas las cosas de la vida taurina y que esta es muy relativa. Plenamente convencido de que el toro, el público y el arte mismo tienen sus más y sus menos, Liceaga procura no perder nunca de vista el sube y baja de la marea de la lidia y no hay ola que lo agarre desprevenido. 
El público quedó sorprendido por la facilidad, el valor y el dominio de Eduardo y se le entregó desde el primer instante. Toreó el debutante muy bien con el capote a su primero, tanto por verónicas como por chicuelinas y escuchó una ovación clamorosa. Sin embargo, lo mejor que hizo en el primer tercio fue una verónica que dio al sexto y en la que, firme e inmóvil sobre sus plantas ligeramente abiertas, se pasó todo el novillo por delante, con temple y sabor, demostrando así que de su precocidad técnica no está excluida sistemáticamente la inspiración. 
Sus dos faenas de muleta fueron absolutamente adecuadas a las condiciones de los novillos. Y Eduardo se fue adaptando además, con intuición sorprendente a los cambios que sufrían durante ellas. Así lo vimos en el momento en que el tercero de la tarde, tras de varios muletazos de pecho, de la firma y de trinchera, se le quedó de pronto en el centro de la suerte. Eduardo no se desconcertó, sino que le dio un medio pase que se convirtió en molinete, dejando la cara del toro en el momento preciso, para salir en airoso paseo y regresar frente al enemigo sabiendo ya que había que contar con una embestida más corta. Lo mató además con mucha habilidad, porque también es fácil y seguro con la espada. Y dio dos vueltas al ruedo, en premio a su valor y a su maestría. 
Con el sexto estuvo aún mejor. Porque el toro tenía muy poca fuerza y había que tirar de él, había que consentirlo más que al otro: Eduardo se enteró muy bien de eso, porque – ya lo he dicho –, tiene una inteligencia torera muy despierta. Y como además cuenta con recursos técnicos para servirla, la breve faena que hizo fue absolutamente propia del caso. Como en su primero, le bastó con media estocada. Y el público volvió a mostrarle su complacencia obligándole de nuevo a dar la vuelta al ruedo.
El éxito de Liceaga no fue algo circunstancial, sino el resultado de una evidente capacidad para el ejercicio de su profesión. No es aventurado, por consiguiente, augurarle una rápida carrera. 
A Nacho Pérez, que tiene un corazón bien templado, lo persiguió la suerte, que le resultó adversa en todo. Pero él no se dejó vencer y se fue herido, pero no fracasado.
Le correspondió el mejor novillo de la tarde, el primero y Nacho lo toreó muy ceñido por verónicas y se adornó después, en el primer quite, con chicuelinas antiguas, airosas y reposadas. Ocioso es decir que se le ovacionó con entusiasmo.  
Pero, al mismo tiempo que la primera ovación, se desencadenó el aguacero. Fue tan violento que el ruedo quedó hecho un barrizal en pocos instantes. Nacho pudo decir, parodiando la frase histórica, que él no había venido a luchar contra los elementos; no lo hizo, sino que, por lo contrario, se puso a luchar, y entre el aguacero y sobre el barro muleteó al de Rancho Seco, dándole superiores pases por alto y en redondo. Lo mató de una estocada un poco trasera y otra en todo lo alto, entrando las dos veces por derecho. Y en esa forma venció a los elementos y al toro, y convenció al público que le tributó una ovación y le hizo saludar desde los medios. 
Con el cuarto se ciñó tanto al torearlo por verónicas a pies juntos, que en el tercer lance quedó prendido del pitón izquierdo. No se sabe si, en realidad, lo cogió el toro, o si se cogió él solo. ¡Tan cerca toreó! Se lo llevaron a la enfermería con una cornada en el muslo izquierdo. Triunfador contra la adversidad, Nacho cuenta con la simpatía de todo el público. Y la merece sobradamente por su animoso esfuerzo de pundonoroso. 
En cambio, Tacho Campos no ha oído hablar del pundonor. Y lo desconoce en absoluto. Él confía en su arte y nada más. Por eso, se limitó a quitarse de delante al segundo novillo, que le correspondía normalmente, y al cuarto, que mató en sustitución de Nacho Pérez. Y fue el quinto el elegido por Tacho para reivindicarse. Acaso lo hiciera por aquello de “que no hay quinto malo”. Pero como esa frase ya no tiene razón de ser desde que se instauró el sorteo y el ganadero dejó de enviar en quinto lugar el toro de mejor nota, resultó que ese novillo solo fue bueno a medias. Exactamente a medias, porque embestía bien por el lado izquierdo, y en cambio achuchaba en forma pavorosa por el derecho. 
Tacho Campos, que se entera muy bien de las cosas, le paró por el lado bueno y se defendió por el otro. Le anotamos en el primer tercio dos verónicas lentas y templadas, una de ellas con el raro señorío que Tacho imprime a su toreo en cuanto se confía. Pero ahí terminó la cosa. Con la muleta, logró magníficos pases de costado y por alto, manteniéndose siempre gallardo y reposado, como cumple a quien no hace concesiones al efectismo y torea bien o prefiere no torear de ninguna manera. Corrió varias veces la mano en pases naturales, pero el novillo que, aún embistiendo derecho por ese lado, lo hacía “reunido”, no le ayudó a lograr el ritmo impecable que caracteriza el arte de Tacho. Volvió éste a los pases por alto y logró algunos extraordinarios, seguidos de otros en los que giró en el mismo sentido del viaje del toro, con gracia y suavidad. El público le ovacionó durante la faena, pero los entusiasmos se enfriaron cuando Tacho, continuamente amenazado por el pitón derecho del novillo, que achuchaba cada vez más peligrosamente, se vio obligado a pinchar sin lucimiento.
En séptimo lugar se presentó José Ortega, a quien le echaron un toro fino, bravo y noble de San Diego de los Padres. El combate fue desigual, porque aquello era mucho toro para tan poco torero. Sin embargo, Ortega no perdió la serenidad y, como el astado embestía dócilmente, salió incólume del encuentro. Es un joven de prolongada figura, andares extravagantes y tranquilidad indiscutible. Acaso cuando practique pueda ser torero. Pero su presentación en la primera plaza de América nos pareció a todos un poco prematura. Por lo menos le faltan tres años de aprendizaje. 
¿Por qué insistirá Joaquín Guerra – que, por otra parte, lo está haciendo tan bien como empresario – en permitir estos apéndices a las novilladas? Realmente, no agregan a ellas ningún aliciente y, en cambio, les quitan seriedad.  

Eduardo Liceaga visto por Antonio Ximénez
La ilusión provocada en la afición y en la crónica por Eduardo Liceaga duraría dos años y unos días más. El torero murió en el Hospital Militar de Algeciras el 18 de agosto de 1946 tras de haber sido herido ese mismo día en la plaza gaditana de San Roque donde toreaba novillos de doña Concepción de la Concha y Sierra alternando con Julio Pérez Vito y Antonio Chaves Flores. El primero de la tarde, llamado Jaranero, número 93, de pelo cárdeno le hirió durante la faena de muleta, al intentar un pase de costadillo. El parte facultativo es el siguiente:

A las 21 horas de ayer ingresó en este Hospital el diestro Eduardo Liceaga, el que, según manifestaciones del mismo y de sus acompañantes, fue herido por un toro en la plaza de San Roque, donde fue curado de primera intención. El diestro sufre una herida de asta de toro en la región perineal, penetrante en pelvis que produce grandes destrozos, rotura de plexon, gran hemorragia y shock traumático de carácter gravísimo, falleciendo en el Hospital una hora después, sin salir de dicho shock, a consecuencia de las heridas sufridas.

Otra apreciación de Eduardo Liceaga por
Antonio Ximénez
Un reportaje sobre la herida y muerte de Eduardo Liceaga, lo pueden encontrar en el ABC de Sevilla del 20 de agosto de 1946, en esta ubicación.

Como pueden ver, el valor de la crónica es singular y vale la pena recordarla, sobre todo si consideramos que hace unos días se cumplió el sexagésimo sexto aniversario del óbito del torero mexicano.

Espero la encuentren de interés.

lunes, 15 de junio de 2009

Para no perder el hilo... Novilleros mexicanos que han cortado orejas en Las Ventas (1935-2009)

Apenas el pasado jueves ponía aquí el antecedente de esta entrada y cubría las seis décadas anteriores al festejo madrileño del Corpus. Al acometer la búsqueda de los datos de la intervención que antecede a esta, pensé que al tiempo, podría entresacar los datos que revelaran quienes entre todos los novilleros mexicanos que han actuado en la Plaza de Las Ventas, han cortado orejas allí.

Es así que me encontré con datos históricos muy interesantes, como los que dejan ver que los tres integrantes de la dinastía Liceaga que actuaron en ese escenario, salieron al menos, con una oreja en la mano; que la saga de los Solórzano se mantuvo triunfadora en la Plaza de la Carretera de Aragón y también en la nueva de Las Ventas y que son tres los novilleros de Aguascalientes que han obtenido un trofeo tras de sus actuaciones novilleriles allí.

Así pues, sin más prolegómenos, paso a presentar, ahora sí creo que completa, la relación de los novilleros mexicanos que han obtenido alguna oreja en la principal plaza de toros del mundo.

1935. – Las primeras orejas para los novilleros mexicanos en la nueva plaza madrileña se dieron en esta que resulta ser su primera temporada regular. Es Eduardo Solórzano quien abre este apartado de la historia la tarde del 7 de abril, cuando en la lidia de novillos de Villarroel, alternó con Antoñete Iglesias y José Vera Niño del Barrio. Poco más de seis meses después, el 27 de octubre, será Jesús González El Indio, que formó cartel con Miguel Cirujeda y Ricardo González Navas para enfrentar 3 novillos de Juan Terrones y 3 de Ricardo Ayala, el que salga con un apéndice en la mano.

1945. – Abre el año Antonio Toscano que anunciado con Manolo Navarro y Luis Álvarez Andaluz Chico, obtiene una oreja de los novillos de José María Soto que le tocaron en suerte. El malogrado Eduardo Liceaga hará lo propio los días 26 de agosto y 2 de septiembre; la primera tarde alternó con Rafael Llorente y Andaluz Chico en la lidia de novillos de Garro y Díaz Guerra y en la segunda, con Morenito de Talavera Chico, Ricardo Balderas y Manuel Perea Boni con 7 novillos de Concha y Sierra y 1 de Sánchez de Terrones. Cierra la cuenta de este año Paco Rodríguez, quien partió plaza el 16 de septiembre con Rafael González Machaquito y Alberto García El Soldado, amén del rejoneador Francisco Murteira Correia, para enfrentar 5 novillos de Claudio Moura, 1 de Sánchez Fabrés y 1 de Demetrio Fraile.

1946. – El 24 de marzo, acartelado con Dionisio Rodríguez y Manuel Perea Boni, Paco Rodríguez obtuvo de nueva cuenta una oreja, en esta oportunidad de los novillos de María Sánchez de Terrones corridos en la fecha.

1951. – Anselmo Liceaga será el personaje de este año, pues los días 29 de abril y 9 de agosto saldrá con una oreja en el esportón. La primera tarde enfrentó novillos de Alicio Tabernero junto a Juan Bienvenida y Dámaso Gómez y la segunda, alternó con Dámaso Gómez y Enrique Vera en la lidia de novillos de Garro y Díaz Guerra.

1952. – El 6 de abril de 1952 se anunciaron novillos de Manuel Arranz para Manuel Navarro Navarrito, Joselito Torres y el mexicano Manolo Márquez, quien cortó una oreja a los toros de su lote, alzándose como triunfador esa tarde.

1953. – Será otro torero de sino trágico, Miguel Ángel García, quien salga con una oreja en las manos el 4 de octubre, cuando para lidiar novillos de Prieto de la Cal, alternó con Joselito Álvarez y Félix Saugar Pirri.

1954. – Abre la cuenta de este calendario Raúl Iglesias, quien el 28 de marzo, acartelado con Paco Ruiz y Raúl Carbonell, obtiene una oreja de los novillos de Molero Hermanos (4) y Juan Sánchez Valverde (2) lidiados en la fecha. El mediático Jaime Bravo será el segundo triunfador mexicano del año, cuando acompañado de Victoriano Posada y Manuel del Pozo Rayito, lidió un encierro de doña Eusebia Galache y cierra el ciclo Miguel Ángel García, que cortó dos orejas a los novillos del Marqués de Villagodio que lidió en cartel que formó con Antonio Vázquez y Luis Parra Parrita.

1956. – El mazatleco José Ramón Tirado cortó orejas en tres tardes consecutivas, los días 8, 12 y 15 de julio. En la primera, lo hizo a un novillo de Atanasio Fernández, cuando alternaba con el zaragozano Fermín Murillo y Paco Pita; la segunda, alternando con Pepe Cáceres y Victoriano Valencia, se llevó otra oreja de un novillo de la misma procedencia. En la tercera, abrió la puerta grande al llevarse dos orejas de su segundo novillo de Garro y Díaz Guerra, cuando alternaba con Juan Jiménez El Trianero y el colombiano Pepe Cáceres otra vez.

1962. – Para los nuestros comienza el 29 de junio, cuando el regiomontano Fernando de la Peña se lleva la oreja del tercero de la tarde, de Ana Peña, siendo sus compañeros de cartel Antonio León y José Luis Barrero y el 26 de agosto Óscar Realme, que alternaba con Rafael Montero Rafaelete y Pepe Mata, obtiene la oreja de su primer novillo, que llevaba el legendario hierro de don Manuel García Aleas.

1963. – Es de nueva cuenta Fernando de la Peña quien abre la senda de los triunfos, cuando se lleva una oreja de un novillo del Marqués de Albaserrada el día 1º de mayo, acartelado con Antonio Medina y Efraín Girón. Posteriormente el 1º de septiembre, Mauro Liceaga quien alternaba con Francisco Raigón y José Ortas, se lleva una oreja de un novillo de Samuel Flores.

1964. – El acapulqueño Antonio Sánchez Porteño, abre la Puerta Grande el día 31 de mayo, cuando se lleva dos orejas de su primer novillo del Marqués de Albayda, en tarde que alternó con José Luis Barrero y Antonio Sánchez Fuentes. Es el único que asegundó el logró de Miguel Ángel García y José Ramón Tirado de casi una década antes.

Es el mismo 1964 y el día 19 de julio, el hidrocálido Jesús Delgadillo El Estudiante, corta una oreja a un novillo de Luis Frías Piqueras, cuando hizo terna con Eduardo Ordóñez y José González Copano.


1966. – Es el hijo de El Rey del Temple, Jesús Solórzano Pesado, quien continúa con esta relación de triunfos, al obtener la oreja del tercero de la tarde de Sotillo Gutiérrez, cuando formaba cartel con Manuel Linares y José Ramón Lafuente el 18 de julio de ese calendario.

1977. – El torero de la colonia La Joya, José Luis Ortega, logrará en dos domingos seguidos la hazaña y así, en su presentación, el 4 de septiembre, cuando se acarteló con Eladio Peralvo y Pedro Somolinos, se llevó la oreja del sobrero de El Jaral de la Mira que cerró plaza y a los siete días exactos, se volvió a llevar otra, ahora del quinto de los Hermanos García Romero, que lidió en unión de Manolo Sales y Pepe Luis Chaves.

2000. – Veintitrés años pasaron entre la anterior oreja y la siguiente, que correspondió al tapatío Antonio Bricio, que integrando terna con Luis Vilches y Torres López, el día 21 de julio, obtuvo la oreja del tercero de la tarde de la ganadería debutante de Román Sorando.

2007. – Domingo 16 de septiembre, día de la Independencia Nacional. Octavio García El Payo, corta una oreja al cuarto de la tarde de la ganadería de Hermanos Torres Gallego, cuando alternaba con Alberto Lamelas y Salvador García.

2008. – El domingo 6 de abril, el novillero de Aguascalientes, Mario Aguilar, corta la oreja al sexto de Martelilla, en tarde que formó cartel con Agustín de Espartinas y Eliseo Gallardo. Este trofeo fue el primero de la temporada en la Plaza de Las Ventas y el segundo para un diestro hidrocálido de este escalafón en este periodo de tiempo.

2009. – Jueves 11 de junio, Festividad del Corpus. Arturo Saldívar, de Aguascalientes, que entró al cartel en sustitución del originalmente anunciado José Manuel Más, corta la oreja al cuarto de los novillos de Hermanos Torres Gallego, en tarde que actuó junto a Francisco Pajares y Ernesto Javier Tapia Calita, en un curioso cartel en el que dos novilleros mexicanos se conjuntaron en un mismo cartel en la principal plaza de toros del mundo, hecho que sucede en Las Ventas por décimosegunda ocasión.

En total son veintidós los compatriotas que han cortado orejas en Madrid en el último medio siglo. Solamente Miguel Ángel García, José Ramón Tirado y Porteño consiguieron abrir la Puerta Grande y los que lograron repetir su hazaña con más de una tarde cortando apéndices, son Eduardo Liceaga, Paco Rodríguez, Anselmo Liceaga, Miguel Ángel García, José Ramón Tirado, Fernando de la Peña y el capitalino José Luis Ortega.

Debo destacar que los tres últimos triunfadores son producto del proyecto de formación taurina “Tauromagia” iniciado en México por un grupo de taurinos que integraron entre otros Enrique Martín Arranz, Carlos Neila, Julio Esponda, Manuel Villalvazo Baz, Juan Cubero, Alberto Elvira y otros destacados personajes de la fiesta de aquí y de allá que vinieron a México a buscar talento que formar para destacar en los ruedos.

Por último, también recalco que las dos últimas orejas cortadas por novilleros mexicanos en Madrid, fueron concedidas a dos toreros de Aguascalientes, orgullosamente hidrocálidos, quizás llamados a tomar el testigo dejado por otros toreros de esta tierra que tuvieron vocación y carácter de figuras del toreo como Rafael Rodríguez “El Volcán de Aguascalientes” o Miguel Espinosa “Armillita Chico” y llevar por lo alto el nombre de su tierra por los ruedos de La Aldea de Tauro.
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