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domingo, 7 de julio de 2013

Relecturas de Verano IV: Ignacio Sánchez Mejías. Sobre Tauromaquia

Uno de los argumentos más manidos de los que se oponen a la Fiesta de los Toros consiste en intentar negar el valor cultural que tiene. No hay espacio para la duda en cuanto al hecho de que en torno a las cosas de los toros, muchas y muy variadas expresiones culturales se han tejido. Pero aún crece esa vertiente cultural cuando los propios actores de la Fiesta son quienes aportan a esas manifestaciones su visión desde dentro.

Las expresiones literarias de Ignacio Sánchez Mejías parecen hacerse públicas poco tiempo después de su primera retirada de los ruedos en 1922. Aunque solo un año dejará los redondeles, para actuar sin interrupciones hasta 1927, año en el que se mete de lleno, ahora sí, a las cuestiones literarias. Paco Aguado  refiere así esta dedicación a la literatura y la conjunción de Ignacio con la Generación del 27:

Sánchez Mejías fue un humanista, un hombre que mezcló en una sola persona acción y pensamiento y al que la gran Literatura le debe la iniciativa de convocar, congregar y aglutinar a los entonces incomprendidos e inadaptados poetas de la que llamarían Generación del 27. Si Belmonte se puso a la sombra de los consagrados, Ignacio apostó por los malditos en aquella reunión en el Ateneo de Sevilla y la posterior fiesta en su finca de Pino Montano. Su amigo Federico, a quien salvó de la depresión de poeta en Nueva York, se lo pagó con creces escribiendo el epitafio más hermoso que nunca pudo tener un torero. Fue aquel llanto por una muerte que le tenía obsesionado desde la tragedia de Talavera y que los gitanos, como la de Joselito o la de Granero, hacía tiempo que venían oliendo. Porque, volviendo de nuevo a Luján, durante veinte años, se salvó de ella emborrachándola con su propia sangre a cada cornada feroz que recibía, y siempre se libró por milagro...

Entre los incomprendidos a los que se refiere Paco Aguado, se encontraban Rafael Alberti, José Bergamín, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda y Federico García Lorca y a partir de ellos, organiza en Sevilla las conmemoraciones del tercer centenario de la muerte de Góngora, las que tienen lugar el 11 de diciembre de 1927. Después, preparará Las Calles de Cádiz, para reivindicar la pureza y la autenticidad del flamenco y del cante jondo. Las Calles de Cádiz se presentó en el Teatro Español de Madrid el 14 de octubre de 1933 y en él participarán Encarnación López La Argentinita y los bailaores gaditanos Rafael Ortega, La Macarrona, La Malena y La Fernanda, ésta última compañera de cartel de La Gabriela y de La Mejorana en el café sevillano del Burrero.

Es también en 1929 cuando pronuncia su célebre conferencia en la Universidad de Columbia en Nueva York y cuando comienza a publicar artículos de opinión en El Heraldo de Madrid, sobre cosas de toros, pero también, abordando temas complicados como los relativos a la censura a la que oficialmente estaba sujeta la prensa de su época.

Posteriormente abordará también la crítica y la crónica taurinas en el diario sevillano La Unión, en el que contaba a la afición su punto de vista sobre las corridas que toreaba en esos días, llegando incluso a cuestionar con profundidad y calidad de argumentos, la actuación de quienes presidían las corridas en las que él actuaba, mismas que por lo regular eran el objeto de sus narraciones.

Sánchez Mejías, el escritor

El profesor de la Universidad de Sevilla, Juan Carlos Gil González, novillero en su día – Carlos de la Serena fue su alias artístico – es quien estudia a detalle los escritos periodísticos de Sánchez Mejías y hace una interesantísima selección de ellos, de manera tal que pueden cubrir las distintas temáticas que el torero abordaba en esas comunicaciones. Sobre ellas señala el profesor Gil:

…se observa con meridiana claridad su tozuda defensa de la libertad y la fecundidad aplastante de sus reflexiones sociopolíticas. Y algo más, suficientemente inusual como para ser recordado tras el paso de su historia: la decencia de su postura inalterable ante las dictaduras de la pluma periodística al servicio de intereses espurios era una actitud vital. Que se sepa, Ignacio Sánchez Mejías jamás coqueteó con los filibusteros del periodismo para ganarse su favor con fraude de ley. Al contrario, pudo exhibir sin complejos una decencia poco usual en su gremio, muy dado a dejar en manos de terceros sin escrúpulos la fontanería de los bajos fondos. Su aventura de intentar combatir de frente los hechos injustos no mordió su prestigió taurino aunque sí le generó un sinfín de enemistades…

La recta personalidad de Ignacio Sánchez Mejías se mantuvo inalterada aún en los medios literario y periodístico. Igual se condujo delante de los toros, que en los despachos de los empresarios – recuérdese el veto al que fue sometido en 1925 –, como ante los círculos gobernantes del llamado cuarto poder y quizás fuera por ello, que luchara contra esa censura existente de manera oficial en los días en los que publicaba sus pensamientos en los diarios españoles.

El libro

Juan Carlos Gil González reúne en la obra una interesante variedad de textos y prepara el terreno al lector con un minucioso estudio previo. Se incluyen en él dos conferencias. La primera seguramente es – por su temática – la que pronunció en la Universidad de Columbia y hay una segunda dedicada al análisis de los encastes del toro de lidia. Particularmente destacaré un tríptico dedicado a lo que hoy llamamos la defensa de la fiesta, en el que de manera inteligente y por demás amena, aborda el caso de las llamadas sociedades protectoras de animales, mismas que he transcrito en esta misma bitácora y que pueden consultar en estas tres ubicaciones: 1, 2 3.

La publicación de Sobre Tauromaquia, es una especie de continuación del rescate de la obra del torero – literato, dado que unos meses antes, la propia Editorial Berenice sacó a la luz una novela inédita de Sánchez Mejías titulada La Amargura del Triunfo, obra acerca de la que Andrés Amorós considera lo siguiente:

…un retrato prototípico del ascenso y desengaño de un torero, con claves y un trasfondo muy originales debido a las manos, de sobra autorizadas, de las que procede… un verdadero hallazgo literario, por tratarse de un personaje tan importante en la literatura y la cultura española…

La colección recopilada y analizada por el profesor Juan Carlos Gil se formó con materiales procedentes del archivo de la familia del torero y con una concienzuda revisión hemerotecas y se centra principalmente en el ambiente de la fiesta, el campo y – como lo señalaba antes – en la defensa de la Fiesta de los toros. Algunos de los textos seleccionados por el profesor Gil eran inéditos y otros muchos resultaban desconocidos, por estar en las profundidades de las hemerotecas.

Más como en relecturas anteriores, detengo aquí la explicación sobre el contenido de la obra, con la idea de invitarles a su lectura, a descubrir en sus páginas el rigor y la inteligencia con la que Ignacio Sánchez Mejías trataba – sobre todo – los temas de esta Fiesta. Agrego mi acostumbrada coletilla, en el sentido de que no me parece justo el descubrir el total de la obra, pues eso creo que va en detrimento de la posibilidad de que sea leída, lo que contraría la intención de todo autor. 

Sobre Tauromaquia se presentó en Sevilla el 15 de diciembre de 2010 y fue comentado por Antonio García Barbeito, Juan Carlos Gil González y David González Romero.

Referencia Bibliográfica: Sobre Tauromaquia. Obra periodística, conferencias y entrevistas. – Ignacio Sánchez MejíasJuan Carlos Gil González (selección de textos, edición y estudio previo). – Editorial Berenice. – 1ª edición, Sevilla, 2010, 232 páginas, con ilustraciones en blanco y negro. – ISBN 978 – 84 – 92417 – 48 – 3. 

Nota aclaratoria: Esta imagen, que sirve para ilustrar la portada del libro fue tomada en México. Precisamente en la ganadería de La Punta, en donde los hermanos Francisco y José C. Madrazo y García Granados implantaron la moda de practicar el acoso y derribo con un automóvil. La escena resulta interesante, porque todo el atavío andaluz quedó desechado para su práctica en esa forma y si no, obsérvese el sarakoff que adorna la cabeza de Ignacio Sánchez Mejías en la escena campera.

domingo, 14 de abril de 2013

Ignacio Sánchez Mejías sobre los protectores de animales


A últimas fechas entre muchos aficionados a la Fiesta ha corrido una versión noticiosa acerca de que una asociación norteamericana que pregona el llamado trato ético a los animales ha sido señalada, a partir de sus propias estadísticas, de sacrificar sin causa o razón aparente a una gran cantidad de mascotas.

La información de mérito me da ocasión para terminar de presentar a Ustedes la parte final del tríptico que entre el 31 de mayo y el 6 de junio de 1929, publicó el torero Ignacio Sánchez Mejías en el diario Heraldo de Madrid, para defender de la Fiesta de los Toros y señalando desde su punto de vista, las incongruencias en las que incurrían – y siguen incurriendo, porque el discurso es esencialmente el mismo – las personas y entidades que afirman defender a los animales.

En esta tercera entrega, el diestro sevillano plantea la inoperancia de los argumentos de las sociedades protectoras de animales, así como una serie de argumentos que van incluso, a señalar algunas contradicciones en las que incurren algunas corrientes filosóficas que pretenden igualar a todos los seres vivos.

El artículo de cuenta es el siguiente:

«Fakires contra teólogos» 
Probado que el toro es una fiera y el caballo no debe morir si observa el picador las reglas del toreo, sólo nos resta demostrar que el hombre está libre de todo percance si se sujeta a estas mismas reglas. Pero esto no interesa a los nuevos sentimentales de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas. «Un cadáver más, ¿qué importa al mundo? – dirán ellos –. La cuestión es que no sufran los animales.»  
Ante tan extraña manera de sentir no tenemos más remedio que acordarnos de la India. Entre aquellas tribus intolerantes v fanáticas (no solamente las sectas se tienen un profundo y recíproco desprecio, dice Laurent en su Historia de lo Humanidad, sino que los viajeros hablan de colisiones, verdaderos combates, que turbaban frecuentemente las fiestas. En el año 1760, dice en la nota cuarta, página 106, tomo 1, hubo una batalla formal entre dos sectas con ocasión de la fiesta de Haridwara, y la secta de los Bairagis perdió 18.000 hombres en la batalla. Ritter, Asia, tomo II, página 911 y 912, fue, seguramente, donde los anglosajones pescaron la enfermedad de la sensiblería ante los animales. Leamos, para convencernos, las noticias que nos proporciona en su viaje a la India H. P. Blavatsky en el año 1870: «No sólo hay en cualquier ciudad, por ínfima que sea, un hospital sanatorio para animales enfermos, sino que sus sacerdotes llevan siempre una especie de bufanda de muselina a fin de no destruir el más ínfimo mosquito de los que en el aire pululan.» ( ... )  
«El Pinjarapala de Bombay (hospital sanatorio para animales) ocupa un barrio entero de la ciudad, y está distribuido entre prados, jardines y patios con abrevaderos, jaulas para fieras y cercados para animales domésticos. En el primero de los patios no vimos animales, sino centenares de espectros humanos: ancianos, mujeres y niños. Eran los indígenas que restaban de los distritos del hambre, caídos sobre Bombay como mendigos. Así, al par que pocas yardas más allá los Wets, o curanderos oficiales, estaban ocupados en la tarea de vendar las rotas patas de un chacal, en derramar aceite caliente sobre los ulcerados lomos de perros sarnosos y en apuntar muletas a cigüeñas lisiadas, muchos seres humanos se morían de hambre allí mismo. » (…)  
«Por dicha de aquellos famélicos seres humanos, había a la sazón menos animales aislados que de ordinario, v así eran alimentados con los residuos miserables de las bestias allí recogidas.» ( ... )  
¿Es ahí donde vamos a parar? ¿No les asusta a los nuevos sentimentales (antiguos por estos datos) las consecuencias que esto entraña? Sigamos leyendo a la Blavatsky:  
«Más allá nos mostraron a un santo hombre que estaba alimentando insectos con su propia sangre. Yacía tendido en el suelo y con los ojos cerrados) recibiendo de lleno los caliginosos rayos del sol, cubierto de todo género de hormigas, moscas) mosquitos y chinches.  
- Ellos son todos hermanos nuestros – observó con gran dulzura el guarda –. ¿Cómo vosotros, los europeos, podéis matarlos y hasta devorarlos?  
- ¿Qué haríais, pues, vos – interróguele – si tratase de morderos esa terrible serpiente? ¿La mataríais si ella os diese tiempo?  
- Por nada del mundo – respondió –. La cogería con cuidado y la pondría en libertad en algún paraje desierto fuera de la ciudad. 
-  ¿Y si os mordiese?  
- Recitaría tranquilo un «matrán», y si ello no producía el debido efecto) me resignaría a la ley del destino y dejaría este cuerpo) cambiándole por otro.» 
Ya llegamos, casi sin proponérnoslo, al origen de los nuevos sentimentales de las Sociedades protectoras de animales. Metempsicosis. Reencarnación. Religión primitiva. Brahamanes. Budismo. ¿A qué hablar de la muerte del hombre en las corridas? El toro, el caballo: eso es lo que importa. El toro con el alma de un pariente... Y el ser humano impotente, cobarde, tendido al sol, freno del progreso, alimento de moscas y chinches. 
Todavía la religión moderna, la religión civilizadora, el cristianismo se sitúa ante el espectáculo español caritativamente, humanitariamente, y, por boca de Pío V, Gregorio XIII y Sixto V, dice: «Prohíbo vuestras corridas de toros porque en ellas tienen que morir hombres, nuestros hermanos». Y como también la posición era falsa, se procede al recurso de alzada ante el rey, contra el Papa y el obispo de Salamanca, autor de las pastorales. Y es el propio fray Luis de León el que redacta y firma el documento, en compañía de D. Sancho Dávila, rector de la Universidad de Salamanca (cuando la Universidad de Salamanca daba lecciones de saber al mundo entero), y el obispo de Jaén, Cartagena y Sigüenza: Enríquez Gallego y el notario de la Universidad, Bartolomé Sánchez. Ahí está, en la obra del marqués de San Juan de Piedras Albas, el testimonio escrito de los teólogos moralistas salmanticenses defendiendo la licitud del arte de torear, basándose «en la destreza, agilidad y conocimiento de los toreadores españoles, aptos para burlar las acometidas furiosas de los toros. En la conveniencia privada y pública de la lucha con la fiera, que fortifica los organismos, sirve de preparación militar y estimula el valor necesario para la guerra, a pesar del riesgo que tiene tal entrenamiento de mutilaciones y hasta la muerte».  
Considerando, además, que los ejercicios ecuestres han proporcionado mayor número de desgracias que las prácticas del toreo, sin que a nadie se le ocurriera condenarles respecto de clérigos, y menos todavía de seglares, con perfecta lógica para los teólogos carmelitas descalzos, la asistencia a los espectáculos taurinos es lícita, porque no se opone a la «ley natural», pues si se opusiera lo prohibido a los clérigos no podría autorizarse a los seglares.  
Consecuencia de todo esto es que las fiestas de la canonización de Teresa de Jesús se celebran con corridas de toros, y la propia Compañía de Jesús pide permiso al Cabildo de Sevilla para poner en segundo lugar, inmediatamente después de las fiestas religiosas que conmemoraban a San Ignacio de Loyola, una lucida fiesta de toros y cañas.  
¿A qué seguir? Faquires frente a teólogos. A poco que profundicemos en estas cosas llegamos al convencimiento de que el arte de torear, a pie ya caballo, entre los oscuros medios de que se valen la civilización y el progreso, está situado por encima de las Sociedades protectoras de animales y plantas, y de que los toreros en activo laboran por la humanidad en mejor ruta que los nuevos sentimentales. 
En su argumentación, Ignacio Sánchez Mejías deja claro que todos los postulados que tienden a la defensa de los animales pasan por alto la posibilidad de la muerte del torero en el ruedo – años después él mismo sería una de las llamadas víctimas de la fiesta – presentando una visión sectaria, parcial e interesada del tema.

Pero no soy yo quien ha de formar un concepto a partir de la opinión del torero, sino que cada uno de Ustedes, a partir de la lectura de su artículo, podrá formarse el suyo propio. Ojalá lo encuentren de interés.

La versión original del artículo la pueden encontrar en esta ubicación.

domingo, 7 de abril de 2013

Sánchez Mejías y el bien hacer en la suerte de varas…


Lo que pudimos ver la pasada semana en la Feria de Pascua de Arles, cuando Gabin Rehabi enfrentó de manera honesta y gallarda al toro Lagarto, de la ganadería de los Herederos de Cebada Gago; toreando con el caballo, esperando a que el toro le fuera puesto en suerte y sin herir cuando éste le embestía a la cabalgadura al relance, picando sin barrenar y sin tapar la salida y sobre todo, haciéndolo en lo alto, me recordó el artículo publicado por Ignacio Sánchez Mejías en el diario Heraldo de Madrid el 4 de junio de 1929, en donde reflexiona tanto sobre la dignidad del caballo de picar, como en la dignidad del oficio del varilarguero.

El artículo en cuestión es el siguiente:

«El guardia de la porra, director de lidia» 
Una de las cosas que más escándalo provoca entre los detractores de la fiesta nacional (verdaderamente nacional) es la muerte del caballo. En efecto, el espectáculo es desagradable. Naturalmente que el desagrado se acentúa, hasta convertirse en repugnancia, a medida que el cultivo de la inteligencia es menos intenso. Sólo los espíritus perfectamente civilizados, como el espíritu colectivo español, pueden percibir la emoción sin que intervenga el instinto (Sobre esto hay una teoría exacta: «El sentimiento del toreo» de José Bergamín.), pero ni aun hace falta. La muerte del caballo no debe formar parte de las corridas de toros; es a ella lo que la muerte del aviador a la aviación o la catástrofe al ferrocarril. Un toro bien lidiado no debe matar ningún caballo. La suerte de picar tiene sus reglas fijas y precisas y ninguna de ellas consiste en que el toro coja al caballo, sino todo lo contrario. Pepe – Hillo, en su «Tauromaquia o arte de torear» dice, entre otras cosas: «La suerte de picar de frente a Caballo se ejecuta, situándose el Picador en la rectitud del terreno que ocupa el Toro y luego que éste parte, y llega a jurisdicción, le pone la garrocha en el cerviguillo, y abre al mismo tiempo el Caballo por la izquierda; y cargándose sobre el Toro lo despide por la cara de dicho Caballo, o en línea paralela con él. De esta definición resulta que nunca le es lícito al Picador ni salirse antes de tiempo, ni atravesarse en la Suerte, ni dejar de ver llegar al toro, y faltando a cualquiera de estos preceptos, aunque tenga delante al más claro y sencillo, le ha de dar precisamente una cogida». Es decir, la cogida del caballo es siempre debida a un incumplimiento por parte del picador de las reglas del toreo.  
Hubo una época, no sé si hace un año o dos años, que D. Torcuato Luca de Tena, aquel español tan español que, como a Unamuno, le dolía España como le pudiera doler la cabeza o las muelas, puso esta cuestión sobre su tapete. Aquí, en su casa de Sevilla, frente a la Giralda, de espaldas al río, con el corazón cara a cara a todos los problemas españoles, me hablaba un día de estas cosas. Otro, le acompañé al cortijo de Cuarto, y allí, bajo la dirección de Antonio y de Pepe Miura, expertos conocedores de todo el arte de torear se picaron ocho o diez reses sin que ninguna de ellas rozara ni un solo pelo a ninguno de los caballos. Todavía, para dejar definitivamente clara la cuestión, Antonio Miura nos refería cómo en su casa, en la antigüedad, se prestaban caballos a algún que otro célebre picador, que después de lidiar quince o veinte toros los devolvía a la cuadra de donde salieron sanos y salvos de todo peligro. Hay más. Repasando los anales de la plaza de la Maestranza de Sevilla, entre los documentos sacados a relucir por el marqués de Tablantes, hay tres detalles que no dejan lugar a dudas sobre esta cuestión: durante diez años no hay ningún picador lesionado y durante quince sólo hay un accidente mortal. En las cuentas de compraventa de caballos se pueden comprobar que son muchos los años que se venden los mismos caballos que se compran: es decir que no muere ninguno («Anales de la Real Plaza de Toros de Sevilla, 1730 – 1835», páginas 79, 91 y siguientes). ¿Qué más pruebas se quieten para que quede demostrado que la suerte de varas no consiste en que destripen los caballos? La ineptitud de los lidiadores no es un argumento contra esta suerte. Más bien lo son los petos, antes franceses, españoles hoy. Los centenares de atropellos diarios no estaban dentro de los propósitos del que inventó el automóvil, como la muerte de los caballos no podía formar parte de la suerte inventada por una raza tan amante de él. El chófer y el picador tienen acentuados puntos de contactos. Al falso concepto que del automóvil tiene el chófer, puso la autoridad el guardia de la porra. Al del picador, el peto. El peto equivale, en el problema de la circulación, a sustituir el guardia de la porra por una camilla de la Cruz Roja, tácito reconocimiento de la anormalidad. Hay que quitar los petos. Entre el toro y el picador, el público, gigantesco guardia de la porra, cuidará de la circulación. El picador, hoy día, incumple su contrato con el caballo, como el chófer interpreta mal el uso del automóvil. Tener un Chevrolet o presenciar una corrida no puede ser prueba de insensibilidad. La raza española ama el caballo más delicadamente que ninguna otra raza del mundo.  
La suerte de picar lo prueba mejor que lo niega. En ella, el hombre y el caballo establecen una alianza contra la fiera. No importa la traición del caballo o del hombre en un momento determinado. Hace poco tiempo Camero, a las órdenes de Joselito, picó toda una temporada con un caballo tordo, aporrillado, que no valía diez duros. A últimos de temporada, en el mes de octubre, cuando Camero y el caballo tordo constituían el interés de todos nosotros, se lidió una corrida de Cívico. El quinto toro, el último de la temporada, tardeó en la lidia. «¡Camero, Camero!» gritó Joselito, y Camero, en un galope corto, paseó su maestría por el ruedo. Ya delante del de Cívico señaló la suerte. En un momento preciso pidió a su aliado el caballo el paso atrás, y el jaco tordo, que no valía diez duros y era célebre entre los jacos de la plaza por obra y gracia de su alianza, sintiéndose rebelde, se negó a obedecer. Toro, caballo y picador, en monumento que conmemora una gran desgracia, formaron un grupo. José unció a los bordes de su capote la fiereza del toro. Luego nada. El caballo desleal había muerto. Camero lo lloró muchos días. Como el contrabandista de la copla daba por terminadas sus glorias. ¿Dónde están los cantos populares de otros pueblos que asocien a la suya con tan cariñosa solicitud a ningún animal? El amor a los animales es cosa lograda en España desde hace muchos siglos. Una Sociedad que los proteja no tiene aquí objeto.  
Está todo hecho. La asociación que fomentara la Liga contra el cáncer, la protección a la infancia o el fomento de las uniones patrióticas estaría siempre justificada. Son cosas que están por hacer. 
Pretender descubrirnos a los españoles como una novedad el amor a los animales es ridículo e ingenuamente pretencioso. Al caballo sobre todo. Lo ama el guerrero y el picador, el contrabandista, el garrochista y el bandolero, el viejo y el niño, la mujer y el hombre. Lo ama en el grado que un animal puede ser querido por una persona equilibrada cuyo sentimiento no esté infectado del microbio indo que tantos estragos ha de hacer entre los anglosajones. Ir por lana y salir trasquilado: he ahí un bonito ensayo sobre la labor de Inglaterra en sus colonias.

Este artículo es el segundo de un tríptico que el torero comenzó a publicar en el mismo diario madrileño el 31 de mayo de ese año y el cual presenté a Ustedes el pasado 9 de septiembre, en esta misma Aldea y que pueden revisitar aquí a propósito de algunos lugares comunes invocados por los antitaurinos.

La versión original del artículo la pueden leer en esta ubicación, espero que la disfruten.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Otra vez el mismo bolero...

Ignacio Sánchez Mejías

En noviembre de 2010 la editorial Berenice sacó a la luz la primera edición de la obra Sobre Tauromaquia, en la que el profesor de la Universidad de Sevilla Juan Carlos Gil González realiza un estudio introductorio y una antología de la obra periodística, las conferencias y las entrevistas realizadas a Ignacio Sánchez Mejías. No es mi intención en este momento el comentar la obra – que llegó a mi poder apenas hace un año –, sino únicamente señalar que dentro de la antología de textos en ella presentados, se encuentra un artículo del torero sevillano publicado en la edición de El Heraldo de Madrid correspondiente a la noche del 31 de mayo de 1929, titulado Los nuevos sentimentales".

Ese artículo creo que hoy cobra nueva actualidad a propósito de aquellos – las mismas voces de siempre – que se quejan porque la televisión pública de España – pagada por cierto por todos los españoles – volvió a transmitir festejos taurinos después de seis años de no hacerlo y exigen que los toros sean expulsados de su contenido programático. Por esa razón, me parece interesante poner a su consideración el artículo en su integridad, pues salvo algunas cuestiones mínimas de referencia temporal, las reflexiones que en su día hizo Ignacio Sánchez Mejías, valen hoy como ayer.

Crónicas de Sánchez Mejías 
Los nuevos sentimentales 
La mayoría de las personas que se dedican a todas estas cosas relacionadas con la protección de animales y plantas son al sentimiento lo que los nuevos ricos a las costumbres y gustos aristocráticos. Los nuevos ricos tienen la ventaja sobre los nuevos sentimentales de que en toda hora se pueden vanagloriar del esfuerzo que representa su ahorro, mientras el estado de nuevo sentimental es debido a mala interpretación, a ignorancia de los más elementales conocimientos éticos y estéticos, cuando no a una simple enfermedad nerviosa. En esta pasada feria de Sevilla, una señora, inglesa o norteamericana, no sé, se dedicó a ir comprando todos los burros viejos que le salían al paso en el mercado y producirles la muerte aplicándoles una inyección de no sé qué sustancia. Esta señora, que por ocho o diez duros se permite el gusto de matar un burro, no sabe seguramente lo que hace. En buena teoría sólo Dios debe disponer de la vida de los seres que Él crea. La sociedad humana que no se anda con reparos para ahorcar, fusilar o sentar en la silla eléctrica al ciudadano que le estorba, no se atrevería nunca a ir por los asilos y por las casas asesinando viejos con grandes porciones de morfina, por muy penosas que fueran sus existencias. Una sola hora de reposo al sol, en la vejez de una persona o un burro, merece el más caritativo respeto de todo corazón humano. Allí donde el nuevo sentimental creía evitar una desgracia atropellaba el derecho del burro a vivir su vida. Esa vida llena de filosóficas meditaciones con que un burro debe contemplar alegremente el penoso pasado, en su vejez, sobre un mullido manchón de lirios, cara al firmamento, harto de hierba fresca, en perfectas condiciones de gozar de la felicidad, desde el exquisito bocado de carretón hasta el descubrimiento de una nueva teoría astronómica. 
Nada tendríamos que exponer (aparte de nuestra disconformidad con esos atentados contra la vida de esos animales pacíficos) si estos nuevos sentimentales no se hubieran situado frente a las corridas de toros de una manera injusta e improcedente. Yo no pretendo obligarlos a que tengan el buen gusto de admirar las bellezas contenidas en una buena faena de muleta: pero sí creo indispensable destruir, hasta cierto punto, su ignorancia sobre la materia. El toro (única víctima segura de este espectáculo) es una fiera. Esto no lo sabe nadie de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas. 
El toro es una fiera. El toro es una fiera que le puede al león, al tigre, a la pantera y que además no sirve para nada. Es decir, sólo sirve para dar vida a las creaciones artísticas que se verifican en su lidia. La ignorancia sobre esta materia produce toda una historia de sucesos extravagantes donde promiscuan lo insensato y lo ridículo. En uno de mis viajes a Méjico, a mi paso por Nueva York, fui invitado a comer por Blasco Ibáñez. De sobremesa hablamos de estas cosas. Yo le di noticias de una proposición que me habían hecho aquella misma mañana. De ella ya habló Fernández Flórez en «ABC». Era la siguiente: un empresario neoyorkino, acompañado de mi amigo Carlos Folache, se presentó en mi hotel para que torease 15 funciones en no sé que teatro. Como explicación a sus palabras me vino a decir: «El Relicario es hoy día la fiebre de Nueva York; ¿se compromete usted a hacer El Relicario? Al fondo, un decorado de la plaza de toros; en la boca del escenario, una tupida red de acero que impida que el toro salte al público; una calesa, unos toreros, una española con mantilla, un capote a los pies de la española, una barrera, el brindis, el toro, la cogida». Carlos Folache iba traduciendo. Mi gesto debió ser de sorpresa. El empresario (que pertenecía a la Sociedad Protectora de Animales y Plantas) salió al paso de ella. «Dígale que el mejor médico de Nueva York estará listo entre bastidores. Nos conviene que sea el mejor, el más conocido, porque su nombre servirá de propaganda y de garantía del peligro». Blasco Ibáñez se reía mucho. «No le extrañe - me dijo -; son cosas que solo aquí pasan». Una señora, esposa de una personalidad célebre del mundo de los negocios ponía a mi disposición 200.000 dólares para fundar un periódico en España (ojo) y emprender una campaña contra las corridas de toros. Creen, entre otras cosas, que el toro es un animalito pacífico a quien se obliga a embestir, quitándole de las labores agrícolas. Me ha contado el cónsul que, no hace muchos días, al llegar a este puerto un trasatlántico español, que transportaba una corrida para Méjico, los encargados de la sanidad querían que se sacasen los toros de los cajones para vacunarlos contra la glosopeda. El vaquero que venía a su cuidado se llevó las manos a la cabeza y, de no intervenir el capitán del barco, ya estaban dispuestos los empleados sanitarios a sacar los toros por su cuenta. 
Debieron hacerlo, fue una ocasión desaprovechada. 
Aquella corrida, suelta por las calles de Nueva York, hubiese demostrado la fiereza del toro y hasta justificado el toreo y el torero. El toro de lidia que se da en España no se deja uncir al yugo de la carreta o del arado. Esa teoría de utilidad restada a las faenas agrícolas es una tontería que sólo cabe en la cabeza de uno de estos nuevos sentimentales. 
Quizá, dada la ingenuidad extranjera, encuentren un argumento para su teoría en el relato que el marqués de Benavite hace en su libro «Fiestas de Toros» de lo sucedido a Santa Teresa en uno de sus viajes. Parece ser que un toro embistió a la santa en medio de una carretera, y la santa, con esa repajolera gracia torera de que estaba dotada (el proceso de sus fundaciones habla mucho a favor de su mano izquierda), paró la embestida y, como si rematara la suerte, acarició la cabeza del toro (1). Pero esto mismo fortalece mis argumentos y debilita los suyos. Si el toro no fuera una fiera no se hubiese realizado el milagro. A las razones incontrovertibles de orden humano hay que añadir esta otra de orden divino, y si todavía dudase alguien de la fiereza del toro español, que me de su nombre, y yo, con un toro, le convenceré fácilmente de lo que quiero demostrar; es más: la forma de matarlo constituye un arte exclusivo de nuestra raza, que tiene en sí tales valores de orden estético que incluso justificarían su existencia, en el caso en que el toro tuviera unas cualidades pacíficas, de que carece. De esto hablaremos más adelante, y como las dimensiones de este artículo no nos permiten más razones, dejemos para otro la demostración de que la muerte del caballo y del hombre en las corridas de toros son accidentes, sucesos antirreglamentarios, que nada pueden probar en contra de ellas. 
Ignacio Sánchez Mejías 
(1) Asistieron a esta faena realizada en Duruelo, como espectadores, la monja Antonia del Espíritu Santo y el venerable Juan de Ávila. (Página 17. "Bosquejo Histórico". Marqués de San Juan de Piedras Albas.)

Las reflexiones no provienen de un sesudo estudio de gabinete o de un charlista de café. Ignacio Sánchez Mejías fue torero y perdió la vida en las astas de un toro, entonces, sus razones derivan de la experiencia vivida, no de la mera suposición, pero como podemos ver, los argumentos en contra de la fiesta son casi los mismos y casi desde siempre.

Espero que esto les haya resultado interesante.

Aclaración: Los resaltados en el texto transcrito, son imputables exclusivamente a este amanuense.

domingo, 16 de mayo de 2010

Talavera de la Reina. La prensa regional toledana 90 años después (I/II)

Hoy es el nonagésimo aniversario de la muerte de Joselito en Talavera de la Reina. Las versiones que conocemos son las de los escritores más renombrados de ese tiempo y la de Gregorio Corrochano es la que tiene primacía sobre las demás, dado que él fue testigo de excepción de la tragedia de ese 16 de mayo en el coso que el 29 de septiembre de 1890 inauguraran Fernando Gómez El Gallo y Antonio Arana Jarana lidiando toros de Enrique Salamanca.

No obstante, existen otras versiones de los sucesos que Guerrita llegara a calificar como el fin del toreo, algunas con el valor añadido de la inmediatez. En el repositorio de la Biblioteca Virtual del Centro de Estudios de Castilla La Mancha y en la de Prensa Histórica del Ministerio de Cultura encontré dos diarios toledanos de la época, El Castellano y El Eco Toledano, en los que con cierta profusión de detalles se narran los sucesos de la última corrida lidiada por el menor de Los Gallos. Los ejemplares vieron la luz al día siguiente del suceso, a despecho de la Ley del Descanso Dominical de Antonio Maura (que implicaba entre otras cosas, que los lunes no se publicaran periódicos), dada la magnitud del hecho.

¿Por qué fue Joselito a Talavera?

Existen diversas versiones que justifican la presencia de Joselito en Talavera ese 16 de mayo. La más común es la que sitúa a José y a Juan comentando la insufrible situación que pasaban en el abono madrileño, donde la afición, por la escasa presencia de los toros y el nulo juego que daban, llegaba incluso hasta a las manos con los toreros. En ese diálogo, se llega al consenso de que hay que retirarse de Madrid por un tiempo y allí surge para Joselito la posibilidad de ir a Talavera, una plaza de la que se ha escrito, le hacía mucha ilusión, porque la había inaugurado su padre.

Tan es así, que Francisco Narbona y Antonio García Ramos, en la biografía que escriben de Ignacio Sánchez Mejías, afirman que el cartel original del festejo del 16 de mayo de 1920 en Talavera estaba conformado por los toros de la Viuda de Ortega para Rafael El Gallo, Ignacio Sánchez Mejías y Larita, pero que al quedar desligado José de su compromiso madrileño, se decidió que la corrida fuera un mano a mano entre él e Ignacio, con el mismo encierro, producto de un cruce entre vacas de Veragua y toros de Santa Coloma.

Creo que esta versión es buena como recurso literario y nada más. Si se revisa la prensa madrileña de esas fechas, se podrá encontrar en el semanario El Toreo de Madrid, en su número del 10 de mayo de 1920, el anuncio de que el cartel de las fiestas de Talavera sería el mano a mano entre Joselito y Sánchez Mejías con toros de Ortega y en los días subsecuentes, el diario El Heraldo de Madrid anunciaba que la Compañía de Ferrocarriles de Madrid, Cáceres y Portugal ofrecía un tren especial para la corrida además de los ordinarios, que saldría a Talavera a las 7:30 de la mañana y regresaría a Madrid a las 8:30 de la noche de esa misma fecha.

Entonces, la versión literaria es solo eso, literatura.

En fechas recientes se ha hecho pública una versión políticamente incorrecta sobre la presencia de Gallito en Talavera. Es la que presenta Domingo Delgado de la Cámara en su libro Avatares Históricos del Toro de Lidia y que cito enseguida:


…La obra de Joselito fue admirable: creó el toro moderno… Pero también hizo otras cosas menos buenas y más vergonzantes. En el cortijo de Los Merinales por orden de Joselito se instaló una ‘barbería’ para ‘adecentar’ las corridas que torreaban los fenómenos. Los Merinales era un apeadero ferroviario donde se embarcaban todas las corridas de las ganaderías sevillanas. Pero antes de ser encajonados, los toros pasaban por un pequeño trámite. Una menudencia sin importancia que llenó de ira a Gregorio Corrochano cuando se enteró.

Corrochano lo hace público; Joselito se indigna, pues lo considera una traición personal. Durante el año de 1919 no se hablan. Los palos que atiza Corrochano Joselito desde su tribuna de ABC son tremendos. Al final hubo paz. A Joselito no le interesaba tener en contra al crítico más influyente de la historia. En el transcurso de la comida reconciliatoria se llegó al siguiente acuerdo: Corrochano se compromete a retractarse de lo dicho y a poner bien a Joselito; José a cambio se compromete a torear la corrida de feria del pueblo de Corrochano, un pueblo sin la menor importancia taurina llamado Talavera de la Reina. Esa y no otra fue la razón por la que Joselito fue a torear a Talavera…

Quizás una combinación de los dos motivos expuestos nos de la motivación exacta del por qué de la presencia de Joselito en Talavera ese día. Don Miguel Lizón cuenta que José pretendía que le acompañara a la corrida José María de Cossío, quizás para tener otro testigo de calidad en lo que allí sucediera, pero la compañía del enciclopedista del toreo no fue posible por un compromiso familiar, así que tuvo que asistir al compromiso sin esa deseada compañía.


En el diario El Castellano

Es el número 3,262 de El Castellano, diario de información el que contiene la información relativa a los sucesos de la corrida del día anterior en Talavera de la Reina. No menciona el nombre de su director, aunque por un anuncio contenido en su cuarta página, deduzco que lo publicaba la Editorial Católica Toledana, que para aprovechar la imprenta, ofrecía servicios de impresión en general a la comunidad.

La descripción de los acontecimientos, remitida por el cronista A. Zamora por la vía telegráfica a la redacción de El Castellano el día de los hechos es la siguiente:



¿Presentimientos?

¡Qué mala cara tienes!

La expectación reinante entre la afición para presenciar la corrida de feria de ayer en Talavera de la Reina era grandísima.

El viernes, a las tres de la tarde, ya se habían agotado las localidades en taquilla, que pasaron en su inmensa mayoría a mano de los revendedores. Localidad hubo que se pagó a 50 pesetas, sin que las autoridades pusieran coto a estos abusos; pues momentos antes de empezar la corrida, en las inmediaciones de las puertas de entrada a la plaza, el comercio clandestino de billetes era escandaloso y público.

LLa animación en las inmediaciones del edificio y particularmente en su interior, fue como jamás se ha conocido en Talavera.

La plaza se hallaba ocupada en su totalidad, abundando en palcos y gradas inmensidad de bellas señoritas ataviadas con la clásica mantilla española y el castizo mantón de Manila.

En el palco de la presidencia tomó asiento, además del alcalde D. José González de Rivera, el gobernador civil de esta provincia, D. José De Figueroa y otras distinguidas personalidades.

Las cuadrillas fueron acogidas con una gran ovación al hacer el paseo, al compás del pasodoble "Gallito" por ser la primera vez que pisaba este ruedo.

El tiempo amenazaba con lluvias, que por fortuna no se confirmaron.


La lidia de los cuatro toros primeros fue corriente, dadas las condiciones que reunía el ganado, que cumplió bastante bien en el primer tercio, poniéndose difícil en los dos restantes.

Al cuarto toro le banderillearon, a petición del público, los maestros, saliendo por delante Sánchez Mejías, que arrancando desde el estribo y a cuatro pasos del de Ortega, prendió un soberbio par, sobrado de valentía.

Joselito puso uno en los medios muy artístico y muy valiente. Mejías cambió a cuerpo limpio en la preparación de su segundo par, que después clavó saliendo del estribo.

Joselito cerró el tercio con otro par de poder a poder.

Lidia del quinto toro

El quinto toro de Da. María Josefa Corrochano, viuda de Ortega, llamado "Bailaor", brocho y cornicorto, negro zaíno, de cinco años, hijo de la vaca "Bailaora" de Veragua y del toro "Canastillo" de Santa Coloma, comprado a D. Dionisio Peláez, hizo una pelea en varas de toro bravo, certero y pegajoso.

Entró a los caballos cinco veces desde largo, dejando sobre la arena los cinco pencos.

En banderillas presentaba alguna dificultad e hizo varias arrancadas fuertes con ánimo de cobrar caza.

Joselito, que vestía por última vez terno grana y oro, se dirigió al toro con cierta desconfianza, toda vez que la gente le oyó decir al bicho: "¡Qué mala cara tienes!"

¿Presentiría el Wilson del toreo lo que pocos momentos más tarde iba a ocurrirle?

Joselito lo tomó con un ayudado, cambiándose luego la muleta por la espalda y después de otros pases vistosos, el toro tomó la querencia de un caballo situado en los tercios entre el 1 y el 2.

Con pases de tirón trató de sacarlo de su querencia, llegando a distanciarle en parte del caballo muerto.

Cogida de Joselito

Al intentar un nuevo pase por bajo se le arrancó el toro con tal ímpetu, que no pudiendo defenderse el torero de la terrible acometida, salió enganchado en el pitón izquierdo, volteado y derribado, quedando tendido en la arena con las manos sobre el vientre y en estado cadavérico, pasando en hombros de sus banderilleros a la enfermería.

La aparatosa cogida del diestro emocionó enormemente al público y lidiadores, quienes desde un principio sospecharon el fatal desenlace que pudiera tener.

Su cuñado Sánchez Mejías quedó en el terrible trance de tener que terminar con la vida del toro que había causado la sensible desgracia del rey de los astros coletudos, haciéndolo con valentía y estando el cornúpeto materialmente encima del caballo, al que tal querencia había tomado.

El público pedía a voces que se suspendiera la fiesta; pero Sánchez Mejías dio prueba de su valor temerario dirigiéndose al presidente y solicitando que diera suelta al toro que cerraba plaza.

Este pisó el ruedo demostrando mayor bravura que sus antecesores, arrancándose tan fuertemente a los caballos que ocasionó en una caída estrepitosa varias lesiones a los picadores Ceniza y Zurito.

Sánchez Mejías, en los quites, estuvo monumental y después cogió los palos, siendo perseguido tan de cerca por su enemigo que saltaron juntos al callejón, librándose milagrosamente de un serio percance.

No se arredró Ignacio y uno tras otro, sopló tres soberanos pares que entusiasmaron al público, que llegó a olvidar por breves instantes la emoción sufrida momentos antes.

Con la muleta, puesto que el toro se puso algo más difícil, trató de aliviar cuando antes, despachándolo de un pinchazo, una estocada medio caída y un descabello con la puntilla.

En la enfermería

Al ingresar Joselito a la enfermería de la plaza, a hombros de su cuadrilla, dijo estas últimas palabras, perdiendo poco después el conocimiento:

"¡Que llamen a mi médico, que me muero en Talavera!"

Depositado en la mesa de operaciones fue reconocido por los doctores, Sres. Luque y Ortega, quienes certificaron que durante la lidia del quinto toro había ingresado en la enfermería el diestro José Gómez (Gallito) con una herida penetrante de vientre en la región inguinal derecha con salida del epiplón, intestinos, vejiga y gran shock traumático y probable hemorragia interna. Otra herida en el tercio superior e interno del muslo derecho.

Muerte de "Gallito"

A consecuencia de estas heridas, falleció el infortunado Joselito a las siete horas y dos minutos de la tarde, sin que los esfuerzos de la ciencia pudieran hacerle reanimar.

Por el sacerdote D. Francisco Vázquez le fueron administrados los últimos sacramentos.

El diestro de Gelves murió rodeado de su hermano Fernando, su cuñado Sánchez Mejías y los individuos de su cuadrilla que estaban visiblemente emocionados.

La cabeza del toro

Sánchez Mejías mandó cortar la cabeza del toro "Bailaor" causante de esta desgracia, que ha sido enviada a Madrid para ser disecada y conservada como triste recuerdo.

Otros detalles

El gobernador civil, Sr. Figueroa, se emocionó grandemente con la inesperada desgracia y ordenó que la estación telegráfica de Talavera permaneciera funcionando toda la noche.

Le pusieron telegramas a Rafael Gómez (El Gallo), al doctor de Joselito, D. Agustín Mascarell y a otros amigos y deudos del finado.

Esta plaza, donde Joselito ha hallado su muerte, fue inaugurada por su difunto padre, Fernando Gómez (El Gallo), en el año 1891, matando él solo toros de D. Enrique Gutiérrez Salamanca.
 Bailaor

miércoles, 12 de agosto de 2009

11 de agosto de 1934: A las cinco de la tarde…


Todavía hoy, tres cuartos de siglo después, se cuestiona la importancia de Ignacio Sánchez Mejías en la fiesta de los toros. Hay más de alguno, que a todo lujo, pretende convencer a quien invierta su tiempo en leerle, que el trascender del torero sevillano se debe solamente a su cercanía con sus amigos literatos de la Generación del 27. Más no perdamos de vista una cuestión, que a mi juicio es crucial en todo este asunto y que es la que hace diferente la situación de Ignacio en el ambiente tauromáquico: la diferencia cultural con sus pares.

Ignacio Sánchez Mejías estuvo a punto de ingresar a la Facultad de Medicina para seguir la profesión de su padre y por eso, en ese aspecto, era mucho más ilustrado que el común de la torería. Eso lo hacía distinto y eso le propició afinidades diversas a las comunes del ambiente en el que se realizaba profesionalmente. Por eso es que hoy, a 75 años de su desaparición física, en lugar de abordar los sucesos de Manzanares, creo que vale mejor repasar su arista como hombre de cultura, como defensor de la hispanidad en la vertiente de sus letras y a través de una generación que desgraciadamente tuvo que florecer exiliada, por la absurda intolerancia que las guerras fratricidas generan.

Al final de la temporada de 1922, Ignacio anunció una retirada de los ruedos y se dedicará a las letras y en ese tiempo, escribirá su primera novela. Pero seguirá siendo torero, por los siglos de los siglos, torero. Por ello, solo un año podrá estar lejos de los redondeles, y actuará en ellos sin interrupciones hasta 1927, año en el que se dedica por completo, ahora sí, a las cuestiones literarias. Paco Aguado refiere así esta dedicación a la literatura y el encuentro de Ignacio con el grupo que después sería conocido como la Generación del 27:

Sánchez Mejías fue un humanista, un hombre que mezcló en una sola persona acción y pensamiento y al que la gran Literatura le debe la iniciativa de convocar, congregar y aglutinar a los entonces incomprendidos e inadaptados poetas de la que llamarían Generación del 27. Si Belmonte se puso a la sombra de los consagrados, Ignacio apostó por los malditos en aquella reunión en el Ateneo de Sevilla y la posterior fiesta en su finca de Pino Montano. Su amigo Federico, a quien salvó de la depresión de poeta en Nueva York, se lo pagó con creces escribiendo el epitafio más hermoso que nunca pudo tener un torero. Fue aquel llanto por una muerte que le tenía obsesionado desde la tragedia de Talavera y que los gitanos, como la de Joselito o la de Granero, hacía tiempo que venían oliendo. Porque, volviendo de nuevo a Luján, durante veinte años, se salvó de ella emborrachándola con su propia sangre a cada cornada feroz que recibía, y siempre se libró por milagro. (Paco Aguado, Sánchez Mejías, 6 Toros 6, Núm. 205, Madrid, 2 de junio de 1998.)


Pero dentro de él estaba el torero que despachó a Bailaor el día aquél de Talavera; el que bajando del tendido, le demostró a Salgueiro que toreaba en abril en Sevilla cuando él quisiera, el que sacó a Rafael Alberti de banderillero en su cuadrilla en Pontevedra y el que como lo predijera un día entre líneas Corrochano, estaba predestinado a volver a los ruedos a terminar la obra que había dejado inconclusa.

Así lo cuenta Manuel García Santos:

(Belmonte)…estuvo ausente de las plazas los años de 1922, 23 y 24 y en el invierno su enorme afición lo lleva a tomar parte en muchos festivales benéficos…

Ignacio Sánchez Mejías, retirado también de los toros no cesaba de acuciar a Belmonte:

- Juan: Tú y yo vivos, estamos más muertos en el recuerdo de la afición, que Joselito muerto… ¿Por qué no volvemos?
- Belmonte le daba largas al asunto. El no hizo nunca nada – azuzado por nadie – que no fuera su propia voluntad. Y Sánchez Mejías insistía una vez y otra:
- Juan: Llevo un año esperándote. Si no vas a volver dímelo para volver yo solo…

Sánchez Mejías escuchaba sin saberlo, la voz de su destino que lo llamaba a morir en una plaza de toros. Fue en la de Manzanares…
(Juan Belmonte. Una Vida Dramática, México 1962.- Págs. 207 - 209)




Y sucedió lo de Manzanares. Y se produjo en la obra de Lorca una de las manifestaciones poéticas más grandes que ha conocido la literatura hispana. Pero… pero no se hizo allí la figura de Ignacio Sánchez Mejías, como más de alguno pretende hacer creer. Sánchez Mejías tenía y tiene su valor intrínseco propio, como hombre, como torero y como literato. La Generación del 27 es tal, en buena medida, gracias a Ignacio y lo dice uno que fue en cierta medida fue parte de ellos mismos, nada menos que Pepe Alameda, en los términos siguientes:

…a Federico García Lorca, al comenzar los años veinte no lo conocía nadie, salvo sus compañeros de aventura: ni a Rafael Alberti, ni a Villalón, ni a Vicente Aleixandre, ni a Luis Cernuda… Sánchez Mejías, sí. Los conocía y los admiraba. No necesitaba un manual de literatura, ni una guía de los perplejos para saber dónde estaba la verdadera poesía, más verdadera mientras más oculta o más despreciada… Con ese talento que le doraba la cabeza, Ignacio, que además era un hombre de acción (no había más que verlo en la plaza) echó a andar con ellos por las arenas de España, como quien lleva su cuadrilla. Y con ellos se presentó en el Ateneo de Valladolid y en el de Sevilla. Y armó la tremolina. Sí, con aquellos nada consagrados poetas. Al contrario, poco conocidos y que daban cierta apariencia antisocial, inconveniente, de inadaptados, nunca sujetos a la tabla de convencionalismos del momento. En el Liceum Club de Madrid, cuando escucharon las cosas que pensaba Alberti, estuvieron a punto de sacarlo por la ventana… Eran poco recomendables, al decir de la gente de buenos modales… (José Alameda, Crónica de Sangre, Pág. 172)

Como se ve, resulta al final que el prestigio lo pone Ignacio al servicio de los del 27 y no al contrario, será por eso que hasta hoy no he escuchado a nadie el afirmar que Belmonte, Joselito, Ordóñez o Dominguín sean producto de la literatura. No obstante, los toreros mencionados llevan o llevaron en sus cuerpos las cicatrices que dejan las cornadas, recordándonos que como Ignacio, es ante los toros donde la feliz sentencia de don Joaquín Vidal, El Toreo es Grandeza, cobra vida propia.

Concluyo esta reflexión, con la publicada el 15 de agosto de 1934 en el diario El Defensor de Granada, bajo el título Sánchez Mejías o la paradoja de un hombre, donde en la cercanía de los hechos, se percibe con claridad que uno de los logros de Ignacio, quizás el más grande, fue el separar a la fiesta de los toros, de ese ambiente de charanga y pandereta, devoto de Frascuelo y de María descrito por Machado y enseñar que tenía dignidad para ser vista desde la perspectiva de otras artes y ciencias, de las llamadas grandes:

La muerte del torero pone en pie la vida paradójica del hombre que se llamó Sánchez Mejías. Del hombre que no quiso naufragar en el ambiente tentador de la torería. Que recabó para él un espíritu liberal, entusiasta de la inteligencia y de los cultivadores de las letras. Su niñez, su adolescencia, su vida de estudiante están esmaltadas de relevantes gestos de rebeldía, a los que guardaría fidelidad más adelante. Acariciado por el triunfo clamoroso de los ruedos, Sánchez Mejías - mimado también por esa aristocracia típica que se ufanó en alternar con los "mataores" de tronío -, pudo haberse perdido para siempre, vencido por el aplauso fácil y la jarana andaluza.

No fue así. Sánchez Mejías hizo cenáculo de sus mejores devociones tal o cual tertulia literaria, en la que brillaban poetas como Alberti, García Lorca, Gerardo Diego, Villalón. Unas veces quiso ser mecenas. Otras, acuciado por los amigos, intentó escribir. "Sin razón", la obra que estrenara la Guerrero en el Calderón, surgió tímidamente de sus manos, fueron sus contertulios quienes le animaron a pasar del coso taurino a un escenario. Con igual audacia entró por primera vez en una plaza de toros a la vera de Joselito.

"Sin razón" produjo su efecto en el público español. La obra no era genial; pero estaba escrita limpiamente, decorosamente. La mano que enarboló la muleta tantas veces, sabía mover la pluma con parecido pundonor que el estoque.

Sin proponérselo quizá, Sánchez Mejías redimió un poco al toreo de esa leyenda clásica de analfabetismo e inhumanidad que rodeó -y sigue rodeando más allá de nuestras fronteras- al matador de reses bracas. En este sentido, tanto él como Belmonte, que no es ajeno tampoco a las preocupaciones de la cultura, diseñaron otra conducta. Otro estilo moral en medio de ese ambiente abigarrado y espeso a que la caduca e ignorante aristocracia española imprimió su alegría estúpida y sus clandestinas pasiones.

El haber podido liberarse de estas influencias para poner a salvo su espíritu democrático y liberal constituye lo que podríamos llamar la honrosa paradoja de la vida de Sánchez Mejías.


Así es como creo que debemos recordar hoy, a 75 años de su muerte, a Ignacio Sánchez Mejías, una de las piedras angulares de la gran edificación que es la historia de la tauromaquia.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Sánchez Mejías en Aguascalientes

Pensarán Ustedes que nada original tengo para decir, pues de nueva cuenta recurro a la biblioteca para ocupar un espacio – largo contra los consejos de los amigos – en esta bitácora, pero creo que esta otra anécdota lo vale, sobre todo, partiendo del hecho de que en estos días se reivindica la importancia que para la Historia de la Fiesta ha tenido la figura de Ignacio Sánchez Mejías.

Nuestra Plaza de Toros San Marcos cumplió cien años el 24 de abril de 1996 y en dicho coso han actuado las principales figuras de la torería de su tránsito histórico, salvo los casos en el Siglo XX de Joselito, Domingo Ortega y Antonio Mejías Bienvenida y de los actuales, solamente Enrique Ponce.

Luis Efrén de la Torre Aguilar, El-Hombre-que-no-cree-en-nada, nació en Aguascalientes en 1889 y fue colaborador de las más serias publicaciones que sobre toros se han hecho en México, como El Universal Taurino, Toros y Deportes, La Lidia, El Ruedo, La Fiesta y El Redondel. Su comentario en torno a la presencia de Ignacio Sánchez Mejías en nuestra Ciudad lo publicó su sobrino Jesús Antonio de la Torre Rangel primeramente en el número 91 de la revista Crisol, correspondiente al 21 de abril de 1997 y posteriormente en este año 2008, como parte del libro Aguascalientes 1900: toros y sociedad y otros escritos taurinos (ICA - PACMYC, 2008, Págs. 95 - 116), en un extenso capítulo dedicado precisamente a la obra de este importante escritor taurino, que en su época de estudiante, fuera condiscípulo de Ramón López Velarde, uno de los grandes poetas mexicanos del entresiglos del XIX y el XX.

La anécdota en cuestión es la siguiente:

Ante los triunfos alcanzados en la competencia Gaona - Sánchez Mejías durante la temporada capitalina 1920 - 1921, la empresa encargada de los festejos para la feria primaveral del segundo de los años citados, no vaciló en ajustar a estos dos notables lidiadores, firmando contrato con Sánchez Mejías para tres corridas que deberían verificarse los días 21, 24 y 25 de abril, y con Gaona para las dos últimas. Como un detalle de como se las gastaba nuestro Petronio del toreo, voy a intentar dar una idea de lo acontecido en los fracasados festejos que significaron para la inexperta empresa una pérdida de varios miles de pesos.

Queda dicho ya que Sánchez Mejías debería torear las tres corridas, alternando con Rodolfo en las dos últimas para las que había sido contratado; pero la cándida empresa pasó por alto una cláusula del contrato de Gaona en que se hacía constar que el torearía con quien quisiera. La primera corrida se verificó toreándola Ignacio con Zapaterito, habiendo alcanzado triunfo clamoroso el sevillano, no obstante que la entrada fue tan insignificante por haberse llevado a cabo en día laborable. Tan mala fue la entrada que Mejías, al brindar el primer toro, dirigiéndose a la presidencia (Doctor Rafael de la Torre) y a un grupo de aficionados aguascalentenses que habíamos ido desde esta Capital a presenciar las corridas dijo: “Brindo por usted, por este público que, aunque escaso, es muy selecto”.

Para el segundo festejo se anunció como estaba prevenido, el mano a mano Gaona - Mejías, sorprendiéndose la afición el día de la corrida con la circulación de nuevos programas conteniendo la novedad de un cambio radical en el cartel: Sánchez Mejías sería sustituido por Carlos Lombardini en atención (esto no lo rezaban los programas) a la famosa cláusula de imposición. Mejías alegó insistentemente su compromiso y absoluto derecho para tomar parte en la lidia de esa tarde; Gaona se impuso y hubo de recurrirse a la intervención de las autoridades, inclusive la del señor don Rafael Arellano, Gobernador del Estado, para hacer desistir a Sánchez Mejías de su decisión de presentarse en la plaza vestido de luces a la hora de la corrida, llegándose por fin a hacer uso de la fuerza armada para que impidiera aquella justa determinación, lo que se logró gracias a la intervención de los señores Madrazo, propietarios de la ganadería de La Punta, quienes se llevaron a Ignacio a su finca poco antes de que empezara el festejo.

La corrida resultó un verdadero desastre. Lombardini fue cogido al intentar banderillear a su primer enemigo y Gaona, a quien correspondía cargar con el peso del encierro, hizo una de las suyas, fracasando rotundamente.


Este es el testimonio de El-hombre-que-no-cree-en-nada, que nos revela por un lado la presencia de Ignacio en estas tierras y por el otro, confirma la animadversión que se guardaban Gaona y él, llevada a extremos tales por el Califa de León, que le llevó a modificar un cartel previamente anunciado, con tal de no encontrarse con él.

Respecto de esta tarde, decía don Arturo Muñoz La Chicha, banderillero de esta tierra, que cuando le reclamaban a Gaona su mala actuación ese 24 de abril, respondió a sus interpelantes: si quieren verme bien, vayan a México, allá es dónde…

El cartel que anuncia el documental Ignacio Sánchez Mejías. Más allá del toreo, es obra de Claqueta
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