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sábado, 7 de noviembre de 2009

Detrás de un cartel (I)

Hace ya casi un par de años, en un abrevadero de Sevilla, me encontré colgado de uno de sus muros el cartel que ilustra esta entrada. Me llamó la atención que en él estuviera anunciado como primer espada José Pérez Nili, padre de Juan Luis Pérez Jaén, un personaje destacado en la historia reciente de Aguascalientes, especialmente en la trascendencia que ha alcanzado su Feria Nacional de San Marcos.

Un cartel de toros puede ser observado desde muchas ópticas, pero detrás de él hay siempre varias historias, la del festejo que anunció, las de los que en él intervinieron y entre ellas, hay varias que merecen ser contadas, así que veamos entre las que esa tarde del 5 de septiembre de 1926 confluyeron en el redondel de la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, las que más se destacan.

El festejo

Esta novillada se dio el día que murió en La Coruña Alejandro Pérez Lugín, Don Pío, gallista empedernido y autor de una de las más famosas obras escritas en torno a la fiesta de los toros, Currito de la Cruz.

La crónica de Juan Pascual, aparecida en el ejemplar del semanario madrileño El Toreo, correspondiente al día 11 de septiembre siguiente dice lo que sigue:

Se celebró en esta una novillada, con ganado de D. Antonio Flores. Los encargados de estoquearla fueron los novilleros José Pérez "El Nili", Gitanillo de Triana y Mariano Rodríguez.

"Nili" que después de mucho tiempo de no actuar como matador, estuvo voluntarioso y breve con la espada. Mató tres novillos por el accidente ocurrido a Gitanillo en el quinto.

Gitanillo estuvo bien en su primero. En su segundo, al lancear de capa fue cogido, ingresando en la enfermería, donde le apreciaron varios varetazos que le impidieron continuar la lidia.

Mariano Rodríguez, bien con la capa y muleta en su primero y desigual en su segundo; con el sable estuvo breve en sus dos toros.

Bregando, Bombita IV, que estuvo colosal toda la tarde, Chavea, V. Prieto y Rosalito. Picando, Platilla.

El ganado cumplió, no ofreciendo dificultad alguna para la lidia.

Difiere la de la edición sevillana del diario ABC en un aspecto esencial, al señalar que si bien los toros cumplieron con los montados, no se prestaron al lucimiento de los diestros, pero en lo demás hay coincidencia. Otra nota que destaca, es que no se guardó un minuto de silencio en memoria del literato fallecido, como hoy se hace en recuerdo de casi quien sea.

Dramatis personae

José Pérez Gómez Nili es quizás el personaje del que menos se ha ocupado la historia del toreo y es que son contados los toreros de plata a los que hace un lugar especial. Toma su sobrenombre a sugerencia de Rafael El Gallo, que cuando le recomienda para una novillada sin caballos en Sevilla en 1915, lo hace según Cossío, a condición de que así se anuncie: …me haces recordar a un torero al que le decían el Nili del que mi padre me habló mucho… te recomendaré, pero con la condición de que te apodes Nili… El mismo don José María intuye que el senó Fernando se refería al granadino José Manzano Nili.

En 1921 es llamado al servicio militar y al concluirlo deja los toros, pero en 1925 se integra como banderillero a la cuadrilla de Francisco Peralta Facultades y es el inicio de una pertenencia a las infanterías de los principales toreros de esos días, pues Pablo Lalanda, Ignacio Sánchez Mejías, Rafael El Gallo, Niño de la Palma, su alternante en la tarde de este cartel, Mariano Rodríguez Exquisito, Luis Fuentes Bejarano, Fernando Domínguez y el que a la postre sería padrino de su nombrado hijo, Juan Belmonte, lo llevan entre sus filas.

En 1936 formará parte del Jurado Mixto Taurino que se encargaría de suspender las actuaciones de los toreros mexicanos en España, junto con el matador de toros Antonio Posada, el novillero Miguel Palomino y el banderillero Francisco Zaragoza Trueno. Ese cuerpo colegiado se integró, conforme a la legislación vigente en ese momento, al igual que en todos los campos de la actividad profesional, para regular la actividad de los extranjeros en España.

En ese mismo 1936, se atribuye a Nili el haber sido quien auxilió al último Alcalde Republicano de Madrid, don Pedro Rico López, para que abandonara la capital española y se dirigiera a Valencia, lugar del que partió a América. El hecho, se afirma, sucedió después de la última sesión del Ayuntamiento, el día 6 de noviembre y la salida de don Pedro se logró ocultándolo en el maletero del automóvil del torero.

En 1939 viene a México y se radica aquí con su familia, donde se dedica primero al apoderamiento de toreros, entre los que destacan Alfonso Ramírez Calesero, Jesús Córdoba y Antonio Velázquez. A propósito de éste último, en un tentadero en Peñuelas, es cuando Nili le ve como matador importante. A Corazón de León le es cedida una vaca y está tan bien con ella, que le anuncia que tratará de presentarlo como novillero en la inminente temporada de El Toreo de la Condesa.

Corría el año de 1942. Antonio guarda sus dudas al respecto, pero la suerte del paisano de Gaona estaba ya echada y así nos lo cuenta Pepe Alameda:

…Pero El Nili no es solo pintoresco. Es además, sincero y, como tiene carácter, cumple lo que promete. Ha movido los hilos de la tramoya taurina como el viejo político que conoce los secretos de entre bastidores. Y un buen día, se presenta en la casa de Velázquez y le espeta, a boca de jarro: El domingo debutas en El Toreo como novillero… Me puso a parir – dice Antonio – yo quería que me tragara la tierra. Pero no me quedaba otra y tuve que salir…

José Pérez Gómez Nili, falleció en la Ciudad de México el día 26 de enero de 1970 y dos nietas suyas, María Elena en 1981 y Fabiola en 1987, fueron soberanas de nuestra Feria Nacional de San Marcos.

Francisco Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana o Curro Puya es quizás el primero de los toreros a los que se atribuye una tauromaquia racial. Es a partir de él y de su contemporáneo Cagancho, que se empieza a hablar de una especie de escuela gitana del toreo, donde el toreo de capa desarrollado con las manos muy bajas y con una gran lentitud, es uno de sus sellos distintivos.

En algún otro espacio de esta misma bitácora he tenido la oportunidad de comentar que ese toreo de capa era capaz de satisfacer la expectativa de una faena completa y sobre esa expectativa, el torero de la calle de la Verbena - hoy Rodrigo de Triana - construyó su leyenda, como lo hizo aquí en México, en el viejo Toreo, la tarde del 3 de febrero de 1929, con el toro Como Tu de San Mateo, al que realizó una de las obras más recordadas en esa plaza de toros, hoy desaparecida.

Curro Puya no terminó de desarrollar todo lo que sus buenas maneras prometían. El 31 de mayo de 1931 se cruzó en su camino el pitón de Fandanguero, de don Graciliano Pérez Tabernero. El parte rendido por el doctor Jacinto Segovia decía lo siguiente:

Durante la lidia del tercer toro ha ingresado en la enfermería el diestro Francisco Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana, con una herida de asta de toro en el tercio medio del muslo derecho, con rotura de los músculos cuádriceps y abductores, y otra en la región sacro coxígea, penetrante en la cavidad pelviana, con rotura del sacro y sección y arrancamiento del nervio ciático mayor. Pronóstico muy grave.


Dos meses y medio duró la lucha - que resultó ser estéril - de Gitanillo de Triana con la muerte, pero las limitaciones de la medicina de aquellos días y la gravedad implícita en la herida que sufrió, terminaron con sus días la mañana del 14 de agosto, después de una prolongada agonía.

Mariano Rodríguez, apodado Exquisito por sus finas maneras, es uno de esos toreros que mantuvieron en vilo las esperanzas de la afición sevillana.

Debutó en la Real Maestranza de Sevilla el 11 de julio de 1926 con gran éxito, siendo llevado en hombros hasta su hospedaje. Recibió la alternativa en la misma Maestranza el 8 de abril de 1928 de manos de José García, Algabeño y llevando de testigo al Niño de la Palma, con toros de Francisco Molina. Esa alternativa la confirmó en Madrid el 28 de abril de 1928, siendo su padrino Chicuelo y el testigo el bilbaíno Martín Agüero.

Comienza a perder el predicamento que le revistió en sus primeras temporadas y que le llevó a tener una peña propia, el Club Mariano Rodríguez en Sevilla, que le homenajeó contratando al pintor hispalense Antonio Martín Maqueda para que le pintara un cuadro que se presentó en enero de 1930 y anuncia su retirada de los ruedos en 1931, aunque todavía el año siguiente, actuará en 3 festejos como matador. Regresará en 1934 para torear 2 novilladas y su postrera temporada vestido de luces será la de 1935, en la que actuará en una docena de novilladas.

Dice Cossío que Mariano Rodríguez tenía una cultura general muy superior a la mayoría de sus compañeros de profesión, pues había estudiado música, francés e inglés, idiomas estos dos últimos que hablaba con solvencia y cita una expresión de Tomás Orts Ramos Uno al Sesgo, respecto de los vaivenes en la fortuna del diestro en los ruedos: ¡Sí el valor hubiera acompañado al arte de este torero…!

Después de dejar de vestir el terno de seda y alamares se dedicó al apoderamiento de toreros y representó a varios diestros mexicanos, entre los que por ahora recuerdo al Torero de Canela, Fernando López, al que llevó en las campañas que realizó por España.

Remate

Estas son las historias que están detrás del cartel. Como pueden ver, merecen ser contadas y permanecer en nuestro recuerdo. Hasta otra oportunidad.

domingo, 24 de mayo de 2009

Una visión trasnochada, trasatlántica y… televisiva de la última actuación de Morante de la Puebla en la Feria de San Isidro


Dudé en escribir esto, pero aquí está. Ya me parece escuchar a mi padre con sus reclamos ante mis observaciones: ¡pero qué más esperas!, ¡no te conformas con nada!, ¡es el colmo contigo! Y es que a su juicio, mi exigencia como aficionado rebasaba cualquier ejercicio de razonabilidad, por lo que ahora, que me decido a poner en blanco y negro estas ideas, tengo la seguridad de que sí pudiera leerlas, en menos de diez minutos mi teléfono estaría sonando y yo recibiendo su filípica y su recomendación: ¡retírate de las plazas, que nada más vas a ellas a sufrir!

No quiero parecer un aguafiestas, pero la visión por la tele y el rumiar posterior de lo apreciado a través de ella, me dejaron con la idea de que en alguna parte había leído que Madrid vivió un episodio parecido en su historia. Y es que si el vídeo desnuda a los toreros como alguien afirma, si además es comentado, interrumpido y en buena medida purificado o sanitizado para adecuarlo al punto de vista de quienes narran – y en determinada forma conducen – la función, se le restan muchos datos que impiden la percepción de la mayor parte de los detalles que suceden alrededor de lo que pasa en el ruedo y que solo pueden verse, oírse, percibirse, disfrutarse o sufrirse cuando se está en la plaza.

Así pues, cualquier idea que pueda expresar hoy y aquí, estará limitada y por ende viciada por el punto de vista que en esta oportunidad me tocó vivir y también por ello quizás, ponga aquí algún despropósito, pero de ser así, creo que en alguna forma Ustedes me lo harán saber.


Ya en la biblioteca, encontré la referencia histórica a que me refería antes en la obra de José Alameda titulada Verdadera Historia de la Evolución del Toreo (Bibliófilos Taurinos de México, 1985) y a la que me había referido en alguna entrada anterior. Allí comprobé que mi idea de que algo parecido a lo que creo haber apreciado, no eran simples malos pensamientos. La referencia es a una actuación histórica de Gitanillo de Triana en la Plaza Vieja de Madrid, que el escritor presenció en su infancia o primera juventud y que sin más cito:

Toreaba Gitanillo (Curro Puya) en Madrid, creo que el año treinta. Había veroniqueado a un toro de Coquilla Con una dejadez y una gracia felina, que cautivaron al público. La plaza parecía literalmente echar humo, creo que lo echaba: ese vaho que se produce cuando una multitud apresura el jadeo. En el segundo tercio, la gente hubiera querido empujar a los banderilleros para que se aligerasen y volviera Gitanillo.

Yo permanecía de pie, junto a un aficionado singular que había coincidido aquella temporada con su localidad de abono junto a nosotros, mi padre y yo. Hombre de unos cincuenta años, alto, magro, de apariencia labradora y muy discreto, que procedía de un pueblo de la provincia (¿Colmenar, Navalcarnero?) y que a cada corrida se presentaba solo a su puesto. Cuando Curro tomó la muleta, yo brincaba alborozado al compás de los olés del público, que había reanudado el alboroto del primer tercio.

Me sudaban las manos. A los pocos minutos, tuve una sensación extraña. Sentí, de pronto, que el hombre de Colmenar -así le llamaba yo-, permanecía en su asiento y Con los brazos cruzados sobre el pecho. A su vez, él sintió mi mirada. Y se inclinó un poco, para decirme:

- Ten calma, con el capote ha estado maravilloso, pero con la muleta no está a la altura del toro. (Me lo dijo confidencialmente, como para evitar cualquier petulancia frente a los mayores)...

Quedé suspenso un instante. Recogí hacia adentro todas las fuerzas de mi atención, para un juicio al que se me lanzaba de improviso: el "hombre de Colmenar" tenía razón. La faena, sin hilván, sin conducción interior, no tenía la fuerza de los lances anteriores. Pero la sugestión de aquella figura seguía actuando sobre el público, que no podía frenarse, y como el torero fue breve, alcanzamos a la estocada sin que decayera el ambiente. Salieron todos los pañuelos y le dieron al maravilloso personaje las dos orejas, por una lidia… sin faena de muleta. En realidad, por el arrebato justificadísimo que habían producido sus primeros lances…

…Los efectos de la "idolatría" son infinitos e inescrutables. A veces, también peligrosos.


La idea de Alameda me llevó a averiguar exactitudes sobre la tarde en cuestión. Así, me encontré con que la corrida a la que alude, no se celebró precisamente el año de 1930, sino que de acuerdo con los datos que aporta, corresponde a un par de años antes, precisamente al sábado 19 de mayo de 1928, es decir, más o menos 81 años antes del fasto que me tiene aquí ante Ustedes. En aquella vez, los toros fueron de Coquilla y los diestros, Niño de la Palma, Valencia II y el referido Francisco Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana.

Esa tarde, el torero de raza de faraones cortó tres orejas. Tuvo quizás una de sus tardes más rematadas en la capital española, misma en la que dejaría su existencia tres años después. La crónica de Federico M. Alcázar, en el diario madrileño El Imparcial del domingo 20 de mayo de 1928, nos refleja lo siguiente:
…El público, que juzga a los toreros por impresión, y que es tan voluble y tornadizo como el viento, salía de la Plaza descorazonado, creyendo cándidamente que una tarde de mala fortuna era bastante para acabar con un torero y, lo que es más difícil, con su estilo. Solo nosotros permanecimos inalterables, y cuando escuchamos a los villamelones excomulgar al torero, sonreíamos desdeñosamente. Aquí, en estas mismas columnas, escribimos los siguientes párrafos: “Quien tiene ese capote maravilloso, esa muleta soberana y ese estilo tan puro y clásico, bien puede permitirse el lujo de echarse a dormir una tarde; pero con una condición: que despierte a la siguiente”…

… detallemos la faena. Empezó toreando por alto, y el toro, que tenía tendencia a la huida, se le fue en cada muletazo.

Volvió a recogerle y consintiéndole, no marchándose, metiéndole la muleta en los hocicos y tapándole la salida, le obligó a doblar; a quedarse y tomar el engaño. Con un valor sorprendente, solo en los medios, hizo la faena por altos, ayudados, naturales y de pecho soberbios. Hubo pases tan acabados, tan perfectos, tan soberanos, que provocaron el entusiasmo del público. Pero lo grande, lo asombroso, lo que colmó la admiración del público, fue la manera de matar al toro. En la suerte natural, perfilado con el pitón contrario, arrancó despacio y recto, metiendo un volapié inmenso, definitivo. La suerte fue consumada con un arte, un valor y un estilo imponderables. El toro rodó al minuto y por unanimidad le concedieron la oreja, dando la vuelta al ruedo en medio de una ovación clamorosa.

Pero todavía quedaba el último toro, que había de redondear esta gran tarde de triunfo.

Sus verónicas fueron un asombro de quietud, de temple, de buen estilo. ¡Qué suave, que lento iba y venía el toro de costado a costado! Una maravilla. El público, sugestionado, no cesaba de aplaudirle y las ovaciones se enlazaron hasta el final.

Empezó la faena con varios pases ayudados, magníficos. Luego vinieron otros en redondo y de pecho colosales. Con la izquierda corrió la mano superiormente en dos naturales y volvió a torear por ayudados de una manera asombrosa. Cada muletazo era una explosión. Pero el entusiasmo culminó al ejecutar por dos veces aquél famoso pase ayudado “de cintura” que inmortalizó Gallito. Arrancó muy derecho a matar, quedándose el toro, y señaló un pinchazo soberbio que valió por una estocada. Volvió a entrar valiente y agarró una estocada colosal, saliendo el toro rodado de los vuelos de la muleta. La ovación fue imponente. Le concedieron las dos orejas y le llevaron en triunfo.

Tarde completa, tarde redonda, tarde de consagración de un torero. ¿Qué misteriosa influencia tiene el traje de plata en ciertos toreros, que al ponérselo parece que están inspirados por el genio belmontino?

Ayer, Gitanillo no solo hizo honor al vestido que cubrió de gloria el maestro Belmonte, sino a la tierra que le vio nacer. De Triana viene la luz…

La visión de Alameda, producida algo más de medio siglo después del festejo, coincide con la inmediata de Alcázar en lo medular, la esencia de la tarde estuvo en el toreo de capa, pues la de muleta tuvo grandes pases sueltos según la descripción; tan lo estuvo, que hasta el de Valencia II le es motivo de elogio. Las descripciones más prolijas y ditirámbicas son las realizaciones del primer tercio – sin dejar de lado su preferencia por el torero trianero – dejándose como meros apéndices las demás etapas de la lidia, tanto así, que la suerte de varas ni siquiera es objeto de mención.

Regresando a lo de antes de antier, me queda el regusto, por lo que tuve permitido percibir, que el gran primer tercio de Morante de la Puebla ante el 4º de la tarde produjo el mismo efecto que el toreo de capa de Gitanillo ocho décadas antes. La hipnosis colectiva que produjo, me da la impresión de que le magnificó una faena de muleta que, por las condiciones del toro y la ira colectiva derivada de tantos días de nefandos acontecimientos ocurridos en el ruedo venteño, fue en realidad menos intensa que la primera parte de la lidia. Pero insisto, mi punto de vista es reducido, parcializado, encogido a lo que una pantalla de ordenador quiere y puede mostrar.

Ya me dirán Ustedes si mi padre tendría razón en sus señalamientos o no y por delante una acusación manifiesta, tanto por tratar de aguar la fiesta o de convertirme en agorero del desastre, como decía un político de estas tierras que decía tener ascendencia en Caparroso, como por el fárrago que aquí les receto.
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