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domingo, 5 de julio de 2015

Relecturas de verano (IX)

Jorge Aguilar “El Ranchero”. Un gran torero. Un gran hombre

Ejercer de biógrafo es una actividad riesgosa. La actividad entraña la dificultad de tener que anteponer la objetividad a la narración de la vida del personaje, a los sentimientos del autor. Y eso siempre cuesta mucho, sobre todo, como en el caso presente, cuando se tienen lazos afectivos y de familia, que pueden impedir el ver las cosas con claridad y hacer juicios que van más allá de los sucesos como realmente ocurrieron.

Pero en esta ocasión, Carlos Hernández González, Pavón para los amigos, superó con creces la difícil prueba que se puso por delante y nos presenta un repaso por la historia y la memoria de uno de los toreros mexicanos que más hondo ha calado en la afición – sobre todo la de la Plaza México – en lo que yo considero que es la Edad de Plata del toreo mexicano. Jorge Aguilar González, El Ranchero Aguilar en las arenas, es un diestro de esos pocos que tienen la facilidad de cautivar con su hacer ante los toros todas las sensibilidades y en Jorge Aguilar “El Ranchero”. Un gran torero. Un gran hombre, Pavón nos enseña la manera en la que ese hombrón nacido en la Hacienda de San Mateo Huiscolotepec, en el Estado de Tlaxcala fue encontrando los diversos matices al ser y al hacer delante de los toros bravos para lograrlo.

El libro inicia narrando los antecedentes familiares de El Ranchero, su emparentamiento con los señores de Piedras Negras, su integración a la vida de la Hacienda y al manejo del toro de lidia en el campo y sus primeros escarceos en las plazas de tienta de las ganaderías que llevan en su familia materna. Nos deja notar de manera clara que uno de los fundamentos básicos que le permitirían andar largo por los ruedos, fue precisamente el conocimiento del toro, adquirido en el campo, donde aprendió a ser también un gran garrochista y derribador.

La segunda parte de la obra está dedicada a analizar la trayectoria de El Ranchero en los ruedos, de cómo logra una primera alternativa en el año de 1949 en Tlaxcala, misma a la que renunció para hacer una reaparición como novillero y ser el máximo triunfador de la temporada novilleril de 1950 en la Plaza México, cortando tres rabos y recibir el doctorado definitivo el 28 de enero de 1951 de manos de Manolo dos Santos, con el testimonio de Jesús Córdoba, siendo el toro de la cesión Cartonero de La Laguna.

En esa segunda parte vamos a advertir que El Ranchero fue un torero de calidad, no de cantidad, pues entre ese 28 de enero de 1951 y el 11 de febrero de 1968 que toreó en la Plaza México la última corrida de su vida, apenas sumó 271 festejos vestido de luces. Pero lo hizo siempre en las mejores condiciones y en las mejores plazas de lo que Díaz Cañabate llamó en su día el planeta de los toros

La parte final de la obra se refiere a las actividades de Jorge Aguilar después de dejar de vestir el terno de luces. Ya fuera toreando festivales benéficos, practicando la charrería – nuestro deporte nacional – o dedicándose a las actividades agropecuarias, El Ranchero mantuvo una posición destacada en Tlaxcala y en México y se distinguió como un gran tentador, gracias al conocimiento que tenía del toro en el campo, aprendido desde su infancia.

La narración que nos hace Pavón de los hechos relacionados con la muerte de El Ranchero es conmovedora. Reúne una serie de testimonios acerca de los hechos ocurridos en el tentadero de Coaxamalucan la mañana del 27 de enero de 1981, cuando delante de una vaca que era tentada, Jorge Aguilar sufrió un infarto masivo de miocardio que terminó con su vida. Diríamos aquí en México: se murió en la raya...

Ya lo decía al principio de estas líneas decía que la tarea del biógrafo es complicada, pero en este caso Pavón ha realizado la faena con limpieza y con lucimiento. Y lo que es más, ha dejado al descubierto que la afición mexicana está en deuda con uno de sus grandes héroes, con un torero al que aclamó en sus días de gloria, pero que ahora que descansa, le tiene en un relativo olvido. Ojalá que este libro sirva para que se rinda un homenaje a su historia y a su memoria, sobre todo en la Plaza México, donde fue y ha sido uno de sus toreros.

La frase es manida, pero Jorge Aguilar “El Ranchero”. Un gran torero. Un gran hombre, es un libro de esos que no se caen de las manos, de esos que vale la pena leer. Si quienes lean esto tienen afición a la fiesta y a su historia, hagan un esfuerzo por conseguirlo, conocerán un jirón de la historia del toreo en México y de uno de los hombres que la han hecho posible.

Ficha bibliográfica: Jorge Aguilar “El Ranchero”. Un gran torero. Un gran hombre. – Carlos Hernández González. – Gobierno del Estado de Tlaxcala – CONACULTA – Instituto Tlaxcalteca de la Cultura. – 1ª Edición, 2015. – 383 Págs. – Sin ISBN.  

domingo, 13 de julio de 2014

Relecturas de Verano VIII; Escrito con Tiza. Memorias de Pepe Manteca

Hoy les presento un libro que no es estrictamente de toros, pero que nos presenta a un personaje que está vinculado con la fiesta y con sus personajes de una manera tal, que tiene cabida en una biblioteca taurina y por supuesto, en esta Aldea.

Francisco Javier Orgambides Gómez y José María Otero Lacave son colaboradores del Diario de Cádiz. En Escrito con Tiza, recogen las memorias de José Ruiz Calderón – Manteca – coloquialmente Pepe Manteca –, quien regenta una popular taberna en el barrio de La Viña en la llamada tacita de plata que es parte del paisaje más castizo de esa ciudad.

Pepe Manteca nació en 1934 en el barrio de la Viña, en la calle Lubet esquina a la Palma, donde su padre tenía un almacén de ultramarinos. “Creo que fui el primer niño, o el segundo, que se bautizó en La Palma, ya  que a esa iglesia la acababan de hacer parroquia”.  Cuando Pepe tiene muy pocos años, su padre, Lorenzo Ruiz Manteca, se traslada a la calle Libertad, esquina a Desamparados, enfrente de la plaza de Abastos, para hacerse cargo del almacén ‘El nuevo mundo’. En ese ambiente del mercado transcurren los primeros años de Pepe Manteca. Allí se aficiona a los gallos de pelea, a jugar al toro y a escuchar a los flamencos. “Yo no quería ir al colegio. Yo quería torear con los chiquillos, espatarrarme. No quería estudiar, me gustaba pasear los gallos, darles de comer y estar en la calle…” 
Pepe Manteca fue aspirante a torero, inició su formación en la escuela taurina de la calle Mateo de Alba de Cádiz y comenzó a torear en la época en la que iniciaban sus armas Juan García Mondeño, Curro Girón y Miguel Mateo Miguelín entre los notables y fue apoyado por los ganaderos de la familia Sánchez Ibargüen. Actuó en las plazas de su región de nacimiento y en los pueblos aledaños a Madrid.

Sigo el relato de Otero:
El padre de Pepe, un montañés de Tesanillo, era gran aficionado a los toros y al flamenco. Puso su empeño en que su hijo fuera torero y lo llevó a la escuela taurina que había en la calle Mateo de Alba. El director de la escuela era Manuel Jiménez Chicuelín, de Córdoba,  y de profesor figuraba  Sebastián Suárez Chanito. Junto a Manteca asistían a la escuela, entre otros, los hermanos Villodres, Manuel Irigoyen, Antonio Pica, Servando Muñiz y Chano Rodríguez. Después de debutar con la Escuela Taurina, Manteca inicia un largo recorrido por los pueblos de la provincia. Becerradas y tientas acompañado de otros jóvenes aficionados de Cádiz. Lorenzo Ruiz mantenía gran amistad con el ganadero Sánchez Ibargüen y Pepito pasa largas temporadas en la finca ‘Las Posadas’, donde comienza a aprender el oficio. Manteca cuenta con su propia cuadrilla. Pacorro, El Aceitunero y Manuel Jiménez Chele lo acompañan en sus actuaciones por la provincia…
José María Otero, José Ruiz Calderón Pepe Manteca y
Francisco Javier Orgambides
Tras de dejar los ruedos fue emigrante en Alemania; se dedicó a exportar gallos de pelea a Puerto Rico y a Estados Unidos y terminó administrando la bodega que es actualmente un símbolo de Cádiz – Casa Manteca – un comercio que en una sección expende abarrotes, pescado y mariscos y en la otra, tiene una especie de bar en el que se sirven al por menor bebidas y alimentos y al que han ocurrido toda clase de figuras del toreo y del flamenco, como Antonio Mera Almendrita,  Cojo Peroche, Manuel El Fotógrafo, Eugenio Salas Niño de los Rizos, Curro Balilla, Antonio Pérez El Torrija o el mismo Camarón de la Isla. Por los de los toros, asistían el crítico Antonio Rosales Don Puyazo, Manolo Belmonte, Enrique Bernedo Bojilla, Antonio Burgos, Curro Romero, Rafael de Paula, Joaquín Núñez del Cuvillo, Rafael Ortega, Jaime y Francisco Mora – Figueroa o Francisco Ruiz Miguel.

En ese mismo relato a José María Otero, José Ruiz Calderón cuenta lo que sigue:
Ha sido exportador de gallos de pelea a América y durante varios años viajaba con los gallos a Miami. Pepe no olvida nunca cuando fue detenido por el FBI en el aeropuerto de Miami. “Creí que me moría. Me llevaron a un cuarto para interrogarme porque habían encontrado unas medicinas en el equipaje. Creían que era droga y se trataba de medicina para los gallos. Y yo venga a dar voces y a decir que era para los gallos, para los kikirikis…hasta que vino el intérprete y todo se aclaró. Luego me hice amigo del policía y nos fuimos a tomar unos vasitos”.
Estas y otras vivencias están reunidas en Escrito con Tiza, un libro en el que el anecdotario propio de un hombre que quiso ser torero y que terminó siendo un punto de referencia para los más variopintos personajes de la fiesta y del cante y que en Cádiz es un paso obligado para todo aquél que tenga intención de conocer las reales entrañas de la antigua Gades.

Escrito con Tiza. Memorias de Pepe Manteca. – Francisco Javier Orgambides Gómez y José María Otero Lacave. – Industrias Gráficas Gaditanas, Puerto Real, Cádiz, 1ª edición, 2003, 199 Págs. (Con ilustraciones en blanco y negro). ISBN 84 – 88837 – 35 – 6.

domingo, 6 de julio de 2014

Relecturas de verano VII: El Toreo Puro

Esta obra contiene en una primera parte un repaso biográfico, expresado en primera persona y en una segunda, la tauromaquia de uno de los diestros que han ejecutado el toreo con más pureza en los últimos tiempos. Perdido para su generación – Manolete, Manuel Álvarez Andaluz, Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida – por tener que hacer el servicio militar durante la Guerra Civil Española en Ceuta, tuvo que ver pasar incluso a los de una posterior a la suya – Luis Miguel Dominguín, Pepín Martín Vázquez, Manolo González – y competir con Manolo Vázquez, Litri, Julio Aparicio y Antonio Ordóñez. Su tenacidad y su sentido de la pureza del toreo fueron los que le sacaron avante. Sobrino de Rafael Ortega Cuco de Cádiz, banderillero de los años 20, que militó entre otras, en la cuadrilla de Juan Belmonte.

Pese a la integridad con la que ejecutaba el toreo, la mala suerte le persiguió. Cuando debuta en Sevilla (1948) lo hace también Frasquito, a quien se le señaló esa tarde como un Manolete redivivo y aunque él hizo el toreo, todos se quedaron con la impronta del primero, y ni Antonio Olmedo Don Fabricio, cronista del ABC sevillano le daría crédito aunque esa tarde estoqueara cinco de los seis novillos corridos esa tarde. 

En el ocaso de su carrera (1966) sufriría otra trastada del destino, cuando después de cuajar un toro de Miguel Higuero en Madrid con la mano izquierda, Curro Romero se negó a matar al segundo de su lote aduciendo que estaba toreado. Al final, todos se acuerdan de la bronca del Faraón y nadie de la postrera lección del Tesoro de la Isla

De la vida y de la obra de Rafael Ortega me he ocupado en otro espacio de esta Aldea, por lo que aquí mejor dejo una serie de párrafos extraídos de su libro, los que reflejan su concepto del toreo y que, cotejados con su hacer en el ruedo y en la vida, nos dejan claro que El Tesoro de la Isla es un torero que la historia de la fiesta tiene injustamente infravalorado: 
A mí siempre me ha gustado el toreo rondeño, el toreo puro que han hecho, por ejemplo, Ordóñez y Antoñete, sin menospreciar también el toreo sevillano cuando se hace con pureza…

El toreo puro es… como cuando llega un señor y le saludas: ¿Cómo está Usted? Muy bien, gracias. Vaya Usted con Dios.

Para hacer el toreo puro, es esta continuidad: citar, parar, templar y mandar y a ser posible cargando la suerte…

El toreo de adorno es otra cosa… pero yo no siento ese toreo…

El toreo, lo mismo que en el cante, que en todo lo que hagas, que en todas las profesiones artísticas, es sentimiento: el que lo ejecuta tiene que “sentir” lo que hace, para poderlo “transmitir”…

Es muy importante que el torero se enfrente a cada toro con frescura, improvisando lo que el toro le pida, porque el toreo no se puede traer hecho de casa…

Mi tío El Cuco me decía siempre: nunca le levantes la mano ni al toro, ni al hombre… al toro siempre hay que bajarle la mano y hay que empezar a hacerlo con el capote, porque para mandarle al toro, éste tiene que humillar…

El toro tiene que venir humillado, metido en la panza de la muleta y con la suerte cargada… el toreo bueno es aquél en el que cargas la suerte y apoyas el peso sobre la pierna contraria…

El toreo no tiene sentido si no matas tu mismo al toro. Es como la rúbrica de una carta, que si no la firmas, no es tuya…

Rafael Ortega fue encasillado como un as de espadas, siendo que fue un torero completo que hacía todas las suertes según los cánones. De allí la injusticia de la historia a su legado y a su memoria. Escribe Joaquín Vidal
Le faltaron relaciones públicas y le faltó literatura. No tuvo un Hemingway, como Antonio Ordóñez, que novelara sus andanzas, ni un Felipe Sassone, como Antonio Bienvenida, que le hiciera la crónica de sus gestas. En una época donde se enriquecían los tremendistas con el litrazo o el pase del fusil y estaba de moda torear de espaldas -qué barbaridad-, en una época precursora del salto de la rana, que se veía venir y llegó enseguida, un diestro como el de la Isla, que toreaba con pureza y fragante genialidad interpretativa, era un tesoro inapreciable para revalorizar el toreo y robustecer el negocio empresarial. Sin embargo el negocio lo dominaba un monopolio donde Ortega no podía cuadrar, pues al toro le ligaría naturales arremataos, pero en los despachos no sabía dar ni un pase…
Afortunadamente, su perenne lección magistral está impresa en blanco y negro en la obra que aquí intento comentar.

Ficha bibliográfica: El Toreo Puro. – Rafael Ortega Domínguez, prólogo de Ángel Fernando Mayo. – Ediciones del Umbral, Madrid, 2ª edición, 2003, 95 Págs. (Con fotografías en blanco y negro. Viñetas de Antonio Casero). ISBN M – 84 – 95457 – 38 – 5.

domingo, 29 de junio de 2014

Relecturas de verano VI: Tauromaquia Mexicana. Imagen y Pensamiento

Cubierta de la primera versión
En estos tiempos en que la fiesta de los toros es uno de los símbolos más notables de lo que es la incorrección política, vale la pena revisitar esta obra coordinada en sus dos ediciones por Heriberto Murrieta y publicada en dos formatos distintos, pero sin variar la sustancia de su contenido.

Ambas ediciones contienen una serie de reflexiones, impresiones y recuerdos sobre la fiesta, sus valores y su raigambre en nuestro medio por personajes del medio del arte y la cultura en México. Raúl Anguiano (pintor), Carlos Prieto (músico), Alí Chumacero (poeta), José Solé (director de teatro), José Luis Cuevas (pintor), Juan José Arreola (escritor), Leonardo Páez (periodista), quienes expresan lo que a través de sus vivencias la tauromaquia en México les ha dejado en su vida o en su quehacer artístico.

Del texto del violoncelista Carlos Prieto extraigo lo que sigue:
Tuve el privilegio de conocer a Stravinsky desde mi niñez… Su último viaje a México fue en 1962 y en esa ocasión no sólo venía el compositor a dirigir dos conciertos… vivimos mi hermano y yo la insólita experiencia de presenciar una novillada en la Plaza México en compañía de Igor y Vera Stravinsky y de su amigo, el director Robert Craft… Pronto pudimos advertir que su afirmación de conocer bien la fiesta brava había sido algo exagerada y que el insigne compositor era, en realidad, un villamelón insigne. Al ver los petos de los caballos durante el paseíllo quiso saber cuál era el propósito de los “matelas” (los “colchones”) y, al aparecer en el ruedo el primer novillo, nos hizo esta sorprendente pregunta acerca del sexo del cornúpeta. “C’est un Monsieur o c’est une dame?” (“¿Es un señor o es una dama?”) y nos confesó que la última vez que había ido a los toros fue en Barcelona en 1904 o 1905…
De la participación de Juan José Arreola destaca:
Perdónenme todos ustedes, pero nunca sentí yo tanto la afinidad de vida o muerte, de pérdida o salvación, como en una plaza de toros, como en una de esas capillas donde los toreros rezan y se encomiendan, de rodillas a la Macarena o a la Guadalupana. Que conste, cuando después de una larguísima agonía murió Francisco Vega de los Reyes “Gitanillo de Triana”, mi hermana Elena y yo rezamos todo un novenario… Creo en lo que vive, no en lo que sobrevive. Creo en los sacerdotes como creí en los toreros valientes. Y en materia de toros y de religión, nadie puede valer más de lo que vale ante el toro de la Verdad, ya sea ante el altar o a la mitad del ruedo, ya sea que el sacerdote y el matador se juegan la vida por nosotros. La vida que nos toca en suerte puede ser noble y pastueña o resentida y derrotera…
Los textos de esta edición fueron escritos ex – profeso para la obra. Heriberto Murrieta aporta el capítulo titulado Antes del Paseíllo, que es una especie de introducción a la temática del libro y Sentido Amplio del Toreo en el cuerpo de la obra.

La segunda versión

Una década después de la aparición de la primera edición – 2004 –, la Universidad Nacional Autónoma de México re – publica la obra, en formato distinto. Ya no lleva la serie de fotografías de Sergio Rivero, pero se ilustra con imágenes de la Tauromaquia de Francisco de Goya y Lucientes.

Cubierta de la segunda versión
En esta segunda edición, de formato más pequeño, el prólogo es del Dr. Juan Ramón de la Fuente, Rector de la institución – personaje digno de encomio, quien en lo público y en lo privado, jamás ha abjurado de su afición a los toros – y se agregan otros textos, publicados en lugares diversos anteriormente por: José Alameda, Tomás Pérez Turrent, Rafael Ramírez Heredia, Luis Rius, Ignacio Solares, Xavier Villaurrutia, y Jacobo Zabludovsky. No obstante, no desentonan con los que formaron inicialmente la obra, sino que la complementan y enriquecen.

Me llama la atención particularmente el texto del poeta y dramaturgo Xavier Villaurrutia. Es una crónica del festejo taurino organizado en homenaje y beneficio de los deudos de Alberto Balderas en la que actuaron Armillita, Jesús Solórzano, Silverio Pérez, Carnicerito de México, Carlos Arruza, Andrés Blando y Conchita Cintrón. Su contenido es interesante ya no tanto por el hecho que narra, sino por la forma en la que lo hace. De ella, extraigo las siguientes líneas:
El toreo tiene, además de sus víctimas, sus mártires. El público que en esta fiesta es, como pocas veces, sinónimo del pueblo, se ha reunido ahora con doble fin: el de la ceremonia taurina por sí misma, “Armillita” no sugiere sino fórmulas precisas, que nunca lo serán tanto como su arte, en que la pasión está ausente… “Tan abierto de brazos como de piernas” toreó Silverio al cuarto de la tarde: toro que, para no ser menos, abrió sin medida los pitones. Silverio lo torea no conforme a las reglas sino conforme a excepciones… Pero ¿y la amazona? Un decidido sabor de intrusión tuvo, después de los seis toros, la suerte de rejonear. La corrida había terminado. Un viejo y sabio proverbio oriental aconsejaba no herir a la mujer ni con la hoja de una rosa, menos aún – añadiremos – con el pétalo de una revista semanal…
Así pues, tenemos aquí otro claro ejemplo de que la fiesta de los toros es cultura y motivo para otras manifestaciones culturales. Solo aquellos que padecen de una ceguera y sordera autoinducida, no lo quieren ver ni oir.

Fichas bibliográficas:

De la primera versión: Tauromaquia Mexicana. Imagen y Pensamiento. – Heriberto Murrieta (coordinador). Sergio Rivero Beneitez (imagen). – Fernández Cueto Editores, México, 1ª edición, 1994, 127 Págs. (Con ilustraciones a color). ISBN 968 – 6510 – 20 – 6. 

De la segunda versión: Tauromaquia Mexicana. – Heriberto Murrieta (coordinador). Francisco de Goya y Lucientes (imagen). – Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1ª edición, 2004, 162 Págs. (Con ilustraciones a color). ISBN 970 – 32 – 1220 – 4. 

domingo, 8 de septiembre de 2013

Relecturas de Verano (V)

Sol y Moscas

La portada de Sol y Moscas
La formación de una ganadería de toros de lidia generalmente se convierte en uno de los secretos mejor guardados por quienes se dedican a esa actividad y por sus pares y que en mayor o menor medida resultan ser partícipes de esa gestación de la nueva vacada, sea por aportar ideas o conocimientos, o sea por aportar la simiente necesaria para la integración del nuevo hato.

Es por eso que Sol y Moscas, escrito por Gabriel Lecumberri Pando resulta ser una novedad en el campo de la literatura dedicada a la vida en el campo y a la crianza del toro de lidia. Y lo es porque cuenta, con una inusitada sinceridad, la manera en la que, una afición que prácticamente podría considerarse como de fin de semana fue evolucionando a través de la construcción de instalaciones, de la adquisición de vacas y toros padres y del aprendizaje por la vía empírica – el camino de la prueba y el error – hasta llegar a obtener un hierro y divisa reconocidos por la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia (ANCTL).

Decía hace unas líneas que el libro es sincero. Y es que, en el decurso de sus capítulos, encabezados cada uno con expresiones alusivas a su contenido extraídas del riquísimo refranero mexicano, Gabriel Lecumberri expone la manera en la que él y su familia adquirieron tierras y ganados, haciendo especial hincapié respecto de estos últimos de la forma selectiva que actuaron en su adquisición, comprando siempre después de ver la tienta de hembras y machos y primando la bravura de los ejemplares sobre lo que hoy se califica por los más como toreabilidad. En estos tiempos que corren, la vía fácil hubiera sido adquirir el número mínimo exigido por la ANCTL en una ganadería al alza e iniciar con la vacada prácticamente hecha, pero en Sol y Moscas la historia nos es contada de la manera en la que ocurrió, creo que diametralmente opuesta.

Las vacas fueron llegando a La Necedad – las otras dos fincas en las que se lleva la ganadería son Ojoazul y Jarauta – en el Estado de Querétaro lo hicieron dijéramos a cuentagotas, primero, porque Gabriel y Carlos Lecumberri comenzaron a hacerse de ellas a manera de pasatiempo y después, porque cuando decidieron acometer la empresa en forma organizada, recurrieron a ganaderos amigos de los que sabían que eran depositarios de buena simiente – principalmente de origen Llaguno – y con vista de los resultados de la tienta, seleccionaban los que serían las fundadoras de su ganadería. En varias de las oportunidades, las vacas seleccionadas no eran precisamente las que hubiera preferido el ganadero anfitrión.

También es importante el recuento que Gabriel hace acerca de la importación de una serie de pajuelas de unos sementales de la ganadería de Hermanos Ozcoz de casta navarra. Nos hace un breve recuento de la leyenda de Atenco y de la presencia de la sangre de este origen que vía Zalduendo llegó a esa ganadería en el siglo XIX, misma que se perdió por absorción y de los esfuerzos que los hermanos Sergio y Félix Ozcoz Gracia hacen por recuperar para las plazas  a los toros royos originarios de Navarra. En la aplicación de algunas de esas pajuelas, logran un toro que ahora es semental de la ganadería, llamado Navarrito, que tiene la importante misión de hacer la ganadería.

Los sesenta y cuatro capítulos de Sol y Moscas transcurren contándonos el camino que sigue todo work in progress. Me resulta interesante enterarme de la manera en la que se fueron construyendo las instalaciones para el manejo del ganado y de cómo se fueron percatando los ganaderos de que algunas, pese a sus mejores ideas e intenciones, simplemente no funcionaron como se creyó que lo harían. Luego, resulta también edificante el advertir la manera en la que personas que han trabajado en el campo toda la vida, pero sin tener contacto con el ganado de lidia, pronto le toman cariño y respeto. 

Aparte, Gabriel Lecumberri nos participa, casi llevándonos de la mano, de las duras y de las maduras cuando se trata de ver las bajas causadas entre los becerros por el frío, la muerte súbita de vacas en los potreros y el tener que enfrentar en algunos círculos de taurinos – personas con intereses dentro de la fiesta, término opuesto a mi juicio al de aficionados – el sambenito de la tenencia de sangre española en su hato. Todos esos tragos amargos eran compensados con ver la lidia de novillos sueltos en pueblos y festivales, en los que algunos demostraron que el camino elegido es el correcto.

Todo el capitulado de la obra tiene una generosa dotación de notas a pie de capítulo, en las que Gabriel Lecumberri aclara al enterado y al catecúmeno cualquier situación que pueda ser motivo de duda o controversia. Ganaderías, ganaderos, toreros, personajes, tunantes, lugares y otras minucias son objeto de una clara y a veces extensa explicación que agregada a la narración sentida y en una prosa que bordea en momentos lo poético, le permite a uno leerse el libro de un solo tirón.

Hierro y divisa de Lecumberri Hermanos
Y es que, retomando lo que decía al principio acerca de la sinceridad de la obra, recuerdo una lectura que hice hace bastantes ayeres – creo que fue en mis años de primaria –, en la que se explicaba el origen del término sinceridad y se explicaba que una escultura de mármol era sincera cuando el escultor no había utilizado la cera para ocultar imperfecciones del mármol o errores en su realización. En este caso particular, la sinceridad de Sol y Moscas la percibo en el hecho de que Gabriel Lecumberri cuenta las cosas tal y como él las vivió, sin maquillar los sucesos, en un ejercicio de un gran valor literario y humano.

Creo que por eso Sol y Moscas es un libro que debe estar en la biblioteca de todo aficionado a la fiesta de los toros, por lo que lo recomiendo totalmente. El libro se publica mediante un novedoso sistema llamado impresión por demanda o print on demand (POD), lo que implica que se vuelve asequible en costo en cualquier lugar del mundo, pues se reducen sus costos de envío, carece casi de gastos de almacenaje, etc., y curiosamente, el trabajo editorial se hace en los Estados Unidos.

Sol y Moscas puede obtenerse con tapas duras, tapas blandas y en versión de e – book en las siguientes direcciones electrónicas: ventas@palibrio.com y http://solymoscas.com/ 

Referencia Bibliográfica: Sol y Moscas. – Gabriel Lecumberri – Palibrio. – 1ª edición, Bloomington, Indiana, E.U.A., 2013, 384 páginas, con ilustraciones en blanco y negro, de Óscar Matchaín. – ISBN 978 – 1 – 4633 – 5556 – 2.

domingo, 7 de julio de 2013

Relecturas de Verano IV: Ignacio Sánchez Mejías. Sobre Tauromaquia

Uno de los argumentos más manidos de los que se oponen a la Fiesta de los Toros consiste en intentar negar el valor cultural que tiene. No hay espacio para la duda en cuanto al hecho de que en torno a las cosas de los toros, muchas y muy variadas expresiones culturales se han tejido. Pero aún crece esa vertiente cultural cuando los propios actores de la Fiesta son quienes aportan a esas manifestaciones su visión desde dentro.

Las expresiones literarias de Ignacio Sánchez Mejías parecen hacerse públicas poco tiempo después de su primera retirada de los ruedos en 1922. Aunque solo un año dejará los redondeles, para actuar sin interrupciones hasta 1927, año en el que se mete de lleno, ahora sí, a las cuestiones literarias. Paco Aguado  refiere así esta dedicación a la literatura y la conjunción de Ignacio con la Generación del 27:

Sánchez Mejías fue un humanista, un hombre que mezcló en una sola persona acción y pensamiento y al que la gran Literatura le debe la iniciativa de convocar, congregar y aglutinar a los entonces incomprendidos e inadaptados poetas de la que llamarían Generación del 27. Si Belmonte se puso a la sombra de los consagrados, Ignacio apostó por los malditos en aquella reunión en el Ateneo de Sevilla y la posterior fiesta en su finca de Pino Montano. Su amigo Federico, a quien salvó de la depresión de poeta en Nueva York, se lo pagó con creces escribiendo el epitafio más hermoso que nunca pudo tener un torero. Fue aquel llanto por una muerte que le tenía obsesionado desde la tragedia de Talavera y que los gitanos, como la de Joselito o la de Granero, hacía tiempo que venían oliendo. Porque, volviendo de nuevo a Luján, durante veinte años, se salvó de ella emborrachándola con su propia sangre a cada cornada feroz que recibía, y siempre se libró por milagro...

Entre los incomprendidos a los que se refiere Paco Aguado, se encontraban Rafael Alberti, José Bergamín, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda y Federico García Lorca y a partir de ellos, organiza en Sevilla las conmemoraciones del tercer centenario de la muerte de Góngora, las que tienen lugar el 11 de diciembre de 1927. Después, preparará Las Calles de Cádiz, para reivindicar la pureza y la autenticidad del flamenco y del cante jondo. Las Calles de Cádiz se presentó en el Teatro Español de Madrid el 14 de octubre de 1933 y en él participarán Encarnación López La Argentinita y los bailaores gaditanos Rafael Ortega, La Macarrona, La Malena y La Fernanda, ésta última compañera de cartel de La Gabriela y de La Mejorana en el café sevillano del Burrero.

Es también en 1929 cuando pronuncia su célebre conferencia en la Universidad de Columbia en Nueva York y cuando comienza a publicar artículos de opinión en El Heraldo de Madrid, sobre cosas de toros, pero también, abordando temas complicados como los relativos a la censura a la que oficialmente estaba sujeta la prensa de su época.

Posteriormente abordará también la crítica y la crónica taurinas en el diario sevillano La Unión, en el que contaba a la afición su punto de vista sobre las corridas que toreaba en esos días, llegando incluso a cuestionar con profundidad y calidad de argumentos, la actuación de quienes presidían las corridas en las que él actuaba, mismas que por lo regular eran el objeto de sus narraciones.

Sánchez Mejías, el escritor

El profesor de la Universidad de Sevilla, Juan Carlos Gil González, novillero en su día – Carlos de la Serena fue su alias artístico – es quien estudia a detalle los escritos periodísticos de Sánchez Mejías y hace una interesantísima selección de ellos, de manera tal que pueden cubrir las distintas temáticas que el torero abordaba en esas comunicaciones. Sobre ellas señala el profesor Gil:

…se observa con meridiana claridad su tozuda defensa de la libertad y la fecundidad aplastante de sus reflexiones sociopolíticas. Y algo más, suficientemente inusual como para ser recordado tras el paso de su historia: la decencia de su postura inalterable ante las dictaduras de la pluma periodística al servicio de intereses espurios era una actitud vital. Que se sepa, Ignacio Sánchez Mejías jamás coqueteó con los filibusteros del periodismo para ganarse su favor con fraude de ley. Al contrario, pudo exhibir sin complejos una decencia poco usual en su gremio, muy dado a dejar en manos de terceros sin escrúpulos la fontanería de los bajos fondos. Su aventura de intentar combatir de frente los hechos injustos no mordió su prestigió taurino aunque sí le generó un sinfín de enemistades…

La recta personalidad de Ignacio Sánchez Mejías se mantuvo inalterada aún en los medios literario y periodístico. Igual se condujo delante de los toros, que en los despachos de los empresarios – recuérdese el veto al que fue sometido en 1925 –, como ante los círculos gobernantes del llamado cuarto poder y quizás fuera por ello, que luchara contra esa censura existente de manera oficial en los días en los que publicaba sus pensamientos en los diarios españoles.

El libro

Juan Carlos Gil González reúne en la obra una interesante variedad de textos y prepara el terreno al lector con un minucioso estudio previo. Se incluyen en él dos conferencias. La primera seguramente es – por su temática – la que pronunció en la Universidad de Columbia y hay una segunda dedicada al análisis de los encastes del toro de lidia. Particularmente destacaré un tríptico dedicado a lo que hoy llamamos la defensa de la fiesta, en el que de manera inteligente y por demás amena, aborda el caso de las llamadas sociedades protectoras de animales, mismas que he transcrito en esta misma bitácora y que pueden consultar en estas tres ubicaciones: 1, 2 3.

La publicación de Sobre Tauromaquia, es una especie de continuación del rescate de la obra del torero – literato, dado que unos meses antes, la propia Editorial Berenice sacó a la luz una novela inédita de Sánchez Mejías titulada La Amargura del Triunfo, obra acerca de la que Andrés Amorós considera lo siguiente:

…un retrato prototípico del ascenso y desengaño de un torero, con claves y un trasfondo muy originales debido a las manos, de sobra autorizadas, de las que procede… un verdadero hallazgo literario, por tratarse de un personaje tan importante en la literatura y la cultura española…

La colección recopilada y analizada por el profesor Juan Carlos Gil se formó con materiales procedentes del archivo de la familia del torero y con una concienzuda revisión hemerotecas y se centra principalmente en el ambiente de la fiesta, el campo y – como lo señalaba antes – en la defensa de la Fiesta de los toros. Algunos de los textos seleccionados por el profesor Gil eran inéditos y otros muchos resultaban desconocidos, por estar en las profundidades de las hemerotecas.

Más como en relecturas anteriores, detengo aquí la explicación sobre el contenido de la obra, con la idea de invitarles a su lectura, a descubrir en sus páginas el rigor y la inteligencia con la que Ignacio Sánchez Mejías trataba – sobre todo – los temas de esta Fiesta. Agrego mi acostumbrada coletilla, en el sentido de que no me parece justo el descubrir el total de la obra, pues eso creo que va en detrimento de la posibilidad de que sea leída, lo que contraría la intención de todo autor. 

Sobre Tauromaquia se presentó en Sevilla el 15 de diciembre de 2010 y fue comentado por Antonio García Barbeito, Juan Carlos Gil González y David González Romero.

Referencia Bibliográfica: Sobre Tauromaquia. Obra periodística, conferencias y entrevistas. – Ignacio Sánchez MejíasJuan Carlos Gil González (selección de textos, edición y estudio previo). – Editorial Berenice. – 1ª edición, Sevilla, 2010, 232 páginas, con ilustraciones en blanco y negro. – ISBN 978 – 84 – 92417 – 48 – 3. 

Nota aclaratoria: Esta imagen, que sirve para ilustrar la portada del libro fue tomada en México. Precisamente en la ganadería de La Punta, en donde los hermanos Francisco y José C. Madrazo y García Granados implantaron la moda de practicar el acoso y derribo con un automóvil. La escena resulta interesante, porque todo el atavío andaluz quedó desechado para su práctica en esa forma y si no, obsérvese el sarakoff que adorna la cabeza de Ignacio Sánchez Mejías en la escena campera.

domingo, 26 de mayo de 2013

Una interesantísima pieza (II/II)


Aquí concluye lo que dejé pendiente la pasada semana…
…En lo referente al comportamiento de los toros, queda por dilucidar si obedece exclusivamente a una degradación de la especie, a un lamentable estado de la cabaña brava o a causas más inmediatas. Aunque no debe confundirse falta de casta con manipulación dolosa, la verdad es que, para los fines de los teóricos de la Fiesta, ambas se complementan. Al toro que no sale descastado de la ingeniería genética que practican muchos ganaderos se le «descasta» en los corrales. Ambas circunstancias conducen a lo mismo: a la docilidad del animal, a la generalización de un toro con las fuerzas precisas para mantenerse en pie embistiendo sin atosigar al matador. Lo que ocurre es que, a veces, a criadores y a manipuladores se les va la mano. Y, aprendices de brujo, son incapaces de controlar las fuerzas que han desatado. Por atemperar temperamento y fuerzas, les salen toros con sangre de horchata y toros verdaderamente inválidos. 
¿Cómo explicar los radicales cambios que experimenta el toro en las primeras carreras que da por el ruedo? Sale galopando con una pujanza y fiereza impresionantes, corre de acá para allá, obedece a los cites, acomete violento. Y, de repente, desfallece, claudica y rueda por la arena. En ese súbito cambio de personalidad algo ha pasado, independientemente de que el toro tenga más o menos casta. Alguna sustancia está obrando sobre su organismo y produciendo estas incomprensibles mutaciones. El pobre animal pasa dando tumbos el primer tercio, el tercio de banderillas, y luego acaba recuperándose, parcialmente, para llegar en circunstancias medianamente presentables a la muleta. En estas circunstancias debiera ser preceptivo el análisis de las vísceras para determinar por qué los toros se desploman. 
Pero no desesperemos. Si se minimiza, con tendencia a su supresión, la suerte de varas. Si, a sabiendas y groseramente, se manipula la fortaleza del toro, será por algo. Quizá porque el verdadero test, la suprema importancia, los taurinos la depositan en la muleta. Preparémonos, pues, a ver un toreo de arte sin mácula. Un toreo de arte, de plástica y de armonía requiere, dicen, un toro suave, noblote, justo de fuerzas; un toro que salga ya picado de chiqueros y, si es posible, de la dehesa o desde el vientre de la madre que lo parió. La tauromaquia así concebida convierte la pasión de lidiar en una composición de formas vacuas y sin emoción; se eliminan, por innecesarios, los recursos técnicos, la ciencia lidiadora y el arrojo y el valor. Al uniformarse las características de los toros, se uniforman también las reglas de la lidia. Con lo cual, las posibilidades de algunos toreros que sienten y practican el toreo con autenticidad quedan notoriamente disminuidas. Las sepulta la mediocridad general. Por contra, todos los toreros, artistas o no, empiezan a reclamar el toro «colaborador», su toro, ese enigmático cornúpeta de cuatro patas dotado de milagrosas condiciones que les permita hacer «su toreo». Otro engaño manifiesto. ¿Quién dice que hay más arte y más armonía cuando se torea despacio a un toro que embiste despacio? Eso se llama temple. Y si a un toro que embiste vivaz se le templa, también se está haciendo un toreo rítmico y armónico. Otra cosa es el arte, el sentimiento espiritual que provoca una determinada interpretación de las reglas taurómacas. El toreo se rige por unas normas, unos cánones que pueden ser cabalmente realizados por un diestro sin especial relieve artístico, sin una singularidad precisa. En principio, eso es lo esencial. Luego puede haber un valor añadido, una emoción de orden superior, por la que el ánimo y la voluntad del espectador son cautivados de una manera especial. Es el fulgor imborrable de una estética que no se puede explicar. Pero mientras esos milagros suceden, lo fundamental, lo básico, es la santísima trinidad, aún no desmentida, de parar, templar y mandar, y el estrambote, igualmente esencial, de cargar la suerte. Es más, estas premisas, siendo la base de toda tauromaquia, pueden llevarse a cabo sin exquisiteces. Pero no hay arte verdadero sin su cumplimiento. 
Vicios convertidos en virtudes 
En la Fiesta siempre hubo deformaciones, vicios, suertes mal ejecutadas y toreros que practicaron el arte de torear de manera deficiente y tosca. Siempre hubo también toros mansos, toros blandos, toros difíciles sin un pase. Pero los toreros sabían el oficio y lo ponían en práctica, y de una manera u otra resolvían la papeleta. O no la resolvían. Pero nunca las insuficiencias eran alabadas como virtudes ni lo accesorio elevado a rango de fundamento. Lo malo empieza cuando esas deficiencias se convierten en costumbres, son aceptadas por el público con toda normalidad y la crítica las silencia, les quita importancia o las jalea. Y los toreros cimentan en ellas sus triunfos y su fama. Olvido o trivialización del toreo al natural, citar con el pico de la muleta y con él conducir, lejanamente y hacia afuera, la embestida, y matar de horrendos y criminales bajonazos son algunos de los vicios que la costumbre está santificando. 
Resulta evidente que no todos los toros permiten lo que habitualmente conocemos por una faena más o menos perfecta. Y que los vicios enunciados, y otros que se dirán, pueden ser, en ocasiones, recursos técnicos de un toreo a la defensiva necesario e inevitable con ciertas reses. Nada hay que decir en contra de esto. La lidia entendida como lucha y sometimiento es no sólo una grandeza de la Fiesta, sino su fundamento y su origen. 
Lo malo surge cuando esos recursos técnicos y lidiadores se convierten en descaradas ventajas contra todo tipo de toros: con los broncos y con los pastueños, con los nobles y con los inciertos, con los mansos y con los bravos. En este sentido, citar al toro con el pico de la muleta, soslayando en consecuencia la rectitud del cite, es la base del toreo moderno. Y no es una cuestión únicamente de ortodoxia o de fidelidad a la letra de las viejas normas. Es que, provocando ese viaje del toro concéntrico al eje del torero, se eliminan todos los tiempos de la tauromaquia clásica: parar, templar y mandar y cargar la suerte. Únicamente se templa, y no siempre. Además, hay que reconocer que, en las condiciones en que se produce el cite y se desplaza la res, el temple es un acompañamiento habilidoso y no una técnica. 
Terrenos y distancias 
Según un extendido axioma taurino, treinta centímetros son los que separan la riqueza de la pobreza, el fracaso de la gloria. Esto no parece válido para hoy. Hoy, los límites se han ampliado notablemente, y sin franquearlos ni de lejos, muchos toreros se hacen millonarios. Es curioso que quienes defienden el toro objeto como condición necesaria para la manifestación gloriosa del arte, defiendan también, y sin asomo de contradicción, el muletazo fuera de cacho, distanciado, sin obligar al toro en los remates, basado todo en un temple ficticio y en una técnica que es únicamente habilidad y truco. Malos tiempos para la autenticidad, malos tiempos también para el arte. Y, sin embargo, pocas veces se han llenado las plazas como se llenan ahora. ¿Cuánto durará? El tiempo que la gente tarde en descubrir el fraude colectivo y multitudinario. Cuando eso ocurra, pasará lo de siempre: que los espectadores seguirán las hazañas de lo auténtico y desdeñarán los simulacros y los sucedáneos. Y las plazas dejarán de llenarse. Mediten los comerciantes en esa amarga posibilidad. Porque la verdad, es decir, el toro íntegro, acabará resplandeciendo. Y si no, nadie evitará el fin, la desaparición de esta fiesta noble, bárbara y hermosa. 
La gente del medievo soñaba el paisaje futuro como una sucesión de castillos feudales. Y, sin embargo, llegó el Renacimiento. Hoy se sueñan muletazos prescindiendo del toro, muletazos a toros disminuidos. Pero el toro llegará. Y, como siempre, pondrá todo del revés. O sea del derecho. Ya cada uno en su sitio.
Creo que cualquier comentario sobra…

En: Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Coordinación: Javier Villán. Ediciones Akal, Colección La Tronera, Vol. 3, Madrid, 1993, Págs. 7 – 14. 

domingo, 19 de mayo de 2013

Una interesantísima pieza (I/II)


En 1993 Javier Villán, crítico de toros del diario madrileño El Mundo, coordinó la publicación de un libro titulado Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Creo que no está de más recordar que es en 1992 cuando entra el Reglamento de la Ley 10/1991, publicada en el Boletín Oficial del Estado del 5 de abril de 1991, sobre potestades administrativas en los espectáculos taurinos (llamada La Ley Corcuera), publicado por Real Decreto 176/1992 del 5 de marzo de ese año.

Es también la temporada en la que Manolo Montoliú y Ramón Soto Vargas mueren a consecuencia de cornadas en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, misma que fue escenario de un gran fiasco al suspenderse una corrida anunciada para celebrar la realización de la Expo 92, por no aceptar los diestros anunciados los toros propuestos por la empresa.

Las firmas que integran la obra son entre otras, las del propio Javier Villán, Joaquín Vidal, Fernando Fernández Román, Juan Manuel Albendea, Fernando Bermejo, José Luis Suárez - Guanes, Javier Hurtado, Paco Apaolaza, Rubén Amón, Andrés Amorós, Clara Custodio, Carlos Ilián, Fernando Bergamín Arniches, William Lyon, Luis Nieto y Carlos Gil Laurelito Txiqui.

Del libro, tomo el primero de los artículos, que por su estructura y su contenido, me parece casi profético. Lo firma Francisco Vallida y Gil, un profundo conocedor de esto y un extraordinario escritor. No pude encontrar referencias acerca de su persona, pero su conocimiento del tema se desprende en automático del tratamiento del tema que enseguida y por su extensión, en dos partes, dejo a su consideración:

Una tauromaquia en defensa del toro bravo 
Francisco Vallida y Gil 
Una tauromaquia es una serie de normas encaminadas a un objetivo concreto: la lidia y muerte de un toro. Los ejes en torno a los que se mueve son dos: el toro y el torero. Y aún podría añadirse un tercer elemento, menos fundamental que los citados, pero también decisivo: el público aficionado. Los espectadores sancionan el toreo, y este se produce según los conocimientos y las exigencias que aquellos manifiestan. No es casual que los toreros se «alivien» sin ningún rubor en plazas en las que suponen un público menos entendido. Lo hacen también en plazas consideradas cátedras históricas, cuanto más en humildes ruedos de pueblo. 
Fijar las características de una tauromaquia pasa, necesariamente y en primer lugar, por un análisis del toro que sale a la arena. Obligado es establecer las adecuadas relaciones entre la forma de torear y las condiciones de las reses de lidia. Y en este aspecto conviene dejar claro qué clase de toro defendernos y exigimos, el toro objeto o el toro protagonista de la Fiesta. Decididamente estamos a favor del segundo. Mientras desde instancias oficiales, como el Ministerio del Interior, se consagra un modelo consumista y vacuo de la Fiesta y se entierra definitivamente el concepto de bravura, hay que insistir, una y otra vez, en el protagonismo sin merma del toro. Y en la subordinación de todo el espectáculo a esta rara especie, un fenómeno de la naturaleza, relegado con frecuencia al papel de comparsa.  
Un toro, para que pueda ser definido como toro de lidia, precisa de unas características morfológicas y temperamentales muy concretas: animal poderoso, íntegro, dotado de una capacidad ofensiva que, ante determinados estímulos, reacciona agresivamente. 
La integridad se refiere también, inevitablemente, a su aspecto genético que, al fin y al cabo, condiciona su comportamiento durante los veinte minutos que va a durar su lidia. Si genéticamente el toro está ya tarado, si se han seleccionado y buscado conceptos como docilidad, dulzura, ductilidad, casta baja, etc., de nada valen todas las normas con las que se quiera defender la intangibilidad del toro. Este estará ya «afeitado» desde el momento mismo de la concepción.  
La fiesta de los toros es, todavía, una fiesta rural y ese rescoldo de naturaleza es el que la está salvando de una configuración meramente industrial a pesar de los intentos de muchos por alterar la idea tradicional del toro de lidia. Cada encaste tiene su propia personalidad. Y esa forma de comportarse, junto con su tipo físico, son valores intrínsecos trascendentales que los ganaderos deben de guardar como lo que son: verdaderos tesoros patrimoniales y colectivos. Sin embargo, no podemos detenernos sólo en este aspecto, por grave que sea. 
No parece infundada la sospecha de que el comportamiento del toro en los ruedos obedezca, en ocasiones, más que a una degeneración de la especie, a manipulaciones dolosas e inmediatas al inicio de la corrida, que modifican su comportamiento. Hay que ser tajantes en este aspecto. Con el toro íntegro, manso o bravo, bronco o pastueño, hay tauromaquia. Con el toro manipulado, debilitado y disminuido, hay un sucedáneo del arte de torear.  
Establecido como punto de partida, inexcusable, de cualquier tauromaquia la integridad del toro, hagamos un poco de historia. Tratemos de determinar si una forma de torear ha impuesto un tipo de toro, o la evolución del toro, sus condiciones físicas y anímicas, ha obligado a torear de una forma determinada.  
Desde Juan Belmonte, los ganaderos han ido modificando el toro para adecuarlo a las nuevas formas de torear. Con el toro de principio de siglo podía Joselito, en el ejercicio de una tauromaquia concebida para esos toros; Belmonte, no. Con el toro que caracterizó los años veinte, más aún los treinta, Belmonte ya podía hacer su toreo innovador. Y quienes heredaron su escuela, lo perfeccionaron con el toro de los años treinta, que era un toro de mayor calidad, seleccionado en pureza, con sus características esenciales – trapío, casta y bravura – perfectamente equilibradas. Puede que la Edad de Oro del toreo sea, según está comúnmente aceptado, la de José y Juan. Mas la quintaesencia del toreo en todos los órdenes se produjo en los años treinta. Luego vino la gran fractura de los años cuarenta, y empezó la decadencia. Con la excusa de la Guerra Civil se lidiaba un toro anovillado (o el novillo, sin ningún rubor), con el que Manolete pudo hacer manoletadas; Arruza, arruzadas, y todo lo demás. Estos fueron los precedentes de la cadena de despropósitos que han llegado hasta hoy, siempre en función del toro, que iba perdiendo en cada etapa buenas porciones de agresividad y fortaleza: Litri con el litrazo, Chamaco con las chamacadas, El Cordobés y su salto de la rana. Y después aún peor, porque los públicos rechazaron el tremendismo con sus brotes de toreo bufo, y se pasó a la ficción de toreo serio, hasta llegar a la insoportable mascarada de nuestros días. Es cierto que Belmonte inició lo que hoy llamamos decadencia del toro de lidia fiero e indomable, pero no puede responsabilizársele de los desatinos actuales. «Sus» toros aún eran toros.  
Las condiciones de las reses afectan a todos los tercios de la lidia. Veamos, por ejemplo, el tercio de varas. Todo lo que en él ocurra tiene una importancia decisiva. Y no es accidental que nos fijemos especialmente en él si, como pretendemos, se trata de establecer una tauromaquia basada en la integridad. Es decir, una tauromaquia en la que el toro, como decíamos al principio, sea protagonista y no objeto; elemento activo y determinante de la Fiesta y no sujeto pasivo.  
La suerte de varas es tercio fundamental y afirmamos que sin ella cualquier cosa que ocurra en el ruedo caree e de importancia. La suerte de varas ser justifica por ser el único procedimiento conocido para ahormar al toro y, a la vez, probar su bravura. Si no se cumplen estas dos funciones – no una, las dos –, la suerte de varas no tiene sentido. Es más, supone una sangrienta ejecución, una carnicería cuyo deprimente espectáculo bastaría para dar la razón a quienes acusan a la Fiesta de los toros de bárbara e inútil crueldad. La suerte de varas ha ido modificándose y está en trance de desaparecer. Toreo a caballo pudo llamarse en tiempos la suerte de picar y vara de detener la puya. Y para cumplir el doble requisito de ahormar al toro y medir su bravura eran preceptivos al menos tres puyazos. No es capricho. Un toro puede parecer bravo en el primer encuentro y rajarse luego, huir en los siguientes. Por eso, todas las reglamentaciones, excepto la nefasta de Corcuera, ha regulado las tres varas. Argumentando en base a la debilidad de los toros, la costumbre ha ido rebajando el número de entradas al caballo, pero no sus mortales efectos. Efectivamente, en un puyazo pueden causarse más destrozos que en tres. Ha cambiado el sentido y concepción de la suerte. Y de suerte torera, bella y necesaria ha pasado a ser una suerte matarife, en la que el toro, sin ninguna ventaja por su parte, es destrozado por el picador. Esta concepción es lo que trata de justificar la reducción a uno o dos los puyazos reglamentarios. Se protege así, dicen, al toro y se le conserva más entero para la muleta. La argumentación contiene tres falsedades: la primera, aceptar como inevitable y deseable un toro genéticamente disminuido: segunda, creer que al toro se le castiga menos, y tercera, pretender que con ello se reduce el aspecto cruento de las corridas de toros. Por el contrario, lo que se pone de relieve es la indefensión del toro, la mutilación de una parte esencial de la corrida y la impunidad de los picadores, que, subidos a su fortaleza, machacan sin piedad al animal. Para este viaje no se necesitan alforjas. Y si de lo que se trata es únicamente de castigar y reducir la res, esta podría ya salir disminuida de chiqueros y nos ahorrábamos trámites. En definitiva, todo es coherente. Llegado ese momento de la desaparición de la suerte de varas, y no sería demasiado extraño que llegase, se habrá conseguido lo que muchos vienen persiguiendo hace tiempo: convertir al toro bravo en un dócil animal doméstico. Eso sería el principio del fin. No estaríamos lejos, salvando todas las distancias, de aquella exageración de Hemingway, quien profetizó el principio del fin con la aparición del peto. No se trata de volver a la prehistoria, sino de darle al toro, íntegro y en posesión de todos sus recursos de defensa y ataque, alguna oportunidad. En estos derechos debieran insistir las asociaciones protectoras de animales. En esto debiera insistir el Ministerio del Interior que, so capa de adaptar el castigo a las fuerzas del toro, precarias, ha enterrado el concepto de bravura y de fuerza. Hay un dicho popular que es necesario repetir aquí: un puyazo lo toma hasta un buey. Por otra parte, al aceptar el nuevo reglamento que se lidien toros con las astas arregladas bajo la responsabilidad del ganadero o para corregir los desperfectos de un supuesto accidente, se abre un peligroso portillo para que se cuele el afeitado descarado y llano. Es el ejemplo más cínico del mercantilismo que rige las corridas de toros. No nos oponernos a las legítimas ganancias de todos los sectores del mundo taurino. Nos oponernos al fraude, a la estafa y a las prácticas tendentes a mutilar al toro. Es decir, defendemos al toro en clara sintonía con las sociedades protectoras de animales. El argumento de Corcuera para aceptar toros con astas accidentadas es que un toro vale mucho dinero que un ganadero no puede perder. ¿Por qué no hacerlo extensivo al toro cojo, al reparado de la vista, al anovillado, etc.?...
En: Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Coordinación: Javier Villán. Ediciones Akal, Colección La Tronera, Vol. 3, Madrid, 1993, Págs. 7 – 14. 

Concluye la próxima semana…

domingo, 8 de julio de 2012

Relecturas de verano III: Por qué Morante


Hace algunos años ya – que si los cuento resultarán muchos –, Salvador Pinoncelly (Torreón, 1932  Ciudad de México, 2007) quien fuera mi profesor de Teoría de la Arquitectura – en un paso poco feliz por esa Facultad – nos decía que el creador tiene muy escasas posibilidades de ser absolutamente original. Afirmaba que dentro del proceso creativo, todos obtenemos información de nuestro subconsciente de algo que hemos visto, oído o leído en alguna parte, en algún momento de nuestra vida, aunque no lo recordemos de inmediato. De allí concluía Pinoncelly, la absoluta originalidad, era casi imposible, aunque la nueva obra tenga el sello personal y la firma de su autor.

Recurro a ese recuerdo de una de mis etapas estudiantiles, porque tengo la impresión de que esa es la aproximación que generalmente hacemos los aficionados cuando un torero comienza a despertar interés. Primero, nos causa asombro, pero después, empiezan a salir de las profundidades de nuestro subconsciente recuerdos que llevan más o menos tiempo allí refugiados, que nos conducen a compararle con otros a los que hemos visto en las plazas, en el cine o en los vídeos, en las fotografías o aún en la literatura.

Allí reside a mi juicio el gran mérito de la aproximación que hace Paco Aguado a la vida, pero sobre todo, a la tauromaquia de Morante de la Puebla, cuando al analizarla desde su parentesco con las generadas en ambas márgenes del Guadalquivir y aún asumiendo la referida apreciación del pintor y arquitecto mexicano, tira de la memoria, pone sobre la mesa los nombres y los datos y expresa su juicio del por qué de cada una de esas apreciaciones. La originalidad en este caso, el de Paco, reside no solo en el hecho de establecer o de proponer esa especie de genealogía al hacer en el ruedo de Morante, sino de exponer los hechos que a su juicio la fundamentan.

Y es que, como podemos leer en la obra y pese a que a veces nuestros sentidos nos quieran guiar a encontrarle parangón, Morante no es un imitador de estilos ajenos, aunque busque en ellos la particularidad de su propia esencia. Y es así que a partir de escuchar, de leer y de ver imágenes fijas y en movimiento de los toreros sevillanos y trianeros que le precedieron en la historia encontrará las influencias que se reflejarán en la manera en la que se conduce ante los toros, pero siempre con un marcado acento personal que lo hace diferente y único. 

Paco Aguado, tras de su análisis, sitúa la tauromaquia de Morante de la Puebla en la cuerda de Chicuelo, pasando por Pepín Martín Vázquez y Manolo González, aunque recuperando esencias de toreros icónicos de la afición del lado del Arenal como El Pío, Antonio Gallardo, El Vito, Macandro o Rafaelito Chicuelo. Toreros todos ellos que sin ocupar un sitio de aquellos que son llamados figuras, si llevan entre ellos lo que Alameda llama el hilo del toreo de esa margen del Guadalquivir.

Los dos Morantes

Uno de los planteamientos que me resultaron más interesantes dentro de la lectura, es la manera en la que nos presenta la evolución de la figura de Morante de la Puebla y la manera en la que prácticamente, nos puede resultar en dos toreros distintos, dependiendo del momento de su evolución. Le cito:

Con el utrero y los primeros cuatreños, caminó por la senda marcada por los toreros sevillanos de la facilidad y la gracia natural. Pero a medida que avanzó su carrera y el toreó dejo de ser para él un sueño de adolescentes para convertirse en una lucha de hombres, con las exigencias que imponen el toro y las propias estructuras del negocio t,aurino, José Antonio Morante fue encauzando sus dotes por otras formas de expresión. Un renovado concepto que, sin dejar de ser coherente con el que tenía asumido desde niño, se debía antojar mejor lenguaje para transmitir el cúmulo de sentimientos que iba añadiéndole la vida, como persona y como artista. Para expresar en suma, un mensaje más profundo…

Creo necesario aclarar que el concepto que Paco Aguado considera novedoso ya sumado a la original tauromaquia de Morante de la Puebla, es la influencia que produce la manera de hacer el toreo que se genera al cruzar el Puente de Isabel II, en Triana.

A partir de allí, vendrá una extraordinaria presentación de la evolución del torero hasta su hacer actual, sin dejar de lado las vicisitudes personales que le han afectado en su paso por los ruedos, más no es mi cometido hacer una síntesis completa de la obra aquí, ni de justicia con el autor el no dejar nada para la lectura del libro, misma que no tengo empacho en recomendar.

En suma, Por qué Morante resulta ser una interesante manera de recoger el hilo del toreo desde el punto de vista de un torero en particular, con una extraordinaria prosa y un excelente manejo del lenguaje, un libro que insisto, a mi juicio merece ser leído y analizado, pues nos da medios para poder comprender la evolución de uno de los diestros más destacados de nuestros días y también, de la tauromaquia que se ha generado en una de las regiones más emblemáticas de lo que en algún tiempo fue llamado el planeta de los toros.

Referencia bibliográfica: Por qué Morante. – Paco Aguado, con prólogo de Agustín Díaz Yanes. – 1 Más Uno Editores, primera edición, Madrid, 2011, 193 páginas, con ilustraciones a color y en blanco y negro. – ISBN 978 – 84 – 938722 – 1 – 2. 

domingo, 18 de marzo de 2012

Relecturas de invierno (IV)


Alas de Mariposa

Portada de Alas de Mariposa
Hace alrededor de cinco años que tuve la fortuna de tener trato personal con un artista mexicano. Oskar Ruizesparza es su nombre y es un extraordinario fotógrafo que ha dedicado su vida a difundir con lo que observa detrás de la cámara y fija, ayer en la película emulsionada y hoy en bytes y mega bytes, la grandeza de este México suyo y nuestro. Una parte importante de esa sustancia de lo mexicano que es materia de su obra artística, es lo taurino y procura cada año, recopilar en un libro o dos, una selección de fotografías captadas en las plazas de toros que de una manera casi religiosa recorre, cámara en ristre, para escribir con imágenes y relatar con textos de amigos invitados – de allí mi inicial relación con él – el suceder de nuestra Fiesta.

El año de 2011 el libro de Oskar se tardó un poco en ver la luz y aparecer en los estantes. Y es que, al recibirlo de su parte por conducto de un amigo mutuo, me enteré de que el proyecto no se trataba tanto de recopilar lo visto y vivido por el fotógrafo al recorrer la legua, sino que dedicó su talento y sus energías a un proyecto de carácter didáctico en el que se alió con el matador de toros tapatío Miguel Ángel Martínez El Zapopan para recopilar en imágenes fijas, en vídeo y con una descripción en texto, setenta (70) suertes de capa, muchas de ellas creación de toreros mexicanos, para conocimiento, disfrute y aprendizaje de los aficionados y de aquellos que pretenden ser toreros.

Las suertes se ejecutan por los matadores de toros de Guadalajara Miguel Ángel Martínez El Zapopan y Guillermo Martínez, tío y sobrino respectivamente y en las ciento cuarenta y cuatro (144) páginas que forman el libro, dividido en cuatro capítulos, encontraremos catorce (14) distintos lances de inicio o recibo; treinta y tres (33) suertes diferentes apropiadas para hacer quites; doce (12) remates y adornos remates y cuatro (4) suertes creadas por El Zapopan. Todas las demás, cuando procede, tienen indicación del torero que las creó. El escenario es el ruedo de la Plaza de Toros Centenario, de Tlaquepaque, Jalisco.

Alas de Mariposa viene acompañado de un DVD en el que se explica la ejecución – de salón – de cada una de esas ciento cuarenta y cuatro suertes capoteras, de manera tal, que quienes practican el toreo o aprenden a hacerlo, pueden entender con facilidad la manera de llevarlas a cabo, practicarlas y en un momento determinado, ejecutarlas delante de los toros.

Uno de los vídeos incluidos en Alas de Mariposa (Cortesía: altoromexico.com)

Oskar Ruizesparza es Director – Editor de la Revista México Mío, dedicada a diversos temas de la cultura nacional. En lo taurino, destacan dos monográficos dedicados a las dinastías Armillita (abril 1988) y Silveti (noviembre 1988). Ganador del Primer Lugar dentro de la Convención Internacional de la Sociedad Mexicana de Fotógrafos Profesionales A.C., categoría Maestros, los años 1983, 1984, 1985, 1986, 1987 y 1988. Ganador por cuatro ocasiones (tres consecutivas), del premio a la mejor fotografía dentro de la Convención Internacional de la Sociedad Mexicana de Fotógrafos Profesionales A.C. Autor entre otros de libros como Feria Aguascalientes 2005. Más que mil palabras; Feria Aguascalientes 2006. Pepe López, un sentimiento en el capote / Arturo Macías conquista La México (libro doble) y Los recortes de Oskar de la Feria Taurina de Aguascalientes 2007 entre otros.

Miguel Ángel Martínez El Zapopan nació en Zapopan, Jalisco, el 13 de enero de 1953, recibió la alternativa el 9 de enero de 1977 en la Plaza de Toros El Progreso de Guadalajara, siendo su padrino Joaquín Bernadó, llevando como testigo a Salvador Villalvazo. El toro de la ceremonia se llamó Caramelo y fue de la ganadería de Matancillas.

Guillermo Martínez nació en Guadalajara, Jalisco el 31 de mayo de 1982, recibió la alternativa el 17 de octubre de 2004, en la Plaza de Toros Nuevo Progreso de su ciudad natal. Su padrino fue Miguel Espinosa Armillita Chico y completó el cartel el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza. El toro que le fue cedido fue nombrado Seda Gris y provino de la ganadería de Fernando de la Mora.

El valor de la obra reside en un hecho que Oskar declaró a Juan Antonio de Labra con motivo de la presentación del libro en la Ciudad de México:

Es verdad que muchos de estos quites ya no se hacen, y otros ni los conocen los toreros; por eso consideramos que era de gran importancia mostrarlos gráficamente en este libro, donde se aprecia, a través de las fotos de secuencia, la forma en que se ejecutan acompañada de una breve explicación. En este sentido, la obra representa una aportación a la tauromaquia y creemos, sin vanidad, que debe ser una especia de libro de texto de las escuelas taurinas que, para bien de la Fiesta, tanto abundan en nuestros días…

Es decir, al final de cuentas, Alas de Mariposa se convierte en un testigo de una torería que en estos días casi es anecdótica, pues los lances, quites y demás suertes que se recopilan, ilustran y explican en el libro, son prácticamente parte del archivo muerto de esta fiesta.

Por eso es que, a mi juicio, este libro resulta de consulta y colección indispensable para aquél que se diga aficionado a los toros, porque por desgracia, llegará el día en el que estas suertes sólo podrá conocerlas en él. Y aunque no acostumbro hacer esto, ni es la misión de esta bitácora, pueden obtener información de cómo adquirirlo, en este sitio

lunes, 23 de enero de 2012

Relecturas de Invierno (III)


Recuerdos de un Torero. Andrés Luque Gago

Uno de los libros publicados el pasado 2011 que despertaron mi interés desde que se anunció su salida a la luz fue el que titulado Recuerdos de un Torero, trajera a la afición las remembranzas de uno de los más destacados toreros de plata de la segunda mitad del Siglo XX, don Andrés Luque Gago.

Más que una autobiografía, Recuerdos de un Torero resulta ser una recolección ordenada de una serie de recuerdos del paso por los ruedos de Andrés Luque Gago, quien en esa serie de apuntes, ordenados y pulidos por su hijo Andrés Luque Teruel, refleja la intensidad con la que puede vivir su paso por los ruedos aquél que tiene vocación por ser torero y que reconoce en el vestir el terno de seda y alamares una especial dignidad, la que de acuerdo con el ser y el parecer de cada quien, le otorgará su sitio dentro y fuera de los redondeles.

De su paso por el escalafón novilleril, Luque Gago recuerda lo siguiente:

…Tenía buenas formas, me faltaba ambición y, por eso, la principal cualidad para ser figura. En aquél momento, tampoco me acompañaba el físico, condición que, sin duda, y aunque entonces no lo supiese, determinaba la anterior carencia. Esa circunstancia limitaba y, en última instancia, impedía la mentalización necesaria para una lucha tan dura…

De allí su decisión de aceptar la invitación que le hiciera Curro Girón para ir con él como banderillero y a partir de ese momento, iniciar una andadura que duraría treinta años largos en el entorno de los principales toreros de su tiempo.

Ya como hombre de plata, Andrés Luque Gago presenta una serie de retratos de los diestros con los que formó cuadrilla. Luis Miguel Dominguín, Carlos Corbacho, José Julio, Manolo Vázquez, Miguelín, Pedrés, Antonio Bienvenida, Antoñete, Antonio Ordóñez, Francisco Ruiz Miguel, Paquirri, Manolo Arruza y Rafael de Paula. En algunos de esos retratos la técnica empleada es más impresionista que en otros, dependiendo del tiempo y la cercanía mantenidos con sus maestros, pero deja claro en todos los casos, el profundo respeto sentido por los jefes de cuadrilla a cuyas órdenes estuvo.

Por ejemplo, de Ordóñez en el ruedo, dice lo siguiente:

…Nosotros estábamos muy pendientes y cuando remataba, le quitábamos el toro rápido, de manera que evitábamos los tiempos muertos o las simples demoras… Con la mirada nos decía dónde debíamos colocarnos y dónde teníamos que situar al toro. Un simple gesto lo decía todo…

Y de su paso por la cuadrilla de Ruiz Miguel, recuerda esto:

…La diferencia de ganado era abismal. Luis Miguel, veterano y ya por encima de los condicionantes de la temporada, intervenía en corridas elegidas, con toros de ganaderías acreditadas y cómodos de juego y presentación; Ruiz Miguel, joven y capacitado, lo hacía ante todo tipo de toros y las ganaderías más duras incluidas las de Miura, Pablo Romero y todas las variantes de Santa Coloma y Atanasio…

También habla de la necesidad del torero de ir al campo, pues lo reconoce como el laboratorio de la técnica y así repasa primero su formación en los tentaderos de Juan Belmonte en Gómez Cardeña, Joaquín Buendía, los de las familias Galache y Cobaleda, los hermanos Cembrano, pero teniendo siempre como cuartel general de invierno la finca de los Rodríguez Pacheco en Ciudad Rodrigo, lugar en el que reconoce que adquirió el oficio para volverse torero de plata.

Luego, ya maduro y en el lugar de los principales dentro de los de su escalafón, persistiría en el paso por los tentaderos, recordando especialmente los compartidos con Luis Miguel Dominguín y Paquirri:

…Como sucedía con Luis Miguel Dominguín, pasábamos parte del invierno en el campo, en su finca de Cantora. En una ocasión, le compró ochenta vacas con más de diez años a Manuel Camacho, procedencia Núñez, que llevamos entre los dos y a pie de finca a finca, con la única ayuda del picador Antonio Torres. Pasábamos los días entrenando, jugando al fútbol y retentando ese ganado…

Por supuesto que guarda recuerdo y respeto también para sus compañeros Alfredo David – de quien reconoce su gran toreo de capa –, Michelín, El Boni, Julio Pérez Vito, Enrique Bernedo Bojilla y Luis González entre los que más nombra, aunque reconoce como sus espejos a Juan de la Palma, Chaves Flores y Tito de San Bernardo:

…Juan de la Palma, hermano y banderillero de Antonio Ordóñez… se convirtió en toda una referencia. Su dominio de los terrenos y la eficacia con la que desplazaba a los toros le daba un toque elegante sin acaparar ningún protagonismo. Lo veía y pensaba que algún día llegaría a tener esa soltura… Chaves Flores era un modelo para buenos aficionados… ofrecía garantías a toreros de corte muy distinto… Tito de San Bernardo, otro lidiador, capotero le decíamos entonces, con un conocimiento de los terrenos, dominio y temple fuera de lo común…

Andrés Luque Gago dejó la vida profesional como banderillero en abril de 1986 y como señala en el capítulo final del libro, sigue como aficionado disfrutando la fiesta a la que tanto dio y la que mucho también le ha dado. 

En lo personal, le recuerdo en su actuación los domingos 27 de enero y 3 de febrero de 1980, a las órdenes de Rafael de Paula en la Plaza México. Las circunstancias no fueron las propicias para el torero jerezano, pero Andrés Luque Gago pudo cautivarnos con su fino capote de brega, tanto así, que se le otorgó el Trofeo Domecq al mejor de su especialidad por esa temporada 1979 – 1980.

Como lo he afirmado en anteriores oportunidades, espero que con lo aquí presentado se despierte su interés por la lectura de este libro, que es de los que le mantienen a uno prendido a la tela hasta que concluye. Es por eso que no abuso ya en intentar describir la obra, o de citar más de su contenido, invitándoles mejor a que la obtengan y la lean en su integridad.

Recuerdos de un Torero
Andrés Luque Gago
La Isla de Siltolá
Colección Levante
Sevilla, 2011
ISBN 978 – 84 – 15039 – 41 – 9

domingo, 26 de septiembre de 2010

Relecturas de verano II: El aroma del toreo

El autor

El doctor Alfonso Pérez Romo que ha ejercido exitosamente la medicina, ha sido un destacado académico y en ese campo llegó a ocupar la Rectoría de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, además de que en las diversas actividades profesionales, humanísticas y literarias que ha abordado en el decurso de su existencia, se ha destacado como una persona triunfadora y reconocida por la calidad y la mesura de sus juicios.

Alfonso Pérez Romo es también aficionado a la Fiesta de los Toros, por la que siente:

Una atracción irresistible; un aprecio del toreo que va mucho más allá de su abigarrado colorido, su pintoresquismo, su derroche de valentía y su efusión de sangre; un asombro siempre nuevo por esa hermosa y noble bestia que es el toro de lidia; y una admiración respetuosa por el torero, extraño personaje del arte hispánico que cumple su actuación dramática al filo de la muerte.
Es afición le llevó a constituirse como empresario de la Plaza de Toros Monumental Aguascalientes en la década de los 80, junto con Julio Díaz Torre y el matador en el retiro Eduardo Solórzano, dando un giro radical a la manera en la que se organizaba nuestra Feria de San Marcos y en la combinación de sus aficiones, fue quien animó al Poeta del Toreo, Alfonso Ramírez Calesero, para que reuniera las memorias que son la base del libro que hoy da pie para que yo meta los míos.

La obra en cuestión

Solo el que vive los hechos sabe lo que son. Eso es lo que nos demuestra la recopilación de memorias y vivencias de un torero que se fue por la puerta grande. Aquí nos encontramos con lo que pasa por la mente del que se viste de luces por última vez, con lo que recuerda y con lo que ve en lontananza.

Al fin y al cabo, la obra que hoy intento comentarles contiene la expresión del valor humano en lo taurino, el reconocimiento de que el torero no lo debe ser solo en el ruedo y delante del toro, sino que el torero es un hombre y como tal interactúa con la afición, con la comunidad en la que convive y con su círculo más cercano, con su familia. Los toreros son humanos, aunque para oficiar, se vistan de dioses.

¿Cuándo se debe ir un torero? Decía un contemporáneo de Calesero, también su compañero de muchas batallas, que buena parte de la grandeza de don Rodolfo Gaona residía en que se fue de los ruedos cuando aun le podía a los toros. Seguramente y de lo revelado por Alfonso, el de Triana, ese tema es uno de los principales en esos momentos en los cuales los toreros hablan entre ellos de las cosas de su ministerio y es también quizá por ello, que El Calesa dio la vuelta a la página de su historia vestido de luces cuando lo hizo y como lo hizo, es decir, demostrando que el adiós se debía a una decisión personal y no a aquello que decía Guerrita, a que lo echaban. El contemporáneo al que me refiero es don Arturo Muñoz Nájera La Chicha, inolvidable torero de plata y personaje de la torería de Aguascalientes.

Otras revelaciones interesantes se contienen en la obra del doctor Alfonso Pérez Romo. Por ejemplo, nos cuenta el destino final de aquel toro de Vicente MartínezTerciopelo se llamó – que en la década de los treinta importara don Miguel Dosamantes Rul para Peñuelas, ejemplar único que en la historia de la ganadería brava mexicana es ya mítico.

Hombre de a caballo; significado tentador, Alfonso Ramírez Alonso hizo, ya hace casi medio siglo un análisis, que por lo que hoy vemos, resultó premonitorio. Lo hace cuando habla del toro de esos días, de su comparación con el que lidiaba en las plazas cuando inició su camino por los ruedos y de lo que veía para el futuro. En 1966 escribió:

En México, por el exceso de celo por conservar un tipo de toro y una sola línea genética, la casta se ha ido perdiendo y creo que esta experiencia ya se agotó. Nos guste o no, ha llegado el momento de refrescar, porque cuando la sosería se repite constantemente, la gente acaba por aburrirse y deja de ir a las plazas...

Y sigue diciendo:

...otra cosa que yo veo es que en mis tiempos de matador en activo, todos éramos diferentes; pienso en Armillita, “El Soldado”, Antonio Bienvenida, Garza, Silverio, Solórzano, Arruza, Manolete, Pepe Luis, Procuna, yo mismo. Todos inconfundiblemente personales y distintos. Y lo más importante: cada uno de nosotros hacíamos nuestro toreo totalmente diferente y original; ninguno llevábamos una faena hecha de antemano o estereotipada y el público que nos iba a ver siempre estaba a la expectativa de la sorpresa, de la espontaneidad, del momento inspirado…

Y lapidariamente concluye:

...la gente ya no va a los toros con la esperanza de ver el milagro de lo inesperado, sino a resignarse a ver la repetición interminable de lo mismo, así sea de buena calidad. ¡Como el arte y la artesanía otra vez!
Es a partir de esas reflexiones que Calesero penetra en los terrenos de la creatividad, del sello, de lo que lleva el titulo de la obra que pretendemos comentar, del aroma del torero y del aroma del toreo, aroma que dijera Arthur Miller, no se puede ver, pero se puede percibir y se puede recordar.

También nos habla de aquello que decía Lorca, había que buscar en las últimas habitaciones de la sangre, el duende, que brota cuando menos se espera y que no es de producción en serie; las condiciones deben estar dadas para que el torero se transfigure y en un momento y lugar determinado haga a los toros cosas que no son humanamente imaginables y aunque a Jesús Eduardo Martín Jáuregui no le parezca, he de afirmar como Pepe Alameda, esta es otra evidencia del seguro azar que representa el toreo.

La personalidad del hombre determina por anticipado la medida de su posible fortuna, expresó alguna vez Arthur Schopenhauer y por su parte, Óscar Wilde pareció agregar; cualquiera puede hacer historia, pero solo un gran hombre puede escribirla.

En El aroma del toreo estamos delante de una fracción de esa historia, bien delimitada en su esfera temporal; pero también, bien relacionada con sus antecedentes próximos y remotos.

Estamos delante de lo que considero es el legado de un torero a la afición y muy principalmente a sus pares. Vemos en sus pensamientos un examen preciso de su pasado y del presente que vivía cuando lo hizo y muy especialmente, del futuro que veía venir, y que hoy es para nosotros el presente.

Estamos delante de una breve parte de las memorias de un hombre que siendo padre y abuelo de toreros nunca dejo de tener presentes a su esposa, que a su vez, hija y hermana de ganaderos, conoce la fiesta desde sus entrañas y sabe que ese ver cara a cara a la muerte los días de corrida o de tentadero puede lastimar o fortalecer la armonía familiar, dependiendo de la manera de aproximarse a ella. En este caso, el lazo de unión entre Calesero, su esposa doña Alicia y sus hijos y nietos, después del amor, sin duda ha sido el vivir con autenticidad su taurinidad.

Esta es mi apreciación acerca de este interesante testimonio de vida y aprovecho el viaje para invitarles a leerlo, disfrutarlo y encontrar una a una, las múltiples aristas que representa la vida de un hombre dedicada por entero a la fiesta de los toros, siguiendo la máxima taurina:
Para el logro del triunfo siempre ha sido indispensable pasar por la senda del sacrificio.
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