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domingo, 19 de octubre de 2014

Jesús Solórzano y Bellotero a 50 años vista

Jesús Solórzano
(Aguascalientes, 1970. Foto: Carlos Meza Gómez)
Pertinente aclaración: Hace cinco años había publicado otra versión, en este lugar, de esta misma entrada. En esta, agrego información e imágenes – no relativas al festejo de cuenta – de las que entonces no disponía.

El ecuador de la década de los sesenta en México, en las filas de los novilleros, resulta ser una especie de etapa de hidalgos, entendido el término en su sentido original, es decir hijos de algo. En ese tiempo se presentaron en la Plaza México varios toreros que llevaban nombre o sangre ilustre, o ambos, como Ricardo Torres, hijo del gran torero hidalguense que les he presentado en un espacio anterior; Manolo Rangel y Ricardo García, sobrinos del mismo diestro; Víctor Pastor, hijo de un novillero retirado y promotor en esos días de espectáculos bufos.

Luego estaban Luciano Contreras, hijo del otro Luciano que alguna vez saliera en volandas de la Plaza de la Carretera de Aragón en Madrid; Javier Liceaga, emparentado con ese frondoso tronco que iniciara el gran David; de estirpe de varilargueros era Rafael Muñoz Chito; de ganaderos lo era Gonzalo Yturbe y Armando Mora era ya el tercero o cuarto de una familia de toreros de la Triana de Aguascalientes que hacía el intento de llegar a matador de toros y Manolo Espinosa, el hijo mayor del Maestro Armillita y Alfonso Ramírez Ibarra Calesero Chico también se preparaban para subir al escalafón mayor. Entre esos modernos hidalgos, se encontraba Jesús Solórzano, hijo del Rey del Temple, quien llenó importantes páginas de grandes acontecimientos en la historia del toreo.

El 18 de octubre de 1964 estaba anunciada la 26ª novillada de la temporada correspondiente a ese calendario y a despecho de lo que hoy sucede, en los tendidos de la gran plaza se congregaron unas 15,000 personas para ver actuar a Solórzano, quien alternó con Ricardo García y el debutante estadounidense Diego O’Bolger. Curioso festejo este, en el que los tres toreros salieron vestidos de verde muy claro y oro, para enfrentar a los novillos de Santo Domingo que esperaban en los corrales.

La tarde fue ventosa, lo que dificultó la lidia en algunos momentos y sitios del ruedo. En la revisión del vídeo, dos cuestiones me llamaron la atención. La primera fue la extraordinaria entrada a los tendidos; diría yo que había unas veinte o veinticinco mil personas en la gran plaza, y la otra la actitud de Jesús Solórzano, que, cumpliendo con su papel de director de lidia, estuvo en todo momento auxiliando a la peonería y a sus alternantes y ordenando las cosas cuando el viento o los toros las dejaban fuera de su sitio.

Otros sucesos destacables fueron el ver a le peonería salir a recibir a los toros y correrlos a una mano, bregar por delante para no tocar los lados y en el segundo tercio, saliendo a buscar toro donde esté, no esperando a que se los capoteen en exceso para ponerlo en suerte. Bien se habla de que Felipe González El Talismán Poblano, Liborio Ruiz, Cayetano Leal Pepe Hillo, Antonio Martínez La Crónica y esa gran generación de toreros mexicanos de plata, son algo que hemos perdido irremisiblemente, pues hoy, poco, por no decir que nada de eso vemos en nuestras plazas.

El cuarto de la tarde se llamó Bellotero, número 113, y se le anunciaron 358 kilos de peso y ante él, como dijo José Alameda en su narración televisiva, el trasteo, tuvo cualidades como imaginación, sello, temple y estructura y así, Jesús Solórzano lo recibió con un farol de rodillas; tomó las banderillas y el tercer par, al sesgo por afuera, fue el más destacado. Con la muleta, templó y enseñó gran variedad con los remates, pues abrochó unas series con la arrucina y el de pecho ligados; otras con el kikirikí y no le faltó tampoco el pase de la firma y cuando toreó al natural citó de frente, logrando una serie breve pero templada y de buen aire.

Aunque se pedía el indulto de Bellotero, Solórzano se tiró a matar – como es debido – y pinchó en lo alto. Al segundo intento deja una estocada a un tiempo, ligeramente desprendida, pero que es suficiente para que doble Bellotero y surja el grito de ¡torero!, ¡torero!. El Juez de Plaza concede la vuelta al ruedo a los despojos de Bellotero y las orejas y el rabo a Jesús Solórzano que pasea solamente las dos orejas, para acallar algunas protestas que se suscitaron en los tendidos.

Tras de su actuación, declaró lo siguiente a José Alameda, que narraba para la televisión:
...A la gente la había soñado así, pero la faena tuvo muchos defectos para mi modo de ver… aunque el momento más emotivo para mí, fue cuando toree al natural, de frente, en el último tramo de la faena… Lo que uno siente, lo tiene que sentir la gente… Todo depende de lo que salga por la puerta de toriles, si todos salen como este de hoy, seguramente cortaremos las orejas siempre…
La prensa escrita también se hizo eco del suceso. Ernesto Navarrete, Don Neto, escribió lo siguiente para el diario tapatío El Informador:
Solórzano cortó las 2 orejas y el rabo en la México. Jesús Solórzano hijo triunfó fuertemente en la plaza capitalina México, cortando dos orejas y un rabo, en tanto que el norteamericano Diego O'Bolger que hizo su debut ante la afición citadina daba una vuelta al ruedo y Ricardo García, tercer alternante, era ovacionado… La novillada enviada esta tarde por los hermanos Labastida, propietarios de la vacada de Santo Domingo tuvo dos novillos muy buenos, sobre todo el corrido en cuarto lugar que fue extraordinario por su estilo en embestir y por su bravura, y cuatro difíciles, fuertes y encastados… Jesús Solórzano, que salió como primer espada, se hizo aplaudir en el primero de la tarde, pero con el cuarto logró una actuación sencillamente extraordinaria… Con el capote lanceó con valor, aguante y magníficas maneras. Colocó tres pares de banderillas muy expuestos aunque no igualados, y con la muleta realizó una auténtica faena, en la que ligó a la perfección no menos de setenta a ochenta muletazos, siendo ellos derechazos con temple y ritmo, naturales torerísimos y clásicos, forzados de pecho, adornos por la cara, molinetes, manoletinas, derechazos con una rodilla en tierra, afarolados, etcétera. Y como colofón dejó un pinchazo y una certera estocada que le valió cortar dos orejas y un rabo y dar dos vueltas al ruedo... La entrada fue muy buena y la gente salió contentísima del coso. Al fin, hemos visto un triunfador.

Jesús Solórzano
(Apunte de Pancho Flores)
Unos domingos antes, Calesero Chico había realizado una gran faena a Monarca, de San Antonio de Triana, en la tarde de su presentación en la capital, quienes tuvieron la fortuna de verla, señalan que fue una de las grandes tardes en la historia de las novilladas en esa ciudad y hoy, quizás podamos, junto con la que da motivo a esta entrada, colocarlas con las de Rafael Osorno a Mañico de Matancillas en el viejo Toreo; la de Fernando de los Reyes El Callao, a Cuadrillero de San Mateo; la de José Antonio Ramírez El Capitán – hermano de Calesero Chico – a Pelotero de San Martín, como ejemplo de las obras más acabadas de novilleros en las principales plazas de la capital mexicana.

Con esta faena a Bellotero de Santo Domingo, Jesús Solórzano hijo comenzó a escribir una historia que descansa además sobre los vértices de Fedayín de Torrecilla y Billetero de Mariano Ramírez, que son quizás, los trasteos más destacados de este torero mexicano en el ruedo de Insurgentes. Es por eso que hoy, a cincuenta años vista, recuerdo esta brillante actuación de un torero que como poco se acostumbra hoy en día, se preocupó por serlo y parecerlo.

Esos eran los tiempos en los que no había aquí, al menos oficialmente escuelas de tauromaquia. Esos hidalgos de la mitad del Siglo XX abrevaron el aprendizaje del toro en su casa, en la vida de todos los días. Quizás por eso siempre se han preocupado por llevar consigo esa torería, tan escasa en estos tiempos que corren y que en sus manos, es un verdadero tesoro, aparentemente, en peligro de extinción.

viernes, 27 de abril de 2012

Tal día como hoy. 1969: Cortando tres orejas, Manolo Martínez se alza como el triunfador de la Feria


Tras de su presentación en nuestro serial abrileño de 1967, en una corrida extraordinaria, Manolo Martínez reaparecía en la Plaza de Toros San Marcos en la corrida que daba término a la Feria, alternando con Joaquín Bernadó y Alfonso Ramírez Calesero Chico, para lidiar un encierro de Suárez del Real. La corrida adquiría cierta significación, aparte de la propia que le correspondía por su lugar en las celebraciones sanmarqueñas, porque el torero de Monterrey estaba a punto de salir a iniciar su primera campaña en ruedos europeos. De hecho, tras de esta actuación, solamente se presentaría el 1º de mayo en Tepic y el 4 en Querétaro para matar en solitario toros de Javier Garfias y de allí partir a España, para presentarse en la Corrida del Corpus en Toledo el día 5 de junio de ese 1969.

El triunfo de Manolo Martínez

En su crónica publicada en el diario El Sol del Centro al día siguiente del festejo, don Jesús Gómez Medina se ocupa exclusivamente de la actuación del que estaba en camino de ser el mandón. No hace una sola referencia a las actuaciones ni de Joaquín Bernadó, ni del hijo mayor de Calesero. Del preámbulo recojo estas impresiones:

No pudo haber sido más torero el adiós de Manolo Martínez; en pleno triunfo, entre aclamaciones, aplausos y música y llevando consigo las dos orejas del último astado que lidió en Aguascalientes... Porque el de la Sultana del Norte se halla a punto de atravesar el charco, en ruta hacia la Madre Patria a donde marcha en pos del espaldarazo consagrador de los públicos hispanos. Pero, antes, busco que su adiós a la plaza que durante estos breves días, se transforma en el aula máxima del toreo, en la academia del arte taurino, revistiése la brillantez y la solemnidad más singulares...

Manolo Martínez enfrentó esa tarde a dos toros de nombrados por su criador como Pepinillo y Ruizeño, ambos de muy diferentes condiciones. Y con ellos realizó dos faenas de gran intensidad de acuerdo con el relato que hace el invocado don Jesús Gomez Medina. El quinto, Ruizeño, fue el del gran triunfo y sobre este, el cronista escribió:

...“Ruizeño”, era por el contrario un adversario difícil, peligroso; con fuerza y sentido. Por ello puso en apuros a un banderillero tan diestro como Rutilo Morales... Y en el ambiente de la plaza brotó la incógnita: “¿Sería capaz Manolo Martínez de hacerle faena a un enemigo con tales características...?” Pues sí; ¡también al enemigo difícil le hizo la faena y, encima, le cortó las dos orejas!... ¿Es o no es todo esto, demostración de torerismo?... Porque triunfar con el toro dócil, pastueño, que más que enemigo resulta colaborador del torero, esto muchos lo hacen. Vencer, en cambio, tras de remontar la corriente; llegar al éxito tras de haber superado obstáculos y luego de poner en riesgo la epidermis, esto es privativo de los menos. De los ases, de las figuras, de los toreros de época, como este Manolo Martínez... Pero digamos ahora someramente cómo fue la faena del gran triunfo del reinero. Dos o tres muletazos de exploración como para medir, para calibrar al astado, y acto seguido, sin más trámites, sin nuevas dilaciones, a pararle y a correr la mano y a enrollarse a “Ruizeño” con la seguridad, con la facilidad y la frescura que se emplearían para torear a un toro de cartón.... A fuerza de aguante, Manolo desengañó al astado. Vamos, se apoderó de él, como se dice en la jerga taurina. Y logrado esto, hizo con el bicho cuanto le vino en gana. Lo toreó por derechazos templados y mandones, rítmicos y señoriales – ¡derechazos de Manolo Martínez! –; se lo pasó por la mismísima camisa en los pases de pecho escultóricos, ajustadísimos. Y además, el péndulo, los molinetes, los de la firma combinados con el trincherazo. ¡Todo cuanto en gana le vino ejecutó!... Y, como epílogo, un espadazo desprendido, que pronto surtió efectos.... Vendría luego la escena que antes aludimos; el triunfo, el apoteosis de Manolo Martínez; la concesión de las dos orejas, la vuelta al ruedo, las aclamaciones... En suma, la entrega de un público plenamente rendido frente a la evidencia de que, con Manolo Martínez, el toreo mexicano está en el camino de adquirir una dimensión y un esplendor que antaño tan solo supieron darle los llamados toreros de época, las figuras cumbres de nuestra torería...

En efecto, la visión de don Jesús no estaba apartada de la realidad que estaba por venir. Sería cuestión de un par de temporadas más para que Manolo Martínez consolidara su posición al frente de la torería mexicana y efectivamente, se convirtiera en una figura de épica y de época, todavía a estas fechas vara de medir en estas cuestiones.

El festejo de hoy. 2ª novillada de feria: 6 novillos de José Julián Llaguno para Ricardo Frausto, Manuel Fernández Mazzantini y Efrén Rosales.

domingo, 14 de agosto de 2011

16 de agosto de 1964: Tres dinastías en el ruedo de la Plaza San Marcos

Desde el inicio de la década de los cincuenta se inició en Aguascalientes el cultivo de la vid aprovechando la facilidad de extraer aguas del subsuelo de profundidades escasas. Pocos años después eso daría pábulo al establecimiento de una industria vinícola que parecía ser floreciente. Fueron algunos millares de hectáreas los que se plantaron en los alrededores de esta ciudad – muchas de ellas ya son parte de la traza urbana – y durante los tiempos de bonanza, en la vendimia, se programó una Feria que coincidía en sus fechas con la principal celebración religiosa de nuestra ciudad – el 15 de agosto, día de la Asunción aquí – y en la cual, no faltaban los festejos taurinos.

En esos años no se hablaba de cambio climático o de calentamiento global. La electricidad necesaria para la extracción del agua del subsuelo tenía amplios subsidios gubernamentales y no se tenía una dimensión exacta del costo real de la producción vitícola en Aguascalientes. Una vez que los subsidios se recortaron o se terminaron, los acuíferos se abatieron y fue necesario bombear agua de profundidades mayores, la industria de la vid y el vino se acabaron y la feria que generaron también. Aún quedan algunos jirones testimoniales de esa bonanza, pero no son más que una mera sombra de lo que en su día fue.

La XI Feria de la Uva de 1964

La Feria de la Uva del año de 1964 tenía como uno de sus atractivos la novillada que se daría el domingo 16 de agosto, en la que se actuarían en el ruedo de la Plaza San Marcos tres toreros que hoy calificaríamos como de dinastía. Jesús Solórzano hijo, de Alfonso Ramírez Calesero Chico y Manolo Espinosa Armillita se enfrentarían a una novillada de Matancillas. Los tres hijos de los grandes maestros eran la gran atracción para la afición local, como se puede deducir de lo que se leía en la nota previa al festejo, aparecida en el diario El Sol del Centro, la víspera:

Indiscutiblemente entre todos los carteles novilleriles que a la fecha pueden montarse, ninguno tan interesante, tan atractivo, tan prometedor como el confeccionado para esta corrida de la Feria de la Uva... Y he aquí que ahora, por un regalo del destino, los aficionados de Aguascalientes, antes que los de cualquiera otra ciudad, tenemos el privilegio de ver actuar a la vez a los críos, a los retoños de los tres grandes toreros mencionados. A la tercia novilleril que, al parecer, está destinada a conmocionar hondamente, intensamente al santuario del toreo mexicano... La corrida de Matancillas es sencillamente primorosa. Digna de la solemnidad en que va a ser lidiada. ¡Como para ser corrida en la Plaza México! No exageramos: los aficionados todos pueden constatar la verdad de nuestras afirmaciones, yendo a ver los seis cromos que ha seleccionado Paquito Madrazo. Si son uniformes en el pelaje, también lucen idénticos en trapío y finura. ¡A golpe de vista están proclamando la calidad de su brava estirpe!...

Vista del paseo de cuadrillas, Calesero Chico y
Manolo Espinosa, descubierto (Archivo Carlos Meza Gómez)
Una aclaración que creo prudente. Don Francisco Madrazo Solórzano – coloquialmente Paquito Madrazo – era en esas fechas el encargado de llevar las ganaderías de La Punta – propiedad suya y de su hermana Carmelita – y la de Matancillasgemela de La Punta – pero propiedad esta de su tío, don José C. Madrazo y García Granados y ambas vacadas estaban encastadas en Murube Ybarra Parladé, vía Gamero Cívico y Campos Varela, ganados que se llevaron siempre en pureza, sin hacer cruces con reses nacionales.

Jesús Solórzano y Manolo Espinosa se presentaban ante la afición de Aguascalientes. Calesero Chico ya había actuado aquí en varias oportunidades y tenía ya algún predicamento entre la afición. El ambiente previo al festejo motivó que la entrada fuera un lleno, que no puedo calificar de “no hay billetes”, porque como me lo contara Carmelita Madrazo, sobrina del ganadero que lidiaba en la fecha y condueña de La Punta, a don Jesús Ramírez Alonso, empresario de la Plaza San Marcos, se le quedó una sola entrada en las taquillas, misma que mandó colocar en un marco y la tuvo durante muchos años en un rincón taurino de su casa en la Ciudad de México.

La crónica del festejo

Recurro, como ya me resulta costumbre en estos casos, al veraz y certero testimonio de don Jesús Gómez Medina, quien en El Sol del Centro del 17 de agosto de ese año, narra así lo sucedido:

Los tres cachorros llenaron la plaza al máximo
Una completa faena de Chucho; soberbios naturales de Calesero y el fácil hacer de Manolo
Primoroso encierro de Matancillas del que destacaron tres novillos
Jesús Gómez Medina
La tarde, espléndida. Y el lleno total, rebosante. Clima y ambiente de una gran solemnidad, en suma.
Y dispersos aquí y allá, entre barreras y el tendido, los miembros del senado taurino en pleno: el Maestro Fermín, Carlos Arruza, Chucho y Lalo Solórzano. También Humberto Moro y Juanito Silveti. Y ganaderos y aficionados de postín en gran número. 
Todo ello a tono con la gran categoría y la importancia del cartel.
En estas circunstancias hicieron el paseo los tres herederos: Chucho Solórzano, Calesero Chico y Manolo Armilla.
El brillante capítulo inicial
Ya está en el ruedo “Solimán”, el primero de los astados de Matancillas. ¡Hermoso ejemplar de toro de lidia! Fino, recortado, con amplio morrillo y cómodo de pitacos. Y, además, muy bravo, muy dócil y alegre.
Breve intervención de la peonería, y tras de ella, Chucho clava en tierra ambas rodillas para instrumentar un apretado farol. Luego, de pie, lancea al natural con gran lucimiento; añade dos airosas chicuelinas y concluye con la revolera. Y estalla la primera ovación.
Un primer picotazo acepta el de Matancillas. Al librar, Solórzano se ciñe toreando por gaoneras a las que pone término con un remate al estilo de Lagartijo, el de Córdoba. Las palmas continúan sonando con estrépito.
Segundo puyazo, recargando el morito. Y Calesero se adorna en dos chicuelinas y en la revolera final.
El segundo tercio corre a cargo de Chucho. Y a fe que el muchacho lo hace con sobra de lucimiento, superándose de uno a otro par. 
El primero, un cuarteo bien igualado, precedido del giro que patentó Fermín. Para el siguiente Solórzano arrancó zigzagueando, al modo de Arruza, mejorando la ejecución y la colocación de los garapullos. Pero el tercero supera con creces todo lo anterior: ¡Cómo cuadró y alzó los brazos entre los propios pitones! ¡Y qué enhiestos y exactos quedaron los garapullos en lo más alto del morrillo! ¡Lo que se llama un gran par, un extraordinario par de banderillas!
Naturalmente, la ovación resurgió imponente.
Brindó Chucho al pueblo soberano. Y, sobre una y otra mano, fue forjando un trasteo que alcanzó su ápice en dos pases en redondo con la diestra, enormes de temple y longitud, y en otros tantos derechazos rodilla en tierra igualmente templados y con mando.
El de Matancillas, nobilísimo, de sedeña embestida, daba pábulo a estas excelencias.
Estocada honda, que hace doblar. Gran ovación. Doble otorgamiento de apéndices, que la protesta de las mayorías reduce a la mitad. Y dos vueltas al ruedo, entre aclamaciones y música, para el vástago del Rey del Temple.
Durante el arrastre, los despojos del bravo “Solimán” recibieron el reconocimiento de los buenos aficionados.
Con el cuarto, menos claro, menos propicio que el que abrió plaza, Chucho Solórzano continuó exhibiéndose pleno de afición y con un aplomo y una destreza, producto de sus reiteradas actuaciones en plazas sudamericanas.
Lo más destacado: el espectacular farol de hinojos inicial, un quite por chicuelinas antiguas y el tercer par – sesgando por las afueras – en el que expuso con ganas.
Al tercio final, el de Matancillas llegó aplomado, defendiéndose, Solórzano lo trasteó sobre piernas, sin intentar hazañas mayores. Cuando trató de quedarse quieto, el bicho lo volteó aparatosamente.
Hizo coraje el chaval y, entrando con decisión, tras de un pinchazo, clavó el acero con resultados definitivos. Ovación y vuelta al ruedo.
El arte de Calesero
Esplendió por igual con el percal y con la franela. Se hizo patente ante el clamoreo de los aficionados, en el primero y en el último tercios.
¡Ah! Porque ayer, este admirable estilizador del toreo nos sorprendió toreando a la verónica con señorío, con sentimiento y temple. Adelantando el engaño y tirando del bicho y llevándolo perezosamente toreado, con ritmo y limpieza de elegido.
Fue en su primer toro, “Hermosillo”, marcado con el número 42, bravo y alegre, noble y bonito como un marqués.
A las estupendas verónicas iniciales, púsoles Alfonso el broche regio de una media de antología, mientras en los tendidos, crepitaba la ovación.
Más cuando se presagiaba la faena triunfal, un puyazo caído dejó al de Matancillas apurado de facultades.
Ante un adversario aplomado, Calesero Chico trató de lucir, lográndolo tan solo esporádicamente, en tal o cual derechazo. Por el contrario, prolongó con exceso el trasteo, sin provecho propio ni de la clientela. Por fortuna, fue más breve con el acero.
En el quinto, “Regalón”, noblote y suave de embestida, aunque sin mayor enjundia, reapareció el cincelador del pase natural. 
En tres o cuatro tandas, cruzándose con el socio, llegándole al sitio justo, insistiendo y tirando de él con admirable exactitud; templando, mandando, prolongando la dimensión del muletazo en fuerza de llevar embebido, aprisionado a “Regalón” en el embrujo de esa muleta tersa, pulida, como si el arte diese textura y gravidez a la ruin franela de que está construida, este nuevo Calesero buriló, frente al éxtasis colectivo, el pase fundamental del toreo de muleta.
No dio para más la menguada acometividad del toro. Por ello, resultaron ociosos los posteriores intentos de Alfonso. El cual, tras de un pinchazo, clavó una estocada casi entera, que bastó.
Gran ovación. Doble vuelta triunfal. Y una oreja recibida entre protestas: pero ganada de sobra con el prodigio de su toreo izquierdista.
El heredero de Armillita
El domingo 25 de abril de 1937, actuaron por vez primera en el coso San Marcos los colosos de la época: Fermín Espinosa y Lorenzo Garza.
Fue aquella una corrida memorable, de la que, quienes la presenciaron, todavía se hacen lenguas. Fermín se ataviaba con un terno grana y oro; el de El Magnífico era blanco, con áureos bordados.
Ayer, al presentarse ante la afición hidrocálida Manolo Espinosa, enfundábase en un terno similar al que ostentara en aquella remota fecha, su ilustre progenitor: corinto y oro.
¡Ah! Pero no fue tan solo el color del traje lo que nos hizo recordar el árbol de que es vástago este chaval. Su notable facilidad para realizar el toreo y el tranquilo desenfado con el que deambula por el ruedo y ante la cara de los bureles, son reflejo, indudablemente, de similares virtudes que en grado eminente poseyó Fermín. 
A Manolo, por lo que ayer le pudimos apreciar, fáltale madurar debidamente para que pueda exhibir cuanto de torero lleva dentro. Por hoy, su misma facilidad resta calor y brillantez a su labor. Le hace falta, por tanto, exponer más; mostrarse menos fácil, si ello fuere posible, para arrancar de las masas la reacción entusiasta que tan sólo se provoca por la vía de la emoción o del arte.
Por lo demás, Manolo sabe torear, y torea estupendamente. Díganlo sus lances a “Flamenco”, el tercero: con el compás abierto, el engaño bajo, templado y sedeño el ritmo del percal. El remate lo constituyeron dos medias verónicas superiorísimas, que desataron la ovación.
Un puyazo doble de Pradito aceptó el de Matancillas. Al librar, Manolo se estiró toreando por chicuelinas para concluir – nueva evocación ferminesca – con el manguerazo de Villalta.
“Flamenco” terminó aplomado. Pero ello no obstó para que Manolo Armilla llevase a cabo una faena limpia, desahogada, en la que, junto a los pases altos y de trinchera, intercaló derechazos y naturales con ritmo y mando; pero en pugna siempre con el agotamiento del burel.
Llegado el capítulo de adornos, ciñóse Manolo toreando por manoletinas, en tal grado que se llevó una voltereta con rotura del flux. Volvió al bicho, para liquidarlo de una estocada contraria, que hizo pupa.
Ovación estruendosa y vuelta al ruedo para el vástago de Fermín.
Tal expectación causó el festejo, que hasta para el comentario político dio pretexto


Calesero Chico saluda tras el paseo. Sobre la puerta de
toriles se advierte el nombre del primero de la tarde, Solimán.
(Archivo Carlos Meza Gómez)
Ante la lucidez del relato de don Jesús, creo que no hay más que agregar. La pérdida de la industria vitivinícola nos costó una parte de nuestra temporada taurina, porque hogaño, en esta época del año ya no se ofrecen festejos en nuestras plazas, al no existir razón para ello, siendo que cada festejo puede ser, como el que motiva esta entrada, un gran acontecimiento.

Espero que esta remembranza les cause el interés que a mí me produce.
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