domingo, 28 de marzo de 2021

Armando Mora: su alternativa a 50 años vista

Armando Mora
Matador de toros
Los Mora de nuestro Barrio de Triana tienen raíces toreras que se remontan a la mitad de la década de los cuarenta del pasado siglo, cuando la cabeza de ella Juventino, intentó ser matador de toros. Después siguió sus pasos su sobrino Víctor y tras de él su hermano Armando, desde el principio de la década de los sesenta, se tiró a correr la legua y a buscar la gloria vestido de seda y alamares.

Tenía condiciones y por ello don Manuel Arellano, el legendario transportista de toros de lidia lo llevó a Monterrey, con don César Garza, quien le proporcionó las primeras oportunidades y ante las buenas actuaciones se le abrieron las puertas de las demás plazas de importancia de nuestra República, como San Luis Potosí, Guadalajara y por supuesto, la Plaza México, donde se presentó el 31 de mayo de 1964, alternando con César Romano y Víctor Pastor en la lidia de novillos de El Romeral.

Su carrera no estuvo exenta de percances. Armando Mora sufrió una cornada en Monterrey el 7 de julio de 1963, de un toro de nombre Cantinero, de la ganadería de Presillas que lo frenó en su ascenso, pero que no le impidió seguir adelante coleccionando hazañas, como la del domingo 17 de agosto de 1969 en la Plaza de Toros San Marcos. Esa tarde alternó con José Luis Rodríguez El Praga, Eduardo Rivas y José Manuel Montes en la lidia de una seria novillada de La Punta, ganadería que conmemoraba su 45º aniversario en los ruedos de México y el mundo. Armando selló su tarde indultando a Maragato, 5º de la tarde, teniendo también Eduardo Rivas una gran actuación, pues le cortó el rabo a Romancero el penúltimo de la corrida. Existe en los pasillos del coso de la calle de la Democracia, una placa conmemorando esa hazaña del torero trianero.

El ambiente previo al festejo

La alternativa de Armando Mora se programó para un festejo que bien pudiera ser considerado de pre – feria, pues se fijó para el domingo 28 de marzo de 1971. Le apadrinaría su combarriano Jesús Delgadillo El Estudiante, que reaparecía en Aguascalientes después de varios años de ausencia y sería testigo de la ceremonia el torero regiomontano Fernando de la Peña. Los toros vendrían de la ganadería de Corlomé, propiedad en esos días de don José C. Lomelí.

Dentro de la información previa al festejo, se publicó el anuncio de que el día de la corrida se estrenaría el pasodoble Armando Mora, obra del miembro de la Banda Municipal de Aguascalientes, don Ponciano Bernal Dávalos, la información aparecida en El Sol del Centro del 26 de marzo de 1971, es de la siguiente guisa:

El próximo domingo, durante la corrida que lidiarán Jesús Delgadillo “El Estudiante”, Fernando de la Peña y Armando Mora, la Banda Municipal, por acuerdo de su Director, el Maestro don Fernando Soto, estrenará el pasodoble del señor Ponciano Bernal “trombón” de nuestro formidable conjunto musical.

La Banda Municipal lo ensayó ya dos veces y habrá un tercer ensayo en la Casa de la Cultura.

El estreno, la inspiración de don Ponciano – nombre muy taurino – habla de cómo “ha llegado” a la afición la alternativa del trianero, quien arriba por propios méritos a la alternativa. 

Igualmente, se entrevistó a diversos aficionados notables de nuestra ciudad, como el hostelero, don Juan Andrea, que expresó:

¡Ya era tiempo! La alternativa de Armando Mora es muy merecida, nos dijo el señor Juan Andrea, aficionado de hueso colorado, al opinar sobre la corrida del próximo domingo. “Yo estoy prácticamente retirado de los toros como aficionado”, nos dice Juanito. Y su aserto nos confirma que las cosas no andan bien en la fiesta, cuando alguien tan aficionado como él se destierra voluntariamente de la plaza. Ojalá y se den las cosas bien, en esta y sucesivas corridas al trianero Armando Mora…

Por su parte, el ya nombrado don Manuel Arellano, dijo a la prensa:

Armando – nos dice –, tiene 7 años de novillero. Lo que llevo yo con mi camión transportador. Llevará a lo sumo toreadas unas treinta y cinco novilladas y es ejemplo de que un torero sí se puede formar entrenando, practicando y conservando una excelente condición física”.

Armando se ha hecho – sigue diciendo – a base del cariño que le tiene a la fiesta. Y es también algo extraordinario lo que prueba su constante entrenamiento, que haya podido dar triunfos rotundos como el de Guadalajara, donde toreó maravillosamente”.

Aquí mismo, la afición lo vio dar una demostración de poder y pundonor, cuando después de una grave cornada se levantó, sin verle la cara a una vaca, a un novillo, para cortarle las orejas a verdaderos toros. Esto, ninguna figura lo ha hecho, porque las figuras sí son invitados a las tientas de las ganaderías. Y un novillero ignorado, no. Al novillero rara vez se le invita.

Como se ve, la alternativa de Armando Mora era bien recibida por la afición local y se generó un ambiente interesante en torno a ella.

El día de la corrida

Tuve la fortuna de asistir a ese festejo con mi padre. Teníamos de vecinos de localidad al pediatra Alfonso León Quezada y a su hijo Sergio Alfonso, quien era mi compañero en la escuela. El Estudiante vestía de blanco y oro, Fernando de la Peña, de azul marino y oro y el toricantano de azul celeste y plata. La plaza no se llenó, según recuerdo, pero la entrada fue bastante buena y la tarde en su conjunto, satisfactoria para el aficionado.

Don Jesús Gómez Medina, en su tribuna de El Sol del Centro, el lunes 29 siguiente, contó entre otras cosas, esto:

Fue en el primer toro, que era eso: un TORO. Con edad, con trapío y peso.

Vestido de azul celeste y plata, el inminente nuevo doctor, tras los capotazos preliminares de la peonería, se enfrentó a “Pinocho”, que así se llamaba el de Corlomé, para lancearlo quieta y ceñidamente a pies juntos, si bien remató prematuramente por partida doble.

Bravo de verdad el corlomeño, fue al caballo con presteza y recargó de firme, antes de que Armando Mora interviniese para ejecutar una breve tanda de chicuelinas, precursoras de la revolera final.

Y llegamos al momento cumbre, a la tan anhelada alternativa. En el tercio, frente al burladero de matadores, “El Estudiante”, tras un discurso castelariano por su extensión, entregó a Mora el estoque y la muleta, en presencia de Fernando de la Peña. Se cumplía una vez más un ritual que tiene ya dos siglos de vigencia; y, mediante su realización, Armando Mora quedaba convertido en matador de toros entre el beneplácito de los numerosos parroquianos.

Y allá fue Armando en pos de “Pinocho” que, como los toros de clase, esperaba muy quieto, muy fijo, en la división de sol y sombra. Unos muletazos de exploración y, acto seguido, la muleta en la mano de las empresas mayores. Fueron tres naturales, en los que el bravo y dócil astado, en pos de la enseña diestramente manejada por el nuevo doctor, recorrió el arco de círculo del pase natural.

Para lograr los últimos, cuando el agotamiento había hecho presa de “Pinocho”, necesitó Mora de citar muy de cerca, a cuerpo descubierto; pero sin descomponerse, sin enmienda, cifrándolo todo al mando de su muleta. Y, además, mostrando un aplomo y un asentamiento de torero cuajado. Solo en el ruedo con su enemigo. Como un matador de toros, en suma.

Para su desgracia, en el momento supremo no mostró el mismo acierto. Tres pinchazos y otros tantos golpes con el estoque de descabellar, enturbiaron la limpidez de la que, de otra forma, hubiese resultado una alternativa triunfal.

En cambio, con el sexto, de mucha menor presencia que “Pinocho” y que de salida anduvo incierto, con la muleta Armando se hizo del bicho y lo toreó largamente por derechazos; muchos de estos, estupendos de temple, aprovechando la docilidad que a estas alturas mostraba el corlomeño. Vino luego el espadazo final y tras de éste el otorgamiento de un apéndice y la vuelta al ruedo entre ovaciones…

Otro momento de gran torería se produjo durante la lidia del segundo de la tarde, primero del lote de El Estudiante:

Ocurrió en la primera década del siglo. “Bombita” y “Machaquito” detentaban el mando del cotarro taurino durante el interregno que medió entre la despedida del Guerra y la aparición de Joselito y Belmonte.

Y una tarde, en Madrid, Machaco se fue tras del estoque con férrea determinación y lo clavó todo en el morrillo de un imponente miureño. Del pitón de éste pendían luego los encajes de la camisa del bravo cordobés, en testimonio de cómo se entregó Rafael González en el trance supremo.

“Don Modesto”, pontífice de la crítica taurina de la época, emocionado ante la hazaña del Machaco, urgió al escultor Mariano Benlliure: – “¡Apresúrate, ilustre alfarero! ...” – decíale en su crónica el célebre revistero. Y Benlliure, tan buen aficionado como artista eximio, atendió el reclamo de don José de la Loma y sus manos prodigiosas produjeron esa estupenda obra de arte que se llama “La estocada de la tarde”.

Ayer, en la muerte del segundo burel, la sombra de “Machaquito” pareció aletear sobre el coso. Porque, al igual que entonces lo hiciera Rafael González, “El Estudiante” se perfiló marchosamente, fija la mirada en el morrillo de “Guapo”; el estoque, centrado entre ambos pitones y tan cerca de éstos que la punta parecía rozar sobre el testuz. Y al arrancar, lo hizo recta y decididamente; con tal precisión y maestría, que mientras la mano izquierda vaciaba la acometida del corlomeño, la diestra, empuñando el alfanje, concluía su viaje en el morrillo de “Guapo”, del que emergía solo la bola de la empuñadura.

¡Fue la estocada de la tarde!... De ésta y de muchas más...

Los espectadores, al unísono, botaron de sus asientos y tributaron a Delgadillo una cálida, estruendosa ovación. Y tras la ovación, la oreja, ganada en la mejor forma: con la verdad incuestionable del acero…

Fernando de la Peña lució sobre todo en el primer tercio de los toros que le tocaron en suerte. Todavía recuerdo la manera en la que toreó a la verónica al primero de su lote. Saldó su actuación con una aclamada vuelta al ruedo tras la muerte de ese toro.

Lo que llegó después

Poco toreó ya Armando Mora como matador de toros – apenas 8 corridas de toros – pero no se ha de olvidar aquella tarde del 1º de mayo de 1977, en la que alternando con Fabián Ruiz y Guillermo Montero en la lidia de un muy bien presentado encierro de Peñuelas, le cortó en la Plaza Monumental Aguascalientes las dos orejas al toro Rubio, sexto de la tarde, vestido de blanco y oro. 

Armando Mora ha centrado sus esfuerzos en formar toreros. Y a fe mía que los enseña a torear como es debido. Desde aquí le recuerdo en el cincuentenario de su alternativa. ¡Enhorabuena Maestro!

lunes, 22 de marzo de 2021

Maximino Ávila Camacho: fallido criador de toros de lidia (II/II)

Maximino Ávila Camacho
La reaparición en El Toreo

Quizás no estando conforme con el resultado obtenido, el general Ávila Camacho regresó a la plaza de la Condesa de la forma en la que debió haber empezado: con una novillada. Esto ocurrió el domingo 1º de agosto de 1943. Sus toros se anunciaron de nuevo para ser lidiados por Juan Estrada, Luis Procuna y Félix Briones. En este caso, la prensa local sí reflejó los sucesos ocurridos y en crónica de agencia aparecida al día siguiente en el diario El Informador de Guadalajara, entre otras cosas, se relata esto:

En la plaza de toros de “El Toreo” se registró esta tarde un enorme escándalo, por la mansedumbre de los novillos de “El Rodeo” que se lidiaron.

El público indignado comenzó a lanzarles cojines y acabó arrojando los anuncios comerciales que están alrededor de la Plaza hacia el ruedo.

Juan Estrada escuchó aplaudir la valentía de la que hizo gala ante sus dos enemigos.

Luis Procuna fracasó en su turno, siendo silbado y estuvo pésimo en su segundo, matándolo sin apenas intentar dar un pase solamente, siendo similar la labor de Félix Briones.

El sexto toro murió rodeado de espectadores que se tiraron al ruedo originándose el mayor escándalo que se ha visto en esta Plaza de mucho tiempo a la fecha.

Cuando Briones le había colocado la estocada cayendo el toro al parecer muerto, el público rodeó al bicho, pero éste se levantó organizándose verdaderas carreras en el ruedo, pero al ver la insignificancia del bicho, varios espectadores lo derribaron, acabando de morir.

La narración es ilustrativa, pero benévola, porque el público no solamente se tiró al ruedo, sino que prendió fuego al cadáver del lidiado en último lugar – octavo que salió de toriles – según nos cuenta Guillermo Ernesto Padilla:

La novillada efectuada el domingo 1º de agosto pasó a los anales taurinos, no por triunfal, sino por el escándalo que provocaron las pésimas condiciones del encierro de “El Rodeo” lidiado aquella tarde. Hubo fogatas, cojines, destrucción de anuncios e incineración de un toro en pleno ruedo al compás de la “danza del fuego”.

En medio de aquel caótico ambiente actuaron Juan Estrada, Luis Procuna y Félix Briones, quienes derrocharon mucha voluntad frente a tales alimañas, y si Estrada se hizo aclamar, fue ante un sustituto de Santín con el que el queretano estuvo hecho un torero…

Pero la narración más completa del hecho la hace don Carlos Septién García, quien firmando como Quinto, en el semanario La Nación, fechado el mismo día del festejo, escribe lo que, es más que una crónica, una proclama del pueblo llano de México señalando los comportamientos reprochables del general Ávila Camacho. La tituló El Castaño Expiatorio y el clásico texto dice a la letra:

Mi general:

¿Se acuerda usted de mí? Fui en vida aquel castaño que nació en las dehesas de El Rodeo hace cerca de tres años. Ese mismo que el domingo encontró la muerte más indecorosa que toro alguno haya encontrado en un ruedo: la muerte por barbacoa.

Sí mi general. Reconozco que mi físico no era precisamente gallardo y que mi bravura no era cosa de bandera. Pero usted bien sabe que todo ello no fue nunca culpa mía. ¿Cómo iba yo, uno de tantos seres insignificantes que en torno de usted viven, cómo iba yo, repito, a pedirle que sacrificara alguna de sus múltiples ocupaciones en beneficio de los pupilos de El Rodeo? ¿Quién era yo para dirigirme a usted con semejante súplica? Pasábamos hambres, mi general. Nos faltaban frecuentemente el pasto y el grano. Allá en los potreros teníamos que hacer largas colas frente a las bateas del alimento con objeto de poder lograr alguna cosa para el diario sustento. Hacer cola, mi general, significa hacer paciencia.

Es decir, perder bravura. Y la falta de maíz no es el método más adecuado para lucir un hermoso trapío. Le confieso que muchas veces pensamos mis hermanos y yo, en dirigirnos a usted para hacerle conocer tan dura situación: nos animaba a ello el conocimiento que teníamos de su afición desmedida. Pero luego, prudentes, recapacitábamos pensando que también hay una jerarquía de las aficiones. Y que por sobre la de los toros están las más sagradas aficiones a los negocios públicos y al cumplimiento de los deberes que un poderío siempre creciente significa y exige. Porque en fin de cuentas -y a cuentas hay que reducirlo todo porque usted conoce las miserias de la humana naturaleza- ¿qué éramos nosotros, Pobres seres de a mil cien pesos por cabeza, ¿en comparación – digamos – con un edificio de dos millones?

Esto explica nuestra lamentable presencia en el coso de El Toreo, el domingo último. Le confieso que todos mis hermanos y yo, que fui el último, salimos al ruedo muertos de vergüenza por nuestra propia endeblez. Aunque también – allá en el fondo – cosas de nuestra política de las que uno se contagia alentábamos la vaga esperanza de, que de algo nos serviría la influencia poderosa y omnipresente que en la fiesta de toros ha hecho medio retirarse a Armillita, arreglar el conflicto y regalar, una tarde sí y otra también, hermanos de raza.

Pero he aquí lo duro del caso, mi general.  Nuestra esperanza se fue desvaneciendo velozmente en cuanto cada uno de nosotros asomaba la cara por la puerta de toriles la influencia fue estrictamente al revés. Rodaba sobre nuestros lomos el torrente de los silbidos; caía sobre nuestros testuces el baldón de los cojines; chisporroteaba en los tendidos el fuego de las luminarias de protesta. Por más miradas desconcertantes que lanzábamos al palco de la empresa, no recibíamos ninguna indicación alentadora. El desquiciamiento de nuestra moral vino al fin, corno terremoto, en cuanto pudimos percatarnos de que las vociferaciones unánimes del tendido eran precisamente en contra del ganadero.

Cuando la turba se lanzó al ruedo para asesinarme y sepultarme bajo un aluvión de cojines; cuando la multitud prendió fuego a ese túmulo monstruoso, y miles de gentes, cogidas de la mano, danzaban en torno mío aquella jubilosa danza ritual del fuego, entendí de súbito muchas cuestiones. Era tarde, claro está. Pero antes de hundirme en el desquiciamiento de la barbacoa, pude escuchar y sentir muchas cosas que allí se proferían a gritos. Y comprendí que yo, mi general, no era un toro sino un chivo expiatorio. Que era, digamos, algo así como lo que fuera entre los burócratas ese pobre Trotsky que murió durante el asalto a la federación de empleados. Que, en fin, yo moría entre torturas en aras de mi general. Porque aquella gente protestaba por la carestía, renegaba de las colas y hablaba de vengar en mí no sé qué terribles agravios que hasta la fecha, por lo visto habían venido soportando

Y lo que yo pido frente a eso es una aclaración, esa sí verdaderamente importante y justiciera, que salve nuestro decoro y valorice nuestro martirio. La Empresa debe mandar publicar algo que diga más o menos así:

“La Empresa de El Toreo, ante el injusto sacrificio de que fue víctima el sexto toro de la corrida del domingo y las también injustas protestas de que fueron objeto los anteriores bureles corridos esa tarde, aclara que los toros de El Rodeo no poseen doscientos trajes de diversos colores, ni han comprado edificios de varios millones de pesos, ni son elementos que hayan tiranizado a toreros, ganaderos y empresarios de la fiesta de toros, ni son tampoco los que han protegido la reventa. Mucho menos, dichos bureles son los causantes de la carestía de la vida, ni tampoco se han enriquecido desmesuradamente al amparo de alguna situación de emergencia que haya habido en las dehesas. Ninguno de ellos tuvo durante su existencia aspiraciones de sultán criollo, ni ofendió a nadie con exhibiciones deslumbrantes de lujo o de riqueza. Por todo lo cual, esperamos que el público comprenda la injusticia cometida con esos pobres bureles tatemados o acojinados el domingo en tan violenta forma”.

Y esto mi general, salva nuestro decoro y nos coloca en el debido papel de mártires inocentes que la existencia nos obligó a jugar. Fuimos un símbolo de oprobio, pero usted sabe bien que éramos inmaculados. En mi la gente incineró que sé yo cuántas piezas de casimir inglés y cuántos automóviles de los que nunca disfruté. Y como en los tiempos de la Inquisición, hubo allí una quema habiéndome correspondido en ella el doloroso papel de efigie.

Espero y confío, mi general, en que se nos haga justicia.  Es lo único que le pide este humildísimo servidor que jura – para un remoto caso de reencarnación – no volver a nacer en El Rodeo. Ni, probablemente, en todo Puebla.

En conclusión

En más de una oportunidad he dejado escrito por aquí que las plazas de toros son los escenarios más democráticos que existen. Ese 1º de agosto de 1943 el pueblo expresó su sentir acerca de muchas cosas que sucedían en los confines de la tauromaquia mexicana y también fuera de ella. Quizás la forma de hacerlo no fue la más comedida, pero todo tiene un límite y como dice don Carlos Septién en su relación – misiva, lo que fue hacer paciencia, mansedumbre… para los toros, en las personas provocó una reacción en sentido contrario.

Maximino Ávila Camacho, hasta donde pude encontrar datos, no volvió a lidiar toros en una plaza a su nombre o bajo la denominación de El Rodeo después de ese día. Leí en alguna parte, que la simiente que le proporcionó don Antonio Llaguno, fue debidamente devuelta a su lugar de origen, donde sería mejor aprovechada. 

Entiendo, sí, que del general hay muchas más cosas de las que se puede hablar, desagradables las más, pero no olvidemos que él fue quien movió los hilos necesarios – sobre todo los políticos – para que las relaciones taurinas entre España y México se reanudaran y pudiera presentarse aquí, entre otros, Manolete. Ese es un mérito que es principalmente suyo y nadie se lo podrá quitar.

Sic transit gloria mundi… 

domingo, 21 de marzo de 2021

Maximino Ávila Camacho: fallido criador de toros de lidia (I/II)

Maximino Ávila Camacho
Nota aclaratoria: El próximo martes se cumplen 80 años de un hecho que por sí solo no merece ser recordado, pero que es parte de la Historia del Toreo en México y que a juicio de este amanuense, es la muestra de lo que sucede cuando se entremezclan con la fiesta la política, la estulticia y la impericia.

El personaje 

A partir de la mitad de la década de los treinta del siglo pasado y por la siguiente década, Maximino Ávila Camacho se convertiría en el factótum de las cosas de los toros en este país. A partir de la ruptura de las relaciones entre las torerías de España y México y la consiguiente salida de Domingo González Mateos Dominguín de México y de la muerte de Eduardo Margeli, se convirtió en el principal accionista de El Toreo, S.A., y con eso tenía el gobierno de la fiesta en la Capital de la República y por vía de consecuencia, el destino de lo que sucedería en el resto de ella.

Por las fechas de los sucesos que enseguida intentaré bosquejar, es por esas mismas fechas que el general Ávila Camacho decidió convertirse en criador de toros de lidia. El par de crónicas que relatan su breve paso por las plazas como tal, refieren su ganadería como veracruzana, lo que me hace pensar que la aventura la llevó a cabo en el rancho La Soledad, ubicado en la municipalidad de Martínez de la Torre, Veracruz, si bien no de su propiedad – era de su hermano Manuel – sí estaba vinculado a su familia.

No hay tampoco precisión en cuanto a la simiente con la que formó su vacada. Pero hay información digna de crédito, en este caso dentro de la obra de Luis Niño de Rivera, Sangre de Llaguno, que, en un determinado momento de su aventura, don Maximino se acercó a San Mateo y que don Antonio Llaguno, inteligentemente, le cedió algunos elementos para mejorar su hato:

…el 21 de diciembre de 1940, cuatro meses antes de tan triste debut, que por cierto también se convirtió en despedida, puesto que nunca más volvió a lidiar sus toros en El Toreo, compró 15 vacas de procedencia San Mateo a Antonio Llaguno. Tres de ellas de la camada de 1936 y las doce restantes de la de 1937. El lote era de buena calidad, derivada de tres ejemplares que tenían nota Más buena, otras tres Buena y las otras nueve, nota Regular.

En los siguientes cuatro años, don Antonio siguió colaborando con Ávila Camacho para mejorar su ganadería. El 14 de agosto de 1942, le regaló un toro de origen San Mateo número 20 P37, negro bragado, de nota Más bueno. Al año siguiente le obsequió dos erales más, nacidos en 1941: el 28 S41, mulato bragado, y el 45 S41, cárdeno bragado coletero, ambos con nota Regular. Y para cerrar el apoyo con broche de oro, el qe de agosto de 1944 le remitió un toro de la rama Saltillo, el Platillero 5 S 41, nieto del 42 Viejo, por conducto del Cominito 35 O36, y de la Platillera 82 D33, de pelo negro bragado y Regular de nota…

Afirma Niño de Rivera que no había entre don Antonio y el general amistad alguna, que todo esto fue una operación de conveniencia, como alguna anterior – con el general Dámaso Cárdenas – y otras posteriores, con políticos de influencia nacional o regional que podrían asegurarle a él y a su hermano y por añadidura a los demás criadores de toros de lidia, los necesarios certificados de inafectabilidad ganadera, que les aseguraría la tenencia más o menos tranquila de la tierra para el manejo y crianza de sus ganados.

La presentación de El Rodeo

Maximino Ávila Camacho decidió anunciar su ganadería como El Rodeo y escogió para presentarla una fecha entonces señalada en el calendario taurino de la capital mexicana: la Corrida de Covadonga, que por razones del calendario taurino se celebraría el 23 de marzo de 1941, tiene, junto con las demás celebraciones relativas sus orígenes en nuestro país en las dos últimas décadas del siglo XIX, según nos cuenta la profesora María del Mar Gutiérrez Domínguez:

…mientras que en origen la celebración se caracterizó por una impronta religiosa y militar, que mantendría durante los años siguientes, cabe destacar la noción del alzamiento de don Pelayo como detonante de la primera independencia hispánica, que es lo que otorga a la Reconquista una singularidad propia en el contexto mexicano. Además, la Batalla de Covadonga estableció diálogos con otras efemérides como el grito de Dolores, el 15 de septiembre, y la Batalla de Chapultepec, el 13 de septiembre, donde sin duda la cercanía entre las celebraciones enriqueció el uso político de la Reconquista en México…

Es decir, el festejo tenía su significación y el cartel de toros y toreros tenía que ser de tronío. Para esa fecha se anunció a Fermín Espinosa Armillita y Lorenzo Garza mano a mano con los toros del general Ávila Camacho. El resultado fue desastroso. La prensa local que pude consultar – El Informador de Guadalajara y El Siglo de Torreón – guardan piadoso silencio acerca del resultado de la corrida. Pero en los libros de referencia, encontré dos breves versiones sobre esos sucesos. La primera es la de Guillermo Ernesto Padilla, en su obra monumental sobre la plaza de El Toreo y es del tenor siguiente:

En la Corrida de Covadonga, celebrada el domingo 23 de marzo, hizo su debut la ganadería de El Rodeo, propiedad del Gral. Maximino Ávila Camacho. El pésimo estilo de las ilidiables reses, convirtió el postinero festejo en un desastroso espectáculo.

Fermín Espinosa, con la garra de su muleta, pudo hallarles alguna lidia a aquellos infumables bichos.

Lorenzo, con la cornada aún sangrante, la moral deshecha e insólitamente abatido, dejó ir vivo a “Charifas”, su primero, entre improperios y cojinazos. En sus otros dos astados, sin posibilidades de éxito, se dejó arrastrar por la fatalidad…

La segunda nos la proporciona don Heriberto Lanfranchi y es de esta guisa:

23 de marzo de 1941. – 17ª corrida (Corrida de Covadonga): Fermín Espinosa “Armillita” y Lorenzo Garza con 6 toros de El Rodeo. Desafortunada presentación de la ganadería, que sólo mandó un toro aceptable, y desastrosa actuación de Lorenzo Garza, que fue ruidosamente abroncado en sus tres toros y se dejó vivo al segundo de ellos…

Por su parte, con varias imprecisiones, Luis Niño de Rivera escribe lo siguiente:

El decimoséptimo festejo de la temporada 1940 – 1941, que tuvo lugar el domingo 23 de marzo de 1941, se celebró la corrida de Covadonga, con un mano a mano entre las dos luminarias del toreo Fermín Espinosa “Armillita chico” y Lorenzo Garza. Nada más y nada menos. En ese festejo fue que se le ocurrió a don Maximino debutar como ganadero, con seis bueyes de El Rodeo.

Como pudo el maestro Armilla despachó los tres marrajos que le correspondieron en suerte. Lorenzo, por su parte, que no pasaba por uno de sus mejores momentos, sufrió a más no poder con el primero de su lote, segundo de la tarde, de nombre Charifas. Fue tan desastroso el toro y el desempeño del regiomontano que acabó Charifas regresando vivo al corral. Ya para cerrar plaza, la bronca era tan grande que el ruedo se encontraba tapizado de cojines. Cuando dobló el sexto, el público enardecido se lanzó al ruedo, cubrió al moribundo toro de Maximino con los cojines y le prendió fuego. Querían rostizar lo que quedaba de tan evidente mansedumbre.

Para colmo de males, el señor general no asistió al debut de su ganadería por encontrarse fuera de la Ciudad de México ese día, Por ello, únicamente se limitó a ver la crónica que hizo de la corrida Fernando Marcos, que fue mucho más famoso por sus narraciones y conocimientos de futbol que de toros. Indignado por los comentarios de Marcos, el señor ministro mandó llamar al cronista a su despacho para recriminarlo por haber hablado tan mal de su corrida. Conociendo a don Maximino, Fernando anticipó que la entrevista sería por lo menos muy difícil, si no es que grave, así que llevó consigo la película de la corrida. Cuando la reprimenda del general había llegado a su punto más álgido, Marcos se concretó a preguntarle si por casualidad había visto la corrida. El ministro respondió que no, que se encontraba de viaje. Fernando le volvió a preguntar: “¿Le gustaría verla? Traigo aquí la película”. Afortunadamente le entró la curiosidad al ganadero y aceptó que le pasara la película. Apenas habían llegado al tercer toro cuando Maximino interrumpió la transmisión, y dijo: “Es suficiente Marcos, puede retirarse…”

Más adelante se podrá advertir cuales son las imprecisiones y confusiones en las que incurre Luis Niño de Rivera en la narración que hace.

Dada la extensión que van cobrando estos apuntes, concluiré con ellos el día de mañana.

domingo, 14 de marzo de 2021

Félix Briones. A 50 años de su despedida de los ruedos

Desprendiendo el añadido a Félix Briones
Imagen: Manolo Saucedo
Cortesía: Francisco Tijerina
El anuncio de la despedida de los ruedos de Félix Briones el 14 de marzo de 1971 en Monterrey, motivó la reflexión de lo que fue su paso por los ruedos, en los que estaba activo desde el inicio de la década de los cuarenta y en la que, ya en la capital de la República, fue compañero de quinta de novilleros como Luis Procuna, Gregorio García o Eduardo Liceaga en la época en la que actuó en el Toreo de la Condesa, plaza en la que se presentó el 6 de junio de 1943 o Fernando López El Torero de Canela, Joselillo o Pepe Luis Vázquez (mexicano), de su tiempo ya de la Plaza México, donde debutó el 23 de junio de 1946 y siendo ya uno de los triunfadores de ese ciclo, salió proyectado hacia la alternativa.

Fue doctorado por Lorenzo Garza en la desaparecida plaza de el Coliseo en su ciudad natal, Monterrey, el 24 de noviembre de 1946, en festejo mano a mano, lidiándose toros de la ganadería del propio padrino. El toro de la ceremonia se llamó Reinero. Poco más de un mes después, el 29 de diciembre de ese mismo 1946, confirmaría en la Plaza México, de manos del propio Magnífico y testificando Jaime Marco El Choni, también confirmante, siéndole cedido a Félix el toro Huerfanito de Zotoluca. Esa tarde pudo cortar orejas, pero la espada se lo impidió.

Félix Briones fue uno de los diestros emergentes – junto con Chicuelín, El Ahijado del Matadero, Guerrita o Vizcaíno – que apoyó Manolete en sus campañas mexicanas y así, alternó con el Monstruo de Córdoba y Luciano Contreras en Mérida, el 22 de diciembre de 1946, para lidiar toros yucatecos de Sinkeuel.

Un trofeo presidencial

El jueves 6 de junio de 1947, se celebró la 19ª corrida de la temporada 1946 – 47 en la Plaza México, organizada por un patronato pro construcción de escuelas en el entonces Distrito Federal, encabezado por los señores Pablo B. Ochoa y Fernando Reyes Spíndola. En dicha corrida, se disputaría el Trofeo Presidencial Cigarrera de Oro, cedido por el entonces Presidente de la República, Miguel Alemán Valdés y el Secretario de Educación Pública, Manuel Gual Vidal – ¡qué tiempos aquellos, cuando a los gobernantes no les daba prurito patrocinar trofeos taurinos! –.

El cartel de ese festejo extraordinario se integró con Fermín Espinosa Armillita, Lorenzo Garza, Luis Castro El Soldado, Fermín Rivera y Alfonso Ramírez Calesero, lidiando todos un encierro de La Punta. El sexto de la tarde se llamó Gamito y en una tarde en la que ninguno de los diestros actuantes obtuvo trofeos, Félix Briones realizó una destacada y valerosa faena, que le valió la obtención del trofeo, que le fue entregado por los dirigentes del patronato.

El ambiente previo

Félix Briones – como su hermano Luis – fue un torero muy querido en Monterrey. La prensa de la época refleja el buen ánimo que producía su anuncio de dejar de vestir el terno de luces y así se desprende de esta nota previa aparecida en el diario El Porvenir de esa ciudad, de un par de días anteriores a la corrida:

Ha despertado expectación entre los aficionados regiomontanos el cartel del domingo en la Monumental Monterrey, en el cual Félix Briones habrá de decir adiós a la profesión de torero. Precisamente el hecho de que el pundonoroso diestro local cierre con su actuación del domingo su brillante trayectoria en los ruedos, hará que mucha gente acuda al coso para ver a quien supo ganarse la admiración de los públicos taurinos de México y Sudamérica, con actuaciones sensacionales, en la que nunca impuso condiciones y salió siempre a dar la pelea a todos los alternantes, desde el más encumbrado hasta el más modesto…

Y quienes vieron y vivieron los triunfos y sinsabores del peregrinar de Félix desde su época de novillero hasta la tarde que Lorenzo “El Magnífico” lo hizo matador de toros en el desaparecido Coliseo, estarán deseando que llegue el momento de verle asomar por el portón de cuadrillas, listo a dar la pelea a Joaquín Bernadó y a Mauro Liceaga, últimos alternantes que tendrá Félix en su vida profesional…

Había ilusión por ver al torero de la tierra torear su última tarde…

La tarde del adiós

Vestido de rosa y oro partió plaza Félix Briones, iba a la izquierda del paseo, con Joaquín Bernadó a la derecha y entre ellos, otro torero de dinastía, Mauro Liceaga. En los toriles les aguardaban seis buenos mozos de don Eliezer Gómez, ganadería neoleonesa que se unía al acontecimiento para despedir al torero de la tierra. Al final de los hechos, Félix Briones se pudo ir en aire de triunfo. Arrollando, como era su divisa. La relación que hizo en su día Antonio Córdova para el diario El Porvenir de Monterrey, entre otras cosas cuenta esto:

…“Doblecolo”, se llamó el primero de la tarde, al que Félix recibió con lances de tanteo, pero luego le fijó los pies en varias series de verónicas cargando la suerte, incluso le hizo un torerísimo quite por chicuelinas. Y aunque Félix tomó los palos y dejó excepcional par de cortas, el toro vino a menos, es decir, se agotó pronto, y Félix tuvo que aliñar, matando de una estocada un tanto desprendida. 

Con “Fierroesponja”, el otro de su lote, Félix salió decidido a dar el todo por el todo, y lo recibió en el centro de la plaza con faroles de rodillas y lances estupendos, cargando la suerte. Siguió en plan triunfal con una faena en la que hubo derechazos extraordinarios, naturales soberbios, en la que toro y torero fundieron en una sola la figura, y cuando mató de magnífica estocada, la autoridad no vaciló en concederle las orejas y el rabo, mis colegas los cronistas regiomontanos, no tuvimos empacho alguno en alzarlo a hombros y pasearlo por el ruedo, sobre todo después de que Félix Gerardo, su hijo, le desprendió el simbólico añadido, dando fin a una página de gloria dentro de la fiesta taurina…

Félix Briones fue cargado en hombros por los cronistas taurinos de Monterrey y por el comediante Gaspar Henaine Capulina, después de que su hijo Félix Gerardo, que pocos años después sería uno de los destacados novilleros que le dieron la pelea al fenómeno que fue Rodolfo Rodríguez El Pana le despojara del añadido. Sigue contando Antonio Córdova:

…Emotivo el momento en el cual Félix Gerardo, su hijo, le desprendió el añadido dando por terminada toda una vida dedicada a la profesión de torero, y más emotivo aún, el momento en el cual “Pablote”, Arturo García, Memo Guerra y Gaspar Henaine “Capulina” le cargamos a hombros como fiel reconocimiento a lo que Félix hizo en su larga trayectoria dentro de la fiesta…

Para redondear la tarde, Joaquín Bernadó salió al tercio en su primero y dio dos vueltas en el quinto, tras de que se le negara la oreja que fue insistentemente pedida y Mauro Liceaga dio la vuelta tras la lidia del tercero y le cortó la oreja al sexto, lo que permitió culminar una tarde en la que Félix Briones tuvo la despedida que pudo soñar, arropado por la gente de su tierra y triunfando. No muchos toreros tienen esa suerte.

Así pues, ese domingo 14 de marzo de hace medio siglo, se cerró un gran volumen de historia taurina que representaba la carrera del torero de Monterrey.

El ganado que se lidió

La ganadería de don Eliezer Gómez González se fundó en el año de 1933 y se asentó en el rancho Las Bravas del municipio de Cadereyta, Nuevo León. El pie de simiente, de acuerdo con don Heriberto Lanfranchi fue de vacas de Jalpa y Xajay y sementales de Zacatepec. A partir de 1948, la dirigió don Eliezer Gómez Sada, por el fallecimiento de su fundador y en 1976 fue enajenada a Valdemar Saucedo Galindo. Su divisa era con los colores blanco y negro.

Una estampa torera

Bien es sabido que la tauromaquia de Félix Briones estaba fundada en el valor. Pero no era un valor exento del oficio bien aprendido. Del conocimiento de los terrenos y de la colocación. Recojo, de la crónica que, firmada a nombre de Carlos Fernández Valdemoro en el ejemplar de “La Lidia” del 25 de agosto de 1944, el después José Alameda, relata una escena ocurrida en la novillada del 20 de agosto de 1944 en el Toreo de la Condesa. Se lidiaban novillos de Ajuluapan para Félix Briones, Leopoldo Gamboa y Raúl Iglesias y nos cuenta:

...veroniqueó Briones también con mucho valor y, luego, al hacer el primer quite por orticinas, – que han vuelto a estar en boga desde que Luis Procuna las resucitó en la corrida de la Oreja de Oro – resultó cogido y aparatosamente volteado. Se levantó y quiso repetir los lances, demostrando con ello más carácter que malicia, pues el novillo no era ciertamente propio para tales adornos… A la muerte llegó el novillo con acusada querencia hacia las tablas, y aún más allá de ellas. Y saltó al callejón, cuando Félix brindaba ya su muerte. Estaba el novillo decidido a evitarla y apenas lo sacaban de entre barreras, volvía a internarse. Abrieron por fin los monosabios la puerta del callejón que está ante la puerta de cuadrillas y allí se quedó aquerenciado el toro. Félix Briones hizo cuanto pudo para sacarlo, y aprovechó una arrancada para sacarlo hacia las afueras, logrando dejar una estocada un tanto pasada. Saltó el novillo, ya herido, al callejón y allí murió, mientras el público premiaba la voluntad y la decisión de Félix con nutridos aplausos…

Es decir, sabía torear y sabía estar en su sitio . En suma, Félix Briones sabía ser torero, en el ruedo… y fuera de él.

Félix Briones falleció en León, Guanajuato, el 11 de julio del año 2011.

Es por eso que, en este día, que se cumple medio siglo de su despedida de los redondeles, le recuerdo con respeto y admiración.

Aviso Parroquial: De nueva cuenta y como en todos los casos que tienen que ver con asuntos de la llamada Sultana del Norte, agradezco a mi Patrón, don Francisco Tijerina, el haberme proporcionado los materiales para garabatear estas líneas. Asimismo, advierto que los resaltados en los textos transcritos son imputables exclusivamente a este amanuense, pues no obran así en sus respectivos originales.

domingo, 7 de marzo de 2021

1947: Eva Perón va a los toros en Madrid

Eva Perón en el Palco Real de Las Ventas
Foto: EFE - La Fototeca
Eva Duarte de Perón tenía la obsesión de obtener la presidencia de la importante Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires, regentada por las damas de la más alta sociedad de la capital de Argentina. Dado su origen y su actuar en política, de manera sistemática su intención fue rechazada de manera elegante. En 1947, el jefe del Estado Español, Francisco Franco, invitó al presidente de Argentina, Juan Domingo Perón a visitar tierras ibéricas. La invitación tenía motivos comerciales, España necesitaba los granos que en las tierras australes americanas se producían y que con la exclusión de España del Plan Marshall, eran escasos de otras partes del mundo para los países no beneficiados con este.

Perón declinó la invitación, pero su esposa, una inteligente mujer en cuestiones de política – independientemente de sus métodos – consiguió que el presidente aceptara la invitación para ella. Y surgió la llamada Gira del Arco Iris, misma que Eva Duarte aprovecharía para relacionarse con las diversas casas reales europeas y de esa manera obtener, desde su personal punto de vista, el pedigree suficiente para poder presidir la mencionada Sociedad de Beneficencia.

Su primera parada europea fue en Madrid. Escribe W. A. Harbinson:

Parando primero en España, ofreció los saludos de un dictador al otro, diciendo al General Franco: ‘no he venido aquí a establecer un eje, sino solamente como un arco iris entre nuestras naciones…’. El General Franco, un viejo zorro, le otorgó a la belleza forrada en mink la Gran Cruz de Isabel la Católica y la mandó a las plazas a saludar a los españoles. Los españoles, quienes siempre se enamoran de mujeres envueltas en plumas de avestruz y abrigos de piel, le dieron una extraordinaria recepción, mientras Evita daba obsequios en mano, a veces hasta de 1000 libras diarias…

Eva Perón en los toros

Había que mostrar España a la ilustre visitante y llevarla a los toros estaba dentro de la cuestión, indudablemente. Para ello se programó para el jueves 12 de junio de 1947, una corrida de toros en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid en la que se lidiarían seis toros de don Clemente Tassara y un novillo de don Manuel Arranz, para el rejoneador Pepe Anastasio, Rafael Vega de los Reyes Gitanillo de Triana, Pepe Luis Vázquez y Raúl Acha Rovira. Sin dudar de los méritos de este último, quiero pensar que su inclusión en el cartel tenía su ingrediente político, pues, aunque su nacionalidad era peruana, nació en tierras de Argentina.

Las crónicas de los diarios españoles narran un festejo que fue anodino hasta que Rovira cortó la única oreja que en él se otorgó, pero la prensa extranjera habla de que tuvo sus accidentes, entre otros, que comenzó con algo así como media hora de retraso, porque la invitada de honor simplemente… llegó tarde. Dice la edición de la revista norteamericana Time del 23 de junio de 1947:

Una rubia apresurada ...Era el día más caluroso del año cuando el Dictador Franco le impuso a Evita la Gran Cruz de Isabel la Católica incrustada de diamantes, pero Evita vestía una larga estola de mink. En la función especial de Fuente Ovejuna ofrecida en el Teatro Español, Evita lució una larga capa de plumas de avestruz. En los toros, que iniciaron media hora tarde por su causa (ni para Alfonso XIII se difirió el inicio de una corrida), Evita deslumbró de nueva cuenta a los españoles. Se presentó de mantilla (tradicionalmente lucida rigurosamente recta) colocada sobre una peineta levantada desenfadadamente sobre su oreja...

Como se ve, fue a Roma, pero no hizo lo que vio. Se comportó como si estuviera en su casa – seguramente se tomó a la letra aquello de mi casa es su casa – y no entendió o no quiso entender que hay cosas que tienen una sola manera de ser. Y una de esas cosas, son los toros, que deben comenzar siempre a la hora anunciada.

El triunfo de Rovira

Raúl Acha le cortó la oreja al tercero de la tarde. Si hemos de atender a la descripción de la faena que hizo en su día R. Capdevila en el diario Arriba de la capital española, la realizó en un palmo de terreno, pues entre otras cosas, dice esto:

…Lo que recuerdo bien, señora, es que al salir Rovira a su faena al tercer toro, los arrastres – y varias incidencias de la lidia en los medios – habían emborronado aquel escudo que estaba ya lo mismo que los mapas que pintan los niños con sus cajas de lápices cuando después les pasan torpemente el difumino o la goma, e incluso los dedos. Quedaba solamente intacto, limpio, un sector de cenefa hacia la puerta de cuadrillas, iluminado en parte por el sol y en él, precisamente, la bandera de ustedes, señora, con sus franjas azules encima y debajo del blanco.

Fue allí donde Rovira, en su propia bandera, plantó un pabellón de gallardía y de audacia. Iba a decir que parecía que los colores argentinos le trasfundían su entusiasmo, a través de las suelas flexibles de sus zapatillas de torear; pero no sería exacto señora, porque Rovira no llegó a pisarlos. Ni en la angostura, difícil, de la brega. Estuvo al filo de ellos justamente. Se podría decir que a su sombra. Y que a su sombra obtuvo el éxito. Ese éxito que es en los toros, la oreja. La vuelta al redondel, con la oreja en la mano, después de la nevada de pañuelos volando por toda la plaza.

De esta forma, señora, merced a Rovira – Rovira de ustedes – tuvo usted un apunte de toros que incorporar a su álbum de estampas de España: de sus días – ojalá inolvidables – de España. Porque aparte Rovira, señora, la corrida de toros solo estaba pasando. Pasando, nada más. Sin pena ni gloria, decimos aquí…

Manuel Sánchez del Arco Giraldillo, en el ABC de Madrid, por su parte, relata:

La tarde fue para el argentino Raúl Ochoa “Rovira”. No triunfó al hilo de la ocasión sentimental, sino que esta fue para él un estímulo... A la hora definitiva clavó los pies en el suelo. Citó, cruzadísimo, aguantó la entrada espeluznante y logró los pases. ¡Había corrida de toros! El público ponía un son hondo de ovaciones. A “Rovira” se le discute mucho. Yo le he visto torear poco y, sin enjuiciar, me limito a referir. Aquello era hacer una faena a pulso. Aquello era dar a una tarde desvaída tensión española... fundiéndose con el toro, pero con movimiento distinto, sin confusión ni barullo, dejando ver la faena, su calidad y su emoción, dijeron que había toros en Madrid. Estaba toreando “Rovira”, el discutido... Un volapié clásico, y la mano de “Rovira” llega al pelo mojado en sangre. Descabella a pulso, y la ovación, que no ha cesado, reclama la oreja para el argentino, quien da la vuelta al ruedo luciendo en sus manos el galardón supremo de su tarde de toros en Madrid. Ello en una tarde en que no había toros y que por él tuvo vibración española...

Hoy en día el corte de una sola oreja puede parecer hasta minimalista, pero en aquellos días, una oreja en Madrid era casi siempre el signo de un triunfo rotundo. Y Rovira se alzó con él y eso le valió en su día, ser considerado como torero de Madrid, un título que no es gratuito y que en muchas ocasiones pesa como una losa.

El resto del festejo y el fin de la fiesta

Voy a retornar a la crónica de don Celestino Espinosa R. Capdevila, para tratar de condensar lo demás que sucedió en esta corrida, que sin duda, por las causas que la motivaron, merece el calificativo de extraordinaria y así, el cronista escribe:

Esto son cosas solo de nosotros, que así pudimos ver lo deslucido que estuvo el rejoneo de principio de tarde, a cargo de Pepe Anastasio, y lo incoloro de las actuaciones de Gitanillo de Triana y de Pepe Luis Vázquez, por culpa fundamental del tono de moruchos que sacó la corrida de Tassara. Eso son cosas de nosotros, que dejo entre nosotros. Y que pueden quedar entre nosotros, porque ayer, realmente, la Fiesta no estaba en el ruedo. La Fiesta, señora, la fiesta de nuestros ojos y de nuestros corazones, estaba en su palco. Y esa sí que fue fiesta cumplida…

Me tranquiliza, sin embargo, el sentir hondamente que los españoles todos, al conjuro de su sonrisa clara, tenemos algo que decirla: los españoles todos, hasta el de menos importancia. Como yo. Y que en ese decir, de mi escribir constante en los tendidos de las plazas de toros, no podía ser hoy sino esto: Señora, en la corrida de ayer tarde, a no ser por Rovira el argentino, ha habido poca fiesta en la arena del ruedo, sería que la fiesta, la verdadera fiesta de la plaza para todos nosotros – los aficionados madrileños – estaba y bien cumplida en el palco de usted.

Así fueron los sucesos de un festejo taurino de hace casi 74 años, en el que la política se entreveró con los toros y en el que al final, lo taurino, vino a ser lo que terminó reluciendo. Y es que, quiérase o no, la grandeza de la fiesta es como el sol, no se puede tapar con un dedo – o con más –, por más torpes intentos que se hagan.

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