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domingo, 24 de junio de 2012

En el Centenario de José Alameda (VI)


Alameda antes de Alameda (V)

José Alameda, Cª 1950 
En esta ocasión la crónica escrita por José Alameda de los sucesos ocurridos en la novillada del domingo 16 de julio de 1944 en El Toreo de la Condesa, en la que se lidiaron seis novillos de Atlanga por Rutilo Morales, Leopoldo Gamboa y Ezequiel Fuentes y un séptimo, anunciado de Zacapexco, por Joaquín Peláez, contiene un relato que, sustituyendo nombres, lugares y algunas circunstancias que yo calificaría de menores, cabe perfectamente en la presentación de los sucesos de un festejo de nuestros días.

Y así leemos en la crónica acerca de la ausencia del toro; de la ausencia o simulación de la suerte de varas; del toreo de adorno que se convierte en el eje de las faenas, o de la ausencia de toreo sustituida por un conjunto de formas vacías sin el toro y de la pasividad de un público complaciente que ante el desconocimiento de los planteamientos que se le hacen en la arena, se abstiene de exigir a las fuerzas vivas de la fiesta que cumplan con lo que ofrecen.

Pareciera que esos reclamos que se hacen hoy, aludiendo al pasado y que luego sirven para que se tilde a quienes lo hacemos – aludir al pasado – de ningunear el presente sin fundamento. Por eso, sin más, dejo paso a la crónica publicada en el número 87 semanario La Lidia – firmada por Carlos Fernández Valdemoro , fechado el 21 de julio de 1944: 

Sólo Rutilo Morales se salvó del naufragio 
El domingo se celebró en la plaza de “El Toreo” una becerrada. Y el proceso de reducción, de contracción de la fiesta que claramente se advierte desde hace algunos años, culminó durante la lidia del sexto astado de Atlanga. Una sola vez se arrancó hacia los caballos y el varilarguero “Chito”, que era el encargado de picarlo, marró. Entonces, sonaron los clarines para el cambio de tercio y quedó, de hecho, suprimida la suerte de varas. Era una tarde gris, fría y húmeda. En los tendidos se iban quedando ateridos los espectadores. Y, abajo, se atería la lidia. Fue un espectáculo triste, muy triste para quienes sentimos entusiasmo por la fiesta de los toros. Porque allí, sobre la arena mojada de “El Toreo”, estábamos viendo uno de los síntomas que denuncian el acabamiento de la fiesta. Cierto es que fue un caso extremo. Pero la verdad es que no hubiera podido producirse si en el ánimo de los espectadores, de los toreros y de los ganaderos – y también de la autoridad –, estuvieran presentes ciertos principios ineludibles de la lidia, que hace tiempo se han olvidado. La prueba de ese olvido lamentable fue que el público permaneció indiferente cuando aquellos clarines – a la vez prestidigitadores y puntilleros de la fiesta  escamoteaban la suerte de varas y daban muerte a una tradición fundamental. 
Que el toreo degenera es evidente, por más que se empeñen los optimistas en sostener lo contrario. Yo lo he comparado, en otra ocasión, con una corriente que fuera deslizándose hacia el mar, cuando ya se hubiese agotado la fuente originaria. El domingo no solo hubo el síntoma mortal de la supresión de la suerte de varas, sino otros síntomas concurrentes de la descomposición de la fiesta, de su falta de vida auténtica. El toreo vive ahora de suplantaciones. Y los toreros que empiezan, al no encontrar una tradición viva en que nutrirse, se entregan a un extraño remedo de la lidia, a ciertos movimientos sin finalidad ni significación que, a causa de un error general, ellos reputan toreo. ¿Qué sentido pueden tener, por ejemplo, desde el punto de vista taurino, las afanosas carreras, la incontinencia giratoria y los parones caprichosos de Ezequiel Fuentes? ¿Es que el toreo puede quedar reducido a menos de lo que lo reduce Leopoldo Gamboa, cuya única – y por lo visto, definitiva – aspiración consiste en hacer la rígida estatua ante el becerro? 
Triste, muy triste fue el espectáculo del domingo. 
El único de los tres espadas anunciados que demostró conocer su oficio fue Rutilo Morales. Gracias a él, tuvimos a ratos la sensación de que nos encontrábamos en una corrida seria. 
El momento culminante de la actuación de Rutilo fue el segundo tercio de la lidia del cuarto novillo, al que le clavó cuatro pares de banderillas al cuarteo. El enemigo se le arrancó en los cuatro viajes con mucha fuerza y Rutilo midió perfectamente los terrenos, le ganó la cara con gran habilidad y cuadró a la perfección, levantando los brazos con arte, para dejar los rehiletes en todo lo alto. Fueron cuatro pares muy espectaculares que promovieron la más sonora ovación de la tarde. 
A ese novillo lo muleteó Rutilo muy bien, dándole algunos pases de costado ceñidísimos, otros ayudados por alto muy sereno y varios muletazos con la izquierda de positivo mérito, dos de ellos al natural y uno de pecho que fueron los de la más fina calidad, los de más clásico acento de toda la faena. Después, recurrió al adorno de los afarolados y molinetes, y, enseguida, entró a matar, dejando una estocada desprendida. Se le ovacionó calurosamente y salió a los medios a saluda, renunciando a una vuelta al ruedo que el público autorizaba sobradamente con sus aplausos; lo cual es una prueba de seriedad de Rutilo, que acentuó aún más el contraste con sus jóvenes y desenvueltos compañeros, en particular con Ezequiel Fuentes, cuyo desenfado para responder a las protestas es verdaderamente notable. 
Con el primero de la tarde, al que banderilleó también con soltura, hizo Rutilo un trasteo que resultó desligado a causa de las molestias del viento y del agua y de la condición huidiza del astado. Pero, a la mitad de la faena, logró ajustarse en varios pases por alto, haciéndolo de manera emocionante en dos de pecho, uno con la derecha y otro con la izquierda, que emocionaron al público. Cuando mató de media contraria, un tanto pasada, escuchó una ovación grande, a la que correspondió dando la vuelta al ruedo. 
Leopoldo Gamboa tiene buena figura y una gran inexperiencia. Desconoce por completo los terrenos que pisa y carece de recursos para resolver los problemas de la lidia. Con su primer novillo se limitó a codillear y a huir por la cara, hasta que pudo cazarle de una estocada caída. Y con el quinto, descubrió una propensión desmedida a hacer la estatua. 
Lo consiguió en muchas ocasiones, porque el astado era noble. Pero hay que insistir en que eso no es el toreo. Está bien quedarse quieto, pero no como fin, sino como principio. No se sale a la plaza para aprovechar las ocasiones de erguirse con hieratismo, sino que se queda uno quieto ante el toro para poder empaparlo en el engaño, templarlo y mandarlo. 
Entre los muchos parones que Leopoldo Gamboa dio a ese novillo, creímos entrever dos pases de pecho en los que echó la pierna hacia adelante e hizo algo que tiene cierto parecido con el toreo. Fueron los dos únicos pases que dio en toda la corrida. Pero como a la hora de matar mostró valor, a falta de conocimiento, el público lo trató bien. Realmente, el muchacho entró derecho como una vela, aunque por no saber vaciar ni cruzar, resultó encunado y golpeado aparatosamente. Y entre aplausos mezclados con algunas protestas, dio la vuelta al ruedo. 
¿Qué decir de Ezequiel Fuentes? Yo, la verdad, no recuerdo sino muy vagamente su actuación, aunque estoy seguro de que hizo muchas cosas. Quizás no las recuerde precisamente porque fueron demasiadas. Tiene una movilidad de ardilla y un concepto caótico de la lidia que lleva a intentar toda clase de lances giratorios de suertes extravagantes, con tal presteza que marea. Su especialidad consiste en meterse en los costillares, haciéndose rueda con el toro. También conoce a la perfección los “parones a viaje hecho”. Es decir, en cuestiones de experiencia, es todo lo contrario a Gamboa, porque aquél desconoce todo y en cambio, Ezequiel Fuentes sabe mucho, demasiado inclusive. Y, a veces, se pasa de listo, que es lo que suele sucederle a los que están demasiado poseídos de su saber. Y Fuentes se pasó de listo al creer que el público de la Capital tomaría en serio sus artimañas de torero ducho en deslumbrar públicos provincianos. 
Sería injusto negar a Ezequiel Fuentes valor y serenidad, pero esas cualidades de nada valen cuando se sale a la plaza dispuesto a utilizar en la lidia toda clase de trucos engañosos y de trampas de mala ley. 
En ciertos momentos en que el muchacho se arrimó, fue ovacionado, pero el público concluía siempre por recusar los procedimientos ventajistas en que se funda su toreo. En el momento en que jugó más limpio, fue al torear por verónicas a su primer novillo. Y su peor ventaja fue la que pretendió tirarle al público cuando, después de muerto el astado, se obstinó el diestro en dar la vuelta al ruedo contra la voluntad general. 
En séptimo lugar se corrió un toro de Zacapexco que, según rezaban los carteles, debía ser lidiado por Joaquín Peláez. El toro, que salió con arrobas y pitones, se puso a la defensiva y tras de hacer pasar malos ratos a todos los lidiadores, inclusive a Zenaido Espinosa, fue devuelto a los corrales, en vista de que Peláez no consiguió matarlo. Apéndice con el cual, la corrida resultó definitivamente lamentable.
Yo solo agregaría, a muchos años de distancia: Nihil novum sub sole…

Dramatis personae

Rutilo Morales
Ninguno de los tres alternantes llegó a la alternativa. Rutilo Morales siguió adelante algún tiempo en sus afanes de convertirse en matador de toros y todavía entre los matadores hasta participó en 1951 en el grupo de toreros que arreglaron la ruptura de relaciones taurinas que permanecía desde 1947. Yo le vi torear como hombre de plata y es uno de los mejores que he visto en mi vida, tanto con la capa como con las banderillas. Actualmente reside en Morelia y durante muchos años presidió los festejos que se celebraron en El Palacio del Arte de aquella Capital y en ese ruedo se dedicó a formar toreros, entre los que destacan los matadores de toros Teodoro Gómez e Hilda Tenorio.

Ezequiel Fuentes fue un torero que tuvo algún predicamento en su estado natal, Jalisco y era un fijo en los festejos de Carnaval en La Petatera de Villa de Álvarez, Colima y Leopoldo Gamboa por su parte, hasta en Madrid llegó a presentarse, lo hizo el 5 de agosto de 1951, alternando con Joselete de Córdoba y Blanquito de Zaragoza, para lidiar novillos de María del Amparo González (4) y Juan Sánchez de Valverde (2). La crónica de Giraldillo en el ABC madrileño acerca de lo sucedido esa tarde, le presenta, a diferencia de lo que hoy les traigo aquí, como un artista valeroso, muy lucido con la capa y con repertorio alegre con la muleta... Dio la vuelta al ruedo tras la lidia del tercero.

Sobre la trayectoria de Joaquín Peláez, no encontré información.

Aclaración necesaria: Los subrayados en el texto son obra y responsabilidad de este amanuense.
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