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domingo, 14 de julio de 2013

Detrás de un cartel (IX)

El cartel de la
remembranza
José Ramón Tirado había debutado en la Plaza México en septiembre de 1950. Su divisa fue el valor a toda prueba y un toreo pirotécnico, en el que lucía su dominio de lo que muchos consideran suertes accesorias y que combinadas con la exposición con la que las ejecutaba, involucraban de inmediato a los públicos en su quehacer en el ruedo, independientemente de que los aficionados más ortodoxos reconocieran su gran valentía, pero no quedaran muy conformes con sus procedimientos.

Tirado, de la mano de El Pipo

Apoderado por Rafael Sánchez El Pipo, llegó a España en 1956 y acerca de esa relación entre el torero de Mazatlán y su peculiar apoderado, Javier Manzano cuenta lo que sigue:
Su primera peripecia, añagaza y osadía la perpetró a finales de los 50 con el mexicano José Ramón Tirado a quien para darle a conocer en España le inventó la siguiente historia contada por él mismo: "iba a llegar Franco de un viaje y llamé a Tirado para que sacase un billete de avión para ese mismo día pero que no viajase. En el aeropuerto estaba toda la prensa esperando al Caudillo y yo a través de un fotógrafo amigo hice correr el rumor de que el torero que llegaba ese día no lo haría porque se había tirado del avión. Al momento todos los periodistas estaban a mi alrededor y yo inventando la historia; al día siguiente todo el mundo conocía a Tirado. Pero no me quedé ahí sino que la seguí alimentando y un par de días después me inventé que un barco había rescatado al torero en alta mar y que aquello era un milagro. Tirado volvió a llenar páginas de periódicos y revistas, y esa temporada todo el mundo quería verle torear...
En ese ambiente se presenta en Madrid el 8 de julio de 1956. Los novillos fueron 5 de Atanasio Fernández y uno de El Pizarral de Casatejada. Sus alternantes Fermín Murillo y Paco Pita y le cortó la oreja al primero de su lote, lo que le aseguró ser repetido el siguiente jueves, en esta ocasión alternando con Pepe Cáceres y Victoriano Valencia y lidiando de nueva cuenta novillos de Atanasio Fernández

Hace 57 años

Esta última tarde cortó una oreja al sexto y dejó las cosas listas para que el domingo 15 volviera a actuar en Las Ventas, esta vez alternando con Pepe Cáceres y Juan Jiménez El Trianero para dar cuenta de un encierro de Garro y Díaz Guerra procedencia José Bueno (hoy la ganadería es la de Laurentino Carrascosa y se ha decantado por el encaste Domecq).

En esa tercera ocasión José Ramón Tirado abriría la puerta grande de la plaza de Madrid y de acuerdo con las crónicas que pude localizar, lo hizo a base de redaños y de carisma. En primer término está la apreciación de don Luis Uriarte Don Luis, en la Hoja de Lunes del día siguiente al festejo, de la que extraigo lo que sigue:
Dos orejas al mejicano Tirado en Madrid. Valor atómico... El valor de que hace alarde el mejicano José Ramón Tirado es más que heroico, más que temerario, más que brutal; es un valor de locura, que tendríamos por inconsciente si ello no fuera lo consciente en la fiesta de toros – como si se tratara de la guerra – de un torero que quiere ser torero. Dada la época en que vivimos, nada lo calificaría mejor que decir que es un valor atómico. Hasta por la impávida tranquilidad con que lo derrocha el mejicano en cuestión... Saltemos, para seguir con lo mejor de lo bueno e hilvanar con lo que decíamos del valor de Tirado, al tercer novillo. Un bravo ejemplar, como casi todos los lidiados, con excepción del sexto, de Garro y Díaz Guerra, quienes se apuntaron un nuevo y muy estimable éxito. El mejicano lo había lanceado a la verónica y quitado por chicuelinas con su reconocida valentía. El primer muletazos lo dio, según acostumbra, sacándose al enemigo por la espalda. Después, en los redondos sobre la derecha, en los naturales sobre la izquierda – con el mismo aguante de sus anteriores actuaciones, pero más erguido y con más temple – y en los de adorno de frente, de costadillo, de espaldas y hasta de coronilla, dicho sea sin exageración, puesto que en uno de ellos cayó, empitonado, cabeza abajo, compuso un faenón que se jaleó con inusitado estrépito, entre un entusiasmo elevado al cubo del paroxismo. Y como de contera se volcara sobre el morrillo para clavar una estocada que puso el punto y raya del matador a la emocionante labor del torero, las dos orejas se le concedieron sin discrepancias y la ensordecedora ovación no se interrumpió mas que al final de la vuelta al ruedo, en breves instantes de respiro, para volver a tronar mientras el triunfador saludaba nuevamente desde el tercio. Pocas veces hemos visto en una plaza de toros un mayor y más increíble desprecio del peligro... Así quedó plantado en lo más alto el pabellón taurino del mejicano, ya que lo del sexto novillo no cuenta, por ser absolutamente cierto que el morlaco, manso, bronco y peligroso, no se prestaba a más que a la faena de aliño con que Tirado lo preparó para quitárselo de enmedio con dos pinchazos, media estocada y un descabello. Se le aplaudió en reconocimiento de la dificultad del trance...
La segunda es la aparecida en el diario madrileño ABC, firmada por José María del Rey Caballero Selipe. quien según Joaquín Vidal era, un ejemplo permanente de dignidad en el ejercicio de la profesión para cuantos nos dedicamos a este oficio... y retomo de lo escrito por él, lo que sigue:
Sangre vivaz. Se llenó la plaza, sin duda porque el cartel reunió aliciente, y, sobre todo, orque el mejicano Tirado, que en él figuró, había despertado, por sus temeridades de días anteriores, el interés de la gente... Los Sres. Garro y Díaz Guerra, que por la presentación de su ganado cumplieron con las exigencias de la plaza madrileña, por la bravura de sus reses, gustaron el aplauso del graderío, que vio como los novillos, con temperamento inextinguible, mantuvieron codicia y bríos para la pelea con los montados, y empuje sostenido para el cite de los engaños: es posible que los lidiadores estimasen excesiva la acometividad de los astados, pero los aficionados se recrean en el juego que las reses desarrollan, sin apagamiento, durante su vida en la arena. La excepción al conjunto, merecedor de buena nota para los criadores, la constituyó el novillo lidiado en último lugar... Entre todas las reses recibieron veintiún puyazos, y a alguna, como la corrida en cuarto lugar, el castigo le resultó insuficiente... El mejicano Tirado, que se recreó al ceñirse por chicuelinas en un quite al primero y con el capote a la espalda en otra intervención ante el segundo novillo, se apretó en el lanceo al tercero, aunque no cumplió los tiempos de la verónica, si bien se ajustó en su sucesión y en la media de remate; despertó la emoción de la galería en un quite temerario por chicuelinas, con cierre de revolera, y desarrolló una labor abierta, con cite en los medios y salida de la res al variarla con displicente asomo de la franela por la espalda, y continuada con agobio de terrenos y correlativo sobresalto del graderío, progresivamente entusiasmado a mediad que el muletero, en los redondos, en multitud de pases de espaldas, en otros de rodillas, en afarolados y en molinetes, acertaba a mover los resortes más sensibles de la masa, que cuando el azteca, con sentido de la proporción, arrancó oportunamente a matar, y lo hizo de una estocada hasta las cintas en el primer envite, solicitó los trofeos con tal frenesí, que la presudencia hubo de otorgarlos al máximo... Unos entusiastas alzaron a hombros a Tirado y pese a disconformidades, ruidosamente manifestadas, se lo llevaron... por la puerta grande. Valdría la pena defender la tan ponderada seriedad de la plaza de Madrid...
Tirado y Pepe Cáceres en la óptica
de Antonio Casero (ABC, Madrid
17 de julio de 1956)
Como lo ven, de las relaciones escritas de Don Luis, y de Selipe, se advierte el reconocimiento sin cortapisas al valor del torero mazatleco, aunque de la opinión de ambos se desprenda que no convienen totalmente en los procedimientos que usaba ante los toros. No obstante, la tarde que aquí me ocupa José Ramón Tirado salió en hombros de Las Ventas y sumó algo que al paso de los años se vuelve cada vez más complicado de replicar, pues en una semana toreó tres veces allí y cortó cuatro orejas de los novillos que enfrentó.

Otras informaciones de la prensa de esos días

La prensa de la fecha hablaba además del homenaje que se hizo a Nicanor Villalta en Zaragoza y en el que se lidiaron novillos de Moreno Yagüe y en el mismo, toreó el propio Villalta que cortó una oreja; también cortaron una oreja Domingo Ortega, Julián Marín y Jumillano, en tanto Antonio Vázquez fue ovacionado y Marcos de Celis se llevó las 2 orejas de su novillo. Al final del festejo, el alcalde de Creta, Teruel, le entregó a Villalta una placa con el título de hijo predilecto... También relata que el novillero de Arles, Pierre Schull fue herido de gravedad en Carabanchel, en tanto que Joselito Huerta, en la corrida final de la feria de Pamplona cortó el rabo al segundo de su lote (6º), en tarde en la que alternó con Antonio Bienvenida, Paco Mendes y el rejoneador Ángel Peralta en la lidia de toros del Vizconde de Garci – Grande, y Gallardo (3º). También consigna que Gregorio Sánchez fue herido en La Línea de la Concepción al enfrentar toros de José Villar alternando con Dámaso Gómez y Chicuelo II. Por otra parte, deja constancia de que Chamaco cortó 4 orejas y rabo y Carlos Saldaña 3 y rabo en Barcelona cuando alternaban con Rafaelito Chicuelo en la lidia de novillos de Antonio Urquijo. Cierran estos retales lo sucedido en San Sebastián, donde Paco Pita resultó lesionado en un ojo, en tanto que Fermín Murillo cortó una oreja y Sergio Díaz fue ovacionado al lidiar novillos de Escudero Calvo.

José Ramón Tirado
Tirado recibió la alternativa en Mérida, España el 12 de octubre de ese mismo año, apadrinándole Litri y llevando el testimonio de Antonio Ordóñez. El toro de la ceremonia se llamó Cuellolargo y fue de Manuel González. La confirmó en la Plaza México el 13 de enero siguiente, recibiendo otra vez los trastos de manos de Litri y siendo el testigo el Güero Miguel Ángel y el toro Remador de La Laguna el de la cesión.

En el San Isidro de 1957 El Pipo le consiguió tres tardes y en la primera, el 10 de mayo, confirmó su alternativa extremeña de manos de Julio Aparicio y fungiendo como testigo Antoñete. El toro cedido fue Medianejo de Eusebia Galache. Tirado ya no pudo repetir los exitos de su temporada novilleril y este paso isidril fue el último que hizo por la plaza madrileña.


José Ramón Tirado falleció en Ontario, California, Estados Unidos, el 27 de marzo de 2010.

domingo, 26 de mayo de 2013

Una interesantísima pieza (II/II)


Aquí concluye lo que dejé pendiente la pasada semana…
…En lo referente al comportamiento de los toros, queda por dilucidar si obedece exclusivamente a una degradación de la especie, a un lamentable estado de la cabaña brava o a causas más inmediatas. Aunque no debe confundirse falta de casta con manipulación dolosa, la verdad es que, para los fines de los teóricos de la Fiesta, ambas se complementan. Al toro que no sale descastado de la ingeniería genética que practican muchos ganaderos se le «descasta» en los corrales. Ambas circunstancias conducen a lo mismo: a la docilidad del animal, a la generalización de un toro con las fuerzas precisas para mantenerse en pie embistiendo sin atosigar al matador. Lo que ocurre es que, a veces, a criadores y a manipuladores se les va la mano. Y, aprendices de brujo, son incapaces de controlar las fuerzas que han desatado. Por atemperar temperamento y fuerzas, les salen toros con sangre de horchata y toros verdaderamente inválidos. 
¿Cómo explicar los radicales cambios que experimenta el toro en las primeras carreras que da por el ruedo? Sale galopando con una pujanza y fiereza impresionantes, corre de acá para allá, obedece a los cites, acomete violento. Y, de repente, desfallece, claudica y rueda por la arena. En ese súbito cambio de personalidad algo ha pasado, independientemente de que el toro tenga más o menos casta. Alguna sustancia está obrando sobre su organismo y produciendo estas incomprensibles mutaciones. El pobre animal pasa dando tumbos el primer tercio, el tercio de banderillas, y luego acaba recuperándose, parcialmente, para llegar en circunstancias medianamente presentables a la muleta. En estas circunstancias debiera ser preceptivo el análisis de las vísceras para determinar por qué los toros se desploman. 
Pero no desesperemos. Si se minimiza, con tendencia a su supresión, la suerte de varas. Si, a sabiendas y groseramente, se manipula la fortaleza del toro, será por algo. Quizá porque el verdadero test, la suprema importancia, los taurinos la depositan en la muleta. Preparémonos, pues, a ver un toreo de arte sin mácula. Un toreo de arte, de plástica y de armonía requiere, dicen, un toro suave, noblote, justo de fuerzas; un toro que salga ya picado de chiqueros y, si es posible, de la dehesa o desde el vientre de la madre que lo parió. La tauromaquia así concebida convierte la pasión de lidiar en una composición de formas vacuas y sin emoción; se eliminan, por innecesarios, los recursos técnicos, la ciencia lidiadora y el arrojo y el valor. Al uniformarse las características de los toros, se uniforman también las reglas de la lidia. Con lo cual, las posibilidades de algunos toreros que sienten y practican el toreo con autenticidad quedan notoriamente disminuidas. Las sepulta la mediocridad general. Por contra, todos los toreros, artistas o no, empiezan a reclamar el toro «colaborador», su toro, ese enigmático cornúpeta de cuatro patas dotado de milagrosas condiciones que les permita hacer «su toreo». Otro engaño manifiesto. ¿Quién dice que hay más arte y más armonía cuando se torea despacio a un toro que embiste despacio? Eso se llama temple. Y si a un toro que embiste vivaz se le templa, también se está haciendo un toreo rítmico y armónico. Otra cosa es el arte, el sentimiento espiritual que provoca una determinada interpretación de las reglas taurómacas. El toreo se rige por unas normas, unos cánones que pueden ser cabalmente realizados por un diestro sin especial relieve artístico, sin una singularidad precisa. En principio, eso es lo esencial. Luego puede haber un valor añadido, una emoción de orden superior, por la que el ánimo y la voluntad del espectador son cautivados de una manera especial. Es el fulgor imborrable de una estética que no se puede explicar. Pero mientras esos milagros suceden, lo fundamental, lo básico, es la santísima trinidad, aún no desmentida, de parar, templar y mandar, y el estrambote, igualmente esencial, de cargar la suerte. Es más, estas premisas, siendo la base de toda tauromaquia, pueden llevarse a cabo sin exquisiteces. Pero no hay arte verdadero sin su cumplimiento. 
Vicios convertidos en virtudes 
En la Fiesta siempre hubo deformaciones, vicios, suertes mal ejecutadas y toreros que practicaron el arte de torear de manera deficiente y tosca. Siempre hubo también toros mansos, toros blandos, toros difíciles sin un pase. Pero los toreros sabían el oficio y lo ponían en práctica, y de una manera u otra resolvían la papeleta. O no la resolvían. Pero nunca las insuficiencias eran alabadas como virtudes ni lo accesorio elevado a rango de fundamento. Lo malo empieza cuando esas deficiencias se convierten en costumbres, son aceptadas por el público con toda normalidad y la crítica las silencia, les quita importancia o las jalea. Y los toreros cimentan en ellas sus triunfos y su fama. Olvido o trivialización del toreo al natural, citar con el pico de la muleta y con él conducir, lejanamente y hacia afuera, la embestida, y matar de horrendos y criminales bajonazos son algunos de los vicios que la costumbre está santificando. 
Resulta evidente que no todos los toros permiten lo que habitualmente conocemos por una faena más o menos perfecta. Y que los vicios enunciados, y otros que se dirán, pueden ser, en ocasiones, recursos técnicos de un toreo a la defensiva necesario e inevitable con ciertas reses. Nada hay que decir en contra de esto. La lidia entendida como lucha y sometimiento es no sólo una grandeza de la Fiesta, sino su fundamento y su origen. 
Lo malo surge cuando esos recursos técnicos y lidiadores se convierten en descaradas ventajas contra todo tipo de toros: con los broncos y con los pastueños, con los nobles y con los inciertos, con los mansos y con los bravos. En este sentido, citar al toro con el pico de la muleta, soslayando en consecuencia la rectitud del cite, es la base del toreo moderno. Y no es una cuestión únicamente de ortodoxia o de fidelidad a la letra de las viejas normas. Es que, provocando ese viaje del toro concéntrico al eje del torero, se eliminan todos los tiempos de la tauromaquia clásica: parar, templar y mandar y cargar la suerte. Únicamente se templa, y no siempre. Además, hay que reconocer que, en las condiciones en que se produce el cite y se desplaza la res, el temple es un acompañamiento habilidoso y no una técnica. 
Terrenos y distancias 
Según un extendido axioma taurino, treinta centímetros son los que separan la riqueza de la pobreza, el fracaso de la gloria. Esto no parece válido para hoy. Hoy, los límites se han ampliado notablemente, y sin franquearlos ni de lejos, muchos toreros se hacen millonarios. Es curioso que quienes defienden el toro objeto como condición necesaria para la manifestación gloriosa del arte, defiendan también, y sin asomo de contradicción, el muletazo fuera de cacho, distanciado, sin obligar al toro en los remates, basado todo en un temple ficticio y en una técnica que es únicamente habilidad y truco. Malos tiempos para la autenticidad, malos tiempos también para el arte. Y, sin embargo, pocas veces se han llenado las plazas como se llenan ahora. ¿Cuánto durará? El tiempo que la gente tarde en descubrir el fraude colectivo y multitudinario. Cuando eso ocurra, pasará lo de siempre: que los espectadores seguirán las hazañas de lo auténtico y desdeñarán los simulacros y los sucedáneos. Y las plazas dejarán de llenarse. Mediten los comerciantes en esa amarga posibilidad. Porque la verdad, es decir, el toro íntegro, acabará resplandeciendo. Y si no, nadie evitará el fin, la desaparición de esta fiesta noble, bárbara y hermosa. 
La gente del medievo soñaba el paisaje futuro como una sucesión de castillos feudales. Y, sin embargo, llegó el Renacimiento. Hoy se sueñan muletazos prescindiendo del toro, muletazos a toros disminuidos. Pero el toro llegará. Y, como siempre, pondrá todo del revés. O sea del derecho. Ya cada uno en su sitio.
Creo que cualquier comentario sobra…

En: Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Coordinación: Javier Villán. Ediciones Akal, Colección La Tronera, Vol. 3, Madrid, 1993, Págs. 7 – 14. 

domingo, 19 de mayo de 2013

Una interesantísima pieza (I/II)


En 1993 Javier Villán, crítico de toros del diario madrileño El Mundo, coordinó la publicación de un libro titulado Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Creo que no está de más recordar que es en 1992 cuando entra el Reglamento de la Ley 10/1991, publicada en el Boletín Oficial del Estado del 5 de abril de 1991, sobre potestades administrativas en los espectáculos taurinos (llamada La Ley Corcuera), publicado por Real Decreto 176/1992 del 5 de marzo de ese año.

Es también la temporada en la que Manolo Montoliú y Ramón Soto Vargas mueren a consecuencia de cornadas en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, misma que fue escenario de un gran fiasco al suspenderse una corrida anunciada para celebrar la realización de la Expo 92, por no aceptar los diestros anunciados los toros propuestos por la empresa.

Las firmas que integran la obra son entre otras, las del propio Javier Villán, Joaquín Vidal, Fernando Fernández Román, Juan Manuel Albendea, Fernando Bermejo, José Luis Suárez - Guanes, Javier Hurtado, Paco Apaolaza, Rubén Amón, Andrés Amorós, Clara Custodio, Carlos Ilián, Fernando Bergamín Arniches, William Lyon, Luis Nieto y Carlos Gil Laurelito Txiqui.

Del libro, tomo el primero de los artículos, que por su estructura y su contenido, me parece casi profético. Lo firma Francisco Vallida y Gil, un profundo conocedor de esto y un extraordinario escritor. No pude encontrar referencias acerca de su persona, pero su conocimiento del tema se desprende en automático del tratamiento del tema que enseguida y por su extensión, en dos partes, dejo a su consideración:

Una tauromaquia en defensa del toro bravo 
Francisco Vallida y Gil 
Una tauromaquia es una serie de normas encaminadas a un objetivo concreto: la lidia y muerte de un toro. Los ejes en torno a los que se mueve son dos: el toro y el torero. Y aún podría añadirse un tercer elemento, menos fundamental que los citados, pero también decisivo: el público aficionado. Los espectadores sancionan el toreo, y este se produce según los conocimientos y las exigencias que aquellos manifiestan. No es casual que los toreros se «alivien» sin ningún rubor en plazas en las que suponen un público menos entendido. Lo hacen también en plazas consideradas cátedras históricas, cuanto más en humildes ruedos de pueblo. 
Fijar las características de una tauromaquia pasa, necesariamente y en primer lugar, por un análisis del toro que sale a la arena. Obligado es establecer las adecuadas relaciones entre la forma de torear y las condiciones de las reses de lidia. Y en este aspecto conviene dejar claro qué clase de toro defendernos y exigimos, el toro objeto o el toro protagonista de la Fiesta. Decididamente estamos a favor del segundo. Mientras desde instancias oficiales, como el Ministerio del Interior, se consagra un modelo consumista y vacuo de la Fiesta y se entierra definitivamente el concepto de bravura, hay que insistir, una y otra vez, en el protagonismo sin merma del toro. Y en la subordinación de todo el espectáculo a esta rara especie, un fenómeno de la naturaleza, relegado con frecuencia al papel de comparsa.  
Un toro, para que pueda ser definido como toro de lidia, precisa de unas características morfológicas y temperamentales muy concretas: animal poderoso, íntegro, dotado de una capacidad ofensiva que, ante determinados estímulos, reacciona agresivamente. 
La integridad se refiere también, inevitablemente, a su aspecto genético que, al fin y al cabo, condiciona su comportamiento durante los veinte minutos que va a durar su lidia. Si genéticamente el toro está ya tarado, si se han seleccionado y buscado conceptos como docilidad, dulzura, ductilidad, casta baja, etc., de nada valen todas las normas con las que se quiera defender la intangibilidad del toro. Este estará ya «afeitado» desde el momento mismo de la concepción.  
La fiesta de los toros es, todavía, una fiesta rural y ese rescoldo de naturaleza es el que la está salvando de una configuración meramente industrial a pesar de los intentos de muchos por alterar la idea tradicional del toro de lidia. Cada encaste tiene su propia personalidad. Y esa forma de comportarse, junto con su tipo físico, son valores intrínsecos trascendentales que los ganaderos deben de guardar como lo que son: verdaderos tesoros patrimoniales y colectivos. Sin embargo, no podemos detenernos sólo en este aspecto, por grave que sea. 
No parece infundada la sospecha de que el comportamiento del toro en los ruedos obedezca, en ocasiones, más que a una degeneración de la especie, a manipulaciones dolosas e inmediatas al inicio de la corrida, que modifican su comportamiento. Hay que ser tajantes en este aspecto. Con el toro íntegro, manso o bravo, bronco o pastueño, hay tauromaquia. Con el toro manipulado, debilitado y disminuido, hay un sucedáneo del arte de torear.  
Establecido como punto de partida, inexcusable, de cualquier tauromaquia la integridad del toro, hagamos un poco de historia. Tratemos de determinar si una forma de torear ha impuesto un tipo de toro, o la evolución del toro, sus condiciones físicas y anímicas, ha obligado a torear de una forma determinada.  
Desde Juan Belmonte, los ganaderos han ido modificando el toro para adecuarlo a las nuevas formas de torear. Con el toro de principio de siglo podía Joselito, en el ejercicio de una tauromaquia concebida para esos toros; Belmonte, no. Con el toro que caracterizó los años veinte, más aún los treinta, Belmonte ya podía hacer su toreo innovador. Y quienes heredaron su escuela, lo perfeccionaron con el toro de los años treinta, que era un toro de mayor calidad, seleccionado en pureza, con sus características esenciales – trapío, casta y bravura – perfectamente equilibradas. Puede que la Edad de Oro del toreo sea, según está comúnmente aceptado, la de José y Juan. Mas la quintaesencia del toreo en todos los órdenes se produjo en los años treinta. Luego vino la gran fractura de los años cuarenta, y empezó la decadencia. Con la excusa de la Guerra Civil se lidiaba un toro anovillado (o el novillo, sin ningún rubor), con el que Manolete pudo hacer manoletadas; Arruza, arruzadas, y todo lo demás. Estos fueron los precedentes de la cadena de despropósitos que han llegado hasta hoy, siempre en función del toro, que iba perdiendo en cada etapa buenas porciones de agresividad y fortaleza: Litri con el litrazo, Chamaco con las chamacadas, El Cordobés y su salto de la rana. Y después aún peor, porque los públicos rechazaron el tremendismo con sus brotes de toreo bufo, y se pasó a la ficción de toreo serio, hasta llegar a la insoportable mascarada de nuestros días. Es cierto que Belmonte inició lo que hoy llamamos decadencia del toro de lidia fiero e indomable, pero no puede responsabilizársele de los desatinos actuales. «Sus» toros aún eran toros.  
Las condiciones de las reses afectan a todos los tercios de la lidia. Veamos, por ejemplo, el tercio de varas. Todo lo que en él ocurra tiene una importancia decisiva. Y no es accidental que nos fijemos especialmente en él si, como pretendemos, se trata de establecer una tauromaquia basada en la integridad. Es decir, una tauromaquia en la que el toro, como decíamos al principio, sea protagonista y no objeto; elemento activo y determinante de la Fiesta y no sujeto pasivo.  
La suerte de varas es tercio fundamental y afirmamos que sin ella cualquier cosa que ocurra en el ruedo caree e de importancia. La suerte de varas ser justifica por ser el único procedimiento conocido para ahormar al toro y, a la vez, probar su bravura. Si no se cumplen estas dos funciones – no una, las dos –, la suerte de varas no tiene sentido. Es más, supone una sangrienta ejecución, una carnicería cuyo deprimente espectáculo bastaría para dar la razón a quienes acusan a la Fiesta de los toros de bárbara e inútil crueldad. La suerte de varas ha ido modificándose y está en trance de desaparecer. Toreo a caballo pudo llamarse en tiempos la suerte de picar y vara de detener la puya. Y para cumplir el doble requisito de ahormar al toro y medir su bravura eran preceptivos al menos tres puyazos. No es capricho. Un toro puede parecer bravo en el primer encuentro y rajarse luego, huir en los siguientes. Por eso, todas las reglamentaciones, excepto la nefasta de Corcuera, ha regulado las tres varas. Argumentando en base a la debilidad de los toros, la costumbre ha ido rebajando el número de entradas al caballo, pero no sus mortales efectos. Efectivamente, en un puyazo pueden causarse más destrozos que en tres. Ha cambiado el sentido y concepción de la suerte. Y de suerte torera, bella y necesaria ha pasado a ser una suerte matarife, en la que el toro, sin ninguna ventaja por su parte, es destrozado por el picador. Esta concepción es lo que trata de justificar la reducción a uno o dos los puyazos reglamentarios. Se protege así, dicen, al toro y se le conserva más entero para la muleta. La argumentación contiene tres falsedades: la primera, aceptar como inevitable y deseable un toro genéticamente disminuido: segunda, creer que al toro se le castiga menos, y tercera, pretender que con ello se reduce el aspecto cruento de las corridas de toros. Por el contrario, lo que se pone de relieve es la indefensión del toro, la mutilación de una parte esencial de la corrida y la impunidad de los picadores, que, subidos a su fortaleza, machacan sin piedad al animal. Para este viaje no se necesitan alforjas. Y si de lo que se trata es únicamente de castigar y reducir la res, esta podría ya salir disminuida de chiqueros y nos ahorrábamos trámites. En definitiva, todo es coherente. Llegado ese momento de la desaparición de la suerte de varas, y no sería demasiado extraño que llegase, se habrá conseguido lo que muchos vienen persiguiendo hace tiempo: convertir al toro bravo en un dócil animal doméstico. Eso sería el principio del fin. No estaríamos lejos, salvando todas las distancias, de aquella exageración de Hemingway, quien profetizó el principio del fin con la aparición del peto. No se trata de volver a la prehistoria, sino de darle al toro, íntegro y en posesión de todos sus recursos de defensa y ataque, alguna oportunidad. En estos derechos debieran insistir las asociaciones protectoras de animales. En esto debiera insistir el Ministerio del Interior que, so capa de adaptar el castigo a las fuerzas del toro, precarias, ha enterrado el concepto de bravura y de fuerza. Hay un dicho popular que es necesario repetir aquí: un puyazo lo toma hasta un buey. Por otra parte, al aceptar el nuevo reglamento que se lidien toros con las astas arregladas bajo la responsabilidad del ganadero o para corregir los desperfectos de un supuesto accidente, se abre un peligroso portillo para que se cuele el afeitado descarado y llano. Es el ejemplo más cínico del mercantilismo que rige las corridas de toros. No nos oponernos a las legítimas ganancias de todos los sectores del mundo taurino. Nos oponernos al fraude, a la estafa y a las prácticas tendentes a mutilar al toro. Es decir, defendemos al toro en clara sintonía con las sociedades protectoras de animales. El argumento de Corcuera para aceptar toros con astas accidentadas es que un toro vale mucho dinero que un ganadero no puede perder. ¿Por qué no hacerlo extensivo al toro cojo, al reparado de la vista, al anovillado, etc.?...
En: Los Toros. El estado de la cuestión, 1993. Coordinación: Javier Villán. Ediciones Akal, Colección La Tronera, Vol. 3, Madrid, 1993, Págs. 7 – 14. 

Concluye la próxima semana…

sábado, 10 de abril de 2010

Con su permiso, don Joaquín

Los aficionados de la doble militancia de toros y literatura nos pasamos media vida buscando al heredero de Cañabate y resulta que ese heredero se nos ha muerto sin que nos enterásemos.

Antonio Burgos

Hoy se cumplen 8 años de la partida definitiva de quien sin duda es uno de los analistas de la fiesta más importantes de la segunda mitad del cercano siglo XX. En la cercanía del primer año de su óbito y con la venia de su familia, la Asociación El Toro de Madrid convocó a la afición de todo el mundo a unirse a una suscripción que sería presentada a la autoridad taurina de la Comunidad Madrileña con la finalidad de que en el acceso a la localidad que siempre ocupó el Maestro, se colocara un azulejo que recordara que desde ese punto del tendido de la plaza de Las Ventas, Joaquín Vidal Vizcarro ejerció la crónica y la crítica de toros con una excepcional – y en esos días extraña – limpieza.

Afortunadamente los que suscribimos la petición conformamos el número suficiente para que el gobierno matritense la tomara en consideración y la aprobara, fijándose el día 13 de abril del año 2003, concomitante a la inauguración de la temporada venteña como la fecha en la que la memoria del Maestro Vidal quedaría perpetuada en los muros de la plaza de toros en la que, como reza el azulejo, ejerció un efectivo magisterio durante más de tres décadas.

Pero la develación de ese azulejo no constituyó el único homenaje a su recuerdo, porque la Asociación El Toro programó además para la efeméride, la salida a la luz y la presentación de un libro que recopila una excelente muestra de la obra literaria de Joaquín Vidal, misma que sin lugar a dudas refleja la trascendencia de este auténtico notable de la comunicación taurina de nuestros días.

Con su permiso, Don Joaquín es el título de la obra que lleva, a través de un admirable proceso de selección, aún al catecúmeno en estos temas, a un conocimiento cabal de lo que el Maestro Vidal realizó durante su tránsito por esta tierra, dejando bien claro que en la crítica, en la crónica o en la entrevista, don Joaquín siempre tuvo la visión de las cosas bien clara y las percibió desde el punto de vista de aquél que, sin intereses de por medio, pero con un gran interés por la fiesta, los toros le representan una parte importante de su existencia, es decir, la opinión de Vidal no era la de un profesional de esto, sino que con seguridad, sería la que sustentara el aficionado desde el tendido, lugar en el que, insisto, don Joaquín ejerció un efectivo magisterio.

De las notas introductorias vale resaltar la de José Antonio Pascual, Académico de la Lengua, porque desde esa peculiar óptica resalta otro de los atractivos que tiene la prosa de Vidal: el extraordinario manejo de la lengua española, del que hace gala en sus escritos, dominando, como afirma Pascual, diversos matices del idioma, que van desde el estilismo hasta el barroco, sin perder, en caso alguno, la esencia de la verdad a expresar y siempre, cautivando el intelecto de sus lectores, con la aguda visión de las cosas y su interés por la pureza, en este caso, de la fiesta de los toros.

De los textos recopilados, resaltaría las siguientes opiniones expresadas acerca de temas determinados:

Sobre la concesión de trofeos:

La fiesta ha cambiado hasta en la concesión de trofeos. Las orejas que se cortan en un solo día, antiguamente a lo mejor no se cortaban en toda la temporada. El triunfalismo forma parte sustancial del espectáculo. Que haya orejas es lo importante. El toro y el torero ya importan menos.
Sobre el aficionado que sabe ver al toro y al peligro que representa:

Por eso asombra que cuando la corrida sale dura, muy difícil, como ha ocurrido estos dos últimos domingos en Las Ventas, haya quien resuma la tarde con la síntesis de la frivolidad: “Aburrimiento”. Habrá aburrimiento para los inconscientes, para los que no saben ver al toro, para aquellos a quienes les tiene sin cuidado la lidia o – aún peor –, el riesgo cierto que unos hombres corren en la arena. Fue el domingo, precisamente: En un radio de pocos kilómetros se dieron simultáneamente cuatro festejos. Hubo público para todos. Y en los cuatro se produjeron cogidas, cuatro en total, tres de ellas de gravedad. A lo mejor fueron todas por errores técnicos de los toreros. Lo cual les da más mérito aún: He aquí un espectáculo de gran dinamismo y plasticidad, perfectamente estructurado en el que hay un valor añadido de emoción, porque en un solo instante de error, puede llegar la tragedia.
Por último, un apunte sobre su oficio:

Los artículos que se han publicado en esta página durante los días de feria son modelo de literatura taurina, y Rafael Conte ha hecho una aseveración que puede martillear la conciencia de quienes estamos en el oficio: “Para escribir de toros hay que escribir bien”. Al hilo de su ensayo, he de reconocer que lo más ingrato de la crónica taurina es la denuncia del fraude, al tiempo que también lo más fácil: Fluye el verbo; mientras que el relato de los grandes momentos de la fiesta supone una grave responsabilidad; que el texto no desmerezca de lo vivido.
Son como decía, botones de muestra que dejan bien claro el paradójico interés desinteresado con el que Joaquín Vidal vivió siempre la fiesta; que su punto de vista, desde el tendido, es el mismo que puede tener cualquier cristiano o moro que paga por ingresar al tendido de una plaza y que su pretensión, aunque sus muchos, variados y gratuitos detractores lo nieguen, siempre se encaminó a enseñar el deber ser de la fiesta a partir de su realidad fáctica, propiciada por quienes tienen intereses dentro de ella y que, lógicamente, al ser exhibidos en sus componendas, les produzcan escozor tales señalamientos.

Este comentario que viene no tiene que ver propiamente con la obra de don Joaquín, pero sí con sus realizaciones terrenales y es una circunstancia que no apreciamos en su integridad por la falta de costumbre para ello: El mérito de sacar la información taurina de las secciones deportivas de los diarios españoles, indiscutiblemente pertenece a Joaquín Vidal.

Al iniciar su labor en el diario madrileño El País hace ya casi 25 años, su primera preocupación fue la de colocar la información de los toros en el lugar que le corresponde en realidad, es decir, en el mismo sitio en el que se difunde la actividad cultural española, pues a don Joaquín nunca le cupo duda de que la fiesta es una parte importante de la cultura de su pueblo – y por ende de los que son hispánicos –, por lo que la difusión que se hiciera de ella, debería estar en el sitio adecuado, que no es precisamente la sección de deportes. Huelga decir que los demás diarios madrileños y después los de toda España, imitaron la política implantada por El País, a sugerencia de Vidal, en este respecto.

Lo demás que se pueda comentar sobre el libro, es a cargo de quien lo lea, que podrá tener su propia apreciación y obtener de su contenido, las conclusiones que considere apropiadas, pues al fin y al cabo, la mejor visión de una obra de esta naturaleza es la que cada cual se forma tras su lectura, recomendable para todo aquél que tenga afición por estas cuestiones.

Creo que esta es la mejor manera en la que se puede recordar a una persona, por sus hechos, pues como dijera algún día el apóstol José Martí, el mejor autógrafo de un hombre, son sus realizaciones.

Edito: El culpable de que Con su permiso, don Joaquín haya llegado a mis manos, es Martín Ruiz Gárate, con quien estoy infinitamente agradecido, dado que me permitió con ello conocer mejor la vida y la obra del Maestro.
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