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miércoles, 12 de noviembre de 2008

David, cinco años ya...

La fiesta para David representó siempre una forma de vida, en su caso personal fue la forma que él escogió para su realización, por eso siempre procuró ser torero en la vida, en la plaza y en la calle, trayéndonos reminiscencias en pleno siglo XXI de una torería que parecía haber entrado en extinción unas tres o cuatro décadas antes, cuando las cosas de los toros comenzaron a sumergirse en una globalización tropicalizada, en la que los toreros se iban de los ruedos para aprender a hablar inglés – y pensar que cuando a Cagancho se le preguntó si parlaba la lengua de Shakespeare respondió con un rotundo ¡Qué Dios me libre! – o en la que se privilegia el aspecto crematístico, promoviéndose solamente lo que es monetariamente rentable, desdeñando la ilusión y la esperanza de encontrar, en cualquier pueblo de Dios, a la figura que habrá de llevar sobre sus hombros el peso de la fiesta, que sin duda, es una de las más veneradas tradiciones de nuestros pueblos.


Al final fueron el toro y el dinero los que parecieron poner las cosas en su lugar. Una lesión sufrida en un festival en San Miguel de Allende y una pseudo casta empresarial que ciega, no supo aquilatar el revulsivo que la presencia de David en los carteles representaría, convencieron al hijo y nieto de los llamados Juan Silveti de que los días de vestirse de luces para salir a ejercitar un ministerio que implica el jugarse la vida, habían llegado a su fin; aunque ese jugarse la vida se hiciera aprovechando a un toro de una edad e integridad cuestionables, que se realizara después de tergiversar el fondo de la suerte de varas, para tener un colaborador moribundo, que aún así, exudaba el peligro que corría el diestro, más que por las condiciones del toro, por su propia endeblez, pues él era el que estaba siempre a merced del astado.


Para terminar, es el filósofo michoacano, Samuel Ramos, el que me permite robarle una idea para concluir esta reflexión:


Para el artista la vida se cifra en su actividad, o lo que es lo mismo, el arte y la vida son para él la misma cosa. La creación absorbe toda su voluntad, toda su inteligencia, todo su interés, toda su atención, toda su vitalidad. A su servicio está toda la experiencia de la vida, toda su cultura, todo lo que es y todo lo que posee como ser físico y espiritual. La gran obra de arte no admite la entrega parcial, sino la entrega total del ser humano.


Los hechos nos dicen que esa fue la concepción de David Silveti acerca de la vida y del toreo, cuando la posibilidad de brindarse por completo llegó a su fin, resultó que el camino para él también había terminado.


Postdata: No creía que fuera a hacer una entrada nueva tan pronto, pero este aniversario la ameritaba.
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