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domingo, 22 de septiembre de 2019

Una fotografía con historia (IV)

La alternativa de Domingo González Mateos Dominguín

Alternativa de Dominguín
Fotografía: Aurelio Rodero Reca ©
© Carlos González Ximénez - Archivo Ragel
Van a ser ya diez años que publiqué esto por primera vez en otra bitácora que mantenía el amigo Carlos González Ximénez, titulada Toreros Antiguos y que fue víctima de la intolerancia de los que se autonombran antitaurinos. El acervo fotográfico que allí se nos presenta es importante y muy interesante y hay imponderables de la tecnología que permiten que a pesar del intento de silenciarla, aún se pueda consultar en modo móvil, haciendo clic en este enlace.

La fotografía que da motivo a esta entrada, obra de Aurelio Rodero – socio de Manuel Vaquero hasta la muerte de éste –, es una de las clásicas de la iconografía del toreo. José Gómez OrtegaGallito, entregando los trastos y la dignidad de matador de toros a Dominguín

La fotografía de Aurelio Rodero es la que ilustra la crónica del festejo en La Lidia y también, el libro de Pepe Dominguín titulado Mi Gente en el capítulo que hace referencia a la ceremonia.

Domingo González Mateos, Dominguín (Quismondo, 4 de agosto de 1895) quien resulta ser la cabeza de una de las dinastías más celebradas del planeta de los toros se lanza a la aventura de los ruedos en el año de 1916, cuando comienza a recorrer diversas pueblos y plazas en el aprendizaje de la profesión de torero, matando su primer novillo el día de la Asunción en Torrijos ese mismo año.

Al año siguiente logra presentarse en Madrid, primero en Tetuán de las Victorias y después en la Plaza de la Carretera de Aragón, sin convencer a la afición. Regresa a la capital hispana en febrero de 1918 y tiene ocasión de acreditar sus avances, lo que le permite en ese mismo año, recibir la alternativa que le convierte en matador de toros.

Así, para el día 26 de septiembre de ese 1918, se anuncian 6 toros de don Juan Contreras para Gallito, quien apadrinará en una ceremonia doble al sevillano Manuel Varé Varelito y al toledano Dominguín. Al final de cuentas, de los toros de Contreras solo se lidian cuatro, siendo sustituidos el primero y el sexto por dos de Salvador García de la Lama. En esa tarde, los toreros partieron plaza al son del pasodoble Dominguín obra del compositor toledano Jacinto Guerrero, estrenado en honor a nuestro personaje.

El hecho de que en la tarde se concedieran dos alternativas por un mismo padrino, fue motivo de alguna crítica. Paco Media Luna, en el semanario El Toreo, del 30 de septiembre siguiente, dice lo siguiente:
…Hemos llegado a un término de novedades, que ya, efectivamente, no sabemos de dónde sacarlas. Algunos años llevábamos viendo corridas de toros, y habíamos visto perder, por novedad, el privilegio que Madrid tenía de dar alternativas absolutas, con las plazas de Sevilla, Valencia y las del maestrazgo en general; habíamos visto corridas en que se daba la alternativa a un solo lidiador, constituyendo la fiesta en que esto sucedía un verdadero acontecimiento para el público y para el torero quien alcanzaba la distinción; pero esto de que hubiera saldos de alternativas y un solo espada para concederlas en una sola fiesta, eso, la verdad que no lo habíamos visto, ni aún sospechábamos que pudiera ocurrir… Y sin embargo, sucedió; esta suerte o desgracia le tocó a Joselito, y el esperar el turno para tomar la alternativa en una misma tarde, como quien va a tomar la cédula, les correspondió a Varelito y a Dominguín, con seis toros de la ganadería de don Juan Contreras...
A Varelito se le alternativó con Flor de Jara, de García de la Lama y sin mediar espacio, el segundo de la tarde fue el de la cesión a Dominguín, se llamó Agujeto, de Contreras, llevaba el número 20 y fue de pelo negro zaíno. Domingo González, vestido de verde esmeralda y oro, después de brindar a su padrino, lució como un torero poderoso, merecedor de nuevas oportunidades, tal y como lo describe Zig – Zag en el ejemplar de La Lidia del 30 de septiembre:
...El toledano Dominguín tuvo “mala pata”, en los toros que le cupieron en suerte. El de la alternativa se le fogueó por manso, además era un toro que huía de su sombra, y el chico de Quismondo le obligó y le hizo embestirle al capotillo, dedicándole unos bonitos lances, entre los que sobresalieron una verónica y un ceñido recorte con la rodilla en la arena… Muy templado, muy bien y von conocimiento y dominio le toreo con la muleta y con una cantidad enorme de ganas, entró dos veces, en las que pinchó bien, acertando al segundo golpe de descabello... A pesar de todo, Dominguín se presenta como torero más completo y seguro con la muleta...
Por su parte, Ángel Caamaño El Barquero, en la edición nocturna de El Heraldo de Madrid de la fecha de la corrida escribió:
Este chico, que empezó
como empieza otro cualquiera,
y pronto se destacó
entre la gente torera,
una veces imitando
el estilo de un coloso,
y otras veces demostrando
que hay en él algo grandioso;
este chico ya está en la deseada jerarquía
y el “vistobueno” le da
el rey de la torería. 
Veremos si se va al fondo
cuyas negruras espantan,
o en la plaza de Quismondo
una estatua le levantan.
La tarde de su alternativa, fue el arranque de una gran historia dentro del ambiente taurino, que comprendió, aparte de su actividad como torero, el desarrollo de diestros como Domingo Ortega, Cagancho y sus propios hijos, el desarrollo de actividades empresariales en España y América y una importante vinculación con la fiesta en México, pues fue empresario y copropietario del viejo Toreo de la Condesa en la Ciudad de México y apoderado español de toreros de esta tierra como Armillita, Rafael Rodríguez, Silverio Pérez y Luis Castro El Soldado entre los más destacados.

Domingo González, Dominguín falleció en Madrid, el 21 de agosto de 1958.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Detrás de un cartel (X)

Ya había expuesto en esta misma Aldea que Domingo González Mateos se propuso hacer toreros a sus hijos en cuanto éstos aceptaron el reto que implica dedicarse a tan intrincada profesión y que por encontrarse España en medio de una guerra civil cuando les llegó la edad de empezar a recorrer la arena de los ruedos, les consiguió oportunidades en Sudamérica, Portugal y México. Sería hasta mediado 1939, cuando las hostilidades de la guerra terminaron, que los tres hijos varones de Dominguín comenzaran a torear vestidos de luces en España. Lo hicieron en festejos sin picadores, enfrentando, por lo regular los dos mayores, Pepe y Domingo, dos novillos y Luis Miguel, el menor de los tres, por delante despachaba dos erales.

Pepe Dominguín narra esa etapa de su carrera en los ruedos de la siguiente manera:
Con nuestros flamantes trajes hicimos el paseíllo en junio de 1939. ¡Qué emoción! «Los hijos de Dominguín», los Dominguines empiezan a sonar en los públicos y en la prensa ya como profesionales… Se suceden las actuaciones en salpicados puntos de España… Toreamos ese año 27 novilladas: nos vamos haciendo profesionales de la mano y consejo de mi padre… Domingo tiene un toreo macizo, basado principalmente en una valentía natural que llega deprisa a los públicos… Miguel, que mataba dos becerros erales cada corrida, era ya un asombro de sabiduría y técnica… Yo me podía considerar como un torero de corte fácil, de variado y grácil repertorio… (“Mi Gente”, Págs. 156 – 157)
Se presentaron sin caballos en San Martín de Valdeiglesias y al año siguiente, el 2 de mayo, Pepe y Domingo lo harían con los del castoreño en Barcelona, cuando para lidiar novillos de Domingo Ortega, fueron acartelados con Luis, el hermano del ganadero. La impresión que causaron fue grata, pues Ortega cortó la oreja del cuarto, Pepe las dos del segundo y Domingo una del tercero. Así se iniciaba un andar por las rutas del toreo que terminaría muchos años después.

Dominguín padre vio que el final de la temporada era un momento propicio para que sus hijos se presentaran en Madrid. Así, arregló con José Alonso Orduña y Carlos Gómez de Velasco que debutaran en Las Ventas el día 1º de septiembre de 1940. Los novillos elegidos para la ocasión fueron salmantinos de Arturo Sánchez Cobaleda y completaría la terna de los toreros el sevillano Mariano Rodríguez Exquisito, que después de haber recibido la alternativa, regresó al escalafón inferior intentando reordenar su paso por la fiesta.

La tarde fue tormentosa para los debutantes, que cargaron con el peso de una irracional exigencia de la afición madrileña que llenó los tendidos de la plaza. Quien firma como El de Tanda en la Hoja del Lunes del día siguiente al del festejo, relata lo siguiente:
¡También existen imponderables en el toreo! Por su virtud, el papel habíase agotado ayer antes de la hora de comer; por su maleficio, la gente fue a la plaza no precisamente dispuesta a presenciar con su acostumbrada benevolencia la presentación de dos nuevos novilleros, sino a exigirles como si se tratara de dos matadores de toros y aún a pedirles cuentas de cuentas que a ellos no les conciernen... En tales condiciones, entre la borrascosa destemplanza de un ambiente cargado de hostilidad manifiesta y desconcertante, que a cualquiera le hubiese materialmente aplastado, por su injusta coacción, no era fácil triunfar. Y de triunfar, como triunfaron los Dominguín en el magnífico tercio de banderillas durante la lidia del quinto novillo, como triunfaron en otros meritísimos lances, y principalmente el pequeño de los hermanos en su faena al sexto de los cobaledas, era inútil aspirar a la brillantez de un éxito que de antemano había propensión a no apreciar... Pero no faltaron intransigentes que no cedieran ni un ápice en su actitud. Y ello puede bastar para aguar la mejor fiesta, aunque, al fin y a la postre, reconozcan hasta los contumaces el justo valor de las cosas y se convenzan de que no se debe negar por sistema el agua y la sal...
En ese ambiente hostil resultaba difícil simplemente quedar bien. Por su parte, Manuel Sánchez del Arco Giraldillo, en el ABC madrileño cuenta lo que sigue:
Venían los chiquillos de «Dominguín» precedidos de la fama que les dio una bien dispuesta propaganda. El pro fue que al mediodía no hubiera un billete y el contra, que el público fuese con un criterio formado, con un feroz prejuicio. No hubo ecuanimidad al juzgar a los dos muchachos. En ellos quisieron vengar muchos agravios de la administración taurina. Las injustas protestas tuvieron muy caracterizados promotores. Ángeles que hubieran pintado Domingo y Pepe, demonios que hubieran parecido a los que fueron con todos los diablos en el cuerpo, no a ver a dos debutantes, sino a exigir a dos «amos del toreo». A mí me parecieron dos buenos toreros, valientes y con voluntad, que todo lo intentan y en tarde de más aplomo podrán lograrlo. El domingo tuvieron poco reposo. En realidad, no había nervios capaces de aguantar la constante e injustificada gritería. En el quinto novillo parecía ganado el público. Fue en un magnífico tercio de banderillas. ¡Pero qué si quieres! Domingo hizo alardes de valor y estuvo temerario. En el sexto, Pepe hizo una gran faena, digna de oreja si se hubiera llamado Pérez y Fernández. Yo salí francamente apenado. Bien la pasión en la fiesta pasional, pero es lastimoso que se vaya a la plaza a hundir a unos muchachos que empiezan, que tienen sus defectos – ¡qué duda cabe! –, pero que mostraron pundonor…
No hay diferencia esencial entre una versión y otra. Quizás la justeza de la presencia de los novillos lidiados – aunque Giraldillo los califique de aceptables – y el aparato publicitario armado por Dominguín padre incomodó a muchos. Tanto, que Mariano Rodríguez se levantó como el triunfador de la tarde dando una vuelta al ruedo tras la muerte de cada uno de sus novillos.

Pepe Dominguín resume así el debut suyo y el de su hermano Domingo en la plaza de Las Ventas:
Para nuestra presentación se decide una novillada de Cobaleda, ni grande ni chica, normal para aquellos tiempos de posguerra… La endeblez del ganado dio al traste con nuestro posible éxito y el público paseó su injusticia (alertada por profesionales fracasados) por encima de nuestras ilusiones… (“Mi Gente”, Pág. 166)
La revancha – y el principio del ascenso – se tendría el jueves siguiente, alternando con Morenito de Valencia al enfrentar un encierro de Miura – una corrida de toros –, teniendo una tarde en la que, sin cortar apéndices, se les juzgó de manera más imparcial.

Antes de concluir. Revisando el programa veo que solamente la nómina de picadores y banderilleros anunciados para actuar garantizaba por sí sola el espectáculo. Por los de aúpa salieron Salustiano García, Paco Díaz, Juan López Tigre, Ramón Atienza, Manuel Suárez Aldeano, Aurelio Pacheco, Fernando Vallejo Barajas y Antonio Salcedo y para la brega y las frías estuvieron Cayetano Leal Pepe – Hillo, Francisco Escudero, Emilio Ortega Orteguita, Isidro Ballesteros, Luis Suárez Magritas, Antonio Labrador Pinturas, Pedro Aparicio Pedrín, Enrique Clemente Alpargaterito y Emilio Rodríguez Cata. ¡Casi nadie!

Así fue la historia detrás de este cartel, que resultó ser el inicio de una gran historia y una leyenda.

domingo, 1 de agosto de 2010

5 toros de Coquilla... y 2 sueños (I/II)

En el año de 1936 España iniciaba una Guerra Civil, que como todas las de su género, me parece que tuvo un absurdo substrato. En ese mismo calendario se rompieron las relaciones entre las torerías de México y de la Península, por causas de origen más político que taurino. En ese entorno se encontraba Domingo González Mateos Dominguín, empresario, apoderado y padre de toreros en agraz. Siendo junto con Eduardo Margeli accionista de la empresa que tenía a su cargo los asuntos de la Plaza de el Toreo de la CondesaEl Toreo de México S.A. –, su permanencia en el coso más grande de México se veía comprometida, pero también en su tierra estaba en aprietos, pues por causa de la Guerra la actividad taurina se paralizaría prácticamente y en esas condiciones, había que buscar en dónde sacar adelante el quehacer familiar.

Pepe Dominguín, en Mi Gente, lo cuenta de la siguiente manera:


Desembarcamos en Veracruz. Allí, un propio del coronel Escalante nos esperaba para hacer el viaje a México D.F., en tren… El panorama era malo. La propiedad de la plaza había sido nacionalizada, y mi padre tuvo que malvender sus acciones por lo que le quisieron dar, y gracias. De todas formas, con el dinero conseguido, parte del cual nos dieron en joyas, tendríamos para vivir unos meses…
Creo que el punto de vista de Pepe Dominguín tiene que ser aclarado. La propiedad de El Toreo no fue nacionalizada – eso sucedería años después, a la muerte de Maximino Ávila Camacho –. Su socio Eduardo Margeli había sido asesinado unos meses antes y en esas condiciones, los sucesores de éste enajenaron sus derechos sobre el coso a una nueva sociedad. La ruptura de los estamentos taurinos de ambos países hacía insostenible, por ese momento, la presencia de cualquier español en la empresa de la principal plaza de México, motivo por el que, lo más razonable resultaba, en ese espacio de tiempo, liquidar sus negocios en ella y dedicar el producto a otra cosa. También hay que aclarar que el pago que Dominguín recibió no fue el total, porque los hechos que dan pábulo a esto que les cuento, vendrían al final a cerrar la cuenta del asunto.

El primer sueño

En esos meses de 1936 en que los Dominguín vivieron en la calle Tuxpan de la capital mexicana, Domingo González comenzó a fraguar el futuro de su familia. Los toros en España estaban fuera de toda cuestión, así que de ver a sus chicos torear en los tentaderos a los que acudía con los toreros que apoderaba o en festivales privados, le surge la idea de que podrían hacerlo profesionalmente. Es aquí en México, en las ganaderías de Piedras Negras y La Laguna donde parece definirse su destino. Vuelvo al testimonio de Pepe Dominguín que es en el siguiente sentido:

En la hacienda de don Wiliulfo González, dueño de las ganaderías de Piedras Negras y La Laguna, toreamos unas vacas en un tentadero. Los resultados fueron buenos y mi padre pensó en lanzarnos a torear en público, pero otra vez el odioso pleito entre toreros españoles y mexicanos lo hizo imposible, por más gestiones que a altos niveles se hicieron, viendo así desparecer otra posibilidad de ganar algún dinero para casa… Imposibilitados para nuestro quehacer, pensó mi padre en el regreso a España. Habían transcurrido nueve meses desde nuestra llegada y el panorama no estaba ni medianamente claro…Después de unos meses de permanencia en una casa situada a un lado de la playa de San Pedro en Estoril… nos mudamos a la capital, a Lisboa… Un día, terminadas las clases, nos reunió a Domingo (dieciséis años), Luis Miguel (diez años) y a mí (catorce años) en su despacho y seriamente nos trasladó la proposición que le habían hecho. Él sabía que aquel primer paso de torear en público, podía significar el comienzo de una vida profesional que hasta entonces en nosotros no había pasado de ser un diversión sin más trascendencia… Casi al unísono, juntándose sus últimas palabras con las primeras nuestras, dijimos: ‘¡Adelante! ¡Queremos torear! ¡Yo sí! ¡Yo también! ¡Y yo!...

El sueño de Dominguín de verse perpetuado en los ruedos y de tener en sus manos el futuro de una dinastía de toreros estaba a punto de iniciar su vuelta a la realidad. En México se decide el destino y en Portugal y América del Sur se dan los escenarios en los que se inicia el camino de una de las sagas toreras más importantes de la historia.

5 toros de Coquilla

Decía al inicio de todo esto, que pese a las licencias literarias de Pepe Dominguín, el trato que se le dio a su padre aquí en 1936 no fue tan malo. Tanto así, que al año siguiente vuelve con toda su familia y al menos 5 encierros españoles con la finalidad de lidiarlos en México. Su amistad con Armillita – torero al que apoderó en España y de quien fue entrañable amigo – y el afecto y sociedad de negocios que tenía en esta última etapa con el coronel Manuel Escalante – su compadre – le permitieron organizar en El Toreo algunos festejos que le facilitaron el cerrar sus cuentas en lo referente a ese escenario y a sus negocios taurinos en México, al menos por esos tiempos.

Esta es la versión de Pepe Dominguín:

Mi padre, inquieto, aventurero nato, lleva a cabo, en aquellas fechas, algo casi irrealizable. Logra sacar de España toros sementales bravos para México y entre ellos alguna vaca de vientre… La mercancía que lleva es muy codiciada. Escasea la sangre brava nueva que de vigor y raza a la que allí existe, venida a menos porque los climas y el hábitat merman al cabo del tiempo esa fiereza del toro ibérico, único, bello y rebelde… A mi padre no le perdonan su afán de lucha, de gladiador de la vida, que, continuamente, le lleva a estar en la brecha con un nuevo y original negocio… Y llegan sus envidiosos enemigos a conseguir que se le aplique un famoso artículo, llamado el 33, que viene a ser algo así como la expulsión de los extranjeros no gratos. Y se lo aplican. Pero antes de que lo detengan y se den el gustazo de vejarle, él se embarca en Veracruz, vestido de vieja turista ‘gorda, rubicunda y miope’. Así sale y deja en México montones de amigos y a unos cuantos que en la orilla ven cómo Dominguín les despide detrás de las gafas y de la peluca rubia ‘sonriente y bobalicona’, mientras abraza con gran firmeza un gran bolso donde van los dólares…
Refuto de nueva cuenta al autor de Mi Gente. La sangre de Saltillo importada por las familias González y Llaguno y la de ParladéCampos Varela que trajo la familia Madrazo en ninguna forma estaba mermada. El manejo en las casas matrices de Piedras Negras y San Mateo tendían a crear un toro que, si bien era predominantemente de origen Saltillo, tendía ya a ser de un encaste propio creado por esos ganaderos mexicanos – sin dejar de mantener, hasta hoy una base saltilla pura – y en lo que refiere a lo de los señores Madrazo en La Punta, mantuvieron en pureza esa sangre – en la dehesa y en las plazas – hasta que por los avatares de lo que resultó ser una desastrosa reforma agraria, su ganadería se extinguió prácticamente a mediados de los años setenta.

La realidad es que Dominguín traía de España cinco encierros; de Antonio Pérez de San Fernando, Graciliano Pérez Tabernero, María Montalvo, Rafael Lamamié de Clairac y Sánchez Fabrés hermanos antes Coquilla y entre esos encierros venían una decena de vacas de esta última ganadería, según resulta de la historia de un par de vacadas mexicanas, que ligada con lo que Pepe Dominguín nos narra, adquiere consistencia al menos en ese aspecto y como veremos, esos toros no estaban destinados, en principio, a servir de simiente a ganaderías mexicanas, sino a morir en la plaza.

La corrida de Coquilla no llegó a la plaza completa. Para el domingo 20 de marzo de 1938, haciendo empresa Dominguín y Escalante – así lo reza el programa que anuncia el festejo –, en el viejo Toreo de la Condesa se anunciaron 2 toros de San Diego de los Padres para el caballero portugués Simao da Veiga y para la terna formada por Armillita, Alberto Balderas y Lorenzo Garza, 5 de Coquilla, con divisa amarillo y verde y uno de Graciliano Pérez Tabernero, con divisa celeste, rosa y caña.

Los toros de Coquilla fueron quizás los más atractivos de los encierros españoles lidiados en esas calendas, pues en la prensa se les publicitaba como los sanmateos españoles y también en algún medio de difusión se hizo la precisión que los toros eran de los señores Sánchez Fabrés hermanos, antes Coquilla. Este encierro, como todos los demás ganados importados en esa ocasión por Dominguín se repusieron del viaje en la Hacienda de los Morales, propiedad entonces de don Carlos Cuevas Lascuráin, él mismo, ganadero de reses de lidia. Hasta los potreros de Los Morales acudió, el maestro Carlos Ruano Llopis a pintar el encierro en el campo, utilizándose en las entradas a la plaza como alegoría, la fotografía del pintor en plena faena artística, tras del cercado. Luego, captó la atención el toro Lobito, que pronto hizo buenas migas con Enrique Cosío Charifas, el encargado de acercarles el pienso y el agua en los corrales de la plaza y se publicaron fotografías de ambos en franca convivencia amistosa.

Aunque el aspecto más interesante de todo el cartel era el hecho de que Alberto Balderas toreara para la empresa de Dominguín. En 1934 El Torero de México entró en una guerra mediática con Domingo Ortega y con Dominguín a causa de lo que se dice fue un boicot, de estos dos últimos, hacia Balderas, que públicamente retó a Ortega a torear mano a mano con él y cuando el de Bórox recogió el guante, Alberto siguió aumentando condiciones a su reto inicial, lo que al final dejó a la afición sin la posibilidad de verles en el ruedo. Precisamente una de las condiciones extraordinaria era que la empresa que diera la corrida en El Toreo, no fuera la allí constituida, es decir la de Margeli y DominguínEl Toreo de México S.A. – sino otra de capital enteramente mexicano, de allí que llamara la atención que Alberto Balderas estuviera anunciado en este singular festejo.

El día de mañana concluiré con estos apuntes.
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